La existencia de Alejandro quedó establecida en el año 358 a.C., durante la celebración de los Misterios de Samotracia, en la que sus padres se conocieron. Filipo II de Macedonia, que a la sazón contaba veinticuatro anos, era un rey legítimo pero no del todo hereditario. Su hermano mayor, Pérdicas III, había muerto cuando su hijo aún era un niño. En esas circunstancias, la asamblea de macedonios combatientes tenía por tradición el derecho de elegir al rey entre los miembros de la casa real, hecho de importancia decisiva para la historia del país. Corrían tiempos de luchas fratricidas e invasiones extranjeras. Se imponía un regente combativo y Filipo había demostrado su valía. Poco después, a medida que la situación se tornaba aún más peligrosa, le pidieron que asumiera el trono. El retrato que sobrevive muestra un rostro cuadrado y potente, inteligente, implacable y probablemente brutal, aunque sin la perversidad que produce escalofríos al contemplar a algunos césares. Tiene humor; parece capaz de fascinar y del éxito amatorio por el cual Filipo alcanzó la fama. Cuando tenía dieciséis años tuvo lugar un acontecimiento decisivo en su carrera. En virtud de las complicadas guerras de sucesión, Pérdicas firmó un tratado con Tebas y como garantía tuvo que proporcionar un rehén real. Como aún no tenía hijos, se vio obligado a enviar a su hermano pequeño. Por aquel entonces, Tebas vivía su plena pero fugaz llamarada de gloria después del derrocamiento de la tiranía espartana. Aunque intelectualmente provinciana, su prestigio militar no tenía parangón en Grecia. El culto al amor homosexual heroico había alcanzado su apogeo cuando Pelópidas fundó la Falange Sagrada, el cuerpo de élite formado por parejas de amigos que habían hecho el juramento tradicional de resistir o caer juntos. Tratado más como invitado que como prisionero, Filipo aprendió las artes marciales de los mejores maestros. Es posible que aquí añadiera a su amor de toda la vida por las mujeres el gusto por los jóvenes, que se convertiría en la causa de su muerte. Es imposible eludir la tentación de preguntarse si la colaboración amistosa de sus anfitriones no te permitió cruzar de incógnito la frontera de Atenas. Era un joven don nadie y no habría resultado difícil. Mientras estuvo en el poder no accedió a reconocer que se había colado en esa ciudad en condiciones tan humillantes, pero a lo largo de toda su vida mostró una profunda consideración por la historia y la cultura atenienses, por muy grande que fuese su desdén hacia sus dirigentes. Criado en un palacio de Pella, construido en el siglo v a.C. por arquitectos atenienses y decorado por sus pintores de la mejor época, Filipo pudo apreciar sus esplendores materiales, que aún gozaban de una perfección incorrupta. Su herencia era un reino montañoso de gran belleza panorámica y hombres altos y belicosos, cuya capital –Pella– era un islote de clasicismo en medio de una sociedad arcaica. Cuando accedió al trono (como Alejandro recordó más tarde a sus hombres), lo único que el pueblo poseía eran las ovejas con cuyas pieles se cubrían por falta de telas, pero hasta las pieles eran difíciles de tener porque eran constantes las incursiones fronterizas de los pueblos vecinos. Al igual que en tiempos de Homero, los señores seguían al rey a la guerra –a menos que en ese momento apoyaran a un pretendiente rival– y cada uno llevaba su compañía de seguidores rudos, indisciplinados y armados con lo primero que encontraban. La imprecisa ley de sucesión había desencadenado una serie de guerras civiles y un largo historial de asesinatos. Pérdicas había accedido al trono matando a un amante de su madre, que lo había usurpado; corría el rumor de que ella había procurado la muerte de su esposo y de su hijo. De éste, Filipo heredó cinco pretendientes al trono, algunos en un estado de hostilidades declaradas, y dos invasiones extranjeras. No es posible comprender el relato de la vida de Alejandro sin recordar el historial de sus antepasados, que probablemente debió de conocer desde la más tierna infancia. Filipo mató de inmediato al pretendiente más peligroso, que, además, era su hermanastro. Expulsó o socavó a los demás con moderación, a juzgar por las costumbres de la familia. En cuanto tuvo las manos libres, se dispuso a defender sus fronteras. Y en algún momento de aquellas primeras campañas fue a Samotracia. A pesar de los arqueólogos, los Misterios siguen siendo una gran incógnita y no está claro qué beneficios esperaba obtener Filipo. El principal don conocido era la protección de los naufragios, uno de los pocos peligros que rara vez conoció. Sus «grandes dioses» eran deidades prehelénicas cuyas ofrendas se arrojaban a una profunda grieta y que de alguna manera estaban relacionados con los enanos, tal vez por la memoria popular de una raza extinguida. La isla es escarpada y cortada a pico y el santuario se encuentra cerca de la orilla; los ritos, que incluían danzas como las de los coribantes y mucho ruido, se celebraban por la noche. La leyenda, cómo no, hace que Filipo se enamore de Olimpia durante las celebraciones, pero podría ser cierto. Estas actividades entusiasmaban a Olimpia y debieron de sumar espectacularidad a su belleza. La visita hacía que los iniciados pasaran uno o dos días en la isla, lo que dio a Filipo la oportunidad de verla a la luz del día, averiguar quién era y, probablemente, conocerla. Por desgracia, se trataba de una muchacha que sólo se podía poseer a través del matrimonio. Olimpia era huérfana de un anterior rey de Epiro, región de la moderna Albania. Este reino era más primitivo que Macedonia y la hegemonía de los monarcas era aún menos estable, pero contaba con importantes posibilidades, y Filipo, si en algún momento había vacilado, ya no tuvo dudas. No sobrevive un solo retrato de Olimpia que no esté estilizado hasta anularla. Su belleza puede quedar reflejada en la de su hijo, que no se parecía a Filipo. La mayoría de los griegos del norte eran rubios, pelirrojos o castaños. Por lo demás, el único destello visual que de ella tenemos se remonta a poco antes de su muerte, cuando contaba unos sesenta años. Se compone del simple hecho de que doscientos soldados de Casandro, que habían accedido a matarla y asaltado su casa para cometer el crimen, la miraron cara a cara y se fueron. La familia de Olimpia afirmaba descender de Aquiles. El hijo de éste, Neoptolemo, había engendrado la estirpe real con Andrómaca –viuda de Héctor–, su botín después del saqueo de Troya. Ignorante de lo trascendental que ese linaje sería para la historia, Filipo contrajo matrimonio con la princesa, la embarazó y volvió a sus guerras insoslayables. Los sueños proféticos de Filipo y Olimpia pertenecen al campo de la leyenda propiamente dicha. Él soñó que le cerraba el útero con la imagen de un león, y ella que, incendiada por un rayo, el fuego se propagaba desde su cuerpo hasta los confines de la tierra, que súbitamente quedaba envuelta en tinieblas. Es un hecho que Alejandro nació bajo el signo de Leo, en agosto de 356 a.C. De campaña en Tracia, Filipo recibió esta noticia y dos mensajes más: el general Parmenión había infligido una derrota total a los ilirios en el oeste; y su caballo de carrera había ganado en los Juegos Olímpicos. El derecho a participar en las Olimpíadas era una herencia muy querida por los reyes macedónicos. Los juegos sólo estaban abiertos a los griegos, y los macedonios no eran reconocidos en el sur como vástagos de la estirpe original de la que, en realidad, formaban parte. Los consideraban semibárbaros (la expresión «bárbaros» quedaba reservada para los persas) y la casa real apenas había logrado participar gracias a un lejano antepasado argivo. Para Filipo, que siempre había soñado con ser aceptado por el mundo griego, esa noticia debió ser la más importante de las tres. Era inevitable que más tarde la infancia de Alejandro se describiera como precoz y genial; sin duda, no fue un niño de desarrollo lento. Sin citarla, Plutarco menciona una larga lista de maestros que Filipo hizo venir para él. Pero es más importante lo que aprendió de sus padres. Cuando Alejandro llegó a la adolescencia, sus progenitores no sólo estaban distanciados, sino que eran enemigos declarados. El otro hijo que tuvieron, una niña llamada Cleopatra, nació no mucho después de Alejandro; podemos suponer que, a partir de entonces, cesaron las relaciones sexuales. Es imposible saber si Olimpia correspondió alguna vez a los sentimientos de Filipo; al igual que todas las mujeres de su época fue «entregada en matrimonio». Su orgullo sirvió para que considerara las infidelidades de Filipo como insultos absolutos, si es que los celos no la atormentaron. Es fácil suponer que la ruptura violenta de sus relaciones tuvo que ocurrir en la tierna infancia de Alejandro, años en los que produce más dolor y deja huellas más profundas. Es la edad en la que el niño, si recibe un cariño normal, se identifica con la madre. En el caso de Alejandro, esto quedó asegurado en virtud de las ausencias constantes de su padre, que salía de campaña, combinadas con el amor posesivo de su madre. Olimpia fue una mujer de gran capacidad e inteligencia, cuyo juicio quedaba totalmente nublado por sus emociones; fue visionaria y orgiástica, aunque no en un sentido sexual; tuvo un tipo de orgullo que no se habría rebajado a cometer un vulgar adulterio. Para muchas mujeres el frenesí dionisíaco representó una especie de viaje liberador con drogas, pese a que sólo utilizaban vino y el resto correspondía a la autosugestión y a la emoción compartida. Olimpia le añadía una poderosa imaginación. Para cólera y disgusto de Filipo, que tenía aspiraciones helénicas, Olimpia mantuvo a su alrededor las serpientes domesticadas del culto tracio primitivo. Es posible que sufriera alucinaciones autoinducidas. Con toda probabilidad Alejandro todavía era muy pequeño cuando ella le dio a entender que Filipo no era su padre. En aquellos tiempos la vida cotidiana gozaba de poca intimidad, incluso en el caso de los grandes. Por eso resultaba significativo que, pese a las acusaciones que Olimpia provocó, nunca se mencionara a nadie como su amante. Dado que odiaba a su marido, quiso poseer totalmente a su hijo. Acontecimientos posteriores demuestran que, cualquiera que fuese el misterio que Alejandro creyó que rodeaba su nacimiento, él lo consideraba sobrenatural.En una sociedad de expresión libre, Alejandro no tardó mucho en enterarse de cuál era la alternativa, si bien ser hijo de Filipo debió de parecerle aún peor. Las agonías ocultas que padeció siguen siendo un secreto y hasta es posible que las suprimiera de su memoria. El hecho de que no se convirtiera en un psicópata como Nerón es uno de los milagros de la historia. En los intervalos serenos de esa vida te enseñaron, como a todos los niños de alta alcurnia, su linaje. Se remontaba a Zeus por ambas ramas; por parte de madre provenía de la estirpe heroica de Aquiles y también de la sangre real de Troya. De todas maneras, le enseñaron a honrar a ambos bandos de esa gran guerra y a no tratar a ninguno con desdén ni con odio. Al margen del daño que Olimpia haya podido hacerle, el mundo ha de