Libro segundo

¡Alimentos!

¡Cuento con vosotros, alimentos!
Mi hambre no se calmará a mitad de camino;
no se saciará sino satisfecha;
las reprensiones nada conseguirán
y con las privaciones sólo he podido alimentar a mi alma.
¡Satisfacciones! Os busco. .
Sois bellas como las auroras del estío.

Manantiales más delicados en el atardecer, deliciosos a mediodía; aguas heladas de la madrugada; soplos al borde de las olas; golfos llenos de arboladuras; tibieza de las riberas cadenciosas...
¡Oh! Todavía hay caminos hacia la llanura; tufos del mediodía; brebajes de los campos, y por la noche el hueco de los almiares;
Hay caminos hacia el Oriente; estelas en los mares amados; jardines en Mossul; danzas en Tuggurt; cantos de pastor en Helvecia;
Hay caminos hacia el Norte; ferias en Nijni; trineos que levantan la nieve; lagos helados; en verdad, Natanael, no se cansarán nuestros deseos.
A nuestros puertos han llegado barcos que traen los frutos maduros de playas ignoradas. Hay que descargarlos con cierta presteza para que por fin los podamos gustar.

¡Alimentos!
¡Cuento con vosotros, alimentos!
Satisfacciones, os busco;
Sois bellas como las risas del estío.
Sé que no siento un deseo
Que no tenga ya preparada su respuesta.
Cada una de mis hambres espera su recompensa.
¡Alimentos!
¡Cuento con vosotros, alimentos!
Por todo el espacio os busco,
Satisfacciones de todos mis deseos.
Lo más bello que he conocido yo en la tierra,
¡Ah Natanael! es mi hambre.
Siempre fue fiel
A todo lo que siempre esperaba.

¿Acaso se embriagaba con vino el ruiseñor?
¿Y el águila con leche? ¿O con enebro los zorzales?

El águila se embriagaba con su vuelo. El ruiseñor se embriagaba con las noches de estío. La llanura tiembla de calor. Natanael, que toda emoción sepa convertirse en embriaguez para ti. Si lo que comes no te embriaga es que no tenías hambre.
A cada acción perfecta acompaña la voluptuosidad. Y por ésta conoces que debías cumplirla. No me gustan aquellos que se atribuyen un mérito por haber obrado penosamente. Pues si les era penoso, habrían hecho mejor en hacer otra cosa. La alegría que en él se encuentra es señal de la apropiación del trabajo, y la sinceridad de mi placer, Natanael, es para mí la guía más importante.
Yo sé que mi cuerpo puede desear deleite cada día y que mi cabeza lo soporta. Y luego comenzará mi sueño. Tierra y cielo nada valen para mí en el más allá.
Hay enfermedades extravagantes
Que consisten en querer lo que no se tiene.

-Nosotros también, dirán ellos, nosotros también habríamos conocido el lamentable tedio de nuestra alma. Desde la caverna de Adullam suspirabas, David, por el agua de las cisternas. Decías: -¡Oh, quién me traerá el agua fresca que brotaba al pie de las murallas de Belén! Cuando era niño, apagaba mi sed con ella; pero ahora está cautiva esa agua que mi fiebre desea.
Nunca desees, Natanael, volver a probar las aguas del pasado.
Nunca desees, Natanael, volver a probar las aguas del en el futuro. Toma de cada instante la novedad sin par y no prepares tus goces, o sabe que en su lugar preparado te sorprenderá un goce distinto.
¿Acaso no has comprendido que toda dicha es esperada y se presenta a ti en cada instante como un mendigo en tu camino? Desdichado de ti si dices que tu felicidad ha muerto porque no habías soñado semejante a eso tu felicidad, y no la admites sino de acuerdo con tus principios y tus deseos.
El sueño de mañana es un goce, pero el goce de mañana es otro distinto y felizmente nada se parece al sueño que se había tenido de él; pues cada cosa vale de manera diferente.
No me gusta que me digáis: ven, te he preparado tal goce; no me gustan sino los goces del azar, y los que mi voz hace brotar de la roca; fluirán así para nosotros, nuevos y fuertes, como fluyen del lagar los vinos nuevos.
No me gusta que engalanen mi goce, ni que la Sulamita haya pasado por salones; para besarla no he enjugado en mi boca las manchas que habían dejado los racimos; tras los besos he bebido vino dulce sin haber refrescado mi boca; y he comido miel de abeja con su cera.
Natanael, no prepares ninguno de tus goces.

Donde no puedas decir: tanto mejor, di tanto peor. Hay en ello grandes promesas de felicidad.

