Los macedonios no habían contado con Alejandro si esperaban una fácil marcha a través del Khyber y de la pacífica Sogdiana, Alejandro les dijo secamente que, como mínimo, le permitiesen dejar la India en lugar de escapar de ésta. Acababa de recibir información digna de confianza según la cual el Indo no desembocaba en el Nilo, sino en el océano infinito. Frustrado en su propósito de llegar al mar por el este, fue imposible impedirle que lo alcanzara por el oeste. Esa actitud contenía algo más que la sed del explorador: como la mayoría de los «anhelos» de Alejandro, poseía un elemento práctico. Le habían dicho que en la desembocadura del Indo se abría una vía marítima que conducía directamente a Persia. En su época se decía que «el mar une y la tierra separa»; donde quiera que hubiese agua, los desplazamientos eran más rápidos y a menudo menos peligrosos. Existía la posibilidad de una magnífica ruta comercial que acortase la larga y difícil senda de las caravanas, plagada de bandidos, se decía que el camino costero era arduo y la solución más plausible era el mar. Algunos estados del Punjab occidental aún no le habían rendido vasallaje; por consiguiente, viajaría río abajo hasta encontrar resistencia, la aplastaría, llegaría al océano y enviaría la flota a Persia mientras marchaba a su lado para abastecerla desde tierra, buscando futuros emplazamientos de fondeaderos. Designó almirante a su amigo Nearcos, nacido en la marinera isla de Creta. Durante la travesía por el Indo medio, Hefestión marcharía a lo largo de la orilla izquierda, al mando de casi todo el ejército, los elefantes y el inmenso séquito de no combatientes, en el que probablemente estaba Roxana, después de otro fugaz encuentro. No es probable que su marido la llevara por Beas, a través de torrentes crecidos y lluvias torrenciales y ahora tampoco la llevaría en una galera de guerra, por un río infestado de cocodrilos en el que se sabía que había peligrosos rápidos. Durante cerca de un año, Roxana debió de pasar más tiempo bajo la custodia de Hefestión que con Alejandro. Crátero conduciría una tropa numéricamente muy inferior por la orilla derecha. Hefestión y Crátero tenían el mismo rango; habían surgido rivalidades y estallado una suerte de fricción, que Alejandro allanó con una mezcla de firmeza y tacto. La separación les dio tiempo para apaciguar los ánimos y no volvemos a saber nada más de roces entre ambos. Mientras la flota se aprestaba se sumó otro nombre a la extensa lista de muertos por enfermedad de la que había hablado Coeno: él mismo. Sin duda por aquel entonces el cólera era tan endémico en India como en nuestros días. Coeno se había limitado a hacerse eco del malestar de la tropa, pero no fue su incitador, y Alejandro le ofreció un funeral con todos los honores. El embarco fue un espectáculo que quedó grabado en la memoria de Nearcos. Fueron solemnemente despedidos por Poros, a quien Alejandro no había concedido una simple satrapía, sino una monarquía tributaria sobre todas las conquistas entre Taxila y el Beas. Aunque había cerca de 80 barcos de guerra, la flota completa reunía una miscelánea de 2.000 naves. Los caballos viajaban en balsas, probablemente en los pontones de Hefestión, engalanados; para los indios, que jamás habían visto un caballo a bordo, fue un prodigio. Nearcos menciona los nombres de los triarcas, comandantes honorarios de las naves procesionales (los timoneles eran los auténticos capitanes) y que gozaban del privilegio de adornarlas: en su mayoría se trataba de macedonios de alto rango, incluidos Hefestión –que debió de reunirse más tarde con su contingente– y Tolomeo. Además de varios griegos, había –quizá significativamente– un tal Bagoas, «hijo de Farnuces» (así lo escribe Nearcos); no se trataba del joven favorito, sino de un príncipe persa. Farnuces, hermano de la esposa de Darío y hermanastro de Estateira, había caído en el Gránico. Este cumplido al primo de la futura esposa de Alejandro –el único persa que fue honrado de esta guisa– demuestra que quizá ya había empezado a forjar sus planes dinásticos. Antes del embarco al amanecer, Alejandro hizo libaciones a los espíritus del río, a Heracles y a los dioses que solía honrar. Con las primeras luces sonaron las trompetas y los cantantes de salomas organizaron a los remeros; las altas márgenes del río devolvieron la cadencia y los indios que estaban arracimados en la orilla, fascinados por el espectáculo, siguieron las naves durante kilómetros, sin dejar de cantar. Alejandro hizo altos en el camino para recibir los homenajes de diversas ciudades que ya se lo habían prometido. Por fin llegaron a la temida confluencia del Hidaspes con el Aquesines, cuyo desfiladero era profundo y estrecho. «Incluso desde lontananza se percibe el tumulto de las olas.» Los asustados remeros hicieron un alto y los timoneles les gritaron que remaran como nunca para evitar que los rápidos los arrastrasen de través. Lograron superarlos (seguramente desembarcaron a los caballos) a costa de varios remos rotos y de una colisión, de la que salvaron a parte de las tripulaciones. Alejandro estableció el campamento, ordenó a las naves que siguieran avanzando y reunió a las tropas situadas en ambas márgenes. Más adelante se extendían las tierras de los obstinados malios, que habían desafiado a sus emisarios. Como no estaba en condiciones de retrasarse, se abstuvo de proponer segundas negociaciones. Dejó a Crátero junto al río, a cargo de la base y de los no combatientes, y avanzó en un movimiento de pinza, enviando a Hefestión cinco días antes y pidiendo a Tolomeo que se rezagara tres jornadas. Alejandro y sus hombres evitaron el camino trillado y emprendieron una carrera corta y penosa a través del desierto, el sector por el que menos lo esperaban. La caballería sorprendió a los hombres de la primera ciudad malia trabajando los campos y los arrasó. Alejandro estaba tan impaciente como sus hombres por dejar la India. Si en algún momento abrigó la esperanza de que el ejemplo severo pondría fin a la resistencia, se equivocó. Lo único que logró fue volverla aún más combativa. Se encontraba en territorio de los brahmanes y la religión acrecentó las hostilidades. Una nueva y salvaje campaña era lo último que sus hombres esperaban. A esas alturas la retirada habría equivalido a un suicidio; sin embargo, a medida que las tropas tomaban por asalto una ciudad amurallada tras otra, Alejandro notó que perdían entusiasmo. Desde su perspectiva, sólo había una respuesta a esa actitud: dar ejemplo. Cuando los soldados retrocedieron ante una brecha, Alejandro la salvó solo y resistió hasta que sus hombres se sintieron avergonzados y combatieron a su lado. Una vez forzada la brecha, muchos indios se quemaron en sus casas. Los que huyeron fueron arrasados por Tolomeo y Hefestión, aunque muchos se refugiaron en la ciudad principal, que se alzaba en el emplazamiento de la moderna Multan. Adelantado con la caballería, Alejandro logró contener un contingente muy superior que lo interceptó hasta que llegó la falange y completó la derrota. Entonces cercó la ciudad. Como se trataba del último foco de resistencia, envió de regreso a la base a Tolomeo y a Hefestión. El segundo jefe de Alejandro era Pérdicas y en este caso dividió las fuerzas con él para asaltar la ciudad por dos lados. (Aunque ausente, Tolomeo no deja de señalar que su odiado rival llegó tarde a la misión.) Cuando Alejandro logró abrir una puerta de la muralla exterior, los malios huyeron a la ciudadela interior. Los persiguió por las calles hasta llegar a los muros y ordenó la escalada inmediata. Aunque los soldados trasladaron las escalas, Alejandro tuvo la impresión de que las colocaban sin entusiasmo. Cogió una de ellas, la apoyó en la pared y subió corriendo, protegiéndose la cabeza con el escudo y sin detenerse a mirar si sus tropas lo seguían. Al llegar a las almenas, utilizó el escudo para derribar a los hombres que tenía por encima, trepó al muro y despejó una zona con la espada. Tres oficiales subieron corriendo en su ayuda: Peucestas, Leonato y Abreas, un héroe más que probado cuyas hazañas fueron reconocidas con paga doble. Al verlos sobre el muro, convertidos en blancos de todas las armas arrojadizas, los soldados se apiñaron en la escala. La magia de Alejandro volvió a funcionar, aunque en este caso con excesiva potencia: la sobrecargada escala se rompió antes de que alguien lograra subir. El cuarteto seguía desamparado y el enemigo ya había reconocido a Alejandro, «no sólo por el esplendor de sus armas, sino por su coraje sobrehumano». El sector del muro en el que se encontraban estaba al alcance de las armas arrojadizas de las torres adyacentes y también desde abajo, pues en el interior se alzaba un montículo. Alejandro saltó en solitario hacia el montículo, al corazón mismo del enemigo. Arriano expone sus motivos, tan típicos que es posible que él mismo se los transmitiese a Tolomeo o a Nearcos. «Sintió que quedándose donde estaba correría un grave riesgo sin conquistar nada digno de fama; si saltaba hacia el interior del muro, tal vez asustase a los indios y para correr peligro más le valía cobrar cara su vida, luego de realizar grandes actos dignos de ser oídos por los hombres del futuro.» Ciertamente espantó a los indios, que se distanciaron después de que matara a varios en combate cuerpo a cuerpo; desde lejos los indios le arrojaron armas y Alejandro sólo pudo devolverles piedras. En el ínterin los valientes compañeros saltaron y se situaron a su lado. Peucestas portaba el homérico escudo de Troya; ésa era evidentemente su función habitual, si bien es la primera vez que oímos hablar de ella. En el momento en que logró cubrir con el escudo a Alejandro, protegió a un hombre que estaba al borde de la muerte. Los malios eran corpulentos y empleaban arcos potentes; una flecha de un metro había atravesado el corselete de Alejandro y se le había clavado en el pulmón. Aun así siguió combatiendo y se mantuvo en pie aferrado a un árbol que había utilizado para cubrirse las espaldas. Los movimientos provocaron una copiosa hemorragia y neumotórax, el colapso del pulmón perforado, momento en que cayó desmayado. «De la herida manaba aire mezclado con sangre», afirma Arriano; se trata de una atinada observación sobre las burbujas sangrientas que se ven en este tipo de herida, que suele ser fatal incluso aunque no se hagan esfuerzos posteriores. El valeroso Abreas murió a causa de otro «flechazo certero» que le atravesó el cráneo.Entretanto, los macedonios trepaban frenéticamente sobre los hombros de sus compañeros apoyándose en lo que encontraban. Al coronar el muro vieron el cuerpo inerte y lanzaron gemidos y aullidos que se convirtieron en ardorosos gritos de batalla. Demudados por la ira, el dolor y la vergüenza, arrasaron la ciudadela cual una plaga apocalíptica, matando a cuantos encontraron, incluidos los niños. Con la lengüeta de la flecha aún clavada en el pulmón, Alejandro fue retirado del fragor de la batalla. El cultivado Rufo Quinto Curcio le concede un discurso breve y lucido en el que alienta a sus amigos para que lo operen. Las dudas de éstos debieron de ser reales, pues era necesario abrir la herida para quitar la lengüeta, y era más que probable que su extracción lo matara en el acto. Alejandro seguía cubierto con el corselete. Desenvainó débilmente el puñal e hizo señas para que aserraran el astil pues las púas de la flecha no pasarían por el agujero de la coraza. Le obedecieron; posteriormente Pérdicas sostuvo que fue él quien, a petición de Alejandro, le abrió un lado del cuerpo. Alguien (¡probablemente Tolomeo!) dijo que un médico practicó la operación; pero el héroe más probable es Peucestas. Extrajeron la lengüeta e inevitablemente se produjo una nueva hemorragia; la pérdida de sangre, el dolor y la conmoción provocaron una anestesia natural y Alejandro volvió a perder el conocimiento. Cuando al regresar de la carnicería se enteraron de que Alejandro seguía con vida, los soldados montaron guardia alrededor de su tienda día y noche hasta que les comunicaron que estaba durmiendo. De momento, su sorprendente constitución había triunfado y, al igual que Aquiles, pagó con sus días el precio de la gloria. Casi con certeza, tenía una costilla astillada, era indudable que tenía el pulmón perforado, con la pleura pinchada por ambas paredes, y los músculos intercostales lacerados. A medida que curaran, esas capas dañadas –normalmente móviles– se cubrirían de adherencias de tejido cicatrizal rígido e irregular. Arriano, que en este caso es la única fuente de fiar, no dice de qué lado fue herido Alejandro. De todas maneras, a partir de entonces notaría la herida con cada movimiento del brazo y con cada inspiración profunda, herida que tres años después lo mataría. Entretanto, a medida que en el campamento renacían las esperanzas, el ejército de la base recibía la noticia de su muerte. Aunque enviaron palabras tranquilizadoras, nadie las creyó, la tropa dio por sentado que el alto mando ocultaría una noticia tan espantosa. No sólo esperaron un alzamiento indio generalizado sino que, como eran macedonios, supusieron que inmediatamente estallarían luchas de aniquilación mutua para hacerse con el poder. De todos modos, que nosotros sepamos no se avivaron las rivalidades entre Crátero y Hefestión; éste debía de estar demasiado afligido para preocuparse por ello. Fue imposible ocultar la situación a Alejandro, que de inmediato decidió que el ejército tendría que verlo si nada, salvo su presencia física, lo convencía de que seguía vivo. Con una herida en el pulmón de una semana aún sin cicatrizar, se hizo trasladar hasta el río –unos quince kilómetros– a fin de realizar el viaje por agua. Al avanzar aguas arriba, el movimiento de los remos debió de desencajarlo, pero pocos días después llegó. Nearcos describe la escena:
En cuanto la nave que portaba al monarca se acercó al campamento, éste ordenó que quitaran la toldilla de la popa para que todos lo vieran. Incluso entonces los hombres dudaron y pensaron que la nave trasladaba el cadáver de Alejandro hasta que al final, cuando anclaron [el sentido de la representación no lo había abandonado], Alejandro alzó la mano hacia la multitud; los presentes gritaron y algunos elevaron las manos hacia el cielo mientras otros las dirigían en dirección a Alejandro; en su asombrado gozo derramaron lágrimas sin poderse contener. Algunos miembros de la guardia real acercaron una parihuela mientras lo desembarcaban, pero Alejandro ordenó que le diesen un caballo. Cuando montó y todos lo vieron, el ejército en pleno batió palmas sin cesar y las orillas y los claros contiguos al río se hicieron eco de los vítores. Alejandro se apeó del caballo cerca de la tienda para que el ejército lo viese caminar. Todos los hombres se apiñaron a su alrededor y algunos le tocaron las manos, otros las rodillas y un tercer grupo la ropa; otros se limitaron a mirarlo desde una corta distancia y lo bendijeron a su paso; algunos le lanzaron guirnaldas de las flores indias que a la sazón estaban en flor.
Físicamente ese gesto debió de dejarlo exhausto; emocionalmente tuvo que ser un disfrute supremo. De todos modos, les había dado el susto de su vida y, con cierta sensatez, los oficiales se lo reprocharon. Salió en su defensa un rústico alférez beocio que, en el burdo lenguaje de su pueblo, dijo que los actos son la medida del hombre. Alejandro manifestó su gratitud. Pero la rendición incondicional de la totalidad de los malios fue un consuelo más sólido, fuera por respeto a su valor o por terror a sus tropas. También se rindieron sus poderosos vecinos, los oxidracos, contra los cuales Alejandro no había asestado un solo golpe. Sin duda concedió impresionantes audiencias, sentado, a enviados que ignoraban que estaba débil como un niño y que al menor esfuerzo escupía sangre. El frío relativo del invierno contribuyó a su prolongada convalecencia. En ningún momento abandonó el mando de la campaña. En cuanto estuvo en condiciones de moverse, siguió desplazándose río abajo y por el camino recibió embajadas de sus nuevos territorios, que le ofrecieron variopintos regalos principescos, de perlas a tigres criados y domesticados con todo mimo. También recibió la visita de Oxyartes, su suegro. Algunos soldados nostálgicos de la Alejandría bactriana habían intentado desertar cuando les llegaron los rumores de que el rey había muerto. Probablemente el verdadero motivo de la visita de Oxyartes fue averiguar si su hija ya estaba embarazada. Desde su salida de Taxila, exceptuando un breve interludio, Alejandro había estado en guerra en condiciones que no le habrían permitido llevar a su esposa y había sufrido una herida hacía tan poco que aún no estaba en condiciones de llevar una vida sexual activa. Amplió la satrapía de Oxyartes hasta el límite del Hindu Kush, con el dominio nominal de los territorios aún no sometidos que se encontraban río abajo. Obviamente, las guarniciones estarían al mando de macedonios. No era posible instalarlo mucho más lejos de la corte. Es probable que Alejandro ya estuviera pensando en un segundo matrimonio aún más regio. Reorganizó sus tropas mientras convalecía en un campamento situado debajo de la confluencia del Indo y el Chenab. A pesar de la herida y a pesar –sin duda a causa– de las advertencias acerca de una ruta peligrosa, seguía decidido a guiar la marcha costera que apoyaba la flota de Nearcos. Ofrecía una combinación irresistible de utilidad, desafío y aventura. Se decía que Ciro el Grande y Semiramis, la reina guerrera de Asiria, sufrieron allí graves contratiempos de los que a duras penas salieron con vida. Como Alejandro había trazado cuidadosamente sus planes, esperaba que su expedición triunfara y pasara el río sana y salva. De todos modos, debía de ser ligera y móvil y sería abastecida por columnas de provisiones enviadas desde la base. Era imposible trasladar al grueso del ejército con sus elefantes, sus masas de transporte pesado, los veteranos agotados por el paso del tiempo, los heridos en condiciones de andar y todo tipo de no combatientes. Además de las penosas condiciones, no existían posibilidades de alimentarlos. A Crátero le correspondió la misión de regresar a Persia con el grueso del ejército y de procurar reducir al mínimo los sufrimientos. Una vez más Roxana quedó bajo la custodia de un comandante: sólo las mujeres de los soldados rasos, capaces de soportar lo indecible, seguirían a sus hombres a lo largo de la costa. Arriano afirma que todo el contingente fue trasladado en balsas hasta la orilla izquierda del río –operación que debió de durar semanas– porque de ese lado la marcha era menos ardua y las tribus más pacíficas. Esa maniobra demuestra claramente que quería marchar a la vera del río hasta Taxila, donde podrían recoger las provisiones necesarias antes de abordar el Khyber, la ruta principal que Alejandro tanto se había esforzado por asegurar. Empero, se ha supuesto que el macedonio lanzó esa fuerza enorme, de avance lento y muy vulnerable, directamente hacia el norte (alejándose del río), hacia territorio jamás pisado por sus tropas, sin mapas, montañoso y en parte desértico: el sendero que atraviesa los pasos de Multa y Bolan hasta Kandahar, en los cuales –en fecha tan reciente como el siglo XVIII– el ejército persa pasó graves aprietos. La «tierra de los arachotianos» –que, según Arriano, Crátero atravesó– está muy poco definida y probablemente llegaba hasta el Indo. Crátero y sus fuerzas llegaron tarde a la cita persa, aunque en excelente estado, lo que da testimonio de una ruta indirecta y menos inhóspita. Después de su partida a lo largo del río, Hefestión siguió siendo el segundo jefe indiscutido de Alejandro, categoría que mantendría durante lo que le quedaba de vida. El último obstáculo que se interponía entre Alejandro y el mar era la región del bajo Indo y su antiguo delta, que ahora se ha desplazado. Uno de los rajaes, Musicano, se había resistido a someterse, pero lo hizo en cuanto Alejandro llegó; el segundo rajá apenas presentó resistencia; el tercero, Sambo de Sind, le había rendido vasallaje de antemano, con la esperanza de ver destruido a Musicano, su odiado enemigo. Furioso y alarmado al ver que Musicano salvaba la vida, y espoleado por los brahmanes, Sambo se rebeló, se asustó y huyó. Su familia se rindió y acusó a los brahmanes, a los que Alejandro hizo ahorcar. En medio de esas operaciones, Musicano violó el tratado y se levantó en armas; es probable que sus propios brahmanes hubieran declarado la guerra santa. Como siempre después de una traición, Alejandro atacó à’outrance: tomaron por asalto las ciudades, mataron a los hombres y esclavizaron a las mujeres. El uso de armas envenenadas por los indios agudizó el conflicto. Esos territorios eran vitales para las comunicaciones en la marcha costera y Alejandro estaba decidido a asegurarlos. (No tuvo éxito.) Aunque se hizo con el territorio, no consta que en estos combates llevara a cabo alguna hazaña personal. Debió de experimentar por primera vez la pérdida de esa energía inagotable que toda la vida había dado por sentada. A lo largo de los meses siguientes necesitaría todas las energías que le quedaban. De los inválidos que Crátero guió de regreso a casa, muchos debieron de estar en mejores condiciones que el monarca.Una vez sometido el país, Hefestión se ocupó de convertir Pattala –la ciudad principal– en un puerto fortificado. Sin duda se reunió con Alejandro para su tan esperada visita al océano. Es probable que el joven Bagoas hiciera lo propio, pues Alejandro no lo despachó con la escolta de Crátero. Bailarín que no dejaba de practicar, Bagoas poseía una resistencia física que le sería muy útil en la travesía. La flotilla real embarcó por el brazo norte del delta, pero el monzón volvió a soplar y se topó con un vendaval. Los barcos encallaron y varios naufragaron; los nativos huyeron y al principio resultó imposible encontrar guías autóctonos. Mientras esperaban, tuvo lugar un portento aún más aterrador que el vendaval: se retiraron las aguas. Como hasta entonces sólo habían conocido mares interiores, no sabían que por primera vez en sus vidas asistían a la marea menguante. Puesto que Grecia es zona sísmica, seguramente algunos habían oído hablar de la siniestra retirada que precede al tsunami. Después de varias horas de angustia las aguas retornaron y se mantuvieron dentro de los límites anteriores. Aunque los dioses fueron amables, nadie sabía lo suficiente para amarrar las naves encalladas, que sufrieron duras sacudidas. Al final, encontrados los timoneles y realizadas las reparaciones, Alejandro se dirigió a una isla cercana a la costa, en la que hizo un sacrificio en honor de los dioses que, según dijo, le había ordenado Amón. Por fin salió a mar abierto. Allí mataron dos toros y los arrojaron a las aguas en honor de Poseidón; junto con las libaciones, Alejandro ofrendó los cuencos dorados en los que las sirvió. De todas maneras, sólo fue la mitad del acontecimiento que Alejandro esperaba celebrar. Debería haber sido el océano oriental, y su orilla el fin del mundo– la mejor recompensa de la falta de aliento y del dolor crónico a un lado del cuerpo. Corrían los días de su aniversario: había cumplido treinta y un años.
*
Como Alejandro había planificado esa marcha en razón de la ruta marítima, los intereses de la flota eran prioritarios. Los barcos griegos evitaban desplazarse por la noche, incluso por aguas conocidas; en éstas, donde hasta las estrellas eran desconocidas, navegar era impensable. Ya hemos mencionado su incapacidad de trasladar víveres para un período superior a unos pocos días; de ahí la necesidad de aprovisionarlos desde tierra y de protegerlos cuando tenían que varar. La marcha se vio obligada a seguir el litoral en lugar de buscar la ruta interior más directa. Mientras soplara, el monzón sería adverso a las naves y, en consecuencia, la marcha debía comenzar a principios de otoño. Aunque habían advertido a Alejandro sobre las condiciones desérticas, probablemente su experiencia india lo llevó a esperar de esa estación mucho más alivio del que realmente disfrutaría: jornadas más frescas y agua de la que llenaba los torrentes de las montañas nevadas, como la que aún abastecía los ríos del Punjab. Ocupó el resto del verano en operaciones contra las tribus situadas al norte de la antigua desembocadura del Indo y en el emplazamiento de su desagüe actual a fin de asegurar los nuevos puertos. Este pueblo –los oreitianos– quedó bajo el mando de un sátrapa macedonio, encargado también de preparar un tren de provisiones para la expedición. En cuanto ésta partió, estalló una rebelión y el sátrapa fue asesinado. Sin duda los oreitianos saquearon las provisiones porque Alejandro no recibió nada y sólo más tarde le dieron una explicación de lo ocurrido. Los miembros de la flota, que se internaron por aguas desconocidas, se sintieron alentados al saber que Nearcos –uno de los mejores amigos del monarca– se aventuraba a comandarlos... gracias a su impaciente insistencia, como él mismo escribió. Tal como se desarrollaron los acontecimientos, la flota fue la que mejor suerte corrió. Sus penurias fueron terribles y grandes los peligros; no obtuvo de Alejandro los víveres que pretendía enviarle ni los pozos que se había propuesto abrir. Para sobrevivir, los marinos se convirtieron en piratas y atacaron por sorpresa las modestas viviendas de los aborígenes paleolíticos para apoderarse de sus escasos alimentos; acabaron la travesía quemados por el sol, demacrados, cubiertos de sal y convertidos en brutos irreconocibles, pero casi todos sobrevivieron. A Nearcos le quedaban doce saludables años de vida. Arriano afirma que, de todas sus fuentes, sólo Nearcos sostuvo que Alejandro no conocía todas las dificultades de la travesía. Y Nearcos era quien mejor debió saberlo: era el compañero de mando de Alejandro, con el cual había planeado la expedición, los acuerdos para los depósitos de alimentos, las estaciones de agua, las balizas y los puntos de encuentro. Casi con toda certeza Nearcos tiene razón: si Alejandro hubiese previsto los horrores que le aguardaban, no habría permitido que los seguidores del campamento se sumaran a la marcha, menos aún las mujeres y los hijos de los soldados. Tanto el Asia más próxima