|
 |
 |
 |
 |
 |
|
 |
|
Las bases fundamentales del amor griego,—Los «nuevos ricos» de la homosexualidad.—La teoría, de la belleza del cuerpo masculino.—La actitud de los griegos frente al desnudo femenino.—La pro- tección a la mujer.—El desarrollo del vicio homo- sexual en Roma. — Julio César. —Calígula. — La muerte de Pompeyo.—El mayor monstruo: Nerón. Su matrimonio con Sporus.—Sus placeres favori- tos.—Tito.—Los amores de Adriano y Antinoo.—
No nos remontamos a la Mitología, ni si quiera a los hechos de las celebridades griegas, porque en esta época floreciente de la civilización, base de la humanidad moderna, la homosexualidad adoptaba esas formas extrañas del amor de que hablaron Platón, Sócrates, Sófocles, Pindaro, Epanrinondas y muchísimos otros espíritus selectos. Ahora bien, si el amor griego fue una moda, sería muy aventurado asegurar que aquella homosexualidad res- pondiese a necesidades psicofísicas diferentes de las que en la actualidad promueven esas extrañas variaciones en la indumen- taria y en las costumbres, actos que, analizados desde el punto de vista práctico, carecen de toda justificación racional. De la túnica al traje tipo sport, es decir, de la indumentaria del griego antiguo a la del civilizado moderno, va un abismo lleno de matices y de modalidades indumentarias de una diversi- dad enorme. Claro es que el desarrollo de las ideas morales y re- ligiosas ha influido extraordinariamente en la adopción de vesti- dos y usos que presentan al ser externamente de una manera o de otra, la estética de Grecia no era igual que la de París. Pero en lo que a los instintos naturales se refiere, no cabe duda que no existen diferencias entre los que adoraban a los efebos y los señor- res graves que, con su apariencia de seres respetables, se com- placen en frecuentar los cinematógrafos para obsequiar con ca- ramelos y amabilidades de toda índole a los adolescentes, que no tienen más intenciones sino la de presenciar el espectáculo refle- jado en la pantalla. Ahora bien, cabe dudar e incluso negar que el deseo que mueve a estos señores modernos a frecuentar dichas salas de .espectáculo sea el mismo que inducía a los antiguos griegos a asistir a los gimnasios, donde se exhibían las gradas andróginas de los efebos; creemos que los de hoy son más sinceros que los de ayer, o que, por lo menos, sus sentimientos anormales son muchísimo más puros, es decir, más de acuerdo con su naturaleza ingénita. ¿Y esto por qué? Pues, sencillamente, porque si antes era moda amar a los jóvenes gimnastas, y esta afición estaba apoyada por la moral, y por el imperio de las costumbres, hay que suponer que en esa incli- nación entrase el artificio; es decir, la imposición de la moda, como hoy sucede, por ejemplo, a muchas mujeres que, a sabiendas de que ciertas tiranías de los modistos no son ni bellas ni prácticas, adoptan, pongamos por caso, la gorra "estilo Pichi" o el llevar al desnudo unas piernas con más pelos y más músculos que las de un banderillero. Yo creo que el amor griego estaba más en la literatura que en el alma de las gentes, debió haber en aquella época infinitos "nue- vos ricos" de la homosexualidad, muchos imitadores de los grandes hombres, que verdaderamente eran homosexuales, en virtud de su concepto elevado de que la moral y el amor han de ser un senti- miento único e indisoluble. Muchisimas personas practicaban el amor griego por las mismas razones que hoy es moda veranear en una playa; aquéllos amaban a lo griego porque lo veían hacer, éstos acuden a las playas porque van los demás. Pero ni aquéllos ama- ban ni éstos pasan de mojarse los pies allí, donde vienen a morir las olas... Entonces no se concebía cómo, sin una inclinación na- tural, un hombre podía amar a un muchacho; lo mismo que hoy no entra en muchas cabezas la idea de que es higiénico bañarse sin necesidad de que el color de la piel esté alterado por