La Otmika

En el prado, cerca de los huertos de ciruelos en flor que rodean la aldea bosnia, se bailaba el kolo, esa ronda
desmelenada y cantarina. Las grupas se movían cadenciosamente: las de los muchachos saltaban, nerviosas y
estrechas; las de las niñas giraban pesadas y pulposas, estirando las cortas faldas. Las canciones surcaban el aire,
líricas, satíricas o picantes, y en este caso las muchachas simulaban no comprenderlas. Se cantaba:
El primero decía: "Eres una rosa."
El segundo decía: "Eres una estrella."
El tercero decía: "Eres un ángel de los cielos."
Pero el cuarto me contempló sin decirme nada.
Según mi espejo no soy ni rosa, ni estrella ni ángel.
Según mi espejo los tres han mentido.
Y quienquiera que fueres, tú eres mi bienamado.
El kolo giró en silencio un instante. Las caderas brincaban, se agitaban, se contorneaban. Los gitanos, hombres y
mujeres, sentados en el talud del camino que bordea el prado, preludiaron un nuevo aire en sus guitarras y el grupo
de bailarines entonó:
El viejo bey turco de Sarajevo
Pesaba ciento diez okes.
Su hija, que sólo pesaba treinta,
Huyó con los servios para bailar la poskotznika.
Luego un coro de muchachos entonó:
La novia no era virgen,
Era como una bolsa agujereada.
En ese momento retumbó salvajemente un grito:
–¡Otmika!
Y un tropel de muchachos, que sin duda en complicidad con los gitanos estaban ocultos tras los setos del otro
lado del camino, se lanzaron entre los danzarines de kolo.
Por el grito de Otmika, todos comprendieron que se trataba del rapto tradicional entre los eslavos del Sur. Un
galán desairado que sabía a su amada bailando el kolo en el prado, había reunido a un grupo de amigos con el
propósito de raptar a la desdeñosa. Pero el momento fue mal elegido. Las bailarinas lanzaron un grito de horror,
colocándose detrás de sus compañeros de baile, entre quienes estaría, muy posiblemente, el amante favorecido. Al
ver que la resistencia se había organizado con tanta rapidez, los presuntos raptores se detuvieron sorprendidos. Eran
tan sólo seis, mientras que los bailarines eran once y otras tantas las muchachas.
Estas cuchicheaban entre sí:
–Es Omer, el sastrecillo. Quiere raptar a Mará.
Omer estaba al frente de los otmikari: menudo, moreno, fuerte como un toro, temblaba de furia. Los gitanos
pulsaron sus guitarras. Los ojos de Omer brillaron. Dio un paso hacia adelante y cantó:
Igra kolo, igra kolo na dvadeset i dva.
U tom kolu, u tom kolu, lipa Mará igra.
Kakva Mará, kakva Mará medna usta ima...
(El kolo, gira, compuesto de veintidós personas,
En la ronda baila la hermosa Mará.
¡Qué boca de miel tiene Mará...!)
Un lindo muchacho, alto y delgado, defensor de las niñas, le interrumpió:
–Omer, tú sabes que entre nosotros, cuando no se sabe el nombre de una muchacha o cuando no se la quiere
nombrar, se la llama Mará. Dinos por cuál de ellas has gritado ¡Otmika!, a fin de que pueda defenderse.
–Mará, la hija del viejo Tenso –gritó Omer.
Mará asomó su hermosa cabeza morena entre sus defensores y, temerosa, dijo:
–Omer, no te quiero mal. Has cantado bastante tiempo bajo mi ventana, en todas las estaciones, pero nunca te he
respondido. Tú sabes muy bonitas canciones, pero no quiero casarme contigo.
El grupo de bailarines de kolo exclamó:
–¡Adiós, Omer! –y se puso en marcha hacia el pueblo.
Los otmikari no se opusieron a esta retirada. Pero cuando los gitanos comenzaron a ejecutar el aire de las
Letanías de Marco, los raptores, para ofender a la bella Mará, salmodiaron este canto misógino:
Marco, de las mujeres líbranos.
Marco, de esas víboras líbranos,
Marco, de esas putas líbranos,
Marco, de esas carroñas líbranos,
Marco, de esas traidoras líbranos...
Entonces Omer se volvió con rabia hacia sus compañeros:
–¡Y pensar que siempre fui tan diligente con ella! El año pasado todavía se dejaba cortejar. Después del kolo
aceptaba los melosos gurabié, las tartas de ciruelas, los alvé de queso, manteca de cerdo y miel que yo le regalaba.
