A partir de la conquista de Egipto, los cronistas de Alejandro consignan acontecimientos descollantes entre los cuales transcurren varias semanas dedicadas al mero transporte de un sitio a otro de la enorme corte, la administración y el ejército, a planificar y poblar una ciudad o a dar descanso a sus hombres después de una dura campaña. Sobre los inmensos y variopintos paisajes de Asia, en medio de las sorpresas de la exploración y la guerra, Alejandro desarrolló una especie de vida cotidiana que practicó cuando nada la impedía. Plutarco es quien más habla del tema y probablemente se basa en las memorias desaparecidas de Cares, el chambelán de la corte. La jornada de Alejandro comenzaba con las oraciones públicas. A diferencia de su privilegio de divinidad, su sacerdocio era una de las funciones de la monarquía humana. Sus celebraciones personales se reservaban para grandes acontecimientos, aunque regularmente encomendaba su pueblo a los dioses. Realizó las libaciones matinales casi hasta el día de su muerte, en que se encontraba tan enfermo que tuvieron que llevarlo al santuario en litera. Después «desayunaba sentado» (en una silla, no en un diván): luego dedicaba el día a «la caza, administrar justicia, atender los asuntos militares o la lectura». Era un aficionado cazador, interesado por los accidentes del terreno y sus animales; mientras el ejército avanzaba lentamente a paso de marcha, Alejandro dedicaba el tiempo a la caza. Estaba próximo a las largas edades de la humanidad en las que los animales salvajes fueron fuentes decisivas de alimento y enemigos peligrosos, como reconoció Jenofonte cuando denominó a este deporte «la imagen de la guerra». «Administrar justicia» se había convertido en una tarea descomunal. En primer lugar, se ocupaba de los asuntos de Macedonia. Antípatro era severo y capaz, pero Olimpia lo detestaba y sus quejas, acusaciones e intrigas siguieron por todas partes a Alejandro. Estaba celosa de los amigos de su hijo y frenéticamente celosa de Hefestión. Alejandro, que le escribía sin falta y le enviaba muchos regalos generosos, sentía que de vez en cuando se le agotaba la paciencia y en una ocasión se lo cita comentando que Olimpia le cobró un alquiler muy alto por los nueve meses de alojamiento que le proporcionó. Incluso permitió que lo vieran en público compartiendo con Hefestión una carta de Olimpia, hecho que, teniendo en cuenta hasta qué punto la habría enfurecido, muestra la exasperación de su hijo. También debía de considerar la Grecia continental, con sus rebeldes «súbditos–aliados». Esparta continuó rebelándose hasta que en 331 a.C. Antípatro puso fin a las sublevaciones. El peligro del sur exigió un ejército permanente en Macedonia y guarniciones en todas las plazas fuertes cuyas magníficas murallas de sillería aún podemos ver. Si Alejandro no hubiese estado en condiciones de atraer a tropas extranjeras, seguir pagándoles y mantener su lealtad, sus efectivos se habrían estirado hasta romperse. Antípatro afrontaba las emergencias internas, pero todas las decisiones políticas importantes las tomaba el rey. Superaba todo esto la compleja administración de las tierras conquistadas. En las ciudades–estado había reestablecido las formas griegas de gobierno; donde las satrapías persas eran indígenas, había nombrado sátrapas, nativos siempre que fue posible; a los antiguos reinos les había dado reyes. Era faraón de Egipto y fundador de Alejandría, un proyecto monumental que demandó montones de expertos. Durante los estadios iniciales de todas las comunidades mencionadas, un tráfico constante de problemas y arbitrajes siguió a la marcha de Alejandro. Para Alejandro, «atender los asuntos militares» quería decir mucho más que nombrar a los miembros del estado mayor y dirigir las grandes estrategias. Jamás se consideró por encima de las preocupaciones de un oficial de regimiento. Sin duda, el amor del ejército era para él como el aliento de la vida y nunca intentó conseguirlo sin esfuerzo. No sólo se trataba de ser el primero en afrontar el peligro y el último en reconfortarse cuando las condiciones eran adversas. Antes de una batalla, en lugar de pronunciar discursos saludaba a los hombres por su nombre. Que Alejandro recordara las hazañas de alguien era, en sí, un premio, si bien era pródigo con las recompensas materiales. Por muy alejados que estuviesen de los propios, se interesaba constantemente por los problemas de los soldados rasos. Cuando descubrieron que un hombre con un buen historial se fingía enfermo para permanecer al lado de su amante, Alejandro analizó la cuestión y decretó que, tratándose de una cortesana libre, no se la podía obligar, pero quizá la convencieran de que siguiese a su amado. Y si el hombre no tenía un céntimo, era probable que Alejandro facilitara los medios. Tanto en el campo de batalla como de fajina, estaba atento a los méritos. Un soldado que formaba parte del séquito del tesoro, y que cargó al hombro la pesada alforja cuando su mula se dio por vencida, recibió órdenes de trasladarla a su tienda y quedarse con el contenido. Al igual que el Ciro de Jenofonte, Alejandro despertaba un profundo deseo de satisfacerlo. Con respecto a los soldados que estuvieron bajo su mando, jamás tuvo que apelar a los brutales castigos del ejército romano. Nunca uno de sus regimientos fue «diezmado»: dividido en decenas y muerto uno de cada diez hombres. Sin embargo, era meticuloso con la disciplina. En una ocasión en que sus tropas estaban desplegadas en formación de batalla, notó que un solitario soldado preparaba tardíamente la correa de lanzamiento de la jabalina y se le acercó, lo sacó de la falange y le dijo que los vagos no le servían de nada. La supervivencia de esta anécdota demuestra que debió de ser tan traumático como una paliza de julio César. Aceptaba la rendición de ciudades ricas e impedía que sus tropas las saquearan. Una de las contadas ocasiones en que impuso la pena de muerte se debió a que dos macedonios violaron a las esposas de sendos soldados auxiliares extranjeros; sus hombres eran sus hombres cualquiera que fuera su procedencia. Esta atención puntual a los asuntos de sus soldados a menudo debió de llevarle tanto tiempo como la administración de su imperio. Aunque nunca se han descrito en detalle, por las consecuencias son evidentes las incontables conversaciones personales con los hombres a los que consideraba y trataba como amigos: generales, actores y músicos macedonios; en su momento, señores persas y como mínimo un eunuco persa; un sabio indio; la anciana Sisigambis, y cuantos conoció personalmente. De vez en cuando, debió de visitar a Arrideo, su pobre hermanastro imbécil, que desaparece de la historia hasta la muerte de Alejandro, momento en que es descubierto muy cerca en el palacio real. Teniendo en cuenta que los asuntos rutinarios se atrasaban constantemente durante los períodos de actividad frenética, sorprende que tuviese tiempo de leer, no sólo historia y educación cívica, sino tragedia clásica y poesía moderna. En las cenas que clausuraban la jornada y relajaban las tensiones, «nunca resultó tan agradable la conversación de un príncipe», dice Plutarco y apostilla que esto sólo se aplicaba a las noches en que estaba sobrio. Con respecto a los hábitos de ingestión de alcohol de Alejandro se han dicho muchas tonterías que es posible corregir mediante los conocimientos médicos más elementales sumados a las pruebas de su propia vida. Aristóbulo, citado por Plutarco, dice que gustaba de quedarse hasta tarde bebiendo vino, no copiosamente sino por amor a la conversación. Resulta increíble que ello despierte escepticismo cuando cualquier noche del año en Londres, París, Nueva York, Atenas o Roma, cientos de personas cuya constitución se lo permite hacen exactamente lo mismo. En el caso de Alejandro, el mero registro de su energía dinámica (durante las marchas hacía ejercicio subiendo y bajando a saltos de un carro en movimiento) y de su asombrosa capacidad de recuperación vuelve absurda la idea de su embriaguez habitual. Por otro lado, en su sentido tradicional, la vida social de los varones macedonios incluía la deliberada y copiosa ingestión de alcohol en honor de esto o de aquello. Es indudable que en esas ocasiones no se privó y, al menos dos veces, se emborrachó con consecuencias desastrosas. Tampoco hay duda de que a él y a sus generales les gustaba charlar mientras bebían generosamente, pero de la imagen global se deduce con toda claridad que de costumbre se comportaba como sostiene Aristóbulo, por más que a veces se extralimitara. In vino veritas y Alejandro no era una excepción. Cuando bebía demasiado, las inseguridades de la niñez asomaban a la superficie en un anhelo insaciable de oír palabras tranquilizadoras. Le encantaba que le hablasen de sus logros, y si no le parecía suficiente reclamaba más. Sin duda los propagandistas hostiles aprovecharon al máximo esta característica, aunque sería absurdo rechazar la afirmación de Plutarco, que, pese a no citar una fuente sólida, posee tanta coherencia psicológica. Probablemente era capaz de irritar incluso a sus amigos más queridos, a pesar de que se nos dice que sólo reclamaba la verdad. De todas maneras, el tipo de afecto que despertó a lo largo de su vida confirma las palabras de Aristóbulo sobre su encanto habitual.
En julio de 331 a.C., aproximadamente en la fecha de su vigésimo quinto cumpleaños, Alejandro avanzó hacia el este, en dirección a Mesopotamia, donde Darío lo aguardaba al otro lado del Tigris. Se había emprendido la gran movilización de las fuerzas del imperio oriental aún no conquistado. Había perdido el valioso refuerzo de los mercenarios griegos, alrededor de 4.000 hombres. Además de las tropas de élite de Persia, existían las levas menos disciplinadas pero feroces y resistentes de Bactriana y Sogdiana, a las órdenes de Bessos, poderoso sátrapa de Bactriana y primo del rey, así como tropas auxiliares de muchas razas tributarias, que se extendían del Cáucaso a la frontera india. Ahora todos los soldados estaban apostados en Babilonia, donde los comandantes persas se habían esforzado por mejorar las armas. Después de la lección de Iso, reemplazaron las jabalinas por lanzas y se preparó un escuadrón de temibles carros con guadañas, con los postes de los yugos como puntas de lanza y ruedas de hojas múltiples. Lamentablemente, no podían hacer nada con respecto a la constante pasividad de Darío en su condición de comandante en jefe.La caballería, a las órdenes de Nabarzanes, era de gran calidad; estaba compuesta por jinetes natos, con corceles muy superiores a los griegos. Comparado con los altos ejemplares, probablemente tan grandes como los caballos modernos, Bucéfalo debió de parecer un poni rechoncho. La idea de que esas tropas agotaran a los griegos con tácticas de acoso auguraba mejores resultados que una batalla campal, incluso sin el historial conocido de Darío. Empero, éste estaba decidido a recobrar el honor perdido en Iso o le hicieron sentir que debía redimirlo. Marchó con sus numerosas huestes hacia la antigua ciudad de Arbelas, entre el Tigris y las colinas. Envió un destacamento de caballería al oeste del Éufrates con el propósito de localizar a Alejandro e impedirle que cruzara el río.
