Incluso sus enemigos se unieron al himno de alabanza, ensal- zando sus victorias para que el pueblo, que nunca se cansaba de con- templar el espectáculo, lo mandara a lograr más. En aquellos días se aseguraba que no sólo con que él silbara, Atenas habría tenido otra vez rey. ¿No había venido en nuestra ayuda cuando estábamos de- rrotados y oprimidos por los tiranos? ¿No nos había hecho los due- ños del mar? Pero antes de tres meses emprendió otra vez la marcha a Samos, y cuando el pueblo se maravilló ante semejante prueba de modestia, nosotros, los que habíamos llegado con él, nos reimos. Por nuestra parte, creíamos que podíamos adivinar su pensa- miento. Nada le contentaría ya sino ganar la guerra. No era mode- rado en ninguno de sus deseos, pero sobre todo le gustaba sobresa- lir. Para él sería un dulce día aquel en que el rey Agis viniera para pedirle las condiciones de rendición. La guerra duraba ya veintitrés años, y él la libraba, en un bando u otro, desde que era un joven efebo, a quien un fornido hoplita, Sócrates, había sacado herido de debajo de las lanzas en Potidea, devolviéndole la vida para que la usara como mejor le pareciese. Nos despedimos de amigos y parientes, y nos dispusimos a ha- cernos a la vela. Antes de iniciar el viaje, volví una vez más a la es- cuela de Micco para contemplar a los muchachos en el ejercicio. Pero aquella vez mi viejo preparador se encontraba allí, y me retuvo con su charla, de modo que sólo pude ver por un momento a Aster, el cual estaba de pie con la jabalina posada en el hombro, apun- tando al blanco. Llegamos a Samos, comimos con amigos que se mostraron an- siosos de las noticias que de la Ciudad les traíamos y otra vez nos dis- pusimos a hacer la guerra. Pero últimamente en la base espartana de Mileto se había pro- ducido un cambio. En el pasado habíamos sabido aprovecharnos de su vieja y estúpida costumbre de cambiar de almirante cada año. Algunas veces, el hombre que enviaban no había navegado jamás. Al llegar nosotros, el relevo había sido hecho otra vez. El nuevo hombre se llamaba Lisandro. Pronto descubrimos que de nada servía pensar con mente dó- rica. Apenas se hizo cargo de su puesto, logré conocer al joven prín- cipe Ciro, hijo de Darío, un corazón de fuego en el que se inflamaba lo de Maratón y Salamina, como si fuera cosa de ayer. A los esparta- nos los había perdonado, porque no quedaba ninguno que pudiera jactarse de lo sucedido en las Termópilas. Era a los atenienses a quienes consideraba sus enemigos, de manera que entregó a Lisan- dro dinero suficiente para aumentar la paga de sus remeros. Ninguno de los dos bandos poseía suficientes esclavos para mo- ver a remo una flota. Por tanto empleaban principalmente a extran- jeros libres, que trabajaban para ganarse la vida. Así pues, los nues- tros comenzaron en seguida a pasarse al bando de Lisandro. Había trasladado su flota de Mileto, donde hasta entonces había estado bajo nuestra observación, al norte, a Efeso. Allí, donde un desertor nuestro podía alcanzarle en el plazo de un día, permanecía tranqui- lamente, ejercitando a sus hombres, escogiendo los mejores reme- ros y gastando en madera y brea la plata de Ciro. Habíamos pensado atacar Quíos, cuya toma hubiera sido deci- siva. Ninguno dudábamos de que caería ante Alcibíades, pues des- pués de todo la había tomado antes, cuando era nuestra. Pero en- tonces, dado que la flota de Lisandro se encontraba de por medio y que no teníamos plata suficiente para competir con él para contra- tar remeros, nos veíamos obligados a esperar dinero de Atenas o a hacernos a la vela para conseguirlo por medio de tributos. No podía esperarse que un generalísimo se hiciese a la mar para llevar a cabo misiones tan insignificantes, cuando su propósito era obtener una victoria total. Por vez primera Alcibíades se aburría en Samos. De la misma manera que los hombres hacen cálculos sobre los primeros signos de una enfermedad, así nosotros los hacíamos so- bre el cambio que comenzábamos a advertir. Nos sentíamos furio- sos contra los atenienses de la patria por sus continuos despachos sobre la demora. Esa injusticia nos hizo ponernos de su parte. -Dejadio que se divierta de vez en cuando -decíamos-. Por He- racles, se lo ha ganado. Si cuando deseábamos recibir órdenes comprobábamos que es- taba entretenido con las mujeres de la calle, nos reíamos, porque sa- bíamos que cuando se hubiera divertido lo suficiente volvería a en- contrarse en su puesto. Si se embriagaba, no lo hacia de un modo estúpido, y quienes intentaban mostrarse graves obtenían de él mu- cha insolencia, porque incluso en ese estado era arrogante. Pero raramente le veíamos en los barcos. Nuestros remeros eran muy di- fidiles de manejar, porque eran aquellos que habíamos logrado con- tratar después de que Lisandro hubo escogido los mejores. Cuando había un retraso en sus pagas, gruñían y maldecían aunque él se ha- llara presente, porque sabían que jamás se atrevería a expulsarlos. Procuraba tomarlo a broma, o fingía no oírlos; pero creo que el in- sulto, aun procediendo de una gentuza como aquélla, le afectaba mucho. Le gustaba ser amado, de la misma manera que algunas per- sonas están enamoradas del amor. Así que yo creo que, más por esta causa que por indolencia, cada vez yema menos a bordo, enviando en su lugar a su amigo Antioco. No puedo pretender que ese hombre me disgustara tanto como desagradaba a otros. En el Sirena, Lisias siempre le ofrecía de beber, diciéndome que era un placer oir hablar a quien conocía tan bien su trabajo. Si se sentía vanidoso de capacidad marinera, no hay duda de que era un excelente marino, puesto que para ello había sido educado desde su infancia. Sabía gobernar un barco y combatir con él, y los más villanos remeros se encogían ante su severa mirada. Ciertamente, es preciso reconocer que se hallaba mucho más do- tado que Alcibíades para ocuparse de los barcos anclados en el puerto, y aparte de ello era hombre de buen temple, pues de otra manera no hubiesen sido amigos durante tanto tiempo. Pero si su- bia a un barco donde el trierarca se empeñaba en sostener su digni- dad y rehusaba recibir sus órdenes a través de un piloto, perdía la paciencia muy deprisa, y entonces contenía muy poco la lengua. Procedía del pueblo, y si esperaba que no se lo echaran en cara en una ciudad como Samos, no se lo reprocho. De todos modos, solía mostrarse muy resentido, tanto más cuanto que Alcibíades, cuyos azares había compartido a través de todos aquellos años de exilio, no podía consentir oir una palabra contra él. Al fin el dinero comenzó a escasar tanto, que Alcibíades decidió hacerse a la vela él mismo para ir a recoger los tributos atrasados. Su propósito era llevarse la mitad de la flota al norte del Heles- ponto, y dejar allí el resto para hacer frente a los espartanos. Vino al puerto para inspeccionar personalmente los barcos de su escuadrón y después regresó de nuevo junto a sus muchachas. En seguida co- rrió el rumor de que dejaría en Samos a Antioco al mando supremo de la flota. La mitad de la noche nuestra choza estuvo llena de hombres que juraban, bebían nuestro vino y decían lo que iban a hacer, con el ca- lor de quienes saben que no pueden hacer nada. Por último algunos resolvieron mandar una delegación a Alcibíades e invitaron a Lisias para que se pusiera al frente de ella. -Os deseo buena suerte -dijo él-, pero no contéis conmigo. Yo vine a Samos como teniente, y mis hombres me elevaron de grado por votación. No soy quien equipo mi barco, ni tampoco quien paga el sueldo de mi piloto. Los perros no devoran a los perros. -No te compares con ese individuo -repuso alguien-. Un caba- llero es algo muy distinto. -Diselo al Padre Poseidón la próxima vez que desencadene una borrasca. El viejo Barbazul es el primer demócrata. Y si vuestra in- tención es visitar a Alcibíades, no olvidéis que a esta hora de la no- che tendrá cuanta compañía necesite. Algunos se enfriaron al oir esto, pero los más furiosos se anima- ron los unos a los otros, y fueron. Creo que le encontraron con su muchacha favorita, una nueva llamada Timandra, y muy poco dis- puesto a permitir que le molestaran. Secamente les dijo que había sido nombrado para dirigir un ejército demócrata y que como igno- raba que se hubiera producido algún cambio, había dado el mando de la flota al mejor marino que había en ella. Esto, junto con la franca y fija mirada que hacía de su insolencia algo tan frío como el viento que sopla de las montañas, los obligó a regresar con el rabo entre las piernas. Al día siguiente se hizo a la vela. Momentos antes de zarpar, convocó a un consejo de trierarcas, no para explicarles su conducta, sino para decirles que sólo debían librar combates defensivos mientras él permaneciera ausente, y aun sólo en aquellos casos en que fuera inevitable. Sólo disponíamos de media flota, y todos los barcos de Lisandro se encontraban en el puerto. Por entonces yo me hallaba muy atareado. Los samios se dispo- nían a celebrar los Juegos de Heres y, al saber que yo era un gana- dor coronado, me llamaron para que les ayudara a entrenar a los muchachos. Comprobé que me gustaba el trabajo. Allí había algu- nos muchachos a quienes era un placer aconsejar, de forma tal que apenas presté atención cuando la gente se quejó de Antioco y de la áspera forma en que había dicho a los trierarcas que estaban tole- rando que el dominio de los mares se les escapara de las manos. Tras la marcha de Alcibíades, nos obligaba a hacer maniobras con mucha frecuencia. Lisias y algunos otros jóvenes capitanes que de- seaban aprender lo aceptaron gustosamente, pero aquellos que eran propietarios de sus barcos se sentían tan furiosos de ser mandados por un piloto, que hubieran sido capaces de comérselo crudo. Antes de que pasara mucho tiempo decidió que necesitábamos un pues- to de observación en Cabo Lluvia, al otro lado del estrecho, para el caso de que Lisandro intentara deslizarse por el norte y sorprender por detrás a Alcibíades. De manera que tomó algunos barcos, y em- prendió la travesía hacia Jonia. Me pareció una locura. Samos tenía altas montañas en el inte- rior de la isla, y desde sus cumbres podía dominarse un gran espacio de mar y las islas, semejantes a delfines, envueltas por las nubes. Allí manteníamos vigías que hubieran podido muy bien decirnos lo que ocurría en Éfeso. Precisamente fue uno de esos hombres quien algu- nos días después descendió a lomos de una muía para decirnos que se estaba librando un combate naval justo en las afueras del puerto de Éfeso. Le había costado algunas horas bajar de la montaña. Los barcos fueron dispuestos para la acción. Entonces llegó otro hombre de las colinas que se alzaban a oriente, y nos informó que por Cabo Lluvia se elevaba un gran penacho de humo, como si alguien formara un trofeo. No permanecimos mucho tiempo en la inseguridad. Poco des- pués de haber recibido estas noticias, a través del estrecho aparecie- ron los maltrechos barcos, aquellos que habían quedado, con el ma- deramen destrozado, los remeros diezmados, los hombres muertos de fatiga de tanto achicar el agua, con las cubiertas llenas de heridos y hombres medio ahogados, supervivientes de las tripulaciones de las naves hundidas. Ayudamos a desembarcar a los heridos, y envia- mos por leña para quemar a los muertos. Después de tres años de victoria ininterrumpida, habíamos olvi- dado el sentimiento de la derrota. Nosotros éramos el ejército de Al- cibíades, y cuando entrábamos en alguna taberna todas las otras tropas nos hacían sitio o se iban, si últimamente habían huido en al- guna batalla, pues nosotros escogíamos a aquellos hombres con los que bebíamos, y no hacíamos ningún secreto de ello. Barco tras barco fueron entrando en el puerto, confirmando la realidad que al principio no habíamos querido creer. Los marinos nos contaron que aquella mañana Antíoco salió de patrulla con dos barcos, se dirigió al puerto de Éfeso, penetró en él y pasó delante de las proas de los barcos de guerra de Lisandro varados en la playa. No cesó de gritar insultos, hasta que el más ligero se lanzó en su per- secución. Los atenienses de Cabo Lluvia, al ver el combate, enviaron algunos barcos para ayudarlos, los espartanos reforzaron los suyos, y así fueron sucediéndose las cosas hasta que ambas flotas acabaron por librar una verdadera batalla llena de azares, con un resultado que, considerando tan sólo la diferencia