A Manuel Ángeles Ortiz
Escena
Altas torres. Largos ríos.
Hada Toma el anillo de bodas que llevaron tus abuelos. Cien manos, bajo la tierra, lo están echando de menos.
Yo Voy a sentir en mis manos una inmensa flor de dedos y el símbolo del anillo. No lo quiero.
Altas torres. Largos ríos.
Malestar y noche
Abejaruco. En tus árboles oscuros. Noche de cielo balbuciente y aire tartamudo.
Tres borrachos eternizan sus gestos de vino y luto. Los astros de plomo giran sobre un pie.
Abejaruco. En tus árboles oscuros.
Dolor de sien oprimida con guirnalda de minutos. ¿Y tu silencio? Los tres borrachos cantan desnudos. Pespunte de seda virgen tu canción.
Abejaruco. Uco uco uco uco. Abejaruco.
El niño mudo
El niño busca su voz. (La tenía el rey de los grillos.) En una gota de agua buscaba su voz el niño.
No la quiero para hablar; me haré con ella un anillo que llevará mi silencio en su dedo pequeñito.
En una gota de agua buscaba su voz el niño.
(La voz cautiva, a lo lejos, se ponía un traje de grillo.)
El niño loco
Yo decía: «Tarde». Pero no era así. La tarde era otra cosa que ya se había marchado.
(Y la luz encogía sus hombros como una niña.)
«Tarde.» ¡Pero es inútil! Ésta es falsa, ésta tiene media luna de plomo. La otra no vendrá nunca.
(Y la luz como la ven todos, jugaba a la estatua con el niño loco.)
Aquélla era pequeña y comía granadas. Ésta es grandota y verde, yo no puedo tomarla en brazos ni vestirla. ¿No vendrá? ¿Cómo era?
(Y la luz que se iba, dio una broma. Separó al niño loco de su sombra.)
Desposorio
Tirad ese anillo al agua.
(La sombra apoya sus dedos sobre mi espalda.)
Tirad ese anillo. Tengo más de cien años. ¡Silencio!
¡No preguntadme nada!
Tirad ese anillo al agua.
Despedida
Si muero, dejad el balcón abierto.
El niño come naranjas. (Desde mi balcón lo veo.)
El segador siega el trigo. (Desde mi balcón lo siento.)
¡Si muero, dejad el balcón abierto!
Suicidio
Quizás fue por no saberte la geometría.
El jovencillo se olvidaba. Eran las diez de la mañana.
Su corazón se iba llenando, de alas rotas y flores de trapo.
Notó que ya no le quedaba, en la boca más que una palabra.
Y al quitarse los guantes, caía, de sus manos, suave ceniza.
Por el balcón se veía una torre. El se sintió balcón y torre.
Vio, sin duda, cómo le miraba el reloj detenido en su caja.
Vio su sombra tendida y quieta, en el blanco diván de seda.
Y el joven rígido, geométrico, con un hacha rompió el espejo.
Al romperlo, un gran chorro de sombra, inundó la quimérica alcoba.
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