EL CASO DE OSCAR WILDE
Su repercusión mundial y su influencia en la homo- sexualidad.—Acentuación de su desarrollo.—Con- fesión de un escritor homosexual.—Biografía de Osear Wilde.—Su amistad con Alfredo Douglas.— La atracción recíproca.—Una carta del padre y un telegrama del hijo.—Vista del procese.—Pruebas abrumadoras.—En la cárcel.— Muerte de Wilde Las notas de Frank Harris.—La mujer, incompati- ble con el amor.—La estética.—Homosexualidad
Este célebre proceso, para el que la prensa de todo el mundo no regateó espacio ni casi ocultó detalles, por escabrosos que fue- ran, tuvo la propiedad de modificar bastante el criterio de las gentes acerca de la homosexualidad, que tan duramente había sido condenada en todo tiempo por los moralistas. La calidad de los personajes y las circunstancias que concurrie- ron en las distintas fases del escandaloso asunto "descubrió a mu- chos invertidos—dice un autor—su propia perversión, de la cual te- nían solamente una vaga incertidumbre, y, aunque parezca paradó- jico, estimuló el valor de otros reconocidamente anormales". Según las observaciones realizadas por muchos investigadores, resulta que el desarrollo de la homosexualidad se ha acentuado en formas que antes procuraban ocultarse; a partir del proceso de Oscar Wilde, los invertidos, lo mismo en la literatura que ante los Tribunales, parecen adoptar una actitud determinada, como obede- ciendo a un plan largamente meditado. Un invertido, que se ha distinguido por sus estudios acerca de las perversiones sexuales, dice lo siguiente: "Hasta el momento en que se celebró la vista del pro- ceso Oscar Wilde, no tenía idea de la naturaleza de la ley. El problema, moral en sí—en su relación con su propia vida y con mis amigos—, le juzgaba resuelto; pero ahora se me ofrece otro proble- ma: ¿hasta qué límite me encuentro justificado, no sólo para faltar la ley, sino para hacer que otros luis Jóvenes contraigan la misma falta? Nunca he consentido que el dictamen de la ley ponga trabas a lo que yo considero desenvolvimiento moral, en cualquier joven por quien yo sea responsable. No creo que el proceso ha alterado mi norma de vida ni variado mí opinión respecto a lo que yo con- sideraba bueno; pero probablemente ha aguzado mi sentido de res- ponsabilidad y me ha hecho más cuidadoso. Examinando los resul- tados del proceso en su conjunto, creo que ha causado un daño incalculable y ha intensificado la hipocresía, que es nuestro vicio nacional (dicho invertido era inglés). Pero también ha producido al- gún bien, puesto que 'fía dado ánimo a los que, como yo, han pen- sado y obrado en esta. materia—que son muchos—a romper lanzas cuando sea oportuno, por lo que nos parece justo, honorable y limpio." Toda la influencia del caso y del proceso Wilde se reflejó en- tonces y se advierte ahora en las declamaciones de los homosexuales auténticos y de los pervertidos viciosos, que buscan en esos placeres un marchamo de originalidad en su vida pública; el procedimiento no obstante, esta en la actualidad muy fracasado. Sé de un escritor francés que, en todas sus obras, no ha hecho más que dar vueltas en torno al célebre caso: ha hecho novelas, ensayos, poesías, co- medias y hasta ha dado conferencias acerca de la personalidad psico- erótica de Oscar Wilde, y, es más, un escultor alemán le modeló en .tamaño natural el retrato de Alfredo Douglas, el amante de Wilde, del que dice que, "es la esencia plástica del más puro amor griego". Por lo demás, el escritor citado, aunque es soltero y vive solo, jamás ha tenido relaciones homosexuales, mien- tras que hay tres chiquillos qué le llaman, con derecho, papá... El más -apasionado biógrafo del autor de Él retrato de Dorian Gray, El abanico de lady Windermere, La importancia de llamarse Ernesto y otras tantas magníficas joyas de la literatura universal, fue el escritor Franic Harris, gran amigo "heterosexual" de Wide, y de cuya obra Vida y confesiones de Oscar Wilde vamos a re- producir lo más interesante de todo aquel apasionante asunto, que puso sobre el tapete de la conciencia mundial la cuestión de la homosexualidad. Fue en otoño de 1891—dice Harris—cuando, por