Libro quinto

LAFCADIO
-There is only one remedy! One thing alone can cure us from being ourselves!...
-Yes; strictly speaking, the question is not how to get cured, but how to live.
JOSEPH CONRAD, Lord Jim, p. 226.
I
Después que por mediación de Julio y ante el notario, Lafcadio entró en posesión de las
cuarenta mil libras de renta que el difunto conde Justo-Agenor de Baraglioul le dejaba, su
gran cuidado fue no dejar traslucir nada.
-Comerás los mismos platos -se dijo entonces-, aunque lo hagas en vajilla de oro.
No se preocupaba de esto o no sabía aún que, en adelante, iba a cambiar su gusto por
los platos. Por lo menos, como brillaba el mismo placer en luchar contra el apetito que en
ceder a la glotonería, ahora que no le apremiaba la necesidad, su resistencia se relajaba.
Hablemos sin imágenes: de natural aristocrático, no había permitido a la necesidad que
impusiera en él ningún gusto, que se permitiera ahora por malicia, por juego y por distracción
preferir a su interés su gusto.
Cediendo a la voluntad del conde no se había vestido de luto. Un contratiempo
mortificante le aguardaba entre los proveedores del marqués de Gesvres, su último tío, cuando
se presentó para aumentar su guardarropa. Como estaba recomendado por éste, el sastre sacó
algunas facturas que el marqués había descuidado pagar. Lafcadio odiaba las raterías; fingió
haber ido expresamente para arreglar aquellas cuentas y pagó al contado los nuevos trajes. Lo
mismo le ocurrió en casa del zapatero. En cuanto al camisero, Lafcadio juzgó prudente
dirigirse a otro.
-¡Si por lo menos supiese la dirección del tío de Gesvres! Me hubiera gustado enviarle
pagadas las facturas -pensaba Lafcadio-. Esto me valdría su desprecio, pero yo soy Baraglioul
y, en adelante, marqués pillo, te arrojo de mi corazón.
Nada le retenía en París ni en ningún otro sitio; atravesando Italia en pequeñas jornadas
se trasladó a Brindisi, donde pensaba embarcarse en cualquier Lloyd para Java.
Completamente solo en el vagón que le alejaba de Roma, había, a pesar del calor,
extendido sobre sus rodillas una suave manta de viaje color de té, sobre la cual se complacía
en mirar sus manos enguantadas en color de ceniza. A través de la fina tela de su traje,
respiraba el bienestar por todos sus poros; el cuello sin apretar en una tirilla más bien alta pero
poco almidonada, de la que escapaba delgada como una lombriz una corbata de seda color
marrón que caía sobre la plegada camisa. Se sentía bien dentro de su pellejo, de su traje, de
sus botas -de fino mocasín, hechas de la misma piel que sus guantes-; en esta prisión
agradable su pie se extendía, se arqueaba, se sentía vivir. Su sombrero de castor, inclinado
hacia los ojos, le separaba del paisaje; fumaba en una pipa de enebro y abandonaba sus ideas
al movimiento natural. Pensaba:
-La vieja, con una nubécula blanca sobre la cabeza, me la mostraba diciendo: "¡Lluvia!
Pero no será hoy". Aquella vieja cuyo saco he cargado sobre mis hombros, por diversión
había hecho a pie en cuatro días la travesía de los Apeninos, entre Bolonia y Florencia,
durmiendo en Covigliajo y a quien he abrazado en lo alto de la cuesta... Esto formaba parte
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de lo que el cura de Covigliajo llamaba "las buenas acciones". También le hubiera ahogado -
sin que me temblase la mano- cuando sentí aquella piel sucia y arrugada bajo mis dedos...
¡Ah, cómo acariciaba el cuello de mi chaqueta para quitar el polvo!, y decía: "Figlio mio!
¡Cariño!..." ¿De dónde brotaba aquella intensa alegría cuando, después, y todavía sudando, a
la sombra de aquel gran castaño, sin fumar, claro es, me tendí sobre el césped? Me sentía con
fuerzas bastantes para abrazar a la humanidad entera, o estrangularla acaso... ¡Qué poca cosa
es la vida humana! ¡Y yo arriesgaría la mía alegremente si se ofreciese una bella proeza digna
de intentarlo! Pero yo no puedo hacerme alpinista o aviador... ¿Qué me aconsejaría ese cartujo
de Julio?... Es una lástima que sea tan zopenco; de nada me sirve tener un hermano.
"¡Pobre Julio! ¡Tantos escritores y tan poca gente que lee! Es un hecho: cada vez se lee
menos... a juzgar por mí, como decía el otro. Esto acabará en una catástrofe, ¡una hermosa
catástrofe impregnada de horror! Se tirará lo impreso por la borda y será milagroso que lo
mejor no se reúna en el fondo con lo peor.
"Pero sería curioso saber lo que hubiera dicho la vieja si hubiera comenzado a
ahogarla... Se imagina 'lo que pudiera suceder'; pero siempre queda un agujero por donde
asoma lo imprevisto. Nada ocurre siempre como se cree... Esto es lo que me lleva a obrar...
¡Se hace tan poco!...'¡Que sea todo lo que pueda ser!', así me explico yo la Creación...
Enamorado de lo que puede ser... Si yo fuese el estado me haría encerrar.
"No es interesante la correspondencia de este señor Gaspar Flamand, que he reclamado
como mía en la Lista de Correos de Bolonia. Nada que valiera la molestia de habérsele
escrito.
"¡Dios mío! ¡Qué pocas gentes se encuentran cuyas maletas deseemos registrar!... ¡Y
qué pocos de los que obtendríamos una palabra, un gesto, una reacción valiente..'. ¡Hermosa
colección de fantoches, pero los hilos se ven demasiado, ciertamente! No se cruzan en la calle
más que Juan Lanas y patanes. ¿Y puede un hombre honrado, Lafcadio, yo te lo pregunto,
tomar esta farsa en serio?... ¡Vamos! Recojamos el equipaje, ya es hora. Huyamos hacia un
mundo nuevo, dejemos Europa, imprimiendo nuestro talón desnudo sobre el suelo... ¡Si hay
todavía en Borneo, en lo profundo de los bosques, algún antropopiteco rezagado, iremos allá a
calcular los recursos de una posible humanidad...
"Hubiera querido volver a ver a Protos. Sin duda ha puesto rumbo hacia América. No
admiraba más que a los bárbaros de Chicago... No son de mi agrado esos lobos; yo soy de
naturaleza felina. Pasemos.
"El cura de Covigliajo, tan bondadoso, no tenía humor para depravar demasiado al niño
con el que hablaba. Seguramente lo custodiaba. De buena gana lo hubiera hecho mi camarada;
no al cura, pardiez, sino al pequeño... ¡Qué bellos ojos alzaba hacia mí! Buscaba tan
inquietamente mi mirada como mis ojos buscaban los suyos; pero desviaba en seguida la
mirada... Tenía unos cinco años menos que yo. Sí, catorce o dieciséis años a lo sumo... ¿Qué
era yo a esa edad? Un 'stripling' lleno de codicia que me gustaría encontrar hoy; creo que me
iría mucho mejor... Faby, los primeros días estaba confuso por sentirse prendado de mí; hizo
bien en confesarse a mi madre, después de lo cual su corazón se sintió más ligero. ¡Pero
cuánto me desagradaba su reserva!... Cuando más tarde, en el Aurez, le he referido esto bajo
la tienda de campaña, nos hemos reído a gusto... ¡Con cuánto gusto volvería a verlo! Es una
desgracia que haya muerto. Pasemos.
"La verdad es que deseaba desagradar al cura. Buscaba lo que pudiera decirle que le
molestase más y no sabía encontrar más que cosas agradables... ¡Me esforzaba en no parecer
simpático! No iba a pintarme de nogalina el rostro, como me aconsejaba Carola, o a ponerme
a comer ajo... ¡Ah, no pensemos en esa pobre muchacha! Mis más modestos placeres se los
debo a ella... ¡Oh! ¿De dónde sale este viejo estrafalario?
Por la puerta de corredera del pasillo acababa de entrar Amadeo Fleurissoire.
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Fleurissoire había viajado solo en su departamento hasta la estación de Frosinone. En
esta parada del tren un italiano, de mediana edad, había subido al vagón y se sentó no lejos de
él, mirándole con un aire tan sombrío que incitó a Fleurissoire a marcharse.
En el compartimiento vecino, la gracia juvenil de Lafcadio le atrajo, por el contrario:
-¡Ah, qué joven tan simpático! ¡Casi un niño todavía! -pensó-. De vacaciones sin duda.
¡Qué bien vestido! Su mirada es ingenua. ¡Qué descanso poder abandonar un momento mi
desconfianza! Si supiese francés le hablaría de buena gana...
Se sentó frente a él en un rincón, cerca de la portezuela. Lafcadio levantó el borde de su
sombrero y comenzó a mirarle con ojos tristes, indiferente en apariencia.
-¿Qué puede haber de común entre este sucio monigote y yo? -pensó-. Parece que se
cree un hombre astuto. ¿Qué le pasará para que me sonría así? ¡Pensará que voy a abrazarle!
¡Es preciso que haya todavía mujeres para acariciar a los viejos!... Se sorprendería sin duda si
supiese que yo sé leer manuscrito o impreso de corrido, al revés o por transparencia en los
espejos o sobre los secantes; tres meses de estudio y dos años de aprendizaje y todo por amor
al arte. Cadio, amigo mío, el problema se plantea: hacer frente a este destino. Pero ¿por
dónde?... ¡Calla! Voy a ofrecerle cato. Que acepte o no, ya veremos en qué lengua habla.
-"Grazio"! "Grazio"! -dijo Fleurissoire rehusando.
-No hay nada que hacer con este jabalí. Durmamos -dijo Lafcadio echándose el ala del
sombrero sobre los ojos, y procuró soñar con un recuerdo de su infancia. Volvía a verse en los
años en que le llamaban Cadio, en el castillo perdido de los Cárpatos, que ocuparon su madre
y él dos veranos en compañía de Baldi, el italiano, y del príncipe Wladimir Bielkowsky. Su
cuarto estaba en el extremo de un pasillo; era el primer año que dormía lejos de su madre... El
tirador de cobre de la puerta, en forma de cabeza de león, estaba sujeto por un clavo grueso...
¡Ah! ¡Qué preciosos son los recuerdos de las sensaciones!... Una noche despertó del más
profundo de los sueños y creyó soñar todavía, cuando vio a la cabecera de su cama al tío
Wladimir, que le parecía más gigantesco que de costumbre, como en una pesadilla, envuelto
en un amplio caftán color naranja, el bigote caído y tocado de un extravagante gorro de noche
tieso como un bonete persa que alargaba la figura hasta no acabar nunca. Tenía en la mano
una linterna sorda, que colocó sobre la mesa, cerca de la cama, al lado del reloj de Cadio, y
apartando un poco un saquito de bolas. El primer pensamiento de Cadio fue que su madre
había muerto o que estaba enferma; iba a preguntar a Bielkowski, cuando éste colocó un dedo
sobre sus labios y le hizo señal de que se levantara. De pie el niño, se puso el albornoz que se
vestía al salir del baño y que su tío había cogido del respaldo de una silla y le alargaba; todo
esto con las cejas fruncidas y con un aire de no bromear. Pero Cadio tenía tanta confianza en
Vladi que no sintió miedo un solo instante; enfiló sus pantuflas y le siguió muy intrigado por
sus maneras y, como siempre, deseoso de divertirse.
Salieron al pasillo; Wladimir avanzó gravemente, misteriosamente, iluminando a
distancia con la linterna; parecía que cumplían un rito o que seguían en una procesión; Cadio
vaciló un poco porque estaba todavía borracho de sueño; pero la curiosidad despejó pronto su
cerebro. Ante la puerta de su madre se pararon los dos un instante escuchando; ni un ruido; la
casa dormía. Llegados al descansillo de la escalera oyeron los ronquidos de un criado, cuya
alcoba se abría cerca del granero. Bajaron. Vladi iba de puntillas por los escalones, y al menor
chasquido se volvía con aire tan furioso que Cadio tenía que hacer esfuerzos para no reírse.
Señaló un escalón en particular, haciendo señal de que lo saltara, tan seriamente como si
hubiera en él un serio peligro. Cadio no enturbió su placer con preguntas de si aquellas
precauciones eran necesarias, ni sobre nada de lo que hacían; se prestó al juego y se deslizó
por la rampa, franqueando el escalón... Estaba tan prodigiosamente divertido con Vladi que
hubiera atravesado el fuego por seguirle.
Cuando llegaron al piso bajo, los dos se sentaron en el penúltimo escalón para cobrar
alientos; Vladi sacó la cabeza y dejó escapar un suspiro por la nariz como para decir: "¡Ah!
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¡De buena nos hemos librado!" Reanudaron la marcha. ¡Qué de precauciones ante la puerta
del salón! La linterna, que ahora llevaba Lafcadio, iluminaba la pieza tan extrañamente que el
niño apenas la reconoció; le pareció desmesurada; un rayo de luna se deslizaba por entre las
maderas de una ventana; todo se bañaba en una tranquilidad sobrenatural; se diría un estanque
en el que iba a arrojarse el gavilán. Reconocía todas las cosas en su sitio, pero por primera vez
notó allí algo extraño.
Vladi se acercó al piano, lo entreabrió, acarició con la yema del dedo algunas teclas,
que respondieron muy débilmente. De pronto la tapa se escapó e hizo al caer un ruido enorme.