Los ingenieros de avanzada del macedonio desplegaron el puente doble sobre pilotes desde el otro lado hasta que apareció Alejandro y los persas, mandados por Mazaeus, sátrapa de Babilonia, se fueran sin oponer resistencia. Babilonia, corazón de la antigua Asiria conquistada, no era la región más leal del imperio persa. El Tigris –cuyo nombre significa flecha– era demasiado rápido para tender un puente y tuvieron que vadearlo. Alejandro hizo pasar la infantería entre dos columnas de caballería, una para desviar la corriente y la otra para recobrar a los hombres que fueron arrastrados por las aguas. Encabezó personalmente la infantería, permaneció en la orilla y señaló los sitios menos profundos. No perdió un solo hombre. Ningún otro comandante de tropas no mecanizadas era capaz de avanzar con la rapidez de Alejandro. También sabía cuándo le convenía esperar. En lugar de cruzar la ardiente llanura ribereña, cuyas cosechas Mazaeus había quemado al batirse en retirada, la rodeó por las tierras altas del norte, más frescas y bien abastecidas de agua. Darío llegó demasiado tarde para alcanzarlo mientras cruzaba el Tigris y ganó tiempo enviando un ejército de esclavos a, alisar la llanura intermedia de Gaugamela. Le habían dicho que había perdido Iso porque carecía de espacio para desplegar sus fuerzas y sabía que los carros requerían terreno uniforme. Mientras Alejandro marchaba hacia el sur al encuentro de Darío, al este del Tigris, tuvo lugar un eclipse de Luna, uno de los fenómenos más inquietantes del mundo antiguo. Gracias a Aristóteles, Alejandro conocía sus causas y no sufrió la fatal demora del supersticioso Nicias, que, el siglo anterior, perdió todas las tropas atenienses en Sicilia y, con ellas, la guerra del Peloponeso. De todos modos, Alejandro no inquietó a sus preocupados soldados con nociones de astronomía, sino que convocó a los adivinos para que los animasen identificando la Luna ensombrecida con Persia. Hizo sacrificios formales a los poderes en juego: el Sol, la Luna y la Tierra; el hecho de saber qué influencia ejercían dichos poderes no afectó su fe en que eran dioses. A decir verdad, la Luna persa se había eclipsado definitivamente. Estateira, esposa de Darío y la mujer más bella de Asia nacida de mortal, había enfermado y muerto. Plutarco afirma, sin pretensiones de escándalo, que murió de parto, en cuyo caso tuvo que ocurrir mucho antes. Sea como fuere, Alejandro suspendió la marcha una jornada a fin de practicar los ritos fúnebres y asumió los deberes de un pariente, incluido el ayuno durante todo el día. Alejandro tal vez se haya reprochado el haber sacrificado a Estateira en pro de su sentido del teatro. Ya no era posible representar la magnífica pieza de Jenofonte. Por muy acolchados que estuvieran los carros, los viajes por caminos de tierra sobre ruedas rígidas debieron de ser agotadores, amén de que quedaban expuestos a las infecciones. Tal vez deseó haberse dado por satisfecho con un ejemplo de generosidad menos espectacular y que se podía haber permitido, pues nunca intentó utilizar como rehenes a las mujeres. Ahora hubo de ser testigo del dolor de los hijos y de Sisigambis y, aunque el afecto constante de ésta demuestra que en ningún momento lo responsabilizó de esa muerte, no hay por qué dudar de que la aflicción del macedonio fuera sincera. En este punto, Rufo Quinto Curcio cuenta una anécdota que posteriormente tendrá importantes repercusiones. Alejandro envió a uno de los eunucos que acompañaban a la reina –cuyo nombre da– para que informara a Darío de su muerte y le asegurara que había recibido las honras fúnebres persas de costumbre. La escena tiene lugar en la tienda real, donde Darío clama que dichos honores son el homenaje a una querida. El eunuco lo tranquiliza y entonces Darío manifiesta su respeto hacia el comportamiento del enemigo. Este episodio es el prólogo de mucha información confidencial procedente del cuartel general de Darío. En el caso de Rufo Quinto Curcio todo apunta a que le fue suministrada por un testigo presencial: un vívido y animado narrador de anécdotas dotado de la discreción de un cortesano. Pronto tendremos ocasión de volver a ocuparnos de este personaje. Darío envió exploradores para que le informaran de la llegada de Alejandro. Este atrapó algunos y averiguó dónde estaban los persas. Concedió cuatro días de descanso a sus hombres, confiando en que Darío no se alejaría de su campo de batalla preparado y guarnecido. Hizo fortificar su campamento base, sin duda recordando la matanza de Iso, y dejó allí a todos los no combatientes, incluida la reina madre Sisigambis. A continuación guió a sus efectivos hacia la llanura de Gaugamela. Desde las colinas bajas que la rodeaban vio las ingentes huestes persas, que los cálculos más conservadores estiman en 200.000 Infantes Y 40.000 soldados de caballería. Sus propias tropas se componían entonces de 40,000 infantes Y 7.000 soldados de caballería. Convocó un consejo de guerra al estilo macedónico, cuyos reyes conferenciaban con sus jefes como primi inter pares. Varios comandantes estuvieron a favor de llevar inmediatamente a la acción a las tropas descansadas, lo cual, a la vista de los contingentes persas, habla bien de la confianza que depositaban en Alejandro. El experimentado Parmenión señaló que se trataba de un camino preparado por Darío, que tal vez había colocado trampas y abrojos en el camino. Alejandro estuvo de acuerdo, acampó y salió de reconocimiento a caballo, probablemente contento de tener una excusa para detenerse y hacer cálculos sin que diera la impresión de que estaba abrumado por las fuerzas persas. Echó un buen vistazo a los puestos de avanzada. Luego de comprobar su inmensa superioridad en caballería –el arma en que más basaba sus tácticas–, regresó al campamento y meditó. Parmenión, que evidentemente lo había acompañado, aconsejó un ataque nocturno. Alejandro replicó que no «robaría una victoria», aludiendo a Jenofonte, que fue quien acuñó la expresión «robar una marcha». Hacer alarde de arrojo por encima de la perspicacia formaba parte de la personalidad de Alejandro. Las operaciones nocturnas daban pie a infinitas posibilidades de confusión y error, la persecución nocturna daría a los enemigos derrotados ocasión de volver a formar y levantar la moral. A Darío se te había concedido un año para reunir los efectivos que le quedaban y ponerlos sobre la mesa. Y ahora Alejandro se proponía derrotarlo en su propio juego, en el campo de su propia elección, y alzarse con todas las apuestas con indiscutible irrevocabilidad. Era la esencia de su propio destino y de muchas cosas más, y lo sabía. Ordenó a sus hombres que cenaran bien y que durmieran porque partirían antes de que clareara. Él permaneció despierto hasta tarde, pensando y haciendo planes. Darío también había estado pensando. Como Alejandro esperaba, sus ideas habían ido por derroteros semejantes a los de Parmenión. Los griegos estaban insalvablemente superados en número y cuanto podían hacer era tratar de ganar ventajas con un ataque sorpresa nocturno. Dio órdenes, no sólo a los puestos de avanzada sino a todas sus huestes, de que permaneciesen la noche entera en pie, los hombres armados y los caballos embridados. Oír fue obedecer. Pasó la noche y los soldados se cansaron. En la tienda de Alejandro se apagó la lámpara. Una vez tomadas las decisiones y con el resultado en manos de los dioses, cayó en un sueño profundo. Cuando llegó la hora de despertar a los hombres y darles de comer, los oficiales lo encontraron durmiendo como un niño. Dieron las órdenes pertinentes y regresaron a su tienda. Al final, Parmenión tuvo que sacudirlo. Cuando le preguntó cómo podía estar tan tranquilo, Alejandro replicó que había tenido muchas más preocupaciones cuando los persas quemaron las cosechas. Ahora se habían cumplido los deseos de su corazón. El día en que Rufo Quinto Curcio se inscribió en una escuela romana de retórica fue aciago para la historia. Con su acceso a fuentes de un valor incalculable que han sido destruidas por el fuego o los saqueos, de las que nos da atisbos tentadores, convierte cada uno de los discursos importantes de su historia en un modelo propio, de modo que los buscadores de la verdad pueden prescindir de ellos sin perderse nada significativo. Con este espíritu de ejercicio académico, hace decir a Darío y a Alejandro interminables discursos prebélicos, en los que no tenemos por qué demorarnos. Es más interesante –pues procede de una fuente de primera mano– la descripción hecha por Arriano de las instrucciones de Alejandro a sus oficiales. Les dijo que no necesitaban discursos de exaltación, que bastaba con su propio valor y orgullo; era suficiente con que cada uno animase a los hombres que estaban bajo su mando. Ya no combatían por Asia Menor ni por Egipto, sino por la soberanía de toda Asia. Que cada uno mantuviera una disciplina estricta en los momentos de peligro; que guardara un silencio absoluto cuando se le ordenara avanzar sigilosamente; que lanzara un aterrador grito de batalla cuando llegase el momento oportuno; que estuviera atento a las órdenes y las transmitiese a toda velocidad. Alejandro preveía el polvo cegador que impediría la transmisión de señales visuales. Debía mantener un plan flexible y necesitaba una respuesta acelerada ante cualquier cambio de táctica.La instrucción de lanzar un grito de guerra aterrador quizás esté relacionada con el hecho de que, según Plutarco, antes de la batalla, Alejandro hizo un sacrificio en honor de Miedo. Los griegos siempre estaban dispuestos a personificar las fuerzas naturales, si bien no hay ningún otro registro que consigne sus honras a esta deidad. Parecería que desde Iso consideró a Miedo como el espíritu familiar de Darío. Cumplidos todos los preparativos, avanzó con sus hombres desde las colinas bajas rumbo a la llanura, a medida que la luz del alba permitía que las huestes se vieran las caras. El frente persa –con espacio más que suficiente para maniobrar y superando a los macedonios en una proporción de aproximadamente cinco hombres por cada uno– era tan largo que si las cosas salían mal no sólo serían desbordados, sino rodeados. Alejandro engrosó sus flancos con soldados mirando en dirección contraria que, en el caso de que se produjera un movimiento envolvente podrían volverse hacia fuera para formar un cuadrado. Como de costumbre, Parmenión encabezó el ala izquierda, a la que se opuso el valiente y capaz Mazaeus, cuya retirada del Eufrates ciertamente no se debió a la cobardía. Darío ocupó la posición real en el centro y delante tenía a los mercenarios griegos y a otros contingentes aguerridos, así como quince elefantes y cincuenta carros con guadañas. Alejandro mandó el ala derecha macedónica. Se enfrentó con el impresionante ejército de Bactriana, encabezado por Bessos, su sátrapa. La línea persa sobresalía tanto junto a la macedonia que Alejandro entró en batalla en un punto casi opuesto al de Darío. De todas maneras, empezó avanzando paso a paso hacia la derecha, como si quisiera escapar de la línea sobresaliente persa. Darío ordenó un movimiento equivalente para mantener la extensión pero no hizo entrar a las tropas en combate, porque intentaba adivinar qué se proponía Alejandro. Éste se desplazó a la derecha hasta aproximarse a las lindes del campo minuciosamente allanado por Darío. En el terreno más accidentado que se abría más lejos, los carros con guadañas no podrían rodar y la caballería se vería estorbada. Fue una prueba de nervios. Darío mordió el anzuelo y ordenó que los hombres de Bessos impidieran todo movimiento hacia la derecha. Las tropas persas entraron en combate. Mediante una sucesión de maniobras exactamente calculadas, Alejandro se ocupó de que participaran cada vez más tropas persas. Y aguardó pacientemente el momento oportuno a la cabeza de los compañeros de la caballería. Lo habían localizado y Darío ordenó que lo atacaran con los carros con guadañas. Pero Alejandro pudo hacer un minucioso reconocimiento y tomar medidas. Los agrianos los atacaron con armas arrojadizas, algunos de los osados miembros de la tribu se lanzaron de cabeza sobre los caballos, los obligaron a detenerse y derribaron a los aurigas. Los que lograron pasar encontraron anchos pasillos entre los infantes perfectamente entrenados, cruzaron las filas a toda velocidad, sin sufrir el menor daño, y luego la retaguardia se deshizo tranquilamente de ellos. Entretanto, el ala izquierda de Darío participaba cada vez más en combate, mientras las fuerzas de Parmenión seguían inmovilizadas a su derecha. El centro raleaba. A pesar de que contaba con menos efectivos, Alejandro se las había ingeniado para que sus fuerzas concentradas afrontaran una zona de debilidad persa, justo donde se había propuesto situarla. Llegó el momento de cambiar de monturas. Un escudero tenía preparado al veterano Bucéfalo, de veinticuatro años, y lo mantenía fresco para ese instante, momento culminante de su servicio activo. Alejandro cabalgó a la cabeza del escuadrón real. Formaron en columna, con una punta ahusada de la que el macedonio era el vértice, lanzó el grito de guerra y se abalanzó sobre Darío, que se encontraba en la línea del frente. La caballería no había olvidado la orden de producir un ruido atronador; lo siguió desgañitándose y ofreció su tributo a Miedo. Miedo era el amigo de los macedonios. Sin inmutarse ante los quince elefantes, arrollaron el frente persa y se aproximaron al carro real. Darío le dio la vuelta, cogió las riendas que había dejado caer el cochero herido y fue el primero en huir. Los persas de las cercanías vieron cómo caía el conductor y la huida del carro los convenció de que era el rey quien había caído y muerto. El centro se desmoronó, señal de derrota general. Alejandro y la caballería siguieron avanzando, dando golpes, y decididos a dar alcance a Darío. En ese momento llegó un mensaje de Parmenión, según el cual en su sector se combatía denodadamente. Alejandro no era Ruperto en el Rin; en cuanto el mensajero lo localizó en medio del polvo y la confusión, abandonó la tentadora persecución para apoyar a sus hombres y consolidar la victoria. Mientras llegaba a la punta amenazada, libró un duro combate en el que perecieron sesenta compañeros y Hefestión fue herido. Ese mensaje ha desatado muchas controversias y está por ver si posteriormente fue recalcado por los cronistas de Alejandro con tal de desacreditar a Parmenión. Su valor propagandístico es bastante dudoso si tenemos en cuenta que Parmenión realizaba una operación de resistencia, cumplida competentemente, y que el mensaje salvó a Alejandro del grave peligro de que la batalla acabara con un resultado dudoso. Sin duda deseaba contarle al mundo por qué había permitido que Darío se le escapara entre los dedos y esperaba recibir los justos honores por rescatar el ala izquierda (cuando llegó, el peligro ya estaba superado), pero esto no significa buscar víctimas propiciatorias y Parmenión asoma sin descrédito en el relato. Como sucedieron las cosas, la carrera de Alejandro abrió una pequeña brecha en la línea, no de tamaño estratégico, aunque lo bastante grande para que el reducido destacamento enviado por Darío intentara rescatar a su familia. Esa tropa compuesta de guardias reales e indios logró pasar y penetró hasta el campamento base, en el que perdieron un tiempo precioso saqueando y matando a los no combatientes antes de llegar al objetivo. Diodoro cuenta que muchos cautivos persas aunaron esfuerzos con sus compatriotas y se prepararon para escapar, y que cuando las mujeres le pidieron que se diera prisa, la reina madre Sisigambis permaneció muda e inmóvil en su situación. Poco después, el destacamento persa fue vencido. Entretanto, el sátrapa Mazaeus se había enterado de la huida de Darío. Al igual que Nabarzanes en Iso, que también había hecho frente al temible Parmenión y lo habían dejado en la estacada, Mazaeus llegó a la conclusión de que sus obligaciones habían tocado a su fin. Salvó a tantos de sus hombres como pudo y regresó deprisa a Babilonia. Aunque Nabarzanes y él habían llegado a la misma conclusión, eran hombres distintos y cada uno se comportaría según le dictara su naturaleza. Alejandro comprobó que las fuerzas de Parmenión ya no tenían problemas y se alejó deprisa con los compañeros, con la esperanza de alcanzar a Darío antes de que éste llegara a su base en Arbelas. La carrera fue tan veloz que se desplomaron mil caballos. (A Bucéfalo no le pasó nada. Alejandro se había ocupado de que lo cuidaran. El viejo caballo, que no volvió a estar en un campo de batalla, sería mimado seis años más.) Al llegar a Arbelas, el macedonio comprobó que los corceles habían muerto inútilmente porque, una vez más, el gran rey abandonó su carro, así como todo lo que no pudo llevarse en la precipitada huida, lo que debió de incluir muchas mujeres. Alejandro ordenó un alto para que sus hombres descansaran y para analizar su objetivo. Hasta entonces había asignado a Darío prácticamente la misma importancia militar que a sí mismo. En Arbelas llegó a la conclusión de que, después de todo, su captura era una prioridad poco significativa. Fue tan absoluta la forma en que descartó la persecución a favor de otros propósitos y tan público su desdén hacia Darío como enemigo que sería incoherente asignar mucha importancia a la responsabilidad de Parmenión, si es que la tuvo, en su huida. En su análisis de la batalla, el historiador militar E. W. Marsden atribuye parte de la victoria a la moral superior de los macedonios y a sus vínculos más estrechos con el comandante, al tiempo que parcialmente la asigna a la comprensión extraordinariamente detallada del arte de la guerra por Alejandro. Sintetiza:
Es difícil recrear el caos típico de ciertas etapas de combates a gran escala, la confusión debida al ruido, el movimiento y el polvo, la atmósfera de duda e incertidumbre, la espantosa camisería... Para los generales modernos tiene que ser extraordinariamente difícil mantener la calma y la objetividad cuando controlan operaciones desde un puesto de mando situado a varios kilómetros del escenario bélico. ¡Cuánto más arduo tuvo que ser para Alejandro y Darío, que estaban apostados en la línea misma del frente de batalla! Al parecer, Darío no poseía la rara capacidad de seleccionar informes contradictorios, hacer observaciones correctas y, manteniéndose frío y sereno, dar en esas circunstancias órdenes rápidas y bien evaluadas. Alejandro tenía esa capacidad y de manera muy acentuada. Ése fue el tercer factor decisivo en Gaugamela.
