Me encontraba durmiendo una mañana cuando, en medio de un hermoso sueño, un violento campanillazo me despertó. Me incorporé jurando en latín, francés, alemán, italiano, provenzal y valón; me puse un pantalón y unos chanclos y fui a abrir. Un señor de correcta apariencia me solicitó un instante de atención. Hice pasar al desconocido a la habitación que me sirve, según la ocasión, de cuarto de trabajo, salón o comedor. Se enseñoreó del único sillón, mientras yo volvía al dormitorio para terminar un sumario arreglo personal y echar un vistazo al despertador, que señalaba las once. Metí la cabeza en la jofaina y froté mis cabellos mojados, mientras el hombre gritaba: –¡Me aburro de tener la vela! Con los cabellos en desorden penetré en la habitación, donde hallé al desconocido inclinado sobre un trozo de pastel que yo había olvidado esconder. Me excusé, y con el pretexto de ir a ponerme un saco llevé el plato al dormitorio. Cuando regresé, el señor me dijo con una sonrisa. –He leído El caminante de Praga, y por él sé que usted me quiere. Murmuré algo, sin atreverme a negarlo, pues creía habérmela con un editor original que, seducido por mi literatura, venía a solicitarme un manuscrito, a pagar en especies. Prosiguió: –Soy Gabriel Fernisoun, de Aviñón. Usted no me conoce, pero ama a los judíos; en consecuencia, ¡usted me quiere, porque soy judío, señor! Sonreí, diciéndole que, en consecuencia, era verdad que lo quería, pero Fernisoun me interrumpió exclamando: –¡Alto ahí! No me quiera usted. Es usted indecente, amigo mío. Tiene usted mala cara esta mañana, ¡pobre! ¡Y osa usted hablar de amor! Protesté, aduciendo que mis hábitos eran puros y que me había acostado antes de la una de la mañana. Fernisoun volvió a instalarse en el sillón. Yo tomé una silla y él continuó: –Consiento en ello; usted no está enamorado. Y puesto que es usted razonable, voy a dilucidar su simpatía por los judíos. ¿Qué judíos prefiere? A esta pregunta extravagante, respondí para adularlo: –Los de Aviñón, estimado señor; y entre ellos prefiero a los que llevan el nombre de Gabriel, nombre que termina en el como las palabras que me son más queridas: ciel (cielo) y miel. Palabras que terminan en el como los nombre de ( los ángeles el cielo en que soñamos y la miel que se come. Fernisoun rió estrepitosamente y exclamó en tono triunfal: –¡Ahí está el asunto, Boudiou! Dígalo crudamente y sin ambages: son los judíos del sur de la Europa occidental los que usted prefiere. No son los judíos, sino los latinos, a quienes usted quiere. Le dije que yo era judío, señor; pero hablaba desde el punto de vista confesional; en los demás aspectos soy latino. Usted siente inclinación por los judíos llamados portugueses que antaño, falsamente convertidos, recibieron de sus padrinos españoles o portugueses, nombres españoles o portugueses. A usted le gustan los judíos cuyos nombres son católicos, como Santa Cruz o Saint-Paul. Usted prefiere los judíos italianos y los franceses, llamados Contadinos. Ya le dije, señor, que he nacido en Aviñón, en el seno de una familia establecida allí desde hace siglos. Usted gusta de nombres como Muscat o Fernisoun. Usted adora a los latinos y allí estamos de acuerdo. Usted nos quiere porque, portugueses o contadinos, no estamos malditos. No, no lo estamos. No nos hemos enlodado en el crimen judicial cometido con Cristo. ¡La traición da fe de ello, y la maldición no nos alcanza!... Fernisoun se había puesto de pie, rojo y gesticulante, en tanto que yo, sentado, lo observaba con la boca abierta. Se calmó y miró a su alrededor y me dijo con una mueca desdeñosa: –Está usted bastante mal instalado, Boudiou. Por lo demás, me importa un bledo; aunque, a decir verdad, usted debiera tener alguna bebida delicada. Sus visitantes lo estarían muy agradecidos. Fui a la chimenea, levanté la cubierta y saqué de entre las cenizas un frasco de viejo licor de peras bergamotas. Fernisoun lo descorchó en tanto yo iba a buscar una taza y elogiaba la calidad de este licor que me proveía