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EL DRAMÁTICO AMOR DE LOS HOMOSEXUALES
Antinoo y Adriano y Dufrenne y el marinero.—El crimen por celos de un invertido. -Una carta.— Declaración del crimina.—El asunto Olmstead- Clifford.—La historia de Olmstead.—Su confe— sión.—El reconocimiento de su trastorno.—Expli- cación del crimen y suicidio.—La mandíbula inferior de los invertido.—Una reclamación a un director de Correos.—La princesa invertida.—El supuesto suicidio y el homicidio frustrado
Desde que Antinoo se suicidó por el amor voluble de Adriano hasta el caso de actualidad palpitante del asesinato de Osear Du- frenne, director del Casino de París, creador de la fama de Mauricio Chevalier e invertido conocidísimo de la Policía, han ocurrido mu- chas tragedias homosexuales, porque en la inversión, los amores y las pasiones alcanzan un grado de violencia que no se observa en el amor normal. Claro es que Antinoo se suicidó por amor y Dufrenne murió a manos de un marinero, un matelot cualquiera, según unos, y un cargador del Sena, según otros, que seguramente vivía también del amor de una honrada prostituta de los muelles. Desconozco en absoluto detalles de la vida de Dufrenne, y hasta ahora parece que la Policía de París no ha logrado poner en claro las circunstancias del suceso, que seguramente serán tan vulgares como todas las que son comunes a esta clase de delitos. En una ciudad suramericana apareció muerto en un jardín un célebre escritor alemán, que se encontraba en el país realizando estudios arqueológicos en las ruinas de una antiquísima ciudad. En la cartera llevaba varios miles de dólares y en la corbata un mag- nífico alfiler de brillantes; todo esto descartaba en absoluto la hipó- tesis del móvil del robo, que es con mucha frecuencia la causa del asesinato de muchos homosexuales. No se le conocían enemistades, y, lejos de esto, era considera- dísimo en los círculos sociales y literarios de la ciudad por su carácter afable y su gran inteligencia, lo que le permitió intro- ducirse en la sociedad de las familias más distinguidas, donde con- taba con muchos amigos. Unos de estos amigos, seguramente el predilecto, era un italiano, hijo de un alto personaje diplomático, muchacho de veinte años, tí- mido, reservado y muy elegante; aficionado a la pintura y de cos- tumbres un tanto extrañas. Se decía de este joven que jamás había frecuentado la, sociedad de las mujeres, y que sus hábitos no pa- recían demasiado masculinos para interesar sinceramente a las jó- venes casaderas de aquella ciudad, de medio centenar de miles de habitantes, escasa población, en la que se conocía la vida de todos los que la formaban. La Policía practicó averiguaciones, y fue detenido el capataz de unas excavaciones que se realizaban bajo la dirección del escritor y arqueólogo, el cual fue amonestado por el alemán por haber in- terpretado mal unas órdenes que éste le había dado. Se creyó que la reprimenda podría haber dado lugar a un deseo de vengan- za, satisfecho con el asesinato. Este capataz había sido colocado en las obras por recoménda- ción del joven italiano, y su conducta fue siempre intachable. No . obstante, cuando la Policía se presentó en las obras a detenerle, el hombre no opuso la menor resistencia, y aunque no confesó que él hubiese sido el autor del asesinato, tampoco pareció defenderse con demasiada energía. Los periódicos dieron cuenta del descubri- miento del crimmal, y el apasionante suceso terminó por ser olvi- dado en el ambiente reducido de la ciudad, cuya atención necesitaba de excitantes nuevos. Todo parecía solucionado, hasta que llegó la hora de la vista de la causa en el Tribunal Superior, circunstancia que vino a re- sucitar los recuerdos del ya lejano suceso, puesto que habían trans- currido más de diez meses. Los magistrados, que seguramente se conformaron con las informaciones de la Policía y las actuaciones del juez instructor, se limitaron a emitir veredicto, consistente en unos meses, por haber concurrido la circunstancia atenuante de la legítima defensa, según se deducía de las actuaciones originales. El reo se conformó con la pena, y siguiendo la misma norma de conducta que había observado desde que ingresó en la prisión, se limitó a hablar por medio de monosílabos, incluso con el mismo abogado encargado de su defensa. Precisamente por aquellos días llegó a la dudad un pariente del muerto que había ido con objeto de hacerse cargo de los trabajos de investigación que dejó empezados el arqueólogo, a