En 327 a.C. Alejandro movilizó su ejército más numeroso, acrecentado con contingentes de todos sus nuevos dominios, para su marcha a la India. Tal vez llegó a disponer de 120.000 hombres. Esa campaña poseía los alicientes a los que era tan aficionado. Darío el Grande no había podido mantener las satrapías del Punjab y ahora se presentaba la ocasión de superarlo. Heracles, una de las grandes figuras ejemplares de Alejandro, había estado en esas tierras; lo mismo podía decirse de Dionisio, ese dios de nacimiento semihumano, que deambuló por allí en medio de su locura divina. (El genio espontáneo de Alejandro siempre le impidió reprimir el aspecto dionisíaco de su naturaleza: por ese camino habría alcanzado la auténtica demencia.) La India también atraía al explorador que moraba en su interior. No sólo eran legendarias sus maravillas, sino que su orilla mas lejana era, según creían todos los griegos, el fin de la tierra. Seguramente a esas alturas ya había cruzado rutas de caravanas que llegaban a China. Es posible que viera y tocara sus sedas. Sin embargo, los artículos comerciales cambiaban de mano a lo largo del camino, a menudo con señas de trueque casi imperceptibles, y los persas no sabían mucho más que él. Los geógrafos del macedonio apuntaron cuanta información pudieron recabar; ningún dato hizo añicos su convicción de que el océano infinito –el cinturón del mundo– se encontraba a pocos meses de marcha. No tenía ni la más remota idea de la extensión hacia el sur del subcontinente indio y suponía que desde la orilla oriental no tendría que emprender una gran travesía para llegar al Éufrates. Cuando se enteró de que en el Indo había cocodrilos, durante una temporada creyó que desembocaba en el Nilo. En Sogdiana había tenido su primer contacto con la tierra legendaria: la solemne visita del rey de Taxila, en el Punjab; se trataba de una antigua satrapía cuyo gobernante actual no quería perderla. El rey le ofreció regalos espléndidos y, exóticos, «Como los que más aprecian los indios», obsequios que sin duda incluían perlas y rubíes. Su recua de veinticinco elefantes pintados y engalanados causó una gran impresión; con gran astucia y como último gesto pródigo, el rey de Taxila cruzó los puertos de montaña con los paquidermos, a los que hizo retornar al campamento de Alejandro antes de seguir viaje a su reino. Esta experiencia acentuó el interés de Alejandro por el descubrimiento, y naturalmente el de sus hombres por el botín. En este momento queda en manifiesto la calidad del historial de que Alejandro puso bajo sus órdenes y las de Pérdicas más de la mitad del ejército, lo que evidentemente incluía a la mayor parte de los nuevos reclutas, por lo que se trataba de una tarea delicada. A su cargo quedaron los no combatientes, entre los que debía de contarse Roxana. No es posible que Alejandro la llevara al sitio al que se dirigía, pues se proponía controlar los lados de la puerta inmemorial por la que entrarían todos los demás. Sir Robert Warburton, que cumplió un cometido parecido en la década de los ochenta del siglo XIX, escribe en sus memorias: «A los que no conocen esa carretera he de explicarles que, gracias a las disputas y a las exacciones de los afridi, anteriormente el paso Khyber siempre estaba cerrado a las caravanas, al comercio y a los viajeros, excepto en los casos en que algún hombre se hacía fuerte y los obligaba a mantenerlo abierto durante un período; cuando el hombre fuerte había cruzado o se le pasaba el capricho, el paso volvía a cerrarse». Cuando Alejandro pasó, el hecho fue recordado durante dos milenios. La campaña comenzó en otoño. Al describir las operaciones invernales, sir Robert comenta: «Hacía tanto frío que el agua impetuosa se congelaba en las patas y en los ijares de mi poni dondequiera que lo tocaba». Alejandro libró muchos combates encarnizados en las fortalezas de las colinas, donde los miembros de las tribus se parapetaban al ver que se acercaba y se aprestaban a atacarlo por la retaguardia. Aunque rechazaban las exigencias de rendición, no estaban acostumbrados a las complejas técnicas de asedio