EL ANFIÓN FALSO MESÍAS O HISTORIAS Y AVENTURAS DEL BARÓN D'ORMESAN I El guía Hacía unos buenos quince años que no veía a D'Ormesan, uno de mis compañeros de colegio. Sólo sabía de él que después de haber amasado una considerable fortuna que a continuación disipó, servía de guía a los turistas en París. Lo encontré un día, ante uno de los más grandes hoteles de los bulevares. Mordiendo un cigarro, esperaba pacientemente a sus clientes. Me reconoció antes que yo a él, y viendo que yo no lo recordaba registró sus bolsillos y extrajo una tarjeta que me tendió en seguida, y donde se leía: Barón Ignace D'Ormesan Lo estreché en mis brazos, y sin asombrarme de su sin duda reciente ennoblecimiento, le pregunté qué tal andaban sus asuntos y si los extranjeros rendían este año. –¿Me toma usted por guía? –exclamó indignado–. ¿Un guía, un simple guía? –Eso creía –farfullé–. Me habían dicho... –¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! Los que le dijeron eso bromeaban. Usted me da la impresión de un hombre que preguntara a un pintor conocido si la construcción anda bien. ¡Soy un artista, querido amigo; más aún, he inventado un arte propio que soy el único en ejercer! –¿Un arte nuevo? ¡Caramba! –¡No se burle usted! –agregó en un tono severo–. Hablo muy en serio. Le pedí disculpas y él continuó con modestia: –Adoctrino en las artes, me destaco en todas; pero las carreras artísticas son enredadas. Convencido de que no lograría renombre como pintor, quemé todos mis cuadros. Renunciando a los laureles poéticos, rompí cerca de ciento cincuenta mil versos. De esta manera consolidé mi libertad estética e inventé un nuevo arte, fundado en el peripatetismo de Aristóteles. Llamé anfionía a este arte, en recuerdo del extraño poder que tenía Anfión sobre las piedras y otros diversos materiales que constituyen las ciudades. Además, aquellos que practiquen la anfionía serán llamados anfines. "Como todo nuevo arte necesita de una nueva Musa, y como por otra parte era yo su creador, fui, en consecuencia, su musa, y simplemente agregué al grupo de las Nueve Hermanas mi personificación femenina, bajo el nombre de baronesa d'Ormesan. Debo agregar que soy soltero y que, por lo tanto, tuve menos escrúpulos en aumentar a diez el número de Musas, en lo cual respeto, además, las leyes de mi país, relativas al sistema decimal. "Ahora que están claramente expuestos, según creo, los orígenes históricos y los datos mitológicos de la anfionía, voy a explicársela. "El instrumento y la materia de este arte es la ciudad, una parte de la cual se trata de recorrer, de manera que se exciten en el alma del anfión o del diletante los sentimientos que nacen ante lo bello y lo sublime, tal como lo hacen la música, la poesía, etcétera. "Para conservar los trozos compuestos por el anfión y para poder ejecutarlos nuevamente, él los anota en el plano de una ciudad, indicando exactamente, por medio de un trazo, el camino a seguir. Esos trozos, esos poemas, esas sinfonías anfiónicas, se llaman antiopías, en memoria de Antíope, la madre de Anfión. "En lo que a mí respecta, practico la anfionía en París. "Vea usted esta antiopía, que compuse esta mañana. La he titulado: "Pro patria", y está destinada, como su título lo indica, a exaltar el entusiasmo y los sentimientos patrióticos. "Partimos de la Plaza Saint-Agustín, donde se halla un cuartel y la estatua de Juana de Arco. Se sigue por la calle de la Pépiniére, la de Saint-Lazare, la de Cháteaulun hasta la de Laffitte, donde se puede ver el palacio de Rothschild. El regreso se hace por los bulevares hasta la Madeleine. Los grandes sentimientos se exaltan ante el edificio de la Cámara de Diputados. "El Ministerio de Marina, ante el cual se pasa, ofrece una idea elevada de la defensa nacional, y luego subimos por la Avenida de los Champs-Elysées. La emoción llega a un punto extremo al ver erguirse la mole del Arco de Triunfo. Ante la cúpula de los Inválidos, los ojos se llenan de lágrimas. Se vuelve rápidamente a la avenida Marigny para conservar esta emoción, que retoma la cúspide delante del palacio del Elíseo. "No le oculto que esta antiopía sería mucho más lírica, tendría mayor grandeza si se la pudiera terminar frente al palacio de un rey. Pero, ¿qué quiere usted? Hay que tomar las cosas y las ciudades como son. –Pero. .. –dije riendo–, yo hago anfionía todos los días. Sólo se trata de un paseo... –¡Señor Jourdain...! –exclamó el barón d'Ormesan–. Dice usted bien; usted practicaba la anfionía sin saberlo. ** * En ese momento salió del hotel un tropel de extranjeros. El barón se precipitó hacia «líos y les habló en su idioma; luego me llamó: –Ya lo ve usted, soy políglota. Pero venga con nosotros. Voy a ejecutar para estos turistas una antiopía resumida, algo así como un soneto anfiónico. Es uno de los trozos que más me producen y se titula Lutéce. Gracias a ciertas licencias no poéticas, aunque sí anfiónicas, me permite mostrar todo París en una media hora. Los turistas, el barón y yo subimos al imperial de un ómnibus que hace el recorrido entre la Madeleine y la Bastille. Al pasar por delante de la Opera, el barón d'Ormesan lo anunció en voz alta, y agregó al indicar la sucursal de la Caja de Descuentos: –El Palacio del Luxemburgo, el Senado. Frente al Napolitano, dijo enfáticamente: –La Academia Francesa. Ante el edificio del Crédito Lionés, anunció el Elíseo, y continuando de esta manera, mostró, en el trayecto hasta la Bastilla, los principales museos: Notre-Dame, el Panteón, la Madeleine, las grandes tiendas, los ministerios, las residencias de nuestros hombres ilustres muertos o vivos y, por fin, todo cuanto un extranjero debe ver en París. Descendimos del ómnibus. Los turistas retribuyeron con largueza al barón d'Ormesan. Yo estaba maravillado y se lo dije. El me agradeció modestamente y nos separamos. ** * Pasado un tiempo recibí una carta fechada en la prisión de Fresnes. Estaba firmada por el barón d'Ormesan: "Querido amigo –me escribía el artista–: Había compuesto una antiopía titulada: El Vellocino de oro, y la ejecuté un miércoles por la noche. Salí de Grenelle, donde vivo, en una lancha. Como usted podrá apreciarlo, era una sabia evocación de la leyenda de los argonautas. Hacia medianoche, en la rué de la Paix, rompí algunas vidrieras de joyería. Se me detuvo con bastante brutalidad, encarcelándoseme con el pretexto de haber robado diversos objetos de oro que constituían el Vellocino, objeto de mi antiopía. El juez de instrucción no entiende nada de anfionia y si usted no interviene seré condenado. Usted sabe que soy un gran artista. Proclámelo y libéreme." Como nada podía hacer por el barón d'Ormesan y, además, no me gusta tener que ver con la Justicia, no me tomé el trabajo de contestarle. II Un bello film –¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? –preguntó el barón d'Ormesan–. Por mi parte, yo no los cuento. He cometido algunos que me produjeron no poco