Quid tum si fuscus Amyntas. VIRGILIO.
Travesía. Febrero de 1895. Salida de Marsella. Viento violento; aire espléndido. Tibieza precoz; balanceo de los mástiles. Mar gloriosa, empenachada. Barco menospreciado por las olas. Impresión dominante de gloria. Recuerdo de todas las partidas pasadas.
Travesía.Cuántas veces he esperado al alba... ... en una mar desalentada... y he visto llegar el alba sin que la mar estuviese calmada. Sudor en las sienes. Debilidades. Abandonos.
Noche en el mar.Mar irritada. Agua corriendo por el puente. Pataleos de la hélice... ¡Oh, sudor de angustia! Una almohada bajo mi cabeza rota... Esta noche de luna sobre el puente era llena y espléndida y yo no estaba allí para verla. -Espera de la ola. -Fragor súbito de la masa de agua; sofocaciones; rebalsamiento; recaídas. - Inercia de mí: ¿qué soy yo allí? - Un corcho, un pobre corcho en las olas.
Abandono al olvido de las olas; placer del renunciamiento; ser una cosa.
Fin de la noche.Lavan el puente por la mañana demasiado fresca con el agua del mar que izan en unos baldes; ventilación. -Desde mi camarote oigo el ruido de los cepillos de grama en la madera. Choques enormes. He querido abrir la ventanilla. Bocanada demasiado fuerte de aire marino en la frente y las sienes sudorosas. He querido volver a cerrar la ventanilla... Litera; volver a caer en ella. ¡Ah, todas esas zozobras horribles antes del puerto! Cabalgata de reflejos y sombras en la pared del camarote blanco. Exigüidad. Mi ojo cansado de ver... Con una paja sorbo la limonada helada...
Despertarse después en la tierra nueva, como de una convalecencia... - Cosas no soñadas.
Despertarse por la mañana en una playa; haber sido mecido durante toda la noche por las olas.
Argel.Las mesetas donde van a descansar las colinas, los ponientes en que se desvanecen los días; las playas donde van a romperse las marinas; las noches donde van a dormir nuestros amores... La noche vendrá a nosotros como una rada inmensa; las ideas, los rayos, los pájaros melancólicos vendrán a descansar de la claridad del día a los jarales donde se tranquiliza toda la sombra... Y el agua tranquila de los prados, las fuentes llenas de hierbas.
...Luego, al regreso de los largos viajes. Las riberas calmadas - los barcos en el puerto. Veremos, en las olas que se han apaciguado, dormir al ave nómada y a la barca amarrada- y llegarnos la noche a abrir su rada inmensa de amistad y silencio. -Esta es la hora en que todo duerme.
Marzo de 1895.¡Blindan! ¡Flor del Sahel! Sin gracia y marchita en el invierno, en la primavera, me has parecido bella. Fue una mañana lluviosa; un cielo indolente, suave y triste; y los perfumes de tus árboles en flor erraban por tus largas avenidas. Surtidores de tu estanque tranquilo; a lo lejos los clarines de los cuarteles. He aquí el otro jardín, bosque abandonado, donde brilla débilmente bajo los olivos la mezquita blanca. ¡Bosque sagrado! Esta mañana viene a descansar aquí mi pensamiento infinitamente cansado, y mi carne agotada por la inquietud de amor. A pesar de haberos visto el otro invierno, yo no tenía idea, bejucos, de vuestras floraciones maravillosas. Glicinas violetas entre las ramas mecidas, racimos como incensarios colgantes, y pétalos caídos sobre el oro de la arena de la alameda. Ruidos del agua; ruidos mojados, chapoteos a la orilla del estanque; olivos gigantescos, espíreas blancas, sotillos de lilas, espesura de espinos, bosquecillos de rosas; ¡ir allí solo, y acordarse allí del invierno, y sentirse allí tan cansado, ¡ay!, que ni siquiera la primavera misma os asombra; y hasta desear más severidad, pues tanta gracia, ¡ay!, invita y sonríe al solitario y sólo se puebla de deseos, obsequioso cortejo en las vacías alamedas. Y a pesar de los ruidos del agua en esa fuente demasiado tranquila, en los alrededores el silencio atento indica demasiado las ausencias. Conozco el manantial en que iré a refrescar mis párpados, el bosque sagrado; conozco el camino, las hojas, el frescor de ese claro; iré al anochecer, cuando todo sabrá allí callarse y ya la caricia del aire nos invite al sueño más bien que al amor. Manantial frío en el que va a descender toda la noche. Agua de hielo en la que la mañana se transparentará tiritando de blancura. Manantial de pureza. ¿No es cierto que yo voy a encontrar nuevamente en la aurora, cuando ésta aparezca, el sabor que tenía cuando aún veía en ella con asombro las claridades y las cosas?... Cuando vaya a lavar en ella mis párpados quemados.
