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LA EXTRAÑA PASIÓN DE LA ESCRITORA MADAME X
La influencia de la literatura griega.—La primera impresión sexual.—Evolución de la homosexuali- dad.—Las amistades de los colegios.—Tendencia» masculinas.—Iniciación hetcrosexuaL— Aparición del fantasma erótico.—Los períodos menstruales. El desencanto de Greda.—La sociedad de “gustos Renegados”.—La prostituta de El Cairo —Su vida en París.—La estructara anatómica de una inverti- da.—Razones de su actívidad mental
Se trata de una escritora húngara, muy versada en arte clásico, siendo sus especialidades la crítica y el ensayo. Aunque nació en Hungría, cuando contaba diez anos de edad emigró con sus padres a los Estados Unidos» donde permaneció hasta los dieciocho. Es- tudió con aprovechamiento la carrera de Letras, siendo destinada a un pueblo inmediato a la frontera de Méjico al cumplir dicha edad. Después de recorrer una gran parte de Méjico, estudiando arqueología en todas las ruinas de lo que fue la civilización azteca, marchó a Grecia. Aquí estuvo tres años dedicada a los estudios arqueológicos y costumbres de los primitivos helenos, marchando a Italia con el mismo fin. Recorrió España, el Norte de África, Egipto y parte de la India. En resumen, cuando tenía veintinueve años se instaló en París, viviendo del producto de sus reportajes para un importante diario americano, amén de otros periódicos eu- ropeos que contrataron sus colaboraciones, siempre firmadas por el pseudónimo "Madame X". Tal es, a grandes trazos expuesta, la parte esencial de su acti- vidad pública; pero es mucho más interesante toda la existencia privada de esta mujer extraña, que durante toda su vida consciente no ha hecho más que perseguir un ideal imposible, que seguramente no existe más que en su imaginación ardiente y en su mentalidad desequilibrada. En casi todas las personas que componen la familia de su padre se observa una inclinación muy acusada hacia las extravagancias de todo género. Una tía camal paterna fue detenida y condenada al pago de una multa por salir del coche-cama de un tren en que viajaba, presentándose completamente desnuda en el vagón-restau- rante, a la hora de mayor concurrencia; esto ocurrió en los Estados Unidos, país donde la extravagancia más rara no llama demasiado la atención, aunque en aquel taso no hubo más remedio que dar al asunto su merecida importancia. Él padre de "Madame X" padeció obsesiones y era hipocondríaco y su abuelo paterno era un alcohó- lico, que murió en riña. La madre y su familia eran completamente normales; pero ella, indudablemente; heredó, la neurosis de la fa- milia del padre. Es una homosexual activa. Influenciada, indudablemente, por la literatura griega, escribió varios ensayos acerca de la poetisa Safo, y una gran parte de su afán consistió, hallándose en Grecia, en descubrir nuevos documentos que se refiriesen a la célebre maes- tra de la isla de Lesbos. Cuando tenía siete anos de edad vio desnudarse a una criada de la casa, y refiere la impresión que en su tierna psiquis causó aquel espectáculo inesperado. Habla de la blancura de aquella parte del cuerpo de la doncella, "sólo comparable a la flor, la leche y la nieve". La mujer, al darse cuenta de la curiosidad que su cuerpo había despertado en la niña, la instó a que acariciara sus nalgas, mientras se reía de tal ingenuidad. Siempre que tenia ocasión de permanecer a solas con la criada, la rogaba que la dejase ver su cuerpo, y especialmente las nalgas. Esta mujer permaneció en la casa hasta tres años más tarde, o sea hasta que la niña tuvo diez. En una ocasión en que los padres de la pequeña tuvieron que hacer un viaje a Budapest, ella; se quedó con la doncella en casa, durmiendo en la alcoba de sus padres ya que el lecho era más a propósito para dos personas. La sirvienta no era bella, pero sí hermosa y de temperamento ar- diente; tenia a la sazón veintitrés años. La misma noche que se fueron sus padres, ambas estuvieron Presenciando una función de circo, de cuyo espectáculo, lo que más llamó la atención a la niña fue los ejercidos gimnásticos que rea- lizaban dos mujeres que aparecían envueltas en una malla blanca, fingiendo que eran estatuas griegas. La niña se sintió atraída por las nalgas de una de ellas; pero, desde luego, no podían compararse en belleza con las de la criada. Cuando llegaron a casa, como a la niña la diese miedo de que- darse sola, fue con la doncella hasta su cuarto, donde estuvo ha- ciéndose la higiene íntima, pero en forma tal, que al querer ocultar a la pequeña los genitales, se mostró a ella en la forma más excita- dora para la curiosidad de la criatura, que, no pudiendo resistirse, se arrodilló para acariciar y besar aquella parte del cuerpo que tanto la fascinaba. La muchacha la reprendió entre risas, diciéndola que era muy niña para hacer algunas cosas, que, ella