fin de continuar la interesante labor iniciada por aquél, y acerca de la cuál ya había publicado trabajos en diversas revistas literarias de su país y de otros de Europa. Un día, buscando entre los papeles del muerto, en- contró una carta, que no tendría más de media docena de líneas, en la que, poco más o menos, decía: "Tu comportamiento de anoche con la señorita de Z, me induce a pensar que todo ha terminado entre nosotros, y como no soy hombre que tolera determinadas ri- validades, te advierto, por última vez, que si tú no pones remedio, lo pondré yo cuando menos lo pienses." Dicha carta no tema firma ni fecha, pero “estaba escrita por un hombre". Tal detalle no extrañó nada al pariente del muerto, ya que conocía sus inclinaciones homosexuales, y creyendo que acaso aportara un dato de valor para el total esclarecimiento del crimen, marchó a ver al juez que había tramitado el sumario. Dicho fun- cionario no creyó encontrar nada nuevo en aquella aportación, pues- to que, a su juicio, el crimen había sido motivado por una venganza del capataz. El pariente, por una parte, prefirió que las cosas quedasen así en el ánimo del juez, a fin de no echar más vergüenza sobre la memoria del muerto; pero, dispuesto a desentrañar el misterio que, a su juicio, rodeaba a aquella muerte, se puso de acuerdo con un
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Invertidos célebres A. Martín de Lucenay. Editorial Fenix 1933. (90 páginas)
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agente de policía, más que nada, para descubrir al inductor del he- cho, ya que el autor material era el capataz que se hallaba próximo a salir de la cárcel. Después de realizar muy hábiles investigaciones, quedó demos- trado que la letra de aquella carta y la de un manuscrito del joven italiano eran de la misma persona. El director de un periódico don- de colaboraba dicho individuo facilitó un trabajo escrito por el autor de la carta. En adelante, la labor policíaca no ofreció gran dificultad, y un interrogatorio estrechísimo del capataz preso dio por resultado la comprobación de que era completamente ajeno al suceso como autor material, si bien fue testigo de una parte del drama, cuando el asesino huyó después de haber disparado los tiros que llamaron la atención del capataz de las excavaciones. Este hom- bre, cuyos padres habían recibido muchos favores de la familia del criminal, y al que profesaba entrañable afecto, se confesó culpable cuando vio que, de seguir las actuaciones policíacas, se acabaría por descubrir al asesino. Puesto todo en claro, el joven italiano confesó que le había ma- tado "porque no podía vivir sin su amistad". Esta simple disculpa no convenció a los jueces, que por fin, le arrancaron la confesión de que hacía bastante tiempo mantenía relaciones inconfesables con el muerto, el cual le había expresado en distintas ocasiones su pro- pósito de contraer matrimonio con una joven de la localidad. Intervinieron los médicos, y en la vista de la nueva causa se arreglaron las cosas de tal forma que l criminal fue declarado irres- ponsable. Pero, a pesar de ello; cuando fue puesto en libertad vigi- lada, no pudo soportar el desprecio de que le hicieron objeto sus antiguas amistades, y, marchando al cementerio, se suicidó, de un tiro en el corazón; sobre la tumba de su amigo. Un caso interesantísimo, que refiere Havelock Ellis, es el si- guiente: El 28 de marzo de 1894, al mediodía, en una calle de Chicago, Guy T. Ólmstead disparó un revólver sobre un cartero, llamado William L. Clífford. Se le acercó por detrás, y deliberadamente le disparo cuatro tiros; el primero penetró por la región lumbar y los otros tiros por detrás de la cabeza; él cartero cayó, al aparecer, mor- tálmente herido. La gente se aglomeró rápidamente, lanzando el grito acostumbrado: "! Lincharle ¡".Ólmstead hizo muy poco por escapar; conservando el revólver en la mano, exclamó: "No me quitéis el revólver, dejadme concluir lo que tengo que hacer." Estas palabras eran, sin duda, una alusión, según veremos más adelante, al propósito de suicidarse. Sin embargo, subió rápidamente al co- che celular, contento de librarse de la muchedumbre amenazadora. "Ólmstead tenía treinta áños; nació cerca de Daiiville, (Illinóis), en cuya ciudad vivió algunos .años; Sus padres eran también oriun- dos del Estado de Illinois. Hace veinte años su padre estuvo a punto de asesinar de un tiro a un rico negociante en cartones, inducido, según se dice, por una sociedad secreta, compuesta de cien preeminentes ciudadanos a quienes la víctima molestaba ton pleitos entablados por causas triviales. El agredido se puso loco, pero el criminal no sufrió ningún castigo, muriendo en 1878, a la edad de cuarenta y cuatro años. Este individuo tuvo otro hijo, a quien se tenía por excéntrico. La madre vive aún. "Ólmstead comenzó a mostrar signos de perversidad sexual a la
