Villa Borghése. En esa fuente... (Penumbra)... cada gota, cada rayo, cada ser se moría con voluptuosidad. -¡Voluptuosidad! Quisiera repetir sin cesar esta palabra; quisiera que fuese sinónima de bienestar, y hasta que bastara con decir estar, simplemente. ¡Ah!, que Dios no haya creado el mundo sólo para eso es lo que no se llega a comprender sino diciéndose... etcétera. Era un lugar de frescor exquisito, en el que el encanto de dormir era tan grande que hasta entonces parecía desconocido. Y allí esperaban alimentos deliciosos a que tuviésemos hambre de ellos.Adriático (3 de la mañana) El canto de esos marineros en las jarcias me importuna. ¡Oh, si supieras, si supieras, tierra excesivamente vieja y tan joven, el gusto amargo y dulce, el gusto delicioso que tiene la vida tan breve del hombre! ¡Si supieras, eterna idea de la apariencia, el valor que da al instante la próxima espera de la muerte! ¡Oh, primavera! Las plantas que viven sólo un año tienen más apretadas sus frágiles flores. El hombre no tiene más que una primavera en la vida y el recuerdo de un goce no es una nueva aproximación de la dicha.
Colina de FiésoleBella Florencia, ciudad de estudio grave, de lujo y de flores; sobre todo seria; grano de mirto y corona de "laurel esbelto". Colina de Vincigliata. Allí vi por primera vez disolverse las nubes en el azul; ello me sorprendió mucho, pues no pensaba que pudiesen reabsorberse así en el cielo y creía que durarían hasta la lluvia y sólo podían espesarse. Pero, no; observé cómo desaparecían uno a uno todos sus copos; no quedó más que azul. Fue una muerte maravillosa, un desvanecimiento en pleno cielo.Roma, Monte Pincio.Lo que me hizo gozar ese día fue algo como el amor -y que no era el amor- o por lo menos no era ese amor del que hablan y que buscan los hombres. Pero tampoco era la sensación de la belleza. No procedía de una mujer; tampoco procedía de mi pensamiento. ¿Escribiré y me comprenderás si digo que no era sino la simple exaltación de la LUZ? Me hallaba sentado en el jardín; yo no veía el sol, pero el aire brillaba con una luz difusa, como si el azul del cielo se hiciese líquido y lloviese. Sí, verdaderamente, había olas, remolinos de luz; en el musgo chispas como gotas; sí, verdaderamente, se habría dicho que fluía la luz por aquella alameda y en el extremo de las ramas quedaban espumas doradas entre aquel chorro de rayos. Napóles: pequeña peluquería frente al mar y el sol. Muelles de calor; cortinas que se levantan para entrar. Uno se abandona. ¿Va a durar esto largo tiempo? Quietud. Gotas de sudor en las sienes. Temblor de la espuma de jabón en las mejillas. Y él, que refina después de afeitar, que vuelve a afeitar con una navaja más débil, ayudándose ahora con una esponjita empapada en agua tibia que suaviza la piel, levanta el labio. Después, con una dulce agua perfumada, lava la quemadura que queda; y luego, con un ungüento, sigue calmando. Y para no moverme todavía, me hago cortar los cabellos.
Amalfi (por la noche)Hay esperas nocturnas de aún no se sabe qué amor. Pequeña habitación sobre el mar; me ha despertado la excesiva claridad de la luna, de la luna sobre el mar. Cuando me acerqué a la ventana creía que era el alba y que iba a ver salir el sol... Pero, no... (cosa ya plena y perfectamente acabada) -la luna- suave, suave, suave como para la acogida de Helena en el segundo Fausto. Mar desierto. Ciudad muerta. Un perro ladra en la noche. .. Andrajos en unas ventanas. No hay lugar para el hombre. No comprender ya cómo va a despertarse todo eso. Desolación excesiva del perro. El día no tendrá ya lugar. Imposibilidad de dormir. ¿Acaso harás... (Esto o aquello):
Saldrás al jardín desierto? Descenderás hacia la playa, para lavarte en ella? Irás a coger naranjas, que parecen grises bajo la luna? ¡Con una caricia consolarás al perro! (¡Tantas veces he sentido a la naturaleza reclamarme Un gesto y no he sabido cuál darle!) Esperar al sueño que no vendrá...
