Cuando era niño, si estaba enfermo o me sucedía algo desagradable, o me habían azotado en la escuela, acostumbraba recordar que el día en que nací mi padre había querido matarme. Diréis que no hay nada de extraordinario en eso. Sin embargo, creo que es menos corriente de lo que cabría suponer, pues, por re- gla general, cuando un padre decide abandonar a un hijo, lo hace, simplemente, y la cuestión acaba así. Y muy raramente puede un hombre decir de los espartanos, o de la peste, que a ellos debe la vida en lugar de la muerte. Fue al principio de la Gran Guerra, cuando los espartanos esta- ban en el Ática, incendiando granjas. Existía la creencia en aquellos tiempos de que ningún ejército podía enfrentarse con ellos y sobre- vivir; por tanto, nosotros teníamos sólo la Ciudad, y El Pireo y los Muros Largos, como había aconsejado Pericles. Cuando yo nací él aún vivía, aunque estaba ya enfermo; algunos jóvenes estúpidos me preguntan, como hizo uno recientemente, si le recuerdo. Los campesinos cuyas granjas eran incendiadas llegaban a la ciu- dad, y vivían como animales donde podían poner un techo de piel de res sobre unos palos. Incluso dormían y cocinaban en los tem- píos y en las columnatas de las escuelas de lucha. Los Muros Largos estaban bordeados de apestosas chozas, hasta la bahía. La peste em- pezó allí, en algún lugar, y se extendió como el fuego en la maleza. Algunos dijeron que los espartanos habían invocado a Apolo, y otros aseguraron que habían logrado envenenar los manantiales. Algunas mujeres, según creo, culpaban a los campesinos de haber traído con ellos una maldición; como si fuese posible que los dioses castigasen a un Estado por tratar con justicia a sus ciudadanos. Pero como las mujeres ignoran la filosofia y la lógica y temen más a los adivinos que al inmortal Zeus, siempre creen que lo que les causa aflicción debe ser maligno. La peste causó muchas víctimas en mi familia, como lo hizo en casi todas. Daniisco, el corredor olímpico, padre de mi madre, fue enterrado con sus viejos trofeos y su corona de olivo. Mi padre se encontró entre quienes enfermaron y sobrevivieron, pero durante algún tiempo sufrió una fluxión sanguinolenta, que le impedía to- mar parte en la guerra. Cuando yo nací, acababa justamente de re- cobrar sus fuerzas. El día de mi nacimiento, murió Alexias, hermano menor de mi padre, que contaba veinticuatro años de edad. Tuvo noticias de que un joven llamado Filón, a quien amaba, había caído enfermo, y fue inmediatamente a su lado, encontrando, según me dijeron, no sólo a los esclavos del joven, sino a su propia hermana, que huían, aban- donándole. Su padre y su madre habían ya perecido. Alexias halló al joven solo, echado junto a la fuente del patio, hasta donde se había arrastrado para calmar su fiebre. No le había pedido a nadie que fuera en busca de su amigo, pues no deseaba ponerle en peligro; pero algunos transeúntes, que no habían osado acercarse dema- siado, dijeron haber visto que Alexias le llevaba al interior de la casa. Estas noticias llegaron hasta mi padre algo después, mientras mi madre me daba a luz. Mandó a un servidor de confianza, que había sufrido ya la peste, el cual encontró a los dos jóvenes muertos. Por la forma en que yacían, parece que en el momento de la muerte de Filón, Alexias se había sentido enfermo, y, sabiendo el fin que le es- peraba, tomó cicuta, para hacer el viaje juntos. La copa estaba en el suelo, a su lado; había derramado el sedimento, escribiendo FILÓN con el dedo, como se hace después de la cena, con el último vino. Tras recibir por la noche estas noticias, mi padre salió con antor- chas en busca de los cadáveres, para mezclar sus cenizas en la misma urna y mandar erigir un monumento fúnebre. Habían desaparecido ya, arrojados a una pira común en la calle; pero más tarde, mi abuelo erigió una lápida para Alexias, en la calle de las Tumbas, con un relieve en el que aparecían los amigos con las manos unidas en despedida, y una copa junto a ellos, en un pedestal. Cada año, el día de la Fiesta de las Familias, hacíamos sacrificios por Alexias en el al. tar de la casa. Esta es una de las primeras historias que recuerdo. Mi padre solía decir que en la Ciudad quienes murieron de la peste fue- ron los hermosos y buenos. Como Alexias había muerto sin haber contraído matrimonio, mi padre decidió dar su nombre al hijo que nacía, si era varón. Mi her- mano mayor, Fiocles, que contaba entonces dos años, había sido un muchacho particularmente fuerte al nacer; pero cuando la coma- drona me sostuvo en el aíre, vieron que yo era pequeño, arrugado y feo, pues mi madre me había alumbrado casi un mes antes de tiempo, quizá por una debilidad de su cuerpo o por la presciencia de un dios. Mi padre decidió inmediatamente que sería indigno para Alexias imponerme su nombre; que yo había nacido en tiem- pos de mala fortuna, y estaba marcado por la ira de los dioses, por lo que sería mejor no criarme. Nací mientras mi padre estaba ausente, buscando los cadáveres, y la comadrona me había entregado a mi madre, para que me ama- mantara. Esto molestó a mi padre, pues mi madre se había encari- ñado conmigo, como hacen las mujeres, y, enferma y febril, le pidió mi vida con lágrimas en los ojos. Mi padre estaba razonando con ella, pues no quería arrancarme de sus brazos a la fuerza, cuando el heraldo hizo sonar la trompeta llamando a la caballería porque se veía a los espartanos dirigiéndose a la Ciudad. En aquellos tiempos éramos una familia bastante rica; mi padre tenía dos o tres caballos, y, por tanto, debía armarse y formar con su escuadrón. Se despidió de mi madre, sin anular sus órdenes, pero tal vez debido a la prisa o a la conmiseración, no encargó su cumpli- miento a nadie. Nunca hay gran rivalidad para ejecutar semejante trabajo, por lo que la cuestión quedó pendiente hasta algunos días más tarde, cuando los espartanos se retiraron