Libro cuarto



I

En un jardín -en la colina de Florencia (la que hace frente a Fíesele)- donde nos habíamos reunido esa tarde:

Pero vosotros no conocéis, no podéis conocer, Angaire, Ydier, Tiyro, dice Menalcas (y yo te lo repito ahora en mi nombre, Natanael), la pasión que quemó mi juventud. Me irritaba la huida de las horas. La necesidad de la opción me resultó siempre intolerable; escoger me parecía no tanto elegir como rechazar lo que no elegía. Comprendía espantosamente la limitación de las horas y que el tiempo no tiene sino una dimensión; era una línea que yo hubiera deseado espaciosa y mis deseos, al correr por ella, se atropellaban necesariamente el uno al otro. Yo no hacía nunca sino esto o aquello. Si hacía esto, lamentaba en seguida aquello, y con frecuencia me quedaba sin atreverme ya a hacer nada, perdidamente y como con los brazos abiertos, por temor, si los cerraba apresurado, a no haberme apoderado sino de una cosa. El error de mi vida fue, en consecuencia, no continuar largo tiempo estudio alguno, por no haber sabido decidirme a renunciar a otros muchos. Cualquier cosa resultaba demasiado cara a ese precio, y los razonamientos no podían terminar con mi angustia. Era entrar en un mercado de delicias sin disponer (¿gracias a Quién?) más que de una cantidad demasiado pequeña. ¡Disponer! Elegir era renunciar para siempre jamás, a todo lo demás, y la cantidad numerosa de ese jamás seguía siendo preferible a no importa qué unidad.
De ahí procede, por otra parte, un poco de esa aversión por no importa qué posesión en la tierra; el temor de no poseer luego más que eso.
¡Mercaderías! ¡Provisiones! ¡Montón de gangas! No os entregáis sin disputa. Y yo sé que los bienes de la tierra se agotan (aunque sean inagotablemente reemplazables) y que la copa que he vaciado queda vacía para ti, hermano mío, aunque el manantial esté cercano. Pero vosotras, ideas inmateriales, formas de vida no detenida, ciencias, y conocimiento de Dios, copas de verdad, copas inagotables, ¿por qué regateáis vuestro fluir a nuestros labios cuando toda nuestra sed no bastaría para agotaros y vuestra agua desbordaría siempre fresca para cada nuevo labio tendido? Ahora he comprendido que todas las gotas de ese gran manantial divino se equivalen, que la menor de ellas basta para nuestra embriaguez y nos revela la plenitud y la totalidad de Dios. Pero en esa época, ¿qué no habría anhelado mi locura? Yo deseaba toda forma de vida; habría querido hacer yo mismo todo lo que veía hacer a otro; no haberlo hecho, sino hacerlo -entiéndeme-, pues temía muy poco la fatiga, el trabajo y los creía instruidos por la vida. Sentí celos de Parménides durante tres semanas porque aprendió el turco; y dos meses más tarde de Teodosio porque descubrió la astronomía. Así no trazaba de mí sino la figura más vaga e incierta, a fuerza de no quererla limitar.
-Cuéntanos tu vida, Menalcas -dice Alcides, y Menalcas continúa:
...A los dieciocho años, cuando terminé mis primeros estudios, con el espíritu cansado del trabajo, el corazón vacante, lánguido por estar así, y el cuerpo exasperado por la sujeción, partí por los caminos, sin meta, empleando mi fiebre vagabunda. Conocí todo lo que sabéis: la primavera, el olor de la tierra, la floración de las yerbas en los campos, las brumas de la mañana en la ribera y el vapor de la tarde en las praderas. Atravesé ciudades, y no quise detenerme en parte alguna. Dichoso aquél, pensaba, que no se liga a nada en la tierra y pasea un eterno fervor a través de las constantes veleidades. Odiaba los hogares, las familias, todos los lugares en que el hombre cree encontrar reposo; y los afectos continuos, y las fidelidades amorosas, y las adhesiones a las ideas, todo lo que compromete a la justicia; decía que cada novedad debe encontrarnos siempre completamente disponibles.
Los libros me habían mostrado cada libertad provisional, y que ésta no es nunca sino la de elegir la esclavitud de uno, o por lo menos su devoción, del mismo modo que vuela y vaga el grano de los cardos buscando el suelo fecundo en que fijar sus raíces, y sólo florece inmóvil. Pero habiendo aprendido en las clases que los razonamientos no guían a los hombres y que a cada uno de ellos se puede oponer un contrario, a quien basta con encontrar, me ocupaba en buscarlo, a veces, en medio de los largos caminos.
Vivía en la espera perpetua, deliciosa, de no importa qué porvenir. Me habitué a que, como las preguntas ante las respuestas que esperan, el deseo de gozar de él, nacido ante cada placer, precediese inmediatamente al goce. Mi dicha procedía de que cada manantial me revelaba una sed, y en el desierto sin agua, donde la sed es inaplacable, seguía prefiriendo el fervor de mi fiebre bajo la exaltación del sol. Había allí, al atardecer, oasis maravillosos, más frescos todavía por haber sido deseados durante todo el día. En la extensión arenosa, abrumada por el sol y como un sueño inmenso -tan grande era el calor- y en la vibración misma del aire, sentí palpitar todavía a la vida que no podía dormirse, temblar de deliquio al horizonte, e hincharse de amor mis pies.