dinero. Y si hoy no soy millonario debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos. "En 1901, fundé con algunos amigos la Cinematographic Internacional Company, a la que para abreviar llamábamos la C.I.C. Se trataba de producir filmes de gran interés y proyectarlos luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien planeado. Gracias a la indiscreción de un mucamo, pudimos obtener una escena interesante: el presidente de la República en el momento de levantarse de la cama. También logramos cinematografiar el nacimiento del príncipe de Albania. Por otra parte, sobornando después a precio de oro a algunos funcionarios del Sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir Malek-Pacha, quien después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió el siniestro café, por orden de su amo, en la terraza de su residencia de Pera. "Nos faltaba la representación de un crimen. Pero no se conoce de antemano la hora de una fechoría y es muy raro que los criminales actúen abiertamente. Desesperando de que pudiéramos procurarnos por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizar uno en una casa que alquilamos en Auteuil. Primeramente habíamos pensado contratar actores para mimar ese crimen que nos faltaba. Pero, además de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores, dándole escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos contentarnos con un simple juego teatral, por perfecto que fuera. Se nos ocurrió entonces echar suertes para determinar quién de entre nosotros debía sacrificarse y cometer el crimen que nuestra cámara debía registrar. Pero esta perspectiva era ingrata para todos. Después de todo, constituíamos una sociedad de gentes de bien y nadie quería arriesgarse a perder el honor, así fuera con fines comerciales. "Una noche nos ocultamos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la casa que habíamos alquilado. Éramos seis, todos armados con revólveres. Pasó una pareja, un hombre y una mujer jóvenes, cuyo aspecto atildado nos pareció apropiado para dar los elementos más interesantes de un crimen sensacional. Silenciosamente nos arrojamos sobre la pareja y, amarrándolos, los condujimos a la casa. Allí los dejamos al cuidado de uno de los nuestros y volvimos a nuestra emboscada. Apareció un señor de patillas blancas, vestido con traje de noche; fuimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa, a pesar de su resistencia. Nuestros revólveres dieron razón de su coraje y de sus gritos. Nuestro fotógrafo dispuso su cámara, iluminó la escena convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron a su lado apuntando con sus revólveres a los tres cautivos. Los jóvenes estaban desvanecidos. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Luego, dirigiéndome al señor de frac, le dije: –Señor, ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine con este puñal que pongo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan en sí. Tenga cuidado de que no lo estrangulen. Y como están desarmados, no cabe duda de que usted logrará su propósito. –Señor –repuso cortésmente el futuro asesino–: debo ceder ante la violencia. Ustedes han tomado sus decisiones y no he de intentar modificarlas, aunque su motivo no se me aparezca claramente; pero le pido una gracia, una sola: permítame cubrirme el rostro. "Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Le apliqué sobre la cara un pañuelo, que previamente había perforado en el lugar de los ojos, y el infeliz comenzó su tarea. "Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando este lúgubre escena. "Con el puñal dio unos puntazos en el brazo de su víctima. El joven se puso de pie de un salto y con una fuerza decuplicada por el espanto se echó sobre la espalda eje su agresor. La joven volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en ayuda de su amigo. Pero fue la primera en caer, herida de una puñalada en el corazón. Luego le tocó el turno al joven, que cayó, herido en la garganta. El asesino hizo las cosas bien. El pañuelo no se había movido durante la lucha, y lo retuvo todo el tiempo que la cámara funcionó. –¿Están ustedes contentos? –nos preguntó–. ¿Puedo ahora arreglarme un poco? "Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se peinó, se cepilló la ropa. "Inmediatamente, la cámara se detuvo. ** * "El asesino esperó a que termináramos de hacer desaparecer los rastros de nuestro paso por el lugar, porque la policía no dejaría de ir allí al día siguiente Salimos todos juntos. Se despidió de nosotros como un perfecto hombre de mundo, y se dirigió rápidamente a su club donde, seguramente, no habría de ganar esa noche una suma fabulosa, después de semejante aventura. Saludamos muy reconocidos a ese jugador y nos fuimos a acostar. Ya teníamos nuestro crimen sensacional, que provocaría un alboroto enorme, pues las víctimas eran la mujer del ministro de un pequeño estado de los Balcanes y su amante, hijo del pretendiente a la corona de un principado de Alemania del norte. "La casa había sido alquilada bajo nombre falso, y el administrador, para evitar complicaciones, declaró reconocer al locatario en el joven príncipe. La policía estuvo atareada en el asunto durante dos meses. Los diarios publicaron ediciones especiales y, como nosotros comenzamos en ese momento nuestra gira, es de imaginar el éxito que tuvimos. La policía no sospechó ni en un instante que ofrecíamos la realidad del asesinato del día. Sin embargo, nosotros lo anunciábamos con toda claridad. El público no se engañó: nos acogió entusiastamente, y tanto en Europa como en América ganamos, al término de seis meses de exhibiciones, trescientos cuarenta y dos mil francos, que repartimos entre los miembros de nuestra asociación. "El crimen había suscitado demasiado revuelo como para permanecer impune, y la policía terminó por detener a un levantino que no pudo presentar una coartada admisible para la noche del crimen. A pesar de sus protestas de inocencia, fue condenado a muerte y ejecutado. Tuvimos, además, mucha suerte. Nuestro fotógrafo pudo, por un feliz azar, asistir a la ejecución, con lo que nuestro espectáculo se cerraba con una nueva escena, hecha a medida para atraer a las multitudes. "Cuando al término de diez años, por causas sobre las que no me extenderé, nuestra asociación se disolvió, yo había cobrado por mi parte más de un millón, que perdí en las carreras al año siguiente. III Un cigarro novelesco "Hace de esto unos años –me dijo el barón d'Ormesan–, uno de mis amigos me obsequió una caja de habanos, asegurándome que eran de la misma calidad que aquellos sin los cuales no podía pasarse el difunto rey de Inglaterra. "Esa noche, levantando la tapa de la caja, me complací en respirar el aroma de esos maravillosos cigarros. Los comparé a los torpedos bien alineados de un arsenal. ¡Pacífico arsenal! ¡Torpedos que el sueño ha inventado para combatir el hastío! Luego, tomando delicadamente