Pero un día fue a la ciudad y allí vio a los italianos, a los judíos, turcos, vieneses y. ¿quién sabe?, puede ser que a
alguno de esos griegos a los que detesto y no puedo ver sin mostrarles los cinco dedos de mi mano derecha,
diciéndoles: "¡Pende!", que es la más grave injuria que se les pueda inferir.
Uno de los otmikari repuso:
–Si ella conoce la ciudad, no será tan fácil tomarla Por lo demás, su padre comparte las ideas de la ciudad. Ha
llegado así a despreciar las instituciones seculares de nuestra raza y le llegará el momento de lamentarlo. La otmika
tradicional es severamente castigada cuando da lugar a querellas, y él pedirá la devolución de su hija por intermedio
de los gendarmes.
Los gitanos se habían acercado y tendían sus manos abiertas. Eran hermosos, pero sucios y astutos. Omer les
arrojó algunas monedas. Uno de ellos dijo bromeando:
–Los días más felices de un hombre son el de su casamiento y aquel en que su mujer revienta.
Una vieja gitana de rostro reseco había sacado de su bolso una larga cabellera negra, cortada por sorpresa a
alguna desdichada cuidadora de patos dormida en un prado. Con un peine viejo y roto, la gitana peinaba esta
cabellera, triste como la reliquia de una muerta, murmurando palabras ininteligibles. Levantó la cabeza y, mirando
fijamente a Omer, le dijo con voz temblorosa:
–¿Por qué no practicas la otmika contra una muchacha de un pueblo vecino, tal como se hace ordinariamente? Si
quieres, yo te robaré una cuyos cabellos sean más hermosos que éstos.
Pero Omer repuso:
–Un héroe no roba; rapta. Quiero a Mará.
La vieja continuó:
–Si me das bastante dinero, raptaré a Mará para ti. Pues tú no tienes la menor astucia y en cambio yo soy fina
como las agujas de los abetos.
Omer reflexionó, y aceptando al fin el precio exigido por la vieja le dio algunas arras y se marchó con sus
compañeros, en tanto que en señal de alegría por las propinas los gitanos, al son de las guitarras, bailaban la
khaliandra golpeándose las nalgas con las suelas de los zapatos al saltar, tomándose de una mano por la oreja y de la
otra por el órgano genital.
**
*
Al día siguiente, Omer no se hizo ver en la aldea. Pasó la jornada cosiendo y bordando, sentado a la turca. En las
calles, las gentes hablaban de la otmika y la mayor parte desaprobaba a Omer por haber interrumpido el kolo. Bandi,
el vendedor de cerdos, anunciaba que, en adelante, cuando tuviese necesidad de un sastre, haría con gusto diez
leguas antes de tener tratos con Omer. El viejo y rico Tenso, viudo por dos veces, se mostró un momento en la calle
jurando que Omer no tendría nunca a su hija, que ella no abandonaría jamás la casa paterna y que estaba decidido a
recurrir a la gendarmería en caso de violencia. Por la noche, el anciano párroco fue a la casa de Tenso y cuando
salió, al cabo de una hora, aquellos que lo vieron aseguraron que parecía muy agitado y que al responder a las
preguntas lo hizo con la voz quebrada por sollozos contenidos.
**
*
Dos días después, hacia las dos de la tarde, la aldea estaba casi desierta, como sucede siempre a la hora de la
siesta. El viejo Tenso, en su habitación, sufría de un dolor de muelas. Mará, en la cocina, vigilaba la cocción de un
remedio infalible contra esos dolores: higos hervidos en leche. En ese momento llamaron a la puerta de la casa.
Mará echó una mirada desde la ventana y vio a una vieja gitana que gritaba:
–Fraile! Fraile!1
Bajó a abrir, y la vieja le dijo:
–¿No tienes necesidad de mis servicios, hermosa?
1 Señoritas, en serviocroata.
–¿De dónde vienes? –le preguntó Mará.
–De Bohemia, el maravilloso país por el que se puede pasar, pero donde no es posible vivir so pena de
permanecer para siempre hechizado, embrujado o encantado.
–¿Qué sabes hacer?
–Enseño a bailar y a cantar. Sé arrojar las suertes de las maneras más insidiosas; sé leer el porvenir en las manos
y en las cartas. Sé peinar, depilar y hasta puedo devolver la virginidad a una nodriza.
Mará le tendió la mano izquierda diciéndole:
–¡Mira!
La vieja examinó la mano y replicó:
–Te casaras dentro de poco.