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Anatomía de una invertida Uno de los caracteres más destacados de la inversión sexual congénita de defecto glandular se contiene en la atrofia de los pechos, que a veces son más pequeños que los de un hombre
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edad de doce años. Fue seducido (por lo menos eso pensamos) por un hombre que ocupaba el mismo dormitorio. Con los datos de que disponemos no es posible construir la historia de los primeros años de Olmstead. Al parecer, comenzó su carrera desempeñando una escuela de Connectícut, donde se casó con la hija de un próspero labrador; al poco tiempo, "se enamoró" de un primo de su mujer, de quien dice que era muy hermoso y joven. Este episodio provocó la separación de los cónyuges; el marido se marchó al Oeste. "Nunca se le consideró en estado de perfecta razón, y en octu- bre de 1886 le encontramos en el manicomio de Kankakee. El intendente del manicomio, doctor Ricardo Dewey, nos ha facili- tado una historia del paciente. Su enfermedad databa de tres años y se atribuía a mala salud general, herencia dudosa; hábitos norma- les; profesión, maestro de escuela. Se diagnosticó la paranoia. Cuan- do ingresó en el manicomio estaba muy irritable, alternativamente excitado y deprimido. Próximamente a los dos años se le dio de alta, curado al parecer. "La historia de Olmstead, durante algunos años después de su estancia en Kankakee, es muy incompleta. En octubre de 1892 era cartero en Chicago. En el verano siguiente se enamoró apasionada- mente de su compañero William Clifford, que también había ejer- cido anteriormente la profesión de maestro de escuela. Durante al- gún tiempo, Clifford correspondió, al parecer, a la pasión de su amigo, o, por lo menos, se sometió a sus deseos; pero, repentina- mente, puso término a las relaciones y aconsejó a Olmstead que se sometiera a un tratamiento médico, ofreciéndose a pagar los gas- tos que originase. Olmstead continuó escribiendo a su amigo cartas del más apasionado carácter y siguiéndole a todas partes, "hasta ha- cerle insoportable su molesta asiduidad. En diciembre entregó al di- rector de Correos las cartas de Olmstead, y, en consecuencia, se le exigió a, éste su dimisión. "Entretanto, obedeciendo a consejos de sus amigos ingresó en un hospital, y, a mediados del mes de febrero de 1894, se le extir- paron los testículos. No disponemos de las notas clínicas del hospital relativas a este caso. El efecto de la Operación no fue beneficioso, Poco después volvió al hospital. En 19 de marzo, estando en el Hospital de la Merced, en Chicago, escribía el siguiente párrafo al Doctor Talbot: “Regresé a Chicago el miércoles pasado, por la Noche, pero me sentí tan mal que decidí entrar en un hospital, e ingresé en el de la Merced, que es de los mejores. Pero imagino que, respecto a esperanzas de curación, lo mismo hubiera importado ir a Hades. Soy completamente incorregible, incurable en absoluto. Creí por un momento que estaba curado, pero me equivoqué; des- pués de haber visto a Cliffoord, el jueves pasado, me siento in- finitamente peor; mi pasión por él aumenta. Sólo Dios sabe lo que yo he luchado para transformarme en un ser decente, pero mi vileza es irremediable y nada me queda sino morir. Dudo si los médicos sabrán que, después de la emasculacíón (castración), eran posibles la erección, la masturbación y la pasión sexual. Me avergüenzo de mí mismo; me causo horror, pero nada puedo remediar. Yo no tengo cura; soy una criatura grande, gorda, estúpida, sin salud y sin fuerza, que se repugna a sí mismo. No tengo derecho a vivir, y creo que la gente hace bien en insultarme y condenarme.. Yo sé que este mal es innato y que me dejará cuando exhale mi postrer suspiro. Y esta convicción es para mí más dolorosa teniendo la cer- teza de que hubiera sido toda mi vida un caballero si no vas hubiera afligido este horror, que me ha impulsado al suicidio, que me ha encerrado durante tres años en un manicomio y encarcelado en una celda de Connetticut durante tres semanas. Tengo amigos en- tre la gente educada, toco el piano, amo la música, los