uno de los cigarros, comprendí que la comparación con los torpedos era desacertada. Se parecía, más bien, a un dedo de un negro, y el anillo de papel dorado contribuía a aumentar la ilusión que el hermoso color obscuro me había sugerido. Lo perforé cuidadosamente, lo encendí y comencé a aspirar, beatíficamente, aromáticas bocanadas. Al cabo de unos instantes, comencé a sentir en la boca un sabor desagradable, y el humo del cigarro me pareció que olía a papri quemado. "El rey de Inglaterra –me dije– debe de tener, en materia de tabacos, gustos menos refinados de lo que podría creerse. Es posible, también, que el fraude, tan generalizado en nuestros días, no haya respetado siquiera el paladar ni la garganta de Eduardo VII. Todo se pierde; ya no hay manera de fumar un buen cigarro. Y con una mueca de disgusto dejé de fumar ese cigarro que, decididamente, olía a cartón quemado. Lo examiné un momento y pensé: "Desde que los norteamericanos han puesto sus manos sobre Cuba, puede ser que la prosperidad de la isla haya aumentado, pero los habanos ya no son fumables. Estos yanquis habrán seguramente aplicado procedimientos modernos a los cultivos de tabaco; las cigarreras han sido reemplazadas por máquinas. Todo eso puede resultar económico y rápido, pero el cigarro pierde mucho. En todo caso, el que traté de fumar hace un instante me autoriza a creer que los falsificadores intervienen en esto y que los diarios viejos empapados en nicotina ocupan ahora el lugar de las hojas de tabaco en las manufacturas habaneras. "Reflexionaba de esta manera mientras deshacía mi cigarro con el objeto de analizar los elementos que lo componían. No me sorprendió demasiado descubrir, dispuesto de manera que no impedía el tiraje, un rollito de papel que me apresuré a desenrollar. Estaba formado por una hoja de papel que protegía a un sobrecito cerrado con la siguiente dirección: Sen. Don José Hurtado y Barral Calle de los Ángeles Habana "En la hoja de papel, cuyo borde superior estaba un poco quemado, leí con estupefacción algunas líneas en español trazadas por una mano femenina: «Encerrada contra mi voluntad en el convento de la Merced, ruego al buen cristiano a quien se le ocurra la idea de averiguar la composición de este cigarro desagradable, quiera enviar a su destino la carta adjunta.» "Asombrado y muy conmovido, tomé mi sombrero y luego de escribir mis señas como remitente en el dorso del sobre, para que en caso de no llegar a su destinatario me fuese devuelto, fui a echarla al correo. Volví a casa y encendí un segundo cigarro. Era excelente, al igual que los restantes. Mi amigo no se había engañado. El rey de Inglaterra era un buen conocedor de tabacos de La Habana. ** * "Cinco o seis meses después, cuando ya había olvidado este novelesco incidente, un día me anunciaron la visita de un negro y una negra muy atildados, que me rogaban insistentemente los recibiera, agregando que yo los conocía y que, sin duda, sus nombres no me dirían nada. "Muy intrigado, entré en el salón donde me esperaba la exótica pareja. El caballero negro se presentó con soltura, expresándose en un francés bastante inteligible: –Soy –me dijo– don José Hurtado y Barral... –¡Cómo! ¡Usted! –exclamé asombrado al recordar de pronto la historia del cigarro. Aunque, debo confesado, no se me habla pasado por las mientes que el Romeo habanero y su Julieta pudieran ser negros. "Don José Hurtado y Barral prosiguió con cortesía: –Soy yo. Esta es mi esposa –y presentándome a su mujer, agregó–: lo es gracias a la gentileza de usted, pues sus padres, despiadados, la habían encerrado en un convento en el que las monjas fabrican cigarros destinados exclusivamente a la corte pontificia y a la de Inglaterra. "Yo no salía de mi asombro, Hurtado y Barral continuó: –Los dos pertenecemos a ricas familias de color, de las que hay un cierto número en Cuba. Pero, ¿lo creerá usted?, el prejuicio racial existe tanto entre los negros como entre los blancos. Los padres de mi Dolores querían, a todo precio, que ella se casara con un blanco. Sobre todo, deseaban a un yanqui por yerno, y, afectados por la firme decisión adoptada por la hija de casarse conmigo, la encerraron, dentro del mayor secreto, en el convento de la Merced. «No sabiendo cómo volver a encontrar a Dolores, estaba desesperado y dispuesto a matarme, cuando la carta que usted tuvo la bondad de echar al correo me devolvió el ánimo. Rapté a mi novia y luego la hice mi mujer... «Hubiésemos sido ciertamente muy ingratos, señor, de no haber elegido como meta de nuestro viaje de bodas a este París, adonde teníamos el deber de venir para darle las gracias. »En la actualidad dirijo una de las más importantes manufacturas de cigarros de La Habana, y queriendo indemnizarle por el mal cigarro que usted fumó por culpa nuestra, le enviaré, dos veces al año, una provisión de habanos de primera selección, y sólo espero conocer su gusto de usted para ordenar el primer envío.» "Don José había aprendido el francés en Nueva Orleans, y su mujer lo hablaba sin acento extranjero, pues había sido educada en Francia... ** * "Poco tiempo después, los jóvenes héroes de esta aventura novelesca regresaron a La Habana. Debo agregar que, ingrato o descontento de su matrimonio, no lo sé, don José Hurtado y Barral jamás me hizo llegar los cigarros que me había prometido. IV La lepra Como alguien acababa de decir que el idioma italiano ofrece muy pocas dificultades, el barón d'Ormesan protestó con la certeza de alguien que habla una docena de lenguas europeas o asiáticas: –¿Que el italiano no es difícil? ¡Que error!... "Puede que sus dificultades sean poco observables, pero no por ello dejan de existir, créame; tengo experiencia al respecto. Esas dificultades fueron la causa de que casi cayese víctima de la lepra, ese terrible mal que, parecido a las dificultades de la lengua italiana, se oculta y parece haber desaparecido, mientras que, en realidad, continúa causando estragos a través de las cinco partes del mundo. –¡La lepra! –¿A causa del italiano? –¡Cuéntenos usted eso? –¡Debe ser horroroso! Al escuchar esas exclamaciones que probaban el éxito de su paradójica declaración, el barón d'Ormesan sonrió. Le alargué la caja de cigarros. Eligió uno y lo encendió después de haberle sacado la etiqueta, que se colocó en el anular, siguiendo una tonta costumbre que había adquirido en Alemania. Después de haber arrojado algunas bocanadas triunfales sobre sus oyentes, comenzó a hablar con un tono de vana condescendencia: –Hace unos doce años viajaba yo por Italia. En ese entonces era un lingüista muy ignorante; hablaba malísimamente el inglés y el alemán, y en cuanto al italiano, lo macarronizaba; es decir, me servía de palabras francesas a las que agregaba terminaciones sonoras, y usaba también palabras en latín. En una palabra, me hacía entender. "Había recorrido a pie buena parte de la Toscana, cuando llegué una tarde, a eso de las seis, a una