en número, hubiera podido preverse muy bien. Una hosca muchedumbre se hallaba ya congregada en el puerto de Samos, esperando a que Antioco entrara. Si trataban de lapi- darlo, no creo que los trierarcas hicieran nada para impedirlo. En lo que a Lisias y a mi se refiere, aun cuando en la batalla ha- bíamos perdido a muy buenos amigos, pensábamos en algo más im- portante. Nos dimos cuenta de que aquel hombre, que había sido leal a Alcibíades en cada uno de los cambios de fortuna por los que había pasado a lo largo de veinticinco años, sería su ruina. Después de tantos meses de ociosidad, su crédito en Atenas jamás lograría sobreponerse a esto. Sus enemigos habían conseguido al fin lo que más necesitaban. Así que los dos esperábamos, un poco avergonza- dos quizá de nuestra curiosidad, para ver el aspecto del hombre que había hecho tal cosa a un amigo. -¿Se ha vuelto loco? -dije-. Así debe ser, dada la forma en que ha procedido. Un ataque planeado hubiera podido ofrecerle una oportunidad, a pesar de que todas las posibilidades se hallaban con- tra él. - ¿Cuántos trierarcas crees que le habrían seguido, aun a riesgo de desobedecer las órdenes, si él se lo hubiera pedido primero? - Se asegura - repliqué - que Alcibíades le ha dado el mando por los muchos años que lleva a su lado. Supongo que, en considera- ción a su amigo, ha procedido como si se tratara de un accidente, para que no se viera que desobedecía abiertamente sus órdenes. -Todo el mundo es responsable -dijo él-. Alcibíades, por ha- berle dado el mando, haya sido por pereza o por consideración a un hombre al que veía despreciado. Los trierarcas, por haberle aguijo- neado hasta el punto de obligarle a demostrarles, como si fuera un muchacho bisoño en el arte de guerrear, que era tan bueno como ellos. Pero a él es a quien hay que reprochárselo más que nadie, por haber comprado su placer con un dinero que no le estaba permitido gastar. Los trierarcas le odian, y, sin embargo, han permanecido a su lado en esta locura. En todo caso, los peores entre ellos han de- mostrado ser mucho mejores que él. Durante estos tres años ha sido para todos nosotros un honor permanecer unidos, obedecer sin dis- cutir una orden, no negar jamás la ayuda a un barco colocado en una difícil situación. Todo esto, en lo cual él podía confiar, lo ha consumido en su propia querella, y esto, por mucha lástima que me dé, es lo que no puedo perdonarle. Pues de ahora en adelante, como tú mismo podrás verlo, ya no prevalecerá ese espíritu. Justamente entonces vimos cómo doblaba el cabo su barco, pe- sado por el agua embarcada, impulsado por remos hechos astillas. Al llegar fue arrastrado a la playa, y la multitud gruñó mientras es- peraba. Los heridos fueron ayudados a desembarcar, y Antioco aún no había aparecido. Entonces bajaron a la playa un cadáver sobre unas tablas. La brisa levantó al manto y dejó al descubierto la cara. Yo diría que, cuando vio cuál sería el fin, no fue muy cuidadoso de su vida. Nunca había temido a la muerte, ni a ningún hombre vivo, excepto a Alcibíades. La flota fue avistada unos pocos días después, regresando del Helesponto. Cuando Alcibíades bajó a tierra había una gran multi- tud en torno a él y yo estaba entre ella, pero él era tan alto que su cara podía ser vista sobre las cabezas de los otros hombres. Le vi mi- rar con fijeza, preguntándose qué significaba aquel silencio; y des- pués, cuando supo las noticias, le vi decir: «Que venga Antioco», y la respuesta que recibió. Permaneció completamente inmóvil, con sus ojos azules fijos y vacíos. No tenía necesidad de ocultar la cara cuando ocultaba el co- razón. Entonces recordé el relato concerniente a su primer encuen- tro, que había oído contar una vez a Critias. En la platea del Teatro había sido instalada una mesa y algunos banqueros se hallaban sen- 'tados detrás de ella. Los ricos y rígidos ciudadanos se presentaban de uno en uno con sus dádivas para el tesoro público. Los contables comprobaban, los heraldos anunciaban la suma, la multitud lanzaba gritos de alegría, el donante inclinaba la cabeza y regresaba a su puesto a recibir las alabanzas de amigos y aduladores. Entonces, por la polvorienta hierba llegó Alcibíades, y al oir el ruido experimentó el deseo de ver a quién aclamaban. Se acercó entre los pinos, llegó a la parte alta de los bancos y preguntó qué sucedía. Así fue cómo su amor por la emulación se avivó. Entonces, a grandes zancadas, co- menzó a descender los peldaños aquel joven alto, fuerte y brillante, haciendo que todo el mundo aplaudiera al contemplar su hermo- sura. En aquellos días se decía que si Aquiles era tan perfecto de ros- tro y de formas como Homero cantaba, sin duda debió de parecerse a Alcibíades. Fue a la platea, donde los banqueros permanecían sen- tado detrás de sus cajas, y depositó el oro que había tomado para comprar un par de caballos pardos para un carro. La gente gritó y, asustada por el ruido, de entre su manto salió volando una codorniz con las alas recortadas, que revoloteó sobre toda la asamblea. Los banqueros chasquearon la lengua, los ricos fruncieron el ceño y el pueblo abandonó sus asientos para tratar de coger el ave y ganarse una mirada de su dueño. Asustada, la codorniz revoloteó por la la- dera de la colina y fue a posarse en las ramas de un abeto. Y mien- tras todo el mundo no hacía otra cosa sinO señalarla, un joven ma- nno de negra barba y con pendientes de oro echó a correr, trepó como un mono al árbol, cogió al ave, y, acercándose a Alcibíades, se la entregó mientras le miraba con unos ojos tan azules como los suyos. Así fue como el hermoso Aquiles le tendió riendo la mano a Patroclos, y ambos se alejaron juntos a través del ruido y de los an- helantes rostros. Aquél fue el comienzo, y éste era el fin. Durante un momento permaneció silencioso en el puerto, mi- rando hacia adelante. Después se volvió para dar una orden. Una trompeta lanzó sus sones sobre Samos para llamar a las armas. La muchedumbre se desbandó, los marinos corrieron a sus barcos y los soldados se dirigieron al campamento para vestir la armadura. Alci- bíades se trasladó a la nave almiranta. Cuando regresé con los hopli- tas, lo vi en la cubierta de popa paseando arriba y abajo, o dando voces a aquellos barcos que se demoraban y diciéndoles, entre un torrente de maldiciones, que se dieran prisa. Después mandó ha- cerse a la vela, y la flota se alejó de tierra e hizo rumbo hacia Éfeso. De nuevo sentí que la sangre corría cálida por mis venas, porque el veneno de la derrota se había disuelto en ella. Le seguimos como pe- rros perdidos que han encontrado a su amo y corren a su alrededor ladrando, dispuestos a abalanzarse sobre lo primero que se ponga a su alcance. Cuando avistamos el puerto, los espartanos estaban ejercitán- dose en él, pero al llegar allí ni uno se encontraba fuera de la barra. Lisandro se mostraba muy dispuesto a librar batalla cuando veía la victoria segura; pero entonces supo que la iniciativa estaría de nues- tra parte. Los barcos habían recibido órdenes suyas, y en Esparta las órdenes son obedecidas. Durante todo el día estuvimos navegando entre Éfeso y Cabo Lluvia, mientras Alcibíades esperaba a que los espartanos salieran para darle batalla. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, regresamos otra vez a Samos. Las lámparas fueron encendidas cuando nosotros llegamos allí, y nos saludaron amablemente desde las tabernas del puerto. Arrastramos a la playa la nave, y yo le dije a Lisias: -Esta noche me voy a embriagar. ¿Quieres acompañarme? -Eso mismo iba a proponerte -repuso. Bebimos en abundancia, pero al final nos sacudimos la compa- ñía de los hombres que se habían unido a nosotros y nos fuimos los dos, sintiendo, creo yo, que sólo él y yo podíamos compartir lo que había en nuestro corazón. Un sentimiento de pérdida se deslizaba a través de nosotros como una canción sin palabras. Y no era tanto a causa de la pérdida de Alcibíades, pues desde hacía algún tiempo no había dejado de alejarse de nosotros. Si podéis creer que una lira puede apenarse por su propia música, cuando el poeta la ha colgado y los muchachos la tocan, entonces comprenderéis cuál era nuestro dolor. A su debido tiempo, la Ciudad le censuró y releyó de su mando. Recordaron lo suficientemente la justicia para conformarse con esto; pero ninguno de nosotros quedó sorprendido cuando, en lugar de regresar a Atenas, puso rumbo hacia Tracia. Allí se había hecho construir un castillo durante sus idas y venidas, y sus enemigos de- cían que si hubiera sido leal en su corazón, no habría tenido ya dis- puesta su fortaleza. Por otra parte, él conocía a los atenienses como el alfarero conoce la arcilla. Amaba ser amado, pero era lo bastante astuto para adivinar que si algo salía mal, él sería quien pagaría en la medida de sus expecta- ciones. En la patria apenas se sentían inclinados a creer que fuera mortal, o que hubiera algo que no pudiese hacer. Cualquiera hu- biera supuesto que creían que, como el rey Midas, podía convertir en oro las piedras, pues cuando se enteraron de que en su última co- rrería había impuesto tributo a uno de nuestros vasallos aliados, se sintieron ultrajados. Sin embargo, durante meses no le habían remi- tido nada, y nuestra situación era desesperada. Nunca le había yo reprochado que se construyera aquel castillo, y los acontecimientos demostraron que su previsión se hallaba justificada. Se fue sin des- pedirse de nosotros. En las semanas siguientes a la batalla era impo- sible tratarle, y para todos constituyó una especie de alivio su par- tida. Sin embargo, cuando su vela desapareció en el horizonte, nos pareció que el sol lucía con menos brillantez y que el vino había per- dido su sabor. Todo un grupo de generales fue enviado para reemplazarlo. No- sotros procuramos abstraernos en nuestros deberes, y nos dijimos el uno al otro que había una guerra que librar y que eso era lo que im- portaba. Así ocurrió en los primeros días. En otoño la flota espartana consiguió sorprender a una flotilla nuestra en el puerto de Mitilene, de modo que pareció como si fué- ramos a perder no sólo los barcos y los hombres, sino Lesbos tam- bién. Para impedir el desastre, reforzaron nuestra flota con una de Atenas, y todos nos hicimos a la vela hacia el norte. Una cruda ma- ñana encontramos a los espartanos en las proximidades de las Islas Blancas y los derrotamos. Durante la noche había llovido y tronado, y la mar estaba muy picada. Lanzamos gritos de alegría cuando co- menzaron a retroceder hacia Quíos, cosa que no hicieron demasiado pronto, pues el viento era cada vez más impetuoso. Sin embargo, al- gunos de sus barcos se hallaban aún dispuestos a luchar, como com- probamos cuando vimos a uno acercarse al Sirena, con intención de arremeternos. Era un enorme barco negro con una cabeza de dragón, que abría su roja boca. El viento y el mar estaban a su favor, y aunque nues- tros remeros se esforzaban para apartarse de su trayectoria, supe que no lo conseguiríamos. Por nuestra parte, habíamos embestido ya dos veces en el curso de la batalla. Aún estaba por ver que un barco realizase eso tres veces y llegara a salvo a puerto. En verdad, hacíamos agua como un cesto. Nos arrastrábamos a través del mar, mientras la nave enemiga se dirigía resuelta hacia nosotros. Oi a Li- sias y al piloto gritar a los hombres de cubierta que cogieran los re- mos disponibles para tratar de desviarnos. Entonces corrí a donde se encontraban las armas, tomé un brazado de jabalinas, fui entre- gándolas a los hombres, y después subí a lo alto del alcázar, porque vi que la nave enemiga nos iba a embestir por la banda. Mientras se acercaba, revisé las jabalinas para asegurarme de que estaban bien afuadas, escogí la mejor, arrollé la correa en torno al dardo y la blandí, dispuesto a hacer buen blanco. El Sirena era un excelente barco, y todos estábamos dispuestos a venderlo tan caro como nos fuera posible. Elegí a mi hombre de pie en la pasarela, y esperé hasta que menzara a trepar antes de que se produjera la embestida. En un caso así es posible alcanzar a un hombre en el brazo o el muslo y dejarlo inutilizado para el resto del combate. Era un espartano con una tú- nica escarlata, un hombre alto que se había echado hacia atrás el yelmo para ver mejor. Tenía una cara agradable, y lamenté que no hubiera otra persona tan bien situada para tomarla como blanco. La nave se acercó muy deprisa, pero