Lafcadio se sobresaltó y creyó que seguía soñando. Vladi se precipitó sobre la linterna y la
apagó y después se deslizó en un sillón; Cadio se escondió debajo de una mesa; los dos
permanecieron mucho tiempo en la oscuridad, sin moverse, escuchando... pero nada; nadie se
había movido en la casa. A lo lejos, un perro ladraba a la luna. Entonces, dulcemente,
lentamente, Vladi hizo un poco de luz.
En el comedor, ¡con qué cuidado dio la vuelta a la llave de la alacena! El niño sabía
perfectamente que aquello no era más que un juego, pero el tío parecía interesadísimo en él.
Husmeó como para ventear dónde estaba guardado lo mejor; se apoderó de una botella de
"tokay", cogió dos vasos para mojar los bizcochos, le invitó a beber, poniéndose un dedo
sobre los labios; el cristal sonó imperceptiblemente... Terminada la colación nocturna, Vladi
volvió a poner todo en orden, fue a enjuagar con Cadio los vasos, los secó, tapó la botella,
cerró la caja de los bizcochos, sacudió minuciosamente las migajas, echó una última mirada
para ver si estaba todo en su sitio en el armario... Ni visto, ni oído.
Vladi volvió a acompañar a Cadio hasta su alcoba y lo dejó después de un profundo
saludo. Cadio reanudó el sueño que había dejado y se preguntó al día siguiente si había
soñado todo aquello.
¡Raro juego para un niño! ¿Qué hubiera pensado de esto Julio?...
Lafcadio, aún con los ojos cerrados, no dormía; no podía dormir.
-El viejecillo que siento ahí, cree que duermo -pensaba-. Si entreabriese los ojos, le
vería que me mira. Protos suponía que es muy difícil fingir el sueño a quien presta atención;
se mostraba orgulloso de distinguir el falso sueño por el ligero temblor de los párpados... que
yo reprimo en este momento. El mismo Protos se engañaría...
Mientras tanto, el sol se había ocultado; ya se distinguían los últimos reflejos de su
gloria, que Fleurissoire contemplaba emocionado. De pronto, en el techo del vagón la luz, la
electricidad brilló, iluminación demasiado brusca después de este crepúsculo suave y por
temor también de que turbara el sueño de su vecino, Fleurissoire dio vuelta al conmutador;
esto no motivó la oscuridad completa, pero derivó la corriente de la lámpara central a una
bombilla azulada. Al parecer de Fleurissoire esta bombilla azul arrojaba demasiada luz
todavía y dio una vuelta más a la llave; la lamparilla se extinguió, pero se iluminaron en
seguida dos candelabros parietales más fuertes que la luz central; una vuelta más y se
encendió de nuevo la lamparilla; se detuvo.
-¿Acabará de jugar con la luz? -pensaba Lafcadio impaciente-. ¿Qué hace ahora? No
abriré los párpados. Está de pie... ¿Se sentirá atraído por mi maleta? Comprueba que está
abierta. Lo que es para perder la llave no merecía la pena de haber puesto en Milán una
cerradura complicada que hubo que forzar en Bolonia. Al menos, un candado se sustituye...
¡Maldita sea! ¿Se quita la chaqueta? ¡Ah! Observemos.
Sin hacer caso de la maleta de Lafcadio, Fleurissoire, atareado con su nuevo cuello
postizo, se había quitado la chaqueta para podérselo poner más cómodamente; pero el
madapolan almidonado, duro como el cartón, resistía a todos los esfuerzos.
-No parece muy contento -decía para sí Lafcadio-. Debe padecer una fístula o alguna
afección ocular. ¡Le ayudaré! No va a poder él solo...
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¡Sí! El cuello, por fin, agarró el botón. Fleurissoire cogió entonces de sobre el cojín
donde la había colocado cerca de su sombrero, de su americana y de sus puños, su corbata, y
aproximándose a la portezuela buscó, como Narciso en la onda, distinguir en el cristal su
imagen sobre el paisaje.
-No se ve bien.
Lafcadio volvió a dar la luz. El tren atravesaba entonces un talud, que se veía a través
del cristal iluminado por la luz de cada compartimiento que se proyectaba en él; esto formaba
una sucesión de cuadrados claros que danzaban a lo largo de la vía y se deformaban según los
accidentes del terreno. En medio de uno de ellos se veía danzar la figura grotesca de
Fleurissoire; los otros cuadrados estaban vacíos.
-¿Quién lo vería? -pensaba Lafcadio-. Allí, cerca de mi mano, bajo mi mano, esta doble
cerradura que puedo abrir cómodamente; esta puerta, que al ceder de golpe lo dejaría caer
hacia adelante; bastaría un leve empujón, caería en la noche como una masa; ni aun se oiría
un grito... Y mañana, camino de las islas... ¿Quién lo sabría?
Estaba puesta la corbata y hecho un diminuto nudo marino; ahora Fleurissoire había
cogido un puño y lo sujetaba a la manga derecha, y al hacerlo miraba sobre el sitio donde
había estado sentado hacía un momento, la fotografía (una de las cuatro que decoraban el
coche) de un palacio junto al mar.
-Un crimen misterioso -continuaba Lafcadio-. ¡Qué complicación para la Policía! No
importa que, siguiendo este maldito talud, de un compartimiento vecino puedan notar que una
puerta se abre y ver saltar una sombra chinesca. Por lo menos, las cortinas del pasillo están
echadas... No tengo tanta curiosidad por las aventuras como por mí mismo. Muchos se creen
capaces de todo, y antes de obrar retroceden... ¡Qué distancia hay entre la idea y el hecho! Y
no hay derecho a dejar las cosas a la suerte. ¡Bah! ¡Si pudieran preverse todos los peligros, el
juego carecería de interés!... Entre la preparación de un hecho y... ¡Calla! Ha terminado el
talud. Me parece que estamos sobre un puente; un río... Sobre la superficie del cristal, ahora
negro, los reflejos aparecían más claros. Fleurissoire se inclinó para rectificar la posición de
su corbata.
-Allí, al alcance de su mano, la doble cerradura -mientras está distraído y mira a lo lejos
ante él-; abrirla, ¡caramba!, más fácil todavía de lo que pensaba. Si puedo contar hasta doce
sin apresurarme antes de ver en el campo alguna luz, el jabalí se ha salvado. Comienzo: una,
dos, tres, cuatro (despacio, despacio), cinco, seis, siete, ocho, nueve... Diez, ¡una luz!...
II
Fleurissoire no lanzó un grito. Al empujón de Lafcadio y ante el abismo abierto a sus
pies hizo un gran esfuerzo para sostenerse, su mano izquierda se agarró al cuadro liso de la
portezuela, en tanto que medio vuelto echaba la derecha hacia atrás por encima de Lafcadio y
lanzaba bajo la banqueta al otro extremo del vagón el segundo puño que se estaba colocando.
Lafcadio sintió abatirse sobre su nuca una garra horrible; bajó la cabeza y dio un
segundo empujón más violento que el primero; las uñas le arañaban el cuello, y Fleurissoire
no encontró dónde agarrarse más que el sombrero de castor, que asió desesperadamente y
arrastró en su caída.
-Ahora, sangre fría -se dijo Lafcadio-. No cerremos de golpe la portezuela; podría oírse
al lado.
Tiró de la puerta hacia él con fuerza para vencer la resistencia del viento y después la
cerró dulcemente.
-Me ha dejado su horroroso sombrero ancho. No importa, un esfuerzo más; de un
puntapié voy a enviárselo. Pero se ha llevado el mío y ya tiene bastante. ¡He tenido una
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buena precaución al quitarle las iniciales!... Pero en el forro quedan las señas del sombrerero,
que no vende todos los días sombreros de castor... Mejor, ya está hecho... Puede creerse un
accidente... No, porque he cerrado la portezuela... ¿Hacer detenerse el tren?... ¡Vamos, vamos,
Cadio, nada de retoques! Todo ha ocurrido según tus deseos. Prueba de que me poseo
perfectamente: voy a mirar ahora tranquilo lo que representa esta fotografía que el viejo
contemplaba hace un momento... "¡Miramar!" No tengo ningún deseo de ver esto... Parece
que falta aquí aire.
Abrió una ventanilla.
-El animal me ha arañado. Estoy sangrando...; me ha hecho daño. Me lavaré un poco.
El tocador está al final del pasillo, a la izquierda. Llevaré dos pañuelos.
Alcanzó de la rejilla que estaba sobre él la maleta y la abrió sobre la banqueta del
asiento, en el rincón donde precisamente estaba sentado.
-Si me cruzo con alguien en el pasillo, calma... No, mi corazón no late más de prisa.
¡Vamos allá!... ¡Ah!, su chaqueta, fácilmente puedo ocultarla bajo la mía. Papeles en los
bolsillos, de los que nos ocuparemos en lo que resta del viaje.
Era una pobre americana desechada, de color oscuro, de tela delgada, áspera y vulgar,
que le disgustaba un poco y que Lafcadio colgó en una percha en el reducido gabinete-tocador
donde se encerró; después, inclinado sobre el lavabo, comenzó a examinarse en el espejo.
Su cuello, en dos sitios, estaba villanamente desgarrado; un delgado trazo rojo partía de
detrás de la nuca, y volviendo hacia la izquierda, venía a morir por debajo de la oreja; otro,
más corto, pero franco desollón, dos centímetros por encima del primero, subía derecho hacia
la oreja y había desprendido un poco el lóbulo. Éste sangraba, pero menos de lo que hubiera
podido temer; por el contrario, el dolor, que no había sentido en un principio, se despertaba
ahora bastante vivo. Mojó el pañuelo en el lavabo, restañó la sangre y después lavó el
pañuelo.
"No se manchará el cuello -pensó arreglándose-; todo va bien."
Iba a salir. En este momento la locomotora silbó; una fila de luces pasaron ante el
vidrio deslustrado del "water". Era Capua. En esta estación, tan próxima al lugar del
accidente, podía apearse y correr a rescatar su sombrero... Este pensamiento surgió
deslumbrador. Se acordaba bastante de su sombrero cómodo, ligero, sedoso, tibio y fresco a la
vez, inarrugable, de una elegancia tan discreta. Sin embargo, no escuchaba nunca por entero a
su deseo ni le gustaba ceder; pero por encima de todo sentía horror a la indecisión, y
guardaba! desde hacía muchos años como un fetiche el dado de un juego de chaquete que le
había regalado Baldi; lo llevaba siempre encima.
"Si saco seis -se dijo extrayendo el dado- me apeo."
Sacó cinco.
-Bajaré por lo menos... ¡Pronto! La chaqueta del siniestrado... Ahora mi maleta...
Corrió a su compartimiento.
¡Ah! ¡Qué inútil parece la exclamación ante la extrañeza de un hecho! Cuanto más
sorprendente sea el hecho, más sencillo será mi relato. Diré simplemente esto: Cuando
Lafcadio entró en su departamento para recoger la maleta, la maleta no estaba ya allí.
Creyó al principio haberse engañado; volvió a salir al pasillo... ¡Cierto! Era aquí donde
había estado hacía un momento. Aquí estaba la vista de Miramar. Pero ¿entonces?... Saltó a la
ventanilla y creyó soñar: por el andén de la estación, no lejos todavía del coche, su maleta se
marchaba tranquilamente en compañía de un mocetón, que la llevaba andando despacio.
Lafcadio quiso lanzarse fuera; el movimiento que hizo para abrir la portezuela dejó caer
la chaqueta arrollada a sus pies.
-¡Diablo! ¡Diablo! Un poco más y me descubría. De todos modos, el bribón iría un
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poco más de prisa si creyera que yo podría correr tras él. ¿Habrá visto? En este momento,
como estaba inclinado hacia adelante, una gota de sangre resbaló a lo largo de su mejilla.
-¡Que se fastidie la maleta! El dado lo había dicho: yo no debía descender aquí.
Cerró la portezuela y volvió a sentarse.
-En la maleta no había ningún papel, y mi ropa interior no está marcada. ¿Qué me
importa?... No obstante, me embarcaré lo más pronto posible; será un poco menos divertido,
pero ciertamente una medida prudente. El tren reanudaba su marcha.
-No es la maleta lo que siento..., sino mi sombrero, que hubiera deseado rescatar. Pero
no pensemos más en ello.
Llenó una nueva pipa, la encendió, y después, sumergiendo la mano en un bolsillo
interior de la otra chaqueta, sacó en un puñado una carta de Árnica, un "carnet" de la Agencia
Cook, y un sobre de papel amarillo, que abrió.
-¡Tres, cuatro, cinco, seis billetes de mil! Esto no interesa a las personas honradas.
Volvió a poner los billetes en el sobre y el sobre en el bolsillo de la chaqueta.
Pero cuando un instante después Lafcadio examinó el carnet Cook, quedó deslumbrado.
En la primera hoja el nombre "Julio de Baraglioul" estaba escrito.
"¿Será que me he vuelto loco? -pensó-. ¿Qué relación puede haber con Julio? ¿Le
habrán robado el billete?... No, no es posible. Sin duda ha prestado el billete. ¡Diablo!
¡Diablo! Seguramente he hecho una ensalada: estos viejos tienen más ramificaciones de lo
que uno se cree."
Después, temblando de curiosidad, abrió la carta de Árnica. El suceso parecía
demasiado raro; le costaba trabajo fijar su atención, no acertaba a explicarse qué relación
podía haber entre Julio y este viejo; pero sacaba por lo menos esta consecuencia: que Julio
estaba en Roma. Rápidamente adoptó su resolución: le asaltó un vehemente deseo de volver a
ver a su hermano, una curiosidad desbordada por presentar este asunto ruidoso con esta calma
de espíritu.
-¡Resuelto! esta tarde duermo en Nápoles; retiro mi baúl y mañana regreso a Roma en
el primer tren. Será seguramente menos prudente, pero puede ser más divertido.