había practicado con una amiga cuando tenía diez o doce años. La pequeña, muy inteligente, aunque conocía algunos aspectos de la sexualidad normal, no se explicaba qué cosas pudieran ser aquellas que podían practicarse con una amiga y que ella no pudiera realizar. En efecto, siguieron hablando del asunto, ya acostadas, y la sirvienta terminó por con- fesar que la agradaba mucho ser acariciada por otra mujer, expli- cando a la pequeña la forma en que se realizaban dichos juegos, "muy parecidos a los que tienen lugar entre un hombre y una mu- jer que se acuestan juntos". Practicaron el tribadismo, lo que si es cierto que excitó bas- tante a la criada, dejó a la niña completamente fría, "ya que yo—escribe—no tenía interés por aquel contacto, sino más bien por besarla las nalgas y los muslos y que ella me besara a mí". En efecto, las cosas ocurrieron de esta manera, y en este besuqueo recíproco, la niña experimentó sensaciones más intensas que antes,
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Invertidos célebres A. Martín de Lucenay. Editorial Fenix 1933. (90 páginas)
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las cuales llegaron a su colmo cuando practicó el safismo con la reciprocidad de la otra. Durante los quince días que duró la ausencia de los padres, la criada y la niña cometieron toda clase de excesos. "Reconoz- co—dice—que yo era mucho más viciosa que mi amiga; pero ella tampoco tenía muchas fuerzas para resistirse." No llegó a sentir amor por su iniciadora, sino más bien una inclinación viciosa a besar y acariciar aquellas partes del cuerpo que más la interesaban. Rara vez conseguía excitarse más de dos veces en una misma sesión, e inmediatamente después de haber satisfecho sus impulsos se resistía a proseguir, pese a las invitacio- nes de la criada, cuyas amenazas de no volver a practicar aquellas hechos la dejaban indiferente en esos instantes. Al marchar a América con sus padres, la alegría que la pro- porcionaba el viaje atenuó bastante el dolor de la separación, sin- tiéndolo mis en la carne que en él espíritu, pues, a los dos o tres días de estar embarcada, ya no sentía el menor recuerdo agradable por aquella mujer. Como la niña había aprendido inglés—su padre fue de profesor húngaro a un importante colegio—-, no encontró dificultades para relacionarse con varias muchachas de su edad, que asistían a las clases elementales del colegio, en que su padre era profesor. La nueva vida, lac distracciones de otro género distinto a las que ha- bía disfrutado en la pequeña ciudad de Hungría en que nació, ale- jaron de su ánimo los pensamientos homosexuales, contentándose con la masturbación, que practicaba con mucha frecuencia. Así permaneció hasta los once años, en cuya fecha empezó a cursar estudios superiores, ya que siempre fue de inteligencia, muy des- arrollada para su edad. En el colegio donde ingresó como interna, hizo amistad con una muchacha alemana de su edad, pero menos desarrollada físicamente, ya que una aparentaba tener cuatro años más. Al principio, la amistad no pasó de ser la relación entre dos buenas camaradas, y nada podía sospecharse de ellas, lo que no ocurría con otras niñas de los cursos superiores, de las que se hacían comentarios picantes. Un día, en que ambas salieron de paseo a un bosque de las inmediaciones, la alemana quiso subir a un árbol para coger una rama, ayudándola su amiga para que no se cayera. Entonces pudo verla las nalgas, cubiertas apenas por una pequeña braga, y nuevamente sintió que resucitaban en su ima- ginación los recuerdos de su iniciadora. No tardó mucho tiempo en convencer a su amiga para que se sometiese á sus caprichos, y lo que parecía una amistad inocente se convirtió en relaciones inconfesables, cuyas prácticas tenían lugar en un desván inmediato a los cuartos de aseo. El método de satisfacción que empleaban era el safismo mutuo y algunas veces el tribadismo y la masturbación digital recíproca. Nadie sospechó en cerca de un año lo que ocurría entre las dos niñas, hasta que un día fueron sorprendidas por otra, que per- maneció observándolas todo el tiempo que duró la lésbica, escena. La testigo esperó la hora del paseo y, con un pretexto cualquiera, alejó a la alemana, con el fín de hablar con la húngara, a la cual le unía cierta amistad. La hizo saber que estaba en el secreto de sus relaciones con la alemana, y que, además, ella tenia las mismas aficiones, pero que no la gustaba relacionarse con pequeñas, sirio con las mayores, "que son más discretas y no dicen nada". Seguramente, por espíritu de cuerdo, el nuevo personaje de aquella comedia la recomendó que escogiese una amiga entre las mayores, "ya que estas amistades estaban muy extendidas. en el colegio y no eran mal vistas por algunas profesoras jóvenes". Efec- tivamente, la consejera arregló las cosas de tal forma que una auxiliar