Un impulso tan poderoso como la homosexualidad no puede ser suprimido sin crear un sistema de ideas complicado y al parecer convincente, que apoye, garantice y racionalice tal supresión. Uno no puede dictar leyes, convertir en proscritos a gentes aceptables en otros aspectos, encerrarlas entre los muros de la cárcel y lanzarlas a la ignominia, sin argumentos que lo justifiquen. Esto queda completamente aparte del motivo de la reprobación, con frecuencia oculto y generalmente desconocido para los que se expresan con más verbosidad. La sociedad moderna sostiene que la homosexualidad debe ser condenada porque es un extravío inmoral, y perseguida porque es dañina. Estas afirmaciones no son evidentes por si mismas, y para darles la fuerza de la ley y del consenso universal, hay que establecer en su apoyo un intrincado sistema de preceptos. Para examinar los argumentos antihomosexuales, es esencial apartarse de motes y de invectivas, y abandonar las palabras que ya implican la reprobación (tales como degenerado y pervertido) antes de haber sido estudiado el problema. En la racionalización de la hostilidad es fundamental la afirmación, actualmente codificada en la ley, de que esta forma de actividad sexual es antinatural. Aunque rara vez empleada en los libros de: psicología, la caracterización de la homosexualidad como antinatural se encuentra en los códigos penales y es ampliamente aceptada por los legos en derecho. Se arguye, en apoyo de tal aserción, que el instinto sexual fue creado por la naturaleza para unir a un hombre y una mujer, en la forma habitual del coito, para los fines de la procreación, y que ese acto sexual es necesario para la conservación de la especie. Cualquiera otra actividad sexual, se dice, es por consiguiente una perversión de los fines que se propone la naturaleza al dotar a los animales —humanos o de otra especie— de un poderoso impulso nervioso que busca placer y satisfacción. Eso implica toda una serie de argumentos. En realidad, el cargo de que las prácticas homosexuales son antinaturales requiere el estudio analítico de los siguientes puntos: 1. ¿Son antinaturales las prácticas homosexuales? 2. ¿Son menos antinaturales las prácticas heterosexuales, generalmente usuales y aceptadas? 3. Aun cuando se concediese el carácter antinatural de la homosexualidad (o de la sodomía, la fellatio etc.), ¿constituiría esto un argumento contra esas prácticas y justificaría que fuesen declaradas fuera de la ley por la sociedad? En primer lugar, ¿son antinaturales esas prácticas? Dos seres humanos mentalmente equilibrados y de edad madura deciden buscar, y logran encontrarlo, placer por medio de varios tipos de contacto entre sus cuerpos. Supongamos que no se emplea la superioridad de la fuerza ni de la edad con un niño, ni el incentivo de ganancias ni la ocultación de una enfermedad. Su acción es no sólo voluntaria, sino que es la inclinación natural de sus temperamentos, tal como esos temperamentos se han desarrollado a consecuencia de diversas condiciones ambientales. En realidad, para ellos no sería natural otro modo de actuar. Nada sería tan antinatural como el que se contrariasen y negasen a sí mismos. El cargo de que hay en eso algo antinatural se comprende sólo desde el punto de vista de un individuo que, porque esas prácticas son contrarias a su naturaleza, ipso jacto decide que son contrarias a la naturaleza de todos los individuos. Este es no sólo un punto dé vista egocéntrico, sirio que es también un punto de vista funestamente privado de imaginación. Yo afirmo esto, y solamente esto: que la homosexualidad es perfectamente natural para la mayor parte de los que la practican. ¿Pero no es contraria a la naturaleza, a pesar de todo?, preguntarán muchos. Se necesitarían facultades sobrenaturales para saber cuáles son las intenciones de la naturaleza. Las intenciones de la naturaleza, si es que existen, estarían individualizadas en cada persona que experimenta un impulso sexual. Para algunas de esas personas es contrario a las intenciones de la naturaleza cohabitar con el sexo opuesto, y para otras