ALOCUCIÓN LEIDA EN EL VIEUX-COLOMBIER EN LA CELEBRACIÓN DEL CENTENARIO DE DOSTOIEVSKI Los admiradores de Dostoievski eran, hace algunos años, bastante poco numerosos; pero como sucede siempre cuando los primeros admiradores se reclutan en un grupo selecto, su número va creciendo siempre, y la sala del Vieux-Colombier es muy pequeña para contener hoy a todos. Y ya que ciertos espíritus permanecen aún refractarios a su admirable obra, me propongo examinar esto ante todo. Pues para triunfar de una incomprensión, el mejor medio es el de detenerla por sincera y esforzarse por comprenderla. Lo que se ha reprochado siempre a Dostoievski, en nombre de nuestra lógica occidental, es, creo, el carácter irrazonable, irresoluto, y a menudo casi irresponsable de sus personajes; todo lo que en su figura puede parecer extravagante y forzado. No es, nos dicen, la vida real lo que representa; son pesadillas. Me parece esto perfectamente falso; pero otorguémoslo, provisoriamente, y no nos contentemos con responder, con Freud, que hay más sinceridad en nuestros sueños que en las acciones de nuestra vida. Escuchemos mejor lo que Dostoievski mismo dice de los sueños, y de los "absurdos, los imposibles evidentes que pueblan nuestros sueños... y que ha admitido usted al momento, casi sin la menor sorpresa, aún cuando por otro lado su inteligencia desplegaba una potencia desacostumbrada, mientras ejecutaba maravillas de habilidad, de penetración, de lógica. ¿Por qué también al despertar y entrar en el mundo real, casi siempre sentía, y a veces con rara vivacidad, la impresión de que el sueño al dejaros se lleva como un enigma no adivinado? La extravagancia de vuestro sueño os hace sonreír y ai mismo tiempo sentís que ese tejido de absurdos encierra una idea, pero una idea real, algo que pertenece a vuestra vida verdadera, algo que existe y ha existido siempre en vuestro corazón; creéis encontrar en el sueño una profecía esperada..." Lo que Dostoievski dice aquí del sueño, lo aplicaremos a sus propios libros, no porque yo trate ua solo instante de identificar esos relatos con los absurdos de ciertos sueños, sino más bien porque sentimos igualmente, al despertar de sus libros, — y aún cuando nuestra razón se niega a concederles un asentimiento total, — sentimos que acaba de tocar cierto punto secreto, "que pertenece a nuestra vida verdadera". Y creo que nos explicaremos así esa negación de ciertas inteligencias ante el genio de Dostoievski, en nombre de la cultura occidental. Pues noto en seguida que en toda nuestra literatura occidental, y no hablo sólo de la francesa, la novela, aparte de muy raras excepciones, no se ocupa más que de las relaciones de los hombres entre sí, relaciones pasionales o intelectuales, relaciones de familia, sociedad, de clases sociales, — pero nunca, casi nunca, de las relaciones del individuo consigo mismo o con Dios, — que priman aquí por sobre todas las otras. Creo que nada hará comprender mejor lo que quiero decir, que esta expresión de un ruso que trae la señora Hoffmann en su biografía de Dostoievski (la mejor y en mucho que conozco, pero que desgraciadamente no está traducida), expresión por la cual ella pretende, precisamente, hacernos sentir una de las particularidades del alma rusa. Ese ruso, pues, a quien se le reprochaba su inexactitud, respondía muy seriamente: "¡Sí, la vida es difícil! Hay instantes que debemos vivir correctamente, lo que es mucho más importante que el hecho de ser puntuales a una cita". La vida íntima es aquí más importante que las relaciones de los hombres entre sí. Está ahí, creedlo, el secreto de Dostoievski, lo que a la vez lo hace tan grande, tan importante para algunos, y tan insoportable para muchos otros. Y yo no pretendo ni un instante que el occidental, el francés, sea en su totalidad y exclusivamente un ser de sociedad, que no existe más que con un ropaje: ahí están los Pensamientos de Pascal y Las Flores del Mal, libros graves y solitarios, y sin embargo tan franceses como otros libros cualesquiera de nuestra literatura. Pero parece que cierto orden de problemas, de agonías, de pasiones, de relaciones, estén reservados al moralista, al teólogo y al poeta, y que la novela no tenga otra cosa que hacer