Darío y un resto desordenado de ejercito avanzaron penosamente hacia el sudeste, cruzando los puertos de montaña en dirección a Ecbatana (Hamadán), residencia estival de los reyes persas. La vía Real hacia el sur –que llegaba a Babilonia, Susa y Persépolis quedó expedita para Alejandro. La elección de objetivo no le llevó mucho tiempo, A esas alturas ya debía de haber hablado con los persas cautivos a través de los intérpretes y se había formado su propia opinión sobre el valor moral de Darío. Rufo Quinto Curcio, que al parecer vuelve a basarse en el informante persa al que tuvo acceso un cronista anterior, afirma que Darío abandonó las grandes ciudades para impedir que Alejandro le siguiera la huella. Ciertamente, si su objetivo consistió en levantar en armas a Persia, los meses de vida que le quedaban apenas dan prueba de ello. Pese a que su hijo estaba cautivo, tenía un heredero eficaz en su belicoso hermano Oxatres. Si éste hubiese sucedido a un gran rey abatido en el campo de batalla contra el invasor, el curso de la guerra habría cambiado sobremanera.Tal como sucedieron las cosas, la etapa siguiente fue un paseo para Alejandro. Tal vez aún no lo había intuido cuando se acercó a los inmensos muros de ladrillo y betún de Babilonia. Herodoto, que la había visitado un siglo antes, afirma que los muros rodeaban ciento cincuenta y cinco kilómetros cuadrados, en los que era posible obtener cosechas durante un asedio. Hasta las viejas fortificaciones de Nabucodonosor, que en ese momento formaban el círculo interior, eran inmensas. Los muros exteriores tenían cincuenta y cinco metros de espesor por ciento veinte de altura y eran un monumento a los constructores asirios, con sus hordas de esclavos prescindibles. Ciro había tomado la ciudad sin luchar, pero Alejandro debía de conocer la versión más realista de Jenofonte. La masa de Babilonia era visible kilómetros antes, al otro lado del llano, lo que auguraba un asedio cuando menos tan colosal como el de Tiro. Ni siquiera tuvo necesidad de hacer un reconocimiento. En el camino, Alejandro se encontró con Mazaeus, su sátrapa, recién salido de su lucha con Parmenión. Llevó a sus hijos como rehenes e invitó a Alejandro a entrar. Hacía poco más de un siglo que Babilonia había hecho su último intento por liberarse de Persia y Jerjes la había aplastado severamente. Su población amante del lujo era desafecta o indiferente, los miembros de la guarnición estaban decepcionados y el mismo comandante no tuvo contemplaciones ante un rey vencido y fugitivo. Cuando se le ofreció ese regalo sorprendente, como cabía esperar Alejandro sospechó que se trataba de una trampa y siguió avanzando en orden de batalla, a la cabeza de la vanguardia. Sin embargo, los muros estaban indefensos. las cien puertas abiertas de par en par y bajados los puentes levadizos. Entró como rey de Babilonia, en un carro de estado chapado en oro, en medio de esplendores que los triunfos de los césares jamás superaron. Deseoso de aventajar a Mazaeus, el tesorero de la ciudad hizo salpicar de flores y perfumar con incienso la vía. Encabezaban la procesión regalos raros y exóticos, corceles selectos y carros que portaban leones y leopardos enjaulados; asistieron magos y sacerdotes, los reales cantantes de alabanzas entonaron himnos y la caballería de Mazaeus desfiló. Como siempre ocurre con Alejandro, brillaba por su ausencia un adorno romano: el espectáculo de los cautivos humillados y encadenados. Después de ver los antiguos esplendores del palacio, Alejandro visitó el tesoro. No perdura la evaluación de sus inmensas riquezas. Repartió generosas gratificaciones entre sus hombres y los mercenarios obtuvieron dos meses de paga extra. Entre estos últimos figuraban muchos griegos que habían preferido quedarse cuando obtuvieron permiso para retornar después de que incendiasen todas las ciudades griegas. Ahora podían permitirse los lujos de una ciudad que antes no les habían permitido saquear. Babilonia marca el verdadero comienzo de la extravagante generosidad de Alejandro, que, a partir de ese momento, se prodigaría. El primer donativo fue una buena política y un trato justo. Proporcionar placer y estar rodeado de gratitud y afecto satisfacía una necesidad profunda de su personalidad. En la infancia, su preceptor Leónidas lo había obligado a vivir pobremente en medio de la abundancia; Alejandro gustaba de la prodigalidad como sólo lo hacen aquellos que han pasado apuros. Le gustaban los alardes, que combinaban con su sentido del teatro. Todos esos anhelos se colmaron en Babilonia y el macedonio desarrollaría su estilo personal a medida que recibiese dinero. Desde el trono concedió a Babilonia la misma categoría de que había disfrutado antes de que Jerjes la aplastara e hiciera derribar el zigurat de Bel. Los sacerdotes del dios recibieron grandes cantidades de oro para reconstruir su santuario. (Más adelante eso tendría consecuencias fatídicas.) Mazaeus fue inmediatamente confirmado como sátrapa. El don de este elevado cargo a un persa, que satisfizo a los habitantes del lugar, no debió de ser popular entre los macedonios; poner de relieve su excelente actuación en Gaugamela era lógico y la reputación de Parmenión no sufriría si se rendía tributo a la fortaleza de su adversario. Los puestos de comandante y tesorero de la guarnición correspondieron a macedonios. Alejandro pasó un mes en Babilonia y concedió vacaciones a sus hombres; estuvo ocupado, aunque no es probable que las pompas de la corte le molestaran. En cuanto estuvo en condiciones de partir dejó el impresionante tesoro a cargo de Hárpalo; el leal amigo de la infancia supo que había sido definitivamente perdonado. Los soldados fueron iniciados en la lucha poco a poco después de los deleites desmoralizadores de la ciudad; marcharon hasta una zona rural tranquila donde celebraron juegos. Se produjo una importante novedad: había premios al valor durante la campaña. Como era característico de la extraordinaria armonía entre este ejército y su Jefe, se propuso que toda la tropa y sus mandos manifestaran sus opiniones a los jueces mediante aclamación. Había ocho premios. No se componían de la habitual corona de oro ni de dinero, sino de puestos de mando, cada uno de los cuales superaba los mil hombres. Hasta entonces Alejandro había manejado su estado mayor en el marco de las jerarquías tribales de Macedonia: en ese momento, con gran intuición dramática y la astuta seguridad de que los elegidos serían populares, introdujo verdaderos ascensos por méritos. Susa se encontraba cerca, pero no era necesario darse prisa. Inmediatamente después de la batalla, la ciudad había capitulado ante los emisarios que Alejandro envió. Sin duda las noticias de la huida de Darío los habían aventajado, pues la vía real disponía del relevo de postas más rápido del mundo, con caballos y hombres descansados a lo largo de todo el camino. Es posible que el propio Darío ordenara la rendición con el propósito de impedir que la ciudad fuese saqueada. Susa se salvó y lo paradójico es que hoy sólo sobrevive convertida en un montículo. (La impresionante fortaleza con remates no fue erigida por Alejandro, sino por arqueólogos del siglo XIX para refugiarse de los miembros de las tribus locales.) De todos modos, a la sazón era la capital administrativa del imperio, la principal sede real y estaba construida en un saliente del llano mesopotámico, en los umbrales mismos de la llanura iraní. Los fragmentos del palacio sugieren la existencia de superficies brillantes de cerámica vidriada, en su mayor parte amarillas y azules, modeladas en relieve. En el tesoro Alejandro encontró la impresionante suma –sin contar las joyas, que jamás fueron tasadas, ni siquiera aproximadamente– de 40.000 talentos de plata y 9.000 dáricos de oro. Calculado por Wilcken en 1931 en una cifra que se aproxima a los 14 millones de libras esterlinas, en el presente sólo es posible pensarlo en los términos de Fort Knox. En la casa de Bagoas –el visir eunuco hacedor de reyes–, que Darío confiscó a su muerte, se encontraron ricas vestimentas por el valor de mil talentos. Plutarco afirma que la casa y su contenido fueron regalados a Parmenión. Entre los tesoros palaciegos, Alejandro se quedó con un cofre precioso para guardar su ejemplar de la Ilíada, que Aristóteles había copiado para él cuando era niño. Siguió guardándolo bajo la cama. Sin duda debió de poner el puñal en un lugar más accesible. En más de una ocasión estuvo a punto de necesitarlo. La mayor parte del oro y la plata estaba en forma de lingotes sólidos, preparados para acuñar unos pocos por vez. Alejandro tenía ideas más ambiciosas. Los metales fueron a parar a su casa de la moneda, de la que salió dinero troquelado a mano, luciendo los moldes cuyas diversas variantes aún pueden verse. Muy pronto el Zeus olímpico tuvo a su alrededor, en el anverso, los símbolos del león y de la kyrbasia real –o gorra con visera–, rodeados por la mitra, la cinta púrpura. Sería justo suponer que Alejandro ya se la había probado en la intimidad de su aposento. Siguió repartiendo dinero, encantado de que se lo pidieran, hecho que tomaba como una muestra de amistad. Cuando alguien le dijo que una suma modesta sería suficiente, replicó: «Para que me la pidas, pero no para que yo la dé». La magnificencia no lo volvió pomposo. Entre sus amigos figuraba un joven independiente con el que acostumbraba a jugar a la pelota y que se había negado decididamente a reclamar dinero, hasta que le llegaron rumores de que Alejandro no estaba contento con él. Durante el siguiente juego, cada vez que se hacía con la pelota la tiraba más allá del monarca, que finalmente gritó: «¿Y yo, qué?». El joven respondió: «No me la pediste». Según Plutarco, al oír la respuesta Alejandro rió y lo colmó de regalos. Dada o gastada, la riqueza de Susa iba a influir en la historia. Durante siglos había permanecido estéril, como si nadie la explotara, y ahora fluiría en pos de Alejandro y sus ejércitos derrochadores. Las activas rutas comerciales que esa riqueza creó helenizaron el imperio antes de que Alejandro pusiese manos a la obra. Fue en Susa donde, al ocupar el trono de Darío, que rondaba los dos metros de estatura, Alejandro se dio cuenta de que los pies no le llegaban al suelo. Alguien acercó una mesa baja. Un viejo eunuco del palacio se echó a llorar porque se trataba de la mesa en que su señor escanciaba el vino. Conmovido ante esa congoja tan leal, Alejandro empezó a apartar los pies, pero Filotas le señaló que se trataba de un buen augurio y el monarca cambió de idea. Entre las riquezas figuraba el antiguo botín que Jerjes se llevó de Atenas, incluido el arcaico grupo estatuario de bronce de Harmodio y Aristogitón, los amantes tiranicidas, sacado de la Acrópolis. Más adelante devolvió a Atenas ese monumento de gran valor, que aún seguía en pie en tiempos de Arriano. Celebró sacrificios en honor de la victoria y una carrera de relevo de antorchas. Llegaron nuevas tropas de Macedonia. El sátrapa persa fue restituido en su puesto, con la guarnición al mando de los macedonios. En Susa, Alejandro instaló a Sisigambis y a sus nietos en el mismo harén del que Darío los había sacado para llevarlos a la guerra. La gran escena ya no se interpretaría jamás y lo esperaba un camino difícil a través de los puertos de montaña que lo