Libro sexto

LINCEO

Zum sehen geboren,
Zum schamen bestellt.

GOETHE (Fausto, II.)
Mandamientos de Dios, habéis lastimado mi alma.
Mandamientos de Dios, ¿sois diez o veinte?
¿Hasta qué punto reduciréis vuestros límites?
¿Enseñaréis que hay cada vez más cosas prohibidas?
¿Nuevos castigos prometidos para la sed de todo lo bello
que haya encontrado yo en la tierra?
Mandamientos de Dios, habéis enfermado mi alma.
Habéis rodeado de muros las únicas aguas con que podían apagar mi sed.
.. .Pero ahora me siento, Natanael, lleno de conmiseración por las faltas delicadas de los hombres.

Natanael, te enseñaré que todas las cosas son divinamente naturales.
Natanael, te hablaré de todo.
Pondré en tus manos, pastorcito, un cayado sin metal, y conduciremos con cariño, a todas partes, ovejas que todavía no han seguido a dueño alguno.
Pastor, guiaré tus deseos hacia todo lo que existe de bello en la tierra.

Natanael, quiero inflamar tus labios con una sed nueva, y luego acercar a ellos copas llenas de frescor. Yo he bebido; conozco los manantiales en que sacian su sed los labios.

Natanael, te hablaré de los manantiales:

Hay manantiales que brotan de las rocas.
Los que se ven nacer bajo los ventisqueros.
Los hay tan azules que parecen más profundos.
(La Cyané, de Siracusa, es por eso maravillosa.
Fuente azulada; pilón resguardado; nacimiento de agua entre papiros; nos inclinamos desde la barca; en una arena que parecía de zafiros navegaban peces cerúleos.)
En Zaghouan brotaban de la Ninfea las aguas que en otro tiempo dieron de beber a Cartago.
En Vaucluse, el agua sale de la tierra, abundante como si fluyese desde hace mucho tiempo; es ya casi un río que se puede remontar bajo la tierra; atraviesa grutas y se impregna de noche. La luz de las antorchas vacila, se siente oprimida, después hay un lugar tan sombrío que uno se dice: No, nunca podré seguir más adelante.
Hay fuentes ferruginosas que colorean suntuosamente las rocas.
Hay fuentes sulfurosas, cuya agua verde y cálida parece a primera vista envenenada; pero, Natanael, cuando uno se baña en ella la piel se pone tan suavemente blanda que produce más delicia el tocarla.
Hay fuentes de las que surgen brumas por la tarde, brumas que flotan en los alrededores por la noche, y que por la mañana se disipan lentamente.
Fuentecillas muy simples, debilitadas entre los musgos y los juncos.
Fuentes a las que van a lavar las lavanderas y que hacen girar a los molinos.
¡Provisión inagotable!, salida impetuosa de las aguas. Abundancia del agua bajo los manantiales; depósitos ocultos; jarrones descercados. La roca dura estallará. La montaña se cubrirá de arbustos; las zonas áridas se regocijarán y florecerá toda la amargura del desierto.
Brotan de la tierra más fuentes que sedes tenemos para beberlas.
Aguas sin cesar renovadas; vapores celestes que descienden de nuevo.

Si faltan aguas en la llanura, que la llanura vaya a beber a las montañas -o que canales subterráneos lleven el agua de los montes hacia la llanura. - Riegos prodigiosos de Granada. - Depósitos; Ninfeas. - Ciertamente, hay bellezas extraordinarias en las fuentes - delicias extraordinarias en el bañarse en ellas. ¡Piscinas! ¡Piscinas! Saldremos de vosotras purificados.
Como el sol en la aurora,
y la luna en el rocío de la noche,
en vuestra humedad corriente
lavaremos nuestros miembros fatigados.

Hay bellezas extraordinarias en las fuentes, y en las aguas que se filtran bajo la tierra. Aparecen luego tan claras como si hubiesen atravesado cristales; hay delicias extraordinarias en beberlas: son pálidas como el aire, incoloras como si no existiesen, e insípidas; sólo se las percibe por su frescura excesiva, que es su virtud oculta. Natanael, ¿has comprendido que se pueda desear beberlas?
Los goces mayores de mis sentidos
han sido sedes saciadas.