Hay quienes consideran los instantes de felicidad como dados por Dios, y los otros como dados ¿por Quién otro?...
Natanael, no distingas a Dios de tu felicidad.

-Yo no puedo agradecer a "Dios" que me haya creado, como no podría odiarle a no existir si yo no existiera.
Natanael, no hay que hablar de Dios sino naturalmente.
Quiero que, una vez admitida la existencia, la de la tierra y del hombre y la mía parezca natural, pero lo que confunde mi inteligencia es el estupor de darme mente.
Por cierto, yo también he cantado cánticos y he escrito la…

RONDA
DE LAS BUENAS PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Natanael, te enseñaré que los más bellos movimientos poéticos son los que tratan de las mil y una pruebas de la existencia de Dios. Comprendes, ¿no es verdad?, que no se trata aquí de repetirlas, ni sobre todo de repetirlas simplemente; -y, además, las hay que solamente prueban la existencia- y lo que necesitamos es también su permanencia.

Sé muy bien, ¡ah!, sí, que existe el argumento de San Anselmo,
y el apólogo de las perfectas islas Afortunadas.
Pero ¡ay! ¡ay!, Natanael, todo el mundo no puede vivir en ellas.
Sé que hay el asentimiento de la mayoría,
Más tú crees en el pequeño número de los elegidos.
Hay la prueba mediante el dos y dos son cuatro,
Pero, Natanael, no todo el mundo sabe calcular bien.
Hay la prueba del primer motor,
pero hay quien existía antes que él.
Natanael, es fastidioso que no estuviéramos allí.
Habríamos visto crear al hombre y la mujer,
y a éstos sorprenderse de no haber nacido niños;
y a los cedros del Elbrouz fatigado de no ser ya seculares
y en montes ya abarrancados por las aguas.
Natanael, ¡si hubiéramos estado allí para la aurora!
¿Por qué pereza no nos habíamos levantado todavía?
¿Acaso tú no me pedías que te diera la vida? ¡Ah, yo la pedía ciertamente!... Pero en ese tiempo el espíritu de Dios apenas despertaba, después de haber dormido fuera del tiempo en las aguas. Si hubiese estado allí, Natanael, le habría pedido que lo hiciera todo un poco más vasto; y no me respondas tú que en ese caso nadie se habría dado cuenta de ello.

Hay la prueba por las causas finales.
Pero no todos creen que el fin justifica los medios.

Las hay que demuestran a Dios por el amor que se siente por Él. He aquí por qué, Natanael, he llamado Dios a todo lo que amo, y por qué he querido amarlo todo. No temas que te enumere; además, no comenzaría por ti; he preferido muchas cosas a los hombres y no es a ellos a los que he amado sobre todo en la tierra. Pues no te engañes, Natanael: lo más fuerte que hay en mí no es ciertamente la bondad, ni creo que sea lo mejor; y tampoco es la bondad lo que estimo sobre todo en los hombres. Natanael, prefiere a ellos tu Dios. Yo también he sabido loar a Dios, he cantado para Él cánticos, y hasta creo que al hacerlo lo he encarecido un poco a veces.