deliciosa aldea, donde debía pernoctar. En la única posada del lugar me dijeron que todas las habitaciones estaban tomadas por un grupo de ingleses. El posadero me aconsejó que fuese a pedir albergue al cura. Este me recibió muy bien y pareció encantado de mi idioma híbrido, que de buen grado y haciéndome un gran honor, comparó a la lengua del Sueño de Polifilo. Le repuse que me contentaba con imitar involuntariamente a Merlin Coccaie. Rió mucho, diciéndome que precisamente su nombre era Folengo, lo que pareció una casualidad bastante extraordinaria. Acto seguido me condujo a su dormitorio, que puso a mi disposición. Quise rehusar, pero de nada valió. Este digno abate Polengo entendía la hospitalidad a la usanza toscana, sin duda, porque ni siquiera insinuó la intención de cambiar las sábanas de su cama, y no pude hallar un buen pretexto para pedir al buen cura, sin ofenderlo, un par de sábanas limpias. "Comí a solas con el cura Folengo. El menú fue tan delicado que olvidé las nefastas sábanas, entre las que me acosté hacia las diez de la noche. Me dormí en seguida. Llevaba casi un par de horas de sueño cuando fui despertado por unas voces que llegaban desde el cuarto vecino. Don Folengo hablaba con su gobernanta, la respetable señora de setenta años que nos había preparado la suculenta comida que aún estaba digiriendo. El cura hablaba animadamente. La gobernanta le respondía con voz agridulce. Una palabra que a cada instante escuchaba durante la conversación me chocó: la lepre. Me pregunté qué motivos habría para que a esas horas estuviesen hablando de ese terrible mal: la lepra. "Entonces evoqué la figura del abate Folengo y me pareció que estaba hinchado. Sus manos eran muy gruesas. Continuando mi razonamiento, tuve que reconocer que el sacerdote toscano era imberbe a pesar de su edad avanzada. Era demasiado. El espanto se apoderó de mí. Algunas aldeas italianas, al igual que ciertos pueblitos franceses, son verdaderos semilleros de lepra. Y ahora estaba seguro: don Folengo era leproso. Yo estaba acostado en el lecho de un leproso. Las sábanas no habían sido siquiera cambiadas. En ese momento las voces callaron. Poco después se oyeron los ronquidos del sacerdote en la pieza vecina. Escuché crujir los peldaños de una escalera de madera: la gobernanta subía a su bohardilla a acostarse. Mi terror crecía. Pensaba que los médicos aún no se han puesto de acuerdo a propósito del contagio de la lepra. Esos pensamientos no eran los más apropiados para tranquilizarme. Me decía que el abate me había ofrecido su lecho como acto de caridad y que, durante la noche, se percató de que de esa manera podía transmitirme su mal. De eso habría estado hablando con su gobernanta y, sin duda, antes de dormirse rogaría a Dios para que su imprudencia no tuviese una consecuencia desgraciada. Me levanté bañado en sudor frío y me acerqué a la ventana. "El reloj de la iglesia dio la media noche. No pude más y, fatigado, me senté en el piso y me dormí apoyado contra la pared. El frescor de la mañana me despertó a eso de las cuatro: estornudé unas treinta veces y temblaba al mirar el lecho fatal. Despertado por mis estornudos, el abate Folengo entró en la habitación: –¿Qué hace usted en camisa, contra la ventana? –me preguntó–. Me parece, mi querido huésped, que estaría usted mejor en esa cama. "Miré al cura. Su tez era rosada; era grueso, pero su salud, debo confesarlo, parecía floreciente. –Señor – le dije–; usted sabe que el clima de París y aun el de la Ile-de-France es poco favorable para el desarrollo de la lepra. Ese clima tiene, incluso, la saludable propiedad de hacer retrogradar ese mal. Muchos leprosos asiáticos o de Colombia, en América, donde esa enfermedad es muy frecuente, sólo piensan en redondear cierta suma de dinero que les permita vivir dos o tres años en París. Habiéndose atenuado la lepra durante ese tiempo, vuelven a sus países para amasar una nueva fortuna que les permita pasar otra temporada a orillas del Sena. –¿Adonde quiere usted ir a parar? –me preguntó el padre Folengo–. Habla usted, si no me equivoco, de la lepra, la lebbra, esa terrible enfermedad que hizo tantos estragos durante la Edad Media. –No son menores los que causa actualmente –le respondí, mirándolo severamente–, y en cuanto a los sacerdotes que la padecen, creo que estarían mejor en los lazaretos de Honolulú o en otras leproserías asiáticas. Allí podrían cuidar de sus compañeros de infortunio... –Pero, ¿por qué me habla usted de esas cosas horribles a hora tan temprana? –replicó el abate Folengo–. No son todavía las cinco; el sol apenas si apunta en el horizonte. La aurora que colorea el cielo de púrpura no me parece hecha para inspirar tan fúnebres pensamientos. –Confiéselo ya signor abate –exclamé–: es usted leproso; se lo escuché decir anoche... "Don Folengo parecía estupefacto y aterrado: –Señor francés –me dijo–: se engaña usted; no soy leproso, y me pregunto cómo pudo ocurrírsele idea tan desoladora. –No, signar abate –precisé–: lo escuché a usted anoche. Hablaba de la lepra con su gobernanta en la pieza vecina. "El abate Folengo estalló en una carcajada: –Ustedes los franceses –dijo riendo hasta las lágrimas–, no pueden venir a Italia sin que les ocurra una historia por el estilo, por ejemplo, vuestro Paul-Louis Courier, que cuenta algo muy parecido en una de sus cartas... Lepre significa liebre en italiano. Está abierta la temporada de caza, y uno de mis fieles me ha traído estos últimos días una liebre soberbia. De ello hablaba anoche con mi gobernanta, pues me parece que ya está a punto. Nos será servida hoy mismo, a mediodía. Se regalará usted con ella y se felicitará de haber aumentado sus conocimientos lingüísticos al precio de una mala noche. "Me sentí confundido. Pero la liebre me pareció deliciosa. Es que las peores cosas, hasta la misma lépre, pueden resultar excelentes, siempre y cuando se sepa acomodarlas y acomodarse uno a ellas. V Cox-City El barón d'Ormesan llevóse rápidamente la mano a la cicatriz que yo acababa de descubrir en su cabeza, y se arregló el pelo para disimularla. –Debo estar siempre muy bien peinado –me dijo–, de lo contrario se nota claramente esta maldita mancha morada del cuero cabelludo, que da la impresión que padezco peladera... Esta cicatriz no es reciente. Data de una época en que fui fundador desuna ciudad ... Hace de esto unos quince años, y ocurrió en la Columbia Británica, en el Canadá... ¡Cox City!... Una ciudad de cinco mil almas... Su nombre de Cox le venía de Chislam Cox, un tipo intrépido, mitad hombre de ciencia, mitad aventurero, que provocó un verdadero rush en esa parte de las Montañas Rocosas, vírgenes a la sazón, y donde todavía hoy se encuentra Cox City. "Los mineros habían sido reclutados aquí y allá: en Québec, en Manitoba, en Nueva York. Fue en esta última ciudad donde me topé con Chislam Cox. "Estaba allí desde hacía alrededor de seis meses, pero, en resumidas cuentas, debo