Homosexualidad y literatura

LA HOMOSEXUALIDAD EN LA LITERATURA

La interpretación de Grecia.—< banquete»>
Platón.—Otra disertación sobre el invertido y el
pervertido.—Platón, enamorado de Sócrates.—La
propaganda literaria.—Falta de originalidad.—Los
versos de Safo.—Fierre Louys y Vertainc.—La lite-
ratura de la homosexualidad en China.—El «Cory-
don» de André Gide.—Baudelaire contra la homo-
sexualidad.—La pornografía y las mujeres inver-
tídas.—La autobiografía de esos escritores

No es posible negar la influencia que en todo tiempo ha ejer-
cido la literatura griega en la determinación de la homosexualidad.
Muchos invertidos, de naturaleza congénita, que no pudieron dar
rienda suelta a sus inclinaciones en virtud de las restricciones de
la moral, por la falta de ambiente adecuado o por otra causa
cualquiera, tan pronto como tuvieron ocasión de leer y meditar
libre las exaltaciones literarias y pseudohomosexuales de los clá-
sicos atenienses, el problema moral que planteaba su caso encontró
un medio de solución y sirvió de poderoso acicate para dar al traste
con los convencionalismos y prohibiciones tradicionales. Esto no es
un fenómeno nuevo, sino que, como hemos dicho al referimos a los
hombres del Renacimiento, se observa en todas las épocas a partir
de la del desbarajuste moral de griegos v romanos.
No obstante, esta literatura ha sido siempre muy mal inter-
pretada, puesto que la mayoría de los autores helenos no hablaban
de la inversión, sino del amor platónico, o sea la adoración estética
del cuerpo masculino. Claro es que también se introdujo el ele-
mento erótico, porque no cabe duda que siempre ha sido la con-
secuencia o final del platonismo; es decir, lo contrario equivale a
rechazar uno de los fenómenos más elementales del amor humano,
porque la admiración de la forma, sobre todo cuando se llevaba hasta
esos extremos exagerados, como ocurría entre los griegos, deter-
mina casi siempre una excitación de otros impulsos anímales irre-
frenables.
Admitiendo, como ya hemos dicho tantas veces, la existencia
de los elementos sexuales masculinos y femeninos en un mismo in-
dividuo, o sea la bisexualidad, si a esta circunstancia se agregan
otras artificiales o intelectuales, por mejor decir, si el ambiente es
favorable en lugar de ser restrictivo, sólo el predominio del elemento
masculino en el hombre y el del femenino en la mujer pueden deter-
minar la fidelidad del impulso a los valores del sexo. De otra for-
ma, aunque en muchos casos exista la homosexualidad, no es licito
atribuirla a todos, sino que será más correcto hablar de bisexuali-
dad o de dominio equilibrado de los impulsos antagónicos, cuyo
final es siempre el de la erótica, es decir, la identificación de loa
resultados.
Los hombres griegos amaban a los efebos, que habian de adoptar
la actitud correspondiente a la mujer en el amor normal; pero, cuan-
do estos efebos adquirían las formas completamente masculinas y
sus rasgos físicos y psicológicos se diferenciaban de los del mucha-
cho impúber, adquiriendo los mismos valores que en el hombre,
dejaban de ser amados para convertirse en amadores de otros
jóvenes. Hay homosexuales de cuarenta años, ventrudos, apoplé-
ticos y con várices, que, bajo las caricias de un sinvergüenza cual-
quiera que les explota, pretenden pasar por efebos helénicos, deli-
cados y sentimentales, cuando, en realidad, no son más que des-
equilibrados o viciosos, aptos para todas las aberraciones sexuales.
Plutarco, Aristóteles, Sócrates, Platón, Esquilo, Teócrito y .mu-
chos autores más, cuyo nombre no perecerá nunca, cultivaron un
género de literatura que no ha podido ser superada, no porque la
mentalidad de los literatos posteriores no diese para tanto, sino
por la razón sencilla de que el ambiente de aquella época permitía
una libertad distinta a la que después restringieron las imposicio-
nes sociales y morales de toda índole. En la actualidad, por ejem-
plo, el escritor que trata de ensalzar la homosexualidad como una
expresión elevada de los sentimientos humanos se expone al vacío,
a la critica, a la persecución y al desprecio. Por eso, la literatura
que hoy se escribe hablando del amor unisexual no es más que una
burda copia de la que hicieron los clásicos y un eterno repetir de
conceptos en los, que no cabe ni la más leve originalidad.
Platón, en su diálogo El banquete, al hacer el elogio de los in-
vertidos, escribe: "Es una gran equivocación acusarles de no tener
pudor, pues no es por falta de pudor por lo que obran así; si bus-
can a sus semejantes, es porque tienen un .alma fuerte, un valor