estarle agradecido al menos por esto. Como heredero de Macedonia, lo criaron desde la cuna para que aceptase incondicionalmente que había nacido empuñando la espada, del mismo modo que el hijo del labrador nace atado al arado. Cualquier otro porvenir habría sido impensable, tanto para Filipo como para Olimpia. Lo único que podía hacer era demostrar su valía. Filipo ya había ganado la batalla por la mera supervivencia nacional. Se dedicó a garantizar sus fronteras mediante ataques. El momento decisivo fue la captura del monte Pangeo –con sus ricas vetas de oro y plata–, que estaba en manos de las tribus poco estructuradas del oeste de Tracia. Se libró de la dependencia de los impuestos tribales. A partir de entonces pudo pagar soldados de dedicación plena y convertirlos en profesionales. Fue una revolución militar. El trabajo de los ilotas había proporcionado a Esparta una fuerza de ciudadanos en formación permanente, pero la mentalidad espartana era inflexible y el dinosaurio estaba al borde de la muerte. Abundaban los mercenarios regulares: podían ser exiliados de otras ciudades a causa de las interminables oscilaciones de la democracia a la oligarquía, en las que cada cambio de gobierno iba acompañada por el violento ajuste de viejas cuentas; hijos menores cuyas dotes apenas alcanzaban para una armadura, o criminales fugados. Se alistaban con un general mercenario de buena posición (lo que era importante) y lo seguían allí donde lo contrataban. Ninguna ciudad–estado griega estaba dispuesta a pagar impuestos para tener ejército permanente, del cual recelaban como instrumento de potenciales golpes de estado. Filipo ya no necesitaba esa mano de obra ocasional, a la disciplina regular podía añadir la fuerza de las lealtades autóctonas y del orgullo racial. De hecho, los señores aún mandaban a los miembros de sus tribus y haría falta toda la pujanza de la personalidad de Alejandro para establecer los ascensos por méritos. Pero ahora Filipo era comandante en jefe permanente y forjó un arma impresionante. Su sólido centro era la falange de infantería (falange significa dedo), una columna profunda armada con la lanza gigante que él mismo diseñó, la célebre sarisa. De longitud graduada, las de la cuarta fila medían al menos cuatro metros y medio y permitían que cuatro hileras atacaran simultáneamente al enemigo a punta de lanza, lo que las volvía prácticamente inmunes a todo tipo de arma salvo las arrojadizas. Era la fuerza de contención. Los martillos que golpeaban estaban formados por las alas de caballería que las flanqueaban. Alejandro se convirtió en virtuoso de este instrumento, pero Filipo fue su creador. Contaba con escaramuzadores, arqueros y honderos. Dionisio de Siracusa había introducido innovaciones en las armas para asedios, que a Filipo no le pasaron inadvertidas. Su estrategia militar era equiparable a su perspicacia política, lo que le permitió intervenir para su propio beneficio y a petición de uno u otro bando (la antigua tragedia de la Grecia dividida) en guerras vecinas. Su influencia en Tesalia y su avance constante por Tracia hacia la vital ruta del grano del Helesponto alarmaron a Atenas. Sólo podemos especular sobre las consecuencias que habría tenido para Alejandro que Olimpia muriera de parto; qué habría pasado si hubiese tenido sus genes pero no su influencia. Padre e hijo podrían haber sumado el afecto al orgullo mutuo. Tal como sucedieron las cosas, esa figura sobresaliente fue enemigo y opresor; el burdo libertino que algún dios –gracias al cielo– impidió que lo engendrase; y, por encima de todo, el rival al que había que superar costara lo que costase. La trayectoria de Alejandro demuestra el efecto que en su genio natural ejerció la profunda inseguridad sentida en esos primeros y atormentadores años. La decisión de compensarla inspiró sus más grandes logros y, cada vez que lo atrapó por sorpresa, lo traicionó y lo llevó a cometer los más grandes pecados. El hecho de que mantuviera la cordura se debió a su capacidad para la amistad, solaz hacia el que se volvió desde muy pequeño. Psicológicamente, su rostro debió de ser su buena fortuna; las personas se sentían atraídas por este chico apuesto sin pretensión de halagarlo y sus instintos de niño lo percibieron. Desarrolló una fe cuasi religiosa en la amistad, la cultivó y hasta se jugó públicamente la vida por ella. Los verdaderos amores de su vida, incluidos los sexuales, fueron las amistades. Aunque presentó el clásico patrón familiar de homosexualidad, probablemente fue la mera disponibilidad de amistades masculinas más que femeninas la que orientó su vida emocional. Ser querido por sí mismo, como sin duda le ocurrió a menudo, satisfizo su necesidad constante de seguridad y devolvió tan calurosamente el afecto que casi nunca le faltó. Cuando el cariño lo traicionaba, se estremecía hasta las raíces. Era mucho lo que había puesto en juego y no estaba dispuesto a perdonar. Cuando tenía siete años –edad considerada el fin de la infancia–, su padre le buscó un preceptor. Era un tal Leónidas, tío de Olimpia, y de esta forma el diplomático Filipo evitó disputas palaciegas. Parece que padre y madre estaban de acuerdo en la forma en que había que preparar al niño para su destino. Alcanzada la edad viril, Alejandro dio su propia explicación:
Ada, a la que honró con el título de madre y a la que nombró reina de Caria... por blandura de corazón solía enviarle diariamente muchos platos y golosinas y al final le ofreció reposteros y cocineros de notoria habilidad. Replicó que no los necesitaba, que Leónidas –su preceptor– le había proporcionado mejores cocineros: una noche de marcha para que deseara el desayuno y un desayuno ligero para que deseara la comida. Dijo: «Él mismo solía venir y registrar los cajones de la ropa de cama y los armarios para comprobar que mi madre no ocultaba lujos ni cosas extras».
Una dieta escasa, indumentaria ligera y el ejercicio severo que dictaban su edad y su naturaleza (además de la necesidad de entrar en calor) fueron tal vez los motivos principales de la incapacidad de Alejandro para alcanzar la estatura media de los macedonios, fuera la que fuese; la gran sarisa, un arma utilizada normalmente, sugiere que alcanzaban una altura impresionante. De haber sido un hombre realmente bajo, leeríamos que se lo identificaba a distancia por esta característica en lugar de por los otros medios que siempre se mencionan: su armadura, sus actos, etcétera; los propagandistas atenienses no habrían dejado de mencionarlo. De todos modos, el hecho de que su altura era mediana y probablemente inferior a la de su padre en una sociedad que atribuía gran valor a la estatura debió de ser bastante malo. Es posible que, más adelante, al estudiar medicina y fisiología, relacionara causa y efecto. No mostró afecto por Leónidas cuando éste dejó su cargo y el único regalo que le envió de Asia fue irónico: un saco de incienso. De niño, al ofrendar incienso en un santuario y en abundancia, como siempre hizo, Leónidas le dijo secamente que fuera parco con las cosas preciosas hasta convertirse en amo de las tierras en que crecían. Alejandro no llevó consigo a Leónidas.
Pero sí llevó, y en una ocasión arriesgó la vida por él, a Lisímaco, un parásito de la corte que no contaba para nada y que gustaba de llamarse su preceptor. Desde luego, era una broma, pues se trataba de labor de criados, aunque Lisímaco asumió las humildes tareas del niñero de quien no se espera que eduque. El agradecimiento de Alejandro a las devociones personales siempre duró toda la vida y, para bien o para mal, lo que obtuvo a cambio está fuera de todo cálculo. Lisímaco entretenía al niño llamándose a sí mismo Fénix, como el preceptor de Aquiles. Alejandro interpretó durante toda su vida ese papel en el juego. Hasta el fin de sus días tuvo bajo la almohada la Ilíada junto con la daga de autodefensa que era habitual en el dormitorio de los reyes macedonios. Es extraña esta atracción en un hombre cuyos impulsos serían más generosos. Aquiles fue implacable con los conquistados, hizo valer el derecho del captor sobre las mujeres reales, profanó el cadáver del enemigo noble y permaneció malhumorado en su tienda mientras sus amigos caían en el campo de batalla, actitud ante la cual Alejandro habría preferido perecer. Debemos recordar que Aquiles era un antepasado sobre el cual tal vez conoció muchas anécdotas, no sólo en Homero, y las tiñó con fantasías; en las novelas de las hermanas Bronté, el duque de Wellington no es el duque histórico y es posible que el Aquiles de Alejandro no haya sido el nuestro. Su interés por las amazonas sugiere, por ejemplo, que conocía el relato del ciclo épico sobre el duelo romántico entre el héroe y Pentesilea. Pero actualmente el ciclo completo se ha perdido. De todos modos, sabía lo que dice Homero: que la madre de Aquiles era una diosa; que fue despojado y menospreciado por un monarca, a quien derrotó; que tenía un camarada al que amaba como a su vida, y que estaba furioso. Plutarco sostiene que desde la niñez Alejandro sintió el anhelo de sobresalir y philotimia, amor al honor. A pesar de sus traumas infantiles, nada sabemos de berrinches. Si su debilidad por ganar lo hubiese convertido en un mal perdedor, los amigos de la infancia no lo habrían apoyado en la desgracia y en el exilio. De todos modos, la profunda cólera de Aquiles debió de tocar alguno de sus puntos sensibles.
*El mismo año del acceso de Filipo al trono, en Persia tocaba a su fin otro reinado. Al longevo y débil Artajerjes II le sucedió su hijo Artajerjes Oco. Gobernante férreo pero salvaje, de inmediato se dedicó a reducir a los todopoderosos sátrapas y a proscribir sus ejércitos privados. La rebelión fracasó y Filipo protegió a dos fugitivos que pasaron varios años en su corte, siendo uno de ellos el importante aristócrata Artabazo, del que oiremos mucho más. Era uno de esos ancianos sorprendentes que en la actualidad sólo parecen sobrevivir en el Cáucaso ruso. Ya mayor cuando se rebeló y envejecido cuando fue indultado y se le ordenó volver, sobrevivió –convertido en un activo nonagenario– para hacer campaña sucesivamente con Darío y Alejandro, cuya calurosa acogida cuando muchos años después volvieron a encontrarse apunta a tiernos recuerdos de la infancia. Por consiguiente, Alejandro conocía a los persas desde que tenía memoria, no como los monstruos de la propaganda, sino como seres humanos y amigos; debió de jugar a menudo con los chicos de la numerosa familia de Artabazo. Aunque el macedonio era, en un sentido amplio, un dialecto dórico, la corte hablaba griego, lo mismo que muchos persas viajeros o de buena cuna. Por eso es posible que sea cierta la célebre anécdota de Plutarco, según la cual cuando llegaron los emisarios persas que portaban la llamada para los exiliados, el pequeño Alejandro se ocupó de recibirlos porque Filipo estaba ausente.
Los conquistó con su alegre simpatía y haciendo preguntas que no eran pueriles ni frívolas, pues trataban de la longitud de las carreteras y de cómo era el viaje tierra adentro; preguntó por el monarca mismo, por su modo de comportarse en el campo de batalla y por el valor y la fortaleza de los persas.
