LA ROSA DE HILDESHEIM O LOS TESOROS DE LOS REYES MAGOS A fines del siglo pasado había en Hildesheim, cerca de Hannover, una joven llamada Ilse, cuyos cabellos, de un rubio pálido, tenían reflejos suavemente dorados que daban la impresión de un claro de luna. Su cuerpo se erguía núbil y esbelto. Su rostro era agradable y risueño, con un hoyuelo adorable en el mentón regordete y unos ojos grises que, sin ser muy hermosos, sentaban a su rostro y se movían como pájaros. Era de una gracia incomparable, aunque muy mala ama de casa, como la mayoría de las alemanas, y pésima costurera. Una vez terminadas las tareas domésticas se sentaba al piano, y cuando cantaba se la hubiera tomado por una sirena; o si leía, por una poetisa. Cuando hablaba el alemán, que es considerado el idioma de los caballos, se hacía más dulce que el italiano, que es la lengua de las asmas. Y como tenía el acento hannoveriano, en el que las S no tienen nunca el sonido de la CH, su habla era realmente encantadora. Su padre, que había estado en América, se casó allí con una inglesa y después de algunos años retornó al país natal, a vivir en la casa paterna. Hildesheim es una de las más bonitas aldeas del mundo. Con sus casas bien pintadas, de formas extrañas y techos desmesurados, parece surgir de un cuento de hadas. ¿Qué viajero podría olvidar el espectáculo de la plaza del Ayuntamiento, tan pintoresca que raya en el lirismo? La casa de los padres de Ilse, como casi todas las casas de Hildesheim, era muy alta. Su techumbre, casi vertical, era más elevada que toda la fachada. Las ventanas, sin postigos, se abrían hacia afuera. Eran muchas y estaban muy juntas unas de otras. Sobre las puertas y las vigas estaban esculpidas figuras piadosas o gesticulantes comentadas con antiguos versos alemanes o inscripciones latinas. Allí estaban Las Tres Virtudes Teologales, las Cuatro Virtudes Cardinales, los Pecados Capitales, los Cuatro Evangelistas, los Apóstoles, San Martín cediendo su capa al mendigo, Santa Catalina y su rueda, y cigüeñas, escudos de armas, etc. Todo esto pintado de azul, rojo, verde y amarillo. Los pisos, avanzando uno sobre el otro, le daban el aspecto de una escalera invertida. Era una casa multicolor y graciosa. Ilse había sido llevada muy pequeñita a esa casa, y en ella creció. Cuando tuvo dieciocho años la fama de su belleza llegó a Hanover, y de allí a Berlín. Los que iban a visitar el lindo pueblo de Hildesheim, su rosal milenario y los tesoros de su catedral, no dejaban de ir a admirar a aquella que era conocida por la Rosa de Hildesheim. Muchas veces fue requerida en matrimonio, pero, con la mirada baja, ella respondía invariablemente a su padre, cuando éste elogiaba a su última pretendiente, que deseaba permanecer todavía soltera para gozar de su juventud. El decía: –Te equivocas; pero haz como quieras. Y el pretendiente quedaba olvidado. Cuando Ilse volvía de sus paseos, todas las figuras recortadas sobre la casa sonreían y le daban la bienvenida. Los Pecados exclamaban a coro: –Míranos, Ilse, Representamos los Siete Pecados Capitales, es verdad; pero aquellos que nos han recortado y pintado no tenían la suficiente maldad para darnos la forma real de pecados mortales. Míranos: sólo somos siete pecados veniales, siete pecadillos. No tratamos en absoluto de tentarte. Al contrario: ¡somos tan feos! Las Virtudes Teologales y Mundanas, tomadas de la mano como para bailar una ronda, cantaban: –Ringel, Ringel, Reihe, Nosotras siete configuramos tu virtud. Míranos, sóndenos: ninguna de entre nosotras es tan bella como tú. Ringel, Ringel, Reihe. ** * Ahora bien, Ilse tenía un primo que estudiaba en Heildelberg. Se llamaba Egon, y era alto, rubio, de anchos hombros y soñador Los jóvenes se encontraron en Dresde durante unas vacaciones, quedaron prendados el uno del otro y se lo confesaron mutuamente ante la admirable Mailona Sixtina de Rafael, de quien Ilse poseía algunos de sus rasgos de angelical dulzura. Egon pidió la mano de Ilse, pero, naturalmente el padre exigió como condiciones fortuna y posición. A su regreso de Heidelberg, durante el tiempo que le dejaban libre los estudios y los duelos en Hirschgasse, el joven se encaminaba hacia el lado del castillo que se encuentra al borde del Sendero de los Filósofos, para pensar en qué forma podría obtener la fortuna que le haría dueño de su prima. ** * Un domingo de enero, en que había ido a escuchar el sermón, el pastor habló de los sabios de Orienti que visitaron a Jesús en el pesebre. Citó el versículo del Evangelio de San Mateo, que nada dice en cuanto al número y la condición de los piadosos personajes que ofrendaron oro, incienso y mirra a Jesús. Durante los siguientes días, Egon no pudo impedirse a sí mismo pensar en esos sabios de Oriente que, a pesar de ser protestante, él se figuraba, según la leyenda católica, que estaban coronados y eran tres: Gaspar, Baltasar y Melchor. Los Reyes Magos, el negro en el centro, desfilaban ante él. Se los imaginó portadores de oro a los tres. Unos días después, no los veía de otra manera que con los rasgos y vestimentas de esos nigromantes alquimistas que, a su paso, todo lo transmutan en oro. Toda esta fantasmagoría se la inspiraba el amor que sentía por ese oro que le