primera vez, encontró Oscar Wilde a lord Alfredo Douglas. Tenía Oscar trein- ta y seis años, y Douglas era un mozo guapo y grácil, de veinti- uno, con grandes ojos azules y cabellos dorados... Su madre, lady Queensberry conserva una fotografía suya de cuando era alumno del colegio de Winchester; un efebo de dieciséis años, con una expresión que, sin exagerar, puede calificarse de an- gélica. Cuando yo le conocí, dice Ross, era aún bonito como una muchacha, con la belleza, los colores y la tez de la juventud, aunque sus facciones no pasaran de corrientes. Oscar se sintió atraído por la belleza del mancebo y por su nombre aristocrático. El muchacho le manifestó una gran admira- ción, se quedaba pendiente de sus labios con el alma en los ojos; sin contar que también demostrara una gran inteligencia en sus apreciaciones, acabando por confesar que hacía versos y que era un apasionado por la literatura. Aún no habían hablado mucho tiempo cuando ya se declararon su admiración apasionada. Oscar había conquistado, la originalidad de pensamiento, y poseía la cultura y la erudición; Alfredo tenía la juventud, el linaje, la belleza, con un encanto femenino y un modo insuperable de expresión. Por curioso contraste, Oscar era de un carácter tan amable y fácil como el otro arrogante, temerario, testarudo y despótico. Años más tarde Oscar confesó a Frank Harris que su amigo le asustaba tanto como le atraía. Y agregaba: "Me asustaba tanto como me atraía, y trato de evitarte. Pero él no cesaba; me perseguía obs- tinadamente y no supe resistirle. Esta es mi única falta. Esto es lo que ha traído mí ruina. Me indujo a gastos que excedían de con mucho a mis medios. En muchas ocasiones intenté librarme, de él, pero él volvía y yo acababa siempre por ceder." Otro efecto de esta "amistad" tuvo por consecuencia el aumento de gastos por ostentación y por prodigalidad de Alfredo Douglas, que hacía pasar a Oscar grandes dificultades económicas, obligán- dole a escribir sin Interrupción. Su intimidad tuvo otros resulta- dos peores, que no expondremos en detalle. No tuvo más remedio que frecuentar el trato con jóvenes de la más baja categoría; pero, como nadie le conocía, sus hechos y gestos apenas retenían la aten- ción en Douglas. No así en Oscar Wilde, ya famoso, cuyos actos provocaban comentarios no muy favorables a su reputación moral La amistad de Wilde con Douglae exasperó al padre de éste, el noble lord, duque de Queeasberry, ya de natural carácter impetuoso, y le obligó a abandonar tan sospechosas relaciones en términos radi- cales. He aquí algunas líneas de una carta que lord envió a su hijo: "...Es necesario que esa amistadad cese o te negaré e interrum- piré toda ayuda económica. No quiero intentar el análisis de esa amistad y no hago ninguna acusación; pero, a mi parecer, las apa- riencias son tan graves como la realidad. Por mis propios ojos os he visto a los dos, delatando de la manera más baja, más repug- nante vuestras relaciones íntimas. No es raro que la gente "hable, como lo hace. También he sabido de buena fuente que su esposa (la de Wilde, ha pedido el divorcio contra él, por sodomía y otros vi- cios. ¿Es verdad esto, o acaso lo ignoras? Si esta acusación es fun- dada y se hace pública, estaré en mi perfecto derecho pegándole un tiro dondequiera le encuentre. Estos cristianos ingleses (Queensberry era irlandés), que son unos cobardes, y no tienen de hombre más que el nombre, necesitan que se les despierte. Tu asqueado padre a la fuerza, Queensberry." En respuesta a esta carta, Alfredo Douglas telegrafió: "(Qué hombrecito tan cómico eres )—Alfredo Dowglas." Este telegrama fue calculado para volver loco de rabia al lord, pero los resultados fueron fatales para el hijo, que hubo de salir de Inglaterra, y para Oscar, que recibió la visita del propio padre ofendido, dando lugar a una escena violenta, de la cual se siguió, después de varios incidentes, el proceso que le había de costar al escritor célebre su ruina moral y material. La vista del proceso tuvo lugar en la Sala de lo criminal, el 3 de abril de 1895. Presidía el juez Mr. Collins, actuando como acusador Mr. Carson, el cual