Troya

El reinado de Alejandro comenzó en el año 336 a.C., cuando tenía poco más de veinte años.
«Su aspecto físico queda mejor representado en las estatuas que le esculpió Lisipo. [Plutarco no dice cuál de los contemporáneos de Alejandro expresó esta opinión, si es que alguno lo hizo.] Y estuvo de acuerdo en que lo esculpiese sólo él. [De todos modos, debió de dar autorización a varios más.] Este artista ha captado con exactitud las características que, posteriormente, muchos sucesores y amigos intentaron imitar: la posición del cuello, ligeramente inclinado hacia la izquierda, y sus ojos acuosos. En el cuadro de Apeles El que esgrime truenos su tez no está bien, pues la pintó demasiado oscura y bronceada; dicen que era rubio y que viraba al rubicundo en pecho y rostro.»
Sus ojos acuosos eran grises y su capacidad expresiva no se ajustaba a las convenciones artísticas griegas. Todos los retratos importantes de testas muestran una marcada protuberancia en la frente, por encima de las cejas (teniendo en cuenta la idealización, probablemente era aún más notoria en la vida real), debida tal vez al desarrollo de los lóbulos cerebrales frontales; y la cabellera espesa y apenas ondulada, que caía de un pico, con el peculiar corte escalonado hasta el cuello cuando en el sur de Grecia estaba de moda el peinado corto y rizado. Arriano, cuyas dos fuentes principales corresponden a hombres que lo vieron con frecuencia, afirma que Alejandro era muy apuesto.
El afeitado, difundido desde hacía mucho tiempo entre los jóvenes del sur, no se conoció en Macedonia hasta que Alejandro lo introdujo. En la infancia y en la adolescencia debieron de admirar su belleza; el hecho de que no quisiera alterarla con una barba tal vez sea señal de su naturaleza bisexual. En cuanto impuso esa moda, fue tan seguida que la leyenda posterior hace que ordene a todo el ejército macedonio que se afeite. Se lo cita diciendo que en la lucha cuerpo a cuerpo la barba proporciona al enemigo un punto del que aferrarse. Quizá también se dio esta explicación a sí mismo.
«En las memorias de Aristóxeno se dice que su piel emanaba un aroma muy agradable y que su aliento y todo su cuerpo poseían una fragancia que traspasaba las ropas que vestía.» En todas las fuentes se pone de manifiesto su afición al baño diario siempre que podía; en campaña debió de estar muchas veces sin lavarse, lo cual vuelve interesante dicha observación. Era un hombre muy sano cuando no lo afectaban ocasionales fiebres. En la época anterior a la odontología, el buen aliento era prueba de una buena dentadura, así como de una buena digestión. Amaba apasionadamente el ejercicio fuerte, la caza, correr y los juegos de pelota; sin embargo, despreciaba el atletismo profesional, que en su siglo había degenerado y producido horrorosos físicos especializados en lugar de la belleza equilibrada de una escultura clásica. Se consideraba un corredor de nivel olímpico, pero rechazó la oferta de participar en los juegos «a menos que tuviera reyes con los que competir». Su orgullo no hubiera soportado ni la más mínima sospecha de que le habían dejado ganar la carrera.
Amaba la música y el teatro; los artistas emprendían larguísimos y arduos viajes con tal de actuar para él y no eran recibidos como meros intérpretes, sino como invitados. Por naturaleza, Alejandro poseía el ritmo biológico del actor y cuando tenía tiempo le gustaba trasnochar y dormir por la mañana, pauta no necesariamente relacionada con la ingestión copiosa de alcohol, como sabe la gente del espectáculo.
No podía vivir sin libros, que se hizo enviar hasta el corazón de Asia, acrecentando sus lecturas favoritas a medida que conquistaba territorios. Parece que, después de Homero, el autor que más le interesaba era Jenofonte, cuya influencia aparece nítidamente una y otra vez. Alentaba a sus hombres recordándoles la Anábasis, con sus decididos diez mil, y hacía una exposición paralela sobre la ineficacia persa. El joven Jenofonte, que una noche de desesperación abandonó el lecho para arengar al ejército porque sus mayores habían muerto y no había quien asumiera la tarea, debió de ser un hombre con las mismas pasiones que Alejandro (y las de Shakespeare, que trasladó la misma situación al rey Enrique la víspera de Agincourt). Sin duda también valoraba los tratados sobre equitación y caza. Con su profundo sentido del teatro, por encima de todo Alejandro mostró en el drama de su vida con quién estaba básicamente en deuda: con la educación de Ciro, la única obra de ficción de Jenofonte.
En principio debió de leerla como historia. Más tarde, cuando llegó a Persia, se enteró de algunas discrepancias; empero, el hecho de que el Ciro de carne y hueso hubiese muerto en el campo de batalla más que con serenidad socrática probablemente hizo que le tomara aún más afición. La imagen de un conquistador genial, poderoso y misericordioso, que convierte en amigos a los enemigos y al que los conquistados aclaman como padre no choca con los fragmentarios archivos persas. Alejandro no necesitó desechar su culto al héroe, como demuestra la devoción que manifestó ante la tumba de Ciro.
Posiblemente pasó por alto las enseñanzas militares de Ciropaedia por considerarlas elementales. Su padre había sido un maestro mucho más refinado. Jenofonte afirma que no presenta máximas para generales, sino el modelo de un gobernante ideal que rige a los pueblos conquistados de un inmenso y extendido imperio.

Gobernó esas naciones, a pesar de que no hablaban la misma lengua que él ni la misma entre ellas; sin embargo, fue capaz de infundir temor hacia su persona hasta el extremo de que nadie osó oponerse; era capaz de despertar un deseo tan profundo de satisfacerlo que todos querían dejarse gobernar por la voluntad de Ciro.

... En realidad, el gobernante no sólo debe ser mejor que sus súbditos, sino que ha de hechizarlos.

La abrumadora recopilación de las leyendas de Alejandro rinde tributo al último precepto en una escala que supera todo lo soñado por la filosofía de Jenofonte.
Provocada por una afinidad espontánea, la admiración que sentía por Ciro debió de convertirse en un potente antídoto contra la estrechez de miras de Aristóteles. Una y otra vez el comportamiento de Alejandro pone de relieve la deuda con lo que se ha considerado la primera novela histórica del mundo occidental. Los siguientes fragmentos podrían confundirse con citas de una historia de Alejandro.

En campaña, el general debe mostrar que es capaz de soportar mejor que sus hombres el sol en verano, el frío en invierno y las penurias durante una marcha difícil. Estas actitudes hacen que sea amado por aquellos a los que dirige.

Cuando los demás fueron a cenar a la hora habitual, Ciro se quedó [entre los heridos] con sus ayudantes y sus médicos, pues no estaba dispuesto a dejar desamparado a nadie.

Es posible que los dioses, al igual que los hombres, sean más propensos a inclinarse hacia nosotros si les hacemos caso en el momento culminante de nuestra fortuna en lugar de adularlos únicamente en la adversidad. Éste también es el modo de cuidar de los amigos.

Siempre mostró toda la amabilidad de que era capaz; sostenía que, del mismo modo que es difícil querer a los que parecen odiarnos o estar bien dispuesto hacia los que nos desean el mal, aquel que es afectuoso y está bien dispuesto no puede ser odiado por los que conocen el amor. Intentó conquistar la devoción de los que lo rodeaban pensando en ellos y preocupándose, mostrando alegría en su prosperidad y solidaridad en su desdicha.

Vosotros [sus hombres] lleváis en vuestra alma lo que es más justo y más militar: disfrutáis, por encima de todo, de las alabanzas. Los hombres enamorados de las alabanzas se sienten obligados a soportar cualquier penuria y cualquier peligro.

Ciro era el más apuesto en persona, el más generoso de alma, el más encariñado con el saber, el más enamorado de la fama honrosa, de modo que podía resistir todos los sufrimientos y los peligros en nombre de las alabanzas.

Los dos últimos fragmentos son básicos para comprender a Alejandro. Los modernos que lo han acusado de «una desagradable preocupación por su propia gloria» piensan en función de otra época. Hasta ese momento y de ahí en adelante, los más altos niveles de la literatura griega están impregnados del axioma según el cual ser digno de fama es la más honrosa de las aspiraciones, el incentivo de los mejores hombres para alcanzar las más altas cotas. Sócrates, Platón y Aristóteles lo aceptaron. Este ethos duró más que Grecia y Roma. La última palabra de la única épica inglesa es lofgeornost: «de lo más deseoso de fama». Cierra el lamento de los guerreros ante el difunto Beowulf.