como la más lejana ya debían estar sembradas de las tumbas anónimas de esas pobres víctimas, de las cuales no todas habían elegido su sino; muchas mujeres de las ciudades caídas fueron llevadas por hombres de razas extrañas que no hablaban una sola palabra de su lengua y dieron a luz a sus hijos detrás del primer arbusto, para morir o seguir avanzando dificultosamente. De todos modos, ni las heladas bactrianas ni las fiebres indias habían infligido las pérdidas que iban a sufrir. El ejército se puso en marcha con toques de trompeta. Los mercaderes fenicios lo siguieron porque les habían llegado rumores sobre la existencia de especias, una de sus mercancías más apreciadas. Al principio se vieron recompensados con gran cantidad de mirra y nardos, que perfumaron el aire gracias al roce de los pies de los soldados. Ya se habían internado por terreno inhóspito, cuyos espinos eran tan afilados que podían desmontar a un hombre. Pronto se convirtió en auténtico desierto y seguían sin aparecer los convoyes de alimentos. Según estaba acordado, Alejandro envió destacamentos en busca de puertos, agua y forraje. Lo que encontraron sólo habría servido a la ciencia aún no nacida de la antropología; tal como coincidió posteriormente Nearcos, los habitantes costeros eran «mas bestias que hombres»; no sólo tenían la cabeza, sino el cuerpo cubierto de pelo, en lugar de herramientas usaban piedras, se alimentaban de pescado crudo y bebían de pozos entre helechos que cavaban con sus uñas semejantes a garras: probablemente se trataba de un grupo aislado de hombres de Neanderthal. Cuando tierra adentro dieron con unas pocas vituallas, Alejandro cumplió la palabra dada a la flota y envió a la orilla un cargamento que debía quedar señalado por una baliza; durante el recorrido las hambrientas tropas del convoy abrieron los sellos y se comieron hasta la última migaja. Los oficiales informaron sobre las necesidades de los soldados, Alejandro aceptó las explicaciones y no castigó a nadie. Cada vez era más evidente que las naves tendrían que valerse por sí mismas; el macedonio ya tenía bastantes problemas con los que estaban a su cargo. Pasaron sesenta días de esta guisa: los más espantosos de toda su vida. Arribaron a una inmensidad de colinas de arena blanda y acumulada por el viento, «en las que se hundieron como si pisaran barro húmedo o nieve virgen». Caballos y mulas se hundieron aún más que los hombres y pasaron todavía más dificultades, pues tuvieron que trepar por los surcos bajo un sol de justicia. El otoño no supuso temperaturas más frescas. Había agua a intervalos muy distantes; los exploradores anunciaban la distancia de cada marcha, aunque avanzaban de noche, a menudo amanecía antes de que llegaran y tenían que seguir como fuera o morir. Las mulas y los caballos que caían de agotamiento eran devorados en el acto y poco después se los empezó a sacrificar para alimentarse. Aunque fue informado, Alejandro hizo la vista gorda. Los reproches que se hizo a sí mismo quedan de manifiesto en su conducta. Al igual que después del asesinato de Clitos, no podía permitirse el lujo del aislamiento. La pérdida de las bestias de carga y de los carros inútiles tuvo una penosa consecuencia: no había transporte para los enfermos ni para los insolados. Era imposible que los acarreasen hombres que apenas estaban en condiciones de caminar. Una vez caídos, se limitaban a aguardar la muerte: «la mayoría se hundió en la arena como hombres perdidos en alta mar. Muchos encontraron la muerte al beber desaforadamente cuando dieron con agua; se solazaron y la contaminaron. Más adelante, Alejandro optó por acampar a cierta distancia de las fuentes de agua, si bien no lo hizo hasta después de ocurrido el peor desastre de la marcha. Habían dado con el lecho de un ancho río por el que corría un hilillo estival de agua y acampado en las arenas. La lluvia que caía en las colinas lejanas provocó una riada repentina. En vez de producir el alivio esperado, resultó letal. Alejandro había declarado que pasarían una noche de descanso; las mujeres y los niños supervivientes se habían echado a dormir cerca del lecho del río; sin aviso previo, el muro de agua arrastró a más de la mitad. Dedicaron el día siguiente, bajo un calor abrasador, a la tarea de buscar a los ahogados a fin de proporcionarles un mínimo rito funeral. Tal vez Alejandro también se habría ahogado si no hubiese estado despierto a pesar del cansancio; su tienda fue arrastrada por las aguas y perdió cuanto poseía, por lo que tuvo que depender de sus amigos hasta para una muda de ropa. Sin duda necesitaba los pequeños consuelos que se esfumaron; muy pronto comenzarían a afectarlo las privaciones. Aunque podía tener la certeza de que disponía de una buena montura, en esas condiciones no podía emprender una cabalgada de toda la noche y todas las responsabilidades recayeron en él. Por suerte, había llevado a Hefestión. ¡Ojalá éste hubiese vivido y escrito sus memorias! El valor de su apoyo, que los rivales jamás le reconocieron, queda de manifiesto en los honores que Alejandro le concedió posteriormente.La columna siguió avanzando a duras penas, y los moribundos iban cayendo, gritando sus nombres por si cerca había algún amigo que pudiera oírlos antes de que descendieran los buitres. La desesperación mataba tanto como una plaga. Hasta entonces, Alejandro había montado a caballo y en ese momento debió de parecerle más que suficiente. Hizo lo que su personalidad le obligaba a hacer: desmontó y encabezó la marcha a pie. Según Arriano, lo hizo «con gran dificultad y como mejor pudo». Este acto sitúa al incidente en la historia, pues no es probable que dicha observación se hiciera en época anterior. Arriano añade que desmontó para que las tropas soportaran más fácilmente el esfuerzo al ver que todos lo compartían; en resumen: hizo desmontar a todos los oficiales y no estaba dispuesto a ser la excepción a la regla. Durante una de las largas marchas que duró hasta bien entrado el calor del día, se le vio «muy afligido por la sed», como era de prever: el hombre que respira jadeando no puede cerrar la boca para evitar que entre el polvo. También debía de estar muy afectado por el dolor, pero ni lo mencionó. Su apuro era evidente; cuando algunos tiradores encontraron una charca minúscula en medio de un terreno pedregoso, recogieron el líquido en un casco y se lo ofrecieron deprisa a Alejandro. Fue un acto de abnegación al que el macedonio respondió con la misma moneda: les dio las gracias y tiró el agua. Arriano dice que fue un gesto tan positivo como compartirla para cuantos lo presenciaron. El relato es detallado y factual; tanto Tolomeo como Aristóbulo formaban parte de la expedición y Nearcos recibió la información enseguida. Entre los biógrafos existe la extraña tendencia a suponer que se trata de una anécdota traspasada por el hecho de que en el cruce del Oxo se produjo un incidente parecido. Más bien se podría decir que el segundo sustenta al primero. El incidente del Oxo tuvo que ver, básicamente, con su actitud habitual. Se ha repetido al infinito que, una vez superados otros rivales, Alejandro seguía siendo su propio enemigo, y en el desierto de Makran se vio casi obligado a ello. En el Oxo la situación en conjunto es menos extremada y las penurias transitorias; no arroja el agua porque muy pronto habrá suficiente para todos, sino que la envía a los niños a los que estaba destinada; se trata de un joven en forma que se comporta como un buen oficial. En Makran permaneció en pie medio muerto, y respirar suponía un verdadero padecimiento, hecho que no pudo ocultar a quienes lo veían. Los soldados mueren como ganado, puede decirse que a causa de sus errores de cálculo, no quiere que lo vean aceptando privilegios que podrían haber salvado la vida de sus hombres; aunque la situación lo mate, no dejará de estar a la altura de su leyenda. Es la actitud típica de Alejandro. Si hay algo indiscutible sobre él, es que valoraba su orgullo más que su vida. Afortunadamente, además del orgullo mantuvo la sensatez. Ordenar a los oficiales que desmontaran, hecho que lo hizo sentirse obligado a caminar, fue mucho más que un gesto. Guiados en lugar de montados, unos pocos caballos se mantuvieron en forma y pudieron trabajar en casos de emergencia. La expedición debió su supervivencia a esta previsión. Una violenta tormenta de polvo modificó los contornos de la zona y anuló los mojones por los que los guías se orientaban. No sabían guiarse por las estrellas y llegaron a la conclusión de que estaban perdidos. En ese momento de desesperación, Alejandro supo claramente que si daban vueltas estaban condenados. El mar se encontraba a la izquierda y podían llegar a él guiándose por el sol. Encabezó personalmente el equipo de reconocimiento con los últimos caballos en condiciones. Hombre tras hombre fueron cayendo cuando a las monturas les fallaron las fuerzas bajo el calor del mediodía. Alejandro llegó al mar con los últimos cinco. Cerca de la playa había un manchón verde; cavaron y encontraron agua dulce. Transmitieron la noticia al ejército, cuya ordalía tocó a su término. A partir de allí, los guías conocían el camino y pronto arribaron a territorio habitado. Alejandro había mejorado los desastrosos anales de Ciro y Semiramis, a los que, según las memorias de Nearcos, tenía la ambición de superar; de todos modos, no los aventajó por mucho. Aunque logró llegar con más supervivientes, no dejó de ser un desastre. Lo produjeron dos factores: la información inadecuada sobre la ruta, hecho al que se refiere Nearcos, y la interrupción de los suministros. El sátrapa macedonio encargado de los víveres había muerto, contingencia de la que Alejandro se enteró cuando mandó que lo arrestaran. No buscó más víctimas propiciatorias para el resto del desastre, y tanto durante la marcha como después cargó con todos los problemas. Ni siquiera responsabilizó a los dioses. Por fin llegaron abundantes provisiones de los alrededores y una vez en Carmania se ocupó de que sus hombres fueran agasajados, entretenidos y de que descansaran. Todas las fuentes hablan de un avance dionisíaco hacia la capital, con bebidas libres en cada alto; también sostienen que Alejandro viajó con sus amigos en una tarima adornada de púrpura y tirada por dos carros. Arriano apostilla que Tolomeo y Aristóbulo omiten este último dato; empero, sería típico de Alejandro disimular de esta manera el hecho de que apenas le quedaban fuerzas para montar a caballo. Si la flecha malia le había dejado alguna esperanza de llegar a viejo, lo cierto es que la tiró, como el agua, sobre las arenas de Makran. El único descanso que tuvo fue puramente fisico. Enseguida se enteró de que, mientras algunos sátrapas leales o prudentes recababan caballos, camellos y provisiones para él, otros se habían convencido de que no regresaría y habían abusado desaforadamente de sus poderes. Alejandro oyó a los testigos y se dispuso a impartir justicia, al tiempo que mantenía las fiestas y encontraba tiempo para participar en ellas. A este hecho debemos el extraordinario testimonio de la popularidad que había adquirido gracias a su comportamiento en el desierto, a pesar de lo mucho que sus hombres habían sufrido. Plutarco (apoyado por el narrador de anécdotas Ateneo) afirma que asistió a un concurso de danzas en el que Bagoas –que debió de ponerse en forma deprisa– se alzó con el premio. Con el traje de baile aún puesto, Bagoas cruzó el escenario en dirección a Alejandro, que lo hizo sentar a su lado. «Ante lo cual los macedonios aplaudieron y le pidieron a gritos que lo besara, hasta que por fin lo estrechó en sus brazos y lo besó cariñosamente.» Esta anécdota habla bien de Bagoas, que sin duda debió abstenerse de todo lo que despierta el odio hacia los favoritos reales; y es aún más explícita sobre el profundo afecto que sentían hacia Alejandro y que en su indulgencia abarcaba cuanto éste valoraba, incluso su eunuco «bárbaro». Por esas mismas fechas se presentó Crátero con su ejército multirracial, los elefantes, Roxana y varios sátrapas rebeldes o despóticos que detuvo en el trayecto. Por graves injusticias hacia sus súbditos, Alejandro condenó a muerte a un persa y a un macedonio–, su rasero superó la difícil prueba de la igualdad de trato. Arriano dice que el principal motivo de que su gobierno fuese aceptado por los diversos pueblos conquistados respondía a que «jamás permitió que aquellos a los que encomendaba la tarea de gobernar los maltrataran». Estos cuidados eran triviales en comparación con su preocupación por la flota, que seguía desaparecida. Había emprendido esa marcha para proveerla y protegerla y no había logrado ni lo uno ni lo otro; lo obsesionaba la idea de que todas esas vidas, entre las que se contaba la de un viejo e íntimo amigo, se sumaran al cómputo de víctimas. Finalmente un gobernador local llegó corriendo para dar la noticia de que la flota estaba varada– pero en su impaciencia por ser el primero en llegar y cobrar la recompensa, el gobernador no les prestó ayuda ni transporte, de modo que nadie apareció. Furioso ante esas falsas esperanzas, Alejandro hizo arrestar al gobernador. Nearcos