la verdad es lo contrario. Puede concederse que la naturaleza probablemente ha querido que la mayor parte de los machos y de las hembras hallen placer en la relación con el sexo opuesto. Esto significa meramente que seria contrario a la naturaleza reemplazar la heterosexualidad por la homosexualidad como única fuente de placer sexual para la humanidad. Pero lo que de ninguna manera significa es que la homosexualidad sea antinatural como fuente secundaria de placer para la humanidad en general, o como fuente primaria para una minoría de personas. Si la humanidad pudiera regresar a los instintos primordiales, es posible que se descubriese que la naturaleza ha habilitado a los animales para obtener placer con ambos tipos de relaciones sexuales, y quizá —como Gide sugiere en Corydon— la homosexualidad, muy generalizada entre los machos, y no sólo en los seres humanos, sino en otras formas de vida animal, es un medio de la naturaleza para proporcionar una salida al impulso sexual, que por lo general es más fuerte en los machos. En tal supuesto, la conducta exclusivamente heterosexual u homosexual serían productos antinaturales de esta civilización; las dos serían manifestaciones neuróticas, y únicamente los seres bisexuales llevarían un modo natural de vida. Sea o no sostenible esta teoría, siempre queda un hechor: que la homosexualidad es perfectamente natural para los homosexuales; la supresión de la homosexualidad es lo más antinatural para quienes sienten el deseo de practicarla. Pero, "¿cómo podrán caracterizarse las prácticas heterosexuales ? Si partimos de la premisa de que sólo es natural el impulso que une al hombre y la mujer para fines de procreación, ¿qué puede decirse de los otros tipos de relaciones sexuales? La sociedad debe condenar, en términos igualmente rigurosos, como en realidad lo hacen las leyes, las llamadas "prácticas antinaturales" entre hombres y mujeres, aun cuando estén casados. La masturbación es antinatural, porque evidentemente no usa la energía sexual para la procreación. Pero nada demuestra lo absurdo del cargo de antinaturalidad tanto como su aplicación al control de los nacimientos. ¿Qué cosa hay más artificial y voluntaria que el uso de preservativos para impedir que la esperma fertilice el huevo? Si la naturaleza hubiera querido que el hombre y la mujer, al ejecutar el acto erótico, pudieran elegir entre tener o no tener descendencia, ¿no hubiera, con su infinita capacidad creadora, producido dos orificios vaginales para los usos sexuales? Algún método para controlar los nacimientos es de uso casi universal por hombres y mujeres, que se preocupan poco de que sea antinatural, como indudablemente lo es ua persona imparcial, ¿puede encontrar eso menos opucaío a los designios de la naturaleza que el amor entre dos hombres o entre dos mujeres? Se ha dicho que sólo la Iglesia católica es absolutamente consecuente al reconocer el carácter antinatural de las diversas prácticas sexuales, desde la sodomía hasta el control de los nacimientos; pero la Iglesia ensena otro modo de burlar los designios, de la naturaleza. Consiste en evitar la concepción por el método periódico, ¿Hay alguna prueba de que la naturaleza quiera que el animal sienta un deseo sexual más intenso cuando el. huevo no es fertilizable? Todo el que haya estudiado zoología, o siquiera observado a un perro en celo, sabe que la atracción sexual se acentúa cuando la fertilización puede tener lugar. El método periódico es de lo más antinatural. Es contrario a las leyes de la naturaleza elegir para el placer sexual las ocasiones en que hay menos probabilidades de fecundación, después de haber afirmado que el fin del impulso sexual tiene por objeto exclusivo la procreación. La sociedad heterosexual se enreda en sus propias contradicciones cuando afirma que la homosexualidad es antinatural, no sólo porque no puede demostrar este cargo, sino porque, por la fuerza de sus propios argumentos, demuestra cuan totalmente antinaturales son las actividades sexuales de la mayor parte de las gentes. Pero, ¿y si el cargo fuera verdadero, es