Los peregrinos piamonteses

Los peregrinos llegaban por todos los caminos. Algunos de ellos, que tuvieron que trepar por la empinada
pendiente de la Trinité-Víctor, llegaban sofocados. Las campesinas que venían de Peille traían cestas llenas de
huevos apoyadas en almohadillas sobre la cabeza, y caminaban muy erguidas, moviendo imperceptiblemente la
cabeza, para acompañar las oscilaciones de su carga y mantenerla en equilibrio. Con las manos libres tejían. Un
viejo paisano afeitado llevaba al brazo un cesto lleno de bollos espolvoreados de confites de anís. Había vendido una
parte de su mercadería durante el camino y marchaba penosamente, fumando su pipa. Las campesinas más ricas
montaban en sus muías de cascos reforzados. Unas muchachas, tomadas del brazo, desgranaban sus rosarios. Lucían
esos sombreros de paja, casi planos, característicos de las mujeres del condado de Niza, y semejantes a los que
usaban las damas griegas, tal como se puede observar en las estatuillas de Tanagra. Algunas habían recogido ramas
de Olivo y se abanicaban con ellas. Otras caminaban detrás de sus muías, tomándoles la cola. Las muías iban
cargadas de presentes para los frailes: cestos de higos, barriles de aceite y sangre de cordero coagulada.
Grupos de peregrinos elegantes, doncellas con vestidos de seda y súbditos ingleses llegaban desde Mónaco.
Había también talladores presumidos y grupos de muchachas monegascas melindrosas y llenas de colores. Los
simples curiosos se dirigían primero hacia las posadas que se hallan frente al convento de Laghet para refrescarse y
ordenar el almuerzo. Los peregrinos de verdad, en cambio, iban en seguida al convento. Los mozos de las posadas
conducían las muías al corral. Los peregrinos, hombres y mujeres, entraban al convento mezclándose al gentío que
había ya allí desde el alba, recorriendo lentamente el claustro mientras salmodiaban el rosario y observaban los
innumerables ex votos fijados de las paredes.
**
*
Galería rica sólo en anónimos y misteriosa era el claustro de Laghet. La rudeza, maravillada y minuciosa, del arte
primitivo que reina en el claustro, emociona aun a quienes carecen de fe. Hay cuadros de todo género; sólo el retrato
no tiene cabida. Todos los envíos son expuestos a perpetuidad: basta que la pintura conmemore un milagro debido a
la intervención de Nuestra Señora de Laghet.
Todos los accidentes posibles, las enfermedades fatales, los dolores profundos, todas las miserias humanas están
allí descriptas simple, devota, ingenuamente. ..
El mar desencadenado sacude a un pobre casco de navío desarbolado, sobre el que aparece de rodillas un hombre
más grande que el barco. Todo parece perdido, pero la Virgen de Laghet vela aureolada de claridad, en un rincón del
cuadro. El devoto se salvó. Lo atestigua una inscripción en italiano. Era en 1811...
Un carruaje arrastrado por caballos indóciles cae a un precipicio. Los viajeros perecerán destrozados sobre las
rocas. María vela en el ángulo del cuadro rodeada de un halo luminoso. Coloca arbustos en los flancos del
precipicio, los viajeros se agarrarán de ellos para sostenerse y luego colgarán ese cuadro en el claustro de Laghet, en
prueba de agradecimiento. Fue en 1830...
Y así siempre: en 1850, en 1860, cada año, cada mes, casi cada día, los ciegos vieron, los mudos hablaron, los
tísicos sobrevivieron, gracias a la Señora de Laghet, que sonríe dulcemente, nimbada de amarillo, en un rincón de
los cuadros.
**
*
Hacia las diez de la mañana se escucharon canciones italianas. Llegaban los peregrinos piamonteses, fatigados,
pero animosos y fervientes.
Sus pies descalzos estaban cubiertos de polvo. Sus ojos brillaban en los rostros delgados y enérgicos. Las mujeres
se habían cubierto la cabeza con hojas de higuera para protegerse del sol de julio. Algunas comían trozos de polenta,
sobre los que se posaban los remolinos de moscas que se levantaban a su paso. Unos niños postillosos
mordisqueaban algarrobas recogidas en camino. Los piamonteses llegaban en grupos compactos e interminables.