Mará le dio una moneda y le dijo:
–¡Vete, vieja! Yo sé bailar y cantar. Nadie, hasta ahora, ha separado mis piernas. Me peino sola y no deseo ser
depilada.
La vieja lanzó una risita sarcástica:
–Teremtete! He depilado a bellas musulmanas en Herzegovina, y a cristianas también. El gusto por las carnes
lisas se está difundiendo, hija mía, y los mechones de hinojos en las partes secretas de un cuerpo terso repugnan a
más de un hombre, aun entre los cristianos.
Mará dio una patada en el suelo y gritó:
–¡Vete de aquí!
Pero la vieja levantó la mano y, de un golpe, desanudó la cabellera de Mará, cuyas trenzas cayeron sobre su
espalda.
–¿Ves, mi linda? No sabes peinarte. Yo voy a hacerlo por nada. Date vuelta.
Avergonzada de su impaciencia, Mará la dejó hacer, dócilmente. La vieja extrajo unas tijeras, mas, en ese preciso
instante, una nerviosa mano la aferró por el cuello. La gitana lanzó un grito, dejando caer las tijeras que produjeron
un ruido metálico al chocar contra las losas. Mará se volvió, abarcando con una mirada las tijeras abiertas sobre el
piso y las manos del cura apretando la garganta de la gitana. Omer, a quien la vieja había prometido que retendría a
Mará en la puerta para que él pudiera raptarla, llegaba a la carrera. Al advertirlo, Mará lanzó un grito y cerró
violentamente la puerta, echándole el cerrojo. Omer, desesperado, se detuvo y murmuró:
–¡Demasiado tarde!
En ese momento desembocó por un recodo una manada de cerdos. Las bestias husmeadoras, de ojos pequeños y
cortas patas, gruñían, roncaban, eructaban, resoplaban y sorbían. Detrás del tropel bullente y rosa sucio, venía Bandi
armado de un garrote arreando los cerdos y balanceándose y silbando. Al ver a Omer, Bandi enarboló su bastón
amenazando al sastre. Pero el cura le gritó:
–¡Eh, Bandi! Deja a Omer por mi cuenta. Ocúpate de esta vieja que quería robar la cabellera de Mará.
El párroco tomó a Omer de una oreja, arrastrándolo consigo. La vieja echó a correr en dirección contraria,
seguida de cerca por los cerdos que trotaban más rápido que ella y agitaban y removían sus colas retorcidas. Bandi
alcanzó a la vieja en unas pocas zancadas, y le administró una paliza que, aunque rudamente aplicada, no retrasó su
huida. Mientras huía, la gitana lanzaba aullidos, gritaba maldiciones y vomitaba los más inmundos juramentos...
**
*
El cura arrastró de la oreja a Omer hasta el presbiterio. Allí lo soltó por fin y habló así:
–Omer, eres el escándalo de esta aldea. Quieres raptar a una muchacha que nada quiere saber contigo. Seducir a
una niña es mala acción, hijo mío.
Omer exclamó:
–No deseo seducirla sino desposarla. ¿Qué importa que ella no me quiera? ¿Es que el hombre debe preocuparse
por los caprichos de las mujeres que lloran cuando quieren y ríen cuando pueden?
El cura lo escuchaba enternecido:
–Así es otra cosa, Omer, hijo mío; tus intenciones son, pues, puras.. ¿La has pedido a su padre?
–Sí –exclamó Omer–, pero Tenso ha jurado que nunca obtendré a su hija. Deseo casarme con Mará.
Por otra parte, usted lo sabe todo: ayer estuvo más de una hora en su casa.
–Sí –replicó el párroco–. Conozco todo lo que ha pasado hasta aquí. Pero había pensado, como también lo creía
Tenso, que no pudiendo tener a Mará por esposa deseabas raptarla para deshonrarla y abandonarla después.
–¿El viejo Tenso desprecia a tal punto nuestras costumbres –dijo con voz sombría Omer–, que me hubiera
rehusado su hija en el supuesto caso que la otmika hubiese tenido éxito y la hubiese raptado?
–¡Ay! –exclamó tristemente el cura–. Pero tú, Omer, ¿menosprecias tanto las diversiones de nuestra rasa como
para ir a interrumpir el kolo, el baile nacional, gritando ¡Otmika! durante .la ronda?
–Yo creía que los sacerdotes consideraban que la danza es pecaminosa.
