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I Algún tiempo antes de la guerra, preparaba yo para los Cuadernos de Charles Péguy una Vida de Dostoievski, a imitación de las vidas de Beethoven y de Miguel Ángel, las bellas monografías de Romain Rolland. Vino la guerra y me fue preciso dejar de lado las notas que había tomado con ese objeto. Durante mucho tiempo otros asuntos y otros cuidados me absorbieron, y había abandonado casi por completo mi proyecto cuando, muy recientemente, para festejar el centenario de Dostoievski, Jaques Copeau me pidió que tomara la palabra en una sesión conmemorativa en el Vieux;-Colombier. Volví a sacar mi fajo de notas: me pareció, releyéndolas después de tanto tiempo, que las ideas que había consignado en ellas merecían nuestra atención pero que, para exponerlas, el orden cronológico al que me obligaría una biografía no era quizá el mejor. Esas ideas, con las que Dostoievski en cada uno de sus grandes libros forma como una gruesa trenza, en la que es a menudo difícil desentrañar el embrollo, pero que encontramos siempre, de libro en libro; son ellas las que me importan y tanto más desde que las hago mías. Si yo tomara esos libros uno después de otro, no podría evitar las repeticiones. Mejor será proceder de otro modo; persiguiendo de libro en libro esas ideas trataré de aclararlas, de aprehenderlas y exponerlas luego con la mayor claridad que me permita su aparente confusión. Ideas de psicólogo, de sociólogo, de moralista, pues Dostoievski es a la vez todo esto, — siendo antes que nada un novelista. Ellas constituirán la materia de estas conversaciones. Pero como las ideas no se presentan nunca en la obra de Dostoievski en estado bruto, sino que están siempre en función de los personajes que las expresan (y de aquí precisamente su confusión y su relatividad): como por otra parte he tratado de evitar yo mismo la abstracción y de dar a esas ideas el mayor relieve posible, quisiera primeramente presentaros a la persona misma de Dostoievski, hablaros de algunos sucesos de su vida, que nos revelarán su carácter y nos permitirán dibujar su figura. Con respecto a la biografía que preparaba antes de la guerra, me proponía precederla de una introducción en la que hubiera examinado, ante todo, la idea que comúnmente se tiene de los grandes hombres. Para dar mayor claridad a esta idea hubiera confrontado a Dostoievski con Rousseau, aproximación que no resulta arbitraria: sus dos naturalezas presentan, en efecto, profundas analogías que han permitido a las Confesiones de Rousseau ejercer sobre Dostoievski una extraordinaria influencia. Pero me parece que Rousseau ha estado desde el principio de su vida como envenenado por Plutarco. A través de éste, Rousseau se había formado una representación un poco declamatoria y pomposa del gran hombre. Colocaba ante sí la estatua de un héroe imaginario, a la que se esforzó toda su vida por parecerse. Procuraba ser lo que quería aparecer. Es posible que la pintura que hace de sí mismo sea sincera, pero piensa en su actitud y es el orgullo quien se la dicta. "La falsa grandeza — dice admirablemente La Bruyère — es huraña e inaccesible: como siente su debilidad, se oculta, o al menos se muestra de frente y no hace ver más que lo preciso para imponerse y no parecer lo que realmente es, quiero decir, una verdadera insignificancia". Y si no quiero reconocer aquí del todo a Rousseau, por el contrario pienso en Dostoievski al leer más lejos: "La verdadera grandeza es libre, dulce, familiar, popular; no se deja ocultar y manejar, no desmerece nada al ser vista de cerca; más se le conoce, y más se le admira. Se inclina por bondad hacia sus inferiores, y recobra sin esfuerzo su natural; se abandona algunas veces, se descuida, se desprende de sus ventajas, pero conserva siempre su capacidad de volverlas a tomar y hacerlas valer. En Dostoievski, en efecto, no hay ninguna afectación, ninguna teatralidad. No se considera nunca como un superhombre; no existe nada más humildemente humano que él, y por lo mismo no creo que un espíritu orgulloso pueda comprenderlo bien. Esa expresión humildad aparece sin cesar en su Correspondencia y en sus libros. “¿Porqué me rechazará? Tanto más que yo no exijo, sino que ruego humildemente (Carta del 23 de noviembre de 1869). Yo no exijo, pido humildemente (7 de diciembre de 1869). He dirigido el más humilde pedido (12 de febrero de 1870)". “Me asombraba a menudo por una especie de humildad", dice El Adolescente hablando de su padre, y cuando trata de comprender las relaciones que puede haber entre su padre y su madre y la naturaleza de su amor, se acuerda de una frase de su padre: "Ella se ha casado conmigo por humildad." He leído recientemente en una entrevista a Henri Bordeaux, una frase que me ha sorprendido un poco: "Es preciso, ante todo, tratar de conocerse”, dice. El periodista habrá comprendido mal. Ciertamente, un literato que se busque, corre un gran riesgo; corre el riesgo de encontrarse. No escribirá desde entonces más que obras frías, conformes a sí mismas, resueltas. Se imitará a sí mismo. Si conoce sus líneas, sus límites, es para no sobrepasarlos jamás. No tiene ya el temor de ser insincero; lo tiene de ser inconsciente. El verdadero artista permanece siempre semi-inconsciente de sí mismo cuando produce. No sabe justamente lo que es. No llega a conocerse más que a través de su obra, por su obra, y después de su obra... Dostoievski no se ha buscado nunca; se ha dado perdidamente en su obra. Se ha volcado en cada uno de los personajes de sus libros, y es por esto que en cada uno de ellos se le encuentra. Veremos más adelante su excesiva inhabilidad cuando habla de su propio nombre: y su elocuencia, por el contrario, cuando sus propias ideas son expresadas por los que él anima. Prestándoles vida, se encuentra a sí mismo. Vive en cada uno de ellos, y ese abandono de sí en la diversidad de sus personajes tiene como primer efecto proteger sus propias inconsecuencias. No conozco un escritor más rico en contradicciones y en inconsecuencias que el propio Dostoievski; Nietzsche diría "en antagonismos". Si hubiera sido filósofo en lugar de novelista, habría tratado seguramente de poner sus ideas en orden, y nosotros habríamos perdido lo mejor. Los sucesos de la vida de Dostoievski, por trágicos que sean, constituyen acontecimientos superficiales. Las pasiones que lo turban parecen agitarlo profundamente, pero existe siempre, más allá, una región íntima, una región que los acontecimientos y las pasiones mismas no alcanzan. A este respecto, una breve frase suya nos parecerá reveladora, si la cotejamos con otro texto: "Ningún hombre — escribe en La Casa de los Muertos — ningún hombre vive sin un fin cualquiera y sin un esfuerzo para alcanzar ese fin. Una vez que el fin y la esperanza han desaparecido, la agonía hace a menudo del hombre, un monstruo". Pero en esa época parece que se equivocaba aún sobre ese fin, pues muy poco después agrega: "Para todos nosotros, nuestro fin era la libertad y la salida de esta casa de fuerza". Escribe esto en 1861. He ahí, pues, lo que entendía entonces por un fin. Ciertamente, sufría por esa cautividad espantosa. (Pasó cuatro años en Siberia y seis años en el servicio obligatorio). Sufría, pero desde que se vio de nuevo en libertad pudo darse cuenta de que el verdadero fin, la libertad que deseaba ansiosamente era algo más profundo, y no tenía nada que ver con el abandono de la cárcel. Y en 1877, escribe esta frase extraordinaria que me complazco en confrontar con la que leí hace un instante: “Es preciso no arruinar su vida por ningún fin". Así, pues, según Dostoievski tenemos cada uno una razón de vivir superior, secreta, — secreta, frecuentemente, hasta para nosotros mismos,—y muy diferente por cierto del fin exterior que la mayor parte de nosotros asignamos a nuestra vida. Pero tratemos primeramente de representarnos la persona de Mikhailovitch Dostoievski. Su amigo Riesenkampf nos la pinta, tal como era en 1841, a los veinte años. "Un rostro redondeado y lleno; una nariz algo respingada; cabellos de color castaño claro; una gran frente, y bajo finas cejas, pequeños ojos grises muy hundidos. Mejillas pálidas, sembradas de pecas. Un tinte enfermizo, casi terroso, y labios muy gruesos". Se dice a veces que es en Siberia donde sufric sus primeros ataques de epilepsia; pero estaba enfermo ya, antes de su condena, y la enfermedad no habrá hecho allá más que empeorar. "Un tinte enfermizo": Dostoievski ha tenido siempre mala salud. Sin embargo, él, el doliente, el débil, es aceptado para el servicio militar, mientras que su hermano, por el contrario muy robusto, es dispensado. En 1841, es decir, a la edad de veinte años, fue nombrado sub-oficial. Prepara entonces sus exámenes para obtener, en 1843, el grado de oficial superior. Sabemos que su sueldo de oficial era de tres mil rublos, y aunque entró en posesión de la herencia de su padre, a la muerte de éste, como llevaba una vida muy libre y como además había tenido que tomar a su cargo a su hermano menor, se endeudaba sin cesar. Este problema del dinero reaparece en todas las páginas de su Correspondencia, mucho más apremiante aún que en la de Balzac; tiene un papel extremadamente importante hasta casi el final de su vida, y no fue sino recién en sus últimos años que salió verdaderamente de la tortura. Dostoievski lleva primero una vida disipada. Corre por los teatros, los conciertos, los ballets. Es descuidado. Llega hasta alquilar un apartamento, porque, simplemente, le agrada la cabeza del arrendatario. Su sirviente le roba; se divierte en dejarse robar. Tiene bruscos saltos en su carácter, según la buena o mala fortuna. Ante su incapacidad para dirigirse en la vida, su familia y sus amigos desean verle vivir con su amigo Riesenkampf. "Toma como ejemplo el bello orden germánico de éste", le dicen. Riesenkampf, algunos años mayor que Fedor Mikhailovitch, es doctor. En 1843, vino a instalarse en Petersburgo. En ese tiempo, Dostoievski se encontraba sin un copeck; vivía de leche y pan a crédito. "Fedor es una de esas personas cerca de las cuales se vive muy bien, pero él mismo estará toda su vida en la indigencia", leemos en una carta de Riesenkampf. Se establecen, pues, juntos, pero Dostoievski se revela un camarada imposible. Acoge a los clientes de Riesenkampf en la sala donde éste los hacía esperar. Cada vez que uno de ellos le parece miserable, lo socorre con el dinero de Riesenkampf, o con el suyo cuando lo tiene. Cierto día, recibe mil rublos de Moscú. El dinero sirve ante todo para satisfacer algunas deudas; y después, esa misma noche, Dostoievski aventura en el juego el resto de la suma (al billar, nos lo ha contado él). Y a la mañana del siguiente día se ve precisado a pedir prestado cinco rublos a su amigo. Olvidaba decir que los cincuenta últimos rublos le fueron robados por un cliente de Riesenkampf, y que Dostoievski, en un impulso de súbita amistad, había introducido hasta su habitación. Riesenkampf y Fedor Mikhailovitch Dostoievski se separan en marzo de 1884, sin que el último parezca muy enmendado. En 1846 publica Las Pobres Gentes. Este libro tuvo un éxito enorme y rápido. La manera como Dostoievski habla de este éxito es reveladora. Leemos en una carta de esa época: “Estoy aturdido; no vivo ni tengo tiempo de reflexionar. Se me ha creado un renombre dudoso, y no sé hasta cuanto durará este infierno".