decir, si la sodomía y la fellatio son realmente antinaturales, y el coito heterosexual perfectamente natural? ¿Por qué habría de ser esto un argumento contra las prácticas homosexuales? ¿No es un hecho que la civilización misma es la negación de la naturaleza? El uso de vestidos, el cubrir ciertas partes de nuestro cuerpo aun cuando el tiempo no es inclemente, son indudablemente actos antinaturales. Las casas, las máquinas, las estaciones de televisión, los teléfonos, los agentes terapéuticos sintéticos, todo esto es antinatural. Todo es contrario a los deseos e intenciones de la naturaleza. Los seres humanos han sido dotados de voces que pueden producir sonidos y de oídos que pueden percibirlos en un radio no superior a unos centenares de metros; pero nosotros creamos un sistema antinatural para hablar a otros hombres a miles de kilómetros de distancia. Si determinada conducta sexual debe ser proscrita porque es antinatural, ¿por qué no proscribir el teléfono como instrumento de una vida antinatural? ¿Y qué decir de la antinatural liberación de la energíaaprisionada por la naturaleza en el átomo? El cargo de que es antinatural que un hombre haga el amor a otro hombre no sólo es falso e inconsistente, sino qué es insensato. Es un esfuerzo para emplear una palabra malsonante como descripción de una experiencia, en la esperanza de que la connotación de maldad caiga no sólo sobre la palabra, sino sobre la experiencia misma. Comentando estos asuntos con motivo del proceso de Oscar Wilde, lord Alfredo Douglas escribió: "Llamar antinatural una cosa no sólo no es condenarla necesariamente, sino que en cierto modo es recomendarla. Todo lo que se aparta de lo normal puede hasta cierto punto ser llamado antinatu- ral, el genio y la belleza entre otras cosas." Si los pájaros del bosque y los animales de la selva decidiesen qué prácticas son contrarias a las leyes de la naturaleza, para vivir de acuerdo con esas leyes, sus conclusiones estarían de acuerdo con su modo de vivir. ¿Proscriben ellos la homosexualidad? ¿Hay un solo ejemplo de que castiguen a aquel de sus individuos que la practica? ¡Pero basta ya de hablar de lo antinatural! La reprobación —se arguye— es necesaria, y el castigo también, porque sin eso la homosexualidad se generalizaría, amenazando el bienestar de la humanidad y corrompiendo a nuestra juventud. También esto implica muchos argumentos que deben ser analizados. ¡Cuánta inseguridad, qué sentimiento de inferioridad manifiesta el heterosexual cuando afirma que sólo el ostracismo social es eficaz para contener el desarrollo de la homosexualidad! ¿Tan atractiva es la vida alegre, y tantos son sus placeres, que los heterosexuales creen que conquistará un número cada vez mayor de practicantes? ¿Cómo pueden esas personas condenar una fuerza por antinatural, y después sostener que una actitud tolerante produciría un número ilimitado de adeptos? Esto, en efecto, es la confesión de que el instinto homosexual es muy poderoso —aunque con frecuencia latente, reprimido, o sublimado— en toda la humanidad. En otras palabras, si el miedo a que la homosexualidad se extienda tiene alguna validez, es la confesión de que, lejos de ser antinatural, la homosexualidad es una de las primitivas fuerzas instintivas de la naturaleza. ¿O quizá quiere decirse que es ambas cosas? Realmente, por supuesto, el castigo no aparta a nadie de esas prácticas. Puede irritar a unos homosexuales, amargar a otros, avergonzar a otros; pero nunca ha hecho un heterosexual de un homosexual. Algunas veces logra —para bien o para mal— evitar la satisfacción de un deseo homosexual, pero nunca suprime ese deseo. El hecho es que millones de personas en todo el mundo ejecutan actos, o tratan de ejecutarlos, que si fuesen descubiertos atraerían sobre ellas la desgracia, la cesantía, la ruina económica, la prisión, algunas veces por toda la vida. Y, sin embargo, esas personas no se dejan disuadir o intimidar. La reprobación, en realidad, no disuade, ni la tolerancia tendría el efecto contrario. Las leyes contra la homosexualidad no detienen a los homosexuales, y