confesar que no ganaba un centavo y me moría de aburrimiento. "No vivía solo; me acompañaba una alemana muy bonita, cuyos encantos tenían éxito... Nos habíamos conocido en Hamburgo y yo me había convertido en su manager, por así decir. Se llamaba Marie-Sybille, o Marizibil, para hablar como la gente de Colonia, su ciudad natal. "¿Será necesario agregar que ella me amaba con locura? Por mi parte, yo no era nada celoso. No obstante, esta vida de haraganería me pesaba más de lo que usted pudiera creer; no tengo alma de rufián. Pero en vano procuraba emplear mis talentos en trabajar... "Un día, en un salón, me dejé embaucar por Chislam Cox, que, apoyado en el bar, hablaba en voz alta y exhortaba a los parroquianos a seguirlo a la Columbia Británica, donde él conocía un lugar donde el oro abundaba. "En su discurso se entremezclaban Cristo, Darwin, el Banco de Inglaterra y, Dios me condene si sé por qué, la papisa Juana. Este Chislam Cox era muy convincente. Me enrolé en sus filas juntamente con Marizibil, que no quería abandonarme, y partimos. "No llevé conmigo nada emparentado con el equipo de un marinero, sino vajilla de bar y muchos alcoholes: whisky, gin, rhum, etc., manteles y balanzas de precisión. "Nuestro viaje fue bastante penoso, pero una vez llegados al lugar donde Chislam Cox quería conducirnos levantamos una ciudad de madera que fue bautizada con el nombre de Cox-City en honor de quien nos guiaba. "Inauguré mi despacho de bebidas, que en seguida fue muy frecuentado. El oro era, en efecto, abundante, y yo mismo negociaba con él. "Muchos de los mineros eran franceses o canadienses franceses; también habla alemanes e individuos de habla inglesa. Pero el elemento francés predominaba. Más adelante llegaron mestizos franceses de Manitoba y un gran número de piamonteses. También vinieron algunos chinos. De manera que, al cabo de algunos meses, Cox-City contaba con cerca de cinco mil habitantes, de los cuales sólo diez eran mujeres. .. En esta ciudad cosmopolita me había hecho de una posición envidiable. Mi salón estaba en situación floreciente. Lo había bautizado Café de París, y ese nombre lisonjeaba a todos los habitantes de Cox-City. ** * "Los grandes fríos se hicieron sentir. Era terrible. Cincuenta grados bajo cero constituyen una temperatura inaguantable. Entonces se advirtió con terror que Cox-City contaba con provisiones insuficientes para pasar el invierno. No había comunicaciones posibles con el resto del mundo. Era la muerte como perspectiva inmediata. Prontamente se agotaron las provisiones y Chislam Cox dio una conmovedora proclama en la que nos hacía conocer todo lo espantoso de nuestra situación. "Nos pedía perdón por habernos llevado a la muerte, pero a pesar de su desesperación, encontraba medios para hablar de Herbert Spencer y del falso Smerdis. El final del memorial era algo espantoso: Cox invitaba al pueblo a reunirse a la mañana siguiente en la plaza que se había tenido el buen cuidado de dejar en el centro de la ciudad. Todo el mundo debía llevar su revólver y suicidarse, a una señal, para escapar a los horrores del frío y del hambre. "Nadie protestó. En general, la solución pareció elegante, y hasta Marizibil, en lugar de lloriquear, me dijo que sería feliz de morir conmigo. Distribuimos el alcohol que quedaba, y a la mañana siguiente nos dirigimos del brazo a la plaza mortuoria. "Así viviera cien mil años, jamás olvidaré el espectáculo de esa multitud de cinco mil personas abrigadas con mantas y colchas. Cada uno tenía un revólver en la mano y se oía el castañeteo de los dientes. . ¡Se lo juro! "Chislam Cox, subido a un tonel, presidía la reunión. De repente, se llevó el revólver a la frente y disparó. Fue la señal: mientras Chislam Cox caía de su tonel, todos los habitantes de Cox-City, entre los que me hallaba, nos hacíamos saltar la tapa de los sesos ¡Qué horroroso recuerdo! ¡Qué tema de meditación el de esta unanimidad en el suicidio! ¡Pero qué frío terrible hacía...! "Yo no estaba muerto sino aturdido, y pronto me incorporé. Una herida, o más bien un rasguño, que me provocaba mucho dolor, y cuya cicatriz llevaré hasta el fin de mis días, me recordaba que había tratado de suicidarme. ¿Por qué estaba solo? –¡Marizibil! –llamé. "Nadie me respondió. Los ojos desencajados, temblando de frío, permanecí largo rato atontado, mirando a esos muertos que mostraban, todos, una herida voluntaria en la frente. "Después sentí un hambre terrible que me torturaba el estómago. Los víveres se habían agotado. No encontré nada en las casas que registré. Enloquecido y titubeante, me arrojé sobre un cadáver y le devoré el rostro. La carne estaba todavía tibia. Me sacié sin ningún remordimiento. Luego comencé a pasearme por la necrópolis pensando en los medios de salir de allí; Me armé; me abrigué cuidadosamente; cargué la mayor cantidad de oro que podía transportar. De pronto sentí inquietud por la alimentación. El cuerpo de las mujeres es más rico en grasas; su carne más tierna. Busqué una y le corté las dos piernas. Ese trabajo me llevó de dos horas. Pero logré dos jamones que me colgué al cuello mediante dos correas. En ese instante me di cuenta de que había cortado las piernas a Marizibil. Mi alma de antropófago apenas se conmovió. Sobre todo, deseaba irme. "Me puse en marcha y, por milagro, encontré un campamento de leñadores, justamente el día que mis provisiones se habían terminado. "La herida que me había hecho en la cabeza curó rápidamente. Pero la cicatriz que oculto con mis dedos me recuerda sin cesar a Cox-City, la necrópolis boreal, y sus habitantes helados, que el frió conserva en la forma que cayeron –armados y heridos–, con los bolsillos llenos del oro inútil por el que murieron. VI Tacto a distancia Los diarios han relatado la extraordinaria historia de Aldavid, a quien numerosas comunidades judías de las cinco partes del mundo tomaron por el Mesías, y que murió a consecuencia de circunstancias que parecieron inexplicables. He estado ligado de la manera más trágica a estos hechos, y siento la necesidad de librarme de un secreto que me ahoga. Una mañana, al desplegar el diario, mis ojos se fijaron en la siguiente información fechada en Colonia: "Las comunidades israelitas de la orilla derecha del Rin, entre Ehrenbreitstein y Beuel, se hallan en efervescencia. En el seno de unas de ellas, en Dollendorf, se encontraría el Mesías, quien, por medio de numerosos milagros, habría dado muestras de su potestad. "El ruido que se hace alrededor de este asunto no ha dejado de inquietar al gobierno provincial, que, temeroso de la exaltación de los espíritus, habría tomado medidas para reprimir los desórdenes. "Por otra parte, no se duda en otras esferas, de que ese Mesías, cuyo apellido se supone es Aldavid, sea un impostor. El doctor Frohmann, el sabio etnólogo danés que en estos momentos es huésped de la Universidad de Bonn, ha viajado por curiosidad a Dollendorf y afirma