Alejandro III inauguró su reinado según el estilo macedonio tradicional: eliminando a los que ponían en peligro la sucesión.
Plutarco y Diodoro coinciden en que buscó y castigó a los conspiradores del asesinato de su padre. Ninguno explica el proceso de la investigación, aunque la purga no fue indiscriminada. La víctima más importante fue su primo Amintas, hijo de Pérdicas III, que de acuerdo con las leyes de sucesión más corrientes se habría convertido en el monarca reinante. Era un macedonio de raza, lo que lo diferenciaba de Alejandro, cuya impopular madre provenía de Epiro.
Filipo siempre debió de parecerle un usurpador a Amintas; de haber triunfado la conjura, se habría convertido en elegido natural. No se sabe si fue muerto por pruebas o por sospechas. Alejandro merece el beneficio de la duda porque, pese a la humillación que sufrió con la intriga matrimonial con la caria, no le hizo nada a su hermanastro Arrideo, un peón inofensivo del que le pareció denigrante vengarse. De todas maneras, era peligroso dejar ese peón en el tablero macedonio. Alejandro lo sumó a su corte y lo llevó en sus viajes. Debió de estar bien cuidado, porque de los dos fue el que más vivió.
Ejecutaron a dos príncipes de Lincestis, una familia de reyes antaño independientes del oeste de Macedonia. Quizás abrigaban la esperanza de recuperar su antigua soberanía. El mayor, otro Alexandros, se salvó porque después del asesinato aclamó inmediatamente a Alejandro como monarca. Parece que en cierto momento surgió la idea de que la conspiración fue financiada por el oro de Persia. Probablemente era verdad, se suministrara a través de Demóstenes o directamente por el propio Darío, que tenía sobrados motivos para temer a Filipo y que no imaginaba lo que se le vendría encima.Atalo, enemigo declarado y peligroso, planteaba un problema peculiar. Estaba de campaña en Asia Menor, con sus propias tropas, en su mayoría unidas a él por lealtades tribales. Se creía, correctamente, que planeaba una traición. Alejandro era partidario de someterlo a juicio según las leyes macedonias, pero no podía correr el riesgo de que se pasara con su ejército al otro bando. Por consiguiente, enviaron en misión secreta a un oficial llamado Hecateo para que, si era posible, lo hiciese prisionero o, de lo contrario, lo matase. Atalo se carteaba con Demóstenes con miras a unirse a Atenas. Alarmado quizá por los rápidos éxitos iniciales de Alejandro –no se conoce claramente la secuencia de los acontecimientos–, Atalo se acobardó y envió la carta de Demóstenes a Macedonia, adjuntado una súplica de perdón. En el interín, Hecateo había llegado a la conclusión de que no podía correr más riesgos y lo mató de inmediato. Dadas las circunstancias, nadie se quejó de que no se respetaran las leyes. Es posible que Hecateo contara con una orden real que podía mostrar antes o después del hecho a los oficiales de Atalo y al otro general de la fuerza expedicionaria: Parmenión.
El tema de Atalo es importante. Sirvió de precedente para Alejandro y sería decisivo en una crisis posterior de su carrera.
A decir verdad, en ese momento no podía andarse con subterfugios legales ni es posible que la decisión le llevase mucho tiempo. No disponía de tiempo. Al conocer la noticia de que el gran imperio de Filipo había pasado a manos de un joven de veinte años, todas las tierras por aquél conquistadas se rebelaron en el acto. Alejandro quedó rodeado por más peligros que los que su padre había afrontado a la muerte de Pérdicas III.
El más inmediato fue la deserción de Tesalia, cuyos grandes señores no tenían la menor intención de convertirla en un arcontado hereditario para Macedonia. Guarnecieron el paso inexpugnable entre los montes Olimpo y Ossa, el estrecho desfiladero del Tempe. Alejandro se percató de inmediato de que, si los señores se salían con la suya, todo el sur se levantaría y tendría que hacer frente a otra Queronea. Marchó deprisa, reconoció el terreno, con su intuición estratégica veloz como el rayo vio que era posible salvar el paso abriendo escalones en el flanco de Ossa y se presentó en la retaguardia de los tesalios mientras éstos aún aguardaban su avanzada. Azorados, le rindieron homenaje sin presentar batalla y le ofrecieron los antiguos derechos y tributos de Filipo. (Alejandro eximió de tributos a Ftía porque era la ciudad natal de Aquiles.) En las Termópilas convocó una conferencia de la Liga sagrada, cuyos miembros lo reconocieron sin un solo voto disidente.
En Atenas el pánico alcanzó los mismos niveles que después de Queronea. Recordaron con preocupación el voto de agradecimiento al asesino de Filipo. Enviaron una embajada para que presentara sus excusas a Alejandro. Éste la recibió con cortesía y no acusó a nadie. En su marcha no atravesó la frontera del Ática. No volvió a visitar, ni jamás lo haría, ese museo inmortal de la civilización occidental. Convocó una conferencia en Corinto, tal como había hecho Filipo, y, con la misma delegación de funciones que le habían asignado a su padre, fue investido jefe militar contra los persas.
Los pasos y las plazas fuertes que dominaban el sur estaban guarnecidos. Aunque no se habían erigido las magníficas murallas macedonias que coronaban la Acrocorinto, su acrópolis también estaba guarnecida. Como en tiempos de Filipo, Tebas contaba con su Cadmea (una ciudadela artificial de poca altura), que estaba en manos de los macedonios. El sur de Grecia quedó asegurado... justo a tiempo, si tenemos en cuenta las amenazas procedentes del norte. No era posible emprender una expedición a Asia sin controlar Tracia. La fuerza expedicionaria de Parmenión corría el peligro de ver cortadas sus comunicaciones.
En Macedonia, Olimpia aprovechó al máximo la ausencia de Alejandro. No resulta creíble que, como sostiene Justino, Olimpia se trasladara al galope desde Epiro para coronar con oro el cadáver de Pausanias, expuesto en la cruz de los traidores. Ella había disfrutado de una satisfacción más grande: había forzado a Eurídice –su joven rival– a ahorcarse, probablemente amenazándola con la tortura, después de ver morir a su segundo hijo recién nacido. Plutarco dice que, a su regreso, Alejandro se enfadó. Había salvado la vida a Arrideo y esa muchacha no era más que otro peón del estado.
Llegó el invierno. Durante su breve duración, Alejandro tuvo que preparar al ejército recién heredado para la apremiante tarea de salvaguardar las fuerzas que ya estaban comprometidas en Asia. A principios de primavera, fecha en que las bandas guerreras tracias dejaban de invernar, Alejandro avanzó hacia el nordeste con su habitual velocidad; su mente no sólo se ocupó de los peligros inmediatos, sino de los futuros. Una vez conquistada la ruta militar al Helesponto, su objetivo fue el territorio interior de las tribus del norte aún no sometidas. Eran las mismas que habían atacado a Filipo a su regreso de Bizancio y le habían infligido una herida grave. Habitaban las tierras ribereñas del Ister (Danubio), más allá de la salvaje cadena montañosa de Haemon, la actual Stara Planina búlgafa. Cuando a los dieciséis años quedó como regente, la campaña contra los maedos lo llevó hasta allí y habría continuado entonces de no ser porque su padre lo llamó «por temor a que abordase una empresa demasiado grande». Su sentido estratégico había sido sólido. Ahora podía ajustar las cuentas y proteger el cordón umbilical con Asia.
Desde la batalla de Queronea, punto culminante de una batalla dirigida por Filipo del principio al fin, Alejandro no había tenido mando. No había dirigido de forma independiente a un ejército desde que, a los diecisiete años, rechazó a los ilirios. Había estado en el exilio, había caído en desgracia; su posición en la expedición proyectada por Filipo no estaba clara. Pero le bastó con presentarse ante las tropas y dirigirlas –y en terreno muy accidentado, donde el mismísimo Filipo había sido derrotado– para que lo siguiesen con entusiasmo y con fe ciega. Este acontecimiento, históricamente eclipsado por sus hazañas posteriores, es tan extraordinario como los restantes.
Aparte de los macedonios, disponía de un contingente de agrianos, una tribu tracia de cuyo joven jefe, Lámbaro, ya se había hecho amigo, quizás en guerras anteriores o tal vez porque Lámbaro, al igual que otros nobles tracios, fue enviado a Pella como rehén de la lealtad de su padre. Sea como fuere, era devoto de Alejandro. Incluso según los patrones de la Macedonia rural, se consideraba atrasados a los belicosos tracios, que se hacían tatuajes azules y coleccionaban como trofeos las cabezas de sus enemigos. Sin embargo, a lo largo de toda su vida Alejandro se interesó por los individuos.
Desde el principio de la campaña mostró su característica capacidad de rápida adaptación ante lo inesperado. Los defensores del paso de Haemon se parapetaron tras una hilera de carros, que arrojaron sobre las tropas de Alejandro con la ayuda de la letal fuerza de gravedad. El macedonio desplegó la falange en orden abierto e instruyó a los que no podían evitar los carros para que se agazaparan bajo un techo de escudos (anticipándose así a la «tortuga» romana). Los carros pasaron por encima, Alejandro no perdió ni un soldado y cruzaron el paso. Avanzó hacia la llanura ribereña de los tribalianos, los cuales estuvieron a punto de cortarle la retaguardia. De inmediato dio media vuelta para hacerles frente y los tribalianos se retiraron hasta el inexpugnable desfiladero. Alejandro jamás desperdició una vida humana atacando ese tipo de posiciones; enviaba arqueros y honderos para que acosaran a distancia; cuando el enemigo mordía el anzuelo y salía a perseguirlos, le caía encima con todas sus fuerzas. Presa del pánico, el enemigo era reducido con el habitual contraste entre las víctimas de los perseguidores y de los perseguidos. Para los soldados del mundo antiguo había un aliciente hoy desconocido en el comentario que una década después Alejandro hizo a sus hombres: «Mientras os he dirigido, ninguno de vosotros ha muerto en plena huida».
Después de aquella batalla marchó hacia el norte hasta el Ister. No sólo pretendía controlar la tierra que lo bordeaba sino que, según Arriano, deseaba cruzar al otro lado.
Es la primera vez que oímos hablar de semejante anhelo –la palabra griega es pothos–, si bien aparecen muchos ejemplos en su historia vital. Su naturaleza polifacética contenía una potente vena de explorador. El Ister era la frontera septentrional del mundo griego conocido, lo que había más allá sólo eran rumores. De todos modos, los sueños de Alejandro siempre tuvieron una faceta práctica y no se proponía cruzar el gran río sólo «porque estaba allí». Las tribus que moraban al otro lado eran famosas por estar compuestas de guerreros feroces e invasores. Alejandro quería dejar una huella profunda antes de partir hacia Asia. Y si cruzaba hasta la orilla de ellos, era probable que más adelante desistieran de pasar a la suya.
En su curso inferior, el Danubio era un río de unas características que ni él ni sus hombres habían visto jamás. Hizo enviar unas galeras de guerra desde Bizancio –a la que había sometido–, pero sólo era una escuadra, los remeros ocupaban lugar y Alejandro necesitaba embarcar un ejército. En este punto, Jenofonte acude en auxilio de sus perseverantes lectores; se explaya sobre las balsas de cuero inflado utilizadas para cruzar el Éufrates. También se utilizaban cueros para fabricar las tiendas (lo que debió de volver tremendamente voluminosos los trenes de campaña) y Alejandro se las arregló para convertirlas en balsas, rellenándolas con heno para darles estabilidad. También requisó las canoas locales. Con esta flotilla improvisada cruzó el Ister por la noche, con 4.000 infantes y, por muy sorprendente que parezca, 1.500 soldados de caballería. Los caballos debieron de nadar.
Un testigo presencial, probablemente Tolomeo, describe con gran lujo de detalles esta campaña. Aún no había sido ascendido al alto mando. Hasta después de la muerte de Filipo, Alejandro no pudo hacer volver a sus amigos desterrados. Su actual jefe del estado mayor era otro amigo de aquella época: Filotas, el hijo de Parmenión. Como no había perdido el favor del monarca, entró en el nuevo reino con rango superior.Por muy experimentados que fuesen los oficiales, fue una maniobra totalmente novedosa para el ejército macedonio. Sin duda la estrategia y la amplia comprensión de los detalles corresponden a Alejandro. Al llegar a la otra orilla la infantería avanzó a través del trigo alto y lo aplastó sosteniendo de lado las sarisas (estaban perfectamente entrenados) para abrir paso a la caballería. Una vez en terreno abierto, Alejandro desplegó sus fuerzas. Los nativos getas quedaron tan sorprendidos por esta llegada misteriosa al alba que huyeron despavoridos delante de la caballería, primero del pueblo y luego hacia las tierras sin cultivar, llevándose en las grupas de los caballos a tantas mujeres y niños como pudieron. Los macedonios tomaron la ciudad y «todo el botín que los getas abandonaron». En términos del siglo IV a.C., el botín incluía las mujeres y los niños que quedaban. Las únicas opciones de ese tipo de víctimas eran la matanza o la esclavitud. En este caso, fueron esclavizadas.
A orillas del Ister, Alejandro hizo sacrificios en honor de Zeus el Protector, de Heracles y del espíritu del río por haberles concedido graciosamente el paso. Como habían logrado cruzar de vuelta sin que nadie se ahogara, Alejandro se dispuso a esperar resultados. Pronto llegaron respetuosas embajadas de las tribus que vivían a orillas del río. La recepción debió de durar mucho tiempo porque los últimos en llegar fueron los celtas, procedentes de un asentamiento lejano próximo al Adriático. Esos hombres, que hasta los macedonios consideraban muy altos, descollaron sobre el rumoreado conquistador que habían ido a apaciguar. Fuera por vanidad o por curiosidad, Alejandro les preguntó qué era lo que más temían. Replicaron que no le tenían miedo a nada, salvo a que el cielo se les cayera encima. Divertido por ese alarde fanfarrón (algo que él jamás se permitió), los envió de regreso con un pacto de amistad.
Mientras estaba en el norte recibió la noticia de que los formidables ilirios se habían levantado y de que una tribu intermedia –los antariatos– pensaba caer sobre él cuando se dirigiera a sofocar la insurrección. Cuando el joven Lámbaro se enteró –seguía cerca con lo más selecto de sus guerreros tracios– aconsejó a Alejandro que se olvidara de los antariatos. Como guerreros no valían nada, él mismo los invadiría y los mantendría ocupados. Conmovido como siempre ante un gesto espontáneo de amistad, Alejandro lo colmó de honores y le prometió unirlo a la familia dándole la mano de Cina, una de sus hermanas bastardas. No volvieron a verse. Después del desempeño devastador de su misión, Lámbaro regresó a Tracia, enfermó y murió. Compartiera o no Cina el dolor de su hermano, lo cierto es que los agrianos siguieron siendo sus tropas auxiliares más leales.
Se dio prisa atravesando terreno conocido y llegó a la zona fronteriza con Iliria. Cleito, el principal jefe militar de los ilirios, aún tenía en sus manos la ciudad montañesa de Pelium y las cumbres que la dominaban. Las tropas que rodeaban la ciudad huyeron en cuanto vieron a los macedonios y abandonaron los cadáveres recientes de las nueve víctimas que habían sacrificado para propiciar la victoria: tres carneros negros, tres niños y tres niñas. (No es extraño que a Alejandro no le gustara recordar su exilio en Iliria.) Cercó la ciudad, logró a duras penas que un amplio cuerpo de relevo no lo rodeara, y dirigió la tropa que salió al rescate de Filotas, que estaba al mando de la guardia de los animales de tiro; pero poco después quedó peligrosamente atrapado en un paso estrecho entre las colinas y el río. Afrontó la situación con total arrojo. Había deducido de la huida anterior de los ilirios que ya lo conocían –hacía años que tenía fama en esos parajes– e hizo con las tropas de que disponía una refinada exhibición de maniobras agresivas. Su pericia y sus intenciones desconocidas desalentaron tanto a los miembros de la tribu que retrocedieron. Alejandro ordenó a sus hombres que gritaran y golpearan sus escudos. El enemigo abandonó sus posiciones ventajosas y se batió en retirada hacia el fuerte.
Aun en terreno accidentado y acosado mientras cruzaba el río, pidió a sus arqueros que dispararan desde el agua e hizo instalar las catapultas ligeras: operación muy inteligente, pues las habían desmontado para transportarlas en mulas. Sus hombres estaban inmersos en una retirada combativa y en ningún momento dejaron indefensas sus espaldas. Poco después Alejandro se aprovechó de la indisciplina de los ilirios –que debía de conocer bien–, organizó un ataque nocturno, los derrotó y los obligó a abandonar la ciudad. El oeste estaba dominado, pero no tendría respiro. Lo amenazaba un peligro aún más grave que procedía del sur.
Se había corrido la voz sobre los levantamientos. Después de una fugaz aparición en Corinto, el nuevo rey de Macedonia se había internado en las tierras inexploradas, de las que no llegaba ninguna noticia. Sin perder tiempo apareció Demóstenes, contactó a Darío y a los principales sátrapas y les ofreció, a cambio de financiación, retener a Alejandro en Grecia. Las ciudades griegas de Asia quedaban tácitamente sometidas a esclavitud, pues los principios democráticos de Demóstenes eran estrictamente localistas. Darío respondió de tan buen grado que sus listas de cuentas –capturadas posteriormente en Sardes– muestran desembolsos en favor de su aliado por valor de 300 talentos.
Después se supo que los tebanos habían acogido a algunos antimacedonios –cuyas vidas Filipo salvó después de Queronea con la condición de que se exiliaran–, habían asesinado a dos comandantes macedonios que gracias al relajamiento de tiempos de paz abandonaron la ciudadela, y que luego habían sitiado la guarnición. Estimulado por estas noticias y bien provisto de fondos, Demóstenes despachó a Tebas un gran envío de armas. Siguió asegurando a los atenienses que Alejandro era un jovenzuelo y los apremió para que se sumaran a la guerra. Los atenienses votaron a favor de entrar en la guerra comenzaron a prepararse. Seguían sin llegar noticias del interior. Los rumores anunciaron la muerte de Alejandro.
No hubo enfermedad ni herida que justificara semejante error. Demóstenes se sacó de la manga un hombre que juró que había visto caer a Alejandro. Sobre la base de este testimonio, los tebanos proclamaron abiertamente su alianza con Persia contra Macedonia. Cuando una semana después se enteraron de que el ejército encabezado por Alejandro bajaba por Tesalia, al principio se negaron a dar crédito a dicha afirmación. En todo caso, no era posible que se tratara de ese Alejandro. Probablemente se referían a Alexandros de Lincestis. (Debieron de suponer que era el nuevo monarca.)
Enseguida comprobaron que estaban equivocados. Alejandro había trasladado sus fuerzas desde Pelium a través de una serie de puertos de montaña –distancia que incluso por aire abarca ciento sesenta kilómetros– en una marcha que duró seis días. Casi sin detenerse a recoger sus tropas aliadas en Grecia central, en seis jornadas más llegó a Beocia. Al día siguiente se presentó en Tebas.
Si hubiese estado muerto, el tratado con Tebas habría quedado cancelado. Es posible que su paciencia inicial procediera de que estaba al tanto de los rumores. Por razones emocionales o religiosas, acampó en el recinto del héroe Yolao, conductor del carro y querido compañero de Heracles, en cuyo santuario las parejas de la Falange Sagrada solían pronunciar sus votos. Envió un emisario a la ciudad y se ofreció a aceptar su rendición con la condición de que entregaran a los antimacedonios que estaban allí ilegalmente. Los tebanos rechazaron la oferta y se burlaron exigiendo la devolución de Filotas y Antípatro. Practicaron una incursión contra los pelotones de Alejandro y mataron a varios hombres. El macedonio ocupó entonces una posición estratégica, próxima a la puerta que miraba al Ática y que le proporcionaba el acceso más fácil a la acosada guarnición macedónica.
También era la ruta de llegada de Atenas, de cuyas intenciones sin duda Alejandro ya estaba enterado. En ese sentido, la vigilancia fue innecesaria: no llegaron tropas desde el sur. La velocidad alarmante de su marcha los llevó a recapacitar. Los atenienses cerraron sus puertas, sin la menor protesta de Demóstenes, y dejaron que los tebanos capearan en solitario el temporal.
De momento no estalló. Alejandro siguió esperando negociar. En su marcha hacia el sur recogió contingentes de tropas de los satélites macedonios, sobre todo foceos y habitantes de Platea. Es conveniente recordar que estos últimos eran descendientes de los héroes de Maratón, herederos de la ciudadanía ateniense eterna, a los que Demóstenes había cambiado por los tebanos la víspera de Queronea.
Alejandro se mantuvo pegado a las líneas tebanas de asedio, en su punto de acceso más próximo a la guarnición macedonia, que seguía atrapada en el interior de la Cadinea. Como aún puede verse, no se trataba de una acrópolis encaramada en una roca natural y, para defenderse, se basaba en sus impresionantes murallas. Arriano da todo lujo de detalles para la siguiente serie de acontecimientos y añade expresamente que su fuente es Tolomeo, que debió de participar. Afirma que Pérdicas, que por aquel entonces sólo tenía el mando de una pequeña unidad militar, estaba apostado cerca de las fortificaciones del asedio. Por algún motivo, no esperó a recibir órdenes, lanzó a sus hombres hacia la empalizada y empezaron a derribarla.
Es inútil esperar que Tolomeo le haga justicia a Pérdicas, ya que se había convertido en su enemigo mortal muchos años antes de que escribiera su historia, y es muy probable que se haya abstenido de mencionar una buena razón que dé cuenta de esa aparente falta de disciplina, por ejemplo, una señal de la guarnición para anunciar que se había producido un debilitamiento en las filas del enemigo, lo cual requería una acción rápida. Tal como había demostrado a la muerte de Filipo, Pérdicas era el hombre idóneo. Logró abrirse paso y entrar. Un oficial lo vio y lo apoyó con sus efectivos. Alejandro, que no se encontraba muy lejos, se dio cuenta de que corrían el riesgo de quedar aislados dentro y envió refuerzos, aunque se reservó el grueso del ejército. Al asaltar la empalizada interior, Pérdicas cayó gravemente herido. El resto siguió avanzando; los tebanos se reorganizaron y los obligaron a batirse en retirada. La situación se tornó decisiva para Alejandro: atacó en el acto y repelió a los tebanos con tanto ímpetu que las puertas de la ciudad, abiertas para que éstos volviesen a entrar, se atascaron y permitieron la entrada de los perseguidores.Fue el fin. Cuando los macedonios entraron en tropel, «con Alejandro por todas partes», la caballería tebana corrió a toda velocidad por la llanura y la infantería huyó como pudo. La antigua ciudad quedó sometida al saqueo. Según Arriano, los foceos y los habitantes de Platea fueron los agentes principales de una matanza que no reparó en edad ni en sexo, ni siquiera en los suplicantes sacados a rastras de los templos. Se ha dicho que, si hubiera querido, Alejandro podría haberlo impedido. Probablemente sería verdad en el caso de Tracia o de Iliria y, sin duda, lo fue después de que cruzó Asia, cuando tuvo autoridad absoluta sobre sus tropas. Pero en Tebas su posición era singular. Las tropas aliadas estaban compuestas en su mayor parte por hombres que, hasta que una semana antes se sumaron a su marcha forzada, sólo lo conocían de nombre, simplemente era el hijo de veintiún años de Filipo, el rey que suscitaba un gran respeto; y los tebanos eran enemigos conocidos contra los que se habían acumulado varias generaciones de odio. Antes de la intervención de Filipo, la guerra contra los foceos se había caracterizado por salvajadas espantosas. Las atrocidades de los habitantes de Platea, recientemente traicionados –si es que alguien más aparte de ellos mismos fue responsable–, pueden achacarse, con justicia, a Demóstenes.
Arriano asegura que los «mejores» ciudadanos tebanos (expresión que a menudo pero no siempre alude a las clases altas) querían llegar a un acuerdo y que los extremistas lo impidieron. El genio dirigente de Alejandro abarcaba una intuición infalible de esos raros momentos en que se ignora a los mandos con la consecuente pérdida de prestigio de éstos. Durante el resto de su vida casi nunca rechazó la petición de un tebano y si en su camino encontró a alguno que servía como mercenario de los persas, lo perdonó porque no tenía patria. En medio de la matanza, salvó a cuantos pudo encontrar –debió de ser un proceso azaroso–, rescatando sacerdotes, viejos amigos–huéspedes de los macedonios (probablemente los anfitriones de la juventud de su padre) y a los descendientes de Píndaro, así como la casa del poeta. Por votación general de los aliados, se arrasó casi toda la ciudad.
Después del saqueo, las tropas tracias arrastraron ante Alejandro a una mujer a la que acusaban de haber dado muerte a uno de sus oficiales. Ella admitió claramente su culpabilidad. El oficial había irrumpido en su casa, la había violado y luego le preguntó dónde guardaba los objetos de valor. La mujer le respondió que en el pozo, lo condujo al jardín, y cuando el hombre se agachó, lo arrojó al fondo. Cuando los tracios llegaron, la mujer acababa de rematarlo con piedras. Añadió desafiante que era hermana de Teagenes, que había caído en Queronea a la cabeza de la Falange Sagrada. Alejandro la perdonó en el acto y la liberó junto a sus hijos. Esta célebre anécdota de Plutarco sustenta el reparto de responsabilidades por la matanza que hace Tolomeo. Lo más significativo es el hecho de que la mujer fuera llevada ante Alejandro. Los tracios no eran aliados que acababan de unirse, sino tropas regulares. Si los hubiese dejado libres para saquear la ciudad, no habría dictado una sentencia que suponía que el oficial había recibido su merecido. Además, los soldados se habrían tomado la venganza por su propia mano.
Los atenienses estaban celebrando los misterios de Eleusis –el rito más solemne del año ático– cuando los primeros fugitivos tebanos llegaron al galope y dieron la noticia. El pánico reinó en Atenas por tercera vez. Se interrumpieron los misterios. Los aldeanos se apiñaron con sus enseres domésticos dentro de las murallas de la ciudad. Se seleccionó una embajada de paz para que saliera a pedir clemencia: varios promacedonios y, confiadamente, Demóstenes, el elocuente paladín de la ciudad. Este cabalgó con los demás hasta la frontera del Ática y en ese punto sus reflexiones se tornaron tan perturbadoras que se disculpó y abandonó la partida.
El triste remanente presentó al vencedor abyectas felicitaciones por su feliz retorno del norte y por su reciente triunfo. Alejandro aceptó cortésmente el sometimiento de Atenas y accedió a perdonarles si entregaban a los antimacedonios más virulentos. El hábil Demades, el mismo hombre que Filipo había utilizado como emisario después de Queronea, convenció a Alejandro de que renunciase a la última exigencia. Al enterarse en Macedonia de que había perdonado la vida a Demóstenes, Antípatro debió de pensar que el joven monarca había perdido el juicio. Después de la muerte de Alejandro, se apresuró a corregir el error. Al propio Alejandro, siendo cuales eran sus pautas, debió de parecerle impensable que Demóstenes fuera capaz de levantar nuevamente la cabeza. No supo juzgar a la Atenas del siglo IV a.C. De todas maneras, al apartar de esa cabeza la corona de mártir, demostró que era más sensato que el viejo Antípatro. Había cumplido su propósito en el sur. Grecia estaba asegurada. Volvió a Macedonia y se preparó para la empresa que ocuparía el tercio restante de su vida.