Cada día, a cada hora, ya no buscaba sino una penetración cada vez más simple de la naturaleza. Poseía el don precioso de no hallarme demasiado trabado por mí mismo. El recuerdo del pasado no ejercía sobre mí más influjo que el necesario para dar unidad a mi vida: era como el hilo misterioso que ligaba a Teseo con su pasado amor, pero no le impedía caminar a través de los pasajes más nuevos. También ese hilo tuvo que ser roto... ¡Palingenesias maravillosas! En mis paseos matinales saboreé con frecuencia la sensación de un nuevo ser, la ternura de mi percepción. "Don del poeta -exclamaba-, eres el don del encuentro perpetuo". Y recibía de todas partes. Mi alma era la posada abierta en la escrucijada; lo que quería entrar, entraba en ella. Me hice dúctil, amistoso, disponible con todos mis sentidos, atento, escuchador hasta no tener ya un pensamiento personal, captador de toda emoción de paso, y con una reacción tan mínima que antes de protestar por nada prefería no considerar a nada malo. Por lo demás, observé muy pronto en cuan poco odio a lo feo se apoyaba mi amor a lo bello.
Odiaba la lasitud, que sabía hecha de tedio, y pretendía que se la fundase en la diversidad de las cosas. Descansaba no importa dónde. He dormido en los campos. He dormido en la llanura. He visto temblar el alba entre los grandes haces de trigo y a las cornejas despertarse en los hayales. Por la mañana me lavaba en la hierba y el sol naciente secaba mis ropas húmedas. ¡Quién dirá si el campo fue nunca más bello que ese día en que vi a las ricas cosechas volver entre los cantos y a los bueyes uncidos a las pesadas carretas!
Hubo un tiempo en que mi placer se hizo tan grande que quise comunicarlo, enseñar a alguien aquello que lo hacía vivir en mí.
Al anochecer veía cómo se formaban de nuevo, en aldeas desconocidas, los hogares dispersos durante el día. El padre regresaba, cansado del trabajo; los niños volvían de la escuela. La puerta de la casa se entreabría un instante para un recibimiento de luz, calor y risa, y luego se cerraba otra vez para la noche. Nada podía entrar ya allí de todas las cosas vagabundas, del viento tiritante de afuera. ¡Familias: os odio! Hogares cerrados, puertas clausuradas; posesiones celosas de la dicha. A veces, invisible por la noche, me quedaba inclinado sobre una ventana, mirando largo tiempo la costumbre de una casa. El padre estaba allí, junto a la lámpara; la madre cosía; el lugar de un abuelo quedaba vacío; un niño estudiaba cerca de su padre; y mi corazón se hinchaba con el deseo de llevarlo conmigo por los caminos.
Volví a verlo al día siguiente, cuando salía de la escuela; al otro día le hablé; cuatro días después lo dejó todo para seguirme. Yo le abrí los ojos ante el esplendor de la llanura; comprendió que estaba abierta para él. Enseñé, pues, a su alma a hacerse más vagabunda, alegre por fin y luego a separarse inclusive de mí, a conocer su soledad.
Solo, saboreaba el violento goce del orgullo. Me gustaba levantarme antes del alba; llamaba al sol en los rastrojos; el canto de la alondra era mi fantasía y el rocío mi loción de aurora. Me complacía en frugalidades excesivas, comiendo tan poco que sentía liviana mi cabeza y toda sensación era como una especie de embriaguez para mí. Luego he bebido muchos vinos, y sé que ninguno daba ese aturdimiento del ayuno, esa vacilación de la llanura por la madrugada, antes de que, salido el col, me durmiera en el hueco de un almiar.
A veces conservaba hasta el semidesfallecimiento el pan que llevaba conmigo; entonces me parecía sentir menos extrañamente la naturaleza y que ésta se compenetraba más conmigo; era un aflujo del exterior; por todos mis sentidos abiertos acogía su presencia; todo se hallaba invitado en mí.
Mi alma se llenaba, en fin, de lirismo, que exasperaba mi soledad fatigándome hacia el anochecer. Me sostenía por orgullo, pero entonces echaba de menos a Hilaire, quien, el año anterior, me apartaba de lo excesivamente indómito que tenía mi humor.