es ciertamente muy difícil argüir que la existencia de tales leyes es el factor que retiene a los heterosexuales de entrar en la senda prohibida. Las actitudes condenatorias estimulan la discusión, acrecientan los esfuerzos del hombre para descubrir la verdad, permiten el libre intercambio entre el grupo dominante y el oprimido, pero no estimulan las prácticas homosexuales a no ser en aquellos que ya sienten una inclinación hacia ellas. El verdadero problema de los actos sexuales ejecutados por un adulto con un adolescente o con un niño, y la posibilidad de que tales actos tengan una influencia permanente sobre la vida de la persona más joven, afecta al homosexual y al heterosexual, y no al uno más que al otro. Pero este es un problema que no -tiene relación alguna con la actitud de la sociedad hacia las relaciones voluntarias que entablan dos adultos del mismo sexo. Cualquier psicólogo puede atestiguar que si se preguntase a, la mayoría de las personas que. no han tenido en su vida ningún género de experiencias homosexuales, por qué razón había sido así, la contestación más remota sería el miedo a la desgracia, a la ruina, o al castigo. Los heterosexuales sostienen que no sienten deseos de esas relaciones llamadas antinaturales, y que sólo con pensar en ellas experimentan repulsión y disgusto. ¿Por qué, pues, el miedo a las conversiones? Todo el argumento de que la reprobación es necesaria para disuadir o apartar a los individuos de la homosexualidad, se predica sobre el supuesto de que tal medida es necesaria para mantener una sociedad equilibrada. Por tanto, si el homosexualismo es antinatural o no, es cosa sin ninguna importancia para juzgar su valor social. Puede ser muy natural para un hombre el matar, mas no por eso el asesinato es menos antisocial. Un acto no es criminalmente punible, ya por la ley o por la presión social, si no es contrario a los fines del organismo social. Ahora bien: condenar meramente para disuadir no es más que el punto terminal de un objetivo filosófico que no tiene comienzo. Primero hay que demostrar que la reprobación produce efectivamente la disuasión, y que la disuasión es beneficiosa y necesaria para la sociedad. En este punto encontramos un tercer argumento, que trata de establecer la justificación social de la disuasión. La homosexualidad, se dice, es el suicidio de la especie. Es mala porque es estéril, porque impide la reproducción de la especie. Esta afirmación es igualmente compleja en sus implicaciones. En primer lugar, sostienen muchos que la humanidad ha llegado a una fase de su desarrollo en la que, por lo menos en muchos países, el problema consiste en limitar el crecimiento de la población. Evidentemente, ni la China ni el Japón necesitan mantener, y mucho menos aumentar, el número de nacimientos. En realidad, una disminución de la población puede ser beneficiosa. Y si un gran número de seres humanos pueden vivir satisfaciendo plenamente sui necesidades sexuales sin reproducirse, tanto mejor. Si la sociedad fuese consecuente en sus actitudes y sincera en su alarma por los efectos de la homosexualidad sobre la procreación, ¿por qué adopta una actitud tan severa contra los nacimientos ilegítimos, de los cuales hay, a despecho de todas las presiones sociales, gran número todos los años? ¿Por qué no adopta una actitud consecuente, condenando la limitación de la natalidad, en vez de la actitud hipócrita que permite la práctica y condena que se la enseñe? Toda la homosexualidad del mundo probablemente no impide el crecimiento de la población del planeta de manera tan efectiva como lo hace un solo fabricante de anticonceptivos. Finalmente, se afirma que la homosexualidad es impúdica, sórdida, promiscua, y carente de la ternura característica del amor; y que los homosexuales son alcohólicos y dados a las drogas. Tendré ocasión de examinar la legitimidad de este argumento en otro lugar de este libro. Pero, ¿es esto una excusa de la acción discriminatoria, así de carácter social como legal, ejercida contra quienes no son lo que se dice? ¿Hay alguna razón para cubrir de oprobio