macho y un carácter viril; y esto se prueba viendo que, con el
tiempo, son los que más dispuestos se muestran a servir al Estado,
Convertidos en hombres, aman a su vez a los mozalbetes; y si se
casa, si tienen hijos, no es porque la Naturaleza les empuje a
ello, sino porque la ley les obliga, Lo que desean es pasar la vida,
juntos unos con otros, en el celibato."
Tan simples conceptos, que aunque los haya escrito Platón, son
completamente falsos, son una prueba evidente del gran desconoci-
miento que existía, en aquellos tiempos acerca de la inversión y de la
perversión. Esta literatura ha causado verdaderos estragos en la
débil mentalidad de muchos predispuestos, que se envenenaron de
clasicismo por ese afan que existe en los criterios sumisos de con-
ceder más valor a las declamaciones de un sabio, sean buenas o
malas, que a los propios juicios éticos del individuo.
Nada más estúpido e inadmisible que esa afirmación de que el
Invertido que busca a sussemejantes "tiene un alma fuerte, un
Valor macho y un carácter viril”; modernamente, el invertido es
Todo lo contrario: ni su alma es fuerte, ni su valor efectivo, ni su
carácter viril. El invertido es un ser completamente afeminado y
sensible, que parece accesos histeriformes, incapaz de soportar, sin
graves trastornos psíquicos, el desdén de que le hace objeto su
macho de turno, llora y se lamenta como una niña más que como
una mujer.
Si vamos a referimos al invertido de tipo masculino, es decir,
al que invoca Platón, vale más llamarle pervertido o vicioso, por-
que, si son capaces de tener hijos, no es porque la ley les obligue,
sino porque la Naturaleza no se lo prohibe, como sucede con el
invertido auténtico. Ahora bien, si esos otros que se someten al
amor de los hombres son capaces de casarse y de tener desceriden-
cia, alternando con los efebos que se prestan a lo que ellos se pres-
taron, tampoco es posible que se sientan naturalmente empujados
hacia la homosexualidad. De todo esto se deduce que la bisexua-
lidad de esa forma es completamente artificial, no porque los hijos
se hagan bajo el mandato de la ley, como dice Platón, en cuyo
caso ésta sería la verdadera inmoralidad, según pretende demos-
trarnos, sino por la razón sencilla de que la aptitud para la in-
versión es absolutamente incompatible en la inmensa mayoría de los
casos con el amor heterosexual. Pueden darse todas esas cuafi-
dades, completamente viriles, que refiere, y hasta, sin detrimento
para el volumen de la población, puesto que había una ley que
velaba por este importante aspecto del desarrollo de la patria grie-
ga ; pero lo que no puede admitirse es que estos hechos fuesen
naturales ni la homosexualidad de aquellas gentes una virtud digna
de ser cantada en vibrantes párrafos y estrofas ideales, porque, la
verdad, dígase cuanto se quiera por los idiotas degenerados que en-
salzan el tan desacreditado amor griego, el amor-amistad era una
cosa y la lujuria abyección, que fue mucho más frecuente, otra bien
distinta.
El hecho de que toda aquella depravación tuviese una explica-
ción o una base intelectual no sirve para modificar su expresión
innoble, desde el momento en que, saltando por encima de las ba-
rreras del espíritu, invadía el área de la erótica o de la animalidad,
tanto con más motivo por cuanto que el papel de la mujer quedaba
reducido al de una bestia sin personalidad ni derechos de ningún
género.
PIatón sigue diciendo en otra parrafada: "Me ha parecido im-
posible resistir a Sócrates. Pensando al principio que deseaba mi
belleza, me felicitaba de mi buena fortuna; creí haber encontrado
un medio maravilloso de triunfar, y que, satisfaciendo sus de-
seos, obtendría de él que me comunicase toda su ciencia. Me
decidí a atacarle rápidamente. Habiendo comenzado una vez, no
quise dejar transcurrir mucho tiempo sin saber a qué atenerme. Le
invité a cenar, como hacen los amantes que tienden una emboscada
a sus bienamadas; se negó primeramente, pero, con el tiempo, aca-
bó por ceder. Vino; pero, al terminar la cena quiso retirarse. Una
especie de pudor me impidió retenerle. Pero otra vez le tendí una
nueva emboscada, y, después de cenar, sostuve la conversación hasta
una hora muy avanzada de la noche; y cuando quiso marcharse,
hice quedarse con pretextos de que ya era muy tarde. Se acostó
pues, sobre el lecho en que había cenado; su lecho estaba muy cer-
ca del mío y los dos estábamos solos en la habitación.
"Hasta aquí no hay nada que no pueda contar delante de todo
el mundo. Lo que sigue no lo oiríais de mí si el vino, con o sin la