–¿Cómo?. .. Hay algunos, es cierto, que la consideran obra de Satanás. En cuanto a mí, comparto la opinión del
cura Spangenberg, quien, en 1547, proclamó que la danza es buena, puesto que se había bailado durante las bodas de
Cana, donde quizá hasta el mismo Jesús bailó. Pero tú, Omer, ¿qué has hecho? Como no lograste raptarla durante el
baile; ¿qué has imaginado, Omer? Lo he adivinado todo: has tomado por cómplice a una poseída, a un ser infame y
encubridor de demonios; a una gitana ladrona de cabelleras.
–¡Que el diablo la posea! –dijo Omer–. Ella me ha inducido a la cobardía. Pero, por otra parte, ¿de qué manera
lograr a Mará ahora? Ya no saldrá de su casa sino acompañada, para ir a misa. Se dice que el viejo Tenso quiere irse
a vivir a la ciudad. Me veo obligado a recurrir a la malicia.
El cura reflexionó de esta manera:
–No. No hay nada que hacer por el lado del viejo Tenso. Mará quiere casarse en la ciudad. Mi pobre Omer,
renuncia a la otmika; deja de amar a Mará y cásate con otra.
–¡Nunca! ¡Quiero a Mará!
**
*
En ese momento, unos niños que pasaban entraron a besar las manos del cura. Cuando ellos partieron, el
sacerdote sonrió:
–¡Omer! El lugar de Mará en la iglesia está a la izquierda, cerca de la puertita.
Omer vaciló:
–Pero... es un pecado... un rapto en la iglesia... durante la misa...
–En tu lugar, Omer, yo cometería ese pecado. Sé heroico, pero pide perdón a Dios, antes y después. Por mi parte,
te daré la absolución cuando vengas a confesarte.
Ornar parecía dudar:
–Pero .. ¿y los gendarmes?
–Sé heroico, Omer; el cielo no te abandonará. Yo te bendigo.
Y lo bendijo con una sonrisa y desapareció tras la puerta del presbítero. Omer quedóse un instante mirando el
piso, luego se rascó la cabeza, se santiguó ampliamente y volvió a su taller.
La tarde caía. Más temprano que de costumbre encendió su lámpara. Eligió unos rollos de telas y cortó un traje de
hombre y un vestido de mujer. Después, antes de sentarse a coser, se santiguó mientras murmuraba:
–Padre Nuestro que estás en los Cielos, venga a nos el tu reino y que la otmika tenga éxito...
**
*
El domingo siguiente fue un hermoso día despejado. En la plaza de la iglesia se había instalado uno de esos
hombres que van de aldea en aldea exhibiendo fonógrafos. Para dar el ejemplo a sus oyentes se había colocado dos
auriculares en las orejas e invitaba a los asistentes a hacer otro tanto por la módica suma de diez kreutzer. Los niños,
alineados en torno suyo lo miraban. Unos hombres, agrupados más lejos, hablaban del partido de bolos de la
víspera. Varias mujeres parloteaban mientras tejían. Entre ellas una vieja desdentada a la que llamaban Cruz de
Hungría, porque era torcida como la cruz colocada sobre la corona de las monedas húngaras, declaró:
–¡Omer obtendrá a Mará, ya lo veréis! Cuando un hombre se enamora de una mujer, no hay nada que hacer; la
logrará, y ella deberá amarlo.
En ese momento la campana llamó para la misa y apareció Mará en la plaza, dando el brazo al viejo Tenso Cerca
de ellos iban Bandi. el pastor de cerdos, orgulloso y digno, y el apuesto muchacho que había interpelado a Omer en
el prado.
Entraron en la iglesia, que se colmó rápidamente con todos los endomingados habitantes del pueblo. Siguiendo la
costumbre, los hombres se colocaron a un lado de la nave y las mujeres al otro. Omer había venido con sus
compañeros. Mará lo vio desde el fondo de la iglesia y notó que estaba lujosamente ataviado; después observó que
salía con sus amigos. El oficio comenzó.
Durante el evangelio, todo el mundo se puso de pie. De pronto, la puertita junto a la que estaba ubicada Mará se
abrió, dejando pasar a Omer, quien tomó a la joven por la cintura, la levantó en vilo y desapareció con ella en un
abrir y cerrar de ojos. Las mujeres comenzaron a dar gritos y corrieron junto a los hombres, que proferían
juramentos formidables. El viejo Tenso y varios jóvenes, entre ellos Bandi, se precipitaron hacia la salida para dar
caza a los raptores. Pero desde el altar, el viejo cura que se había vuelto hacia los fieles exclamaba:
–¡Deteneos, paganos, deteneos!