Ahora te diré, Natanael, la…

RONDA
DE MIS SEDES SATISFECHAS

Pues hemos tenido para acercar a copas llenas

unos labios más tendidos que hacia besos;
copas llenas, tan pronto vaciadas.

Los goces mayores de mis sentidos
han sido sedes saciadas...

Hay bebidas que se preparan
con el jugo de naranjas exprimidas,
de limones,
y que refrescan porque son
a la vez acidas y dulzonas.

He bebido en vasos tan delgados
que se temía romperlos con la boca
antes de que los dientes los tocasen;
y en ellos parecen mejores las bebidas
pues casi nada las separa de nuestros labios.
He bebido en cubiletes elásticos
que se apretaban entre ambas manos
para hacer subir el vino hasta los labios.

He bebido jarabes fuertes en groseros vasos de posadas
en los anocheceres de los días en que había caminado
bajo el sol
y a veces el agua muy fría de las cisternas
me hacía sentir mejor, después, la sombra de la noche.
He bebido agua que habían guardado en odres
y que olía a piel de cabra embreada.

He bebido agua casi acostado en la orilla
de arroyos en que habría deseado bañarme,
con los brazos desnudos hundidos en el agua viva
hasta el fondo, donde se ve agitarse los guijarros
blancos….
y la frescura me entraba también por los hombros.

Los pastores bebían el agua en sus manos;
yo les enseñé a aspirarlas con pajas.
Ciertos días caminaba a pleno sol,
en verano, en las horas de más calor,
buscando grandes sedes que poder aplacar.

¿Y recuerdas, amigo mío, que una noche, durante nuestro viaje espantoso, nos relevamos, sudorosos, para beber en el cántaro de tierra el agua que ésta había helado?

Aljibes, pozos ocultos a los que bajan las mujeres. Aguas que nunca han visto la luz; sabor de sombra. Aguas muy ventiladas.
Aguas anormalmente transparentes y que yo deseaba azuladas, o mejor verdes, para que me pareciesen más heladas y ligeramente anisadas.
Los goces mayores de mis sentidos han sido sedes saciadas.

¡No! Aún no he contado todas las estrellas que tiene el cielo, las perlas que hay en el mar, las plumas blancas de las orillas de los golfos.
Ni todos los murmullos de las hojas; ni todas las sonrisas de la aurora; ni todas las risas del estío. ¿Y ahora qué más diré? ¿Creéis que mi corazón reposa porque mi boca se calla?

¡Oh, campos bañados de azul!
¡Oh, campos empapados de miel!

Las abejas vendrán, cargadas de cera...
He visto puertos oscuros en los que el alba estaba oculta detrás de los enrejados de las vergas y las velas; la salida furtiva de los barcos, por la mañana, entre los cascos de los grandes navios. Había que encorvarse para pasar bajo los cables tensos de las amarras.
He visto partir de noche galeones innumerables que se hundían en las tinieblas, que se hundían hacia la luz.

No son tan brillantes como las perlas; no son tan resplandecientes como el agua; pero los guijarros del sendero brillan, sin embargo. Suaves recepciones de la luz en los senderos cubiertos por los que caminaba.
¿Pero qué diré, Natanael, de la fosforescencia? La materia es infinitamente porosa para el espíritu, sumisa a todas las leyes, obediente. Y transparente de un lado a otro. Tú no has visto los muros de esta ciudad musulmana enrojecer en el crepúsculo, iluminarse débilmente por la noche. Muros profundos en los que la luz se ha derramado durante el día; muros blancos como el metal, al mediodía (la luz se atesora en ellos); por la noche pareceríais repetirla, contarla muy débilmente. -¡Ciudades, me habéis parecido transparentes! Vistas desde la colina, desde allá abajo, en la gran sombra envolvente de la noche, lucíais semejantes a las cóncavas lámparas de alabastro, imágenes de un corazón religioso, por la claridad que las llena, como si fuesen porosas, y cuyo resplandor supura alrededor como si fuese leche.
Blancos guijarros de los caminos a la sombra; receptáculos de claridad. Blancos brezos en los crepúsculos de las estepas; losas de mármol de las mezquitas; flores de las grutas marinas, actinias... Toda blancura es claridad reservada.
He aprendido a juzgar a todos los seres por su capacidad de recepción luminosa; algunos que durante el día supieron acoger al sol me parecieron luego, por la noche, como celdas de claridad. - He visto aguas que corrían por la llanura, al mediodía y que, más lejos, deslizándose bajo las rocas opacas, hacían discurrir tesoros dorados.
Pero, Natanael, sólo quiero hablarte aquí de las cosas -no de la…