de la clase la llamó Un día para que la acompañase a dar un paseo por los alrededores del colegio, donde pudo comprobar que era cierto cuando la había manifestado su amiga. Tuvo varias amistades de esta naturaleza, pero ninguna llegó a interesarla más allá de la parte puramente física, hasta que, al cum- plir los quince años, con motivo de una fiesta que dio a sus ami- gas, hizo amistad con la hija de un profesor que hacia pocos días se estableció en la ciudad. "Madame X" dice que su nueva amiga era tan blanca, tan bella y tan delicada, qué "el mayor crimen que hubiera podido cometerse con ella sería el de atentar contra su candor con un pensamiento impuro". No obstante, según confiesa después, esa impureza a que atedia, refiriéndose a los contactos homosexuales, "se presentó en sus relaciones como un complemento necesario e inevitable, sin el cual la pasión no hubiera sido posible". Al principio consiguió alejar de sus recuerdos aquellos pla- ceres, puramente materiales y egoístas, que siempre que satisfa- cían su lujuria de los sentidos la dejaban en el alma una estela de amargura y de remordimiento, que traducía por una satisfacción deficiente e incompleta, pensando que sólo el amor, "un amor como ese que profesan los amantes de que hablan las novelas", completa- ría todos sus anhelos, haciéndola experimentar la verdadera fe- licidad, qué no logró conocer nunca, "aunque estaba segura de que existía" . Su nueva amiga fue quien la inició en el conocimiento de la literatura griega, dándola a leer el Himno a Venus, Oda y varios poemas de Ia poetisa Safo, de cuya personalidad la joven no tenía más que muy vagas referencias. También leyó a los clásicos qué ensalzaban el amor entre hombres: "Se anegó mi alma—escribe—en las sublimes bellezas del amor griego; ¡Entonces sentí el dolor pro- fundo de no haber nacido hombre para poder idolatrar a los efebos!.” A partir de esta revelación, su vida adquiere una nueva persona- lidad. Empieza por aficionarse a los deportes de los hombres, se dedica a los estudios filosóficos y procura eliminar de su tocado todo detalle y adorno innecesario. Su padre no deja de advertir la metamorfosis que se va operando en el alma de la muchacha; pero se complace en comprobar que progresa notablemente en sus estudios, destacándose entre las demás compañeras. En un certa- men atlético, que tuvo lugar en el colegio y en el que tomaron parte los equipos masculinos de" lanzamiento de disco y jabalina, evocó lo que debió ser el maravilloso espectáculo de los gimnasios griegos, si bien la repugnaba- un poco que aquellos atletas fuesen hombres en vez de mujeres, Pronto hizo amistad con el campeón de jabalina, al que rogó la enseñase a manejar aquel arma, cosa que llegó a practicar con gran destreza, hasta el punto de que se cla- sificó para el próximo concurso. En la natación demostró tanta capacidad y resistencia como los mejores nadadores. Ib mismo que en el salto de obstáculos. Saltaba como un muchacho y aprendió a trepar con gran rapidez, alcan- zando alturas superiores a las de todos los escolares clasificados como campeones. Manejaba el arco con Verdadera destreza y hasta levantaba pesos que no moverían hombres de su misma edad y corpulencia. Se distinguió notablemente en el estudio del griego, que medio hablaba con el profesor. Quiso aprender también el latín, pero desistió de su empeño, limitándose sólo a lo que se exigía en su carrera. A todo esto, su amistad con la hija del nuevo profesor iba to- mando caracteres de verdadera intimidad: La identidad de sus aficiones artísticas fue el primer paso en la comunión espiritual de las dos jóvenes. La húngara, que, naturalmente, había adoptado las maneras masculinas, era el sujeto activo en aquella pasión, que nacía en formas elementales: atenciones, regalos, deseo de compla- cer a su amiga en el más mínimo gusto y procurando adivinar sus caprichos para satisfacerlos sin dilación. En una ocasión que Maud —éste era su nombre—estuvo enferma, la austríaca permaneció al lado de su lecho cinco días con sus noches, sin consentir que nadie hiciese por la enferma lo que ella podía hacer. Maud no tenía ma- dre, circunstancia que permitió a su amiga ejercer las funciones de ama de casa durante aquellos días que duró la pasajera enfer- medad. Ni los padres de las muchachas ni nadie en el colegio atribuían a estas relaciones un fondo condenable. Por otra parte, nada tenía de particular, puesto que ambas eran hijas de dos profesores y, además, habitaban en el mismo pabellón, tenían la misma edad y cursaban los mismos estudios, con igual aprovechamiento. En rea- lidad, las jóvenes permanecieron cerca de un año en esta actitud. puramente platónica; pero, al cabo de ese tiempo, el espiritualismo de las relaciones se convirtió en verdadera pasión, practicando toda suerte de caricias perversas, en las que la húngara