Como eran pobrísimos, venían a pie desde el fondo de sus provincias. Todos, hombres y mujeres, llevaban puesto
encima de sus ropas el escapulario obscuro del Monte Carmelo. Casi todos cantaban. Un muchacho, al que la
peladera había vuelto calvo como César, apretaba entre sus dientes una gimbarda que sostenía con la mano
izquierda, mientras que con la derecha hacía vibrar el instrumento para acompañar al cántico.
Los que estaban sanos cargaban por turno a los enfermos. Encorvado por el peso, un viejo llevaba sobre sus
hombros a un adolescente, cuyas piernas habían sido destrozadas en algún accidente. Por más poderosa que fuese,
era evidente que María no podría devolvérselas. Pero, ¿qué importancia puede tener esto para un creyente? La Fe es
ciega.
Una jovencita de sin par belleza, pero cuyo rostro muy pálido estaba cubierto de pecas, era conducida en una
camilla por su madre y su hermano.
Los cojitrancos saltaban de un lado a otro.
A la vista del convento y al son de las campanas que los monjes echaron a volar en ese momento, los piamonteses
sintieron renacer sus ánimos. Sus cánticos se hicieron más ardientes y sus súplicas se elevaron más fervientes hacia
la Virgen, cuyo nombre repetido era en sí una letanía:
Santa María...
Sus ojos se elevaban hacia el cielo, quizá con la esperanza de ver aparecer en lo alto, a la izquierda o a la derecha,
como en los rincones de los cuadros votivos, a la Virgen de Laghet nimbada de sol. Pero el cielo latino permanecía
puro.
Al llegar frente a la iglesia, un hombre lanzó un grito lastimero y se abatió vomitando sangre a borbotones.
En el claustro, una mujer cayó víctima de una deprimente crisis de epilepsia.
Los peregrinos cantaban. Diez veces dieron la vuelta al claustro. Cuando llegó la hora de la misa mayor, entraron
en la iglesia deslumbrante de oro y de llamas de cirios. Los peregrinos respiraban con delicia el olor del incienso y
de la cera; se maravillaban piadosamente ante los balcones dorados, las columnas ornadas con flecos y todo el lujo
estucado del estilo jesuítico.
En los brazos de su madre, un niño berreaba extendiendo las manos hacia los navíos, las muletas y los corazones
de oro o de plata suspendidos en los muros de la nave y del coro. El niño tomaba esos ex votos por juguetes.
De repente se puso a gritar: "Bambola", al tiempo que agitaba sus bracitos hacia la Virgen milagrosa, la cual,
ceñida en un tieso vestido de terciopelo recargado de pedrería, sonreía desde el altar. El pequeño lloraba:
"¡Bambola!", es decir muñeca, y no otra cosa es ese simulacro honorable y prodigioso.
**
*
El coro se colmó de monjes. Uno de ellos, vestido con hábitos sacerdotales, subió al altar. Los peregrinos y los
monjes cantaron al unísono. El acento de los monjes era similar al de los peregrinos llegados a pie desde el
Piamonte esa mañana.
Había algunos viejos carmelitas encorvados, que respondían con voz temblona cuando el oficiante decía:
Dominus vobiscum.
Estaban también allí algunos jóvenes que aún no habían pronunciado votos perpetuos. Uno de ellos, alto y
robusto, que lucía una corona de abundantes cabellos obscuros alrededor de la tonsura, se volvió un momento hacia
la nave al oír los gritos proferidos por la joven que había llegado en la camilla y ahora se había incorporado
gritando:
–¡Amedeo! ¡Amedeo!
Inmediatamente cayó agotada. La madre y el hermano se inclinaron solícitos para atenderla, en tanto que los
peregrinos cuchicheaban:
–¡Milagro! ¡Milagro! ¡La Apolonia, que hace tres años que no puede tenerse en pie, acaba de incorporarse!
En el coro, el monje se estremeció y bruscamente volvió la espalda. Los cantos habían cesado. Era el momento de
la elevación y aquellos que podían hacerlo se arrodillaron. En medio del silencio se escuchaba claramente al
muchacho de las piernas cortadas, que imploraba un milagro. Su voz juvenil vibraba en palabras fervorosas. Las
expresiones piamontesas sonaban vigorosas, concisas y claras.
–Te lo ruego, Virgen Santa: yo, un pobre tullido, yo, el caganido (excremento del nido). ¡Cúrame! ¡Devuélveme
mis dos piernas para que pueda ganarme la vida!
En ese punto la voz se volvió dura e imperiosa:
–¿Me escuchas? ¿Me escuchas? ¡Cúrame! –y continuó con blasfemias convulsivas, con aullidos imprecatorios:
–¡Cúrame, sacramento! ¡O te romperé la jeta!
