(1908) A Pierre Dominique Dupouey La masa enorme de Tolstoi obscurece aun el horizonte; pero —así como en los países montañosos se ve aparecer la más alta cumbre a medida que uno se aleja, por encima de las más próximas que la ocultaban— algunos espíritus precursores notan ya que, por detrás del gigante Tolstoi, aparece y toma proporciones la figura de Dostoievski. Es él la cima aún medio oculta, el nudo misterioso de la cadena; algunos de los más generosos ríos encuentran allí su fuente, donde la nueva sed de Europa puede hoy abrevar. Es a él, y no a Tolstoi, a quien es preciso nombrar al lado de Ibsen y de Nietzsche, tan grande como ellos y quizá el más importante de los tres. Hace unos quince años, De Vogüé, que tuvo el noble rasgo de llevar a Francia, sobre la bandeja de plata de su elocuencia, las llaves de hierro de la literatura rusa, se excusaba, al llegar a Dostoievski, de la incivilidad de este autor; y reconociendo en él cierto estilo genial, solicitaba perdón al lector, con reticencias de buen tono y molestado ante tanta enormidad, confesando que le embargaba la desesperación al tratar de hacernos comprender ese mundo. Después de algunas consideraciones sobre los primeros libros que le parecían más susceptibles, si no de gustar, por lo menos de ser soportados, se detenía en Crimen y Castigo, advirtiendo al lector, —forzado a creer en su palabra, puesto que, poco más o menos, no había entonces ninguna otra obra traducida—, que "con ese libro el talento de Dostoievski había llegado a la cúspide"; que él "daría aún grandes aletazos, pero girando en un círculo de niebla, en un cielo siempre más y más obscurecido"; y luego de una presentación benigna del carácter de El Idiota, hablaba de Los Endemoniados como de un "libro confuso, mal realizado, a menudo ridículo y ensombrecido por teorías apocalípticas"; del Diario de un Escritor, como de "himnos obscuros que escapaban al análisis así como a la controversia"; no se refería ni a El Eterno Marido (Que el fino escritor Marcel Schwob tenía por la obra maestra de Dostoieviski), ni a La voz del subsuelo. Y escribía: "No he hablado de una novela titulada Crecimiento, muy inferior a sus primeras"; y más desenvueltamente aún: "No me he detenido tampoco ante Los Hermanos Karamazoff; por confesión propia, muy pocos rusos han tenido el valor de leer hasta el final esta interminable historia". Finalmente, concluye así: "Mi tarea debería limitarse a llamar la atención sobre el escritor, célebre allá, casi desconocido aquí; a señalar en su obra las tres partes (?) que muestran mejor los diversos aspectos de su talento: son Las Pobres Gentes, Recuerdos de la Casa de los Muertos y Crimen y Castigo." De manera que no se sabe cómo recibir estas afirmaciones: si con reconocimiento, pues al fin y al cabo él fue el primero en advertirnos; o con irritación, puesto que nos presenta, al parecer como a disgusto, pese a su evidente buen deseo, una imagen deplorablemente reducida, incompleta y por consiguiente falsa de este extraordinario genio. Se duda si el autor de Le Roman russe ha servido mejor a Dostoievski atrayendo la atención hacia él, o si lo ha servido mal limitando esta atención a tres de sus libros, ya admirables por cierto, pero no de los más significativos y sólo más allá de los cuales nuestra admiración se extenderá plenamente. Quizá, por lo demás, Dostoievski, para una inteligencia de salón, no era cómodo de tomar o de penetrar desde el primer momento... "No descansa nunca; fatiga, pues está siempre en acción, como los caballos de sangre; agregad a esto la necesidad de reconocerse... resulta de ahí, para el lector, un esfuerzo de atención... un cansancio moral.... etc." Las personas de mundo, hace treinta años, no hablaban en forma muy diferente de los últimos cuartetos de Beethoven ("Lo que se comprende demasiado rápidamente no es de larga duración", dice Dostoievski en una de sus cartas). Esos juicios despectivos podrían retardar, es verdad, la traducción, la publicación y la difusión de Dostoievski, desanimar por adelantado a muchos lectores y autorizar a Carlos Morice a no ofrecernos por primera vez, más que una versión de los Karamazoff mutilada a su gusto y paladar, pero no pudieron impedir, felizmente, que la obra entera apareciera con lentitud, en diversas editoriales, volumen tras volumen. Sin embargo, aún en el presente, Dostoievski no recluta sino lentamente sus lectores, y ello entre una "élite" bastante especial. Si disgusta, no solamente al grueso público medianamente culto, medianamente serio, medianamente benévolo, que apenas comprende, es verdad, los dramas de Ibsen, pero que sabe gustar de Ana Karenina y hasta La Guerra y la Paz —o a ese público menos amable que se pasma ante Zaratustra, — sería poco serio hacer a De Vogüé el responsable. Yo veo en esto causas demasiado sutiles que el estudio de la Correspondencia nos permitirá conocer en su mayor parte. No pretendo hablar hoy, tampoco, de las obras completas de Dostoievski, sino simplemente de ese último libro que apareció en el Mercure de France en febrero de 1908 (La Correspondance). I Se espera encontrar un Dios, y se encuentra un hombre enfermizo, pobre, que sufre sin cesar y singularmente desprovisto de esa pseudo-cualidad que él reprochara tanto al francés: la elocuencia. Para hablar de un libro tan desnudo, trataré de alejar de mí mismo todo otro recurso que no sea el de la probidad. Si alguien espera encontrar aquí arte, literatura o cualquier pasatiempo del espíritu, le manifiesto desde ya, que haría mejor abandonando esta lectura. El texto de estas cartas es con frecuencia confuso, torpe, incorrecto, y lo conocemos así gracias a los cuidados de Bienstock, quien, renunciando a todo recurso de elegancia ficticia, no ha tratado de remediar esta inhabilidad tan característica. A primera vista, exaspera. Hoffmann, el biógrafo alemán de Dostoievski, deja entender que la selección de las cartas publicadas por los editores rusos, hubiera podido ser mejor; pero, no llega a convencernos de que la tonalidad habría sido diferente. Tal como está, el volumen es denso, sofocante, no tanto en razón del número de las cartas, sino de la enorme informidad de cada una de ellas. Quizá no hemos tenido aún ejemplo de cartas de literatos tan mal escritas, quiero decir, con tan poca afectación. El, tan hábil para "hablar de otros", cuando se trata de hablar de su propio nombre, se ofusca; parece que las ideas, bajo su pluma, no aparecen en forma sucesiva sino simultánea, o que, semejantes a esos "fardos ramosos" de que hablaba Renán, no las puede arrojar el día que lo arañan y arañan todo a su paso. De aquí esa abundancia confusa que, bien dirigida, recalcará en la composición de sus novelas su poderosa complejidad. El, tan duro y áspero en el trabajo, que corrige, destruye y reemprende incansablemente cada una