dio lectura a la siguiente carta de Wilde a Alfredo Douglas: "Queridísimo chiquillo: Tu carta era de- liciosa, vino rojo y dorado para mí; pero me siento triste e indis- puesto. Alfredo, no me hagas más escenas. Me matan, me echan a perder la belleza de la vida. No puedo verte, tan griego, tan grácil, desfigurado por la cólera. No puedo oír las cosas horribles que tus labios, de curva perfecta, me dicen. Preferiría hasta el chantaje a verte amargo, injusto, odiándome... Necesito verte pronto. Eres el ser divino que deseo: el ser genio y belleza; pero. no sé qué hacer para ello. ¿Debo ir a Salisbury? Mi cuenta aquí es de 49 libras a la semana. Tengo, además, otro saloncito... ¿Por qué no estás aquí, chiquillo querido y maravilloso? Temo no tener más remedio que irme. Ni dinero, ni crédito y un corazón de plomo. Tuyo, Oscar." Al final de los debates, Mr. Carson expuso que esperaba haber demostrado suficientemente al Jurado que, en lo que le concernía, lord Qaeensberry estaba absolutamente justificado de haber obrado como lo hizo, tratando de poner fin a las relaciones de Oscar Wílde con su hijo. Después de un silencio dramático, el hábil abogado continuó anun- ciando que, por desgracia, aún le faltaba tratar la parte más penosa del asunto. Tenía el deber de traer ante el Jurado, una tras otra, a aquellas personas a propósito de las cuales interrogara a Oscar Wil- de, quienes contarían por sí mismas su historia. Ninguno de aquellos mozos era, en ningún sentido, el igual del procesado. Este había dicho a los jurados que encontraba en la juventud una belleza y un encanto, que le habían incitado a relacio- narse con aquellos mozos. Esta parte de la prueba fue fatal para Wide. Un silencio de estupefacción y de angustia reinaba en la Sala. Todos se pregutaban qué extraña aberración había podido em- pujar a Oscar para entablar su demanda, qué locura le había podido obligar a seguir los consejos insensatos de quienes así le aconse- jaron, cuando él debía saber mejor que nadie la clase de testimo- nios que contra él podían invocarse. Finalmente, el Jurado dictó veredicto de absolución para lord Queensberry, y este veredicto fue la perdición de Oscar Wilde, pues significaba que el padre de Douglas había logrado justificar su acu- sación. De todos modos, el prejuicio contra Wilde se manifestó durante la vista sobradamente. Así como el juez, Collins, no trató de aca- llar los aplausos que acogieron el triunfo de lord Queensberry, nin- guno de los policías intentó apaciguar afuera los denuestos de la muchedumbre, que persiguió a Oscar con gritos obscenos cuando abandonó la Sala del Tribunal. Estaba ya juzgado y condenado, an- tes de comparecer, por la opinión. Para el temperamento delicado de Oscar Wilde, la condena, de dos años de trabajos forzados, no pudo ser más terrible. Frank Ha- rris refiere su entrevista con él en la prisión: — ¿Cómo soportó usted los primeros días?—le preguntó. —Muriendo—contestó Wilde—. Morí y resucité, como ciertos moribundos. Un domingo, por la mañana, después de una noche ma- lísima, no pude ya levantarme. El carcelero entró en mi celda, y, al decirle yo que estaba enfermo, me contestó: "Más vale que se le- vante." Pero yo no me encontraba en condiciones. "No puedo—-le contesté—, haga usted de mí lo que quiera.". Media hora después, apareció el médico a mi puerta; y, desde el umbral, sin dignarse entrar, me gritó: "iA levantarse, aquí no valen esas tretas! Está usted perfectamente. Si no se levanta será usted castigado." No tuve más remedio que levantarme, pero me sentía tan débil que caí al suelo y me lastimé. Me llevaron a la capilla a oir los himnos que allí se atreven a cantar en loor de su Dios. Implacable... Allí caí nue- vamente en tierra, y cuando volví en mí, me encontré acostado en la enfermería. lEra el paraíso! Allí pude comer pan blanco, i tenia tanta hambre! , El 19 de mayo de 1897 sale Oscar Wilde de su prisión, cum- plida su condena, e inmediatamente pasa a Dieppe, instalándose en la aldea marítima de Berneval, en el chalet de Bourpueat, bajo el nombre de Sebastián Melmoth. En septiembre fue a Nápoles, a re- unirse con su amigo, Alfredo