Hablaba con él, hacia el crepúsculo; él mismo era poeta y comprendía todas las armonías. Cada efecto natural era para nosotros como un lenguaje claro en el que se podía leer su causa; aprendimos a reconocer los insectos por su vuelo, los pájaros por su canto, y la belleza de las mujeres por las huellas de sus pasos en la arena. Lo devoraba también una sed de aventuras; su fuerza lo hacía audaz. ¡Es cierto que nunca os valdrá ninguna gloria, adolescencia de nuestros corazones! Aspirándolo todo con delicia, tratábamos en vano de cansar a nuestros deseos; cada pensamiento nuestro era un fervor y el sentir tenía para nosotros una acritud singular. Consumíamos nuestras espléndidas juventudes, a la espera del bello porvenir, y la ruta que llevaba a él no parecía nunca bastante interminable; marchábamos por ella a grandes pasos, mordiendo las flores de los setos, que llenan la boca con un gusto de miel y exquisita amargura.A veces, al volver a pasar por París, encontraba de nuevo, durante algunos días o algunas horas, el departamento donde había transcurrido mi estudiosa infancia; todo estaba en él silencioso; cuidados de mujer ausente habían puesto paños sobre los muebles. Con una lámpara en la mano iba de pieza en pieza sin reabrir los postigos cerrados desde hacía muchos años, ni levantar las cortinas llenas de alcanfor. La atmósfera era allí pesada, saturada de olor. Sólo mi habitación seguía estando dispuesta. En la biblioteca, la habitación más oscura y silenciosa, los libros conservaban en los estantes y las mesas el orden en que yo los había colocado; a veces abría uno de ellos y, ante la lámpara encendida aunque fuese de día, me complacía en olvidar la hora; a veces también volvía a abrir el gran piano y buscaba en mi memoria el ritmo de antiguas tonadas, pero no me acordaba de ellas sino de una manera demasiado incompleta y, antes que entristecerme por ello, dejaba de tocarlas. Al día siguiente me hallaba nuevamente lejos de París.
Mi corazón, naturalmente amante y como líquido, se derramaba por todas partes. Me parecía que ningún goce me pertenecía a mí mismo; invitaba a todos los que encontraba y, cuando lo gozaba yo solo, lo hacía únicamente a fuerza de orgullo.
Algunos me acusaron de egoísmo; yo los acusé de necedad. Tenía la pretensión de no amar a nadie, hombre ni mujer, sino a la amistad, al amor o al afecto. Al dárselo a uno no hubiese querido quitárselo a otro y no hacía sino prestarme. Tampoco quería acaparar el cuerpo o el corazón de ningún otro; era nómada en esto como con respecto a la naturaleza y no me detenía en parte alguna. Toda preferencia me parecía injusticia; queriendo quedar en todos, no me entregaba a nadie.
Al recuerdo de cada ciudad ligaba el recuerdo de un libertinaje. En Venecia tomé parte en mascaradas; un concierto de violones y de flautas acompañó a la barca en que gocé del amor. Seguían otras barcas, llenas de mujeres y hombres jóvenes. Fuimos al Lido a esperar el alba, pero dormíamos, fatigados, cuando salió el sol, pues las músicas se habían callado. Pero a mí me gustaba hasta la fatiga que nos dejan esos falsos goces, y ese vértigo del despertar por el que los sentimos marchitos. En otros puertos supe ir con los marineros de los grandes navios; bajaba a las callejuelas mal iluminadas; pero reprochaba en mí el deseo de la experiencia, nuestra única tentación; y dejando a los marineros junto a los burdeles, volvía al puerto tranquilo, donde el consejo taciturno de las noches se interpretaba con el recuerdo de esas callejuelas cuyo rumor extraño y patético llegaba a través del éxtasis. Yo prefería los tesoros de los campos.
No obstante, a los veinticinco años, no cansado de viajes, pero atormentado por el excesivo orgullo que había hecho crecer esa vida nómada, comprendí o me persuadí que estaba ya maduro para una forma nueva.
¿Por qué, por qué, les decía, me habláis de volver a salir por los caminos? Sé muy bien que han brotado nuevas flores al borde de todos ellos; pero es a vosotros a quienes esperan al presente. Las abejas no hacen botín sino durante un tiempo; luego se hacen tesoreras. Volvía al departamento abandonado; quitaba el paño que cubría los muebles; abría las ventanas; y aprovechando las economías que como a mi pesar y vagabundo había debido hacer, me rodeaba de todos los objetos frágiles o preciosos que podía procurarme, de vasos o libros raros, y sobre todo de cuadros que me permitía obtener a bajo precio el conocimiento que tengo de la pintura. Durante quince años atesoré como un avaro; me enriquecí con todas mis fuerzas; me instruí; estudié las lenguas agotadas y pude leer en muchos libros; aprendí a tocar diversos instrumentos; cada hora de cada día estaba destinada a algún estudio fructuoso; la historia y la biología me ocuparon particularmente. Conocí las literaturas. Acumulé las amistades que mi gran corazón y mi legítima nobleza me permitieron no robar; fueron para mí más preciosas que todo lo demás y, sin embargo, no me até ni siquiera a ellas.