que Aldavid no es judío como él pretende ser, sino más bien un francés oriundo de Saboya, lugar donde con mayor pureza se conserva la raza de los allobrages. Sea lo que fuere, de buen grado las autoridades habrían expulsado a Aldavid si ello hubiera sido posible. "Pero ocurre que este hombre a quien los judíos renanos llaman ahora el Salvador de Israel, desaparece como por encanto cuando se lo propone. De ordinario aparece frente a la sinagoga de Dollendorf, predicando la restauración del reino de Judea con términos impetuosos e inflamados, que no dejan de recordar la ruda elocuencia de Ezequiel. Pasa allí tres o cuatro horas al día, y desaparece por la tarde sin que nadie pueda saber qué se ha hecho de él. En suma, que por el momento se ignora tanto su domicilio como el lugar donde come. Se espera que dentro de poco ese falso profeta será desenmascarado y que sus artes de charlatán no engañarán más, ni a las autoridades ni a los judíos renanos. Superado su engaño, estos últimos terminarán por exigir ellos mismos que se les libre de un aventurero, cuyas falaces palabras, dándole una lamentable arrogancia ante el resto de la población, podría fácilmente provocar una explosión de antisemitismo, cuyas víctimas difícilmente podrían lamentar aun las gentes sensatas. Agreguemos que Aldavid habla perfectamente el alemán. Parece estar al corriente de las costumbres de los judíos y conoce su jerga." ** * Esta información, que en su oportunidad excitó vivamente la curiosidad del público, me incitó, no sé por qué, a lamentar la ausencia del barón d'Ormesan, del que no tenía noticias desde hacía cerca de dos años. "He aquí un asunto digno de excitar la imaginación del barón –me decía–. El tendría, sin duda, unas cuantas historias de falsos Mesías para contarme." Y olvidando la sinagoga de Dollendorf, pensé en este amigo desaparecido, cuyos hábitos e imaginación no dejaban de ser inquietantes, pero por quien yo sentía, a pesar de todo, un vivo interés. El efecto que me uniera a él cuando éramos compañeros de clase en el colegio y se llamaba simplemente Dormesan, los numerosos reencuentros en los que me había dado ocasión de apreciar su singular carácter, su falta de escrúpulos, una cierta erudición desordenada y una gracia de espíritu muy agradable, eran la causa de que yo experimentase, algunas veces, algo así como un deseo de volver a verlo. ** * Al día siguiente, los diarios contenían informaciones aún más sensacionales que las de la víspera sobre los hechos de Dollendorf. Algunos despachos fechados en Francfort, Maguncia, Leipzig, Estrasburgo, Hamburgo y Berlín, anunciaban simultáneamente la presencia de Aldavid. Como en Dollendorf, había aparecido ante una sinagoga; la principal de cada ciudad. La noticia se difundió rápidamente; los judíos acudieron y el Mesías había predicado en todas partes en idénticos términos, según el testimonio de los despachos insertados en los diarios. En Berlín, a eso de las cinco de la tarde, la policía intentó detenerlo. La multitud judía se opuso a ello, profiriendo gritos y lamentaciones, llegando inclusive a actos de violencia que provocaron muchos arrestos. Entretanto, Aldavid había desaparecido como por milagro... Estas noticias me impresionaron, pero no más que ese público que se apasionaba por Aldavid. Durante el día se sucedieron las ediciones especiales de los diarios, para anunciar la aparición (ya no se decía la presencia) del Mesías en Praga, Cracovia, Amsterdam, Viena, Livorno y aun en Roma. En todas partes, la emoción llegaba al colmo y los gobiernos, como se recordará, convocaron a sus consejos para tomar decisiones que fueron mantenidas en secreto, pues todas llegaban a la conclusión de que, siendo el poder de Aldavid, al parecer, de orden sobrenatural o por lo menos inexplicable por los medios de que dispone la ciencia, valía más esperar, sin intervenir, los acontecimientos que la fuerza pública no parecía capaz de impedir. ** * Al día siguiente, los despachos diplomáticos intercambiados entre los gabinetes de los gobiernos interesados dieron por resultado la detención de los principales banqueros judíos de cada nación. Esta medida se imponía. En efecto, si tal como se suponía, la prédica de Aldavid tenía por resultado el éxodo de los judíos a Palestina, se podía descontar también el éxodo de los capitales de todos los países hacia el mismo destino y se imponía evitar los desastres financieros que provocara este hecho. Por otra parte, se pensaba con razón que este Mesías, cuya ubicuidad si no los milagros que se le adjudicaban, parecía incontestable, podía muy bien mediante métodos sobrenaturales, alimentar el presupuesto del nuevo reino de Judea cuando fuese necesario. Y los banqueros judíos, tratados con muchas consideraciones, fueron puestos en prisión, lo que no dejó de ocasionar muchos desastres financieros; pánico en las Bolsas, quiebras y suicidios. Durante este tiempo, la ubicuidad de Aldavid se manifestaba en Francia: en Nimes, Aviñón, Burdeos, Sancerre; y el Viernes Santo, aquel que Israel aclamaba como la Estrella que debía nacer de Jacob, y que los cristianos solo llamaban anticristo, apareció en París, a las tres de la tarde, ante la sinagoga de la calle Victoria. ** * Todo el mundo esperaba este acontecimiento; desde hacía varios días los judíos creyentes de París se agolpaban frente a la sinagoga de la calle de la Victoria y hasta en las calles vecinas. Las ventanas de los edificios próximos a la sinagoga fueron alquilados a precio de oro por los israelitas que querían ver al Mesías. Cuando apareció, se elevó un intenso clamor que se escuchó desde las alturas de Montmartre y desde la plaza de la Estrella. En ese momento me encontraba en los Bulevares y, con la multitud me precipité hacia la calzada de Antoin, aunque me fue imposible ir por ella hasta más allá de la calle Lafayette, donde se había instalado un cordón de agentes y guardias a caballo. Solo por los diarios de la tarde pude enterarme del imprevisto acontecimiento que se había producido durante esa aparición. Desde que no limitaba sus prédicas a los países de lengua alemana Aldavid hablaba menos. Sus nuevas apariciones duraban tanto como las de los primeros tiempos, pero callaba frecuentemente para orar en voz baja y luego retomaba su prédica, siempre en la lengua de la gente del lugar en que se encontraba. Ese dominio de los idiomas, que hacía de su vida una Pentecostés cotidiana, no era menos sorprendente que su don de ubicuidad y su facultad de desaparecer a voluntad. Durante uno de los breves momentos en que el Mesías parecía rogar en voz baja ante los judíos prosternados y silenciosos, se dejó oír una potente voz que partía de una de las ventanas frente a la sinagoga. Al levantar la cabeza, los asistentes vieron a un monje de rostro calmo e inspirado. Su mano izquierda extendida presentaba un crucifijo a Aldavid, en tanto que con la derecha agitaba un hisopo cuyas gotas de agua