Douglas, permaneciendo allí hasta el mes de diciembre. Abandonado por Alfredo, regresa Wilde a Francia, dirigiéndose a París, y se aloja en el hotel de Nice. El 7 de abril fallece en Genova su mujer, Constanza Mary Lloyd, y en enero, viaja por la Costa Azul con su amigo Frank Harris. Después de muchas penalidades, murió Wilde a las dos de la tarde del 30 de noviembre de 1900 en el hotel D'Alsace, 13, rué des Baux-Afts, de Paris. El 3 de diciembre tuvo lugar el entierro saliendo la comitiva fúnebre a las siete de la mañana. Los fune- rales se celebraron en la iglesia de San Martín des Prés, a la que asistieron cincuenta y seis personas. A continuación, la comitíva se dirige al cementerio de Bagneüx. Hubo veinticuatro coronas de flo- res, algunas de mandatarios anónimos. Quedó enterrado en la se- pultura número 17, y el 20 de Julio de 1909 sus restos se trasla- daron al cementerio del Pére Lachaíse. En marzo de 1915, el hijo mayor de Oscar Wilde, Ciryl Wilde, murió en el frente francés. De la biografía de Frank Harris extraemos los siguientes cu- riosos datos de la vida de Wilde: "Oscar Wilde jamás distribuyó elogios más que a las grandes damas y a las actrices famosas, como Ellen Terry o Sarah Bemhardt. Era exquisito por naturaleza, su verdadero lazo que le unía a la sociedad inglesa. Por lo demás, tenia un desprecio arraigado por las mujeres y el cerebro femenino, hasta el punto de que una vez dijo: "Es como una mujer, seguro de recordar lo fútil y olvidar lo importante." Y en otra ocasión. Hablando con Harris; —Hablábamos del amor y yo te permití oponer la mujer al efe- bo; pero todo ello es un puro disparate. La mujer no está hecha para el amor; ni siquiera es un buen instrumento de amor. —Hay hombres—replicó Harris—que se cuidan más de la per- sona que del placer, y otros que... -Si, sí—interrumpió impaciente—; pero se trata de eso. Quiero decir que la mujer no está hecha para la pasión ni para el amor, sino para la maternidad. "Cuando yo me casé, mi mujer .era una muchacha bonita, blanca y esbelta como un lirio; de ojos vivos y risa alegre como una mú- sica. En poco tiempo, su gracia de flor se marchitó, se volvió pesada, deforme; se arrastraba por la casa con dificultad, toda colorida, con las facciones desencajadas, la tez descolorida, el cuerpo horrible, todo ello a causa de nuestro amor. "Yo me esforzaba en ser bueno con ella; me obligaba a tocarla, a besarla; pero ella sentía náuseas continuas, y... "No, prefiero no evocar esos recuerdos; es demasiado repug- nante. "Yo acostumbraba a lavarme la boca y abría la ventana para purificar mis labios con el aire. La Naturaleza es abyecta. Toma la belleza y la mancilla; y el cuerpo de marfil que habíamos adorado, lo marca con las atroces cicatrices de la maternidad... "Profana el altar del alma. ¿Cómo podría llamarse amor a una intimidad semejante? ¿Cómo es posible que se la idealice? "No, el amor no es posible al artista, sino estéril. ——Y los sufrimientos, ¿no te la hicieron más querida? ¿No sus- citaron en ti ésa piedad que tú acostumbras a llamar divina? . —Ia piedad, Frank—exclamó con impaciencia, no tiene nada que ver con el amor. ¿Cómo se puede desear lo que está desfigura- do, deforme, horrible? La maternidad mata el deseo, la concepción sepulta la pasión. Y se levantó bruscamente. -Al fin comprendía Frank su motivo dominante, su amor grie- go a la forma; su culto intolerante de la belleza física, que no te cuidaba para nada de la felicidad y el bienestar del ser amado. —No te hablaré más, Frank, de esto. Soy como el persa, que, viviendo del calor y adorando al sol, hablase a un esquimal, que le responde elogiando el aceite de ballena y las noches de seis meses. pasados en hediondas barracas de hielo. Hablemos de otra cosa. En otra ocasión, y hablando también con Frank Harris, dijo: —Lo que tú llamas vicio no es vicio; o, por lo menos, fue un vicio que tuvieron conmigo César, Alejandro, Miguel-Ángel, Sha- kespeare. La Iglesia fue la primera en hacer de él un pecado, para que luego, en época más reciente, los godos, esto es, los alemanes y los ingleses, que apenas han hecho nada por exaltar los ideales de la