un destilador de Durckheim, en el Palatinado. Sin escucharme, llenó su taza hasta el borde y la bebió de un trago. Luego sacudió cuidadosamente las últimas gotas sobre el piso, mientras yo me disculpaba: –¿Hubiera preferido usted un bol? Fernisoun no se molestó en responderme y continuó: –Después de todo, en realidad tienen razón ustedes los latinos al querernos a nosotros, los judíos latinos. Porque pertenecemos a las razas latinas tanto como los griegos y los sarracenos de Provenza y de Sicilia. No somos ya metecios, no más que los individuos heterogéneos que las grandes invasiones mezclaron a los romanos del Imperio. Somos, además, los mejores propagadores de la latinidad. En la mayoría de los medios judíos de Bulgaria y Turquía, ¿qué otra lengua se habla sino el español? Fernisoun bebió una nueva porción de licor de peras bergamotas; luego, hurgando en su chaleco, extrajo papel para liar cigarrillos. Me pidió tabaco. Se lo alcancé, junto con los fósforos. Fernisoun armó un cigarrillo, lo encendió y, arrojando triplemente el humo por la boca y las narices, continuó: –En suma: ¿en qué reside la diferencia entre judíos y cristianos? En que los judíos esperan un Mesías mientras que los cristianos lo recuerdan. Nietzsche se apropió de la idea judía. ¡Cuántos latinos se impregnaron de las ideas de Nietzsche y esperan ese superhombre algo mesiánico cuya llegada proclama Zaratustra, tomado del Vendidad, en el que venera la palabra santa y brillante, el cielo que se ha producido a sí mismo, el tiempo infinito, el viento que actúa en lo alto, la humana ley mazdeista, la ley de Zaratustra contra los Daevas! Nosotros los judíos latinos, ya no tenemos esperanzas. Los profetas nos prometieron el bienestar material: lo tenemos, Francia, Italia, España, no nos tratan ya como extranjeros. Somos libres. Por eso, no teniendo ya nada que desear, no esperamos más, y admito que el Mesías ha venido tanto para ustedes como para nosotros. Y puedo confesarlo: en el fondo de mi corazón soy católico. ¿Por qué?, preguntará usted. Porque aquí, en Francia, ya no hay religión hebraica. Los judíos rusos, polacos o alemanes han conservado una religión exterior. Sus rabinos conocen, enseñan y robustecen la religión. Nosotros comemos asados cocidos con manteca, engullimos menudos de cerdo sin preocuparnos de Moisés ni de los Profetas. Adoro la sopa de cangrejo en las comidas galantes y hasta tengo debilidad por los caracoles. ¿Y el hebreo? A duras penas la mayoría de nosotros lo sabe leer en el momento de la Barmitzva. Nuestros sabios hebraizantes hacen sonreír a los rabinos extranjeros: la traducción francesa que existe del Talmud es, al decir de los judíos alemanes o polacos, un monumento de la ignorancia de los rabinos franceses. Por lo tanto, ignoro la religión judía: está abolida como el paganismo, o más bien, como el paganismo, subsiste dentro del catolicismo, que me atrae, sobre todo, por sus teofanías. El judaísmo alejandrino no hizo caso de las teofanías mosaicas. En esa época parecieron fabulosas y groseras. El catolicismo ha tomado de la teofanía diversos dogmas. Ese milagro se renueva cada día en la misa. La historia del Sagrado Corazón hace delirar a mi vieja alma de judío latino, enamorado de las teofanías y de los antropomorfismos. Soy católico, salvo que no estoy bautizado. –Es muy sencillo –le dije–; hágase bautizar. El bautismo es un sacramento que cualquiera puede administrarle, hombre, mujer, judío, protestante, budista o mahometano. –Lo sé –repuso Fernisoun–: pero no quiero servirme de él hasta más adelante. Entre tanto me divierto. –¡Ah! ¡Ah! El bautismo tiene por efecto borrar todos los pecados. Como no se puede usar de él más que una sola vez, usted quiere postergar lo más posible ese instante. –Ni más ni menos. No espero al Mesías; en cambio, el Bautismo. Esta esperanza me da todas las alegrías posibles. Vivo plenamente; me, divierto maravillosamente. Robo, mato, destripo a las mujeres, violo sepulturas; no obstante, iré al paraíso porque espero