niñez, no dijese siempre la verdad, según él proverbio, y sin ocultar
un rasgo admirable de Sócrates, después de haber comenzado su
elogio, no me pareciera injusto.
"Cuando la lámpara se apagó y los esclavos se hubieron reti-
rado, juzgué que no era preciso emplear rodeos con Sócrates y que
debía decirle francamente mi pensamiento. Le toqué y le dije-
"¿ Duermes, Sócrates?" "Todavía no", me respondió. "¿ Sabes lo
que pienso?" "¿Qué?" "Pienso—repliqué—que eres el único aman-
te digno de mí, y me parece que no te atreves a descubrirme tus
deseos. De mí sé decirte gue no dudaría en complacerte en esta
como en todas las ocasiones en que pudiera hacerlo por mí mismo
o por mis amigos."
"Después de estas palabras, le creí alcanzado por el dardo que
le había lanzado. Sin darle tiempo a replicarme, me levanté, me
envolví en este manto, que veis, pues era en invierno; me extendí
bajo el viejo capote de aquel hombre, y, pasando mi brazo en tomo
a ese divino y maravilloso personaje, pasé a su lado toda la noche."
Si Platón no hizo más qué pasar su brazo en tomo del cuerpo
de Sócrates, nos parece excesivo su pudor al no ser capaz de con-
fesarle sino mediante la complicidad del vino. Es extraño que
este que dice Platón con dos copas de más no pudiera haberlo con-
fesado, en aquel tiempo en que se realizaban cosas bastante peores,
en estado de absoluta integridad mental.
Esos mismos reparos que opone para sincerarse ante las per-
sonas que escuchaban el diálogo evidencian, de una manera in-
cuestionable, que en aquellos tiempos, a pesar de todo, la homo-
sexualidad no podía manifestarse abiertamente, lo qUe prueba que
también había gentes morales que condenaban los usos de los pla-
tónicos y socráticos.
A pesar de todas estas restricciones, tan claramente evidencia-
das, el vicio- griego—estamos hartos de llamarlo "amor"—prospe-
raba más en virtud de la propaganda que hacían los literatos que
por la natural inclinación de quienes lo practicaban; éstos no ha-
cían más que seguir las corrientes de la época, cuya relajación de
costumbres florecía como consecuencia de la debilidad de los go-
bernantes, más dados a la filosofía y a las artes que a la política,
en cuyo aspecto no hicieron nada notable ni digno de tomarse como
modelo.
Los modernos partidarios de la sexualidad que ensalza la litera-
tura griega copian de aquella época todo lo que había de malo, no
ocupándose demasiado de emular cuanto hubo de bueno. Además,
aun en el supuesto de que todos los aspectos de aquella civiliza-'
ción fuesen dignos de pasar a la posteridad, resulta absolutamente
insensato copiar por entero la expresión social y cultural del pue-
blo griego, sin detenerse a pensar que la civilización y el desarrollo
de la cultura tienden siempre a eliminar todo cuanto pueda repugnar
no digamos ya la moral ni a las costumbres, sino a los con-
ceptos modernos de la existencia.
Con bastante posterioridad a los griegos, pero siguiendo casi
sus mismas rutas—aquí no cabe la originalidad—, se han ocupado
de la homosexualidad escritores de tanto prestigio como Rachilde,
Jouy, Teófilo Gauthier, Zola, Veriaine, Oscar Wilde, Withfflann,
Fierre Louis, Dilsner, Botto, Gide, etc., y en España, Hoyos y
Vinent, Cata, en su magnífica novela El ángel de Sodoma; Retána,
en El octavo pecado capital, y otros autores que tanto hablaron del
tema por afición como por constituir un recurso literario de gran
valor en cierta época.
Sinceramente; después de haber leído a los griegos y a los ex-
tranjeros citados, nuestros literatos de la homosexualidad no nos
han descubierto nada nuevo. Los que lo hicieron para defender in-
tereses espirituales muy íntimos tomaron un punto de vista dema-
siado objetivo, y los que lo hicieron por necesidades de otro or-
den enseñan la oreja socrática o wildeniana con tan escasos méritos
como prudencia.
Unos cantaron el amor de los hombres y otros el de las mujeres.
Entre los primeros, es fácil hallar una identidad estrecha entré la
expresión y el pensamiento, y en los segundos se advierte que sus
entusiasmos por la homosexualidad femenina parecen ser una mues-
tra auténtica de heterosexualidad, como parece ser el caso de Zola
en Nana. Este escritor fue el que inició en Francia la literatura
de la homosexualidad femenina, siguiéndole Larocque en su obra
Las voluptuosas, título general de once volúmenes con nombres
particulares.
Como ya hemos dicho en otro volumen, fue Safo la lesbiana
quien dio el primer paso en este género, que siempre contó con
abundantes lectores de los dos sexos. En una de sus odas, como
dice Chapotin, "Safo grita con pasión triunfante":

