Alejandro Magno murió en Babilonia un tórrido día de junio del año 323 a.C. Los lamentos se propagaron por la ciudad, los miembros de su guardia personal deambularon bañados en lágrimas; los persas se raparon la cabeza en señal de duelo; los templos apagaron sus fuegos. Sus generales se lanzaron a una vertiginosa y caótica lucha por el poder. Lucharon en torno a su féretro, en el que quizás aún estaba vivo aunque en coma terminal, ya que la frescura y el color natural de su cadáver –que había pasado cierto tiempo desatendido– produjeron gran asombro. Por fin se presentaron los embalsamadores, se le acercaron con sumo respeto y, «luego de orar para que fuera justo y legítimo que los mortales tocaran el cuerpo de un dios», emprendieron su tarea. El hijo de Roxana aún no había nacido. Si Alejandro nombró sucesor en su lecho de muerte, nadie admitió haberlo oído. No existía heredero conocido de cuyo prestigio se le pudiera investir en medio del esplendor de sus exequias; durante décadas Grecia y Asia serían asoladas por intrigas y sacudidas por el paso de los ejércitos a medida que sus generales desgajaban fragmentos del imperio. A lo largo de dos años, mientras los elefantes avanzaban pesadamente tras el séquito de los jefes militares que cambiaban de bando, oro y piedras preciosas de incalculable valor iban a parar al taller en el que los maestros artesanos griegos perfeccionaban una carroza fúnebre digna de su destinatario. Se aceptó, cual si fuera una ley de la naturaleza, que el catafalco no debía ser superado en memoria, historia ni leyenda. El féretro era de oro y el cuerpo que contenía estaba cubierto de especias preciosas. Los cubría un paño mortuorio púrpura bordado en oro, sobre el cual se exponía la panoplia de Alejandro. Encima, se construyó un templo dorado. Columnas jónicas de oro, entrelazadas con acanto, sustentaban un techo abovedado de escamas de oro incrustadas de joyas y coronado por una relumbrante corona de olivo en oro que bajo el sol llameaba como los relámpagos. En cada esquina se alzaba una Victoria, también en noble metal, que sostenía un trofeo. La cornisa de oro de abajo estaba grabada en relieve con testas de íbice de las que pendían anillas doradas que sustentaban una guirnalda brillante y policroma. En los extremos tenía borlas y de éstas pendían grandes campanas de timbre diáfano y resonante. Bajo la cornisa habían pintado un friso. En el primer panel, Alejandro aparecía en un carro de gala, «con un cetro realmente espléndido en las manos», acompañado de guardaespaldas macedonios y persas. El segundo representaba un desfile de elefantes indios de guerra; el tercero, a la caballería en orden de combate, y el último, a la flota. Los espacios entre las columnas estaban cubiertos por una malla dorada que protegía del sol y de la lluvia el sarcófago tapizado, pero no obstruía la mirada de los visitantes. Disponía de una entrada guardada por leones de oro. Los ejes de las ruedas doradas acababan en cabezas de león cuyos dientes sostenían lanzas. Algo habían inventado para proteger la carga de los golpes. La estructura era acarreada por sesenta y cuatro mulas que, en tiros de cuatro, estaban uncidas a cuatro yugos; cada mula contaba con una corona dorada, un cascabel de oro colgado de cada quijada y un collar incrustado de gemas. Diodoro, que al parecer obtuvo esta descripción de un testigo presencial, afirma que era más soberbio visto que descrito. Alejandro siempre había enterrado con esplendor a sus muertos. En su época, los funerales eran regalos de honor más que manifestaciones de duelo. «En virtud de su enorme fama atrajo a muchos espectadores; en cada ciudad a la que llegaba, la gente salía a su encuentro y lo seguía al partir, sin cansarse jamás del placer de contemplarlo.» Semana tras semana y mes tras mes, al ritmo de las laboriosas