Carta a Natanael.No te imaginas, Natanael, en qué puede convertirse por fin este empapamiento de luz; y el éxtasis sensual que proporciona este calor persistente... Una rama de olivo en el cielo; el cielo por encima de las colinas; un canto de flauta a la puerta de un café... Argel parecía tan caluroso y lleno de fiestas que quise dejarlo durante tres días; pero en Blidah, donde me refugié, encontré los naranjos en flor... Salgo por la mañana, me paseo; no miro nada y veo todo; una sinfonía maravillosa se forma y se organiza en mí con sensaciones desoídas. La hora pasa; mi emoción se entibia, como la marcha del sol menos vertical se hace más lenta. Luego elijo, ser o cosa, de qué enamorarme -pero lo quiero moviente, pues mi emoción deja de vivir tan pronto como se fija. Entonces me parece, en cada instante nuevo, no haber visto nada, no haber saboreado nada todavía. Me pierdo en una persecución desordenada de las cosas que huyen. Corrí ayer a lo alto de las colinas que dominan a Blidah para ver el sol durante algún tiempo más; para ver cómo el sol se ponía y cómo las nubes ardientes coloreaban las terrazas blancas. Sorprendo a la sombra y el silencio bajo los árboles; vago a la claridad de la luna; con frecuencia tengo la sensación de nadar, de tal modo me envuelve y me levanta el aire luminoso y cálido. ... Creo que el camino que sigo es mi camino, y que lo sigo como es debido. Conservo la costumbre de una vasta confianza que podría llamarse fe si estuviese juramentada.
Biskra.Unas mujeres esperaban en el umbral de las puertas; tras ellas se encaramaba una escalera recta. Allí estaban sentadas, en el umbral de las puertas, graves, pintadas como ídolos, tocadas con una diadema de monedas. La calle se animaba por la noche. En lo alto de las escaleras ardían unas lámparas; cada una de las mujeres permanecía sentada en el nicho de luz que le formaba la caja de la escalera; su rostro quedaba en la sombra bajo el oro de la diadema que brillaba; y todas parecían esperarme, esperarme especialmente; para subir se agregaba una monedita de oro a la diadema; al pasar, la cortesana apagaba las lámparas; se entraba en su estrecho departamento; se bebía café en tacitas; luego se fornicaba en una especie de divanes bajos.
Jardines de Biskra.Tú me escribías, Athman: "Custodio los rebaños bajo las palmeras que te esperan. Volverás; la primavera florecerá en las ramas; nos pasearemos y ya no tendremos pensamientos..." -Ya no irás más bajo las palmeras, Athman, pastor de cabras, a esperarme y ver si llega la primavera. He venido; la primavera ha florecido en las ramas; nos paseamos y ya no tenemos pensamientos.
Jardines de Biskra.Hoy hace un tiempo gris; mimosas perfumadas. Tibieza mojada. Gotas espesas o grandes, flotantes, y como en formación en el aire... Se detienen en las hojas, las cargan, y luego caen bruscamente. .. .Recuerdo una lluvia de estío -¿pero se trataba de lluvia?-; de las gotas tibias que cayeron, tan grandes y pesadas, en ese jardín de palmas y de luz verde y rosa, tan pesadas que las hojas, las flores y las ramas rodaban como un don amoroso de guirnaldas, deshechas a montones sobre las aguas. Los arroyos arrastraban los pólenes para fecundaciones lejanas; sus aguas estaban turbias y amarillas. En los estanques se desmayaban los peces. Se oía a ras del agua la abertura de la boca de las carpas. Antes de empezar la lluvia el viento del mediodía, que roncaba, había hecho en la tierra una quemadura muy profunda, y las alamedas se llenaban ahora de vapor bajo las ramas; las mimosas se doblaban, como resguardando los bancos en que se ostentaba la fiesta. - Era un jardín de delicias; y los hombres vestidos de lana, las mujeres con haïks rayados, esperaban a que la humedad los penetrase. Permanecían como anteriormente en los bancos, pero todas las voces se habían callado y todos escuchaban las gotas del chubasco, dejando que el agua, pasajera en medio del estío, pusiera pesadas las telas y lavara las carnes descubiertas. - La humedad del aire, la importancia de las hojas eran tales que me quedé sentado en aquel banco a su lado, sin resistir al amor. - Y cuando, terminada la lluvia, ya sólo chorreaban las ramas, quitándose cada uno sus zapatos, sus sandalias, palpó con sus pies desnudos aquella tierra mojada cuya blandura era voluptuosa.