separaban de la Pérsida. Allí encontró resistencia por primera vez desde Gaugamela. Los habitantes de las colinas de Uxia enviaron el mensaje de que los reyes siempre pagaban peaje cuando utilizaban sus pasos. Muy seguros de sí mismos, los bandoleros dejaron de pagar. Los guías de Susa mostraron a Alejandro un atajo que conducía a la fortaleza de los uxianos y los atrapó. El macedonio pensó en expulsar a toda la tribu de su hábitat estratégico, pero el jefe –pariente de Sisigambis– logró enviar un mensajero a Susa para que suplicara la intercesión de la reina madre. Después de algunas vacilaciones, Sisigambis escribió a Alejandro. Era el primer favor que le pedía. Alejandro emitió en el acto un perdón general y, por añadidura, la exención de impuestos.Entre Alejandro y Persépolis se alzaba el inexpugnable paso de los Puertos Pérsicos, defendido por el sátrapa de la Pérsida, que había cerrado el desfiladero con un muro. Desde los riscos superiores, sus hombres arrojaron rocas contra los efectivos macedonios; era una trampa mortal y Alejandro no tardó en retirar sus tropas. Por una de esas revanchas de la historia, se representó a la inversa la historia de las Termópilas Un pastor local que fue hecho prisionero se ofreció a mostrarle una ruta que bordeaba el puerto. Alejandro le prometió una generosa recompensa y lo siguió. La rodada, mucho más larga y peligrosa que aquélla por la que Efialtes había guiado a los hombres de Jerjes, estaba cubierta por una gruesa capa de nieve, pero Alejandro y sus reducidas tropas la cruzaron a paso rápido. Cuando alcanzó por sorpresa a la guardia de avanzada de los persas, éstos reaccionaron igual que los foceos de Leónidas: escaparon como pudieron hacia las colinas, sin avisar a su comandante, que fue cogido desprevenido. A continuación, el grueso del ejército macedonio atravesó el puerto sin dificultades. Persépolis estaba abierta. En la ciudad no había nadie en condiciones de ofrecerle la rendición formal. Alejandro recibió un atemorizado mensaje del tesorero, según el cual la ciudad era víctima de la anarquía y si no se daban prisa el tesoro (del que evidentemente temía que lo considerasen responsable) sería saqueado. El destino de Persépolis, que inclinó de esa forma la balanza, probablemente quedó decidido en un encuentro en el camino. En medio de la confusión reinante miles de esclavos griegos (probablemente del Asia Menor helena) escaparon y fueron al encuentro del ejército de Alejandro. Algunos eran hombres mayores, que habían permanecido en cautiverio desde las guerras de Oco. Fue una embajada macabra y monstruosa. Diodoro dice:
Todos estaban mutilados. A algunos les faltaban las manos, a otros los pies y a otros las orejas y las narices. Se trataba de hombres que habían aprendido artes y oficios y que estaban bien preparados; después de la formación les amputaron sus otras extremidades y sólo les dejaron aquéllas de las que su trabajo dependía.
Rufo Quinto Curcio dice que, además, estaban marcados a hierro. Ambas fuentes coinciden en que Alejandro lloró por ellos. Les ofreció transportes para que regresaran a Grecia y se comprometió a mantenerlos de por vida. Esos hombres conferenciaron y decidieron que sería insoportable regresar a sus ciudades convertidos en monstruos repulsivos. Seguramente ya los habían olvidado. (La antigua Grecia no era célebre por su compasión; la de Alejandro se consideraba una excentricidad.) Algunos tenían esposas esclavas que les habían dado hijos. Solicitaron concesiones de tierras en las que poder convivir. Alejandro reconoció que era justo; les proporcionó dinero, semillas y ganado, buenas vestimentas para ellos y sus esposas, y les asignó su triste aldea. Al día siguiente marchó sobre Persépolis. Sus tropas consiguieron lo que estaban deseando desde Gaugamela: una ciudad rica que saquear. Era la capital ceremonial del imperio, opulento complemento de la pequeña Aegae macedónica. El monarca y los principales nobles tenían sedes allí y seguramente los abastecía una rica clase de mercaderes. Rufo Quinto Curcio afirma que muchos ciudadanos fueron asesinados fortuitamente porque las tropas ahítas de saqueo no se molestaron en exigir rescate. Aunque hoy resulta difícil, deberíamos tratar de imaginar el placer orgiástico que el saqueo suponía para los hombres del mundo antiguo que, después de soportar penurias y peligros, consideraban que lo merecían; un saqueo en el que el poder, la agresividad, la codicia, las ansias, las rivalidades y los instintos del cazador y del jugador podían despertar y satisfacerse en una vertiginosa sucesión de actos. Quizá nadie, salvo Alejandro, habría podido retenerlos en Babilonia y Susa. En Persépolis les concedió un día. De todos modos, dio órdenes de que no quitaran a las mujeres las joyas que llevaban puestas. El tesorero fue ascendido a gobernador. Había mantenido intactas las cámaras acorazadas de palacio. Su contenido equivalía al triple de lo obtenido en Susa. Darío pasó el invierno en Ecbatana, vigilado por el servicio de información macedonio por si mostraba señales de actividad. Como no las hubo, Alejandro pasó el invierno en Persépolis. Debió de ser durante ese período cuando realizó su tan esperada peregrinación a la tumba, de Ciro el Grande, en la vecina Pasargada, la antigua capital de lo que antaño había sido Elam; era una especie de pequeña Macedonia persa desde la cual Ciro también había conquistado un imperio. Como demuestran los resultados, Alejandro le rindió honores, si se los merecía, otro tanto puede decirse de Jenofonte, aunque las recompensas de la historia son caprichosas. Persas y atenienses habían fijado en una mente ávida –en un momento en que nadie más la influyó– que todos los hombres son hijos de Dios y que en cualquier parte es posible encontrar a los seres excelentes que, dijo Alejandro, él hace más suyos que a los demás. Volvió al palacio de Persépolis, con sus altas columnas rematadas en lotos y los infinitos relieves de portadores de tributos que llevaban ofrendas a su constructor: Darío el Grande. No tenemos datos de que se celebraran ceremonias tan regias como las que caracterizaron su estancia en Babilonia o en Susa, aunque quizá sólo se debió a que el invierno dificultaba el acceso. Cuando llegó la primavera y el momento de reanudar la marcha, Alejandro hizo incendiar el palacio. En la actualidad, conocen este episodio personas que prácticamente no saben nada más de Alejandro (y que siguen mostrándose más impresionados por este ultraje a un edificio vacío que por los holocaustos vivientes de Coventry y Dresde); justo castigo, si es que se lo merecía, para un hombre que se preocupaba intensamente por su reputación. Las fuentes no son unánimes (aunque tampoco irreconciliables) acerca de los motivos por los que lo hizo, y los historiadores siguen debatiendo la cuestión. Arriano, cuya fuente –Tolomeo– indudablemente estuvo presente, se limita a decir que lo hizo contra los consejos de Parmenión, quien sostuvo que, más que acto de un rey, considerarían que era obra de un dictador. Diodoro, Rufo Quinto Curcio y Plutarco coinciden en que Alejandro ofreció una orgía alcohólica a la que invitó a una serie de flautistas y hetairas, entre las que figuraba Tais, la cortesana ateniense amante de Tolomeo, el futuro monarca; en que en el momento culminante de la juerga Tais recordó que Jerjes había asolado la Acrópolis y apremió a Alejandro para que permitiese que una ateniense pagase con la misma moneda; en que inmediatamente Alejandro proclamó un «comus» dionisíaco, que encabezó con una guirnalda en la cabeza y una tea en la mano– en que arrojó la primera tea y a continuación permitió que Tais lanzase la siguiente. Plutarco añade que un rato después Alejandro recapacitó y, ordenó que apagasen el incendio. Si así fue, ya era demasiado tarde: la capa de ceniza encontrada por los arqueólogos cubría absolutamente todo. Nadie resultó herido; cuando adentro hizo demasiado calor, salieron a contemplar el espectáculo. Es indudable que un incendio de primera categoría, en el que no está de por medio el temor de que se produzcan víctimas humanas, es uno de los grandes goces atávicos de que el ser humano sigue disfrutando. En nuestros días resulta aterrador pensar que ardieron tesoros arqueológicos, pero para los macedonios ––y aún más para los griegos–, Persépolis tuvo otra significación. Tarn ha preferido rechazar tajantemente la celebración de la fiesta y considerar la quema del palacio «como una proclama». Es verdad que Arriano no menciona la fiesta. Sin embargo, parece probable que Tolomeo –que cuando escribió era un monarca venerable y abuelo– prefiriera suprimir detalles de su desenfrenada juventud, como la exuberante Tais. Sin duda, las objeciones de Parmenión son históricamente verdaderas. Hasta es posible que le recordase a Alejandro intenciones que él mismo había expresado en momentos de mayor sobriedad. Deseaba ser rey más que conquistador y era indudable que los persas le recriminarían el incendio de la sede ceremonial del imperio. Es fácil concluir que en su momento pareció una buena idea, como sucede con tantos otros acontecimientos debidos a fiestas coronadas por el éxito. En cuanto a los tesoros arqueológicos, quedaron hasta tal punto en manos del león, las lagartijas y las arenas movedizas que actualmente Persépolis es el monumento mejor conservado de toda la época aqueménida. Al ver la hoguera, y sabedores de que se había desnatado la crema de las riquezas persas, las tropas de afuera pensaron que era señal de que sus esfuerzos habían concluido y que podían emprender el regreso a sus tierras con el botín. Muy pronto salieron de su error: Alejandro sólo se había limitado a hacer una pausa antes de su definitivo ajuste de cuentas con Darío. Se internaron por territorio difícil y desconocido, con un objetivo puramente militar. Pero siguieron a su comandante sin protestar. No se ha dado la suficiente importancia, se ha infravalorado excesivamente el extraordinario magnetismo que supone este hecho. El ejército de Macedonia estaba formado en la democracia arcaica y feudal. Sus antepasados habían hecho y deshecho monarquías y asesinado a reyes. Alejandro se había criado entre esos hombres y aceptaba su tradicional libertad de expresión, que no tiene paralelismo en los anales de los emperadores. Con excepción de las tropas auxiliares extranjeras, estaba totalmente a solas con ellos en territorio hostil y si se amotinaban quedaría a su merced. Alejandro no llevó una política secreta para intimidarlos ni espiarlos: dos tramas posteriores para acabar con su vida le fueron reveladas en el último momento por personas corrientes. Desarrollaba relaciones de intimidad y confianza singulares e inspiró actitudes posesivas que crearían complicaciones imprevistas. La dependencia que las tropas tenían de Alejandro se tornó casi supersticiosa, como demuestran las reacciones que tuvieron ante sus heridas y su enfermedad. Cuando la primavera derritió las nieves de las altas cumbres, lo siguieron hacia el norte, rumbo a Ecbatana.Cuando Alejandro llegó a la ciudad, Darío ya se había ido. Tomó posesión del palacio de verano. En las cámaras acorazadas depositó las inmensas reservas del tesoro que le quedaron después de aprovisionarse de fondos de guerra. En Ecbatana dejó como tesorero y gobernador a su viejo amigo Hárpalo.