las actividades y las inclinaciones de quienes llevan una vida socialmente útil y bien regulada, sólo porque —si aquella afirmación fuera cierta— otros llevan una vida dañina y ruinosa? El argumento es además contradictorio en otro sentido. Gran parte de la sordidez de las vidas de muchos homosexuales se debe a las actitudes sociales de que son víctimas. De este modo, la sociedad hace cuanto puede para destrozar a esas personas, para obligarlas a vivir de un modo reprensible, para cerrarles puertas que conducen a mejores condiciones de vida, y después alega los caminos de perdición que se han visto forzadas a seguir, como justificación de su hostilidad contra ellas. La sociedad ha ensayado muchas veces en lo pasado utilizar la inferior moralidad, organización y salubridad de un grupo, como prueba de que éste es inferior y no merece mejor trato, aunque la sociedad (o, para ser exactos, su sector dominante) haya impuesto aquellas condiciones al infortunado grupo. "Las clases bajas son ignorantes, y no aprenderían nada en Oxford ni en Cambridge", afirmaba la aristocracia territorial de Inglaterra. "Por consiguiente, es esfuerzo inútil darles una buena educación." Las condiciones creadas por la falta de educación y cultura, impuestas por las clases elevadas, fueron usadas como justificación para seguir negando mejores oportunidades educativas. "El indio americano es salvaje, ingobernable, y no titubea en atacar y matar", nos enseñaban nuestros historiadores. "Por consiguiente, debe ser suprimido y confinado a territorios reservados." Las condiciones creadas por el trato que dábamos a aquellos indios, fueron usadas como excusa para negarles todos los derechos, y esta denegación de derechos echó las bases para que se continuara justificando aquel trato. De esta manera el grupo dominante crea un círculo vicioso, por el cual se impone a una minoría una situación de desigualdad, y las condiciones resultantes de la desigualdad son después alegadas como justificación de la situación del desigualdad. Que esta manera ilógica de argumentar ha informado el pensamiento humano aun en la época de los filósofos griegos, es fácil de comprobar. Ha sido empleada contra los esclavos, contra los pueblos coloniales, contra los católicos y los protestantes por sus adversarios, y contra lo revolucionarios, los judíos, los asiáticos, los negros, los indios y muchos otros. Y es, manifiestamente, fundamental en el pensamiento de la sociedad sobre los homosexuales. Si los homosexuales se buscan unos a otros en condiciones reconocidamente sórdidas, como algunas veces lo hacen, aunque esto no es típico ni general; si recurren al alcohol o a los narcóticos, lo cual rara vez hacen; si sus vidas son promiscuas y sus amores inconstantes, como con frecuencia lo son, entonces, ¿no incumbe a la sociedad investigar las fuentes de tal estado de cosas, antes de condenar al grupo a seguir en aquellas condiciones? Pero se argüirá que la homosexualidad es sin duda hostil a la sociedad en cuanto es contraria a la organización familiar y a los principios religiosos de la cultura moderna. Esto es verdad, hasta cierto punto. La unidad familiar se basa primariamente en la unión de un hombre y una mujer. ¿Pueden encajar en ese esquema dos hombres o dos mujeres? La verdad del asunto es que los homosexuales crean su propio tipo de unidad familiar; pero la cuestión fundamental es que no se interfiere con la familia tal como existe en la sociedad moderna. Decir que el homosexual no cabe en la unidad familiar no es demostrar que la destruya. Indudablemente, sus actividades no se interfieren con las de la mayoría de las gentes que se casan, tienen hijos y (en número muy crecido) se divorcian. Análogamente, la homosexualidad no es una fuerza antirreligiosa, aunque la religión sea antihomosexual. Aunque algunas religiones conceden lugar a los célibes y a las solteronas, se supone que éstos son continentes, y es muy poco probable que los homosexuales en su mayor parte cumpliesen tales realas religiosas. Pero como justificación de la hostilidad, este argumento sería