y la mayoría de los ataques eran breves. Alejandro sufrió dos heridas de flecha, en el hombro y en el tobillo; aunque no eran graves, sus hombres reaccionaron violentamente, como ante todo lo que ponía en peligro la integridad de Alejandro. Se salvó a duras penas cuando el puente de asalto tendido hasta las murallas de Massaga se derrumbó bajo el peso de los hombres que pugnaban por combatir a su lado; por fortuna, la altura no era excesiva. Cuando dieron muerte al cabecilla tribal, los demás se rindieron, incluido un contingente de alrededor de 7.000 mercenarios de otra región. Alejandro acordó una tregua y negoció con ellos la incorporación a sus filas, propuesta que aceptaron. Sin embargo, por la noche empezaron a desertar. Alejandro llegó a la conclusión de que no podía exponer a sus hombres al riesgo de ser traicionados, de modo que rodeó a los indios y los abatió. Tuvo que ser un episodio bastante desagradable, pero no se merece la versión propagandista dada por Diodoro, que, ignorando al testigo presencial que menciona Tolomeo, lo convierte en un acto premeditado de venganza. Con la intención de defender a los miembros de la tribu de la acusación de crueldad absoluta, el valiente y sugerente sir Robert escribe:
Desde la más tierna infancia, las circunstancias de su existencia y de la vida enseñan al joven afridi a desconfiar de toda la humanidad; con suma frecuencia sus parientes próximos, herederos de su pequeña parcela por derecho de transmisión, son sus peores enemigos. Por tanto, la desconfianza hacia toda la humanidad y la disposición a dar el primer golpe en pro de la seguridad de su propia vida se han convertido en las máximas de los afridi... Tardé años en atravesar esta gruesa corteza de recelos.
Cuantos han participado de campañas en tierras inexploradas coinciden en que el destino de los prisioneros era espantoso:
Cuando te hieren y quedas tendido en los llanos de Afganistán y las mujeres salen en busca de los despojos, más te vale rodar hasta el fusil y volarte la tapa de los sesos...
Este postrer recurso del soldado de Kipling no estaba al alcance del de Alejandro. Aunque es posible que los mercenarios sólo pretendieran regresar a sus casas –como admite Tolomeo–, resulta comprensible que el macedonio no quisiera correr riesgos. La célebre hazaña de Alejandro durante esa campaña fue la toma de Aorno, la «roca sin pájaros», un macizo de 2.130 metros situado en un recodo del Indo, cuyos precipicios fueron tallados por los diluvios primitivos. La proeza asombró a sir Aurel Stein, que la redescubrió. Era imposible asediar el Aorno, que disponía de manantiales naturales y espacio para tierras de labrantío. Alejandro tampoco podía rodearlo porque estaba plagado de guerreros que habrían puesto en riesgo sus comunicaciones. Sólo quedaba una posibilidad: tomarlo por asalto. Guiado por nativos hostiles a los defensores, Tolomeo se apoderó de un contrafuerte exterior. Alejandro subió con sus efectivos, pero un ancho barranco le cortó el paso. Ordenó a sus hombres que talaran los pinares próximos acumuló capas de troncos, sobre las cuales echaron tierra; gracias al montículo, las catapultas podían disparar contra las murallas mientras rellenaban el barranco. Cuando las armas arrojadizas los alcanzaron, los defensores escaparon por la noche, Alejandro permitió que se fueran, contento de que el asalto fuese menos duro para sus hombres, y fue el primero en realizar la escarpada ascensión hasta la cima. Capturaron muchos prisioneros. Existía una leyenda india según la cual «Heracles» (probablemente el poderoso arquero Rama, con sus monos constructores de puentes) había intentado inútilmente coronar el Aorno. El esfuerzo y el triunfo debieron de dejar huella. El gobernante de Nysa y sus nobles, que buscaban desesperada mente la paz, se presentaron en la tienda de Alejandro y lo encontraron con la armadura puesta, polvoriento a causa de la cabalgada y, con la lanza en la mano. «Al verlo quedaron pasmados, se arrojaron al suelo y guardaron silencio largo rato.» Alejandro les pidió que se incorporaran y los tranquilizó. Alentados