siempre des- empeñaba la parte activa. Comprende que el amor que la inspiraba su amiga "no era esen- cialmente el que cantaban los hombres griegos", pero tampoco te- nía la crudeza que adoptaba entre las mujeres de la isla de Lesbos, ya que, según confiesa, "no era posible que, sin amarla tanto, la hubiese deseado tantas veces". Reconoce, además, que entre la ho- mosexualidad masculina y la femenina media un enorme abismo, diciendo: "A los hombres les une el amor y a las mujeres el deseo; el hecho de que yo sienta esta pasión por Maud me permite ase- gurar que en mi cuerpo de mujer palpita el alma de un hombre; lo que Antinoo hizo por Adriano creo que no lo haría yo por esta criatura, por la que sería capaz de todo... menos eso." Cuando fue destinada a una ciudad de la frontera mejicana, des- pués de obtenido el titulo de profesora, hubo de separarse de su amante, lo que llegó a perturbar un poco su salud. Las cartas que se cruzaron entre ambas ardían de pasión; esta correspondencia duró más de dos meses; pero, poco a poco, fueron mayores los intervalos entre carta y carta. Sus estudios de arqueología la hicie- ron olvidar "su amor más sincero", y en una ocasión prestó oídos, por "mera curiosidad", a las exaltadas declaraciones de amor de un joven oficial de la policía de fronteras que vivía en un fuerte inmediato a la ciudad. Un día fue a visitar a su pretendiente, y entonces conoció el sabor de los besos de un hombre. "Yo creo —dice—que aquel valiente muchacho estaba muy enamorado de mí; pero, sinceramente, por mucho que yo puse de mi parte, no acer- taba a comprender aquellas caricias, que me parecieron demasiado insulsas para lo que anhelaba mi temperamento. El joven se excitó tanto, que llegó a derribarme sobre un amplio diván de su alcoba, intentando ciertas manipulaciones que me parecieron demasiado bru- tales para ser 'hechas por un hombre educado; yo no traté jamás a una mujer con tan escasa delicadeza y la escena me pareció de- masiad? repugnante para volverla a repetir. Mi amigo debió quedar bastante desilusionado de mi conducta, pues cuando nos despedimos me rogó que le perdonara por lo que acababa de suceder. Aquel contacto, que más bien fue una violación, me produjo más dolor moral que físico, y eso que durante dos semanas sufrí bastante de mis partes sexuales, maceradas a causa de la deficiente técnica que indudablemente puso en juego para desflorarme." Durante muchos días estuvo preocupada con la idea de haber podido quedar emba- razada; pero la vuelta de sus períodos, que siempre fueron nor- males, la tranquilizó, permitiéndola desechar sus temores, aunque se prometió formalmente que jamás tendría otro momento de curio- sidad por haber quedado bien escarmentada. , Aquella misma noche tuyo un sueño que determinó, por así decir, la tercera fase de su vida sexual, entendiendo por tales la primera, desde su iniciación por la criada hasta Su marcha a los Estados Unidos; la segunda, .hasta el momento de su entrega hete- rosexual, y la tercera, que es la más interesante, a partir de ese sueño, que vamos a referir según sus propias confesiones. Pocos días antes había leído los Idilios, de Teócrito, en los que el remoto clásico celebra el amor entre hombres. Se imaginó que . aquellos efebos tomaban figura de mujer y se disputaban sus cari- cias lo mismo que las discípulas de Safo las de su maestra. Había una, sobre todo, que era el prototipo de la belleza clásica griega y que ni por un momento se apartaba de ella. En su rostro había un gesto, de dulce mansedumbre, "que inspiraba—dice—más respeto, que pasión carnal. No por eso pensé que mi adoración por la bella muchacha fuese a ser siempre tan pura, porque, muchas ve-, ces, sin quererlo, el impulso puede mucho más que la inteligencia y la voluntad. . "En el sueño viví muchos días felices. Me daba cuenta perfecta de toda mi existencia anterior, que quisiera haber dado al olvido para imaginarme que no viví más que en la Grecia clásica. La efigie de aquella joven se me quedó grabada en la imaginación de tal forma, que, cuando desperté de mi maravilloso sueño, hubiese jurado haberla conocido de toda la vida. Desde aquel día empecé a acariciar la quimera de que aquella criatura tenía que existir y que yo acabaría por encontrarla. ¿Dónde? No lo sé, en Grecia? en Oriente, donde fuese; pero yo la encontraría." En las diferentes relaciones homosexuales que tuvo con distintas mujeres, su fantasma erótico consistía en una joven griega que habitaba en Mitilene siempre sola, y que acostumbraba a ejecutar bellas armonías con la flauta del dios Pan. En el sitio más adecua- do de su gabinete íntimo colocó una gran fotografía que se hizo componer reproduciendo la escena constante de sus ilusiones. Esta extraña pasión absorbía por entero la mayor parte de su existencia. Comprendía, a pesar de todo, que estaba enamorada de un