y unos pocos amigos se desplazaron como mejor pudieron y fueron auxiliados por algunos exploradores enviados a esperarlos, que en un primer momento los confundieron con vagabundos harapientos. Se dieron a conocer y fueron llevados ante Alejandro, que abrazó a Nearcos y se echó a llorar, convencido de que eran los únicos supervivientes. Cuando supo que toda la flota estaba a salvo volvió a llorar de alegría y dijo que, puesto que su perdición habría anulado su buena fortuna precedente, para él esa noticia era más valiosa que la conquista de toda Asia. Pocos griegos cultivaban la gravitas romana y Alejandro no se contaba entre ellos; no obstante, esa escena sugiere la descarga nerviosa de un sistema debilitado que ha resistido tensiones casi insoportables. Se celebró una fiesta de acción de gracias con una gran procesión. Aclamado como adalid y cubierto de guirnaldas, Nearcos cabalgó en primera fila al lado del rey. Entre los premios y ascensos, Peucestas –que en Multan había protegido a Alejandro con el escudo de Troya– recibió el reducido pero importante cargo de guardia real hasta que se le pudiese entregar su auténtica recompensa: la satrapía de Persia, en manos de un usurpador al que Alejandro aún debía hacer frente. Con la mayor parte del ejército, Hefestión fue enviado a Susa por la agradable ruta del litoral a fin de proporcionar un descanso aún mayor a los hombres del desierto. Si es que lo hubo, el descanso de Alejandro ya había terminado. Cabalgó hacia el interior real de Persia: la Pasargada de Ciro el Grande, la Persépolis de Darío el Grande. Las fuentes no precisan si llevó o no a Roxana. Lo acompañaron Bagoas y el filósofo indio Calano; a su manera, cada uno debió de mostrar su valía ante la difícil prueba del desierto. En Pasargada, el sátrapa de Media llevó ante Alejandro a un tal Baraxis, quizá pariente de la casa real, que en ausencia del macedonio se había proclamado rey. Alejandro lo hizo ahorcar y ejecutó a varios gobernadores que habían maltratado a sus vasallos. Su severidad no influyó en la tradición popular; en el romance persa se lo califica con el epíteto de «reparador de desagravios». Sin embargo, esa actitud fue aprovechada por los propagandistas atenienses y una vez más el crédulo Rufo Quinto Curcio, cotejadas las pruebas de primera mano, muestra hasta qué extremos estaban dispuestos a llegar.En sus memorias, el arquitecto Aristóbulo narra lo impaciente que Alejandro se mostró por visitar la tumba de Ciro nada más conquistar Asia. Probablemente lo hizo mientras se encontraba en la cercana Persépolis, pues encomendó a Aristóbulo el inventario de su contenido: se trataba de un típico entierro real aqueménida, con un sarcófago de oro montado sobre una tarima y rodeado de ricas ofrendas sepulcrales, joyas, armas y suntuosas vestimentas. Alejandro siguió practicando el sacrificio tradicional de un caballo por mes al espíritu del héroe. La mayor parte del mausoleo sigue en pie y da testimonio de la precisa descripción realizada por Aristóbulo. Como precaución contra los profanadores de tumbas, los constructores estrecharon la entrada luego de introducir el sarcófago. A su retorno Alejandro la encontró violada y saqueada; incluso arrancaron fragmentos del sarcófago para hacerlo pasar y los huesos de Ciro estaban dispersos. Alejandro lo habría honrado incluso como enemigo (probablemente lo habría preferido a Darío); ese grave insulto a su héroe ideal (y al de Jenofonte) lo enfureció. Los magos guardianes del santuario aseguraron no saber nada y tampoco se les extrajo dato alguno mediante tortura. (Tiempo después el delito fue rastreado hasta un macedonio.) Aristóbulo describe con lujo de detalles las instrucciones que recibió para ponerlo todo igual a como lo había visto la primera vez –incluidas las cintas que ornaban la tarima– y a continuación tapiar la entrada. Una generación posterior de ladrones tuvo que cavar bajo el umbral. Alejandro siguió hasta Persépolis, donde llevaron a su presencia al sátrapa usurpador Orxines. Éste había asumido el cargo a la muerte del sátrapa legítimo y sus súbditos lo acusaron ante Alejandro de «matar a muchos persas sin motivos» y de saquear templos y sepulcros reales, probablemente las tumbas de Persépolis talladas en la roca. Orxines fue condenado y ahorcado; le sucedió Peucestas, que estaba totalmente persianizado, hablaba el persa con fluidez y gozaba de una alta estima. Evidentemente, la versión de Rufo Quinto Curcio se fraguó a muchísima distancia de Persia. Sin embargo, a menudo la calumnia se sustenta en un fragmento de la verdad y quizá sea cierto que Bagoas participó en el juicio de Orxines; había conocido y estaba en condiciones de identificar los tesoros palaciegos de Darío III, algunos de los cuales tal vez figuraban entre los bienes saqueados en los sepulcros. El relato de Rufo Quinto Curcio discurre por los siguientes derroteros: Orxines, sátrapa noble y virtuoso, dotado del espíritu del bien público, se hace cargo de Persia durante la ausencia de Alejandro; cuando éste regresa, Orxines se presenta y le rinde homenaje con una sucesión de magníficos regalos para él y todo su séquito... salvo Bagoas, a quien envía un mensaje en el que dice que no honra a los pervertidos sexuales. Después de este acercamiento típicamente oriental a un favorito real, el ingenuo y confiado Orxines espera una recompensa por su probidad. Poco después se abre la tumba de Ciro (en el texto se supone que por primera vez) y, siguiendo las mejores tradiciones de Esparta o de la Roma republicana, se descubre que el difunto monarca sólo ha sido enterrado con su vieja cimitarra, el arco y las flechas. Subyugado por Bagoas, Alejandro se cree la mentira según la cual Darío le había dicho que la tumba estaba llena de oro, el mismo oro que constituye la fuente de la riqueza de Orxines. Se lo condena por esta prueba; cuando se lo llevan, Bagoas se le acerca, y Orxines comenta desdeñosamente que en Persia es una novedad que un eunuco gobierne. ¡En la misma corte en que, menos de dos décadas atrás, un gran visir eunuco había ostentado el poder supremo y matado a dos monarcas! No es fácil rastrear con tantos detalles el proceso de difamación de Alejandro. En Persépolis, Alejandro manifestó su pesar al ver las ruinas del palacio ennegrecidas por el fuego. Ya no debió de parecerle el punto culminante ideal para una fiesta de éxito. Al bajar hacia Susa lo aguardaba otra incineración. Calano, que en la India no había enfermado nunca, padecía una grave afección interna, quizá cáncer. Impaciente ante un final largamente postergado que perturbaba su serenidad, pidió a Alejandro que lo dejase morir según su propia elección. El macedonio intentó convencerlo de lo contrario, pero fue imposible; sabedor de que, si se lo negaba, Calano se las ingeniaría hasta conseguirlo, Alejandro decidió hacerlo a lo grande. Al llegar a Susa encargó a Tolomeo que erigiera una magnífica pira. Desfilaron la caballería y los elefantes reales. Calano, que estaba demasiado débil para montar el caballo que le proporcionaron, fue trasladado en parihuela, al tiempo que entonaba himnos a sus dioses. Alejandro le había proporcionado ricas ofrendas fúnebres que arderían con él, pero Calano las repartió entre amigos y discípulos, pues en la muerte no necesitaba más posesiones que en vida. Dijo a los presentes que se regocijaran en lugar de llorarlo y se tendió en la pira. Cuando la encendieron, Alejandro ordenó el toque de trompetas y que los elefantes entonaran el barrito real, pero no fue necesario ahogar ningún grito, pues Calano ardió sin inmutarse. Arriano afirma que Alejandro estaba afligido en virtud de la amistad y que los demás «no experimentaron nada, salvo un gran estupor». De todos modos, la borrachera posterior sugiere una reacción intensa. Como de costumbre, Alejandro fue capaz de irse a la cama por su propio pie (ni siquiera las fuentes más hostiles dicen que tuvieran que llevarlo), aunque más de treinta hombres murieron «de frío», probablemente porque acabaron tumbados bajo las mesas en una noche de invierno. Tanto Arriano como Plutarco aluden a una anécdota según la cual los amigos fueron a despedirse de Calano cuando se acercó a la pira. El indio no quiso despedirse de Alejandro y dijo que volverían a encontrarse en Babilonia. El reencuentro con Nearcos y la flota, que llegaron por el río, fue una celebración más feliz; los integrantes de esa odisea plagada de sufrimientos merecieron un festival. Repartieron recompensas al valor en India y Hefestión fue elevado por encima del tan valorado Crátero y nombrado chiliarco jefe: en términos persas, gran visir. Hasta entonces, ningún cargo conllevaba precedencia absoluta después de Alejandro; el macedonio había salvado las rivalidades anteriores diciendo que Crátero era amigo del rey y Hefestión de Alejandro. Sin embargo, la ordalía compartida deja huellas en cualquier relación humana y ese tributo sin duda se hacía eco de los sentimientos de Alejandro después de la marcha por el desierto. El hecho de que Crátero lo aceptara sin resentimientos queda de manifiesto en la confianza absoluta que Alejandro le dispensó hasta el fin de sus días. En Susa destituyó a varios sátrapas más que no eran de fiar, los ajustició cuando comprobó que habían cometido delitos o si eran demasiado peligrosos. En conjunto, los reemplazos fueron con más frecuencia macedonios en lugar de persas, hombres que habían demostrado sus aptitudes para el mando. Aunque las elecciones fueron correctas, pronto desaparecieron las esperanzas griegas de que Alejandro descartara las «costumbres bárbaras». Impulsado por una especie de apremio creativo, como tantos hombres geniales de corta vida, Alejandro pensaba en una nueva generación en la cual dichas distinciones desaparecerían. Antes de partir hacia el este, había dejado en el palacio de Susa a Sisigambis, la reina madre, y a sus nietos. El niño, que en esa fecha rondaba los catorce años, no vuelve a aparecer en la historia; seguramente se incorporó a la nobleza iraní durante las guerras de sucesión. Sus dos hermanas estaban en edad núbil. Alejandro contrajo matrimonio con la mayor en una ceremonia de tal magnitud que a partir de entonces sólo se la pudo considerar como su esposa principal. La ceremonia fue mucho más que una boda; a diferencia del incendio de Persépolis, fue una auténtica proclama. Otras ochenta parejas compartieron la celebración; oficiales importantes y amigos a los que dio, además de generosas dotes, muchachas de las familias de más alcurnia de Persia. Sin duda Roxana estaba en la ciudad. No se sabe qué dijo pero, después de la muerte de Alejandro, escribió con sangre sus pensamientos. Aguardó el momento oportuno. Ni los novios elegidos ni los parientes de las novias elegidas pusieron objeciones: bastó con la voluntad de Alejandro. Su propia novia se llamaba Estateira (nombre que le venía de la madre) o Barsine; las fuentes difieren. Su hermana Dripetis fue entregada a Hefestión; Alejandro quería que entre ambos existieran lazos de parentesco a través de sus hijos. Crátero se casó con una sobrina de Darío; Tolomeo, con una hija de Artabazo; Nearcos, con una nieta habida de la unión entre el general griego Memnón y la otra Barsine, presunta (aunque improbable dada su edad) madre del dudoso pretendiente al trono. Esta lista demuestra que en todo momento los hijos de Espitámenes –el jefe guerrillero muerto– vivieron bajo la protección de Alejandro. La hija de Espitámenes fue dada a Seleuco, que, a diferencia de casi todos los demás, no la abandonó a la muerte de Alejandro ni la descartó para celebrar un matrimonio más conveniente; esta mujer se convirtió en reina y en madre de una dinastía. Cares, el chambelán de la corte, escribió un libro de anécdotas titulado Anécdotas de Alejandro; entre los fragmentos que sobreviven figura el relato del banquete de bodas. Sobre el amplio estrado que había delante del palacio se erigió un pabellón de 800 metros de diámetro. Las columnas tenían 20 codos de altura (la medida del codo era variable, seguramente las columnas se alzaban unos nueve metros) y estaban enjoyadas y doradas. Barras doradas sustentaban cortinas laterales con dibujos. Había cien sofás con patas de plata para los principales invitados; las alfombras eran de color púrpura, escarlata y oro. Arriano afirma que los esponsales se celebraron a la manera persa; instalaron sillas para los novios según su categoría; después de los brindis de rigor, entraron las novias y cada una tomó asiento al lado de su novio, que le cogió la mano y se la besó, siendo Alejandro el primero. El ejército y los invitados menos importantes fueron agasajados en el patio exterior. Alejandro incluso proporcionó los aposentos nupciales, hasta los armazones de las camas chapados en plata (el real era de oro). Según Cares, el banquete duró cinco días y actuaron los exponentes más famosos de todas las artes. Alejandro volvió a honrar al actor Zetalo, que tiempo atrás había corrido tantos riesgos por él en Caria. Los súbditos aliados enviaron coronas de oro por la friolera de 15.000 talentos; probablemente esas obras maestras fueron fundidas para hacer