Libro primero

Mi perezosa dicha, que dormitó
Largo tiempo, se despierta...
HAFIZ.



No desees, Natanael, encontrar a Dios en otra parte que en todas.
Todas las criaturas indican a Dios, ninguna lo revela.
Desde el instante en que nuestra mirada se detiene en ellas, todas las criaturas nos apartan de Dios.
En tanto que otros dan y publican o trabajan, yo pasé tres años de viaje, olvidando, por el contrario, todo lo que había, aprendido con la cabeza. Este olvido fue lento y difícil; pero me fue más útil que todas las enseñanzas impuestas por los hombres, y verdaderamente el comienzo de una educación.
Nunca sabrás los esfuerzos que hemos tenido que hacer para interesarnos por la vida; pero ahora que ella nos interesa, será como todas las cosas: apasionadamente.
Yo castigaba alegremente a mi carne, experimentando más deleite en el castigo que en la falta -tanto me embriagaba el orgullo de no pecar simplemente-.
Suprimir en uno mismo la idea de mérito; hay en ello un gran tropiezo para el espíritu.
... La incertidumbre de nuestros caminos nos atormentó toda la vida. ¿Qué podría decirte yo? Toda elección es espantosa cuando se piensa en ella: es espantosa una libertad a la que no guía un deber. Es una ruta que hay que elegir en un país desconocido por todas partes, en el que cada uno hace su descubrimiento y, obsérvalo bien, no lo hace sino para sí mismo; de modo que la huella más incierta en el África más ignorada es menos dudosa todavía. .. Florestas umbrosas nos atraen; espejismos de fuentes todavía no agotadas... Pero más bien estarán las fuentes en donde las hagan fluir nuestros deseos; pues el país no existe sino a medida que lo forma nuestra proximidad, y el paisaje de alrededor se va disponiendo poco a poco delante de nosotros; y nosotros no vemos el extremo del horizonte; y hasta cerca de nosotros no hay sino una sucesiva y modificable apariencia.
¿Mas por qué comparaciones en un asunto tan grave? Todos nos creemos en el deber de descubrir a Dios. Pero aunque esperamos encontrarlo no sabemos, ¡ay!, adonde debemos dirigir nuestras plegarias. Luego se dice, en fin, que se halla en todas partes, no importa dónde, el Inhallable, y nos arrodillamos al azar.
Y tú serás, Natanael, semejante a quien siguiera para guiarse una luz que tendría él mismo en su mano.
Adondequiera que vayas no puedes encontrar sino a Dios. Dios, decía Menalcas, es lo que está ante nosotros.
Natanael, lo mirarás todo al pasar y no te detendrás en parte alguna. Dite a ti mismo con razón que solamente Dios no es provisional.
Que la importancia esté en tu mirada, no en la cosa contemplada.
Todo lo que guardes en ti de conocimientos distintos seguirá siendo distinto de ti hasta la consumación de los siglos. ¿Por qué le atribuyes tanto precio?
Hay provecho en los deseos, y provecho en la saciedad de los deseos, puesto que aumentan con ella. Pues, te lo digo en verdad, Natanael, cada deseo me ha enriquecido más que la posesión siempre falsa del objeto mismo de mi deseo.
Me he consumido de amor, Natanael, por muchas cosas deliciosas. Su esplendor procedía de que yo ardía sin cesar por ellas. No podía casarme. Todo fervor causaba un desgaste de mi amor, un desgaste delicioso.
Hereje entre los herejes, siempre me atrajeron las opiniones descartadas, los extremados rodeos de los pensamientos, las divergencias. Cada espíritu sólo me interesaba por lo que hacía diferir de los otros. Llegué a desterrar de mí la simpatía, no viendo en ella sino el reconocimiento de una emoción común.
De ningún modo la simpatía, Natanael, sino el amor.
Obrar sin juzgar si la acción es buena o mala. Amar sin preocuparse de si se ama el bien o el mal.
Natanael, yo te enseñaré el fervor.
Una existencia patética, Natanael, más bien que la tranquilidad. No deseo otro descanso que el del sueño de la muerte. Temo que para sobrevivirla me atormenten todo deseo, toda energía que no haya satisfecho durante mi vida. Espero, después de haber expresado en esta tierra todo lo que aguardaba de mí, satisfecho, morir completamente desesperado.
De ningún modo la simpatía, Natanael, sino el amor. ¿Tú comprendes, verdad, que no es lo mismo? Por temor a una pérdida de amor he podido a veces simpatizar con tristezas, fastidios y dolores que si no apenas habría soportado. Deja que cada uno cuide de su vida.
(No puedo escribir hoy porque una rueda da vueltas en el hórreo. La vi ayer, batía colza. La cascara volaba; el grano caía al suelo. El polvo sofocaba. Una mujer daba vueltas a la muela. Dos apuestos muchachos, con los pies desnudos, recogían el grano.
Lloro porque no tengo más que decir.
Sé que no se comienza a escribir cuando no se tiene más que decir que eso. Pero, no obstante, he escrito y seguiré escribiendo otras cosas sobre el mismo tema.)