III
En Nápoles, Lafcadio se hospedó en un hotel cerca de la estación; tuvo cuidado de
llevar su baúl, porque son sospechosos los viajeros sin equipaje, y procuraba no atraer la!
atención. Después salió a comprarse algunos objetos del tocador que le faltaban y un
sombrero para reemplazar el odioso "canotier" (que además le estaba chico) dejado por
Fleurissoire. Deseaba también comprar un revólver; pero tuvo que dejar esta compra para el
día siguiente, pues ya cerraban los almacenes.
El tren que quería tomar al día siguiente salía muy temprano; se llegaba a Roma para
almorzar...
Su intención era no abordar a Julio hasta que los periódicos hubieran hablado del
crimen. ¡El "crimen"! Esta palabra le parecía rara y totalmente impropia dirigiéndose a él la
de "criminal". Prefería la de "aventurero", palabra tan suave como el castor y de la que podía
levantar los bordes a su agrado.
Cuando llegó la tarde compró el Corriere a un vendedor en el Corso. Después entró en
un restaurante; pero por una especie de desafío y como para avivar su deseo, se dispuso
primero a comer, dejando el periódico doblado allí encima, junto a él, sobre la mesa. Después
salió, y en el Corso de nuevo, parándose a la claridad de un escaparate, desplegó el periódico,
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y en segunda plana vio estas palabras de titulares entre las noticias varias: "CRIMEN,
SUICIDIO... O ACCIDENTE".
Después leyó esto que copio:
"En la estación de Nápoles los empleados de la Compañía han recogido en el borde de
un departamento de primera clase del tren procedente de Roma una chaqueta de color oscuro.
En el bolsillo interior de esta chaqueta, un sobre amarillo abierto contenía seis billetes de mil
francos; pero ningún otro papel que permitiera identificar al propietario de la chaqueta. Si se
trata de un crimen, no tiene explicación que una suma tan importante haya sido abandonada
en la ropa de la víctima; esto parece indicar, por lo menos, que el crimen no ha tenido por
móvil el robo.
"Ninguna señal de lucha se ha podido notar en el compartimiento; pero se ha
encontrado debajo de un asiento un puño con un doble gemelo que figura una cabeza de gato,
unida a otra por una cadenilla de plata dorada, talladas en un cuarzo casi transparente llamado
ágata, nebulosa de reflejos, de la clase que los joyeros conocen por piedra de luna.
"Se realizan investigaciones activamente a lo largo de la vía."
Lafcadio estrujó el periódico.
-¡Cómo! ¡Los gemelos de Carola ahora! Este hombre es una encrucijada.
Volvió la página y vio en la última hora: "UN CADÁVER EN LA VÍA".
Sin leer más Lafcadio corrió al Gran Hotel.
Metió en un sobre su tarjeta, donde escribió estas palabras bajo su nombre:
"Lafcadio Wluiki viene a ver si el conde Julio de Baraglioul tiene necesidad de un
secretario."
Hizo pasar la tarjeta.
Por fin, un criado vino a buscarle al "hall", donde aguardaba, y le guió a lo largo de los
pasillos.
Al primer golpe de vista, Lafcadio distinguió, arrojado en un rincón de la habitación, el
Corriere della Sera. Sobre la mesa, en medio de la habitación, un frasco de agua de colonia
destapado extendía su fuerte olor. Julio abrió los brazos:
-¡Lafcadio! Amigo mío... ¡Cuánto me alegra verle!
Sus cabellos, levantados, flotaban y se agitaban sobre las sienes; parecía ensanchado;
tenía un pañuelo en la mano y se abanicaba con él.
-Es usted una de las personas que menos esperaba; pero la persona con la que más
deseaba hablar esta tarde. ¿Ha sido Carola quien le ha dicho que yo estaba aquí?
-¡Vaya una pregunta!
-¿Por qué? Acabo de encontrarla... Pero no estoy seguro de que me haya visto.
-¡Carola! ¿Pero está en Roma?
-¿No lo sabía?
-Llego de Sicilia ahora y es usted la primera persona que veo aquí. No tengo interés en
volver a verla.
-Me ha parecido más guapa.
-No es usted difícil de contentar.
-Quiero decir más guapa que en París.
-Es el exotismo; pero si tiene usted deseos...
-Lafcadio, tales cosas no deben decirse entre nosotros.
Julio quiso adoptar un aire severo; hizo una mueca y siguió:
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-Me encuentra muy agitado. Estoy en un remolino de mi vida. Me arde la cabeza y
siento por todo el cuerpo una especie de vértigo, como si fuera a evaporarme. Desde hace tres
días que estoy en Roma para asistir a un Congreso de Sociología; marcho de sorpresa en
sorpresa. La llegada de usted me ha rematado... No me conozco.
Daba grandes zancadas por la pieza; se paró ante la mesa, cogió el frasco, vertió sobre
el pañuelo un chorro oloroso, se aplicó a la frente la compresa y se la dejó puesta.
-Mi joven amigo... Permítame que le llame así... ¡Me parece que tengo mi nuevo libro!
La manera, más que fuerte, de que me habló en París de El aire de las cumbres me hace
suponer que no será insensible a éste.
Sus pies dibujaron una especie de trenzado; el pañuelo cayó a tierra; Lafcadio se
apresuró a recogerlo y mientras estaba encorvado notó la mano de Julio posarse dulcemente
sobre su hombro, como había hecho exactamente la mano del viejo Justo-Agenor. Lafcadio
sonreía al levantarse.
-Ya ve, tan poco tiempo como hace que le conozco -dijo Julio- y esta tarde no reparo en
hablarle como a un...
Se paró.
-Yo le escucho como a un hermano, señor Baraglioul -repuso Lafcadio, animado-, ya
que tiene la bondad de invitarme a ello.
-Ya ve usted, Lafcadio, el medio en que vivo en París, entre todos esos que frecuento:
hombres de mundo, hombres de Iglesia, hombres de letras, académicos, no encuentro, a decir
verdad, nadie con quién hablar; mejor dicho, a quién contar las nuevas preocupaciones que
me agitan. Porque debo confesarle que desde nuestro primer encuentro mi punto de vista ha
cambiado completamente.
-¡Vamos! ¡Me alegro! -dijo, impertinentemente, Lafcadio.
-Usted no puede darse cuenta; usted, que no es del oficio, cómo una ética errónea
impide el desarrollo de la facultad creadora. Así, nada hay tan distante de mis antiguas
novelas como la que proyecto ahora. La lógica, la consecuencia que exigía de mis personajes,
para asegurarla más la exigía primeramente de mí mismo, y esto no es natural. Preferimos
vivir equivocados a dejar de parecemos al retrato que nos hemos trazado previamente. Es
absurdo: al hacer esto arriesgamos falsear lo mejor.
Lafcadio, siempre sonriendo, se divertía en reconocer el efecto lejano de sus primeras
palabras.
-¿Qué he de decirle, Lafcadio? Por primera vez veo ante mí el campo libre... Me repito
que lo estaba ya, que lo ha estado siempre, sólo que hasta ahora me obligaban impuras
consideraciones de carrera, de público y de jueces ingratos de los que el poeta espera en vano
recompensas. En adelante, no esperaré nada más que de mí; lo espero todo del hombre sincero
y exijo lo que sea, ya que al presente encuentro en mí las más extrañas posibilidades. Ya que
se trata de actuar sobre el papel, me atreveré a darle curso. ¡Allá veremos!
Respiraba profundamente, se echaba hacia atrás, alzaba los hombros como si fuesen
alas, como si estuviese medio asfixiado por nuevas perplejidades. Prosiguió confusamente en
voz baja:
-Ya que no quieren nada conmigo esos señores de la Academia, me apresto a darles
buenas razones para no admitirme, porque no las tienen. No las tienen.
Su voz se tornaba aguda bruscamente al pronunciar estas últimas palabras; se calló y
prosiguió más calmado:
-Esto es lo que pienso... ¿Me escucha?
-Con toda el alma -dijo riendo Lafcadio.
-¿Y me sigue?
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-¡Hasta el infierno!
Julio humedeció de nuevo su pañuelo y se sentó en una butaca; frente a él, Lafcadio se
sentó a horcajadas en una silla:
-Se trata de un joven del que quiero hacer un criminal.
-No veo en ello dificultad alguna.
-¡Eh! ¡Eh! -exclamó Julio que pretendía abordar un asunto muy difícil.
-Pero siendo novelista, ¿qué puede impedírselo? Y desde el momento que se piensa,
pensar es libre.
-Pero lo que yo pienso es muy raro y, por lo tanto, debo aportar motivos de explicación.
-No es difícil encontrar motivos de crimen.
-Sin duda... pero precisamente eso es lo que no quiero. No quiero hallar el motivo del
crimen, me basta con motivar al criminal. Sí, pretendo llevarle a cometer gratuitamente el
crimen, a desear cometer un crimen totalmente inmotivado.
Lafcadio comenzaba a prestar la más viva atención.
-Cojámosle adolescente; quiero que en esto se reconozca la elegancia de su natural, que
obre sobre todo por juego y que a su interés prefiera su diversión.
-Esto no es corriente acaso... -aventuró Lafcadio.
-¡No lo es! -dijo encantado Julio-. Añadamos a ello que encuentra una satisfacción en
contenerse..
-Hasta el disimulo.
-Inculquémosle el amor al peligro.
-¡Bravo! -comentó Lafcadio cada vez más divertido-. Si sabe dar oídos al demonio de
la curiosidad creo que vuestro discípulo está ya en condiciones.
Así, brincando y adelantándose uno a otro, parecía que estaban jugando alfil derecho.
JULIO: Lo veo primeramente ejercitarse; sobrepasa a los mejores rateros.
LAFCADIO: Yo me he preguntado muchas veces cómo no se cometen más crímenes.
Es verdad que las ocasiones no se ofrecen con frecuencia más que a aquellos que al abrigo de
las necesidades no se dejan tentar.
JULIO: Al abrigo de las necesidades. De éstos es de los que yo hablo. Pero las únicas
ocasiones que le tientan son las que exigen de él alguna habilidad, cierta astucia...
LAFCADIO: Y, sin duda, un poco de peligro, exposición.
JULIO: Ya decía que se complace en el peligro. Por lo demás, odia la estafa, no busca
apropiarse nada pero se divierte en cambiar de sitio subrepticiamente los objetos. Pone en ello
un verdadero talento de escamoteador.
LAFCADIO: La impunidad le envalentona...
JULIO: Y a la vez le desagrada. Si no lo cogen, cree que el juego ha sido demasiado
fácil.
LAFCADIO: Y se dedica a los más arriesgados.
JULIO: Yo le hago razonar así...
LAFCADIO: ¿Está bien seguro de que razona?
JULIO (prosiguiendo): Es por la necesidad de cometerlo por lo que gira alrededor del
crimen.
LAFCADIO: Habíamos dicho que era muy hábil.
JULIO: Sí, mientras más hábil más despejada tendrá la cabeza. Piensa entonces: un
crimen que ni la pasión ni la necesidad motiva. Su razón para cometer el crimen es
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precisamente cometerlo sin razón.
LAFCADIO: Es usted quien razona su crimen; él sencillamente lo comete.
JULIO: No hay ninguna razón para suponer criminal al que ha cometido el crimen sin
razón.
LAFCADIO: Es usted demasiado sutil. Al punto a que lo ha conducido es lo que se
llama a un hombre libre.
JULIO: A merced de la primera ocasión.
LAFCADIO: Me gustaría verle actuar. ¿Qué es lo que va a proponerle?
JULIO: No sé; dudo todavía. Sí, hasta esta tarde dudaba... Y de pronto, esta tarde el
periódico, en las últimas noticias, me trae el ejemplo deseado. ¡Una aventura providencial! Es
horrible. ¡Figúrese que acaban de asesinar a mi cuñado!
LAFCADIO: ¡Qué!... El viejito del vagón es...
JULIO: Era Amadeo Fleurissoire, a quien había prestado mi billete y a quien había
acabado de dejar en el tren. Una hora antes había retirado seis mil francos de mi banco, y
como los llevaba encima no me dejó sin temor; le asaltaban ideas grises, ideas negras, qué se
yo, presentimientos. Además, en el tren... ¿Ha leido usted el periódico?
LAFCADIO: Sólo el título, en "Noticias varias".
JULIO: Oiga, ¿se lo leo? (Despliega el Corriere ante él.) Traduzco: "La policía, que
realizaba activas ir vestigaciones a lo largo de la vía férrea, entre Roma Nápoles, ha
descubierto, a mediodía, en el lecho seco del Vulturne, a cinco kilómetros de Capua, el cuerpo
de la víctima, a la cual pertenecía sin duda la chaqueta encontrada anoche en un vagón. Es un
hombre de apariencia modesta, de unos cincuenta años aproximadamente". (Representaba
más edad de la que tenía.) "No se ha encontrado sobre él ningún papel que permita establecer
la identidad." (Esto me da, afortunadamente, tiempo de respirar.) "Al parecer, ha sido arrojado
del vagón con bastante violencia, pues pasó por encima del pretil del puente, en reparación en
este sitio y remplazado simplemente por vigas." (¡Que estilo!) "El puente tiene una altura de
más de quince metros sobre el río; la muerte debió de ser a consecuencia de la caída, porque
el cadáver no presenta señales de heridas. Está en mangas de camisa; en la manga derecha un
puño parecido al que se encontró en el vagón, pero al que le falta un botón... ¿Qué le pasa?