Su padre había convertido Pella en una base militar y el palacio en el cuartel general del estado mayor; probablemente el niño se movió entre soldados desde que aprendió a andar. La confianza sublime con que asumió el mando militar mediada la adolescencia sugiere que los conocía desde hacía mucho con la intimidad privilegiada del niño mimado del regimiento. Seguramente fue como invitado de la familia que conoció a un joven que, como le llevaba once años, debió de parecerle un hombre hecho y derecho: Tolomeo, su futuro historiador. Era pariente por parte de madre, fuese por la vía regular o, como cuenta la tradición, por una aventura de Filipo adolescente antes de que éste partiera hacia Tebas, en cuyo caso los muchachos eran hermanastros. Las generaciones posteriores de Tolomeos no rechazaron esta afirmación. Como había nacido en Pella, Tolomeo I debió de conocer a Alejandro toda la vida. La historia de Arriano comienza con su acceso al trono, probablemente porque así lo hizo Tolomeo, y es una pena pues su conocimiento de los años anteriores habría sido de un valor incalculable. Por supuesto, Tolomeo es la autoridad principal respecto de sí mismo, si bien los autores antiguos lo respetan. Suprimió las hazañas de sus rivales –tendencia que se aplica a las memorias de todos los generales retirados– y sacó el máximo partido de las propias, aunque fue honrado por no inventar nada, y escribió hacia el final de una larga vida, cuando el tumulto y los gritos prácticamente habían cesado y partido los capitanes y los reyes. Arriano lo recomienda no sólo porque combatió junto a Alejandro, «sino porque, al ser él mismo rey, las falsedades le habrían resultado más injustificables que a cualquier otro». La suspicacia moderna ante el esnobismo pueril de Arriano, evocado por esas palabras sensatas, también es bastante ingenua. Es evidente que no atribuye a los reyes un sentido superior del honor, sino que pone de manifiesto el hecho evidente de que son vulnerables al escarnio público. Tolomeo era más de diez años mayor que Alejandro, que, a su vez, hacia el final de la vida tuvo en el ejército muchos hombres como mínimo diez años menores. En una ciudad como Alejandría, los recitales de la historia –método de publicación del mundo antiguo– atraían a muchos veteranos lúcidos que estaban en la mitad de la vida y vivían de sus recuerdos. El fundador de una dinastía no puede darse el lujo de ser ridiculizado por semejante público. Para entonces hacía veinte años que Alejandro estaba fuera del alcance de los halagos, irritados por el hecho de que las fuentes más «favorables» son hombres que lo conocieron en vida, los detractores han buscado motivos ulteriores en Tolomeo, ignorando evidentemente el hecho de que su defensa se basa en lo contrario de lo que pretende demostrar. Se dice que Tolomeo estaba interesado en hacer propaganda de su propia dinastía. Sin embargo, escribió para un público vivo, antes de la posteridad. En primer lugar, ¿para qué arrastrar hasta Egipto el cadáver de un tirano corrupto sobre el que miles de personas influyentes conocían la verdad? ¿Por qué no llenar la Historia de historias que lo desacreditaran y en las que, por contraste, Tolomeo destacara? Los detractores de Alejandro siempre han supuesto que Tolomeo favorece a Alejandro para gozar del reflejo de su gloria, lo que, ciertamente, significa nadar y guardar la ropa. No podemos ignorar este último motivo, que es bastante humano. De todos modos, la lealtad de Tolomeo precede a todo interés propio y hay que reconocer que en una ocasión le costó muy cara. Más adelante, a pesar de que nunca fue ascendido hasta alcanzar la eminencia de Crátero o de Hefestión, este soldado capaz y muy ambicioso –como demostró ser– siguió siendo inquebrantablemente leal. ¿Es excesivo suponer que en Alejandro había algo que dio pie a esos sentimientos e hizo que duraran más que su propia vida y que Tolomeo escribió en medio de hombres que los compartían? Tolomeo quería recordar lo mejor y ellos querían oírlo. Al fin y al cabo, es la explicación más sencilla. En el año 348 a.C., cuando Alejandro contaba ocho años, después de un asedio plagado de incidentes, Filipo capturó Olinto, ciudad tracia colonizada por los griegos y aliada de Atenas. Había refugiado a sus dos hermanastros supervivientes, que se rebelaron abiertamente, por lo que los mató. «Semejantes tragedias fueron bastante frecuentes en la familia real macedónica», señala Grote con irrefutable veracidad. Las tragedias respondían, principalmente, a la poligamia de los monarcas. Con un poco de suerte, el primogénito de la reina consorte podía abrigar la esperanza de reinar; sin embargo, los gobernantes macedónicos combinaban los negocios con el placer y realizaban ciertos tipos de matrimonio con las hijas de nobles poderosos o nuevos aliados a fin de garantizar las valiosas obligaciones del parentesco. Y los hijos varones de esas alianzas eran, y habían sido durante generaciones, usurpadores en potencia. Algunos habían cambiado la sucesión. Filipo abordó el problema a la manera tradicional: no se le ocurrió evitar la causa. Como era un hombre sexualmente muy activo y un gran diplomático, hizo uso pleno de su prerrogativa real; era proverbial que con cada guerra tomaba una nueva esposa. En conjunto, tuvo como mínimo media docena de esposas secundarias, varias de las cuales le dieron hijos, entre ellos un varón. Todas las fuentes coinciden en el amargo resentimiento de Olimpia. Sintiera celos de mujer, afrenta de reina o ambas cosas, lo cierto es que estuvo atenta como una tigresa que amamanta a cualquier amenaza que pudiera surgir contra Alejandro. El bastardo, Arrideo, era retrasado mental. Aunque no parece probable que Olimpia provocara esa situación mediante drogas, el pueblo la consideraba capaz de hacerlo y, de hecho, lo era. No hay dudas acerca de la huella que imprimió en Alejandro. De niño tocaba la lira y cantaba. Tenemos pruebas de primera mano de alguien que lo escuchó. De adulto fue un protector constante y generoso de los músicos, aunque no hay una sola línea que aluda a que tocaba un instrumento o cantaba. El motivo queda claro en una anécdota de Eliano. Alejandro tenía la voz bastante aguda y posteriormente fue muy imitada, como todos sus amaneramientos. Los griegos preferían el tono dulce al grave. Cierto día su padre lo oyó y le dijo que debería sentir vergüenza de cantar tan bien. Alguien lo consignó, por lo tanto había público. La calumnia de afeminamiento debió de ser deliberada y la recibió como tal. Probablemente no fue la única vez que sus padres descargaron sobre él su odio recíproco. La divisoria natural entre la niñez y la adolescencia es el famoso episodio de la doma de Bucéfalo. Se trata de una anécdota trillada: el impetuoso corcel que le fue ofrecido a Filipo por un precio muy elevado no se dejó montar y fue rechazado por inútil; el niño insistió en que se desperdiciaba un magnífico caballo; el padre lo retó a que superara a sus mayores; apostaron que éste le compraría el caballo si Alejandro lograba domarlo y, en caso contrario, el joven tendría que pagarlo; el caballo sintió confianza en cuanto Alejandro lo tocó. La idea popular sigue rondando en torno a un encuentro de jóvenes animosos y lo cierto y más interesante es que Bucéfalo tenía doce años. En consecuencia, era indudable que el caballo estaba entrenado, sin duda para la guerra. Lo que ello suponía en la antigua Grecia es vívidamente descrito por Jenofonte en su tratado de equitación. Todavía no se conocían los estribos ni la silla de montar; el jinete montaba a pelo o sobre una manta. Así, la lanza no podía emplearse para una carga de impacto, como en la guerra medieval, sino para empujar (el propio Alejandro prefería el sable). Aun así, el jinete necesitaba un corcel bien disciplinado para seguir montado; salvo el apretón de las rodillas, el único control se ejercía a través del bocado y los ejemplos que sobreviven son espantosos. Además de firmeza en la batalla, esperaban que el corcel de categoría caracoleara al desfilar. En este punto Jenofonte, que amaba a los caballos, hace algunas advertencias reveladoras. «Algunos enseñan la corveta golpeando con una vara bajo los jarretes del caballo o haciendo que alguien corra a su alrededor con un palo y le dé en los cuartos traseros.» También desaprueba que simultáneamente se levante la cabeza del caballo, se lo espolee y se lo azote. Cabe la posibilidad de que el que intentó preparar a ese animal valiente y fogoso para un cliente de la realeza hubiese dado demasiados golpes. Arriano cuenta que, mientras vivió, Bucéfalo no se dejó montar por ninguna otra persona que no fuera Alejandro. Rufo Quinto Curcio añade que, por Alejandro, el caballo era capaz de bajar el cuerpo para ayudarlo a montar.Es el único incidente de la vida de Alejandro que Plutarco narra con tanto lujo de detalles que parece un auténtico recuerdo. Tal vez en las noches en que el conquistador del mundo se quedaba hasta altas horas bebiendo vino lo asaltaba «una especie de jactancia marcial» y narraba esa anécdota favorita, que algún escritor de memorias se aprendió al dedillo. De todos modos, su interés no sólo es histórico sino humano. Durante la batalla de Gaugamela, Alejandro –que tenía veinticinco años– cuidó de su corcel de veinticuatro años, que era lo bastante famoso para que quedara consignado. La flor de la vida de Bucéfalo se correspondió con los años de guerras juveniles de Alejandro, antes de que subiera al trono; sin duda ya se celebraban las hazañas de uno y de otro. Filipo compró el caballo tal como habían acordado y se mostró orgulloso del logro de su hijo. Por desgracia para la mejoría de sus relaciones, en la misma época el rey participó del más desagradable de los escándalos a los que dio lugar su estilo de vida. A juzgar por el relato de Diodoro, parece que su vida amorosa homosexual sólo se atenía al modelo tebano en el sentido de que sus favoritos eran socialmente presentables. Filipo carecía de la constancia de la Falange Sagrada. Había desechado a un tal Pausanias por un nuevo capricho. Profundamente resentido, en una borrachera Pausanias tildó de puta ansiosa de dinero a su joven rival. De haber tenido razón, habría cambiado el curso de la historia. Pero estaba equivocado. Con impetuoso orgullo macedonio, el joven se quitó la vida para rechazar el insulto. Después de dejar un mensaje en el que explicaba su acto, en la siguiente guerra fronteriza con los ilirios se adelantó al monarca y fue al encuentro de una muerte segura en manos del enemigo. Un noble llamado Atalo, amigo de Filipo y tal vez pariente o jefe tribal del difunto, organizó una lúgubre farsa a modo de justo castigo. Emborrachó a Pausanias en su casa, lo arrojó al patio de las cuadras y propuso a sus esclavos que lo violaran. Imposibilitado de matar a Atalo en medio de sus criados, Pausanias fue a ver al rey y reclamó venganza. Como era de prever, el monarca se la negó porque Atalo no podía ser legalmente ejecutado sin juicio público, aunque Filipo lo hubiera deseado, como Pausanias era un oréstide de familia casi real, Filipo le ofreció alguna compensación en tierras o en graduación. Pausanias aceptó y pareció que la disputa quedaba zanjada. Es probable que Alejandro, que contaba doce o trece años, oyera esa sórdida historia. Sin duda padeció lo que era lógico para alguien de su edad, su naturaleza y su situación. Empero, esos hechos lo situarían en el trono.
Poco después Filipo extendió decisivamente su Influencia hacia el sur. Por invitación se convirtió en arconte de Tesalia: cacique principal, juez, jefe militar y virtual monarca. Benefició realmente al país a causa de su prolongada historia de barones opresores y belicosos; ni él ni su hijo tuvieron problemas para reclutar infantes de caballería entre los afamados jinetes tesalios. Pero Atenas, con su compromiso democrático y su odio tradicional hacia la monarquía, sólo prestaba su atención a la creciente amenaza que procedía del norte. En realidad, a Filipo nada le interesaba menos que la guerra con Atenas. Tenía planes más amplios y mejores. Después de la desastrosa guerra del Peloponeso, los espartanos apuntalaron su odiada tiranía en el sur de Grecia cediendo a Persia, a cambio de apoyo, las colonias griegas de Asia Menor. Eso acabó con su prestigio antes de que declinara su poderío. A partir de ese momento todas las ciudades–estado coincidieron, en principio, en que tenían el sagrado deber de liberar a sus parientes helenos. Pero como estaban enredadas en disputas que procedían de generaciones anteriores, jamás se mancomunaron para hacerlo. Ése era el sueño que Filipo aspiraba a convertir en realidad. Hacía mucho tiempo que las mentes objetivas se habían percatado de la necesidad de establecer un alto mando único. Isócrates –filósofo político nonagenario que recordaba a Sócrates como contemporáneo– había insistido en ello durante décadas, en ocasiones proponiendo a jefes bastante incompetentes; vio en Filipo un candidato realmente prometedor y le escribió largo y tendido para decírselo. Sin duda Filipo estaba calificado para esa tarea. Si no hubiese engendrado a un genio, se lo recordaría como el general más brillante de la antigüedad, comparable a julio César. No era un gobernante severo ni, de acuerdo con los patrones de la época, gratuitamente cruel en la guerra. Respetaba la cultura, se sentía cómodo en presencia de estadistas o campesinos y con su encanto socavaba la hostilidad. Su equilibrio sorprende, sobre todo porque el cautiverio de Tebas no había sido el primero: cuando era muy pequeño se llevó la sorpresa de que el usurpador Tolomeo –amante de su madre, al que su hermano mayor tuvo que matar antes de rescatarlo y devolverlo a Macedonia– lo envió como rehén a los salvajes ilirios. Sabía asimilar las bromas. Después de una victoria estaba despatarrado en un sillón, supervisando la tarea rutinaria de vender los cautivos a