permitiría desposar a su prima. Perdió en ellas la sed y el apetito, como si, tal un nuevo Midas, no tuviese por alimentos otra cosa que los lingotes transmutados por los astrólogos cuyas osamentas se honra de poseer la catedral de Colonia. Investigaba en las bibliotecas, leyendo todo lo relacionado con los Tres Reyes Magos: el Venerable Beda, las leyendas antiguas y todos los autores modernos que han discutido la autenticidad de los Evangelios. Después, echaba a andar rumiando sus dorados pensamientos: –¡Qué inestimable valor debe tener ese tesoro! En ninguna parte está escrito que ese oro haya sido distribuido, empleado, gastado, escondido o hallado... Hasta que una tarde, Egon debió reconocer que deseaba ese tesoro de los Reyes Magos. Además de la dicha amorosa, este hallazgo le proporcionaría una gloria indiscutible. ** * Sus extrañas actitudes intrigaron muy pronto a profesores y estudiantes de Heidelberg. Los que no formaban de la misma división que Egon no vacilaron en asegurar que se había vuelto loco. Los de su grupo lo defendieron, aunque a causa de una serie interminable de duelos de los que aún se habla a orillas del Neckar. Después, las anécdotas sobre el asunto comenzaron a circular. Un estudiante que lo había seguido en el curso de uno de sus paseos, contó que una vez Egon se había acercado a un buey y le había hablado así: –Busco un querubín. Las analogías me emocionan. Encuentro un buey. Verdad es que los querubines son bueyes alados. Pero, dime, hermoso buey que paces... Puede ser que tu simpleza encierre algo de la ciencia de esos animales que forman parte de una de las más nobles jerarquías celestiales. Dime, ¿no se ha perpetuado en tu raza la tradición de la Navidad? ¿No te sientes honrado porque uno de los tuyos haya calentado con su aliento al niño del pesebre? Y en este caso, quizá, ¿sabes tú, noble animal creado a la imagen de los querubines?, ¿sabes tú dónde está el oro de los Reyes Magos? Busco este tesoro que me haría dueño de una fortuna sagrada. ¡Oh, buey, mi única esperanza, respóndeme! He interrogado a los asnos, pero éstos son bestias y no la imagen de algo celestial: ¡Ay! Esos enérgicos animales sólo conocen una respuesta: la ronca afirmación germánica. Esto ocurría al caer la noche. En las casas lejanas se encendían las lámparas. Los pueblecitos se iluminaban en derredor. El buey volvió lentamente la cabeza y mugió. ** * Entre tanto, en Hildesheim, Ilse recibía confiada entusiastas y amorosas cartas, suponiendo, como sus padres, que Egon estaba en trance de hacer fortuna. Llegó el invierno; la nieve caía tibiamente, como plumaje de cisnes. Las figuras esculpidas en los frentes de las casas también se cubrían de nieve y parecían tiritar. Llegó la Navidad con sus árboles iluminados, alrededor de los cuales se canta: El árbol de Navidad es el más bello árbol Que hay sobre la tierra. ¡Qué hermoso florece el árbol milagroso Cuando sus florecillas lucen, Cuando sus florecillas lucen, Sí, lucen! Una de esas mañanas de hielo en que los trineos se deslizaban por la aldea, llegó una carta sellada en Dresde, donde vivían los padres de Egon. Como su padre no encontraba sus anteojos, fue Ilse quien la leyó en voz alta. La misiva era triste y corta. El padre de Egon comunicaba que su hijo se había vuelto loco de amor. Contaba la historia del tesoro de los Reyes Magos que su hijo deseaba a toda costa, y luego la furia que le había atacado, obligándolo a internarlo en un hospicio, donde, en pleno desvarío, no cesaba de repetir el nombre de su prima. A causa de esta carta, Ilse comenzó a languidecer rápidamente. Sus mejillas se demacraron, sus labios palidecieron y sus ojos se hicieron más brillantes. Abandonó las ocupaciones domésticas y la costura. Pasaba todo el tiempo sentada al piano o soñando; hasta que, a mediados de febrero, debió guardar cama. ** * Por ese tiempo, una noticia conmovió a todos los habitantes de Hildesheim. El rosal milenario, testigo milagroso de la fundación del pueblo, se moría de frío y de vejez. Detrás de la catedral, en el cementerio murado donde antes crecía, su viejo tronco se estaba secando. Todo el mundo se sintió desolado. La municipalidad recurrió a los jardineros más hábiles, pero todos se declararon impotentes para hacerlo revivir. Finalmente, llegó uno de Hannover que emprendió un tratamiento, empleando los recursos más ingeniosos de su arte. Y una mañana de principios de marzo una gran alegría invadió a Hildesheim. Todo el mundo se saludaba felicitándose. –El rosal ha resucitado. El jardinero de Hannover le ha devuelto la vida mediante sangre de buey sabiamente empleada. ** * Esa misma mañana, los padres de Ilse lloraron junto al ataúd de la hija muerta de amor. Cuando los monigotes recortados y pintados sobre el frente fue levantado el féretro cubierto con un paño blanco, de la vieja casa tiritaban cubiertos por la nieve y parecían gimotear: –Ringel, Ringel, Reihe. Adiós para siempre, Ilse. Adiós para siempre. Un regimiento pasó delante del cortejo. Los tambores y los pífanos ejecutaban una música ligera y triste. Las mujeres, inclinándose, decían: –Ha resucitado el rosal legendario, pero enterramos a la Rosa de Hildesheim.
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