(Julio dejó de leer. Lafcadio no había podido reprimir un sobresalto al cruzarle la idea de que
el botón había sido quitado después de cometido el crimen. Julio continuó): "Su mano
izquierda ha quedado crispada sobre el sombrero de fieltro blando."
-¡De fieltro blando! ¡Rústicos! -murmuró Lafcadio.
Julio asomó la nariz por encima del periódico.
-¿Qué es lo que le sorprende?
-Nada, nada; continúe.
-"...de fieltro blando, de medida mayor que la correspondiente a su cabeza y que parece
ser, por tanto, del agresor; la marca de procedencia ha sido cuidadosamente arrancada de la
badana, de la que falta un trozo, de la forma y dimensión de una hoja de laurel.”
Lafcadio se levantó y se inclinó por detrás de Julio para leer por encima de él, y acaso
más bien para disimular su palidez. Ya no podía dudar: el crimen había sido retocado; alguien
había pasado por encima de él; habían arrancado esta etiqueta; sin duda el desconocido que se
había apoderado de su maleta.
Julio continuaba, sin embargo:
-"...lo que parece indicar la premeditación de este crimen. (¿Por qué precisamente de
este crimen? Mi héroe tal vez había adoptado las precauciones a todo riesgo...) "Después de
las comprobaciones policiacas el cadáver ha sido trasladado a Nápoles para intentar su
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identificación." (Si, yo sé que allí tienen medios y costumbre de conservar el cuerpo mucho
tiempo...)
-¿Está usted seguro de que sea él?
La voz de Lafcadio temblaba un poco.
-¡Pardiez! Le esperaba para comer esta tarde.
-¿Ha dado usted cuenta a la policía?
-Todavía no. Tengo necesidad, primero, de poner un poco en orden mis ideas. En
cuanto al luto, por este lado al menos estoy tranquilo; pero ya comprenderá que en cuanto se
divulgue el nombre de la víctima será preciso que avise a toda mi familia, que envíe
telegramas, que escriba cartas, que me ocupe de la inhumación, que vaya a Nápoles a
reclamar el cadáver, que... ¡Oh, querido Lafcadio! Con motivo de este congreso al que tengo
necesidad de asistir, ¿quiere usted hacerse cargo en mi nombre de estas gestiones?
-Ahora nos ocuparemos de esto.
-Si no le causa demasiada molestia. Mientras esperamos evito a mi pobre cuñada horas
crueles; por las vagas informaciones periodísticas, ¿cómo va ella a suponer?... Pero vuelvo al
asunto: Cuando leí esta gacetilla me dije: este crimen que imagino tan bien, que reconstituyo,
que veo -conozco, yo conozco la razón que ha hecho cometerlo-, y sé que si no hubiese
habido este cebo de los seis mil francos no se hubiera cometido.
-Pero supongamos, sin embargo, que...
-Sí, eso es; supongamos un instante que no hubiese tenido los seis mil francos, o mejor,
que el criminal no los hubiese cogido: ese es mi hombre.
Lafcadio estaba levantado ahora. Había cogido el periódico que Julio dejara caer y lo
abrió por la segunda página.
-Veo que no ha leído usted la última hora: el... criminal, precisamente, no ha cogido los
seis mil francos -dijo lo más serenamente que pudo-. Tome, lea: "Esto parece indicar, por lo
menos, que el crimen no ha tenido por móvil el robo".
Julio cogió la hoja que Lafcadio le alargaba y leyó ávidamente. Después se pasó la
mano por los ojos; después se sentó; después se levantó bruscamente, fue a Lafcadio y le
agarró por los dos brazos:
-¡No ha sido el robo el móvil! -gritó, y como acometido de un ataque sacudió a
Lafcadio furiosamente-. ¡No ha sido el robo el móvil! Pero entonces... -soltó a Lafcadio,
corrió al otro extremo de la habitación, se golpeó la frente y se sonó-. Entonces yo sé,
¡pardiez!, yo sé por qué este bandido le ha matado... ¡Ah, desgraciado amigo mío! ¡Ah, pobre
Fleurissoire! ¡Lo que decía era verdad! ¡Y yo que le creía loco!... Pero entonces esto es
horrible.
Lafcadio se sorprendió esperando el fin de la crisis y se irritaba un poco; le parecía que
Julio no tenía el derecho de proceder así:
-Yo creía que precisamente usted...
-¡Cállese! No sabe usted nada. Y yo pierdo aquí el tiempo con usted en estos
argumentos ridículos... ¡Pronto! Mi bastón, mi sombrero.
-¿A dónde va usted?
-A avisar a la policía, ¡diablo!
Lafcadio se le cruzó en la puerta.
-Explíqueme usted primero -dijo imperativamente-. Cualquiera diría que se ha vuelto
loco.
-Hace un momento que lo estaba. Despierto ahora de mi locura... ¡Ah! ¡Pobre
Fleurissoire! ¡Ah! ¡Desgraciado amigo! ¡Santa víctima! A tiempo su muerte me detiene en el
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camino de la irrespetuosidad, de la blasfemia. Su sacrificio me reduce. ¡Yo, que me reía de
él!... Había comenzado a pasearse; después deteniéndose bruscamente y colocando su bastón
y su sombrero cerca del frac, sobre la mesa, se plantó delante de Lafcadio:
-¿Quiere usted saber por qué le ha matado el bandido?
-A mí me parece que ha sido sin motivo.
Julio entonces, furiosamente:
-Primeramente, no hay ningún crimen sin un motivo. Se han desembarazado de él
porque poseía un secreto... que me había confiado, un secreto considerable y además
demasiado importante para él. Se le tenía miedo, ¿comprende? Eso es... ¡Oh! Es muy fácil
reírse, para usted que no entiende nada de las cosas de la fe.
Después, muy pálido y estirándose:
-El secreto soy yo quien lo hereda.
-¿Desconfía usted? Ahora van a tenerle miedo a usted.
-Ya ve que es necesario que avise en seguida a la policía.
-Todavía una pregunta -dijo Lafcadio deteniéndole de nuevo.
-No. Déjeme marchar. Tengo mucha prisa. Esta vigilancia continua que tanto
enloquecía a mi pobre hermano puede tener por cierto que la ejercen ahora contra mí. No
puede usted darse cuenta qué hábiles son esas gentes. Lo saben todo, se lo aseguro... Ahora es
más necesario que nunca que vaya a buscar el cadáver en mi nombre... Vigilado como estoy
ahora no sé qué pudiera ocurrirme. Yo le pido esto como un favor, Lafcadio, mi querido
amigo. (Juntaba las manos, imploraba.) No tengo la cabeza ahora para nada. Pediré detalles en
la Jefatura para proporcionar a usted una delegación en regla. ¿Dónde puedo mandársela?
-Para mayor comodidad, tomaré habitación en este hotel. Hasta mañana. Corra.
Dejó a Julio alejarse. Experimentaba un gran disgusto y casi una especie de odio contra
sí mismo y contra Julio; contra todo. Alzó los hombros, después sacó de un bolsillo el
"carnet" Cook extendido a nombre de Baraglioul que había cogido en la chaqueta de
Fleurissoire, lo colocó sobre la mesa, bien visible, apoyado contra el frasco de perfume, apagó
la luz y salió.
IV
A pesar de todas las precauciones que había tomado, a pesar de las recomendaciones en
la Jefatura, Julio de Baraglioul no había podido impedir que los periódicos divulgaran sus
lazos de parentesco con la víctima y detallaran con todas sus letras el hotel donde se
hospedaba.
Ciertamente, la víspera por la tarde había atravesado momentos de rara angustia,
cuando, de vuelta de la Jefatura, hacia media noche, había encontrado en su habitación, bien
expuesto a la luz, el billete Cook extendido a su nombre y que había utilizado Fleurissoire.
Llamó en seguida y salió pálido y tembloroso al pasillo para rogar al criado que mirara debajo
de la cama, porque él no se atrevía. El interrogatorio que hizo no dio ningún resultado; pero,
¿cómo fiarse del personal de los grandes hoteles?... Después de pasar la noche tras una puerta,
a la que había echado el cerrojo, Julio se despertó más animado; la policía le protegía ahora.
Escribió numerosas cartas y telegramas, que él mismo marchó a depositar a Correos.
Al regresar le dijeron que una señora había ido a preguntar por él; no había dicho su
nombre y esperaba en el salón de lectura. Julio fue allá y no quedó poco sorprendido al
encontrar a Carola.
No en la primera sala, sino en otra más retirada, más pequeña y más oscura, se había
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sentado al extremo de una mesa apartada, y para darse tono hojeaba distraídamente un álbum.
Cuando vio entrar a Julio se levantó más confusa que sonriente. El manto negro que la cubría
se abría sobre su blusa oscura, sencilla, casi de buen gusto; por el contrario, su sombrero,
tumultuoso, aunque negro, la señalaba de una manera muy desagradable.
-Es demasiada osadía, señor conde. No sé cómo he tenido valor para entrar en el hotel y
preguntar por usted; pero me saludó usted ayer tan amablemente... Y además, lo que tengo
que decirle es muy importante.
Permanecía de pie detrás de la mesa; Julio se aproximó y por encima de la mesa le
tendió la mano sin cumplidos:
-¿A qué debo el placer de su visita?
Carola bajó la cabeza.
-Ya sé que acaba usted de sufrir una ruda prueba.
Julio no comprendió al principio; pero como Carola sacara un pañuelo y se lo pasara
por lo ojos, dijo:
-¡Qué! ¿Es una visita de pésame?
-Yo conocía al señor Fleurissoire -repuso ella.
-¡Bah!
-¡Oh! No hace mucho tiempo. Pero le quería bien. Era muy amable, muy bueno... Yo
misma le había regalado esos gemelos; ya sabe usted: eso de que habla el periódico; este
detalle me ha permitido reconocerle. Pero yo no sabía que ese señor fuese su cuñado; me ha
sorprendido mucho, y no sabe usted cuánto me ha alegrado... ¡Oh, perdón! No era eso lo que
quería decir.
-No se turbe, querida señorita; usted quería decir, sin duda, que se alegra de esta
ocasión de volver a verme.
Sin poder responder, Carola escondió su rostro tras el pañuelo; unos sollozos la
sacudieron, y Julio creyó de su deber cogerle una mano:
-Yo también -dijo Julio con un tono convencido-, yo también, querida señorita, créame
que...
-La misma mañana, antes de marcharse, le decía que desconfiara. Pero eso no estaba en
su temperamento... Era demasiado confiado.
-Un santo, señorita; era un santo -dijo Julio con fuego, sacando a su vez el pañuelo.
-Yo lo había comprendido -exclamó Carola-. Por la noche, cuando creía que yo estaba
durmiendo, se levantaba, se ponía de rodillas a los pies de la cama y...
Esta inconsciente confesión acabó de trastornar a Julio, que se guardó el pañuelo en el
bolsillo y se acercó todavía más:
-Quítese el sombrero, querida señorita. -Gracias, no me molesta. -A quien molesta es a
mí... Permítame... Pero como Carola se retiraba, Julio se contuvo. -Permítame que le
pregunte: ¿Tiene usted alguna razón particular para temer?
-¿Yo?
-Sí; cuando le ha dicho a mi cuñado que desconfiara, yo le pregunto si tenía usted
algunas razones para suponer... Ábrame el corazón; aquí no viene nadie por la mañana y
ninguna persona puede oírnos. ¿Sospecha de alguien?
Carola bajó la cabeza.
-Comprenda que esto me interesa particularmente -continuó Julio-, y póngase en mi
caso. Ayer tarde, al volver de la Prefectura, donde había ido a declarar, encontré en mi
habitación, sobre la mesa, en mitad de mi mesa, el billete de ferrocarril con el cual ese pobre
Fleurissoire había viajado. Estaba a mi nombre; estos billetes son personales e intransferibles,
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se entiende; yo hice mal en prestárselo; pero esta no es la cuestión... En este hecho de
devolverme mi billete cínicamente en mi habitación, aprovechando un instante en que he
salido, debo ver un desafío, una fanfarronada y casi un insulto... que no me afectaría, desde
luego, si no tuviera razones para creerme a mi vez designado, he aquí por qué: el pobre
Fleurissoire, vuestro amigo, era poseedor de un secreto... de un secreto abominable... de un
secreto muy peligroso... que yo no le pregunté... que a mí no me importaba nada saberlo...
pero que tuvo la desagradable imprudencia de confiarme. Y ahora, yo le pregunto a usted: éste
que para guardar el secreto no vacila en ir hasta el crimen... ¿sabe usted quién es?
-Tranquilícese, señor conde; ayer tarde lo he denunciado a la policía.
-Señorita Carola, no esperaba menos de usted.
-Me había prometido no hacerle daño; no tenía más que haber cumplido su promesa y
yo hubiera cumplido la mía. Ahora ya tengo bastante; puede hacerme lo que le dé la gana.
Carola se exaltaba. Julio pasó por detrás de la mesa y se acercó a ella de nuevo.
-Estaríamos mejor en mi habitación para hablar.
-¡Oh, señor! -dijo Carola-. Ya le he dicho todo cuanto tenía que decirle, no quisiera
molestarle más tiempo.
Como ella seguía retirándose, acabó por dar la vuelta a la mesa y encontrarse cerca de
la salida.
-Es mejor que nos separemos ahora, señorita -repuso dignamente Julio, que pretendía
guardar el mérito de esta resistencia-. ¡Ah! Quisiera decirle todavía: si pasado mañana tiene
usted la idea de venir al entierro, vale más que no me reconozca.
Dichas estas palabras, se separaron sin haber pronunciado el nombre del insospechado
Lafcadio.