A los cincuenta años, habiendo llegado la hora, lo vendí todo, y, como mi gusto seguro y mi conocimiento de cada objeto no me habían hecho poseedor de nada cuyo valor no hubiese aumentado, liquidé en dos días una fortuna considerable. Coloqué esa fortuna enteramente de modo que pudiese disponer de ella perpetuamente. Vendí abso-lulamente todo, pues no quería conservar nada personal en esta tierra; ni el menor recuerdo de antaño.
Le dije a Myrtil, quien me acompañó a los campos: -Cuántas más delicias te produciría la sensación de esta mañana encantadora, de esta bruma y de esta luz, de este frescor ventilado, de esta pulsación de tu ser, si supieses entregarte a ella por entero. Tú crees estar ahí, pero la mejor parte de tu ser está enclaustrada; tu mujer y tus hijos, tus libros y tu estudio la retienen y te roban a Dios.
"¿Crees poder gustar, en este instante preciso, la sensación potente, completa, inmediata de la vida, sin el olvido de lo que no es ella? La costumbre de pensar te perjudica; vives en el pasado, en el futuro, y no percibes nada espontáneamente. Nosotros no somos nada, Myrtil, sino en lo instantáneo de la vida; todo lo pasado muere en ella antes de que nazca lo futuro. ¡Los instantes! Tú comprenderás, Myrtil, qué fuerza tiene su presencia, pues cada instante de nuestra vida es esencialmente irreemplazable: debes saber a veces concentrarte en él únicamente. Si tú quisieras, si tú supieras, Myrtil, en ese instante, ya sin mujer ni hijos, te encontrarías solo ante Dios en la tierra. Pero te acuerdas de ellos y llevas contigo, como por temor a perderlos, todo tu pasado, todos tus amores, y todas las preocupaciones de la tierra. En cuanto a mí, todo mi amor me espera en todo instante y para una nueva sorpresa; lo conozco siempre y nunca lo reconozco. No sospechas, Myrtil, todas las formas que toma Dios; por contemplar a una demasiado y enamorarte de ella, te ciegas. La fijeza de tu adoración me apena; quisiera que fuese más difusa. Dios se halla detrás de todas tus puertas cerradas. Todas las formas de Dios son amables y todo es la forma de Dios."
. . .Una vez hecha efectiva mi fortuna, fleté ante todo un navio y llevé conmigo a la mar a tres amigos, tripulantes y cuatro grumetes. Me enamoré del menos hermoso de ellos. Pero hasta a la dulzura de sus caricias prefería la contemplación de las grandes olas. Entraba al anochecer en puertos fabulosos y los abandonaba antes de la aurora, después de haber buscado a veces el amor durante la noche. Conocí en Venecia a una cortesana extremadamente bella; la amé tres noches, pues con ella olvidé, tan bella era, las delicias de mis otros amores. Fue a ella a quien vendí o regalé mi navio.
Viví durante algunos meses en un palacio del lago de Como, donde se reunieron los músicos más gratos. Reuní allí también a mujeres hermosas, discretas y hábiles en hablar; y al anochecer conversábamos, mientras los músicos nos deleitaban; luego, descendiendo por las gradas de mármol cuyos últimos peldaños se empapaban, íbamos en las barcas errantes a adormecer nuestros amores al ritmo reposado de los remos. Había regresos adormecidos; la barca atracada se despertaba de pronto e Idoine, colgándose de mi brazo, volvía a subir las gradas, silenciosa.
Al año siguiente me hallaba en un inmenso parque de Vendée, no lejos de las playas. Tres poetas han cantado la acogida que les dispensé en mi residencia; hablaron también de los estanques con los peces y las plantas, de las avenidas de álamos, de las encinas aisladas y los bosquecillos de fresnos, de la bella disposición del parque. Cuando llegó el otoño hice derribar los árboles más grandes y me complugue en devastar mi residencia. No cabe describir el aspecto del parque por el que se perdía nuestra compañía numerosa, errando por las alamedas en que había dejado crecer la hierba. De un extremo al otro de las avenidas se oían los hachazos de los leñadores. Las ropas se enganchaban a las ramas atravesadas en los caminos. Fue espléndido el otoño explayado en los árboles tendidos. En ellos se asentaba tal magnificencia que durante mucho tiempo después ya no pude pensar en otra cosa, y en ello reconocí mi senectud.
Luego ocupé un chalet en los altos Alpes; un palacio blanco en Malta, cerca del bosque perfumado de Cita Vecchia, donde los limones tienen el agrio dulzor de las naranjas; una carretela errante en Dalmacia; y ahora ese jardín en la colina de Florencia, la que hace frente a Fíesole, donde os he reunido esta tarde.
No insistáis demasiado en que debo mi dicha a los acontecimientos; evidentemente me fueron propicios, pero no me valí de ellos. No creáis que mi dicha se haya hecho con la ayuda de riquezas; mi corazón sin lazo alguno en la tierra ha seguido siendo pobre, y yo moriré fácilmente. Mi dicha está hecha con fervor. A través de todas las- cosas, indistintamente, he adorado con locura.