él permaneció donde se encon- traba, orgulloso y tranquilo, con una especie de exaltación en los ojos, hasta el punto de que casi olvidé a qué esperaba y experimenté deseos de gritar: ((¡A bordo, idiota! ¡Va a embestir!». Debido a la bra- vura del mar, su espolón se encontraba debajo de la línea de flota- ción, pero de todas formas pude adivinar su longitud. Entonces pensé: «¡Zeus! ¡Es el trierarca!», y echando hacia atrás el brazo, arrojé el arma. En el mismo momento se produjo la embestida. Hubo un gran choque y un fuerte crujido de maderas; en cu- bierta se oyeron gritos, y en los bancos de los remeros, aullidos y so- llozos. Caí de rodillas. En cuanto al oficial espartano, no sé si le acerté, pero eso importó poco en aquellos instantes. La baranda de la pasarela, débil en casi todas las naves, se rompió por el choque y él cayó. Sus brazos se agitaron como si tratara de aferrar el aire, y luego se precipitó al mar, en el cual se hundió como una piedra, arrastrado por el peso de su armadura. Tal vez fuera su último gene- ral, Calicrátides, el cual pereció de esta forma durante el combate. Era el mayor rival que Lisandro había tenido en la guerra, pues no sólo era superior a él en lo que a honor se refiere, sino que además era un soldado de gran corazón y un verdadero caballero. Si no hu- biera sido demasiado orgulloso para sobrevivir a la derrota, muchas cosas habrían podido alterarse después. En todo caso, murió tras haber llevado a cabo su trabajo, pues el espolón había logrado atravesamos. De no haber sido por el gran cíngulo de cáñamo que circundaba al barco desde la popa hasta el tajamar, creo que habría logrado partirlo en dos. Aun así, tan pronto como los espartanos se apartaron de nosotros, el agua co- menzó a invadirnos. Lancé una última jabalina tras el barco espartano, acto de rabia tan inútil como el lloro de un niño. Despues salté del alcázar para imponer algo de orden en la cubierta. Lisias había bajado para en- cargarse de los remeros. Llamé a los soldados y entre todos consti- tuimos una cadena para achicar. Como los marinos eran quienes se habían hecho con los cubos, nosotros no disponíamos sino de los yel- mos. Resbalábamos y chapoteábamos en el agua, mientras los ma- rinos intentaban subir el lastre para arrojarlo por la borda. Los corseletes nos estorbaban, pues la armadura no estaba hecha para ese trabajo, pero un hombre que arroja durante la batalla sus armas, arroja también tras ellas su reputación. Cuando vi a uno de los sol- dados enredarse con una hebilla, le eché tal mirada que volvió al tra- bajo con la cara encarnada. No podía transcurrir mucho tiempo an- tes de que la flota viniera a ayudamos, pues los espartanos huían, y, si yo podía impedirlo, nadie diría que los hombres del Sirena habían sido sorprendidos a la hora de la victoria ofreciendo un aspecto de gentuza. Abajo oí la voz de Lisias animando a los remeros. No me fue posible verlo, porque me encontraba en la escotilla entregando los yelmos llenos agua a los hombres de cubierta, pero su simple so- nido me hizo mucho bien. Cuando la tripulación no pudo sacar más lastre, comenzó a arro- jar las provisiones, y después los aparejos sobrantes. Al ver cómo eran lanzados al mar los escudos, miré hacia otro lado. Dos o tres re- meros heridos habían sido subidos a cubierta. Uno, que había sido herido por el mismo espolón, se estaba muriendo. Los otros habían sido heridos por las guías emplomadas de los remos de la primera hilera, los cuales tenían un contrapeso a causa de su longitud, y pa- recían haber sido terriblemente golpeados. Observé que uno tenía los ojos fijos en mí, unos ojos negros que me miraban como si me odiaran; pero en tales ocasiones, para lo mejor o lo peor, los hom- bres se comprenden los unos a los otros, y supe que en realidad odiaba a todo el que tuviera dos buenos brazos para poder salvarse en el mar. Mientras tanto, el piloto y algunos de los marinos habían arriado la vela mayor y esperaban atortorándola sobre la brecha con cables pasados por debajo de la quilla. Eso taponó la herida producida por el espolón y, aunque era evidente que el barco ha- cía agua por todo el casco, el achique mejoró un poco. Cuando una ola nos elevó, miré en torno a mí para ver si venían a ayudar- nos, pero todos los barcos que pude ver se hallaban en situación tan comprometida como la nuestra. Uno de ellos se hundió ante mis ojos. Primero se apoyó sobre la popa, y su espolón se elevó como el cuerno de un unicornio; después se hundió así, y el agua quedó llena de pequeñas cabezas negras. Grité alguna estupidez a los hombres para que pensaran en otra cosa. Lisias había subido a cubierta, y nos dividió en turnos, con ob- jeto de que pudiéramos descansar algo. Los hombres se sintieron complacidos; pero él se había encaramado primero al alcázar, y adiviné que eso significaba que no había aún ninguna ayuda a la vista. Los esclavos trabajaban junto a los remeros. Sus bancos esta- ban ahora debajo del agua, pero no habíamos perdido a ninguno, porque Lisias no los mantenía amarrados con grilletes cuando nos encontrábamos en el mar. Cuando llegó mi turno de descanso, me acerqué a él. - ¿Cómo va eso, Alexias? -preguntó, y después añadió-: Has manejado muy bien a los hoplitas. Nunca estaba demasiado atareado para pensar en estas cosas. -El trierarca ha caído al mar -dije-. <~Has visto a alguno de nuestros barcos? No contestó al principio. Después repuso: - Sí, los he visto. Sus cascos están hundidos en el agua, y se deslizan contra el viento. Le miré con fijeza y dije: - El enemigo saldrá de Lesbos en cuanto se entere de ello. Puesto que hemos hecho el trabajo, ¿por qué no vienen en nuestra busca? -Yo diría -respondió él- que su propósito es impedir que los espartanos huyan. Pero en su voz hubo una nota que yo no oía desde aquel día de Corinto, cuando él yacía en el templo de Asclepios. Sentí una amargura que de momento me impidió hablar. -Alcibíades hubiera venido -dije luego. Lisias asintió con la cabeza. - ¿Cuántas veces hemos ido nosotros a ayudar a los demás, per- diendo con ello una presa? - pregunté. Justamente entonces fuimos acometidos por una ola, y embarca- mos la suficiente agua para anular nuestros esfuerzos achicando. -El barco ha sido desmantelado -dijo-. Ahora ha llegado el momento de aligerar a los hombres. Supe lo que quería decir. Se acercó a los hoplitas. -Bien, amigos, el enemigo ha huido. Ningún espartano puede jactarse de habernos visto arrojar las armas. Lo que no le hemos dado a los hombres, podemos ofrecérselo al Padre Poseidón. Caba- lleros, desarmaos. Empecé a trabajar en las húmedas correas de mi armadura, pro- curando darme prisa. Él me había hecho soldado, y por tanto le de- bía anticiparme en eso a él. El corselete de Arcágoras, con sus clavos dorados y su Gorgona, se desprendió de mi. Caminé sobre la hú- meda cubierta, y lo arrojé al mar. En aquel momento Teras el piloto se acercó. -No lo has hecho demasiado pronto, Lisias -dijo. Observé el tiempo y vi que tenía razón. -Con tu permiso, destruiré el alcázar -añadió. No hubo necesidad de decir más. Eso se hacia siempre al final, con objeto de conseguir apoyos para los nadadores. -Muy bien. Rompe también el bote -repuso Lisias. Llevábamos uno pequeño, para aquellos lugares en los que no podíamos varar cuando deseábamos conseguir agua o provisiones. Teras lo miro. - ¿Cuántos hombres podría transportar con este mar tan agi- tado? -preguntó Lisias. -Cuatro -contestó Teras-. Quizá cinco. -En cambio dará planchas para diez o doce. Rómpelo. Volví a la tarea de achicar, y pronto oí el ruido de las hachas. Pero al cabo de un instante no se oyó sonido alguno. Dije a los hom- bres que continuaran trabajando, y corrí a cubierta. Cuatro marine- ros permanecían con la espalda vuelta hacia el bote y las hachas ele- vadas sobre sus compañeros. Su propósito era irse con el bote, y el tumulto se había extendido. Había ya varios hombres luchando por el bote, como para hundirlo en el caso de que consiguieran ocu- parlo, tal como Lisias había previsto. En aquel preciso momento lo vi acercarse hacia el grupo, desarmado. Todo ocurrió en un instante. Pero recuerdo haber pensado: «¿Tanta es la fe que tiene en los hombres?». En medio del barco, de- bajo del destruido alcázar, quedaban aún unas cuantas jabalinas. Cogí una. Lisias hablaba a los hombres, la mayor parte de los cuales habían bajado el hacha y parecían avergonzados. Pero detrás de él, el hombre en cuyos ojos había leído yo de antemano tal intención, se disponía a dejar caer sobre su desnuda cabeza la hoja del hacha. Encomendándome a Apolo, arrojé la jabalina. Se hundió muy pro- funda, a la izquierda de la espina dorsal. El peso del hacha impulsó al hombre hacia atrás, y cayó sobre el dardo. Creo que le atravesó el corazón. En el Sirena todas las jabalinas estaban muy afiladas. Yo mismo me encargaba de ello. Cuando volvieron los hombres al trabajo, Lisias se me acercó. -Una vez me dijiste que tu vida era mía -dijo-. Ahora puedes retirar tu promesa. Sonreí y repliqué: - No por mucho tiempo. Una gran ola se acercaba a nosotros. Cuando nos embistió, pensé que nos hundiríamos en seguida, pero aún nos sostuvimos a flote un poco más. Hallé en la mía la mano de Lisias. Me la había co- gido para impedir que la ola me arrastrara por la borda. - Me pregunto de qué estará hablando ahora Sócrates - dijo. Nos miramos el uno al otro. Después de tanta acción, carecía- mos de palabras, pero tampoco las necesitábamos. Pensé: «Ahora todo ha acabado». Alguien vino corriendo hacia nosotros por cubierta, gritando: - ¡Tierra! Miramos hacia donde señalaba, y vimos un vago y gris conjunto de islitas destacándose más allá de las agitadas olas. - ¿Adónde llega el agua ahora? - preguntó Lisias. Miré a través de la escotilla. - Ha cubierto la segunda hilera de bancos. Asintió con la cabeza, e hizo sonar su pito para llamar a todos los hombres. Acababa justamente de decirles que la tierra estaba a la vista, cuando la próxima ola nos embistió. El barco se tambaleó pausadamente, y después se hundió pesa- damente, con lentitud. Creo que si Lisias no me hubiese gritado que saltara me habría quedado allí, sintiendo la cubierta bajo mis pies, hasta que el barco me hubiera arrastrado tras de si al abismo de las aguas. No recuerdo con claridad lo que sucedió mientras me encon- traba en el agua. Recuerdo que al principio tenía un trozo de tabla, pero era demasiado ligero para sostenerme y se hundía a cada ins- tante. Impaciente, lo solté y entonces me dije: «Es mi vida lo que he dejado irse. Bien, ahora ya no tiene remedio». No sabía dónde estaba oriente ni poniente, pues las olas pasaban sobre mí, aho- gándome casi. Me dije que lo mejor sería hundirme entonces y morir de prisa, pero la vida era en mi más fuerte que la razón y forcejeaba contra las olas. A mi alrededor se oían gritos y chillidos. Oí a alguien gritar una y otra vez: - ¡Di a Crates que no venda la tierra! ¡Que no venda la tierra! Hasta que su voz se apagó bruscamente. Mis oídos se hallaban llenos de agua. Cuando de nuevo me fue posible oír, aún se escu- chaban gritos, pero no tantos como antes. En mi cabeza, algo dijo: «Escucha, atiende», y de nuevo pensé: «¿Cómo puedo hacerlo? Tengo bastante que hacer». Entonces escuché. La voz de Lisias gri- taba: - ¡Alexias! ¡Alexias! ¡Alexias! Le llamé a mi vez y reflexioné: «Bien, nos hemos hablado el uno al otro». En aquel momento oí a un nadador respirar con dificultad a mi lado, y al instante me di cuenta de que Lisias se hallaba allí con uno de los remos de popa, avanzando hacia mí. Entonces volví un poco en mí mismo y, agarrándome con las dos manos al remo, pregunté: -¿Nos soportará a los dos? -Ya puedes ver que nos soporta. Aquello me satisfizo por el momento, porque me encontraba medio aturdido y estaba acostumbrado a creer en lo que él decía. Por su parte, no hay duda de que lo empujaba con todas sus fuerzas, para ayudarme a avanzar. Nadamos durante largo tiempo; tanto, que a mí me pareció días y noches enteras. Cuando el cansancio comenzó a apoderarse de mí, mi cuerpo olvidó su ansia de vivir. Sentía un pesado dolor en el pe- cho, y después llegó el momento en que descansar me pareció la única cosa hermosa y buena. Mi mente estaba tan embotada, que fácilmente hubiera podido soltar el remo y quedarme atrás sin decir palabra; pero al fmal mi alma se reavivó un poco y dije: -Adiós, Lisias. Entonces solté el remo. Pero sentí