mulas, precedido por los constructores de carreteras y haciendo un alto mientras éstos allanaban el camino, veinticinco, dieciséis, ocho kilómetros diarios, parando en las ciudades donde ofrecían sacrificios y pregonaban epitafios, el resonante, reluciente y enorme santuario de oro atravesó lentamente mil seiscientos kilómetros de Asia; los amortiguadores, cuyo mecanismo no ha logrado desentrañar ningún investigador, protegieron en la muerte al cuerpo que en vida había sido tan poco cuidado. Al norte por el Éufrates, al este hasta el Tigris; un alto en Opis, lugar decisivo en el Camino Real hacia el oeste; hacia el norte para bordear el desierto arábigo. «Además, para rendir homenaje a Alejandro, Tolomeo acudió a su encuentro con un ejército y llegó hasta Siria.» El homenaje de Tolomeo fue un secuestro reverente. Según la antigua costumbre, los reyes de Macedonia eran enterrados en Aegae, la antigua capital fortificada en lo alto de una colina. Existía la profecía según la cual la dinastía tocaría a su fin cuando la costumbre dejara de respetarse. Tolomeo, pariente de la familia real, debía de conocer bien aquella profecía, pero ya había elegido sagazmente su parte del imperio fisurado: Egipto, donde la conquista macedonia fue aclamada como liberación; donde Alejandro honró los santuarios profanados por el rey persa y recibió la divinidad; donde el propio Tolomeo se deshizo de un mal gobernador y alcanzó gran popularidad. Declaró que Alejandro había querido retornar a Egipto: ¿a qué otra tierra, si no a la de su padre Amón? Probablemente Tolomeo tenía razón. Desde que a los veintidós años cruzó el Helesponto rumbo al este, Alejandro no se mostró dispuesto a volver a Macedonia. Se proponía centrar su imperio en Babilonia; había dejado de ser un joven conquistador macedonio para convertirse en un impresionante gran rey persa; estaba desarraigado, lo mismo que la totalidad de los oficiales jóvenes y ambiciosos que le siguieron. Tolomeo ya había demostrado su lealtad en años anteriores, cuando materialmente era más lo que podía perder que ganar. Y si ahora el prestigio de sepultar a su amigo era inmenso para Egipto y le permitía fundar una dinastía, Tolomeo tenía sobrados motivos para pensar que Alejandro le estaría agradecido. Si su cuerpo hubiese llegado a Macedonia, tarde o temprano habría sido destruido por el implacable Casandro. En Alejandría sería venerado durante siglos. Por consiguiente, la comitiva que suscitaba un temor reverencial, a la que se sumaron un sátrapa egipcio y su ejército, puso rumbo sur desde Siria; pasó ante las murallas semiderruidas de Tiro y prosiguió a través de Judea. En una ciudad tras otra las huestes mezcladas de la escolta –macedonios, persas y egipcios– montaban sus tiendas en torno al tabernáculo del dios muerto, de cuya divinidad Tolomeo, aspirante a faraón salvador, extraería la propia. Se ocupaba de que estuviera bien exhibido y de que se anunciase su llegada. Es precisamente lo que Alejandro habría deseado. Había amado su fama. Al igual que Aquiles, había trocado días de su vida a cambio de la celebridad. Había confiado en que los dioses cumplirían su parte del trato y, al igual que en el caso de Aquiles, no fue una expectativa vana. Los niños que no habían nacido o que iban en brazos cuando Alejandro había cabalgado así en vida miraban azorados la comitiva de la que sesenta años después seguirían hablando. Señalaban las pinturas del friso, preguntaban qué representaban y creían cuanto les dijeron. Durante esa procesión debieron de surgir mil años de leyendas. Una vez en Egipto, el sarcófago –instalado aún en el célebre catafalco– pasó unos años en Menfis, un imán para los viajeros, mientras en Alejandría construían el Sepulcro. (Cuando los mausoleos de la dinastía de los Tolomeos se reunieron en torno al Sepulcro, éste siguió llamándose