y mi padre regresó a nuestra casa. Encontró a la familia sumida en la aflicción. Mi hermano Fiocles había muerto y mi madre exhalaba su último suspiro. Desde el pri- mer momento había ordenado que me mantuvieran alejado de ella, y fui entregado a una nodriza que buscó un esclavo. Al regresar de la ceremonia fúnebre con el cabello rapado, mi padre hizo que me llevaran a él, y viendo que la nodriza era mujer decente, me dejó a su cuidado. Creo que había querido a mi madre; y supongo que debió pensar en la incertidumbre de la vida, dicién- dose que sería menos deshonroso para él dejar a un hijo como yo, que morir sin sucesión, como si jamás hubiese existido. Más adelante, al ver que engordaba y parecía más fuerte y tenía mejor aspecto, me impuso el nombre de Alexias, como había sido su intención antes de mi nacimiento. Nuestra casa estaba en Kerameikos interior, no lejos de la Puerta del Dipilón. En el patio había un pequeño peristilo de columnas pinta- das, una higuera y una parra. En la parte posterior estaban los esta- blos, donde mi padre tenía sus dos caballos y una mula. Era fácil tre- par al tejado del establo y de allí al de la casa. El tejado tenía un borde de tejas de acanto y no era muy incli- nado. Poniéndose a horcajadas en el caballete del tejado era posible ver más allá de las murallas de la Ciudad y de las puertas del Dipi- lón, hasta el Camino Sagrado, donde se curva hacia Eleusis, entre jardines y tumbas. En verano alcanzaba a ver el cipo de mi tío Ale- xias y su amigo, junto a una gran adelfa. Luego me volvía hacia el sur, donde la Ciudad Alta se levanta como gran altar de piedra con- tra el cielo, y buscaba, entre los alados tejados de los templos, el punto de oro donde la alta Atenea de la Vanguardia señala con su lanza hacia los barcos en el mar. Pero me gustaba más mirar al norte, a la cima cubierta de nieve del Monte Pamaso, requemado en verano, o gris y verde en prima- vera, vigilando la aparición de los espartanos. Hasta que cumplí seis años, llegaban casi cada año, cruzando el paso de Dekeleia- General- mente, algún jinete traía la noticia de su llegada; pero algunas veces nos enterábamos en la Ciudad cuando en las colinas se levantaban las columnas de humo de las granjas incendiadas. Nuestra casa solariega está en las colinas, más allá de Acamas. Nuestra familia ha estado allí desde la llegada de los saltamontes, como reza el dicho popular. La falda de la colina sobre el valle está terraplenada para viñas, pero la mejor cosecha la dan los olivos, y la avena sembrada en los olivares. Creo que algunos de los olivos son tan viejos como la propia tierra- Sus troncos tienen el grosor de tres cuerpos humanos y son nudosos y retorcidos. Se dice que los plantó la propia Atenea, cuando dio el olivo a la tierra. Dos o tres de ellos están en pie aún. Hacíamos sacrificios allí en el tiempo de la cose- cha; es decir, cuando había cosecha. Acostumbraban mandarme a la granja al principio de la pri- mavera, para que respirara el aire del campo, e iban en mi bus- ca cuando se acercaba la llegada de los espartanos. Pero una vez, cuando yo tenía cuatro o cinco años, llegaron antes, y debimos apresuramos en huir de allí. Recuerdo que estaba sentado en la ca- rreta, con las esclavas y los utensilios de la casa; mi padre cabalgaba junto a nosotros y los esclavos azuzaban a los bueyes. Traqueteaba la carreta, y todos tosíamos a causa del humo de los campos mcen- diados. Todo fue quemado aquel año; todo, excepto las paredes de la casa y el olivar sagrado, que piadosamente no tocaron. Puesto que era demasiado joven para comprender las cosas se- rias, solía esperar el momento de su retirada, para ver lo que habían hecho. Cierto año un escuadrón de espartanos fue acuartelado en la granja. Aquellos de entre ellos que sabían escribir habían inscrito los nombres de sus amigos en las paredes, junto con diversos tributos a su belleza y virtud. Recuerdo a mi padre borrando irritadamente las inscripciones hechas con carbón, mientras decía: -Blanquead esos burdos garabatos. El muchacho nunca apren- derá a deletrear debidamente o a escribir con propiedad, teniendo esto ante sí. Uno de los espartanos había olvidado su peine. Constituía un te- soro para mí, pero mi padre dijo que estaba sucio y lo tiró. Por mí parte, creo que no supe lo que era la desgracia hasta que cumplí los seis años. Mi abuela, que se hacía cargo de mí cuando mí padre estaba en la guerra, murió entonces. La salud de mi abuelo Fi- boles (anciano alto, de hermosa barba, siempre bien cuidada y de una blancura que rayaba en lo azul, en cuya imagen incluso hoy veo al dios Poseidón) no era muy buena, y mi presencia le molestaba, por lo que mi padre contrató un ama, una mujer libre de Rodas. Era esbelta y atezada, y parecía que por sus venas corría algo de sangre egipcia. Más tarde supe, sin saber lo que significaba, que era la concubina de mi padre. Nunca dejaba mí padre de portarse debi- damente en mi presencia, pero algunas veces oía lo que decían los esclavos, que tenían sus propias razones para odiarla. Si hubiera sido algo mayor, habría podido consolarme, cuando la mano de la mujer caía pesadamente sobre mí, diciéndome que mí padre pronto se cansaría de ella. No poseía ninguna de las gracias que él hubiese podido encontrar en una hetaira de clase muy mo- desta, y en aquellos tiempos podía permitirse lo mejor en todo. Pero aquella mujer me parecía tan parte integrante de la casa como el pórtico o el pozo. Creo que ella había empezado a suponer que cuando yo fuera lo bastante mayor para ir a la escuela con un pe- dagogo, mi padre aprovecharía la oportunidad para deshacerse de ella; por tanto, mis progresos la irritaban. Yo buscaba compañía, y un esclavo me dio un gatito, al cual la mujer le retorció el cuello en mi presencia, cuando lo vio. La mordí en un brazo, mientras intentaba quitárselo de las manos, y entonces ella me