En la calle más "alegre" de la ciudad

Una minoría se retrae en sí misma, forma un mundo den-
tro del mundo, obligada de un lado por la reprobación de la
plebe en general y estimulada de otro por la miríada de in-
tereses y actividades comunes al grupo. Por dondequiera que
se viaje, a través de este país, se hace manifiesto un magne-
tismo grupal, no sólo de base racial, religiosa o nacional, sino
también entre los profesionales, o entre los sordomudos y los
ciegos, lo mismo que entre los adheridos a un simple credo
político. Los miembros de los grupos, y los grupos en con-
junto, se salen de sus estrechos confines, unos con frecuencia
y otros en raros momentos, unos temerosamente y otros con
osadía, unos con gran placer y otros con angustia extrema.
Aunque pocos grupos son numéricamente tan grandes como
el de los homosexuales, ninguno es tan mal conocido. Ninguno
es tan poco aceptado o reconocido, ni carece tanto de organi-
zación, y sin embargo ninguno ejerce una influencia tan po-
derosa ni contiene tantas personas que hayan triunfado pú-
blicamente en cuanto individuos. La existencia de este grupo
minoritario es conocida por muchos, tolerada por algunos y
amenazada por otros. No es un fenómeno nuevo; es un grupo
que durante muchos siglos ha venido luchando en todos los
países. Un escritor lo llama "un mundo sumergido", y otro
habla de "una sociedad en el borde de la sociedad". Ambos
son correctos y exactos, pero incompletos, porque no hay un
mundo sumergido, una sociedad en el borde de la sociedad,
sino varios, casi incontables, diferentes y discordes y casi
sin conexión ninguna; y sin embargo, mantienen entre sí
cierta relación, en ocasiones a través de uno o dos individuos
que alternan al mismo tiempo en varios de estos islotes sociales
sumergidos; otras veces, meramente por la similaridad de ob-
jetivos y de personalidades; o quizá únicamente por la asocia-
ción que entre ellos establece la fantasía del mundo hostil.
No hay una vida de grupo, sino muchas, exactamente como
no puede aplicarse un mismo patrón de vida a todos los sordo-
mudos del país, o a todos los comunistas, o a todos los ar-
menios. Algunos tipos de vida, característicos de toda la mi-
noría, existen en todos esos islotes; pero otros dependen de
los individuos, de las predilecciones personales, profesionales
e intelectuales de éstos.
Algunos sectores de la sociedad alegre se muestran llenos
de un agudo y fuerte interés por el vínculo común que une a
todos los individuos. Leen, investigan, discuten, preguntan.
Pero otros ignoran ese vínculo, o lo aceptan, entregados a
sus particulares intereses, rara vez hablan o leen algo sobre sus
características especiales, y ni siquiera advierten la preocu-
pación de ciertas gentes por el problema homosexual.
Un grupo puede mantenerse unido, movido por el impulso
sensual, a la busca de nuevas formas y de nuevos copartícipes
del amor carnal, esperando hallar la excitación y la satisfac-
ción que siempre parecen estar al alcance de la mano, pero
que son tan elusivos, que rara vez llegan a gozarse sin el do-
lor del desengaño. Al mismo tiempo, otro grupo halla sus in-
tereses sociales y culturales fuera del campo de las satisfac-
ciones sexuales, y aquí se oyen palabras de admonición y de
apartamiento que se parecen a un ostracismo social pronuncia-
do contra los más audaces, los más promiscuos y los más in-
delicados. "No traigas más a ese sujeto", le advertirán a uno,
y habrá que cumplirlo so pena de que la excomunión se ex-
tienda al amigo del culpable transgresor.
¡Vivir en un mundo alegre! ¿Qué mundo alegre es ese, y
dónde está? ¿El mundo de la esquina de la calle, o de un sen-
dero especial y bien conocido del parque, o de la calle solitaria
y oscura batida por los vientos del lago, o de las orillas de un
río en una de las ciudades más grandes de Norteamérica?
Van a esos lugares, llevados por ardientes deseos, en busca
de desahogo quizá más que de placer, esperando hallar aven-
turas, temerosos de los muchos peligros —médicos, legales,
extralegales—, pero estimulados por el pensamiento de que
los peligros son ficticios y exagerados.
He aquí una calle particular en una ciudad relativamente
grande. Es muy conocida; todos los días la transitan miles de
individuos que ignoran las aventuras y las tragedias personales
de muchas vidas destrozadas que se sienten como atraídas por
un imán. Se reúnen desde que es pleno día: unos, deseosos
de ganancias financieras; otros, despreocupados de las cosas de
ese género; la mayor parte sin deseos de participar en ningu-
na transacción monetaria; y unos pocos, urdiendo negocios su-
cios o robos, aunque sea necesario llegar a la violencia. Estos
últimos, por lo general no son homosexuales, con frecuencia
no son tampoco heterosexuales, y tratan de justificarse a sí
mismos considerando despectivamente a sus víctimas poten-
ciales como "sucios maricones". Ladrones no sólo durante la
noche, sino también durante el día, protegidos por unas leyes
indiferentes al destino de los proscriptos, pero doblemente pro-
tegidos por el estigma que va unido a la actividad que puede
ser el preludio de la violencia, estigma que mantendrá calla-
das las lenguas de las víctimas.