un gran tirón en mi cabello, y otra vez emergí. -Agárrate -dijo él-. Idiota, estamos cerca de tierra. Pero yo sólo deseaba estar quieto. -No puedo, Lisias. Estoy acabado. Deja que me hunda. -Agárrate, maldito seas -replicó él-. ¿Te llamas hombre? No recuerdo cuanto me dijo. Después, mientras yacía en la ca- baña de pastor de la isla, al volver en mí sentí mi mente llena de contusiones y no me fue posible contar con ella, de la misma ma- nera que un hombre no puede contar con su cuerpo cuando ha sido apaleado mientras se encontraba medio aturdido. Creo que me llamó cobarde. En todo caso, de una manera u otra me convenció de que renunciar a salvarme sería como morir con una herida en la espalda. Más tarde, mientras nos hallábamos envueltos en unas viejas mantas y comíamos un negro guiso de alubias junto a una hoguera hecha con madera de deriva, empezó a excusarse, pero en términos más bien generales, esperando que hubiera olvidado. De modo que cuando vi lo que deseaba, le dije que había olvidado. Nosotros dos éramos los únicos sobrevivientes del Sirena. Veinti- cinco barcos atenienses se perdieron en la batalla, y junto con la mayor parte de ellos pereció toda la tripulación. Hubo de transcurrir casi un mes antes de que pudiéramos regre- sar a la Ciudad, pues la isla era un pequeño lugar al que sólo acudían algunos pescadores. Por fin fuimos recogidos por un barco lesbiano, e hicimos nuestro viaje en él. Cuando llegué a casa, encontré que mi familia me había dado por muerto, y mi padre se había afeitado la cabeza. Parecía viejo y enfermo, y se conmovió tanto al yerme, que me sentí confuso y apenas supe qué decirle. Supongo que durante todo aquel tiempo no había cesado de reprocharse el haberme de- jado abandonar el hogar para irme al mar. Por mi parte, el tiempo me había enseñado a no ver en ello sino la conjunción de los plane- tas y la mano del destino. Mi madre se mostró mucho más tran- quila, y dijo que había soñado que no estaba muerto. Mi hermana Charis danzó en torno a mí con sus largas piernas, se lamentó de la barba que me había dejado crecer en la isla y dijo que no me besaría hasta que me la afeitase. Después, cuando la casa quedó más tranquila, y hube contado mi historia, mi padre dijo que la Ciudad estaba furiosa con los gene. rales y que a todos ellos les había sido retirado el mando. Habían mandado escritos con diversas excusas, diciendo una de las veces que la tormenta había sido demasiado grande para que pudieran re- gresar a ayudar, y otra, que de ello habían encargado a dos oficiales. Como uno de ellos era Trasíbulos, y el otro Terámenes, a quien habíamos encontrado perfectamente competente en el campo de batalla, supuse que la idea se les ocurrió después, cuando la flota se hallaba ya a salvo en el puerto. Probablemente la mitad de los hom- bres se habían ahogado antes de que ellos se hubieran puesto en ca- mino. El que hubieran escogido a Trasíbulos como víctima propicia- toria me hizo sentirme más colérico que nunca. -¿Cuándo serán juzgados? -pregunté. -Tan pronto como hayan vuelto -contestó mi padre-. En inte- rés de la justicia, será mejor que sean juzgados cuando la pasión de la multitud se haya enfriado un poco. -Ahorrémosle molestias al populacho, padre, y entreguémoslos a los que se han salvado del naufragio -dije-. Somos demasiado pocos para constituir una multitud. Les haremos justicia. Desearía que todos tuvieran el cuello introducido en un lazo corredizo, y que mis manos agarraran el extremo de la soga. -Has cambiado mucho, Alexias -observó él, mirándome-. Cuando eras niño, creía que serías demasiado blando para poder lle- gar a ser soldado. -Desde entonces he visto traicionar a muchos hombres vahen- tes. Y en un campo de batalla testigo de nuestra victoria he tenido que arrojar mis armas. -El recuerdo hizo que la cólera retornara a mi, y por ello añadí: - Si Alcibíades hubiera estado allí, se habría reído en su cara y les habría dicho que se fueran al telar con las mu- jeres. Se hubiera hecho a la vela solo. Pueden decir lo que quieran, pero cuando era él quien nos conducía, teníamos a un hombre. Mi padre permaneció silencioso, mirando la copa de vino. Des- pués repuso: - Bien, Alexias, nada puedo hacer para remediar lo que has su- frido, y supongo que lo mismo puede decirse en cuanto a los dioses. Pero, en lo que se refiere a la armadura, si yo hubiera estado en la Ciudad cuando te alistaste como ciudadano, habrías recibido de mi una como corresponde a nuestra posición. La propiedad no es lo que era en otros tiempos, pero todavía puedo ocuparme de eso, y me alegra poder decirlo. Se acercó al gran armario y lo abrió. Allí colgaba una armadura, casi nueva. - Llévasela a algún hombre competente, y haz que la arregle a tu medida -dijo- - A nadie le hará ningún bien el que permanezca aquí olvidada. Era una armadura muy buena. Debió de hacérsela cuando sintió que las fuerzas retornaban de nuevo a él. No debiera haberme la- mentado tan ruidosamente de haber arrojado mis armas, puesto que me hallaba ante un hombre que había sido despojado de ellas por el enemigo. -No, padre -repuse-. No puedo tomar esto de ti. Procuraré arreglármelas de otra manera... -Me parece que he olvidado decirte que Fénix ha muerto. Admi- tamos que ha quedado atrás el tiempo en que aún podíamos permi- tirnos adquirir un nuevo caballo. Hoy día, caminar mucho es algo que está más allá de mis fuerzas. Mi escudo se encuentra en el rin- cón. Cógelo, y prueba si su peso te va bien. Lo cogí, e introduje el brazo a través de las tiras de cuero. Era posible nivelarlo bien, y su peso era poco más o menos como aquel al cual yo estaba acostumbrado. -Naturalmente, padre, para mi es un poco pesado. Pero es una lástima recomponer un buen escudo como éste. Tal vez si hago mu- cho ejercicio llegaré a dominarlo bien. Muy poco tiempo después, nuestros generales regresaron a Atenas. Sólo dejaron de venir dos que, con su habilidad para salir de los ma- los trances, habían huido a Jonia y jamás volvieron a la patna. Desde el día de la rotura de los hermas no había visto tanta furia en la Ciudad. La Fiesta de las Familias cayó justamente antes de que se celebrara el juicio. En lugar de las acostumbradas guirnaldas y las mejores prendas, por todas partes podía verse a los parientes de los hombres ahogados, vestidos con ropas de luto y la cabeza rapada, recordando a amigos y vecinos que no debían olvidar a los muertos. Por fm llegó el día del juicio. Me dirigí con mi padre a la Asam- blea; pero una vez que hube saludado a sus amigos fui en busca de Lisias. En lugar de a él encontré a un grupo de ciudadanos, parien- tes y amigos de los ahogados, quienes me suplicaron que les hicie- se el relato de la batalla. Creo que sólo entonces, con aquellos extra- ños rodeándome, conocí verdaderamente mi propia amargura. Les conté todo, tanto lo que había visto como lo que había oído decir a los otros. Lo mismo ocurrió en el Pnyx. La gente se apretujaba para acer- carse a uno de los supervivientes, pues éramos pocos. El heraldo apenas logró imponer silencio cuando los discursos comenzaron. Nadie se sentía inclinado a perder tiempo en aquellos indivi- duos. Cuando el acusador propuso que una declaración bastaría para los seis, le vitoreé junto con los demás. La cólera que sentía en torno a mí me era grata, y por eso todo el mundo me parecía mi amigo. Después el defensor se levantó de un salto para protestar con viveza. Es cierto que en la constitución había algo contra los jui- cios colectivos cuando se trataba de una acusación capital y, en los casos ordinarios, esa previsión era muy conveniente para proteger a las personas decentes; pero todos comprendíamos que nos hallába- mos ante un caso diferente. Se produjo un gran alboroto. Cuando el defensor consiguió hacerse oír de nuevo se produjo una conmoción cerca de la tribuna y un marino subió a ella corriendo. Bastó una ojeada para que nos diéramos cuenta de cuál era su propósito, y hubo un a pausa. -Perdonadme, amigos -dijo, gritando para que todo el mundo le oyese-, por haber subido aquí de esta manera; pero a ello me ha obligado mi juramento. Yo era segundo contramaestre del viejo Eleuteria. Todo cuanto tengo que decir es que, cuando se hundió, lo- gré aferrarme a un arca de víveres y que así me mantuve a flote. A mi alrededor había muchos marineros, y algunos soldados, la mayoría de los cuales estaban heridos y sabían que no podrían du- rar mucho. A alguien le oí gritar: «Antandros, si consigues llegar a la patria, diles que fuimos fieles por la Ciudad». Otro dijo: «Diles que hemos muerto por ellos. Ahogados como perros. Díselo, Antan- dros». Juré que así lo haría, como cualquier otro hombre hubiera procedido en mi lugar. De modo que perdonadme la libertad que me he tomado. Gracias. Descendió corriendo de la tribuna. Hubo un momento de silen- cio, y después se produjo una aclamación que pudo ser oída en Eleu- sis. Alguien gritó que todo aquel que se opusiera a la voluntad del pueblo debía ser juzgado junto con los generales. Todos le vitorea- mos hasta tener la garganta seca. Me sentía como cuando entonaba el himno de triunfo, o me emborrachaba en las Dionisiacas, o veía que estaba a punto de ganar una carrera y sabía que me esperaba una corona de vencedor. Pero no de un modo completamente igual. A los senadores que presidían se les preguntó si el juicio había sido llevado a cabo debidamente, y no hubo mucha duda respecto a cuál sería su veredicto, aun cuando no fuese sino en consideración a su propia seguridad. Pero parecían estar tomándose mucho tiempo para llegar a una decisión, y el pueblo comenzó a silbar y gri- tar, hasta que por último el heraldo alzó la mano para anunciar que no conseguían ponerse de acuerdo. Desde donde estaba, no nos era posible verlos, pero en cambio nos dejábamos oír, especialmente cuando supimos que sólo un an- ciano disentía. No pedíamos sino una vida de cada uno de aquellos cobardes, que eran responsables de la muerte de cientos de hom- bres, y morirían mucho mejor que nuestros amigos ahogados en el embravecido mar otoñal. El pueblo preguntó quién era aquel senil sofista que se oponía a la justicia. - <~Ha llevado alguna vez escudo? - gritó alguien. -Supongo que no tiene hijos -dije yo. - ¿quién es? -les preguntamos a los que se encontraban más cerca. -El viejo chiflado Sócrates, hijo de Sofronisco el escultor -con- testó una voz. Como el choque que una corriente helada provoca en el borra- cho que se tambalea y canta, como el sobresalto que el anuncio de la batalla produce en el hombre que está sudando en la cama del placer, así me llegaron esas palabras. El tumulto y el calor se desva- necieron en mí, dejándome desnudo bajo el cielo. Habían sido mu- chos, pero ahora era uno, y para mí, para mí solo, Atenea habló desde la Ciudad Alta, diciendo: «Alexias, hijo de Miron, yo soy la justicia, y tú has hecho de mí una hetaira y una esclava». Cuando salí del silencio que reinaba en mi interior y comprobé que el ruido continuaba exactamente como antes, no pude creerlo. Suponía que los ojos de todo el mundo se habían abierto en el mismo momento que los míos, pero cuando miré a mi alrededor, vi que las caras seguían igual que antes, y que gritaban todos, todos iguales, como cerdos irritados. Me volví al hombre que estaba a mi lado. Parecía una persona de cierta cultura, un mercader quizá. -Estamos equivocados -dije-. Porque no debemos imponer. nos a la ley. Se volvió con viveza y profirió: - ¿qué sabes tú de ello, joven? -Estuve allí -contesté-. Mi barco se hundió durante la batalla. -Entonces aún tienes menos verguenza -replicó- por ponerte de parte de esos individuos. ¿Es que no sientes nada por tus compa- ñeros? Poco después, el heraldo anunció que puesto que sólo un sena- dor se oponía a la moción, los otros la habían aprobado sin contar con él. Dejé caer en la urna una piedra blanca, y, en el instante en que abandonaba mi mano, intenté pensar que me había vuelto puro. Lisias me alcanzó debajo del Pnyx. Siendo siempre mi ejemplo en cuanto a valor, él fue el primero en hablar. -Tú sabes cómo los vientos descienden en aquellos lugares desde los cerros de Jonia - dijo-. Provocan una galerna cuando a una milla de distancia no hay más que marejadilla. Incluso puede ser cierto que la tormenta les impidió volver. -Alcibíades habría vuelto -observé. - Sí, si hubiera tenido piloto. La verdad es, Alexias, que nuestra marina no es ya lo que fue. En