II


La terraza monumental en que estábamos (llevaban a ella escaleras de caracol) dominaba toda la ciudad y parecía, sobre unos follajes profundos, una inmensa nave amarrada; a veces parecía avanzar hacia la ciudad. Aquel verano subí algunas veces al alto puente del navio imaginario para saborear, después del tumulto de las calles, el apaciguamiento contemplativo del crepúsculo. Todo rumor se extinguía al subir; parecía que fuesen olas que rompían allí. Seguían llegando en ondas majestuosas, subían y se ensanchaban contra los muros. Pero yo subía más arriba, allá adonde no llegaban las olas. En la terraza extrema ya no se oía más que el estremecimiento de las hojas y la llamada apasionada de la noche.
Verdes encinas y laureles inmensos, plantados en avenidas regulares, iban a terminar al borde del cielo, donde terminaba la terraza misma; sin embargo, balaustradas redondas avanzaban a veces, suspendidas y como si fueran balcones en el azul. Allí iba a sentarme y me embriagaba con mi pensamiento; allí creía navegar. Sobre las colinas sombrías que se alzaban al otro lado de la ciudad el cielo era del color del oro: ramajes ligeros, salidos de la terraza en que me hallaba, se inclinaban hacia el poniente espléndido o se lanzaban, casi sin hojas, hacia la noche. De la ciudad subía lo que parecía una humareda; era polvo iluminado que flotaba y se elevaba apenas por encima de los lugares en que brillaba más luz. Y a veces ascendía como espontáneamente, en el éxtasis de esa noche demasiado cálida, un cohete lanzado no se sabe de dónde, que se ahilaba, seguía como un grito en el espacio, vibraba, dada vueltas y volvía a caer deshecho al lugar de su nacimiento misterioso. Me gustan, sobre todo, aquellos cuyas chispas de oro pálido caen lentamente y se desparraman tan negligentemente que luego se cree, tan maravillosas son las estrellas, que también ellas nacen de esa súbita magia y uno se asombra al verlas permanecer después de las chispas... Luego, lentamente, se reconoce a cada una unida a su constelación, y el éxtasis se prolonga."Los acontecimientos -dijo Josefo- han dispuesto de mí de una manera que yo no he aprobado."
-¡Tanto peor! -replicó Menalcas-. Yo prefiero decirme que lo que no existe es lo que no podía existir.



III


Y esa noche cantaron a los frutos. Ante Menalcas, Alcides y algunos otros que se habían reunido, Hylas cantó la…

RONDA
DE LA GRANADAEn verdad, tres granos de granada
bastaron para que Proserpina recordase.
Buscaríais aún, durante largo tiempo,
la dicha imposible de las almas.
Goces de la carne y goces de los sentidos,
que otro, si le agrada, os condena,
amargos goces de la carne y de los sentidos
que él os condena - yo no me atrevo.
-En verdad, Didier, filósofo ferviente, yo te admiro
si la fe en tu pensamiento hace que a la alegría del espíritu
no creas ninguna otra preferible.

Mas no en todos los espíritus son posibles semejantes
amores.
Y, ciertamente, yo también os amo,
mortales estremecimientos de mi alma,
goces del corazón, goces del espíritu;
mas yo os canto a vosotros, placeres.
Goces de la carne, tiernos como la hierba,
deliciosos como las flores de los setos,
marchitas o segadas más rápidamente que las alfalfas de
los prados,
que las espireas desconsoladoras que se marchitan al
tocarlas.
La vista - el más desconsolador de los sentidos...
Cuanto no podemos tocar nos desconsuela;
el espíritu capta el pensamiento con más facilidad
que nuestra mano lo que codician nuestros ojos.
¡Oh!, que lo que puedes tocar sea lo que desees,
Natanael; no busques una posesión más completa.
Los goces más dulces de mis sentidos
han sido sedes satisfechas.
Es deliciosa ciertamente la bruma cuando aparece el sol
en las llanuras,
y delicioso el sol;
deliciosa para nuestros pies desnudos la húmeda tierra
y la arena mojada por el mar;
y deliciosa fue para bañarnos el agua de las fuentes;
para besar los labios desconocidos que tocaron mis labios
en la sombra;
pero de los frutos -de los frutos- ¿qué te diré, Natanael?
¡Oh! Que no los hayas conocido,
Natanael, es lo que me desespera.
Su pulpa era delicada y jugosa,
sabrosa cual carne que sangra,
roja como la sangre que mana de una herida.
Éstos, Natanael, no reclamaban ninguna sed particular;
los servían en canastillas de oro;
su sabor repugnaba al principio, pues era de una insipidez incomparable;
no evocaba el de ninguna fruta de nuestras tierras;
recordaba el sabor de las guayabas demasiado maduras,
y su carne parecía pasada;
y dejaba después aspereza en la boca;
sólo se la curaba comiendo un nuevo fruto,
apenas si su goce duraba solamente
el instante de saborear el jugo;
y ese instante parecía tanto más amable
cuanto después más nauseabunda se hacía la insipidez.
La canastilla quedó pronto vacía
y dejamos el último
antes que repartirlo.
¡Ay! Luego, Natanael, ¿quién dirá cuál fue
de nuestros labios la amarga quemadura?
No pudo lavarlos agua alguna.
El deseo de aquellos frutos nos atormentó hasta el alma.
Durante tres días los buscamos en los mercados;
la estación había terminado.
¿Dónde hay, Natanael, en nuestros viajes,
nuevas frutas que nos den otros deseos?

Hay frutas que comeremos en unas terrazas.
Frente a la mar y frente al sol poniente.
Las hay que confitan en hielo
azucarado, con un poco de licor dentro.

