La edición de la obra de García Lorca presenta problemas muy sin- gulares, que se agravan en el caso de la poesía. En primer lugar, el propio talante del autor. Creador puro, el poeta topaba con arduos obstáculos a la hora de preparar sus originales. Se sabía, sí, «capaz de crear, pero casi nulo de realizar prácticamente lo creado», según confesaba en 1926 a su hermano Francisco hablándole de su necesi- dad de «un secretario y un editor, que tienen que salir». El prime- ro, para preparar los manuscritos; el segundo, para publicarlos con pulcritud. Los originales lorquianos eran muchas veces «imposi- bles», como le reprochó el poeta Emilio Prados a propósito de las erratas del primer número de la revista Litoral (1926) en el que se publicaron varios poemas del Primer romancero gitano. Ejercieron de «secretarios» diversos amigos del poeta, e incluso su hermano; a veces actuaron también de editores: así, Gabriel García Maroto, que publicó el Libro de poemas, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, que publicaron Canciones y el segundo, además, Primeras cancio- nes. El poeta necesitaba, pues, de un copista que debía enfrentarse con manuscritos de ortografía vacilante, letra problemática y pun- tuación atípica y escasa. El «secretario» debía, pues, no sólo inter- pretar originales sino también completar o corregir su escasa o pro- blemática puntuación, que, sin embargo, tenía un sentido para el poeta. El «secretario» tenía que fijar un texto y podía ocurrir, y así ocurrió más de una vez, que sus decisiones no fueran siempre las acertadas. Luego venía la labor de supervisión -copia, pruebas de imprenta-, pero tampoco aquí Lorca se esmeraba demasiado. Por eso puede haber copias autorizadas por él que contengan errores y las ediciones que se publicaron en vida del autor no dejan de alojar puntos problemáticos en diverso grado: casos hubo en que el autor se desentendió de las pruebas y otros en que las corrigió de modo superficial o descuidado, sin que la existencia de reimpresiones o ediciones contribuyera a depurar el estado de los textos. Sería irrisorio reprochar este comportamiento a uno de los mayo- res poetas del siglo, pero el editor riguroso no puede olvidarlo a la hora de establecer las versiones más fiables de sus obras. Porque esto significa que la fidelidad a las primeras ediciones no puede ser un criterio absoluto, ya que por medio están los preparadores de cada una de ellas y, dejando aparte las erratas mecánicas, nos pode- mos topar con lecturas de problemática elucidación. Por citar un solo ejemplo: la «Burla de don Pedro a caballo» se publicó primero en la revista Mediodía de Sevilla (núm. 7, 1927); allí el verso 26 se leía: «Una ciudad lejana» y así fue como pasó a la primera edición del Romancero gitano. Años más tarde el copista del poema, Joa- quín Romero Murube, uno de los animadores de la revista, mostra- ba, facsímil en mano, que se trataba de una errata suya al efectuar la transcripción del texto, pues el manuscrito en su poder rezaba: «Una ciudad de oro». Al preparar el original del libro, Lorca sí co- rrigió otra errata del impreso en un verso anterior, pero dejó pasar ésta. ¿La hizo suya o le pasó inadvertida? Una copia autorizada de la «Casida de los ramos», del Diván del Tamarit, da para uno de los versos la lección «un ruiseñor apaga los suspiros», pero el manus- crito trae «agrupa». Durante muchos años hemos leído «apaga». Recitador excepcional, enamorado de la transmisión oral de sus poemas, «bardo anterior a la imprenta», como lo llamó Jorge Gui- llen, poeta «pregutenberguesco», según lo denominó Guillermo de Torre, García Lorca tenía una extraña resistencia a publicar. Aun- que la intensidad de esa resistencia cambiara según los años y pue- dan documentarse testimonios de la impaciencia del poeta por pu- blicar sus obras, el hecho es que en lo sustancial sí dominó en él ese propósito de no «ver muertos definitivamente mis poemas... quiero decir publicados», según escribió a Jorge Guillen en 1927. Pero este rasgo de su personalidad literaria tuvo, trágicamente, consecuencias indeseadas, pues la temprana e inesperada desaparición del autor lo sorprendió con la mayor parte de su obra poética inédita o dispersa en revistas y periódicos. A la muerte de Lorca quedaron inéditos los siguientes libros, que habían sido reiteradamente anunciados por el poeta: Suites, Odas, Poemas en prosa. Poeta en Nueva York (y el discutido Tierra y luna). Diván del Tamarit y Sonetos. En suma, las dos terceras partes de su producción. Cada uno de estos conjuntos plantea cuestiones propias, pero lo relevante es que, dados los hábi- tos del poeta, esos problemas desbordan a veces los problemas in- herentes a la naturaleza postuma de los textos. Tan sólo un ejemplo de nuevo: el original, hoy desaparecido, de Poeta en Nueva York constaba, en cinco casos, no de los poemas, sino de la indicación de dónde encontrarlos o a quién pedírselos. Una vez más estamos ante el poeta incapaz de «realizar prácticamente lo creado». En estas condiciones, la edición de la poesía (y de la obra) de Gar- cía Lorca presenta problemas inhabituales en un autor contemporá- neo. Relegados tales problemas durante años, porque lo fundamen- tal era recuperar y allegar cuanto se pudiera de tan impresionante caudal poético, en los últimos lustros la crítica responsable ha pasado a la