*
Una vez en Macedonia, Alejandro hizo los sacrificios tradicionales durante las celebraciones del Zeus olímpico y, además de los juegos habituales, celebró concursos artísticos «en honor de las Musas». Durante esos días recibió la noticia de que una célebre estatua de Orfeo, conservada con fervor religioso en el sur de Macedonia, había empezado a sudar copiosamente. Los videntes analizaron el augurio y llegaron a la conclusión de que las hazañas del nuevo monarca inspirarían a los poetas.
Por mucho que lo hubiera deseado, Alejandro nunca tuvo su propia épica. Tanto él como la posteridad han sido mejor servidos por las memorias de un soldado, un marinero y un constructor. Su mejor epígrafe poético fue acuñado mucho después por el caballero Montrose, que lo introdujo en medio de un poema lírico:

Como Alejandro reinaré
y reinaré solo;
mi espíritu nunca desdeñó
un rival cercano al trono.
Teme demasiado su destino
o merece muy poco
quien no es capaz de arriesgar
el ganar o perderlo todo.

Es más breve de lo que él habría deseado, pero transmite su esencia.
En el ínterin, Darío –cuyas tropas libraban una guerra defensiva local contra la cabeza de puente de Parmenión–, preocupado por las noticias provenientes de Grecia, contrató a 50.000 mercenarios griegos. Los dirigía el general Menmón, veterano del reinado de Oco. Había participado en la revuelta de los sátrapas y pasado el exilio en Macedonia, donde estudió las tácticas de sus anfitriones hasta que volvieron a llamarlo. Alejandro, que jamás pensó mal del viejo Artabazo por ponerse en su contra al servicio de un rey persa, no tuvo tantas contemplaciones con los griegos que hicieron lo mismo. El ejército reunido por Memnón sólo contaba con unos pocos soldados sin dinero que alquilaban sus espadas a cambio de algo que llevarse a la boca; en su mayoría se componía de sureños que seguían librando la guerra contra Macedonia después de que sus ciudades firmaran tratados de paz. Y a Alejandro lo ofendieron como no lo hicieron los persas, que, en su opinión, sólo cumplían con su deber.
Se aprestó para partir en primavera. Durante el invierno, los más próximos lo apremiaron a que se casara y engendrara un heredero antes de emprender la marcha, pues temían que encontrara la muerte.
Se dice que Antípatro fue muy insistente; fue un consejo leal porque si quedaba como regente y el rey moría sin descendencia, estaría bien situado para ocupar el trono. De todas maneras, tuvo tanto éxito como Filipo y Olimpia años atrás. Alejandro respondió impaciente que no era el momento de quedarse en casa «celebrando fiestas nupciales y aguardando el nacimiento de los hijos». Hacer lo primero no implicaba necesariamente lo segundo. Si después de su partida no nacía un vástago, podría haber llamado a su esposa a Asia para intentarlo de nuevo. Es evidente que seguía encontrando repugnante la idea. Quizá también pensó que un niño criado en Macedonia en su ausencia estaría totalmente dominado por Olimpia.
Si hubiese aceptado el consejo de Antípatro, tal vez lo habría sobrevivido un sucesor de once años, y, en el caso de preferir el de sus padres, un joven de catorce; todo el curso de la historia helénica habría cambiado. Se dice que cuando le preguntaron cómo había logrado someter tan rápido a Grecia, replicó: «No postergando nada para el día siguiente». Pero postergó esta cuestión y desencadenó una generación de guerras.
Al menos le ahorró gastos. En ese momento el problema económico era acuciante. Se decía que, al acceder al trono, el bien más valioso de Filipo era una copa de oro delgado, que por la noche guardaba en una caja, bajo la almohada. Posteriormente acumuló una gran riqueza, que también gastó: en el ejército, comprando apoyo en Grecia, civilizando Macedonia y preparándose para la guerra. Posteriormente Alejandro declararía: «De mi padre heredé unas pocas copas de oro y plata, menos de sesenta talentos en el erario y una deuda de quinientos que no había pagado. Partí después de pedir prestados otros ochocientos». A pesar de esto –o quizá por su causa–, convirtió en dinero sus bienes personales y los repartió entre amigos y partidarios leales. Algunos no aceptaron nada, como Pérdicas, cuya inclusión sugiere, a pesar de lo que afirma Tolomeo, que en Tebas hizo lo correcto. «¿Qué te queda para ti?», preguntó Pérdicas. «La esperanza», replicó Alejandro, La respuesta profética de Pérdicas fue: «La compartiremos».
A principios de primavera Alejandro avanzó hacia el este con 30.000 infantes, en parte tiradores y arqueros provistos de armas ligeras, y unos 5.000 soldados de caballería. Partió con poco más que los efectivos macedonios que habían combatido en Queronea para invadir un imperio que, de haber contado con un enemigo de una talla próxima a la suya, podría haber puesto en pie de guerra a un millón de hombres. Tarn ha señalado correctamente que al principio Alejandro se embarcó en la guerra porque «no pensó ni remotamente en no hacerlo: era su herencia». Y su genio singular se puso de manifiesto en lo que la guerra engendró.Marchó hasta el Helesponto junto a la flota, pero la armada persa, muy superior, no atacó. Durante el cruce del estrecho empuñó el timón de la nave insignia. Probablemente de niño había navegado por la ahora desaparecida laguna de Pella. En mitad de las aguas hizo un sacrificio en honor de Poseidón, al llegar a la otra orilla arrojó la lanza por delante como augurio y fue el primero en salir del agua y tocar tierra. No se dio la vuelta para mirar hacia Europa, a la que no volvería a ver.
Como era típico en él, lo primero que hizo fue visitar Troya –en ruinas pero fácil de encontrar en su emplazamiento de roca natural–, hizo ofrendas a su protectora Atenea y consagró su panoplia en el santuario de la diosa; tomó para sí, como por derecho propio, una selección de los antiguos trofeos presuntamente homéricos de Atenea, incluido un escudo que más adelante le salvaría la vida. Allí Hefestión y él rindieron homenaje a los amigos inmortales; Plutarco dice que Alejandro y sus camaradas se desnudaron e hicieron una carrera ceremonial alrededor del montículo sepulcral de Aquiles. Todas las fuentes coinciden en que realizó sacrificios en honor del héroe. Algún emprendedor empresario turístico le ofreció la auténtica lira de Paris (cuyo otro nombre era Alejandro); el macedonio se apresuró a rechazar esa reliquia de un hedonista decadente y dijo que prefería el instrumento con el que Aquiles interpretaba las hazañas de los héroes. Lo cierto es que probablemente las liras y el canto seguían siendo un tema delicado, por más que hubiesen pasado ocho o diez años.
Después de la consagración romántica de la aventura, organizó sus fuerzas para la conquista de la Grecia allende el mar: su único objetivo en ese momento. Avanzó hacia el norte y luego hacia el este, siguiendo la costa de los Dardanelos, donde lo esperaban las fuerzas persas.
El ejército aún no estaba dirigido por Darío, que no postergaba nada hasta el día siguiente si podía esperar hasta la semana o el mes siguientes. El comandante más experto era el general mercenario Memnón, a la cabeza de 15.000 soldados griegos. De todas maneras, media docena de aristócratas persas lo superaban en rango. Cuando Memnón aconsejó quemar los campos y matar de hambre a los macedonios, que no podrían sobrevivir mucho tiempo con las provisiones que habían traído consigo, el sátrapa local se negó indignado y convenció a los demás. Decidieron defender la orilla oriental del río Gránico, justo antes de la desembocadura; se trataba de una opción sensata a la vista de la magnitud de sus efectivos (cuyo número es muy discutido), que al parecer era inferior a la de los invasores. Alejandro tendría que abordarlos antes de avanzar tierra adentro y las altas orillas del río les proporcionaban la ventaja que necesitaban.
Cuando Alejandro se acercó al río, los soldados enviados a reconocer el terreno le informaron de cuál era la posición de los persas. Después del desembarco, Parmenión se había reunido con él y reemplazado a su hijo Filotas en tanto segundo jefe. Si desaconsejó a Alejandro una batalla campal y propuso un ataque por sorpresa al alba –otra cuestión controvertida en vista de acontecimientos posteriores–, Parmenión probablemente lo hizo sobre la base de que el enemigo adoptaría la táctica sin duda sensata de apostar firmemente su infantería en lo alto de la orilla para que aguijoneara con sus lanzas a los jinetes inseguros y en desventaja mientras intentaban trepar. Pero la orilla fue defendida por la caballería. Con toda seguridad, el general Fuller tiene razón al ver en esto otro ejemplo de la aristocrática noblesse oblige y del orgullo persa. La infantería estaba compuesta por mercenarios extranjeros... y un caballero no debía parapetarse tras ellos.
Con sus caballos corpulentos, sujetos por los estribos a las pesadas sillas de montar y sosteniendo en ristre sus enormes lanzas, los caballeros medievales habrían formado una línea defensiva inexpugnable. Pero los persas, en la inestable silla del jinete antiguo, también contaban con la desventaja de no disponer siquiera de pequeñas lanzas como armas de combate de mano, sino de jabalinas arrojadizas, de las que no es probable que cada uno portara más de un par. Los macedonios estaban pertrechados con resistentes lanzas de cornejo. Aunque dependían de los movimientos del brazo del jinete –que habría caído si hubiese aprovechado el ímpetu de su caballo–, como armamento las lanzas de cornejo seguían siendo superiores. Los ejércitos se encontraban lo bastante próximos para que Alejandro se percatase de este detalle.
Reunió a sus efectivos para afrontar el río y delegó en Parmenión el ala izquierda, ocupando personalmente la tradicional posición regia a la derecha; Filotas era su comandante de brigada. Arriano da los nombres de todos los jefes de sección y es interesante ver que Crátero y Pérdicas –que en el futuro serían grandes generales– sólo eran comandantes de falange. Tolomeo y Hefestión aún no tenían mando. Como cabe a un auténtico profesional, en pie de guerra Alejandro no tenía favoritos.
El hecho de que estuviera resplandecientemente armado hasta el extremo de resultar reconocible hasta donde alcanzaba la vista –hecho deplorable según los patrones modernos– también era una actitud profesional reconocida en todas las épocas, salvo la nuestra. Jenofonte, ese soldado pragmático, narra con actitud aprobadora que las armas de Ciro brillaban como un espejo y que en su casco lucía un penacho blanco. Alejandro se puso dos, uno en cada lado.
Después de conducir hasta el río a sus primeras tropas de choque, Alejandro volvió al ala derecha, lanzó el grito de guerra y, cabalgando al frente de todos, se dirigió en línea recta hacia la formación dispuesta a recibirlo. Dirigió la arremetida hacia el alto mando persa, que tradicionalmente se situaba en el centro, rescatando a parte de sus tropas centrales de choque, que estaban apremiadas. Durante un rato no se resolvieron las escaramuzas en la escarpada y agitada orilla del río, ya que los macedonios tenían que afrontar el combate cuerpo a cuerpo cada vez que llegaban a lo alto. Agotadas las jabalinas, los persas tuvieron que recurrir a las armas de mano. En medio de los golpes secos y los empellones se partió la lanza de Alejandro; uno de sus caballeros, Demaratos de Corinto –probablemente nieto del Demaratos que había negociado su retorno del exilio–, le pasó otra lanza. Con ésta, se abalanzó sobre un insigne general persa, le dio muerte y en el acto se vio envuelto en una refriega, recibió un golpe en el casco y perdió uno de los penachos. Mientras daba cuenta de un contrincante, otro levantó la cimitarra para dejarla caer sobre él; Clitos «el Negro» –hermano de su niñera Helánice– llegó justo a tiempo de segar el brazo del segundo agresor.
La resolución, la disciplina y las resistentes lanzas de cornejo se impusieron. Los persas fueron presa de la confusión y emprendieron la huida. Alejandro los dejó escapar y concentró su ataque en los mercenarios, a los que consideraba traidores a Grecia. Fue una salvaje carnicería. Aunque algunos escaparon, sólo tomó alrededor de dos mil prisioneros y, en lugar de reemplearlos, los envió a Macedonia a realizar trabajos forzados. Memnón escapó y volvió a combatir. El sátrapa persa Arsamés, que había rechazado los consejos de Memnón antes de la batalla, también logró escapar, pero se suicidó.
Hubo pocas víctimas macedonias. A los veinticinco compañeros caídos en el primer asalto, Alejandro les concedió honras fúnebres excepcionales, eximió de impuestos a sus familias e hizo vaciar en bronce sus estatuas. Después de la batalla visitó a los heridos; Arriano escribe: «Contempló sus heridas, les preguntó cómo se las habían hecho, los alentó a que hablaran de sus hazañas e incluso a que se jactaran de ellas». Actitudes como ésta explican la extraordinaria relación que en años posteriores se desarrollaría entre Alejandro y su ejército.
Enterró a los generales persas con honores de guerra y ofreció un correcto funeral griego a los mercenarios caídos en el campo de batalla. Para los hombres del siglo I a.C., esa actitud era mucho más que un gesto: se trataba del rito para un tránsito pacífico a la región de las tinieblas. Lo que para el hombre moderno puede parecer cínico fue generoso e insólito para sus contemporáneos; si tenemos en cuenta este hecho comprenderemos mejor la influencia que ejerció en su época. A ello hay que sumar el perdón a los lugareños que, a diferencia de los mercenarios, habían servido a los persas sometidos a reclutamiento. Marchó hacia el sur rumbo a Sardes, una impresionante fortaleza interior situada en un promontorio elevado, que se rindió sin combatir. En Asia Menor haría frente, sobre todo, a ciudades en las que sólo la guarnición y los funcionarios sentían lealtad hacia Persia, los lidios eran el pueblo del rey Creso, conquistado en tiempos de Ciro. El erario de Sardes estaba bien provisto, aunque no a la altura de la leyenda de Creso, y llegó justo en el momento en que Alejandro lo necesitaba. En el antiguo emplazamiento del palacio real y bajo la dirección divina de un rayo mandó construir un templo al Zeus olímpico, guarneció la acrópolis y permitió que el pueblo mantuviera sus costumbres y leyes tradicionales. Zeus olímpico, dios protector de Macedonia, figura en el reverso de casi todas las monedas de plata que hizo acuñar; está entronizado como en la célebre estatua de Fidias en Olimpia. En el anverso aparece Heracles, con su capucha semejante a una máscara de león. A medida que la casa de la moneda se desplaza hacia el este, Zeus es tallado por artesanos que no son griegos y se vuelve cada vez más difuso, mientras que Heracles se parece crecientemente a Alejandro.