Hay frutas que se cogen de los árboles
de jardines reservados, rodeados de muros,
y se comen a la sombra en el verano.
Se colocarán mesitas;
a nuestro alrededor caerán las frutas
apenas agitemos las ramas
en que despertarán las moscas adormecidas.
Las frutas caídas serán recogidas en cuencos
y su solo perfume bastará para deleitarnos.
Hay frutas cuya corteza mancha los labios y sólo se comen
cuando se tiene mucha sed.
Nosotros las encontramos a lo largo de los caminos
arenosos;
brillaban a través del follaje espinoso
que desgarró nuestras manos cuando quisimos tomarlas;
y nuestra sed no quedó muy satisfecha con ellas.

Las hay con las que se hacían confituras
sólo con dejarlas secar al sol.
Las hay cuya carne sigue siendo segura a pesar del
invierno;
y el haberlas mordido nos produce dentera.
Hay frutas cuya carne parece siempre fría, incluso en el
verano.
Se comen encogidos en esteras
en el fondo de pequeñas tabernas.

Las hay cuyo recuerdo bien vale una sed
desde el momento en que ya es imposible hallarlas.

Natanael, ¿te hablaré de las granadas?
Las vendían por unos céntimos en aquella feria oriental,
sobre cañizos en que se habían desmoronado.
Se veían algunas que rodaban por el polvo
y que niños desnudos recogían.
Su jugo es algo agrio como el de las frambuesas no
maduras.
Su flor parece hecha con cera;
tiene el color de la fruta.

Tesoro guardado, tabiques de colmena,
abundancia de sabor,
arquitectura pentagonal.
La corteza se abre; los granos caen,
granos de sangre en copas de azul;
y otros, gotas de oro en platos de bronce esmaltado.

Ahora canta con el higo, Simiana,
pues sus amores están ocultos.

Yo canto al higo, dice ella,
cuyos bellos amores están ocultos.
Sus flores se hallan replegadas.
Cuarto cerrado donde se celebran bodas,
ningún perfume las delata afuera.
Como de él nada se evapora,
todo el perfume se me hace suculencia y sabor.
Flor sin belleza; fruto de delicias;
fruto que no es sino su flor madura.

He cantado al higo, dice ella
canta ahora todas las flores.

-Ciertamente, dice Hylas, no hemos cantado todos los frutos.
Don del poeta: el de sentirse conmovido por las ciruelas.
(La flor no vale para mí sino como una promesa de fruto.)
No has hablado de la ciruela.

Y la acida ciruela silvestre de los setos
que endulza la nieve fría.
El níspero que sólo se come podrido;
y la castaña de color de hojas muertas
que se hace reventar junto al fuego.

-Me acuerdo de las mirtilas de las montañas qué cogí un día de mucho frío en la nieve.
-A mí no me gusta la nieve -dice Lotario-; es una materia enteramente mística y que aún no se ha decidido por la tierra. Odio su insólita blancura en la que el paisaje se detiene. Es fría y se niega a la vida; sé que ella la cubre y la protege, pero la vida sólo renace bajo ella fundiéndola. La quiero, pues, gris y sucia, semifundida y casi convertida en agua para las plantas.
-No hables así de la nieve, pues también puede ser bella -dice Ulrich-. No es triste y dolorosa sino allí donde puede fundirla un amor excesivo; y tú, que prefieres el amor, la prefieres medio fundida. Es bella donde triunfa.
-No diremos eso nosotros -dice Hylas-. Y cuando yo digo tanto mejor, no tienes por qué decir tanto peor.
Y esa noche cada uno de nosotros cantó, bajo la forma de baladas, Melibea la…
-BALADA
DE LOS AMANTES MÁS CÉLEBRES

¡Zuleika! Por ti dejé de beber
el vino que me escanciaba el copero.
Por ti, siendo Boabdil, en Granada
regué los laureles rosados del Generalife.
Yo fui Solimán cuando tú, Balkis, viniste de las provincias del Sur para proponerme enigmas.
Tamar, yo fui Ammon, tu padre, que murió por no poder poseerte.
Bethsabé, cuando, siguiendo a una paloma de oro hasta la terraza más alta de mi palacio, te vi bajar desnuda, dispuesta para el baño, yo fui David que hizo matarse por mí a tu esposo.
Yo canté para ti, Sulamita, tales cantos que se los cree casi religiosos.
Fornarina, yo soy quien gritó de amor en tus brazos.
Zobeida, soy el esclavo que encontraste una mañana en la calle que daba a la plaza pública; llevaba en mi cabeza una cesta vacía y tú me la hiciste llenar, siguiéndote, de toronjas, de limones, de cohombros, de variadas especias y de diversas golosinas; luego, como te agradé y me quejé de mi fatiga, quisiste conservarme por la noche junto a. tus dos hermanas y a los tres kalendar hijos de rey. Y nos ocupamos por turno en escuchar a los demás, contando cada uno su historia. Cuando llegó mi turno, dije: Antes de haberte encontrado, Zobeida, mi vida carecía de historia; ¿cómo puedo tener ahora una? ¿No eres toda mi vida? -Y al decir esto el portador se atracaba de frutas. (Recuerdo que, siendo muy niño, soñaba con dulces secos, de los que tanto se habla en las Mil y Una Noches. Los he comido luego con esencia de rosas, y un amigo me ha hablado de las que hacen con letchis.)

