Libro quinto



I


Lluviosa tierra de Normandía; campo domesticado...

Tú decías: nos poseeremos en la primavera, bajo tales ramas que conozco; tal lugar cubierto y lleno de musgos; será tal hora del día; será tal la dulzura del aire, y cantará el mismo pájaro que cantaba allí el año pasado. Pero la primavera llegó tarde este año; el aire demasiado fresco propuso un placer diferente.
El estío fue lánguido y tibio, pero contabas con una mujer que no vino. Y decías: este otoño por lo menos compensará mis cálculos erróneos y consolará mis fastidios. Ella no vendrá, supongo, pero al menos enrojecerán los grandes bosques. En ciertos días todavía suaves iré a sentarme al borde del estanque, donde el año pasado cayeron tantas hojas muertas. Esperaré la llegada de la noche. .. Otras noches bajaré a las orillas, donde descansarán los postreros rayos solares. Pero el otoño fue lluvioso este año; los bosques podridos apenas se coloreaban, y tú no pudiste ir a sentarte a la orilla del estanque desbordado.
Este año estuve constantemente dedicado a las tierras. Presencié la labranza y las cosechas. Pude ver avanzar el otoño. La estación era incomparablemente tibia, más lluviosa. Hacia el fin de septiembre una tempestad espantosa, que no dejó de soplar durante doce horas, secó los árboles por un solo lado. Poco tiempo después las hojas que habían quedado al abrigo del viento se doraron. Yo vivía tan lejos de los hombres que eso me pareció tan digno de ser contado como no importa qué acontecimiento.
Hay días y más días. Hay mañanas y tardes.
Hay mañanas en las que uno se levanta antes del alba, completamente embotado. ¡Oh gris mañana de otoño!, en la que el alma despierta sin haber reposado, tan cansada y de una tan ardiente velada que anhela seguir durmiendo y supura el sabor de la muerte. Mañana abandonaré este campo que tirita; la hierba está llena de escarcha. Yo sé, como los perros que en sus escondrijos de tierra han escondido pan y huesos para su hambre, yo sé dónde puedo encontrar tales voluptuosidades reservadas. Sé que hay en el hueco recodo del arroyo un poco de aire tibio; sobre la barrera del bosque un tilo de oro todavía no despojado; una sonrisa y una caricia al niño de la fragua, cuando se dirige a su escuela; más lejos el olor de una abundancia de hojas caídas; una mujer a la que puedo sonreír: junto a la choza, un beso a su hijito; el ruido de los martillos de la fragua, que en el otoño se oye desde muy lejos... ¿Es eso todo? -¡Ah, durmamos! -es demasiado poco y estoy demasiado cansado de esperar...
Separaciones horribles a la semiclaridad de antes del alba. Tiritar del alma y de la carne. Vértigo. Se busca lo que todavía podría llevarse. ¿Qué te gusta tanto en las marchas, Menalcas? Él respondió: El gusto anticipado de la muerte.
No, ciertamente no es tanto ver otra cosa como separarme de todo lo que no me es indispensable. ¡Ah, de cuántas cosas, Natanael, se habría podido prescindir todavía! Almas nunca suficientemente desnudas para llenarse por fin suficientemente de amor, de amor, de espera y de esperanza, que son nuestras únicas verdaderas posesiones.
¡Ah, todos los lugares en los que se habría podido vivir igualmente bien! Lugares en que abundaría la dicha. Granjas laboriosas; trabajos inestimables de los campos; fatiga; inmensa serenidad del sueño.
¡Partamos! Y no nos detengamos sino no importa dónde...