No hablo más que de los acontecimientos más importantes y salto por encima de la publicación de varios libros de menor interés. En 1849, es apresado por la policía con un grupo de sospechosos. Es lo que se ha llamado la conspiración de Petrachevski. Y es muy difícil decir cuáles eran justamente las opiniones políticas y sociales de Dostoievski en ese tiempo. En esa frecuentación de personas sospechosas, es preciso ver sin duda mucho de curiosidad intelectual y cierta curiosidad de corazón que le empujaba imperiosamente hacia el peligro; pero nada nos permite creer que Dostoievski, haya sido nunca lo que se puede llamar un anarquista, un ser peligroso para la seguridad del Estado. Numerosos pasajes de su Correspondencia y del Diario de un Escritor nos los presentan de una opinión muy distinta, y todo el libro de Los Endemoniados nos ofrece algo así como el proceso mismo de la anarquía. Siempre recordará que fue apresado entre esas gentes sospechosas que se reunían alrededor de Petrachovski. Fue encarcelado y sometido a juicio; oyó su condena a muerte. Sólo en el último momento esa pena de muerte le fue conmutada, siendo enviado a Siberia. Todo esto ya lo sabéis. Yo quisiera deciros en estas conversaciones lo que no podríais encontrar en otro lado; pero para aquellos que no lo conocen, leeré no obstante algunas páginas de sus cartas donde se trata de su condena y de su vida en el presidio. Me han parecido extremadamente reveladoras. Veremos, a través de la pintura de sus agonías, reaparecer sin cesar ese optimismo que le sostiene toda su vida. He aquí lo que escribía el 18 de julio de 1849, desde la fortaleza donde esperaba su juicio: “Hay en el hombre una gran reserva de resistencia y de vida, y, verdaderamente, no creí nunca que en tan gran cantidad. En esta ocasión, lo he aprendido por experiencia". Después en agosto, muy abrumado por la enfermedad: "Es un pecado desalentarse... El trabajo excesivo, con amor; he aquí la verdadera felicidad". Y todavía el 14 de septiembre de 1849: "Me esperaba lo peor, y siento no obstante que hay en mí una provisión tan grande de vida que es difícil agotarla". Os leeré casi por entero, su pequeña carta del 22, de diciembre: "Hoy, 22 de diciembre, se nos ha conducido a la plaza Semionovski. Ahí se nos leyó a todos la sentencia de muerte. Se nos hizo besar la cruz, se quebraron las espadas por encima de nuestras cabezas y se nos hizo nuestro supremo tocado (camisas blancas). En seguida, fueron colocados tres de nosotros contra los postes para la ejecución. Yo era el sexto y llamaban de tres en tres; estaba, pues, en la segunda serie, y no me quedaban más que algunos instantes. Apenas tuve tiempo de abrazar a Plestcheff y Duroff, que estaban a mi lado, y de despedirme de ellos. Finalmente, sonó el clarín, fueron traídos los que estaban atados a los postes y se nos leyó que su majestad imperial nos acordaba la vida". Encontraremos repetidas más de una vez, en las novelas de Dostoievski, las alusiones más o menos directas a la pena de muerte y a los últimos instantes del condenado. No puedo detenerme en esto por el momento. Antes de la partida para Semipalatinsk, se le dio una media hora para despedirse de su hermano. Fue el más tranquilo de los dos, nos refiere un amigo, y dijo a su hermano: “En el presidio, amigo mío, no hay animales salvajes, sino hombres, quizá mejores que yo, tal vez más meritorios... ¡Oh, sí! Nos veremos aún; lo espero, no me cabe la menor duda. Escríbeme sólo, y envíame libros; pronto te indicaré cuáles. Supongo que allá podremos leer". (Esta era una piadosa mentira para consolar a su hermano, agrega el cronista) "Apenas haya salido, comenzaré a escribir; he vivido mucho durante estos meses aquí; y en todo este tiempo que veo ahora ante mí, ¡qué es lo que no voy a ver y probar! No me faltará materia para poder escribir en seguida". Durante los cuatro años de Siberia que siguieron, no le fue permitido a Dostoievski escribir a los suyos. Al menos el volumen de Correspondencia que tenemos no nos da ninguna carta de esa época, y los Documentos (Materialen) de Orestes Müller, aparecidos en 1883, no nos señalan ninguna, pero desde la publicación de esos Documentos, numerosas cartas de Dostoievski se han visto libradas a la publicidad; y todavía han de encontrarse otras, sin duda. Según Müller, Dostoievski salió del presidio el 2 de marzo de 1854; según los documentos oficiales salió el 23 de febrero. Los archivos hacen mención de diecinueve cartas de Fedor Dostoievski desde el 16 de marzo de 1854 al 11 de septiembre de 1856, a su hermano, a parientes y amigos, durante los años de servicio militar en Sermpalatinsk, donde acabó de purgar su pena. La traducción de Bienstock no da más que doce cartas, y, no sé por qué, no aparece la admirable carta del 22 de febrero de 1854, de la que apareció una traducción en 1886 en los números 12 y 13 (actualmente imposible de encontrar), de La Vogue y que vuelve a ofrecer la Nouvelle Revue Francaise en su número del 1º de febrero de este año. Precisamente porque no se encuentra en el volumen de su Correspondencia, permitidme leeros largos pasajes: 22 de febrero de 1854. "Puedo, al fin, conversar contigo más largamente, más seguramente también, me parece. Pero ante todo déjame preguntarte en nombre de Dios: ¿Por qué no me has escrito aún una sola línea? ¡Nunca lo hubiera creído! Cuántas veces en mi prisión, en mi soledad, he sufrido verdadera desesperación pensando que quizá ya no existieras; y reflexionaba noches enteras en la suerte de tus hijos y maldecía al destino que no me permitía ir en su ayuda!..." Como vemos, no sufre más por sentirse abandonado, sino por no poder prestar su ayuda. "¿Cómo expresarte todo lo que tengo en mi cabeza? Hacerte comprender mi vida, las convicciones que he adquirido, mis ocupaciones durante este tiempo, es imposible. No quiero hacer las cosas por la mitad: no decir más que una parte de la verdad, es no decir nada. He aquí al menos la esencia de esa verdad: la tendrás por entero si sabes leer. Te debo el relato de todo eso. Voy a comenzar, pues, a reunir mis recuerdos. "¿Te acuerdas de cómo nos separamos, querido mío, mi mejor amigo? Desde que me dejaste... se nos condujo a los tres, a Duroff, a Yastriembski y a mí, para ajustarnos los grillos. Fue a media noche, el día mismo de Navidad, que se nos colocaron los grillos por primera vez. Pesan diez libras y dificultan mucho el caminar. Luego, nos hicieron subir en unos trineos descubiertos, separados y con un guardia (había cuatro trineos, pues el "feldyeguer" tenía uno para él solo), y así abandonamos San Petersburgo. “Yo estaba afligido, la multitud de mis sentimientos me turbaba. Me parecía que estaba aprisionado en un torbellino y sentía una enorme desesperación. Pero el aire fresco me reanimó, y como sucede siempre en cada cambio de nuestra vida, la vivacidad misma de mis impresiones me devolvió el valor, de manera que al cabo de muy poco tiempo volví a serenarme. Me puse a mirar con más interés mientras atravesábamos San Petersburgo. Las casas estaban iluminadas en honor de la fiesta, y dije adiós a cada una de ellas, una tras otra. Dejamos atrás tu casa. La de Krorevski estaba toda iluminada. Fue aquí donde me puse mortalmente triste. Sabía por ti mismo que había allí un árbol de Navidad y que Emilia Teodorovna debía llevar allí a los niños. Me parecía decirles adiós. ¡Cómo los echaría de menos! ¡Y cuántas veces aún, varios años después, los he llamado con las lágrimas en los ojos! "Estamos en Yaroslav. Después de tres o cuatro estaciones nos detuvimos en Schlisselburgo hacia el alba, en un "traktir". Nos lanzamos sobre el té como si no hubiéramos comido durante una semana. Ocho meses de prisión y sesenta verstas de camino nos habían dado un apetito tan grande que lo recuerdo con placer. Estaba alegre. Duroff hablaba incesantemente. En cuanto a Yastriembski, veía negro su porvenir. Probamos a nuestro "feldyeguer". Era un buen viejo, lleno de experiencia; había atravesado toda Europa llevando despachos. Nos trató con una dulzura y una bondad que no te puedes imaginar. Nos fue muy precioso a lo largo del viaje. Su nombre es Kusma Prokolyitch. Entre otras complacencias, tuvo la de procurarnos trineos cubiertos, lo que no nos fue indiferente, pues el frío llegaba a ser terrible. "Siendo el día siguiente festivo, los "yamschtchiki” habían vestido el "armiak" de paño gris alemán, con cinturones escarlata. En las calles de la ciudad, ni un alma. Hacía un espléndido día de invierno. Nos fue preciso atravesar los desiertos de los gobiernos de San Petersburgo, Novgorod, Yaroslav, etc. No encontramos más que pequeños y desperdigados pueblos sin importancia, pero a causa de las fiestas encontramos en todas partes de comer y de beber. Teníamos un frío horrible, aunque íbamos muy abrigados. "No puedes imaginarte lo intolerable que es pasar sin moverse diez horas en la "kibitka" y hacer así cinco o seis estaciones por día. Tenía frío hasta el corazón, y apenas si llegué a calentarme un poco en un cuarto caldeado. En el gobierno de Perm, tuvimos una noche de 40°; no te aconsejo que hagas esta experiencia. Es bastante desagradable. "El paso del Ural fue un desastre. Había una tempestad de nieve. Los caballos y las "kibitki" se hundieron. Fue necesario descender y esperar que se les sacara. Estábamos en plena noche. Alrededor de nosotros la nieve, la tempestad, la frontera de Europa; ante nosotros, Siberia y el misterio de nuestro porvenir; detrás, todo nuestro pasado. Era triste. Lloré. "Durante todo nuestro viaje, aldeas enteras acudieron para vernos, y, a pesar de nuestros hierros, se nos hacía pagar triple en las estaciones. Pero Kusma Prokolyitch tomaba por su cuenta casi la mitad de nuestros gastos: lo exigió; de manera que nosotros... no gastamos más que quince rublos plata cada uno. "El 11 de enero de 1850 llegamos a Tobolsk. Después de habernos presentado a las autoridades, se nos registró, se nos tomó todo nuestro dinero, y nos pusieron a mí, Duroff y Yastriembski en un compartimiento aparte, mientras que Spieschner y sus amigos ocupaban otro; así, pues, casi no nos veíamos. "Quisiera hablarte detalladamente de los seis días que pasamos en Tobolsk y de la impresión que me dejaron. Pero este no es el momento. Puedo únicamente decirte que hemos estado rodeados de tanta simpatía, de tanta compasión, que nos sentimos felices. Los viejos deportados (o al menos si no ellos, sus mujeres) se interesaban por nosotros como parientes. ¡Almas maravillosas, que veinticinco años de desgracia han sacudido sin agriarlas! Por otra parte, apenas pudimos entreverlas, pues se nos vigilaba muy severamente. Nos enviaron víveres y ropas. Nos consolaban, nos alentaban. Yo, que había partido sin nada, sin llevar siquiera las ropas necesarias, ya había tenido ocasión de arrepentirme durante el camino... Acogí, por supuesto, con alegría las coberturas que nos procuraron. "Finalmente, partimos. "Tres días después llegamos a Omsk. "Ya en Tobolsk, supe quiénes debían ser nuestros jefes inmediatos. El comandante era un hombre muy honesto. Pero el mayor de la plaza de Krivtsoff era un bribón como hay pocos; bárbaro, maniático, provocador, borracho, en una palabra: todo lo que se puede imaginar de más vil. "El día mismo de nuestra llegada nos trató de tontos a Duroff y a mí, a causa de los motivos de nuestra condena, y juró que a la primera infracción nos haría infligir un castigo corporal. Era mayor de plaza desde hacía diez años, y cometía a vista y paciencia de todo el mundo injusticias terribles. Pasó a la justicia diez años más tarde. ¡Dios me ha preservado de ese bruto! Llegaba siempre ebrio (no lo he visto nunca de otro modo), buscaba querella a los condenados y los castigaba bajo el pretexto de que él estaba "hastiado de todo". Otras veces, durante su visita nocturna, porque un hombre dormía del costado derecho, porque otro hablaba en sueños, en fin, por todos los pretextos que se le ocurrían, nueva distribución de golpes. !Y con tal hombre nos era preciso vivir sin atraer su cólera! Y este hombre dirigía todos los meses informes sobre nosotros a San Petersburgo. ................................................................................................................... "He pasado cuatro años detrás de un muro, no saliendo más que para ser conducido al trabajo. ¡El trabajo era duro! Me ha tocado trabajar, agotado ya, durante el mal tiempo, bajo la lluvia, el barro, o bien bajo el frío intolerable del invierno. Una vez permanecí cuatro horas ejecutando un trabajo suplementario: el mercurio estaba congelado; hacía más de 40° de frío. Tenía un pie helado. "Vivíamos en montón, todos juntos, en el mismo cuartel. Imagínate un viejo edificio derruido, una construcción de madera, inhabitable y desde mucho tiempo atrás condenada a ser demolida. En el estío, uno se ahogaba allí; en el invierno, se helaba. "El piso estaba podrido, recubierto de un verschok de mugre. Las pequeñas ventanas estaban opacas de grasa, hasta el punto de que, aún de día, apenas si se podía leer. Durante el invierno estaban cubiertas de un verschok de hielo. La lámpara rezumaba. Las paredes estaban rajadas. Estábamos oprimidos como arenques en un tonel. Aunque se pusieran seis leños en la estufa, no hacían ningún calor (el hielo apenas se fundía en el cuarto), sino un humo insoportable. Y esto durante todo el invierno... "Los forzados lavaban ellos mismos sus ropas en los cuartos, de manera que había mares de agua por todas partes. No se sabía por dónde caminar. Desde que caía la noche hasta el día, estaba prohibido salir bajo ningún pretexto, y se ponía a la entrada de los cuartos una cubeta para un uso que adivinarás; toda la noche el olor nos asfixiaba. "Pero, decían los forzados, puesto que somos seres vivientes, ¿cómo no hacer porquerías?" "Por lecho, dos planchas desnudas de madera; no se nos permitía más que una almohada. Por frazadas, mantas cortas que nos dejaban los pies descubiertos. Temblábamos toda la noche. Las chinches, las pulgas y las cucarachas se habrían podido medir por decalitros. Nuestra vestimenta de invierno consistía en dos tapados forrados, de los más usados, que no daban calor alguno; en los pies, botas de caña corta, y ¡ya está! ¡Marchaos a Siberia! "Se nos daba de comer pan y schtschi (sopa de repollo agrio) cuando el reglamento prescribía dar un cuarto libra de carne a cada hombre, Pero esta carne se servía en picadillo y yo no pude descubrirla nunca. Los días de fiesta, teníamos cacha (harina de trigo, cocida), casi sin manteca; durante la cuaresma, agua con repollo y nada más. Mi estómago está extremadamente debilitado, he estado enfermo más de una vez. ¡Juzga si es posible vivir sin dinero! Si no lo hubiera tenido, ¿qué habría sido de mí? Los forzados ordinarios no podían sino contentarse con este régimen; pero todos realizan en el interior de la cárcel un pequeño comercio y se ganan algunos copecks. Yo bebía té y lograba obtener a veces por dinero el pedazo de carne que me correspondía. Fue así como me salvé. Además, habría sido imposible no fumar, pues se asfixiaba uno en aquella atmósfera; pero era preciso ocultarse. "He pasado más de un