imposible. Algunas veces se excitaba de tal forma, que, sin necesidad de recurrir a sus amigas conseguía cuantas voluptuosida- des se había propuesto con ayuda de la masturbación. Un día, que paseaba por una calle de Veracruz, vio a una joven que penetró en un comercio acompañada de un señor, que debía ser su padre. La muchacha tenía un notable parecido con la joven griega, que había soñado, y, dispuesta a todo, se dedicó a seguirla por todas partes. Encontrándose sentados en la terraza de un cafe, pudo fijarse con detenimiento en las facciones de su per- seguida, comprobando que "no era ella", aunque se parecía mucho. A pesar de todo, siguió ilusionada; pero cuando vio que se acercaba un joven, que indudablemente debía ser. su novio, comprendió que nada podría conseguir en su loco empeño. A pesar de su obsesión, comprendió que ese empeño no era normal, y que se había propuesto realizar un sueño que no es posible en la vida real. Muchas veces se propuso alejar de sí tan rara obsesión, y lo conseguía durante dos o tres semanas. Cuando más excitada se encontraba y su imaginación más dispuesta para acariciar esos pensamientos, "era casi siempre dos o tres días antes de presentarse el flujo menstrual". A tal extremó llegó en su deseo de normalizar su mente, que consultó .con un médico para ver si todas las locuras que pensaba, y muchas de las: que cometía, pu- dieran remediarse suprimiendo la menstruación por medio de la ovariotomía. Reflexionó mucho acerca de este extremo, y, por úl- timo, llegó a la conclusión de que era una locura más. Estas reacciones de conciencia no tenían lugar más que a con- tinuación de haber quedado satisfecha en su sexualidad, o bien al final de los periodos menstruales, cuando indudablemente disminuía su excitación sensual; no siendo así, las extravagancias más ab- surdas le parecían una cosa natural y perfectamente realizable. ' Cree que, bajo la influencia de estos estados emocionales, es cuando se decidía a poner en práctica sus viajes, lo que pudo comprobar perfectamente en el primero, que realizó a Grecia cuando cumplió veintiún años. Una vez en Grecia visitó todos los lugares históricos, especial- mente la isla de Mitilene, o sea la antigua Lesbos, que cons- tituía el escenario de sus ensueños. Naturalmente, desde los pri- meros tiempos de las narraciones de los clásicos hasta la actualidad, todo había cambiado. No obstante, encontró una señora italiana que realizaba un viaje de turismo por la isla, y ambas estuvieron vi- viendo juntas durante cerca de un mes en pleno bosque, cerca del mar. Comoquiera que dicha italina fuese también de tipo mascu- lino, ambas practicaban el safismo recíproco, lo que no acababa de satisfacer el erotismo de una ni de otra. En Atenas se enamoró platónicamente de una camarera del ho- tel donde se había hospedado, con la que también practicó los tan acreditados vicios helénicos. No duró mucho tiempo la amistad, porque la camarera era una consumada profesional, como todas sus compañeras de aquel hotel, frecuentado especialmente por mujeres también especiales. En Greda ya no pudo dominarse con la relativa facilidad que lo conseguía en .América, lo que atribuyó principalmente al clima. No tenía preocupaciones económicas, puesto que, aparte de sus eco- nomías, recibía puntualmente una pensión que la enviaba su padre. Esta falta de obligaciones influyó en la vida de la aventurera de manera muy particular. Quiso engolfarse en los estudios de arqueo- logía e investigaciones históricas para atenuar en lo posible los delirios de aquella pasión, que no acababa de ver materializada, puesto que su ideal no aparecía por ninguna parte. Durante ocho o nueve días que permaneció en el hotel con una fuerte afección gripal, entabló amistad con una compañera que conocía bien el país. Cuando ya pudo salir a la calle, una noche fueron a dar una vuelta por los barrios galantes del Píreo. En un cafetín de marineros, en- contró una muchacha de dieciocho años, que hacía tres se dedicaba a la prostitución más baja, a pesar de que era bastante bella. Va- liéndose de los Oficios de un camarero, las dos mujeres citaron a la joven en otro café cercano, donde celebraron una entrevista, cuya solución fue que la prostituta acompañaría a las dos mujeres al hotel mediante el pago de veinticinco dracmas, cantidad equivalente a las mismas pesetas. La muchacha, que no era precisamente una muestra de la an- tigua hetaira, se sometió a todos los caprichos de las damas, inter- pretando debidamente su papel. La profesora hubiese deseado algo más espiritual, que la hiciese recordar más fielmente los tiempos
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Literatura china 2 Esta mujer, según el autor del libro aludido, inspiró al poeta un bello soneto lésbico, de difícil comprensión para los occidentales