así.) Pérdicas, delegado de Alejandro a la muerte de éste, se enfureció con Tolomeo y a su debido tiempo le hizo la guerra. Empero, la proverbial fortuna de Alejandro, que llevó a las gentes a lucir su imagen tallada en anillos, se transmitió como un legado de gratitud a su amigo de la infancia. De los grandes generales que a la muerte de Alejandro combatieron por hacerse con su imperio, sólo Tolomeo murió pacíficamente en la cama. Contaba ochenta y cuatro años, gozaba del respeto de su pueblo, había terminado su respetada historia y establecido en vida la sucesión de su hijo preferido. Durante cerca de tres siglos, durante los cuales Macedonia se convirtió en provincia romana, los Tolomeos gobernaron Egipto y los sacerdotes del divinizado Alejandro sirvieron en su santuario. Finalmente, en el 89 a.C., fecha en que la dinastía ya había degenerado, el decadente y abotargado Tolomeo IX, rechazado por su ejército y necesitado de dinero para pagar a los mercenarios, cogió el sarcófago de oro y lo fundió para acuñar moneda. Toda Alejandría se sintió ultrajada; nadie se sorprendió cuando Tolomeo IX, menos de un año después, fue asesinado. Los embalsamadores habían sido grandes maestros y el rostro de Alejandro, de tres siglos, había cuajado en una belleza distinguida. Los partidarios de Alejandro lo albergaron devotamente en un sarcófago adornado con vidrios de colores. Cincuenta años después el áspid de Cleopatra puso fin a la dinastía de los Tolomeos. El Sepulcro siguió en pie. César lo visitó; sin duda, Marco Antonio también acudió a verlo con envidia; Augusto dejó como tributo un estandarte imperial. Las leyendas se acrecentaron. Habían comenzado en vida de Alejandro, originándose en su marcha del Helesponto al Himalaya. Crecieron como maleza tropical a lo largo y a lo ancho de su imperio fragmentado y mucho más allá de sus límites, produciendo exóticas flores de fantasía. Según el mito, el ladrón Escirón, al que Teseo arrojó desde los acantilados ístmicos, fue rechazado por la tierra y por el mar, que se lo arrojaron entre sí. Con tal de poseer a Alejandro, se libró una guerra intercontinental. Egipto se lo anexionó rápidamente. Alejandro tenía trece años cuando el último faraón autóctono, Nectanebo, huyó al exilio durante la conquista persa; ahora se decía que este último había sido adepto a la magia y que, siguiendo instrucciones de ese arte, viajó a Macedonia para engendrar al vengador de los males de su pueblo. Al enterarse de su fama, Olimpia lo llamó para que le hiciera el horóscopo. Nectanebo le predijo que tendría un hijo héroe con la simiente de Zeus–Amón; lo anunciaría una serpiente monstruosa. El ofidio apareció y sobresaltó a la corte. La noche siguiente Nectanebo se puso la máscara de Amón, con cuernos de camero, y cumplió su profecía. Las estrellas estaban a punto de anunciar un nacimiento portentoso, cuando Olimpia empezó a sentirlos dolores del parto, Nectanebo le pidió que resistiera hasta que los astros alcanzaran la conjunción adecuada.Alejandro apenas había pasado unos meses en Egipto. En Persia, su reino de adopción, su recuerdo estaba fresco y lozano. Haciendo caso omiso de la cronología, la leyenda le atribuyó como padre a Darío II, que había recibido una hija de Filipo de Macedonia después de una victoria (totalmente ficticia) sobre este rey. Pese a la belleza de la mujer, Darío sólo estuvo una noche con ella porque tenía mal aliento. Y por ese motivo Alejandro nació en Macedonia. Más adelante, la hija de Filipo alivió el mal aliento mascando skandix (perifollo) y llamó Sikandar a su hijo. Puesto que skandix no es una palabra persa, sino griega, la anécdota demuestra que la empresa de fusión cultural de Alejandro no fue inútil. Persia pasó dos milenios adornando la historia de Sikandar Dhulkarnein, el Buscador del Mundo, el de los Dos