los traficantes de esclavos, cuando un prisionero ingenioso exclamó: «¡Filipo, salvadme la vida, fui amigo de vuestro padre!». Le pidió detalles y el prisionero afirmó que eran secretos. Filipo le hizo señas de que se acercara. El cautivo susurró: «Señor, bajaos la túnica, se os ve la entrepierna». Filipo sonrió y se dirigió a los guardias: «Pues sí, es un buen amigo, dejadlo en libertad». A él se le atribuye la célebre réplica a un barbero charlatán: «Señor, ¿cómo os gusta que os corten el pelo?» «En silencio.» Su hijo no heredó este humor punzante. Los dichos registrados de Alejandro contienen meollo más que ingenio y las chanzas que le granjearon el afecto de sus hombres fueron infantiles y sencillas. Después de devolver la vida a un soldado que había quedado aterido de frío en su sillón, delante de la hoguera del campamento, dijo: «Tienes suerte de que no soy Darío, él habría pedido tu cabeza». Ese comentario estaba muy lejos de la ironía cáustica de Filipo; tal vez el joven había sufrido su mordacidad desde la más tierna infancia. Y le gustaba aún menos al enemigo jurado de Filipo, el orador ateniense Demóstenes, hombre que no tenía el más mínimo sentido del humor, aunque poseía un talento notable para los vituperios. Fue heredero de un gran ideal y su último defensor. De forma inevitable, su nombre está tocado por la grandeza del ideal y por el aura de una causa perdida. Sin duda, se trataba de un patriota por convicción y por profesión; su fe en la ciudad–estado libre era sincera... siempre y cuando se tratara de Atenas. Sólo con esfuerzo se soporta la lectura de los discursos de Demóstenes, bien pulidos y publicados por él mismo. Fueron admirados en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando las leyes antilibelo no impedían las injurias políticas. Valgan como contrapartida las brutales caricaturas de Gilray; Hogarth habría sido demasiado moralista y Rowlandson excesivamente jovial. No capta el menor destello del fulgor del apogeo de Atenas ni se hace eco de la afirmación inmortal de Pericles, según la cual la individualidad del hombre es su derecho y el orgullo de su ciudad. Todas las páginas están cargadas de invectivas contra enemigos políticos o personales y también contra Macedonia («país en el que hasta ahora no ha sido posible comprar un esclavo decente»). Para él no existe arma demasiado humilde; se burla de la pobreza de la infancia de un adversario y no se para ante ninguna mentira que pueda colar. Aunque posee todas las aptitudes de la retórica, su popularidad no es más que un sombrío reflejo de la Atenas de su época. Es difícil leerlo sin tener la certeza de que habría recomendado la muerte de Sócrates. Condujo a su ciudad a la ruina, no a través de la traición –ya que hasta los traidores le habrían prestado mejor servicio–, sino por un odio y un desdén muy arraigados. Sin duda creyó a pie juntillas en lo que él mismo había dicho de Filipo: que era un bárbaro ebrio de poder cuya intención consistía en entrar a saco en Atenas y crear un estado de esclavos. Demóstenes tenía ese tipo de envidia que espera algo malo del resto de los mortales. Su creencia en la ciudad libre no superaba las murallas de la propia. No tuvo escrúpulos a la hora de sostener contactos secretos con Persia y sacar ingentes sumas al rey Oco para utilizarlas en propaganda y sobornos contra Macedonia. Por supuesto, Filipo también contaba con su propia quinta columna, compuesta en parte por agentes puramente venales y en parte por hombres preocupados por sus propias ciudades que, al igual que Isócrates, vieron en la hegemonía macedónica el final de las guerras constantes entre estados y un atisbo de esperanza para las ciudades griegas de Asia. Filipo, descarado practicante de la realpolitik, al menos no fue mojigato. Los adversarios se conocieron cuando Atenas envió emisarios a Pella. (Alejandro debía de rondar los ocho años.) Demóstenes, la estrella, se había reservado para el final y, al verse frente a frente con la impresionante personalidad de Filipo, el orador «se secó». Con gran indulgencia, el rey le propuso que volviera a empezar desde el principio, pero le fallaron los nervios. Se aprendía los discursos, de memoria y había perdido el hilo. Sólo pudo tartamudear y tomar asiento; sus rivales, ante los que se había jactado de que dejaría mudo a Filipo, se ocuparon de que el hecho no se olvidase. El destino de las naciones, lo mismo que el precio del grano, a veces queda determinado por este tipo de acontecimientos. Durante la cena de gala que se ofreció, el joven Alejandro, que aún tomaba lecciones de música, entonó diversas canciones con un amigo. A su regreso, Demóstenes se mofó de esa interpretación e hizo algún retruécano grosero. Había tenido una juventud difícil, quedó huérfano a temprana edad, fue estafado por sus administradores y quedó resentido de por vida. En este sentido, era tan inseguro como el niño cuya lira muy pronto quedaría olvidada. Pero los metales reaccionaron de manera muy distinta bajo la acción del fuego.Cuando Alejandro tenía trece años, la lucha sucesoria en Epiro –tierra natal de Olimpia– amenazó con convertirse en guerra feudal. Filipo intervino e instaló en el trono al hermano de Olimpia: Alexandros (la grafía griega lo distingue de Alejandro). Fue la sagaz elección de un hombre en el que, dadas las disputas familiares macedonias, se podía confiar para que supiese dónde estaban sus intereses. Fue uno de los golpes diplomáticos más efectivos de Filipo. Y no fue una evaluación incorrecta, sino la convergencia de fuerzas ocultas, lo que lo convirtió en el motor de su caída. Aquel mismo año tomó otra decisión igualmente trascendental. Alejandro estaba en condiciones de recibir educación superior y como Atenas prácticamente se había convertido en país enemigo, tendría que cursarla en Macedonia. Filipo buscó un preceptor. Recibió un aluvión de solicitudes. Isócrates, próximo a los cien años, se ofendió al ver que lo pasaban por alto. Espeusipo, sucesor de Platón en la Academia, se ofreció a dimitir y trasladarse a Macedonia, pero a Filipo no le interesaba la política ateniense, sino su cultura. Hacía sólo cuatro años, cuando Alejandro ya había cumplido los nueve, que Platón había muerto dejando pendiente una de las grandes hipótesis de la historia. Su sueño del rey–filósofo no había sobrevivido a sus esperanzas frustradas. Su maestro Sócrates y él mismo habían diseñado el modelo de la bolsa de seda. Las paradojas del destino les dieron de patadas a cada uno, bajo la forma del genial pero inestable Alcibíades y del vanidoso y superficial Dionisio II, mientras en Macedonia seguía tejiéndose la seda para Aristóteles. Según la leyenda, Filipo contrató al hombre más sabio de su época el mismo día del nacimiento de Alejandro, como el par inglés que inscribe a su hijo en Eton. A decir verdad, trece años después ni siquiera tenía idea de la valía del preceptor que había conseguido. A sus cuarenta años, Aristóteles era un erudito de reputación creciente y tenía en su haber el importante antecedente de haber estudiado varios años con Platón, al cual, según se decía, le habría gustado suceder al frente de la Academia. De todos modos, es harto improbable que su categoría académica fuera decisiva para la elección de Filipo. Aristóteles era hijo del médico de cabecera del padre de Filipo, un tal Nicómaco. Éste debió de tratar las enfermedades infantiles del propio Filipo y de sus dos hermanos mayores muertos, que probablemente conocieron a Aristóteles de niño. Su ciudad natal, Estagira –en la costa de Tracia–, fue destruida por las guerras mientras estudiaba en Atenas y al quedar sin patria estableció conexiones muy útiles para Macedonia. A la muerte de Platón, aceptó la invitación de Hermias –antiguo Compañero de estudios–, gobernador eunuco que se había separado del gobierno persa y creado un estado despótico, aunque benigno, en Atarneo, que dominaba el estrecho existente entre el continente y Mitilene. Reunió a su alrededor una pequeña corte de amigos filósofos y otorgó a Aristóteles la mano de una sobrina que estaba bajo su tutela, por lo cual el pensador tuvo influencia en un estado de gran valor estratégico para Filipo. Éste acogió al filósofo con la cortesía que siempre tuvo para con los griegos distinguidos y le ofreció una casa de campo en la que, lejos de la corte y de las distracciones familiares, el príncipe se educó junto a un selecto grupo de amigos. Las obras que conservamos de Aristóteles corresponden a años posteriores, en los que ya había fundado en Atenas su propia universidad, el Liceo. Su período macedonio debió de ser de transición después de las enseñanzas de Platón y no tenemos pruebas concluyentes de lo que allí enseñó, si bien la vida posterior de Alejandro nos proporciona muchas pistas. Platón era un filósofo metafísico cuya obra está impregnada de la poesía a la que en su juventud renunció. Su experiencia mística personal fue una de las premisas a partir de las cuales su lógica construyó el universo. Seguramente la ardiente imaginación de Alejandro encontró en él a un intérprete y un guía. El temperamento de Aristóteles correspondía al del científico inductivo. Es uno de los grandes enigmas de la historia: si la ganancia compensó la pérdida. El intelecto pragmático e inquisitivo y la pasión por la exploración y el descubrimiento, características de Alejandro, quedaron instantáneamente capturados por Aristóteles. La botánica y la zoología fascinaron a Alejandro durante toda su vida, lo mismo que la medicina. Siempre se interesó sobremanera por las heridas y las enfermedades de sus soldados y dio recetas personales a sus amigos; en este aspecto debió de estar bien instruido porque los médicos griegos transmitían su arte a sus hijos. Cada vez que salía de campaña estudiaba la flora y la fauna, tomaba notas y le enviaba ejemplares a Aristóteles; se cuenta que soltó venados anillados a fin de averiguar cuánto tiempo vivían (con gran romanticismo, Plutarco les pone collares de oro, algo que no sería de gran ayuda para su conservación). La Edad Media contó con una colección completa de epístolas apócrifas de Alejandro sobre estas cuestiones, fuente principal de la fauna fantástica de los romances; sus verdaderas observaciones, que habrían sido un tesoro para más ciencias que la biología, han desaparecido. Alejandro también estudió filosofía. En el mundo griego era el elemento central de todos los estudios adultos. Aún no se había convertido en una especialidad abstrusa, absorbida por las minucias de sus propias inflexiones gramaticales. Su lenguaje era comprensible para el lego y su tema eran los juicios de valor humanos últimos. Las conclusiones de dichas evaluaciones influían en los debates sobre el derecho, el arte de gobernar y la ética personal. Más que profunda, la ética de Aristóteles se componía de elevados principios. Éste habría coincidido con Sócrates en que aquel que quiere estima debe adquirirla con realidad, cueste lo que cueste: «Sé lo que deseas parecer». Sin embargo, Platón hace la siguiente súplica a Sócrates: «Hazme ser bello interiormente y quizá las cosas externas se correspondan con las internas». Aristóteles concibió primero como imagen al «hombre de gran alma»; papel magnífico para el que debía prepararse el hombre que lo representara y al que nunca debía traicionar. Pese a ser un gigante intelectual, se convirtió en aprendiz de brujo al transmitir esa enseñanza a un hombre como Alejandro. Es posible que, en su madurez, Platón fuera el brujo. Aristóteles desató una fuerza que iba más allá de sus propias concepciones. La necesidad de confiar en sí mismo de Alejandro era equiparable a su genio y a su fuerza de voluntad. Si alguna vez decidió conscientemente convertirse en el más grande entre los hombres, con toda probabilidad fue en su época de estudiante. Cuando ese sueño se hiciera realidad, se regocijaría. En este punto es decisivo no pensar anacrónicamente. El mundo griego no admiraba la modestia y la consideraba debilidad de espíritu; sólo se despreciaba la jactancia mentirosa. El hecho de que un hombre se merece la estima que le corresponde es el eje sobre el que gira la trama de la Ilíada. Las últimas palabras del Hipólito de Eurípides, «Ruega para que tus hijos legítimos se parezcan a mi», no ofendieron al público griego porque el personaje se había ganado ese derecho. En consecuencia, era inevitable que, a su debido tiempo, Alejandro se convirtiera en uno de los hombres más vanidosos de la historia humana. El secreto de su magnetismo, tanto para sus contemporáneos como para la posteridad, radica en que el orgullo redimió su vanidad. Ser realmente lo que deseaba parecer fue su pasión hasta que exhaló el último suspiro. En la ocasión en que cayó por debajo de su propia indulgencia, la vergüenza estuvo a punto de matarlo. El curso de derecho y educación cívica sin duda le resultó útil al comienzo de sus campañas, en las que se ocupó de las viejas colonias griegas; sin duda había aprendido la naturaleza de los regímenes griegos: de la tiranía (a la sazón una expresión técnica), pasando por la oligarquía extrema y la moderada, a la democracia. Las lecciones debieron de dar por sentada la existencia de un conjunto homogéneo de ciudadanos (los esclavos, las mujeres y la mayoría de los inmigrantes carecían de derechos), en su totalidad griegos, al menos por asimilación. En cuanto superara las fronteras de dichas sociedades tendría que improvisar. Su preceptor fue explícito con respecto a la función de las razas inferiores: los griegos eran hombres y los bárbaros subhombres, creados para uso de los hombres, lo mismo que las plantas y los animales. Era la opinión dominante de la época y si Aristóteles no se elevó por encima de aquélla, algunas excusas tuvo. Durante su estancia en Macedonia, su amigo y pariente Hermias fue llevado mediante traiciones a las manos de Oco, torturado para obligarlo a revelar los planes de