contó, a su manera, la historia de mi nacimiento, de la que se había enterado por los esclavos. Por ello, cuando me pegaba, nunca pensaba en decírselo a mi padre, ni en pedirle ayuda. Y su- pongo que él, por su parte, al yerme cada día más taimado y hosco, y de acentuada palidez, debió preguntarse algunas veces si el primer pensaimento no es siempre el mejor. Cuando llegaba, al anochecer, se vestía para la cena. Entonces yo le miraba, preguntándome qué sentiría al ser tan hermoso. Tenía más de seis pies de altura, ojos grises, piel atezada y cabello dorado. Era como uno de los grandes Apolos que salían del taller de Fidias, en los tiempos en que los estatuarios no esculpían aún Apolos sua- ves y blandos. En cuanto a mí, yo era de los que tardan en crecer, y bajo para mi edad. Veíase ya claramente que sería como los hom- bres de la familia de mi madre, de cabello oscuro y ojos azules, con tendencia a ser corredores y saltadores, en lugar de luchadores y pancraciastas. La rodiota me había dicho claramente que yo era el redrojo de una buena jauría. Y nadie me había afirmado lo con- trario. Me complacía, sin embargo, verle con su mejor manto azul con la orla dorada, desnudos el atezado pecho y el hombro izquierdo, bañado y peinado y frotado con aceite dulce, arreglado el cabello en guirnalda y recortada la puntiaguda barba. Aquello significaba una cena seguida de fiesta. Al acostarme solo y sin lavarme, mientras la rodiota estaba ocupada en la cocina, yacía en mi lecho escuchando las flautas y las risas, la elevación y caída de las voces al conversar, o a alguien que cantaba, acompañándose con una lira. Algunas veces, cuando se había contratado una bailarina o un juglar, acostumbraba trepar al tejado y mirar desde allí al otro lado del patio. En cierta ocasión dio una fiesta a la que asistió el dios Hermes. Así lo creí al principio, no sólo porque el hombre parecía demasiado alto y hermoso para no ser un dios, y tenía aspecto de estar acos- tumbrado a la adoración, sino también debido a que era tan igual a la herma que había ante la casa nueva de un rico, que parecía haber servido de modelo para ella, como así había sido en realidad. Sólo salí de mi admiración cuando él apareció e hizo aguas en el patio, lo cual me dio casi el convencimiento de que era hombre. Entonces, al- guien desde dentro gritó: - ¿Dónde estás, Alcibíades? Y él regresó al cenáculo. Mi padre tenía entonces preocupaciones propias, por lo que rara vez se acordaba de mí, pero en algunas ocasiones recordaba que te- nía un hijo, y cumplía con sus deberes paternos. Por ejemplo, el día que nuestro mayordomo me sorprendió robando maíz para arrojár- selo a las palomas, y me lo quitó, pues el grano escaseaba aquel año. Haciendo gala de los modales que había aprendido de mi ama, gol- peé el suelo con el pie y le dije que no tenía el menor derecho de prohibirme nada, puesto que sólo era un esclavo. Entonces, mi pa- dre, que me había oído, entró en la habitación, despidió al hombre con una palabra amable y me llamó a su lado. -Alexias -dijo-, mi escudo está allí, en aquel rincón. Cógelo y tráemelo. Fui hasta donde el escudo estaba apoyado contra la pared, y, co- giéndolo por el borde, empecé a rodarlo, puesto que era demasiado pesado para que pudiera levantarlo. -Así no -observó mi padre-. Pasa el brazo por las bandas, y llé- valo como lo hago yo. Pasé el brazo por una de las bandas y logré enderezarlo, pero no levantarlo. Era casi tan alto como yo. -¿No puedes levantarlo? -preguntó-. ¿Es que no sabes que cuando combato a pie debo llevar no sólo el escudo, sino una lanza también? -Pero, padre -repuse-, no soy hombre aún. -Déjalo en el rincón, pues -me ordenó-; y ven aquí. Le obedecí. -Y ahora -prosiguió-, préstame atención. Cuando seas lo bas- tante hombre como para llevar un escudo, sabrás por qué se venden hombres como esclavos, y sus hijos al nacer tienen también esa con- dición. Hasta entonces, te basta con saber que Amasis y los demás son esclavos, no debido a méritos tuyos, sino por la voluntad del cielo. Te abstendrás de actitudes airadas, que los dioses odian, y te portarás como señor. Y silo olvidas, yo mismo te azotaré. Semejantes señales de interés por parte de mi padre eran odio- sas a la rodiota, pues veía que tanto el padre como el hijo escapaban de su rota red. A la primera oportunidad quiso convertir una trave- sura mía en falta grave, haciéndome aparecer como mentiroso cuando lo negué. Pero se excedió algo. Mi padre dijo que ya era tiempo de que fuera a la escuela. Poco después mi padre partió para la guerra, por lo que la ro- diota no marchó sino hasta dos meses más tarde. He vivido días penosos, pero aquéllos son quizá los peores que recuerdo. Ignoro cómo hubiera podido soportarlos, de no haber sido por una amistad que trabé en la escuela en una época en que me había tornado silen- cioso y furtivo y no tenía amigos. Una mañana, al llegar, encontré a los discípulos riendo y dán- dose unos a otros con el codo, al mismo tiempo que les oí llamar Maestro del Viejo al preceptor. En efecto, allí, en uno de los bancos del aula, estaba sentado un hombre, el cual, por contar unos cua- renta y cinco años y lucir barba gris, parecía ciertamente demasiado viejo para estudiar lo que aprenden los niños. Inmediatamente com- prendí que yo, que estaba siempre solo, sería objeto de las burlas de mis condiscípulos, por tener que compartir aquel banco. Por ello, fingí que no me importaba, y me senté a su lado por iniciativa pro- pia. El hombre me saludó con una inclinación de cabeza, y yo le miré, maravillado. Al principio, porque era el hombre más feo que jamás había visto y, después, porque creí reconocerle, pues era la viva imagen del Sileno pintado en el mezclador de vino que tenía- mos en casa, con la nariz respingona, boca grande de gruesos labios, ojos salientes, anchos hombros y cabeza grande. Su actitud parecía amistosa, por