sin duda por un astuto comerciante o colono griego –muchos habían precedido a los macedonios–, le suplicaron que salvara su ciudad porque la había fundado Dionisio, de ahí la abundancia de hiedra, planta rara en esos parajes. Su buena voluntad fue la recomendación más sólida; de todos modos, Alejandro y los compañeros dieron un agradable paseo por el parque sagrado del dios indio local y, aclamaron a Dionisio con coronas de hiedra. Entretanto, el experimentado Hefestión había tendido un puente de pontones que cruzaba el Indo; se trataba de un logro extraordinario, pues permitiría trasladar el ejército a través del río ancho y torrentoso. Reunido con su amante y (aunque no durante mucho tiempo) con su esposa, Alejandro fue recibido por el rey Omfis de Taxila con una parada tan descomunal –incluidos elefantes de guerra, caballería, tambores y gongs– que un espantoso error se evitó justo a tiempo cuando Omfis apareció desarmado en la vanguardia. Alejandro respondió de la misma manera y bastaron los signos amistosos hasta la llegada de los intérpretes. Nearcos, almirante de la armada de Alejandro y uno de sus amigos de la infancia exiliados, redactó una monografía sobre la India, de la que se deduce que los macedonios establecieron contacto principalmente, y quizá sólo, con los conquistadores arios del norte, que aún mantenían las tradiciones de su antigua vida nómada. Los de Nysa eran tan rubios que no parecía que fuesen indios y los del Punjab son descritos como hombres muy altos. Empero, la comunidad de razas no había impedido las guerras crónicas entre los reinos del Punjab, lo mismo que entre los estados griegos, hecho que Alejandro ya conocía y del que se aprovechó. La alianza con Omfis supuso la enemistad de Poros, su poderoso vecino, cuyas tierras se extendían al este del siguiente brazo del río: el Hidaspes. Después de organizar un desfile impresionante, Alejandro se aprestó para la batalla.Tuvo a gala visitar a los ascetas locales o filósofos desnudos, como los llamaban sus tropas. El budismo ya tenía dos siglos y, a pesar de que su esfera de influencia se encontraba más al este, es posible que su influjo inclinara a esos hindúes hacia el «camino intermedio»: aunque no practicaban mortificaciones paralizantes, vivían sin posesiones, alimentados por la comunidad y apartados de los bienes materiales. Arriano (que por regla general recurre a Nearcos para los fragmentos descriptivos sobre la India y a Tolomeo para los bélicos) afirma que como reproche a la ambición de Alejandro los ascetas golpearon el suelo con los pies, dando a entender que sólo la tierra que estaba en contacto con las plantas de sus pies podía ser suya por muy impaciente que estuviese. Alejandro admiró la independencia de estos filósofos y convenció a uno de ellos para que se uniese a su corte, pese a las recriminaciones de los demás. Conocido por los macedonios con el nombre de Calano, rondaba la sesentena; Estrabón dice que en la veintena había hecho un juramento de cuarenta años que acababa de expirar y que era libre de hacer lo que quisiese. Es una pena no saber de qué hablaron Calano y Alejandro. La extraña amistad perduró, como demuestra su dramático final. La petición formal de vasallaje a Poros provocó el desafío esperado. Alejandro se movilizó con Omfis y prestó poca atención a la entrada en escena de un enemigo aún más insidioso: las lluvias monzónicas. Alejandro era realista ante los enemigos humanos y, a diferencia de Demóstenes, nunca los subestimó. Pero esta sensatez le falló en más de una ocasión con relación a los factores meteorológicos. La rigurosa formación a que Leónidas lo sometió en la niñez debió de condicionarlo para pensar en el clima en términos de penurias que había que soportar más que como una auténtica amenaza estratégica. Alguien tuvo que informarle de que las lluvias serían muy prolongadas y copiosas; seguramente replicó que a veces los soldados se mojaban y todos sabían que Alejandro quedaría calado hasta los huesos igual que ellos. Habían descansado después de los encarnizados combates en las colinas (el ejército de Hefestión