sus aliados (no lo hizo) y crucificado. En una de las lecciones de educación cívica se planteaba a los estudiantes una situación hipotética y se les preguntaba cómo la afrontarían. Alejandro, que muy probablemente se sabía al dedillo la respuesta «correcta», repuso que cuando surgiese ya vería cómo resolverla. Fue una respuesta profética. Hizo lo que hizo siendo acero flexible en una edad de hierro. Entre las teorías biológicas de Aristóteles figuraba la de que la mujer es una forma imperfecta del hombre. Aunque heterosexual, en el mundo masculino de Grecia daba por sentado, lo mismo que Platón, que las relaciones vitales de un hombre eran con otro hombre. Donde Platón exaltaba el amor, Aristóteles ensalzaba la amistad, dentro de la cual cada uno debía desear y fomentar el máximo bien para el otro. Al margen de cualquier reserva que Alejandro tuviese sobre el curso de educación cívica, lo cierto es que respondió incondicionalmente a ese precepto. Se conocieran en la infancia o en la adolescencia, para entonces contaba con la compañía de Hefestión. Al igual que Tolomeo, Hefestión había nacido en la zona. Probablemente se conocían desde hacía mucho tiempo. Sea como fuese, Aristóteles, que abandonó Pella cuando Alejandro tenía dieciséis años y nunca más volvió a verlo a él ni a sus amigos, escribió a Hefestión un libro entero de cartas. Por desgracia, figuran entre sus obras catalogadas que ya no existen. Y las respuestas de Hefestión habrían sido más interesantes.Si Hefestión hubiera sobrevivido a Alejandro, sabríamos mucho más de él. Y si Alejandro lo hubiese sobrevivido lo suficiente para conmemorarlo, incluso ese retrato idealizado nos habría permitido llenar algunas lagunas. Las probabilidades apuntan a que quizá sea uno de los hombres más infravalorados de la historia. En vida debió de despertar grandes envidias; no dejó tras de sí a nadie interesado en dar a conocer su fama y sólo disponemos de los testimonios de sus rivales. Es extraordinario lo poco que se lo cita críticamente. Lo peor que se dice de Hefestión es que en una ocasión tardó en dirimir una disputa personal en la que, a pesar de los detalles que se han perdido, quizá sufrió más provocaciones de lo que suponemos. Inició su carrera militar como compañero (es decir, miembro del regimiento de caballería del propio monarca) y fue ascendido, evidentemente por méritos propios, hasta los más altos rangos civil y militar; jamás fue derrotado en ninguno de sus encargos de gran responsabilidad; cumplió de manera impecable múltiples misiones diplomáticas de importancia decisiva, e intercambió correspondencia con dos filósofos. Su pérdida estuvo a punto de enloquecer a Alejandro. Apenas se sustentan las teorías que sostienen que fue un mero compañero de cama o un amigo íntimo apreciado por su devoción absoluta. Rufo Quinto Curcio lo describe como más alto que Alejandro y más apuesto, en cuyo caso era indudablemente bello. Ningún historiador afirma tajantemente que fueran amantes, aunque Plutarco comenta que, en Troya, Alejandro depositó una corona en la tumba de Aquiles y Hefesfión en la de Patroclo. Pese a la reticencia de Homero, la Grecia clásica daba por sentado que el amor entre los héroes era sexual. El hecho de que Alejandro hiciera una confesión tan pública sería representativo de su pasión por las lealtades personales. Además, Olimpia estaba desaforadamente celosa de esa relación y persiguió por carta a Hefestión a través de media Asia. Sobrevive un fragmento de una de sus respuestas: «Deja de reñirme; de todos modos, no es que me preocupe demasiado. Sabes que para mí Alejandro lo es todo». Estuvieron casi cuatro años bajo la tutela de Aristóteles. Cuando Alejandro cumplió los dieciséis, Filipo –comprometido en un asedio prolongado y complejo en el este de Tracia– lo nombró regente de Macedonia. Es evidente que Alejandro ya había participado en la guerra. Aunque no existen archivos, la confianza depositada en él no fue una sinecura. Pese a que dejó al experimentado Antípatro como asesor, a esas alturas Filipo debía suponer que su hijo actuaría por propia iniciativa si lo consideraba necesario. Las tribus fronterizas, en concreto los ilirios, aún no sometidos, suponían una amenaza constante; otro tanto ocurría con los atenienses, que, sin declarar la guerra, empleaban métodos terroristas: tomaban un barco macedonio y vendían como esclavos a los tripulantes– capturaban a un emisario y exigían rescate; detenían en Atenas a un mercader que había ido a hacer compras para Olimpia, por orden de Demóstenes lo torturaban hasta que se declaraba espía y lo ejecutaban. Más apremiante era la cuestión de los tracios del oeste, anteriormente sometidos pero que, si se alzaban, supondrían una amenaza para la línea de comunicación de Filipo, que para entonces casi llegaba al Helesponto. El comentario de Plutarco sobre este período es escueto. Alejandro, «con tal de no estar ocioso, redujo a los rebeldes maedos, puso en su lugar a una colonia de varios pueblos y le dio su nombre, Alejandrópolis». Basta echar un vistazo al mapa para borrar la idea de que buscaba un pasatiempo. El país de los maedos corresponde a la región no cultivada de la actual frontera de Bulgaria; los invasores bajaban desde allí hasta el valle cultivado del Estrimón, que cortaba la ruta de aprovisionamiento de Filipo. Y una rebelión con éxito que desencadenara otras podría haberlo involucrado en un desastre militar de grandes dimensiones. La primera «colonia» de Alejandro fue, sin lugar a dudas, una simple aldea en una colina. Su padre había fundado Filipópolis en Tracia; sólo posteriormente se revelaría el orgullo que el joven debió de sentir por ese acto de emulación. Pero es más significativo el hecho de que a los dieciséis años estaba en condiciones de convocar al ejército permanente de Macedonia, de hacerse seguir incondicionalmente hasta las fortalezas de los bárbaros y de ser obedecido en una dura campaña de montaña. Sería interesante saber dónde y cómo llegaron previamente a confiar en él. Luego estuvo a las órdenes de su padre (Antípatro quedó de regente), que con el rango de general lo envió a someter algunas ciudades rebeldes del sur de Tracia. Aproximadamente en esta época salvó la vida de su padre, tal como reivindicó más adelante. Probablemente fue durante el agotador asedio que Filipo hizo a Perinto, durante el cual quizá tuvo que contratar tropas adicionales. Alejandro aún lo recordaba con resentimiento cuando ya era gran rey de Persia. Dijo de Filipo:
Cuando estalló una reyerta entre soldados macedonios y mercenarios griegos, complicada por una herida que sufrió en la refriega, cayó y no pudo más que fingirse muerto; él mismo le protegió el cuerpo con el escudo y mató con su propia mano a los hombres que lo atacaron. Todo lo cual su padre nunca fue hombre suficiente para reconocer, pues no estaba, dispuesto a deberle la vida a su hijo.
Lamentablemente no sabemos nada más. Cumplida la educación formal de Alejandro, Filipo pagó los honorarios escolares. Lo hizo con una ciudad. Estagira, la ciudad natal arrasada de Aristóteles, fue nuevamente fundada, reconstruida y repoblada; probablemente la población estaba compuesta por esclavos comprados. Todo ello convierte la educación de Alejandro en la más cara que se conoce. Fue formativa. Siempre recordó que el único yo que merece egolatría es el que hoy denominaríamos el superyó; el «alma intelectual» a la que hay que formar para que rija, como un soberano, sobre los apetitos inferiores y más bajos; para que desdeñe los límites de la mortalidad,– para que sólo codicie riquezas como el honor, la nobleza y la gloria. El destacado aprendiz del brujo muerto dejó atrás ese hechizo, volvió a casa y quedó desconcertado por los truenos y relámpagos posteriores. La confianza de Filipo en su hijo pone de manifiesto que aún se llevaban bien, como normalmente ocurría siempre que estaban en campaña y lejos de Olimpia. Alejandro volvió a Macedonia para reanudar la regencia mientras Filipo continuaba su acoso a los puertos–fortaleza de Perinto y Bizancio. Atenas ya estaba en guerra abierta y abasteció a las guarniciones asediadas gracias a su imponente superioridad naval, lo que al final obligó a Filipo a abandonar ambos objetivos. Durante la marcha de regreso a Macedonia derrotó a algunos escitas hostiles, pero su ejército, frenado por el botín en ganado y en esclavos, se vio detenido por una tribu norteña y el rey sufrió una herida demasiado grave para moverlo. Entretanto, las responsabilidades de Alejandro y Antípatro eran considerables. En los estados sureños había estallado una complicada disputa político–religiosa por unos campos sagrados próximos a Delfos, lo que planteó la posibilidad de aplicar la táctica favorita de Filipo: la solicitud de intervención de Macedonia. (Una y otra vez, la geografía de Grecia, con sus montes hermosos pero yermos y sus codiciadas tierras de labrantío, ha determinado su historia. La prolongada y desastrosa guerra del Peloponeso, sepulcro de la grandeza de Atenas, se desencadenó por una disputa sobre unas tierras sagradas de Megara.) La Liga Sagrada –una especie de Naciones Unidas de carácter religioso– votó en favor de castigar a los anfisos, que–se habían apoderado de los campos para cultivarlos. Filipo estaba en buenas relaciones con la Liga porque años atrás había expulsado de Delfos a una fuerza focea que saqueó los tesoros y el templo de Apolo. Se había comportado correcta y humanamente, convenciendo a sus aliados de que impusieran multas a los foceos en lugar de arrojarlos por los acantilados; la propaganda de Demóstenes había representado a los foceos como mártires oprimidos y al macedonio como un tirano manchado de sangre. Avisó a la aún agradecida Liga que, si le solicitaban ayuda, estaba dispuesto a prestarla. El tiempo de espera era crucial. Desde Tracia ordenó a Alejandro que movilizara el ejército; para no alertar a Atenas, debía decir que se trataba de una campaña contra lliria. Alejandro obedeció. Antes de que Filipo regresara, los rumores llegaron a los ilirios, que no tardaron en levantarse en armas. Alejandro debía de estar preparado para esta contingencia. Avanzó hacia el oeste hasta la frontera, rechazó a los invasores y los hizo retroceder. Era su tercera operación independiente, en terreno accidentado, esta vez contra un enemigo más peligroso. Contaba diecisiete años. Filipo regresó, a la espera de los acontecimientos en el sur. Al parecer, durante ese intervalo de paz los padres de Alejandro tuvieron tiempo de ocuparse de la indiferencia sexual de su hijo. Quizás Alejandro había rechazado alguna propuesta de matrimonio. Filipo –mujeriego precoz en el caso de que Tolomeo fuera su hijo– se desconcertaría al ver un joven que se acercaba a los dieciocho años y que era tan tímido en ese aspecto y tan osado en los demás. La sucesión real, precaria y manchada de sangre, hacía coherente el deseo de que engendrara un heredero en plena juventud (y jamás la ansiedad estuvo más justificada por los acontecimientos que en este caso). Lo mismo que otros padres de cualquier época, los de Alejandro analizaron su propia participación en su indiferencia sexual. A esa altura la idea del matrimonio debía espantar a Alejandro. Olimpia no lo dejaba en paz y se dice que contrató a una célebre hetaira –una de esas «acompañantes» elegantes que combinaban las dotes de la geisha con las de la cortesana– para que lo iniciara. La hetaira fracasó. Aristóteles no daba clases de ascetismo ni de sublimación platónica, pero su doctrina del alma intelectual como regente del yo inferior durante años ofreció refugio al orgullo de Alejandro. Nunca fue muy sexual, aunque experimentó una profunda necesidad de afecto, y su respuesta física a las mujeres quedó congelada en la infancia en virtud del odio que se profesaban sus padres; tardaría mucho en deshelarse. Entretanto, reunió a un grupo de amigos íntimos y devotos, casi todos mayores que él. Evidentemente Hefestión era el único de su edad capaz de estar a su altura; ningún otro recibió cartas de Aristóteles. Con respecto a los demás, ninguno pudo ser su amante y, como pronto demostrarían los acontecimientos, el círculo íntimo no albergaba a aduladores atraídos por el rango. Alejandro invirtió en esos amigos su capital emocional, su apasionada generosidad, su potente magnetismo y su encanto irresistible. Casi todos estuvieron unidos a él de por vida.La Liga Sagrada declaró la guerra a los anfisos, pero su ejército improvisado resultó ineficaz. Demóstenes previó lo que ocurriría y exhortó a los mal dispuestos atenienses para que contrarrestaran la amenaza de Filipo llegando a un acuerdo con Tebas. La disputa entre vecinos era tan antigua que, un siglo antes, los tebanos se habían aliado con el invasor Jerjes. Y su derrocamiento posterior de la tiranía espartana había despertado más envidia que estima. Ahora tenían concertado un tratado con Macedonia y estaba por verse si lo incumplirían. Cuando en la guerra anterior expulsó a los foceos del santuario de Delfos, Filipo propuso a Atenas –miembro de la Liga– que enviara un contingente de tropas. Demóstenes se ocupó de vetarlo, sin duda para impedir, sobre todo, la confraternidad con los macedonios, en quienes los soldados podrían descubrir a compañeros humanos. Cuando la moderación de Filipo salvó la vida de los foceos –tuvieron que pagar indemnizaciones y derribar sus plazas fuertes–, Demóstenes declaró que era una barbaridad. Tal como sucedió entonces, en la encarnizada lucha política, el veredicto contra los anfisos salvó a Atenas de los peligros de una acusación paralela de «impiedad». Este triunfo diplomático lo obtuvo Esquines, el odiado rival de Demóstenes. El compromiso político y el rencor personal lo llevaron a cometer un grave error. En la siguiente reunión de la Liga, convenció a los atenienses de que la boicotearan y los reunidos, sin la oposición del delegado ateniense, aceptaron