La ciudad costera griega de Éfeso le abrió las puertas, mostrando una sociedad rebosante de odio y venganza. En nombre de los persas la habían gobernado oligarcas griegos colaboracionistas. Al conocer la victoria de Alejandro, los demócratas lincharon a los colaboracionistas o los sacaron a rastras del santuario del templo y los mataron a pedradas, junto con sus hijos. Alejandro restableció la democracia y prohibió severamente que se llevaran a cabo nuevas represalias, «sabiendo que en cuanto se fueran el pueblo mataría injustamente a algunos hombres, por puro odio o para hacerse con sus bienes, así como a aquellos que se lo merecían». Arriano comenta que después de ese decreto la popularidad de Alejandro aumentó todavía más.
Hizo un sacrificio en honor de Artemisa y celebró un fulgurante desfile de la victoria. Las ciudades griegas cayeron a sus pies como fruta madura. En cada una expulsó a los colaboracionistas propersas y estableció democracias a la griega. Les explicó que era eso lo que había ido a hacer; y es posible que de momento no buscara nada más. Se trasladó ochenta kilómetros al sur, llegó a Caria y vio por primera vez ese estado que tan calamitoso había sido con relación a su pasado. El sátrapa Pixodaro llevaba tiempo muerto y le había sucedido un pariente afecto a los intereses persas. Si la intriga de Alejandro hubiese dado resultado, probablemente no habría obtenido más que una esposa caria superflua. Pero lo que consiguió fue una madre caria.
Pixodaro era un usurpador. Sus predecesores habían sido un hermano y una hermana, casados (como en Egipto) según la costumbre real. A la muerte del marido, la esposa, Ada, tenía derecho a regir sola, pero Pixodaro la expulsó. Ada se retiró serenamente y se instaló en la potente fortaleza portuaria de Alinda. Rindió la fortaleza a Alejandro y le ofreció vasallaje si le restituía sus derechos, Las pleitesías diplomáticas pronto se convirtieron en adoración materna y fueron indulgente y afectuosamente recibidas. Ada lo cuidó y lo mimó; asombrada de su simple dieta, lo atiborró de cordon bleu hasta que Alejandro se vio obligado a rechazar amablemente sus comidas. En poco tiempo, Ada lo adoptó formalmente como hijo. A esas alturas la paradoja de la situación debía de divertir a Alejandro.
A diferencia de muchos hombres cuya infancia ha estado dominada por la madre, Alejandro nunca se sintió sexualmente atraído por mujeres mayores. Prefería un papel filial. Más tarde lo asumió con un compromiso mucho mayor, y a un tercer vínculo de estas características, en apariencia el más intrascendente e incongruente, le debería la vida.
Avanzó hasta Mileto, uno de los puertos del territorio del usurpador. El comandante de la guarnición empezó a negociar la rendición, se enteró de que estaban a punto de llegar refuerzos por mar y cambió de idea. La reducida flota de Alejandro, compuesta por ciento sesenta naves, ocupó deprisa el puerto estratégico de Lade, al otro lado del estrecho; los persas tuvieron que conformarse con varar sus cuatrocientos barcos más al norte.
Se dice que Parmenión insistió en desencadenar una batalla naval, posiblemente porque los macedonios ocupaban una posición más ventajosa. Habían visto un águila marina, augurio favorable, en la orilla, a la altura de las popas de sus naves. Alejandro prefirió dejar en paz a los persas porque, según dijo, sus barcos estaban tripulados por marineros más experimentados y una victoria les levantaría la moral. El águila se había posado en tierra, señalando a dónde apuntaba la fortuna. Por último, «no estaba dispuesto a sacrificar la pericia y, el valor de sus macedonios». Imprudente con su propia vida, jamás desperdició la de sus hombres, hecho que éstos conocían perfectamente y que nunca subestimaron.
Alejandro abrió una brecha en las murallas de Mileto y la tomó por asalto, mientras sus naves cerraban la bocana del puerto para impedir que recibiera ayuda persa. Algunos soldados de la guarnición escaparon por mar, utilizando como balsa sus escudos de madera, y se dirigieron a un islote cercano. Navegó tras ellos pero, «al ver que los hombres de la isla lucharían hasta el final, los compadeció porque se trataba de soldados leales y de sentimientos elevados». Dejó en libertad a los milesios, y a los mercenarios, que eran griegos, los contrató a su servicio.
Imposibilitada de entrar en puerto, la potente armada persa seguía varada con todos sus soldados. Los barcos de guerra de la antigüedad no tenían capacidad para trasladar víveres suficientes para alimentar durante períodos prolongados a los remeros, los marineros y los soldados que portaban. Necesitaban atracar constantemente para cargar agua y provisiones, de ahí la importancia de contar con tropas terrestres de apoyo. Esta flota no las tenía. Alejandro encomendó a Filotas que ocupara la costa circundante y que la asediara impidiéndole cargar provisiones. En tierra estaban enormemente superados en número; luego de un vano intento de provocar una batalla naval, las bodegas quedaron vacías y tuvieron que irse. El éxito total de esta operación secundaria sugirió a la mente lógica de Alejandro una estrategia importante y a largo plazo: ¿por qué no negar a la marina persa todos sus puertos de escala?
«Interpretó que los movimientos del águila indicaban que debía conquistar las naves por tierra.» La impetuosidad de Alejandro en la batalla estaba acompañada por su asombrosa facilidad de establecer un objetivo a largo plazo y esperar. Su plan suponía dominar el litoral del Mediterráneo oriental antes de internarse tierra adentro; así garantizaría el control de las ciudades liberadas y de sus propias comunicaciones. Apostó fuerte a favor de esta estrategia cuando dispersó todas sus naves salvo un par de transportes para las máquinas de los asedios; a pesar del botín de Sardes, sentía que aún no podía permitirse el lujo de mantener una flota. Si lo derrotaban quedaría aislado, pero partió del supuesto de que la derrota –lo mismo que el miedo– no existía.
Su siguiente objetivo fue Halicarnaso, capital de la satrapía del difunto Pixodaro. Imponente fortaleza reconstruida en época posterior por los seléucidas y por los cruzados, era una empresa más difícil que Mileto y reclamaba un asedio total. Uno de los dos comandantes era el experto Menmón. Arriano describe con gran detalle el llenado del gran foso para elevar las torres de asedio, las salidas desde la fortaleza para quemarlas, la brecha definitiva en la muralla. Cuando la ciudad quedó claramente a su merced, Alejandro suspendió las acciones, se retiró y ofreció negociaciones para el día siguiente, a fin de pactar las condiciones. A medianoche despertó y vio la ciudad envuelta en llamas; Memnón y sus hombres le hablan prendido fuego y el viento propagaba las llamaradas. Alejandro la tomó por asalto y ordenó que mataran a todos los incendiarios a los que atraparan prendiendo fuego, pero que salvaran a los ciudadanos. Memnón y su estado mayor había escapado.
Alejandro ya era amo de Caria. Guarneció las fortalezas restableció a la reina Ada en el trono de la satrapía.
Su siguiente acción consistió en dar mando propio a Parmenión. Si crónicas posteriores pusieron de relieve el rechazo de los consejos de Parmenión por parte del joven monarca debido a razones de conveniencia, eso no es prueba de que dichos incidentes fueran ficticios. Más bien apuntan a un modelo humano conocido. Parmenión rondaba la mitad de la sesentena. Durante más de veinte años había sido el mejor amigo de Filipo. Ahora había de tratar con un alto mando compuesto mayoritariamente por hombres una generación más jóvenes, a las órdenes de un jefe de poco más de veinte años. Si se hubiese adaptado con facilidad de los procesos mentales de Filipo a los de Alejandro, habría sido prácticamente un milagro. El Antonio de Shakespeare se queja de que el genio tutelar de Octavio intimida el suyo, y Parmenión debió de padecer esta situación perenne. Por parte de Alejandro, el hombre que había estado tan cerca de su padre y que se había casado con una hija de Atalo cuando éste estaba en el poder y él en desgracia siempre debió de provocarle cierta tensión. Sea como fuere, destacó a Parmenión para que mandara las líneas de comunicaciones del territorio conquistado. Su tendencia a repetir esta política tendría resultados terribles para los dos. Antes de partir, Alejandro dio permiso para volver al país a los soldados macedonios recién casados; fue una orden sumamente popular que, además, tenía en cuenta las futuras necesidades de contar con tropa formada por sus compatriotas. Atacó a las tribus de las montañas, intratables en todo el mundo; el invierno las había obligado a bajar a los valles, lo que facilitó su dominación. Durante ese período Parmenión interceptó un mensaje de Darío a Alexandros de Lincestis –cuyos dos hermanos fueron ejecutados por complicidad en el asesinato de Filipo– en el que le ofrecía el trono de Macedonia si lograba acabar con Alejandro. El príncipe había sido ascendido y mandaba la caballería tracia. Siempre había sido una fuente de peligro en tanto posible sucesor en el caso de que Alejandro muriera sin descendencia; su supervivencia representaba una excepción significativa de los precedentes reales macedonios. En ese momento, Alejandro, que no tenía pruebas de que los persas hubiesen hecho esa oferta, lo mantuvo bajo arresto cautelar en vez de acusarlo de traición. Se le recordó que durante el asedio reciente una golondrina había entrado en la tienda real y revoloteado sobre el dormido ocupante. Alejandro despertó a medias y la apartó con delicadeza, pero la golondrina volvió y se posó en su cabeza. Los adivinos presagiaron que las advertencias de ese pájaro doméstico anunciaban peligros internos. Sin embargo, Alejandro siguió tendiendo la mano.
Dedicó el invierno a reducir las fortalezas costeras, bajar hacia el sur y rodear la curva hacia el este de Asia Menor. Al llegar la primavera se internó por tierra firme hasta Gordión, escenario del célebre nudo. Era una correa de cuero, completamente enrollada alrededor del varal de un vehículo antiguo en el que se suponía que había llegado su monarca más famoso, el legendario Midas. Plutarco afirma, probablemente con percepción retrospectiva, que el hombre capaz de deshacer ese nudo estaba destinado a gobernar el mundo. Arriano dice que, según algunos relatos, Alejandro lo cortó con la espada de la manera proverbial, y que, según otros, tiró del varal en el que la correa de cuero estaba atada y descubrió el extremo oculto. «No intentaré explicar con exactitud la forma en que Alejandro deshizo el nudo gordiano», escribe Arriano escrupulosamente. Todos coinciden en que logró deshacerlo. Para remachar la cuestión, hubo rayos y truenos. Más al sur abordó el paso casi inexpugnable de los Puertos de Cilicia, pero no tuvo que tomarlo por asalto, Las fuerzas desplegadas escaparon en cuanto se enteraron de que Alejandro en persona estaba al frente. En Tarso estuvo a punto de perder la vida cuando se zambulló en el Cidrio (el río que transportó la barca de Cleopatra hasta Antonio), pues estaba cansado, acalorado y sudoroso. El río llevaba agua de deshielo, sufrió calambres y un fuerte resfriado y se temió por su vida. Entonces prestó uno de sus apasionados testimonios de amistad. Filipo, su médico, estaba a punto de administrarle una medicina cuando llegó una carta de Parmenión, en la que aseguraba que Darío había sobornado al médico para que lo envenenase. La acusación no pudo parecerle trivial en vista de la propuesta a Alexandros de Lincestis. Hasta es posible que lo intentara con Filipo, pero éste lo ignoró. Alejandro entregó la carta al médico y, mientras éste la leía, bebió la medicina. Filipo alzó la mirada horrorizado y vio que Alejandro sonreía y sostenía la copa vacía. La poción era una purga potente. Alejandro la resistió sin perder la confianza en ese tratamiento de ignorantes, a pesar de que debió de retrasar su recuperación, que demoró varias semanas.Darío, movido finalmente a actuar, marchó hacia el oeste desde Babilonia con un ejército enorme y acampó en un terreno llano, donde disponía de espacio suficiente para desplegar a sus hombres, obstaculizando la marcha hacia el sur de los macedonios, en un lugar próximo a la moderna Alepo. Como ignoraba que Alejandro estaba enfermo –probablemente su convalecencia fue prolongada después de dos años ininterrumpidos de campaña–, Darío pensó que el rey macedonio se quedaba atrás por miedo y se sintió muy estimulado.
Diodoro dice que el gran rey, que medía casi dos metros, se había hecho célebre durante el reinado de Oco al matar en lucha cuerpo a cuerpo a un campeón de Cilicia con el que ningún otro guerrero quería enfrentarse. Por aquel entonces rondaba los cincuenta años y era posible que hubiese librado ese duelo, si es que alguna vez tuvo lugar, un cuarto de siglo antes. Quizá no fue más que propaganda para apoyar su acceso al trono, que necesitó refuerzos; tal vez el poder y el lujo lo habían cambiado o su valor había sido, como suele ocurrir, más específico que general. Sea como fuere, parece que desde la batalla de Gránico se había convertido en un hombre atemorizado. La reciente muerte de su general Menmón, que enfermó durante la campaña, había desconcertado aún más a Darío.
En cuanto volvió a ponerse en pie, Alejandro realizó metódicas operaciones de limpieza para salvaguardar sus flancos y sus comunicaciones. Darío, muy estimulado por esta nueva demora, pensó en lanzar una acción ofensiva. Arríano responsabiliza de este exceso de confianza a los halagos de los cortesanos; también es posible que los soldados más decididos quisieran arrojarlo al campo de batalla.
Confrontado ahora con una batalla trascendental, Alejandro montó un hospital de campaña en la bahía interior de Iso, dejó allí a enfermos y heridos y marchó hacia el sur al encuentro de Darío sin saber que éste, por una ruta interior distinta, avanzaba hacia el norte. Los ejércitos se cruzaron sin verse. Darío llegó a Iso en la retaguardia de Alejandro. Los únicos macedonios que encontró fueron los que estaban en el hospital. Fuera o no por orden suya, lo cierto es que los descuartizaron vivos. Alejandro jamás pagó con la misma moneda, moderación raramente practicada en el mundo antiguo o, si a eso vamos, en algunas partes del moderno.