Natanael, me gustaría darte una alegría que no te hubiese dado todavía ningún otro. No sé cómo dártela y, no obstante, poseo esa alegría. Quisiera dirigirme a ti más íntimamente que como lo ha hecho todavía ningún otro. Quisiera llegar a esa hora de la noche en que sucesivamente habrás abierto y luego cerrado muchos libros, buscando en cada uno de ellos más de lo que te haya revelado; hora en la que esperas todavía; en la que tu fervor va a convertirse en tristeza por no sentirse sostenido. Sólo escribo para ti; sólo escribo para esas horas. Quisiera escribir un libro del que te pareciera ausente todo pensamiento, toda emoción personal, en el que no creyeras ver sino la proyección de tu propio fervor. Quisiera acercarme a ti y que me ames.
La melancolía no es sino fervor recaído.
Todo ser es capaz de desnudez; toda emoción, de plenitud.
Mis emociones se han abierto como una religión. Tal vez comprendas esto: toda sensación es de una presencia infinita.
Natanael, te enseñaré el fervor.
Nuestros actos se ligan a nosotros como su fulgor al fósforo. Nos consumen, es cierto, pero nos dan nuestro esplendor.
Y si nuestra alma ha valido algo es porque se ha quemado más ardientemente que otras.
Yo os he visto, grandes campos bañados con la blancura del alba; lagos azules, yo me he bañado en vuestras olas y que cada caricia del aire riente me haya hecho sonreír es lo que no me cansaré de repetirte, Natanael. Te enseñaré el fervor.
Si yo hubiese sabido cosas más bellas son ésas las que te habría dicho; ésas, por cierto, y no otras.
No me has enseñado la sabiduría, Menalcas. De ningún modo la sabiduría, sino el amor.

Menalcas es peligroso; témelo; se hace reprobar por los sabios, pero no se hace temer por los niños. Les enseña a no amar ya únicamente a su familia y a abandonarla lentamente; enferma a su corazón con un deseo de agrios frutos salvajes y lo inquieta con un amor extraño. ¡Ah, Menalcas!, contigo habría querido seguir recorriendo otros caminos. Pero tú odiabas la debilidad y pretendías enseñarme a abandonarte.
Hay extrañas posibilidades en cada hombre. El presente estaría lleno con todos los porvenires si el pasado no proyectase ya en él una historia. Pero ¡ay! un pasado único propone un único porvenir, lo proyecta ante nosotros, como un puente infinito en el espacio.
No se está seguro de no hacer nunca sino lo que se es incapaz de comprender. Comprender es sentirse capaz de hacer. Asumir la mayor cantidad posible de humanidad: ésa es la buena fórmula.
Formas diversas de la vida: todas me parecisteis bellas, (Esto que te digo es lo que me decía Menalcas.)
Espero haber conocido todas las pasiones y todos los vicios; por lo menos los he favorecido. Todo mi ser se ha precipitado hacia todas las creencias; y estaba tan loco ciertas tardes que casi creía en mi alma, tan cerca de escapar de mi cuerpo la sentía - me decía también Menalcas.
Y nuestra vida habría estado ante nosotros como ese vaso lleno de agua helada, ese vaso húmedo que sostienen las manos de un calenturiento que quiere beber, y que lo bebe de un trago, sabiendo muy bien que debería esperar, pero sin poder rechazar ese vaso delicioso para sus labios, tan fresca es esa agua, de tal modo le pone sediento el ardor de la fiebre.
Yo sentí por Menalcas más que amistad, Natanael, y apenas menos que amor. Lo amé también como a un hermano.