la ayuda ofrecida por Filipo. Había llegado el momento que Filipo tanto esperaba. Su ejército estaba entrenado a unos niveles hasta entonces desconocidos en Grecia. La caballería –los aristocráticos compañeros– creció en número durante el recorrido con los expertos jinetes de Tesalia. El paso decisivo de las Termópilas fue amablemente tomado a la guarnición tebana. Filipo avanzó hasta Elatea, en la frontera focea, aproximadamente dos días de marcha desde Tebas y tres desde el Ática. Atenas fue presa del pánico. Con los tenderetes y los corrales de ovejas de la plaza del mercado se construyó un faro para alertar a los habitantes de las afueras. Con un trompetazo se convocó a la Asamblea de ciudadanos. Los partidarios de Demóstenes acusaron de traidores a los moderados que osaron recordar la moderación de Filipo después de la guerra contra los foceos. En esta ocasión la alianza con Tebas ganó la votación y Demóstenes encabezó la embajada enviada a negociar. Filipo también envió emisarios a Tebas. Se escuchó a ambos bandos durante la misma sesión. El derecho de voto de los tebanos se limitaba a los soldados–ciudadanos presentes y veteranos. Los macedonios citaron el tratado mutuo, recordaron los actos hostiles de Atenas y a cambio de la alianza prometieron un reparto justo de los beneficios de la victoria. Si los tebanos preferían ser neutrales, se lo concederían a cambio del derecho de paso. A continuación Demóstenes planteó las ofertas de Atenas. Consistían en entregar a Tebas dos pueblos protegidos por solemnes promesas atenienses: los beocios del campo circundante, sostenidos contra el gobierno tebano en el sagrado nombre de la democracia, y, por si eso fuera poco, los habitantes de Platea. A esta tribu fronteriza, única aliada de Atenas en la heroica defensa de Maratón, se le había concedido a perpetuidad la ciudadanía ateniense honoraria. Los tebanos dudaban. Demóstenes, que jamás había pisado un campo de batalla, les echó en cara su cobardía. Este recurso sencillo tuvo un éxito total. Los tebanos renunciaron al tratado (mejor dicho, lo rompieron, ya que los acuerdos se tallaban en mármol) y votaron a favor de la alianza con Atenas. Filipo sabía en qué posición se encontraba. No había querido entrar en guerra con Atenas. Una vez establecida su ascendencia, sin duda habría pretendido dirigir la política exterior ateniense –modelo de las hegemonías griegas desde los tiempos de Pericles–, pero fue inocente de todo intento de esclavizar a su pueblo o de destruir su cultura. Probablemente abrigaba el deseo íntimo de ser un nuevo Pericles. Sus diversas ofertas fueron obstruidas por el odio inveterado de Demóstenes y rechazadas con estudiados insultos. Educado en las tradiciones macedónicas, Filipo tenía una visión simple y amplia de los cabecillas que dirigían desde bambalinas. Y su certeza de que allí encontraría a uno resultaría acertada. A pesar de todo, no marchó hacia el sur. Primero cumplió el encargo de la Liga. Después de un invierno de maniobras alrededor del macizo del Parnaso, mediante un ardid hizo una marcha relámpago sobre Anfisa, capturó a los mercenarios enviados por Demóstenes y aceptó la rendición de la ciudad. Filipo y su hijo fueron ceremonialmente celebrados, honrados y coronados en el santuario de Delfos. No volvieron a Macedonia. Se apoderaron sin dificultades del golfo de Corinto, fortificaron sus plazas fuertes y retornaron a Elatea. Incluso en ese momento Filipo envió sus últimas ofertas de paz a Tebas y a Atenas. Demóstenes se ocupó de que las rechazaran. Otra hipótesis histórica acababa de superar la encrucijada. A mitad del verano las fuerzas del norte y del sur, alrededor de treinta mil hombres por bando, se encontraron en la llanura beocia de Queronea. Filipo ejerció el mando desde el ala derecha, puesto tradicional de los reyes macedónicos. La idea de que el lado en que se esgrime el arma es más «honroso» que el del escudo existe desde tiempos inmemoriales. Como el enemigo hizo lo mismo, Filipo supo, gracias a los tiempos de su estancia en Tebas, cuál sería el cuerpo de élite que haría frente al ala izquierda macedónica: la imbatida Falange Sagrada. Confió esa posición a la caballería de los compañeros, mandada por Alejandro. Filipo en persona hizo frente a los atenienses, que contaban con la ventaja de estar en terreno elevado. Los hizo bajar mediante un simulacro de retirada, les tendió una celada en la que cayeron y los derrotó. Entre los que huyeron estaba Demóstenes, que probó la guerra por primera y última vez. Para disimular la brecha, los demás soldados alargaron la fila. Alejandro esperaba ese momento: dirigió la carga de la caballería contra la Falange Sagrada. Según los patrones del más osado arte militar moderno, en la batalla Alejandro se expuso como no debe hacerlo un comandante responsable. Pero nuestros patrones no son los de Macedonia, cuyo ethos seguía siendo homérico. No sólo él, sino sus hombres, recordaron las palabras de Sarpedón ante las murallas de Troya. Probablemente, Alejandro las sabía de memoria.
Glauco, –por qué nos honran a ti y a mí antes que a otros con lugares de honor, las mejores carnes y copas rebosantes de vino en Licia, y todos nos miran como si fuésemos inmortales, y nos asignan grandes extensiones de tierra a orillas del Xantos, tierra fértil, huerto, viñedos y terrenos cultivables para plantar trigo. En consecuencia, es nuestro deber ocupar nuestros puestos a la vanguardia de los licios, y cumplir nuestro cometido en el fragor del combate, para que cualquiera de los licios de prieta armadura pueda decir de nosotros: «Ciertamente, no son innobles estos hombres que son señores de Licia, estos reyes nuestros, que se alimentan de las gordas ovejas que les damos y beben el exquisito vino dulce, pues sin duda ellos poseen fuerza y valor, ya que combaten en la vanguardia de los licios.»
Las múltiples heridas de Filipo demuestran que, pese a ser un experto realista, daba por sentado este significado de la expresión «nobleza obliga». Es cierto que a lo largo de su vida Alejandro coqueteó con el peligro, aunque siempre con algún propósito y con fervor casi religioso. Con frecuencia lo tachan de intrépido, pero ningún hombre de imaginación tan fecunda es inmune al miedo. Había visto a muchos hombres sufrir una muerte espantosa en el campo de batalla, después de padecer una prolongada agonía. Quizá por ese motivo el miedo siempre fue el primer enemigo que tuvo que vencer. En ésta, la primera de sus grandes batallas, condujo a la caballería contra la infantería (aquélla no contaba con la ventaja de que dispondría cuando se inventase el estribo) y, luego de una lucha encarnizada, logró romper las filas tebanas. Cercada, la Falange Sagrada se negó a rendirse y pereció hasta el último hombre. Aún se alza en Tebas el león de mármol que señala la fosa común. La victoria fue abrumadora y Filipo, cuyos intentos de helenizarse habían recibido una respuesta tan fría, volvió a Macedonia. En el festín que celebró esa misma noche, proclamó un «comus» dionisíaco y guió hasta el campo de batalla su procesión achispada y portadora de antorchas, entonando un cántico acerca de Demóstenes. Fue regañado por un aristócrata ateniense que se encontraba en el recinto de los prisioneros y la embriaguez se le pasó en el acto. El nombre de Alejandro brilla por su ausencia en todas las versiones de este episodio. Filipo se relacionaba con torpes y cobardes y su hijo con valientes; tanto entonces como más adelante no se regocijó de su triunfo sobre esos enemigos. Sin embargo, su visión de Atenas seguiría siendo la de alguien que respeta los tesoros de un gran museo a pesar de sus conservadores filisteos. El aristócrata cautivo, al que Filipo liberó e invitó a cenar, transmitió a Atenas las condiciones de la paz. La desesperada ciudad esperaba una horda bárbara que saqueara toda el Ática, pues Demóstenes había pregonado que el objetivo del macedonio «no era la esclavitud sino la aniquilación» En realidad lo único que Filipo reclamaba era el reconocimiento de su hegemonía. Ni siquiera se proponía cruzar la frontera y los prisioneros podían volver sin pagar rescate. Mientras aguardaba respuesta, quemaron a los muertos. Esta tarea, realizada en piras y utilizando madera como único combustible, debió de exigir un cierto temple a los soldados del mundo antiguo. Las víctimas atenienses ascendían a más de un millar. (Nuestra época de armas de fuego ha olvidado la indefensión absoluta del soldado de infantería que se bate en retirada dando la espalda y que, abandonando el pesado escudo para moverse más rápido, sólo podía correr ante las lanzas que lo perseguían.) Recogieron las cenizas, porque pedir los restos de los propios muertos equivalía al reconocimiento formal de que el vencedor «poseía el campo». Los atenienses las solicitaron y, como era de esperar, aceptaron las condiciones de Filipo, que sin duda los sorprendieron. Les envió las cenizas con una comitiva ceremonial escoltada por Alejandro.El joven tenía dieciocho años. No volvería a pasar por allí. Fue obsequiosamente recibido. Se decretó que en la Acrópolis erigieran estatuas de su padre y de él; la cabeza de esta última aún sobrevive. Al parecer visitó la Academia de Platón y se llevó a Hefestión; Jenócrates, el director de la Academia, escribió su propio libro de cartas a Hefestión, tal vez en competencia con Aristóteles. En una muestra de fuerza, Filipo marchó sin oposición hasta el Peloponeso. En Corinto convocó un consejo al que asistieron enviados de todos los estados sureños salvo Esparta; lo nombraron comandante supremo de las fuerzas griegas «de defensa» contra los persas. Regresó inmediatamente a Macedonia para preparar la expedición. Todo demuestra que en ese período de sus vidas Alejandro y Filipo se llevaron mejor que nunca. Aunque es probable que la muerte de Filipo ya estuviera decidida y que sus autores sólo esperaran el momento oportuno, pudo haber ocurrido como una separación entre padre e hijo, en circunstancias violentas como tantas otras de esa época, pero sin la violencia del conflicto interior que marcó de por vida a Alejandro. El destino decretó que ocurriera de otro modo: Filipo se enamoró y se preparo una nueva boda. En esta ocasión la joven pertenecía a una familia de la nobleza macedónica. Era sobrina y pupila –evidentemente su padre había muerto– del mismo Atalo que se había vengado de Pausanias por el suicidio del joven amigo del monarca. Las fuentes no dejan claro si su ascenso al poder fue anterior o posterior a los desposorios, pero tenía un rango elevado y en Macedonia ese matrimonio debió de considerarse más importante que los de las demás concubinas legales. Algunos historiadores han deducido que Filipo ya había tomado la decisión de divorciarse de Olimpia. Existe una considerable cantidad de pruebas en sentido contrario. Alejandro asistió al banquete de bodas. El resultado demuestra que no lo hizo por temor a Filipo. En vista de su furia ante los esponsales, sin duda Olimpia debió de oponerse a que Alejandro apoyara esa decisión. Quizás el joven pensó que transmitiría a los demás que la posición de su madre no estaba en cuestión, convencido de que era un gesto que podía permitirse. O tal vez lo hizo como simple gesto de buena voluntad hacia su padre, a cuyas órdenes había estado armoniosamente durante una prolongada campaña, inmerso en una atmósfera de camaradería masculina y alejado de las intrigas palaciegas. Como cabía esperar, fue una amarga experiencia. Un adolescente sexualmente tan quisquilloso y con la preferencia homosexual que signó esa etapa de su vida no podía divertirse en una ebria boda macedónica, con la perspectiva de ver cómo metían a su padre en la cama, en medio de las habituales bromas subidas de tono, junto a una muchacha más joven que él mismo. Y la idea del enfado de su madre debió de ponerlo muy tenso. Sin embargo, por motivos que le parecieron justificados, Alejandro asistió y se quedó hasta que la novia se retiró y se hicieron los brindis. Atalo propuso brindar a la salud de la feliz pareja, expresando además –fuese por la bebida o calculadamente– la esperanza de que su enlace produjese un heredero legítimo de Macedonia. La reacción de Alejandro fue inmediata, como era característico en él. Gritó al tiempo que arrojó su copa a la cabeza de Atalo: «¡Canalla! ¿Y yo qué soy? Un bastardo, ¿acaso soy un bastardo?». Se desencadenó un ruidoso caos. Atalo también arrojó su copa. Durante la refriega, padre e hijo intercambiaron palabras, que no han llegado hasta nosotros. Fueran cuales fuesen, Alejandro logró que Filipo desenfundara la espada (probablemente la llevaba para cumplir con el antiguo ritual de cortar el pan de la novia) y se abalanzara sobre él. Cojo a causa de una vieja herida y borracho, Filipo cayó. Alejandro dijo fríamente: «Mirad. Proyecta cruzar de Europa al Asia y no es capaz de pasar de una mesa a otra sin caer». Dichas esas palabras, Alejandro abandonó la casa y el reino. Evidentemente se trató de una crisis que ninguno de los presentes había previsto, salvo Atalo. Había jugado bien sus cartas y era lo bastante listo para saber que Alejandro reaccionaría colérico, aunque es posible que su afrenta hubiera sido un arrebato debido a la bebida. No cabe la posibilidad de que Filipo estuviese enterado de antemano. No habría aceptado un gesto generoso del hijo que había compartido sus victorias para ver cómo lo insultaban y le provocaban una previsible ira. Filipo fue sorprendido porque estaba obnubilado por el vino y Alejandro se comportó como Alejandro; fue una de esas situaciones en las que la sorpresa libera los fuegos que los protagonistas habían intentado contener. Sin más dilaciones, Alejandro dijo a su madre que hiciera el equipaje y atravesó con ella la accidentada frontera sudoccidental rumbo a Dodona, en Epiro, la capital donde reinaba el hermano de Olimpia. Nada volvería a ser igual entre padre e hijo, Alejandro y