día en el hospital. He sufrido crisis de epilepsia, aunque raras, es verdad. Tengo aún dolores reumáticos en los pies. Aparte de esto, mi salud es buena. A todos estos disgustos, agrega la casi completa privación de libros. Cuando por azar podía procurarme uno, tenía que leerlo a escondidas, en medio del incesante odio de mis camaradas, la tiranía de los guardias y el ruido de las disputas, las injurias y los gritos; en medio de un perpetuo alboroto. ¡Nunca solo! Y esto, durante cuatro años. ¡Cuatro años! ¡Te juro, que decir que estábamos mal, no es bastante! Añade la aprensión continua de cometer cualquier infracción, que comunica al espíritu una inquietud esterilizadora, y tendrás el balance de mi vida. "Lo que han sufrido mi alma y mis creencias, mi espíritu y mi corazón durante estos cuatro años, no te lo diré. Sería demasiado largo. La constante meditación a que me entregaba para huir de la amarga realidad, no habrá sido inútil. Tengo ahora deseos y esperanzas que antes no preveía. Pero éstas no son aún más que hipótesis; dejémoslas, pues. ¡Sólo te pido que no me olvides, que me ayudes! Necesito libros, dinero: házmelos llegar, ¡en nombre de Cristo! "Omsk es una pequeña ciudad, casi sin árboles; un calor excesivo, viento y polvo en verano; en invierno, un viento glacial. No he visto la campaña. La ciudad es sucia, soldadesca y por consecuencia libertina en el más alto grado (hablo del pueblo). Si no hubiera encontrado almas simpáticas, creo que me hubiera perdido. Konstantin Ivonitch Ivanor ha sido un hermano para mí. Me ha prestado todos los servicios posibles. Le debo dinero. Si va a San Petersburgo, agradécele. Le debo veinticinco rublos. Pero, ¿cómo pagar esa cordialidad, esa constante disposición para satisfacer cada uno de mis deseos, esas atenciones, esos cuidados?... ¡Y éste no es el único! Hermano, hay muchas almas nobles en el mundo. "Te he dicho ya que tu silencio me ha atormentado mucho. Pero te agradezco el envío de dinero. En tu próxima carta (aún en la carta oficial, pues no estoy seguro todavía de poder darte otra dirección) mándame noticias de ti, de Emilia Teodorovna, de los niños, los parientes, los amigos, de nuestros conocidos de Moscú, cuál vive y cuál ha muerto. Hablame de tu comercio: ¿con qué capital haces ahora tus negocios? ¿Tienes éxito? ¿Posees ya algo? En fin, ¿podrías ayudarme pecuniariamente, y con cuánto por año? No me envíes el dinero en la carta oficial, salvo e! caso de que yo no encuentre otra dirección; de cualquier manera, firma siempre Mikhail Petrovitch ( ¿comprendes?). Pero tengo aún un poco de dinero; en cambio, no tengo libros. Si puedes, envíame las revistas de este año, por ejemplo, los Anales de la Patria. “Pero he aquí lo más importante: me son necesarios (a cualquier precio) los historiadores antiguos (traducción francesa) y los nuevos; algunos economistas y los Padres de la Iglesia. Elige las ediciones menos costosas y las más compactas. Envíamelo inmediatamente. ................................................................................................................. "Son gentes simples, se me dirá para alentarme. Pero un hombre simple es mucho más de temer que un hombre complicado. "Por otra parte, los hombres son en todos lados los mismos. En los trabajos forzados, entre bandidos, he terminado por descubrir hombres, hombres verdaderos, caracteres profundos, potentes, bellos. Oro bajo la escoria. Hay allí algunos que, por ciertos aspectos de su naturaleza, obligaban a la estima; otros, eran bellos por entero, en absoluto. He enseñado a leer a un joven Tcherky, enviado a la prisión por bandidaje; le he enseñado también el ruso. ¡De qué reconocimiento me ha rodeado! Otro forzado lloraba al dejarme; le he dado dinero, muy poco, y me demostró una gratitud sin límites. Y, sin embargo, mi carácter era agrio; yo era con ellos algo caprichoso, inconstante. Pero ellos tenían consideración frente al estado de mi espíritu y soportaban todo de mí sin murmurar. ¡Y cuántos tipos maravillosos he podido observar en la prisión! He vivido su vida y puedo jactarme de conocerlos bien. "¡Cuántas historias de aventureros y de bandidos he recogido! Podría hacer varios volúmenes. ¡Qué pueblo extraordinario! No he perdido el tiempo; si no he estudiado a Rusia, conozco, en cambio, de memoria al pueblo ruso; muy pocos lo conocen como yo... Creo que me alabo. Es perdonable, ¿verdad? .............................................................................................................. "Envíame el Corán, Kant (Crítica de la razón pura), Hegel, sobre todo su Historia de la Filosofía. Mi porvenir depende de todos esos libros. Pero, sobre todo, muévete para obtener que se me envíe al Cáucaso. Pregunta a personas bien informadas dónde podría publicar mis libros y qué diligencias sería preciso hacer. Por otra parte, no pienso publicar nada antes de dos o tres años. ¡Pero desde allá lejos, ayúdame a vivir! ¡Te insto a ello! ¡Si no tengo un poco de dinero, seré víctima del servicio! ¡Cuento contigo! ............................................................................................................. "Ahora voy a escribir novelas y dramas. ¡Pero tengo aún que leer mucho, mucho; no me olvides, pues! Una vez más aún, adiós. F. D. Esta carta quedó sin respuesta, como tantas otras. Resultó que Fedor Mikhailovitch quedó sin noticias de los suyos durante todo su cautiverio, o casi todo. ¿Es preciso creer, de parte de su hermano, en la prudencia, en el temor de comprometerse, en la indiferencia quizá? No lo sé... Hacia esta última interpretación se inclina su biógrafo, la señora Hoffmann. La primera carta que conocemos después de su libertad y su enrolamiento en el 7.° batallón de infantería del cuerpo de Siberia, es del 27 de marzo de 1854. No figura en la traducción de Bienstock. Leemos en ella: "Envíame... no diarios, sino historiadores europeos. Economistas. Padres de la Iglesia. Preferentemente los antiguos: Herodoto, Tucídides, Tácito, Plinio, Flavio, Plutarco, EKodoro, etc., traducidos al francés. Además, el Corán y un diccionario alemán. Naturalmente, todo esto no de una sola vez; pero, en fin, lo que puedas. Envíame también la Física de Pissaren, y un tratado de fisiología, no importa cuál, francés, que debe ser mejor que uno ruso. Todo en las ediciones menos costosas. No de una vez; lentamente, un libro después de otro. Por poco que hagas te estaré reconocido. Comprende, pues, cuánta necesidad tengo de este alimento intelectual. "Conoces al presente mis principales ocupaciones —escribe un poco más tarde. "A decir verdad, no tengo otras que las del servicio. Nada de acontecimientos exteriores, nada de disturbios en mi vida, nada de accidente. Pero lo que Pasa en el alma, en el corazón, en el espíritu, lo que ha nacido, lo que ha muerto, lo que está marchito, lo que ha sido arrojado al mismo tiempo que la cizaña, esto no se dice ni se cuenta en un trozo de papel. Vivo aquí en el aislamiento: me oculto, como habitualmente. Por otra parte, durante los cinco años en que estaba bajo escolta, a veces era para mí la más grande delicia encontrarme solo. En general, el presidio ha destruido muchas cosas en mí y ha hecho nacer otras. Por ejemplo, ya te he hablado de mi enfermedad: extraños accesos que se parecen a los de la epilepsia, y sin embargo, no es la epilepsia. Algún día te daré detalles." Sobre esta terrible enfermedad, tornaremos en la última de estas conversaciones. Leamos aún en la carta del 6 de noviembre del mismo año: "... Ya harán muy pronto diez meses que he comenzado una nueva vida. En cuanto a los otros cuatro años, los considero una época durante la cual estaba enterrado vivo y encerrado en un ataúd. ¡Qué terrible época era! No tengo fuerzas para contártela, amigo mío. Era un sufrimiento indecible, interminable; cada hora, cada minuto, pesaba sobre mi alma. Durante esos cuatro años, ni un instante durante el cual yo no sintiese que estaba en el presidio." Pero, muy pronto después, ved cómo su optimismo vuelve a adquirir la superioridad perdida: "Estaba de tal manera impresionado durante el verano, que apenas si podía dormir. Pero al presente estoy habituado. Mi salud también ha mejorado un poco. Y, sin perder la esperanza, miro el porvenir con bastante valor." Tres cartas de esta misma época fueron dadas por el número de abril de 1898 de la Niva. ¿Por qué Bienstock no nos da más que la primera de esas cartas y no menciona ni siquiera la del 21 de agosto de 1855? Dostoievski hace en ella alusión de una carta de octubre precedente, que no ha sido aún encontrada. "Cuando en una carta de octubre del año precedente te hago oír las mismas quejas (con respecto al silencio de los otros), me respondiste que te había sido muy doloroso leerlas. ¡Mi querido Micha! ¡Por amor de Dios, no me quieras mal por eso; piensa que estoy solo y como un guijarro abandonado. Mi carácter ha sido siempre sombrío, enfermizo, susceptible... Soy el primero en confesar mi error." ¡Dostoievski volvió a San Petersburgo el 29 de noviembre de 1859. En Semipalatinsk se casó. Desposó a la viuda de un forzado, madre ya de un muchacho, naturaleza muy poco interesante, al que parece que Dostoievski adoptó y tomó a su cargo. Tenía la manía de cargarse de obligaciones. "Había cambiado muy poco", nos dice Miliukoff, su amigo, y agrega: "Su mirada es más audaz que antes y su rostro no ha perdido nada de su expresión enérgica." En 1861 hizo aparecer: Humillados y ofendidos. En 1861-62, Recuerdos de la Casa de los Muertos. Crimen y Castigo, la primera de sus grandes novelas, no apareció hasta 1866. En los años 1863, 1864 y 1865, se ocupó activamente en una revista. Una de sus cartas nos habla de esos años intermediarios con tanta elocuencia, que no me privo de leer también esos pasajes. Es, creo, la última cita que haré de su Correspondencia. Esta carta es del 31 de marzo de 1865. "... Voy a narrarle la historia durante este lapso. No toda, sin embargo. Sería imposible, pues en tales casos no se cuentan nunca en las cartas las cosas esenciales. Hay cosas que no puedo relatar tan simplemente. Es por esto que me limitaré a darle un rápido vistazo desde el último año de mi vida. "Ud. sabe, probablemente, que hace cuatro años, mi hermano emprendió la edición de una revista. Yo colaboraba en ella. Todo iba bien. Mi Casa de los Muertos había obtenido un éxito extraordinario, que renovó mi reputación literaria. Mi hermano, al comenzar la edición, tenía muchas deudas; fueron pagadas, cuando, de golpe, en mayo de 1863, la revista fue clausurada a causa de un artículo vehemente y patriótico que, mal comprendido, fue juzgado como una protesta contra los actos del gobierno y la opinión pública. Este golpe lo acabó; contrajo deudas sobre deudas; su salud comenzó a alterarse. Yo, en ese momento, no estaba cerca de él; estaba en Moscú, a la cabecera de mi esposa moribunda. ¡Sí, Alejandro Egorovitch, sí, mi amigo querido! Usted me escribe, me compadece por la pérdida cruel que ha sido para mí la muerte de mi ángel, de mi hermano Miguel, y usted no sabe hasta qué punto la suerte me aplastaba. Otro ser que me amaba y que yo amaba infinitamente, mi esposa, ha muerto de tisis en Moscú, donde se había instalado hacía un año. Durante todo el invierno de 1864 no abandoné nunca su cabecera. ................................................................................................................. "¡Oh, amigo mío! Ella me amaba infinitamente y yo lo mismo; sin embargo, no vivíamos felices juntos. Le contaré todo eso cuando lo vea; bástele saber, por ahora, que, aunque muy infelices juntos (a causa de su carácter extraño, hipocondríaco, y de su fantasía enfermiza), no podíamos dejar de amarnos. Más aún, cuanto más desgraciados éramos, más nos atraíamos el uno al otro. Por extraño que esto parezca, es así. Era la mujer más honesta, la más noble, la más generosa de todas las que he conocido en mi vida. Cuando murió (a pesar de los tormentos que experimenté durante todo un año al verla ir muriéndose), aunque yo haya apreciado y sentido dolorosamente lo que sepultaba con ella, no podía imaginarme cómo sería mi vida de vacía y dolorosa. He aquí que hace ya un año, y este sentimiento permanece siempre intacto... "Muy pronto después de haberla sepultado corrí a San Petersburgo, a casa de mi hermano. ¡Me dejaba solo! Tres meses más tarde ya no existía. No estuvo enfermo más que un mes, y al parecer de poca gravedad, de manera que la crisis que lo llevó en tres días, era casi inesperada. "Y he aquí que, de un golpe, me encontré solo; y he sentido miedo. ¡Ha llegado a ser terrible! Mi vida quebrada en dos. De un lado el pasado con todo aquello por lo que había vivido, del otro lo desconocido, sin un solo corazón para reemplazar a los dos desaparecidos. Literalmente, no me quedaba razón de vivir. ¿Crearse nuevos lazos? ¿Inventar una nueva vida? Sólo el pensamiento éste me causaba horror. Entonces, por primera vez, he sentido que no tenía con qué reemplazarlos, que yo no amaba más que a ellos en el mundo, y que un nuevo amor no sólo no existiría sino que no debía existir." Esta carta fue continuada en abril, y quince días después del grito de desesperación que acabamos de oír, leemos, con fecha 14 del mismo mes, lo que sigue: "De todas las reservas de fuerza