sino dejarse suplantar por ellos. De todos los libros de Balzac, Luis Lambert es, sin duda, el menos difundido; quizá porque se trata de un monólogo. El prodigio realizado por Dostoievski, es que cada uno de sus personajes, y él ha creado todo un pueblo, existe primero en función de sí mismo, y que cada uno de estos seres íntimos, con su secreto particular, se presenta a nosotros con toda su complejidad problemática; el prodigio es que en ellos están precisamente esos problemas que viven cada uno de sus personajes, y debería decir: que aquéllos viven a expensas de cada uno de sus personajes — esos problemas que se hieren, se combaten y se humanizan para morir o triunfar ante nosotros. No hay cuestión por elevada que sea que la novela de Dostoievski no aborde. Pero, inmediatamente después de haber dicho esto, me es preciso agregar: no la trata nunca de una manera abstracta, las ideas no existen nunca en él más que en función del individuo; y es ésto lo que les da una perpetua relatividad; y por eso mismo adquieren toda su potencia. Este no participará de la idea de Dios, la providencia y la vida eterna, sino porque sabe que debe morir dentro de pocos días u horas (es el Hipólito de El Idiota); tal otro edifica en Los Endemoniados toda una metafísica donde ya Nietzsche está en germen, con motivo de su suicidio, y porque debe matarse dentro de un cuarto de hora — y oyéndole hablar no se sabe si piensa así porque debe matarse, o si debe matarse porque piensa así. Tal otro, finalmente, el príncipe Muischkin, debe sus más extraordinarias, sus más divinas intuiciones a la proximidad de sus crisis de epilepsia. Y de esto no puedo sacar por el momento otra conclusión que esta: que las novelas de Dostoievski, aún siendo las novelas — e iba a decir los libros — más cargadas de pensamientos, no son nunca abstractas, sino que continúan siendo las novelas, los libros más palpitantes de vida que he conocido. Y es por esto que, por representativos que sean los personajes de Dostoievski, nunca se les ve abandonar su humanidad, por decirlo así, y transformarse en símbolos. No son nunca tipos, como en nuestra comedia clásica; permanecen siendo individuos, tan específicos como los más particulares personajes de Dickens, tan firmemente dibujados y pintados como los retratos de cualquier literatura. Escuchad esto: "Hay personas de las que es muy difícil decir algo que las presente por completo en su aspecto más característico; y son éstas a las que comúnmente se las llama "vulgares", la "masa", y que, en efecto, constituyen la inmensa mayoría de la especie humana... A esta clase de gente vulgar y rutinaria pertenecen algunos de los personajes de mi historia... y especialmente Gabriel Ardalianovitch". He aquí, pues, un personaje que va a ser particularmente difícil de caracterizar, del que va a llegar a decir: "Casi desde su adolescencia le atormentaba el sentimiento continuo de su mediocridad, al mismo tiempo que el deseo irresistible de convencerse de que era un hombre superior. Lleno de apetitos violentos tenía, por decirlo así, los nervios en tensión desde que nació, y creía en la fuerza de sus deseos porque eran impetuosos. Su rabia por distinguirse le empujaba a veces a las cosas más absurdas, pero siempre en el último momento, nuestro héroe era demasiado razonable para resolverse a ella. Eso le mataba". Y esto sucede con uno de los personajes más secundarios. ¿Es preciso agregar que los otros, las grandes figuras del primer plano, no las pinta, podemos decir, sino que las deja pintarse a sí mismas, en todo el curso del libro, en un retrato sin cesar cambiante, jamás acabado? Sus principales personajes permanecen siempre en formación, siempre mal desprendidos de la sombra. Hago notar, de paso, qué profundamente difiere de Balzac en esto, cuyo cuidado principal parece ser siempre la perfecta consecuencia del personaje. Este dibuja como David; aquel pinta como Rembrandt, y sus pinturas son de un arte tan poderoso y a menudo tan perfecto, que si no hubiera detrás de ellas y alrededor de ellas tales profundidades de pensamiento, aún entonces Dostoievski permanecería siendo el más grande de todos los novelistas.
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