su madre habían recibido el peor agravio que se podía cometer en el mundo antiguo y nadie les había pedido disculpas. Las palabras que Alejandro intercambió con Filipo hasta llevarlo a una situación rayana en el filicidio sigue siendo objeto de interesantes especulaciones. Quizá liberó celos largamente reprimidos ante la apostura de su hijo, su precocidad intelectual, su impresionante popularidad con los soldados y el círculo cerrado y leal de «amigos de Alejandro». No es posible que emprendiera un viaje a campo traviesa hasta Dodona, protegiendo a una mujer, sin ningún tipo de escolta. Lo más probable es que se la proporcionasen sus íntimos amigos. Más adelante, Filipo conocería muy bien la devoción que le guardaban. Ningún autor consigna con qué sentimientos el rey Alexandros de Epiro, que debía su trono a Filipo, recibió a su ultrajada hermana, tampoco dicen si Alejandro fue bien recibido en Dodona, célebre por sus inviernos rigurosos y por su oráculo, el más antiguo del mundo griego. Su centro era una encina inmemorial que albergaba palomas cuyo murmullo era significativo y estaba rodeada de vasijas de bronce que retumbaban al son del viento. Su dios era Zeus, al que interrogaban escribiendo en un trozo de plomo; sobreviven muchas muestras. La sacerdotisa descalza interpretaba la respuesta de manera azarosa. Lamentablemente, en las excavaciones no se ha encontrado una sola pregunta de Alejandro. Empero, este santuario estaba relacionado con el de Zeus–Amón en Siva, que posteriormente consultó a costa de dificultades y peligros y con resultados espectaculares. Siendo quien fue, cuesta creer que durante esa crisis de su fortuna no visitara el gran centro profético cuando se encontraba a sus puertas. Si lo hizo, mantuvo el secreto de la respuesta. En Siva haría lo mismo. Dejó a su madre en la casa en la que había nacido y cabalgó hacia el norte hasta Iliria. Hacía menos de dos años que había repelido al derrotado ejército ilirio, devolviéndolo a esas tierras belicosas. El hecho de que pudiera presentarse y ser recibido como invitado demuestra con qué decencia libró la campaña y cuánto respeto suscitó. Sigue siendo un enigma lo que se proponía hacer en Iliria. Durante una temporada fue hijo de su madre y las emociones dominaron su juicio. Hasta es posible que pensara encabezar una invasión iliria para tomar su herencia por la fuerza, pero su inteligencia innata se impuso. De todos modos, era muy capaz de jugarle una guerra de nervios a Filipo, que sin duda se mostraría reacio a partir hacia Asia y a dejar desatendida la guarnición macedonia con esta presencia tan peligrosa e imprevisible en su retaguardia. Nunca más Alejandro tendría que resistir en condiciones tan severas y humillantes, conciliar a anfitriones groseros, cauteloso ante la posibilidad de una traición, durmiendo en primitivas fortalezas de las colinas después de la magnificencia de Atenas y Corinto, donde lo habían recibido y honrado como a un vencedor. Entre las penurias que más tarde recordaría haber soportado con orgullo, no hace la menor alusión a su estancia en Iliria. Pero dio resultado. Demarato de Corinto, amigo y huésped de la familia, actuó como mediador. No sabemos si fue el padre o el hijo quien lanzó la primera sonda. Alejandro regresó a Macedonia, probablemente con su madre. Las fuentes disienten y algunas la dejan en Epiro, pero no es probable que Alejandro aceptara esas condiciones. No sólo estaba en juego la rehabilitación del buen nombre de Olimpia, sino la legitimidad de su hijo. Fuera cual fuese el acuerdo al que arribaron Alejandro y Filipo, fue una frágil reconciliación. Pronto fue lo bastante tensa para que Alejandro dudase de la buena fe de su padre respecto de su sucesión. No es posible que retornara sin contar con algunas garantías, en las que no confió. La mayoría de los descendientes de Filipo eran niñas y la nueva esposa acababa de dar a luz a otra; no existía más heredero viable que Alejandro; da la impresión de que sus sospechas rayaban en lo irracional. De todos modos, la facción de Atalo –autora de su exilio– era la favorita, en el pasado muchos herederos macedonios fueron desheredados por traición. A todo ello se sumaban las presiones emocionales de su madre, profundamente ofendida por los favores derrochados con la reciente esposa, que incluían el nombre regio y honorífico de Eurídice. Se acrecentó la dependencia de Alejandro de la lealtad y el afecto de sus amigos, que se adhirieron a él con una entrega que a Filipo empezó a parecerle desleal. La atmósfera era explosiva y bastó la primera chispa para que estallara el incendio. Arrideo, el bastardo retrasado de Filipo, estaba en edad de casarse. El padre de su prometida –único factor que importaba– era Pixodaro, sátrapa de Caria, poderoso estado semiindependiente del sur de Asia Menor que sería decisivamente conveniente para la próxima guerra. El relato que hace Plutarco de lo que ocurrió da cuenta del estado de ánimo de Alejandro. Su madre (de acuerdo con esta narración estaba en Macedonia) y sus amigos no hacían más que llevarle rumores falsos, «como si Filipo, mediante un casamiento brillante y una excelente relación, intentara dejar el reino en manos de Arrideo». Alejandro lo creyó. Casi enloquecido –y a traición, a juzgar por cualquier patrón–, envió en secreto a Caria a un emisario propio: el actor trágico Zetalo. La diplomacia solía utilizar actores importantes, que viajaban con frecuencia, pero para aceptar semejante misión Zetalo tuvo que ser un devoto amigo personal. Tenía que convencer al sátrapa de que no entregase su hija a «un bastardo lelo» y ofrecerte la mano de Alejandro.La historia es imprecisa en cuanto al grado de la imbecilidad de Arrideo. Sobrevivió alrededor de seis años a su hermano como rey títere, evidentemente capaz de pronunciar unas pocas palabras en público, pero no tomó decisiones ni participó en combates. La mujer con la que se casó fue una esposa capaz que actuó en su nombre, pero de su unión no hubo hijos y probablemente nunca se consumó. Parece increíble pensar que alguna vez la Asamblea macedonia lo habría adoptado como rey prefiriéndolo a Alejandro, aunque su padre así lo hubiese decretado en vida. Filipo debía su acceso al trono a la necesidad de un monarca combatiente; el heredero directo, que fue pasado por alto, tenía en ese momento poco más de veinte años y habría sido el elegido obvio si había que modificar la sucesión. ¿Qué impidió que Alejandro se percatase de estos hechos? En el plano intelectual, era extraordinariamente flexible y rápido a la hora de hacer adaptaciones. En el emocional, todo era distinto. Las exigencias que se planteó a sí mismo fueron tales que, mientras que hasta el final de su vida estuvo a la altura de cualquier penuria, dolor o peligro físicos, bajo una tensión psicológica extrema prefirió quebrarse antes que doblarse. Esta pauta aparece en más de una ocasión a lo largo de su vida. La presteza con que el sátrapa aceptó la oferta debió de abrirle los ojos. Evidentemente a Pixodaro no le habían prometido un heredero forzoso. Pero el esclarecimiento llegó demasiado tarde y Filipo se enteró. En este punto el manuscrito de Plutarco es atormentadoramente breve. Cuenta que, al enterarse, Filipo acudió a la habitación de Alejandro, acompañado de Filotas –hijo de Parmenión y amigo íntimo de Alejandro–, y le dio una severa reprimenda. Probablemente estaba confinado en su habitación, bajo arresto domiciliario. La presencia de Filotas resulta inexplicable, a menos que asistiese como testigo neutral, ya que su padre era el amigo más antiguo de Filipo. Sin embargo, el comportamiento posterior del joven hace sospechar que había delatado la conspiración sin que Alejandro se enterase. Filipo reprochó a su hijo ser tan indigno de su rango como para buscar la alianza con un simple cario, criado de un rey bárbaro. En síntesis, su rango estaba garantizado y sus dudas eran tan ofensivas como desastrosa su acción. Ese matrimonio estaba excluido en su caso y, después de las revelaciones de Zetalo, Arrideo también fue rechazado. El golpe diplomático se fue al garete. Para un hombre con la capacidad de comprensión de Alejandro tuvo que ser un momento muy amargo, pero viviría otros peores. Decidido a mostrar quién mandaba y a desmembrar la camarilla subversiva, el rey desterró de Macedonia a todos los amigos íntimos de Alejandro. La única excepción interesante fue Hefestión. Existen varias razones que lo explican, siendo la más evidente que Filipo, al igual que Aristóteles, consideraba que ejercía una influencia positiva en Alejandro; también podría convertirse en un rehén útil en virtud de su conducta, sobre todo si Filipo estaba enterado de que eran amantes. Era muy astuto a la hora de juzgar a los hombres. Tal como sucedieron las cosas, dio el último trallazo con el látigo del domador. Hizo arrestar a Zetalo, que se encontraba en Corinto, y ordenó que lo trasladaran a Pella encadenado. La categoría profesional del actor trágico equivalía a la de un Irving o un Garrick. A pesar de que sólo fue reprendido –no sabemos de otro castigo salvo la profunda humillación de los grilletes–, fue un paso extremo para las aspiraciones culturales de Filipo. De todos modos, no podía encontrar mejor forma de herir en lo más vivo a Alejandro, cuya insistencia en compartir hasta el último peligro al que exponía a sus hombres era casi una obsesión. En este caso, no pudo hacerlo. La vergüenza debió de calar hondo, lo mismo que el resentimiento. Hay que reconocer que jamás olvidó el episodio ni al amigo involucrado: durante su reinado Zetalo siempre fue bien recibido y uno de sus artistas preferidos. Entretanto había empezado la primera fase de la guerra contra los persas. Parmenión y Atalo habían cruzado el Helesponto con una fuerza de avanzada y establecido una cabeza de puente. Un año antes, el rey Oco fue asesinado por su gran visir eunuco, Bagoas el hacedor de reyes, cuyo poder pretendía refrenar; su hijo Arses era joven y estaba ocupado resolviendo problemas internos. Al parecer, la resistencia de los sátrapas costeros fue débil y desorganizada. Si la amistad de Alejandro por su padre se hubiese mantenido, probablemente habría tenido mando en la expedición, pero ocupó su puesto el odiado Atalo. Antes de partir, Filipo tenía que resolver una cuestión de defensa interior: la conciliación de Epiro. Sea por la insistencia de Eurídice, quizá porque Olimpia le resultaba intolerable o debido tal vez a que la responsabilizaba de lo que su hijo había hecho, lo cierto es que Filipo había decidido divorciarse. Como era previsible, ese acto ofendería a su cuñado, el rey Alexandros. Evidentemente, al monarca de Epiro le preocupaba más el honor de la familia que los sentimientos de su hermana, pues aceptó gustoso la compensación que Filipo le ofreció: la mano de su hija Cleopatra. En aquella época, el hecho de que fuera su tío no suponía impedimento alguno. Sería interesantísimo saber qué planes había hecho Filipo para Alejandro con respecto a la próxima guerra. Ya no se le podía confiar la regencia. Si se quedaba, habría que haberlo encarcelado y no hay indicios de que Filipo tuviese esa intención. La alternativa habría consistido en llevarlo a Asia y darle mando en condiciones en las que su orgullo y su ambición habrían asegurado un desempeño correcto. Unidos en el campo y lejos de Macedonia, cabía la posibilidad de que, una vez más, padre e hijo volvieran a ser buenos camaradas de armas. Los planes de la boda eran magníficos. Como correspondía a la posición de Filipo en tanto jefe militar panhelénico, invitó a huéspedes de alto rango y emisarios estatales de toda Grecia. En la ceremonia, celebrada en el teatro de Aegae –la antigua capital, cerca de la moderna Edessa–, se honraría a los doce dioses olímpicos con juegos en su honor. Sus imágenes de madera desfilaron en carros dorados antes de ser colocadas en la «orquesta» circular situada deba o del escenario. Cada dios mostraba el coloreado natural aplicado a todas las esculturas griegas, incluidos los mejores mármoles, hoy sólo blanqueadas por el paso del tiempo. Una estatua de Filipo, de las mismas características, cerraba el desfile... por lo que eran trece, número que ya era significativo antes de la noche de la Última Cena. Garantizada la publicidad a lo largo y a lo ancho del mundo griego, Filipo pensó que era el momento ideal para refutar la propaganda ateniense sobre su «tiranía». Tradicionalmente, los déspotas griegos se desplazaban rodeados de guardias. Al planificar la procesión, Filipo dispuso que, una vez que todos los notables (entre los que debía figurar Alejandro) entraran en el teatro, su guardia personal se detuviera a las puertas a fin de que entrase solo. El capitán de la guardia a quien dio esas instrucciones era ni más ni menos que Pausanias, quien con el paso de los años había llegado a ocupar ese puesto. Durante la ceremonia el trono real se situaría en el escenario. Filipo haría acto de presencia por la parodos, la imponente entrada lateral de las bambalinas abiertas del teatro griego. El hecho de que el capitán de la guardia lo aguardase allí debió de parecer correcto o, cuando menos, no levantó sospechas. Cuando Filipo franqueó la entrada, Pausanias le clavó una daga en el corazón. Según Diodoro –la única fuente que describe la escena con lujo de detalles–, el asesino huyó por un viñedo que se encontraba detrás del teatro rumbo a unos caballos que esperaban a fin de que escapara. Pausanias se había adelantado a sus perseguidores, pero tropezó con una cepa. Antes de que tuviera tiempo de incorporarse, los primeros hombres que lo alcanzaron le segaron la vida. Los jefes y los nobles se apiñaron en torno a Alejandro, que no iba armado para la ceremonia sagrada, y formaron una guardia que lo trasladó a la ciudadela. Nadie puso en cuestión su ascenso al trono. No existía otro pretendiente tan afamado. Se convirtió en rey de Macedonia.