de sus narraciones, página tras página, hasta traducir en cada una de ellas el alma profunda que posee,—escribe aquí como puede; no tacha nada, sin duda, sino que se retracta constantemente; y lo más pronto posible, es decir, interminablemente. Y nada permite medir mejor la distancia que va de la obra al obrero que la produce. ¡Inspiración! ¡Oh, halagüeña invención romántica! ¡Musas fáciles! ¿Dónde estáis? — "Una larga paciencia"; si alguna vez la humilde expresión de Buffon estuvo fuera de su lugar, es aquí. "¿Qué teoría es pues la tuya, mi amigo, — escribe a su hermano casi al principio de su carrera, — esa de que un cuadro debe ser pintado de una sola vez? ¿cuándo fuiste persuadido de esto? Créeme, es preciso, empero, trabajo, y un trabajo enorme. Créeme que una pieza versificada de Puschkin, ligera y elegante, de apenas una pocas líneas, parece justamente escrita de una vez porque ha sido durante mucho tiempo retocada y corregida por Puschkin... Nada de lo que ha sido escrito con elegancia es una cosa madura. No se encuentran enmiendas en los manuscritos de Shakespeare, se dice. Es por eso que se encuentran allí tantas deformidades y falta de gusto; si hubiera trabajado, hubiese sido mejor aún... He aquí el tono de la Correspondencia entera. Lo mejor de su tiempo, de su humor, Dostoievski lo da al trabajo. Ninguna de sus cartas está escrita por placer. Constantemente vuelve sobre su "disgusto terrible, invencible, inimaginable de escribir cartas". "Las cartas, —dice,— son cosas estúpidas; no puede uno expandirse del todo en ellas". Y mejor: "Le escribo todo, y veo que de lo principal de mi vida moral y espiritual no le he dicho nada, ni le he dado siquiera una idea. Esto será así mientras continuemos la Correspondencia. Yo no sé escribir cartas; no sé escribir de mí, describirme con mesura". Por otra parte declara: "No se puede nunca escribir nada en una carta. He aquí por qué no he podido sufrir en ningún instante a Mme. de Sevigné: escribía sus cartas demasiado bien". O aún, humorísticamente: "Si voy al infierno, seré condenado seguramente, por mis pecados, a escribir una decena de cartas diariamente" —y esta es, creo, la única nota regocijante que se puede encontrar en el curso de este sombrío libro. * * * Sólo escribiría, pues, obligado por la más dura necesidad. Cada una de sus cartas (exceptuando, sin embargo, las de los diez últimos años de su vida, de un tono muy distinto, y sobre las que volveré especialmente), cada una de sus cartas, es un grito: no tiene nada más; está en el último extremo; pide. ¿Qué digo? Un grito... es un interminable y monótono gemir de miseria. Pide sin habilidad, sin orgullo, sin ironía; pide y no sabe pedir. Implora, apremia, vuelve a ello, insiste, detalla sus necesidades... Me hace recordar a ese ángel que, bajo la apariencia de un errante viajero — es así como las Fioretti de San Francisco nos los describen — vino al Valle de Spoleto a golpear la puerta de la naciente cofradía. Golpeaba tan precipitadamente, se dice, tan fuerte, tan largamente, que los frailes se indignaron y fray Masseo (De Vogüé, supongo), que al fin le abrió la puerta, le dijo: "¿De dónde vienes tú, que golpeas con tan poca decencia?" Y habiéndole preguntado el ángel: "¿Cómo se debe golpear?", Masseo respondió: "Se golpea con tres golpes espaciados, y luego se espera. Es preciso dejar, al que viene a abrir, el tiempo de recitar su padrenuestro; pasado ese tiempo, si no viene, se vuelve a empezar..." "Es que yo tenía tanta prisa", responde el ángel... "Estoy en tales apuros, que me encuentro próximo a ahorcarme", escribe Dostoievski. "No puedo pagar mis deudas ni partir, falto de dinero, para el viaje; estoy completamente desesperado". "¿Qué me pasará de aquí a fin de año? No lo sé. Mi cabeza estalla. No tengo ya a quién pedir prestado." ("¿Comprende lo que esto quiere decir: no tener ya adonde acudir?", — decía uno de sus héroes). "He escrito a un pariente para pedirle seiscientos rublos. Si no me los envía, estoy perdido." Está tan llena su Correspondencia de semejantes quejas que busco al azar... A veces esta insistencia, que se repite ingenuamente cada seis meses: "El dinero no puede ser tan necesario más que una sola vez en la vida." En los últimos tiempos, aparece como ebrio de esa humildad con la que sabía adornar a sus héroes, de esa extraña humildad rusa, que puede también ser muy cristiana, pero que, según afirma Hoffmann, se encuentra, en el fondo de cada alma rusa, hasta en aquella donde la fe cristiana falta; esa humildad que no podrá nunca comprender perfectamente el occidental, el cual hace de la dignidad una virtud: "¿Por qué me rechazarán? Tanto más que no exijo, sino que ruego humildemente". * * * Pero quizá la Correspondencia nos engañamos mostrándonos siempre desesperado al que no escribe más que en casos de desesperación... No, ningún aflujo de dinero dejó de ser inmediatamente absorbido por las deudas; de manera que pudo escribir a los cincuenta años: "Toda mi vida he trabajado por el dinero y toda mi vida he permanecido constantemente en la necesidad; al presente más que nunca". Las deudas o el juego, el desorden, y esa generosidad instintiva, desmesurada, que hacía decir a Riesenkampf, su compañero de los veinte años: "Dostoievski es una de esas personas cerca de las cuales se vive muy bien, pero él mismo estará toda su vida en la indigencia". A la edad de cincuenta años escribe: "Esa futura novela (se refiere a Los Hermanos Karamazoff , que escribirá nueve años más tarde), esa futura novela me atormenta desde hace ya más de tres años; pero no la comienzo porque quisiera escribirla sin apresurarme, como escriben los Tolstoi, los Turguenieff, los Gontcharoff. Pues no tengo ninguna obra escrita con libertad, y no para una fecha determinada". Pero es en vano que diga: "Yo no comprendo el trabajo apresurado, por el dinero"; el dinero intervendrá siempre en su trabajo, junto con el temor de no poder terminar a tiempo la tarea: "Temo no tenerlo pronto; estar atrasado. Quisiera no echar a perder las cosas con mi prisa. Verdad es que el plan está bien concebido y estudiado; pero se puede estropear todo por demasiado apresuramiento". Un agotamiento horrible resulta de todo eso, porque si pone su honor en esa ardua fidelidad, estallará de dolor antes de terminar su obra imperfecta; y hacia el fin de su vida podrá decir: "Durante toda rni carrera literaria he cumplido exactamente mis promesas, no las he quebrantado ni una vez; por lo demás, no he escrito nunca únicamente por el dinero, ni con el fin de desligarme de la obligación contraída". Y poco más adelante, en la misma carta: "No he imaginado nunca un personaje por dinero, para satisfacer la obligación, una vez aceptada, de escribir para un término fijado de antemano. Me he comprometido siempre — y vendido con anterioridad — cuando