II


EL VIAJE EN DILIGENCIA

Me he quitado mis ropas de la ciudad que me obligan a mantener demasiada dignidad.
Él estaba allí, junto a mí; yo sentía por los latidos de su corazón que era una criatura viviente, y el calor de su cuerpecito me quemaba. Dormía apoyado en mi hombro; le oía respirar. Me agobiaba la tibieza de su aliento, pero no me movía por temor a despertarle. Su cabeza delicada se bamboleaba con los grandes vaivenes del carruaje, donde estábamos horriblemente amontonados; los otros también dormían todavía, agotando el resto de la noche.
Por cierto, sí, yo conocí el amor, el amor otra vez y muchos otros; pero de esa ternura de entonces, ¿no podré decir nada?
Por cierto, sí, yo conocí el amor.
Me hice vagabundo para poder rozar todo lo que vaga; me llené de ternura por todo el que no sabe dónde calentarse y amé apasionadamente todo lo que vagabundea.
Recuerdo que hace cuatro años pasé el final de un día en esta pequeña ciudad que atravieso de nuevo ahora; la estación era, como ahora, el otoño; tampoco era un domingo y la hora de calor había pasado.
Recuerdo que me paseaba, como ahora, por las calles, hasta que en el límite de la ciudad se abrió un jardín en terraza que dominaba la hermosa región.
Sigo el mismo camino y lo reconozco todo.
Vuelvo a poner mis pasos sobre mis pasos y mis emociones... Había un banco de piedra en el que me senté. Helo aquí. Leía. ¿Qué libro? ¡Ah!: Virgilio. Y oía subir el ruido de las palas de las lavanderas. Lo oigo. El aire estaba tranquilo, como ahora.
Los niños salen de la escuela; lo recuerdo. Pasan los transeúntes, como pasaban entonces. El sol se ponía: he aquí la noche: y los cantos del día van a callarse ahora... Eso es todo.

-Pero -dice Ángela-, eso no basta para hacer una poesía...
-Entonces, dejemos esto -respondo.

Hemos conocido el levantarse apresurado antes del alba.
El postillón engancha los caballos en el patio.
Cubos de agua lavan el pavimento. Ruido de la bomba.
Cabeza borracha de quien no ha podido dormir a fuerza de pensamientos. Lugares que se debe abandonar; alcobita; aquí, durante un instante, he posado mi cabeza; he sentido, he pensado, he velado. ¡Morir!, y qué importa dónde (puesto que ya no vive es no importa dónde y en ninguna parte). Vivo aquí, estuve aquí.
¡Habitaciones abandonadas! Maravilla de las partidas, que nunca quise que fueran tristes. Siempre me vino una exaltación por la posesión presente de ESTO.
En esta ventana inclinémonos todavía un instante...
Llega el instante de partir. Quiero que éste lo preceda inmediatamente... para seguir inclinándome, en esta noche casi acabada, hacia la infinita posibilidad de la dicha.
Instante encantador, que derrama en el inmenso azul un raudal de aurora...
La diligencia está lista. ¡Partamos! Que todo lo que acabo de pensar se pierda, como yo, en el aturdimiento de la huida...
Travesía de bosques. Zona de temperaturas perfumadas. Las más tibias tienen el olor de la tierra; las más frías, el olor de las hojas maceradas. Yo tenía los ojos cerrados; vuelvo a abrirlos. Sí: he aquí las hojas; he aquí el mantillo removido...

Estrasburgo.¡Oh, "catedral loca" con tu torre aérea! Desde lo alto de tu torre, como desde una barquilla suspendida en el aire, se velan sobre los techos las cigüeñas.
ortodoxas y acompasadas
con sus largas patas,
lentamente, porque es muy difícil servirse de ellas.

Albergues.Por la noche iba a dormir en el fondo de los hórreos;
El postillón iba a buscarme en el heno.
... a mi tercer vaso de kirsch, una sangre más cálida comenzó a circular bajo mi cráneo;
A mi cuarto vaso comencé a sentir esa embriaguez ligera que, acercando todos los objetos, los ponía a mi alcance;
Al quinto, la sala en que me hallaba, el mundo entero me pareció que tomaba por fin proporciones más sublimes, en las que mi espíritu sublime evolucionaba más libremente;
Al sexto vaso, un poco fatigado por ellos, me dormí.
(Todos los goces de nuestros sentidos han sido imperfectos como mentiras.)