El alegre pasea a lo largo de la calle, y el iniciado lo re-
conoce inmediatamente. No son necesarios rasgos muy mani-
fiestos para caracterizarlo; no es preciso que lo distinga un
amaneramiento especial. De vez en cuando, unas cejas depi-
ladas, o dos muchachos que pasean cogidos de las manos. Pero
rara vez se ven casos tan manifiestos. Virilidad, ausencia de
andares o de voz delatores: tales son los rasgos más comunes,
aquí como en cualquier otro lugar, en la vida del grupo.
Algunos van con frecuencia a la misma calle: se conocen
unos a otros, se hacen señas de identificación, después hablan,
forman grupos. Pero en su mayor parte, no se conocen entre
sí, pues se trata de jóvenes o de hombres maduros que van
por allí ocasionalmente, no con un plan preconcebido ni a cau-
sa de una cita, sino cuando la ventaja de la proximidad se
suma a la fuerza del deseo. Es la unión de la cercanía y de la
congruencia cualitativa que empuja al acero hacia el imán. Y,
una vez dentro de su radio, de acción, la resistencia se hace
difícil, después imposible... ¿Y por qué resistir? ¿No es
mucho mayor el goce en una participación franca y cordial?
Algunos se detienen delante de un escaparate, fingiendo
mirarlo, generalmente con las manos en los bolsillos. Otros
pasean lentamente, se vuelven, miran, siguen andando, dan la
vuelta.
Sigamos mentalmente a dos jóvenes alegres que se cruzan
en una de esas calles. Pasean en direcciones contrarias cuando
sus ojos se encuentran y se sostienen la mirada. Después se
acercan uno a otro. En ocasiones, el terreno común queda es-
tablecido rápidamente; pero la mayor parte de las veces, acu-
den a circunloquios.
—Dime, amigo, ¿tienes hora?
—Deben ser cerca de las once. Pero ahí hay un reloj. Son
las diez y cuarenta y cinco.
—¡Ah, sí! Todavía es temprano.
El primer abordaje ya ha terminado. Los intentos infruc-
tuosos para entablar una conversación llegan a ser molestos;
pero uno de los dos tiende otro cable:
—¿Tienes un pitillo?
—Creo que sí.
Viene en seguida el ofrecimiento del cigarrillo, y las caras
se acercan a la llama de un mechero resguardada por dos
manos.
—Es mi marca favorita.
—¿De verdad? Yo fumo cualquier cosa, con tal que sean
pitillos.
—¿Y puros, no?
—[No, por Dios!
Al cambiar estas palabras, cada uno de los dos busca una
pista. No buscan el afeminamiento, pero necesitan que algo
se lo sugiera ligeramente, una entonación suave de la voz,
' cierto modo de pronunciar las palabras, cierta afectación en
los movimientos de las manos, en el modo de coger el cigarri-
llo. Cada uno de ellos necesita este asomo de amaneramiento
del sexo opuesto, o por decirlo con más exactitud, del ama-
neramiento del grupo proscripto, para asegurarse de que no
hay trampa ni imprudencia que pueda llevar a la frustración
o a algo peor.
El tiempo puede servir de pretexto para reanimar la de-
cadente conversación.
—Un poco friolenta la noche, ¿no?
—Pero no mala. Yo más bien tengo calor.
Un murmullo de risas forzadas, no como expresión de buen
humor, sino como parte del esfuerzo para establecer un víncu-
lo común a través de aquellas risas. Los dos han roto la fa-
chada de disimulo y han hecho los primeros intentos para
penetrar su mutuo secreto.
—¿Damos un paseo?
—No tengo ganas. Estoy matando el tiempo.
—Tampoco yo tengo plan.
—¿Vives cerca de aquí?
—No soy de la ciudad. Soy de Massachusetts. Paro en un
lugar que no está lejos.
—¿Hacia dónde?
—Precisamente al final de la calle, a la vuelta de la es-
quina.
—No lo conozco. No ando mucho por estos sitios.
—Debieras conocerlo. Es un lugar muy alegre.
La palabra ha sido pronunciada, y la relación queda esta-
.blecida. Desde aquel momento, ya no hay duda de cómese
pasará la noche. Se detienen en un bar para tomar un vaso
de cerveza, y allí les dejamos. Nosotros volvemos a la calle,
mientras ellos inician una noche de aventura. ¿Aventura?