pocos años incluso yo he notado un cambio. Lo sabe Alcibíades, y lo sabía Antioco. Los nuevos hombres son los que componen ahora el cuadro de capitanes. Uno de ellos naufragó también. Los hemos matado de la misma manera que un niño patea al barco con el que se ha golpeado en la espinilla. ¿qué será de nosotros? -He cometido una injusticia -dije. Mientras caminábamos, a veces tropezábamos con hombres que disputaban entre sí, y les pedíamos perdón; pero muchos de ellos reían, y hacían apuestas sobre una pelea de gallos. Después de haber permanecido un largo rato silenciosos, Lisias habló. -La locura es sagrada para los dioses. Nos la dan en la época apropiada para purgar nuestras almas, de la misma manera que nos dan las hierbas adecuadas para limpiar nuestros cuerpos. En las Dio- nisíacas somos un poco locos; pero nos dejan limpios, porque la de- dicamos a un dios. Esto nos lo hemos ofrecido a nosotros mismos, y nos ha ensuciado. -No hables así, Lisias. Estoy seguro de que has conservado la ca- beza mucho mejor que yo. Sonrió, y citó cierta frase que trajo a colación un asunto perso- nal entre nosotros. Luego dijo: - ¿Estoy haciéndome viejo, puesto que a cada instante me sor- prendo pensando: «El pasado año fue mejor»? -Algunas veces me parece, Lisias, que nada es lo mismo desde los Juegos. -Pensamos así, amigo mío, porque ésa era nuestra preocupa- ción. Si preguntas a ese viejo alfarero que está ahí, o a ese viejo sol- dado, o a Calipides el actor, cada uno de ellos te nombrará su pro- pio istmo. Es una guerra muy larga, Alexias. Dura ya veinticuatro años. La de Troya duró sólo diez. En aquel momento cruzábamos el Ágora. Señaló a unas mujeres ante un tenderete y dijo: - Cuando esa chiquilla nació, duraba ya tanto como la de Troya, y ahora ella es casi mujer. Su voz debió de elevarse más de lo que él se proponía, porque la muchacha alzó la vista y le miró con fijeza. Él le sonrió, y ella abrió los labios para responderle, con lo cual su cara se iluminó por un momento. Llevaba ropas de luto, y parecía enfermiza y pálida. La mujer que se encontraba a su lado, que no parecía ser su madre, ~e habló con severidad, aunque cualquiera hubiera podido darse cuenta de que había reaccionado como lo hacen los niños. -Ha debido de perder a su padre en la batalla -dije. Él la miró, por encima de la cabeza de la multitud y contestó: -Si, y también al último de sus hermanos. Eran tres. -¿Los conocías? - Oh, sí. Conozco incluso a la chiquilla. Ha estado a punto de ha- blarme, y lo hubiera hecho de no haber recordado a tiempo que ahora es mayor. Es la hija de Timasión, el que fue trierarca del De- mocracia. Mientras tanto, la chiquilla se alejaba de allí a través del mer- cado. Por el aspecto que presentaba su espalda, podía compren- derse que la mujer seguía regañándola aún. -Me pregunto qué va a ser de ella -dijo Lisias-. Esa perra de cara agria es la viuda del hijo mayor. La vida es ya de por sí muy dura para que además les haya caído encima esa desgracia. A la chi- quilla la están educando muy de prisa. Su madre, que ha muerto ya, estaba casi siempre enferma, y la pequeña Talía estaba casi siempre con su padre o sus hermanos. Incluso el año pasado no tenían la me- nor idea de casarla. Ya sabes tú lo que ocurre a veces con los chiqui- llos que han sido los últimos en nacer. Un hermano suyo murió en Bizancio, y otro aquí, en el Ática, en el transcurso de una incursión. Timasión y el último hijo han perecido con la flotilla ateniense. Eso ha acabado con la familia, exceptuando a esa pobre chiquilla. Siguió caminando, absorto en sus pensamientos. Cuando por iii- timo le hablé, no me oyó. -Era muy bonita antes de que esto sucediera -dijo-. Por lo me- nos tenía una cara muy agraciada. Supongo que esa mujer se desem- barazará de ella apenas le hagan la primera proposición, sin que le importe quien... Timasión y sus hijos eran de buena casta. Los co- nocí a todos. -¡Lisias! -exclamé, mirándole con fijeza-. ¿En qué estás pen- sando? La muchacha no parece tener más de doce años. -Nació hace tres Olimpíadas -repuso, mientras contaba con los dedos-, el año en que Alcibíades ganó la carrera de carros, de manera que debe estar a punto de cumplir trece años. - Rió y aña- dió: - ¿Por qué no? Uno puede tener paciencia cuando se trata de una buena causa. Mientras tanto, no dejaré de disponer de cuantas mujeres desee. Un caballo siempre es mucho mejor si lo adquieres cuando sólo es potro. -Bien, ¿por qué no entonces, Lisias, si piensas así? -dije, un ins- tante después. Recordé todas mis previsiones, tan distintas a aquello; y, sin em- bargo, cuando me detenía a pensar en ello, tenía que admitir que era muy propio de él. -Supongo que tendrá una dote muy pequeña -prosiguió-, de manera que ninguno de los dos estaremos muy en deuda el uno con el otro. Mi hermana Nico le enseñará las cosas que probablemente no ha aprendido en su casa. Tomaré una casa pequeña, pues no se- ría conveniente que viviéramos en la grande. Si las cosas mejoran después, mucho mejor, pues eso hace que una mujer respete más al esposo. Continuó hablando de esta manera, y cualquiera hubiera creído que había estado pensando en ello semanas enteras. - ¿En qué mes estamos? - preguntó-. Imagino que podremos casamos en Gamelion, como todo el mundo. -No querrás decir el próximo Gamelion, ¿verdad? -repuse, mi- rándole con fijeza. - ¿Por qué no? Supongo que en tres meses podrá disponerlo todo. -Yo creía que sólo te proponías prometerte a ella ahora. Es una niña. - Oh, quiero casarme en seguida, y procuraré que así sea. Será el único modo de conseguir algo de ella. Tal como es, cualesquiera sean los defectos de su crianza, tiene sus virtudes. Le han enseñado buenos modales, y también a ser valerosa y decir siempre la verdad, aun cuando no se hayan preocupado de enseñarle a bordar. ¿Por qué dejarla todo un año al cuidado de esa regañona, que la conver- tirá en una criatura tímida y gazmoña, pacata y estúpida como las viejas comadres? Me pregunto si el Gamelion será lo bastante pronto. Recordando la escena en el Ágora, comprendí a qué se refería. Él dijo: -He podido darme cuenta de lo que ha sentido al yerme -aña- dió- - Ha sido como cuando se ve un mueble o un perro, que hacen recordar los buenos tiempos. Le conté la historia de Perseo cuando tenía seis años. - ¿A qué esperas, entonces? -repuse-. Toma tus botas aladas, y 4esencadénala antes de que llegue el dragón. El rió, me cogió por el brazo y dijo: - Bendito seas, Alexias. Creo que haré como dices. Supongo que el día de hoy me ha hecho pensar. Desde que empezó esta guerra, hemos consumido algo más que plata, algo más que sangre mclu- so: hemos consumido una parte de nuestras almas. La última vez que subí a la Ciudad Alta, pensé que hasta la Doncella parecía can- sada. Ha llegado el momento de pensar en tener un hijo, de crear un relevo para el próximo trecho de la carrera... Le diré a Nico que vaya a visitarías. Dos días después me comunicó el informe de su hermana. Había analizado a la pequeña Talía, y no pensaba que estuviera realmente atrasada para su edad. Era el choque producido en ella por la pér- dida de su familia lo que la había hecho regresar un tanto a la infan- cia. Según Nico, la cuñada no era tan gazmoña como Lisias la consi- deraba. Con cierta justicia, señaló que ninguna persona decente encargada de la crianza de una jovencita la hubiera dejado sonreír a un hombre en el mercado. Pero era una mujer estúpida, aferrada a sus ideas, sin mucho sentimiento, y al pretender imponerle en un mes las enseñanzas que requerían tres años, había hecho de la mu- chacha una criatura tan nerviosa que no podía coger una rueca sin romper el hilo. -Te tiene en muy alta estima, Lisias, y no ha cesado de repe- tirme todas las cosas que a su padre le oyó decir de ti. Lo ha hecho para complacerme, pues posee una dulzura natural a la que una es sensible en seguida. Pero ha sido llamada al orden, y en seguida se ha encogido en sí misma. Me he sentido apenada por la pobre chi- quilla. Hasta entonces no le había cruzado por la mente la idea de que mi visita la concerniera, y te aseguro que no he podido arran- carle ya una palabra más -había dicho Nico a Lisias. El cabeza de familia era un anciano abuelo, sordo y tan cegato que tomó a Lisias por un joven, debido a que no llevaba barba. Pero, por último, las cosas quedaron arregladas, concertada la cuestión de la dote, y luego fue su hermana a ver a la muchacha. -Al principio -dijo- no he conseguido que me mirara. Pobre criatura, jamás he visto que nadie haya cambiado tanto. En otros tiempos solía oírla desde el patio, cantando en el interior de la casa. Pero Nico, siendo tan astuta, ha entretenido a su cuñada hablán- dole de las iniquidades de los ilotas, y eso me ha dado un poco de tiempo. Le he dicho lo bien que su padre se portó en la batalla, pues esa clase de cosas despiertan siempre su atención. Después le he re- cordado nuestra vieja amistad, y le he dicho que mi casa le parecería un poco más su propio hogar. Entonces ha empezado a parecer algo menos desdichada; pero he podido ver que la perra de su cuñada la ha llenado de pánico, y por eso le he dicho: ((Ahora debes escu- charme a mí, pues me conoces desde hace más tiempo que a ellos. El secuestro y la huida en el festín es un juego que llevaremos a cabo para divertir a los invitados, que siempre piensan que es la mejor parte de una boda. Pero lo demás podrá esperar hasta que hayamos tenido tiempo de hacernos amigos. Éste es nuestro primer secreto, y ahora veremos cómo lo guardas». Cuando nos hemos ido parecía mucho mejor, casi como en aquellos otros tiempos en que yo la re- cuerdo. Sin embargo, Nico le persuadió para que esperara hasta el año próximo y se casase en el Gamelion, como se había propuesto al principio. De un modo muy razonable dijo que para entonces Talía tendría catorce años, la cual era realmente la edad más temprana en que podría llevarse a su casa a una muchacha tan joven sin que la gente murmurara. Me dijo que no tenía intención de buscar otro barco, y que en todo caso pasaría bastante tiempo antes de que la flota volviera a ser la de antes. Haría ejercicios con su regimiento, que era el mio también, se asentada, y trabajaría sus tierras cuando los espartanos se lo permitiesen. También yo consideraba que mi puesto estaba en la Ciudad. Mi padre no se encontraba bien, pues unas fiebres tercianas que había traído de Sicilia le afligían a menudo, y cuando el acceso se le pa- saba no podía atender a los negocios de la granja. No me retenía sólo el deber, sino también la inclinación, porque había estado mu- cho tiempo ausente de la Ciudad y mi entendimiento se había oxi- dado en el mar y ahumado alrededor de las hogueras, mientras que los escolares de ayer eran ya jóvenes que dejaban oír sus voces en la columnata. De forma que volví a la filosofia, sólo que de una manera dife- rente: sintiendo en mí mismo, y en aquellos con quienes hablaba, una fiebre de la sangre. Cuando era muchacho me hacia preguntas sobre el mundo visible, quería conocer la causa de las cosas y sentir los tendones de mi mente, de la misma forma que uno siente los músculos en la palestra. Pero entonces buscábamos la naturaleza del universo y nuestras propias almas, obrando más como fisicos en tiempos de enfermedad. No es que estuviéramos enamorados del pasado. Éramos de una edad muy adecuada para considerar como nuestro el presente y su- poner que nunca nos dejaría rezagados. En pintura, escultura y poe- sía, los nombres de aquellos por quienes nos sentíamos apasionados nos parecían tan grandes como aquellos de la época de Pericles, y, sin embargo, aún me sorprende un tanto comprobar que son desco- nocidos para mis hijos. Pero nosotros raramente nos deteníamos a contemplar un buen trabajo, de la manera que uno se detiene ante un hermoso panorama o una bella flor, esto es, con la simple alegría que ello produce. A la par que aclamábamos a cada nuevo artista, nos enfurecíamos contra los anteriores, como si hubieran sido falsos guías que nos hubiesen engañado. Avanzábamos de un modo apre- surado, pero sin saber a dónde nos dirigíamos. A la libertad, decía- mos. Los escultores no proporcionaban ya sus formas por medio del Número Dorado de Pitágoras, como Fidias y Policleto habían hecho en otro tiempo. Nosotros afirmábamos que el arte realizaría gran- des cosas al haberse liberado de sus cadenas. Eurípides había muerto, y ya no