el Bautismo y no se dirá el Kadisch en mi muerte. –Me parece que usted exagera –insinué–. Creo que está demasiado imbuido de cierta literatura. Tenga cuidado; la muerte viene como un ladrón, de puntillas, repentinamente, y si yo tuviese la fortuna de ser creyente como usted, agregaría que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Veamos ¿qué libros lee usted? –¿Le interesa saberlo? Aquí está mi biblioteca: es edificante. Sacó de un bolsillo dos libros ajados: el título del primero era Catecismo de la diócesis de Aviñón; el del segundo. Los Vampiros de Hungría, por Dom Calmet. Este último título me espantó más aún que la criminal declaración del judío latino. Comprendí que no se vanagloriaba en absoluto y que, erudito y sanguinario, el hombre que tenía frente a mí era un maniático asesino. Eché una rápida mirada en derredor con la esperanza de descubrir un arma para defenderme en caso de que Fernisoun se hiciera el loco. Sobre un estante, al alcance de mi mano, vi un pequeño revolver de fantasía que, deteriorado y sin valor, debió ser arrojado a la basura hacía mucho tiempo. Este objeto me salvó la vida en esa emergencia, pues Fernisoun, aprovechando el instante en que yo desviaba la vista extrajo un cuchillo que llevaba a la cintura, entre las ropas. Dejé caer los libros y tomé precipitadamente la minúscula e ilusoria arma de fuego, con la que apunté al judío latino. Palideció, y se puso a temblar de pies a cabeza, implorando: –¡Piedad! ¡Usted se equivoca! –¡Asesino! –le grité–. ¡Ve a otra parte a perpetrar tus crímenes que crees perdonables! Mis principios no me permiten denunciarte, pero deseo que, desde hoy, tus bestialidades encuentren castigo. Tu cobardía, espero, limita el número de tus víctimas y tu locuacidad te delatará a la policía. ¡En París hay jueces, y si recibes el Bautismo, que sea antes de subir al cadalso! Mientras yo hablaba, Fernisoun, recogió sus libros; al erguirse me pidió muy cortésmente perdón por haberme asustado. Le exigí me dejase su arma, una navaja catalana muy peligrosa. Obedeció y se fue, siempre amenazado por el pequeño y ridículo revólver de fantasía que yo no había soltado. ** * Esa noche cené en casa, por economía, con unas salchichas y el resto del pastel que había atraído a Fernisoun. No tenía la menor idea del peligro que estaba corriendo. Pronto aprecié, no obstante, la perversidad del alma del judío latino. Sentí intolerables dolores internos. El pastel estaba envenenado. Fernisoun lo había rociado o espolvoreado con alguna droga ponzoñosa que me habría matado en pocas horas si no hubiese bebido en seguida una botellita de aceite y luego un frasquito de glicerina, que me provocaron saludables vómitos. Corrí a comprar leche y me salvé sin recurrir al médico. Durante los días siguientes, los diarios se llenaron de narraciones de crímenes sensacionales cometidos contra mujeres en todos los rincones de París. Una de ellas fue hallada desnuda, extendida como una flameante bandera y clavada en una estaca en medio del bulevar de Belleville. Niños y viejos fueron degollados. Nótese que sólo se trataba de seres indefensos. Algunos transeúntes, hombres o mujeres, entre la multitud que se apretujaba en las avenidas a la caída de la tarde fueron tajeados en las nalgas o en los brazos con una navaja de afeitar que, de un solo corte, atravesaba las ropas y la carne. Como la navaja cortaba sin dolor, las víctimas caían bañadas en sangre sólo al cabo de unos pasos. Los asesinatos podían así ser atribuidos a las bandas de apaches y a otros malvivientes que espantan nuestras mejores almas y llenan de desolación a aquellos que creen en la perfectibilidad humana. Los otros atentados fueron adjudicados a uno de esos maniáticos que abundan y que no dependen de los tribunales sino de la Salpétriére. Estuve varias veces tentado de denunciar al autor de todos estos crímenes, pues no tenía la menor duda que se trataba del catecúmeno Gabriel Fernisoun, actuando a la espera del bautismo. El egoísmo triunfó. Yo había