ya tenía el argumento en la cabeza, cuando quería realmente escribir, y cuando me parecía necesario escribir". De suerte que en una de sus primeras cartas, escrita a los veinticuatro años, escribe: "Pase lo que pase, he hecho este juramento: aunque llegue a los últimos límites de la privación, la soportaré y no escribiré bajo encargo. El encargo mata: la obligación echa todo a perder. Quiero que cada una de mis obras, por sí misma, esté bien". Puede afirmarse sin demasiada sutileza que, a pesar de todo, se atuvo a su palabra. * * * Pero guarda toda su vida la convicción dolorosa de que, con más tiempo, con más libertad, hubiera podido emitir mejor su pensamiento: "Lo que me atormenta en demasía es que, si escribiera la novela por adelantado durante un año, y después tuviera dos o tres meses para copiarla y corregirla, sería otra cosa; respondo de ello". ¿Ilusión, quizá? ¿Quién puede decirlo? Si hubiera gozado de mayor libertad de tiempo, ¿qué hubiera podido obtener? ¿Qué buscaba aún? Una más grande simplicidad, sin duda; una más perfecta subordinación de los detalles... Tales como ellas son, sus mejores obras alcanzan, en casi todas partes, un punto de precisión y de evidencia que hay que considerar difícilmente superable. Para llegar a eso, ¡cuántos esfuerzos! "No hay más que los fragmentos de inspiración que vienen de golpe, a la vez; pero el resto es un trabajo muy penoso". A su hermano que sin duda le había reprochado no escribir bastante "simplemente", creyendo decir así bastante pronto, y no "dejarse llevar por la inspiración", responde, todavía joven: "Tú confundes evidentemente la inspiración, es decir, la creación primera, instantánea del cuadro o el movimiento del alma (lo que sucede a menudo) con el trabajo. Así, por ejemplo, escribo una escena pronto, tal como se me ha aparecido, y me encuentro encantado de ella; en seguida, durante meses o un año, la trabajo... y créeme, el resultado es mucho mejor. Con tal que la inspiración venga, porque, naturalmente, sin ella nada puede hacerse —¿Debo excusarme de citarlo tanto, o será mejor cederle la palabra a Dostoievski lo más a menudo posible? "AI comienzo, es decir, hacia fines del año último (la carta es de octubre del 70), yo consideraba esto como estudiado y compuesto, y lo miraba desde lo alto (se trata aquí de Los Endemoniados.) Luego me he sentido verdaderamente inspirado y de inmediato amé esa obra, me dediqué a ella exclusivamente y me puse a borrar lo escrito precedentemente" "Todo el año, dice aún (1870), no he hecho más que romper y modificar... He cambiado mi plan por lo menos diez veces, y he escrito de nuevo toda la primera parte. Hace dos o tres meses estaba desesperado. Finalmente, todo se ha constituido a la vez y no puede ser cambiado". Y siempre esta obsesión: "Si hubiera tenido tiempo de escribir sin apresurarme, sin término fijo, es posible que hubiera resultado algo mejor". Esta agonía, este descontento de sí mismo, los ha experimentado en- ocasión de cada libro: "La novela es larga; tiene seis partes (Crimen y Castigo). A fines de noviembre tenía ya un g/an trozo escrito, todo preparado. ¡Y he quemado todo! Ahora, puedo confesarlo, no me agradaba. Una nueva forma y un nuevo plan me atraían; volví a comenzar. Trabajo día y noche, y sin embargo avanzo poco". "Trabajo y nada se hace, — dice en otra parte; — no hago más que romper. Estoy horriblemente descorazonado". Y en otra parte, aún: "He trabajado tanto, que me he vuelto estúpido, y mi cabeza está completamente aturdida". Y en otro lugar todavía: "Trabajo aquí (Staraia Roussa) como un forzado, a pesar de los hermosos días que es preciso aprovechar; me entretengo día y noche en la obra". Algunas veces un simple artículo le suscita más disgustos que un libro, pues el rigor de su conciencia es tan grande ante las pequeñas cosas como ante las grandes: "Lo he demorado hasta el presente (un artículo de recuerdos sobre Bielinski, que no ha podido encontrarse) y al fin lo he terminado rechinando los dientes... ¡Diez pliegos de novela son más fáciles de escribir que estos dos! Ha resultado que he escrito ese maldito artículo, contando entre todo, no menos de cinco veces, y además borraba todo y modificaba lo escrito. Finalmente acabé mi artículo, mal que bien; pero es tan malo que me estruja el corazón". Pues si guarda la convicción profunda de su valor, al menos del valor de sus ideas, se muestra, aún para sus mejores escritos, exigente durante el trabajo, insatisfecho después". "Raramente se me ha ocurrido algo más nuevo, más completo, más original (Los Karamazoff). Puedo hablar así sin que se me tilde de orgulloso, pues no hablo más que del tema, de la idea que tengo metida en la cabeza, no de la ejecución. En cuanto a ésta, depende de Dios; puedo estropearla, lo que me ha sucedido a menudo..." "Por malo, por abominable que sea lo que llevo escrito, dice en otra parte, la idea de la novela, y el trabajo que le he consagrado son para mí, para mí, su desgraciado autor, lo que hay de más precioso en el mundo". "Estoy descontento de mi novela hasta la exasperación, escribe cuando trabaja en El Idiota. Me he esforzado terriblemente en trabajar, pero no he podido: tengo el corazón enfermo. AI presente, hago un último esfuerzo en la tercera parte. Si llego a arreglar la novela, me tranquilizaré; si no, estoy perdido". Habiendo escrito ya, no solamente los tres libros que De Vogüé considera como sus obras maestras, sino también La voz del subsuelo, El Idiota y El Eterno Marido, se lamenta, al encarnizarse con un nuevo tema (Los Endemoniados): "Ya es tiempo, al fin, de escribir algo serio". Y en el año de su muerte, aún, le dice a la Srta. N..., a quien escribe por primera vez: "Sé que yo, como escritor, tengo muchos defectos, puesto que soy el primero en estar descontento de mí mismo. Se puede usted figurar que en ciertos minutos de examen personal constato a menudo con pena que no he expresado, literalmente, la vigésima parte de lo que habría querido, y quizá hasta podido expresar. Lo que me salva, es la esperanza habitual de que un día Dios me enviará tanta fuerza e inspiración, que me expresaré con más nitidez, en una palabra, que podré exponer todo lo que encierro en mi corazón y en mi fantasía". * * * ¡Qué lejos estamos de Balzac, de su seguridad y de su imperfección generosa! ¿El mismo Flaubert conoció tan ásperas exigencias de sí, tan duras luchas, tan esforzadas exigencias de labor? No lo creo. Su exigencia es más puramente literaria, y si la intransigencia de su probidad literaria, si el relato de sus fatigas aparece en primer plano en sus cartas, es también porque se apasiona por esa misma labor, y porque, sin alabarse precisamente, se enorgullece de ella; y lo es, igualmente, porque ha suprimido todo el resto, considerando la vida como "una cosa tan horrorosa que el solo medio de