la suciedad; y, sin embargo, se amaban ayer y se bañan hoy. Precisamente por aquella época Isócrates, un célebre orador y retórico ateniense, discípulo de Platón, que era considerado como uno de los hombres más prácticos de Greda, dijo: "Los que no son nada seguirán siempre las costumbres a que vieren indinados a los que son algo. Por eso no hay ley ni más fuerte pragmática Ojos la imitación de los hombres superiores." Se refería a los reyes tam- bien, pero no quería decir que los reyes fuesen intelectualmente su- periores a los vasallos; eran superiores nada más que materialmente, y todas las superioridades, sean como fueren, son siempre muy emuladas. Luego entonces, por mucho que los defensores sistemáticos del homosexualismo quieran hablarnos de Greda y de sus "virtudes", hay que convenir en que no todos podían ser virtuosos, aunque, al final de cuentas, no quedase un solo pervertido, si hemos de dar crédito a la teoría de la inversión adquirida. No basta para justificar el desarrollo del amor griego la teo ría de que el cuerpo del hombre es más bello que el de la mujer, afirmación que sólo puede hacerse cuando en la elección intervienen elementos psíquicos, de tanto valor que, por sí solos, son capaces de crear un sentido particular de la estética, o, dicho de otra forma, cuando en el observador existe una inclinación homosexual con- génita. Si ante un hombre completamente normal, desde el punto de vista de la sexualidad, se presentan un hombre y una mujer de la más perfecta belleza que puedan encontrarse, con absoluta im- parcialidad critica no titubeará en asegurar que el cuerpo de la mujer es muchísimo más bello que el del hombre. Y si vamos a referimos a la atracción que uno y otro ejerzan sobre sus sentidos, la conclusión no puede ser dudosa. En la inteligente y razonadísima discusión que Emilio Donato enta-, bla en su libro Homosexualismo, frente al Corydon del invertido escri- tor francés Andró Gide, encontramos una réplica llena de lógica cuan-
|
 |

Invertidos célebres A. Martín de Lucenay. Editorial Fenix 1933. (90 páginas)
|
|
 |
|
do niega que la estatuaria griega sea un antecedente histórico en la justificación de la preferencia que manifestaban aquellos hombres por la figura masculina sobre la de la mujer, con estos argumentos: "Los griegos, gente de buen gusto, reproducían en la estatuaria los ado- lescentes completamente desnudos, y, en cambio, las mujeres apare- cían vestidas o, al menos, con el sexo tapado. El predominio de los desnudos masculinos, que presenta la estatuaria griega, no prueba —como pretende Gide—que los helenos estimaran de mayor belleza artística el cuerpo de los adolescentes. Puede aquel hecho ser efecto de otras causas desconocidas (1).
(1) Aunque Donato no alude al pudor de la mujer del artista griego, es fácil que en aquellos tiempos, como en éstos, rigiese la tendencia de ocultar los centros excretorios, seguramente por la importancia que el elemento asco tiene en Ia repulsión sexual. En el hombre se reducía notablemente el tamaño de los órganos genitales, y si en la mujer no podía hacerse otro tanto, ya que natural- mente no se advierte ningún relieve, a no ser el del bello púbico, ¿no podemos considerar que los escultores griegos, influenciados por una moral parecida a la de nuestra época, tratasen de ocultar ese aspecto, bien por motivo de repulsión o acaso por todo lo contrario? ¿O no se reproducía el sexo de la mujer por la dificultad de dar todo su valor cromático al vello, a no ser que se tratase de es- culturas policromadas? Y en todo caso, puede admitirse que la uniformidad deI tono de la piedra o el mármol no permitía, desde el punto de vista estético, co- lorear un solo punto del cuerpo de la mujer, como si con ello quisiera desta- carse el principal foco de atracción sexual. Todas estas teorías pueden muy bien ser las causas que Emilio Donato llama desconocidad.