II



¡Ah, cómo he respirado, así, el aire frío de la noche!, ¡ah, ventanas!, y de tal modo los pálidos rayos fluían de la luna, como fuentes a causa de las nieblas, que me parecía beberlos. ¡Ah, ventanas!, cuántas veces mi frente ha sido a ido a refrescarse en vuestros vidrios, y cuántas veces mis deseos, cuando corría de mi lecho demasiado ardiente a mi balcón, para ver el inmenso cielo tranquilo, se han evaporado como brumas.
Fiebres de los días pasados: erais para mi carne un desgaste mortal; ¡pero cómo se agota el alma cuando nada la distrae de Dios!
La firmeza de mi adoración era espantosa; yo me aturdía en ella enteramente.
Buscarás todavía largo tiempo, me dijo Menalcas, la dicha imposible de las almas...
Una vez pasados los primeros días de éxtasis dudoso -pero antes de haber encontrado a Menalcas- hubo un período inquieto de espera y como una travesía de pantano. Zozobraba en las postraciones del sueño, de las que no me curaba el dormir. Me acostaba después de la comida; dormía, me despertaba más cansado todavía, con el espíritu embotado como por una metamorfosis.
Oscuras operaciones del ser; trabajo lento, génesis de lo desconocido, partos laboriosos; somnolencias, esperas; yo dormía como las crisálidas y las ninfas; dejaba formarse en mí al nuevo ser que sería y que ya no se me parecía. Toda luz me llegaba como a través de capas de aguas verdes, a través de hojas y ramajes; percepciones confusas, indolentes, análogas a las de las embriagueces y los grandes aturdimientos, ¡Ah, que venga por fin, suplicaba, la crisis aguda, la enfermedad, el dolor vivo! Y mi cerebro se comparaba a los cielos de tempestades, con pesadas nubes amontonadas, en las que apenas se respira, en las que todo espera al relámpago para desgarrar a esos odres fuliginosos, llenos de humor, que ocultan el azul.
¿Cuánto duraréis, esperas? Y una ver terminadas, ¿nos quedará de qué vivir? -¡Esperas! ¿Esperas de qué?, gritaba. ¿Qué podía sobrevenir que no naciese de nosotros mismos? ¿Y qué podía nacer de nosotros mismos que no conociésemos ya?El nacimiento de Abel, mis desposorios, la muerte de Eric, el trastorno de mi vida, lejos de poner fin a esa apatía, parecían volver a zambullirme más en ella, hasta tal punto parecía que ese embotamiento procedía de la complejidad misma de mis pensamientos, y de mis voluntades indecisas. Habría querido dormir, infinitamente, en la humedad de la tierra, como una vegetación. A veces me decía que el deleite saldría al cabo de mi pena, y buscaba en el agotamiento de la carne una liberación del espíritu. Luego volvía a dormir largas horas, como los niños a los que se acuesta a mediodía, amodorrados por el calor, en la casa viviente.
Después me despertaba a gran distancia, sudando, con el pecho agitado y la cabeza somnolienta. La luz que se filtraba por abajo, entre las hendiduras de los postigos cerrados, y enviaba al techo blanco los reflejos verdes del césped, esa claridad del crepúsculo era para mí la única cosa deliciosa, semejante a la claridad que parece dulce y encantadora cuando llega entre las hojas y las aguas, y que tiembla en el umbral de las grutas, después de que durante largo tiempo os habéis envuelto en sus tinieblas.
Los ruidos de la casa llegaban vagamente. Yo renacía lentamente a la vida. Me lavaba con agua tibia e iba lleno de tedio hacia la llanura, hasta el banco del jardín en que esperaba la llegada de la noche sin hacer nada. Para hablar, para escuchar, para escribir, me hallaba perpetuamente fatigado, Leía:

".. .Él ve ante sí
los caminos desiertos.
Los pájaros marinos que se bañan
extendiendo sus alas...
Tengo que vivir aquí...
...Me obligan a quedarme
bajo los follajes del bosque,
bajo la encina, en esta caverna subterránea.
Fría es esta casa de tierra;
estoy cansado de ella.
Oscuros son los valles
y altas las colinas,
triste cerro de ramas,
cubiertos de espinos,
morada sin alegría" .