V
Lafcadio traía de Nápoles los restos de Fleurissoire. Venían en un furgón fúnebre que
había hecho enganchar en la cola del tren, pero en el que Lafcadio no había creído
indispensable montar. Sin embargo, por decoro, se había instalado, no en el compartimiento
más. próximo, porque el último vagón era de segunda, sino lo más cerca que los "primeras" le
permitían. Salido por la mañana de Roma, debía regresar por la tarde del mismo día. Se
confesaba a duras penas los sentimientos nuevos que invadían su alma, porque nada le
avergonzaba tanto como el tedio, este mal secreto del que los bellos apetitos insatisfechos de
su juventud, y después la dura necesidad, le habían preservado hasta ahora. Y abandonando su
compartimiento con el corazón vacío de esperanza y de alegría vagaba de un extremo a otro
del vagón corredor, hostigado por una curiosidad indecisa y buscando dudosamente no sabía
qué cosa nueva y absurda que intentar. Todo parecía insuficiente a su deseo. Ya no pensaba
en embarcarse. Reconocía de mala gana que Borneo no le atraía mucho más que Italia: hasta
había perdido interés por seguir su aventura; le parecía ahora comprometedora y absurda.
Odiaba a Fleurissoire por no haberse sabido defender mejor, protestaba contra aquella
lastimosa figura que quisiera arrojar de su imaginación. Por el contrario, hubiera visto con
gran satisfacción el píllete que le había quitado la maleta. ¡Famoso truhán!... Y como si
debiera volver a verle en la estación de Capua, se asomó a la ventanilla explorando con la
mirada el andén desierto. Pero ¿le reconocería siquiera? No le había visto más que de
espaldas, distante ya y alejándose en la penumbra... Le seguía con la imaginación a través de
la noche, volviendo a ganar el lecho del Volturne, encontrando el cadáver odioso y, por una
especie de provocación, arrancando del forro del sombrero, de tu sombrero, Lafcadio, este
trozo de badana "de la forma y dimensiones de una hoja de laurel", como decía
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elegantemente el periódico. Lafcadio, después de todo, estaba muy reconocido a su
desvalijador, por haber sustraído a la Policía esta pequeña pieza de convicción con la
dirección de su proveedor. Sin duda este destripador de muertos tenía interés en no atraer
sobre él la atención. Y si pretendía a pesar de todo servirse de su trozo de badana, ¡bueno!,
sería una tontería colaborar con él.
La noche había cerrado ya. Un mozo del vagón restaurante circulaba de una punta a
otra del tren avisando a los viajeros de primera y segunda clase que la comida les aguardaba.
Sin apetito, pero salvado de su ocio por lo menos por una hora, Lafcadio se encaminó detrás
de algunos otros, pero bastante lejos de ellos. Los vagones a través de los que pasaba Lafcadio
estaban vacíos; aquí y allá, diversos objetos sobre los asientos, indicando y reservando los
sitios de los pasajeros: chales, gorras, libros, periódicos. Una cartera de abogado atrajo su
mirada. Seguro de ser el último, se paró ante el compartimiento y después entró. Aquella
cartera, por lo demás, no le atraía apenas: fue propiamente por una especie de conciencia de
deber por lo que la ojeó. En el interior, en discretas letras doradas, la cartera llevaba impresa
esta indicación: "Defouqueblize, Facultad de Derecho de Burdeos".
Contenía dos folletos sobre derecho criminal y seis números de la Gaceta de los
Tribunales.
"Alguna bestia más para el Congreso. ¡Puah!", pensó Lafcadio, que puso todo en su
sitio, y después se apresuró para reunirse a la pequeña fila de viajeros que se dirigían al
restaurante.
Una frágil jovencita y su madre cerraban la marcha, las dos de luto riguroso; las
precedía inmediatamente un señor de levita, tocado con un sombrero de copa, de cabellos
largos y lacios y por algunas partes canosos; aparentemente, el señor Defouqueblize,
propietario de la cartera. Avanzaba lentamente, vacilando con las sacudidas del tren. En el
último recodo del pasillo, en el momento en que el profesor se iba a lanzar en esa especie de
acordeón que une a un vagón con otro, una sacudida más fuerte le hizo vacilar; para recobrar
el equilibrio hizo un brusco movimiento que lanzó sus lentes, los cuales fue a recoger, rotos,
en el ángulo del estrecho vestíbulo que forma el pasillo ante la puerta de los lavabos. En tanto
que se agachaba a buscar sus lentes, pasaron la señora y la hija. Lafcadio se distrajo algunos
momentos contemplando los esfuerzos del sabio; lamentablemente desamparado, lanzó al azar
sus inquietas manos a flor del suelo; navegaba en la abstracción, parecía la danza informe de
un plantígrado o que hubiese vuelto a la niñez y jugase a "¿Sabe usted plantar coles?"
"¡Vamos, Lafcadio, una buena obra! Cede a tu corazón, que no está corrompido. Ve en ayuda
del necesitado. Dale ese vidrio indispensable; solo, no lo encontrará nunca."
Se volvió de espaldas; un poco más y lo pisa... En este momento un nuevo vaivén
proyectó al desgraciado con la cabeza baja contra la puerta del retrete; el sombrero de copa
amortiguó el golpe, desfondándose a medias y encajándose hasta las orejas. El señor
Defouqueblize lanzó un gemido; se incorporó y se arrancó el sombrero. Lafcadio, sin
embargo, estimando que la broma había durado bastante, recogió los lentes, los depositó en el
sombrero del buscador y después huyó, eludiendo las gracias.
La comida había comenzado. Al lado de la puerta vidriera, a la derecha del pasillo,
Lafcadio se sentó ante una mesa de dos cubiertos: el sitio frente a él estaba vacío. A la
izquierda del pasillo, a la misma altura que él, la viuda ocupaba con su hija una mesa de
cuatro cubiertos, dos sitios sin ocupar.
"¡Qué aburrimiento reina en estos lugares! -se decía Lafcadio, cuya mirada, indiferente,
se deslizaba por encima de los comensales sin encontrar figura donde posarse-. Todo este
ganado cumple como una obligación monótona esta vida, que tan divertida es sabiéndola
llevar. ¡Qué mal vestidos están! Pero desnudos, ¡qué feos serían! Me muero antes del postre si
no pido champaña."
Entró el profesor. Aparentemente venía de lavarse las manos, que se había ensuciado en
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la busca de los lentes; se miraba las uñas. Un mozo del restaurante le hizo sentarse frente a
Lafcadio. El camarero pasaba de mesa a mesa. Lafcadio, sin decir nada, indicó sobre la carta
un Montebello Grand-Cremant de veinte francos, en tanto que el señor Defouqueblize pedía
una botella de agua de Saint-Galmier. Ahora, teniendo entre dos dedos sus lentes, les echaba
el aliento dulcemente, y después, con un pico de la servilleta, limpiaba los cristales. Lafcadio
lo observaba y se maravillaba de sus ojos de topo parpadeantes bajo los gruesos párpados
enrojecidos.
"¡Afortunadamente no sabe que soy yo quien acaba de devolverle la vista! Si comienza
a darme las gracias, al instante abandonaré su compañía."
El camarero volvió con el agua de Saint-Galmier y el champaña, que descorchó y
colocó entre los dos comensales. En cuanto estuvo esta botella sobre la mesa, Defouqueblize
la cogió sin distinguir cuál era y se llenó un vaso, que apuró de un trago. El camarero hacía ya
un gesto y un ademán, que Lafcadio detuvo, riendo.
-¡Oh! ¿Qué es lo que estoy bebiendo? -exclamó Defouqueblize con una mueca horrible.
-El Montebello del señor vecino vuestro -dijo el camarero dignamente-. Aquí está su
agua de Saint-Galmier. Tenga.
Y colocó la segunda botella.
-Estoy avergonzado, señor... Veo tan mal... Completamente avergonzado, créame...
-Me produciría usted una satisfacción, caballero -interrumpió Lafcadio-, si no se
excusara y además aceptara un segundo vaso si ese primero le ha agradado. -¡Ah, señor! Debo
confesarle que lo he encontrado detestable, y no comprendo cómo en mi distracción he podido
tomarme un vaso lleno. Tenía tanta sed... Dígame, señor, se lo ruego, ¿es muy fuerte ese vino?
Porque voy a decirle... Yo no bebo nunca más que agua... La menor gota de alcohol me causa
indefectiblemente dolor de cabeza... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Si volviese en seguida a mi
compartimiento?... Sin duda me sentaría bien echarme.
Hizo ademán de levantarse.
-¡Quédese, quédese, querido señor! -dijo Lafcadio, que comenzaba a divertirse-. Por el
contrario, seria mejor que comiese sin preocuparse de este vino. Yo le llevaría en seguida si
tuviese necesidad de que le sostuvieran. Pero no tenga temor; eso que ha bebido no
emborracharía ni a un niño.
-Acepto el augurio. Pero verdaderamente no sé cómo agradecer... ¿Quiere usted un
poco de agua de Saint-Galmier?
-Muchas gracias; pero permítame que prefiera mi champaña.
-¡Ah! Es verdad. Era champaña. ¿Y... se va a beber usted todo eso?
-Para tranquilizarle.
-Es usted muy amable; pero en su lugar, yo...
-Coma usted -interrumpió Lafcadio comiendo él, pues Defouqueblize le aburría ya. Su
atención ahora se dirigía hacia la viuda.
"Ciertamente era una italiana. Viuda de un oficial, sin duda. ¡Qué decencia en su gesto!
¡Qué ternura en su mirada! ¡Qué pura era su frente! ¡Qué inteligentes sus manos! ¡Qué
elegancia en el vestir, aunque el traje era de una gran sencillez!... Lafcadio, cuando ya no
oigas en tu corazón las armonías de tal acorde, que cese en ese momento tu corazón de latir.
La hija se le parece. ¡Con qué solicitud se inclina la madre hacia ella! ¡Ah!, ante tales seres el
demonio fracasaría; para tales seres, Lafcadio, no tendrías inconveniente en dedicarles tu
corazón sin duda....”
En este momento el mozo pasó a cambiar los platos. Lafcadio dejó que retiraran el
suyo, medio lleno, porque lo que estaba viendo le colmaba de estupor: la viuda, la delicada
viuda, se echaba hacia afuera, hacia el pasillo, y levantando ligeramente su falda, con un
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movimiento de lo más natural descubría una enagua escarlata y una pantorrilla
maravillosamente formada.
Tan inopinadamente aquella nota ardiente estallaba en esta grave sinfonía... ¿Soñaba?
Ahora el mozo traía otro plato. Lafcadio iba a servirse; sus ojos se dirigieron al plato, y lo que
vio en él acabó de trastornarle. Allí, ante él, al descubierto, en medio del plato, caído de no se
sabía dónde, horrible y reconocible entre mil... Sin duda, Lafcadio: ¡Es el gemelo de Carola!
Uno de los dos botones que faltaban al segundo puño de Fleurissoire. Esto es cosa de
pesadilla... Pero el mozo se inclinó con la fuente. De un manotazo, Lafcadio limpió el plato
haciendo rodar la malhadada alhaja sobre el mantel. Cambió el plato por el de debajo, se
sirvió abundantemente, llenó su vaso de champaña, que vació en seguida y volvió a llenar.
Porque si el hombre en ayunas puede ver visiones... No, no era una alucinación. Oyó al
gemelo arañar el plato; cogió el gemelo y lo deslizó junto al reloj, en el bolsillo del chaleco.
Lo palpó, se aseguró: el gemelo estaba allí, bien seguro... Pero ¿quién podrá decir cómo había
llegado hasta el plato? ¿Quién lo había puesto allí?... Lafcadio miró a Defouqueblize: el sabio
comía inocentemente, con la nariz baja. Lafcadio quiso pensar en otra cosa; miró de nuevo a
la viuda; pero en su gesto y en su actitud todo había vuelto a ser decente, vulgar; la encontraba
ahora menos hermosa. Intentó imaginar de nuevo el gesto provocativo, las pantorrillas, pero
no pudo. Intentó recordar el gemelo sobre el plato, y si no lo sintiese allí, en su bolsillo,
dudaría de la realidad de todo... Pero en realidad, ¿por qué había cogido ese gemelo, que no
era suyo? ¡Por un gesto instintivo, absurdo, qué confesión! ¡Qué confesión! Cómo se
descubre a aquél, quienquiera que sea, y la Policía, acaso, observándolo sin duda,
acechándolo... Ha caído en este lazo grosero como un idiota. Nota que se pone pálido. Se
vuelve bruscamente; detrás de la puerta de cristal del pasillo no hay nadie. ¡Pero cualquiera
hace un momento puede haberle visto! Se esfuerza en comer todavía, pero el despecho le
cierra los dientes. ¡Desgraciado! No es un crimen vergonzoso lo que siente: es este
movimiento aciago... ¿Por qué le sonreía ahora el profesor?...
Defouqueblize había acabado de comer. Se limpió los labios, y después, con los codos
apoyados sobre la mesa y estrujando nerviosamente su servilleta, comenzó a mirar a Lafcadio;
una risa extraña se dibujaba en su boca, y por fin, no pudiendo contenerse:
-¿Me atrevería, señor, a pedirle un poquito?
Y adelantó su vaso temerosamente hacia la botella casi vacía.
Lafcadio, desviado de su inquietud y feliz por la diversión, le sirvió las últimas gotas.
-Siento darle tan poco... Pero... ¿quiere usted que pida?
-Creo que habría bastante con media botella.
Defouqueblize había perdido el sentido de las conveniencias. Lafcadio, que no
aborrecía el vino seco y a quien la sencillez del otro le divertía, hizo descorchar un segundo
Montebello.