"Para el escultor — sigue diciendo Donato—podía ser un pro- blema a resolver la representación de los paños, y los intentos rei- terados de hacerlo o de presentar el problema ya resuelto podría justificar la presencia en la estatuaria griega de una gran multitud de estatuas femeninas vestidas. Podría preguntarse por qué eran precisamente estatuas de mujeres las que aparecían vestidas, y tal vez la mayor dificultad que tiene el resolver el antedicho problema en el cuerpo femenino que en el masculino alcanzaría a satisfacer la pregunta. Por otra parte, si—al decir de Gide—-creían los grie- gos que las formas femeninas tenían poca belleza plástica, ¿por qué cuando las tapaban con la clámide, ésta,, en vez de hacer invisibles los detalles del cuerpo, los ponía más en evidencia, moldeándose con ellos y como subrayándolos? Si la afirmación de Gide fuera cierta, el escultor habría tapado todo y siempre el cuerpo femenino, y jamás habría dejado sospechar tras el ropaje la presencia de la carne. En una estatua vestida con intención de alejar del pensamiento toda idea de carne, como en las góticas en general, lo que menos se nos acude al contemplarlas es recordarla. En cambio esto es muy difícil que ocurra contemplando una estatua griega: Con ello no quiere decirse, nótese bien que el artista griego se haya propuesto precisamente el atractivo de la carne, sino tan sólo —al menos es muy posible-—la adivinación de tas formas por él espectador, como elementos de valor estético positivo. "Aun admitiendo que el griego estimara que el cuerpo masculino valiera estéticamente más que el femenino, tal estimación no basta para justificar lógicamente las costumbres pederastas.-No existe re- lación de hecho entre la antedicha estimación y Ía pederastia como consecuencia, o viceversa. Puede pensarse—y esto es lo que está más positivamente cerca de la verdad—que la belleza era estimada en Greda como tal, independientemente de todo otro punto de vista. Gide afirma, en cambio, que la pederastía era una consecuencia de apreciación estética del griego a favor del cuerpo masculino frente al de la mujer." Sea como fuere —pues no es posible seguir tan dilatada discu- sión, que nos apartaría del asunto que tratamos—, es lógico asegu- rar que no todos los hombres de la antigua Greda, que tenían relaciones con los efebos, eran invertidos, como resulta completa- mente estúpido asirse al argumento de que la homosexualidad es una característica de mentalidad superior, precisamente por haber florecido en Greda durante el período de su máximo esplendor inte- lectual y ser la patria de los más grandes artistas y filósofos que tuvo el mundo. Otra justificación que los homosexuales célebres han pretendido aducir como razón de su vicio—por lo menos, Gide es de esta opi- nión—, se basa en un altruismo hipócrita que, por si solo, evidencia ya deslealtad de tan absurdo argumento, al sostener que la pederas- tia es una solución legítima y "sin consecuencias", que defiende a la mujer del impulso sexual de los hombres. Algunos han pretendido demostrar que el amor griego estaba justificado en parte por ese anhelo de protección al sexo feme- nino, afirmación completamente falsa, ya que la hetaira griega al- canzó su máxima celebridad durante tan agitado período de la vida helénica. Lesbos, como hemos dicho ya en el anterior volumen, floreció precisamente al compás de la falsa, homosexualidad mascu- lina. Y decimos falsa porque, si hubiese sido auténtica, los hom- bres no se hubiesen ocupado de la mujer; no digamos ya que para impedirla que cayese en la prostitución, sino como mujer siquiera. No cabe duda que la esposa era un punto de vista y la prostituta otro bien distinto en la vida sexual de aquellos hombres, completa- mente heterosexuales, pero que dieron en la moda de aparentar que no lo eran, para imitar con más propiedad a los numerosos sabios y filósofos invertidos, que dictaban reglas morales, encaminadas a protegerse a sí mismos contra la incomprensión o la reprobación de los demás. Ha sido necesario extendemos en estas consideraciones acerca del amor griego porque no hay que olvidar que influyó muy podero- samente en las costumbres romanas. Los dos pueblos se disputaban la hegemonía del mundo conocido, si bien Grecia llegó más lejos que Roma en los aspectos más refinados de la intelectualidad. La mentalidad del romano no era igual que la del ateniense, aun- que los principios morales de las dos civilizaciones fuesen muy pa- recidos. Si en Greda fueron los filósofos quienes implantaron las doctri- nas del amor unisexual, en Roma correspondió