La noticia de que Darío había abandonado su posición privilegiada en la llanura y marchado a Iso, donde no disponía de espacio para maniobrar, le pareció tan increíble a Alejandro que envió una nave exploradora a confirmarla. Le comunicaron que la bahía estaba plagada de persas. Reunió a sus oficiales para darles instrucciones.
Arriano dice que les contó la forma en que Jenofonte y sus diez mil –un cuerpo de infantería aislado y sin apoyos– se habían abierto paso con éxito desde Babilonia hasta el mar. Recordó los difíciles trances que habían superado juntos «y todo lo demás que en un momento así, frente al peligro, un general valiente diría para animar a sus valientes», algo en lo que era muy ducho. El hecho de que si perdían quedarían aislados ni siquiera fue mencionado. Al final se apiñaron en torno a Alejandro, le tomaron las manos y le rogaron que los dirigiese. Los tópicos posteriores sobre su envaramiento, derivados de la tradición romana, suelen arrojar sombras sobre el arraigado vínculo emocional entre Alejandro y sus hombres, que duraría toda la vida. Al igual que en Gránico, los persas formaron detrás del río de orillas escarpadas. El frente se extendía desde el mar hasta las colinas próximas y las huestes podrían haber rodeado sin dificultades a los macedonios si hubiesen dispuesto de espacio. Tal como sucedieron las cosas, la enorme cantidad de fuerzas de reserva permaneció en la retaguardia inútilmente.
Los historiadores modernos consideran muy exagerados los cálculos de Tolomeo, que atribuyó 600.000 efectivos a los persas. Pero los macedonios, superados incluso en ocho o diez por cada uno de sus hombres, según cálculos conservadores, en ese momento debieron de pensar que el enemigo era realmente tan numeroso. Se sigue considerando que los mercenarios griegos de Darío rondaban los 12.000; los 5.000 macedonios a caballo no eran más que un escuadrón en comparación con la caballería persa, protegida por pesadas cotas de malla. Su comandante era el distinguido general Nabarzanes, para quien la batalla sería el prólogo de un drama sombrío.
Alejandro tomó sin prisa los pasos intermedios y no fatigó a sus hombres. Cuando al arribar al borde de la bahía los hizo formar e orden de batalla, no pronunció discursos. Cabalgó a lo largo de la línea, intercambió unas pocas palabras con los oficiales y singularizó a los hombres que con anterioridad habían combatido valientemente y mencionó sus hazañas. El hecho de que conociera por su nombre a varios miles de hombres era una de las armas secretas de Alejandro. Jenofonte habla favorablemente de este don en un comandante.
A Parmenión, que se había reunido con él durante la marcha, le asignó la importante posición del ala izquierda, próxima al mar. El centro se componía, en su mayor parte, de infantes. Alejandro ocupó el ala derecha con la caballería real y los compañeros. Arriano describe la batalla con lujo de detalles. Los persas concentraron la caballería en la playa, contra el ala vulnerable de Parmenión. Alejandro envió refuerzos, que cabalgaron agazapados tras las altas sarisas de la infantería, para intentar un ataque sorpresa, pero Nabarzanes siguió combatiendo sin inmutarse. Por la derecha los duros agrianos, legado del difunto príncipe Lámbaro, se lanzaron sobre los tiradores persas y los pusieron en desbandada. En el centro, en el que la falange hizo frente a los mercenarios griegos, la contienda fue reñida; los macedonios lucharon por su orgullo y los griegos para abatirlo. El orgullo, la disciplina, la moral y la larga sarisa permitieron que la falange avanzara lentamente. Alejandro, que esperaba su momento, se lanzó sobre el río con los compañeros de la caballería, aplastó la izquierda del enemigo y volvió el flanco hacia los griegos. Dejó que la falange rematara esa tarea ahora fácil y se dirigió al blanco al que en ningún momento había quitado el ojo de encima: la guardia real persa, los «inmortales», en cuyo seno se encontraba el gran rey, llamativo en su ornado carro en virtud de su estatura y de su regio manto. A lomos del viejo pero aún fogoso Bucéfalo (que probablemente debió su larga vida al poco peso del jinete), Alejandro entonó el himno de batalla y guió a la vociferante caballería, que ya estaba exaltada por el éxito, en una carga atronadora e implacable.
A medida que la caballería se aproximaba, quizá cuando la nube de polvo se calmó y fue posible ver claramente a Alejandro, a Darío le falló el coraje. Dio vuelta el carro y escapó. En medio de la confusión desatada, el centro de las fuerzas persas lo siguió. Todo el frente se desmoronó. El inmenso ejército salió disparado por los estrechos pasos. Miles de hombres que no habían participado en la batalla murieron pisoteados o cayeron por los precipicios, arrastrados por los fugitivos perseguidos por los macedonios. Nabarzanes, que seguía luchando resueltamente en una acción aún no decidida contra Parmenión, se apercibió del desastre y se enteró de que el rey había huido. Retiró a sus hombres lo mejor que pudo, con vivos sentimientos que el tiempo se ocuparía de poner de manifiesto.
Si el carro real hubiese estado ocupado por Oxatres –hermano menor de Darío–, no es probable que la lucha hubiese acabado tan pronto. Éste combatió firmemente junto al rey hasta que fue demasiado tarde, hecho que Alejandro no pasó por alto cuando volvieron a encontrarse.
Deseoso de perseguir a Darío, Alejandro esperó hasta comprobar que la victoria estaba asegurada; aunque el precio era elevado, se comportó como un profesional. Cambió de montura para la persecución y unos kilómetros más adelante encontró el carro, las armas y el manto real, de los que Darío se había desembarazado antes de reemprender la huida a caballo. Al volver con esos trofeos, Alejandro se enteró de que era lo menos importante que el gran rey había abandonado.
La tienda de campaña del persa estaba intacta, con un equipo digno de palacio: artículos de aseo y de mesa en oro y plata, muebles taraceados, un diván, una suntuosa bañera, un trono. Se dice que, al ver un escenario junto al cual el afamado palacio de su padre resultaba casi ascético, Alejandro exclamó: «De modo que esto es lo que significa ser rey».
Esa noche cenó con sus oficiales en la tienda real, con la vajilla de oro y plata, después de lavarse las manchas de la batalla en la bañera real, y al oír que a poca distancia gemían unas mujeres preguntó qué ocurría. Le respondieron que las quejas procedían del harén. Darío había abandonado a su esposa, que tenía fama de se la mujer más hermosa de Asia; a sus dos hijas pequeñas; a su heredero, un niño de cinco o seis años, y a su madre. Al enterarse de que en el botín estaban su carro y su manto, las mujeres lloraban la muerte de Darío y el destino que para sí mismas preveían.
Otros persas eminentes habían dejado a sus mujeres en Damasco, pues les pareció un sitio seguro. Darío, inmoderado y demasiado confiado, había llevado consigo a su familia. A Alejandro debió de parecerle muy poco profesional; las consecuencias de su abandono –a manos de tropas que clamaban venganza por las atrocidades cometidas en el hospital– fueron toda una sorpresa. Hasta entonces nadie había molestado a las damas. Claro que eran la gratificación que reservaban para él.
Inmediatamente, Alejandro envió un oficial para que las tranquilizara: Darío seguía con vida y ellas serían protegidas. La reina madre, Sisigambis, recibiría los nombres de los nobles persas caídos y la autorización de Alejandro para presidir los ritos fúnebres. Al día siguiente, después de visitar a los heridos –el propio Alejandro tenía una herida de espada en el muslo–, acudió a ver a la familia real persa. Arriano reconoce que ese hecho dio lugar a muchas leyendas. De todos modos, las pruebas no se contradicen. Los comentarios de Arriano, Rufo Quinto Curcio y Plutarco apenas disienten y cuando lo hacen es en el mismo sentido.Alejandro se hizo acompañar por Hefestión. Caminaron juntos, vestidos con sencillez. La apostura y la presencia de Hefestión sorprendieron a las mujeres, acostumbradas a relacionar la estatura con la realeza, y la venerable Sisigambis intentó postrarse ante él. Hefestión retrocedió; los eunucos del harén hicieron señales de advertencia; afligida, la reina madre intentó volver a postrarse ante el rey. Alejandro se adelantó y la obligó a ponerse en pie: «No te preocupes, madre. No has cometido un error, él también es Alejandro». Por muy desconcertante que le pareciera cuando el intérprete lo tradujo, Sisigambis le dio las gracias con regia dignidad.
La reina, Estateira, era hermana de Darío. Aunque el incesto dinástico era corriente en Oriente, ese matrimonio era anterior al acceso al trono de Darío. Puesto que se trataba de una belleza de la época, debía tener bastante menos de treinta años y ser su hermanastra legítima de la unión del padre común con una esposa más joven. Sus dos hijas, apenas salidas de la niñez, tenían edad suficiente para correr la suerte habitual de los cautivos. Alejandro les garantizó protección. Se agachó ante el benjamín, que lo abrazó sin temores. Se volvió hacia Hefestión –no hacia el intérprete– y comentó que el nieto de Sisigambis compartía la bondad de su abuela y que, lamentablemente, ese don estaba ausente en el hijo.
La familia dispuso de la dignidad, el aislamiento y la seguridad de un harén real. Alejandro se había sentido instantáneamente atraído por Sisigambis. Como la edad la eximía de la reclusión absoluta, volvía a visitarla.
Sisigambis nunca había sido esposa del rey, sino madre y a edad tardía. De todos modos, para la anciana aristócrata que había lamentado la muerte heroica de su hijo, la realidad de su supervivencia debió de ser un golpe aún mayor. Pese a los abismos de cultura e idioma y del error con que comenzó la siguiente visita de Alejandro, al parecer la persa y el macedonio tenían mucho en común. Alejandro recordó que su madre y su hermana hacían labores en el telar y se presentó con un regalo de hilos de colores. Sisigambis nunca había visto nada parecido salvo en las manos de las criadas y acusó el impacto de lo que le pareció un recordatorio de su nueva condición. Alejandro captó su expresión, llegó al fondo del problema y le pidió graciosamente perdón. La amistad prosperó.
No volvió a ver a la joven reina, según Plutarco, porque se dominó a sí mismo; sea como fuere, decidió no dar pie al escándalo. Fuera por halagarlo o como broma, los amigos lo animaron a que reivindicase su droit du seigneur; Alejandro les prohibió nombrarla en su presencia. Aunque es posible que la abstinencia no le supusiera ningún esfuerzo, el hecho de pensar en el orgullo y en el amor propio de las mujeres, en el mantenimiento de su pequeña corte y de los servicios a que estaban acostumbradas, correspondía a su generosidad espontánea. Más explicaciones requiere el hecho de que arrastrara en su marcha a señoras y eunucos de la familia real persa, así como el engorroso séquito de muebles.
Puede que lo hiciera para disfrutar de la compañía de Sisigambis –sólo a la muerte de Alejandro se advirtió la profundidad de su vínculo– o para cerciorarse de que nadie las molestaba. Sin embargo, había capturado plazas fuertes en las que las podría haber dejado sin correr riesgos. Y existe otro motivo que habría sido característico de él.
El argumento secundario más pintoresco de la Cyropaedia de Jenofonte es la historia (ficticia, por lo que se sabe) de Ciro y la señora de Susa. Después de su gran victoria sobre la Confederación asiria, le reservaron a la dama como lo mejor del botín, junto con su acaudalada familia. Su amado marido, que se encontraba lejos, no había participado en la batalla. Los oficiales persas que entrevieron su belleza cuando se rasgó las vestiduras en medio de lamentos informaron que era «la mujer más bella de toda Asia, nacida de mortal». A modo de consuelo, le habían asegurado que estaba reservada para el más distinguido de los hombres, y luego apremiaron a Ciro para que viera su premio. No, respondió, por Dios que no lo haría, sobre todo si su belleza era tanta. Quizá se la quedaría mirando demasiado tiempo y olvidaría sus deberes; el amor, al fin al cabo, era una especie de esclavitud. Confió la protección de la dama a un seguidor de confianza; cuando éste se enamoró, lo enviaron lejos en bien de la seguridad de la mujer. Conmovida ante tanta caballerosidad, la dama de Susa se ofreció a enviar un mensaje a su marido y a suplicarle que se aliara con Ciro. El esposo se presentó confiado. «Se abrazaron con alegría, como correspondía, pues habían perdido las esperanzas de volver a verse.» La mujer le habló de la compasión y del dominio de sí mismo de Ciro y rogó al marido que se lo retribuyera con lealtad. Agradecido, éste cogió la mano derecha del rey y le fue leal hasta la muerte.
Alejandro no sólo tenía un poderoso sentido teatral; había aprendido de Aristóteles que el hombre de alma grande elige su papel y lo vive concienzudamente. También experimentaba un profundo deleite cuando daba placer a los demás, cuya sinceridad atestiguan muchas anécdotas. Es fácil caer en la tentación de imaginar que abrigaba la esperanza de superar el drama de Jenofonte. Darío no se había mostrado como un enemigo implacable y dispuesto a luchar mientras le quedara un ápice de vida. El reencuentro con la esposa, la madre y los hijos, presidido por un vencedor indulgente, ciertamente se habría convertido en una de las grandes anécdotas históricas de Alejandro, y nadie era más consciente que él de sus posibilidades. Su determinación de hacer realidad esos sueños se vio coronada por muchos éxitos. Y si en este caso concreto fracasó, la responsabilidad recayó en el destino más que en la imposibilidad.
La historia de la dama de Susa presenta otro aspecto: su marido se convirtió en vasallo de Ciro.
En la trayectoria de Alejandro no existe un momento del que pueda decirse con certeza que fue entonces cuando decidió que no necesitaba limitarse a cumplir el objetivo paterno de liberar las ciudades griegas y que podía ser y sería gran rey de Persia. Sin duda el momento más probable es después de Iso, al ver que los esplendores imperiales habían entronizado a un hombre débil.