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escribir crónicas acerca de la vida motea de Grecia y también sobre las antiguas costumbres, trabajos que fueron muy bien acogi- dos por un periódico de Nueva Jersey y otro de Nueva York. En algunas revistas literarias publicó un meditado estudio acerca de la poetisa Safo, ilustrado con composiciones fotográficas, un tanto atrevidas, que realizó ella misma, sirviéndose de las modelos que había solicitado. Estos trabajos literarios fueron muy discu- tidos en América, y desde entonces la firma"Madame X" empezó a cotizarse en el mercado de los valores artísticos más apreciables del país. En Grecia también logró la colaboración en varias re- vistas de arte, y bien pronto su nombre empezó a adquirir destaca- do relieve en los medios intelectuales de Atenas. Esla popularidad la permitió introducirse en círculos y centros De unión de artistas de todas clases. En un club femenino fue recibida con tantas muestras de afecto que hasta se celebró en su honor una fiesta clásica; en la qué tomaron parte las alumnas de un conservatorio. Afirma que aquella noche experimentó las más intensas emo- ciones de su vida, puesto que en muchos instantes no podía Sus- traerse al imperio de su fantasía, que la llevaba a persuadirse de que aquello no era una farsa, sino un hecho absolutamente real de los tiempos del clasicismo. "Tan honda fue aquella sugestión —dice- que cuando volví la mirada a las amables mujeres que me acompañaban, me sorprendió verlas ataviadas a la moda actual de París; creí con toda mi fe que vivíamos lo mismo que hacemos mil anos-" No obstante, su ideal no aparecía por ninguna parte, a pesar de que entre las actrices las había muy jóvenes y bellas. Sólo una interesó un tanto; pero, por ser hija de la presidenta del club, de- sistió de todo intento de conquista. En una sociedad de "gustos refinados", de 'la que también formaban parte algunos hombres, especialmente escritores y gim- nastas, hizo amistad con otra homosexual de sus mismas tenden- cias, la cual prometió presentarle a varias amigas suyas, escritoras y artistas, que empezaban la carrera, y que, por lo tanto, necesita- rían cierta protección. En efecto, una de estas muchachas interesó a la escritora hasta el extremo de pagarla la pensión y satisfacer sus necesidades, que apenas lograba cubrir con la pensión que le remitían sus padres, residenciados en Alemania desde hada dos años, aunque eran griegos de origen. La muchacha era muy inteligente, pero parecía más indinada al amor de los hombres que al de las mujeres, si bien en algunas ocasiones se sometió a los caprichos eróticos de algunas amigas, más viciosas que invertidas. Poco a poco la escritora logró hacer vacilar a aquella virtud inconmovible, tan poco amante del clasicismo, y durante algunos meses creyó que acabaría por adaptar a la muchacha a su tempera- mento hasta completar la realidad con la ilusión que se había for- jado. Estas relaciones no escandalizaron ni extrañaron siquiera al círculo de sus amistades, puesto que era cosa corriente en aquel medio; lo que no se comprendía bien era cómo una mujer de tan elevada mentalidad se había podido enamorar de una estudiante vul- gar, sin verdadera vocación para aquella existencia. La relación duró dos años, interrumpida sólo por las vacaciones, que la joven pasó con sus padres en Nochebuena. La escritora deseaba respirar aires nuevos, y, sobre-todo, estudiar otras civili- zaciones, ya que en lo que se refería a la griega estaba suficien- temente impuesta. Pero, sobre todas las cosas, el anhelo de encon- trar el ideal seguía presidiendo en su vida como una obsesión in- domable. .1.1 •' Todos sus escritos estaban impregnados de esta ansiedad extra- ña, y algunas veces se advertía la desesperación terrible que la «nbargaba ante su impotencia o su fracaso. Refería la admiración que le había causado un cuadro que reproducía una escena mito- lógica de ninfas y sátiros, en la que una de las ninfas tenía tos mismos ragos físicos que su fantasma. Durante varios días perma- neció más de una hora, contemplando el cuadro; pero, como estaba ejecutado hacía cincuenta y tantos años, perdió toda esperanza de encontrar a la mujer que sirviese de modelo para aquella figura. Con el alma sumida en toda su desesperación, marchó a Egipto después de tres.años de inútiles demandas. También en Alejandría y el Cairo fue muy bien acogida por las sociedades literarias y artísticas; pero, aunque repitió con el mismo entusiasmo todos los esfuerzos que había realizado en Grecia, las necesidades sexuales de su espiritu siguieron sin satisfacerse. Entabló relaciones con un joven pintor invertido “cuyo cuerpo no tenía nada que envidiar al del mas hermoso efebo", pero que, naturalmente, no podía repre- sentar para la escritora ni la mínima parte de lo que deseaba. Dice que tales relaciones fueron esencialmente platónicas y sin mezcla