lo que me acerqué más a él y le pregunté, a media voz, si su nombre era Sileno. Se volvió, para contestarme, y sentí una un- presión extraña, como si una brillante luz proyectara sus rayos a mi corazón, pues no me miró en la forma en que la gente suele hacerlo con un niño, como si pensara en otra cosa. Después de decirme su nombre, me preguntó cómo debía afinar la lira. Me sentí satisfecho de hacer gala de mis pocos conocimientos. Luego, sintiéndome a gusto a su lado, le pregunté por qué quería un viejo como él asistir a la escuela. Me contestó, mesuradamente, que era mucho más deshonroso para un viejo que para un joven no aprender aquello que podría hacerle mejor. -Además - añadió-, recientemente se me apareció un dios en sueños, diciéndome que hiciera música, pero no me dijo si debía ha- cerla con las manos o en mi corazón. Comprende, pues, que no debo descuidar ninguna de las dos formas. Quise que me contara algo más acerca de su sueño, y relatarle uno mío, pero observó: - El maestro llega. Me sentía tan intrigado, que al día siguiente cubrí corriendo el trayecto hasta la escuela, en lugar de hacerlo reposadamente, para llegar allí temprano y hablar con él. Llegó justamente al principiar la clase, pero debió de haber observado que yo le había estado bus- cando, y al día siguiente apareció algo más temprano. Yo me encontraba en aquella edad en que los niños lo pregun- tan todo. En casa, mi padre no tenía apenas tiempo para contestar mis preguntas; la rodiota no quería hacerlo y los esclavos no podían. Se las hacia todas a mi vecino de banco en la escuela de música, que jamás dejó de contestarlas en forma sensata, por lo que algunos de los muchachos, que se habían burlado de nuestra amistad, empeza- ron a estirar el cuello para escucharle. Algunas veces, cuando le pre- guntaba por qué calienta el sol o por qué no caen las estrellas sobre la tierra, me contestaba diciendo que lo ignoraba y que sólo los dio- ses conocían la contestación a mi pregunta. Cierto día observé el nido de un pájaro en un árbol alto, cerca de la escuela. Cuando mi amigo llegó le dije que al terminar la clase tre- paría al árbol para ver si había huevos en el nido. Me pareció que no me escuchaba, pues aquella mañana tenía aspecto de estar ocupado con sus propios pensamientos. Sin embargo, de pronto volvió los ojos hacia mí y me miró fijamente, desconcertándome aquella ac- titud. -No, muchacho. Te prohibo que lo hagas -dijo. - ¿Por qué? -repuse, pues al hablar con él era natural hacerle una pregunta. Me dijo que desde que fuera niño como yo, cada vez que él o sus amigos se disponían a hacer algo que no estaba bien, percibía una señal que jamás le había engañado. Y volvió a prohibirme que tre- para al árbol para ver si había huevos en el nido. Me sentí abru- mado, percibiendo por vez primera la fuerza de su naturaleza, y ja- más pensé desobedecerle. Poco después, la rama en la que estaba el nido cayó al suelo, pues estaba podrida. Aunque nunca tocó tan bien como yo, pues sus dedos eran me- nos flexibles que los míos, aprendió las notas rápidamente, y el maestro no pudo enseñarle ya más. Le eché mucho en falta cuando dejó la escuela, porque tal vez yo había pensado: «He ahí un padre que jamás se avergonzaría de mí (pues él mismo es feo), sino que me amaría, y nunca querría abandonarme en las montañas». No lo sé. Quien se acercaba a Sócrates, por absurda que fuera la razón de ello, sentía después que había sido aconsejado por un dios. Poco tiempo después mi padre se casó con su segunda esposa, Arete, hija de Arcágoras. Cuando los otros muchachos de mi edad y yo fuimos efebos, se de- cía algunas veces de nosotros que no respetábamos ni a nuestros mayores ni a las costumbres, que no confiábamos en nada y nos erigíamos en jueces de todo. El hombre sólo puede hablar por si mismo. Recuerdo que creía que la mayor parte de los hombres mayores eran sensatos, hasta cierto día, cuando tenía quince años. Mi padre esperaba a sus amigos para cenar juntos, y necesitaba coronas para los invitados. El día antes yo le había dicho que conse- guiría las mejores flores, si iba a buscarlas temprano, antes de la hora de la escuela. Él rió, sabiendo que yo quería una excusa para yerme libre de mi tutor, pero me dio su permiso~ porque asimismo sabía que a aquella hora no encontraría muchas tentaciones- Bien sabido es que en su juventud a mi padre le llamaban Miron el Her- moso, de la misma forma que podría decirse Miron hijo de Fiocles. Pero, como todos los padres, pensaba que yo era más joven y tonto que él cuando contaba mi edad. Estaba en lo cierto aquel día al suponer que lo yo quería era ir a ver la flota que se reunía para la guerra. «La guerra», la llamábamos nosotros, como si no hubiera habido ninguna desde nuestro naci- miento, pues aquello era una nueva aventura de la Ciudad, y aquel gran armamento realmente nos parecía como si fuera una guerra. En la palestra, alrededor del terreno de lucha, veíanse hombres di- bujando pequeños mapas en la arena: de Sicilia, que el ejército iba a conquistar, de las ciudades amigas y las dóricas, y del gran puerto de Siracusa. Mi padre no iba, lo cual constituyó una sorpresa para mí. La ca- ballería no había sido llamada, pero muchos de sus componentes se habían alistado voluntariamente en la infantería pesada. Cierto era que hacía poco había regresado de una campaña, para la que em- barcó con Filócrates hacia la isla de Milo, que nos había negado su tributo. Los atenienses triunfaron, infligiendo una derrota total a los rebeldes. Yo había esperado que él me hiciera el relato de la campaña, para poder decirles a los muchachos en la escuela: «Mi padre, que estuvo allí, lo dice». Pero se irritaba cuando le hacia preguntas. Me levanté con el canto del segundo gallo, cuando aún brilla- ban las estrellas en el firmamento, y procuré no hacer ruido, para no irritarle, pues nos habían despertado por