a los emperadores imitar a los griegos, implantando los mismos usos, pero con expre- siones mucho más groseras y crudas, porque ya no era el espíritu lo que se trataba de satisfacer, sino que el objeto esencial estaba en llenar todos los sentidos de todos los deleites imaginables. No obstante, mientras los griegos no llegaron jamás a destacarse como políticos, los Césares romanos hacían compatible su casi siem- pre auténtica homosexualidad con el gobierno de Roma. Las fastuo- sas orgías homosexuales que el emperador Tiberio organizaba en la isla Gaprea (hoy Capri), no le distraían un solo momento en su dedicación a los negocios del Estado. Este sanguinario había reser- vado sitios especiales en sus jardines para que en ellos desarro- llasen todas las teorías del libertinaje los invertidos de ambos sexos, en cuyas escenas solía tomar parte muy activa. Cuando se cansaba de alguno de sus amantes, solucionaba el conflicto mandándole arro- jar a las fieras del circo. Algunos autores afirman que la homosexualidad romana no tuvo su origen en el ejemplo de Grecia, sino que fue un vicio copiado de Cartago, donde la pederastia se hallaba muy extendida; por eso se llamó a la homosexualidad el vicio cartaginés, que se desarrolló en Roma después de las guerras púnicas. Según Suetonio, el pederasta más famoso que hubo en Roma fue Julio César, al que se tenía, como ya hemos dicho, por "el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos". Se le dieron numerosos remoquetes, que evidenciaban el desprecio con que era visto su vicio contra Natura, lo que, hasta cierto punto, en los cri- terios sanos de la época, eclipsó un tanto sus glorias de conquista- dor. Tuvo odios acendrados, y no había día en que al pie de las es- tatuas y monumentos erigidos en su honor no apareciese una ins- cripción en la que se le reprochaban sus vicios con las frases más crudas. Curión le llamaba "César Lupanar", y otros le denominaron "la reina de Bitinia". En las cartas de Cicerón se dice que Julio César entregó a Nicomedes, rey de Bitinia, aliado de Roma, la flor de su juventud. Se bañaba en agua de leche y rosas, se depilaba las cejas y to- dos los pelos superfinos del cuerpo, y su mayor deseo consistía en superar la belleza de la piel de las mujeres. Tenía un verdadero ejército de peluqueros, perfumistas masajistas, etc., a cuyos cui- dados se entregaba durante horas y horas. Cuando fue a Bitinia a visitar al rey Nicomedes, se dice que su inversión no era aún más que teórica; pero, a los pocos días de ser huésped de Nicomedes, el rey abandonó su lecho para pasar al de su aliado romano. El primer emperador romano señaló la ruta que habían de se- guir casi todos sus sucesores, puesto que Tiberio, su sucesor, ya sabemos que tampoco se quedó corto en sus entusiasmos por el amor unisexual. En Julio César es donde parecen reunirse los caracteres netos de la bisexualidad en sus formas masculina y femenina, puesto que lo mismo sometía a las mujeres que se brindaba a los hombres. No era, pues, un invertido en el amplio sentido de la palabra. Los historia- dores se ocuparon más de sus escándalos con los hombres que de sus aventuras con las damas romanas que se disputaban la belleza y la virilidad, un tanto extraña, del famoso emperador. Por ésta razón precisamente es por lo que fue tan combatido, ya que no tenía la disculpa de la inversión, teoría inadmisible, puesto que no mostraba aversión a las mujeres. No obstante, poco antes de morir a manos de sus asesinos, parece ser que la inversión se acen- tuó definitivamente en su carácter, que no por eso cedió en rectitud y en dureza ante los negocios del gobierno. A Tiberio sucedió Calícula, su sobrino, que, en los cuatro años que duró su reinado cometió las más abominables atrocidades y las, más curiosas extravagancias. Seguramente no hubo emperador que gozase mayor fama de cruel que este hombre, que odiaba tanto al pueblo romano que decía que quisiera que todos sus subditos for- masen una sola cabeza para cortársela de un tajo. Nombró cónsul a su caballo "Incitato", con el que se dice que quiso intentar una cópula imposible. Acostumbraba a rodearse de eunucos y efebos, con los que cometía los mayores atentados contra la naturaleza, siempre en actitud activa. Un tribuno, llamado Quereas, le asesinó en el año 47, “sin que su muerte mereciese mayor compasión que la que se hubiese podido dedicar a un perro rabioso". Por aquellos días, el célebre Pompeyo, cuñado del emperador Claudio, pagó con la vida su traición a dicho emperador. El hecho fue que se enamoró de un esclavo favorito de