Entrar en un jardín por el que nadie se pasea; dos niños con vestidos de lana blanca me conducen a él. Es un jardín muy largo en cuyo fondo se abre una puerta. Los árboles son más grandes y el cielo, más bajo, se engancha a los árboles. - Las paredes. - Aldeas enteras bajo la lluvia. - Y allí abajo, las montañas; arroyos en formación; alimento de los árboles; fecundación grave y pasmada; aromas viajeros. Arroyos cubiertos; canales (hojas y flores mezcladas) que se llaman "seghias" porque en ellos las aguas son lentas. Piscinas de Gafsa de encantos peligrosos: Nocet cantatibus umbra. - La noche es ahora sin nubes, profunda, apenas vaporosa. (El niño muy bello, vestido de lana blanca a la manera de los árabes, se llamaba "Azous", lo que quiere decir: el bien amado. Otro se llamaba "Ouardi", lo que quiere decir que había nacido en la estación de las rosas.)-Y aguas tibias como el aire en las que se mojaron nuestros labios...
Un agua oscura que no podíamos distinguir en la noche hasta que la luna la plateó. Pareció nacer entre las hojas y en ella se agitaron animales nocturnos.Biskra - por la mañana.Salir al alba -surgir- en el aire renovado. Una rama de adelfa vibrará en la mañana temblorosa.Biskra - por la tarde.En este árbol había pájaros que cantaban. Cantaban, ¡ah!, con voz más fuerte que lo que hubiese creído que podían cantar los pájaros. Parecía que el árbol mismo gritaba -que gritaba con todas sus hojas- pues no se veía a los pájaros. Yo pensaba: se van a morir; es una pasión demasiado fuerte; ¿pero qué les pasa esta tarde? ¿Es que acaso no saben que después de la noche renacerá otra mañana? ¿Temen dormir para siempre? ¿Quieren consumirse de amor en un crepúsculo, como si luego tuviesen que permanecer en una noche infinita? ¡Breve noche del final de la primavera! - ¡ah!, placer de que el alba de estío los despierte, de tal modo que no se acuerden de su sueño sino lo exactamente necesario para sentir un poco menos miedo de morir en el crepúsculo siguiente.
Biskra - por la noche.Los zarzales están silenciosos, pero el desierto vibra a su alrededor con el canto de amor de los saltamontes.
Chetma.Alargamiento de los días. - Tenderse allí. Las hojas de las higueras se han extendido más; perfuman las manos que las rozan; su tallo llora leche. Recrudescencia del calor. - ¡Ah!, he ahí que llega el rebaño de mis cabras; oigo la flauta del pastor que amo. ¿Vendrá él? ¿O seré yo quien le saldrá al encuentro? Lentitud de las horas. - Todavía cuelga de la rama una granada seca del año pasado; está completamente abierta, endurecida; en esa misma rama se hinchan ya los capullos de nuevas flores. Las tórtolas pasan entre las palmas. Las abejas liban en la pradera. (Recuerdo, cerca del Enfida, un pozo al que bajaban mujeres hermosas; no lejos, una inmensa roca gris y rosa; su cima, me dijeron, es visitada por las abejas; sí, zumban allí multitudes de abejas; sus colmenas se hallan en la roca. Cuando llega el verano, las colmenas, agrietadas por el calor, dejan salir la miel, que se esparce a lo largo de la roca; los hombres del Enfida van y la recogen.) - ¡Ven, pastor! - (Mastico una hoja de higuera.) ¡Verano!, coladura de oro; profusión; esplendor de la luz aumentada; inmenso desbordamiento del amor. ¿Quién desea saborear la miel? Las celdas de cera se han fundido. Y lo más bello que vi ese día fue un rebaño de ovejas que conducían al establo. Sus patitas apresuradas sonaban como un chubasco; el sol se ponía en el desierto y ellas levantaban polvo. ¡Oasis! Flotaban en el desierto como islas; desde lejos, el verdor de las palmeras prometía el manantial en que se abrevaban sus raíces; a veces era abundante y sobre él se inclinaban las adelfas. - Ese día, hacia las diez, cuando llegamos allá, me negué en un principio a seguir adelante; era tal el encanto de las flores de aquellos jardines que no deseaba abandonarlos. - ¡Oasis! (Ahmet me dijo que el siguiente era mucho más bello.)