la noche. Los perros ladraron ruidosamente y nos levantamos para cerciorarnos de que todo estaba debidamente cerrado y atrancado, pero, de todos mo- dos, nadie había intentado penetrar en nuestra casa. Desperté al portero para que cerrara al salir yo. En mi juven- tud iba siempre descalzo, como correspondía a los corredores. Al salir del patio delantero hacia la calle, pisé algo puntiagudo, pero como tenía las plantas de los pies duras como si fueran de piel de buey, no sangré y no me detuve para mirarlo. Aquel año me había inscrito para la carrera de muchachos en las Fiestas Panateneas; por ello, mientras corría recordaba los preceptos de mi prepara- dor. Mis pisadas eran ligeras en el polvo de la calle, después de ho- llar la gruesa arena en la pista de entrenamiento. A pesar de la temprana hora, las lámparas estaban encendidas en la calle de los Armeros, y el humo era rojizo en las bajas chime- neas junto a las tiendas. Sonaban los martillos; los grandes, apla- nando las planchas; los medianos, afirmando los remaches, y los pequeños, golpeando los adornos de oro, encargados por quienes los querían en sus armaduras. Mi padre era enemigo de ellos, pues afirmaba que muchas veces absorbían las puntas de las flechas, en lugar de rechazarlas. Me hubiese gustado entrar y contemplar aquel trabajo, pero tenía el tiempo justo para subir a la Ciudad Alta y mirar los barcos. Jamás había estado allí a hora tan temprana. Desde abajo, las murallas parecían enormes, como farallones negros; las grandes piedras de la parte inferior conservaban aún las manchas produci- das por los fuegos de los medas. Pasé frente a la atalaya y el bas- tión y subí las gradas hasta el propileo. Al encontrarme allí por primera vez, solo, me sentí sobrecogido por su altura y anchura, y los grandes espacios que se perdían en la oscuridad. Me parecía es- tar pisando el umbral de los dioses. La noche aclaraba, como el vino oscuro cuando se le mezcla agua; alcanzaba a ver los colores con que estaba pintada la bóveda, cambiados y más profundos en la penumbra anterior al alba. Llegué junto al Altar de la Salud y vi las alas y los trípodes bajo las bóvedas del templo, negros contra un cielo como perla gris. Acá y acullá se levantaba un poco de humo, en los lugares donde alguien hacia una ofrenda o un sacerdote estudiaba los presagios, pero no se veía a nadie. En lo alto, sobre mí, lagran Atenea de la Vanguardia se erguía con su yelmo de triple penacho. El aire olia a incienso y a ro- cío. Fui hacia la muralla meridional y miré hacia el mar. Había una ligera neblina, pero, a pesar de ella, alcancé a ver los barcos, pues todas sus luces estaban encendidas. Los que estaban atracados las encendieron para los celadores, mientras que aquellos que estaban anclados en la bahía lo hicieron por su propia seguri- dad, tanto era el número de ellos que allí había. Se hubiera creído que Poseidón había ganado su vieja disputa con Atenea, y colocado la Ciudad sobre el mar. Empecé a contarlos: los apiñados en El Pi- reo, los que se encontraban ante la curvada costa de Falero, y aque- llos anclados en la bahía; pero pronto dejé de contar, debido al gran número de ellos que veía. Jamás había navegado más allá de Delos, donde fui con un coro de muchachos para danzar ante Apolo. Me sentía lleno de envidia por los hombres del ejército, que iban a apurar la copa de la gloria, sin dejar nada para mi. Así debió de haber visto mi abuelo la con- centración de la flota en Salamina, donde el pico de bronce de su trirreme cayó como el águila de Zeus sobre los barcos de Medas, el de los largos cabellos. Hubo un cambio en el cielo; me volví y vi las primeras luces de la aurora detrás de Himeto. Las luces se apagaron, una tras otra, y aparecieron los barcos, posados en las aguas como pájaros grises. Cuando de la punta de la lanza de Atenea salió una chispa de fuego, supe que debía partir o llegaría tarde a la escuela. La pintura de esta- tuas y frisos se hacia brillante, y había calor en el mármol. Era como si en aquel momento hubiera salido el orden del caos y de la noche. Sentí que mi corazón se henchia. Al ver los barcos tan espesos en el agua, me dije que ellos nos habían hecho lo que éramos: los conduc- tores de todos los helenos. Hice una pausa, y al mirar a mi alrededor pensé: «No, no es así; pero sólo nosotros hemos dado a los dioses cosas que se les parecen». La amanecida había desplegado un ala de fuego, pero Helios es- taba aún bajo el mar. Todas las cosas parecían ligeras e incorpóreas y el mundo estaba quieto. Pensé rezar antes de marchar, pero no sa- bia hacia qué altar volverme, pues los dioses parecían estar en todas partes, diciéndome todos ellos la misma palabra, como si no hubie. sen sido doce, sino uno. Sentí como si hubiera visto un misterio. Era feliz. Deseando alabar a todos los dioses por igual, permanecí donde estaba y elevé los brazos al cielo. Al bajar las gradas volví en mí y supe que llegaría tarde. Corrí lo más velozmente que pude hacia el mercado, y gastando rápida- mente el dinero de mi padre, compré violetas, arregladas ya en for- ma de guirnalda, y algunos estefanotes; la mujer me dio un cesto de junco, sin cobrarme nada por él. En otro tenderete había jacintos azul oscuro, para los cuales había guardado algún dinero. Un hom- bre que estaba escogiendo mirto me sonrió. -Debiste haber comprado esto primero -me dijo. Pero yo enarqué las cejas y me marché, sin hablar. El mercado estaba atestado y la gente hablaba animadamente. Me gusta, como a todo el mundo, enterarme de algo nuevo; pero vi al hombre del mirto que empezaba a seguirme, y, además, no quería excitar la ira de mi padre. Por ello me apresuré cuanto pude, sin es- tropear las flores, y así, preocupado, sin mirar ni a derecha ni a iz- quierda, anduve hasta llegar a mi casa. Había comprado una corona de mirto para adornar a nuestro herma guardián para la fiesta. Era