especioso, aun cuando se conceda su premisa básica. Porque el grupo dominante crea un sistema de superestructuras sociales en las que no se deja lugar para el homosexual; después niega al invertido el acceso a esas instituciones; y termina por acusar a los invertidos porque no tienen lupar en las mismas instituciones de las que han sido proscriptos. Si la homosexualidad fuese una fuerza destructora de nuestra institución familiar, se debería a que la familia había sido estructurada de tal manera, que excluyese al homosexual de su círculo. La Iglesia acusa al homosexual, lo expulsa del redil de la religión, y después justifica su acusación afirmando que los homosexuales son antirreligiosas y antieclesiásticos. Por ultimo, un argumento que se encuentra con frecuencia puede hallarse resumido en una conversación en la que participé. "No tengo nada contra dos sujetos que hacen el uno con el otro lo que les da la gana" -me dijo un amigo heterosexual; lo que quiero es que me dejen a mí en paz" Estas palabras no son un reflejo correcto de la opinión dominante ni una justificación de actitudes persecutorias. En realidad, el problema no es obligar a los homosexuales a "dejar en paz a los otros", pues el grupo alegre no ejerce ninguna especie de presión. El problema es "dejar en paz" a la sociedad dominante —o ensalzar sus medidas represivas— contra los individuos alegres. Si la sociedad realmente no tuviese nada contra dos individuos que voluntariamente llevan un genero de vida homosexual, ¿por qué dicta leyes estrictas contra ellos y los somete a una severa presión social? Por que restringe sus derechos al trabajo y a la educación? ¿Por que los obliga a huir y esconderse, so pena de una excomunión casi universal? Con frecuencia se oye también otro argumento, que es muy curioso. "Si no se exhibiesen públicamente..." me dijo Juanito en el curso de una discusión muy franca "En el colegio tenemos una media docena, y en las clases y en los corredores se conducen como insensatos, chillando a voz en grito como mujeres. Sus carantoñas me son repulsivas, por que no guardan para entre ellos esos gritos y maneras, en vez de exhibirse como piezas de museo o fenómenos de circo?” "Pero Juanito -le dije-, son sólo unos pocos. Quizá su necesidad de exhibirse es tan fuerte como la mía de tener un hombre o la tuya de tener una mujer. Pero la mayor parte de nosotros no hace ostentación de sus tendencias. ¿Quieres castigar a loa muchos por los pocos?" "Mi conocimiento de vuestro grupo —replicó— viene principalmente de esos pocos, aparte de ti mismo. Y después de todo, ¿cómo puedo saber quiénes son los muchos, si os negáis y ocultáis con tanto cuidado? Sobre todo, sois un grupo de cobardes y de hipócritas." Después titubeó, y añadió en tono apologético: "Ya sabes cuánto te quiero; pero hablo de los extraños en general." Me reí. "Ya he oído eso otras veces. Algunos de mis mejores amigos son judíos, según dicen, lo cual es la señal más clara de los antisemitas. Pero tú encuentras a la mayoría de nosotros cobardes e hipócritas, al mismo tiempo que unos cuantos te parecen exhibicionistas. Si ocultamos nuestras tendencias y las manifestamos sólo entre nosotros, somos hipócritas. Y si las exhibimos, somos exhibicionistas. Estamos condenados, hagamos lo que hagamos." Así expresan los individuos los principales argumentos que se usan para justificar la actitud de la sociedad hacia la homosexualidad, y así se defienden algunas personas contra tales argumentos. Como espero demostrar, la homosexualidad puede ser una fuerza poderosa, y no precisamente una fuerza destructora, tanto para el individuo como para la sociedad. Pero la superficialidad de las racionalizaciones de la reprobación social, y el fracaso en el intento de encontrar una defensa científica o intelectual de las actitudes de la sociedad, únicamente sirven para fortalecer la convicción de que la lógica empleada es una fachada detrás de la cual se ocultan las fuentes de que antes hemos hablado.
|
 |

El homosexual en Norteamérica Donal Webster Cory. Compañía General de Ediciones S.A. México (1951)
|