Humanidad, lo convirtieran en un crimen. Condenan todos los pecados que a ellos les tientan; de ahí su moral acomodaticia. ¡Raza brutal, que se atraca y se emborracha y condena las concu- piscencias de la carne, mientras se revuelca en los más viles pecados del espíritu! "Si leyesen el capítulo XXIII del Evangelio de San Mateo y se lo aplicasen a si mismos, algo más ganarían que condenando un placer que son incapaces de comprender. "Bentham mismo se ha negado a insertar en su Código penal lo que tú llamas un vicio, y tú mismo has admitido que no se le debería castigar como un crimen, ya que no hace caer en tenta- ción. Tal vez sea una enfermedad; pero, en ese caso, es una enfer- medad que no ataca sino a los seres más nobles. "Es una infamia castigarlo. El cerebro humano no podría en- contrar un solo argumento que justificase su castigo. —No olvides—repuso Harris—que las prácticas que defiendes han sido condenadas por un centenar de generaciones de las razas más civilizadas. —Simple prejuicio de los ignorantes, Frank. —Pues tal prejuicio, si lo fuera, es más fuerte que miles de razones. La Humanidad va trepando penosamente una cuesta abrup- ta, que conduce del bruto a la divinidad, y con frecuencia, a veces, toda una raza ha resbalado de nuevo; pero eso no quiere decir que ese vicio no deba ser condenado por la razón y que su repulsión ins- tintiva abomine de él. —Bella retórica—replicó Wilde—. Jamás había oído tal defensa del prejuicio; tú admites que no lo apruebas, ¿por qué? Porque tú estás instruido, porque tú sabes que la pasión sentida por Sócrates no era una pasión vil, y que la debilidad, si la llamamos asi, de César, de Miguel-Angel o de Shakespeare, no era despreciable. Si el deseo no es la característica de la más alta humanidad, al menos es compatible con ella. —Eso no puedo yo admitirlo—repuso Frank—. Ante todo, deje- mos a Shakespeare, pues tendríamos que obtener pruebas de su cul- pabilidad y no existen. En cuanto a los demás, no es copiando los vicios y debilidades de los grandes Hombres como podremos igua- larles. Y supon que nuestro destino sea superarles, en cuyo caso no debemos tener sus debilidades. Tu vicio, como el canibalismo, está desapareciendo. Las razas superiores no lo practican ya. —Eres amargo, Frank; casi insultante. —Perdóname, Oscar, te lo ruego; pero quisiera que abrieses por fin los ojos y vieras las cosas tal como son. —Pero, Frank, yo pensaba que tú estabas de nuestro lado, que tú reprobabas, al menos, el castigo y no creías en la bestialidad de la pena. —Cierto; rechazo la idea de todo castigo—replicó—. El amor y no el odio es lo que salva a los hombres. Creo también que está cercano el tiempo en que entrarán en vigor leyes mejores, y, sobre todo, aborrezco un castigo que cae sobre un hombre, sobre un artista como tú, sin tener en cuenta las obras bellas que has pro- ducido. Siempre ha de parecer monstruoso que te haya tratado como un malhechor. La rigidez inglesa no ha sido sino hipocresía purita- na, estrechez de miras y fatuidad de raza." En este plan continúa el diálogo de los dos hombres: el inver- tido y el normal, que jamás llegan a ponerse de acuerdo, porque sus puntos de vista, aun dentro de los límites de la más estricta espiritualidad, son diametralmente opuestos. Ese argumento, esgrimido por Frank, de que se debió tener en cuenta las obras bellas que Wilde produjo, fue la única disculpa que los defensores pretendieron hacer valer, bien poco en verdad; la ciencia, que apenas si medió en este caso, es fácil que hubiera lo- grado llevar al ánimo de los jueces una comprensión más humana de aquella inclinación, que no se podía estimar como legítima en nombre sólo del clasicismo griego. Los jueces ingleses no son, como, por ejemplo, los franceses en Francia éste caso hubiera tenido una resonancia bien distinta. Pero si esos jueces no fueron razonables, a Oscar Wilde, dígase cuanto se quiera, tampoco es posible afirmar que le sobrase la razón...
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Invertidos célebres A. Martín de Lucenay. Editorial Fenix 1933. (90 páginas)
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