Este libro es el resultado de un cuarto de siglo de participación en la vida norteamericana como homosexual. Estoy convencido de la necesidad de divulgar la información y de discutir libremente argumentos y opiniones en torno de este asunto. Es mi convicción que las observaciones y puntos de vista del homosexual son tan esenciales como las del psiquiatra, el jurista o el eclesiástico, para llegar a alguna conclusión acerca de la homosexualidad. El psiquiatra no puede esperar nunca conocer al homosexual más típico, porque sus pacientes son sólo los frustrados y mal adaptados. De la misma manera, la experiencia del penólogo se limita a los homosexuales que entran en colisión'con la ley. El estudio subjetivo que se emprende en este libro no tiende sólo a suministrar un conocimiento del grupo más numeroso y más típico, sino también a permitir la expresión de una opinión tal como se manifiesta dentro de ese grupo. El punto de vista que se expone en este libro, es el mío. No puedo hablar en nombre de otros. Pero creo que la mayoría de los homosexuales se identificará con las ideas y las experiencias que se exponen en muchas partes de este libro. Mi obra se propone abarcar únicamente a los homosexuales masculinos, ya que no puede ofrecer un estudio subjetivo de los problemas del lesbianismo. Acá y allá, cuando el asunto de la homosexualidad femenina es pertinente para la comprensión de mi tema, la menciono, pero no la analizo a fondo. Como homosexual manifiesto que escribe para un público general, me he sentido impulsado a emplear el lenguaje que usaría si hablase a otros homosexuales. Los términos que empleo en este libro son necesarios en un estudio subjetivo. El lector no iniciado encontrará que los homosexuales se llaman gay (alegres), y los heterosexuales straight (derechos), palabras de uso común en el mundo en que yo me muevo, y que examino en detalle en el capítulo que dedico al lenguaje de la vida homosexual. El material de este libro fue recogido mediante un estudio correcto y experiencias personales. Me he apoyado mucho en algunas fuentes, y reconozco mis deudas para con sus obras. Estoy obligado a un joven fiscal por un estudio notablemente completo que hizo para mí acerca de la homosexualidad y la ley en los Estados Unidos. Los hechos que examino en un capítulo dedicado a este asunto, me fueron proporcionados por él, pero todas las opiniones son mías. En cierto sentido, este libro es una autobiografía espiritual. En una obra de este tipo los hechos de la vida de un hombre son de importancia secundaria; pero las ideas a que se adhiere son de primera significación. Sin embargo, escribo como homosexual, y por tanto me gustaría instruir al lector acerca de mi ambiente. Desde mi primera adolescencia, he conocido el problema homosexual. Mi primer despertar fue la encendida inclinación que sentí hacia un joven pocos años mayor que yo. Nadie me había enseñado que hay hombres que son atraídos por otros hombres; nadie había intentado seducirme. Sólo sabía que sentía un impulso, de carácter vago y turbador, hacia el goce con otra persona. Quería estar cerca de él, abrazarlo. Hasta dos años después de mi primera experiencia, seguí completamente ignorante de los hechos de la homosexualidad, y recibí como un choque violento cuando, siendo estudiante de escuela secundaria, un maestro me llevó aparte, entabló conversación conmigo y me explicó que había individuos a quienes se llamaba invertidos. En los últimos años de la adolescencia y primeros de la virilidad, me estudié a mí mismo y a los que eran como yo, busqué en los libros de literatura lo que podía darme luz, me esforcé en comprender por qué no podía yo ser como los demás. Me sentía profundamente avergonzado de ser anormal, y sabía el alto precio que tendría que pagar si alguien descubría mi secreto. Pasé por muchas fases en los años siguientes. Luché contra mi homosexualidad, traté de disciplinarme y de vencerla, me castigaba cuando fracasaba en resistir las tentaciones pecaminosas. Pero la lucha no consiguió disminuir mis íntimas necesidades. Después, rebelándome contra la lucha, me hice con muchos amigos en los círculos homosexuales, y alternativamente me sentía atrapado por una tragedia humana a la cual nunca podría acomodarme, o bienaventurado como individuo de la minoría escogida del mundo. A veces sentía que no tenía por delante sino la derrota, y otras hacía el proyecto de arrojar el yugo del secreto, proclamar abiertamente mi temperamento tal como era, y vivir una vida plena y completa al unísono con otro hombre. Pero el amor con otro hombre, según llegué a descubrir, no era fácil de realizar, y las infatuaciones apasionadas que parecían permanentes se rompían y deshacían tras un breve período de tiempo. Participé en varias amistades eróticas y en noviazgos, esperando muchas veces que al fin había encontrado el amor permanente. Una