¡Yo te he poseído, oh hija de Kypros!
Pálida, te serví tu voluptuosidad cruel...
¡Yo poseí, a la luz de las antorchas de Hésperos,
tu cuerpo divino e inmortal!
Y mi carne conoció el sol de la tuya.
Yo extinguí la llama, y la sombra y el rocío...
Tu gemido moría como el mar,
lascivo y roto.
Mortal, bebí en la copa, de los dioses
aparté el azul ondulante de tus velos
y mi caricia hizo agonizar tus ojos
sobre tu lecho de estrellas.

Pierre Louis, en sus Canciones de Bilitis, estudia con admira-
ble precisión la psicología de las prostitutas que, hartas de la bru-
talidad de los hombrés a cuya luria han de someterse a diario,
se buscan una a otra para dar rienda suelta a sus instintos ho-
mosexuales; a su fatiga constante de normalidad sexual. En La
amiga complaciente se observa que la homosexualidad de una de
ellas, de la amante de Likas, es puramente circunstancial:

“La tormenta ha durado toda la noche. Selenis, la de los ca-
bellos rubios como el oro, había venido para hablar de nuestras
cuitas, pero se quedó en mi casa para no atravesar el barro que la
lluvia, formó en las calles. Escuchamos las plegarias, y muy uni-
das en un fuerte abrazo de cariñosa amistad, hemos llegado mi
pequeño lecho.
«Cuando dos jóvenes se acuestan juntas, el sueño no entra en
el lecho.
»—¿A quién quieres tú, Bilitis?—me pregunta. Y hace res-
balar su pierna entre las mías para acariciarme dulcemente.
»Y ha dicho a continuación : «Ya sé, Bilitis, a quién ama?.
Cierra los ojos, yo soy Lykas". Yo le respondí tocándola: "¿No ves
que eres una muchacha? Bromeas".
Pero me replicó: “En realidad, yo soy Lykas si cierras los
Ojos. He aquí sus brazos, he aquí sus manos». Y tiernamente, en
el silencio, encanta mi sueño con una ilusión singular.
»Las dos nos hemos deslizado bajo la colcha de lana transpa-
rente. Hasta nuestras cabezas se han tapado y la lámpara ilumi-
na a la ropa por encima de nosotras.
Así yo veo su cuerpo, querido, en una misteriosa luminosi—
dad. Estamos más juntas una de otra, más libres, más íntimas,
más desnudas “En una misma camisa”, dice ella.
Seguimos peinadas para estar todavía mas desnudas, y de la
estrechez del lecho ascienden los olores de mujer, salidos de dos
pebeteros naturales.
«Nadie, ni siquiera la lámpara nos ve esta noche. Cuál de las
dos fue amada, sólo ella y yo podríamos decirlo. Pero los hombres
no lo sabrán nunca.»

Pablo Verlaine, en Paralelamente, describe las emociones de
una homosexual activa:

.PRIMAVERA
Tierna, la mujercita blonda
que tal inocencia anima
dice a la rubia chiquilla
estas palabras con voz baja y dulce:
“savia que sube y flor que crece,
tu infancia es un boscaje.
Deja errar mis dedos entre el musgo
donde el botón de rosa brilla.»
«Déjame, entre Ia clara hierba,
beber las gotas del racio,
cuya flor tierna está regada,
a fin de que el placer, querida,
ilumine tu candida frente
como el azul tímido a la aurora.»

VERANO

Y la chiquilla respondió, desmayada
bajo la abrasadora caricia
de su jadeante compañera:
«¡Yo me muero, oh mi bien amada!
Yo me muero; tu pecho inflamado
y pesado me embriaga y me oprime;
tu dura carne, de donde surge el pIacer
está extrañamente perfumada.
Tu carne tiene el encanto sombrío
de las madureces estivales,
tiene en si el ámbar y la sombra.
Tu voz retumba en los asaltos,
y tu dorada cabellera
huye bruscamente en Ia noche lenta.»

El mismo autor, cuyo género lésbico fue acogido como una de
las más originales innovaciones en la poesía, escribo muchos So-
netos dedicados a la mujer y a sus naturales inclinaciones amo-
rosas compatibles, si no con la moral, al menos con el espíritu de
la época, ya que la sexualidad francesa empegaba a discurrir por
los cauces del malthusianismo, o, por mejor decir, de la contra-
concepción. Este poeta cantó también la homosexualidad mascu-
lina, que conocía prácticameute, como ya hemos dicho, lo que
prueba, hasta cierto punto, su bisexualidád. Pese a la perversi-
dad que revelan sus poemas, no falta en el fondo una
nuidad que se refleja en el alma de sus personajes. En el soneto
Pensionistas se encuentra una prueba de esa tendencia:

una tenia quince años, la otra diez y seis;
las dos dormían juntas en una habitación.
En una noche cálida y pesada de septiembre.
Frágiles ojos azules y rojeces de fresa.
Las dos se han quedado para estar más a gusto,
La fina camisita de perfume de ámbar
la más joven extiende los brazos y se comba,
y su hermana, las manos en los senos, la besa
Después cae de rodillas y se torna bravia
y tumultuosa y loca, y su boca
hunde en eI oro blondo, entre las sombras gríses.
Y la niña, mientras tanto, cuenta
con sus dedos bonitos los valses prometidos.
E ingenua, sonrio inocentemente.