-¡No, no! ¡No me ponga demasiado! -decía Defouqueblize levantando su vaso
vacilante, que acababa de llenar Lafcadio-. Es curioso que esto me haya parecido tan malo al
principio. Así se hacen tantos monstruos de muchas cosas que no se conocen. Yo creía beber
agua de Saint-Galmier; claro, para ser agua de Saint-Galmier tenía un gusto muy raro. Es
como si le sirviesen a usted agua de Saint-Galmier cuando cree usted beber champaña. Diría
usted, verdad: ¡para champaña le encuentro un sabor estúpido!
Se reía de sus propias palabras, después se inclinó por encima de la mesa hacia
Lafcadio, que reía también por lo bajo:
-No sé por qué me río así. Su vino tiene la culpa. Me parece que es un poco más fuerte
de lo que usted me ha dicho. ¡Eh, eh, eh! Pero usted volverá a llevarme a mi vagón, ¿no es
eso? Allí estaremos solos, y si no voy correcto, ya sabe usted las causas.
-En viaje -aventuró Lafcadio- esto no tiene importancia.
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-¡Ah, señor! -repuso el otro-. ¡Cuánto se haría en esta vida si se estuviese seguro de que
no tiene importancia, como acaba usted de decir tan acertadamente! Si se estuviese seguro de
no comprometerse en nada... Mire usted, esto mismo que le digo ahora y que no es más que
un pensamiento corriente, ¿cree usted que me atrevería a decirlo sin más ni más si
estuviésemos en Burdeos? Y digo Burdeos, porque es en Burdeos donde yo vivo. Allí soy
conocido, respetado; aunque soltero, llevó allí una vida tranquila, ejerzo una profesión
considerada: profesor en la Facultad de Derecho. Sí, criminología comparada, una cátedra
nueva... Usted comprenderá que allí yo no puedo embriagarme ni siquiera un día por azar. Mi
vida debe ser respetable. ¡Figúrese si uno de mis discípulos me encontrase en la calle!
Respetable; y sin que parezca forzado, en eso está el quid; no dar que pensar: el señor
Defouqueblize (este es mi nombre) tiene que hacer grandes esfuerzos para contenerse... Es
preciso no sólo no hacer nada insólito, sino persuadir a los demás de no hacer nada insólito,
aunque se tengan todas las facilidades; que no haya en uno nada insólito que pida salir.
¿Queda todavía un poco de vino? Algunas gotas solamente, mi querido cómplice, algunas
gotas... Semejante ocasión no se encuentra dos veces en la vida. Mañana, en Roma, en ese
Congreso que nos junta, encontraré a numerosos colegas, graves, domesticados, tan
comedidos, que yo me volveré lo mismo en cuanto haya recobrado mi librea. Hombres
sociables, como usted y como yo, han de vivir simulando.
La comida terminó; un mozo pasaba recogiendo las propinas en una bandeja.
A medida que la sala se vaciaba, la voz de Defouqueblize se hacía más sonora; por
momentos, sus voces inquietaban un poco a Lafcadio. Continuaba:
-Y cuando no existiera la sociedad para contradecirnos, bastaría el grupo de los
parientes y de los amigos a los cuales no nos acostumbramos a saber desagradar. Oponen a
nuestra sinceridad incivil una imagen nuestra de la cual no somos responsables más que a
medias; que se nos parece muy poco, pero que es indecoroso, yo os lo digo, rebasar. En este
momento, es un ejemplo: yo liberto mi figura, escapo de mi... ¡Oh vertiginosa aventura! ¡Oh
peligrosa voluptuosidad!... Pero le estoy mareando...
-Me interesa usted extraordinariamente.
-Continúo, continúo... ¡Qué quiere usted, aunque borracho sigue el profesor! Y el tema
me tienta... Pero si ha terminado usted de comer, puede ofrecerme su brazo para volver al
vagón, caso de que me tenga en pie todavía. Temo, si tardamos un poco más, no poder
levantarme.
Defouqueblize, a estas palabras, hizo un movimiento como para abandonar su silla;
pero no pudo, y agarrándose a la mesa e inclinado sobre Lafcadio, reanudó con una voz
dulcificada y casi confidencial:
-He aquí mi tesis: ¿Sabe usted lo que hace falta para convertir a un hombre honrado en
un granuja? ¡Basta una desorientación, un olvido! Sí, señor, un agujero en la memoria y
asoma la sinceridad... La cesación de una continuidad, una simple interrupción de la corriente.
Naturalmente, yo no digo esto en mi cátedra... Pero entre nosotros, ¡qué ventajas para el
bastardo! Figúrese usted: aquel cuyo ser mismo es el producto de una extravagancia, de un
cambio de dirección en la línea recta...
La voz del profesor se había alzado de nuevo; fijaba ahora sobre Lafcadio dos ojos
raros, cuya mirada unas veces vaga, otras perspicaz, comenzaba a inquietarle. Lafcadio se
preguntaba si la miopía de este hombre no era fingida, y casi reconocía aquella mirada. Por
fin, más indignado de lo que hubiera querido aparecer, se levantó y dijo bruscamente:
-¡Vamos, coja mi brazo, señor Defouqueblize! Levántese. Basta de bromas.
Defouqueblize, con mucha dificultad, dejó su asiento. Ambos se encaminaron dando
tumbos a lo largo del pasillo, hacia el compartimiento donde la cartera del profesor había
quedado. Defouqueblize entró el primero. Lafcadio lo instaló y después se retiró. No había
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hecho más que volver la espalda para marcharse cuando se abatió sobre sus costillas un puño
poderoso. Se volvió rápidamente. Defouqueblize se había levantado de un salto... ¿Pero era
aquel todavía Defouqueblize? Y con una voz a la vez burlona, autoritaria y jubilosa exclama:
-No hay que dejar abandonado tan pronto a un amigo, señor Lafcadio Lonnesaitpluski...
¡Qué! ¿Es cierto? ¿Quería, pues, marcharse?
Del funambulesco profesor calamocano de hacía un momento no quedaba nada en el
gran mocetón joven y fuerte, en el que Lafcadio no vaciló en reconocer a Protos. Protos,
grande, magnífico y que se anunciaba de un modo inconfundible.
-¡Ah! ¿Eres tú, Protos? -dijo sencillamente-. Más vale así. Hubiera acabado por no
reconocerte.
Ya que por terrible que fuese, Lafcadio prefería una "realidad" a la ridícula pesadilla en
la que se debatía hacía una hora.
-No estoy mal disfrazado, ¿eh? Por ti no he reparado en gastos... Pero eres tú quien
debía llevar los lentes, porque se te juzgará mal si no tienes más perspicacia para reconocer a
los sutiles.
¡Qué de recuerdos adormecidos hizo despertar en el espíritu de Lafcadio esta palabra
"sutil"! Un sutil, en el argot de que Protos se servía en la época en que estaban juntos en la
pensión; un sutil era un hombre que, por la razón que fuese, no presentaba todos y en todos
sitios el mismo rostro. Había, según su clasificación, numerosas categorías de sutiles, más o
menos elegantes y loables a los que correspondía y se oponía la gran familia de los
"crustáceos", cuyos representantes se asientan de arriba abajo en la escala social. Nuestros
compinches tenían para la admisión estos axiomas: Primero: los sutiles se reconocen entre
ellos. Segundo: los crustáceos no reconocen nunca a los sutiles. Lafcadio se acordaba ahora
de todo esto; como era de esas naturalezas que se prestan a todos los juegos, sonreía. Protos
siguió:
-Afortunadamente, el otro día yo me encontraba allí ¿eh? Es posible que eso no fuera
totalmente por casualidad. Me gusta vigilar a los novicios; es imaginativo, es atrevido, es
bonito... Se cree demasiado fácilmente poder pasarse sin consejo. ¡Tu trabajo tenía mucha
necesidad de retoque!... ¿A quién se le ocurre llevar semejante sombrero cuando se pone uno
a la tarea? Con la dirección del sombrero en esta pieza de convicción te encerraban antes de
ocho días. Pero para los viejos amigos yo tengo buen corazón, y lo pruebo. ¿Sabes que yo te
he querido mucho, Cadio? He pensado siempre que se podía hacer de ti algo de provecho.
Guapo como eres, hubieras hecho andar de cabeza a todas las mujeres y hubieras puesto en
aprieto a más de un hombre. ¡Qué suerte he tenido al saber por fin noticias tuyas y enterarme
de que venías a Italia! ¡Palabra! Tengo ansiedad por saber qué ha sido de ti desde la época que
frecuentábamos la antigua casa. Tú no te encuentras mal. ¡Ah, Carola no se descuidaba!
La irritación de Lafcadio se hacía más patente cuanto más esfuerzo ponía por ocultarla;
esto divertía extraordinariamente a Protos, que fingía no darse cuenta de nada. Había sacado
del bolsillo del chaleco un redondelito de cuero y lo examinaba.
-He arrancado esto, ¿eh?
Lafcadio lo hubiera estrangulado. Cerraba los puños y las uñas se le clavaban en la
carne. El otro continuaba, bromista:
-¡Pequeño favor! Vale bien los seis billetes de mil... ¡Qué! ¿Quieres decirme por qué no
te los has guardado?
Lafcadio exclamó:
-¿Me tomas por un ladrón?
-Escucha, muchacho -siguió tranquilamente Protos-. No me gustan los aficionados.
Más vale que te lo diga de una vez francamente. Además, conmigo ya lo sabes, no se trata de
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hacer el fanfarrón ni el imbécil. Tú tienes disposiciones, evidentemente; brillantes
disposiciones; pero...
-Deja ya de burlarte -interrumpió Lafcadio, que no podía contener más su cólera-.
¿Adonde pretendes llegar? He cometido una torpeza el otro día. ¿Crees que tengo necesidad
de que me lo digan? Sí, tú tienes un arma contra mí; yo no voy a juzgar si sería conveniente
para ti mismo servirte de ella. Tú quieres que yo rescate ese pedazo de cuero. ¡Vamos, habla!
Deja ya de reírte y de mirarme así. Quieres dinero. ¿Cuánto?
El tono era tan decidido, que Protos dio un paso atrás; se repuso pronto.
-¡Magnífico, magnífico! -dijo-. ¿Qué he dicho yo que pueda molestarte? Entre amigos
se habla sosegadamente. No hay por qué atropellar. ¡Palabra, Lafcadio, estás rejuveneciendo!
Y como le acariciase ligeramente el brazo, Lafcadio se separó bruscamente.
-Sentémonos -dijo Protos-. Estaremos mejor para hablar.
Se situó en un rincón al lado de la portezuela del pasillo y colocó los pies sobre el otro
asiento.
Lafcadio pensó que quería cortarle la salida. Sin duda Protos tenía armas. Él no llevaba
encima ninguna. Reflexionó que en un cuerpo a cuerpo saldría perdiendo. Además, si un
instante tuvo idea de huir, la curiosidad le atraía, aquella curiosidad apasionada contra la que
ni aun su propia seguridad personal podía nada. Se sentó.
-¿Dinero? ¡Bah, quita! -dijo Protos. Sacó un cigarrillo de una pitillera y ofreció a
Lafcadio, que lo rechazó-. ¿Te molesta el humo acaso? Bueno, escúchame.
Dio algunas chupadas a su cigarro, y después, más tranquilo:
-No, no, Lafcadio, amigo mío; no es dinero lo que yo espero de ti, sino obediencia. No
parece, muchacho (perdona mi franqueza), que te des cuenta bien exacta de tu situación.
Tienes valientemente que encararte con ella. Permíteme que te ayude. Así de los cuadros
sociales que nos encierran, un adolescente ha querido escaparse, un adolescente simpático y
de hecho, como a mí me gustan: sencillo y graciosamente espontáneo, porque creo que no
puso en este asunto gran cálculo. Me acuerdo, Cadio, del tiempo en que estabas tan fuerte en
los números, y que para tus gastos jamás consentías en hacer cuentas... En resumen, el
régimen de los crustáceos te agrada. Dejo a los demás que se sorprendan de ello; pero lo que
me sorprende a mí es que una inteligencia como la tuya, Cadio, haya creído que podía salirse
tan sencillamente de una sociedad sin caer al mismo tiempo en otra; o que una sociedad podía
pasarse sin sus leyes. "Lawless", ya te acordarás. Habíamos leído esto no sé dónde: "Two
hawks in the air, two fishes swimming in the sea are not more lawless than we"... ¡Qué bella
literatura! Lafcadio, amigo mío, aprende la ley de los sutiles.
-Tú podrás adelantarme algo.
-¿Para qué apresurarse? Tenemos tiempo; yo no me apeo hasta Roma. Lafcadio, amigo
mío, ocurre que un crimen escapa a los gendarmes, y voy a explicarte por qué nosotros somos
más listos que ellos: es porque nosotros nos jugamos la vida en el envite. Donde la Policía
fracasa, nosotros triunfamos. ¡Pardiez! Tú lo has querido, Lafcadio; la cosa está hecha y no
puedes escaparte. Preferiría que me obedecieras, porque, ya ves, me causaría un dolor tener
que entregar a la Policía a un viejo amigo como tú. Pero ¿qué hacer? En adelante dependes de
ella, o de nosotros.
-Entregarme es entregaros vosotros mismos...
-Deseo que hablemos seriamente. Comprende esto, Lafcadio: la Policía encierra a los
rebeldes; pero en Italia, con mucho gusto, transige con los sutiles. Transige, sí, esa es la
palabra. Yo soy un poco policía, querido. Tengo vista. Contribuyo al buen orden. No actúo:
hago actuar. Vamos, deja de resistir, Cadio. Mi ley no tiene nada de vergonzosa. Tú exageras
sobre estas cosas. ¡Tan sencillas y tan espontáneas! ¿Crees que no ha sido por obediencia y
porque yo lo he querido así por lo que has cogido del plato el gemelo de la señorita
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Venitequa? ¡Ah! ¡Actitud imprevista! ¡Gesto idílico! ¡Mi pobre Lafcadio! No hubieras
querido hacer eso, ¿eh? Lo malo es que no he sido el único que lo ha visto. ¡Bah! No te
sorprendas: el camarero, la viuda y la niña están en el i ajo. Lafcadio, amigo mío, sé
razonable. ¿Te someterás?