REALIDAD INVISIBLE- pues

... como esas algas maravillosas que cuando se las saca del agua se deslustran... así... etc.

-La infinita variedad de los paisajes nos demostraba sin cesar que todavía no habíamos conocido todas las formas de la dicha, de la meditación o la tristeza que podían cubrir. Sé que en ciertos días de mi infancia, cuando todavía me hallaba a veces triste, en los eriales de Bretaña, la tristeza huía a veces de mí súbitamente, de tal modo se sentía comprendida y recibida en el paisaje, y así, ante mí, la podía contemplar deliciosamente.
La novedad perpetua.
Hace algo muy sencillo y luego dice:
Comprendí que esto no había sido nunca hecho, ni pensado, ni dicho. - Y de pronto todo me pareció de una virginidad perfecta. (Todo el pasado del mundo completamente absorbido en el momento presente.)

20 de julio, a las 2 de la mañana.
Levantarse. - Dios es a quien menos hay que hacer esperar, exclamaba yo al levantarme; por pronto que uno se levante, ve siempre circular la vida; habiéndose ella acostado más pronto, se hacía esperar menos que nosotros.

Vosotras erais, auroras, nuestras delicias más caras.
¡Primaveras, auroras de los estíos!
¡Primaveras de todos los días, auroras!
No nos habíamos levantado todavía
cuando aparecieron los arcos iris . . .
. . .y nunca bastante matinales,
o no tan vespertinos,
como habría sido menester para la luna . . .





Sueños.He conocido los sueños del mediodía en el verano - los sueños de la mitad del día - después del trabajo comenzado muy temprano; los sueños abrumados.
Las dos. - Niños acostados. Silencio sofocante. Posibilidad de música, pero sin hacerla. Olor de las cortinas de cretona. Jacintos y tulipanes. Lencería.
Las cinco. - Despertares sudorosos; corazón que late; estremecimientos; cabeza ligera; disponibilidad de la carne; carne porosa y que parece invadir demasiado deliciosamente todas las cosas. Sol bajo; céspedes amarillos; ojos abiertos al final del día. ¡Oh licor del pensamiento vespertino! Desarrollo de las flores de la tarde. Lavarse la frente con agua tibia; salir... Espalderas; jardines cercados con paredes al sol. Camino; animales que vuelven de las dehesas; puesta del sol que se ve inútilmente, admiración ya suficiente. Volver. Reanudar el trabajo junto a la lámpara.

Natanael, ¿qué te diré de las camas?
He dormido en los almiares; he dormido en los surcos de los trigales; he dormido en la hierba, al sol; en los trojes de heno, por la noche. Colgaba mi hamaca de las ramas de los árboles; he dormido columpiado por las olas; acostado en el puente de los navios; o en las estrechas literas de los camarotes, frente al ojo estúpido del tragaluz. Hubo camas en las que me esperaban cortesanas; otras en las que yo esperaba a mozalbetes. Las había cubiertas con telas y tan blandas que parecían armonizarse para el amor, lo mismo que mi cuerpo. He dormido en los campos, sobre tablas, en las que el suelo era como una perdición. He dormido en vagones en marcha, sin perder un instante la sensación del movimiento.
Natanael, hay en el sueño admirables preparativos; hay admirables despertares; pero no hay sueños admirables, y a mí no me gusta el sueño sino en tanto que lo creo realidad. Pues el sueño más bello no vale el momento del despertar.