Un poeta chino contemporáneo, que reside en París, ha can-
tado la homosexualidad de las mujeres de su país en ciertas ciu-
dades influenciadas por la civilización europea, tales como Shan-
gai, Pu-Chow, Cantón, etc., ya que en los puntos más alejados
de la civilización occidental la perversión sexual de las mujeres
es raramente observada en este sentido.
Su libro Lotos, magníficamente ilustrado, contiene las más ex-
trañas imágenes de la inversión, pues describe a los tipos de in-
vertidas activas como dotadas de características anatómicas que
sólo caben en la imaginación de un poeta chino, quizá el hombre
de más extraordinaria fantasía que existe.
No sólo crea a sus mujeres dotadas con órganos viriles que
arrancan de entre los pechos o de la frente, sino que habla de la
procreación de seres extraños como producto de estos ayunta-
mientos, No obstante, hace la aclaración de que

«El tiempo ha segado los tallos
de las flores extrañas de Li-Pé y Ku-Mi,
hijas de dioses y espíritus de Ioto,
que no tenían alma mortal ni cuerpo palpable,
conservándose puras: a semejanza de las flores,
que solo en la noche y en las sombras se aman, .
bebiendo en sus corolas el rocío del sexo, "
que anima al amor de un ansia inacabable.»

En su soneto Despertar se contienen las imágenes más raras
que pueden concebirse, inspiradas en una antigua princesa, que

«Nació, como las perlas, en el fondo del mar;
un volcán submaino la comunicó el ardor
de los amores que nunca conocerán los hombres
porque nada hay en ellos de sucio y doloroso.
La princesa Li-Pé se convirtió en sirena
cuando cantaba el mar, y se durmió al arrullo
de las olas, que, dulces, morían como suspiros
a la orilla de un bosque habitado por niñas.
Sonó que bebían ávidamente el licor, que como lluvia brotaba de su roja flor,
aromática y dulce como la de la acacia en Primavera.
Las gotas del rocío cayeron sobre todas las mujeres del reino,
envenenándolas de amor y de pasión ardiente; despertó la joven;
todas quisieron que su reina amada dejase que bebieran
el consuelo que brotaba de su sexo, fuente del placer.»

Ilustra el citado soneto con una fotogafía de la supuesta prin-
cesa, fotografía que, a nuestro juicio, no tiene nada que ver con
la mitología china, ya que el poeta no ha tenido la precaución de
encargar al fotógrafo que retocase el pie visible hasta darle la de-
formación característica que hasta hace pocos años constituyó el
máximo foco de atracción de la belleza de las mujeres chinas.

Otra poesía del mismo autor, dedicada «A una joven china»,
la traducimos así:

«¿Piensas, oh See-Lí, en aquellos amores
que en tu alma encendieron las eternas caricias
de fuego de Ti-Si la hetaira?
¿Piensas, oh See-Li, en sus besos?
-El amor estéril que embellece tu vida,
sin romper la línea de tu cuerpo en leche,
como la amarga flor del almendro,
¿no es obra de la diosa del Barrio Florido de Fu-Chow,
la de los duros cabellos,
la de los pies invisibles
la de los labios gruesos y los dientes de loba?
Dime, oh See-Li, que me amas un poco,
Y luego sabrás
Que tengo un secreto para hacerme adorar por las mujeres,
Porque sé convertirme en mujer”