bendita alcanzaron al hombre prodigioso. Al mismo tiempo, el monje pronunció la fórmula católica del exorcismo, pero su efecto fue nulo. Aldavid ni siquiera levantó los ojos hacia el exorcista, quien ahora de rodillas y la vista fija en el cielo besó el crucifijo y permaneció largo rato orando frente a aquel de quien aun no había salido el demonio Legión y que, si era el anticristo, parecía tan seguro de sí mismo que ni siquiera un exorcismo había podido turbar en su oración. El efecto de esta escena fue inmenso y los judíos desdeñosos y triunfales, se guardaron de toda injuria, de toda burla a expensas del monje. Sus ojos ardientes miraban al Mesías; sus corazones exultaban, y mujeres, niños y viejos, tomándose de las manos en apretadas filas, se pusieron a bailar, como en otro tiempo lo hiciera David ante el arca, "Hosannas" e himnos de alegría. ** * El sábado santo, Aldavid volvió a aparecer en la calle de la Victoria y en las otras ciudades donde ya se había mostrado. Su presencia se anunció en muchas grandes ciudades de América, en Australia, Túnez, Argelia, Constantinopla, Salónica y Jerusalén, la Ciudad Santa. Se notó igualmente la actividad de un gran número de judíos que apresuraban su partida hacia Palestina. Por todas partes la emoción llegaba al máximo. Hasta los espíritus más escépticos se rendían ante la evidencia, confesando que Aldavid era ese Mesías que los profecías prometieron a los judíos. Los católicos esperaban con ansiedad que Roma se pronunciase sobre estos hechos, pero el Vaticano parecía ignorar lo que ocurría, y el propio Papa, en la encíclica Misericordiam, sobre los armamentos, publicada en esa época, no hizo alusión al Mesías que se mostraba diariamente tanto en Roma como en otras partes... ** * El día de Pascua estaba sentado ante mi escritorio leyendo con atención los telegramas que relataban los sucesos de la víspera, las palabras de Aldavid, el éxodo de los judíos, entre los cuales los más pobres marchaban a pie, en grupos, hacia Palestina. De pronto escuché pronunciar mi nombre en voz alta; al levantar la cabeza vi ante mí al barón de Dormesan en persona. –¡Usted aquí! –exclamé–. No esperaba volver a verlo... Ha estado usted ausente por lo menos dos años... Pero, ¿cómo ha entrado? Sin duda he dejado la puerta abierta. Me levanté y fui a estrecharle la mano. –Siéntese usted –le dije–. Cuénteme sus aventuras, pues no tengo la menor duda que le habrán ocurrido cosas extraordinarias desque no lo veo. –Voy a satisfacer su curiosidad –me respondió–. Pero permítame que permanezca de pie, apoyado en la pared; no tengo deseos de sentarme. –Como usted guste, pero ante todo dígame de dónde viene, alma en pena. Me respondió sonriente: –Haría mejor en preguntarme dónde estoy. –Pues, en mi casa, ¡caramba! –repliqué con tono impaciente–. No ha cambiado usted nada, ¡siempre tan misterioso! Al grano; sin duda esto forma parte de su relato. Y bien ¿dónde está usted? –Estoy, desde hace cerca de tres meses, en Australia, en una pequeña localidad de Queensland y allí me encuentro muy bien; sin embargo, no tardaré en embarcar para el viejo Mundo adonde me llaman importantes asuntos. Lo miré algo asustado. –Usted me asombra –le dije–, a pesar de que me ha acostumbrado a tantas extravagancias suyas; quisiera creer lo que me dice, pero le ruego que me explique. Usted está en mi casa y pretende estar a la vez en Queesnsland, en Australia. Confiese que tengo motivos para no comprender. Sonriendo continuó: –Ciertamente, estoy en Australia, cosa que no impide que usted me vea aquí, al igual que en este instante puedan verme en Roma, Berlín, Livorno, Praga y en tantas otras ciudades, que su enumeración sería fastid... –¡Usted! –exclamé interrumpiéndolo–. Entonces, ¿usted es Aldavid? –El mismo –repuso el barón d'Ormesan–. Y espero que ahora no dudará de mis palabras. Fui hacia él, lo palpé, lo miré; estaba realmente allí, apoyado en la pared frente a mí; no se podía dudar. Me senté en un sillón y contemplé ávidamente a este hombre sorprendente que, varias veces condenado por robo, impune autor de resonantes asesinatos, era también y de manera innegable, el más milagroso de los mortales. No osé decir una palabra y por fin él rompió el silencio: –Sí –dijo–: soy Aldavid, el Mesías prometido, el próximo rey de Judea. –Usted me trastorna –protesté explíqueme cómo ha podido realizar esos prodigios que mantienen en suspenso la atención del universo. Dudó un instante; luego se decidió a hablar: –La ciencia es la causa de los pretendidos milagros que he realizado. Es usted el único ante quien me atrevo a franquearme, pues lo conozco desde hace mucho tiempo y sé que no me traicionará, y además, necesito un confidente... Usted sabe mi verdadero nombre, Dormesan, y conoce algunos de los crímenes artísticos que constituyen la alegría de mi vida. Poseo una cultura científica tan vasta como mi cultura literaria, lo que no es poco decir, puesto que, conociendo a fondo un gran número de idiomas, estoy al corriente de todas las grandes literaturas antiguas y modernas. Todo eso me ha servido. He tenido altibajos, es cierto, pero una sola de las fortunas por mí forjadas y disipadas, sea en el juego, sea en prodigalidades de toda clase, formaría una suma respetable, inclusive en América. .. Como quiera que sea hace cuatro años me cayó del cielo, por así decir, una pequeña herencia de aproximadamente doscientos mil francos, y consagré este dinero a experiencias científicas: me dediqué a investigaciones en materia de telegrafía y telefonía sin hilos, trasmisión de imágenes fotográficas, fotografía en colores y en relieve, cinematografía, fonografía, etc. Esos trabajos me llevaron a preocuparme por un tema descuidado por los sabios que se ocuparon de estos apasionantes problemas, quiero decir el tacto a la distancia. Y terminé por descubrir los principios de esta nueva ciencia. Así como la voz puede ser trasmitida de un punto a otro muy alejado, también la apariencia de un cuerpo y las propiedades de resistencia por las que un ciego puede tener noción de ese cuerpo, pueden ser trasmitidas sin que sea necesario que nada ligue al "ubicuista" con los cuerpos que proyecta. Debo agregar que el nuevo cuerpo conserva la plenitud de las facultades humanas, dentro de los limites en que son ejercidas ante el aparato por el verdadero cuerpo. Los relatos milagrosos, los cuentos populares que conceden a ciertos personajes el don de ubicuidad, demuestran que otros hombres antes que yo se han planteado la cuestión del tacto a distancia; sin embargo, no eran mas que ensoñaciones sin importancia. Me estaba reservado a mí resolver el problema científicamente. Por supuesto, dejo de lado los fenómenos o pretendidos mediúmnicos relativos al desdoblamiento de los cuerpos. Esos fenómenos mal conocidos nada tienen que ver, por lo que sé, con las búsquedas que he realizado con éxito. Después de muchas experiencias logré construir dos