Un niño me siguió a aquel jardín rodeado de muros, enganchándose a la rama que rozaba la escalera. La escalera llevaba a terrazas que rodeaban al jardín; no parecía que se pudiera entrar en él. ¡Oh figurita que acaricié bajo las hojas!, nunca bastante sombra habría podido velar tu resplandor, y la sombra de los rizos en tu frente parecía cada vez más oscura. Bajaré a ese jardín, colgándome de los bejucos y las ramas, y sollozaré de ternura bajo esos bosquecillos más llenos de cantos que una pajarera, hasta la llegada del crepúsculo, hasta el anuncio de la noche que dorará y más tarde ahondará el agua misteriosa de las fuentes.
Los cuerpos delicados bajo el ramaje unidos. Toqué con tierno dedo su nacarada piel. Y en la suave arena Vi posarse sin ruido sus delicados pies... Siracusa.Barca de fondo plano; cielo que a veces descendía hasta nosotros en lluvia tibia; olor de limo de las plantas de agua, estregamiento de los tallos. La profundidad del agua disimula la salida abundante de este manantial azul. Ningún ruido; en este campo solitario, en este pilón natural ensanchado, es como una aparición de agua entre papiros.Túnez.En todo el azul del cielo no hay más blanco que el que sería necesario para una vela, ni más verde que el necesario para su sombra en el agua. La noche. Sortijas que brillan en la sombra. Claridades de luna en que se vaga. Pensamientos diferentes de los del día. Nefasta claridad lunar en el desierto. Los demonios que rondan los cementerios. Los pies desnudos en las losas azules.Malta.Extraordinaria embriaguez de los crepúsculos de estío en las plazas, cuando todavía hay mucha luz y sin embargo no hay sombras. Exaltación muy especial. Natanael, te hablaré de los jardines más bellos que he visto: En Florencia vendían rosas; ciertos días toda la ciudad embalsamaba. Todos los días al anochecer me paseaba por los Cascines y los domingos por los jardines Boboli sin flores.
En Sevilla hay, cerca de la Giralda, un antiguo patio de mezquita; crecen en él naranjos en lugares simétricos; el resto del patio está enlosado; los días de mucho sol no hay sino una pequeña sombra reducida; es un patio cuadrado, rodeado de muros; tiene una gran belleza, no sé explicarte por qué. Fuera de la ciudad, en un enorme jardín cerrado con verjas, crecen muchos árboles de los países cálidos; no entré en él, pero lo contemplé a través de las verjas; vi correr a unas pintadas y pensé que había allí muchos animales domesticados. ¿Qué te diría del Alcázar, jardín con apariencia de maravilla persa? Creo, al hablarte de él, que lo prefiero a todos los otros. Pienso en él al releer a Hafiz:
"Traedme vino Para que manche mi vestido, Pues me tambaleo de amor Y me llaman sabio". Hay en las alamedas saltos de agua dispuestos; las alamedas tienen enlosados de mármol, bordeados de mirtos y cipreses. A los dos lados hay fuentes de mármol en las que se lavaban las amantes del rey. No se ven más flores que rosas, narcisos y flores de laurel. En el fondo del jardín hay un árbol gigantesco, en el que se figura un bulbul prendido con alfileres. Cerca del palacio otras fuentes de muy mal gusto recuerdan a las de los patios de la Residencia de Munich, donde hay estatuas hechas completamente con conchas. A los jardines reales de Munich es adonde fui una primavera para saborear helados con gusto a hierba de mayo, cerca de una obstinada música militar. Un público inelegante, pero melómano. El crepúsculo se encantaba con ruiseñores patéticos. Su canto me hacía languidecer como el de una poesía alemana. Hay cierta intensidad de delicias que el hombre apenas puede rebasar y no sin lágrimas. Las delicias mismas de esos jardines me hacían pensar casi dolorosamente que muy bien podía