alguna de sensualidad, aunque algunas veces hubiera querido ser nombre solo para complacer al muchacho en sus anhelos. Estando en El Cairo, recibió la noticia de la muerte de su madre acaecida un mes antes. Inmediatamente marchó a la oficina de Te- légrafos con el fin de dirigir un despacho a su padre; pero, cuando se disponía a entrar, vio a una joven que le llamó poderosamente la atención, olvidándose de -cumplir aquel deber para con su atribulado padre. Siguió a la desconocida por algunas calles, hasta llegar al barrio nutío, lleno de cafetines y de casas de prostitución y otras gentes de mal vivir. La joven penetró en una de aquellas casas no atreviéndose a seguirla hasta el interior; pero un muchacho in- dígena, que estaba próximo, la informó de que la desconocida era una prostituta. Dispuesta a todo, con tal de entrevistarse con su perseguida, hizo llegar a sus manos una esquela, rogándola que se pasase por el hotel adonde se hospedaba e incluyéndola un bi- llete de una libra esterlina para pagar el taxímetro. En efecto, una hora más tarde se presentó la joven en el hotel, cumpliendo todas las instrucciones recibidas para no des- pertar sospechas entre la servidumbre. La escritora la recibió con muestras de extremada amabilidad, rogándola que la acompañase a tomar el te. Dio la casualidad de que era de nacionalidad griega circunstancia que celebró "Madame X" como una coincidencia feliz. Poco trabajo la costó convencer a la prostituta para que se quedase a vivir con ella como señorita de compañía. Ya llevaban varios días juntas sin que la escritora llegara a insinuar siquiera cuáles eran sus verdaderas intenciones respecto de su nueva ami- ga; quería ver si la iniciativa surgía de la griega o, al menos, reali- zaba cualquier insinuación en tal sentido- Un día fueron a Luksor y como perdieran el medio de comu- nicación para regresar a la capital, se quedaron a dormir en uno de los hoteles de turismo de la pequeña ciudad. La circunstancia de no haber más que una habitación con una sola cama obligó a las mujeres a ocupar el mismo lecho. La escritora, a pesar de la intimidad cordial que había entre las dos mujeres, observó que la griega se disponía a dormir tranquila- mente, sin dar la menor prueba de aquello que tanto interesaba a su protectora. Esta, que se encontraba un tanto excitada, intentó aproximarse a su amiga, pero no tan discretamente que no pudiera apercibirse. Entonces la prostituta saltó del lecho, bastante disgus- tada, y con un aire de "intolerable orgullo—dice—, me dirigió al- gunas groserías, que echaron por tierra todas las ilusiones que yo me había forjado con aquella criatura". El viaje de regreso lo hi- cieron separadas. Este fracaso la causó gran dolor, porque ya había cobrado afec- to a la muchacha; pero, a los pocos días, volvió a encontrarla en la calle, vestida con cierta humildad. La llamó para enterarse de lo que la había ocurrido para ir ataviada de aquella manera tan diferente de como vestía antes, diciéndole que no la quisieron admitir en el prostíbulo cuando regresó de El Cairo, por lo que se dedicó durante dos días a ejercer su oficio sin autorización. En estas condiciones fue detenida por la Policía de costumbres, que la impuso un arresto de quince días, que acababa de cumplir. La es- critora. la rogó que volviera a su lado, donde nada le faltaría, "si era razonable". Efectivamente, volvió a instalarla en las mismas condiciones de comodidad y de lujo, y, al cabo de poco tiempo, llegaron al límite máximo de la intimidad. Tres meses duró aquel idilio, hasta que la prostituta la abando- nó definitivamente, huyendo con un marino inglés, con el que ya tuvo relaciones anteriormente. La burlada no experimentó en esta ocasión la menor pena, y unos días más tarde embarcaba para la India, siempre en busca de ese ideal, que cada día se alejaba más De la realidad, aunque permaneciese fijo en sus disparatados sueños. recorrió una gran parte de Asia del Sur, movida siempre por la misma inquietud sentimental, y cuando estaba próxima a los trein- ta años. se.trasladó de Londres a París, donde prosiguió su extra- ordinaria vida de apasionada de un fantasma imposible. En París se vistió de hombre y vivió como tal durante algún tiempo. Su vivienda estaba amueblada severamente, no encontrán- dose en toda ella el menor detalle femenino personal de la dueña. Frecuentó la sociedad de los estudiantes de Saint-Germain, es- pecialmente la de las muchachas; pero siempre ataviada de hombre Una de sus amigas que estudiaba Medicina, se dio cuenta en se- guida del “caso” de la escritora, y, de acuerdo con un especialista neurólogo estudió la inversión de aquella mujer, que también se reflejaba en los caracteres físicos-genitales, si bien no con completa exactitud Hasta entonces, la escritora no había prestado atención a estos datos importantísimos, y esto porque se