también había librado duros combates, hecho que casi fue pasado por alto por Tolomeo, quien se explayó generosamente sobre sus propias hazañas). Cualquier demora habría parecido un signo de debilidad. Alejandro guió a sus hombres hasta el Hidaspes en medio de un aguacero cada vez más intenso. El río había empezado a crecer. Hefestión había hecho trasladar en carro desde el Indo sus pontones, pero ya era demasiado tarde para usarlos, salvo como balsas. En la orilla de enfrente, en el cruce más fácil, aguardaban el rey Poros y sus tropas, en compañía de doscientos elefantes. Durante meses Alejandro había luchado con los infantes; pero para una batalla campal necesitaba la caballería y los equinos tenían terror a los elefantes. En el campo de batalla se les podría hacer frente; el punto de mayor peligro era el momento de tocar tierra. Si los elefantes estaban en la orilla, los aterrorizados caballos se arrojarían de las balsas y serían arrastrados por las aguas. Ninguna operación muestra más claramente el polifacético genio militar de Alejandro que la batalla del Hidaspes: psicología bélica, nervios bien templados, reacciones rápidas ante las emergencias, inventiva, organización y el liderazgo que infunde una confianza absoluta. Día tras día, bajo la lluvia torrencial y las tormentas, mientras el río crecía sin cesar, Alejandro jugó una excelsa partida de faroles. Ordenó grandes desplazamientos de tropas hasta los posibles cruces y botó embarcaciones y balsas de manera provocativa. Construyó ostentosos depósitos de municiones e hizo correr la voz de que pensaba esperar el invierno, momento en que menguarían las precipitaciones. Se las ingenió para que Poros no sólo se asombrara de sus planes, sino de su calidad. Mostró todas las señales posibles de indecisión. Por la noche hacía marchar a su ejército a lo largo de la orilla, sonar las trompetas y lanzar gritos de guerra hasta que Poros y todos los elefantes acudían a su encuentro; entonces se retiraba y dejaba que el enemigo esperase en medio de la humedad hasta que amanecía. Repitió la maniobra noche tras noche. Poros, guerrero de descomunal estatura, terminó por despreciar profundamente a Alejandro y dejó de trasladar los elefantes cada vez que el macedonio hacía ruido. Alejandro ya estaba en condiciones de actuar. Eligió un recodo situado río arriba, donde estaría protegido por un promontorio y por una isla arbolada. Trasladaron las balsas sigilosamente por tierra. Crátero se quedó en el campamento, con un numeroso contingente, dispuesto a cruzar en cuanto los elefantes estuviesen ocupados en otro punto. Alejandro llegó al cruce al amparo de una poderosa tormenta. Además de Hefestión y Pérdicas, entre sus oficiales figuraban Tolomeo, Lisímaco y Seleuco, tres futuros monarcas. Atravesaron el río con los caballos sobre las balsas. Lo pasaron mal al descubrir que la orilla estaba interrumpida por un canal de la crecida, pero pudieron vadearlo. En este punto un detalle fascinante revela la estatura media del caballo de guerra griego: los hombres estaban sumergidos hasta el pecho y de los caballos apenas sobresalía la cabeza. Los elefantes no aparecieron. Los exploradores avisaron a Poros demasiado tarde. Envió a uno de sus hijos con una columna ligera de carros y jinetes. Fueron arrasados, pérdida que no podía permitirse. Su superioridad en infantería era inmensa, alrededor de 30.000 hombres por los 6.000 de Alejandro; pero no contaba con muchos soldados de caballería, acababa de perder la mitad (su hijo también encontró la muerte) y le quedaron 2.000 por los 5.000 de los macedonios. Desplegó sus cuantiosas tropas en el terreno más sólido que encontró, con la caballería en los flancos, la infantería en el centro y por delante la muralla de elefantes, separados por una distancia de 30 metros. Alejandro nunca fue un general que repitiera su última táctica bélica. Ni siquiera intentó remedar los logros de Gaugamela. Su habitual posición en el ala derecha se adecuaba a sus planes; pero cuando sus agotados infantes avanzaron penosamente en medio del barro, los hizo descansar hasta que llegó