soportarla, es evitarla", comparándose a las " amazonas que se quemaban el seno para tender el arco". Dostoievski no ha suprimido nada; tiene esposa e hijos, los ama; no desprecia la vida. Al salir del presidio escribe: "Al menos, he vivido; he sufrido, pero aún así he vivido". La abnegación ante su arte, por ser menos arrogante, menos consciente, menos premeditada, no es sino más trágica y más bella. Cita voluntariamente la expresión de Terencio y no admite que nada de lo humano le sea extraño: "El hombre no tiene el derecho de volverse e ignorar lo que pasa sobre la tierra, y existen para esto razones morales superiores: Homo sum, et nihil humanum...", y así sucesivamente. No da la espalda a sus dolores, sino que los asume en su plenitud. Cuando pierde, con unos meses de intervalo, a su primera mujer y a su hermano Mijail, escribe: "He aquí que de un golpe me he encontrado solo; y he sentido miedo. ¡Esto ha llegado a ser terrible! Mi vida partida en dos. De un lado el pasado con todo lo que yo había vivido; por otro lo desconocido, sin un solo corazón que reemplace los dos desaparecidos. Literalmente, no me queda ya razón para vivir. ¿Crearse nuevos lazos, inventar una nueva vida? Sólo el pensamiento éste me causa horror. He sentido ahora, por primera vez, que no tenía con qué reemplazarlos, que yo no amaba más que a ellos solos en el mundo, y que un nuevo amor no solamente no existiría, sino que no debía existir". Pero quince días después escribe: "De todas las reservas de fuerza y energía, en mi alma ha quedado algo confuso y vago, algo vecino a la desesperación. El desconcierto, la amargura, el estado más anormal para mí... Y además, ¡estoy solo!... Sin embargo, me parece siempre que me preparo a vivir. ¿Es ridículo, no es así? ¡La vitalidad del gato!" Tiene cuarenta años, entonces; y antes de un año vuelve a casarse. A los veintiocho años ya, encerrado en la fortaleza preventiva, en espera de Siberia, escribía: "Yo veo ahora que hay una tan grande provisión de vida en mí, que es difícil agotarla". Y (en el 56) en Siberia aún, pero habiendo concluido su pena de presidio y yendo a desposar a la viuda María Dmitrievna Issaieff: "Ahora no es ya como antes; hay tanta reflexión, tanto esfuerzo y tanta energía en mi trabajo... ¿Es posible que habiendo tenido durante seis años tanta energía y tanto valor para la lucha, con sufrimientos inconcebibles, no sea capaz de procurarme bastante dinero para mantenerme y mantener a mi mujer? ¡Vamos, pues! Porque nadie conoce aún, ni el valor de mis fuerzas, ni el grado de mi talento, y cuento con esto principalmente." ¡Pero ay!, no sólo contra la miseria le es preciso luchar! "Trabajo casi siempre nerviosamente, con dificultad e inquietud. Cuando trabajo demasiado me torno hasta físicamente enfermo". "Estos últimos tiempos he trabajado día y noche, literalmente, a pesar de las crisis". Y en otro lugar: "Sin embargo las crisis me agotan y después de cada una de ellas no puedo entregarme a mis ideas con aplomo antes de cuatro días". Dostoievski no mantuvo nunca oculta su enfermedad; sus ataques de "mal sagrado" eran, por lo demás, demasiado frecuentes, por desgracia, para que varios amigos o indiferentes no hubieran sido testigos de ellos algunas veces. Strakhoff nos cuenta en sus Recuerdos, uno de estos accesos y no llega a creer, como tampoco lo creía el propio Dostoievski, que pudiera haber cierta vergüenza en ser epiléptico, o aún cierta "inferioridad" moral o intelectual, más que la resultante de una mayor dificultad para el trabajo. Hasta a personas desconocidas a quienes Dostoievski escribe por primera vez, deplorando haberles hecho esperar su carta, les dirá muy ingenua y simplemente: "Acabo de soportar tres accesos de mi epilepsia — lo que no me había sucedido en forma tan fuerte y con tanta frecuencia. Pero después de los ataques, durante dos o tres días, no puedo trabajar ni escribir, ni aún leer, porque estoy quebrado de cuerpo y alma. He aquí por qué, ya que al presente lo sabe usted, le ruego me excuse por haber transcurrido tanto tiempo antes de responderle". Ese mal de que sufría ya antes de Siberia se agrava en el presidio, se calma apenas durante cierta estada en el extranjero, para volver luego a empeorar. Las crisis a veces son más espaciadas, pero tanto más fuertes. "Cuando las crisis no son frecuentes y estalla una de pronto, me provoca unos malos humores extraordinarios. Me veo reducido a la desesperación. Anteriormente (escribe a la edad de cincuenta años) este mal humor duraba tres días después de la crisis, pero ahora siete y hasta ocho días". A pesar de sus crisis trata de entregarse al trabajo, y se esfuerza, apremiado por los compromisos: "Se anuncia que en la entrega de abril (del Roussky Viestnik) va a aparecer la continuación (de El Idiota) y no tengo nada pronto, excepto un capítulo sin importancia. ¿Qué voy a enviar? ¡No sé nada! Anteayer ha tenido una crisis de las más violentas. Pero, ayer he escrito, aunque en un estado próximo a la locura". En tanto que no resulte más que tormento y dolor, pase aún: "Pero ¡ay! noto con desesperación, que no estoy ya en estado de trabajar tan rápidamente como hace poco aún, o como en otros tiempos." En muchas ocasiones se queja de que su memoria y su imaginación se debilitan, y a los cincuenta y ocho años, dos antes de su muerte: "He notado desde hace mucho que cuanto más hago, más difícil se vuelve mi trabajo. Y me asaltan entonces, como consecuencia, pensamientos totalmente inconsolables, pensamientos sombríos..." Sin embargo, escribe los Karamazoff. * * * Cuando la publicación de las cartas de Baudelaire, Mendés se asustó y protestó por los "pudores morales" del artista, etc. Pienso, leyendo esta Correspondencia de Dostoievski, en la admirable expresión atribuida al propio Cristo, y resucitada de nueva desde hace poco: "El reino de Dios vendrá cuando andéis desnudos de nuevo y no tengáis vergüenza". Sin duda habrá hombres de letras siempre delicados, de pudores fáciles, que prefieren no ver de los grandes hombres más que el busto, y que se sublevan contra la publicación de los papeles íntimos, de las cartas privadas; parecen no considerar en esos escritos, más que el placer halagador que los mediocres espíritus pueden experimentar, al ver sometidos a las mismas imperfecciones que ellos a los héroes. Hablan entonces de indiscreción, y cuando tienen la pluma romántica, de "violación de sepulturas", por lo menos de curiosidad malsana; y dicen: ""Dejad al hombre; sólo la obra importa". — ¡Evidentemente! Pero lo admirable, lo que constituye para mí una enseñanza inagotable es lo que él ha escrito a pesar suyo. * * * No escribiendo una biografía de Dostoievski, sino trazando un retrato, y tan sólo con los elementos que me ofrece su Correspondencia, no he hablado más que de los impedimentos constitucionales, entre