encontraba muy conforme con todos aquellos detalles de masculmidad, o, mejor dicho, de ahti- feminidad. Las medidas pélvicas no eran normales, sino que se aproxima- Ban a las del hombre, sin llegar a alcanzar por completo sus carac- teristicas. El útero y los ovarios presentaban las características to- das de su sexo y la menstruación se operaba normalmente cada veintiocho o veintinueve días, sin molestias m dolores de ningún género, a no ser el aumento de tensión erótica característico de la mayoría de las mujeres normales. El clítoris era muy pequeño y hasta pudiera decirse que estaba atrofiado; se presentaba des- cubierto, como sin prepucio, debido a la circunstancia de que los pliegues de las ninfas, en vez de unirse para formar dicha envoltura prepucial, aparecían separados y como soldados a la parte superior de los labios mayores. Estos eran más gruesos que los de la mayo- ria de las mujeres, y estando echada de espaldas aparecían como dos eminencias carnosas, que daban una ligera idea de los testículos El anillo vulvar era estrecho y de músculos fuertes; podía ac- cionar dichos muslos en contracciones bruscas y relajamientos rá- pidos durante mucho tiempo, sin experimentar la menor fatiga Al- runas veces se había masturbado por este solo procedimiento te- niendo las piernas juntas, de manera que el mecanismo pudiese accionar sobre el pequeño clítoris. La vagina era muy corta y el hocico de tenca era fácilmente visible con sólo separar los pequeños labios sin necesidad de espéculo. El aspecto general del cuerpo, visto de espaldas, es femenino; las caderas son redondas y el glúteo perfectamente formado, lo mismo que las espaldas. Los muslos son fuertes, pero las piernas no corresponden a las -proporciones superiores, siendo mas delgadas y bastante musculosas. De frente presenta un aspecto bien distinto; los senos son muy pequeños, con menos relieve que los de un nom- bre, aunque redondos. No tienen traza de pezón, y la areola es rosada; Son insensibles en todas sus partes a las excitaciones, si bien "ha. podido observar que la aréola se toma más dura y su relieve es más definido en los momentos de máximo deseo sexual. La vegetación pilosa del monte de Venus es abundante, negra y dura, y llega hasta la región anal, cuyo orificio circunda con las mismas características. También tiene muy desarrollados los pelos de las piernas, especialmente a partir del tercio medio del muslo hasta el final del segundo de la pierna. En el resto del cuerpo, ni en el pecho, ni en los brazos, ni sobre el labio superior aparece la menor traza de vello exagerado. En cuanto a su desequilibrio mental, consistía en la obsesión única del ideal que se había propuesto lograr, cuya definición no era capaz de nacer exactamente, en lo que se refiere a rasgos fí- sicos y características espirituales. En todas las relaciones que tuvo con mujeres se mostró apasionada y enemiga de violencias, cosa poco frecuente en las invertidas activas. Durante estos períodos de completa satisfacción sexual no se acordaba para nada de su fan- tasma; pero cuando, por cualquier circunstancia, tenía un disgusto con la amiga o reñía con ella definitivamente, volvía a la obsesión de su eterna imagen amorosa, sumiéndose en un estado moral muy intenso, pero que extrañamente se traducía en una especial dispo- sición para escribir. El médico que la observó asegura que esa agí- lidad intelectual podía compararse exactamente con la que se pro- duce en virtud del empleo de ciertos estimulantes, como el alcohol, por ejemplo. En resumen, y esta es la conclusión que, a nuestro juicio, hay que deducir como la más exacta, que el presente caso es el de una gran imaginativa inadaptable psíquicamente a sus propios principios sentimentales. Resulta que la mayor parte de su energía intelectual brotaba de la depresión de ánimo, producida por la estéril lucha que mantenía consigo misma, o, por mejor decir, de la conciencia de sus fracasos psicohomosexuales. Creo con el doctor que realizó esta in- vestigación que el mejor remedio para su inversión hubiera estado pre- cisamente en procurarla ese ideal a que se dirigía su extraña pasión amorosa, si ello hubiese sido posible. Entonces, nada tendría de ex- traño que, al cabo de algún tiempo, su inestabilidad psicosexual hubiese derivado hacia la heterosexualidad, si bien es fácil que la consecuencia inmediata fuese una notable reducción de su capa- cidad intelectual, que no era, ni más ni menos, sino el excedente erótico eliminado, por los puntos de la pluma en lugar de serlo por medio de las descargas sexuales de su organismo psicofísico.
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André Gide Es el autor de "Corydon", el libro en que con más audacia se ha pretendido elevar la homosexualidad a la suprema categoría del amor normal.
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