libros y todo lo que es bello y elevado; a pesar de todo, no puedo elevarme, por- que este inmenso peso de vileza innata me arrastra y me impide disfrutar de la vida. Los médicos solamente entienden y conocen mi impotencia ante este monstruo. Medito y me atormento, hasta que mi cerebro enloquece, y me salta el deseo de publicar a voces mi desgracia." Esta carta se escribió algunos días antes del crimen. "Llevado a la comisaria, Olmstead rompió a llorar, exclamando: "¡Oh, William, William! ¡Por qué no me matáis y me dejáis re- unirme con él!" (En este momento suponía que Clifford había muerto.) Se le encontró una carta, que decía lo siguiente: "Merced, marzo 27. Para quien quiera leer. Temiendo que los motivos que me han obligado a matar a Clifford y a suicidarme puedan ser mal interpretados, escribo esta carta para explicar la causa del homicidio y del suicidio. El verano pasado, Clifford y yo nos hici- mos amigos y nuestra amistad se tomó en amor." Luego describe en detalle su amistad y continúa: "Tocando una rapsodia de Lístz para que la oyera Clifford, éste me dijo, después de oírla varias ve- ces, que cuando llegase la hora de morir, se alegraría de que murié- semos juntos oyendo tan gloriosa música. El momento de morir ha llegado, pero la muerte no llegará acompañada de música. El amor de Clifford, ¡ay de mí!, se ha convertido en odio. No sé por qué Clifford cortó repentinamente nuestras relaciones y nuestra amistad." En la celda fue presa de violenta excitación e intentó suicidarse varias veces ,y fue preciso vigilarle estrechamente. Algunas semanas después es- cribía al doctor Talbot: "Cook, cárcel del Condado, 23 de abril. Me parece que me he olvidado de usted no escribiéndole en todo este tiempo, aun cuando no le importe tener noticias mías, porque yo no he hecho otra cosa que abusar de la bondad de usted. Pero hágame el favor y la justicia de pensar que yo jamás esperaba esta desgracia, sino que me figuré que William y yo estaríamos a estas horas en paz en nuestras tumbas, Pero mis planes fracasaron mi- serablemente. El pobre Will no estaba muerto y yo fui amarrado antes de suicidarme. Yo creo qué Will se pegó un tiro y estoy cierto que otras personas lo creerán también cuando toda la historia se aclare en la vista de la causa; No comprendo la sorpresa y la in- dignación que mi acto provocó en la gente, porque era perfecta- mente razonable que Willy yo muriésemos juntos, cosa que no es de la incumbencia de nadie. Yo creo que el pobre muchacho acaba- rá por matarse; .cuando, en noviembre, impulsado por la pena y la cólera, descubrí nuestras relaciones a sus parientes, se sintió tan atemorizado y furioso a la vez, que quiso que nos matáramos. Yo accedí gustoso a su propósito de suicidamos; pero, a los dos o tres días, cambió de opinión. Me alegro que Will no haya muerto y tam- bién de que yo estoy vivo, a pesar de la perspectiva de muchos años de prisión; pero los sufriré por su amor alegremente. Y, sin embar- go, su influencia me ha dominado en cuerpo y alma tan completa- mente durante los últimos diez meses, que si yo he obrado bien a él se deben mís buenas obras, y si he obrado mal, él tiene la culpa del daño causado, porque no he sido dueño de mí, sino una parte de él, y muy feliz de sumergir mi individualidad en la suya." "Olsmtead, fue juzgado, a puerta cerrada, en julio. Ningún he- cho nuevo se reveló en la causa. Se le sentenció a reclusión en un manicomio de criminales. Al poco tiempo, estando aún en la cárcel de Chicago, escribió otra vez al doctor Talbot: "Como usted se ha interesado en mi caso, desde el punto de vista científico, le diré que hay algún pequeño detalle que pudiera relatarle y que he ca- llado por la vergüenza que me causaba admitir ciertos hechos y aspectos de mi deplorable debilidad. Entre los contados pervertidos sexuales que yo he conocido, he notado que todos ellos tienen el hábito de cerrar la boca con frecuencia de manera que él labio in- ferior sobresale del superior. (Ordinariamente, debido al escaso des- arrollo del maxilar superior.) Noté esta peculiaridad en Mr. Clifford antes de intimar con él y lo he observado en mí algunas veces. An- tes de la extirpación, mis testículos se hinchaban y me causaban dolores; después de la operación, me parece que aún me mortifi- can, del mismo modo que algunos se quejan de dolores en una pierna amputada. También las mamas solían hincharse, enrojecién- dose y poniéndose duros los pezones. Después de operado no me he visto libre ni un solo día de