Cuernos. Siglos antes de que apareciera por escrito, en las casas de placer, los bazares, las posadas y los harenes acumuló hazañas fabulosas de eras anteriores a su nacimiento, Mürchen con los que quizás el propio Alejandro fue seducido por su favorita persa. Sólo de él parecían ser creíbles estas anécdotas. Asimiladas finalmente por el Islam, las aventuras se difundieron ampliamente, cargadas de añadidos, hasta que hicieron falta ochenta y cinco estrofas para describir a los dos ejércitos en pugna antes del comienzo de la batalla. Se le atribuyeron actos que habría rechazado indignado, pues se tendía a proveerlo de las cualidades que el poeta encontraba admirables, incluida la intolerancia religiosa. Aparece al galope, destruyendo templos paganos y esparciendo los fuegos sagrados de Zoroastro –él, el más alegremente sincretista de los religiosos– en nombre de Alá. Llega a Egipto para rescatar al país de los zang, invasores negros y horribles, bebedores de sangre y comedores de sesos. Para atemorizarlos, ordena cocinar una cabeza de zang y, luego de un hábil cambio de platos, simula devorarla con deleite. Triunfal, abandona a los agradecidos egipcios (aún existen pequeños afloramientos de la historia) y derrota al rey persa Dará, que muere en sus brazos y le lega, a cambio de que vengue su asesinato, la mano de su hija Roshanak, que desata en su corazón «un tumulto parecido al campanilleo de un camello ruso». Se deshace sin ayuda de Poros de la India y acepta la rendición del rey de China, que le entrega el Jinete Propicio, un galante guerrero que resulta ser una dama de sorprendente belleza, con la que pasa una noche de amor aderezada con todo lujo de detalles. (Tanto tiempo duró el recuerdo de su deseo de conocer a una amazona.) Triunfa sobre monstruos y salvajes rusos, marcha hacia la noche ártica en pos del manantial de la vida eterna, la búsqueda inmemorial del sumerio Gilgamesh. (Probablemente ésta es la faceta de la leyenda que más lo habría sorprendido.) Hay un elemento constante: Sikandar es el héroe supremo de acuerdo con los términos de cada época. «Es de hierro con los hombres férreos y de oro con los maleables.» Cuando el Delfín envió a Enrique V un bate y una pelota para mofarse de su juventud, seguramente escogió ese obsequio inoportuno recordando vagamente el reto de Dará a Sikandar. Funda Sikandria, «una ciudad semejante a un manantial gozoso». Está lleno de astucias, aunque él no las habría aprobado en su totalidad. Inventa el espejo... por razones estratégicas y no sin cierta verdad psicológica involuntaria. Venera el sepulcro de Ciro el Grande, hecho que en Persia jamás fue olvidado. Sus tácticas se comparan con una magistral partida de ajedrez, y la disposición de sus tropas, con miniaturas esmaltadas. Los miniaturistas no se cansaron de representarlo, rebuscadamente transfigurado en persa, con cota de malla, yelmo puntiagudo y cimitarra; utilizando el arco del jinete o atrapando a un gigante de una hábil lazada; luciendo el bigote y la barba regios, obligatorios allí donde el rostro lampiño caracterizaba a los eunucos; llorado en su muerte por los sabios Aristo y Aflatun (Aristóteles y Platón); el Feliz Poseedor del Mundo, cuyo desfile es como una rosaleda. Ningún triunfador de la historia ha dejado una imagen equiparable a ésta en las tierras que conquistó. En este punto conviene recordar que Ricardo Corazón de León perduró en la memoria de los árabes como el coco con el que las madres amenazaban a los niños. Mientras la memoria popular y la fábula persas organizaban los primeros fragmentos de ese extraordinario mosaico, en el oeste tenía lugar un proceso muy distinto, complejo e intencionado. En Macedonia el impresionante Antípatro –regente que había sido de Filipo, de Alejandro y del oscuro y pequeño Alejandro IV– murió como una enorme piedra que