El sentimiento de una plenitud de vida, posible, pero aún no obtenida, se dejaba entrever a veces, y luego reaparecía, cada vez más obsesionante. ¡Ah, que se abra por fin un espacio de luz, clamaba yo, que estalle en medio de estas perpetuas represalias!
Parecía que todo mi ser tuviera como una inmensa necesidad de fortificarse en lo nuevo. Esperaba una segunda pubertad. ¡Ah!, rehacer para mis ojos una visión nueva, lavarlos de la suciedad de los libros, hacerlos más semejantes al azul que contemplaban -ahora completamente aclarado por las recientes lluvias...
Caí enfermo; viajé, encontré a Menalcas, y mi convalecencia maravillosa fue una palingenesia. Renací con un ser nuevo, bajo un cielo nuevo y entre cosas completamente renovadas.



III

Natanael, te hablaré de las esperas. He visto esperar a la llanura durante el estío, esperar un poco de lluvia. El polvo de los caminos se había hecho demasiado liviano y cada soplo lo levantaba. No era ya ni siquiera un deseo; era una aprensión. La tierra se rajaba de sequedad como para recibir más agua. Los perfumes de las flores de la estepa se hacían casi intolerables. Bajo el sol todo desfallecía, íbamos todas las tardes a descansar bajo la terraza, un poco al resguardo del extraordinario resplandor del sol. Era la época en que los árboles coniferos, cargados de polen, agitan fácilmente sus ramas para esparcir a lo lejos su fecundación. El cielo estaba tormentoso y toda la naturaleza esperaba. El instante era de una solemnidad demasiado agobiante, pues todos los pájaros callaban. Ascendía de la tierra un soplo tan ardiente que se sentía cómo todo desfallecía; el polen de las coniferas salía de las ramas como un humo de oro. Luego empezó a llover.
He visto al cielo estremecerse a la espera del alba. Las estrellas palidecían una a una. Los prados se hallaban inundados de rocío; el aire no tenía sino caricias glaciales. Pareció durante algún tiempo que la vida indistinta quería demorarse en el sueño, y mi cabeza todavía cansada se llenaba de embotamiento. Subí hasta el linde del bosque; me senté; cada animal reanudó su trabajo y su alegría en la certidumbre de que iba a llegar el día, y el misterio de la vida comenzó de nuevo a propalarse por cada escotadura de las hojas. Luego llegó el día.
He visto también otras auroras. He visto la espera de la noche...
Natanael, que cada espera, en ti, no sea ni siquiera un deseo, sino sencillamente una disposición para la acogida. Espera todo lo que viene a ti; pero no desees sino lo que viene a ti. No desees sino lo que tienes. Comprende que en cada instante del día puedes poseer a Dios en su totalidad. Que tu deseo sea de amor, y que tu posesión sea amorosa. ¿Pues qué es un deseo que no es eficaz?
¡Cómo, Natanael, posees a Dios y no te habías dado cuenta de ello! Poseer a Dios es verlo; pero no se le mira. Y tú, Balaham, ¿no has visto a Dios a la vuelta de algún sendero, al detenerse tu asno ante Él? Porque te lo imaginabas de otro modo.
Natanael, sólo a Dios no se puede esperar. Esperar a Dios, Natanael, es no comprender que lo posees ya. No distingas a Dios de la dicha y pon toda tu dicha en el instante.
He llevado todo mi bien en mí, como las mujeres del pálido Oriente llevan consigo su fortuna completa. En cada pequeño instante de mi vida he podido sentir en mí la totalidad de mi fortuna. Estaba formada, no por la suma de muchas cosas particulares, sino por mi única adoración. He tenido constantemente toda mi fortuna a mi completa disposición.
Contempla el atardecer como si el día debiera morir en él; y la mañana como si en ella nacieran todas las cosas. Que tu visión sea nueva en todos los instantes. El sabio es el que se asombra de todo.
Toda tu fatiga cerebral proviene, Natanael, de la diversidad de tus bienes. Ni siquiera sabes cuál prefieres entre todos y no comprendes que el único bien es la vida. El más pequeño instante de vida es más fuerte que la muerte, y la niega. La muerte no es sino el permiso de otras vidas, para que todo sea renovado sin cesar; a fin de que ninguna forma de vida detenga eso más tiempo del que necesita para ser nombrado. Dichoso el instante en que resuena tu palabra; Durante todo el resto del tiempo, escucha; pero cuando hables no escuches.
Es necesario, Natanael, que quemes en ti todos los libros.