En la antigua literatura india se encuentran muy parecidas
excitaciones a la homosexualidad femenina. Muchos escritores in-
dios contemporáneos han seguido las huellas de los erotólogós clá-
sicos de los mejores tiempos. Sus obras, muy interesantes, son
casi desconocidas en Europa, a excepción de Inglaterra, donde se
han hecho algunas traducciones que el Gobierno no permitió ven-
der publicamente. Sino sóÍo a los bibliófilos y escritores.
El caso más resonante de la propaganda homosexual ha sido,
sin duda alguna, la de Oscar Wilde, ya citado; pero después de
toda aquella serie de trabajos literarios a que dió lugar el famoso
affaire no se ha hecho nada de más audacia que el Corydon, de
André Gide, el cual pretende elevar la homosexualidad a la ca-
tegoría suprema del amor natural, hasta el punto de querer de-
mostrar que la heterosexualidad viene a ser algo así como una
perversión del impulso Sexual. Lo más interesante de la célebre
aira, y esto refiriéndonos a la edición española, es... el «Diálo-
go antisocrático» que a manera, de prólogo escribe el ilustre doctor
Marañón; lo demás no pasa dé ser "un pequeño tratado de pro-
paganda», como dice Francois Porche, y en muchas parrafadas
bastante menos que esto, pues apenas si es posible al lector coor-
dinar debidamente toda una sarta de necedades e inexactitudes,
hasta entresacar una idea digna de atención, aunque no sea yo-
sible decir que sea original.
Contra esta propaganda descarada de la homosexualidad se
levantaron las voces de los sociólogos, de los teólogos, de los mo-
ralistas, de los médicos y también la de los literatos, y, en resu-
men, la de la sana conciencia popular, que se inspira siempre,
pese a las restricciones de toda índole, lo mismo en un sentido
que en otro, en las bases más normales de la verdadera morali-
dad.
Aparte del perjuicio que toda esa literatura—magnífica sin
duda—pueda haber irrogado a la causa de la raza y de la moral,
hay que reconocer su utilidad, aunque sólo sea en lo que se re-
fiere a las polémicas que ha suscitado, permitiendo a otros es-
critores rebatir los fundamentos o puntos de vista en que se si-
tuaron los defensores de -la inversión sexual, que llegan a decir
que se trata del desarrollo del «instinto homosexual», y que, co-
mo todos los instintos, tiene que ser respetable y ser considera-
das como lícitas sus manifestaciones.
Lo de «instinto homosexual» no es más que una frase sin va-
lor científico, porque los instintos son hereditarios y la pederas-
tía no lo es. Y otra prueba de que la homosexualidad no es un
instinto está en el hecho de que las relaciones sexuales entre per-
sonas del mismo sexo jamás acaban de llenar las necesidades físi-
cas y psicológicas del amor normal, que no sólo consiste en el
amor-amistad o en el amor-espasmo, sino que culminan en la su-
ma perfecta de todo lo que es «naturalmente opuesto» ; es decir,
la virilidad del macho y la debilidad de la hembra, la energía de
aquél y el desfallecimiento de ésta, su rudeza en. contraste con
la delicadeza, su afán y su impulso de dominar con el anhelo y
la disposición de ser dominada... Y por si esto fuera poco, ¿no
dicen nada los hijos?... ¿Y los deberes sociales? ¿Y el desarro-
llo de la cultura?...
El homosexual, no cabe duda, es casi siempre un ser que in-
telectualmente destaca del medio social en que vive. Si fuera po-
sible armonizar la homosexualidad con la eugenesia y las leyes
de la herencia fuesen infalibles, hasta podríamos pensar en una
raza superior a base de homosexuales. Esta quimera ridícula llegó
a ocupar la atención de un médico homosexual que terminó sus
días en un manicomio.
Como el caso de "Madame X", la homosexualidad es muchas ve-
ces más cerebral que sexual, especialmente en las mujeres. Car-
los Baudelaire, en sus Mujeres malditas, expone la acertada ví-
sión de los graves conflictos sentimentales y psicológicos que atormen-
tan a las invertidas, exponiendo los desórdenes de toda índole que
más tarde o más temprano acaban por hacer mella en el organismo
entero.

MUJERES MALDITAS
A la claridad pálida de las lámparas moribundas,
entre blandos cojines impregnados d» olor,
Hipólita soñaba con las caricias profundas
que levantaron el velo de su tierno pudor.
Buscaba, con los ojos ciegos por la tormenta,
el cielo ya lejano de su ingenuidad,
lo mismo que el viajero que vuelve la cabeza
hacia el claro horizonte que va quedando atrás.
De sus ojos sin luz, las perezosas lágrimas,
el cansancio, el estupor, la triste voluptuosidad,
Sus brazos vencidos, tirados como armas vanas,
todavía servía y contribuía, a su frágil belleza.
Tendida a sus pies, tranquila cual tigresa,
Delfína la observaba con los ojos ardientes,
como un animal fuerte, que vigila su presa,
después de haberle hecho una marca con sus dientes.
Belleza fuerte, de rodillas ante la joven bellota,
soberbia, aspiraba voluptuosamente
el vino de su triunfo y se tendía hacia ella
como para obtener un dulce agradecimiento.
Buscaba en los ojos de su pálida victima
el mudo cántico que entona el placer,
y esa gratitud infinita, sublime
que sale de los párpados como un largo suspiro.
“Hipólita querida, ¿qué dices de estas cosas?
Comprendes bien ahora por qué no has de ofrecer
el sagrado holocausto de tus primeras rosas
al huracán violento que las pudiera deshacer?
Mis besos son ligeros, lo mismo que las brisas
que acarician por la tarde los lagos transparentes,
y los de tu amante hundirán tus mejillas
como abre la tierra la reja del arado.