provoca corrimientos de tierras. Su hijo Casandro, el enemigo más acérrimo de Alejandro y futuro asesino de su madre, su viuda y su hijo, emprendió la grave tarea de liquidar la reputación de Alejandro. El estamento educativo de Atenas fue una herramienta bien dispuesta, pues estaba amargado por el derrumbamiento interior de las ciudades–estado, lo que las dejó a merced de Macedonia; culpó a Alejandro de la severa hegemonía de su regente, hegemonía que había intentado relajar cuando lo sorprendió la muerte; estaba dolido por la muerte de Demóstenes, al que Alejandro perdonó la vida a pesar de tantas provocaciones, y por la del ambiguo Calístenes, cuyas provocaciones habían sido excesivas. El estamento educativo había expulsado a Aristóteles por sus vínculos con Macedonia. Ante los hombres inferiores que quedaron como formadores de opinión, Casandro puso de manifiesto que los enemigos de Alejandro eran sus amigos; y Casandro era un amigo poderoso. Con su estímulo, estos formadores de opinión –probablemente alimentados de información falaz que creyeron porque Casandro había visitado la corte de Babilonia– se dispusieron a crear su propia leyenda de Alejandro. No fue un desarrollo orgánico como el de los romances, sino un eficaz trabajo de zapa que produjo horrorosas caricaturas de un déspota orientalizado, libertino e incongruentemente activo en medio de excesos que habrían agotado a Sardanápalo. Su incapacidad de engendrar una horda de bastardos en medio de ese estilo de vida se atribuyó al alcoholismo; la bebida volvió acuoso su semen, decretó Teofrasto, profesor de ciencia del Liceo.... hombre que, al igual que el resto de los atenienses, no le había visto el pelo a Alejandro desde que tenía dieciocho años. Durante ese período prosiguieron las complejas guerras entre sus sucesores; sus antiguos generales contaminaron un poco más la historia presentando falsos testamentos de Alejandro, en los que sustentaban sus reivindicaciones. También fue tema favorito de las escuelas de retórica, que se afanaron en escribir cartas en su nombre, en las que describía las maravillas de la India, hablaba de Aristóteles o le contaba a su madre cómo estaba. Los eruditos modernos han tenido que hacer un gran esfuerzo para extraer estos nudos de la trama de la historia, en la cual han quedado firmemente entrelazados los más sorprendentes. De todos modos, los romances se desarrollaron a la misma velocidad que la propaganda. Bajo la severa férula de Antíoco, Judea pensó con nostalgia en la Bestia de los Dos Cuernos que había atravesado sus tierras sin infligir el menor daño y muy pronto la imaginó de rodillas ante la Torá, honrando al Dios único. Los etíopes, quizá modelos originales de los temibles zang, refinaron su propia leyenda de Alejandro, en la que, además de conversar con el ángel que sustenta el mundo, mata a un dragón enorme haciéndole tragar una especie de bomba que luego estalla. «¿Cómo está el gran Alejandro?», preguntaba la sirena de dos colas a los marineros del Egeo, que, si querían salvar las naves, debían replicar a toda prisa: «Vive y reina». En Roma, César cayó fulminado en el Foro; pretendía salvar la república, dijeron, y ésta se convirtió en su víctima. Durante el gobierno del divino Augusto, nadie tuvo motivos para encomiar a Alejandro. Los cesarianos tuvieron buen cuidado de no rendir elogios a sus rivales. Según los prejuicios romanos, los griegos eran levantinos de poca entidad, helenizados y relamidos; alcahuetes, proxenetas y aprovechados. Por otro lado, para el mundo erudito, Atenas era la universidad a la que enviaban a sus hijos para que se contagiaran del brillo intelectual de los conquistados, y allí seguía escribiendo la mano del Liceo. Entre los republicanos, que vivían en la amarga clandestinidad, el interés hacia la personalidad de Alejandro se mantenía