Ariadna, yo soy el pasajero Teseo
que te abandono a Baco
para poder continuar mi camino.
Eurídice, hermosa mía, soy para ti Orfeo
que con una mirada te repudia en los infiernos,
molesto porque me sigues.

Luego Mopso cantó la…

BALADA
DE LOS BIENES RAÍCES

Cuando el río comenzó a crecer
hubo quienes se refugiaron en la montaña;
y otros que se dijeron: el limo abonará nuestros campos;
y otros que se dijeron: es la ruina;
otros no se dijeron nada absolutamente.

Cuando el río hubo crecido mucho
había lugares en que todavía se veían árboles,
otros en los que se veían techos de casas,
campanarios, paredes y más lejos colinas;
en otros no se veia ya nada absolutamente.

Había campesinos que hicieron que sus rebaños subieran a las colinas;
y otros que condujeron a un barco a sus hijitos;
hubo otros que llevaron allá su joyería,
comestibles, papeles escritos y todo lo de plata que podía flotar
y quienes no llevaron nada absolutamente.

Quienes habían huido en barcas arrastradas,
despertaron en tierras que desconocían por completo.
Hubo quienes se despertaron en América,
otros en China, y otros en las riberas del Perú.
Hubo quienes no se despertaron.

Luego Guzmán cantó la…

RONDA
DÉ LAS ENFERMEDADES

de la que no transcribiré sino el final:

... En Damieta enfermé de calentura.
En Singapur vi a mi cuerpo adornarse con eflorescencias
blancas y malvas.
En la Tierra del Fuego se me cayeron todos los dientes.
En el Congo un caimán me comió un pie.
En las Indias enfermé de una languidez,
que me dejó la piel admirablemente verde y como transparente;
mis ojos parecían sentimentalmente agrandados.

Vivía en una ciudad luminosa; todas las noches se cometían en ella todos los crímenes y, sin embargo, no lejos del puerto, seguían flotando galeras que no se lograba llenar. Una mañana partí en una de ellas, pues el gobernador de la ciudad había puesto a mi capricho la fuerza de cuarenta remeros. Durante cuatro días y tres noches navegamos; ellos emplearon para mí sus fuerzas admirables. Esa fatiga monótona adormecía su vigor turbulento; se cansaban de remover sin fin el agua de las olas; se hacían más hermosos, soñadores, y sus recuerdos del pasado se iban por la mar inmensa. Y al anochecer entramos en una ciudad surcada por canales, una ciudad color de oro o de ceniza que se llamaba Amsterdam o Venecia, según fuese castaña o dorada.



IV


Al anochecer, en los jardines situados al pie de la colina de Fiésole, a mitad de camino entre Florencia y Fiésole, en esos mismos jardines donde, en la época de Boccaccio, cantaban Panfilo y Fiametta -una vez terminado el día excesivamente luminoso- en la noche nada tenebrosa, se hallaban reunidos Simiana, Títiro, Menalcas, Natanael, Helena, Alcides y algunos otros.
Después de una semicomida de golosinas que el mucho calor nos había permitido tomar en la terraza, habíamos bajado a las alamedas, y entonces, después de las músicas, vagábamos bajo los laureles y los robles, esperando la hora de tendernos sobre la hierba, junto a los manantiales que escondía un bosquecillo de encinas, y descansar largo tiempo de la fatiga del día.
Yo iba de grupo en grupo y no oía sino palabras sin orden, aunque todos hablaban del amor.
-Toda voluptuosidad -decía Elifas- es buena y debe ser gustada.
-Pero no todas por todos -decía Tíbulo-; hay que elegir.
Más lejos les contaba Terencio a Fedro y a Bachir;
-Yo quería a una niña de raza kabileña, de piel negra y una carne perfecta, apenas madura. Conservaba en la voluptuosidad más traviesa y ya más reincidente una gravedad desconcertante. Era el fastidio de mis días y las delicias de mis noches.
Y Simiana con Hylas:
-Es un pequeño fruto que exige ser comido con frecuencia.
Hylas cantaba:
Hay pequeños placeres que han sido para nosotros como son, al borde de los caminos, esos pequeños frutos de saqueo, agrios, y que se hubiesen querido más azucarados.