Claudio, con el que éste mantenía relaciones homosexuales desde hacía algún tiempo. Pom- peyo, que envidiaba a su cuñado por aquel motivo, logró convencer al esclavo para que le prodigase las mismas caricias que al empe- rador. En una de estas entrevistas fue sorprendido por un criado, él cual refirió a Claudio lo que había visto. No hizo nada por ven- garse hasta no comprobarlo por sus propios ojos, y cuando ya no tuvo dudas acerca de aquellos amores, mandó apuñalar a Pompeyo y al amante, pagando ambos la "infidelidad" cometida. Claudio tuvo un hijo adoptivo, que más tarde fue también yer- no, cuya crueldad no tuvo límites: Nerón. Catorce años, que fueron siglos para el pueblo romano, duró el reinado de "la bestia más san- guinaria que parió la humanidad", como dice un historiador francés. Desde muy joven, a los diecisiete años—en esta edad fue elegido emperador por el Senado—,empezó a dar pruebas de sus tenden- cias francamente homosexuales, si bien parecia un dechado de bon- dades y del que nadie podía sospechar lo que iba a resultar des- pues. Al principio de su reinado se rodeó de casi todos los amigos que tuvo antes de subir al trono; pero estas amistades, aduladoras y viciosas, le sirvieron para su desenfrenada lujuria, que satisfacía en juergas verdaderamente épicas. Un amigo suyo llegó a cautivar- le tanto, que, valiéndose de todos los medios imaginables, le hizo metamorfosear en mujer, cortándole los genitales. Este joven, lla- mado Sporus fue casado con Nerón, y aunque toda la corte sabía que era un hombre, el emperador impuso que se le rindieran los honores debidos a la mujer del César. Esta locura de la juventud fue acogida por todos los patricios con el natural disgusto; pero, como era tan cruel, tan pronto como llegaban a sus oídos las críticas de que se le hacia objeto, manda- ba asesinar al que se permitía hacer juicios acerca de su moralidad. Más tarde casó con Octavia, hija de su antecesor, el emperador Claudio; pero, poco después, la hizo, asesinar, lo mismo que a su ayo Burrho, a su maestro Séneca, a su amigo Lucano y a otros personajes, amén de a su madre, Agripina, a la que hizo abrir el vientre para ver el sitio donde él había permanecido durante nueve meses. Uno de los placeres favoritos de Nerón consistía en bañarse en unión de varios niños de pecho, a los que hacía que le succionasen el miembro viril. Con niños de más edad cometió los actos de pe- derastia más abominables, y como le gustase algún joven, fuese de la clase social que fuese, se le hacía conducir a su cámara, donde abu- saba de él. Nerón desempeña un papel de gran importancia en la historia del cristianismo, pues su persecución contra los fieles de la
|
 |

La Gioconda Leonardo da Vinci, autor de esta magnífica obra, fue uno de los continuadores del concepto griego del amor. En toda la obra de Vinci se advierte cierta frialdad hacia la belleza femenina.
|
|
 |
|
nueva doctrina fue terriblemente cruel y despiadada. Por fortuna, fue asesinado cuando acababa de cumplir los treinta y un años, a cuya edad no había atrocidad, por grande que fuera, que este pa- rricida, asesino e incendiario, no hubiese cometido. El reverso de esta trágica medalla fue el emperador Tito, que subió al trono de Roma diez años después: al morir Nerón. Fue uno de los más brillantes poetas grecolatinos y militar inteligente y arrojado, y, sin duda alguna, el más humanitario de los empera- dores de Roma, cuyos destinos rigió durante sólo dos anos. Un his- toriador dice que "no derramó la sangre dé ningún ciudadano, dis- minuyó las contribuciones y gobernó con tanto acierto y piedad que fue llamado "delicia del género humano". Cuando pasaba el día sin hallar ocasión de hacer una buena acción, solía decir a sus amigos que había perdido el día. Fue la bondad personificada y se conquistó bien pronto el amor y el respeto más hondo de sus súbditos. Pero, a pesar de todas estas sanas virtudes, que realmente contrastaban con todas las atrocidades que en todos los órdenes cometieron sus antecesores, el emperador Tito era un invertido, un homosexual activo, influenciado por las doctrinas griegas. En su palacio reunía a numerosos eunucos, a los que sometía a sus impulsos en todas las manifestaciones perversas. Gustaba de conversar íntimamente con los más inteligentes, prefi- riendo a los más delicados y de formas más femeninas. No obstante, procuraba que no saliera al exterior el humo de sus pecados, aunque la casa ardiese por dentro. Entre sus amigos y con- sejeros jamás hacía alusión a su homosexualidad, y cuando alguien le hablaba de las inclinaciones