escapado al monstruo y lo dejaba actuar sin denunciarlo. ** * Unos meses después me encontraba con uno de esos grupos de extravagantes que frecuentan las tabernas del barrio latino. Estábamos en la Lorraine sentados frente a nuestros vasos de ajenjo, que atacábamos metódicamente. Junto a mí estaba uno de esos periodistas novatos que escriben las crónicas vagas de la tercera página en pasquines de mala muerte, dan noticias a los grandes cotidianos y mendigan órdenes de publicación en las empresas comerciales. Estaba también allí, vestido con gorra y abrigo de piel de foca, uno de esos chóferes que frecuentan a todos los fabricantes de la avenida de la Grande-Armée, tienen siempre algún auto para vendar o están a punto de comprarlo, conocen profundamente los autos de todas las marcas y acaban por pedirnos algún dinero. Había un alumno de la Escuela de Bellas Artes y un funcionario de Colonias, recientemente llegado de la Martinica, que narraba por tercera vez la erupción del Mont-Pelé. El periodista trataba de formar una mesa de poker. El estudiante de Bellas Artes, bostezando decía que prefería jugar a las damas. El chófer exclamó: –¡Ahí está Philippe! Philippe, dudoso estudiante pero muy chic y buen mozo, llegaba con Nella, que era una alta y muy bella morocha. El corsé, con arreglo a la moda, le llegaba muy abajo, abultando sus nalgas; pero esta prominencia era ilusoria según los que conocían a Nella íntimamente. Philippe nos estrechó la mano, se despojó del sombrero y abrigo, y se sentó frente a Nella en una mesa vecina. Pidió un cocktail con fresas para él y una quina para Nella. Volviéndose luego hacia nosotros, dijo: –¡Tengo una noticia sensacional! ¡Nella quiere hacerse monja! –¡Ya no hay más congregaciones! –gritó el chófer. El periodista agregó que para eso hacía falta una buena dote. –Quiero hacerme hermanita de los pobres –afirmó Nella. Reímos con estrépito preguntando a coro: –¿Y por qué? –Es una historia inverosímil –se burló Philippe–. Anda, cuéntanos eso, Nella. –¡Oh! ¡Basta! –dijo ella–. Pero apremiada por nuestra insistencia se decidió a hablar: –¡Bueno! Había ido por un asunto a la calle de la Pepiniére, cerca de la plaza de San Agustín, y volvía por el bulevar Malesherbes con la intención de tomar el ómnibus en la Madelaine. De repente, en la esquina de la calle de los Mathurins, apareció ante mí un hombre que decía a gritos: "Señora o señorita, ¡soy judío! ¡Voy a morir, bautíceme usted!" Sentí miedo; era casi medianoche, quise echar a correr, pero el señor, jadeante, se aferró a mi brazo suplicándome: "¡Soy un gran criminal! Mi último crimen, el más execrable, es que acabo de envenenarme. Hace rato me asaltó el temor de que pudiera morirme sin bautismo y he querido poner fin a mi vida, por medio de un suicidio que me dejara el tiempo suficiente para hacerme bautizar. Estoy arrepentido, señora, y le suplico: ahí en la alcantarilla junto a la acera, hay agua. Basta con que eche unas gotas sobre mi cabeza, diciendo: Yo te bautizo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Apúrese usted: el veneno está obrando y me siento morir." Algunos transeúntes que se habían detenido nos miraban con curiosidad. El caballero sentía que las fuerzas lo abandonaban y se acostó en la acera. Tuve piedad de ese moribundo que imploraba. Extraje con la mano un poco de agua estancada de la alcantarilla y bauticé al judío, como me lo había pedido, mientras gritaba dolorosamente: "¡Mea culpa, mea culpa!" En ese momento irrumpió la policía. El recién bautizado deliraba: "¡Soy cristiano!..., ¡Oh, cuánto sufro!... A beber... El cielo se abre." Y murió en medio de convulsiones, mientras los agentes se lo llevaban. Tuve que acompañarlos a la comisaría, donde debí cumplir algunos trámites. Los diarios se ocuparon poco de este hecho pues otros acontecimientos más importantes atraen la atención del público, y por eso yo no tuve la publicidad que en el momento esperaba. El judío se llamaba Gabriel Fernisoun. En el testamento que llevaba consigo