Como de costumbre, Darío había dejado la iniciativa al enemigo. Al enterarse del avance de Alejandro, se trasladó al norte, enviando primero a las mujeres para que estuvieran a buen recaudo. Hizo un alto en el camino para reunirse con los refuerzos prometidos, pero éstos intuyeron el desastre y no acudieron a la cita. Alejandro prosiguió la marcha y se tomó el tiempo necesario para asegurar las comunicaciones. En Media se encontró con Bistanes, hijo superviviente del rey Oco, que estaba dispuesto a decirle hacia dónde había huido Darío. Ese encuentro pone de relieve un factor de suma importancia en la historia de Alejandro: el poder de las enemistades mortales en el mundo antiguo. Según los patrones del nacionalismo moderno, Bistanes fue un traidor; según los de su época, cumplió su deber religioso porque vengó a su padre y a su hermano envenenados, en cuyo asesinato estaba convencido (correcta o incorrectamente) de que Darío había participado. Si hubiera sido griego, esa obligación también habría anulado otras lealtades. Darío avanzaba hacia el norte en dirección al paso de los Puertos Caspianos, con la esperanza de llegar a Bactriana. Rufo Quinto Curcio presenta una narración pormenorizada y singular del periplo de Darío. Carece por completo de valor propagandístico, casi no contiene retórica y nos devuelve, por fin, al relato que sugiere a un expresivo testigo presencial que muy pronto aparecerá en escena. Del desastre de Gaugamela, Darío había rescatado unos treinta mil infantes y cuatro mil tiradores. Entre los primeros figuraban 3.000 mercenarios griegos, el leal núcleo de los 50.000 efectivos de Menmón. Aunque algunos de los exiliados no se atrevieron a volver a su tierra, lo cierto es que la mayoría podía haber desertado en favor de los macedonios, pero su valor y su lealtad fueron ejemplares. Los 3.000 soldados de caballería y muchos infantes eran bactrianos a las órdenes de Bessos, su sátrapa. Los demás mandos estaban en manos de Nabarzanes, el capaz general de caballería, y del anciano Artabazo, amigo de la infancia de Alejandro, que rondaba los noventa años pero que aún estaba lúcido y activo. La morada del gran rey estaba patéticamente vacía. Las arcas sólo guardaban 7.000 talentos; sus concubinas se habían ido; sus asistentes personales quedaron reducidos a un puñado de eunucos de la corte, siendo el mayor el egipcio Bubaces y el más joven un muchacho llamado Bagoas, consumado cantante y bailarín. Como era favorito del rey, lo habían castrado para mantener su excepcional belleza. Cuando le fallaron los refuerzos, Darío estableció un campamento y convocó un consejo de guerra. Rufo Quinto Curcio ha puesto un discurso en su boca, pero el verdadero seguramente fue mejor. El resto de los discursos parecen mucho más auténticos. El viejo Artabazo reafirmó su lealtad y la de las tropas persas. Después se adelantó Nabarzanes. Señalando que parecía perseguirles la mala suerte, dedujo que los dioses habían abandonado a Darío, y propuso que Bessos, su primo, subiera al trono por un tiempo, retirándose cuando hubieran derrotado al enemigo. Da la impresión de que el significado formal consistía en que Bessos sustituyera al monarca como víctima propiciatoria regia, con el propósito de cargar con su mala suerte. A Darío no le cupo la menor duda sobre sus verdaderas intenciones. Desenfundó la espada y se abalanzó sobre Nabarzanes. Fue amablemente retenido con gestos que suplicaban merced y los dos comandantes se retiraron. Sigue un pintoresco relato sobre sus esfuerzos para corromper durante la noche a los persas leales, con la oposición del indómito Artabazo. Éste se había opuesto al peligroso tirano Oco y en ese momento le fue leal a un rey débil que no le había hecho ningún daño, si bien estaba seguro de que recibiría el perdón de Alejandro. Las prioridades de Nabarzanes eran otras. Desde la huida de Iso había comprendido que la única posibilidad de ofrecer una resistencia persa eficaz consistía en quitar de en medio a Darío. Había elaborado un plan para entregar a Darío a Alejandro, hacer las paces con el propósito de ganar tiempo, proclamar a Bessos rey en Bactriana y desde allí reanudar la guerra. Los griegos y los persas no aceptaron. En consecuencia, por la mañana los dos se mostraron arrepentidos y leales y reanudaron la marcha. Darío confió en ellos, pero no así los griegos, que estaban enterados de las actividades nocturnas. Durante esa jornada de marcha, su comandante, Patrón, se acercó al carro real, hizo señas a Bubaces –el eunuco principal– y pidió hablar con el rey sin intérprete, ya que aquél tenía algunos conocimientos de griego. Se trataba de una precaución lógica porque Bessos cabalgaba a corta distancia. Darío escuchó sus advertencias y lo despidió con palabras amables. Si Patrón estaba en lo cierto, su posición era desesperada y hay que atribuirle el mérito de que no se agarró a un clavo ardiendo a costa de la vida de sus leales. En el siguiente alto, en los montes Elburz, del lado del Carpio, Artabazo rogó al rey que se refugiase entre los griegos de Patrón. Darío rechazó con dignidad este consejo fruto de la desesperación, y se cubrió el rostro con un velo mientras el anciano se retiraba con la cara bañada en lágrimas. Cuando los persas salieron a buscar provisiones los bactrianos se quedaron. Al anochecer la guardia que rodeaba la tienda, escogida entre los célebres inmortales, se largó silenciosamente. Darío abandonó toda esperanza y se tendió en el suelo. «De ahí que reinara una gran soledad en la tienda, salvo los pocos eunucos que rodeaban al rey, pues no tenían a dónde retirarse.» Este toque íntimo caracteriza de manera definitiva a nuestro testigo. Poco después, Darío llamó a Bubaces a su lado y ordenó que los eunucos intentaran salvarse. Al oír los gemidos de congoja de Bubaces, los demás se acercaron deprisa y, se sumaron a las lamentaciones. Bessos y Nabarzanes supusieron que el rey se había suicidado y rápidamente entraron en la tienda. Al saber por los eunucos que seguía vivo, ya no se contuvieron, lo sujetaron, lo ataron y se lo llevaron en un vulgar carro de transportes. Era tal la desventaja cuantitativa de las tropas leales que les fue imposible oponer resistencia. Darío no había conquistado el tipo de lealtad a que dan lugar las empresas desesperadas. Dos nobles persas cruzaron el paso para guiar a Alejandro y poner a su merced a su rey. Fue la mejor elección para el desventurado, pero se hizo demasiado tarde. Con la mejor caballería Alejandro partió al rescate en una carrera suicida, alcanzó la retaguardia de los bactrianos rezagados cuya disciplina se había ido al garete y a golpes se abrió paso rumbo al prisionero. Los conspiradores desataron a Darío y le ordenaron que montara a caballo. El monarca respondió que prefería hacer frente a Alejandro. Al oírlo Bessos y un tal Barsaentes, con o sin la anuencia de Nabarzanes, lo acuchillaron con las jabalinas, mutilaron a las mulas que tiraban del carro y emprendieron la huida. Nabarzanes, que tal vez se opuso a ese acto, siguió otro camino con seiscientos jinetes. Un soldado macedonio que oyó que alguien gemía pidiendo agua encontró al rey agonizante. En este punto concluye el relato de Rufo Quinto Curcio, pues el manuscrito está dañado. Plutarco dice que Darío bebió, dio las gracias, alabó el arrojo de Alejandro y le deseó suerte en tanto que sucesor suyo; es posible que sea propaganda o romance, aunque no hay duda de que habría preferido a Alejandro antes que a Bessos. Los dos monarcas, el venturoso y el desafortunado, no se conocieron en vida. Alejandro emprendió una larga e infructuosa búsqueda entre los carromatos; cuando llegó al que buscaba, Darío ya había exhalado el último suspiro. Alejandro lo cubrió con su propia capa –el último gesto que podía hacer– y ordenó que su cadáver fuese enviado a Sisigambis para celebrar el entierro real en Persépolis. Alejandro aceptó la rendición de Nabarzanes en la llanura de Hircania, que bordea el mar Caspio. Después de rechazar a Bessos por motivos que nadie explica, Nabarzanes envió un emisario para pedir un salvoconducto, algo que jamás habría conseguido si Alejandro no hubiese considerado que merecía una audiencia. Su historial de guerra y lo que dijo durante la audiencia causaron una buena impresión porque, aunque jamás obtuvo un puesto ni mando de tropa, se le perdonó su participación en el regicidio. Entregó los tradicionales regalos de honor y un obsequio insólito: el joven bailarín Bagoas. «Había sido amado por Darío y pronto lo sería por Alejandro.» No es difícil buscar la fuente del comentarlo de Rufo Quinto Curcio porque parece que esa relación duró toda la vida. Plutarco afirma detalladamente que en dos ocasiones Alejandro había rechazado, y considerado un agravio, la propuesta de regalarle bellos efebos griegos en cautiverio. Como cabe esperar, Rufo Quinto Curcio deduce que el joven persa le fue ofrecido como mero obsequio o soborno, pero las probabilidades apuntan a un motivo de mayor envergadura: que Bagoas había sido testigo presencial del asesinato de Darío y podía declarar que Nabarzanes se había opuesto. Nabarzanes fue un militar valiente y leal casi hasta el final. Aunque en la desesperación se mostró dispuesto a prescindir de un comandante inepto dejándolo en manos de un enemigo magnánimo, es posible que el regicidio le pareciera excesivo, pues para el zoroastrismo era un crimen abominable, como Alejandro sabría muy bien más adelante, cuando se ocupó de que un tribunal persa juzgara a Bessos. En cuanto a Bagoas, debió de saber, desde la llegada del eunuco de la reina para informar de la muerte de ésta, que habían permitido que las damas cautivas conservasen a sus servidores. Aparte de cualquier lealtad que sintiera hacia su señor –cuya memoria, al parecer, trató amablemente–, tenía poco que perder siguiendo a Alejandro y ningún futuro entre los rebeldes. El asesinato fue una acción provocada por el pánico e imprevista por todos, incluidos los asesinos.Si partimos de esta hipótesis, todas las circunstancias concuerdan: la partida de los otros conspiradores y de sus hombres inmediatamente después del regicidio; la huida de Bagoas en compañía de Nabarzanes, y la afirmación de Rufo Quinto Curcio según la cual «fue sobre todo a través de las súplicas del muchacho que él [Alejandro] se sintió movido a perdonar a Nabarzanes». El testimonio del favorito del monarca difunto era una prueba incontestable, una influencia mucho más probable que los meros halagos de un joven atractivo. De todos modos, es evidente que no fue reticente a la hora de tener a Bagoas en la corte para que comunicase a los cronistas su valioso relato. Suponiendo que el griego aprendido por este persa no estuviera a la altura de un relato tan extenso, podemos entretenernos conjeturando que el propio Alejandro le dictó la forma definitiva. Sea como fuere, Bagoas se quedó. Sabemos de él a través de Rufo Quinto Curcio, Plutarco, Ateneo y, con más dudas, por Arriano; es más probable que Tolomeo haya censurado al muchacho persa de Alejandro más que a su propia amante ateniense, no porque fuera varón –hecho que en el mundo griego carecía de importancia–, sino porque era un eunuco «bárbaro». Muy pocos compatriotas de Alejandro compartían su opinión de que «todos los hombres son hijos de Dios». Para los macedonios, conscientes de su raza, Bagoas era una modesta excentricidad de Alejandro y cuanto menos se hablara de ello, mejor. Empero, el relato del final de Darío –y quién más pudo proporcionarlo– dice mucho acerca de él e, indirectamente, de Alejandro. Además de los detalles gráficos y del talento para evocar la escena, están presentes la lealtad y el buen gusto perspicaz que no pretenden halagar toscamente a un amante real a costa de los muertos; el patetismo de la última noche de Darío y la insistencia en que «no hizo nada vulgar ni vil»; sus graciosos homenajes al vencedor que, los pronunciara o no, no hacían daño a su memoria y proporcionarían tanto placer. Sensibilidad, respeto hacia uno mismo, encanto sin servilismo y, por si fuera poco, belleza; no es extraño que, al menos una vez, se satisficieran las exigencias sexuales de Alejandro. Aparte de las escenas que sólo presenciaron los eunucos, sin duda parte de la historia fue relatada por Artabazo, que se presentó poco después de Nabarzanes y fue calurosamente recibido por Alejandro, que de inmediato le restituyó su graduación. Después de pasar años en Macedonia, sin duda hablaba griego con fluidez. Los últimos en llegar fueron los mercenarios griegos, desde sus escondites en las colinas. Habían enviado emisarios para consultar las condiciones, pero Alejandro, con su animosidad habitual hacia los griegos que combatían en las filas persas, exigió su rendición incondicional. Algunos se dispersaron; un ateniense con un violento historial antimacedónico se suicidó y alrededor de mil quinientos se entregaron. Para entonces, Alejandro ya conocía su fidelidad de boca de Artabazo y Bagoas. No castigó a nadie; dejó en libertad a los que fueron contratados antes de que declarara la guerra; a los demás, los reprendió y los incorporó a su ejército con la paga de costumbre. El relato del intento de Patrón de prevenir a Darío contra sus asesinos tal vez procede del propio Patrón. Dado su historial, en cualquier caso Alejandro habría tratado con respeto el cadáver de Darío, pero el funeral real que le concedió también fue una proclama: el deber de un gran rey hacia su predecesor. Había un pretendiente en liza. En el este, Bessos se había puesto ya la kyrbasia con la visera hacia arriba (prerrogativa de la realeza, pues los sátrapas tenían que llevarla aplanada) y se hacía llamar Artajerjes. No se sabe si lo movió el patriotismo o la ambición. Ya se había puesto de manifiesto que tenía dos desventajas que Alejandro jamás conoció: era incapaz de disciplinar a sus hombres y de ganarse su lealtad. Sea como fuere, Alejandro reivindicó el derecho de actuar contra él por rebelión, regicidio y traición a dos monarcas reinantes. Para poner de relieve esta reivindicación se celebró un importante acto de lealtad. Oxatres, el combativo hermano de Darío, se presentó voluntariamente para aclamar a Alejandro como rey. Volvió a predominar la enemistad a muerte: el enemigo del asesino de su hermano era su aliado natural. Alejandro, que al parecer se formó una elevada opinión de Oxatres, lo reclutó inmediatamente en las filas de los compañeros. Su adhesión tuvo un altísimo valor propagandístico y el único precio que hubo que pagar fue vengarse de Bessos. Alejandro tuvo que informar a sus hombres que la muerte de Darío no había dado fin a la guerra. Reunió a los macedonios y los persuadió mediante «argumentos efectivos», lo que debió de reducirse al puro atractivo de su personalidad, pues no se trataba de una cuestión de fuerza. Ni siquiera partió la totalidad de las tropas auxiliares griegas, a las que ofreció libre elección y el pago de los gastos de regreso a casa. Los soldados que volvieron a alistarse recibieron tres talentos por barba y las primas de los macedonios alcanzaron la misma escala generosa. Este tipo de ocasiones figuraba entre los principales placeres de la vida de Alejandro. Estaba a punto de internarse por las tierras inexploradas de Asia Central, con los enormes añadidos de su corte y de su ejército, como recuerda el romance persa: «Su campamento era un mundo en movimiento... el mercado que lo acompañaba semejaba al de una capital y en él era posible comprar de todo, incluso leche de ave». También abarcaba el secretariado, los ingenieros, los artesanos, los administradores, los médicos, los ayudas de cámara, los esclavos, los arquitectos y los fabricantes de armaduras, una horda de especuladores independientes que vivían de las tropas bien pagadas; las mujeres de soldados y civiles que, junto con sus hijos, casi constituían un segundo ejército. Sus líneas de comunicación se extenderían indefinidamente, pues no era posible saber qué provisiones ofrecería el nuevo territorio. El retén que dejara detrás sería tan decisivo como el oxígeno para el submarinista. Encomendó ese puesto de mando a Parmenión. Éste rondaba los setenta años; los esperaba una ardua campaña y ese nombramiento, honroso y digno de su edad, probablemente resolvió un problema que Alejandro tenía desde hacía tiempo. El anciano general dispuso de su propio ejército, parcialmente compuesto de mercenarios –incluidos quizá los nuevos reclutas griegos–, y acceso al tesoro de Ecbatana para satisfacer sus propias necesidades, así como las de la intendencia de Alejandro. Mientras se encontraba en Hircania, Alejandro había montado una operación secundaria contra los habitantes de los bosques de las montañas, notable solamente porque fue la penúltima aparición de Bucéfalo en la historia. Mientras era guiado a través del bosque por los escuderos reales –a cuyo cargo estaban los corceles del rey–, Bucéfalo y los demás fueron secuestrados por agresores locales. El caballo tenía veinticinco años y su probable destino era evidente. El viejo equino probablemente había salvado media docena de veces la vida de su amo, tanto de joven como de adulto, la idea de que acabara sus días convertido en una bestia de carga espantó hasta tal punto a Alejandro que envió heraldos para amenazar con una devastación general si no se lo devolvían. La respuesta fue inmediata, los amigos volvieron a reunirse y, aliviado, Alejandro incluso recompensó a los ladrones. Los escuderos reales, entre cuyos servicios al monarca figuraba el de proporcionarle caballos de recambio en el campo de batalla, eran los hijos adolescentes de los aristócratas macedonios. En anteriores reinados turbulentos habían sido rehenes de sus padres; ahora sus deberes estaban a mitad de camino entre los de un paje y un escudero de un castillo medieval, si bien el monarca no disponía de un cuerpo de escuderos especializado. Eran tan numerosos –se aproximaban a cincuenta– como para turnarse las guardias, y por la noche vigilaban los aposentos o la tienda regios. Cuando a Hircania llegaron nuevas tropas de Macedonia, probablemente arribaron nuevos escuderos, dado que el grupo que Alejandro había llevado consigo había alcanzado la edad adulta. Quizá las peripecias del querido Bucéfalo dieron mala nota a algunos de los recién llegados y desencadenaron acontecimientos trascendentales. A diferencia de los príncipes medievales, que sólo enseñaban a sus escuderos buenas maneras y a combatir, Alejandro hacía educar a los suyos, incluso si estaba de campaña. Su formación estaba a cargo de Calístenes, figura de cierta relevancia en la historia de Alejandro. Era sobrino nieto de Aristóteles, que lo había recomendado para el puesto de archivero real. (De ahí el uso de su nombre por el autor pseudo–Calístenes.) Se trataba de un diletante literario que había escrito una historia de Grecia hasta los días del ascenso de Filipo al trono y al que escritores posteriores citan por sus notas de anticuario, sobre todo en lo que se refiere a los sitios homéricos. Al igual que sus contemporáneos, Alejandro consideraba la Ilíada como un libro de historia; probablemente le encantó visitar en el Asia griega los célebres escenarios del nacimiento o de las hazañas de sus héroes. Muchos escritores antiguos reprochan a Calístenes sus halagos, pero no los definen, y no sobrevive una sola cita directa de sus obras. Tal vez puso de relieve que Alejandro descendía de los paladines de ambos bandos de la guerra de Troya y comparó sus hazañas con las de ellos. Si los elogios consistían en una presentación florida de logros esencialmente auténticos, le prestó un mal servicio del que tal vez se percató cuando su mente maduró. Entretanto, Calístenes había mantenido un estrecho contacto con el Liceo, aunque a partir de entonces la correspondencia tardaría mucho más en llegar a destino. No parece que ese servilismo fuese rechazado por Aristóteles, que tenía muchos vínculos con Macedonia, en particular su estrecha amistad con Antípatro que, de momento, no le planteó un conflicto de lealtades. Se le cita diciendo que Calístenes poseía una buena inteligencia, aunque sin cultivar. Y en otra ocasión, posiblemente posterior, que no era probable que viviese mucho tiempo; tal vez esta última deducción procede de las indiscreciones reflejadas en sus cartas personales. Sin duda estaba convencido, como Aristóteles y su escuela, de que los persas eran bárbaros corruptos y destructivos y de que la correcta misión de Alejandro debía consistir en la conquista y la venganza. Debió de dominarlo el desasosiego cuando el anciano Artabazo fue recibido como invitado de honor, cuando entre los compañeros de caballería apareció un príncipe persa, cuando se nombró nuevamente a los sátrapas después de su rendición y cuando el castrado favorito de Darío –un ser que los griegos convencionales consideraban menos que humano– se abrió paso hasta el lecho real. El comportamiento del conquistador griego tendría que haber sido una muestra ostentosa de superioridad helena, un adecuado sentido del contraste.Pero lo aguardaba una nueva conmoción: Alejandro empezó a lucir vestimenta persa. La ropa que se puso es bastante indefinida, como también lo es qué prendas adaptó. Su propia versión fue más «modesta» que la persa y más «impresionante» que la meda. Los dignatarios de los relieves de Persépolis corresponden a más de cien años antes y no es posible que la moda permaneciera invariable. Los medas llevan casaca y pantalón y los persas túnicas largas (sin duda vestimenta de la corte) y chisteras estriadas. Nadie luce la «faja persa» adoptada por Alejandro. En la vida cotidiana los persas, lo mismo que los medas, llevaban pantalón, aunque Plutarco nos asegura que Alejandro se abstuvo del barbarismo de cubrir sus extremidades superiores e inferiores. Vestía una especie de túnica larga, con faja, y probablemente una capa sobre los brazos, con los colores reales posteriormente utilizados por los césares romanos: púrpura y blanco. También llevaba la mitra, que en un sentido estricto era una cinta para la cabeza con los mismos colores. No obstante, como la cinta era un tocado tan corriente entre los griegos, no puede haber suscitado controversias, y lo más probable es que en ocasiones solemnes Alejandro la atara alrededor de la kyrbasia, como los demás reyes persas. La punta levantada de este tocado en forma de casco era un importante símbolo de realeza. Con respecto a la vestimenta persa, Herodoto comenta que el calzado permitía que se introdujese algo en su interior para que quien lo llevara pareciese más alto, hecho que también pudo tener su influencia. Al principio, Alejandro se puso esa vestimenta para sus audiencias con los persas; luego para fiestas privadas; posteriormente salió con ella, a montar según Plutarco, probablemente en carro. A los macedonios no les gustó mucho, pero lo consideraron un capricho perdonable, como Bagoas, por el que merecía indulgencia. Nadie protestó. Fue una buena política de cara a los persas, a pesar de que la política nunca lo fue todo para Alejandro, que era un hombre complejo, emotivo y a quien los contactos humanos afectaban profundamente. Si los persas le hubiesen caído mal nada más conocerlos, habría sido incapaz de adularlos y muy pronto habría reanudado con énfasis el papel de griego conquistador. Evidentemente le atraían. Su estilo, su dignidad y su belleza, el coraje tan cruelmente desperdiciado por su monarca, la integridad del anciano Artabazo y el delicado tacto de Bagoas dejaron huella en él. Quiso presentarse ante ellos como un aristócrata, según sus propios términos, y no tuvo dificultades para encontrar asesores. Oxatres y Artabazo conocían el ceremonial; las fruslerías que no podía consultarles so pena de perder la dignidad podía aprenderlas en la relajada intimidad compartida con Bagoas, versado hasta en el último detalle del día y de la noche regios. La influencia de Bagoas es uno de los imponderables de la historia. No disminuyó cuando superó la adolescencia; pero este hecho, al igual que el talento de Hefestión, es algo que podemos estar seguros de que Tolomeo prefirió ignorar. Las contradicciones entre los conceptos de rey y de conquistador se remontan a esa época. Los macedonios habían depositado en el segundo su orgullo racial y –hecho que tiene la misma importancia– las perspectivas de regresar, a su tierra, dejando una colonia que proporcionara tributos y esclavos. Entre los persas las opiniones estaban divididas. Habían sido asesinados el legítimo Oco y su sucesor; el provisional Darío había supuesto un auténtico desastre; para algunos, Bessos era un héroe y, para otros, un regicida comparado con el cual el conquistador extranjero no significaba un cambio negativo, porque parecía dispuesto a civilizarse. Pese a que no conocían la democracia, los persas valoraban la justicia y consideraron ecuánime a Alejandro. Bactriana, que seguía leal a su sátrapa, presentaría una férrea resistencia. Los días de las batallas campales no se repitieron hasta que llegó a la India. A lo largo de los dos años siguientes estaría de campaña por territorio accidentado, luchando contra miembros de tribus que conocían el terreno y que a menudo se asentaban en baluartes escarpados. En ocasiones, un sátrapa que había jurado fidelidad y había sido su invitado se rebelaba en cuanto Alejandro le volvía la espalda; el caballeresco código de honor que había llevado de Macedonia sufriría duros reveses. Era lógico que confiara en sus experiencias más que en sus expectativas. Hacía frente a una de las rebeliones más tenaces cuando un acto de alta traición, mucho más próximo, provocó una grave crisis en su vida. Estaba acuartelado en la fortaleza real de Drangiana cuando se enteró de que la conspiración para asesinarlo había sido organizada ni más ni menos que por Filotas, su amigo de la infancia. Alejandro no había hecho caso de las advertencias anteriores. Evaluaba la lealtad de sus amigos de acuerdo con la que él les guardaba. (Sin duda una de las causas de este optimismo se correspondía con la constancia inquebrantable de Hefestión, una certidumbre que databa de la niñez.) Aunque no había perdido su posición de confianza, Filotas adoptó buena parte de la pompa y el lujo con una extravagancia de nuevo rico que le granjeó enemigos. Era el único superviviente de los tres hijos de Parmenión, pues el segundo había muerto hacía poco de una enfermedad. Teniendo en cuenta su edad, el puesto de Parmenión en la retaguardia no podía provocar resentimientos, aunque disminuyó el poder de la familia en la corte. Se sabe muy poco sobre la conspiraci6n para matar a Alejandro y nada sobre los medios que pensaban utilizar. El instigador que salió a la luz fue un oscuro Dimno, que no se menciona en ninguna otra parte, que al parecer rondaba los límites del círculo personal de Alejandro y