aparatos, uno de los cuales conservaba conmigo, colocando el otro en un árbol situado al borde de un sendero del parque Montsouris. Mi experiencia tuvo un éxito rotundo; accionando el aparato transmisor que tantos cuidados me había costado y que siempre llevo conmigo, podía, sin abandonar el lugar en que me encontraba en realidad, aparecer simultáneamente en el parque Montsouris; y si no podía pasearme, al menos podía ver, hablar, tocar y ser tocado en ambos sitios a la vez. Más tarde, instalé otro de mis aparatos receptores en un árbol de los Champs Elysées y pude comprobar con alegría que también podía aparecer en tres lugares distintos a la vez. A partir de ese momento el mundo era mío. Hubiera podido sacar un provecho inmenso de mi invento; pero preferí guardarlos para mi uso exclusivo. Mis aparatos receptores son pequeños, tienen un aspecto insignificante y todavía no ha ocurrido que alguien los retirara de los lugares donde los he dejado. Hace dos años coloqué uno en su casa, mi querido amigo, y usted nunca lo advirtió; pero esta es la primera vez que me sirvo de él. –Es verdad –respondí– nunca lo he "visto. –Estos aparatos –continuó– tienen simplemente el aspecto de un clavo. Durante dos años he viajado colocando receptores en el frente de las sinagogas. Mi deseo es transformarme, del simple barón en que yo mismo me había constituido, en rey Pero no podía esperar salir airoso de la empresa sino restaurando el reino de Judea, acontecimiento que aguardan desde hace tanto tiempo los judíos. Recorrí las cinco partes del Mundo, manteniéndome sin embargo, merced a mi ubicuidad, en contacto con mi casa de Paris, con mi mujer a quien amo y que me ama, que de haber viajado conmigo, me, hubiera incomodado. Pero ¡vea usted el lado práctico de esta Invención!; mi amante, una mujer encantadora y casada, jamás ha estado al corriente de mis viajes. Hasta ignora que me alejé de París, pues los miércoles de cada semana, cuando viene a mi casa ávida de caricias, me encuentra en el lecho provisto de uno de mis aparatos. Y es así que desde Chicago, Jerusalén y Melbourne, he podido hacerle a mi amante en París, tres niños que, ¡ay!, no llevarán mi nombre. –Tenga usted misericordia –le dije–. El verdadero Mesías perdonó a la mujer adúltera. No prestó atención a mis palabras, y continuó: –Por lo demás, usted conoce los acontecimientos tan bien como yo. –Los conozco, sí –repliqué"–; y lo juzgo a usted severamente. No creo que tenga usted las cualidades propias de un fundador de imperio; y menos aún las de un buen monarca Su vida de criminal lo condena y sus extravagancias le harían un día llevar a la ruina a su pueblo. Hombre de ciencia y hábil en las artes, a pesar de sus crímenes, usted merece la indulgencia y quizás también la admiración de la gente instruida y de buen sentido. Pero no tiene derecho a ser rey; no sabría promulgar leyes justas y sus súbditos solo serían juguetes de sus caprichos. Renuncié a ese sueño insensato, a ese trono del que es usted digno. Esa pobre gente va a pie por los caminos, creyéndolo a usted un personaje sagrado que reconstruirá el Templo de Jerusalén. Muchos son los que han muerto en el camino por culpa del miserable impostor que es usted. ¡Renuncie a seguir llamándose más tiempo ese Mesías que no es, o lo denunciaré! –Lo tomarán por un loco –me dijo burlándose, el falso Mesías–. ¿Me cree usted lo bastante tonto como haberle dado los datos suficientes que le permitieran defraudarme y destruir mi aparato. ¡Desengáñese usted! La cólera me encegueció; ya no sabía exactamente lo que hacía. Tomé de encima de la mesa un revólver que estaba siempre allí y descargué las seis balas contra el falso cuerpo aparente y sólido del falso Mesías, que se desplomó lanzando un grito. Me precipité hacia él: el cuerpo estaba allí; yo acababa de matar a mi amigo Dormesan, criminal, pero agradable compañero. No supe qué hacer. –Me ha engañado –pensé–; era una farsa. Llegó aquí de improviso, entró sin que lo oyese, pues la puerta estaba ciertamente abierta. Se ha burlado de mí haciéndose pasar por Aldavid; era fantástico y encantador. Me he dejado engañar y lo maté... ¡Ay! ¿Qué será de mí? Y durante un rato estuve meditando junto al cuerpo ensangrentado de mi amigo... De súbito, un extraordinario rumor me sobresaltó. Una nueva aparición de Aldavid –pensé"–. Quizás anuncia su coronación. ¡Y yo que pude haberlo matado a él y tener todavía a mi lado a mi amigo d'Ormesan! Abrí la ventana para saber qué nuevo milagro habría realizado el prodigioso taumaturgo, y vi una nube de vendedores de diarios que, a pesar de las ordenanzas policiales que prohibían las informaciones sobre el asunto, voceaban mientras corrían a toda velocidad: –La muerte del Mesías, curiosos detalles sobre su final repentino. Se me heló la sangre en las venas y caí desvanecido. ** * Desperté alrededor de la una de la mañana, temblando al tocar a mi lado el cadáver. Me levanté rápidamente; luego, reuniendo todas mis fuerzas, alcé el cuerpo muerto y lo arrojé por la ventana. Pasé el resto de la noche borrando las manchas de sangre que se extendían por el piso; salí después a comprar los diarios, en los que leí lo que todo el mundo sabe; la súbita muerte de Aldavid, acaecida en ochocientas cuarenta ciudades situadas en las cinco partes del mundo. Aquel a quien llamaban el Mesías, parecía dedicado a la plegaria desde hacia más de una hora, cuando de pronto lanzó un grito, en tinto que seis agujeros similares a los que hacen las balas de revólver aparecieron en su cuerpo, a la altura del corazón. En todas partes se desplomó de pronto, y a pesar de los cuidados que en todas partes le fueron prodigados, en todas partes había muerto. Esta profusión de cuerpos pertenecientes al mismo hombre –exactamente ochocientos cuarenta y uno, pues por un singular fenómeno se había encontrado dos de sus cuerpos en París– no asombró extraordinariamente al público, al que Aldavid había dado muchos otros motivos de asombro. En todas partes los judíos le hicieron funerales imponentes. Apenas podían creer en su muerte, y aseguraban que resucitaría. Pero vanamente esperaron este acontecimiento, y la restauración del Reino de Judea fue diferida para otra oportunidad. ** * Observé atentamente la pared contra la que Dormesan se me había aparecido. Encontré en ella un clavo, pero tan parecido a los otros con los que lo comparé, que me pareció imposible que ese fuera uno de sus artefactos. Por otra parte, ¿no me había dicho él mismo que me ocultaba las particularidades esenciales de los aparatos que utilizaba para hacer aparecer los cuerpos fingidos, gracias a su descubrimiento de las leyes del tacto a la distancia? Es así que soy incapaz de dar la menor información concerniente a la prodigiosa invención de ese barón d'Ormesan, cuyas aventuras, sorprendentes o divertidas, han hecho durante mucho tiempo mis delicias.
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