frente a unos gastos aún más descomunales.Aristóbulo afirma que Alejandro también se vinculó con la más antigua estirpe real de Oco al contraer matrimonio con su hija Parisatis. Si lo hizo, no es probable que la boda se celebrara en esa misma ocasión a no ser que la celebrase el día posterior al festín. Alejandro era sensible al ridículo y el único precedente de bigamia real simultánea lo había sentado Dionisio de Siracusa, tirano muy impopular y frecuentemente satirizado. Tolomeo, que formaba parte del grupo nupcial, no dice una sola palabra sobre esos esponsales. De todas maneras, no se entiende por qué Aristóbulo se lo inventaría. La proclama de las bodas fue a la máxima escala. Alejandro regularizó y dotó los matrimonios de todos los soldados rasos que habían tomado concubinas persas: alrededor de 10.000. Unos cuantos estaban casados en Macedonia; sea como fuere, legitimó a los hijos de esas uniones, a los que consideraba bajo su protección. De su relación con Barsine–Estateira se sabe aún menos que de la que sostenía con Roxana. El único hecho demostrado es que al año siguiente, cuando Alejandro murió en Babilonia, Roxana estaba allí, mientras que Estateira se encontraba en Susa. Al recordar su poca estatura, conviene señalar que Darío, hombre muy alto, se había casado con su hermanastra; por consiguiente, es probable que esa característica familiar se transmitiese. El nombre Roxana significa «pequeña estrella». Entre los amigos de la infancia de Alejandro premiados con las novias de más alcurnia brillaba por su ausencia un rostro: Hárpalo había huido. Durante la ausencia de Alejandro, se había desplazado a Babilonia con la enorme colección de tesoros y se había hecho cargo de la casa de la moneda. Era un esteta y había descubierto en su interior un amor por la abundancia semejante al de Alejandro; la diferencia en la posesión del dinero debió de parecerle trivial teniendo en cuenta que había tanto. Más que oprimirlo, había fastidiado al pueblo, que se ofendió por tener que rendir honores semidivinos a dos cortesanas atenienses a las que Hárpalo colocó sucesivamente como si fueran miembros de la realeza. No sabemos si contaba con la muerte de Alejandro o, simplemente, con su indulgencia. Habían sido muy amigos, y Hárpalo se mantuvo a su lado durante su desgracia y su exilio, actitud que Alejandro jamás olvidó. Pese a sus descomunales malversaciones, gracias a la confesión y el encanto, el pecador probablemente sólo habría sufrido un ligero castigo si hubiera mantenido la sensatez. Perdió el rumbo cuando se enteró de la purga de los sátrapas desleales y huyó a Grecia con 6.000 talentos en metálico, 30 barcos –con toda probabilidad comprados en Asia Menor– y unos 6.000 mercenarios griegos de la misma procedencia. Con anterioridad había enviado barcos con grano a Atenas para aliviar la escasez y, confiando en que contaría con la buena voluntad de la ciudad, había desarrollado un plan descabellado para financiar una rebelión. Gastó más de 300 talentos en sobornos a los políticos (Demóstenes se quedó con la mayor parte, lo que supuso su posterior caída). Después de complicadas intrigas, los atenienses se mostraron contrarios a la rebelión pero se quedaron con el dinero. Olimpia, enemiga aún más temible que el propio Alejandro, ordenó el arresto de Hárpalo, que huyó por mar con sus hombres, uno de los cuales lo asesinó en Creta, sin duda para quedarse con el oro. Si Alejandro hubiese hecho el más mínimo esfuerzo, probablemente lo habría detenido y el juicio de Hárpalo no habría sido más que una mera formalidad; a pesar del desencanto, sin duda aún perduraba parte de la antigua gratitud. De todos modos, la ofrenda de Agen –una farsa satírica sobre Hárpalo y sus reinas diosas, con algún toque a los atenienses y a Alejandro en tanto deus ex machina –por parte de un dramaturgo de la corte no fue mal acogida, pues aún sobreviven algunos fragmentos. Después del reparto de las dotes, en Susa abundaba el dinero y los comerciantes que vivían de los soldados consideraron oportuno saldar sus ruinosas deudas. Las tropas habían vivido con las riquezas y la temeridad de los bucaneros. Ahora tenían problemas y en uno de sus gestos magnánimos Alejandro anunció que saldaría todas las deudas. Lo aceptaron con nuevos recelos. Alejandro no sólo había adquirido una esposa persa en Susa sino, automáticamente, una corte persa; por añadidura, había introducido soldados persas en los regimientos más selectos. Los macedonios se sintieron desairados. Su jefe era y debía seguir siendo su Alejandro, no el gran rey de los bárbaros. Corrió el rumor de que había hecho esa oferta para averiguar, con fines disciplinarios, qué soldados gastaban más de lo que ganaban. Los nombres tardaron en aparecer. Cuando Alejandro conoció los motivos, se sintió herido en sus sentimientos y en su orgullo. Declaró con gran dignidad que el monarca jamás debía mentir y que sus súbditos no debían suponer que lo haría. Era un sentimiento tan persa que podría haber emanado de Ciro. De todas maneras, Alejandro lo respaldó con pruebas. Se borraron las anotaciones en las tablas de dinero y se pagó a todo aquel que presentó un título de deudor, con la certeza de que nada quedaría registrado. A Alejandro le costó 10.000 talentos, parte de ellos reclamados con documentos falsos, y de momento recuperó la confianza de sus soldados. De todos modos, el amor propio de la tropa pronto volvería a recibir una sorpresa. Cinco años antes, durante su estancia en Bactriana, Alejandro había elaborado un proyecto que para entonces maduró: en las diversas provincias alistaron 30.000 muchachos persas, los adiestraron en el empleo de armas macedónicas (en el cual aparentemente se incluía la enseñanza del griego) y les proporcionaron vestimenta macedonia. Ese ejército en cierne ya estaba maduro y se trasladó a Susa para que Alejandro le diese su aprobación. Los muchachos, que rondaban los dieciocho años, fueron elegidos uno por uno por su porte y su constitución física. Cuando desfilaron ante Alejandro con sus bonitas panoplias, el macedonio quedó tan satisfecho con su boato y su brío que en un momento de descuido los llamó sus sucesores. ¿Cuántos de esos jóvenes, medio siglo más tarde, contaron a sus nietos que en sus mocedades, en la lejana Susa, contemplaron a Sikandar con sus propios ojos? Así es como nacen las leyendas. Ajados por la intemperie, agobiados y cubiertos de cicatrices, los veteranos de la India contemplaron con amargura el lucido desfile. Ya había demasiados persas en el ejército. La esposa de campaña había estado muy bien en Bactriana, pero una boda real persa era algo muy distinto. Detestaban ver que un buen militar macedonio como Peucestas se instalaba alegremente en la corte de un sátrapa con el beneplácito del monarca, hablaba persa como los nativos y tenía el descaro de pasearse en pantalón. Se habían puesto furiosos cuando un regimiento mixto en el que había macedonios quedó bajo el mando de oficiales persas. Y ahora aparecía todo un cuerpo de persas helenizados, que hacían gala de vestir sus prendas y de exhibirse con sus armas. No vieron allí a los sucesores de Alejandro, sino a los propios; el monarca «concebía todos los medios posibles de hacerlo sin macedonios» y «se estaba barbarizando totalmente». Aunque las viejas quejas y las nuevas se mezclaron coléricamente, la disciplina se mantuvo. Según sucedieron las cosas, en ese momento Alejandro estaba ocupado con los griegos como un griego más. Había enviado emisarios a las ciudades de la Liga de Corinto –los estados que originalmente lo nombraron jefe militar– para exigirles que le rindieran honores divinos. En la historia existen arraigados errores de interpretación que la verdad no logra corregir. Siempre habrá quien crea que Canuto hablaba en serio cuando ordenó que cambiara la marea, a pesar de que sus contemporáneos sabían muy bien que se trataba de una lección moral, y quien siga suponiendo que esa petición de Alejandro marca el inicio de su megalomanía. Esos honores no sólo le fueron voluntariamente ofrecidos años atrás por varias ciudades liberadas de la Grecia asiática, sino que a menudo le fueron conferidos a hombres con méritos menores. Hacía menos de un siglo, los oligarcas de Samos se los concedieron a Lisandro, el brutal general espartano, por haber mantenido su tiranía. En un momento de sensiblería, Hárpalo incluso organizó el culto póstumo de su primera hetaira como Afrodita, y se rieron de él en lugar de apedrearlo por blasfemo. Por muy solemnemente que fuesen concedidos, los honores divinos no suponían inmunidades ni derechos específicos. Para los intelectuales racionalistas de la época eran una distinción importante, como el premio Nobel, para las multitudes para las que la religión aún tenía significado, daban a entender que el destinatario se había elevado por encima de las limitaciones normales de la humanidad, hasta el extremo de que los dioses habían tenido alguna participación. Las leyendas sobre el nacimiento, que después de su muerte tan rápidamente le atribuyeron a Alejandro, no fueron propaganda sino hagiografía. Como solía hacer tan a menudo, el macedonio pensaba simultáneamente a dos niveles. En su seno notaba la chispa divina encendida por Amón. En lo objetivo, necesitaba por razones estrictamente políticas la posición que ese reconocimiento le proporcionaría. No reclamó honores divinos en Persia ni en Macedonia, sitios en los que, por diversos motivos, lo habrían comprendido; en Egipto ya contaba con ellos y los quería en Grecia, donde le serían provechosos. Los obtuvo sin dificultades, no en virtud de que en la Hélade hubiese inspirado la menor veneración, sino porque los políticos griegos eran profundamente cínicos. Respetaban el poder. Hasta Demóstenes restó importancia a la cuestión diciendo: «Dejemos que Alejandro sea hijo de Zeus. Y, si le apetece, también de Poseidón». Se organizó para la siguiente primavera la partida de embajadas religiosas con los tributos rituales. Alejandro no las esperó y pasó de inmediato a su verdadero propósito. Pese a su inconstitucionalidad, ordenó imperiosamente que las ciudades aceptasen el retorno de sus exiliados.Nadie más podría haberlo hecho. Los exiliados eran consecuencia de las enemistades mortales. Las disputas partidistas en las ciudades–estado griegas se remontaban al período anterior a los tiranos del siglo VI a.C., a los que habían instalado en el poder. Después de cada golpe de estado del siglo V a.C., los cabecillas del partido desbancado eran desterrados por temor a que se desquitaran de sus enemigos. Lo mismo ocurría, a menudo, con los rivales muy poderosos; algunos se habían vengado desquitándose con su país, como el funesto Alcibíades. Otros habían acogido con los brazos abiertos a los invasores extranjeros a cambio de apoyo. Las luchas habían continuado a lo largo del siglo IV a.C. y el Asia griega estaba llena de exiliados. Los 50.000 mercenarios de Darío se componían, en parte, de exiliados. Aunque hubiese querido apartar de su mente ese problema, últimamente Alejandro se había enterado de que Hárpalo había congregado a no menos de 6.000 exiliados desesperados para su desatinado proyecto. Y aún quedaban unos 20.000 abandonados a su suerte, presas fáciles de cualquier aventurero en condiciones de alimentarlos. La exigencia de retorno de Alejandro significaba, lisa y llanamente, el retorno con inmunidad; los vulgares asesinos y los profanadores de templos estaban excluidos. Cuando el heraldo difundió la noticia en los siguientes juegos olímpicos, los vítores fueron ensordecedores. En conjunto funcionó, lo que evitó muchas desdichas. Empero, en las ciudades se produjeron algunas perturbaciones. En esa sociedad individualista supuso recuperar al enemigo personal, que sabía exactamente quién había provocado su caída; el hombre esperaba el momento oportuno y, con él, sus hijos. En algunos casos supuso la desagradable devolución de sus tierras. Por último, y lo que es más importante, socavó la política de Antípatro en los estados sureños. Éste había garantizado su subordinación a Macedonia apoyando muchos gobiernos oligárquicos severos, los cuales habían expulsado grandes cantidades de exiliados. Luego de una larga y ajetreada ausencia, Alejandro se puso en contacto con el oeste, hizo saber firme aunque cortésmente que no estaba de acuerdo con todo lo que se había hecho en su nombre. En la primavera de 324 a.C., después de varios meses dedicados a esas actividades, puso rumbo hacia el bello palacio en las colinas de Ecbatana, residencia estival de los monarcas persas. Probablemente sintió la necesidad de descansar. Sea como fuere, experimentó uno de sus anhelos: explorar el Tigris; haría la primera etapa en barco mientras el ejército marchaba a las órdenes de Hefestión. Se encontrarían en Opis antes de dirigirse a las colinas. Dicha ciudad ribereña está en la vía real que llega al Mediterráneo y allí Alejandro se proponía licenciar a los veteranos más viejos con altas bonificaciones por los prolongados servicios prestados. Aunque lo obligaba a desviarse mucho, consideraba impensable que otra persona los despidiera. Luego de un par de