establecía que dejaba su fortuna al arzobispo de París, con la condición de emplearla en activar la conversión de los judíos, hecho que habrá de producirse poco antes del fin del mundo. Entre tanto, yo me he convertido. No volveré a encontrar reposo hasta que no me haga hermanita de los pobres, y esto no tardará mucho. Fíjense ustedes que todos aquellos que se acercaron al cadáver de Fernisoun se han asombrado del buen olor que exhalaba. El comisario me dijo que los médicos pueden explicar este hecho, que se produce contadas veces. Pero para mí es milagroso. Además, de los dos agentes que condujeron el cadáver a la comisaría, uno, el que se reía creyendo que se trataba de un borracho, murió al día siguiente por la ruptura de un aneurisma. El segundo, que había enjugado con su pañuelo la baba que subía de los labios del agonizante y después le cerró los ojos, acaba de recibir una herencia que lo hace rico para el resto de su vida. Conozco estas cosas de boca del segundo agente, a quien volví a ver en casa del comisario de policía. ** * Esta historia había aburrido a todo el mundo. El periodista fue de los primeros en irse, diciendo que haría una nota sobre Fernisoun y Nella. Pero supongo que renunció a ello, pues se trataba de una historia demasiado clerical y digna de los Bollandistas. El chófer y el estudiante de Bellas Artes pagaron sus consumiciones y luego se marcharon sin decir nada. Phillipe pidió un tablero, y finalmente salí yo, bastante triste, dejando a la convertida y a su amante entregados a los placeres del juego. ** * Al día siguiente fui a ver a un sacerdote de mi amistad. Le conté detalladamente la historia de Fernisoun, desde la visita que me había hecho hasta los fenómenos que se produjeron después de su deceso. El sacerdote me escuchó atentamente y me dijo: –Este Gabriel Fernisoun está realmente en el Paraíso. El bautismo lo ha limpiado de todos sus pecados y, mezclado al rebaño de los Inocentes, se halla ahora consagrado a la adoración perpetua y engrosando el número de santos desconocidos que la Iglesia honra el día de Todos los Santos. Dejé a mi amigo luego de escucharlo. Después supe que, con el asenso del arzobispo que había heredado la enorme fortuna de Fernisoun, había compilado una documentación sobre el extraño y edificante caso de ese judío que, pese a haber vivido como un criminal, pudo salvarse porque tuvo fe. Este sacerdote ha obtenido las declaraciones escritas del policía, de Nella, del comisario. Le he prometido también la mía. ** * Dentro de cincuenta años la causa de canonización de Gabriel Fernisoun llegará de Roma. Al abogado de Dios le tocará desempeñar un brillante papel. Durante el minuto transcurrido entre su bautismo y su muerte, Fernisoun fue edificante y admirable, y su vida precedente, lavada en el agua bautismal, no cuenta desde el punto de vista religioso. Los milagros operados por su cadáver parecerán incontestables. La ciencia que pretenda explicar por medios naturales el buen olor exhalado por un cuerpo muerto, será ridiculizada. Además, ese cadáver operó una conversión, porque Nella, aunque persuadida por el sacerdote, se transformó, efectivamente, en una religiosa, y actualmente educa con el ejemplo a sus compañeras de convento. Los dos milagros acontecidos en los agentes de policía son manifiestos. Los incrédulos podrán adjudicar al azar la muerte súbita y la herencia inesperada; pero el azar no tiene nada que hacer en un proceso de canonización. La única coartada de la que el abogado del diablo podrá sacar partido, se referirá al agua utilizada para el bautismo. El agua de las alcantarillas parisienses difícilmente es límpida. Como Fernisoun fue bautizado cerca de un paradero de coches, el abogado del diablo insinuará que esta agua podría ser quizás orín de caballos. Si esta opinión prevalece, quedará probado que Fernisoun nunca fue bautizado y, en este caso –¡Dios mío–!, todos sabemos que el Infierno está empedrado de buenas intenciones.
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