Por excesiva perplejidad, acaso Lafcadio había tomado el partido de no decir nada.
Permanecía tieso, con los labios apretados, los ojos fijos; derecho ante él, Protos continuó con
un encogimiento de hombros:
-¡Bobo de cuerpo entero! Y en realidad, ¡tan sencillo!... Pero ya hubieras accedido
seguramente si te hubiese dicho lo que esperamos de ti. Lafcadio, amigo mío, sácame de una
duda. ¿Cómo tú, a quien dejé tan pobre, no has cogido los seis billetes de mil que el azar puso
a tu alcance? ¿Eso es natural?... El señor Baraglioul padre murió, me ha dicho la señorita
Venitequa, al día siguiente del que fue a visitarte el conde Julio, su digno hijo, y la tarde de
aquel día tú dejaste plantada a la señorita Venitequa. Después, tus relaciones con el conde
Julio se han hecho, a fe mía, bastante íntimas. ¿Quieres explicarme por qué? Lafcadio, amigo
mío, durante el tiempo en que te conocí numerosos tíos formé una idea muy embarullada de tu
genealogía... No, no te enfades, es una broma. Pero ¿qué querías que supiese? A menos que
no debas directamente al señor conde tu fortuna actual, lo que (permíteme, que lo diga),
siendo seductor como eres, Lafcadio, me parece sensiblemente escandaloso. De una manera o
de otra, o como nos dejes suponer, Lafcadio, amigo mío, el negocio está claro y tu deber
trazado. Harás cantar a Julio. ¡Vamos, no te rebeles! El chantaje es una sana institución
necesaria al mantenimiento de las costumbres. Bueno, ¡qué! ¿Me abandonas?
Lafcadio se había levantado.
-Ea, déjame pasar -gritó, a horcajadas sobre el cuerpo de Protos, que atravesaba el
compartimiento tendido entre las dos banquetas. Protos no hizo el menor ademán de cogerlo.
Lafcadio, sorprendido de que no le detuviera, abrió la puerta del pasillo, y apartándose, dijo:
-No me escapo, no tengas cuidado. Puedes vigilarme; pero todo antes que escucharte
más tiempo... Perdóname que prefiera la Policía. Puedes ir a avisarla. Espero.
VI
Aquel mismo día el tren de la tarde traía de Milán a los Anthime. Como viajaban en
tercera, no vieron hasta la llegada a la condesa de Baraglioul y a su hijo mayor, venidos de
París en el "sleepingcar" del mismo tren. Pocas horas antes que el telegrama de pésame, había
recibido la condesa una carta de su marido. El conde le hablaba en ella de su gran alegría por
el encuentro inopinado de Lafcadio, y, desde luego, no flotaba en ella ninguna alusión a esta
semifraternidad que a los ojos de Julio llenaba de un tan pérfido atractivo al joven. (Julio, fiel
al mandato de su padre, no se había explicado abiertamente con su mujer; ni más ni menos lo
había hecho con el otro); pero ciertas alusiones, ciertas reticencias advirtieron lo bastante a la
condesa; y hasta no estoy muy seguro de que a Julio, a quien faltaba una distracción en el
ajetreo de su vida burguesa, no le placiese como juego bordear el escándalo y dejarse coger en
él la yema de los dedos. Y no estoy tampoco muy seguro de que la presencia en Roma de
Lafcadio, la esperanza de volver a verlo no hubiese influido bastante en la decisión que tomó
Genoveva de acompañar a su madre.
Julio había ido a esperarlas a la estación. Las condujo rápidamente al Gran Hotel,
habiendo dejado momentos antes a los Anthime, a los que debía volver a encontrar en el
fúnebre cortejo al día siguiente. Estos se dirigieron a la calle de Bocea di Leone, al hotel
donde estuvieron hospedados durante su primera estancia.
Margarita llevaba al novelista buenas noticias: su elección no encontraba dificultades;
la antevíspera se lo había dicho oficiosamente el cardenal André: el candidato no tendría ni
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que molestarse en hacer visitas. La Academia venía a él, le abría sus puertas, le esperaba.
-Ya lo ves -decía Margarita-. ¿Qué te decía yo en París? Todo llega en este mundo; no
hay más que esperar.
-Y no cambiar -replicaba compungidamente Julio, llevándose a los labios la mano de su
esposa y sin ver la mirada de su hija, fija sobre él, cargarse de desprecio-. Fiel a vosotros, a
mis ideas, a mis principios. La perseverancia es la más indispensable de las virtudes.
Se alejaban ya de él los recuerdos de su más reciente desvío, y todo pensamiento que
no fuera ortodoxo, cualquier proyecto que no fuera decente. Ahora, informado, se recobraba
sin esfuerzo. Admiraba esta consecuencia sutil por la que su espíritu cambiaba en un
momento de ruta. Él no había cambiado; era el Papa.
-¡Qué constancia la de mis pensamientos, por el contrario! -se decía-. ¡Qué lógica! Lo
difícil es saber a qué atenerse. Este pobre Fleurissoire ha muerto por haber penetrado los
secretos. Lo más sencillo, cuando se es sencillo, es atenerse a lo que se sabe. Ese horrible
secreto lo ha matado. El conocimiento no fortifica jamás sino a los fuertes... ¡No importa! Me
satisface que Carola haya podido prevenir a la policía; esto me permitirá meditar más
libremente... Además, si sabía que no era el "verdadero" Santo Padre al que debía su
infortunio y su destierro, ¡qué consuelo para Armand-Dubois! ¡Qué reafirmación en su fe!
¡Qué satisfacción!... Le hablaré mañana, después de la ceremonia fúnebre.
La ceremonia no atrajo gran concurrencia. Tres coches seguían a la carroza mortuoria.
Llovía. En el primer coche, Blafaphas acompañaba amistosamente a Árnica (cuando
terminase el luto se casaría con ella sin duda alguna); ambos habían salido de Pau la
antevíspera (abandonar la viuda a su pena, dejarla emprender sola este largo viaje...
¡Blafaphas no soportaba ni siquiera la idea! Aunque no era de la familia, no había tomado
menor parte en el duelo. ¿Qué pariente no valía tal amigo?), pero habían llegado a Roma
hacía una hora apenas a consecuencia de un retraso del tren.
En el último coche iban la señora Armand-Dubois, con la condesa y su hija; en el
segundo, el conde con Anthime Armand-Dubois.
Ante la tumba de Fleurissoire no se hizo ninguna alusión a su desgraciada aventura.
Pero al regreso del cementerio, Julio de Baraglioul, de nuevo solo con Anthime, comenzó:
-Te había prometido interceder por ti cerca del Santo Padre.
-Dios es testigo de que no lo deseaba.
-Es verdad. Irritado por la situación en que te abandonaba la Iglesia, no había
escuchado más que a mi corazón.
-Dios es testigo de que no me he quejado jamás.
-Ya lo sé, ya lo sé... ¡Me has excitado bastante con tu resignación! Y además, ya que
me incitas a que no vuelva sobre ello, te confesaré, mi querido Anthime, que reconocía en ella
menos santidad que orgullo, y que esta resignación excesiva, la última vez que te vi en Milán,
me pareció más cerca de la rebeldía que de la verdadera piedad, y me había molestado
grandemente en mi fe. Dios no te exigía tanto. ¡Qué diablo! Hablemos con sinceridad; tu
actitud me había chocado.
-La tuya, yo puedo también confesarlo, me había entristecido, mi querido hermano.
Eras tú precisamente quien me incitaba a la rebeldía y...
Julio, que se acaloraba, le interrumpió:
-Lo he probado suficientemente por mí mismo y lo he dado a entender a los demás
durante toda mi carrera, que se puede ser perfectamente cristiano sin desdeñar por eso las
legítimas ventajas que nos ofrece el rango en que Dios ha creído, sabio, colocarnos. Lo que yo
reprochaba de tu actitud era precisamente tu afectación, que parecía querer aventajar mi
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religiosidad.
-Dios es testigo de que...
-¡No protestes siempre! -interrumpió de nuevo Julio-. Dios no tiene nada que ver con
esto. Te explico precisamente que cuando yo digo que tu actitud era de rebeldía... me refiero a
mi rebeldía; y esto es precisamente lo que te reprocho, aceptar la injusticia de dejar a otro que
se rebele por ti. Porque yo no admito que la Iglesia obre en su daño y tu actitud, sin quererlo,
parecía demostrar eso. Entonces decidí quejarme por ti. Ahora vas a ver cuánta razón tenía
para indignarme.
Julio, cuya frente sudaba, colocó sobre sus rodillas el sombrero de copa.
-¿Quieres que deje entrar un poco de aire?
Y Anthime, complaciente, bajó el cristal de su lado.
-Tan pronto como llegué a Roma -continuó Julio- solicité una audiencia. Fui recibido.
Un extraño suceso debía coronar mi gestión...
-¡Ah! -dijo indiferente Anthime.
-Sí, amigo mío, porque si no obtengo en especie nada de lo que he venido a reclamar,
llevaré por lo menos de mi visita una seguridad... que pone a nuestro Sumo Pontífice al abrigo
de todas las suposiciones injuriosas que nos formemos en torno suyo.
-Dios es testigo de que yo nunca he formulado injurias en torno de nuestro Santo Padre.
-Las formulaba yo por ti; te veía abandonado y me indignaba.
-Vamos al asunto, Julio. ¿Has visto al Papa? -Pues bien, ¡no!, no he visto al Papa -
exclamó por fin Julio-, pero me he enterado de un secreto, secreto que no creí en un principio,
pero que bien pronto, por la muerte de nuestro querido Amadeo, hube de confirmar; secreto
espantoso, desconcertante, pero donde tu fe, querido Anthime, sabrá reconfortarse. Porque has
dé saber que de esa negativa de justicia de la que te hacen víctima es inocente el Papa...
-¡Ah! ¡Yo no lo he dudado nunca!
-Anthime, escucha bien: Yo no he visto al Papa porque nadie puede verlo; el que ahora
está sentado sobre el trono pontificial y a quien la Iglesia escucha y que promulga, el que me
ha hablado, el Papa que se ve en el Vaticano, el que yo he visto, "no es el verdadero".
Anthime, a estas palabras, fue acometido de una risa escandalosa.
-¡Ríe, ríe! -repetía Julio picado-. Yo también me reía al principio. Si no me hubiese
reído tanto no habrían asesinado a Fleurissoire. ¡Ah! ¡Santo amigo! ¡Pobre víctima!...
Su voz se extinguió en sollozos.
-Dime: ¿es en serio que no me la quieres pegar?... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... -dijo Armand-
Dubois, a quien el énfasis de Julio inquietaba-. Primeramente sería necesario saber...
-Por haber querido saber es por lo que ha muerto.
-Pero, en fin, si yo me he desprendido de mis bienes, de mi situación, de mi ciencia, si
he tolerado que jugaran conmigo... -continuaba Anthime, que poco a poco se exaltaba a su
vez.
-Yo te lo digo; de todo esto, el "verdadero" no es responsable; el que te ha engañado es
un agente del Quirinal...
-¿Debo creer lo que me dices?
-Si no me crees a mí, cree a ese pobre mártir.
Ambos permanecieron algunos momentos silenciosos. Había dejado de llover; un rayo
separaba las nubes. El coche, con lento traqueteo, entraba en Roma.
-En ese caso ya sé lo que tengo que hacer- repuso Anthime con gran firmeza de voz-.
Yo revelo el secreto.
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Julio se sobresaltó.
-Me espantas, amigo mío. Vas a hacer que te excomulguen.
-¿Por qué? Si es un falso Papa, qué me importa.
-Y yo que pensaba ayudarte a gustar en este secreto una virtud consoladora -agregó
Julio consternado.
-¿Lo tomas a broma?... ¿Y quién me dirá si Fleurissoire, al llegar al paraíso, no
descubre allí también que su Dios no es tampoco el "verdadero"?
-¡Vamos, querido Anthime, no divagues! ¡Cómo si allí pudiese haber dos! ¡Cómo si allí
pudiese haber "otro"!
-No, verdaderamente hablas de esto con gran desenvoltura, tú, que no has renunciado a
nada por "él"; tú, que, verdadero o falso, te aprovechas de él... ¡Ah! Calla, tengo necesidad de
airearme.
Inclinado sobre la portezuela, tocó con su bastón la espalda del cochero e hizo parar el
coche. Julio se apresuró a descender con él.
-¡No! Déjame. Ya sé bastante para conducirme. Guarda lo demás para una novela. En
cuanto a mí, esta misma tarde escribo al Gran Maestre de la Orden, y desde mañana reanudo
mis crónicas científicas en la Dépêche. Nos vamos a reír.
-¡Qué! ¿Cojeas? -dijo Julio sorprendido de verle renquear de nuevo.
-Sí, desde hace algunos días me han vuelto los dolores.
-¡ Ah! ¡Caramba! -dijo Julio, que, sin mirar cómo se alejaba, se recogió en el coche.
VII
¿Tenía Protos la intención de entregar a Lafcadio a la Policía, como le había
amenazado?