los cuales creo que debemos colocar esa continua indigencia, tan íntimamente dependiente de él, y que parece que su naturaleza reclamaba secretamente... Todo se encadena en contra de él: desde el principio de su carrera, a pesar de su infancia enfermiza, es reconocido capaz para el servicio, mientras que su hermano Mijail, más robusto, es rechazado. Confundido en un grupo de sospechosos es detenido, condenado a muerte y después, por gracia especial, enviado a Siberia para purgar su pena. Permanece allí diez años: cuatro en el presidio y seis en Semipalatinsk, en el ejército. Allá, sin gran amor quizá, en el sentido en que nosotros entendemos generalmente esta palabra, sino con una especie de misericordia inflamada, por piedad, ternura, necesidad de devoción y por una propensión natural a asumir siempre la responsabilidad y no sustraerse ante nada, desposa a la viuda del forzado Issaieff, madre ya de un muchacho perezoso o incapaz que permanecerá desde entonces a su cargo. "Si me pregunta sobre mi vida, ¿qué le diré? Me he cargado con asuntos de familia y los arrastro. Pero creo que mi vida no está terminada aún y no quiero morir". Está a su cargo igualmente la familia de su hermano Mijail después de la muerte de éste. A su cargo, diarios y revistas que funda, sostiene y dirige, cuando tiene algún dinero de sobra y utilizando algún posible ocio: "Es preciso tomar medidas enérgicas. He comenzado a publicar a la vez en tres tipografías; no he regateado ni el dinero, ni la salud, ni los esfuerzos. Yo solo gobernaba todo. Leía las pruebas, estaba en relación con los autores, con la censura; corregía los artículos, buscaba dinero, permanecía levantado hasta la seis de la mañana y no dormía más de cinco horas. He logrado al fin poner orden en la revista, pero era demasiado tarde". La revista, en efecto, no escapó a la quiebra. "Pero lo peor, agrega, es que con ese trabajo de galeras, yo no podía escribir nada para la revista; ni una línea mía. El público no encontraba mi nombre, y no solamente en provincias sino en el mismo Petersburgo, no se sabía que era yo quien dirigía la revista". ¡No importa! Prosigue, se obstina, recomienza; nada lo desalienta ni lo abate. En el último año de su vida se encuentra aún en lucha, si no contra la opinión pública que había conquistado definitivamente, al menos contra la oposición de los diarios: "Por lo que dije en Moscú (discurso sobre Puschkin) vea, pues, cómo he sido tratado casi en todas partes por nuestra prensa: como si yo hubiera robado o estafado en cualquier banco. Ukhantseff (célebre estafador de la época) mismo no recibió tantas insolencias como yo". Pero no es una recompensa lo que busca. Tampoco es el amor propio o la vanidad del escritor lo que le hace hablar. Nada más significativo a este respecto, que la forma en que acogió el brillante éxito de sus comienzos: "Van ya tres años que me dedico a la literatura — escribe — y estoy aturdido. No comprendo nada, no tengo tiempo de reflexionar... Se me ha creado un renombre dudoso, y no sé hasta cuándo durará este infierno." Está tan convencido del valor de sus ideas, que su valor de hombre se confunde y desaparece: "¿Qué he hecho, pues — escribe al barón Vrangel, su amigo— para que me testimonie usted tanto cariño?” Y al fin de su vida, a una destinataria desconocida: "Creía usted, pues, que yo soy de los que salvan los corazones, libran las almas y expulsan el dolor. Muchas personas me lo escriben, pero estoy seguro de que soy muy capaz de inspirar el desencanto y el disgusto. No tengo casi habilidad para lisonjear, aunque a veces esté obligado a hacerlo". ¡Qué ternura, empero, en esta alma tan dolorida! "Sueño contigo todas las noches — escribe de Siberia a su hermano — y me inquieto terriblemente. No quiero que te mueras; quiero verte y abrazarte aún una vez en mi vida, querido mío. Tranquilízame, por el amor de Dios, por el amor de Cristo. Lleva buena vida, deja todos tus asuntos y todas tus molestias y escríbeme en seguida, al instante, pues de otra manera perderé la razón". ¿Va a encontrar, por lo menos aquí, algún apoyo? "Escríbame usted con detalles y pronto, haciéndome saber cómo ha encontrado a mi hermano (carta al barón Wrangel, de Semipalatinsk, del 23 de marzo de 1856). ¿Qué piensa él de mí? Antes me quería ardientemente. Lloraba al despedirse de mí. ¿No se ha enfriado conmigo? ¿Su carácter ha cambiado? ¡Cuan triste me parecía esto!... ¿Ha olvidado todo el pasado? No podría creerlo. Pero también, ¿cómo explicar que permanezca siete u ocho meses sin escribir?... Y además veo en él tan poca cordialidad que añoro el tiempo pasado. No olvidaré nunca lo que le ha dicho a K..., al trasmitirle éste mi pedido de que se ocupara un poco de mí: "Haría mejor en quedarse en Siberia" Escribió esto, es verdad, pero no deseaba otra cosa que olvidar esta frase atroz; la tierna carta a Mijail de la que acabo de citar un pasaje, es posterior a ésta. Poco después escribía a Vrangel: "Diga usted a mi hermano que lo estrecho entre mis brazos, que le pido perdón por todas las molestias que le he causado; que me pongo de rodillas ante él". Finalmente, escribe a su propio hermano, el 21 de agosto de 1855 (carta no traducida por Bienstock): "Querido amigo: Cuando en mi carta de octubre del año último te hacía escuchar las mismas quejas (a causa de tu silencio), me respondiste que te había sido muy penoso, muy duro, el leerlas. ¡Oh, Micha! Por el amor de Dios, no me quieras mal por eso; piensa que estoy solo y como un guijarro abandonado. Mi carácter ha sido siempre sombrío, enfermizo, susceptible. Piensa en todo esto y perdóname si mis quejas han sido injustas y mis suposiciones absurdas. Yo mismo estoy convencido de que me he equivocado". Indudablemente Hoffmann tenía razón, y el lector occidental protestará ante tan humilde contrición. ¡Nuestra literatura, con mucha frecuencia matizada de españolismo, nos enseña tanto a ver la nobleza de carácter en el no olvido de la injuria!... ¿Qué dirá, pues, ese "lector occidental" cuando lea; "Dice usted que todo el mundo ama al zar. Yo, por mi parte, lo adoro". Y Dostoievski estaba aún en Siberia cuando lo escribe. ¿Será ironía? No. De carta en carta vuelve sobre eso: "El emperador es infinitamente bueno y generoso"; y cuando después de diez años de exilio, solicita a la vez el permiso de entrar en Petersburgo y la admisión de su hijastro Pablo en el Gimnasio: "He reflexionado que si se me rehusa un pedido, quizá no se me querrá rehusar el otro. Y si el emperador no se digna permitirme el vivir en Petersburgo, quizá aceptará colocar a Pablo, por no negar todo a la vez". Decididamente, tanta sumisión desconcierta. Ni los nihilistas, ni los anarquistas, ni los socialistas podrán sacar ningún partido de ella. ¡Qué! ¿Ni el menor gesto de rebelión? Si no contra el zar al que quizá era prudente