Dostoievski, "el único que me ha enseñado algo de psicología", decía Nietzsche. Su fortuna entre nosotros ha sido muy singular. De Vogüé, que introdujo en Francia la literatura rusa, hace unos veinte años, pareció sorprendido de la enormidad de ese monstruo. Se excusaba y prevenía cortésmente la incomprensión del primer público; gracias a él se había querido a Turguenieff; se admiraba confiadamente a Puschkin y a Gogol; se abría un gran crédito para Tolstoy; pero Dostoievski, decididamente, era demasiado ruso; De Vogüé temía resbalar. Apenas si consentía en dirigir la curiosidad de los primeros lectores, sobre los otros dos tomos de su obra, que estimaba más accesibles y donde su espíritu se podía reconocer con mayor facilidad; pero por este mismo gesto descartaba ¡ay! los más significativos, los más arduos, sin duda, pero, podemos atrevernos a decirlo hoy, los más bellos. Esta prudencia era, pensaron algunos, necesaria, como quizá había sido necesario habituar al público a la Sinfonía Pastoral, aclimatarlo lentamente, antes de ofrecerle la Sinfonía con coros. Si se hizo bien en retardar y limitar las primeras curiosidades a Las Pobres Gentes, La Casa de los Muertos y Crimen y Castigo, es ya tiempo de que el lector afronte las grandes obras: El Idiota, Los Endemoniados y sobre todo Los Hermanos Karamazoff. Esta novela es la última de Dostoievski. Debía ser la primera de una serie. Dostoievski tenía entonces cincuenta y nueve años y escribía: "Constato a menudo con disgusto que no he expresado, literalmente, la vigésima parte de lo que habría querido y quizá podido expresar. Lo que me salva, es la esperanza habitual de que un día Dios me enviará tanta fuerza e inspiración que me expresaré más acabadamente; en una palabra, podré exponer todo lo que encierro en mi corazón y en mi fantasía." Era de esos raros genios que avanzan de obra en obra, en una especie de progresión continua, hasta que la muerte les viene a interrumpir bruscamente. No hay ningún doblegamiento en esta fogosa vejez, de la misma manera que no la hay en la de Rembrandt o la de Beethoven, con quienes me place compararlos; mantiene siempre una segura y enérgica gravedad de pensamiento. Sin complacencia ninguna hacia sí mismo, sin cesar insatisfecho, exigente hasta lo imposible, — plenamente consciente de su valor, sin embargo, — antes de abordar los Karamazoff, un secreto estremecimiento de alegría le advertía que estaba, al fin, frente a un tema adecuado a su talla, a la talla de su genio. "Raramente he podido llegar a decir algo más nuevo, — escribe, — más completo, más original". Este fue el libro de cabecera de Tolstoi en su lecho de muerte. * * * Horrorizados por su extensión, los primeros traductores no nos dieron de este libro incomparable más que una versión mutilada; bajo el pretexto de la unidad exterior, fueron amputados aquí y allá capítulos enteros, — los que bastaron para formar un volumen suplementario aparecido bajo el título: Los Precoces. Por precaución, el nombre de Karamazoff es cambiado en éste por el de Chestomazoff, acabando así por desconcertar al lector. Esta traducción era, por otro lado, muy buena dentro de lo que se resolvió traducir, y continúo prefiriéndola a la que nos fue ofrecida después. Es posible que algunos, teniendo en cuenta la época en que apareció, estimaran que el público no estaba maduro para soportar una traducción integral de una obra maestra tan abundante. Yo no le reprocharía, pues, sino el no haber confesado que era incompleta. Hace cuatro años apareció la nueva traducción de Bienstock y Nau. Esta ofreció la gran ventaja de presentar, en un volumen más nutrido, la economía general del libro; quiero decir que restituía las partes que los primeros traductores habían eliminado; pero, por una sistemática condensación, podría decir congelación de cada capítulo, despojaron los diálogos de su balbuceo y de su temblor patéticos y suprimieron el tercio de las frases, a menudo párrafos enteros y de los más significativos. Se obtuvo así un resultado claro, macizo y sin sombras, como sería un grabado sobre zinc, o mejor aún, una rápida copia de esos profundos retratos de Rembrandt. ¿Qué virtud no será la de este libro para seguir siendo admirable, a pesar de tantas degradaciones? Libro que pudo esperar su hora pacientemente, como pacientemente han esperado su hora los de Stendhal; libro cuya hora, al fin, parece llegada. En Alemania las traducciones de Dostoievski se suceden, superando cada una a la precedente en exactitud escrupulosa y en vigor. Inglaterra, más áspera y lenta en conmoverse, pone cuidado en no permanecer en desventaja. En la New Age del 23 de marzo último, Arnold Bennett, anunciando la traducción de Mrs. Constance Garnett, deseaba que todos los novelistas y cuentistas ingleses pudieran adherirse a la escuela "de las más potentes obras de imaginación que nadie haya escrito jamás"; y hablando más especialmente de Los Hermanos Karamazoff dice: "Ahí la pasión alcanza la más alta potencia. Ese libro nos presenta una docena de figuras absolutamente colosales". ¿Y no es posible que esas "colosales figuras" no se hayan dirigido nunca a nadie, ni aún en Rusia, tanto como a nosotros, directamente a nosotros, y que nunca su voz haya parecido, como hoy, tan urgente? Iván Dmitri y Aliocha, los tres hermanos, tan diferentes y tan consanguíneos a la vez, que continúa e inquieta en todas partes la sombra miserable de Smerdiakoff, su lacayo y medio hermano. El intelectual Iván, el apasionado Dmitri y Aliocha el místico, parecen los tres pertenecer al mundo moral del que deserta vergonzosamente su viejo padre, — y los siento ejercer ya sobre muchos jóvenes un influjo indiscreto; su voz no nos parece ya extraña, ¿qué digo?, es en nosotros mismos donde lo oímos dialogar. Sin embargo, ningún simbolismo intempestivo en la elaboración de esta obra; se sabe que un vulgar complejo, una "causa"' tenebrosa, que pretendía aclarar la sutil sagacidad del psicólogo, sirvió de primer pretexto a este libro. Nada nos deja una sensación constante de existencia como esas significativas figuras; ni un instante escapan a su apremiante realidad. Se trata de saber, hoy que se les lleva al teatro (y de todas las creaciones de la imaginación, o de todos los héroes de la historia ninguno hay que merezca más subir a él), se trata de saber si reconoceremos sus voces desconcertantes a través de las prolijas entonaciones de los actores. Se trata de saber si el autor de la adaptación sabrá presentarnos, sin desnaturalizarlos demasiado, los acontecimientos necesarios de la intriga que afrontan sus personajes. Lo tengo por inteligente hasta el exceso, y hábil; ha comprendido, estoy seguro, que para responder a las exigencias de la escena, no basta con recortar, según el método ordinario, y servir completamente desaliñados los episodios más notables de la novela, sino de adaptar el libreto al original, recomponerlo y reducirlo, y disponer sus elementos en vista a una perspectiva distinta. Se trata, en fin, de saber si consentirán en mirarlo con atención suficiente aquellos espectadores que no han penetrado todavía en la intimidad de esta obra. Sin duda, no tendrán ellos esa "presunción extraordinaria, esa ignorancia fenomenal" que Dostoievski deploraba encontrar en los intelectuales rusos. Deseaba entonces "detenerlos en la vía de la negación o, por lo menos, hacerlos reflexionar y dudar". Y lo que yo escribo aquí no tiene otra finalidad.
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