Adquirí la costumbre de dormir frente a mi ventana abierta de par en par, y como inmediatamente bajo el cielo. En las noches demasiado calurosas de julio he dormido completamente desnudo a la luz de la luna; al alba me despertaba el canto de los mirlos; me hundía enteramente en agua fría y me enorgullecía de comenzar muy pronto mi jornada. En el Jura, mi ventana se abría sobre un valle que en seguida se llenó de nieve; desde mi lecho divisaba la linde de un bosque; volaban cuervos y cornejas; de madrugada me despertaban los cencerros de los rebaños; cerca de mi casa, se hallaba la fuente adonde los llevaban a beber los vaqueros: me acuerdo de todo eso.
Me gustaba, en las posadas de Bretaña, el contacto de las sábanas toscas y el buen olor de la lejía. En Belle-Isle me despertaban los cantos de los marinos; corría a mi ventana y veía alejarse las barcas; luego bajaba hacia la mar.
Hay habitaciones maravillosas; en ninguna he querido permanecer largo tiempo. Temor de las puertas que se cierran, de las trampas. Celdas que se vuelven a cerrar sobre el espíritu. La vida nómada es la de los pastores. (Natanael, pondré en tus manos mi cayado y a tu vez guardarás mis ovejas. Estoy cansado. Tú partirás ahora; todos los territorios están ampliamente abiertos y los rebaños nunca hartos balan siempre en demanda de nuevos pastos.)
Natanael, a veces me retuvieron extrañas moradas. Unas se hallaban en medio de los bosques; otras, a la orilla de las aguas; otras fueron espaciosas. Pero tan pronto como, por la costumbre, dejaba de observarlas, tan pronto como dejaban de asombrarme, requerido por la oferta de las ventanas, y cuando iba a comenzar a pensar, las dejaba.
(No puedo explicarte, Natanael, ese deseo exasperado de novedad; no me parecía rozar, desflorar cosa alguna; pero mi súbita sensación era desde el primer momento tan intensa que ninguna repetición la aumentaba después; de modo que, si me sucedía con frecuencia que volviese a las mismas ciudades, a los mismos lugares, era para sentir en ellos un cambio de día o de estación, más sensible en líneas conocidas; y si, cuando vivía en Argel, pasé el fin de cada día en el mismo cafetín moro, era para percibir el cambio imperceptible, de una noche a la otra, de cada ser, para ver cómo el tiempo modificaba, aunque lentamente, un mismo espacio pequeñísimo.)
En Roma, cerca del Pincio, al nivel de la calle, por mi ventana enrejada, semejante a la de una cárcel, las vendedoras de flores iban a ofrecerme rosas, que embalsamaban el aire. En Florencia podía, sin levantarme de mi mesa, ver el amarillo Arno desbordado. En las terrazas de Biskra, Meriem llegaba al claro de luna, en el silencio inmenso de la noche. Estaba completamente envuelta en un gran haik blanco desgarrado que dejaba caer riendo al pasar por la puerta con vidrios; en mi alcoba la esperaban golosinas. En Granada, mi habitación tenía sobre la chimenea sandías en vez de candelabros. En Sevilla, hay patios; son de mármol pálido, llenos de sombras y de frescura de agua; de agua que corre, chorrea y chapotea en un pilón del centro del patio.

Una pared, espesa contra el viento del Norte, porosa a la luz del Mediodía; una casa rodante, viajera, transparente a todos los favores del Mediodía... ¿Qué sería una habitación para nosotros, Natanael? Un abrigo en un paisaje.