Pasarán sobre tí como en loca carrera
de caballos o bueyes de cascos sin piedad... .
¡Hipólita, mi vida, vuelve hacia acá tu cara,
mi alma, Corazón, mi todo y mi mitad!
¡Vuelve hacia mi tus ojos llenos de azul y estrellas!
¡Por una de tus mirada», bálsamo divino, ,
levantaré los velos de mas oscuros placeres
y te sumergiré de goces en un sueno sin fin!*
Pero Hipólita, entonces, levantando la cabeza:
Yo no soy una ingrata y aun no me arrepiento,
pero, Delfina, sufro y estoy bastante inquieta,
como después de una nocturna y terrible comida.
Siento sobre mí espantosas tormentas,
y negros batallones de fantasmas confusos
que quieren conducirme por caminos en marcha
que un sangriento horizonte cierra por todas partas.
Quiza hemos cometido alguna mala acción?
Explícame, sí puedes, mi espanto y mi terror:
me estremezco de miedo cuando me llamas «¡Angel!»
y me siento, no obstante, impulsada hacia ti
No me mires así, oh tú, mi bien amada
Tú a quien siempre querré, compañera de amor,
aunque fuese una emboscada tendida
y el comienzo de mi perdición.»
Delfina sacudió BU trágica melena,
y golpeando fuerte oí suelo con el pie,
respondió, con voz despótica y torva la mirada:
¿Y quién ante el amor habla asi del infierno?
¡Maldito sea mil veces el sonador imbécil
que deseó el primero en su estupidez,
apasionándose por un problema irresoluble e inútil,
a las cosas del amor mezclar la honestidad!
¡Aquel que quiso unir, en un místico impulso,
Ia sombra con la luz, la noche con el día,
y que no calentara su cuerpo paralítico
a ese rojo sol qué se llama el amor!
Vete a buscar, si quieres, un estúpido novio;
corre a ofrecer un corazón virgen a sus besos crueles
y llena de remordimiento y horror, y lívida,
volverás a traerme tu cuerpo destrozado...
¡No se puede contentar más que a un solo amante!»
Pero la niña, presa de un inmenso dolor,
exclamó de repente: «¡Siento abrirse en mi ser
un abismo grandioso; ese abismo es mi alma!
Ardíante como un volcán, profundo como el vació,
nada llenara este monstruo gimiente
y no refrescara la sed de Euménides,
que, con la tea en la mano, le quema hasta la sangre.
¡Que estas puertas cerradas nos separen del mundo ,
y que el cansancio nos conduzca al reposo!
¡Quiero deshacerme juntándome a tu cuerpo
y encontrar en tu seno la frescura de la tumbas!
¡Bajad, bajad, victimas lamentables,
bajad por el camino del infierno eterno!
Hundiros en el abismo en que los crímenes,
flagelados por un viento que no viene del cielo,
hierven confusamente con mido de tormenta.
¡Sombras locas, corred al fin de vuestros deseos;
nunca satísfaréis vuestra ansia de goces,
y vuestro castigo saldrá de vuestros placeres!
Lejos de las personas vivas, errantes, condenada»,
a través del desierto, corred como unos lobos;
¡cumplid vuestro destíno, almas desordenadas,
y huid del infinito que lleváis en vosotros!»