y energía, ha quedado en mi alma algo confuso y vago, algo vecino a la desesperación. La turbación, la amargura, el estado más anormal para mí... ¡Y, además, estoy solo! "No existe ya el amigo de cuarenta años. No obstante, me parece siempre que me preparo a vivir. Es ridículo, ¿verdad? ¡La vitalidad del gato! Y agrega: "Le escribo todo, y veo que de lo principal de mi vida moral y espiritual no le digo nada. No le he dado siquiera una idea." Y quisiera cotejar esto con una frase extraordinaria que leí en Crimen y Castigo. Dostoievski nos relata en esta novela la historia de Raskolnikoff, que se confesó culpable de un crimen y fue enviado a Siberia. En las últimas páginas de este libro, Dostoievski nos habla del extraño sentimiento que se apodera del alma de su héroe. Le parece que por primera vez comienza a vivir: "Sí, nos dice, ¿y qué ha sido de todas esas miserias del pasado? En esta primera alegría del retorno a la vida, todo, aún su crimen, su condena y su envío a Siberia, se le aparecía como un hecho exterior, extraño; parecía dudar casi de que eso le hubiera ocurrido realmente”. Y leo estas frases en justificación de lo que decía al principio: Los grandes acontecimientos de la vida exterior, por trágicos que fuesen, han tenido en la vida de Dostoievski menos importancia que un hecho pequeño, al que es preciso que nos aproximemos mucho. Durante su estada en Siberia, Dostoievski encontró una mujer que puso el Evangelio en sus manos. El Evangelio era, por lo demás, la única lectura oficialmente permitida en el presidio. La lectura y la meditación del Evangelio fueron para Dostoievski de una importancia capital. Todas las obras que escribió a continuación están impregnadas de la doctrina evangélica. En cada una de nuestras conversaciones, nos veremos obligados a volver sobre las verdades que descubre en él. Me parece en extremo interesante, observar y comparar las reacciones tan diferentes que provocó el choque del Evangelio sobre dos naturalezas tan parecidas en ciertos aspectos: la de Nietzsche y la de Dostoievski. La reacción inmediata, profunda, de Nietzsche fue, es preciso decirlo, los celos. No me parece que se pueda comprender bien la obra de Nietzsche sin tener en cuenta ese sentimiento. Nietzsche ha estado celoso de Cristo, celoso hasta la locura. Escribiendo Zaratustra, Nietzsche permanece atormentado por el deseo de aniquilar el Evangelio. A menudo adopta el mismo tono de las Bienaventuranzas para sostener todo lo contrario de éstas. Escribe el Antecristo, y en su última obra, el Ecce-Homo, adopta la actitud del rival victorioso de Aquel cuya enseñanza pretendía suplantar. En Dostoievski, la reacción fue muy diferente. Sintió, desde el primer contacto, que había allí algo superior, no sólo a él, sino a la humanidad entera, algo divino... Esa humildad de la que os hablaba al principio, y sobre la cual me será preciso insistir más de una vez, le disponía a la sumisión ante lo que reconocía superior. Se inclinó profundamente ante Cristo; y la primera y más importante consecuencia de esa sumisión, de ese renunciamiento, fue, ya lo he dicho, preservar la complejidad de su naturaleza. Ningún artista, en efecto, supo poner mejor en práctica esta enseñanza del Evangelio: El que quiera salvar su vida, la perderá; pero aquel que dé su vida (haga abandono de su vida), la tendrá siempre viviente. Es esta abnegación, esta resignación de sí mismo, la que permite, en el alma de Dostoievski, la cohabitación de los sentimientos más contrarios, la que preservó y salvó la extraordinaria riqueza de antagonismos que combatían en él. Examinaremos en la próxima conversación, si varios trazos de la figura de Dostoievski, que pueden parecemos a nosotros, los occidentales, muy extraños, no son rasgos comunes a todos los rusos; y esto nos permitirá ver mejor aún los que le son propiamente personales. II Algunas de las verdades de orden psicológico y moral que los libros de Dostoievski van a permitirnos abordar, me parecen de las más importantes, y estoy deseando ocuparme de ellas; pero son tan audaces y novedosas, que pueden parecemos paradojales si las abordara de frente. Necesito, pues, cierta precaución. En nuestra última conversación me referí a la propia figura de Dostoievski; al presente, me parece oportuno, y precisamente para hacer valer aún más las particularidades de esta personalidad, sumergirla en su atmósfera. He conocido íntimamente algunos rusos; pero no he estado nunca en Rusia, y mi tarea resultaría muy ardua si no recurriera a la ayuda ajena. Os expondré, pues, antes que nada, algunas observaciones sobre el pueblo ruso, que encuentro en un libro alemán sobre Dostoievski. La señora Hoffmann, su excelente biógrafo, insiste primeramente mucho sobre esa solidaridad, esa fraternidad para todos y para cada uno, que, a través de todas las clases de la sociedad rusa, concluyen con la demolición de las barreras sociales y determinan con toda naturalidad esa facilidad de relaciones que encontramos en las novelas de Dostoievski: presentaciones recíprocas, simpatías súbitas, lo que uno de sus héroes llama tan elocuentemente "las familias del azar". Las casas se transforman en vivaques acogedores para el desconocido de la víspera; se recibe al amigo del amigo y la intimidad se establece así muy pronto. Otra nota de Hoffmann sobre el pueblo ruso: su incapacidad de método estricto; y, frecuentemente, incluso de exactitud; parece que el ruso no sufre mucho con el desorden y no hace gran esfuerzo para salir de él. Y si me es permitido aducir una excusa por el desorden de estas conversaciones, la encontraré en la confusión misma de las ideas de Dostoievski, en su extremado embrollo, y la particular dificultad que se encuentra cuando se trata de someterlas a un plan que satisfaga nuestra lógica occidental. De este embrollo, de esta indecisión, la señora Hoffmann hace en parte responsable al debilitamiento de la conciencia de la hora que atraviesa, escapando al ritmo de las horas, las interminables noches de invierno y los interminables días de estío. En una corta alocución en el teatro del Vieux-Colombier, citaba ya esta anécdota que ella nos cuenta: un ruso al que se le reprochaba su inexactitud, replicaba: "Sí, la vida es un arte difícil. Hay instantes que merecen ser vividos correctamente, lo que es mucho más importante que ser puntual a una cita". — Y vemos al mismo tiempo, en esta frase reveladora, el sentimiento particular que tiene el ruso de la vida íntima. Tiene para él más importancia que todas las relaciones sociales. Señalemos aún con la señora Hoffmann, la propensión natural al sufrimiento y a la compasión, al Leiden y al Mitleiden, esa compasión que se tiene hasta con el criminal. No existe en ruso más que una sola palabra para designar al desgraciado y al criminal, una sola palabra para designar el crimen y el simple delito. A esto, si añadimos una constricción casi religiosa, comprenderemos la innata desconfianza del ruso en todas sus relaciones con los otros, y en particular con los extranjeros; desconfianza de la que a menudo se quejan los occidentales, pero que proviene, afirma Hoffman, del sentimiento siempre en vela de su propia insuficiencia y pecabilidad, más que del sentimiento del no valer de los demás: es la desconfianza por humildad. Nada podrá aclarar mejor esta religiosidad tan particular del ruso — que subsiste aún después de extinguida toda fe — que el relato de los cuatro encuentros del príncipe Muischkin, el héroe de El Idiota, que voy a leer: "A propósito de la fe — empezó sonriendo Muischkin — la semana pasada he tenido en dos días cuatro encuentros diferentes. Una mañana, viajando en el ferrocarril, tenía por compañero a S..., con quien estuve charlando lo menos cuatro horas. Había, oído hablar mucho de él y sabía que era ateo. Es un hombre muy instruido y yo me alegraba de poder hablar con él, un verdadero sabio. Además, está perfectamente educado, de manera que me fue hablando, exactamente como si yo fuera su igual, en lo que se refiere a inteligencia y a instrucción. No cree en Dios. Únicamente me sorprendía una cosa, y es que todo lo que decía parecía no tener nada que ver con ello. Ya había hecho observaciones análogas siempre que hablaba con incrédulos o que leía sus libros: siempre me había parecido que todos sus argumentos eran como superficiales. No se lo oculté a S... pero sin duda no me expresé claramente, pues no me comprendió... Por la noche me detuve en una ciudad del distrito; en el hotel donde fui a parar, todo el mundo hablaba de un asesinato que se había cometido allí la noche anterior. Dos campesinos de cierta edad, dos antiguos, amigos, que no estaban borrachos ni uno ni otro, habían tomado té, y después habían ido a acostarse (habían pedido una sola habitación para los dos). Ahora bien, uno de ellos se había fijado desde hacía dos días en un reloj de plata con una cadenita deperlas de cristal que llevaba su compañero. Aquel hombre no era ladrón, era honrado y no estaba mal de fortuna, para ser un campesino. Pero aquel reloj le gustó tanto, tuvo unas ganas de poseerlo tan furiosas, que no pudo dominarse; cogió un cuchillo, y cuando su amigo estaba de espaldas, se acercó despacio; apuntó, levantó los ojos al cielo, se persignó y murmuró devotamente esta oración: "Señor, perdóname, por los méritos de Cristo"; y diciendo esto, asesinó a su amigo de un solo golpe, como a un cordero; después le cogió el reloj. "Rogozhin se echó a reír. Había algo extraño en aquella súbita alegría de un hombre que hasta aquel momento había estado tan sombrío. "—Así me gusta. ¡No he oído nada mejor! — gritó con voz entrecortada y palpitante. — El uno no cree en Dios en absoluto, y el otro cree de tal manera que dice una oración antes de asesinar a la gente... No, príncipe, amigo mío, esas cosas no se inventan; ¡ja, ja, ja! ¡no, no he oído nada mejor! "—Al día siguiente, por la mañana, fui a pasearme por la ciudad — continuó el príncipe en cuanto la hilaridad de Rogozhin se hubo calmado un poco y sólo se manifestaba por el temblor convulsivo de sus labios; — y he aquí que me encuentro un soldado borracho, haciendo eses por la acera. Se me acerca. "Señorito, cómprame esta cruz de plata, te la doy por dos grivnas; y es de plata". Tenía en la mano una cruz que sin duda acababa de quitarse del cuello y que estaba atada con un cordón azul. Pero a la primera mirada se veía que era de estaño, tenía ocho puntas y reproducía fielmente el tipo bizantino. Saqué del bolsillo una moneda de dos grivnas, se la di al soldado y rae até la cruz al cuello; la satisfacción de haber engañado a un señorito tonto apareció en su rostro, y estoy convencido de que fue inmediatamente a gastarse en la taberna el producto de la venta. Entonces, amigo mío, todo lo que veía aquí me producía una impresión muy fuerte; al principio no comprendía a Rusia; en mi infancia había vivido como atontado, y después, durante los cinco años pasados en el extranjero, no me había quedado de mi país natal más que recuerdos en cierto modo fantásticos. Por lo tanto, continué mi paseo pensando: "No, debo esperar antes de condenar a este Judas. ¿Quién sabe lo que puede haber en el fondo de estos débiles corazones de borrachos?" Una hora después, cuando volvía al hotel, me encontré con una campesina que llevaba en sus brazos un niño de pecho. La mujer era todavía muy joven, el niño tendría una semana. Sonreía a su madre y era la primera vez que lo hacía desde su nacimiento. Y de pronto vi a la campesina hacer la señal de la cruz tan piadosamente, ¡tan piadosamente! "¿Por qué haces eso, querida?", le pregunté (Entonces preguntaba siempre). "Pues bien, —me contestó ella, — la misma alegría que siente una madre cuando ve la primera sonrisa de su hijo, esa misma siente Dios cada vez que desde el cielo ve a un pecador dedicarle una oración ferviente". ¡Y era una mujer del pueblo la que decía aquello, y casi con estas mismas palabras, la que expresaba aquel pensamiento, tan profundo, tan fino, tan verdaderamente delicioso, en el que se encuentra todo el fondo del cristianismo, es decir, la noción de Dios considerado como nuestro padre y la idea de que Dios se alegra a la vista del hombre, como un padre a la vista de su hijo, el principal pensamiento de Cristo, ¡y era una sencilla campesina! Es verdad que era madre... y, ¿quién sabe?, quizás era la mujer de aquel soldado. Escucha, Parfenio, he aquí mi respuesta a tu pregunta de hace un momento: al sentimiento religioso, en esencia, no le puede dañar ningún razonamiento, ninguna falta, ningún crimen, ningún ateísmo; hay algo aquí que permanece y permanecerá fuera de todo esto, algo a lo que nunca alcanzaron los argumentos de los ateos. Pero lo principal es que en ninguna parte se observa eso mejor que en el corazón del ruso, y he aquí mi conclusión. Es una de las primeras impresiones que he recibido de nuestra Rusia. ¡Cuánta materia hay para labrarla! Parfenio, hay mucho que hacer en nuestro mundo ruso, créeme." Y vemos al final de este relato dibujarse otro rasgo de carácter: la creencia en una misión particular del pueblo ruso. Esta creencia, la encontramos en numerosos escritores rusos; llega a ser convicción activa y dolorosa en Dostoievski, y su gran agravio contra Turguenieff era, precisamente, por no encontrar en absoluto