Te hablaré de las ventanas todavía: En Napóles charlábamos en los balcones, y al anochecer soñábamos junto a los claros vestidos de las mujeres; y las cortinas medio corridas nos aislaban de la ruidosa compañía del baile. Había palabras intercambiadas, de una delicadeza tan desoladora que luego se permanecía algún tiempo sin hablar; a continuación ascendía del jardín el perfume intolerable de las flores de naranjo, y el canto de los pájaros de las noches de estío; y después esos pájaros mismos se callaban durante unos instantes; entonces se oía muy débilmente el ruido de las olas.
Balcones; canastillos de glicinas y de rosas; descanso del crepúsculo; tibieza.
(Esta noche una borrasca lamentable solloza y chorrea contra el vidrio de mi ventana; yo me esfuerzo por preferirla a todo.)
Natanael, te hablaré de las ciudades.
He visto dormir a Esmirna como una muchacha acostada; a Nápoles como una bañista lasciva, y a Zaghuan como un pastor cabileño a quien la llegada de la aurora ha enrojecido las mejillas. Argel tiembla de amor al sol y desfallece de amor por la noche.
He visto, en el Norte, pueblecillos dormidos a la luz de la luna; las paredes de las casas eran alternativamente azules y amarillas; a su alrededor se extendía la llanura; en los campos quedaban enormes haces de heno. Se sale al campo desierto, se vuelve a la aldea dormida.
Hay ciudades y ciudades; a veces no se sabe por qué han sido edificadas donde están. ¡Oh!, ciudades de Oriente, del Mediodía; ciudades de techos planos y de blancas terrazas donde las mujeres locas van a soñar por la noche. Placeres; fiestas de amor; lampadarios de las plazas que, cuando se los ve desde las colinas vecinas, forman como una fosforescencia en la noche.
¡Ciudades de Oriente! Fiesta de fuego; calles que llaman allí calles santas, en las que los cafés están llenos de cortesanas a las que hacen bailar músicas demasiado agudas. Los árabes vestidos de blanco circulan por ellas, y niños que me parecían demasiado jóvenes para conocer ya el amor. (Había algunos cuyos labios eran más cálidos que los pajarillos empollados.)
¡Ciudades del Norte! Desembarcaderos; fábricas; ciudades cuyo humo oculta el cielo. Monumentos; torres móviles; presunción de los arcos. Cortejos que cabalgan por las avenidas; muchedumbre solícita. Asfalto brillante después de la lluvia; bulevar en el que languidecen los castaños; mujeres que os esperan siempre. Había noches, unas noches tan blandas que el menor llamamiento me habría sentido desfallecer.
Las once. - Clausura; ruido estridente de los postigos de hierro. Ciudades. Por la noche, en las calles solitarias, a mi paso las ratas volvían a meterse apresuradamente en sus albañales. Por los respiraderos de los sótanos se veía hacer pan a hombres medio desnudos.

-¡Oh, cafés!, en los que nuestra demencia se prolonga hasta que está ya muy avanzada la noche; la embriaguez de las bebidas y de las palabras terminaban por adormecernos. ¡Cafés! Había algunos llenos de cuadros y de espejos, ricos, en los que no se veía sino personas muy elegantes; otros, pequeños, en los que se cantaban coplas cómicas y en los que las mujeres, para bailar, se levantaban muy arriba las faldas.
En Italia los había que se extendían por las plazas en las noches de estío, y en los que se tomaban buenos helados de limón. En Argelia había uno en el que se fumaba kief y en el que estuve a punto de que me asesinaran; al año siguiente lo había cerrado la policía, pues sólo acudían a él personas sospechosas.
Más cafés... ¡Oh, los cafés moros! -A veces un poeta narrador refiere en ellos largamente una historia; ¡cuántas noches fui a escucharle sin comprenderle!... Pero a todos, en verdad, te prefiero, lugar de silencio y de final del día, cafetín de Bab el Derb, choza de tierra en el límite, del oasis- pues más lejos comenzaba todo el desierto- desde donde veía, tras un día más jadeante, llegar una noche más pacífica. Junto a mí se extasiaba un monótono toque de flauta. - Y pienso en ti, cafetín de Shiraz, café que celebró Hafiz; Hafiz, ebrio del vino del copero y del amor, silencioso, en la terraza donde le llegan las rosas. Hafiz que, junto al copero dormido, espera, componiendo versos, al día durante toda la noche.

(Quisiera haber nacido en una época en que el poeta no hubiese cantado las cosas sino simplemente enumerándolas. Mi admiración habría recaído sucesivamente en cada una de ellas y su elogio lo habría demostrado; tal habría sido la razón suficiente.)