semanas de ocio casi sin precedentes, semanas en las que su actividad consistió en ocuparse de que limpiaran las vías navegables, Alejandro arribó a Opis y organizó el desfile. Durante su breve ausencia, los macedonios que marchaban tuvieron tiempo de elaborar sus quejas. Liberados de la desagradable perspectiva de la campaña del Ganges y descansados después del fácil regreso al oeste con el contingente del interior, los veteranos con siete décadas de vida a las espaldas no tenían el menor deseo de ser licenciados, lo consideraron un agravio debido a las tendencias bárbaras de Alejandro y recabaron la solidaridad de sus compañeros. Confiado, Alejandro trepó a la tarima del recinto del desfile y agradeció sus leales servicios. Acababa de prometerles bonificaciones que se convertirían en la envidia de sus vecinos cuando sobre su cabeza estalló la tormenta. Su voz se perdió en medio de los furiosos gritos de las tropas, que chillaron: «¡Puedes licenciarnos a todos!» y «¡Vete de campaña con tu padre!». Era el mismo tipo de situación en la cual los emperadores romanos morían como verracos asesinados o, si eran lo bastante fuertes, restablecían el poder con un baño de sangre a base de diezmos, decapitaciones y azotes a muerte. Alejandro se limitó a saltar de la tarima y caer en medio de la multitud vociferante. Los generales saltaron tras él. (Hefestión tuvo que ser el primero pues se encontraba de pie a su lado.) Si lo hubiesen rodeado, los generales no habrían podido hacer nada, salvo morir junto a Alejandro. Pero nadie lo tocó. Fue de un lado a otro, señaló a los cabecillas (al menos eso dice Arriano, y Tolomeo debió de estar en medio del gentío) y ordenó su detención. Cuando se los llevaron, nadie puso reparos. Volvió a la tarima y pronunció un discurso. El ejército lo escuchó. No sabemos si en el poco tiempo que le quedaba de vida consideró este episodio más sobresaliente que la toma de la roca sin pájaros. Es posible que, lisa y llanamente, diera por sentado lo que ocurriría. Sería extraño que ese discurso no quedase grabado hasta la ancianidad en la memoria de Tolomeo. Es extraordinario, con un ímpetu natural muy distinto a los rasgos fríos y barrocos de las composiciones de Rufo Quinto Curcio; merece la pena leerlo completo en Arriano. Dijo a los soldados que, si querían, podían licenciarse, pero antes convenía que recordasen que Filipo y Alejandro los habían arrancado de la pobreza de los pastores montañeses acosados por enemigos cercanos («que os daban un miedo pánico») para convertirlos en amos del mundo. Fue una resonante sucesión de victorias. Los desafió a que mencionaran cualquier riqueza o penuria que no hubiese compartido con ellos. («Fijaos... Si alguno de vosotros tiene cicatrices, que las muestre y yo le enseñaré las mías. No hay una sola parte de mi cuerpo sin señales... al menos por delante.») Les recordó que mientras los condujo nadie había muerto en plena huida. Luego de una resonante perorata, les propuso que retornaran a Macedonia y se jactaran de haberlo abandonado entre las razas que juntos habían conquistado. «Cuando lo contéis, os haréis famosos entre los hombres y seréis un placer para los dioses. «¡Idos de una buena vez!» Abandonó la tarima, regresó a los aposentos reales y dio un portazo. Había causado impacto. Sin saber qué hacer, los macedonios deambularon por el campamento. Nadie se fue. Alejandro no apareció en dos días. Después, los soldados vieron que entraban persas. Corrieron los rumores. Alejandro había hecho caso de las palabras de sus tropas y se disponía a reemplazarlas. Junto a los grandes regimientos macedonios tradicionales –los compañeros infantes, los escudos de plata, los compañeros de caballería– se crearían cuerpos persas que portarían esas designaciones. Sólo tenían derecho a darle el beso de saludo los que estaban emparentados con él (los parientes reales de los persas y sus compañeros de bodas). En ese momento los soldados rasos macedonios, muchos de los cuales se habían sumado al griterío arrastrados por el entusiasmo multitudinario, imaginaron que, antes de que tuvieran tiempo de llegar al mar, los jóvenes sucesores marcharían bajo sus viejos estandartes. Entonces se desencadenó el punto culminante de ese episodio extraordinario. Como un solo hombre, los macedonios corrieron hasta la terraza real. Arrojaron las armas y los escudos en señal de rendición en el campo de batalla. Convertidos en suplicantes desarmados, se apiñaron ante las puertas y suplicaron que los dejasen entrar. Se comprometieron a condenar a los incitadores, juraron permanecer allí día y noche hasta que Alejandro se apiadara de ellos. El monarca salió un rato más tarde. Para entonces el ejército lloraba y Alejandro no pudo contener las lágrimas. Dio unos pasos al frente y se quedó sin palabras. Callines, oficial de caballería, fue el primero en hablar. Dijo que les dolía que hubiese convertido a los persas en sus parientes, con derecho a besarlo, privilegio del que ningún macedonio había disfrutado.
Alejandro replicó: «Pues os convierto a todos en mis parientes y a partir de ahora así os llamaré». En cuanto lo dijo, Callines se acercó y lo besó y lo mismo hicieron todos los que lo deseaban. Los soldados volvieron a coger sus armas y regresaron al campamento lanzando vítores y entonando himnos triunfales.
Tal como habían acordado, condenaron a muerte a los instigadores del motín. Arriano comenta que Alejandro ordenó su detención, «porque para entonces su humor había empeorado»; este hecho arroja una luz sorprendente sobre su tolerancia anterior, aunque probablemente es cierto; la fatiga creciente y el dolor repetido contribuyen a la irritabilidad. En The Mint, T. E. Lawrence dice: «Después de la caída del Handley en Roma, la radiografía mostró una costilla peluda como las púas de un cepillo de dientes contra la pared del pecho y las sacudidas del pulmón lanzaban sobre mi corazón el dolor de esa delgada daga». La pared torácica de Alejandro estaba perforada, es más probable que su costilla tuviera clavos en lugar de púas y con toda seguridad la radiografía habría dejado sorprendido a un especialista en cirugía torácica. Fuera cual fuese su cólera reciente, las secuelas conmovieron profundamente su lado romántico. Había hecho las paces como si se tratara de una disputa entre amantes, pero fue necesario un gesto aún más grande. Con su mezcla habitual de dramatismo y espíritu práctico, ofreció una acción de gracias pública celebrada por videntes griegos y magos persas, seguida de un enorme festín de reconciliación que tuvo lugar al aire libre. Todos los macedonios (sin duda Arriano se refiere a los oficiales) se sentaron a su alrededor; luego estaban los persas y las tropas auxiliares extranjeras, que ocuparon sitios de preferencia según su historial militar. Alejandro y sus camaradas bebieron de la misma copa de la amistad. «Rezó para obtener todo tipo de beneficios y en pro de la armonía, sobre todo entre griegos y persas en su tierra común. Se dice que nueve mil personas compartieron el festín.» Después, 10.000 mercenarios entrados en años fueron afectuosamente despedidos se les abonó el tiempo que duraba el viaje y se les dio un botín de un talento por cabeza. Alejandro asumió la protección de los hijos de sus esposas de campaña; sabía cómo serían sus vidas en Macedonia en tanto bastardos extranjeros y se comprometió a criar a los varones como macedonios y buenos soldados. Se los presentaría a sus padres cuando fueran adultos. ¿Y por qué no? Sólo tenía treinta y dos años.La partida de los veteranos contenía un acto de gran significación política. Se fueron bajo el mando de Crátero, que según se decía estaba enfermo (quizá lo estuviera realmente, pues se le proporcionó un sustituto por si se encontraba incapacitado); pero en realidad tenía el encargo de asumir la regencia de Macedonia. Antípatro había ejercido esa función desde la infancia de Alejandro, en las ausencias de dos monarcas sucesivos, salvo en los casos en que la ostentó Alejandro. Durante diez años había sido el amo virtual de Grecia. En ese momento recibió la orden de salir de Macedonia con el destacamento de tropas nuevas. No sabemos qué planes tenía Alejandro para él porque no se encontraron. Quizás Alejandro sólo pretendía separarlo de Olimpia, del mismo modo que en otra ocasión había aislado transitoriamente a Crátero y a Hefestión. Las fricciones constantes entre la reina y el regente eran vieja historia y se habían acumulado nuevos problemas. Había que tener en cuenta la reintegración de los exiliados expulsados por los regímenes títeres de Antípatro; así como su constante amistad íntima con Aristóteles, del que Alejandro se había apartado desde la conspiración de los escuderos. Aunque perversa, Olimpia no era tonta y quizás envió a su hijo información que éste tomó muy en serio. Arriano afirma que en ningún momento Alejandro manifestó ningún rencor hacia Antípatro, que, de todos modos, se alteró profundamente cuando recibió al mensajero real. Mientras Crátero atravesaba Asia al ritmo tranquilo que exigían su salud y la de sus veteranos, el regente enviaba a su hijo Casandro para que defendiese su causa. Ambos hombres debieron de cruzarse por el camino y el encuentro no debió de ser muy amistoso. Entretanto, Alejandro continuaba su desplazamiento de Opis a Ecbatana; en este punto Arriano, de cuyos textos sobrevive la práctica totalidad, presenta un hueco frustrante en una importante anécdota humana. Después del rasgón, el texto dice: «... Hefestión. Se dice que, cediendo a pesar suyo, Hefestión se reconcilió con Eumenes; él involuntariamente, Eumenes de buena gana». Podría deducirse que dichas palabras correspondieron a Alejandro. Plutarco, embrollador empedernido cuya cronología prácticamente no existe, afirma que durante la campaña de la India, Hefestión y Crátero desenfundaron las espadas y estaba a punto de estallar una lucha entre facciones cuando Alejandro se acercó a caballo y la cortó, regañando públicamente a Hefestión y a Crátero en privado. El curso de los acontecimientos posteriores da más visos de probabilidad a que este incidente forme parte de la disputa de Hefestión con Eumenes. Eumenes era un griego distinguido, uno de los novios de las bodas de Susa. Había sido secretario privado de Filipo y luego de Alejandro y con éste también había tenido mando en campaña. Era un hombre astuto y capaz, que luego participó activamente en las guerras de sucesión. Tuvo un ligero roce con Alejandro que supuso graves consecuencias para la historia. Después de la marcha por el desierto, Alejandro se quedó sin una provisión de dinero inmediata y pidió a los amigos que hicieran una colecta. La colaboración de Eumenes fue muy escasa; Alejandro se molestó porque todos sabían que devolvía esos favores con intereses. Con sencillo –por no decir tosco– humor macedónico, dispuso que la tienda de Eumenes se incendiara a fin de observar qué se salvaba. El rescate equivalía a 1.000 talentos en metálico, lo que supone una inmensa fortuna; sin embargo, ardieron los archivos y la correspondencia real, pérdida de la que los estudiosos aún sé lamentan. Si ya sentía aversión por Hefestión, tal vez Eumenes lo habría responsabilizado de esa idea. Más adelante, cuando Susa se llenó hasta los topes para las celebraciones, Hefestión –que a la sazón ocupaba un alto cargo– alojó a un músico visitante en la casa que Eumenes había reservado para sí; tuvieron una discusión y no podemos atribuir la responsabilidad a nadie porque no sobreviven más detalles. La enemistad debió de continuar latente durante la marcha a Opis y, por lo que parece, estalló impetuosamente en el incidente que falta en los textos de Arriano. Tal vez Alejandro perdió los estribos –sobre todo si pensó que la división de las tropas había contribuido al motín– o quizás actuó después de una serena evaluación a fin de evitar una pelea peligrosa. El relato de Arriano sobre las palabras del macedonio es mucho más valioso que el de Plutarco, quien dice –en su versión de la anécdota a través de Crátero– que Alejandro recordó a Hefestión a quién le debía su posición y que amenazó con matar a todo aquel que volviera a dar pie a la reyerta. Sería muy interesante saber qué ocurrió realmente, sobre todo a la vista de los resultados. En compañía de la corte –incluida Roxana pero no Barsine–Estateira (seguramente se quedó con su abuela en el harén de Susa)–, Alejandro cabalgó hacia Ecbatana, contemplando durante el recorrido las caballadas reales y un desfile de «amazonas» organizado por un sátrapa local, al que en una ocasión le había hecho varias preguntas sobre esta raza legendaria; tal vez la idea de las amazonas resultaba de interés para su naturaleza bisexual. Las amazonas se presentaron, clásicamente correctas hasta en el seno derecho desnudo y armadas con la pequeña hacha tradicional. Aunque realizaron gallardas maniobras, Alejandro pensó que esas armas no usuales de poco les servirían ante los soldados sedientos de sexo e hizo que se las llevaran del campamento escoltadas. Ecbatana, la bella ciudad románticamente descrita por el infatigable viajero Herodoto, tuvo que ser una fría morada para