APÉNDICE

I
Y ahora voy a contar dos episodios más para terminar con "la idea", y que no nos sirva de obstáculo en el próximo relato:
En julio, dos meses antes de mi viaje a San Petersburgo, María Ivanovna me envió a un pueblo cercano, Troitski, para dar un recado a una solterona. Al volver, el mismo día, venía en el coche un joven, muy bien vestido, pero muy sucio, y con cara ordinaria. Se distinguía de los demás porque en todas las estaciones bajaba y se dirigía a la cantina a beber aguardiente. Al fin del viaje, en torno suyo, en el departamento, se había formado un grupo de gente alegre y grosera; estos viajeros alborotadores se admiraban de que un joven bebiese tanto alcohol sin embriagarse. Entre todos, los que más se entusiasmaban eran un comerciante algo borracho y un muchacho vestido a la europea, muy charlatán y muy sucio, que exhalaba un olor fétido. Era un lacayo, según descubrí después. En todas las estaciones invitaba al joven bebedor. "¿Qué, vamos a echar un trago?" Y bajaban los dos cogidos del brazo. El bebedor hablaba muy poco, no obstante el número considerable de compañeros que había en torno suyo; escuchaba a los demás con una sonrisa de idiota que de vez en cuando interrumpía con una sonrisa inoportuna, pronunciando alguna que otra sílaba indecisa, como por ejemplo: "tur... lur... lu...", al mismo tiempo que se colocaba un dedo en la punta de la nariz de un modo grotesco. Esto era precisamente lo que alegraba tanto al comerciante, al lacayo y a sus compañeros, que reían estrepitosamente. A veces es difícil comprender por qué se ríe. Yo también me aproximé y, francamente, el joven no me desagradó, a pesar de la imbecilidad de su conducta. Pronto nos tuteamos, y al terminar el viaje me cité con él en el boulevard Twer a las nueve de la noche. Era un estudiante que dejaba la Universidad. Fui a la cita, y en ella ocurrió lo siguiente: Nos paseábamos separados, cuando vimos a una mujer de aspecto honesto, a. cuya derecha e izquierda nos colocamos, respectivamente, y como si ignorásemos su presencia empezamos una conversación de las más sucias. Nombrábamos las cosas por su nombre y analizábamos con mil detalles unas porquerías, de tal género, que la imaginación más pervertida no hubiera podido inventar. Todo aquello lo había aprendido yo en el colegio, pero, naturalmente, sólo de palabra. La pobre señora, asustada, aligeró el paso; pero nosotros hicimos lo mismo, continuando nuestra conversación, ¿Qué podía hacer la víctima? No había ningún testigo; por lo tanto, era inútil quejarse.
Estuvimos ocho días haciendo esto. Yo no comprendo cómo podía distraerme y, en efecto, no me divertía en absoluto. Al principio esta comedia me parecía original porque aborrecía a las mujeres. Una vez conté al estudiante que Juan Jacobo Rousseau narra en sus Confesiones que, en su adolescencia, le gustaba hacer indecencias delante de las mujeres. El estudiante me respondió con su "tur... lur... lu..." Observé que era muy ignorante y que no se interesaba por nada. No se le ocurría la menor idea y no le encontraba ninguna originalidad: cada vez me era más antipático. AI fin, todo terminó bruscamente. Un día abordamos en la noche a una joven que andaba de prisa y recatadamente por el boulevard. Apenas tendría unos dieciséis años e iba modiestamente vestida: sin duda vivía de su trabajo y se dirigía a casa de su madre, alguna viuda pobre cargada de familia. Pero, ¿a qué vienen los buenos sentimientos?
La joven escuchó algunos instantes, apresurándose, con la cabeza inclinada. De pronto se detuvo, apartó el velo de su cara; recuerdo que era muy bonita, y nos dijo con mirada iracunda:
—¡Son ustedes unos sinvergüenzas!
Yo creía que se echaría a llorar, pero sucedió todo lo contrario: de derecha a izquierda y con toda la fuerza de su lindo brazo, dio al estudiante las más sonoras bofetadas que he oído en mi vida. El quiso cogerla, pero le sujeté y la joven pudo escapar.