sufrida con nuestras dudas, ni se apenada con nuestras pérdidas. Y Agatón había ido a Macedonia como huésped del rico rey, que soñaba con civilizar a sus salvajes montañeros. Durante meses nos preguntamos, riendo, cómo lo es- tada pasando en el norte nuestro dulce cantante, y nos lo imaginá- bamos buscando entre los rudos jóvenes a uno cuya conversación no se limitara por completo a las mujeres, los caballos y la guerra. Luego, un día un viajero nos trajo la noticia de que había muerto. Es malo caer enfermo entre los bárbaros. Después que hubo muerto, incluso Aristófanes tuvo una palabra amable para él. Sólo Sócrates seguía sin cambiar, a menos que pareciera un poco más joven. Sujantipa, domada por la amabilidad y suavizada por el tiempo, al acercarse el momento en que dejaría de ser fructífera, le había dado dos hijos más. Esto, aun siendo más de lo que él había pedido, le hizo sentirse alegre. Se hallaba tan dispuesto como los más jóvenes a poner en duda las opiniones fijas, y los jóvenes se reunían en tomo suyo como nosotros hacíamos en nuestro tiem- po. Todos ellos jugueteaban con la lógica como cachorros, des- truyendo muchas cosas en busca de la verdad. El norte nos había arrebatado a Agatón, el gentil cantante, pero nos había devuelto a otro. Critias había regresado de Tesalia a la Ciudad. Había huido allí algún tiempo después de que los Cuatrocientos fueran derribados, cuando algunos de sus actos fueron conocidos. En Tesalia los terratenientes eran como pequeños reyes, siempre combatiendo entre sí. Consiguió buena pesca en aquellas aguas re- vueltas. Después descubrió que había algún descontento entre los siervos, pues en Tesalia la ley se ocupa muy poco de los hombres po- bres. De modo que intrigó con su jefe, les proporcionó armas y proyectó un alzamiento que hubiera convenido a sus planes. Fra- casó, y creo que con un gran derramamiento de sangre; pero Critias logró escapar ileso. Estoy seguro de que al principio fue una inspira- ción para ellos y les hizo creer que eran los escogidos de Zeus. Sócra- tes solía enseñamos que las imágenes humanas de los dioses conte- nían las sombras de la verdad, pero que el amante de la filosofía debía mirar a través de ellas, más allá. Creo que de esto Critias había inferido que la religión y la fe eran buenas para los estúpidos, pero que el hombre superior estaba por encima de ellas. Sin embargo, no pretendo que en el caso de Critias sea yo capaz de ser justo. Por aquel tiempo pasó junto a mí en la calle y, medio recordán- dome tal vez en relación con algo desagradable para él, me miró con fijeza, intentando identificarme. No sé si lo consiguió; pero incluso aquellos espartanos con quienes me había enfrentadó en la guerra, aun viendo tan sólo mis ojos a través de las hendeduras del yelmo, me habían mirado más como un hombre mira a otro hombre. Pero, después de manifestar todas estas opiniones, debo confe- sar que son tan valiosas como si un hombre con fiebre tuviera que dar su parecer sobre un vino. En mi última visita a la Ciudad había contraído una enfermedad de la cual me creía curado. Entonces, como la causa se hallaba de nuevo próxima, pude darme cuenta de que había estado durmiendo y creciendo en su sueño. En esto el dios fue bueno conmigo, pues desde el principio jamás me atormentó con la esperanza. Ni tampoco emponzoñó sus fle- chas, pues lo que a primera vista me pareció hermoso y bueno, así sigue pareciéndomelo en este día. Habiendo cumplido ya diecisiete años, había él dejado la escuela de Micco, y a menudo estaba con Sócrates. Le rehuía allí por muchas razones; pero donde había mú- sica, él jamás se encontraba muy lejos. De modo que mis recuerdos se hallan unidos a los sones de la citara, o a un concierto de flautas, o a unas claras voces cantando. Incluso ahora, algunas veces una cuerda o un discante pueden hacerme oler aceite perfumado u hojas de laurel, o hierba y brea quemada, y resplandores de antorcha se reflejan en sus ojos. Sólo una vez me encontré en peligro. Una noche de principios de inviemo salí a pasear por Licabeto, en los momentos en que la cum- ¡ bre se destacaba oscura contra el cielo abundantemente sembrado de estrellas. Al hacer una pausa para recuperar el aliento, ya casi a punto de alcanzar la cima, sobre la terraza del templo vi su figura con la cabeza levantada, escudriñando el cielo. Pues tenía esa incli- nación hacia las matemáticas y la astronomía que tan a menudo puede ser encontrada en los músicos. La faja de Orión se encon- traba sobre él, y en su hombro la espada. Permanecí en el pedregoso sendero, debatiéndome entre mi vo- luntad y mi alma. Había dado el primer paso, y el segundo, cuando vi que no estaba solo. Estaba descalzo, y por eso no me oyeron. De nuevo me metí entre los árboles, donde a través de las ramas de los pinos brillaban algunas lámparas y unas cuantas estrellas. Es evl- dente que el dios cuidó mucho de mí, y para demostrarle que no soy desagradecido, un día determinado del año le llevo un par de pa- lomas. El matrimonio de Lisias fue en sí mismo un bien para mí, pues en aquellos momentos nada hubiera podido proporcionarme un es- cape de mi mismo excepto la seria preocupación por alguien que me era tan querido. No pude demostrar un dolor que, de haberlo él observado, hubiera achacado a celos indignos de un amigo o un hombre. Al estar obligado a sofocarlo, algunas veces podía olvidarlo y compartir su felicidad. Pues parecía tan feliz como el hombre que esperaba la llegada de una noche nupcial. Le ayudé a encontrar una casita en el Carameicos Interior, no lejos de la nuestra, y la amuebla- mos con algunas de las cosas de su padre. Vendió un bronce de Al- camenes para pagar la música y las guimaldas para la fiesta. -Quiero que le guste -dijo-. Después de todo, será su única boda. Jenofonte me confió su cordial aprobación. -Cuando me case -observó-, buscaré una mujer que tenga precisamente esa edad. Con las mujeres hay que casarse antes de que la cabeza se les llene de ideas, y cuando hay aún tiempo para educarlas de un modo conveniente. No puedo soportar las cosas dis- puestas confusamente, y sin que ni una de ellas se encuentre en su puesto. El orden es la mitad de una vida decente. Después de esto me pareció que en un momento dado dijimos: «Sólo falta una semana, Lisias», y que al instante siguiente llegó la mañana de la boda. Durante la noche había nevado. La nieve cubría los tejados bajo un cielo brillante y puro, y era tenue, dura, resplandeciente y más blanca que el mármol de Paros, más blanca que nuestras prendas nupciales. Las gárgolas de los tejados del templo tenían barbas de cristal de un codo de longitud; el rojo de la arcilla cocida parecía os- curo, y el yeso blanco, crema cuajada. Helios brillaba muy lejos y alto, y desde el pálido cielo no derramaba calor alguno, sino sólo el destello de su plateado cabello. Cuando condujimos al novio a la casa de la novia, las cuerdas de las liras se rompían a causa del frío y las flautas desentonaban; pero esas disonancias las cubríamos con el canto. Nuestro aliento se elevaba en nubecitas en el helado aire, a ritmo con la canción. No recuerdo haber visto jamás a Lisias mejor que entonces. Su manto nupcial de blanca lana milesia, con una guarnición de oro puro de dos palmos de anchura, era el que su abuelo y su padre ha- bían vestido en sus bodas antes que él. Le habíamos traído cintas ro- jas, azules y doradas, y coronado con mirto y las violetas que gracias a su aroma habíamos logrado encontrar entre la nieve recién caída. Subió a la casa de la novia, riendo y con la cara encamada debido a la frialdad del viento. Su túnica estaba sujeta al hombro por un gran broche de oro viejo de Micenas, un regalo hecho a un antepasado de Agamenón, según aseguraba la historia. Su cabello y su guirnalda, así como las cintas que llevaba en el brazo, estaban cubiertos del polvillo de nieve caído de los tejados. Cuando entramos en la habita- ción de los huéspedes, donde la novia permanecía sentada junto al anciano, pudimos ver cómo su carita, enmarcada en el velo color de azafrán, se volvía y miraba con sus grandes ojos. Las mujeres se apresuraron a rodearía para besarla y murmu- rarle consejos al oído. Sus modales eran buenos, como Lisias había dicho; pero en cada pausa, como si sus ojos hubieran quedado al margen de esa educación, se volvía de un lado a otro con expresión sorprendida. Una vez él la vio y le sonrió, y todas las mujeres suspi- raron y dijeron: - ¡Encantador! Sólo la cuñada se inclinó para murmurarle algo al oído. Ella se puso colorada como la grana, y se encogió en sí misma como una rosa que intentara crecer hacia adentro. Por un momento vi en la cara de Lisias una expresión tal de cólera que temí cometiera una estupidez, y nos hiciera sentirnos incómodos a todos. Tiré de su manto, para recordarle dónde estaba. Después empezó el ágape, y ellos se sentaron entre las mujeres y los hombres. Lisias le hablaba sonriendo, pero ella contestaba con un apagado murmullo y revolvía la comida en su plato. Él le sirvió vino y ella lo bebió cuando él le dijo que así lo hiciera, como una niña que obedece las órdenes del médico. En verdad, la medicina pareció sentarle bien. El administrador me hizo un gesto para que me acercase a la puerta, y cuando salí comprobé que el carro nupcial aguardaba. Todo estaba debidamente arreglado: dorados los cuernos de los bueyes, las guirnaldas y las cintas convementemente colocadas, y el dosel bien dispuesto. Nevaba otra vez, y la nieve no parecía harina como antes, sino largas plumas. Los invitados gastaron las bromas de costumbre, y gritaron to- dos los absurdos de rigor. Me encaramé a la carreta, Lisias me en- tregó a la novia y después subió él. Emprendimos la marcha, con la muchacha sentada entre nosotros dos. Se estremeció cuando el frío hizo presa en ella, y él subió más las pieles de cordero, y la arropó con un pliegue de su capa, rodeándole los hombros con el brazo. Sentí de pronto que el pasado volvía a mi, y por un momento la pena me penetró como una noche de invierno; pero no obstante vino a mí como un viejo dolor, que pertenecía a tiempos idos. Todo cambia, y no se puede cruzar dos veces el mismo no. El frío era suave, no como el que se había dejado sentir por la mañana. Deshelaría antes del amanecer. -Eres una muchacha muy buena, Talía, y estoy orgulloso de ti -dijo Lisias. Ella alzó la vista para mirarle. No pude ver su cara. -Éste es Alexias, mi mejor amigo - añadió él. En lugar de murmurar un saludo como exigían las buenas mane- ras, se levantó el velo y sonrió. Sus ojos y sus mejillas aparecían bri- llantes a la luz de la antorcha. Me había preguntado antes si Lisias procedió bien dándole una segunda copa de vino. -Oh, sí, Lisias, tenias razón -dijo-. Es más hermoso que Cleanor. Supongo que se debió al frío, después del calor en la casa. Lisias me guiñó el ojo, y después observó: - Si, siempre te lo he dicho así, ¿no es cierto? Buscó mi mirada, para pedirme en silencio que fuera amable. Yo reí y dije: - Entre los dos vais a hacer que me sienta pagado de mí mismo -dije, riendo. En la voz que supongo había oído emplear a su madre cuando recibía visitas, Talia murmuro: - He oído a Lisias hablar de ti muy a menudo. Lo hacia aun an- tes de irse al mar, cuando yo no era más que una niña. Cada vez que venía a visitamos, mi hermano Neon le preguntaba cómo estabas. Lisias decía: «¿Cómo está Cleanor?», o cualquiera fuera entonces su mejor amigo. Pero Neon siempre le preguntaba a Lisias: «¿Cómo está el hermoso Alexias?», y Lisias contestaba: «Tan hermoso como siempre». - Bien - dijo Lisias-, ahora ya puedes verlo. Aquí está. Pero de- bes hablarme a mí, o nos disgustaremos. Tafia se volvió hacia él, con un movimiento apresurado. Fue una suerte que tuviéramos el dosel, pues gracias a ello nadie pudo verla. -¡Oh, no! No debes disgustarte nunca con Alexias, después de tanto tiempo de ser amigos. Traqueteábamos a lo largo del enfangado camino lleno de rode- ras, mientras al resplandor de las antorchas la nieve flotaba como grandes copos ígneos. La gente en la calle gritaba las viejas bromas acerca del mes de las largas noches y otras cosas así, y de vez en cuando yo me levantaba en la carreta para lanzarles las mismas vie- jas respuestas. Cuando nos hallábamos cerca de la casa, él se inclinó hacia adelante para decirle que no tuviera miedo. Ella asintió con la cabeza y añadió: -Melita ha dicho que debo