el último invierno del pobre Darío, pero ahora había alcanzado su perfección estival. Aunque ocupado con planes para el futuro (quería explorar el mar Caspio con la esperanza de encontrar un paso por el nordeste hasta la India), Alejandro por fin se relajó en ese paraíso persa. La palabra es persa y significa bello parque. Siempre remiso a quedarse de brazos cruzados, invitó al habitual grupo de artistas distinguidos y celebró concursos, banquetes y juegos. Sin duda el alcohol fluyó libremente, aunque no más que en otras ocasiones. Conviene recordar que el patrón de conducta de los bebedores empedernidos es básicamente repetitivo en cuanto alcanzan el punto de desinhibición. Si Alejandro se hubiese vuelto cada vez más adicto, sin duda habría referencias a estallidos de violencia semejantes al que provocó la muerte de Clitos. Podemos deducir que su penitencia fue más que transitoria y que le dio una dolorosa lección. Durante las celebraciones, Hefestión cayó enfermo de unas fiebres, pero una semana después estaba mejor. Alejandro dejó el palacio para presidir una prueba atlética para varones. Le llegó el mensaje de que súbitamente Hefestión había empeorado. «Dicen que el estadio estaba lleno a rebosar»; dejó boquiabiertos a los asistentes ante su repentina partida y corrió al lecho del enfermo, pero llegó demasiado tarde. Alejandro había desarrollado una fortaleza invulnerable ante el peligro, las heridas, las condiciones climáticas extremas, las penurias, la fatiga, la enfermedad, el peso de las responsabilidades y el temor a su propia muerte. Este golpe lo alcanzó donde carecía de defensas y su razón apenas lo resistió. Permaneció junto al cadáver un día y una noche, hasta que los amigos se lo llevaron a rastras; pasó tres días tendido, llorando o mudo, en ayunas e inabordable. Se convirtió en amarga realidad la tragedia que había representado en Opis para impresionar a los soldados. Cuando se levantó se entregó a un duelo desaforadamente extravagante. Se cortó el pelo, como Aquiles por Patroclo (el tributo habitual era un solo mechón que se ataba a una corona). Hizo recortar las crines y las colas de los caballos y retirar los adornos de las murallas de la ciudad. Las fuentes no dan razones que permitan suponer que los amantes seguían distanciados a la muerte de Hefestión. Sin embargo, los autorreproches por la pérdida son implacablemente retrospectivos y recuerdan hasta el último detalle. Hacía poco Alejandro había puesto la monarquía por encima de la amistad, quizá con sobrados motivos, pero estas cuestiones se reviven con gran dolor. Es indudable que durante unos días apenas conservó la razón. Empero, no está nada claro que fuese tan irracional como para hacer ahorcar al médico de Hefestión. Plutarco dice que mientras el médico (un griego llamado Glaucias; probablemente el fiel Filipo ya había muerto) se encontraba en el teatro, el paciente interrumpió su dieta (sin especificar) y desayunó pollo y una botella de vino. (Habitualmente los griegos desayunaban con vino.) Arriano sólo menciona el vino. Fuera como fuese, murió poco después, ya que Alejandro permaneció junto al cadáver «la mayor parte del día». Arriano, que para este acontecimiento utiliza diversas fuentes cuyos nombres lamentablemente no da, cita a una según la cual Alejandro ordenó la muerte del médico por haber recetado una droga perniciosa. No sólo fue una sospecha razonable entonces, sino que lo sigue siendo en el presente. Es muy difícil explicar una crisis tan repentina en un joven convaleciente. La peritonitis debida al apéndice perforado no mata en el acto. Se sugiere una fiebre tifoidea; provoca dolores como de hambre, los alimentos sólidos perforan el intestino ulcerado y el paciente puede morir de una hemorragia; sin embargo, dicho proceso se consideraría rápido si durara un período tan corto como seis horas y Alejandro debió de volver al galope del estadio en cuestión de minutos. Una hemorragia atípica y generalizada podría provocar un colapso tan acelerado, pero los síntomas están mucho más de acuerdo con un envenenamiento, y dados los conocimientos médicos de la época, a Alejandro le pareció que de eso se trataba. La posición del médico era sospechosa. Pudo administrar al paciente una medicina incorrecta mientras todos asistían a las celebraciones, decirle (para negarlo después) que podía hacer una comida, hecho al cual luego atribuiría la muerte, e irse a donde nadie pudiese encontrarlo –hecho que en sí mismo era censurable– mientras la droga surtía efecto. Sin duda la inútil búsqueda del médico fue lo que provocó la fatal demora a la hora de avisar a Alejandro. Como todos los poderosos, Hefestión tenía enemigos, hecho del que Alejandro estaba enterado. Había que vengar a Patroclo y Aquiles no estaba en condiciones de hilar fino. Pasada la desesperación inicial, se daría cuenta de que, en el caso de ser culpable, Glaucias no pudo ser más que un agente y con su ajusticiamiento se perdió definitivamente el conocimiento de quién fue el autor real.Teóricamente, es posible que Crátero lo hubiese planificado desde lejos. Empero, Alejandro jamás mostró hacia él el menor deterioro en la confianza, lo que demuestra que cualquier conflicto entre Crátero y Hefestión había quedado superado mucho tiempo atrás. Era Eumenes el que vivía aterrorizado. Su disputa había sido reciente, prolongada y acalorada. Plutarco, que escribió su vida, afirma que Alejandro se arrepintió enseguida de haberlo apoyado en contra de Hefestión. En ese momento el arrepentimiento se convirtió en amargura. Fue severo con cuantos se habían peleado con el difunto y, sobre todo, con Eumenes, pues suponía que se regocijaba. Si tenemos en cuenta el estado de ánimo del macedonio, Eumenes debió de preguntarse cuánto tardaría Alejandro en despertar una mañana con el convencimiento de saber quién era el asesino. El secretario, prudente hombre de negocios, se protegió organizando complejas y costosas conmemoraciones en honor de Hefestión. Al recobrar los cabales, Alejandro debió de descartar sus sospechas, pues conocía a Eumenes de toda la vida; ante esos tributos se sosegó y se ocupó de sus propias ofrendas. Para los de su época eran una forma de comunicación con los difuntos, la única que ahora le quedaba y, pese a las enseñanzas de Calano, la acción era el único escape que conocía. Prohibió la música en la corte y en el campamento: ordenó que todas las ciudades del imperio estuvieran de duelo; dedicó a Hefestión su regimiento, que portaría su nombre a perpetuidad y su imagen como estandarte. Arquitectos y escultores diseñaron santuarios y estatuas en su memoria en las principales ciudades. Los de Alejandría serían excepcionales y, para variar, en este punto el extravagante pseudo–Calístenes nos resulta útil: al menos se le puede hacer caso cuando describe su ciudad natal. Arriano cita –y deplora con razón– una presunta carta de Alejandro a Cleomenes, sátrapa de Egipto, posteriormente expulsado por Tolomeo. En la misiva se dice que, a cambio del cuidado correcto de los santuarios de Hefestión, a Cleomenes se le concederá inmunidad ante todos los delitos, pasados o futuros. El documento tiene cierta importancia porque si Alejandro lo redactó, es evidente que estaba transitoriamente enajenado; de todos modos, en la forma aquí presentado es indudablemente apócrifo (contiene una referencia al Faro, construido ochenta años después); de pseudo–Calístenes puede deducirse la verdadera naturaleza de la inmunidad concedida. Al describir la creación por parte de Tolomeo de un templo de culto estatal a Serapis y Apis, define la posición de su sumo sacerdote, sus atributos y su remuneración. «Será inviolado y estará libre de todo tipo de obligaciones.» Sobre los procedimientos religiosos egipcios, Alejandro sabía tanto como Tolomeo y sus verdaderas instrucciones debieron de consistir en organizar un sacerdocio inviolado para el culto de Hefestión. Lo más penoso y heroico fue el envío, poco después, de una embajada al oráculo de Amón en Siva para pedir que se concedieran honores divinos a Hefestión. (De ahí, obviamente, la mención de los sacerdotes.) Fue algo más que el engrandecimiento del difunto. ¿De qué otra forma el hijo divinizado de Amón podía reunirse en el mundo por venir con el hijo mortal de Amintor de Pella? Preocupado por todo esto, Alejandro olvidó sus sospechas. Entre aquellas personas en las que recayeron, no se dice una sola palabra de la que más motivos tenía y que, al consolarlo de la pérdida, más debió regocijarse. Alejandro no podía saber que esa persona era lo bastante resuelta e implacable como para provocar su muerte. Es algo que se supo después de la defunción del monarca. Entonces quedó claro que nadie había odiado a Hefestión tan acerbamente como Roxana, que asesinó a su joven viuda en cuanto tuvo las manos libres. Antes de abandonar Ecbatana, el grupo de artistas que se había reunido para las celebraciones fue invitado a abandonar el silencio del luto para participar en los juegos funerarios. El funeral propiamente dicho se celebraría en Babilonia, junto a la hoguera homérica. El cuerpo embalsamado fue confiado al convoy de Pérdicas, el nuevo chiliarco, pariente de la casa real macedonia y portador de uno de sus nombres tradicionales. Deseoso de irse y de embotar el dolor con la acción, Alejandro en persona encabezó una expedición contra una tribu de bandidos, los coseanos, que desde hacía mucho tiempo asolaban la ruta entre Babilonia y Susa. Los reyes persas nunca lograron someterlos y les resultó más fácil librarse de ellos comprándolos. Los persiguió hasta sus fortalezas invernales –en verano hacían vida nómada– y los obligó a rendirse. (Con su habitual respeto por los valientes, posteriormente reclutó un cuerpo de coseanos.) Tolomeo, el otro comandante de la expedición, informó que había sido una difícil campaña de montaña en la que Alejandro participó activamente. Los meses de descanso físico debieron de aliviar las molestias que le producía la herida en el pecho. No obstante, es posible que esa guerra se convirtiese en su sentencia de muerte. Pasó dos meses en las colinas en la misma época en que los reyes persas instalaban la corte en Babilonia en virtud de su moderada estación invernal. Alejandro llegó a la ciudad en primavera y permaneció durante su ardiente e insalubre verano. Poco antes de morir, Hamlet dice: «Desafiamos los augurios», y recuerda a Alejandro, sobre cuyo noble polvo meditó en el cementerio. Alejandro ya había tenido su primer presagio: Un tal Apolodoro, que tenía mala conciencia a raíz de una falta leve cometida en Babilonia cuando Alejandro estaba en la India, pidió a su hermano Peitágoras –adivino arúspice– que le leyera el futuro en las entrañas sacrificatorias y le explicó que sentía gran pavor ante Hefestión y el monarca. El vidente escribió a su hermano, que para entonces se encontraba en Ecbatana (quizás estaba esperando un día propicio), y le dijo que por Hefestión no tenía que preocuparse pues el hígado sin lóbulos de la víctima presagiaba su muerte. Hefestión murió al día siguiente de que Apotodoro recibiese la carta; quedó tan impresionado que volvió a escribir a Babilonia preguntando cuáles eran los augurios con respecto a Alejandro. A su debido tiempo le llegó la misma respuesta. Es evidente que, en el ínterin, Apolodoro superó cualquier temor que pudiese experimentar hacia el rey; lo fue a ver sinceramente preocupado y le rogó que estuviera atento a los peligros, aunque no reveló la historia completa de los presagios ni su gravedad. Alejandro le dio amablemente las gracias y marchó a combatir a los coseanos, sin hacerle caso. Ahora lo aguardaban nuevos augurios. Los primeros fueron felices. Al bajar hacia las llanuras del Éufrates, se encontró con enviados de pueblos allende las fronteras de su imperio: cartagineses, libios y etíopes; escitas, celtas y los semibárbaros tirrenos, bruttios y lucanios italianos. No sólo solicitaron la firma de tratados de amistad, sino que le expusieron sus diferencias para que las resolviera, como si fuese un oráculo por encima de toda controversia. Según Arriano, posteriormente se discutió al infinito si Roma envió un emisario; en su opinión, no. Sin duda, Alejandro tenía conocimiento de los romanos; Alexandros de Epiro –su cuñado y tío– había combatido dos años en Italia en el bando de los griegos tarentinos contra las incursiones bruttias y lucanias, hasta que fue asesinado a traición. Alexandros estuvo aliado con Roma y sus despachos debieron de llegar tanto a su hermana Olimpia como a Alejandro, que, enviaran o no emisarios los romanos, ya debía de haberles echado el ojo... sobre todo si no habían mandado a nadie. Aquí aparece fugazmente uno de los mayores interrogantes de la historia, que se esfuma en el acto. Ni Alejandro ni su pueblo habían visto antes a hombres de sitios tan distantes. Con esta experiencia surgieron nuevas perspectivas. El siguiente mensaje del destino fue personal. Nearcos, que había llegado a Babilonia antes que él, acudió a verlo preocupado. (La pérdida de las memorias de Nearcos es un hecho lamentable para la historia. Los fragmentos que perduran muestran un estilo