Cuando nos quedamos solos, empezamos a pelearnos. Yo le dije todo lo que pensaba: que era un ignorante y un sucio... EL me injurió... Yo le había dicho una vez que era hijo natural... nos escupimos, y ya no le he vuelto a ver.
La misma tarde estuve muy digustado; al día siguiente ya lo estuve menos, y al tercer día lo olvidé por completo; alguna que otra vez me acuerdo de la muchacha. Hace unas dos o tres semanas me acordé en San Petersburgo de esta escena, y me causó tanta vergüenza, que hasta lloré. Estuve preocupado toda la tarde y toda la noche, y ahora mismo, ese recuerdo me entristece. No podía comprender cómo había descendido a tales bajezas, y sobre todo, cómo podía olvidarlas sin avergonzarme y sin sentirlas.
Sólo ahora he comprendido el misterio. La culpa era de "mi idea". En una palabra: estando consagrado a una cosa grande, constante e inmóvil, por la que se está completamente poseído, se abstrae uno de todo y lo demás parece sin importancia e insignificante. Las impresiones que se reciben son falsas, y lo peor es que siempre encuentra uno justificación. Ahora mismo, ¿no martirizaba yo a mi madre y a mi hermana? ¡Ah!, pensaba, tengo una idea y el resto no me interesa ni me importa. Si me ofendían, «me decía con tranquilidad: seré tonto, pero tengo una idea que ellos ignoran; la "idea" me consolaba en la ignominia y en la nulidad; lo arreglaba todo, pero también me lo velaba todo.
Y ahora pasemos a otro episodio.
El primero de abril del año pasado, María Ivanovna celebraba su santo. Por la noche fueron algunos conocidos a felicitarla, y cuando estaban en plena diversión, entró asustada Agrafena diciendo que en la antesala, en la cocina, acababa de encontrar un niño abandonado.
Todos se precipitaron para verlo: era una niña de unas tres o cuatro semanas, que chillaba en el fondo de una cesta.
Cogí el cesto, lo llevé a la cocina, y en él encontramos una carta escrita en estos términos: "Queridos bienhechores: Tened cuidado de la niña Arina; nosotros rogamos al Señor por ustedes y les deseamos mil felicidades en el día de su santo. —Unos desconocidos".
Pero Nicolás Semenovitch me entristeció: dispuso, con cara grave, que llevaran inmediatamente a la niña al Hospicio. Vivía modestamente, sin hijos, y se encontraba así muy contento.
Saqué a Arinocha del cesto, de donde salía un olor acre, y, discutiendo con Nicolás Semenovitch, le dije que yo me encargaba de ella. Empezó a protestar bondadosamente, aunque con severidad, y terminó con una broma: la idea del hospicio se imponía. A pesar de todo, él se arregló según mis deseos: en el mismo patio, en otro piso, habitaba un pobre ebanista, ya viejo y muy borracho, pero cuya mujer, aún fuerte y robusta, acababa de perder una niña que había tenido después de ocho años de casada y que, por feliz coincidencia, se llamaba también Arina. Digo feliz, porque habiendo venido a contemplar a la niña, al oír su nombre, se conmovió y le dio el pecho, cuya leche no se había agotado todavía. Me acerqué a ella y le supliqué que se encargase de la niña; yo le daría una mensualidad. Al día siguiente, el marido consistió en ello por ocho rublos adelantados, que se apresuró a gastar en la taberna. Nicolás Semenovitch, con una sonrisa, garantizó mi solvencia. Quise darle mis sesenta rublos para que estuvieran más seguro, pero él no quiso aceptarlos. Esta delicadeza borró el disgusto de nuestra disputa. María Ivanovna no decía nada, pero seguramente se extrañaba de verme cargar con una responsabilidad tan grande.