un herma muy viejo, que estaba junto a nuestra puerta incluso antes de la invasión de los medas; te- nía la cara de las imágenes más viejas, con una sonriente boca de la- bios cerrados, como una luna nueva, un sombrero de viajero en la cabeza, y barba. Sin embargo, habiéndole conocido desde mi infan- cia, le quería, sin que me importara su rústico aspecto. Me acerqué entonces a él, buscando en el cesto la guirnalda de mirto, y levanté los ojos, con ella en la mano. El claro sol de la mañana caía sobre él. Retrocedí, temeroso, e hice la señal contra la mala suerte. Alguien había estado allí por la noche, golpeándole la cara con un martillo. Le faltaban la barba y la nariz, y el ala del sombrero, y el falo de la columna; media boca había desaparecido, como comida por la lepra. Sólo estaban intactos sus ojos pintados de azul, que mi- raban fieramente, como si quisieran hablar. El suelo estaba lleno de desportilladuras; debió de ser uno de aquellos pedazos lo que pisé por la mañana. En mi primer horror, pensé que el propio dios debió de haberlo hecho, para maldecir a nuestra casa por algún horrible pecado; pero me pareció que un dios hubiera partido en dos la imagen, lanzando sobre ella un rayo. Aquello era obra de hombres. Luego recordé los perros que ladraron durante la noche. Encontré a mi padre vestido, repasando algunas cuentas en unos rollos. Empezó por rechazarme, porque el sol había salido ya y es- taba alto, pero corrió hacia afuera cuando supo la noticia. Primero hizo la señal contra el mal aguero; luego guardó silencio durante al- gún tiempo. -La casa tendrá que ser purificada -dijo, finalmente- - Algún loco debe de haberlo hecho. Entonces oímos unas voces que se acercaban. Nuestro vecino Fa- lino, con su mayordomo y dos o tres transeúntes, hablando todos a la vez, comentaban que todos los hermas de aquella calle habían sido profanados, y en otras calles también. -Debe de ser una conspiración contra la Ciudad, por medio de sus dioses -dijo mi padre, cuando el clamor disminuyó- - El ene- migo está detrás de ello. -¿Qué enemigo? -preguntó Fauno-. QIlerrás decir que la ini- piedad ha conspirado con el vino. ¿Qué hombre, sino uno, desafia a la ley por insolencia, y a los dioses para divertirse? Pero esto es de- masiado, en vísperas de la guerra. Los dioses mandan que sólo los culpables sufran. - Supongo a quién te refieres - repuso mi padre-, pero creo que estás equivocado. Hemos visto que el vino le vuelve extravagante, pero no estúpido. Tengo fe en los oráculos de Dioniso. -Ésa puede ser tu opinión -objetó Falino, a quien le disgustaba incluso el más cortés desacuerdo - - Sabemos que todo le es perdo- nado a Alcibíades por aquellos que han gozado de sus buenas gra- cias, aunque brevemente. Ignoro lo que mi padre contestó a esto, pues vio que yo estaba allí, y, volviéndose irritado, me preguntó si iba a pasarme el día va- gabundeando por las calles. Desayuné, llamé a mi tutor, y partí para la escuela. Podéis imagi- nar que tuvimos mucho de qué hablar por el camino. Mi tutor era un lidio llamado Midas, que sabia leer y escribir; era un esclavo caro para emplearlo como pedagogo, pero mi padre no era partidario de poner a los niños a cargo de esclavos que no sirven para nada más. Midas había estado ahorrando durante algún tiempo para comprar su libertad, copiando discursos para los tribunales durante su tiempo libre; pero había costado mucho dinero, creo que diez mi- nas, y no había reunido aún la mitad. Últimamente mi padre le ha- bía prometido que si cuidaba bien de mi hasta que yo cumpliera los diecisiete años, le daría la libertad como ofrenda a los dioses. En cada calle había hermas rotos. Algunas gentes decían que de- bía de haberse contratado a un ejército para aquella obra; pero otros afirmaban que se trataba de una banda de borrachos, al regre- sar tumultuosamente a sus casas, después de una fiesta. Y volvimos a oír el nombre de Alcibíades. Frente a la escuela, un grupo de muchachos contemplaba al herma. Había sido uno muy bueno, regalado por Pericles. Algunos de los niños más pequeños reían y chillaban, señalándolo; entonces uno de los mayores fue hasta ellos, mandándoles que se portaran debidamente. Al reconocer a un amigo mío, Jenofonte, hijo de Grillos, le llamé. Se acercó, con aspecto grave. Era un muchacho apuesto, muy crecido para su edad, de oscuro cabello rojizo y ojos grises. Su tutor no se separaba de él, pues llamaba ya la atención. -Deben de haber sido los corintios -me dijo-, en un intento de hacer que los dioses nos sean adversos en la guerra. -Pues entonces, seguramente son simples -repuse- - ¿No creen ellos que los dioses ven en la oscuridad? -Algunos de los campesinos cerca de nuestra granja apenas si distinguen al dios de la imagen en que vive. Una cosa así jamás hu- biera podido suceder en Esparta. -Naturalmente- Cuanto tienen en el exterior de sus sucias caba- ñas es un montón de piedras, en lugar de un herma. Deja tranquilos a tus espartanos, por un momento. - Se trataba de una vieja disputa entre nosotros, por lo que no pude poic menos que añadir: - O tal vez lo hicieron ellos; después de todo, son aliados de Siracusa. -¡Los espartanos! -exclamó él, mirándome fijamente-. ¿Ellos, el pueblo más temeroso de los dioses en la Hélade? Sabes muy bien que jamás tocan nada sagrado, ni siquiera en la guerra; y ahora te- nemos un armisticio con ellos. ¿Estás loco? Recordando que en otra ocasión nos habíamos peleado hasta hacernos sangre, a causa de los espartanos, guardé silencio. Jeno- fonte no hacia sino repetir lo que le había oído decir a su padre, a quien quería mucho, cuyos puntos de vista habían sido los mismos que sostuvo mi abuelo hasta el día de su muerte. Todas las casas go- bernantes de los días pasados, que odiaban la intrusión de los comu- nes en los negocios públicos, querían la paz y una alianza con los es- partanos. Esto sucedía no sólo en