El juicio histórico a Alejandro por la muerte de su padre, prácticamente cerrado desde los días de Plutarco, ha vuelto a abrirse en los tiempos modernos a pesar de la total falta de pruebas por parte de la acusación. De lo contrario, sería una pérdida de tiempo volver a analizarlo. No viene al caso que deseara o no la muerte de su padre. Probablemente hacía como mínimo un año que la esperaba. El mundo estaba y está lleno de personas que experimentan estos deseos, aunque se espantarían ante la idea de llevarlos a la práctica. Para el pensamiento y la religión griegos, el parricidio era el crimen más temible y todos los dioses lo condenaban. Es evidente que, dadas sus convicciones y su temperamento, Alejandro no habría podido soportar esta carga sin enloquecer. Pero tampoco podemos considerarlo una respuesta concluyente, pues existe la posibilidad de que Olimpia lo convenciese de que no era hijo de Filipo. Para los griegos, la unión física de los dioses con los mortales era una creencia tan sincera como la inmaculada concepción para los católicos, con la diferencia de que la primera no era un acontecimiento excepcional. Y también a diferencia de la segunda, la ciencia jamás la había reprobado; los estudios biológicos de Aristóteles se apartaban claramente de esas apostasías dignas de la cicuta. Es posible que, presa de un trance dionisíaco, Olimpia imaginara sinceramente casi cualquier cosa. Como la cuestión del parricidio es poco concluyente, hemos de abordar las consideraciones más prácticas de los móviles. Partiendo del supuesto de que Alejandro estuviera moralmente preparado para matar, ¿por qué elegir ese momento? Estaba a la vista de todos en un festival panhelénico, con la preferencia debida a su rango y presentado a los emisarios estatales como heredero. Lo peor de su deshonra estaba olvidado y lo esperaba la guerra con sus grandes oportunidades. Había vivido bajo el techo de Filipo y sin duda pudo tramar su muerte cuando hubiera más incentivos, por ejemplo, después del discurso nupcial de Atalo. Es verdad que la posición de Olimpia había empeorado a medida que la de Alejandro mejoraba, pero posteriormente él no mató a nadie por exigencias de su madre e incluso se negó a quitara un regente al que ella detestaba. En tanto móviles humanos creíbles, siempre persistirán el odio y la venganza que, sin duda, impulsaron al verdadero asesino. La futura guerra habría ofrecido a Alejandro numerosas ocasiones de hacer pasar ese asesinato como una acción del enemigo, camino que indudablemente habría sido el elegido por un hombre inteligente que contaba con devotos partidarios. ¿Para qué plantear el drama públicamente? De todos los posibles sospechosos, Alejandro era el que menos se podía beneficiar de ese acto. Los cómplices preferidos de la acusación son tres jóvenes que abatieron al asesino, presuntamente para silenciarlo. Este hecho se basa en que dos de esos tres hombres, Pérdicas y Leonato, posteriormente tuvieron mando a las órdenes de Alejandro y figuraron entre sus amigos. En este caso la objeción es clara. Según Diodoro, cuando Filipo cayó, «en el acto un grupo de guardias corrió hacia el cuerpo del rey mientras el resto salía en pos del asesino». Y era lo lógico. ¿Cómo es posible que Alejandro pudiera determinar quiénes llegarían primero? Como nuestra propia época debería saber, no hace falta explicación alguna, más allá de la violencia desencadenada por una escena violenta, para matar al hombre que la provocó. Tal vez Pausanias habría logrado escapar de no haber tropezado con las cepas, lo que sugiere que no hubo eficaces acuerdos previos. Los soldados que reaccionan rápido ante una crisis suelen ser ascendidos. Si se hubiese mostrado indiferente con los que vengaron tan celosamente la muerte de su padre, el propio Alejandro se habría convertido en el máximo sospechoso a los ojos de sus contemporáneos. No hay que perder de vista al cómplice de Pausanias, que esperaba junto a los caballos. El hecho de que se sepa que estaban destinados a la huida sugiere que lo atraparon y que lo interrogaron. Sus respuestas podrían haber sido de gran importancia para los juicios posteriores. La única «prueba» contra Alejandro que aparece en los textos de algún escritor de la antigüedad, por cierto, la única opinión de este tipo, está contenida en Plutarco, esa maleta de anécdotas.
…Olimpia cargó con la mayor parte de las culpas porque había sumado sus exhortaciones a la cólera del joven y lo había azuzado para que cometiera el crimen. También cayeron algunas calumnias [la palabra griega diabok significa acusación falsa] sobre Alejandro. Se dice que cuando Pausanias lo vio después del atentado y se quejó, Alejandro le citó los versos yámbicos de Medea [la venganza de Medea aniquiló a casi todos los personajes restantes]: «La novia, el novio y el padrino de la novia».
Tal vez baste decir que la última guerra fronteriza con lliria, en la que se sabe que Filipo entró en campaña y en la que posiblemente murió su joven amigo, tuvo lugar cuando Alejandro contaba doce años y la «novia» nueve o diez. A lo largo de su reinado, Alejandro nunca fue sospechoso de una matanza subrepticia. Cuando su poder fue inmenso y podría haber liquidado a cualquiera sin despertar sospechas, sufrió molestias, frustración e insultos por parte de los hombres que le desagradaban o de los que desconfiaba abiertamente; sin embargo, no les pasó nada hasta que estuvo en condiciones de atacarlos abiertamente. Fuera por principios o por orgullo, lo cierto es que la actitud furtiva le resultaba sumamente despreciable. Otra característica constante fue la lealtad hacia sus amigos y la gratitud hasta la extravagancia con los que lo apoyaron cuando cayó en desgracia con Filipo. Creer que pudo utilizar a Pausanias, jurando que lo protegería (cosa que, en tanto capitán de la guardia, Pausanias habría sabido que no era posible), para despacharlo luego con menos escrúpulos que un jefe mafioso, requiere tanta credulidad como cualquier fragmento de los romances medievales. El incidente es típico de las matanzas griegas a raíz de una enemistad absoluta, en las que el honor exige la venganza, y que se vea, a manos del agraviado propiamente dicho o de su pariente más cercano. (Las dos matanzas de estas características ocurridas en Atenas mientras la que escribe estaba en la ciudad fueron públicas: una delante de una taberna de Plaka y otra en la plaza Omonia.) Uno de los compiladores de Diodoro señala con evidente escepticismo que «Pausanias esperó mucho tiempo para vengarse»; se trata de una observación sorprendente en el contexto de la antigua Grecia y, si a eso vamos, de la moderna. Además, pasa por alto el reciente ascenso de su enemigo Atalo a una elevada jerarquía militar y a la condición de suegro real, favores que perfectamente podrían haber parecido recompensas por la ofensa sobre la que Pausanias había meditado obsesivamente durante muchos años. Hasta es posible que se lo hubieran dicho. Es indudable que fue utilizado, aunque no por Alejandro. Corrían tiempos en los que la mayoría de los políticos atenienses eran hombres cuya palabra sin fundamento no bastaba siquiera para condenar a un perro. Pero son más dignos de confianza cuando recuerdan a sus oyentes los acontecimientos públicos. Varios años después del regicidio, Esquines acusó a Demóstenes, su enemigo, de haber arrasado Atenas con su odio ciego hacia Macedonia. El discurso añade:
Ciudadanos, ése fue el hombre... que cuando fue informado por los espías de Caridemo de que Filipo había muerto, antes de que se lo comunicaran a otros, se inventó una visión y mintió con respecto a los dioses, fingiendo que no había recibido la noticia de Caridemo, sino de Zeus y Atenea... que, según dice, conversan con él por la noche y le cuentan cosas por venir.
El comentario más autorizado sobre esta «visión» sigue siendo el del historiador John Williams, escrito hace un siglo y medio:
Fue un acontecimiento público que resultaba imposible ocultar. Allí estaban reunidos todos los delegados de Grecia y ningún mensaje de Caridemo a Demóstenes pudo superarla velocidad con que la noticia de semejante acontecimiento pasa de boca en boca en un país populoso. Para no mencionar que Caridemo probablemente no fue el único delegado que envió un mensajero en semejante ocasión. Empero, Demóstenes anunció la muerte de Filipo mucho antes de que la noticia llegase a Atenas por otros canales... La exactitud de la información y la falsedad respecto a sus presuntas fuentes de información demuestran de manera casi indiscutible que fue uno de los instigadores y que tuvo notificación previa de la fecha en que los conspiradores iban a actuar.
El valor del comentario de John Williams no radica en su erudición sino en su experiencia personal. Publicó su biografía de Alejandro en 1829, poco después de las guerras napoleónicas, y sus palabras acerca de la rapidez con que las noticias importantes se transmiten en países populosos –escritas antes de que existiesen las telecomunicaciones– suenan ciertas. Para hacer señales a larga distancia, el mundo antiguo utilizaba el heliógrafo y el faro (este último anuncia la caída de Troya en Agamenón). Como tanto uno como otro exigían una cadena previamente acordada de señalizadores, su uso seguiría siendo prueba de complicidad, pues no existían códigos y dichas señales sólo podían confirmar un hecho esperado. Pausanias, capitán de la guardia, sabía exactamente qué posiciones ocuparían sus hombres. Al llegar, había tenido que distribuirlos. En el mejor de los casos, sólo pudo prever que tendría un cincuenta por ciento de probabilidades de escapar, No obstante, tenía los caballos preparados, probablemente también contaba con un barco y alguien debió de ofrecerle refugio. Los discursos de Demóstenes demuestran una y otra vez hasta qué, punto infravaloró a Alejandro. Incluso después de las victorias relámpago que siguieron al ascenso de Alejandro al trono, Demóstenes siguió burlándose de él al llamarlo «Margites», antihéroe de una épica burlesca. Sin duda había incluido un papel para él en su «visión» del demagogo; el joven y teatral paladín, el rey inepto e inexperto que, muerto su impresionante padre, no sería difícil apartar de la escena. En los últimos tiempos, el pagador persa de Demóstenes había cambiado. Al comprobar que el rey Arses era intratable, el visir Bagoas lo había envenenado y reemplazado por un colateral de la realeza: Darío III; uno de sus primeros actos consistió en dar al visir una dosis de la medicina que éste solía administrar. El nuevo gran rey debió de apoyarse con firmeza en la información griega de Demóstenes, que le podría haber prestado servicios vitales a cambio de los favores recibidos si arraigados prejuicios no lo hubiesen cegado. Darío se basó en una falsa seguridad mientras Demóstenes interrumpía el duelo por la muerte de su hija, se ponía una guirnalda festiva y proponía un póstumo voto de agradecimiento a Pausanias. Si lo que tenía pensado era postergar el momento de dar a conocer su papel, hasta tener la certeza absoluta de que no corría riesgos, y en proclamarse entonces autor de esa empresa, éste fue el acto más sensato de toda su vida.
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Alejandro Magno
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