respetar, por lo menos contra la sociedad, y contra ese calabozo del que salió envejecido. Escuchad, sin embargo, cómo habla: "Lo que han experimentado mi alma y mis creencias, mi espíritu y mi corazón durante estos cuatro años, no te lo diré, porque sería demasiado largo. La constante meditación gracias a la cual huía de la amarga realidad, no habrá sido inútil. Tengo ahora deseos y esperanzas que antes ni siquiera preveía". Y en otro lugar: "Te pido que no me creas tan melancólico y susceptible como estaba en Petersburgo los últimos años. Todo eso ha pasado por completo. Por otra parte, es Dios quien nos guía". Y finalmente, mucho tiempo después, en una carta de 1872, a S. D. Janovski esta extraordinaria confesión (donde las palabras en bastardilla están subrayadas por Dostoievski) : "Me ama usted y se ocupa de mí, de mí, enfermo mental (pues lo reconozco en el presente) antes de mi viaje a Siberia, donde me he curado". ¡Así, ni una protesta! ¡Reconocimiento, por el contrario! Como Job, al que la mano del Eterno trituraba sin obtener de su corazón ni una blasfemia.. Este mártir es desalentador. ¿Por qué fe vive? ¿Qué convicciones lo sostienen? Tal vez examinando sus opiniones, tantas por lo menos como las que aparecen en esta Correspondencia, comprenderemos las causas secretas, que ya comenzaremos a entrever, de este fracaso, entre el gran público, de este disfavor, de este purgatorio de la gloria donde permanece aún Dostoievski. II Hombre de ningún partido, y que temía al espíritu de facción que observaba, escribía: "El pensamiento que más me ocupa, es en qué consiste nuestra comunión de ideas, cuáles son los puntos en los que podríamos concentrarnos todos, de no importa qué tendencia". Profundamente convencido de que "en el pensamiento ruso se concilian los antagonismos" de Europa, él, "viejo europeo ruso", como decía de sí mismo, trabajaba con todas las fuerzas de su alma en esta unidad rusa, donde debían fundirse todos los partidos en un gran amor por el país y por la humanidad. "Sí, participo de su opinión de que Rusia acabará con Europa por su misión misma. Esto es evidente desde hace mucho tiempo", escribe desde Siberia. Por otra parte, habla de los rusos como de una nación vacante, "capaz de ponerse a la cabeza de los intereses comunes de la humanidad entera". Y si, por una convicción, quizá sólo prematura, se ilusionaba sobre la importancia del pueblo ruso, (lo que no es de ningún modo mi manera de pensar), no era por fatuidad "chauvinista" sino por la intuición y la comprensión profunda que creía llevar en sí mismo, como ruso, de las diversas razones y pasiones de los partidos que dividen a Europa. Hablando de Puschkin, alaba su facultad de simpatía universal; después agrega: "Esta aptitud la comparte precisamente con nuestro pueblo, y es por esto, sobre todo, que es nacional". Considera el alma rusa, "como un terreno de conciliación de todas las tendencias europeas", y llega hasta exclamar: ¿Cuál es el verdadero ruso que no piensa antes que nada en Europa?", y hasta pronunciar estas admirables palabras: "El vagabundo ruso necesita de la felicidad universal para calmarse". Convencido de que "el carácter de la futura actividad rusa debe estar en el más alto grado panhumano y que la idea rusa será quizá la síntesis de todas las ideas que Europa desarrolla con tanta perseverancia y valor en sus diversas nacionalidades", vuelve sus miradas constantemente hacia el extranjero; sus juicios políticos y sociales sobre Francia y Alemania son para nosotros de los más interesantes pasajes de esta Correspondencia. Viaja, se detiene en Italia, en Suiza, en Alemania atraído por el deseo de conocer, primero, y retenido luego durante meses por la continua cuestión pecuniaria, ya porque no tenía bastante dinero para continuar su viaje y pagar las nuevas deudas, ya porque temía volver a encontrar en Rusia viejas deudas y sufrir nuevamente la prisión... "Con mi salud, — dice a los cuarenta y nueve años, — no soportaría ni seis meses en prisión, y, sobre todo, no podría trabajar". Pero, en el extranjero, el aire de Rusia, el contacto con el pueblo ruso, todo le falta en seguida; no existen para él ni Esparta, ni Toledo, ni Venecia; no puede aclimatarse, ni complacerse un instante en ninguna parte. "¡Ah Nicolás Nicolaievich — escribe a Strakhoff. — cuán insoportable me es vivir en el extranjero; no sabría expresárselo!" Ni una carta del exilio que no contenga la misma queja: "es preciso que vaya a Rusia: aquí, el hastío me aplasta...” Y como si extrajera de allá mismo el alimento secreto de sus obras, como si la savia le faltara apenas es arrancado de su suelo: "No tengo ningún gusto en escribir, Nicolás Nicolaievitch, o bien escribo con un gran sufrimiento. Lo que con esto quiero decir, yo no sabría comprenderlo. Pienso solamente que es la necesidad de Rusia. Es preciso volver cueste lo que costare..." Y en otra parte: "Tengo necesidad de Rusia para mi trabajo y para mis obras... He sentido con demasiada claridad que en cualquier parte donde viviéramos esto sería indiferente, en Dresde o en donde quiera, estaré siempre en un país extranjero, arrancado de mi patria." Y aún: "¡Si supiera usted hasta qué punto me siento aquí al mismo tiempo inútil y extraño!... Me vuelvo estúpido y limitado y pierdo la costumbre de Rusia. Nada de aire ruso, ni de personas rusas. En fin, no comprendo del todo a los emigrantes rusos. Son locos". Es sin embargo en Ginebra, en Vevey, que escribe El Idiota, y en Dresde, El Eterno Marido y Los Endemoniados. ¡No importa! "Dice usted palabras de oro a propósito de mi trabajo aquí; en efecto, permaneceré atrasado, no desde el punto de vista del siglo, sino desde el conocimiento de lo que pasa entre nosotros (lo sé ciertamente mejor que usted, pues diariamente leo tres diarios rusos hasta la última línea y recibo dos revistas), pero me desacostumbraré del curso viviente de la existencia; no de su idea, sino de su esencia misma. ¡Y cómo obra ésto sobre el trabajo artístico!" De manera que esa "simpatía universal" va acompañada y se fortifica con un nacionalismo ardiente que en el espíritu de Dostoievski es el complemento indispensable. Protesta, sin laxitud, sin tregua, contra los que se llamaban entonces los "progresistas", es decir (tomo esta definición de Strakhoff): esta raza de políticos que esperaba el progreso de la cultura rusa, no del desenvolvimiento orgánico del fondo nacional, sino de una asimilación precipitada de la enseñanza occidental". "El francés es ante todo francés, y el inglés, inglés, y su fin supremo es continuar siéndolo. Ahí reside su fuerza". Se subleva "contra esos hombres que desarraigan a los rusos", y no espera a Barres para poner en guardia al estudiante que, "desprendiéndose de la sociedad y abandonándola, no va hacia el pueblo sino a cualquier otra parte, al extranjero, al