haber estado en otra parte. Fue durante ese estío cuando aprendi a gozar más particularmente de las temperaturas. Los párpados son admirablemente aptos para eso. Me acuerdo de una noche en un coche de tren, noche que pasé ante la ventana abierta, ocupado únicamente en gustar el contacto del soplo más fresco; cerraba los ojos, no para dormir, sino para eso. El calor había sido, durante todo el día, sofocante, y en ese atardecer el aire, todavía tibio no obstante, parecía fresco y líquido a mis párpados inflamados. En Granada las terrazas del Generalife, plantadas con adelfas, no estaban floridas cuando yo las vi; ni el Campo Santo de Pisa; ni el pequeño claustro de San Marcos, que yo hubiese querido rebosante de rosas. Pero en Roma vi al Monte Pincio en la estación más bella. En las tardes agobiadoras se iba allá en busca de frescor. Como vivía cerca, me paseaba por allí todos los días. Yo estaba enfermo y no podía pensar en nada; la naturaleza me penetraba; ayudado por una perturbación nerviosa, a veces ya no sentía los límites de mi cuerpo; éste continuaba mas allá, o, en ocasiones, voluptuosamente, se hacía poroso como el azúcar; me fundía. Desde el banco de piedra en que me sentaba se dejaba ver Roma, que me extenuaba, y se dominaban los jardines Borghése, cuya inclinación ponía al nivel de mis pies las cimas un poco lejanas de los más altos pinos. ¡Oh, terrazas, terrazas de las que se lanza el espacio! ¡Oh, navegación aérea!... Por la noche habría querido vagar por los jardines Farnesio, pero no dejaban entrar en ellos. Admirable vegetación sobre esas ruinas disimuladas. En Napóles hay jardines bajos que siguen a la mar como un muelle y dejan entrar al sol; En Nimes, la Fuente, llena de aguas claras canalizadas. En Montpellier, el jardín botánico. Recuerdo que una noche, como en los jardines de Academo, me senté con Ambroise sobre una tumba antigua que hay allí rodeada de cipreses; y conversamos lentamente masticando pétalos de rosas. Una noche vimos desde el Peyrou la mar lejana y que la luna plateaba; junto a nosotros se propalaban las casadas del arca de agua de la ciudad; cisnes negros con franjas blancas nadaban en el tranquilo estanque. En Malta fui a leer a los jardines del residente; había en Cita Vecchia un bosque de limoneros muy pequeño; lo llamaban "il Boschetto"; nos deleitamos en él y mordimos limones maduros cuyo sabor primero es de una acidez intolerable, pero que luego deja en la boca un aroma refrescante. Los mordimos también en las crueles lizas de Siracusa. Por el parque de La Haya circulan gamos no demasiado salvajes. Desde el jardín de Avranches se ve el Mont Saint-Michel y las arenas lejanas, por la noche, parecen una materia incendiada. Hay ciudades muy pequeñas que tienen jardines encantadores; se olvida la ciudad, se olvida su nombre, y se anhela ver de nuevo el jardín, pero no se sabe ya volver a él. Sueño con los jardines de Mossul; me han dicho que están llenos de rosas. Omar cantó los de Nashpur, y Hafiz los jardines de Shiraz; nosotros nunca veremos los jardines de Nashpur. Pero en Biskra conocí los jardines de Uardi. Los niños guardan las cabras en ellos. En Túnez no hay más jardín que el cementerio. En Argel, en el jardín de Essai (palmeras de toda especie) he comido frutos que nunca había visto anteriormente. ¿Y qué te diré de Blidh, Natanael? ¡Ah, qué dulce es la hierba del Sahel! ¡y tus flores de naranja! ¡y tus sombras! Son suaves los olores de tus jardines. ¡Blidan! ¡Blidah! ¡Rosa diminuta! A comienzos del invierno te había desconocido. Tu bosque sagrado no tenía más hojas que las que una primavera no renueva; y tus glicinas y bejucos parecían sarmientos para la llama. La nieve descendida de las montañas