Ante el clamor de su pastor, los hombres se detuvieron, sobrecogidos. Sólo salió el anciano Tenso. El cura
continuó:
–¡Cómo, paganos! ¿Faltaríais a la misa porque un mozo rapta a una joven a la que desea desposar?
Se oyeron algunos murmullos. El cura continuó, más fuerte aún.
–¿Acaso la otmika no es una de nuestras costumbres?
Entonces hubieron exclamaciones de aprobación y todos volvieron a sus sitios, mientras el viejo cura hablaba:
–¿Alcanzaréis vuestra salvación persiguiendo a los otmikari o asistiendo a misa? Si Omer y sus amigos faltan a
ella es asunto que concierne a sus almas. Pero vosotros, ¿queréis que vuestro pastor termine la ceremonia sólo ante
las mujeres? ¡Pecadores, Satanás ha encontrado un nuevo ardid para induciros al pecado mortal! No diré hay otro
sermón. Tened confianza en Dios y arrepentios. Es la gracia que os deseo-.
–¡Amén! –respondió con su voz cascada la vieja Cruz de Hungría.
El sacerdote volvió la espalda y continuó la lectura del evangelio en medio de un edificante silencio. El viejo
Tenso volvió casi en seguida, gimiendo. Algunas risas ahogadas que partieron del grupo de mujeres acogieron su
retorno.
**
*
Terminada la misa se formaron algunos grupos en la plaza. La anciana Cruz de Hungría hablaba en favor de
Omer, diciendo que la otmika era un hecho consumado y que Tenso debía resignarse. Las niñas sostenían que Omer
era un héroe; los muchachos le envidiaban, constatando que Mará era muy hermosa. Bandi y algunos otros jóvenes
salieron en busca del refugio de los otmikari.
Terminada la misa, el viejo Tenso se dirigió a la sacristía, donde el párroco estaba quitándose los hábitos
sacerdotales. Al verlo entrar, sonrió. El paisano, mirándolo con expresión maliciosa, le dijo:
–Es usted, nuestro confesor, quien ha dado esa idea a Omer. Lo sé bien. Usted está con las viejas ideas. Pero las
ideas que yo apoyo tienen a los gendarmes de su lado y Mará me será devuelta, viva o muerta.
El cura sonrió:
–Estás en un error, Tenso. Tu primera mujer con la que te encontrarás en el cielo –si es que vas allí–, la obtuviste
gracias a la otmika.
–¡Dios guarde su alma! –exclamó Tenso–. He actuado mal.
–Bien –repuso el cura–. Pero tú sabes que una niña no permanece intacta en poder de un muchacho. ¿Qué harás
tú con tu hija encinta? Nadie querrá desposarla, ni aquí ni en la ciudad. ¿Y qué harás con el niño que vendrá? Por
otra parte, Mará no detesta a Omer, como pretendes. Me ha dicho, por el contrario, que le gusta, pero desea casarse
en la ciudad para convertirse en una dama. Mañana, Mará estará loca por Omer y no será ella quien rehúse casarse
con él. Tú eres rico; casa a esos jóvenes y después cómprales un buen negocio en la ciudad. Así Mará podrá
convertirse en una dama y sus deseos se verán colmados. Pero, por tu alma, recuerda tu juventud y respeta la
otmika, el rapto sagrado de nuestra raza.
El viejo Tenso vaciló, carraspeó, y terminó por estallar en sollozos, gimiendo en frases entrecortadas:
–¡Ah...! Sí.. . La otmika.. . la otmika. Mi primera mujer, mi Njera... la madre de Mará. Mi Njera, que será mi
compañera en el cielo, espero... Sí, es necesario casarlos... ésta será una bella boda...
El cura acompañó a Tenso hasta el portal de la iglesia, en tanto le decía:
–Sí, ¡será una bella boda! Los trajes están ya preparados. Pronto te sentirás feliz, viejo Tenso, de haber casado a
tu hija con un hombre de tu raza. Después podrás dormirte dulcemente en la paz del Señor, y tus nietos, de tu raza
ellos también, irán a rezar sobre tu tumba rodeada de romeros.
Los gitanos habían llegado a la plaza y estaban tocando la guitarra. Las niñas y los jóvenes danzaban el kolo y la
vieja Cruz de Hungría bailaba con ellos.
Cantaban así:
Hay que casarlos, hay que casarlos,
Pues luego de la otmika la niña quedó encinta,
Hay que casarlos, Tenso, o matarla...
El viejo Tenso contempló un instante el kolo y luego, decididamente, entró en la ronda. Y meneaba su grupa
nerviosamente, mientras cantaba:
Hay que casarlos. . .


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