que se quejó de un desaire sin especificar. Intentó reclutar a un joven llamado Nicómaco, de quien era amante, pero el muchacho, horrorizado ante lo que oyó, se lo comunicó de inmediato a su hermano mayor. Impacientes por liberarse de ese peligroso conocimiento y por exonerarse de cargo y culpa, los dos acudieron a Filotas porque era alguien próximo al monarca. Todas las fuentes coinciden en que Filotas no denunció el hecho. Diodoro, Plutarco y Rufo Quinto Curcio afirman que se comprometió a hacerlo durante dos días seguidos y que se excusó pretextando que Alejandro había estado muy ocupado aunque, en realidad, había hablado libremente con él. Los hermanos desesperaron y empezaron a desconfiar. El mayor se presentó en los aposentos reales e informó al escudero encargado de las armas de Alejandro. A diferencia de Filotas, éste interrumpió a Alejandro mientras se bañaba. El monarca interrogó al hermano, se enteró de que se había producido un retraso, y averiguó los motivos. Alejandro reaccionó con su rapidez habitual y de inmediato hizo acordonar el campamento para impedir que se difundiera la noticia. Envió una brigada para que arrestara a Dimno, que certificó su culpa suicidándose antes de que pudieran detenerlo. Evidentemente había revelado a Nicómaco los nombres de otros conspiradores, entre ellos el de un miembro de la guardia real, lo que sin duda sugiere algo más que la cólera personal de un individuo. El comportamiento conocido de Filotas era claramente desleal. Todas las fuentes coinciden en que reconoció que sabía de la conspiración, y su defensa consistió en afirmar que no se lo creyó. (En épocas más pacíficas que la nuestra, algunos historiadores han llegado a aceptar este hecho, pero ahora podemos afirmar que, cuando se les avisa de que en un avión hay una bomba, los hombres honestos no corren riesgos.) Aunque Nicómaco no lo habría abordado de haber sabido que estaba implicado, tal vez Dimno sólo le dijo aquello que se atrevió a expresar. Hasta que el campamento quedó rodeado, Alejandro se vio obligado a mantener la actitud de siempre hacia Filotas, lo cual iba en contra de su naturaleza. Luego hizo arrestar a todos los acusados. Arriano cita sus dos fuentes y sostiene que Filotas fue sometido a juicio público ante la Asamblea macedónica, actuando Alejandro como fiscal –era un testigo pertinente porque había estado disponible cuando el acusado dijo que no lo estaba– y asumiendo Filotas su propia defensa (los floridos artificios de Rulo Quinto Curcio anulan su versión de los hechos). La Asamblea decidió que merecía la muerte. Arriano no habla del interrogatorio bajo tortura, hecho al que aluden Diodoro, Plutarco y Rufo Quinto Curcio. Antes de llegar a la conclusión de que Tolomeo lo encubría, como siempre debemos preguntarnos si tuvo necesidad de hacerlo. Es muy probable que no, tratándose de un juicio corriente por traición, como demuestra en otro texto. En esos casos, la tortura estaba generalizada a lo largo y a lo ancho de Grecia, con una excepción. Los demócratas atenienses dispensaban a sus propios ciudadanos y permitían que, en su lugar, ofrecieran esclavos: si la tortura no producía pruebas, daban por sentado que los esclavos no habían presenciado nada raro; los ciudadanos acusados que no aprovechaban esta prerrogativa se volvían muy sospechosos. En el caso de Filotas, tal vez su alta graduación y su historial militar hicieron que Tolomeo guardara silencio, de modo que la cuestión sigue en pie. Hubo más juicios, algunos de los cuales acabaron en absoluciones. Entre los condenados, «carente de palabras para defenderse», figuraba Alexandros de Lincestis, sospechoso desde hacía mucho tiempo. De ascendencia real, probablemente lo habían elegido –lo supiera él o no– como monarca títere idóneo. Tradicionalmente los macedonios ejecutaban en público a los condenados y en este caso lo hicieron con jabalinas. No fue una purga arbitraria. Alejandro tuvo que afrontar una elección terrible. Conspirador u oportunista insensible, lo cierto es que Filotas lo había traicionado. Ningún ejército situado en territorio hostil Podía permitir que siguiera vivo. Y menos aún podía permitirse tener en el cordón umbilical de las comunicaciones a un padre en el que habían recaído los arcaicos deberes de la deuda de sangre.El príncipe Oxatres se había unido al invasor extranjero con tal de vengar la muerte de su hermano y el príncipe Bistanes para vengar la de su padre. No existía la certeza de que Parmenión –fuera o no cómplice de su hijo– optara por no cambiar de bando cuando se enterase de su muerte. Eso fue lo primero que pensó Alejandro cuando acordonó el campamento. Las antiguas leyes de Macedonia estipulaban que los parientes varones directos de un traidor compartieran su muerte. No era pura intimidación, ni presumía su connivencia, simplemente reconocía la deuda de sangre, que convertía a todos los supervivientes en adversarios del rey. Sería extraño que en ese momento Alejandro no se acordara de Atalo. Traidor probado, había estado a salvo del arresto entre los soldados de leva de su tribu. En este caso, el problema práctico era el mismo. Sólo cambiaban dos factores: por un lado, la culpabilidad de Parmenión no estaba demostrada y, por el otro, era infinitamente más peligroso. Hasta entonces el joven conquistador sólo había conocido las recompensas del poder, la gloria, el homenaje, el esplendor, la riqueza ilimitada y los placeres de la generosidad, la admiración y el afecto. Sólo le habían costado las penurias y peligros de los que se enorgullecía. Por primera vez supo de las terribles exigencias del poder. Las comprendió en cuanto las padeció, pero es posible que mantuviese abierta una última posibilidad. Tres agentes partieron a lomos de veloces dromedarios por la carretera guarnecida. Portaban una orden real como la que había protegido al asesino de Atalo. Al llegar a Ecbatana entregaron la orden a los oficiales de mayor graduación del ejército de Parmenión. En el parque privado del palacio que le servía de residencia, un enviado al que conocía entregó a Parmenión una carta del monarca y luego otra falsa, firmada con el nombre de Filotas. Leía la segunda «con alegría, como denotaba su semblante», cuando lo abatieron. Esa carta, mencionada por Rufo Quinto Curcio sin comentarios, explicaciones ni tintes dramáticos, merece la más profunda atención. ¿Para qué molestarse con las cartas si Parmenión ya estaba indefenso ante sus asesinos? El protocolo exigía que el despacho real fuese leído en primer lugar; hubo que enviarlo para autentificar la otra carta, la que importaba: la misiva con la firma de Filotas falsificada. Parmenión no fue asesinado antes, sino después de que mostrara una alegría manifiesta ante su contenido. Si hubiera expresado desconcierto, irritación, ligera desaprobación, ira o temor, ¿se habrían desenfundado las dagas? En uno de sus pasajes muy lucidos pero nada dignos de confianza, Rufo Quinto Curcio dice que Filotas incriminó a su padre. Verdad o mentira, es posible que alguno de los conspiradores lo hiciera. Parecería que Alejandro prefirió rechazar semejante testimonio sin pruebas y le dio una última oportunidad introduciendo en la carta falsificada algún comentario –extraído durante los interrogatorios– que sólo transmitiría a un cómplice que la trama prosperaba. Era un gesto al azar, que podía dar lugar a trágicos malentendidos, pero la única prueba posible a la que podía apelar. Arriano dice que, a diferencia de otros monarcas, Alejandro se arrepentía cuando sabía que había obrado mal. Podemos leer comentarios sobre esos pesares, incluso sobre una profunda vergüenza, pero en ningún texto se dice que se arrepintiera de la muerte de Parmenión. No fue un acto apasionado, sino una decisión meditada y a ella se atuvo. Alejandro sólo corrió el espantoso riesgo de provocar el amotinamiento de las tropas de Parmenión –contingencia que de ninguna de las maneras podía eludir– porque tenía la firme convicción de que lo amenazaba un peligro aún mayor. (No hace mucho la Europa moderna fue testigo de la rebelión militar que siguió a la destitución de un general popular.) Alejandro tuvo que apostarlo todo a la lealtad de tropas situadas a cientos de kilómetros de distancia, tropas a las que no pudo persuadir ni coaccionar cuando se vieron obligadas a elegir entre él y su propio comandante. Las repercusiones de este hecho no han sido evaluadas a fondo. No hubo sedición. Su ejército lo aceptó con serenidad: no era probable que los hombres de Macedonia, con su memoria popular cargada de espantosas anécdotas de luchas dinásticas y plenamente convencidos de la culpabilidad de Filotas, absolvieran a su poderoso padre. Una junta provisional de censores ad hoc examinó las cartas enviadas a Macedonia en busca de señales de descontento. Los resentidos fueron aislados a un cuerpo especial –al parecer no recibieron más castigo que la mancha de ser poco dignos de confianza– y se los instó a que se redimieran mediante una buena actuación en combate. Y eso fue lo que hicieron, incluso con intensidad, probablemente después de una arenga del propio Alejandro. Ahora Alejandro sabía que un hombre que deseaba verlo muerto había estado al mando de su mejor fuerza de choque: los compañeros de caballería. Hefestión había demostrado ser un buen comandante y probablemente Alejandro habría preferido poner ese cuerpo a las órdenes de un hombre en quien confiaba plenamente. Sin embargo, se lo identificaba con las nuevas y polémicas políticas, y para los persas era un diplomático hábil al que apreciaban, cuyas costumbres –y probablemente idioma– Hefestión se había tomado la molestia de aprender. Para evitar un desaire directo a los conservadores en un momento tan delicado, Alejandro dividió a los compañeros entre Hefestión y Clitos «el Negro», el hermano de su nodriza, el mismo que le había salvado la vida en la escaramuza del Gránico. La familia estaba emparentada con la casa real y no necesitaba tratar con deferencia a los príncipes menores. Probablemente Alejandro conocía a Clitos desde la más tierna infancia y a través de buena parte de su tormentosa niñez, con asociaciones subconscientes que él mismo ignoraba. Bessos seguía controlando Bactriana. Aunque los dos años de resistencia que opuso esta provincia se han descrito como un levantamiento nacional, no es verdad en el sentido moderno de la expresión. Sus lazos de unión eran tribales y familiares y jamás se dejaron de lado las antiguas enemistades. Alejandro pasó el invierno en medio de una tribu pacífica a la que Ciro, abastecido por ella en un momento de crisis, puso el nombre de «los benefactores». El macedonio les tomó afecto enseguida. Llegada la primavera, se trasladó a zonas inexploradas. A lo largo de esa fase de la campaña, el territorio accidentado estaba formado por rutas perfectamente definidas, por muy inaccesibles que fueran, y jalonaría su paso por puntos estratégicos de esas sendas antiguas –algunas de las cuales llegaban a la India y otras hasta China, cuya existencia jamás imaginó– fundando otra ciudad. La arqueología moderna apenas ha empezado a averiguar cuán reales y firmes fueron sus intentos de crear centros de civilización en medio de esos yermos: la guarnición no sólo servía de control sino de protección; las calles se trazaban correctamente y había una plaza pública, centro de todas las ciudades griegas; un templo para la deidad tutelar; una cámara para el consejo y a veces hasta un teatro; en una había un monumento a Peritas, un perro favorito que Alejandro había criado personalmente y cuyo nombre dio a la ciudad. La mayoría recibió el nombre de Alejandría. Los colonos procedían de la multitud que los seguía: veteranos que durante la marcha habían encontrado una mujer, con la que habían tenido hijos; mercaderes y artesanos atraídos por la ruta comercial o la ausencia de rivales; inválidos dispuestos a asentarse con sus primas, su botín y su parcela de tierra en lugar de afrontar el largo y penoso regreso; algunas rameras que prestaban servicios en las guarniciones y que estaban hartas de los desplazamientos. Cuando más adelante estalló el descontento fue en las guarniciones, cuyos hombres no tenían un verdadero interés por el lugar y realizaban un trabajo monótono mientras sus camaradas acompañaban a Alejandro, vivían aventuras y obtenían riquezas. La campaña contra Bessos quedó obstaculizada por el feroz y traicionero Satibarzanes –sátrapa de Aria– que, después de Gaugamela, continuó con el plan original de Bessos y Nabarzanes para firmar la paz y rebelarse a continuación. Emprendió la huida en la primavera de 329 a.C. y poco después fue muerto en un combate cuerpo a cuerpo con Erigio, uno de los amigos de la infancia exiliado por Filipo en virtud de su devoción hacia Alejandro. Decidido a ajustarle para siempre las cuentas a Bessos y a entrar en Bactriana antes de lo que lo esperaban, a comienzos de año Alejandro cruzó con su ejército las cumbres aún heladas del Hindu Kush. Los historiadores coinciden en que, en tanto hazaña de liderazgo y resistencias, supera con creces el cruce de los Alpes por parte de Aníbal. En gran medida, las penurias fueron previsibles y Alejandro debió de tener una confianza inquebrantable en la devoción de sus hombres, devoción que los acontecimientos confirmaron. Tal vez no tuvo suficientemente en cuenta la altura. Se quedaron sin provisiones; el transporte rodado estaba descartado y allí