en él ese sentimiento nacional, por sentir a Turguenieff demasiado europeizado. En su discurso sobre Puschkin, Dostoievski declara que éste, aún en pleno período de imitación de Byron y de Chenier, encontró bruscamente lo que Dostoievski llama el tono ruso, "un tono nuevo y sincero". Respondiendo a esa pregunta que llama "la pregunta maldita": ¿Qué fe puede tenerse en el pueblo ruso y en su valor? Puschkin exclama: "Humíllate, hombre arrogante, es preciso primeramente vencer tu orgullo; humíllate y, ante todo, cúrvate hacia el suelo natal". Las diferencias étnicas no están quizá en ninguna parte mejor acusadas que en la manera de comprender el honor. El secreto resorte del hombre civilizado, que me parece ser no precisamente el amor propio, como dice La Rochefoucauld, sino el sentimiento de lo que llamamos el "puntillo del honor",—ese sentimiento del honor, ese punto neurálgico, no es exactamente el mismo para el francés, el inglés, el italiano, el español... Pero, mirando al pueblo ruso, el puntillo del honor de todas las naciones occidentales parece confundirse. Tomando conocimiento del honor ruso, apreciaremos a la vez con cuánta frecuencia el honor occidental se opone a los preceptos evangélicos. Y precisamente aquí el honor ruso, por separarse del sentimiento del honor occidental, se aproxima al Evangelio; o, si lo preferís, el sentimiento cristiano supera en el ruso, y lo supera a menudo, al sentimiento del honor, tal como nosotros, los occidentales, lo comprendemos. Colocándose entre esas dos alternativas: o vengarse, o, reconociendo sus equivocaciones, presentar excusas, el occidental estimará lo más frecuentemente que esta última alternativa carece de dignidad, que ella es la actitud de un cobarde, de un hombre despreciable... El occidental tiene la tendencia a considerar como un rasgo de carácter no perdonar, no olvidar, no buscar la reconciliación. Y ciertamente, trata de no equivocarse nunca, pero, si lo hace, considera que lo más vergonzoso que le pueda suceder, es llegar a reconocerlo. El ruso, por el contrario, está siempre pronto a confesar sus culpas,—y aun ante sus enemigos—siempre pronto a humillarse, a acusarse. Sin duda, la religión griega ortodoxa alienta en esto una propensión natural, tolerando y aun aprobando a menudo la confesión pública. La idea de una confesión, no en el oído de un cura, sino la de una confesión ante cualquiera, ante todos, se transforma en una especie de obsesión en las novelas de Dostoievski. Cuando Raskolnikoff ha confesado su crimen a Sonia, en Crimen y Castigo, ésta le aconseja inmediatamente, como el único medio de aliviar su alma, prosternarse en la plaza pública y gritar a todos: "Yo he matado". La mayor parte de los personajes de Dostoievski están sujetos, en cierto momento, y muy a menudo de una manera incomprensible e intempestiva, a la necesidad de confesarse y de pedir perdón al otro, que a veces ni comprende de lo que se trata; de la necesidad de ponerse a sí mismo en un estado de inferioridad frente al interlocutor. Os acordáis, sin duda, de esa extraordinaria escena de El Idiota, durante una velada en casa de Natalia Filipovna: se propuso como pasatiempo, y ya que se jugaría a las charadas o al juego de cédulas, que cada uno de los presentes confesase la acción más vil de su vida; y lo admirable es que la proposición no fue rechazada, sino que, por el contrario, unos y otros comenzaron a confesarse, con mayor o menor sinceridad, pero casi sin escrúpulos. Y conozco algo más curioso aún: es una anécdota de la vida del propio Dostoievski. Me la comunicó un ruso de su círculo inmediato. He tenido la imprudencia de contarla a varias personas, y ya se la ha explotado bastante; pero al verla relatada por ahí, la encontré desfigurada. Por esta razón me voy a permitir repetirla aquí: Hay en la vida de Dostoievski ciertos hechos extremadamente obscuros. Uno, en particular, al que ya se hace alusión en Crimen y Castigo (Atenea II, pág. 428), y que parece haber servido de tema a cierto capítulo de Los Endemoniados, que no figura en el libro, sino que ha quedado inédito, aun en ruso, y el que no ha sido publicado hasta el presente, según creo, más que en Alemania, en una edición que no fue puesta a la venta. Se trata de la violación de una niña. La niña mancillada se ahorca en la pieza, mientras que en la pieza vecina, el culpable, Stavroguin, que sabe que se ahorca, espera que haya concluido con su vida. ¿Hay en esta siniestra historia una parte de realidad? Es esto lo que no me importa saber. Siempre experimentó Dostoievski después de una aventura de este género, lo que es fuerza llamar remordimientos. Sus remordimientos lo atormentarán por algún tiempo, y sin duda se dice a sí mismo lo que Sonia decía a Raskolnikoff. La necesidad le obliga a confesarse, pero no a un sacerdote. Buscó a la persona ante quien esta confesión debía serle más penosa: ella era, incontestablemente, Turguenieff. Dostoievski no había vuelto a verlo desde hacía mucho tiempo, y estaba con él en muy malas relaciones. Turguenieff era un hombre ordenado, rico, célebre y universalmente honrado. Dostoievski se armó de todo su coraje, o quizá se dio a una especie de vértigo, a una misteriosa y terrible atracción. Imaginémonos el confortable gabinete de trabajo de Turguenieff. Este estaba en su mesa de trabajo. Golpean. Un lacayo anuncia a Fedor Dostoievski. ¿Qué desea? Se le hace entrar y he aquí que inmediatamente comienza a contar su historia. Turguenieff lo escucha con estupor. ¿Qué le importa a él todo eso? ¡Seguramente el otro está loco! Después de ese relato, un gran silencio. Dostoievski espera de parte de Turguenieff una palabra, un signo... Sin duda cree que como en sus novelas, Turguenieff va a tomarle entre sus brazos, abrazarlo llorando, reconciliarse con él... Pero como nada de eso sucede: —Señor Turguenieff, es preciso que se lo diga: "me desprecio profundamente"... Espera aún. Siempre el silencio. Entonces Dostoievski no soporta más, y furiosamente agrega: —"Pero, más aún, lo desprecio a usted. Es todo lo que quería decirle..." Y sale dando un portazo. Turguenieff estaba, decididamente, demasiado europeizado para comprenderle. Y vemos aquí a la humildad dar lugar bruscamente al sentimiento opuesto. El hombre al que la humildad inclinaba, la humillación lo hace reaccionar altivamente. La humildad abre las puertas del paraíso; la humillación las del infierno. La humildad comporta una especie de sumisión voluntaria; es aceptada libremente; demuestra la verdad de la palabra del Evangelio: "El que se humilla será ensalzado". La humillación, por el contrario, envilece al alma, la doblega, la deforma, la seca, la irrita, la marchita; causa una especie de lesión moral muy difícilmente curable. No hay una sola, creo, de las deformaciones y desviaciones del carácter,—que hacen aparecer a muchos de los personajes de Dostoievski tan inquietantes, tan enfermizamente raros,—que no tenga su origen en alguna humillación previa. Humillados y Ofendidos, tal es el título de uno de sus primeros libros, y su obra, siempre y por entero, está atormentada por esa idea de que la humillación daña, mientras que la humildad santifica. El paraíso, tal como lo sueña y nos lo pinta Aliocha Karamazoff, es un mundo en el que no habrá humillados ni ofendidos. En la más extraña e inquietante figura de esas novelas, el terrible Stavrogin, de Los Endemoniados, encontramos la explicación y la clave de su carácter demoníaco, tan diferente a primera vista a todos los otros, en algunas frases del libro: "Nicolás Vsevolodovitch Stavrogin — cuenta uno de los otros personajes—llevaba entonces una vida irónica, por decirlo así; no encuentro término más apropiado para definirla; no hacía nada y se burlaba de todo.". Y la madre de Stavrogin, a quien se lo decía esto, exclama un poco después: "No; hay algo más que originalidad en el gesto de mi hijo. Me atrevo a decir que hay algo sagrado en él. Mi hijo es un hombre altanero, y su orgullo prematuramente vejado le hizo llevar la vida que usted ha calificado de irónica con tanta exactitud". Y más adelante: "Y si Nicolás—prosiguió Varvara Petrovna, en un tono levemente declamatorio si Nicolás hubiera tenido siempre a su lado a un Horacio tranquilo y sosegado, grande en su humildad, otras de vuestras bellas expresiones, Stepan Trofimovitch, quizá se hubiera librado de ese triste demonio de la ironía, que ha desolado su existencia." Sucede que ciertos personajes de Dostoievski, naturalezas profundamente viciadas por la humillación, encuentran una especie de placer, de satisfacción, en la decadencia que ella lleva consigo, por abominable que sea. "De mi desventura—dice el héroe de El Adolescente, cuando acaba precisamente de experimentar una cruel mortificación del amor propio—de mi desventura, ¿era rencor lo que experimentaba? No sé, quizá sí... Es singular, pero desde mi infancia he tenido siempre ese rasgo: cuando me hacían daño hasta el exceso, cuando se me humillaba vivamente, me nacía en seguida un deseo invencible de someterme a la humillación y de ir más allá de los deseos del ofensor: "¡Ah! ¿Me has humillado? Pues bien, voy a humillarme más todavía: mira y admírate". Pues, si la humildad es un renunciamiento al orgullo, la humillación, por el contrario, trae una exaltación del orgullo. Escuchemos aún el relato del triste héroe de La voz del subsuelo: "Cierta vez, al pasar de noche junto a una taberna, pude ver por el ventano a unos jugadores de billar que se sacudían el polvo con los tacos, y concluyeron por tirar a uno por la ventana. En cualquier otro momento, aquello me habría impresionado; pero hallábame a la sazón en tal estado de ánimo, que hube de sentir envidia del hombre que arrojaron por la ventana, hasta tal punto, que empujé la puerta de la taberna y penetré hasta la sala del billar; puede—decía para mí—que me tiren también por la ventana. "No estaba borracho; pero, ¿quién puede decir a qué crisis nerviosa no es capaz de lanzarnos el aburrimiento? ¡Sin embargo, no me pasó nada! En realidad, yo no tenía valor para saltar por la ventana, y salí de allí sin pegarme con nadie. "No bien hube dado el primer paso dentro de la taberna, un oficial me hizo entrar en mi juicio. "Estaba yo de pie junto a la mesa de billar, e involuntariamente le estorbaba el paso. El oficial me cogió por los hombros, y sin decir palabra, sin hacerme la menor advertencia ni darme ninguna explicación, me quitó de en medio, pasó adelante e hizo como si no me hubiera visto. Yo hubiera podido perdonarle hasta que me pegase, mas no que me hubiese quitado de donde estaba sin siquiera reparar en mí. "Ah, diablo; cuánto no hubiera dado yo por una verdadera reyerta, más regular y decorosa, más literaria, por decirlo así! Habíase conducido conmigo como con una mosca. El oficial era muy corpulento; yo, bajito y flaco. Además, yo era el ofendido; no hubiera tenido que hacer más que protestar y, sin duda alguna, me habrían tirado por la ventana. Mas lo pensé bien, y preferí retirarme muy enfurecido." Pero si continuamos este relato, vemos pronto que este exceso de odio no se nos aparece sino como una inversión del amor: "Después de aquel lance, volví a encontrarme muchas veces en la calle con el oficialote. No se me había despintado su fisonomía. No sé si él se acordaría de mí. Creo que no. Ciertos indicios me autorizan a pensarlo así. Mas lo que es yo, siempre le miraba con rabia y encono, y esto por espacio de muchos años. Mi cólera se fortificaba y crecía de un año a otro. Al principio, muy discretamente, hice por informarme de la vida y milagros del tal oficial. No era eso nada sencillo, pues no me trataba con nadie. Pero un día que lo iba siguiendo de lejos, como si me llevase del ronzal, alguien hubo de llamarle por su nombre, y así supe cómo se llamaba. En otra ocasión lo fui siguiendo hasta su casa y gratifiqué con diez copecks al portero, para que me dijese en qué piso vivía y si era solo o tenía familia, etc.; en una palabra, cuanto podía saber por el portero. Una mañana, y aunque jamás hubiese escrito, ocurrióseme componer un cuento para sacar en él, en caricatura, al aborrecido oficial. Y escribí el cuentecillo con deleite. Manejaba en él la sátira y hasta la calumnia. Le cambié el nombre a mi protagonista de modo que todo el mundo pudiese reconocerle al punto; pero luego, tras de mucho pensarlo, corregí aquello y envié mi narración a los "Anales de la Patria". Pero entonces no estaban de moda las sátiras, y mi cuento no llegó a ver la luz. Aquello me produjo viva contrariedad. Había momentos en que la cólera me ahogaba. A lo último, resolví provocar a mi adversario. Escribíle una carta amena, afectuosa, rogándole me presentase sus excusas, y para el caso de negarse, dirigíale alusiones bastante concretas al duelo. Aquella carta estaba redactada en términos que si el oficial hubiese comprendido lo más mínimo de lo "bello y sublime", seguramente habríase dado prisa en venir a mi casa para echarme los brazos al cuello y brindarme su amistad. ¡Y qué hermoso habría sido tal rasgo! ¡Qué buenas migas hubiéramos hecho! ¡Y tan buenas!". Y es así como en Dostoievski, frecuentemente, un sentimiento da lugar bruscamente al sentimiento contrario. De aquí podemos sacar muchos ejemplos, entre otros, el del desgraciado niño que, en