europeísmo, al reino absoluto del hombre universal que no ha existido jamás y, de esta manera, rompe con el pueblo, le desprecia y le desconoce". Igual que Barrés a propósito del "kantismo malsano", escribe, en el prefacio de la revista que dirige: "Por fértil que sea una idea importada del extranjero, no podrá adquirir arraigo entre nosotros, aclimatarse y sernos realmente útil como si nuestra vida nacional, sin ninguna inspiración ni empuje del exterior, hiciera surgir de sí misma esta idea, natural y prácticamente, a consecuencia de su necesidad reconocida prácticamente por todos. Ninguna nación del mundo, ninguna sociedad más o menos estable se ha formado bajo un programa de encargo importado del exterior..." Y yo no conozco en Barrés declaración más categórica ni más firme. Pero al lado de todo esto, he aquí lo que lamento no encontrar en Barrés: "La capacidad de desprenderse por un momento de su suelo, con el fin de observarse con imparcialidad, es el índice de una muy fuerte personalidad, al mismo tiempo que la capacidad de mirar al extranjero con benevolencia es uno de los dones más grandes y más nobles de la naturaleza". Y por otro lado, Dostoievski no parecía prever la ceguedad hasta donde debía arrastrarnos esta doctrina: "Es imposible desengañar al francés o impedirle creerse el primer hombre del universo. Por otra parte, sabe muy poco del universo... Además no tiene por qué saber. Es un rasgo común a toda la nación y muy característico". Se separa más claramente, más felizmente aún, de Barrés por un individualismo. Y frente a Nietzsche nos da un admirable ejemplo para demostrar de qué poca fatuidad y suficiencia acompaña a veces esta creencia en el valor del yo. Y escribe: "Lo más difícil en el mundo es permanecer siendo uno mismo" y "es preciso no arruinar la propia vida por ningún fin"; pues para él, no ya sin patriotismo, sino también sin individualismo, no existe ningún medio de servir a la humanidad. Si algunos barresistas le eran adictos por las declaraciones que cité anteriormente, ¿a cuál barresista las declaraciones presentes no lo enajenarán? * * * Igualmente, leyendo sus palabras: "En la humanidad nueva las ideas estéticas son confusas. La base moral de la sociedad, aprisionada en el positivismo, no sólo no da resultado, sino que no puede definirse a sí misma, se embarulla en los deseos y en los ideales. ¿Se encuentran acaso demasiado pocos hechos aún para probar que la sociedad no se funda así? ¿Qué no son esos los caminos que conducen a la felicidad? ¿Qué ésta no proviene de donde se creía hasta el presente? Pero entonces, ¿de dónde provienen? Se escriben tantos libros y se pierde de vista lo principal: en el Occidente se ha perdido a Cristo... y el Occidente cae a causa de ésto, únicamente a causa de esto". "¿Qué católico francés no aplaudiría... si no chocara ante el incidente que a propósito he omitido: "Se ha perdido a Cristo. — por causa del catolicismo?" ¿Qué católico francés desde entonces osará dejarse emocionar por las lágrimas de piedad que se desprenden de esta Correspondencia? En vano Dostoievski querrá "revelar al mundo un Cristo ruso, desconocido en el universo, y cuyo principio está contenido en nuestra ortodoxia", — el católico francés, por su propia ortodoxia rehusará escuchar, — y es en vano, por hoy al menos, que Dostoievski agregara: "A mi parecer, es aquí donde se encuentra el principio de nuestra futura potencia civilizadora y de la resurrección de toda Europa por nosotros y toda la esencia de nuestra futura fuerza". * * * Igualmente, si Dostoievski puede ofrecer algo a De Vogüé, para que vea en él "un encarnizamiento contra el pensamiento, y contra la plenitud de la vida”, una "santificación del idiota, del neutro, del inactivo", etc., leemos por otra parte en la carta a su hermano no publicada por Bienstock: "Son gentes simples, se me dirá. Pero mi hombre simple es más de temer que un hombre complicado". A una muchacha que deseaba "volverse útil" y que le había expresado su voluntad de hacerse enfermera o partera: "...ocupándose regularmente de su instrucción uno se prepara para una actividad cien veces más útil...", escribe; y más adelante: "¿No será mejor preocuparse de su instrucción superior? La mayor parte de nuestros especialistas son personas profundamente poco instruidas... y la mayor parte de nuestros estudiantes carecen enteramente de toda instrucción. ¡Qué bien pueden hacer a la humanidad!" Y ciertamente yo no tenía necesidad de estas palabras para comprender que De Vogüé se equivocaba, pero a pesar de todo podría no engañarse. Dostoievski no se deja enrolar fácilmente, ni en pro, ni en contra del socialismo; pues si Hoffmann tiene derecho a decir: "Socialista, en el sentido más humano de la palabra, Dostoievski no ha dejado nunca de serlo”, leemos en su Correspondencia; "Ya el socialismo ha roído a Europa; si se tarda demasiado lo demolerá todo". * * * Conservador, pero no tradicionalista; zarista, pero demócrata; cristiano, pero no católico romano; liberal, pero no "progresista", Dostoievski permanece siendo alguien del cual no sabe uno cómo servirse. Se encuentra en él con qué desagradar a cada partido. No se persuadió nunca de que tuviera demasiado con su inteligencia para el papel que asumía —o que en vista de fines inmediatos, tuviera el derecho de inclinar, y falsear ese instrumento infinitamente delicado. "A propósito de todas esas tendencias posibles,—escribe, y las palabras están subrayadas por él — que se han confundido en un saludo de bienvenida para mí, (9 de abril de 1876), hubiera querido escribir un artículo sobre la impresión causada por esas cartas... Pero, habiendo reflexionado sobre ese artículo, he notado inmediatamente que era imposible escribirlo con toda sinceridad; entonces, si no hay sinceridad ¿vale la pena escribirlo?" ¿Qué quiere decir? Sin duda esto: que para escribir ese oportuno artículo de una manera que agrade a todos y asegure su éxito, necesitaría forzar su pensamiento, simplificarlo en cierta medida, inclinar, en fin, sus convicciones más allá de lo que le es natural. Es esto lo que no puede consentir. Por un individualismo sin dureza y que se confunde con la simple probidad de pensamiento, no consiente en presentar este pensamiento más que en su integridad completa. Y su fracaso entre nosotros no tiene más grande ni más secreta razón. Y yo no pretendo insinuar que las grandes convicciones lleven de ordinario con ellas una cierta improbidad de razonamiento; pero pueden carecer de inteligencia; y de la misma manera Barrés es demasiado inteligente para no haber comprendido pronto, que no es aclarando con equidad una idea en todas sus facetas como se le hace un rápido camino en el mundo — sino empujándola resueltamente de un solo lado. Para hacer triunfar una idea, es preciso no tener adelante más que a ella, o si se