vivo y activo. Si no hubiese vivido, habría sido necesario inventarlo. La suya era una efigie imperial que podía quemarse sin riesgos. A esta época pertenecen Trogo, la fuente ahora desaparecida del inexacto y hostil Justino, y Diodoro. La fecha preferida por Rufo Quinto Curcio es inmediatamente después del temible Calígula, uno de cuyos entretenimientos consistía en disfrazarse de Alejandro. El macedonio divinizado y muerto tres siglos antes fue un regalo propagandístico para el protocésar tiránico. En semejantes monstruos se convirtieron los que presumían de reclamar honores divinos a sus ciudadanos... exceptuando, por supuesto, a los presentes. Aquí y allá el torrente de calumnias topó con inamovibles rocas de realidad, demasiado arraigadas para dejarse arrastrar. Al introducir ese difícil material, los moralistas republicanos aseguraron que Alejandro había empezado bien, pero que todo poder corrompe y ninguno más absolutamente que el poder sobre bárbaros serviles y rastreros. La adopción de su indumentaria afeminada y de sus costumbres hablaba por sí misma. Persistía la discrepancia de su rostro. En el ínterin, los copistas romanos reprodujeron aceleradamente sus estatuas, pues la demanda era muy superior a lo que podían ofrecer los originales producto de los saqueos. Ni siquiera todos los originales se habían hecho del natural. Hasta en las estatuas más vulgares, alrededor de los ojos, hay algo que demuestra a quién pretenden representar. Tal vez el rostro o quizás el patriotismo griego influyeron en el joven Plutarco mucho antes de que comenzara Vidas paralelas. Dos de sus primeras obras fueron ensayos acerca de la Fortuna o de la Virtud de Alejandro, haciendo primar la segunda sobre la primera, cuando los escritores hostiles habían atribuido a la Fortuna la mayor parte de los honores. Mucho después, este hombre afectuoso, encantador y longevo puso a Alejandro en Vidas paralelas al lado de julio César. Por desgracia, como biógrafo dejaba mucho que desear, porque nunca renunció a un buen chisme y rara vez distinguió las fuentes primarias de las secundarias, tan preocupado estaba por edificar con el ejemplo. De todos modos, «los libros tienen su destino» y su relato de la infancia y juventud de Alejandro es el único de que disponemos; las fuentes que Plutarco utilizó han desaparecido.Hacia el final de la vida de Plutarco, en el siglo II d.C., un compañero de armas rescató a Alejandro para la historia. Se trataba de Flavio Arriano, un griego bitinio romanizado. Adriano lo nombró gobernador de Capadocia, honor que rara vez se concedía a los de su raza, fue un general valiente y competente que rechazó una peligrosa invasión bárbara. Epicteto, del que Arriano había sido discípulo, le enseñó lo siguiente:
¿Acaso ignoras que todos los males humanos, las mezquindades y la cobardía no surgen de la muerte, sino del miedo a la muerte? En consecuencia, contra esto has de fortalecerte. Dirige a ello todos tus discursos, lecturas y ejercicios. Entonces descubrirás que sólo así los hombres se vuelven libres.
Tal vez fue la libertad de Alejandro lo que atrajo a Arriano. Sin embargo, la maraña de fantasías y de mentiras comprometidas molestó al virtuoso general. Por fortuna, llegó a tiempo de hallar intactas las principales fuentes en las bibliotecas que aún no habían sido incendiadas. Analizó el valor de las fuentes, posibilidad que ya no tenemos, y se decantó por Tolomeo; por Aristóbulo, el arquitecto–ingeniero, y por Nearcos, almirante y amigo de la infancia de Alejandro.
Es lo que reclamo; y no importa quién soy; mi nombre carece de importancia, aunque para los hombres no es desconocido; no importa mi país, mi familia, o el grado que he tenido entre los compatriotas. Preferiría decir: para mí, este libro mío es mi país, mi familia y mi carrera, y así lo ha sido desde la niñez.