En ese momento el tintinear de la campanilla hizo inclinar las frentes mientras el sacerdote elevaba la hostia. El
tullido continuaba sus plegarias salpicadas de blasfemias. La campanilla sonó por tercera vez. Entonces se escuchó
otra vez s Apolonia gritar:
–¡Amedeo! ¡Amedeo!
Y los peregrinos, levantando rápidamente las cabezas, vieron que la joven volvía a caer en su camilla.
El monje del coro se puso de pie, abrió la reja y avanzó hacia la enferma, que todavía murmuraba: –¡Amedeo
!¡Amedeo!
Y le preguntó duramente en su dialecto: –¿Qué es lo que quieres?
–Basmé... (bésame) –repuso ella.
El monje temblaba; las lágrimas afluyeron a sus ojos. La madre de Apolonia lo contempló temerosa, y señalando
la hija explicó:
–Está enferma –repitió:
–¡Enferma! ¡Enferma! –¡Marota, marota!
Apolonia, exhausta, lo miraba suplicante:
–¡Basmé, Amedeo! Desde que te marchaste los días fueron para mí tan negros como boca de lobo.
La madre repetía las últimas palabras de la frase:
–Schir cmé'n bucea a u luv
Inclinándose sobre la enferma, el monje la abrazó dulcemente.
–Apolonia ..
Mientras ella murmuraba:
–Amedeo.
La madre dijo:
–Todavía estás a tiempo para dejar el convento, Amedeo. Vuélvete con nosotros, porque sin ti ella morirá.
El repetía:
–Apolonia. ..
Luego, incorporándose con decisión, se deshizo de la casulla haciéndola pasar por la cabeza, y la dejó caer.
Desató el cordón, desabotonó el hábito y se lo quitó, apareciendo como un rústico obrero piamontés, en tricota y
pantalón de terciopelo azul sostenido por un ceñidor de lana roja.
En la iglesia se oían las risas ahogadas de las chicas monegascas y se distinguían con claridad las palabras:
"Piafen! ¡Piafi!", que designan a los piamonteses.
El chiquillo que quería a la Virgen por muñeca lloraba, en tanto que la madre le reprendía en alta voz porque ya
no veía sujeta a su cuello la cinta que sostenía la manita de coral que proteje a los niñitos contra las brujerías.
El monje miraba a los peregrinos. Se sentía su hermano, vestido como ellos y hablando su mismo dialecto. Todo
el mundo lo contemplaba extasiado, cuchicheando:
–Un milagro...
Hizo una seña al hermano de Apolonia y los dos se inclinaron para alzar la camilla.
El tullido aullaba:
–¡Sacramento! ¡Cúrame! ¡Canalla, perra: cúrame o te escupo en la cara!
Amedeo llamó en alta voz:
–Venid conmigo; volvamos al Piamonte.
Y sosteniendo la camilla salió, seguido de la multitud de peregrinos que exclamaban:
–¡Milagro!
Una vez afuera, Apolonia, incorporándose en la camilla y con mirada huraña le dijo:
–¡Basmé, Amedeo!
Este apoyó la camilla en el suelo y se arrodilló. Apolonia le tomó la mano y volvió a caer, inerte. Amedeo la
besó, desesperado, murmurando palabras de ternura. Llegó un médico que estaña entro los peregrinos como simple
curioso, y examinó a la pobre criatura diciendo:
–Se acabó; está muerta.
Amedeo se ir guió, lívido, y echó una mirada a los piamonteses que, consternados, guardaban silencio. Luego,
levantando el puño hacia el cielo muy azul, rugió:
–Hermanos cristianos, ¡el mundo está mal hecho!
Y volvió al claustro, para siempre.. .
**
*
Las mujeres se santiguaban; los hombres repetían la exclamación dolorosa del monje meneando la cabeza:
–Fradei cristiang, ir mund Vé mal fáa!
La madre espantaba las moscas que venían a posarse sobre los ojos y la boca de la muerta. Las muías piafaban en
el corral. Desde las posadas llegaba el ruido de la vajilla. En el claustro seguíase cantando la triste letanía dominada
por el nombre de la Virgen:
Santa María...
Llegaban nuevos peregrinos. Otros regresaban alegres, rodeada la cintura con un gran rosario de cuentas grandes
como nueces. Entre los árboles, bastante lejos, un cucú dejaba oír, a intervalos regulares, su doble nota apacible e
invariable...


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