Atenas, sino en toda la Hélade. Los espartanos no habían cambiado sus leyes durante tres siglos, y sus ilotas conservaban la situación que los dioses habían dispuesto para ellos. Pero no era posible enfadarse con Jenofonte. Era un mu- chacho de buen corazón, dispuesto siempre a compartir lo que tu- viera. -Creo que tienes razón -dije-, si su rey es un ejemplo. ¿Has oído hablar de las bodas del rey Agis? La desposada estaba en cama y él cruzaba el umbral del aposento, cuando la tierra tembló. Obe- diente ante el augurio, se volvió, salió y ofreció no volver a entrar durante un año. Si eso no es piedad, ¿cómo puede llamarse? Había esperado hacerle reír, pues le gustaba siempre una bro- ma; pero no vio nada cómico en mis palabras. Entonces, Micco, el maestro, salió, enfadado, para llamamos al aula. Debido a los desórdenes públicos, y al nuestro, estaba de muy mal humor, y no tardó en sacar la correa. Después de la lección de música, que seguía, colgamos apresura- damente las liras y corrimos hacia el gimnasio. Vimos el peristilo lleno de gente, mientras nos desnudábamos; luego nos enteraría- mos de las últimas noticias. Nuestro preparador había mandado una compañía en Delio, pero aquel día casi no podía hacerse oír, y la flauta para los ejercicios quedaba ahogada. Por tanto, eligió algunos de los mejores luchadores, para entrenarlos, y nos puso a los demás a hacer prácticas. Nuestros tutores charlaban animadamente, al ver que nosotros escuchábamos a los hoñibres del peristilo; pero estos últimos hablaban de politica. Siempre lo sabíamos, sin acercamos a ellos; cuando discutían acerca de alguno de los muchachos, lo ha- cían sin levantar la voz. Todos parecían saber a ciencia cierta quiénes eran los culpables, y no había dos entre ellos que coincidieran en sus apreciaciones. Uno dijo que los corintios querían demorar la guerra. -No hay tal cosa -repuso otro- - Eso ha sido hecho por gentes que conocen la ciudad como el patio de su propia casa. -Algunos extranjeros venderían a sus padres por cinco óbolos. -Trabajan mucho y ganan dinero, lo cual es crimen suficiente para los injustos. Y así, personas que eran rivales en amor o en política, pero lo ha- bían mantenido en secreto, sacaban públicamente a la luz su rivali- dad. Jamás con anterioridad había estado yo rodeado de hombres asustados, y era demasiado joven para no impresionarme. Hasta en- tonces no había pensado que tan enorme impiedad podría atraer una maldición sobre la Ciudad, si había sido obra de alguien que en ella habitaba. Junto a mí, algunos jóvenes culpaban a los oligarcas. -Esperad; veréis cómo tratan de acusar de ello a los demócra- tas, y luego pedirán llevar armas para su protección. Es el truco de Pisístrato el tirano. Pero éste por lo menos hirió su propia cabeza, y no la de un dios. Naturalmente, los oligarcas decían que eso era pura demagogia, y las voces se alzaban, hasta que alguien dijo: -No culpéis ni a los oligarcas ni a los demócratas, sino a un solo hombre. Conozco un testig9 que ha buscado santuario, temiendo por su vida. Jura que Alcibíades. - - Al mencionarse ese nombre, los murmullos fueron más fuertes que nunca. La gente empezó a relatar sus hazañas eróticas, muy poco edificantes para nosotros, los muchachos, que escuchábamos atentamente. Otros hablaban de su extravagancia, sus siete trigas en Olimpia, sus caballos de carrera, sus muchachas flautistas y sus hetairas; de cómo cuando organizaba una representación o un coro excedía a todos en elegancia y esplendor. -Empezó la guerra de Sicilia sólo por el oro y el botín. -Entonces, ¿por qué había de hacer esto, para entorpecerla.~ - Mayor provecho sacaría aún de una tiranía. La Ciudad jamás se cansaba de murmurar de Alcibíades. Se re- cordaban historias de veinte años antes, acerca de su insolencia para con sus pretendientes cuando era muchacho. -Ha hecho que la guerra continuara, para su propia gloria -dijo alguien-. Si no hubiese engañado a los enviados espartanos cuando vinieron para concertar la paz, ahora la tendríamos. Pero una voz irritada, que durante largo rato había intentado ha- cerse oír, gritó: - ¿Queréis que os diga cuál es el pecado de Alcibíades? Nació de- masiado tarde en una Ciudad de enanos. ¿Por qué proscribió la mul- titud a Arístides elJusto? Porque estaba cansada de oír alabar su vir- tud. La admitían, y les avergonzaba. Ahora odian ver belleza e inteligencias valor y cuna y riqueza, todo ello reunido en un solo hombre- ¿Qué mantiene viva a la democracia, sino el odio por la ex- celencia, el deseo de los villanos de no ver cabeza alguna más alta que la suya propia? -No es así, por todos los dioses. Es la justicia, el regalo de Zeus a los hombres- - ¿La justicia? ¿Debe el hombre a quien los dioses han conce- dido la sabiduría, o la presciencia, o la habilidad, ser rebajado, como si hubiese obtenido esos dones robándolos? Pronto desgraciaremos a nuestros mejores atletas, para complacer a los peores, en nombre de la justicia. O algún ciudadano marcado por la viruela y bizco pre- sentará una queja contra un muchacho como éste (el hombre me se- ñaló, súbitamente) y se le romperá la nariz, supongo que en nombre de la justicia. Las risas provocadas por estas palabras acabaron la discusión. Al yerme confuso, los mejor educados de entre ellos apartaron los ojos, pero uno o dos continuaron mirándome. Vi a Midas fruncir los labios, y me alejé de ellos. Jenofonte era uno de los pocos muchachos que habían hecho al- gunos ejercicios gimnásticos. Al acabarlos, se acercó a mí. Pensé que me diría que en Esparta hubieran hecho menos ruido por aquello. Pero dijo: - ¿Has estado escuchando? Te diré algo curioso. Cuantos culpan a los corintios o a los oligarcas, dicen que su aseveración es sensata, o que todo indica la culpabilidad de éstos. Pero todos los que acusan a Alcibíades manifiestan que alguien se lo dijo en la calle. -Así es. Entonces, tal vez haya