En vida no gozó de gran fama y es una pena que no pueda saber lo mucho que le debemos. Alrededor del 3oo d.C., en las fértiles orillas de Alejandría, encrucijada del comercio y de las tradiciones, los pecios de la fábula, los cuentos populares, los rumores, las campañas propagandistas y las fantasías moralizadoras, combinados con algunos fragmentos de historia, fueron recogidos por un autor de poco talento, aunque ilimitadamente crédulo, y arrojados a las aguas del tiempo. Por muy increíble que parezca, se le atribuyó a Calístenes –que murió cuatro años antes que Alejandro– y se convirtió en la primera obra de ficción que ocupó los primeros puestos de traducción a lo largo y a lo ancho del mundo civilizado conocido. Mucho más allá del círculo de oyentes y lectores de primera mano, incontables analfabetos la oyeron repetida por una segunda, tercera, cuarta o centésima voz, a través de narradores de bazares, artistas itinerantes, gentes que aliviaban el tedio de un largo viaje, pedagogos, poetas cortesanos, juglares y sacerdotes. Primero se difundió entre los pueblos que había conocido y conquistado y, más adelante, entre aquellos que jamás había visto y sólo conocía por rumores, hasta llegar al Lejano Oriente, en cuya existencia Alejandro no creía porque le habían enseñado que la masa terrestre terminaba en la India. Proliferaron las variantes griegas; aparecieron versiones en armenio, búlgaro, etíope y siriaco, de donde pasó al árabe. Lo más importante fue que, poco después de su aparición, cierto julio Valerio la puso en latín, lengua universal del mundo occidental letrado. En los albores de la Edad Media, y mucho más allá de superada esta época, en Occidente el griego era más raro que el oro. El latín se hablaba en todas partes. La imagen de Alejandro llegó a la Edad Media a través del Calístenes de Valerio, así como de las fuentes romanas y sólo de éstas. Y la Edad Media pronto dividió en dos su imagen. Para la Iglesia fue un regalo, como lo había sido para los republicanos. Aquí estaba la Virtud corrompida por la Fortuna; la lujuria de la carne y de los ojos y el orgullo de la vida cabalgando a toda velocidad hacia el polvo y el juicio final. En una era en que los cruzados se enorgullecían de acercarse al Santo Sepulcro hundidos hasta los menudillos de sus monturas en sangre judía, en que se quemaba vivos a los herejes, en que la santidad se medía por un cilicio cubierto de piojos desde hacía diez años, y en que para escapar de la condenación los reyes excomulgados debían desnudar la espalda ante el látigo o arrodillarse en medio de brasas ardientes, del rey Alisauder podían extraerse severas y útiles moralejas. Cualquier época de ortodoxia opresiva, provenga del clero o de los comisarios, engendra rebeldes. «¡Al infierno iré!», grita el joven Aucassin, desafiando al reprobador guardián de Nicolete.
Al infierno van los jueces justos y los justos caballeros caídos en torneos o en grandes guerras, los buenos ujieres y los hombres de honor. Con ellos iré. Y allá van las damas corteses que tienen dos o tres amigos además de sus señores. Allá van el oro y la plata, la marta cebellina y el armiño; allá van los arpistas, los juglares y los reyes de la tierra. Con ellos iré y por eso tengo conmigo a Nicolete, mi más tierna amiga.
Allá también fueron con Alejandro. Sus romances medievales fueron un tema de ramificaciones incalculables. Es tal su fascinación que, pese a que los autores sólo tuvieron acceso a las fuentes más hostiles, bastaron los datos residuales para capturar la imaginación y hechizar. El incidente en sí podría estar muy apartado de la historia, pero el auténtico caballero saludaba al alma gemela. En Alexandreis y en el Roman d’Alexandre, es el modelo de valor y cortesía, glorioso con las armas, protector de las damas, justo y generoso con los enemigos, liberal con los vasallos. No es la Fortuna sino Dios quien dirige su destino; no es Némesis, sino la envidiosa traición la que provoca su muerte. No habían visto su retrato. A pesar de que se habría adaptado perfectamente a sus cánones de belleza, le dan un rostro convencional con un yelmo convencional y sólo se distingue por la elegancia de su armadura. Se aventura en el campamento de Darío disfrazado de heraldo, conquista el corazón de Roxana, escapa cruzando el río congelado y más tarde venga la muerte de su enemigo vilmente asesinado. Huye en un carro tirado por águilas y en una campana de cristal ve los monstruos de las profundidades. Al buscar por enésima vez el Agua de