No hay, en verdad, una inquietud mas honda y que más fuer-
temente atenace el alma que esa lucha por un ideal cuya existen-
cia sólo puede realizarse de una manera fragmentaria e incom-
pleta.
En la vida real de los homosexuales, sean hombres o mujeres,
incluso en el mismo amor griego que no pase de lo que Platón dice
en El banquete; es decir, de la forma más sutilizada de la ho-
mosexualidad, no es cierto que existan esos momentos de subli-
mación continua e inacabable de que hablan los literatos homo-
sexuales o propagandistas de la homosexualidad. Cuando la obra
puede interpretarse legítimamente como una autobiografía, lo que
dice el escritor, narrándolo con tan bellas imágenes y hermosos
colores, no es lo que él siente y goza, sino lo que quisiera sentir
y gozar.
Todos los literatos homosexuales, y los que sin ser invertidos
eligen el tema de la homosexualidad, son, en su mayoría, verda-
deros fracasados. El concepto de Oscar Wilde era sucio, repug-
nante y antiestético además, aunque para él no pudiese existir
nada más bello ni de más fuerte emotividad psicoerótíca que pres-
tarse a toda clase de asquerosidades con su degenerado y bello
amante. El Corydón de Gide, o si se quiere, el Gide de Corydon,
pretende a los cincuenta y tantos años proseguir la misma vida
que llevó en su juventud de turbulencias sexuales y literarias, sin
fijarse en que el tiempo pasó y no en vano, dándole paso a otros
conceptos y sentimientos menos clásicos y más deportivos, más a
tono con la higiene mental y fisiológica que para desenvolverse
necesitan las juventudes. Es dicho personaje, pues, otro descen-
trado: un discípulo de Sócrates, qué tuvo la estúpida ocurrencia
de nacer en el año de 1870 después de Jesucristo, y que después
de ser la concuoina de muchos pseudoplatones, acabó por refu-
giarse en sus recuerdos, de los que vivió "como se vive del perfu-
me de un vaso vacío. No obstante, algunas veces se presenta me»
nos homosexual que cínico,, pero siempre invertido; de haber na-
cido mujer, hubiese emulado a Safo; es un caso vulgar de auto-
contradicción y de negación de la verdad y de la Naturaleza.
Además, uno de los más graves errores de Corydon consiste
en recurrir a la ciencia para salir adelante en un caso de desaho-
go literario. Otros escritores que hablaron de la inversión en no-
velas, ensayos y poemas, jamás intentaron invadir ese terreno ári-
do y lleno de asperezas en el que no logran mayores éxitos los in-
vestigadores profesionales. A pesar de todo, tal sistema hay que
considerarlo más natural y humano que el que pretende la exal-
tada actitud de quienes invocan unas razones espirituales en pro
y otras teológicas en contra.
La literatura de la homosexualidad la hicieron los griegos
hace ya miles de años, pero, como hemos visto en Platón, no cabe
duda, que la sinceridad absoluta tampoco era el punto de vista, en
que se situaron, por la sencilla, razón, como ya hemos dicho, de
que ni todos los griegos eran invertidos m todos los invertidor
griegos podrían expresarse en esos aspectos bellos dignos de ser
ensalzados hasta la posteridad.
Pero seamos justos. Esto no quiere decir que toda la literatura
de la homosexualidad sea convencional y tendente a ocultar as-
pectos inconfesables, ya que en algunas obras célebres se observa
que los personajes, representación legítima de los autores, reali-
zan apasionados derroches de ternura que nada tienen que ver
con el deleite específico del sexo. Tal es el caso de Walt Whit-
man de quién un autor dice que es muy posible que jamás se
percatara de que existiese ninguna relación entre la apasionada
emoción producida por el hombre, «según él la sintió y poetizó,
y otros actos que el poéta consideraría como un crimen contra la
naturaleza».
Un escritor alemán, Welcker, dice que la literatura de las
mujeres acerca, de la homosexualidad puede ser estimada en mu-
chos casos come exponente sincero de puros sentimientos absolu-
tamente ajenos a toda comunión que no fuese exclusivamente del
espíritu, sin que las bajas pasiones perturbasen nunca el equili-
brio perfecto entre la mentalidad de las amigas más fieles y el
espíritu de la severa moral de la época romántica, que es cuando
más firmes florecieron los enamoramientos platónicos entre las
mujeres.
Goethe fue un escéptico irreductible en este punto. Respecto
de las relaciones platónicas entre hombres que describían los li-
teratos, creía, sí, que desde el punto de vista estético, es el hom-
bre mucho más hermoso, eminente y perfecto que la mujer; pero
este sentimiento, una vez adquirido, conduce fácilmente a lo pu-
ramente animal y materialmente grosero. Acerca de la mujer
Ocurre exactamente lo mismo, y a veces con mucha mayor facili-
dad que entre hombres, lo que no tiene nada de extraño después
de conocer las condiciones particulares de su sexualidad.
Algunas mujeres homosexuales que han escrito sobre este te-
ma sólo han podido hacerlo desde el punto de vista de Platón, du-
rante loe períodos de calma sexual; es decir, cuando el excedente
erótico era escaso o nulo; en cambio, cuando la ansiedad es fuer-
te, resulta bastante difícil reprimirse y hundir la pluma en un
tintero que no sea el de la más cruda sexualidad. Una escritora
Española, que firma con un pseudónimo masculino y que apenas
oculta sus inclinaciones, dice que cuando tiene que escribir algo
que la satisfaga se ve obligada a separarse por unos días de su
amiga más fiel. Este fenómeno podemos considerarlo como un he-
cho natural relacionado con la abstinencia sexual y la agilidad
imaginativa de los artistas, punto analizado en anteriores volú-
menes.
Una gran parte de la llamada literatura pornográfica, que cuen-
ta en muchos países con apasionados lectores, está escrita por mu-
jeres. Estando en el secreto de ciertas interioridades de sus au-
toras, él hecho se nos ofrece completamente natural, y tomándose
la molestia de sustituir el nombre del protagonista masculino por
el pseudónimo, también masculino, de la escritora, se tiene per-
fectamente aclarada la base psicológica de la narración y hasta
la personalidad auténtica de quien escribió el trabajo.
Un novelista italiano ha dicho que una gran parte de la lite-
ratura de la homosexualidad es autobiografía más o menos pura,
pero autobiografía al fin. En efecto, tal afirmación no deja de ser
cierta; si hay una parte de literatura honrada, es decir, como
exponente sincero de una personalidad o de una mentalidad sen-
cillamente, hay otra que es falsa, la más abundante, Sin duda,
que no se escribe por inversión ni por vicio, sino sólo por oficio,,,
Ahora bien, cuando se reúnen en una misma persona la inversión
la'perversión y la profesión; no tiene nada de extraño que ese
género produzca la celebridad, la fortuna, y hasta él respeto, y,
lo que es peor, la emulación más éntusiasta. De los clásicos grie-
gos; a los tiempos que corren, no ha pasado nada : solamente unos
cientos de años.


Invertidos célebres A. Martín de Lucenay. Editorial Fenix 1933. (90 páginas)


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