-¿Tanto te divierte -me dice él- edificar así sistemas?
-Nada me divierte más que una ética -respondo- y con ello satisfago a mi espíritu. No disfruto de un goce que no quiera ligar a ella.
-¿Eso lo aumenta?
-No -le digo-, eso me lo legitima.
En verdad, me ha agradado con frecuencia que una doctrina y hasta un sistema completo de pensamientos ordenados justificase ante mi mismo mis actos; pero a veces no lo he podido considerar sino como el resguardo de mi sensualidad.
Todas las cosas llegan a su tiempo, Natanael; cada una de ellas nace de su necesidad y no es, por decirlo así, sino una necesidad exteriorizada.
Yo tenía necesidad de un pulmón, me ha dicho el árbol: entonces mi savia se ha convertido en hoja para que pudiera respirar por ella. Luego, cuando ha respirado, mi hoja ha caído y yo no he muerto por ello. Mi fruto contiene todo mi pensamiento sobre la vida.
Natanael, no temas que abuse de esta forma de apólogo, pues no me gusta mucho. No quiero enseñarte más sabiduría de la vida. Pues el pensar es una gran zozobra. Cuando era joven me fatigué siguiendo de lejos las consecuencias de mis actos y no estaba seguro de no pecar sino a fuerza de no obrar.
Luego escribí: no debo la salvación de mi carne sino al irremediable envenenamiento de mi alma. Después ya no comprendí en absoluto lo que había querido decir con eso.
Natanael, no creo ya en el pecado.
Pero tú comprenderás que sólo con mucha alegría se compra un poco de derecho a pensar. El hombre que se dice dichoso y que piensa es el que será llamado verdaderamente fuerte.
Natanael, la desdicha de cada uno proviene de que es siempre cada uno quien mira y subordina a sí mismo lo que ve. No es por nosotros, sino por ella, por lo que cada cosa es importante. Que tu ojo sea la cosa mirada.
Natanael, no puedo comenzar un solo verso sin que aparezca en él tu nombre delicioso.
Natanael, quisiera hacerte venir al mundo.
Natanael, ¿comprendes lo suficiente el patetismo de mis palabras? Quisiera acercarme a ti más todavía.
Y como para resucitarlo, se tendió Elíseo sobre el hijo de la Sulamita -"la boca sobre su boca, y los ojos sobre sus ojos, y las manos sobre sus manos"-, yo deseo tender mi gran corazón radiante sobre tu alma todavía tenebrosa, tenderme sobre ti todo entero, mi boca sobre tu boca, y mi frente sobre tu frente, tu manos frías en mis manos ardientes, y mi corazón palpitante... ("Y la carne del niño se calentó otra vez", está escrito...) a fin de que en el deleite te despiertes -y luego me dejes- para una vida palpitante y desordenada.
Natanael, he aquí todo el calor de mi alma -llévalo.
Natanael, quiero enseñarte el fervor.
Natanael, no te demores junto a quien se te parece; no te demores nunca. Natanael. En cuanto un ambiente ha tomado tu semejanza, o tú te has hecho semejante al ambiente, ya no es provechoso para ti. Es necesario dejarlo. Nada es más peligroso para ti que tu familia, que tu habitación, que tu pasado. No tomes de cada cosa sino la educación que ella te aporte; y que el placer que de ella mana la agote.
Natanael, yo te hablaré de los instantes. ¿Has comprendido la fuerza que tiene su presencia? Un pensamiento no bastante constante de la muerte no ha dado valor suficiente al más pequeño instante de tu vida. ¿Y no comprendes que cada instante no tomaría ese brillo admirable sino destacado, por decirlo así, sobre el fondo muy oscuro de la muerte?
Ya no trataría de hacer nada si se me dijese, si se me demostrase, que tengo todo el tiempo para hacerlo. Descansaría antes de haber querido comenzar una cosa si tuviera tiempo de hacer también todas las otras. Lo que haría no sería nunca cualquier cosa si no supiese que esta forma de vida debe terminar, y que habiéndola vivido descansaré de ella en un sueño un poco más profundo, un poco más olvidadizo que el que espero de cada noche...
Y tomé así la costumbre de separar cada instante de mi vida para una totalidad de goce aislado; para concentrar en él súbitamente toda una particularidad de la dicha; de modo que ya no me reconocía desde el recuerdo más reciente.
Hay ya un gran placer, Natanael, en afirmar sencillamente:
El fruto de la palmera se llama dátil y es un manjar delicioso.
El vino de la palmera se llama "lagmy" y es su savia fermentada; los árabes se emborrachan con él y a mí no me gusta mucho. Una copa de "lagmy" es lo que me ofreció aquel pastor cabileño en los bellos pardines de Uardi.
Encontré esta mañana, en una alameda de los Manantiales, paseando por ella, un hongo extraño.
Envuelto en una vaina blanca, era como un fruto de magnolia rojo anaranjado, con dibujos regulares de color ceniciento formados, según se comprendía, de polvo esporaginoso salido del interior. Lo abrí y estaba lleno de una materia lodosa, que formaba en el centro una jalea clara. Salía de él un olor nauseabundo.
A su alrededor otros hongos más abiertos no eran ya sino como esas fungosidades aplastadas que se ven en el tronco de los árboles viejos.
(Escribí esto antes de partir para Túnez; y te lo copio aquí para mostrarte qué importancia adquiría para mí cada cosa apenas la miraba.)Honfleur (en la calle).
Y por momentos me parecía que quienes me rodeaban no se agitaban sino para aumentar en mí la sensación de mi vida personal.

Ayer estaba aquí; hoy estoy allí;
¡Dios mío! ¿qué me importan todos esos
que dicen, que dicen, que dicen:
ayer estaba aquí, hoy estoy allí...?

Sé de días en los que el repetirme que dos y dos seguían siendo cuatro bastaba para llenarme de cierta beatitud -y la sola vista de mi puño en la mesa...
y de otros días en los que eso me era completamente indiferente.


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