que en el mismo senado se observa- ban en algunos personajes, Tito fingía no escucharlo, derivando la conversación por derroteros de más fácil salida. A Tito sucedió en el imperio su hermano Domiciano, hombre fuerte, robusto y de gran carácter. También tuvo las mismas afi- ciones que su antecesor, siendo conocidas por toda Roma sus rela- ciones con el tribuno Claudio Pollio y con Nerva, que fue quien le sucedió en el trono. Trajano, de cuyo paso por España existen magníficas pruebas de la grandeza que alcanzó el imperio y del genio creador de dicho César, también sacrificó su sexualidad a los hombres. Le sucedió Adriano, cuyos amores con su esclavo Antinoco, un hermoso mancebo, natural de Bitinia, fueron inmortalizados en la poesía, así como la figura del joven esclavo, al que se considera como el tipo de belleza plástica. El emperador no se separaba jamás de su favorito, que induda- blemente era un invertido afeminado, fin todos los viajes y expedi- ciones que realizaba Adriano, el lugar preferente era ocupado siem- pre por su amante, que estaba locamente enamorado de él. En una ocasión, en que ambos viajaban por Egipto, el emperador dedicó ciertas atenciones a un joven que iba en la comitiva, lo cual encen- dió los celos en el corazón de su esclavo. No pudo soportar Atinoo tal desvío, y creyendo que perdería para siempre el amor de su dueño, se suicidó, arrojándose al Nilo. Adriano sufrió la pérdida de su favorito, llorándole lo mismo que un marido enamorado hubiera podido llorar a su esposa, y hasta tal punto llegaba la pasión que le despertó el mancebo, que le veneró después de muerto. Desde entonces se celebraron en Bitinia los juegos Antinoos, con los que anualmente se honraba la memo- ria del desdichado esclavo, que había muerto de amor. El historiador Spartanius escribió la historia de estos amores, diciendo que, por mucho que se hubiesen adorado dos amantes, un hombre y una mujer, jamás habrían llegado a los extremos pasio- nales de que dieron muestras estos dos hombres, de alma extraordi- naria. El emperador Heliogábalo, que fue célebre por sus extravagan- cias, por su glotonería y por su crueldad, no lo fue menos por sus- aficiones a los deleites homosexuales, en los que siempre tomaba la parte pasiva. Los escándalos que dio éste verdadero homosexual llenaron de indignación a los romanos, cosa que sucedía siempre que esta viciosa conducta no estaba atenuada por inteligentes medi- das de gobierno, como sucedía en los tiempos de Tito. Heliogábalo no ocultaba su inversión, sino que, por el contrario, solía hacer alarde de ella en las festividades que, con cualquier pretexto, tenían lugar en los magníficos salones de su palacio. Una de sus aficiones favoritas consistía en vestirse de mujer, empleando los atavíos más bellos y costosos, y, de esta forma se presentaba en los banquetes y fiestas palatinas, haciéndose dar el tratamiento de emperatriz y obligando a la servidumbre a que le tratase de "señora". El lecho lo tenia ricamente alhajado, y en su tocador había las esencias más valiosas y raras. Vivía como una mujer: toda su ser- vidumbre íntima era femenina, y cuando se bañaba hacía que nin- gún hombre pudiera acercarse para evitar que le viesen. Sus ade- manes eran completamente mujeriles y tenía todas las aficiones del sexo débil, incluso la voz, que había deformado hasta adquirir un torio pueril de tiple. Todos los hombres que hacía pasar por su lecho y eran capaces de llenar cumplidamente sus tendencias, auténticamente invertidas, no tardaban en ocupar los puestos públicos de mayor responsabilidad, aunque se tratase de individuos de la más baja categoría social. A tal extremo llegó la pasión que le inspiraba uno de sus amantes, que concibió el propósito de casarse con él, lo mismo que quiso hacer Nerón. Protegía a todos los hombres que manifestaban sus mismas tendencias, por lo que el palacio, imperial podía compararse a un inmenso prostíbulo de homosexuales, en él que todas las abe- rraciones más repugnantes tenían digna cabida. Cambió de amantes bastantes veces; pero, cuando estaba en- tregado a uno, nunca llegó a traicionarle, mostrándose tan fiel como pudiera serlo a su esposo la mujer más honesta. En sus relaciones se portaba exactamente lo mismo que sí fuese una mujer, y aunque su crueldad quedó demostrada en numerosos hechos, cuando se ha- llaba en la intimidad con el amante de tumo parecía tan débil que la menor duda de celos le hacía llorar con amargura, reprochando su conducta al presunto perjuro. Siempre mostró verdadera gratitud hacia sus elegidos, y aun- que terminase