Estimé mucho su delicadeza, pues no se permitieron una broma en ese sentido, y hasta parecían interesarse por ella. Yo iba tres veces al día a casa de Daría Rodianovna y, al fin de la primera semana, le di tres rublos a escondidas de su marido y gasté otros tres en ropa para la niña. Diez días después la niña cayó enferma; fui en busca del médico, que recetó, y estuvimos toda la noche dándole medicamentos; al día siguiente, el médico dijo que no podía hacer nada. A mis súplicas, o más bien a mis reproches, me contestó: "Yo no soy Dios". La boca de la niña estaba llena de espuma, y la misma tarde murió, fijando en mí sus ojos negros, como si ya comprendiera. No sé cómo no se me ocurrió retratarla muerta. ¿Querrán creer que no solamente lloré, sino que me desesperé aquella noche, cosa que nunca me había sucedido? María Ivanovna procuraba consolarme dulcemente. El ebanista hizo la caja, María Ivanovna la adornó con puntillas, y yo la llené de flores. Así enterramos a la niña, cuyo recuerdo no he podido olvidar aún.
Poco después, este suceso me hizo reflexionar. Arinocha no me había costado muy cara; entre todo, médico, funerales, mortaja, flores y pensión, treinta rublos. Esta cantidad la cubrí con las economías que hice de los cuarenta rublos que me envió Versiloff para mi viaje, y con la venta de unos objetos de los que podía desembarazarme. Así mi "capital" quedaba intacto. "De esta manera — me decía — no iré muy lejos".
De mi aventura con el estudiante resultaba que la idea podía obscurecerlo todo en torno mío y alejarme de la realidad.
De la historia de Arinocha resultaba todo lo contrario: que la idea era impotente para alejarme por completo de los sentimientos humanos y que por un sentimiento humanitario era capaz de sacrificar todo lo que había hecho durante tanto tiempo por la idea. Las dos conclusiones eran, sin embargo, muy justas.

II
—¿Y en qué le puedo servir, muy estimado príncipe?, ¿pues usted me ha llamado? — preguntó Le-bedeff después de un silencio.
El príncipe no respondió en seguida.
—Pues bien, he aquí, quería hablarle del general, y... de aquel robo de que usted fue víctima.
— ¿Cómo? ¿Qué robo?
—jVamos, no parece sino que no comprende! ¡Ah, Dios mío! Lukian Timofevitch, ¿por qué le ha entrado ese afán de estar siempre representando una comedia? El dinero, el dinero, los cuatrocientos rublos que perdió usted el otro día dentro de su cartera, y que vino a contármelo por la mañana, antes de ir a San Petersburgo. ¿Me comprende?
—¡Ah, se trata de aquellos cuatrocientos rublos! — dijo en voz arrastrada Lebedeff, como si se hiciera la luz en su espíritu. — Muchas gracias, príncipe, por su sincero interés; es muy halagador para mí, pero... los he encontrado, y hace ya mucho tiempo.
—¿Los ha encontrado usted? ¡Bendito sea Dios!
—Esa exclamación demuestra su nobleza de corazón, pues cuatrocientos rublos no son poca cosa, para un hombre pobre que vive de su trabajo y que tiene una familia numerosa...
—¡No me refiero a eso! — exclamó el príncipe. —Sin duda — repuso en seguida — me alegro mucho de que haya recobrado usted su dinero, pero... ¿cómo lo ha encontrado usted?
—Lo más sencillamente del mundo: debajo de la silla en que había arrojado aquella tarde mi chaqueta; evidentemente la cartera se caería del bolsillo al suelo.
— ¿Cómo debajo de la silla? ¡No es posible! Me dijo usted que la había buscado por todas partes, en todos los rincones. ¿Cómo no miró en el sitio en que primero debía haber mirado?
—¡El caso es que había mirado! ¡Recuerdo muy bien haber mirado! Me arrastré en cuatro patas por el suelo, palpé con mis manos en aquel sitio, retiré la silla, no creyendo a mis propios ojos. Vi que no había nada, el sitio estaba vacío, tan poco rastro de la cartera como en la palma de la mano, y a pesar de todo, volví a palpar. Es una pequenez de que el hombre tiene costumbre, cuando quiere absolutamente encontrar algo... cuando ha tenido una pérdida considerable y dolorosa: ve que no hay nada, que el sitio está vacío, pero no importa, mira quince veces.