Natanael, todavía no hemos contemplado juntos las hojas. Todas las curvas de las hojas...
Follajes de los árboles; grutas verdes, horadadas con salidas; fondos mudables por las menores brisas; movimientos; remolinos de formas; paredes cortadas; montura elástica de las ramas; balanceo redondo; lamelículas y alvéolos...
Ramas desigualmente agitadas... porque la diversa elasticidad de las ramillas, al hacer diversa su fuerza de resistencia al viento, hace también diverso el impulso que les da el viento... etc. Pasemos a otro tema... ¿Cuál? No habiendo composición, no habría que elegir... ¡Disponible, Natanael, disponible!
-y mediante una atención súbita, simultánea de todos los sentidos, llegar a hacer (es difícil decirlo) del sentimiento mismo de su vida la sensación concentrada de todo el contacto exterior... (o recíprocamente). Aquí estoy; ocupo ese agujero en el que se hunden, en mi oreja, ese ruido continuo del agua; aumentado, y luego aquietado,
De ese viento en esos pinos; intermitente, de los saltamontes;
En mis ojos; el brillo de ese sol en el arroyo; el movimiento de esos pinos... (mira, una ardilla)... de mi pie, que hace un agujero en este musgo, etcétera;
En mi carne: (la sensación) de esta humedad; de esta blandura de musgo (¡ay!, ¿qué rama me pica?...) de mi frente en mi mano; de mi mano en mi frente, etcétera;
En mis fosas nasales: ... (¡chitón!, la ardilla se acerca), etcétera.

Y todo esto junto, etc., en un paquetito; -es la vida-;
-¿lo es todo? -¡No! Hay siempre más cosas.
¿Crees, pues, que no soy sino una cita de sensaciones?
-Mi vida es siempre: eso más yo mismo. -En otra ocasión te hablaré de mí mismo. Tampoco te diré hoy la…

RONDA
DE LAS DIFERENTES FORMAS DEL ESPÍRITU
ni la RONDA
DE LOS MEJORES AMIGOS
ni la
BALADA
DE TODOS LOS ENCUENTROS

en las que se hallaban estas frases entre otras:
En Como, en Lecco, las uvas estaban maduras. Subía a una enorme colina en la que se hundían castillos antiguos. Allí las uvas tenían un olor tan azucarado que me resultaba incómodo; penetraba como un sabor hasta el fondo de las fosas nasales, y el comer luego las uvas no era ya para mí ninguna revelación particular, pero tenía tanta sed y tanta hambre que algunos racimos bastaron para embriagarme.

...Pero en esta balada yo hablaba sobre todo de los hombres y las mujeres, y si no te la digo ahora es porque en este libro no quiero hacer personalidades. Pues habrás advertido que en este libro no había persona alguna. Y yo mismo no soy en él sino Visión. Natanael, soy el guardián de la torre, Linceo. Bastante tiempo había durado la noche. Desde lo alto de la torre ¡gritaba tanto hacia vosotras, auroras!, ¡auroras nunca demasiado radiantes!
Conservé hasta el fin de la noche la esperanza en una novedad luminosa; ahora no la veo todavía, mas la espero; sé de qué lado apuntará la aurora.
En verdad, todo un pueblo se apresta; desde lo alto de la torre oigo un rumor en las calles. ¡Nacerá el día! El pueblo en fiesta marcha ya al encuentro del sol.
-¿Qué dice de la noche? ¿Qué dices de la noche, centinela?
-Veo una generación que asciende, y veo una generación que desciende. Veo una enorme generación que asciende, que asciende completamente armada, completamente armada de gozo hacia la vida.
¿Desde lo alto de la torre qué ves, qué ves, Linceo, hermano mío?
¡Ay! ¡Ay! Deja de llorar al otro profeta; la noche viene y el día también.
Viene su noche y también nuestro día. Y que quien quiera dormir duerma. ¡Linceo! Baja ahora de tu torre. Nace el día.
Desciende a la llanura. Mira de más cerca todas las cosas. ¡Ven, Liceo, acércate! Aquí está el día y nosotros creemos en él.


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