Albergues.He conocido el vino fuerte de las posadas, que se repite con un gusto de violeta y procura el sueño espeso del mediodía. He conocido la embriaguez del crepúsculo, cuando parece que toda la tierra vacila bajo el peso de vuestro potente pensamiento.
Natanael, te hablaré de la embriaguez.
Natanael, con frecuencia la saciedad más simple fue para mí una embriaguez, tan ebrio de deseos estaba ya de antemano. Y lo que buscaba por los caminos no era, desde luego, tanto un albergue como mi hambre.
Embriagueces del ayuno, cuando se ha caminado desde primera hora de la mañana y el hambre no es ya un apetito, sino un vértigo. Embriaguez de la sed, cuando se ha caminado hasta el anochecer.
La comida más frugal se me hacía en ese tiempo excesiva como una intemperancia y saboreaba líricamente la intensa sensación de mi vida. Entonces, el aporte voluptuoso de mis sentidos hacía de cada objeto que los tocaba como mi dicha palpable.
Conocí la embriaguez que deforma ligeramente los pensamientos. Recuerdo un día en que se reducían como los tubos de un catalejo; el penúltimo parecía siempre ya el más fino; y luego salía de él siempre otro más fino todavía. Recuerdo un día en que salían tan redondos que verdaderamente no había ya más que hacer que dejarlos rodar. Recuerdo un día en que eran tan elásticos que cada uno de ellos tomaba sucesivamente las formas de todos, y recíprocamente. Otras veces eran dos que, paralelos, parecían querer crecer así hasta el fondo de la eternidad. ....
Conocí la embriaguez que le hace a uno creerse mejor, más grande, más respetable, más virtuoso, más rico, etc., que lo que es.

Otoños.En las llanuras se labraba intensamente la tierra. Los surcos humeaban en el anochecer; y los caballos cansados marchaban a un paso más lento. Todas las noches me embriagaba como si sintiese por vez primera el olor de la tierra. Me gustaba entonces sentarme en las escarpas de la linde del bosque entre las hojas muertas, escuchando los cantos de la labranza, mirando cómo el sol extenuado se dormía en el fondo de la llanura.
Estación húmeda; lluviosa tierra normanda...
Paseos. Arenales incultos, pero sin aspereza. Riberas escarpadas. Bosques. Arroyo helado. Descanso a la sombra; charlas. Heléchos rojos.
-¡Ah! -pensábamos-, cuan sensible que no te volviéramos a encontrar en el viaje, pradera, para atravesarte a caballo. (Estaba completamente rodeada de bosques.)
Paseos al atardecer.
Paseos por la noche.
Paseos.
... El hecho de ser se me hacía enormemente voluptuoso. Hubiese querido saborear todas las formas de la vida; las de los peces y las plantas. Entre todos los goces de los sentidos deseaba los del tacto.
Un árbol aislado, en una llanura, en el otoño, rodeado de chaparrones; sus hojas rojas caían; yo pensaba que el agua regaría durante largo tiempo sus raíces, en la tierra profundamente empapada.
A esa edad mis pies desnudos estaban ávidos del contacto de la tierra mojada, del cabrilleo de los charcos, de la frescura o la tibieza del lodo. Yo sé por qué me gustaba tanto el agua, y sobre todo, las cosas mojadas: es que el agua nos da mejor que el aire la sensación inmediatamente diferente de sus temperaturas variadas. Me gustaban los soplos mojados del otoño... Lluviosa tierra de Normandía.

La Roque.Los carromatos han vuelto cargados con mieses olorosas.
Los hórreos están llenos de heno.
Carromatos pesados, chocados en las escarpas, traqueteados en los atolladeros: ¡cuántas veces me trajisteis de vuelta de los campos, acostado sobre los montones de hierbas secas, entre los rudos jornaleros jóvenes!
¿Cuándo podré, ¡ay!, acostado sobre los haces, volver a esperar a que llegue el crepúsculo?...
Llegaba el crepúsculo; se llegaba a los hórreos, al patio de la granja en que los últimos rayos del sol se detenían.



III



LA GRANJA¡Granjero!¡GRANJERO! Canta tu granja.
Quiero descansar en ella un instante y soñar, junto a tus hórreos, en el estío que me recordarán los perfumes de tus henos.
Toma tus llaves; una a una, ábreme cada puerta...

La primera es la de los hórreos...