se acercaba a ti; yo no podía calentarme en mi habitación, y menos todavía en tus jardines lluviosos. Leía la Doctrina de la Ciencia de Fichte y sentía que me hacía religioso. Yo era suave; decía que era necesario resignarse a la tristeza y trataba de hacer una virtud de todo ello. Ahora he sacudido a este respecto el polvo de mis sandalias. ¿Quién sabe adonde lo llevó el viento? Polvo del desierto por el que vagué como un profeta; piedra demasiado árida y esterilizada: para mis pies fue ardiente (pues el sol lo había calentado enormemente). ¡Que mis pies descansen al presente en la hierba del Sahel! ¡Que todas nuestras palabras sean de amor! ¡Blidah! ¡Blidah! ¡Flor del Sahel! ¡Rosa diminuta! Te he visto tibia y perfumada, llena de hojas y flores. La nieve del invierno había huido. En tu jardín sagrado brillaba místicamente tu mezquita blanca y el bejuco se doblaba bajo las flores. Un olivo desaparecía bajo las guirnaldas que le formaba una glicina. El aire suave aportaba el perfume que se alzaba de las flores de naranjo y hasta los delgados mandarineros embalsamaban. Desde la más alta de sus altas ramas los eucaliptos liberados dejaban caer su corteza vieja; ésta pendía, protección gastada, como un vestido que el sol hace inútil, como mi vieja moral que no servía sino para el invierno.Blidab.Los tallos enormes del hinojo (el brillo de su florescencia de color oro verdoso, bajo la luz de oro o bajo las hojas azuladas de los eucaliptos inmóviles) eran de un esplendor incomparable en esa mañana del primer estío, en el camino que seguíamos en el Sahel. Y los eucaliptos asombrados o tranquilos. Participación de cada cosa en la naturaleza; imposibilidad de salir de ella. Leyes físicas envolventes. Vagón que se lanza en la noche; por la mañana se cubre de rocío.A bordo.¡Cuántas noches, ah, vidrio redondo de mi camarote, tragaluz cerrado, cuántas noches miré hacia ti desde mi litera, diciéndome: he aquí que cuando este ojo blanquee será el alba; entonces me levantaré y sacudiré mi malestar; y el alba lavará el mar; y nosotros llegaremos a la tierra desconocida! Llegó el alba sin que el mar se hubiese calmado; la tierra aún estaba lejos y sobre la faz inmóvil de las aguas se tambaleaba mi pensamiento. El malestar de las olas del que toda la carne se acuerda. ¿Engancharé un pensamiento a esa gavia vacilante?, pensaba. Olas, ¿sólo veré esparcirse el agua al viento de la tarde? Siembro mi amor en la ola, mi pensamiento en la estéril llanura de las olas. Mi amor se hunde en las olas que se siguen y se parecen. Pasan y el ojo ya no las conoce. Mar informe y siempre agitado; lejos de los hombres tus olas se callan; nada se opone a su fluidez, pero nadie puede oír su silencio; chocan ya con la lancha más débil y su ruido nos hace creer que la tempestad es ruidosa. Las grandes olas avanzan y se suceden sin ruido alguno. Se siguen, y cada una de ellas levanta a su vez la misma gota de agua, sin casi cambiarla de lugar. Sólo se pasea su forma; el agua se presta y las abandona y nunca las acompaña. Toda forma no toma el mismo ser sino por muy pocos instantes; continúa a través de cada uno y luego lo deja. ¡Alma mía, no te ligues a pensamiento alguno! Lanza cada pensamiento al viento de mar adentro que te lo lleva; nunca lo llevarás tú misma hasta los cielos. Movilidad de las olas: eres tú la que hiciste tan vacilante mi pensamiento. Nada edificarás sobre la ola. Ésta se escapa bajo cada peso. Después de esas derivas desalentadoras, de esos vagabundeos de aquí para allá, ¿llegará el tranquilo puerto en el que mi alma, por fin sosegada, contemplará la mar desde una sólida escollera, cerca del faro giratorio?
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