Los Hermanos Karamazoff , muerde odiosamente el dedo de Aliocha, cuando éste le tiende la mano, y cuando entonces, precisamente, sin darse cuenta, el niño comienza a amarle, salvajemente. ¿Y de dónde viene en este niño tal desviación del amor? Este niño ha visto a Dmitri Karamazoff, el hermano de Aliocha, cuando salía ebrio de un traktír, castigar a su padre y arrastrarlo insolentemente por la barba: ¡Mi papá, mi papito! ¡Cuánto te he humillado!, exclamará más tarde. Así pues, frente a la humildad, y sobre el mismo plano moral, si puedo decirlo, pero en la otra extremidad de ese plano: el orgullo, que se agudiza, se exaspera y se deforma, monstruosamente a veces, en la humillación. Ciertamente, las verdades psicológicas le parecen siempre a Dostoievski lo que son en realidad: verdades particulares. Como novelista (pues Dostoievski no es solamente un teórico, es un constructor), se cuida de la inducción y sabe la imprudencia que habría (para él, al menos) en querer formular leyes generales. Esas leyes somos nosotros, si queremos, los que debemos formularlas, como abriendo camino a través del monte talar de sus libros. Esta ley, por ejemplo: que el hombre que ha sido humillado trate de humillar a su vez. A pesar de la lujuriante extraordinariedad de su comedia humana, los personajes de Dostoievski se agrupan, se escalonan sobre un sólo plano, siempre el mismo, el de la humildad y el del orgullo; plano que nos desorienta, aunque no se nos aparece claramente al principio, por esta sola razón: que de ordinario no es en ese sentido que nosotros seccionamos y jerarquizamos la humanidad. Me explico: en las admirables novelas de Dickens, por ejemplo, me siento a veces casi molestado por lo que su jerarquía, y digamos aquí, para emplear la expresión de Nietzsche, su escala de valores ofrece de convencional, casi de infantil. Me parece, leyendo uno de sus libros, tener ante los ojos uno de los Últimos Juicios del Angélico: hay elegidos; hay condenados, y hay dudosos, muy pocos dudosos, que los buenos ángeles y los malos demonios se disputan. La balanza que los pesa a todos, como en un bajorrelieve egipcio, no lleva cuenta más que de su mayor o menor bondad. A los buenos, el cielo; a los malos, el infierno. Dickens sigue aquí la opinión de su pueblo y de su época. Su conclusión es que los malos prosperan y que los buenos son sacrificados; es la vergüenza de esta vida terrestre y de nuestra sociedad. Todas esas novelas tienden a mostrarnos, a hacernos sensible la superioridad de las cualidades del corazón sobre las del espíritu. He elegido a Dickens como ejemplo, porque de todos los grandes novelistas que conocemos, es en él, me parece, en quien la clasificación se presenta de manera más simple. Y agrego: es lo que le permite ser tan popular. Ahora, releyendo casi todos los libros de Dostoievski después de señalada esta clasificación, me ha parecido que hay en él una análoga; menos aparente, sin duda, aunque casi tan simple, y que creo mucho más significativa. No es absolutamente su mayor o menor grado de bondad lo que puede jerarquizar (excusad esta palabra horrorosa) a sus personajes según las cualidades de su corazón; sino mejor, de su mayor o menor orgullo. Dostoievski nos presenta, por una parte, los humildes (y algunos de ellos llevaron la humildad hasta la abyección, hasta complacerse en ésta), y por otra, los orgullosos (y algunos de ellos llevarán el orgullo hasta el crimen). Estos serán de ordinario los más intelectuales. Los veremos, atormentados por el demonio del orgullo, dándose siempre ínfulas de caballeros: "Apuesto algo a que durante toda la noche haa permanecido ustedes en la sala, uno junto al otro, y que ha perdido usted un tiempo precioso dándoselas de caballero...", dice a Stavrogin el inmundo Petr Stepanovitch, en Los Endemoniados; o aún: "A pesar del miedo que le tiene, Catalina Nicolaievna siempre ha sentido veneración por la nobleza de principios y por la superioridad de espíritu de Andrés Petrovitch Versiloff... El, en su carta, le daba palabra de caballero de que nada tenía que temer..., y ella, por su parte, ha respondido con los mismos sentimientos; ha debido haber una especie de torneo de cortesía entre los dos". (El Adolescente) "Nada hay en esto que pueda perjudicar su amor propio—dice Elisabeth Nicolaievna a Stavrogin.—Anteayer, al regresar a mi casa después de haber oído la caballeresca respuesta que usted tuvo para mi pública injuria, adiviné al momento que si me esquivaba era porque estaba usted casado y no porque me despreciase en modo alguno, cosa que me sobrecogía, sobre todo siendo como soy, una muchacha mundana." Y concluye: "El amor propio, al menos, queda a salvo". Sus personajes femeninos, más aún que los masculinos, son constantemente decididos y movidos por una razón de orgullo (véanse la hermana de Raskolnikoff, Nastasia Filipovna y Aglae Epantchin, de El Idiota; Elisabeth Nicolaievna, de Los Endemoniados, y Catalina Ivanovna, de Los Hermanos Karamazoff ). Pero, por una mudanza que me atrevería a calificar de evangélica, los más abyectos están más cerca del reino de Dios que los más nobles; tan dominada está la obra de Dostoievski por estas profundas verdades: "Será acordado a los humildes lo que se rehusará a los poderosos". "He venido a salvar al que estaba perdido", etc. Por una parte vemos el renunciamiento del yo, el abandono de sí mismo; por otra, la afirmación de la personalidad, la "voluntad de poderío", la exageración de la nobleza, y es de notar que esta voluntad de poderío en las novelas de Dostoievski, lleva siempre a la bancarrota. Souday me ha reprochado no ha mucho, el sacrificar Balzac a Dostoievski, hasta de inmolarlo, creo. ¿Es preciso protestar? Mi admiración por Dostoievski es, en verdad, de las más vivas; pero no creo, sin embargo, que pueda cegarme, y estoy pronto a reconocer que los personajes de Balzac son de una diversidad mayor que los del novelista ruso, y su comedia humana más variada. Dostoievski alcanza, sin duda, a regiones mucho más profundas, y toca puntos mucho más importantes que cualquier otro novelista; pero se puede decir que todos sus personajes están tallados en la misma madera. El orgullo y la humildad constituyen los secretos resortes de sus actos, aunque en razón de dosificaciones diversas, las reacciones son en ellos matizadas. En Balzac, como por lo demás en toda la sociedad occidental, francesa particularmente, cuya imagen es la que reflejan sus novelas, dos factores entran en juego, que no tienen casi ningún papel en las novelas de Dostoievski: el primero es la inteligencia; el segundo, la voluntad. No quiero decir que en Balzac la voluntad lleve siempre al hombre hacia el bien, y que no haya más que virtuosos entre sus voluntarios; pero al menos vemos a muchos de sus héroes alcanzar la virtud por medio de la voluntad y hacer una carrera gloriosa a fuerza de perseverancia, inteligencia y resolución. Pensad en sus David Séchard, Bianchon, Joseph Brideau, Daniel d'Arthez..., y así, podría citar veinte más. En toda la obra de Dostoievski no vemos un solo gran hombre. Sin embargo, el admirable padre Zósima, de Los Hermanos Karamazoff , diréis... Sí, ciertamente, es la más elevada figura que el novelista ruso haya trazado; domina desde la altura todo el drama, y cuando tengamos al fin la traducción completa de Los Hermanos Karamazoff , que se nos anuncia, comprenderemos aún mejor su importancia. Pero comprenderemos también mejor lo que para Dostoievski constituye su verdadera grandeza: el padre Zósima no es un gran hombre a los ojos del mundo. Es un santo, no un héroe. Alcanza la santidad precisamente abdicando de la voluntad, renunciando a la inteligencia. En la obra de Dostoievski, así también como en el Evangelio, el reino de los cielos pertenece a los pobres de espíritu. En él, lo que se opone al amor, no es tanto el odio, sino la rumia cerebral. Frente a Balzac, si examino los seres resolutos que me presenta Dostoievski, pronto advierto que son todos seres terribles. Ved a Raskolnikoff, el primero en la lista, ante todo, un ambicioso enfermizo, que quisiera ser Napoleón y que no llega más que a matar a una prestamista y a una inocente muchacha. Ved a Stavrogin, Petr Stepanovitch, Iván Karamazoff y el héroe de El Adolescente (el único de los personajes de Dostoievski que desde el comienzo de su vida, al menos desde que él se conoce, vive con una idea fija: la de llegar a ser un Rothschild; y, como por irrisión, no hay en todos los libros de Dostoievski criatura más débil, más a merced de todos y de cada uno). La voluntad de sus héroes, todo lo que hay en ellos de inteligencia y de voluntad, parece precipitarlos hacia el infierno; y si busco el papel conferido a la inteligencia en las novelas de Dostoievski, me doy cuenta de que es siempre un papel demoníaco. Sus personajes más peligrosos son también los más intelectuales. Y no quiero decir únicamente que la voluntad y la inteligencia de los personajes de Dostoievski no se ejerzan más que para el mal; sino que, aun cuando se esfuerzan hacia el bien, la virtud que logran es una virtud orgullosa y que conduce a la perdición. Los héroes de Dostoievski no entran en el reino de Dios más que renunciando a su inteligencia, abdicando de su voluntad personal, más que por el renunciamiento de sí mismos. En verdad, se puede decir que, en cierto sentido, Balzac es también un autor cristiano. Pero confrontando las dos éticas, la del novelista ruso y la dé novelista francés, podemos comprender hasta qué punto el catolicismo del segundo se separa de la doctrina puramente evangélica del otro; hasta qué punto el espíritu católico puede diferir del espíritu estrictamente cristiano. Para no herir a nadie, digamos, si así lo preferís, que la Comedia Humana, de Balzac, ha nacido del contacto del Evangelio con el espíritu latino, y la comedia rusa de Dostoievski, del contacto del Evangelio con el budismo, con el espíritu asiático. Estas consideraciones no son más que preliminares que nos permitirán penetrar más hondamente en el alma de esos extraños héroes, como me propongo hacerlo en la charla próxima. III Hasta el presente, no hemos hecho casi más que desbrozar el terreno. Antes de abordar las ideas de Dostoievski, quisiera poneros en guardia contra un grave error. En los quince últimos años de su vida, Dostoievski se ocupó mucho en la redacción de una revista. Los artículos que escribió para ésta, han sido reunidos bajo el título de Diario de un Escritor. Dostoievski, en esos artículos, expone sus ideas. Sería, al parecer, más simple y más natural trasladarse sin cesar a ese libro; pero, hay que confesarlo de inmediato, ese libro es engañoso. Encontramos expuestas allí teorías sociales: están borrosas y torcidamente expresadas. Encontramos predicciones políticas: ninguna de ellas se ha realizado. Dostoievski quiere prever el estado futuro de Europa, y se engaña casi constantemente. Souday, que consagraba, no hace mucho, una de sus crónicas del Temps, a Dostoievski, se complacía en revelar sus errores. No consiente en ver en esos artículos más que el periodismo del tipo corriente, lo cual estoy pronto a acordarle; pero me rebelo cuando añade que esos artículos nos informan a maravilla sobre las ideas de Dostoievski. A decir verdad, los problemas que trata Dostoievski en el Diario de un Escritor, no son los que más le interesan: las cuestiones políticas, es preciso reconocerlo, le parecen menos importantes que las sociales; éstas, a su vez, menos importantes, mucho menos, que las cuestiones morales e individuales. Las verdades más profundas y originales que podemos esperar de él, son de orden psicológico; y agrego que, en este dominio, las ideas que plantea permanecen frecuentemente en estado de problemas, en estado de interrogaciones. No busca tanto una solución como una exposición. Una exposición, precisamente, de esas cuestiones que, porque son extremadamente complejas y se mezclan y entremezclan, permanecen lo más a menudo en un estado obscuro. En fin, para decirlo todo, Dostoievski no es propiamente hablando, un pensador; es un novelista. Sus ideas más queridas, más sutiles y más novedosas, las debemos buscar en sus personajes, y no propiamente siempre en sus personajes de primer plano: sucede a menudo que las ideas más importantes, las más audaces, las presta a personajes de segundo plano. Dostoievski no puede ser más torpe cuando se expresa en su propio nombre. Se podría aplicar a él mismo esta frase que pone en labios de Versiloff, en su El Adolescente: "¿Explicarse?... No; es mejor no explicar nada. A mí me gusta hablar sin explicaciones... Casi siempre, cuando he desarrollado una idea en la que tenía fe, no bien he terminado de exponerla, cuando he dejado de creer en ella." Se puede también decir que es raro que Dostoievski no se vuelva contra su propio pensamiento, inmediatamente después de haberlo expresado. Parece que éste exhala para él, de inmediato, esa hediondez de las cosas muertas, parecida a la que se desprendía del cadáver del staretz Zósima, cuando precisamente se esperaban milagros de él—y que se hacía tan penosa para su discípulo Aliocha Karamazoff, la velada mortuoria. Evidentemente, para un "pensador", eso sería bastante vergonzoso. Las ideas no son casi nunca absolutas. Permanecen casi siempre