Estábamos sentados en la hierba, junto a los manantiales: ... un canto de pájaro nocturno me ocupó durante un instante más que sus palabras; cuando volví a escuchar, Hylas decía:
... Y cada uno de mis sentidos ha tenido sus deseos. Cuando quise volver a entrar en mí, encontré a mis criados y criadas sentados a mi mesa; ya no tuve ni el más pequeño espacio en que sentarme. El lugar de honor se hallaba ocupado por la Sed; otras sedes le disputaban el buen puesto. Toda la mesa se mostraba pendenciera, pero se entendían contra mí. Cuando quise acercarme a la mesa, todos se levantaron contra mí, ya borrachos; me arrojaron de mi casa, me arrastraron afuera y volví a salir para ir a cogerles racimos de uvas.
¡Deseo! Bellos deseos, os llevaré racimos aplastados; llenaré nuevamente vuestras enormes copas; pero dejadme entrar en mi casa -y que pueda otra vez, cuando durmáis borrachos, coronarme con púrpura y con hiedra-, y cubrir la inquietud de mi frente bajo una corona de hiedra.
La embriaguez se apoderaba de mí y ya no podía escuchar bien; a veces, cuando el canto del pájaro callaba, la noche parecía hacerse silenciosa como si yo hubiese sido el único en contemplarla; a veces me parecía oír en todas partes voces saltarinas que se mezclaban con las de nuestra numerosa compañía:
Nosotras también, nosotras también -decían- hemos conocido los lamentables tedios de nuestras almas. Los deseos no nos dejan trabajar tranquilamente.

-...Todos mis deseos sintieron sed este verano.
Parecía que hubiesen atravesado desiertos.
Y yo me negué a darles de beber,
tan enfermos estaban por haber bebido.

(Habla racimos en los que dormía el olvido; otros en los que comían las abejas y otros en los que el sol parecía detenerse.)

Un deseo se posa todas las noches en la cabecera de mi cama.
Lo vuelvo a encontrar en ella a cada aurora.
Me ha velado toda la noche.
He andado; he querido abandonar a mi deseo;
No he podido fatigar sino mi cuerpo.

Ahora canta Cleodalisa la…


RONDA
DE TODOS MIS DESEOS

Yo no sé lo que pude soñar esta noche.
Al despertar todos mis deseos tenían sed.
Se diría que mientras dormía hubiesen atravesado
desiertos.

Entre el deseo y el tedio
nuestra inquietud vacila.

¡Deseos! ¿Nunca vais a cansaros?
¡Oh, oh, oh, oh, este pequeño deleite pasajero! -¡y qué en seguida habrá pasado!
¡Ay! ¡Ay! Yo sé cómo prolongar mi sufrimiento; pero no sé cómo dominar mi placer.

Entre el deseo y el tedio
nuestra inquietud vacila.

Y la humanidad entera me pareció como un enfermo que se revuelve en su lecho para poder dormir, que busca el descanso y ni siquiera encuentra el sueño.

Nuestros deseos han atravesado ya muchos mundos;
jamás se han saciado.
Y la naturaleza entera se atormenta
entre la sed de reposo y la sed de placer.
Hemos gritado de angustia
en las viviendas desiertas.

Hemos subido a torres
desde las que solamente se veía la noche,

Perras, hemos aullado de dolor
a lo largo de ribazos desecados;

Leonas, hemos rugido en el Aurés; y hemos ramoneado, camellas, el fuco gris de las albuferas, y hemos chupado el jugo de los tallos huecos, pues el agua no abunda en el desierto.

Hemos atravesado, golondrinas,
inmensos mares sin alimento;
Langostas, para alimentarnos hemos tenido que devastarlo todo.

Algas, nos han sacudido las tempestades;
Copos, hemos sido llevados por los vientos.

¡Oh! Para un reposo inmenso deseo la muerte saludable; y que por fin mi deseo extenuado no pueda ya producir nuevas metempsícosis. ¡Deseo!, te he arrastrado por los caminos; te he afligido en los campos; te he saciado en las grandes ciudades; te he saciado sin apagarte la sed; te he bañado en las noches llenas de luna; te he paseado por todas partes; te he mecido en las olas; he querido dormirte sobre las aguas... ¡Deseo! ¡Deseo! ¿Qué podría hacerte? ¿Qué quieres? ¿Nunca vas a cansarte?

La luna apareció entre las ramas de los robles, monótona, pero tan bella como las otras veces. Ahora conversaban en grupos y yo solamente oía algunas frases dispersas. Me pareció que cada uno de ellos hablaba a todos los demás del amor y sin preocuparse de si algún otro le escuchaba.
Luego las conversaciones se deshicieron, y, al desaparecer la luna tras las ramas más espesas de los robles, se quedaron acostados los unos junto a los otros, en las hojas, escuchando, sin comprenderlos ya, a los habladores o las habladoras retardados, pero cuyas voces más discretas no llegaron al poco tiempo a nosotros sino mezcladas con el cuchicheo del arroyo sobre los musgos.
Simiana se levantó entonces y se hizo una corona de hiedra, y yo sentí el olor de las hojas desgarradas. Helena se soltó los cabellos, que cayeron sobre su vestido, y Raquel fue a recoger musgo húmedo para mojar con él sus ojos y prepararlos para el sueño.
La claridad misma de la luna desapareció. Yo me quedé tendido, profundamente encantado y embriagado hasta la tristeza. No hablé del amor. Esperé a la mañana para partir y correr al azar de los caminos. Desde hacía ya mucho tiempo dormitaba mi cabeza cansada. Dormí durante algunas horas; y partí al salir el alba.


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