¿Placer? ¿Felicidad? No sería cosa del todo rara si, muchas
horas después, uno de esos jóvenes se quedase dormido en el
lecho del desconocido, feliz al pensar en el compañero que tie-
ne al lado y satisfecho con haberse librado de la tensión que
le atormentaba. Ha gozado de los momentos postsexuales tan-
to como de los momentos de alta pasión, y encuentra en el
sueno una satisfacción sosegada. Pero tampoco será raro, al
mismo tiempo, que el compañero se levante, se lave cuidado-
samente y mueva la cabeza al ver su imagen en el espejo. Busca
su reloj y su cartera en un cajón de la mesa, guarda la llave
y se desliza en la cama, agobiado por una culpa que, en él,
sigue siempre a la satisfacción del sexo. Únicamente la hospi-
talidad debida al compañero, únicamente el deseo de no las-
timar al otro como él mismo ha sido lastimado tantas veces,
puede retenerle de despertar a su compañero y despedirlo.
En ese momento, ¿qué ocurre en la mente de dos personas,
desconocidas la una para la otra, salvo en este único encuen-
tro? Uno se pregunta a sí mismo por qué este joven, a quien
no conoce, le había excitado hacía sólo unos minutos en tal
grado, que la razón quedó anulada. La verdad resultaba increí-
ble. Y en verdad, se veía reflejado a sí mismo como en un es-
pejo: debilidad... debilidad y futilidad. La busca de un amor
que nunca encontraría, era del todo inútil. Estaba en la misma
esquina en que había estado el año anterior, y delante de él
se extendía una avenida ciega, cerrada. ¿A dónde le llevaría?
¿Qué ganaría en sentido de la vida, en perfeccionamiento y
realización de la vida, con todas sus luchas para encontrar un
nuevo compañero de amor? [Qué despilfarro de talento, de
tiempo y de energía en busca de la aventura, cuando un sólo
compañero podía darle mayor satisfacción, y la práctica del
amor no se mezclaría con temores y remordimientos! Todo
esto pasa por una mente, mientras la otra descansa en una paz
bienaventurada.
Ya es tarde, y si volviésemos a la calle en que ellos se ha-
bían encontrado, encontraríamos a muy poca gente. Pero pro-
bablemente dos pares de ojos se encuentran en aquel momen-
to, mirándose en un salón de baile con miradas prolongadas.
—Dígame, amigo: ¿tiene hora?
—Debe ser la una. Pero ahí hay un reloj. Son las doce y
cuarenta y cinco.
Y así una vez y otra.
Esas son aventuras de una noche. Los copartícipes se dan
los números de sus teléfonos; algunas veces vuelven a llamar-
se, pero lo más frecuente es que no lo hagan. "Naves que pa-
san en la noche", los llama un amigo mío, y después cambia
de conversación, prefiriendo hablar de otros aspectos de la
vida alegre.
¿Engendran estas aventuras efímeras un sentimiento de
vergüenza, un sentimiento invencible de pecado, que impide
que los individuos se miren, si se encuentran por segunda vez?
¿O temen los que participan en ellas que sus amigos alegres
descubran este aspecto de sus actividades? ¿O este tipo par-
ticular de homosexuales son tan promiscuos, tan dados a la
aventura, tan incapaces de combinar el sexo con la fidelidad,
que únicamente lo desconocido, lo no probado, lo imprevisto,
les resulta atractivo? ¿O, en fin, se sienten tan ansiosos de
separar en sus vidas los conceptos del amor y del sexo, tan
ansiosos de huir de cuanto sea cariño, que prefieren practi-
car un aspecto de la vida alegre que a ellos mismos les pare-
ce más sórdido, menos expuesto a anudar relaciones perma-
nentes? ¿Es éste, quizás, el modo de castigarse a sí mismo por
el pecado de ser alegres? ¿Se sienten "limpios" y "puros"
porque condenan sus propias actividades, y es más fácil la re-
probación cuando esas actividades se originan en una esqui-
na, en una casa de baños públicos, o en otro lugar análogo?
¡Cuan complejos pueden ser los motivos! Quizá cada una
de las anteriores preguntas contenga parte de la verdad.
La calle, la esquina —y otros muchos lugares en casi to-
das las grandes ciudades de los Estados Unidos— es un as-
pecto de la vida alegre. Es uno de los sitios de reunión; pero
no es típico, y, aunque importante, atrae a pocas gentes. A
la mayor parte de las gentes alegres les interesan poco las
aventuras callejeras. La mayoría de los homosexuales siente
disgusto y desprecio hacia la minoría que frecuenta esos lu-
gares, pero no sin una fuerte dosis de curiosidad y deseo.


El homosexual en Norteamérica Donal Webster Cory. Compañía General de Ediciones S.A. México (1951)


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