amistad de carácter remunerador, entablada cuando yo tenía dieciséis años, duró dos, pero terminó, como terminaron otras después. Después, las pasiones sólo duraban unos meses, más tarde sólo unas semanas, y empecé a sentir desprecio por quienes usaban la palabra amar para-designar aquellas relaciones. El amor homosexual, me decía a mí. mismo, es un mito. Nunca encontraré un hombre a quien pueda amar. Serían siempre los mismos enredos breves, y después cada uno se iría por su parte en busca de campos nuevos e inexplorados. Me parecía que caminaba hacia una vida de disipación, hacia un final sin esperanza. ¿Dónde podría volverme? A la edad de veinticinco años, después de cerciorarme de que era capaz de consumar el matrimonio, me casé con una muchacha a quien conocía desde la infancia, persona encantadora y sobresaliente, que trajo a nuestra unión una comprensión profunda y que compartía conmigo muchas aficiones e intereses. Resolví que el matrimonio fuera el fin de mis pecados, que rompería todas mis ligaduras con los círculos homosexuales y con los queridos amigos que en ellos tenía, y hacer la que me parecía ser la única vida que podía serme provechosa. No tardé en advertir que el matrimonio no reducía la necesidad del goce con hombres, y que no tenía yo la energía y la paz espiritual necesarias para proseguir una carrera fecunda mientras estuviese en lucha constante con algo que vivía en mi interior. Necesitaba mis primeras amistades; pero no quería confesarme a mí mismo, ni aun en el secreto del pensamiento, que las necesitaba. Obligado a resolver el problema y convencido de que la única solución era librarme de la necesidad homosexual, visité a un famoso psicoanalista, quien me aseguró que podría ayudarme. Gradualmente, a medida que avanzaba el proceso analítico, se me hizo patente que podía ayudarme a vencer los sentimientos de vergüenza, de culpa, de remordimiento, más bien que a vencer los impulsos de donde dimanaban aquellos sentimientos. Luché ásperamente contra este plan. Quería sentir vergüenza, y estaba orgulloso de sentirla. Realmente, la necesitaba. Pero aquella lucha sólo sirvió para probarme, con la ayuda del doctor, que los sentimientos de vergüenza y de culpa no eran más que apoyos que yo había empleado para hacer posible la continuación de la vida homosexual contra la cual pretendía estar en rebelión. Por los sentimientos de culpabilidad y de remordimiento, me exoneraba a mí mismo de toda responsabilidad, y me demostraba a mi mismo que la homosexualidad era un impulso que tendía a realizarse contra mi voluntad; y esta exoneración hacía posible seguir llevando la vida homosexual. Pero la estaba pagando a precio muy acerbo. En la actualidad, después de muchos años de un matrimonio bien logrado, con un hogar feliz y con hijos, y con un sólido vínculo de amistad que me une a un hombre que ha sido en mi vida un ser bienhechor, me siento a escribir lo que significa ser homosexual. No son los pensamientos de una persona amargada y desgraciada. Es la experiencia acumulada y los puntos de vista de alguien que ha vivido en lucha consigo mismo y con la sociedad. Antes de terminar estas observaciones preliminares, quiero referirme a una objeción que se ha formulado respecto del nombre supuesto bajo el cual se publica este libro. Si usted tiene el valor de sustentar sus opiniones, me dicen, ¿por qué se oculta tras la máscara del anonimato? ¿Por qué no firma con su nombre, como lo han hecho otros, y por qué no defiende abiertamente las opiniones a las que' se muestra tan decididamente adherido? En respuesta, puedo decir que en la vida de cada hombre aparecen implicadas otras personas, y que no encuentro justificado exponer las que están complicadas en la mía a posibles dificultades y daños, asociándolas a opiniones que no comparten. Además, estoy convencido de que, en el presente ambiente cultural de los Estados Unidos, el escritor seudónimo o anónimo puede hablar con más claridad que el que pone su firma en un análisis subjetivo de la homosexualidad. Y no es sólo que yo y otros sufriríamos las consecuencias, sino que las sufriría el libro mismo, y por lo tanto debo evitar que el autor sea abiertamente conocido. Espero que mi libro ¡lustrará y aumentará la comprensión de los padres, de los hermanos y hermanas, de los amigos y de los maestros. Espero que contribuirá en algo a mejorar la deplorable condición social de quienes, siendo homosexuales como yo, andan buscando respuesta a las innumerables preguntas que la vida les formula. Doy las gracias a todos los que han leído mi manuscrito, en todo o en parte, por sus valiosas indicaciones.
DONALD WEBSTER CORY Mayo de 1951.
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El homosexual en Norteamérica Donal Webster Cory. Compañía General de Ediciones S.A. México (1951)
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