Oasis. El siguiente era mucho más bello, más lleno de flores y zumbidos. Árboles más grandes se inclinaban sobre aguas más abundantes. Era mediodía. Nos bañamos. - Luego también tuvimos que dejarlo. Oasis. ¿Qué diré del siguiente? Era todavía más bello y en él esperamos el crepúsculo. ¡Jardines! Volveré a decir, sin embargo, cuáles eran antes del crepúsculo vuestras calmas deliciosas. ¡Jardines! Había algunos en los que se hubiese creído lavarse; los había que no eran ya sino un vergel monótono en el que maduraban los albaricoques; otros, llenos de flores y de abejas, por los que vagaban unos perfumes, tan fuertes que hubiesen podido pasar por manjares y que nos emborrachaban como licores. Al día siguiente ya sólo me gustó el desierto.
Umach.Hubo aquel oasis en la roca y la arena en el que penetramos al mediodía, y entre llamas tan cálidas que la aldea extenuada ni siquiera parecía esperarnos. Las palmeras no se inclinaron. Los ancianos charlaban en los huecos de las puertas; los hombres estaban amodorrados; los niños cantaban en la escuela; a las mujeres no se las veía. Calles de esa aldea de tierra, rosadas durante el día, violetas en el crepúsculo; desiertas al mediodía, os animaréis por la noche; entonces los cafés se llenarán, los niños saldrán de la escuela, los ancianos seguirán conversando en los umbrales de las puertas, los rayos de sol se amortiguarán y las mujeres, subidas a las terrazas y sin velo, como flores, se contarán largamente su tedio. Aquella calle de Argel, al mediodía, se llenaba con un olor de anisete y de ajenjo. En los cafés moros de Biskra sólo se bebía café, té o limonada. Té árabe; dulzor sazonado con pimienta; jengibre; bebida evocadora de un Oriente todavía más excesivo y extremado -e insípido-; imposible de beber hasta el fondo de las tazas. En la plaza de Tugurt había vendedores de aromas. Les compramos diferentes clases de resinas. Unas se olían, otras se mascaban; otras se quemaban. Las que se quemaban tenían con frecuencia la forma de pastillas; una vez encendidas exhalaban un abundante humo acre con el que se mezclaba un perfume muy sutil; su humo ayuda a provocar los éxtasis religiosos y son éstas las pastillas que se queman en las ceremonias de las mezquitas. Las que se masticaban llenaban en seguida la boca de amargor y pringaban desagradablemente los dientes; mucho tiempo después de haberlas escupido se sentía todavía el sabor. Las que se olían, se olían simplemente. En casa del morabito de Temasín, al final de la comida nos ofrecieron pasteles perfumados. Estaban adornados con hojas doradas, grises o rosadas, y parecían hechos con miga de pan amasada. Se deshacían como arena en la boca, pero, no obstante, yo encontraba en ellos cierta satisfacción. Unos olían a rosa, otros a granada, y otros, parecían completamente acedos. - En esas comidas era imposible embriagarse de otro modo que a fuerza de fumar. Se servían manjares en cantidad fastidiosa y la conversación variaba con cada cambio de platos. - Luego una negra os derramaba en los dedos el agua aromatizada de una jarra; el agua caía en un lebrillo. Y así es como las mujeres, allá abajo, os lavan después de amaros.
Tugurt.Árabes acampados en la plaza; fuegos que se encienden; humos en el anochecer casi invisibles. -¡Caravanas! - Caravanas que llegan por la tardé; caravanas que parten por la mañana; caravanas horriblemente cansadas, ebrias de espejismos y ahora desesperadas. ¡Caravanas! ¡Ojalá pudiese partir con vosotras, caravanas!
Algunas partían hacia el Oriente, en busca del sándalo y las perlas, los pasteles de miel de Bagdad, los marfiles y los bordados.
Algunas partían hacia el Sur, en busca del ámbar y el almizcle, el oro en polvo y las plumas de avestruz.
Las había que partían hacia el Occidente, que partían al anochecer y se perdían en el último deslumbramiento del sol.
Vi volver a las caravanas fatigadas; los camellos se arrodillaban en las plazas, y por fin les quitaban la carga. Eran fardos de tela espesa y no se sabía lo que podía haber dentro de ellos. Otros camellos conducían mujeres ocultas en una especie de palanquín. Otros llevaban el material de las tiendas, y se las desplegaba al anochecer. ¡Oh, fatigas espléndidas, inmensas, en el desierto inconmensurable! - En las plazas se encendían fuegos para la comida de la noche.