—Sí, sea, pero entonces, ¿cómo es posible...? No lo comprendo—murmuró el príncipe, asombrado—; dice usted que no había nada, que había buscado en ese sitio, y de pronto aparece la cartera.
—Sí, ha aparecido de repente.
El príncipe miró a Lebedeff con una mirada extraña.
—¿El general?—preguntó de pronto.
—¿Cómo, el general?—preguntó Lebedeff, fingiendo todavía no comprender.
—¡Ah, Dios mío! Le pregunto ¿qué es lo que ha dicho el general cuando usted ha encontrado la cartera debajo de la silla? ¡Como al principio habían buscado juntos!
—Al principio, sí, pero esta vez, lo confieso, me he callado y he preferido dejarle ignorar que había encontrado la cartera.
—Pero, ¿por qué?... Y el dinero, ¿no había desaparecido ?
—Lo he mirado, y está todo, no falta ni un rublo.
—Debía usted haber venido a decírmelo —observó el príncipe, pensativo.
—Temía molestarle personalmente, príncipe, en medio de sus impresiones personales y quizá extraordinarias, si puedo expresarme así. Además, como he hecho como si no hubiera encontrado nada. Después de asegurarme de que la suma estaba intacta, he cerrado la cartera y la he vuelto a poner debajo de la silla.
—Pero, ¿por qué?
Lebedeff se echó a reír.
—Por nada, porque quiero llevar más lejos la investigación—respondió, frotándose las manos.
—Según eso, ¿está todavía allí, desde anteayer?
—¡Oh, no! No ha estado allí más que veinticuatro horas. Sabe usted, hasta cierto punto, quería que el general la encontrara también. Pues pensaba: si yo he terminado por verla, ¿por qué el general no la descubrirá también, si, por decirlo así, salta a la vista? Se ve perfectamente debajo de la silla. Para conseguirlo, he cogido la silla muchas veces, y la he cambiado de sitio, con objeto de que la cartera quedara completamente en evidencia, pero el general no se ha fijado, y eso durante veinticuatro horas. Es claro que el general está ahora muy distraído, pero es comprensible, charla, cuenta historias, se ríe y de pronto se enfada contra mí, sin que yo sepa por qué. Por último, salimos de la habitación, yo dejé expresamente la puerta abierta; él estaba conmovido, quería decir algo. Aparentemente, temía por mi cartera, que contenía una suma importante, pero de pronto se encolerizó y no dijo nada. Apenas habíamos dado dos pasos en la calle, cuando me dejó plantado y se fue. Únicamente por la noche nos hemos visto en la taberna.
—Pero, ¿por fin ha recogido usted su cartera?
—No; aquella misma noche había desaparecido de debajo de la silla.
—Entonces, ¿dónde está ahora?
Al oír aquellas palabras, Lebedeff se enderezó y miró al príncipe, con jovialidad.
—Pues, aquí—respondió, riéndose—, ha aparecido de pronto aquí, en el forro de mi chaqueta; mué, pálpela usted.
En efecto, en el lado izquierdo de la chaqueta, poi delante, se había formado, de la manera más visible, una especie de saco, donde al tocar, podía comprobarse en seguida la presencia de una cartera de cuero que, sin duda, pasando a través del bolsillo roto, se había deslizado entre el forro y la tela del traje.
—Lo he sacado para comprobarlo—los cuatrocientos rublos siguen íntegros.—Y después lo he vuelto a dejar en el mismo sitio. Desde ayer por la mañana lo llevo así, en el forro de la chaqueta; me paseo con ella y me va golpeando en las piernas.
—¿Y usted no se fija?
—Y no me doy cuenta, ¡jé, jé, jé! Y figúrese, estimado príncipe, aunque el asunto no merezca llamar su atención, que mis bolsillos siempre están en buen estado, y de pronto, en una noche un agujero semejante. Hp querido darme cuenta examinando el roto, y parece como si lo hubiera hecho alguien con un cortaplumas; ¡es inverosímil!