Darío huyó durante la noche con postas, acompañado de un puñado de miembros de su séquito. Al romper el alba se le sumaron alrededor de cuatro mil fugitivos que vagaban dispersos. Unos ocho mil mercenarios griegos escaparon por mar y volvieron a sus tierras. El rey mismo apenas tiró de las riendas hasta que cruzó el Éufrates. Despejado el camino, Alejandro avanzó en dirección sur hacia Judea y las ciudades costeras de los fenicios. Había cumplido todas sus obligaciones con Grecia y ahora emprendió una guerra de conquista.
Es tan absurdo aplicar pautas morales anacrónicas a este hecho como lo sería condenar a Hipócrates por no dar clases de asepsia quirúrgica. Durante la larga evolución del pensamiento humano (generalmente adelantado a la conducta humana), la idea de que la guerra estaba mal aún no había penetrado en el mundo. El propio Sócrates, que consideró la búsqueda del bien como la obra de su vida, declaró orgulloso durante el juicio: «Atenienses, sería extraño que yo, que resistí en mi puesto en el frente de batalla y afronté la muerte por órdenes de mi comandante, abandonara el sitio que dios me asignó». Aristóteles apoyó calurosamente las guerras de la conquista helenizadora siempre y cuando los «bárbaros» no fueran tratados como hombres. Un siglo después un puñado de estoicos empezó a poner en cuestión la moral de la guerra, pero casi nadie les hizo caso. Los soldados cristianos de Roma prefirieron el martirio a la adoración del divino César o de las águilas de la Legión, pero nunca se negaron a combatir. En nuestra propia generación lo que ha sido tolerado e incluso aprobado por los mismos formadores de opinión que condenan a Alejandro muestra una divergencia de pautas tan disparatada que cabría suponer que son las mejores cualidades del macedonio, no las peores, las que despiertan resentimiento. Las palabras del conde de Chesterfield, ese filósofo infravalorado, son tan veraces hoy como en 1748: «Las cosas que suceden en nuestra época y que vemos con nuestros propios ojos no nos sorprenden tanto como las que leemos del pasado, aunque en modo alguno son menos extraordinarias».
Darío le escribió a Alejandro desde algún campamento de Mesopotamia y le planteó las condiciones del rescate de su familia. Su nota era un manifiesto general, primero acusaba a Filipo de agresor y luego a Alejandro por violar una vieja alianza: recordatorio insensato de la humillación macedonia en la guerra de Jerjes para un hombre que ocupaba una posición de fuerza. Darío se había levantado en armas contra esas injurias, pero «la batalla discurrió según la voluntad de algún dios».
Ese comentario casi invitaba a Alejandro a replicar, como hizo de inmediato, que había tomado la tierra «por don del cielo». El resto de su respuesta fue un desafío intransigente. Lo habían elegido para vengar el mal que Jerjes hizo a Grecia. Oco había invadido los dominios de su padre Filipo; el propio Darío había procurado la muerte de Filipo y «se había jactado de ello ante el mundo en sus cartas» (¿capturadas tal vez en Sardes?). Además, Darío era un usurpador que había conspirado con el propósito de asesinar a su predecesor (verdadera o falsa, era una sospecha lógica en cualquier rey macedonio). La familia real sería libremente devuelta en cuanto estuviese dispuesto a ir a buscarla en persona. (El hecho de no chantajearlo amenazando la seguridad de los suyos crea un triste contraste con los tiempos modernos.) La leyenda posterior contiene incontables retos apócrifos, a menudo interminables, lanzados por Alejandro. La perorata del siguiente, que probablemente procede de los archivos reales, suena verídica:

... En adelante, cuando me escribas, no me trates como a un igual, sino como al soberano de Asia y dueño de cuanto te perteneció. Si no lo haces así, te trataré como a un enemigo. ¡Y si no compartes mi opinión acerca de la soberanía de Asia, mídete conmigo en el campo de batalla y no huyas, porque dondequiera que estés te encontraré!
Poco después, un destacamento a las órdenes de Parmenión aceptó la rendición de Damasco. El gobernador había llegado a un acuerdo secreto y Parmenión, que temía una traición, no quiso entrar en la ciudad con sus hombres y le pidió que saliera con el tesoro haciendo el simulacro de huir. Al gobernador le siguió una multitud presa del pánico, incluidos los harenes de los nobles persas que combatieron en Iso.
Como no formaban parte de la realeza, no se protegió estrictamente a esas damas. Una de ellas desempeña un papel en la leyenda de Alejandro y otra en su historia. Sólo Plutarco dice que se quedó con Barsine, viuda de Memnón hija de Artabazo, por la sorprendente razón de que Parmenión –¡ni más ni menos que él! – le aseguró que sería beneficioso para él. El elemento dudoso de la historia no sólo reposa en este hecho, sino en los poderosos motivos que existían para inventarla. No existe ni un testimonio de que esa mujer lo acompañara en la marcha, ni una sola reivindicación por su parte –o por la de su poderosa familia– de haberle dado hijos. Sin embargo, doce años después de la muerte de Alejandro apareció un muchacho de diecisiete –nacido, por lo tanto, cinco años después de la toma de Damasco–, presunto hijo de ella, «criado en Pérgamo»; fue un peón demandante y efímero durante las guerras de sucesión, elegido probablemente por su parecido físico con Alejandro. El hecho de que se casara con otra Barsine debió de servirles a los dos para lanzar y sustentarla historia,– ninguna fuente dice que tuviera en cuenta a un niño que, siendo póstumo el de Roxana, debió de ser en vida su único hijo, habido con una madre casi real. Esto resulta poco creíble en un hombre que bautizó ciudades con los nombres de su caballo y de su perro.
Es más convincente el personaje de una belleza macedonia, tal vez una hetaira de clase alta, que le tocó en suerte a Filotas. Éste se dejó impresionar y la divirtió con las distinguidas hazañas propias y de su familia. La mujer lo escuchó con gran amabilidad. Más adelante, Filotas se daría cuenta de que había sobreestimado sus propios encantos.
El verdadero botín que Alejandro obtuvo en Damasco se compuso de inmensos tesoros, los fondos de guerra del gran rey y las arcas privadas de los nobles, lo que lo liberó por fin de todas las preocupaciones relativas a la financiación de la campaña. También capturó cuatro emisarios griegos: dos de Tebas, a los que liberó en el acto por considerar natural su persianización; uno de Esparta, que mantuvo encarcelado un tiempo y luego dejó en libertad; y a un ateniense entrado en años, hijo del célebre general Ificrates, amigo–huésped de sus abuelos. Convenció al anciano de que se sumara a su séquito, donde permaneció de por vida, y al morir sus cenizas fueron escrupulosamente enviadas a sus parientes de Atenas.
Sidón le abrió las puertas de buena gana y le entregó al gobernador pro–persa. Este hecho tuvo un resultado interesante: la primera misión independiente de Hefestión. Antes de ser conquistada por Persia, hacía varias generaciones, Sidón había sido una monarquía, y Alejandro encomendó a Hefestión la tarea de elegir rey.
Fue una graciosa muestra de honor, que daba a entender que el propio Hefestión habría sido digno del cargo si hubiese podido prescindir de él; Alejandro era realista con respecto a esas misiones y ésta requería integridad y pericia. De inmediato, Hefestión se vio rodeado por aduladores e intrigantes. Su propio anfitrión, un ciudadano relevante, probablemente temeroso de las facciones hostiles, rechazó la oferta con la excusa de que por sus venas no corría sangre real. Al oír esas palabras, Hefestión preguntó si sobrevivía algún descendiente de linaje real; recibió la inesperada respuesta de que quedaba uno, nacido en la pobreza campesina y que trabajaba como jardinero. Hefestión estudió sus referencias y encontró que eran excelentes; tuvo la habilidad de no interrumpirlo en su humilde trabajo y le envió emisarios con un manto real con el que podría presentarse dignamente. Cuando los emisarios llegaron, lo encontraron regando. Sorprendidos por la elección del único candidato que no podía ser acusado de soborno, los sidonios asimilaron bien la situación. El cuidado hacia su propio honor y el de sus amigos que implica esa elección, así como su éxito, habla elocuentemente de Hefestión.
El rey Abdalónimo siempre fue un buen trabajador, respetable y honesto. Resulta agradable consignar un ejemplo de gratitud humana. Después de la muerte de Hefestión, mientras su grandioso monumento conmemorativo permanecía inconcluso porque Alejandro se había ido y los rivales envidiosos criticaban implacablemente –como sin duda hizo Tolomeo– el brillante historial de este oficial, Abdalónimo diseñaba su propio sarcófago. Un magnífico friso helenista de mármol teñido representa una escena de batalla, en la que Alejandro lleva a cabo un acto heroico. Sin embargo, casi todos reconocen que la figura central, un apuesto soldado de caballería que derriba al enemigo persa, es el único retrato de Hefestión que sobrevive.
Desde Sidón, Alejandro prosiguió su marcha hacia el sur, rumbo al impresionante obstáculo que suponía Tiro. Este puerto-fortaleza fenicio era una isla y estaba separado de la playa por un canal profundo. Contaba con su propia flota mercante numerosa y su armada y en el puerto atracaban las naves persas. Cuando Alejandro se acercó, la ciudad envió emisarios que se ofrecieron a ponerla a sus órdenes. Alejandro los sometió a prueba pidiéndoles hacer un sacrificio de estado en el templo de Melcarte, el Heracles tirio. Ello supuso la negativa a abrir las puertas a los macedonios y la afirmación de que también impedirían la entrada de los persas, compromiso que no era probable que cumplieran en cuanto Alejandro reanudase la marcha.
Consciente de la inmensa tarea que le esperaba, Alejandro convocó un consejo de guerra. Afirmó que si dejaban Tiro en la retaguardia, los persas la utilizarían como base para invadir Grecia, en la que Esparta ya se había rebelado abiertamente contra el regente Antípatro mientras Atenas esperaba su oportunidad. Más adelante se extendía Egipto, un objetivo rico y deseoso de recibirlo, pues lo había olvidado la brutalidad y el sacrilegio de la reconquista de Oco. Una vez asegurada la costa y puesta bajo el poder macedonio toda Asia a este lado del Éufrates, podrían avanzar hacia Babilonia.
Este análisis realista convenció al estado mayor. Hizo un postrer intento por evitar un sitio tan costoso y envió emisarios con un ultimátum. Los tirios violaron el inmemorial carácter sagrado de los emisarios, los pusieron sobre las murallas para que Alejandro fuera testigo de su asesinato y arrojaron los cuerpos al mar. Después, Alejandro anunció que había tenido un sueño en el que Heracles permanecía de pie en los muros de Tiro y extendía la mano para guiarlo hasta el corazón de la ciudad.
Esas murallas, fabricadas con piedra labrada y argamasada, alcanzaban los cuarenta y seis metros de altura en el lado más próximo a tierra. La estratagema y el ataque sorpresa quedaron descartados. Alejandro puso manos a la obra de inmediato y empezó a construir un malecón desde tierra firme.
Fuera del alcance de las armas arrojadizas, el primer tramo se acabó con rapidez. Alejandro vigiló la obra y repartió premios por el tesón con el que habían trabajado. Luego el canal se hacía más profundo y el llenado requirió más piedras y más tiempo; quedaron a tiro de ballesta de las murallas y ahora las naves tirias disponían del calado suficiente para abordarlos y acosarlos. Alejandro hizo levantar dos torres móviles, montadas con catapultas, blindadas con pellejos y con un parapeto de cuero extendido entre una y otra torre. Las desplazaban a medida que las obras avanzaban y protegían a los transportistas hasta el último momento, cuando salían corriendo para volcar sus cargas. En un momento en que se levantó un fuerte viento, los tirios lanzaron un brulote, con las altas vergas cargadas de calderos de brea ardiente. Las torres ardieron y los trabajadores se arrojaron al mar o perecieron en su interior. Alejandro ordenó la construcción de nuevas torres y se desplazó a Sidón para organizar la armada.
Le llevó un par de semanas, en las que descargó su inagotable energía organizando una expedición de diez días para someter a las tribus vecinas. Llevó consigo al ahora anciano Lisímaco, el oscuro caballero macedonio que en la infancia lo había entretenido con los relatos de Homero. Cuando Alejandro salió a explorar las colinas, Lisímaco le suplicó que le permitiera acompañarlo, recordando el viejo juego y declarando que no tenía más años que su modelo, Fénix, el ayo de Aquiles. Plutarco añade:

Cuando dejaron los caballos y echaron a andar por las colinas, el resto de los soldados se adelantó; como la noche estaba a punto de caer y el enemigo se encontraba cerca, Alejandro se retrasó cada vez más para animar y ayudar al anciano cansado y rezagado, y antes de darse cuenta quedó en la retaguardia, muy alejado de sus soldados, con compañía reducida, una noche fría y oscura y en muy mal sitio; hasta que a cierta distancia vio muchas hogueras dispersas del enemigo y confiando en su presteza… corrió hacia una de las fogatas más próximas, mató con la daga a los dos bárbaros que estaban sentados ante ella, arrebató un tizón encendido y volvió con éste junto a los suyos. De inmediato encendieron una gran hoguera, que asustó tanto al enemigo que en su mayor parte huyó, y los que los atacaron pronto fueron derrotados; así descansaron seguros durante el resto de la noche.

Después de este homenaje a la amistad, Alejandro regresó a Sidón, donde lo aguardaban las naves chipriotas; los gobernantes de la isla se habían sacudido el yugo persa y se habían unido a su causa. En total reunió cerca de las velas y dirigió el ataque a Tiro. Su propia, nave insignia ocupó un lugar de peligro: el más próximo a las murallas de la ciudad. Los tirios, sorprendidos por la cantidad de naves, cerraron el puerto con una sucesión de barcos, lo mismo que Alejandro había hecho en Mileto. No hubo modo de tentarlos para que salieran.Sus operaciones habían adquirido una dimensión descomunal y, además de los expertos griegos que había llevado consigo, incluían ingenieros de Chipre y de todo el litoral fenicio. Montó catapultas a bordo y bombardeó las murallas de Tiro con piedras pesadas. Los tirios arrojaron rocas al mar para obstaculizar las maniobras de los barcos. Tenazmente, Alejandro ordenó que recuperaran las rocas y las izaran. Para realizar esa maniobra sus naves tuvieron que echar anclas. Los tirios enviaron barcos blindados para cortar las maromas. Alejandro hizo llevar naves de apoyo. El enemigo envió a buceadores para cortar las maromas bajo el agua. Alejandro las reemplazó por cadenas. Al final el canal le permitió situar la flota a lo largo de las murallas, a las que también se aproximaba el malecón.
Los ingeniosos tirios –adelantados con respecto a su época– sacaron a relucir su arma más moderna. Calentaron arena al rojo vivo y la arrojaron sobre los macedonios que ocupaban las primeras filas. Diodoro dice: «Se colaba bajo sus corseletes y sus ropas, quemaba la carne con un calor intenso... los hombres gritaban y suplicaban como los torturados y nadie podía prestarles ayuda; se volvían locos y morían a causa del dolor atroz que padecían». Muchos se arrojaron al mar. Ignorante de que se convertiría en una característica habitual de la guerra civilizada, Alejandro lo consideró una atrocidad. A la vista de su predilección por guiar a la vanguardia, sólo el azar debió de salvarlo de que se quemara vivo.
Esos preparativos habían llevado medio año. Al final Tiro fue asaltada por los barcos, con el apoyo del malecón, que pese a todo no llegaba hasta las murallas. Dueño del canal más próximo a tierra, Alejandro pudo acercar sus naves de asalto a las murallas más cercanas al mar, las que menos resistencia ofrecían. Arrojó piedras pesadas con las catapultas de torsión para agrietar la mampostería de la sillería; las de tipo arco eran versiones gigantes de la ballesta medieval y las puntiagudas saetas de bronce eran capaces de atravesar armaduras. Las naves de desembarco portaban torres portátiles, y una de las características de este asedio es que las acarreó por secciones. El día del ataque definitivo subió personalmente a una torre. Podemos imaginar una galera de puente ancho, con dos o tres filas de remeros para darle velocidad, con la estructura de aspecto pesado situada en medio del barco y coronada de hombres armados, tras la figura rutilante de Alejandro, que dirigía al piloto hacia aquí y hacia allá en busca de una brecha, mientras la plancha se balanceaba como una lengua gigante, dispuesta a estirarse en cuanto se presentara la ocasión. Según Arriano, en todo momento Alejandro estuvo atento a actos de valor que merecieran honores.
Fue testigo de un acto heroico cuando Admeto, el capitán de la guardia, saltó hacia la primera brecha que divisó, animó a sus hombres y murió en el acto. Para entonces, el barco de Alejandro se había desplazado a toda velocidad a fin de apoyarlo; el macedonio cruzó corriendo la plancha y guió al destacamento. Entretanto, sus naves rompieron la barrera del puerto. Los tirios comprendieron que todo estaba perdido y abandonaron las murallas.
Los macedonios los persiguieron y abatieron a cuantos pudieron alcanzar. Alejandro les prohibió que sacaran a los que estaban en el santuario del templo. (En un templo, encontraron una célebre estatua de Apolo –botín cartaginés de Sicilia– encadenada a la peana, pues en un sueño el dios había informado a un adivino tirio que los dejaba para unirse a Alejandro.) Aunque Arriano no da el número de muertos, calcula en 30.000 los cautivos esclavizados, evidentemente la inmensa mayoría incluso para un puerto mercante muy poblado. Rufo Quinto Curcio afirma que mataron a seis mil hombres armados. Tanto él como Diodoro sostienen que hubo 2.000 crucificados. Quizá se tratara de cadáveres; los macedonios exhibían de esta forma los cuerpos de los criminales ejecutados, aunque sin las mutilaciones que más tarde se practicaron en Inglaterra. Rufo Quinto Curcio, que no es digno de confianza en lo que a atrocidades se refiere, deduce que estaban vivos. Sería erróneo descartarlo tajantemente, después del episodio de la arena al rojo vivo, si bien las probabilidades están en su contra si tenemos en cuenta el historial general de Alejandro así como su interés, a esas alturas de su trayectoria, por alcanzar niveles helénicos.
Durante el sitio, recibió otra embajada de Darío, que no sólo le ofreció la considerable suma de 10.000 talentos a cambio de su familia, sino las condiciones de la paz: toda Asia Menor al oeste del Éufrates, una alianza y la mano de su hija. Éste fue el motivo del célebre diálogo con Parmenión: «Si yo fuera Alejandro, aceptaría tantas ventajas antes de exponerme a nuevos peligros». El rey macedonio respondió: «Y yo también, si fuera Parmenión, pero soy Alejandro». Replicó a Darío que no necesitaba dinero ni que le ofrecieran la mitad de la tierra, que ya la tenía, en lugar de su totalidad. Si se lo proponía, se casaría con la hija de Darío con o sin su consentimiento, y si buscaba una alianza, que se presentase y la solicitara. Alejandro dejó que Darío tomara las medidas que su respuesta le sugiriera y marchó hacia Egipto.
Como Wilcken ha puesto de relieve en un análisis magistral, ese momento de decisión por parte de Alejandro es una de las grandes pruebas históricas de que los individuos, más que las fuerzas económicas, pueden cambiar los destinos de la humanidad. Si hubiese hecho caso de Parmenión, la civilización griega habría quedado más firmemente establecida en Asia Menor, pero jamás habría llegado a Oriente; en Persia el equilibrio de poder habría mantenido su precariedad y era posible que, en el futuro, el surgimiento de un monarca más fuerte invirtiera la derrota de Jerjes.
Hefestión fue ascendido y se le encomendó el mando de la flota que patrullaba la costa. Alejandro avanzó hacia el sur hasta Gaza, último punto de la resistencia costera. Estaba en manos de Betis, un general eunuco que consideraba inexpugnable su emplazamiento alto y escarpado. Aunque no era un puerto, si Alejandro evitaba Gaza, Darío se sentiría alentado a bajar sobre su retaguardia. El asedio, que duró dos meses, incluyó construir un elevado terraplén para instalar sus máquinas. Cierto día que Alejandro estaba en las obras, un ave de rapiña dejó caer una piedra sobre su cabeza, tal vez confundiendo su casco con el caparazón de una tortuga que pretendía agrietar, como la calva del poeta Esquilo, que murió a causa de un error parecido cometido por un águila. Ileso, Alejandro pidió al vidente Aristandro que interpretara el augurio. El adivino declaró que Alejandro tomaría la ciudad, pero que ese día debía prestar atención a su seguridad.
Dado el consejo, se mantuvo un rato apartado, durante el cual no pasó casi nada. Del fuerte salió una numerosa tropa que empezó a derribar a sus hombres del terraplén y de inmediato Alejandro se lanzó a ayudar a los suyos. Poco después estuvo a punto de ser asesinado por un hombre que, después de rendirse y de que le perdonara la vida, esgrimió una daga; Alejandro esquivó el golpe gracias a su rapidez de reflejos y lo abatió. Fuera porque pensó que el augurio estaba cumplido, porque lo desafió o porque se dejó llevar por el entusiasmo, lo cierto es que Alejandro continuó luchando hasta que se le hundió en el hombro la pesada saeta de una catapulta de ballesta. El médico la extrajo, provocando una copiosa hemorragia, y le aplicó un vendaje improvisado que, como Alejandro volvió inmediatamente al combate, se le salió enseguida. Siguió luchando y perdiendo sangre bajo la armadura hasta que se desmayó. Aunque la herida era profunda y lo mantuvo inmovilizado mucho tiempo, dirigió las operaciones hasta que la ciudad cayó.
Los buenos historiadores han rechazado la anécdota de Rufo Quinto Curcio según la cual el valiente Betis, herido, fue llevado ante Alejandro, se negó a rendirle pleitesía y entonces lo arrastraron alrededor de la ciudad atado a la parte posterior del carro. Todo aquel que no esté convencido de su generosidad constante ante los enemigos valientes, algo de lo que se enorgullecía, en este caso puede confiar en su vanidad. Antes de maltratar de esa guisa a Héctor, Aquiles lo había matado en el duelo culminante de la epopeya. La herida había impedido que Alejandro combatiera en el ataque final y era el último hombre del mundo dispuesto a hace un alarde tan desagradablemente inferior. La anécdota es interesante en tanto ejemplo típico de la propaganda ateniense, escrita por alguien que estaba al tanto de sus aspiraciones homéricas pero que, directamente, no sabía nada de su naturaleza o estaba demasiado «comprometido» para preocuparse por ello.





En Egipto no hizo campaña, sino una avanzada triunfal.
Hefestión lo esperaba con la flota en el Delta. El sátrapa persa Mazaces, consciente de la derrota de Iso y carente de una guarnición persa adecuada, puso buena cara a la necesidad y dio la bienvenida a Alejandro. Éste guarneció el puerto de Pelusium y marchó Nilo arriba, al lado de su flota, hasta Menfis.
Actualmente no existe casi ningún europeo que no tenga alguna imagen visual del Antiguo Egipto, por muy trillada que sea. Hay que hacer un esfuerzo para imaginar el impacto que esa civilización de fábula ejerció en Alejandro y sus hombres –la mayoría de los cuales ni siquiera habían visto Atenas–, convertida en leyenda desde la infancia, mientras seguían el gran río que era su sostén, su ruta nacional y su camino sagrado. Hay que imaginar lo que sintieron al llegar a los grandes templos de Menfis; a las pirámides, con sus lados de lisura geométrica; a la sonrisa aún no arrasada de la descomunal Esfinge. Debió de modificar la escala de su perspectiva humana.
Aclamado en todo Egipto como libertador, Alejandro fue entronizado como faraón, con la doble corona y el áspid, los cetros cruzados del cayado y el mayal, símbolos del pastor y el juez. Sobreviven tarjetas que dicen: «Horus, el príncipe fuerte, aquel que puso las manos en las tierras de los extranjeros, amado de Amón y elegido de Ra, hijo de Ra, Alejandro». Con respecto a Egipto y a sus pueblos, la tradición inmemorial lo convirtió en dios.También fue rey por elección libre de sus súbditos. Su primer acto consistió en sacrificar al dios buey Apis, en el mismo templo en el que Oco fue muerto de una lanzada (y, se dice, se ordenó que fuera asado para la cena), la bestia sagrada que era la encarnación divina. Alejandro veneró a todos los dioses egipcios y lo hizo con sinceridad, porque gracias a la tolerante actitud helena identificó a cada uno con un dios griego cuyos atributos parecían coincidir. Existía un Intercambio constante entre Grecia y Egipto y probablemente los sacerdotes podían comunicarse ent