la Vida en medio de bosques peligrosos, consulta a los árboles proféticos del Sol y de la Luna y con serena valentía los oye vaticinar su final. Advertido por el oráculo de que un amigo íntimo lo matará e instado a purgar a los que le son más próximos, declara que prefiere morir a manos del único traidor antes que perjudicar a un inocente. (Casandro se habría asombrado de saber que era un camarada querido y de confianza.) Es envenenado y los Siete Sabios moralizan sobre su tumba. Constantinopla fue saqueada y los eruditos refugiados trasladaron al oeste los libros que pudieron salvar, el mundo erudito de Italia redescubrió la literatura y la historia griegas. En el siglo XV el erudito Vasco de Lucena escribió al emperador Segismundo y le explicó que, con respecto a Alejandro, Arriano era más digno de confianza que los autores latinos. Durante el Renacimiento, los romances quedaron relegados a los niños y a los ignorantes. Reapareció el Alejandro histórico. Pero su imagen permaneció condicionada por las leyendas y por una era sin arqueología que, mientras excavaba sin cesar por toda Italia para desenterrar copias romanas de los originales griegos que habían atraído a los romanos, admiró como ellos el virtuosismo de ese estilo suave y tardío, prefiriendo los contoneos sentimentales de Laocoonte a un Apolo más clásico y majestuoso. Con este espíritu, durante uno o dos siglos Alejandro proporcionó a los pintores temas para grandes lienzos: derrotando a Darío, protegiendo a las damas de la realeza, contrayendo matrimonio con Roxana. Su vehemente perfil se reduce a una insípida perfección; su codo correctamente redondeado esboza el gesto de una escuela de arte clásica; esplendorosa figura de cera con un yelmo imposible del que caen plumas de avestruz, Alejandro se convierte en la apoteosis del varón soprano, con armadura de oropel, en la época barroca, el vacuo títere imperial de El banquete de Alejandro, de Dryden. Entretanto, los estudiosos serios se dedicaron a examinar las fuentes y comenzaron las evaluaciones críticas cuando mediado el siglo XIX George Grote –el más impresionante de todos–, amén de muchos servicios valiosos a los estudios históricos, cometió el desatino de revivir al Alejandro ideológico. Grote jamás pisó Grecia, que a la sazón no disponía de alojamientos para turistas y estaba asolada por los bandidos, por tratarse de un radical comprometido, cometió el fatal error de mezclar la realidad con la anacrónica conciencia moral. Como había invertido todo su capital de fe en la democracia ateniense, decidió atribuir su caída a la maldad externa más que a la descomposición interna. Para él, Demóstenes tenía razón, Filipo y Alejandro estaban equivocados. A todos los efectos, el Alejandro de Grote es de nuevo el del Liceo; se trata de un tirano espontáneo que renuncia a las saludables virtudes griegas al saborear por primera vez el servilismo y el despotismo orientales. El compromiso da lugar al contracompromiso, y la defensa llegó demasiado lejos. Sir William Tam, que permaneció en activo hasta mediado el siglo XX, era más erudito y más tolerante que Grote. A su solidaridad hacia Alejandro también le aplicó –favorablemente– su propio código moral y con frecuencia lo defendió cuando en realidad no podía considerar que sus actos necesitaran atenuantes y en los casos en que, ciertamente, no habrían sorprendido a ninguno de sus seguidores, mientras que su consideración imparcial de las cualidades de los amigos o de los enemigos se expande hasta convertirse en la creencia idealista en la unidad de toda la humanidad. Los eruditos más recientes intentan restablecer el equilibrio. Sin embargo, estas evaluaciones, celebradas en círculos en los que se acuerda respetar las pruebas, se han colado como turbia filtración hasta niveles que sólo buscan la confirmación del dogma atrincherado. La resistencia a la nivelación ha hecho de Alejandro el principal demonio de los igualitarios, al tiempo que los pacifistas –bien intencionados pero poco leídos– han proyectado en él su horror hacia las atrocidades modernas (perpetradas a lo largo de dos milenios de cristianismo), que este pagano del siglo IV a.C. apenas habría atribuido a los salvajes. La imagen de Alejandro nos ha llegado, filtrada y refractada por todas estas capas de fábula, historia, tradición y emoción, algo de lo que nunca pudo separarse, tanto vivo como muerto.
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Alejandro Magno
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