No lo sé; los acontecimientos probaron que entre los señores de la Policía no tenía más
que amigos. Éstos, prevenidos la víspera por Carola, habían puesto en el callejón dei
Vecchierelli sus trampas. Conocían de larga fecha la casa y sabían que ofrecía en el piso
superior fáciles comunicaciones con la casa vecina, cuyas salidas guardaron igualmente.
Protos no temía a los polizontes; la acusación no le causó miedo, ni el aparato de la
justicia; sabía que era poco fácil de atrapar, pues, en realidad, no era culpable de ningún
crimen y sólo de delitos tan menudos que escapaban a la detención. Así, pues, no se asustó
cuando comprendió que estaba cercado, de lo que se dio cuenta en seguida por su olfato para
reconocer, bajo cualquier disfraz, a estos señores.
Apenas un poco indeciso, se encerró primero en la habitación de Carola, esperando su
regreso, pues no la había vuelto a ver desde el asesinato de Fleurissoire; deseaba pedirle
consejo y darle algunas instrucciones para el caso probable de que lo metiesen en chirona.
Carola, deferente con las indicaciones de Julio, no había aparecido por el cementerio;
nadie supo que oculta tras un mausoleo, y bajo un paraguas, asistió de lejos a la triste
ceremonia. Esperó pacientemente, humildemente, que se alejasen de la reciente tumba; vio
reunirse el cortejo de nuevo, a Julio acompañado de Anthime, y, por fin, alejarse los coches
bajo la lluvia fina. Entonces se aproximó a la tumba a su vez y sacó de debajo de su pañoleta
un gran ramo de flores que colocó lejos del contacto de las coronas de la familia. Después
permaneció mucho tiempo bajo la lluvia, sin mirar nada, sin pensar en nada y llorando a falta
de oraciones.
Cuando regresó a la calleja dei Vecchierelli distinguió en el umbral dos figuras
insólitas. No comprendía que la casa estuviera custodiada. Deseaba con vehemencia reunirse
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con Protos; aunque no dudaba que no era él el asesino, le odiaba ahora...
Unos momentos después la Policía acudía a sus gritos; demasiado tarde, ¡ay!
Exasperado al saber que había sido denunciado por ella, Protos acababa de estrangular a
Carola.
Esto ocurrió hacia mediodía. Los periódicos de la tarde publicaron ya la noticia, y
como habían encontrado sobre Protos el trozo de badana arrancado al sombrero, su doble
culpabilidad no tenía la menor duda para nadie.
Lafcadio había vivido hasta la tarde en una espera o en un temor vago, no seguramente
de la Policía, con la que le había amenazado Protos, sino del mismo Protos, o de algo vago de
lo que no procuraba defenderse. Una incomprensible torpeza pesaba sobre él, que acaso no
fuese más que fatiga; renunciaba.
La víspera no había visto a Julio más que un instante, cuando éste, a la llegada del tren
de Nápoles, había ido a hacerse cargo del cadáver; después había caminado mucho tiempo a
través de la ciudad, al azar, para acabar con esta exasperación que le dominaba, después de la
conversación del vagón, con el sentimiento de su dependencia.
A pesar de esto, la noticia de la detención de Protos no llevó a Lafcadio la tranquilidad
que él pudo creer. Se hubiera dicho que estaba decepcionado. ¡Hombre raro! En tanto que
había rechazado deliberadamente todo provecho material del crimen, no renunciaba
voluntariamente a ninguno de los peligros de la partida. No admitía que hubiese terminado tan
pronto. De buena gana, como hacía antes con los dados, hubiera cedido el turno al adversario,
y como el suceso hacía el juego demasiado fácil y sin interés, lamentaba que terminase y no
haber llevado más allá su desafio.
Comió en una taberna próxima para no tener necesidad de vestirse. Poco después, al
entrar en el hotel, observó, a través de la puerta de cristales del restaurante, al conde Julio
sentado a la mesa en compañía de su mujer y de su hija. Le impresionó la belleza de
Genoveva, a la que no había vuelto a ver desde su primera visita. Estaba esperando en el salón
que terminara la comida, cuando fueron a avisarle que el conde había subido a su habitación y
le aguardaba.
Entró. Julio de Baraglioul estaba solo; se había vuelto a poner de americana.
-¡Bueno, el asesino está detenido! -dijo alargándole la mano.
Pero Lafcadio no la estrechó y permanecía en el dintel de la puerta.
-¿Qué asesino? -preguntó.
-El asesino de mi cuñado, demonio.
-El asesino de su cuñado soy yo.
Lo dijo sin vacilación, sin cambiar de tono, sin bajar la voz, sin un gesto, con una
entonación tan natural, que Julio, al principio, no comprendió. Lafcadio hubo de repetirlo.
-No han detenido, le digo, al asesino del señor Fleurissoire, por la sencilla razón de que
el asesino de su señor cuñado soy yo.
Si Lafcadio hubiera presentado un aspecto feroz puede ser que Julio hubiese tenido
miedo; pero su aire era infantil. Hasta parecía más joven que la primera vez que había vuelto a
encontrarlo Julio. ¡Su mirada era tan limpia, su voz tan clara! Había cerrado la puerta, pero
permanecía recostado sobre ella. Julio, cerca de la mesa, se dejó caer en una butaca.
-¡Mi pobre niño! -comenzó diciendo-. Habla más bajo... ¿Qué es lo que le ha pasado?
¿Cómo ha hecho eso?
Lafcadio bajó la cabeza, arrepentido ya de haber hablado.
-¿Qué sé yo? Lo hice muy rápidamente, mientras duraba el deseo de hacerlo.
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-Pero ¿qué resentimientos tenía contra Fiourissoire, ese hombre digno, lleno de
virtudes?
-No lo sé... No tenía aire de ser feliz... ¿Cómo quiere que le explique lo que yo mismo
no puedo explicarme?
Cruzó entre ambos un silencio penoso, que rompían por sacudidas las palabras, para
hacerse luego más profundo; se oían entonces los sonidos de una musiquilla napolitana subir
del gran "hall" del hotel. Julio rascaba con la uña del dedo meñique, que llevaba en punta y
muy larga, una mancha de cera sobre el tapete de la mesa. De pronto se dio cuenta de que
aquella hermosa uña se le había roto. Era una grieta transversal que rompía en toda su
longitud el tono carmíneo de la uña. ¿Cómo había ocurrido? ¿Y cómo no se había dado cuenta
antes? De todas maneras, el mal era irreparable; Julio no podía hacer otra cosa que cortársela.
Experimentó una contrariedad muy viva, porque dedicaba gran cuidado a sus manos, y en
particular a esta uña que había formado lentamente y que hacía valer el dedo, cuya elegancia
acusaba. Las tijeras estaban en el cajón de la mesa de tocador, y Julio iba a levantarse para
cogerlas, pero era necesario pasar ante Lafcadio; decidió prudentemente dejar para más tarde
la delicada operación.
-¿Y qué piensa hacer ahora?
-No lo sé. Acaso entregarme. Lo pensaré esta noche.
Julio dejó caer su brazo a lo largo de la butaca; contempló algunos instantes a Lafcadio
y después, en un tono de desesperanza, suspiró:
-¡Ahora que comenzaba a quererle!...
Esto lo dijo sin mala intención. Lafcadio no podía molestarse por ello. Pero por su
inconsciencia, la frase no era menos cruel y le hería en el corazón. Levantó la cabeza,
rebelándose contra la angustia que bruscamente le estrangulaba. Miró a Julio: "¿Es
verdaderamente éste de quien ayer me sentía casi hermano?", se preguntaba. Paseó su mirada
por la habitación donde la antevíspera, a pesar de su crimen, había podido hablar tan
alegremente; el frasco de perfume estaba todavía sobre la mesa, casi vacío...
-Escuche, Lafcadio -reanudó Julio-: Su situación no me parece del todo desesperada. El
presunto autor de este crimen...
-Sí, ya sé que acaban de detenerlo -dijo Lafcadio secamente-. ¿Va a aconsejarme que
deje acusar a un inocente en mi lugar?
-Ese a quien usted llama un inocente acaba de asesinar a una mujer, una mujer a la que
usted conocía...
-Y esto me pone a salvo, ¿no es eso?
-No digo precisamente eso, pero...
-Añadamos que él es precisamente el único que puede denunciarme.
-No hay que perder la esperanza, piénselo.
Julio se levantó, se dirigió hacia la ventana, rectificó los pliegues de la cortina, volvió
sobre sus pasos y después, inclinado hacia adelante, con los brazos cruzados sobre el respaldo
de la butaca que acababa de dejar:
-Lafcadio: Yo no quisiera dejarle marchar sin un consejo: A nadie más que a usted
interesa hacerse un hombre honrado y ocupar un puesto en la sociedad tan elevado al menos
como su nacimiento lo permite... La Iglesia está ahí para ayudarle. ¡Vamos! Hijo mío, un
poco de valor; vaya a confesarse.
Lafcadio no pudo reprimir una sonrisa.
-Reflexionaré sobre sus palabras.
Dio un paso hacia adelante; después:
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-Sin duda prefiere no tocar la mano de un asesino. Quiero, sin embargo, darle las
gracias...
-Está bien, está bien -dijo Julio con un gesto cordial y distante-. Adiós, hijo mío. No me
atrevo a decirle hasta la vista. A pesar de todo, si en lo sucesivo usted...
-Por el momento, ¿no quiere decirme nada más?
-Nada más, por el momento.
-Adiós, señor.
Lafcadio saludó gravemente y salió.
Llegó a su habitación, en el piso de encima, y medio vestido se arrojó sobre la cama. La
tarde había sido muy calurosa, y la noche no había traído ningún frescor. Su ventana estaba
abierta completamente, pero no se notaba ni el menor soplo de aire; los lejanos globos
eléctricos de la plaza de las Termas, de la que le separaban los jardines, llenaban su habitación
de una luz azulada, de una difusa claridad, que se hubiera creído procedía de la luna. Quiso
reflexionar, pero una torpeza extraña atenazaba desesperadamente su pensamiento; no
pensaba ni en su crimen ni en los medios de escapar; intentaba solamente olvidar estas
palabras atroces de Julio: "Ahora que comenzaba a quererle..." Si él no quería a Julio,
¿merecían estas palabras sus lágrimas? ¿Era por esto verdaderamente por lo que lloraba?... La
noche era tan dulce que le parecía que no habría más que abandonarse para morir. Llevó cerca
de la cabecera una botella de agua, mojó un pañuelo y se lo aplicó sobre el corazón, que le
dolía.
"Ninguna bebida de este mundo refrescará en adelante este corazón seco", se decía,
dejando correr sus lágrimas hasta los labios para saborear su amargura. Unos versos sonaban
en sus oídos, leídos no sabía dónde, y de los que no podía acordarse:
My heart aches; a drowsy numbness pains
My senses...
Se quedó adormecido.
¿Soñaba? ¿No había oído llamar a la puerta? La puerta, que jamás cerraba por la noche,
se abrió dulcemente para dejar paso a una grácil forma blanca. Oyó que le llamaban
débilmente:
-Lafcadio... ¿Estás ahí, Lafcadio?
A pesar de su somnolencia, Lafcadio reconoció esta voz. Pero ¿duda todavía de la
realidad de una aparición tan agradable? ¿Teme que una palabra, que un gesto la ponga en
fuga?... Calla.
Genoveva de Baraglioul, cuya alcoba estaba al lado de la de su padre, había oído, a
pesar suyo, toda la conversación entre su padre y Lafcadio. Una intolerable angustia la había
empujado hasta la habitación de éste, y al ver que no le respondían, persuadida de que
Lafcadio acababa de matarse, se dirigió hacia la cabecera de la cama y cayó de rodillas,
sollozando.
Cuando estaba así, Lafcadio se incorporó, se inclinó, acercándose a ella, sin atreverse a
poner los labios sobre la hermosa frente, que veía brillar en la sombra. Genoveva de
Baraglioul sintió entonces que se deshacía toda su voluntad, y echando hacia atrás su frente,
que ya acariciaba el aliento de Lafcadio, no sabiendo llamar en contra de él más que a él
mismo, le dijo:
-Ten piedad de mí, amigo mío.
Lafcadio se rehizo inmediatamente, y separándose de ella y rechazándola a la vez:
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-¡Levántese, señorita de Baraglioul! ¡Retírese! Yo no soy..., yo no puedo ser su amigo.
Genoveva se levantó, pero no se separó de la cama donde estaba medio acostado el que
había creído muerto; y tocando tiernamente la frente ardorosa de Lafcadio, como para
asegurarse que vivía, añadió:
-Pero, amigo mío. Yo he oído todo lo que le decía usted esta noche a mi padre. ¿No
comprende que es por eso por lo que he venido?
Lafcadio se levantó a medias y la miró. Sus cabellos sueltos le caían en torno; su rostro
estaba en la sombra, de manera que no se distinguían sus ojos; pero sentía su mirada. Como si
no pudiese soportar su dulzura, ocultó su rostro entre las manos.
-¡Ah! ¿Por qué te habré encontrado tan tarde? -gemía Lafcadio-. ¿Qué he heho yo para
que me ames? ¿Por qué me hablas así cuando ya no puedo ser libre ni puedo ser digno de
quererte?
Ella protestó tristemente:
-Vengo hacia ti, Lafcadio, no hacia otro. ¡Es hacia ti, criminal, Lafcadio! Cuántas veces
he suspirado tu nombre desde aquel día en que apareciste por primera vez a mí como un
héroe, como un hombre demasiado temerario... Es preciso que lo sepas ahora: en secreto me
había prometido a ti desde el momento en que te vi conducirte de una manera tan magnánima.
¿Qué te ha pasado desde entonces? ¿Adonde te has dejado conducir?
Y como Lafcadi