Prólogo

En este volumen no vamos a realizar el estudio clínico de la
inversión sexual de tantos personajes ilustres como han sido se-
ñalados por la Humanidad con desprecio o con compasión por sus
tendencias o costumbres completamente homosexuales, hasta el ex-
tremo de que muchos pagaron con la libertad o la vida sus de-
vocíones y afectos por individuos del mismo sexo.
Tratándose de escritores, de pintores, escultores, artistas de
teatro e incluso gobernantes, en resumen, de personas de algún
relieve social, no -cabe duda que en sus obras o en sus actos se
descubre con facilidad ln temiendo siempre que el investigador se
proponga abalizar con verdadera atención esos detalles que pare-
cen no decir nada, y que, sin embargo, encierran la clave de todo
el misterio sexual de su autor. Oscar Wilde, en su "Retrato de
Dorian Gray"; Miguel-Ángel, ,en muchas de sus otras maestras;
Muret, en sus -trabajos humanistas, y el imitador de “estrellas”
español F. de T., en sus remedos de las vedettes y actrices de
fama y, en resumen; infinitos .hombres que el publico admira y
conoce, muestran en sus producciones, en su arte y en sus ges-
tos la esencia más o menos grosera de su homosexualidad,
Y en la mujer ocurre otro tanto: la poetisa india Jhuns reveló
su verdadera personalidad sexual cuando dijo que no había pla-
ceres mejores que los que pueden procurarse dos mujeres solas;
madame de Maupin, cuyo es el título de una célebre novela de
Gaufier, siendo su verdadero nombre madame D’Aubigny, fue
Una famosa actriz de magnífica voz de contralto que gustaba ha-
cer papeles masculinos en las óperas… Y así, pudiéramos afir-
mar la existencia de la inversión por estos simples detalles exter-
nos de la actividad de muchas personas.
No obstante, el hecho de que un escritor, hombre o mujer, se
ocupe en sus obras de la homosexualidad, no quiere decir que sea
un invertido. Alguna parte de público poco sagaz ha pretendido
cargar el sambenito de la homosexualidad a individuos perfecta-
mente normales, por el hecho de comprender las razones que jus-
tifican la inversión y pedir de la educación ciudadana un poco de
piedad y de cultura para ofrecérselas, a esos incomprendidos.
Un hecho demostrado desde hace mucho tiempo es que la ho-
mosexualidad, en sus formas sentimentales, es más frecuente en-
tre los hombres de talento que en los que no fueron dotados por
la Naturaleza con tan hermosa cualidad intelectual. Mantegazza
dice en una de sus obras que en el reducido círculo de sus amis-
tades existían varios invertidos sexuales, todos ellos personas de
gusto exquisito y de pensamiento cultísimo, Krafft-Ebíng afirma
que recibió numerosas comunicaciones suscritas por homosexua-
les, casi todos personas de elevada posición intelectual y social.
El Dante, en «El Infierno», reconoce que los literatos y hombres
de gran fama son casi siempre homosexuales.
Exista en la opinión vulgar una creencia bastante errónea
acerca de las manifestaciones sexuales de estos invertidos, de los
que se piensa que realizan los mismos actos que tienen lugar en
el comercio sexual normal, salvo las diferencias lógicas que des-
de el punto de vista anatómico existen entre el sexo masculino y
el femenino. Y no es así. En casos infinitos, como dijimos al ha-
blar de la homosexualidad en términos generales no existe entre
estos hombres el menor contacto físico, a excepción de los besos
y caricias, que no llevan consigo el menor elemento sexual. En
la “normalidad” de la homosexualidad—si es posible admitir tal
frase—, los invertidos masculinos espiritualizan sus relaciones
hasta lo inconcebible; la verdadera “anormalidad”, síntoma evi-
dente de degeneración, consiste en la práctica de esas caricias
vergonzosas y repugnantes que no obedecen a ninguna razón bio-
lógica ni sentimental; en estos casos, la perversión suele ir aso-
ciada con la inversión, si bien muchas veces, es más bien adquiri-
da que congénita, aunque no debe olvidarse el principio funda-,
mental de bisexualidad de que ya hemos hablado en el volumen
referido.
Ellis dice que en su opinión, principalmente por falta de da-
tos precisos, no se ha percibido que en las eminencias religiosas
y morales y en otras personas de instintos éticos poderosos existe
una tendencia hacia formas más elevadas del sentimiento homo-
sexual. "Esta tendencia —dice—puede discernirse no solamente en
los grandes moralizadores de la antigüedad, sino en contemporá-
neos nuestros de ambos sexos. La causa es evidente. Así como en
personas perfectamente normales el amor reprimido ha originado
la causa motora de una cumplía actividad filantrópica, del mismo
modo la contemplación del propio sexo, bañado en esplendor se-
xual, comunica a la labor humanitaria de ciertas personas un
ardor enteramente desconocido a los demás; para ellos moralidad
y amor se han fundido en un solo sentimiento. Quien haya estudia-
do con cariño la historia de los grandes moralistas habrá notado
frecuentemente la existencia de este sentimiento más o menos su-
blimado y libre de toda manifestación física impropia».
En efecto, si repasamos la vida de muchísimas celebridades
del Renacimiento e incluso de la época actual, la indiferencia ha-
cia la mujer, el desprecio, de la vida conyugal e incluso de la
existencia familiar, etc., son otras tantas muestras de la inversión
sexual desarrollada a medida que el progreso de la cultura se
hace más firme en el individuo. Especialmente en la época del
Renacimiento, caracterizada por una firme independencia inte-
lectual promovida por las influencias del clasicismo, se advierte
la existencia de ciertos impulsos anormales en individuos que de
haber vivido en otro ambiente es fácil que hubiesen pasado des-
apercibidos, e ignoradas, por tanto, sus inclinaciones.
A medida que la ciencia ha logrado nuevas conquistas aclaran-
do las razones antes obscuras de muchos fenómenos humanos,
el criterio de la moral acerca de esas expresiones se ha ido dul-
cificando y haciéndose más comprensivo. Es fácil también que
los moralistas, pese a su severidad y tal vez en virtud de su in-
telectualidad superior, experimentasen tales debilidades, en cuyo
caso forzosamente esa moral tenía que mostrarse menos severa
que en los tiempos en que los delitos de sodomía e incluso de sim-
ple sospecha de homosexualidad eran castigadas con el tormento
y la muerte, acaso porque la hipocresía fuese mayor o también
porque la inteligencia de los grandes hombres estuviese privada
de esa libertad de expresión que la cultura permite hoy día am-
pliamente.
Ni han sido invertidos todos los nombres celebres, ni es po-
sible que por el hecho de ser invertido se alcance la celebridad;
pero que la inversión sexual va unida muchas veces a los instin-
tos éticos más insignes, es un hecho que ha podido comprobarse
en todos los tiempos, sin distinción de razas ni de niveles socia-
les. He aquí, pues, otro de los grandes enigmas dé la homosexua-
lidad, mal conocida por los sabios, y peor comprendida por los
ignorantes.


Invertidos célebres A. Martín de Lucenay. Editorial Fenix 1933. (90 páginas)


Versión imprimible