relativas a los personajes que las expresan, y diría más: no únicamente relativas a esos personajes, sino a un momento preciso de la vida de éstos; son, por decirlo así, obtenidas en un estado particular y momentáneo de esos personajes; son relativas; en relación y función directa con el hecho o el gesto que necesitan o que las necesita. Desde que Dostoievski teoriza, nos decepciona. Así, aun en su artículo sobre la mentira, él, que es de una prodigiosa habilidad para poner en escena tipos de mentirosos (y cuán diferentes del de Corneille), y que sabe hacernos comprender a través de ellos qué es lo que puede empujar al embustero a mentir, cuando quiere explicarnos todo esto, cuando emprende la teoría de sus ejemplos, se vuelve trivial y muy poco interesante. Hasta qué punto Dostoievski es novelista, nos lo mostrará ese Diario de un Escritor; pues si es bastante mediocre en los artículos teóricos y críticos, llega a ser excelente tan pronto algún personaje entra en escena. Es en ese diario, en efecto, donde encontramos el bello relato del Mujik Marei, y sobre todo, el admirable Krotckaia, una de las obras más potentes de Dostoievski, especie de novela que no es propiamente más que un largo monólogo, como el de La voz del subsuelo, que escribió hacia la misma época. Pero hay algo mejor que esto,—quiero decir, más revelador: en el Diario de un Escritor, Dostoievski nos permite en dos oportunidades asistir a la elaboración de intrigas novelescas que su espíritu casi involuntaria e inconscientemente va realizando. Después de habernos hablado del placer que sentía al mirar los transeúntes en la calle, y a veces en seguirlos, lo vemos aficionarse frecuentemente por uno de ellos: "Noto un obrero que va sin su mujer del brazo. Pero lleva con él un niño, un muchachito. Ambos poseen el semblante triste de los solitarios. El obrero tiene unos treinta años; su rostro es marchito y de un tinte malsano. Está endomingado, lleva una levita gastada en las costuras y adornada de botones medio desforrados; el cuello de su traje está grasiento, y el pantalón, aunque más limpio, parece no obstante salir de casa del trapero; el sombrero, de forma alta, está muy raído. Este obrero se me figura ser un tipógrafo. La expresión de su cara es sombría, dura, casi maligna. Lleva al niño de la mano, y el pequeño se hace arrastrar un poco. Es un chicuelo de dos años, o poco más, muy pálido, muy endeble, vestido con un saco, botitas de cañas rojas y un sombrero adornado con una pluma de pavo. Está fatigado. El padre le dice algo, se burla quizá de su falta de apostura. El pequeño no responde, y cinco pasos después, su padre se agacha, lo toma en sus brazos y lo lleva. Parece contento el picaro, y enlaza el cuello de su padre. Una vez colgado así, me descubre y me mira con una curiosidad sorprendida. Le hago un ligero signo con la cabeza, pero frunce las cejas y se prende más fuerte al cuello de su padre. Deben ser ambos muy grandes amigos. "En la calle me gusta observar a los transeúntes, examinar sus rostros desconocidos, buscar lo que pueden ser, imaginar cómo viven, qué puede interesarles en la existencia. Ese día me preocupé sobre todo por ese padre y ese niño. Me he figurado que la mujer, la madre, había muerto hacía poco, que el viudo trabajaba en su taller toda la semana, mientras que el niño quedaba abandonado a los cuidados de alguna vieja. Deben habitar en un subsuelo donde el hombre alquila un cuartito, quizá únicamente un rincón del cuarto. Y hoy, domingo, el padre ha conducido al niñito a casa de un pariente, a la casa de la hermana de la muerta, probablemente. Pienso que esta tía, a la que no va a ver muy a menudo, está casada con un suboficial y habita un gran piso en el subsuelo, pero en una pieza aparte. Ha llorado la muerte de su hermana, pero no mucho tiempo. El viudo no ha mostrado mayor dolor, durante la visita al menos. Sin embargo, ha permanecido inquieto, hablando poco y sólo de cosas de interés. Muy pronto se habrá callado. Entonces habrán traído el samovar; se habrá tomado té. El pequeño permanecería sentado en un banco, en un rincón, haciendo sus mojigaterías, frunciendo las cejas, y finalmente, se habrá dormido. La tía y su marido no le prestarían mayor atención; sin embargo, se le habrá dado un trozo de pan y una taza de leche. El sub-oficial, mudo al principio, había lanzado en un momento dado una gruesa broma de soldadote, a causa del pilludo, al que su padre reprendía, precisamente. El pequeño habrá querido volver pronto, y su padre lo volvería a llevar a su casa de Vegorskaia, en Litienaia. "Mañana, el padre irá de nuevo al taller y el muchacho quedará con la anciana" (Diario de un Escritor (Renacimiento, págs. 48 y 49). En otra parte del mismo libro leemos el relato del encuentro que tuvo con una centenaria. La vio al pasar por la calle, sentada en un banco. Le habla, y luego pasa de largo. Pero por la tarde, "después de haber concluido su trabajo", piensa en esta anciana, imagina su retorno cerca de los suyos y los propósitos de éstos por lo anciana. Cuenta su muerte. "Siento placer al imaginar el final de mi historia. Por otra parte, soy un novelista. Me agrada contar historias." Por lo demás, Dostoievski no inventa nunca al azar. En uno de los artículos del mismo Diario, a propósito del proceso de la viuda Korniloff, construye y recompone la novela a su manera, pero puede escribir en seguida, después que el sumario judicial ha arrojado clara luz sobre el crimen: "He adivinado casi todo". Y añade: "Una circunstancia me permitió ir a ver a la Kornilova. Me sorprendió ver que mis suposiciones se encontraban casi conformes con la realidad. Me había equivocado ciertamente en algunos detalles: así Korniloff, aunque campesino, se vestía a la europea, etc.", y Dostoievski concluye: "En suma, mis errores han sido de poca importancia. El fondo de mis suposiciones permanece cierto" (Diario de un Escritor (Ed. Bossard, II, págs. 270 y ss.). (“Un asunto simple, pero complicado") Con tales dones de observador, de creador de tramas y de reconstructor de lo real y si se agregan las cualidades de sensibilidad, se puede hacer un Gogol, un Dickens (y quizá recordaréis el comienzo del Almacén de Antigüedades, donde Dickens también se ocupa de seguir a los transeúntes observándolos, y después que los ha dejado, concluye imaginando su vida); pero estos dones, por prodigiosos que sean, no bastan para hacer un Balzac, un Thomas Hardy, ni un Dostoievski. No bastarían ciertamente para hacer escribir a Nietzsche: "El descubrimiento de Dostoievski ha sido para mí más importante aún que el de Stendhal; es el único que me ha enseñado algo de psicología." He copiado de Nietzsche, hace ya mucho tiempo, esta página que os voy a leer. Escribiéndola, no tenía Nietzsche en vista lo que constituye, precisamente, el mayor valor particular del gran novelista ruso, aquello por lo que se opone a numerosos novelistas nuestros modernos, a los Goncourt por ejemplo, a quienes Nietzsche parece designar aquí: "Moral para psicólogos: ¡no hacer psicología de mercachifles! ¡Nunca observar por observar! Eso da una falsa óptica, una placa velada, algo forzado que se exagera a voluntad. Vivir algo por querer vivirlo — esto no triunfó nunca. No está permitido mirarse a sí mismo durante un suceso cualquiera en el que se participa; todo vistazo resulta entonces una falsa apreciación. Un psicólogo innato se cuida por instinto de mirar para ver: lo mismo sucede con el pintor de nacimiento. No trabaja nunca según la naturaleza; se encierra en su instinto, en su cámara obscura", para tamizar y expresar el "caso", la "naturaleza", la "cosa vivida"... No tiene conciencia de lo general, de la conclusión, de la resultante: no conoce esas deducciones arbitrarias del caso particular. ¿Qué resultado obtiene cuando se comporta de otro modo, cuando, por ejemplo, a la manera de los novelistas parisienses, realiza psicología de mercachifle al por mayor y al por menor? Se espía en cierto modo a la realidad, se adquiere todas las tardes un puñado de curiosidad. Pero observad bien lo que resulta de ahí..." etc. (Mercure, agosto de 1898, pág. 371.). Dostoievski no observa nunca por observar. La obra no nace en él de la observación de lo real; o al menos, no nace sólo de eso. Además no nace tampoco de una idea preconcebida, y es por esto que no es teórica en nada, sino que permanece sumergida en lo real; nace del encuentro de la idea con el hecho, de la confusión (del blending, dirían los ingleses) del uno y la otra, tan perfecta que nunca puede decirre que alguno de los dos elementos supera al otro — de manera que las escenas más realistas de sus novelas son también las más cargadas de significación psicológica y moral; más exactamente, cada obra de Dostoievski es el producto de la fecundación del hecho por la idea. "La idea de esta novela existe en mí desde hace tres años", escribe en 1870, (se trata de Los Hermanos Karamazoff, que escribirá recién nueve años más tarde); y en otra carta: "La cuestión principal que perseguiré en todas las partes de este libro es la misma por la que he sufrido consciente o inconscientemente durante toda mi vida: la existencia de Dios". Pero esta idea queda flotante en su cerebro durante mucho tiempo, hasta que encuentra el hecho preciso (en este caso una causa célebre: un proceso de justicia criminal) que la viene a fecundar; es únicamente entonces que se puede decir que la obra es concebida. "Lo que escribo es algo tendencioso", dirá en esa misma carta hablando de Los Endemoniados que maduraba al mismo tiempo que Los Karamazoff. Esta última novela es también una obra tendenciosa. Ciertamente, nada es menos gratuito — en el sentido que se da hoy a esta expresión — que la obra de Dostoievski. Cada una de sus novelas es una especie de demostración; casi se podría decir un alegato o, mejor aún, una predicación. Y si nos atreviéramos a reprochar algo a este admirable artista, sería quizá el haber querido probar demasiado. Entendámonos: Dostoievski no busca nunca inclinar nuestra opinión. Busca esclarecerla; hacer manifiestas ciertas verdades secretas que, impresionándolo vivamente, le parecían — y a nosotros nos lo parecerán pronto también — de la mayor importancia: las más importantes sin duda que el espíritu del hombre puede alcanzar, no verdades de orden abstracto, no verdades ajenas al hombre, sino verdades de orden íntimo, verdades secretas. Por otra parte, y es eso lo que preserva sus obras de todas las deformaciones tendenciosas, esas verdades, esas ideas de Dostoievski, permanecen siempre sometidas al hecho, profundamente sujetas a lo real. Conserva frente a la realidad humana, una actitud humilde, sumisa; no tuerce ni fuerza nunca el acontecimiento; parece que aplica a su propio pensamiento el precepto del Evangelio: "Quien quiera salvarla, la perderá; quien renuncie a ella, la tendrá verdaderamente viviente" * * * Antes de perseguir algunas de las ideas de Dostoievski a través de sus libros, quisiera hablaros de su método de trabajo. Strakhoff nos cuenta que Dostoievski trabajaba casi exclusivamente por la noche: "Hacia media noche, cuando todo entraba en el reposo, Fedor Mickailovitch Dostoievski quedaba solo con su samovar; y bebiendo a pequeños sorbos un té frío y no muy fuerte, llevaba adelante su trabajo hasta las cinco y seis horas de la mañana. Se levantaba a las dos o las tres de la tarde, pasaba el fin del día recibiendo visitas, paseando o visitando a los amigos." Dostoievski no supo contentarse siempre con ese té "no muy fuerte"; se abandonó, en los últimos años de su vida, a beber mucho alcohol, nos dice. Cierto día, me han contado, Dostoievski salía de su gabinete de trabajo, donde escribía entonces Los Endemoniados, en un estado de gran excitación intelectual, aunque obtenida un poco artificialmente. Era el día de recibo de la señora Dostoievski. Fedor Mickailovitch, huraño, hizo irrupción inopinadamente en el salón donde numerosas damas estaban reunidas; y como una de ellas, llena de fervor y con una taza de té en la mano, se apresurara a obsequiarlo: "¡El diablo os lleve con todas vuestras aguachirles!", exclamó... * * * Recordaréis la modesta frase de Saint-Real, — frase que podría parecer estúpida si Stendhal no se hubiese apoderado de ella para proteger su estética: "Una novela, es un espejo que se pasea a lo largo de un camino". Ciertamente, hay en Francia y en Inglaterra cantidad de novelas que se ajustan ¿a esta fórmula: novelas de Lesage, Voltaire, Fielding, Smollet... Pero nada está más lejos de esa fórmula que una novela de Dostoievski. Hay entre una novela de Dostoievski, y las de esos autores que cité y las novelas del mismo Tolstoi o de Stendhal, toda la diferencia que puede haber entre un cuadro y un panorama. Dostoievski compone un cuadro donde lo que importa sobre todo y ante todo, es la distribución de la luz. Esta emana de un solo foco... En una novela de Stendhal o de Tolstoi, la luz es constante, igual, difusa; todos los objetos están iluminados de una manera igual, se les ve igualmente de todos lados, no hay sombra... Ahora bien, lo que importa sobre todo en un libro de Dostoievski, como en un cuadro de Rembrandt, es la sombra. Dostoievski agrupa sus personajes y sucesos y proyecta sobre ellos una intensa luz, de manera que no los