¡Ah, qué fieles son los tiempos!.... ¡Ah, por qué no habré descansado al calor de los henos, junto al hórreo... en vez de, vagabundo, a fuerza de fervor, haber vencido la aridez del desierto!... Escucharía los cantos de los segadores, y vería, tranquilo, seguro, las cosechas, provisiones inestimables, llegar en los carromatos cargados, como respuestas que esperan a las preguntas de mis deseos. Ya no iría a la llanura para buscar con qué saciarlos; aquí los saciaría a mi gusto.
Hay un tiempo para reír – y hay un tiempo para haber reído.
Hay un tiempo para reír, ciertamente - y luego para acordarse de haber reído.
Ciertamente, Natanael, era yo mismo, yo, y no otro alguno, quien veía agitarse esas mismas hierbas - esas hierbas que ahora se hallan marchitas por el olor de los henos, como todas las cosas cortadas -, vivir esas hierbas, ser verdes y doradas, balancearse al viento del crepúsculo. ¡Ah, quién pudiera volver al tiempo en que, acostados al borde de los prados!...
La hierba profunda acogía nuestro amor.
La caza circulaba bajo las hojas; cada una de sus sendas era una avenida; y cuando me inclinaba y miraba de cerca la tierra, de hoja en hoja, de flor en flor, veía una multitud de insectos.
Conocía la humedad del suelo por el brillo de las plantas y la naturaleza de las flores; tal prado se constelaba de margaritas; pero los céspedes que preferíamos y de los que se aprovechaba nuestro amor se hallaban blanqueados con umbelas, unas ligeras, y las otras, las de la gran branca ursina, opacas y considerablemente ensanchadas. Al anochecer parecían flotar en la hierba profundizada como medusas brillantes, libres, arrancadas de su tallo, levantadas por la bruma ascendente.

La segunda puerta es la de los graneros.

Montones de granos, os ensalzaré. Cereales, trigos rojos, riqueza que espera; provisión inestimable.
¡Que nuestro pan se agote! Graneros, yo tengo vuestra llave. Montones de granos, ahí estáis. ¿Os habrán comido antes de que se canse mi hambre? En los campos los pájaros del cielo, en los graneros las ratas; y todos los pobres en nuestras mesas... ¿Quedará grano para saciar mi hambre?...
Semillas, guardo un puñado de vosotras; lo siembro en mi campo fértil; lo siembro en la buena estación; una semilla produce cien, otra produce mil...
¡Semillas! Donde mi hambre abunda ¡semillas! habréis superabundado.
Trigos que crecéis al principio como una pequeña hierba verde, decid qué espiga amarillenta llevará vuestro tallo encorvado.
Rastrojo dorado, penachos y gavillas, puñado de semillas que he sembrado...

La tercera puerta es la de la lechería.

Descanso, silencio!; desagüe sin fin de los cañizos en los que los quesos se reducen; asiento de las pellas en los manguitos de metal; en los días calurosos de julio el olor de la leche cuajada parecía más fresco y más insípido... no insípido, sino de una acritud tan discreta, y tan deslavada que no se la sentía sino en el fondo de las fosas nasales y ya más bien sabor que perfume.
Mantequera que se conserva con la mayor limpieza. Panecillos de manteca en hojas de coles. Manos rojas de la granjera. Ventanas siempre abiertas, pero cubiertas con telas metálicas para impedir que entren los gatos y las moscas.
Los cuencos están alineados, llenos de leche cada vez más amarilla hasta que queda encima toda la crema. La crema se empareja lentamente, se hincha y se riza y el suero se despoja de ella, Cuando la ha perdido por completo, se quita... (Pero, Natanael, yo no puedo contarte todo eso. Tengo un amigo que se dedica a la agricultura y, sin embargo, habla de ella maravillosamente; él me explica la utilidad de cada cosa y me enseña cómo ni siquiera el suero se pierde.) (En Normandía se lo dan a los puercos, pero, según parece, tiene mejores usos que ése.)