las relaciones con ellos, les conservaba en los puestos que les había asignado, y si surgía cualquier intrigante con inten- ción de que el ex amante fuese sustituido, montaba en cólera, y algunas veces hizo pagar con la vida y, más frecuentemente, con denigrantes castigos, a quienes se permitían inmiscuirse con dema- siado interés en aquellos asuntos, que tan directamente afectaban a su intimidad. En resumen: sin miedo al error, pudiera decirse que todos los emperadores romanos, desde el primero hasta el último, practica- ban la homosexualidad en un aspecto o en otro. Lo que es muy difícil de precisar, en la mayoría de los casos, y ello en virtud del confusionismo y del desconocimiento de la homosexualidad y de la perversión de que dan pruebas los historiadores, es si todos aquellos célebres directores de pueblos eran invertidos o solamente viciosos más o menos influenciados por las sugestiones de Grecia y de toda la literatura de Sócrates y Platón. Pese a la inseguridad que se observa en las manifestaciones de los antiguos investigadores, en algunos casos, como en los de Nerón y Heliogábalo, es fácil definir con seguridad el género a que per- , tenecieron, pues, sólo con los detalles que hemos citado se advierte que Nerón era un invertido de tipo masculino y Tito y Heliogábalo del femenino, muy especialmente este último, pues en ello han con- venido absolutamente todos los historiadores. Quien conozca, siquiera sumariamente, la psicología del invertido de tipo femenino sabrá que la crueldad no es nunca una de las ca- racterísticas morales, sino que, todo lo contrario, tiende siempre a la ternura y a la piedad en la misma medida que pudiera manifes- tarse una mujer de temperamento ardiente y delicado. Ahora bien, ateniéndonos, por ejemplo, a la historia de Heliogábalo, invertido perfecto de tipo femenino "hasta la exageración" y cruel y sangui- nario por otra parte, la teoría de la bondad del afeminado cae por los suelos estrepitosamente. No obstante, este caso es una excepción, como lo seria un homosexual de tipo activo que no fuese como Heliogábalo o Nerón. ¿ Hasta qué punto entraba el elemento congénito en la determina- ción de estas predisposiciones? No es posible que los narradores de aquella época, ni siquiera los médicos, dispusiesen de los más ru- dimentarios medios de investigación; allí no había más que elegidos de los dioses o de la desgracia, y los vicios eran analizados con tal amplitud de criterio que, algunas veces y en determinados indivi- duos, como pasaba con Tito, las peores aberraciones alcanzaban la categoría de verdaderas virtudes. El contagio de la homosexualidad trascendió de los palacios de la nobleza a los barrios de los plebeyos, y el vicio, el verdadero vicio, se extendió por toda Roma como una terrible epidemia arro- lladora. Ni tenía las raíces que en Grecia, ni sus formas iban aso- ciadas a ninguna manifestación o impulso sentimental o artístico. Todos los emperadores, hastiados de cuantos placeres normales pue- den proporcionarse los potentados, recurrieron a esas variaciones del crimen contra la Naturaleza en su, afán de experimentar sensaciones nuevas o desconocidas. No se reparaba en medios con tal de lograr los fines más descabellados. Y, naturalmente, las emperatrices no tenían nada que envidiar a sus esposos. Helena, la esposa de Juliano, fue una invertida de tipo masculino, que jamás conoció la piedad para sus amantes, a las que sometía a las más terribles crueldades con tal de satisfacer su furiosa lujuria. Ariosto habla de estas inclinaciones de la hermosa emperatriz, como en otras romanas célebres de la época, y así vemos que si crueles eran los hombres, no lo fueron menos aquellas ver- daderas arpías. Toda la Edad Antigua está plagada de hechos en los que casi todos los reyes demuestran unas inclinaciones más o menos acentua- das hacia su propio sexo; pero lo que tenía lugar en la época; del paganismo e incluso en los primeros tiempos del desarrollo del cris- tianismo no se ha repetido en el transcurso de la Historia con tan crudos caracteres ni en formas tan terribles de disolución y crueldad. No se hable, pues, de que aquellos tiempos fueron más morales que éstos; aunque la base de la moral sea la costumbre, desde todos los puntos de vista que analicemos la vida de Grecia y de Roma no es posible encontrar la moralidad por ninguna parte.
|
 |

El amor y la música El Tiziano fue injustamente acusado de sodomía. Una prueba la encontramos en su repeto y admiración por la belleza del desnudo femenino, contraria al amor griego
|
|
Versión imprimible
|
|
 |