gritar. -Después añadió con firme- za:- Pero le he dicho que no gritaría. -Has hecho muy bien. ¡Qué idea tan vulgar! -Y además, le he dicho, soy la hija de un soldado. -Y la esposa de un soldado. -Oh, si, Lisias. Si, lo sé. Cuando llegó el momento, y él la tomó en brazos después de la canción nupcial, ella le echó los brazos al cuello. Mientras co- ría para abrirles la puerta, oi a un par de viejas comadres mur- murar entre sí, censurando su desverguenza. Al día siguiente fui a visitar a Lisias. No había razón alguna para que esperara la hora avanzada que prescribe la costumbre, así que me presenté muy temprano, antes de que el mercado hu- biera sido abierto, con objeto de anticiparme a todos los demás. Al cabo de un rato entró en la sala donde le aguardaba. Estaba medio despierto, como la perfecta imagen de un novio a la ma- ñana siguiente del día de la boda. Cuando le presenté mis excu- sas por haber ido a molestarle, dijo: -Ya era hora de que me levantase. Pero he estado hablando con ella hasta muy tarde en la noche. No sabía, Alexias, el mu- cho sentido que tiene. Es una mujer que se distinguiría entre diez mil. No hables demasiado alto, pues duerme aún. - ¿No debiera estar haciendo sus tareas a estas horas del día? -pregunté. Al ver que le miraba con fijeza, rió con cierto descaro. -Ha estado despierta hasta muy tarde. Me parecía tanto una niña, que me senté y le hablé para que se durmiera, pensando que quizá le daría miedo quedarse sola. Pero fui el primero en quedarme dormido, porque al despertar he visto que había sa- cado de su cofre de novia una manta nueva, cubriéndome con ella. No dije nada, puesto que no era cuestión que me incumbiese. - Oh, si - añadió, sonriendo-; puedo reservar mis caballos hasta el momento de iniciar la carrera. Conmigo se precisan dos para celebrar el rito de Afrodita. Preferiría acostarme con Atenea de la Vanguardia, aun con su escudo, a hacerlo con una mujer a la que no pudiese proporcionarle placer. Sé que ella necesita de mí ahora, y lo sé mucho mejor de lo que ella misma sabe. Pero no habrá de pasar mucho tiempo más. Ciertamente, cuando el tiempo transcurrió no hubiera podido ocultar su felicidad. Un día de aquel mismo año me invitó a ce- nar, y mientras estaba en el pórtico oi adentro una voz joven can- 293 tando de un modo tan rumoroso como el agua que se desliza a la sombra de unos árboles. -Debes perdonarla -dijo Lisias-. Ya sé que una mujer modesta no debiera revelar a sus huéspedes el lugar donde se encuentra; pero cuando la veo feliz, no me es posible turbarla hablándole de ta- les cosas. Bastante la ha regañado ya la esposa de su hermano. A la perra le hice un buen regalo y le prohibí que viniera a esta casa. Ta- fia dispone de mucho tiempo. Y en cuanto a su modestia, reside en el alma. Con el tiempo ya se manifestará en el exterior. Era una hermosa tarde dorada. El pequeño comedor sólo conte- nía cuatro triclinios, pero parecía mejor con dos. Había guirnaldas de pámpanos y rosas. -Las ha hecho Tafia -observó él-. Se enfada si las compro en el mercado. Cenamos pez espada. Yo no tenía mucha hambre, pero comí tanto como me fue posible, porque vi que él estaba muy orgulloso del guiso. Hablamos de la guerra, que desde hacía tiempo parecía paralizada. Los espartanos habían dado a Lisandro el mando por otro año, obrando así contra su costumbre, y él otra vez conseguía dinero de Ciro. - ¿Te parece bien el pescado? -preguntó Lisias-. Talia me ha dicho que debía preguntarte si la salsa era bastante picante. - Nunca he probado una mejor. Por otra parte, mientras venía hacia aquí he sabido algunas noticias que me han quitado el apetito. Se trata de los dos trirremes que la flota samia apresó el otro día. ¿Sabes lo que fue de los remeros? Los arrojaron al mar desde un acantilado. Eso les enseñaré a trabajar por un bando que puede per- mitirse pagarles. Lisias me miró en silencio, y luego exclamó: - ¡Por Zeus! Pensar en lo que se decía al principio de la guerra, cuando eran los espartanos los que hacían eso... Supongo que tú no lo recuerdas. Estamos mejorando diariamente. La última proposi- ción fue que a los remeros enemigos apresados se les debía cortar la mano derecha, ¿o se trataba de los dos dedos pulgares? Fui mirado con malos ojos en la Asamblea por haber votado contra esta idea. Me alegra que no pertenezcamos a la marina, Alexias. Cuantas noti- cias nos llegan de Samos son malas. La flota no había hecho nada durante meses. Los generales no confiaban los unos en los otros, y los hombres desconfiaban de los generales. Constantemente llegaban rumores de que uno u otro aceptaba sobornos, murmuraciones de la clase que había creado complicaciones entre los espartanos de Mileto. Había veneno en el mero conocimiento de que el oro se encontraba allí. -Conon es bueno -dije. -Pero hay muy pocos como éL Me pregunto qué piensa Alcibía- des en su fuerte. Aseguran que desde él se domina la mitad del He- lesponto. Debe reírse a veces desde lo alto de sus muros. -Hoy es el día de Salamina -observé-. Han transcurrido se- senta y cinco años desde que se produjo la batalla. ¿No recuerdas cómo acostumbraba beber? Fue el día de Salamina cuando nos contó aquella historia sobre el eunuco persa. Reímos, y después quedamos silenciosos. Durante esa pausa oi otra vez el canto en la casa, pero más bajo. Por lo visto había recor- dado que había visita. -No bebes -dijo él. El esclavo, tras haber limpiado las mesas, había salido. - No más por ahora, Lisias. Hay en mí tanta alegría como la que el vino puede proporcionanne. Observé que me miraba. -Quien huye temeroso del vino, tiene una profunda tristeza -observó. - ¿Vendrás a la carrera mañana? Callias dice que el bayo ganará. -No me interesa la carrera; me interesas tú. ¿No puedes bus- carte una mujer otra vez, como aquella de Samos? -La buscaré cualquier día. No pienses en ello, Lisias. -Debieras casarte, Alexias. Si, ya sé que aconsejar es fácil, pero no te enfurezcas conmigo. Si un hombre... Su voz cesó. Ambos depositamos las copas en la mesa, nos levan- tamos del triclinio, y corrimos hacia la puerta. La calle estaba de- sierta. Pero el ruido se acercaba cada vez más, elevándose como el humo, y llegaba hasta nosotros en grandes ráfagas arrastradas por el viento. No era un lamento, ni un lloro, ni los gritos que las mujeres lan- zan ante los muertos. Sin embargo, era todo eso. Zeus da a los hom- bres buenas y malas cosas, pero principalmente malas, y por ello el sonido del dolor no es nada nuevo. Pero no era el dolor de una o dos personas, ni tampoco de una familia entera. Era la voz de la Ciu- dad, gritando su desesperación. Nos miramos el uno al otro. Lisias dijo: -Debo hablar con Tafia. Pregúntale a alguien qué ocurre. Salí a la puerta, pero no pasó nadie. Dentro de la casa él hablaba tranquilamente. Cuando se disponía a irse le oi decir: -Acaba de cenar, ocúpate en algo, y espérame. -Si, Lisias. Te esperaré -repuso ella, con voz firme. Un hombre gritó algo que no entendí en la parte alta de la calle. Le dije a Lisias: -No puedo comprender nada. «Todo se ha perdido», ha gri- tado. También ha dicho algo sobre Río de la Cabra. - ¿Río de la Cabra? Una vez varamos allí, cuando se nos rompie- ron unas planchas. Está a medio camino del Helesponto, al norte de Sestos. Es una aldea de chozas de barro, con una playa arenosa. ¿Río de la Cabra? Has debido oír mal. Allí no hay nada. En las calles no vimos a nadie, excepto a alguna que otra mujer que atisbaba por una puerta. Una, olvidando su decencia a causa del miedo, nos llamó. -¿Qué es, qué es? Meneamos la cabeza y continuamos nuestro camino. El ruido provenía del Ágora, y era como si un ejército hubiese sido derro- tado. Un eco parecía escucharse más allá, a lo lejos. Era el ruido de los lamentos en los Muros Largos, palpitando entre la Ciudad y El Pireo como un dolor a lo largo de un músculo. Al fin vimos en la calle a un hombre, que venía del Ágora. Mien- tras coma no cesaba de golpearse el pecho. Cuando lo cogí por el hombro, me miró como un animal caído en una trampa. -¿Qué ocurre? -pregunté-. ¿Cuáles son las noticias? Movió la cabeza, como si no supiera hablar griego. -Estuve en Milo -dijo-. Oh, Zeus, estuve en Milo. Ahora los ve- remos aquí. De un tirón soltó el brazo, y corrió hacia su casa. El lugar donde la calle penetraba en el Ágora, se hallaba ates- tado de hombres que se empujaban los unos a los otros para tratar de entrar. Cuando nos unimos a la multitud, un hombre que venía en dirección opuesta tropezó con nosotros. Permaneció en pie un momento, después se tambaleó y cayó de rodillas. - ¿Cuáles son las noticias? - le gritamos. Se inclinó hacia adelante y vomitó vino rancio. Después volvió la cabeza para mirarnos. -Te deseo largos años de vida, trierarca. ¿Es ésta la calle de las mujeres? -Este hombre fue remero en el Paralos -dijo Lisias, gx-itando luego en el oído del individuo-: Contéstame, maldito seas. Y lo sacudió furiosamente. Tambaleándose, el hombre logró ponerse de pie murmurando: - Sí, si, señor. -¿Cuáles son las noticias? -le preguntamos. Se limpió con el dorso de la mano la boca, y contestó: - Los espartanos vienen. Otra vez vomitó. Cuando nos pareció que había arrojado todo el vino, lo arrastramos a una fuente que había en la calle, y le pusimos la cabeza debajo del chorro de agua. El hombre se sentó en la losa de la fuente, cón los brazos fláccidos. -Estaba borracho -dijo-. Me he gastado mi último óbolo, y ahora vosotros me habéis despejado. Con la cara hundida en las manos, lloró. Luego logró dominarse algo y dijo: - Lo siento, señor. Hemos estado remando tres días, para traer la noticia. La flota ha sido destruida, señor. Por lo que se supone, alguien nos ha vendido a Lisandro. Fuimos sorprendidos en Río de la Cabra, sin ayuda, sin nada. Todo ha acabado, todo ha ter- minado. - Pero ¿qué hacíais allí? - preguntó Lisias-. Eso se encuentra a más de dos millas de Sestos, y allí no hay puerto ni provisiones. ¿Es que el mal tiempo os obligó a desembarcar? -No. La flota acampaba allí. -¿En Río de la Cabra? ¿Acampaba allí? ¿Estás borracho aún? -Desearía estarlo, señor. Pero es cierto. Se lavó la cara en la fuente, se secó la barba y dijo: - Nos enteramos de que Lisandro había tomado Lampsaco. Lo seguimos a la parte alta del Helesponto, y cruzamos ante Sestos para cruzar el estrecho. Entonces acampamos en Río de la Cabra. Desde allí se puede ver Lampsaco. - ¡Por Poseidón! - exclamó Lisias-. Y Lampsaco podía veros a vosotros. - Por la mañana nos dispusimos en orden de batalla para en- frentamos a Lisandro. Pero el viejo zorro se mantuvo en tierra. Al día siguiente ocurrió lo mismo. Entonces las raciones empezaron a disminuir. Después de haber varado los barcos, tuvimos que cami- nar hasta el mercado de Sestos. Así fue durante cuatro días. El cuarto atardecer acabábamos de varar las naves cuando oímos unos gritos de llamada. Un hombre descendía cabalgando por la ladera de las colinas. No era un campesino. Su caballo era bueno, y lo mon- taba como un caballero. El sol se ocultaba detrás de él, pero pensé: «Te he visto antes de ahora)). Algunos jóvenes oficiales lo miraban, y de repente echaron a correr como si se hubieran vuelto locos, gri- tando mientras iban a su encuentro: » - ¡Es Alcibíades! >Se agarraron a sus pies, a su caballo, a cuanto les fue posible co- ger. Creí que uno o dos se iban a desplomar al suelo y comenzar a llorar. A Alcibíades le impresionó mucho el recibimiento. Preguntó por el padre de uno, por el amigo de otro, y así sucesivamente, pues ya sabéis que nunca olvida una cara. Después preguntó: ))-¿Quién está al mando de las tropas? »Le dijeron los nombres de los generales. »-¿Dónde están? -inquirió-. Llevadme a ellos. Deben abando- nar esta playa antes de que caiga la noche. ¿Se ha vuelto loca la flota? Hace cuatro días que vengo observando cómo disponéis el trasero para que Lisandro os aseste en él una buena patada, y ya no puedo soportarlo más. ¿A quién se le ocurre colocarse aquí, frente al enemigo? ¡Qué campamento! Miradlo. No hay ni un solo centinela apostado, ni una zanja. Mirad los hombres, diseminados desde aquí hasta Sestos. ¿Creéis que esto es la Semana de Juegos en Olimpia? »Alguien se hizo cargo de su caballo, y él se dirigió a la tienda de los generales. Todos salieron para ver qué sucedía. No parecieron tan complacidos como los jóvenes. Apenas le desearon las buenas noches, y nadie le ofreció una bebida. ¿Sabes, señor, qué