La cuarta puerta se abre al establo:

Es intolerablemente tibio; pero las vacas huelen bien. ¡Ah!, ojalá viviese ahora en la época en que, con los hijos del granjero cuya carne sudorosa olía bien, corríamos entre las patas de las vacas; buscábamos huevos en los rincones de los pesebres; contemplábamos durante horas a las vacas; veíamos caer y estallar las boñigas; apostábamos a cuál de las reses excrementaría la primera, y un día huí aterrorizado porque creía que una de ellas iba a parir de pronto un ternero.

La quinta puerta es la del frutero.

Ante un vano de sol las uvas penden de los hilos; cada grano medita y madura, rumia en secreto la luz; elabora un azúcar perfumado.
Peras. Amontonamiento de las manzanas. ¡Frutas! He comido vuestra pulpa jugosa. He arrojado las pepitas a la tierra; que germinen para volver a darnos el placer.
Almedra delicada; promesa de maravilla; nucléola; pequeña primavera que dormita esperando. Semilla entre dos estíos, semilla atravesada por el estío.
Luego pensaremos, Natanael, en la germinación dolorosa (el esfuerzo de la hierba para salir de la semilla es admirable).
Pero ahora maravillémonos de esto: cada fecundación va acompañada de voluptuosidad. El fruto se envuelve en sabor; y de placer toda perseverancia en la vida.
Pulpa del fruto, prueba sabrosa del amor.

La sexta puerta es la del lagar:

¡Ah!, ojalá estuviese tendido ahora bajo el cobertizo -donde el calor amengua- junto a ti, entre el estrujamiento de las manzanas, entre las ácidas manzanas aprensadas. Inquiriríamos, ¡ah, Sulamita!, si el deleite de nuestros cuerpos, sobre las manzanas mojadas, se agota menos prontamente, es más prolongado; sobre las manzanas, sostenido por su aroma azucarado...
El ruido de la muela mece mi recuerdo.

La séptima puerta se abre a la destilería:

Penumbra; fogón ardiente; máquinas tenebrosas. Se destaca el cobre de las vasijas.
Alambique; su secreción misteriosa es recogida con esmero. (He visto también recoger la resina de los pinos, la goma enfermiza de los cerezos silvestres, la leche de las elásticas higueras; el vino de las palmeras desmochadas.) Ampolleta estrecha; toda una ola de embriaguez se concentra y revienta en ti; la esencia, con todo lo que había de delicioso, de potente en el fruto; de delicioso y perfumado en la flor.
Alambique: ¡ah!, gota de oro que va a rezumar. (Las hay más sabrosas que el jugo concentrado de las cerezas; otras, olorosas como los prados.) ¡Natanael! Es ésa ciertamente una visión milagrosa; se diría que toda una primavera se ha concentrado aquí... ¡Ah!, que mi actual embriaguez la ponga de manifiesto teatralmente. Que yo beba, encerrado en esta sala muy oscura y de la que no seguiré dándome cuenta -que yo beba con qué volver a dar mi carne -y para liberar a mi espíritu- la visión de todas las otras partes que anhelo...

La octava puerta es la de las cocheras:

¡Ah!, he roto mi copa de oro, me despierto. La embriaguez nunca es sino una substitución de la dicha. Carretelas: toda huida es posible; trineo, país "helado, unzo a vosotros mis deseos.
Natanael, iremos hacia las cosas: llegaremos sucesivamente a todas. Tengo oro en las bolsas de mi silla; y en mis cofres, pieles que casi harán desear el río. Recuerdas, ¿quién contaría nuestras vueltas en la huida? Carretelas, casas ligeras, para nuestras delicias suspendidas, ¡que nuestra fantasía os arrebate! Arados, ¡que unos bueyes os paseen por nuestros campos! Cavad la tierra como un pujavante: la reja de arado sin empleo en el cobertizo se enmohece, y todos esos instrumentos... Todas vosotras, posibilidades ociosas de nuestros seres, atormentadas, esperando -esperando que se enganche a vosotras un deseo- para quien quiere regiones más bellas...
¡Que nos siga un polvo de nieve que excite nuestra rapidez! ¡Trineo! Yo unzo a vosotros todos mis deseos...

La última puerta se abría a la llanura.


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