RONDA
PARA ADORAR LO QUE HE QUEMADO

Hay libros que se leen sentado en una tablilla
ante un pupitre de escolar.
Hay libros que se leen caminando
(también a causa de su tamaño);
unos son para los bosques, otros para otros campos,
Et nobiscum rusticantur, dice Cicerón.
Los hay que leo en diligencia;
Otros acostado en el fondo de los trojes de heno.
Los hay para hacer creer que se tiene un alma;
otros para desesperarla.
Hay algunos en los que se demuestra la existencia de
Dios, otros en los que no se puede llegar a ello.

Hay libros que no se admitirían
sino en las bibliotecas particulares.
Los hay que han sido elogiados
por muchos críticos autorizados.
Hay libros en los que no se trata sino dé apicultura
y que algunos encuentran algo especializados;
otros en los que se trata de tal modo de la naturaleza
que luego no merece la pena pasearse.

Hay libros que desprecian los hombres sabios,
pero que excitan a los niños.

Los hay que se llaman antologías
y en los que se ha puesto todo lo mejor que se ha dicho
sobre no importa qué.
Los hay que desearían haceros amar la vida;
otros después de escribir los cuales el autor se ha
suicidado.
Los hay que son queridos como hermanos
y recogen lo que han sembrado.
Los hay que, cuando se los lee, parecen resplandecer,
llenos de éxtasis, deliciosos de humildad.
Los hay que son queridos como hermanos
más puros que nosotros y que han vivido mejor.
Los hay en extraordinarios caracteres
y que no se comprenden ni siquiera cuando se los ha
estudiado mucho.

Natanael, ¡cuándo habremos quemado todos los libros!

Los hay que no valen cinco centavos,
y otros que valen precios considerables.
Los hay que hablan de reyes y de reinas,
y otros, de personas muy pobres.
Los hay con palabras más dulces
que el rumor de las hojas al mediodía.
Hay un libro que comió Juan en Patmos,
como una rata; yo prefiero las frambuesas.
Eso le llenó de amargura las entrañas
y luego tuvo muchas visiones.

Natanael, ¡cuándo habremos quemado todos los libros!
No me basta con leer que las arenas de las playas son suaves; quiero que mis pies desnudos lo sientan... Me es inútil todo conocimiento que no haya sido precedido de una sensación.
Nunca he visto nada suavemente bello en este mundo sin desear en seguida que toda mi ternura lo toque. Amorosa belleza de la tierra: el desfloramiento de tu superficie es maravilloso. ¡Oh paisaje en que se ha hundido mi deseo! Región abierta en que mi rebusca se pasea; avenida de papiros que se cierra sobre el agua; cañas curvadas sobre la ribera; aberturas de los claros; aparición de la llanura en la apertura de los ramajes, de la promesa ilimitada. Me he paseado por los pasillos de rocas o de plantas. He visto desarrollarse primaveras.

VOLUBILIDAD DE LOS FENÓMENOS

Desde ese día, cada instante de mi vida adquirió para mí el sabor de novedad, de un don absolutamente inefable. Así viví en una casi perpetua estupefacción apasionada. Llegué muy pronto a la embriaguez y gocé en caminar con una especie de aturdimiento.
Es cierto que he querido besar toda la risa que he encontrado en los labios; que he querido beber toda la sangre que he encontrado en las mejillas, las lágrimas que he encontrado en los ojos; que he querido morder la pulpa de todos los frutos que han tendido hacia mí las ramas. En cada posada me saludaba un hambre; en cada fuente me esperaba una sed -una sed, ante cada una, particular-; y habría querido otras palabras para marcar mis otros deseos
de marcha, donde se abría un camino;
de descanso, donde la sombra invitaba;
de nado, al borde de aguas profundas;
de amor o de sueño al borde de cada lecho.

He puesto audazmente mi mano sobre cada cosa y me he creído con derecho a cada objeto de mis deseos. (Y, por otra parte, lo que anhelamos, Natanael, no es tanto la posesión como el amor.) ¡Ah, que ante mí todo se irise, que toda belleza se revista y se matice con mi amor!


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