revisión sistemática de la obra publicada en vida del autor y de la que se ha venido publicando tras de su muerte. Editores como An- drew A. Anderson, lan Gibson, Mario Hernández, Christopher Mau- rer, Eutimio Martín, María dementa Millán y Christian de Paepe, entre otros, han sentado las bases, a veces con notorias y sintomáticas divergencias en los planteamientos, para una edición rigurosa de la poesía lorquiana. Los notables esfuerzos de la Fundación Federico García Lorca (Fundación FGL), dirigida por Isabel García Lorca y Manuel Fernández-Montesinos, hermana y sobrino respectivamen- te del poeta, han permitido clasificar los archivos que guardan los manuscritos, ediciones y documentos del autor en términos impen- sables hace unos años. Baste pensar en los tres catálogos de la obra í poética, que clasifican todos los fondos manuscritos conservados en la Fundación FGL {I. Mss. de la obra poética de madurez; II. Mss. de la obra poética juvenil [1917-1919], ed. Christian de Paepe, Ma- drid, 1992 y 1993, y el III, dedicado a la prosa, en prensa). Todo ello facilita enormemente la tarea del editor, quien no obstante se ve obligado a tomar decisiones propias y a veces arduas. Por mi parte, en esta edición de Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, que se produce tras una ya larga experiencia en el campo de la edición lor- quiana, he seguido un criterio eminentemente conservador, de fide- lidad a las tradiciones textuales más sólidas y con máximo respeto a las ediciones e impresos publicados en vida del autor, a los ma- nuscritos y copias autorizadas, pero sin convertir ediciones, impre- sos, autógrafos o copias en objetos de veneración fetichista. Esta no es, por otra parte, una edición crítica, la cual se halla, o puede ha- llarse, obligada a sostener criterios muy rígidos en determinadas cuestiones; pero sí pretende mantener el mayor rigor filológico po- sible aunque sin olvidar en ningún momento que «la poesía se ha escrito para ser leída con todo fervor, con los menores obstáculos posibles, siempre que no se altere lo que debe ser inalterable», se- gún señaló José Manuel Blecua al frente de su edición de Quevedo {Obra poética. I, Madrid, Castalia, 1969, XXXVIII). Como criterio general válido para todo el volumen (y para la obra completa), debo decir que he procedido a la modernización de la or- tografía, con algunas precisiones que se encontrarán en su lugar co- rrespondiente. He tenido en cuenta las lecciones o correcciones de las ediciones que de cada obra se mencionan en el apartado correspondiente, pero sin sentirme obligado a consignar en cada caso coincidencias o discrepancias. Las siguientes notas pretenden informar al lector interesado de las circunstancias en que se escribieron y, en su caso, se publicaron los libros y poemas de García Lorca, de los problemas textuales que plantean y de la labor de ajuste y corrección que he llevado a cabo. No recojo la corrección de erratas editoriales evidentes y en general tampoco las adiciones, correcciones o variantes de puntuación, sal- vo excepciones muy justificadas -así en el Primer romancero gita- no -. A este último respecto debo señalar que en el caso de los ma- nuscritos no editados por el autor, he procedido en general a la normalización de su puntuación, aunque he tratado de ser fiel, en lo posible, en los casos, que no son demasiados, de copias autógrafas y dispuestas para la impresión. Hasta 1920, aproximadamente, Lorca suele escribir con mayús- culas las iniciales de verso; después tiende al uso más común en nuestra tradición, aunque no faltan los casos de mayusculización, ni de alternancias de aisladas mayúsculas enfáticas. He respetado estos usos hasta 1920, tal y como se reflejó en el Libro de poemas; des- pués he procedido a la edición más habitual entre nosotros, esto es, mayúsculas y minúsculas según la puntuación. Por decisión edi- torial los poemas sin título que Lorca no publicó adquieren el del primer verso, que aparece entre paréntesis cuadrados, siempre y cuando no conste la voluntad del autor de no titular. En el caso de los poemas publicados utilizamos tres asteriscos para indicar la di- visión entre los textos. También evitamos el sangrado de los versos en apertura de estrofa, así como imprimimos en cursiva todos los ex- tranjerismos, unificando según la norma más extendida los usos vacilantes del autor. Cito siempre las ediciones más importantes de cada libro o poema que he tenido en cuenta, pero sin sentirme obligado a anotar en cada caso las coincidencias o discrepancias con los editores que me han precedido en la tarea de editar la poesía de Lorca. A fin de hacer más fluido el aparato crítico, en el caso de los poe- mas cuyos textos canónicos se han transmitido en impresos sueltos, la nota textual correspondiente va encabezada por la referencia a la publicación y eso quiere decir que es el texto seguido, sin necesidad de más puntualizaciones. En el caso de los poemas que se han transmitido sólo en manuscrito se sigue el mismo procedimiento de encabezar la nota con la referencia al manuscrito. Se entiende que, de no hacerse otras precisiones, este manuscrito se halla en el ar- chivo García Lorca (archivo GL), integrado en la Fundación que lleva el nombre del poeta. De ser necesaria la precisión, se indica como ms. GL.
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