¡Ah, cuántas veces, habiéndome levantado con el alba y hacia el Oriente teñido de púrpura, más lleno de rayos que una gloria - cuántas veces, en el límite del oasis, donde se ahilaban las últimas palmeras; pues la vida no triunfaba ya del desierto - , como inclinado hacia esa fuente de luz, ya demasiado deslumbrante e insostenible para las miradas, he tendido hacia ti mis deseos, vasta llanura inundada por completo de luz, de calor tórrido! . . . ¿Qué éxtasis es bastante exaltado, qué amor es bastante violento, bastante ardiente para vencer el ardor del desierto? Tierra áspera; tierra sin bondad, sin dulzura; tierra de pasión, de fervor; tierra amada por los profetas - ¡ah, desierto doloroso, desierto de gloria, te he amado apasionadamente!
He visto en las albuferas llenas de espejismos la costra de sal blanca que tomaba la apariencia del agua. - Comprendo que en ella se refleje el azul del cielo - albuferas azuladas como el mar - ¿pero por qué - espesuras de juncos y más lejos cantiles de esquisto en ruinas-, por qué esas apariencias flotantes del barco y más lejos esas apariencias de palacio?- todas esas cosas deformadas y suspendidas sobre esa profundidad imaginaria de agua. (El olor de la orilla de la albufera era nauseabundo; era una marga horrible, mezclada con sal y ardiente.)
He visto ponerse rosados los montes de Amar Khadu bajo el rayo oblicuo de la mañana y parecer materia abrasada.
He visto al viento levantar la arena del fondo del horizonte y hacer jadear al oasis. Parecía no ser ya sino un navio espantado por la tormenta; estaba trastornado por el viento. Y en las calles de la aldehuela los flacos hombres desnudos se retorcían con la intensa sed de la fiebre.
He visto a lo largo de los caminos desolados blanquear las osamentas de los camellos; camellos abandonados por las caravanas, demasiado cansados y que no podían ya arrastrarse, que primeramente se pudrían, cubiertos de moscas, y exhalaban hedores espantosos.
He visto anocheceres que no cantaban ya más cantos que el agudo rechinar de los insectos. -Quiero seguir hablando del desierto: Desierto de esparto, lleno de culebras: verde llanura ondulante al viento. Desierto de piedra; aridez, brillan los esquistos; revolotean las cicindelas; se secan los juncos; todo crepita al sol.
Desierto de arcilla; aquí todo podría vivir si corriese un poco de agua. Todo reverdece desde la última lluvia; aunque la tierra, demasiado seca, parece desacostumbrada a sonreír, la hierba parece aquí más tierna y más embalsamadora que en otras partes. Se apresura todavía más a florecer, a embalsamar, por temor a que el sol la marchite antes de que haya logrado su simiente; sus amores son precipitados. El sol vuelve; la tierra se cuartea, se deshace, dejar escapar el agua por todas partes; tierra espantosamente agrietada; en las grandes lluvias toda el agua huye a las barrancas; tierra burlada y que no puede retener; tierra desesperadamente sedienta.
Desierto de arena. - Arenas movedizas como las olas del mar; dunas constantemente removidas; especies de pirámides guían de cuando en cuando a las caravanas, al subir a una de ellas se divisa en el horizonte la cima de otra. Cuando el viento sopla, la caravana se detiene; los camelleros se ponen al abrigo de los camellos.
Desierto de arena -vida excluida; no hay en él sino la palpitación del viento, del calor. La arena se afelpa delicadamente a la sombra; se abrasa por la tarde y parece de ceniza por la mañana. Hay valles completamente blancos entre las dunas; los cruzábamos a caballo; la arena volvía a cerrarse después de pasar nosotros; a causa de la fatiga, en cada duna nueva se creía que no podríamos atravesarla. Yo te habría amado apasionadamente, desierto de arena. ¡Ah, que tu grano más pequeño repita en su lugar único una totalidad del universo! - ¿De qué vida te acuerdas, polvo? ¿Separado de qué amor estás? -El polvo quiere que se le elogie. Alma mía, ¿qué has visto en la arena?
Huesos blanqueados - conchas vaciadas... Una mañana llegamos junto a una duna lo bastante alta para resguardarnos del sol. Nos sentamos. La sombra era casi fresca y unos juncos crecían allí con delicadeza.
Pero de la noche, ¿qué diré de la noche? Es una navegación lenta. Las olas son menos azules que las arenas. Eran más luminosas que el cielo. -Sé de una noche en la que cada estrella, una por una me pareció particularmente bella.
Saúl, cuando en el desierto buscabas a tus pollinas no las encontraste, pero sí encontraste una dignidad real que no buscabas.
El goce de alimentar en uno mismo la miseria. La vida era para nosotros.salvaje y de sabor repentino Y a mí me gusta que la dicha sea aquí como una florescencia sobre la muerte.
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