el momento de la arremetida decisiva. Al ver la prodigiosa hilera de elefantes, con las sillas rebosantes de armas, planificó la forma de hacerlos luchar a su favor. En un primer momento no se metió con ellos. Pidió a los arqueros montados (tracios en su mayoría) que acosaran y confundieran al ala izquierda de la caballería enemiga, a la que luego atacó con su propia ala de caballería. Fueron agredidos por la retaguardia por Coeno, un comandante de confianza al que volveremos a referirnos. Alejandro insistió en el ataque. Los soldados de caballería se replegaron en medio de los infantes, detrás de los paquidermos. Entonces los arqueros montados, abatieron a los cornacas y dirigieron sus dardos a las desconcertadas bestias; cuando los elefantes comenzaron a alejarse, llegó el momento de la falange, que se abalanzó sobre ellos con jabalinas y sarisas. (Los sufrimientos de este ser inteligente y leal al servicio de la agresividad del hombre son una de las tragedias vergonzosas de la historia.) Doloridos, presas del pánico y despojados de sus guías y amigos, los paquidermos sacudieron y aplastaron a los soldados que los rodeaban mientras los macedonios acordonaban en un terreno cada vez más reducido a la turba confundida y, desesperada. Los indios acababan de abrir una brecha y salían por allí cuando Crátero, que en el ínterin había cruzado el río que nadie defendió, se presentó con tropas descansadas y les cortó el paso. La escena resulta desconcertante: la inmensa horda de hombres y animales, la tempestad tamborileante, los relinchos, los barritos y los gritos, los cuernos de guerra y los gongs contrapuestos a los truenos; el pantano creciente que apestaba a sangre, las pisadas de los elefantes y el lodo del río; los rostros oscuros y los claros, que el barro y la lluvia tornaron inhumanos. Si tenemos en cuenta la habitual licencia que se suelen tomar los cronistas, las bajas indias fueron espantosas y, las macedonias escasas. Fue la última batalla campal de Alejandro y, tal como había deseado, su obra maestra. El rey Poros no era Darío. Siguió luchando a lomos de su valeroso elefante cuando los demás huyeron hasta que, herido a través de la abertura de la axila de la cota de malla, se volvió lentamente y se sumó a la desbandada de la retaguardia. Alejandro sentía admiración por él y al final le envió un embajador real, cometió la imprudencia de elegir al odiado Omfis, al que Poros de inmediato se dispuso a matar. Alejandro buscó otro emisario y Poros se rindió. El gigante real contempló desde arriba al enemigo vencedor, que, a su lado, parecía un crío bajito. El intérprete del muchacho embarrado le preguntó cómo quería ser tratado. «Sólo quiero ser tratado como un rey», replicó Poros. «Es lo que haré por mi propio bien. Pide algo por el tuyo», añadió Alejandro. Después de medir tanto la estatura interior como la exterior, Poros declaró que ya habían dicho lo necesario. En cuanto rindió vasallaje, su reino fue restablecido y se reincorporó al trono. Su lealtad duró toda la vida. Parecería que Alejandro, que rendía honores a los valientes, ni siquiera se olvidó de su elefante. Filóstrato repite una anécdota según la cual en un «templo del sol» de Taxila había un elefante viejísimo, que anteriormente había pertenecido al rey Poros, consagrado por Alejandro, que lo bautizó con el homérico nombre de Áyax; el pueblo solía ungir con mirra y adornar con cintas a ese héroe jubilado. En Taxila, Alejandro se ocupó de los ritos fúnebres de otro veterano más amado por él.
Alejandro fundó ciudades en los llanos donde se libró la batalla y en el sitio en el que se dispuso a cruzar el Hidaspes. Puso a la primera el nombre de Nicea por su victoria sobre los indios; a la otra la llamó Bucefalia en memoria de su caballo Bucéfalo, que murió allí, no a causa de una herida, sino de fatiga y vejez. El equino rondaba los treinta años y fue víctima del cansancio; hasta entonces había compartido con Alejandro muchas misiones y peligros y nunca fue montado por otra persona porque Bucéfalo no soportaba a otro jinete. Era alto de estatura y valiente de corazón.