prefiere: para triunfar, es preciso no poseer ante todo más que una idea. Encontrar una buena fórmula no es suficiente. Se trata de no apartarse más de ella. El público, ante cada nombre, quiere saber a qué atenerse y no soporta lo que obscurecería el cerebro. Cuando oye decir; Pasteur, quiere pensar en seguida: sí, la rabia; ¿Nietzsche? el superhombre; ¿Curie? el radio; ¿Barrés? la tierra y los muertos; ¿Quinton? el plasma — de la misma manera que se diría: ¿Bornibus? su mostaza. Y Parmentier, es como si hubiera “inventado" la papa, pues es más conocido gracias a este tubérculo que si le debiéramos toda nuestra huerta. Dostoievski no logró conocer en Francia el éxito cuando De Vogüé creó el nombre de "la religión del sufrimiento", reflejando así en una fórmula manuable la doctrina que encontraba contenida en los últimos capítulos de Crimen y Castigo. Quiero creer que ésta se encuentre allí y que la fórmula se hava felizmente encontrado... Por desgracia, no contenía al hombre que se desbordaba por todas partes. Pues si bien era de aquellos para quienes "una sola cosa es necesaria: conocer a Dios", por lo menos, este conocimiento de Dios quería difundirlo a través de su obra en toda su humana y anhelosa complejidad. Ibsen tampoco era más fácil de reducir; era de aquellos cuya obra es más interrogativa que afirmativa. El éxito relativo de los dos dramas: Casa de Muñecas y El Enemigo del pueblo, no es debido a su preeminencia, sino que proviene de que Ibsen llega en ellos a una semejanza de conclusiones. Al público no le satisface el autor que no llega a una solución bien marcada; es pecar de incertidumbre, cree, de pereza de pensamiento o debilidad de convicción; y lo más a menudo, gustando muy poco de la inteligencia, esta convicción no la descubre más que en la violencia, en la persistencia y en la uniformidad de la afirmación. * * * Deseoso de no alargar aún una cuestión ya tan vasta de por sí, no trataré de precisar su doctrina hoy; querría indicar solamente lo que encierra de contradicciones para el espíritu occidental, poco acostumbrado a ese deseo de conciliación de los extremos. Dostoievski sigue convencido de que esas contradicciones no son más que aparentes entre el nacionalismo y el europeísmo, entre el individualismo y la abnegación; piensa que por no comprender más que una de las faces de esta cuestión vital, los partidos opuestos están igualmente distantes de la verdad. Permítaseme aún una cita; esta aclarará mejor que un comentario, sin duda, la posición de Dostoievski. "¿Es preciso no tener personalidad para ser felices? ¿La salvación está fuera de la persona? Muy al contrario, muy al contrario, digo yo. No solamente no es preciso dejar de tener una personalidad, sino que, justamente, es preciso llegar a formarse una, y mucho más plena de como actualmente existe en Occidente. Comprendedme bien: el sacrificio voluntario, perfectamente consciente y libre de toda coacción, el sacrificio de sí mismo en provecho de todos, es, en mi opinión, el índice de que la personalidad está en el apogeo de su evolución, de que es poderosa, de que se posee y de que es completamente libre... Una personalidad completamente desarrollada y completamente convencida de su derecho a ser una personalidad, que no temiendo nada para sí misma, no podrá hacer otra de sí misma, de nada puede servir, sino para sacrificarse en favor de los otros, a fin de que todos los demás se formen exactamente análogas personalidades libres y felices. Es una ley de la naturaleza; el hombre normal tiende a alcanzarla". Cristo ha enseñado esta solución: "Quien quiera salvar su vida la perderá; y el que diera su vida por amor a mí, la obtendrá verdaderamente viviente". * * * Vuelto a San Petersburgo en el invierno del 7 1 al 72, a los cincuenta años, escribe a Ianovski: "Es preciso confesarlo, la vejez se aproxima; y sin embargo, uno no piensa en eso y se dispone aún a escribir de nuevo (preparaba los Karamazoff), a publicar algo que pueda contentar, al fin; uno espera aún algo de la vida, y sin embargo es posible que ya se haya recibido todo. Yo lo hablo de mí. ¡Y bien! Soy perfectamente feliz." Es esta felicidad, esta alegría más allá del dolor, que se siente latente en toda la vida y en toda la obra de Dostoievski, alegría que Nietzsche había desentrañado perfectamente, y que yo reprocho, entre todo lo demás, a De Vogüé por no haberla distinguido en absoluto. El tono de las cartas de esta época cambia bruscamente. Sus destinatarios habituales habitan Petersburgo con él, y no es ya a éstos a quiénes escribe sino a desconocidos, destinatarios ocasionales que se dirigen a él para ser edificados, consolados y guiados. Sería necesario citar casi todo; mejor es dirigirse al libro; yo no escribo este artículo, más que para inducir a eso al lector. Libre al fin de sus horribles inquietudes pecuniarias, se dedica de nuevo, en los últimos años de su vida, a dirigir el Diario de un Escritor, que no aparece sino de manera intermitente. "Le confieso, — escribe al célebre Aksakoff, en noviembre de 1880, es decir, tres meses antes de su muerte, — le confieso amistosamente, que teniendo la intención de emprender desde el año próximo la edición del Diario, he rogado a Dios, de rodillas, a menudo y largamente, para que me dé un corazón puro, sin pecado, sin envidias e incapaz de irritarse". En ese Diario, en el que De Vogüé no sabe ver más que "himnos obscuros que escapan al análisis así como a la controversia", el pueblo ruso distinguía felizmente otra cosa, y Dostoievski pudo muy pronto sentir que se realizaba en torno a su obra, su sueño de unidad de los espíritus, sin unificación arbitraria. A la noticia de su muerte, esta comunión y confusión de los espíritus se manifestaron de manera brillante, y si primero "los elementos subversivos proyectaron acaparar su cadáver", se vio muy pronto, "por una de esas fusiones inesperadas, cuyo secreto lo tiene Rusia cuando una idea nacional la enardece, que todos los partidos y todos los adversarios, todos los fragmentos desunidos del imperio, cobraron apego por ese muerto, en una comunión de entusiasmo". La frase es de De Vogüe, y me siento feliz de poder citar esas nobles palabras después de las reservas que he hecho sobre su estudio. "Como se decía de los viejos zares que "unían la tierra rusa, — escribe más lejos, — este rey del espíritu había unido así el corazón ruso". Es esa misma reunión de energías en la que él opera en el presente a través de toda Europa, lentamente, casi misteriosamente, — sobre todo en Alemania, donde las ediciones de sus obras se multiplican, en Francia, finalmente, donde la generación que surge reconoce y gusta, mejor que la de De Vogüé, su mérito. Las secretas razones que defirieron su éxito serán las mismas que lo asegurarán más duradero.
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