pintoresco, talento para las descripciones y un afecto profundo y sutil hacia Alejandro.) Llevaba un mensaje de los sacerdotes de Bel, la gran divinidad de la Babilonia asiria, que separaba el cielo de la tierra y fijaba la trayectoria de las estrellas. Sus sacerdotes eran astrólogos y habían divisado un aspecto sumamente adverso en el firmamento para la entrada del monarca en Babilonia. Le recomendaban que pasara de largo. Fueron a buscarlo al cruce del Tigris y, según Arriano, lo apartaron de sus compañeros. Le advirtieron, se supone que a través de un intérprete, que no prosiguiera la marcha hacia el oeste y que virara al este. En esa época del año habría sido el recorrido normal de un rey persa que se dirigía a Susa. Sin embargo, este monarca tenía planes que sólo podían llevarse a la práctica en Babilonia. Replicó con un verso de Eurípides que decía (al margen de la traducción del intérprete) que las mejores profecías son aquellas que se hacen realidad. Aunque nunca había sido escéptico, a Alejandro le gustaba hacer las cosas a su manera y ya había sobrevivido a augurios ominosos. Había tenido uno en Gaza y estuvo a punto de morir desangrado; tuvo otro en el Oxo y se recuperó del cólera o de la enfermedad que fuera. En Multan, donde había escapado de la muerte por los pelos, no recibió la menor advertencia previa. Y en ese momento tuvo la sospecha de que existían motivos ulteriores. Por lo que le habían dicho, su generosa donación a los fondos para la restauración del templo, hecha en su visita anterior, no había dado lugar a ningún templo. Los diezmos de Bel se habían cobrado desde la demolición de Jerjes; cuando se alzara el nuevo templo, habría que dedicarlos a su mantenimiento en lugar de a los sacerdotes. Después de los desfalcos de Hárpalo, Alejandro debió de preguntarse qué había ocurrido con los fondos para la restauración del templo. Babilonia no era célebre por su austeridad.Pero hay que conceder el beneficio de la duda incluso a un dios sospechoso. Alejandro decidió que, al menos, entraría en la ciudad por el este. Guió a sus hombres y encontró la entrada cortada por ciénagas. Habría sido humillante revolcarse en el barro del Éufrates por deferencia a una estratagema interesada y Alejandro tomó una decisión. Probablemente Arriano se hace eco de Nearcos cuando dice: «En parte por elección y en parte no, Alejandro desobedeció al dios». Poco después de entrar en la ciudad mandó llamar al hermano de Apolodoro –el vidente Peitágoras– y le preguntó qué señal lo había llevado a enviar esa advertencia. Es evidente que a Apolodoro le había dado miedo decirlo – empero, un hombre íntegro percibió que estaba en presencia de otro hombre íntegro. Describió el augurio; Alejandro preguntó cuál era su verdadero significado y obtuvo por respuesta: «Algo muy grave». Su única reacción exterior consistió en manifestar respeto por la honradez del vidente. En sus memorias, Aristóbulo dice que se lo contó el propio Peitágoras. Desde que Hefestión murió y Alejandro dio la orden de ahorcar al médico, debió de rondarle la idea de que Aquiles no vivió mucho más que Patroclo. Al adivinar el destino de su hijo mortal, la inmortal Tetis le advirtió que, si vengaba a su amigo, luego le sobrevendría la muerte; Aquiles pagó la deuda de sangre y su precio. No obstante, sólo una parte de la mente de Alejandro se regía por paralelismos homéricos. Aquiles el de pies ligeros, la gran creación del poeta, personalmente no había creado nada. No había sido rey, explorador ni constructor de ciudades o de pueblos. Alejandro miró al oeste y planificó sus próximos años de vida. Roxana se había trasladado a Babilonia, evidentemente por la fácil vía real que salía de Ecbatana, pues no es probable que le hubiese acompañado durante la guerra invernal. Estaba preñada. Resulta extraño y quizá muy significativo que Alejandro no hiciese el menor comentario, que no se sepa una sola palabra sobre sus planes en el caso de que el niño fuese varón. En este punto basta mirar el mapa para que se abra una posibilidad importante. Alejandro «había hecho descansar a sus hombres» después de la campaña y el camino más fácil hasta Babilonia sería a través de Susa. Allí se encontraban Barsine–Estateira, la joven Dripetis (que quizá sólo estaba desde la muerte de Hefestión) y Sisigambis, cuya influencia siempre fue inmensa. Si Alejandro pasó por la ciudad, es seguro que les hizo una visita, y es posible que entonces decidiera que por las venas de su heredero debía correr sangre real persa. Probablemente en la fecha de su muerte la hija de Darío estaba embarazada de varios meses. Ello convertiría el móvil de Roxana para asesinarla en algo mucho más acuciante que la mera venganza. En sentido geográfico, Babilonia era decisiva para el imperio de Alejandro y se proponía convertirla en capital. Poco después de su muerte la ciudad volvería a caer en el provincianismo y en el siglo I estaba en ruinas. Alejandro creó en Alejandría el verdadero centro del mundo helenista. De todas maneras, la Babilonia de su época conservaba las tradiciones de la pompa real que Persia había heredado de Asiria. La helenizó a medias y le dio realce. Su pabellón de gala se montó en el «paraíso»; a su alrededor, en sofás con patas de plata (probablemente los mismos de las bodas de Susa), se sentaban sus oficiales principales y sus amigos. Cerca del trono se encontraban los pebeteros perfumados, antigua protección que los reyes persas usaban contra el hedor humano casi universal (el cortesano que en el relieve de Persépolis se dirige a Darío el Grande se tapa la boca con la mano para desviar su aliento del rostro regio). Sin duda el amado Bagoas ocupó su encumbrado sitio en la jerarquía de eunucos de palacio, muchos de los cuales ostentaban cargos desde el reinado de Oco. Allí estaba el harén real, que probablemente se encargaron de abastecer con juveniles bellezas de ambos o de ningún sexo. Al pabellón de gala acudieron las embajadas sagradas de Grecia para reconocer al hijo de Amón. Sus tributos se compusieron sobre todo de las exquisitas coronas de oro, de las que han sobrevivido unos pocos ejemplos inferiores que nos hacen pensar en las mejores; guirnaldas de espigas de trigo y de cebada, ramas de olivo, flores, podadas con la delicadeza de la naturaleza. Aunque no se sabe la fecha exacta, al pabellón de gala también acudió Casandro, hijo de Antípatro, como emisario de su padre. Era un hombre en la flor de la vida, muy capaz y que no era remiso a la guerra; sin embargo, cuando partió para Asia Alejandro no llevó al primogénito de su regente. Como Antípatro no era un inválido que necesitara ayuda, la única explicación posible es una antipatía de larga data. Por cierto, la falta de adecuación de Casandro para esa misión hizo que el mundo antiguo dudara de los motivos que su padre tuvo para enviarlo y lo llevó a sospechar que su verdadera tarea había sido más siniestra. Pero Antípatro no podía mandar a nadie más porque sus otros dos hijos ya estaban con Alejandro: uno de ellos, Iolas, cumplía la función de copero. Habían transcurrido diez años y es posible que las querellas juveniles estuviesen olvidadas. Para Casandro, habían transcurrido diez años en Macedonia, había estado excluido de la gran aventura con sus magníficos premios, había combatido a los espartanos en una guerra que, por comparación, parecía pueblerina, había asistido a las constantes intrigas de Olimpia contra su padre, cuya política acababa de socavar el decreto de los exiliados. Luego llegó el golpe demoledor de su reemplazo y la llamada a la corte; se trataba de un movimiento de amenaza implícita para hombres que ya estaban resentidos e inquietos. Hacía una década que ni padre ni hijo veían a Alejandro; ambos habían tenido contactos con el Liceo, al que perteneciera el difunto, Calístenes. En la exótica magnificencia de Babilonia, Casandro vio a los hombres que habían sido muchachos cuando él era un chiquillo regiamente instalados entre generales y sátrapas, en medio de pebeteros; esos mismos hombres entronizaron en oro al chaval precoz que había odiado y envidiado en los viejos tiempos de Pella: un gobernante del mundo, un dios. Por su parte, Alejandro encontró a Casandro tan poco atractivo como antaño. El diálogo se tornó hostil casi de inmediato. El hecho de que Casandro se burlara de un persa que practicó la proskynesys y de que Alejandro le diera de cabeza contra la pared probablemente no es más que una anécdota traspasada, aunque en modo alguno resulta inverosímil. Según Plutarco, mucho después de la muerte de Alejandro, la súbita visión de su estatua en Delfos provocó sudores fríos a Casandro. Más adelante asesinó a Olimpia, a Roxana y a su hijo, está fuera de toda duda que le habría encantado matar a Alejandro; lógicamente, es el sospechoso preferido de Plutarco. Y aún hoy, a pesar de las pruebas médicas, resulta difícil absolverlo sin grandes reticencias. Como no tenía la menor intención de apartar de su nuevo puesto al fiel Crátero, Alejandro apenas dedicó tiempo a Casandro; además, estaba demasiado ocupado con sus propias preocupaciones. Su marcha hacia el oeste estaba a punto de comenzar. La primera fase consistiría en explorar la desconocida península arábiga bordeando la costa en busca de una ruta navegable que comunicase con Egipto. Ya conocía el lado egipcio del mar Rojo y también el canal abierto por Darío el Grande desde la cercana Suez hacia el Nilo, que sólo había que limpiar para que la armada lo atravesase. Entre los papeles que, según se dice, aparecieron después de su muerte, figura el plan para la exploración de la costa norafricana y la construcción de una carretera hasta el estrecho de Gibraltar. Probablemente su siguiente objetivo habría sido Sicilia, territorio entonces vulnerable por las escisiones; su historia figuraba entre los libros que Hárpalo le envió; habría sido un buen trampolín para llegar a Italia. Como habían demostrado las embajadas, la fama ya le había permitido ganar a medias las futuras campañas. Los cartagineses y los romanos le habrían creado dificultades, si las hubiese superado, prácticamente nada le habría impedido llegar a Gran Bretaña. Estaban ampliando el puerto de Babilonia, donde se construía una nueva flota; el indomable Nearcos estaba dispuesto a mandarla; Peucestas adiestraba un ejército persa leal y disciplinado con Antípatro llegaría un ejército compuesto por jóvenes macedonios. La aventura se iniciaría con una marcha de poco menos de quinientos kilómetros, de Babilonia a la desembocadura del Éufrates. Allí los efectivos se reunirían con la flota, que viraría hacia el sur, mientras Alejandro emprendía por tierra la marcha de apoyo. Ya conocían la estrechez del golfo; en esta ocasión, podrían hacerles llegar provisiones por mar si se descubría que la costa era desértica. Las impresionantes costas sureñas y del mar Rojo eran terra incognita; aún más alejado de los puntos de ayuda que en Makran, podrían haberlo llevado a desastres espantosos, aunque para entonces probablemente había aprendido en qué momento emprender el regreso. Arriano comenta que Alejandro tenía un afán insaciable de conquista. Aunque es verdad, su trayectoria demuestra que para él el poder no era un fin, sino un instrumento. Anhelaba descubrir y modelar creativamente cuanto encontraba. El amor romántico hacia el heroísmo personal, que le acortó la vida, también fue el hechizo que llevó a que sus hombres lo siguieran y es inseparable de su destino. Los grandes planes quedaron relegados cuando Deinócrates –el artista encargado de diseñar la pira de Hefestión– despidió a su enjambre de obreros y anunció que estaba terminada. Todo estaba listo para lo que sigue siendo el funeral más espectacular que la historia conoce. El de Alejandro no es la excepción a la regla, su cuerpo era una reliquia demasiado sagrada y un símbolo de posición política demasiado alto para destruirlo. Patroclo partiría al estilo arcaico de los héroes, aunque acompañado de un holocausto de riqueza babilónica y arte heleno. El hecho de que una construcción tan monumental estuviese destinada a arder y de que se terminara en el plazo previsto sólo ha despertado dudas en nuestro siglo, testigo de la muerte de las habilidades manuales. Lo mismo se habría logrado, si no con facilidad, al menos con éxito, en todas las cortes de la Europa del siglo XVI cuyos inmensos espectáculos triunfales –competencias de esplendor real– aún pueden estudiarse en los detallados dibujos de los arquitectos. Todos se crearon para ocasiones tan efímeras como la que nos ocupa. Y Alejandro podía apelar a recursos infinitamente superiores.La forma era babilónica –una pirámide escalonada o zigurat– y el arte, griego. Se alzaba unos sesenta metros, sobre una tarima cuadrada de doscientos, encajada en la inmensa muralla exterior de Babilonia. El piso bajo era de combustible madera de palma y estaba abierto para avivar las llamas y dejar pasar el aire. Luego aparecían las tallas, en pisos ascendentes cada vez más estrechos; proas de embarcaciones con figuras armadas y en el medio banderas de fieltro rojo que el calor creciente agitaría; a continuación antorchas en e |