sólo crecían hierbas alpinas; se comieron crudas las mulas muertas por falta de combustible para cocinar; el reflejo de la nieve provocó ceguera a algunos hombres y a 3.500 metros algunos debieron padecer mal de altura. Alejandro, al que siempre se vio tan aterido y hambriento como cualquiera de los demás, se detenía de vez en cuando para hacer una broma o para sacar a un hombre entumecido de un montículo de nieve. Jenofonte también sacudió a soldados apáticos para arrancarlos de la soñolienta hipotermia que precede a la muerte, un hombre incluso se quejó de que su aguerrido comandante lo abofeteó. Nadie se quejó de Alejandro. Alejandro ya había evaluado a Bessos y no estaba dispuesto a correr el riesgo de lanzarse frontalmente contra un enemigo descansado y decidido. Hechizaba tanto a enemigos como a amigos. Delgado y fatigado, iba precedido de una fama temible. Indeciso, Bessos arrasó el terreno que atravesó y Alejandro, más flaco pero resuelto, siguió avanzando. Bessos se atemorizó. Huyó cruzando el Oxo y quemó las naves. La resistencia local se desmembró; Alejandro descansó y dio de comer a sus hombres. Nombró sátrapa de Bactriana al indestructible Artabazo.Fue un descanso entre un infierno helado y otro tórrido. Antes de marchar hacia el desierto insoportable que rodea el Oxo, Alejandro apartó para darlos de baja a los viejos veteranos y a los incapacitados. Avanzaron de noche porque durante el día la canícula era insoportable. Los soldados consumieron deprisa las raciones de agua por culpa del aire seco. El agotamiento de los seguidores del campamento debió de ser extremo. Rufo Quinto Curcio cuenta que algunos porteadores descubrieron una pequeña charca y llenaron un odre para dar de beber a sus hijos. Cuando pasaron junto a Alejandro, que sudaba a mares, le ofrecieron fielmente un trago. Después de preguntarles a dónde llevaban el agua, les dijo que se la dieran a sus hijos: no estaba dispuesto a beber a menos que hubiera suficiente para todos. Este hecho recuerda un incidente aún más conocido; ambos son característicos de Alejandro y, como la naturaleza humana es repetitiva, sin duda son verídicos. Por fin llegaron al río. Después del último tramo, Alejandro estuvo sin descansar y sin comer hasta que comprobó que todos estaban en el campamento, sanos y salvos. El río era ancho y los transbordadores se habían incendiado, pero en el Danubio Jenofonte había enseñado a Alejandro la tradición del Éufrates, que también sirvió para el Oxo. Los fabricantes de tiendas pusieron manos a la obra y rellenaron los cueros hasta convertirlos en balsas. El cruce les llevó, cinco días. El destino trató a Bessos igual que a Darío. Las deserciones provocaron la dispersión de sus soldados de leva. Dos jefes llegaron a la conclusión de que Bessos era un estorbo para la guerra. Lo dejaron en la fortaleza de una aldea defendida por dos servidores, y mandaron decir a Alejandro que estaba allí y que podía recogerlo. Para no realzar el acontecimiento con su presencia, Alejandro envió a Tolomeo, con la orden de tratar a Bessos como a un vulgar criminal. Quería poner de manifiesto que ese hombre no era, ni jamás había sido, un monarca persa. El fatídico error de Bessos consistió en no rendirse al tiempo que el realista Nabarzanes, el cual se aseguró la amnistía antes de la llegada de Oxatres. El hermano de Darío estaba a la expectativa de la venganza que era el precio de su fidelidad. Bessos fue desnudado –la mayor desgracia que podía sufrir un persa– y dejado a la vera del camino, con las manos atadas a un yugo de madera. Alejandro detuvo su carro y le preguntó por qué había traicionado y asesinado a su benefactor, su pariente y su rey. Con menos dignidad que la que mostró Darío cuando todo estaba perdido, Bessos replicó que todo el séquito había accedido a hacerlo para conseguir un salvaconducto de Alejandro. Fue un enfoque equivocado ante un hombre que había perdonado e incorporado a sus filas a un grupo de rebeldes que vio marchar hacia la ejecución con notorio valor. Ordenó que Bessos fuera azotado, hecho que sin duda Oxatres presenció, y que lo trasladaran encadenado hasta el tribunal persa que lo juzgaría. No apareció ningún otro pretendiente. Alejandro marchó hacia el nordeste hasta la inmemorial frontera del río Yaxartes, donde acababa la civilización y comenzaban las estepas. En ese límite se alzaba una hilera de antiguas fortalezas construidas para repeler a los escitas, nómadas feroces que ni siquiera Darío el Grande pudo someter. Alejandro no tardó en llegar a la conclusión de que dicha frontera estaba correctamente trazada. Tuvo la agudeza de percibir que, una vez superados los prejuicios, dos grandes civilizaciones podrían interpenetrarse; de todos modos, reconocía la barbarie nada más verla y le interesaba mantenerla lejos. Para Alejandro fue evidente que, ante la primera señal de debilidad, los escitas cruzarían el río. Después de reemplazar a los caballos que el calor o el frío habían matado, retrocedió hacia el oeste en dirección a Samarcanda. En un encuentro con los miembros de una tribu, una flecha le partió el fémur. Imposibilitado de montar a caballo, evitó las demoras trasladándose en parihuela. Al principio, fue acarreado por los infantes, hecho que despertó los celos de los soldados de caballería, que exigieron desmontar y compartir el privilegio. Alejandro permitió que se turnaran. En esta obra no es posible seguir con detalle la campaña del Yaxartes. Ocuparon Samarcanda, la ciudad imperial, y redujeron las fortalezas ribereñas, que luego guarnecieron. La región parecía tranquila y Alejandro convocó un consejo de los jefes de Sogdiana. De inmediato éstos supusieron que se trataba de una traición –algo que para ellos era corriente–, se rebelaron, invadieron las ciudades recién tomadas por Alejandro y asediaran Samarcanda. Los relevos del macedonio quedaron aislados, los comandantes no estuvieron a la altura de las circunstancias y Alejandro tuvo que romper el sitio personalmente. Durante las operaciones, que, como de costumbre, realizó en la vanguardia, fue derribado. Una pedrada le hirió la laringe –lesión peligrosa– y perdió la voz. Un golpe en la cabeza lo dejó unos días con la visión obnubilada. Es posible que de aquí proceda una extraña peculiaridad de las leyendas alejandrinas: que tenía un ojo gris y el otro negro. La pupila dilatada es una de las características habituales de la conmoción cerebral; algún informe local sobre Alejandro, en unas condiciones en que la mayoría de las personas se habría quedado en la cama, tal vez arraigó en la memoria popular. En la otra orilla del Yaxartes apareció una horda de escitas desafiantes. Alejandro reunió una fuerza combinada, derrotó a los escitas y los persiguió por las llanuras. Al igual que Darío el Grande, vio cómo se le escurrían entre los dedos. Un contratiempo más grave –pues sus consecuencias fueron más duraderas– consistió en que, a causa del calor, bebió el agua que encontró y sufrió una enteritis paralizante. Sin duda lo propio hicieron otros soldados y quizás hubo víctimas, ya que Alejandro estuvo gravemente enfermo. El ejército no tardó en aprender que en las sedientas tierras bajas la única bebida segura era el vino. Oxatres regresó a Ecbatana a Fin de presidir el juicio a Bessos por parte de un tribunal formado por nobles persas. Le habían cortado la nariz y los lóbulos de las orejas, forma en que los persas marcaban a los criminales. Tradicionalmente, la ejecución también era bárbara: por empalamiento o en la cruz. Oxatres mandó despedazar el cuerpo y dispersar los fragmentos para que los devoraran las bestias salvajes. Vengado por fin su hermano y recompensada su lealtad, con su presencia certificó la legitimidad del nuevo gran rey, a cuya corte retornó. El cuerpo administrativo que por entonces rodeaba a Alejandro era tan persa como macedonio o griego. Inevitablemente, había que esperar para obtener una audiencia; inevitablemente, los macedonios tenían que turnarse con los persas. Bagoas –añadido decorativo en la corte– no era una persona que gozara de la aprobación general. Los oficiales, los sátrapas y los enviados persas llamaban la atención cada vez más y practicaban esas reverencias profundas tan ofensivas para la tradición griega, ante un monarca que no las rechazaba. Para entonces Alejandro contaba con los sólidos consejos de Artabazo, superviviente de cuatro reinados, y Bagoas, que conocía los procedimientos cortesanos por su proximidad al trono. La deferencia concedida a un rey extranjero se medía según su propio sentido de la dignidad y no se podía dejar de exigir a los persas una muestra de respeto tan esencial como la «postración». De todos modos, Alejandro era muy susceptible; aunque nadie se lo hubiese dicho, no podía pasar por alto el hecho de que para sus súbditos más recientes eran notorias las desdeñosas miradas de los macedonios, que no hacían reverencias. Alejandro consultó a Hefestión –cuya devoción inquebrantable no quedó empañada por la presencia de Bagoas– y evaluó la forma de regularizar la cuestión. Sería difícil y tendría que resolverla con tacto. Herodoto, que escribió un siglo antes, dijo de las costumbres persas:
Cuando se cruzan en la calle, es posible saber si las personas que se encuentran son del mismo rango por lo siguiente: si lo son, en lugar de dirigirse la palabra se besan en los labios. Si una es ligeramente inferior a la otra, el beso se da en la mejilla; cuando la diferencia de categoría es grande, la persona inferior se postra en el suelo.
Todos los persas eran inferiores al rey y, en su mayoría, enormemente inferiores; sigue siendo tema de debate la profundidad de la reverencia exigida a las personas que rondaban la corte. Leemos que persas lo bastante bien situados para ser invitados a cenar por Alejandro se postraban plenamente ante él. Hay que tener en cuenta que también adoptó la importante institución de los parientes reales. Los monarcas persas habían permitido el ingreso en esa casta privilegiada de grandes cantidades de nobles con los que no estaban emparentados y de esta forma los volvieron «un poco» sus inferiores, con derecho a besarles la mejilla. Sin duda, Alejandro otorgó de inmediato esta categoría a personas como, por ejemplo, el venerable Artabazo y príncipes reales como Oxatres y Bistanes; probablemente incorporó a muchos más, aunque lo mantuvo como prerrogativa, no como algo que se daba por supuesto. En tiempos de Darío el Grande, dos enviados espartanos, hombres de la más alta alcurnia, prefirieron correr el riesgo de morir antes que hacer la proskynesis ante él (se les perdonó generosamente la vida). Si algún otro rito reverencial estaba a mitad de camino entre la postración y el beso del pariente, bastó para crear en los macedonios la misma sensación de servilismo. Alejandro no se hizo ilusiones al respecto, como demuestra su proceder. Los persas estaban dispuestos a inclinarse ante el monarca, pero los macedonios no. No podía humillar a ninguna de las dos razas. Los macedonios podrían salvar las apariencias ascendiendo la categoría de la persona ante la que se inclinaban. En lo que al rey se refería, sólo podía subir un paso. Que se inclinaran ante un hijo de Amón, que participaba de la divinidad del dios. En una cuestión como ésta, la complicada mentalidad de Alejandro –que desconcertó a los hombres que compartieron su cultura– se nos torna inaccesible. Salvo en Egipto, donde contaba con aprobación milenaria, jamás había apelado a su prerrogativa divina. El uso que le dio en ese momento fue pragmático, de estadista y, hasta cierto punto, altamente civilizado. Por otro lado, no fue un formulismo, porque creyó en ello. Conviene recordar que millones de hombres de tres continentes estuvieron de acuerdo con él antes de que pasaran muchos años.Después de comunicar su plan a los amigos más íntimos, que evidentemente no se opusieron, se lo confió a los persas más importantes: habían soportado muchas cosas y merecían alguna compensación. Invitó a varios a un banquete, así como a macedonios de categoría. Arriano, que es posible que en este caso apele a Tolomeo o al chambelán Cares, ofrece el relato más sensato del acontecimiento. El sofista Anaxarco pronunció un discurso de loa al rey. (Era originario de la ciudad tracia de Abdera. La tradición ateniense lo tachó de adulador de Alejandro. Acabó muerto a golpes con barras de hierro por orden de un rey chipriota con el que había sido descortés y afrontó su destino con desafiante coraje. Si halagó a Alejandro, lo hizo porque le caía bien, posibilidad que no podemos excluir.) Anaxarco hizo una lista de sus logros sin par, predijo correctamente que cuando muriese se le ofrecerían honras divinas y preguntó por qué no podía recibirlas en vida. Ante la indicación convenida, los amigos dieron saltos y gritos de asentimiento, dispuestos a hacer la reverencia. Calístenes intervino en el momento crítico. En un discurso más bien largo, insistió en la impiedad de ofrecer a los humanos derechos divinos. La mayoría de los macedonios no estaban preparados para la propuesta y al ver ese apoyo a su reticencia empezaron a aplaudir. Ante la perspectiva de una escena desagradable, Alejandro mandó decir que no insistiría. Todos tomaron asiento. A continuación, los invitados persas, que conocían las verdaderas intenciones del macedonio y que estaban decididos a aceptarlas, se incorporaron y realizaron la proskynesis por decis |