dolores agudos fulgurantes, que se extienden desde el abdomen al escroto, siendo más fuertes en la base del pene. Ahora, que mi suerte está decidida, diré que mi pa- sión por Mr. Clifford está desvaneciéndose, pero no puedo ase- gurar si esta mejoría será permanente. No siento pasión por otros hombres, y ahora que sobrevivo, o, por lo menos, domino la que me ligaba a Clifford comienza a renacer mi esperanza. A nadie he hablado de esta mejoría, porque deseo que la gente me crea loco todavía y me libre de la penitencia. Me doy cuenta de que estaba loco cuando traté de matar a Clifford y de suicidarme, y de que no merezco el terrible castigo de ser recluido en una prisión del Estado. Creo, sin embargo, que la operación y la subsecuente en- fermedad, más bien que la pasión por Clifford, fueron la causa de mi locura. Me gustaría saber si usted considera la perversión se- xual como una clase de locura." "Después de concluir su reclusión en el manicomio para crimina- les, Olmstead regresó a Chicago y reclamó sus testículos al director de Correos, a quien acusó de conspirar sistemáticamente contra él. Aseguraba que dicho funcionario, era uno de los principales agentes de una conspiración tramada contra él desde antes de su castración. Se le envió de nuevo al hospital de locos de Cook. Es probable que al presente la paranoia se habrá declarado por completo." En las mujeres también puede el amor homosexual llegar a éstos extremos trágicos, pero ello se observa con menos frecuencia que en los hombres. Lombroso, en La mujer criminal, refiere la histo- ria siguiente: "La princesa X, de cincuenta años de edad, había tenido varios amantes masculinos, con los que se comportó con la mayor lascivia. Un coronel, que "había tenido relaciones intimas con la princesa, le confió al morir a una hija suya, llamada Carlota, de veintitrés años de edad, histérica, pero dotada de una cultura y una inteligencia poco comunes. Al cabo de poco tiempo, Carlota se convirtió en amiga íntima y compañera inseparable de la princesa, hasta el extremo de que ésta no podía vivir separada de ella un momento, durmiendo juntas y yendo unidas a todas partes. Cuando la joven trataba de oponerse al desarrollo demasiado íntimo de aquellas relaciones, la princesa la llamaba al orden, llegando in- cluso a golpearla. Por el contrario, estas tentativas estaban com- pensadas por el cariño sincero y de sacrificio que la joven pro- fesaba a su protectora. "Un día, Carlota salvó a una de las hijas de la princesa de la acometida de un perro rabioso, al que sujetó por la garganta, con grave riesgo de ser mordida. Otro día, estando la niña afectada de difteria, Carlota, espontáneamente, succionó las mucosidades que sofocaban a la enferma, salvándola por segunda vez. Estas circunstancias contribuyeron a afirmar el amor de aque- llas dos mujeres en todos los aspectos, hasta el extremo de jurarse fidelidad bajo pena de muerte. Al efecto, la princesa hizo firmar a Carlota un papel en el cual decía que si algún día se la encon- traba muerta, que no se culpase a nadie de su muerte, puesto que ella había puesto fin voluntariamente a sus días. Carlota se resistió a conservar dicho papel, a pesar de las vivas súplicas de la prin- cesa, y creyendo que tales amenazas pudieran ser serias, escribió en abril una carta al Tribunal, advirtiendo que si la ocurría cual- quier desgracia que se prescindiese de los documentos que se pu- dieran encontrar en su poder y que la justicia realizase investiga- ciones para aclarar los hechos. Quince días después, la joven fue víctima de una tentativa de asesinato, ejecutada por orden de la princesa para vengarse de su abandono. La carta que escribió a Carlota decía: "Te escribo porque te amo y tú no puedes ver a nadie más que a mí en el horizonte de tu vida, exclusivamente mía, con Mesalina y Nana por únicas amigas. Yo te mataré, te martirizaré, te abriré el vien- tre en un momento de cólera; pero te adoro con toda mi alma, jamas viviré sin ti, y nada habrá que pueda separamos." En el argot de estas homosexuales las palabras Mesalina y Nana se refieren a las dos piernas de la joven Carlota. El hecho acae- ció en el año 1892; pero la Historia seguramente no recogerá tal detalle... '
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Literatura china Ilustración de un libro de poemas sobre la homosexualidad de la mujer china, en los que la imaginación del autor describe los hechos más opuestos a la realidad.
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