hiera más que de un solo lado. Cada uno de sus personajes se hunde en la sombra, se apoya sobre su propia sombra. Notamos también en Dostoievski una singular necesidad de agrupar, de concentrar, de centralizar, de crear entre todos los elementos de la novela, la mayor cantidad de relaciones y de reciprocidades posibles. Los acontecimientos en su obra, en lugar de seguir un curso lento e igual como en Stendhal o en Tolstoi, llegan siempre en un determinado momento a mezclarse y anudarse como en una especie de vórtice; son torbellinos donde los elementos del relato — morales, psicológicos y exteriores — se pierden y se vuelven a encontrar. No vemos en él ninguna simplificación, ninguna depuración de líneas. Se place en la complejidad; la proteje. Nunca los sentimientos, los pensamientos, las pasiones se encuentran en estado puro. No hace el vacío a su alrededor. Y llego aquí a una nota sobre el dibujo de Dostoievski, sobre la manera de diseñar los caracteres de sus personajes; pero permitidme ante todo leeros al respecto, estas notables observaciones de Jacques Riviere: "Habiendo aparecido en su espíritu la idea de un personaje, el novelista tiene dos maneras muy distintas de llevarla a cabo; puede insistir sobre su complejidad, o subrayar su coherencia; de esta alma que va a engendrar, puede tratar de reproducir toda su obscuridad, o bien suprimirla para el lector, rasgando sus velos; o preservará sus cavernas, o bien las expondrá" (Nouvelle Revue Francaise, 1º de febrero de 1922). Ved cuál es la idea de Jacques Riviere: es que la escuela francesa explora las cavernas, mientras que algunos novelistas extranjeros, como Dostoievski en particular, respetan y protegen sus tinieblas. "De cualquier manera — continúa Riviere — Dostoievski se interesa ante todo en sus abismos, y en sugerir los más insondables de éstos pone todos sus cuidados". .................................................................................................................. "Nosotros, por el contrario, colocados frente a la complejidad de un alma, a medida que buscamos representarla tratamos instintivamente de organizarla". Esto es ya muy grave; pero agrega aún: "Si es necesario, pegamos un salto; suprimimos algunos pequeños rasgos divergentes e interpretamos algunos detalles obscuros en el sentido más favorable a la constitución de una unidad psicológica". .................................................................................................................. "Una perfecta obturación de los abismos, tal es el ideal al que tendemos". No estoy convencido en este punto de que en Balzac, por ejemplo, no encontremos algunos "abismos”, algo abrupto o inexplicable; tampoco estoy perfectamente convencido de que los abismos de Dostoievski, estén siempre tan poco sondeados como se cree a primera vista. ¿Os daré un ejemplo de abismo en Balzac? Lo encuentro en La búsqueda de lo Absoluto. Baltasar Claés busca la piedra filosofal; ha olvidado completamente en apariencia toda la formación religiosa de su infancia. Su búsqueda lo ocupa exclusivamente. Abandona a su esposa, la piadosa Josefina, que se espanta del libre pensamiento de su marido. Cierto día, entra bruscamente en el labora torio. La corriente de aire que entra por la puerta origina una explosión. La señora Claés cae desvanecida... ¿Qué grito es el que se escapa de los labios de Baltasar? Un grito donde reaparece de pronto la creencia de su primera infancia, a despecho de los aluviones de su pensamiento: "¡Loado sea Dios, vives aún! Los santos te han preservado de la muerte". Balzac no insiste más. Y seguramente, de veinte personas que leyeran este libro, diecinueve no notarán esta falla. El abismo que nos deja entrever perma nece inexplicado, si no inexplicable. En realidad, esto no interesaba a Balzac. Lo que le importa, es obte ner personajes consecuentes consigo mismo es en lo que está de acuerdo con el sentimiento de la raza francesa, pues de lo que nosotros los franceses tenemos mayor necesidad, es de lógica. Y diría también que, no sólo los personajes de su Comedia Humana, sino igualmente los de la comedia real que vivimos, se dibujan — quiero decir que nosotros los franceses nos dibujamos a nosotros mismos — según un ideal balzaciano. Las inconsecuencias de nuestra naturaleza, nos parecen torturantes y ridículas. Las negamos. Nos esforzamos en no tenerlas en cuenta, en reducirlas. Cada uno de nosotros tiene conciencia de su unidad y de su continuidad, y todo lo que queda en nosotros de comprimido e inconsciente, semejante al sentimiento que vemos aparecer de pronto en Claés, si no podemos, precisamente, suprimirlo, por lo menos dejamos de atribuirle importancia. Obramos sin cesar como estimamos que el ser que somos, o que creemos ser, debe obrar. La mayor parte de nuestras acciones nos son dictadas, no por el placer que experimentamos al hacerlas, sino por la necesidad de imitarnos a nosotros mismos y de proyectar en el porvenir nuestro pasado. Sacrificamos la verdad (es decir la sinceridad) a la continuidad, a la pureza de líneas. Respecto a esto, ¿qué nos presenta Dostoievski? Personajes que, sin ningún cuidado de permanecer consecuentes consigo mismos, ceden completamente a todas las contradicciones y negaciones de las que su naturaleza es capaz. Parece que sea ésto lo que interesa más a Dostoievski: la inconsecuencia. Lejos de ocultarlo, lo hace notar sin cesar; lo ilumina. Hay sin duda en él, mucho inexplicado. No creo que haya mucho de inexplicable, desde que admitimos en el hombre, así como Dostoievski nos invita a verlo, la cohabitación de sentimientos contradictorios. Esta cohabitación parece a menudo en Dostoievski tanto más paradojal cuanto que los sentimientos de los personajes son llevados al extremo, exagerados hasta el absurdo. Creo que es bueno insistir aquí, pues quizá lleguéis a pensar: conocemos esto: no hay aquí nada más que la lucha entre la pasión y el deber, tal como se nos aparece en Corneille. No se trata de eso. El héroe francés, tal como nos lo pinta Corneille, proyecta ante él un modelo ideal, que es él mismo aún, pero él mismo tal como él se desea, tal como se esfuerza en ser, no tal como es naturalmente, tal como sería si se abandonara a sí mismo. La lucha íntima que nos pinta Corneille, es la que se libra entre el ser ideal, el ser modelo, y el natural que el héroe se esfuerza en negar. En resumen, no estarnos aquí muy lejos, me parece, de lo que Jules de Gaultier llamaría el bovarysmo — nombre que da, de acuerdo con la heroína de Flaubert, — a esa tendencia que tienen algunos de duplicar su vida con una existencia imaginaria, a dejar de ser lo que se es, para transformarse en lo que se cree ser, en lo que se quiere ser. Cada héroe, cada hombre, que no vive en el abandono, sino que se esfuerza hacia un ideal, que tiende a conformarse a ese ideal, nos ofrece un ejemplo de ese desdoblamiento, de ese bovarysmo. Lo que vemos en las novelas de Dostoievski, los. ejemplos de dualidad que nos propone, constituyen cosas muy diferentes; no tienen nada que ver tampoco, o muy poco, con esos casos patológicos, bastante frecuentemente observados, donde una segunda personalidad, injertada sobre la primera, alterna con ella: se forman dos grupos de sensaciones, de asociaciones de recuerdos, uno con ignorancia del otro; muy pronto tenemos dos personalidades distintas, dos huéspedes del mismo cuerpo. Se ceden el lugar y se suceden una a otra, por turno, ignorándose (de lo que Stevenson nos da una extraordinaria ilustración en su admirable cuento fantástico: El Doble Caso del Doctor Jeckyl. Pero en Dostoievski. lo desconcertante es la simultaneidad de todo esto, y la conciencia que guarda cada personaje de sus inconsecuencias, de su dualidad. Sucede que tal héroe suyo, víctima de la emoción más viva, duda si la debe al odio o al amor. Los dos sentimientos opuestos se mezclan y se confunden en él. "De pronto Raskolnikoff cree comprender que detestaba a Sonia. Sorprendido, espantado incluso por un descubrimiento tan extraño, levantó de pronto la cabeza y consideró atentamente a la joven. El odio desapareció inmediatamente de su corazón. No era esto. Se había equivocado sobre la naturaleza del sentimiento que experimentaba" (Crimen y Castigo, Atenea, II, pág. 568). De esta falsa interpretación del sentimiento por el individuo que lo experimenta, encontraremos algunos ejemplos en Marivaux o en Racine. A veces, uno de esos sentimientos se agota, por su propia exageración; parece que la expresión de ese sentimiento desconcierta al que lo expresa. No hay aún allí la dualidad de sentimientos; pero he aquí lo que es más particular. Escuchemos a Versiloff, el padre del Adolescente: "Si yo fuera una nulidad, esa idea me hubiera atormentado. Pero sé que soy infinitamente fuerte. ¿Y en qué crees que reside mi fuerza? Precisamente en esa inmediata facultad de adaptación a cualquier medio, facultad que caracteriza a todos los rusos inteligentes de mi generación. Nada puede destruirme, exterminarme, ni extrañarme. Tengo muchas vidas, como los gatos: Puedo experimentar muy bien dos sentimientos contrarios sin que intervenga en ello mi voluntad". "Yo no me encargo de explicar esta coexistencia de sentimientos contrarios", dice expresamente el cronista de Los Endemoniados. Pero escuchemos todavía a Versiloff: "Tengo el corazón lleno de palabras extrañas, pero no sé decirlas. Me parece que me he dividido en dos — y nos miraba a todos muy seriamente, con ingenuidad y candor. — Sí, me parece que me he dividido en dos mentalmente, y me da un miedo horrible. Y es como si esa segunda personalidad estuviera al lado de la primera; una es sensible e inteligente, pero la otra quiere irremisiblemente hacer un disparate, y parece loca. Y de pronto observo que soy yo mismo quien lo quiere cometer, Dios sabe por qué. Quiero sin quererlo, y resistiéndome lo quiero con todas mis fuerzas. Yo conocí hace tiempo un médico que en la iglesia, durante el funeral de su padre, se puso a silbar. Si no he acudido hoy al entierro es porque estaba convencido de que silbaría o reiría, como aquel desgraciado médico que, por cierto, terminó bastante mal..." (El Adolescente, (Atenea, II, pág. 341). Y aún: "Versiloff no perseguía ninguna finalidad concreta; una borrasca de sentimientos contradictorios obscurecía su razón. No creo, sin embargo, que se tratara de un caso de locura, tanto más, puesto que ahora no está loco en modo alguno. Pero la "se gunda personalidad" (la versión francesa dice: el "sosias"), la acepto sin ningún género de duda. ¿Qué será esa segunda persona exactamente? Según un libro publicado hace poco por un especialista, esta "doble personalidad" marca el primer grado de una grave relajación de espíritu, que puede llevar a un fin desastroso" (El Adolescente, II, 405 406). Pero aquí nos encontramos con el caso clínico de que hablábamos más arriba.). Y Stavroguin, el extraño héroe de Los Endemoniados nos dirá: "Puedo, como lo he podido siempre, experimentar el. deseo de hacer una buena acción, y siento placer en ello. Al lado de esto, deseo también hacer mal y siento, igualmente, satisfacción". (Los Endemoniados, (Col. Universal, III, pág. 357). “Hay en todo hombre, a toda hora, dos postulados simultáneos: uno hacia Dios, el otro hacia Satán", leemos igualmente en Baudelaire (Journaux intimes, pág. 57).). Aprovechando algunas frases de William Blake, trataré de arrojar alguna luz sobre estas aparentes contradicciones, y en particular sobre esta extraña declaración de Stavroguin. Pero reservo este ensayo de explicación para un poco más adelante. IV Hemos constatado en nuestra última conversación la inquietante dualidad que animaba y disgregaba a la mayor parte de los personajes de Dostoievski, esa dualidad que hace decir al amigo de Raskolnikoff, hablando del héroe de Crimen y Castigo: "Se diría verdaderamente que hay en él dos caracteres opuestos que se manifiestan sucesivamente", y si esos caracteres no se manifestaran nunca más que sucesivamente, todo iría bien aun, pero hemos, visto que sucedía a menudo que se manifiestan simultáneamente. Observemos que cada una de esas veleidades contradictorias se consume, y, por decir así, se desprecia, se desconcierta por su propia expresión y manifestación, para dejar lugar, precisamente, a la veleidad contraria; y nunca el héroe está más cerca del amor, que cuando acaba de exagerar su odio, y nunca más cerca del odio que cuando llega a exagerar su amor. Descubrimos en cada uno de ellos y sobre todo en los caracteres de mujeres, un inquieto presentimiento de su inconstancia. El temor de no poder mantener mucho tiempo el mismo genio y la misma resolución, los empuja a menudo a una brusquedad de acción desconcertante. "Como me constaba desde hace mucho tiempo, dice la Lisa de Los Endemoniados, que mis resoluciones no duran más que un minuto, me decidí inmediatamente" (Los Endemoniados, III, pág. 110). Me propongo estudiar hoy algunas consecuencias de esta extraña dualidad; pero desde luego querría preguntarme con vosotros si esta dualidad existe en hecho, o si solamente la imagina Dostoievski. ¿Le suministra ejemplo de esto la realidad? ¿Observa aquí la naturaleza, o cede complaciente a su imaginación? "La naturaleza imita lo que la obra de arte le propone", dice Oscar Wilde en | |