Los escritores de romances se consideraron en deuda con Bucéfalo y le proporcionaron una muerte heroica en el campo de batalla; tanto su humanismo como el instinto de conservación habrían impedido que Alejandro entrara en semejante combate con un caballo de treinta y un años; seguramente Tolomeo, su compañero de toda la vida, es la fuente de Arriano en este caso. Bucéfalo había recorrido un largo camino desde los campos de pastoreo de Tesalia. Los arqueólogos siguen buscando fragmentos de su tumba junto al canal movedizo de Jhelum. La herida no obligó a Poros a guardar cama. Lo convencieron de que firmara la paz con Omfis y poco después salió de campaña con su nuevo monarca. Alejandro estaba preparado para desplazarse hacia el este, rumbo al sagrado Ganges y su desembocadura en el océano final; su entusiasmo se vio acrecentado por las maravillas indias reales y las fantaseadas: los banianos que constituían un bosque con un solo árbol, los sagaces elefantes, las pieles de tigre, las perlas, los zafiros y los rubíes, los brillantes tintes de telas, bigotes, barbas y traseros de los monos, los estanques de peces y los santuarios. No todas las maravillas fueron satisfactorias para sus soldados. Aunque los griegos creyeran que la mujer era una forma imperfecta del hombre, les pareció excesivo quemarla viva en la pira funeraria de su esposo. Las pitones expulsadas de sus madrigueras por las inundaciones eran enormes y poco atractivas. Peor aún eran las serpientes venenosas de todos los tamaños, hasta la minúscula y letal krait, capaz de acechar en un zapato o alrededor del pomo de una puerta. Alejandro reunió a los mejores encantadores indios de serpientes y utilizó sus medicinas, pero muchos hombres murieron víctimas de espantosos sufrimientos. Y, como de costumbre, llovía todos los días. Alejandro no estaba dispuesto a permitir que en esta ocasión la lluvia lo obligase a perder tiempo. Marchó hacia el norte contra un viejo enemigo de Poros que, al enterarse de la rehabilitación del rajá, les declaró la guerra a ambos. Alejandro redujo su territorio y se lo entregó como regalo a Poros; posteriormente, durante la misma campaña, fue liberado para que se hiciera cargo de él. Hefestión se trasladó con Poros a fin de consolidar la conquista, fundar nuevas ciudades y establecer guarniciones. Ninguna otra misión demuestra más claramente sus aptitudes diplomáticas y organizativas: tuvo que crear la administración de una provincia recientemente sometida, conferenciar con un antiguo y poderoso rival y, además, asumir la responsabilidad vital de las comunicaciones de Alejandro. Si no hubiese sido más que el querido confidente, el macedonio lo habría llevado consigo para que viese el océano. Ciertamente, a la vista de los resultados, debió de echarlo profundamente de menos. Alejandro continuó la marcha hacia las estribaciones de Cachemira y pasó por alto sus bellezas, preocupado únicamente por abrirse paso hacia el este. Le habían informado (correctamente) que el monarca cuyo retiro bordeaba el Ganges era un usurpador de baja casta al que el pueblo dividido despreciaba. Sus tierras eran ricas y populosas y sus elefantes extraordinariamente grandes. Alejandro estaba impaciente por seguir avanzando. Cruzó deprisa dos ríos más, uno en plena crecida; organizó un ataque sorpresa a la ciudad de Sangala (excepcionalmente defendida por una muralla de carromatos), derrotó a los miembros de las tribus hostiles y organizó los asuntos de los que reconocieron su dominio. Estaba demasiado ocupado como para enterarse de que, bajo una apariencia perfectamente disciplinada, la moral de sus hombres se había ido desmoronando. A esas alturas, probablemente los soldados habían llegado a la conclusión de que en la India llovía nueve o diez meses al año. A las desdichas de los remojones constantes se sumaban las de vestimentas no adecuadas. Podían pagar sin dificultades la buena lana o el hilo grueso a los que estaban acostumbrados, pero cuando éstos se gastaban sólo conseguían algodón delgado y, de baja calidad, sin resistencia, sin protección de los roces de la armadura y que se rasgaba nada más rozar, una espina; llamaban a esta tela «harapos indios». Estaban hartos de avanzar con las botas empapadas por el barro revuelto por la columna; de los caballos cojos, con las ranillas en mal estado y las herraduras gastadas; de tirar de las ruedas de los carros de bueyes que quedaban atascados en el lodo; de la comida mohosa, los cueros humedecidos y la limpieza diaria de todas las piezas de metal para evitar, que se oxidasen. No los entusiasmaba la idea de ver elefantes de tamaño aún mayor, de encontrar nuevas tribus de guerreros o de marchar medio mes a través del desierto que, según les habían dicho, los separaba del océano. Todavía les quedaba por