— ¿Y... el general?
—Ayer no ha dejado ni un momento de estar encolerizado, y hoy, lo mismo; tiene muy mal humor. A veces manifiesta una alegría báquica y una sensibilidad lacrimosa, pero de repente se enfada hasta el punto de asustarme positivamente. ¡Yo, príncipe, después de todo, no soy hombre de guerra! Ayer estábamos en la taberna, y he aquí que, como por casualidad, el faldón de mi chaqueta aparece en evidencia con una hinchazón insólita; el general me pone mala cara, se enfada. Desde hace ya mucho tiempo ya no me mira de frente, nada más que cuando está muy borracho o muy emocionado, pero ayer me ha mirado dos veces de una manera que me ha estremecido. Tengo la intención de encontrar mañana la cartera, pero de aquí a entonces, todavía pasaré esta noche un buen rato con él en la taberna.
— ¿Por qué le atormenta así?—exclamó el príncipe.
—No le atormento, príncipe, no le atormento—replicó con calor, Lebedeff—, le quiero sinceramente y... le estimo; ahora, lo creerá usted o no, pero le quiero todavía más que antes; ¡y he empezado a apreciarle todavía más que antes!
Aquellas palabras fueron pronunciadas en un tono tan serio y con tal apariencia de sinceridad, que el príncipe no pudo oírlas sin indignación.
—¡Le quiere y le hace sufrir así! Veamos, él se las ha arreglado como ha podido para hacerle recobrar el objeto perdido: primero, para llamar su atención pone la cartera debajo de una silla, y después, en su chaqueta; sólo con eso le demuestra que no quiere engañarle, sino que le ruega ingenuamente que le perdone. Escúcheme: ¡le pide perdón! Por consiguiente, cuenta con la delicadeza de sus sentimientos; por consiguiente, cree en su amistad. Y usted reduce a tal rebajamiento a un hombre tan... ¡honrado! —¡Muy honrado, príncipe, muy honrado!—repitió Lebedeff, cuyos ojos relampagueaban—; ¡y sólo usted, muy noble príncipe, era capaz de decir una palabra tan justa!: ¡por eso le quiero hasta la adoración, a pesar de lo podrido de vicios que estoy! ¡Estoy decidido! Voy a encontrar la cartera ahora mismo, ahora mismo y no mañana. Mire, la saco de la chaqueta ante sus ojos, aquí está, y aquí está también todo el dinero; téngalo, cójalo, muy noble príncipe, y guárdemelo hasta mañana. Mañana o pasado mañana se lo pediré.
—Pero tenga cuidado, no vaya, sin más ni más, a decirle que ha encontrado la cartera. Que vea únicamente que el forro de su americana ya no contiene nada, y lo comprenderá.
— ¿Sí? ¿No será mejor decirle que la he encontrado, y hacer como si hasta ahora no hubiera sospechado nada?
—No, no—dijo el príncipe, reflexionando—no, ahora es ya demasiado tarde, sería peligroso; es mejor no decir nada y estar cariñoso con él, pero... no tener demasiado la expresión de... y... ¿sabe usted... ?
—Comprendo, príncipe, comprendo; es decir, sé que me costará mucho trabajo ejecutar ese programa; pues para eso es necesario tener un corazón como el de usted. Además, yo mismo estoy violento; ahora, algunas veces se pone demasiado engallado conmigo; me abraza sollozando, y después, de pronto, se pone a humillarme, me agobia con las burlas más desdeñosas; entonces yo cogería la cartera y extendería expresamente los faldones de mi chaqueta bajo los ojos del general, ¡jé, jé! Hasta otro rato, príncipe, pues es evidente que le molesto, le distraigo de sentimientos muy interesantes, si puedo hablar así...
—¡Por amor de Dios, silencio, como antes!
—¡A la sordina! ¡A la sordina!
Aunque el asunto había terminado, el príncipe se quedó más preocupado, quizá, de lo que había estado antes. Y esperaba con impaciencia la entrevista que debía tener al día siguiente con el general.

FIN


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