es lo que más me impresionó a mi? Oírle ser tan cortés con ellos. Muy serio y tranquilo, les expuso el caso del campamento. » - ¿No habéis visto hoy las naves de avanzadilla espartanas ob- servar vuestra playa? -preguntó-. Lisandro hace que sus remeros ocupen los bancos apenas amanece, y los mantiene en ellos hasta que anochece. Si ha esperado hasta ahora es porque no puede creerlo. Teme que intentéis prepararle una trampa. Cuando esté se- guro de que vuestros hombres no acampan por la noche, ¿creéis que esperará por más tiempo? No. Lo conozco muy bien. Cada mi- nuto que permanezcáis aquí, estaréis exponiendo la seguridad de la flota, y la de la Ciudad con ella. Vamos, caballeros, podréis estar en Sestos esta noche. »No le habían hecho entrar en una tienda, de manera que había muchos hombres escuchando. Oi cómo el general Conon mur- muraba: ))-Exactamente lo que yo les había dicho. »Entonces Tideo, uno de los nuevos generales, dio un paso hacia adelante. » - Muchas gracias, Alcibíades, por haber venido a enseñamos nuestro oficio -dijo-. Todos sabemos que eres el hombre más indi- cado para hacerlo. Quizá te gustaría ponerte al mando de la flota, o tal vez tienes a un buen compañero a quien desearías confiársela, mientras tú te dirigías ajonia a conquistar mujeres. Me pregunto en qué pensaban los atenienses cuando nos dieron a nosotros el mando en lugar de ofrecértelo a ti. Y, sin embargo, lo hicieron. Tú ya tu- viste tu oportunidad. Ahora nos toca el turno a nosotros, así que buenas tardes. »Enrojeció violentamente entonces, pero a pesar de ello no se permitió perder la cabeza. Habló con frialdad y lentitud. - He perdido mi tiempo - repuso-, y vosotros el vuestro, por lo que veo. Por dos cosas respeto a Lisandro: porque sabe cómo con- seguir dinero y dónde gastarlo. »Entonces les volvió la espalda y se alejó de allí, antes de que ellos hubieran tenido tiempo de replicar. »Resultaba dificil acercarse a él, debido a los muchos hombres que se habían reunido para verle. Cuando le trajeron el caballo, dijo: »-No hay nada más que yo pueda hacer, y aunque pudiera, pre- feriría verlos en los Hades. Están destinados a ser derrotados. Aún tengo un amigo o dos al otro lado del estrecho. Hubiera podido crearle algunas complicaciones a Lisandro en Lampsaco. Bastaría con que hiciera sonar la trompeta en mi fortaleza para poner en pie de guerra a tres mil tracios. Jamás han llamado amo a ningún hom- bre, pero luchan por mí. Yo soy rey en estos lugares. Rey en todo, excepto en nombre. )>Montó en su caballo, y miró al otro lado del agua con aquellos grandes ojos azules suyos. Después hizo girar al caballo y cabalgó ha- cia las colinas, en dirección a su fuerte. »Aquella noche el trierarca del Paralos prohibió a todos los hom- bres que bajaran a tierra. De la misma manera procedió el general Conon en sus ocho barcos. Pero los demás continuaron obrando como entonces. Y a la noche siguiente los espartanos se presen- taron. Mientras nuestra mente se arrastraba tras la historia como co- rredores extenuados, nos habló de la batalla, o más bien de la ma- tanza. La flota de Lisandro, equipada con sus mejores remeros, cruzó las aguas al anochecer. Conon, el único de los generales que mantuvo clara su cabeza y su honor, intentó en seguida hallarse en todas partes, pero fue inútil, porque había barcos que sólo tenían la mitad de sus tropas y ningún remero, y otros con un banco de reme- ros y ninguna tropa. Vio con toda seguridad que el fin había lle- gado, y junto con el Paralos consiguió salvar su pequeño escuadrón. Los espartanos no se molestaron en seguirlo. Se contentaron con su cosecha: ciento ochenta naves, toda la fuerza marítima de los ate- nienses, se elevaban en la playa de Río de la Cabra como la cebada en espera de la hoz. La historia concluyó. El hombre siguió hablando, como los hom- bres hacen en tales ocasiones, pero un silencio parecía haber caldo sobre nosotros. Después Lisias dijo: - Lamento haberte sacado el vino del cuerpo. Toma esto y co- mienza otra vez. Recorrimos las calles, silenciosos, entre casas que lloraban y murmuraban. La noche empezaba a extenderse. Alcé mis ojos a la Ciudad Alta. Los templos se destacaban oscuros, difuminándose en las sombras del cielo. Sus guardianes se habían olvidado de ellos. Era como si los mismos dioses estuvieran muriendo. Lisias me tocó el hombro y dijo: -Los medas la tomaron y le prendieron fuego. Pero al día si- guiente el olivo de Atenea había germinado otra vez, tan verde como antes. Nos estrechamos la mano, en señal de que éramos hombres, y sabiendo que había llegado el tiempo de sufrir. Después nos separa- mos, él para ir junto a su esposa y yo con mi padre, pues un hombre es conveniente que se encuentre junto a su familia en tiempos asi. Durante toda la noche pude ver en las calles ventanas iluminadas, ventanas que pertenecían a las casas de aquellos que, insomnes, ha- bían vuelto a encender las lámparas. Pero en la Ciudad Alta sólo reinaba la noche, y el silencio, y el lento girar de las estrellas. Cuando supimos que Atenas se encontraba sola, subimos a la Ciu- dad Alta e hicimos el juramento de hermandad. Lo propuso alguien que recordaba el juramento hecho en Samos. También yo lo recor- daba. Una alondra cantó cuando entonamos el himno a Zeus, y el humo se remontó en el profundo cielo azul, tan alto como los dio- ses. Estábamos ya en otoño, y el cielo era gris sobre los cerros reque- mados por el sol. Cuando el sacerdote hizo la ofrenda, un frío viento trajo a mi cara humo y cenizas. Noche y día esperamos a los espartanos, vigilando desde las mu- rallas. Pero, en lugar de ellos, eran atenienses los que venían a la Ciudad. No eran los cautivos de Río de la Cabra. A aquéllos, tres mil hombres en total, Lisandro los había pasado a cuchillo. Llegaban de las ciudades del Helesponto, que le habían abierto sus puertas. Allá donde hallaba una democracia, la derribaba. Los peores oligarcas eran hechura suya. Mantenían sometido al pueblo para él, y él les concedía la vida de sus enemigos y los confirmaba en sus propieda- des. En pocas semanas exterminaron a tantos hombres como la gue- rra había aniquilado en años. A los espartanos les parecía que Lisan- dro ponía a todos aquellos territorios a merced de su Ciudad, cuando lo que ocuma era que adquiría para si más poder que el Gran Rey. Durante su marcha, cuando encontraba atenienses, ya fueran soldados o comerciantes o colonos, les respetaba la vida y les daba salvoconductos, siempre que no se dirigieran a otra parte que no fuese Atenas. A lo largo del camino de Tebas, en los pasos del Par- naso, y abajo en la llanura, se arrastraban con sus esposas y sus hi- jos, sus enseres y sus cacharros de cocina. Durante todo el día sus pies polvorientos atravesaban las puertas de la Ciudad, y deposita- ban sus cargas alabando la misericordia de Lisandro. Luego, cuando ya habían descansado un poco, se dirigian al mercado en busca de alimentos. Habíamos cerrado el puerto de El Pireo apenas supimos que no había barcos para sostenerlo. Sólo el pequeño Municia fue dejado abierto, para que entrasen los barcos de cereales. Al principio ve- nian uno o dos del Helesponto, y un par de ellos de Chipre. El grano era almacenado bajo la vigilancia de una guardia armada. Pero al día siguiente tenían que ser sacados muchos sacos, pues con todas las nuevas bocas, el mercado tenía grandes exigencias. Luego fue avistada la flota de Lisandro, compuesta por doscientas embarcacio- nes. Plegaron sus velas en Salamina, se quedaron allí, con los ojos puestos sobre El Pireo, y esperaron. Ciertamente Esparta nos hizo honor, pues nos envió a sus dos re- yes. El rey Pausanias marchó con su ejército a través del istmo y se detuvo ante las murallas. Alzó sus tiendas en los jardines de la Aca- demia, y nosotros podíamos ver a los espartanos que corrían o arro- jaban el disco. Cerraron el camino a Megara. Después el rey Agis bajó de Dekeleia, y cerró el camino de Tebas. El invierno se pre- sentó, primero con una fría luz solar, después con fría lluvia. Algo después, incluso los chiquillos más pequeños pudieron comprender la misericordia de Lisandro. Hubieron de transcurrir algunas semanas antes de que la gente comenzara a morir. Al principio eran los muy pobres, o los muy vie- jos, y aquellos que estaban enfermos ya. Cuando las cosas empeza- ron a escasear, los precios se elevaron, y el alimento se llevaba todo cuanto la gente tenía. El comercio disminuyó, los hombres se queda- ron sin trabajo, las rentas no les fueron pagadas a aquellos que hasta entonces habían vivido de ellas, cada día aumentaba más el ejército de los pobres, y cuando la gente había sido pobre durante bastante tiempo, moría. El grano era entregado por el gobierno, que distribuía una me- dida por cabeza. La ración era más pequeña cada día, y los últimos en llegar no recibían nada. Mi padre solía levantarse antes del ama- necer, y muchos esperaban toda la noche. La gente se enfriaba cuando las noches eran malas, y así eran muchos los que morían. Sin embargo, en mi casa al principio vivimos bastante bien. En aquellos días, el hombre con una mula era tan rico como el hombre con un caballo. La nuestra era muy joven, y acecinada sabia casi como el venado. Cuando mi padre la mató, dije: -A Lisias debemos mandarle una porción. Ya sabes que siempre lo hacemos así cuando sacrificamos, y, además, también él nos manda a nosotros. -No estamos sacrificando -replicó mi padre-. Una mula no es un animal apropiado para ofrecérselo a los dioses. Uno no puede 'atenerse ahora a los convencionalismos. Tu tío Estrimón, aunque se encuentra en buena situación y es hermano de mi padre, no me manda nada. -Entonces, mándale una parte de mi ración, padre. En la guerra Lisias ha vertido más de una vez su sangre para salvar mi vida. <Y ahora debo yo rehusarle la came de una mula> -En la Ciudad hay cinco mil hombres, Alexias, que en la guerra han vertido su sangre por todos nosotros. ¿Tengo que enviarles una porción a cada uno de ellos? Pero al final la mandó. Algo después Lisias nos envió una pa- loma. Cuando nos encontramos, supe que le apenaba no haber Po- dido ofrecernos algo mejor, pero él mismo carecía de alimentos. Era igual en todas partes, salvo en lo que se refiere a los ricos; pero re- sultaba difidil para aquellos que con Pitágoras habían dicho: ((Entre nosotros no hay nada mio o tuyo)>. Cuando la medida de cereal se redujo a media pinta por cabeza, se resolvió mandar enviados a los espartanos para preguntarles cuá- les eran sus condiciones de paz. Los enviados se dirigieron a la Academia, y el pueblo que los ob- servaba recordó cómo, después de que Alcibíades hubiera tomado Kizicos, y luego una vez más tras nuestra victoria en las Islas Blancas, los espartanos nos ofrecieron la paz a condición de que cada parte conservara lo que tenía, excepto Dekeleia, la cual nos habrían de- vuelto si hubiéramos aceptado a los oligarcas exiliados en ella. A causa de esta última condición, el jefe demócrata Cleofón había ex- citado al pueblo para no exigir otra cosa sino una lucha hasta el fin, prometiendo la victoria. Entonces lo juzgaron bajo la acusación de haber evadido el servicio militar, y le condenaron a muerte. Pero di- jeron que, cuando un hombre llegaba a su fin, no debía mirar hacia atrás. Nuestros enviados pronto regresaron, pues los reyes no habían querido tratar con ellos. La cuestión, dijeron, debía ser tratada por los éforos en Esparta. De manera que otra vez los enviamos, en un largo viaje por las montañas y el itsmo, con instrucciones de ofrecer a los espartanos lo que en otros tiempos pedían: que cada parte conservara lo que tenía. Sólo que entonces ellos lo tenían todo, ex- cepto la Ciudad, El Pireo y los Muros Largos. En los puertos se pescaba demasiado, y coger pescado resul- taba más dificil cada día. Cuando la gente oía en algún patio el ruido que un pulpo hacia al ser golpeado contra una piedra para que fuese más tierno, se miraban los unos a los otros, como solían hacer cuando la cabeza de un buey colgaba de la puerta. Una pinta de aceite se adquiría por dos dracmas, si se lograba encontrarla. Los enviados regresaron otra vez. Era un día gris y húmedo, con grandes nubarrones que llegaban de la parte del mar. Desde lo alto del Pnyx se veían las olas con la cresta espumosa en una dis- tancia que alcanzaba hasta Salamina, y a los barcos de Lisandro di- rigiéndose al puerto. Los e |