cruzar un río del Punjab: el Beas. Cuando acamparon en sus orillas, se reunieron a hablar, y una significativa cantidad de soldados decidió no cruzarlo. En cuanto se enteró del descontento imperante, Alejandro se lo tomó en serio. Comprendía sus incomodidades y se solidarizaba con ellos, pero ya había hecho frente a esa situación, siempre les había levantado los ánimos y los había convencido de que lo siguiesen. En esta ocasión no temía fracasar. Convocó una reunión con los oficiales de los regimientos; su discurso, que Arriano nos ofrece, demuestra que sabía que éstos también estaban bajos de moral. Alejandro evocó hazañas y victorias del pasado y sus ricas recompensas; les recordó que siempre había compartido las penurias y les había dejado compartir el botín. «Es maravilloso vivir con valor y morir dejando tras de sí fama imperecedera», dijo. Cuando llegaran al océano infinito, los que lo desearan podrían volver a sus casas; entonces sería fácil; les aseguró con apasionado convencimiento que de todos era sabido que el océano fluía en el mar Caspio. Les recordó que Heracles alcanzó la divinidad gracias a sus trabajos. Probablemente fue uno de sus mejores discursos, pero en este caso no dio resultado. El férreamente fiel Coeno quebró el indeciso silencio. Con profundo respeto y cortesía aseguró que los oficiales no tenían motivos de queja; que la generosidad de Alejandro no daba pie a ello; que ya estaban más que bien pagados, incluso por futuras penurias. Y que intentaría hablar en nombre de los soldados. Arriano, que era soldado, lo dota de una franqueza y una simplicidad encomiables. Coeno habló de su cansancio (habían transcurrido ocho años desde que partieran con Alejandro), de la nostalgia de las esposas y los hijos que quedaron atrás, de los numerosos muertos. «La mayoría han muerto de enfermedad.» En una época sin antibióticos, el agua en malas condiciones y las enfermedades tropicales mataban a más soldados que los enemigos a los que jamás les volvieron la espalda. Casi con certeza tenía edad suficiente para ser padre de Alejandro e insistió para que permitiera que su madre lo viese. Que lo autorizara a guiar a los veteranos de regreso a casa, con el botín que les permitiría vivir como caballeros en su patria, y conducir luego a los jóvenes que lo seguirían en pos de nuevas conquistas. Cuando Coeno concluyó, los demás no aplaudieron: se pusieron a llorar. Alejandro no se hizo ilusiones: por fin había topado con una roca. Sin desesperar, levantó secamente la sesión con la esperanza de que recapacitaran. No pasó nada. Volvió a convocarlos, les comunicó que podían partir cuando quisieran y dejarlo avanzar con las tropas auxiliares; luego se encerró en su tienda y no permitió entrar a nadie. Intelectualmente, esa actitud debió de parecerle semejante a la colérica retirada de Aquiles; emocionalmente, dado el vínculo extraordinario que los unía, poseía algo femenino, una apelación a la preocupación de sus hombres por sus heridas y enfermedades; incluso por su dolor, real como había sido, ante la muerte de Clitos. Esta vez el ejército no se conmovió. Alejandro mantuvo la misma actitud durante dos días y, sus hombres le respondieron con la misma moneda: el enfurruñamiento. Al tercer día, ordenó que se prepararan los augurios sacrificatorios para cruzar el río. Estuvieran guiados por Amón o por su hijo, lo cierto es que todos fueron adversos. Alejandro decidió que tenía que emprender la vuelta. La cólera de las tropas se esfumó. Volvieron a ser sus hombres. Gritaron y lloraron de alegría. Muchos acudieron a su tienda, lo cubrieron de bendiciones y afirmaron que ésta, su única derrota, era la victoria de su amabilidad. Aunque la palabra derrota debió de dolerle, Alejandro mantuvo su estilo hasta el Final. La convirtió en un festejo, celebró juegos y carreras de caballos, dedicó el ejército a los doce dioses olímpicos y a cada uno le erigió un altar de la altura de una torre (ha sido imposible descubrirlos; quizá sólo dispuso de adobe), que marcaba el límite de su empresa. Luego regresó a las nuevas ciudades de Hefestión, en las que pudo desahogarse con el único hombre capaz de comprenderlo. La amargura que experimentó posiblemente lo acompañó el resto de sus días. Es probable que hubiese podido llegar al golfo de Bengala, pues su información sobre la ruta era atinada. Sin embargo, es imposible saber si la travesía le habría proporcionado nuevos conocimientos sobre las inmensas masas terrestres del Lejano Oriente, que quedaron definitivamente fuera de su alcance, o si una sensación de pequeñez habría estremecido su alma. Quizá los dioses fueron más benévolos de lo que Alejandro supuso.
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Alejandro Magno
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