algo de cierto en sus palabras. - Si, a menos que alguien haya hecho correr esos rumores. Jenofonte tenía rostro abierto y era de modales sencillos. Había que conocerle bien para saber que tenía una cabeza sobre los hom- bros. Quedó mirando el peristilo, y luego rió para sí. -A propósito, si después quieres estudiar con un sofista, ahora es el momento de elegir uno. No podía reprochársele su risa. Había olvidado, hasta que él me lo recordó, que los sofistas estaban allí. En cualquier otro día, cada uno de ellos hubiera aparecido rodeado por sus discípulos, como una flor entre abejas. En aquellos momentos, sentados en los ban- cos o paseando por el peristilo, interrogaban, al igual que los demás, a cuantos afirmaban saber algo, algunos de ellos con mayor decoro que cuantos los rodeaban; otros, no. Zenón expresaba fieramente sus opiniones democráticas; Hipias, que estaba acostumbrado a tra- tar a sus discípulos como si estuvieran aún en la escuela, les había dejado que discutieran entre ellos, y estaba enrojecido de tanto lla- marlos al orden; Dionísodoro y su hermano, sofista de poca monta, que enseñaban cualquier cosa, desde virtud a bailar en la cuerda floja, a bajo precio, gritaban como vendedoras del mercado, denun- ciando a Alcibíades, y enfureciéndose con quienes reían, pues bien sabido era que Alcibíades se había enfrentado con los dos a la vez, acallándolos con media docena de respuestas. Sólo Gorgias, con su larga barba blanca y su voz de oro, aunque era siciliano, aparecía tan tranquilo como Saturno. Estaba sentado con las manos cogidas, rodeado de jóvenes de aspecto grave, la gracia de cuyas posturas re- velaba su buena cuna. Las pocas palabras que se percibían de su dis- cusión decían claramente que hablaban de filosofia. -Mi padre me dijo -observó Jenofonte- que podía elegir entre Hipias y Gorgias; creo que prefiero a Gorgias. Miré a mi alrededor en la palestra. -No están todos aquí, aún -dije. No le había confiado mis propias ambiciones. Jenofonte com- partía la opinión de mi padre de que los filósofos deberían vestir y comportarse decorosamente, de acuerdo a su rango. Pero Midas me había descubierto. Tomaba su trabajo en serio. Mi padre le había or- denado, además de rechazar a los pretendientes, que me mantu- viera alejado de los sofistas y retóricos. Era demasiado joven, decía, para sacar algo sólido de la filosofia, que sólo me enseñaría a discu- tir con mis mayores y ser sensato en mi propio engremuento. En aquel momento el preparador gritó que estábamos allí para luchar, y no para parlotear como muchachas en una boda, y que lo lamentaríamos, si tenía que llamarnos nuevamente al orden. Mien- tras buscábamos pareja, oi una fuerte conmoción a un extremo del~ peristilo. Percibí una voz que conocía. Ignoro por qué no permanecí donde estaba. Un muchacho, al igual que un perro, es más feliz cuando le sigue la jauría. Cuando sus dioses han sido burlados, baja las orejas y el rabo. Pero yo me sentí impulsado a correr hacia aquel extremo de la palestra, fingiendo buscar pareja, y evitar al mismo tiempo, a los que estaban libres. Sócrates estaba discutiendo a voz en grito con un hombre que trataba de acallarle chillando más que él. - Muy bien; así, tú respetas los dioses de la Ciudad - decía cuando yo llegué-. ¿Y también las leyes? -¿Por qué no? -gritó el hombre-. Eso debes preguntárselo a tu amigo Alcibíades, y no a ¡ni. - ¿La ley de la evidencia, por ejemplo? -No intentes salirte de la cuestión -repuso el hombre sin dejar de gritar. -No, no, la pregunta es justa -intervinieron algunos de cuantos los rodeaban-. Debieras contestarla. -Muy bien; cualquier ley que quieras, y debiera haber una con- tra las personas como tú. -Bien. Entonces, silo que has estado diciéndonos te parece una evidencia, ¿por qué no vas con ella a los arcontes? Si algo vale, in- cluso te pagarán. Tú confias en las leyes; ¿confias también en la evi- dencia? Habla. El hombre habló, llamando a Sócrates artificiosa serpiente que afirmaba que lo blanco era negro, y que estaba a sueldo de los corin- tios. No alcancé a oír la contestación de Sócrates, pero el hombre, súbitamente, le golpeó en un lado de la cabeza, echándole contra Critón, que estaba de pie a su lado. Todos gritaron. -Lamentarás lo que has hecho, señor -dijo Critón, que estaba fuera de sí-. Has golpeado a un ciudadano libre. Pagarás daños y perjuicios por esto. Sócrates había ya recobrado el equilibrio. Hizo al hombre un gesto de asentimiento con la cabeza. -Gracias -le dijo-. Ahora todos hemos podido ver la fuerza de tu argumento. El hombre juró y levantó el puño. Entonces pensé: «Esta vez le matará». Casi sin saber lo que hacía, empecé a correr hacia adelante. En- tonces vi que uno de los jóvenes que había estado caminando detrás de Sócrates daba un paso hacia adelante, cogiendo al camorrista por la muñeca. Sabía quién era, no sólo de verle con Sócrates o por la Ciudad, sino porque había una estatuilla suya, de bronce, en el vestí- bulo de Micco, hecha cuando tenía unos dieciséis años. Era un anti- guo discipulo, que había ganado una corona luchando en las Fiestas Panateneas, cuando estaba aún en la escuela. Se decía también que había estado entre las bellezas notables de su año, lo cual podía fácil- mente creerse aun. Todos los días veía su nombre, puesto que es- taba escrito en la base de la estatua: Lisias, hijo de Demócrates de Exone. El enemigo de Sócrates era un hombre corpulento. Lisias era más alto, pero menos fornido. Sin embargo, le había visto en la lu- cha. Dobló el brazo del hombre hacia atrás, con aspecto grave y cui- dadoso, como si estuviera ofreciendo un sacrificio. El puño del hom- bre se abrió; cuando hubo perdido el equilibrio, Lisias le dio una rápida sacudida, haciéndole caer limpiamente por las gradas hasta el polvo de la palestra, que le llenó la boca, causando la risa de todos los muchachos, que sonó deliciosamente a mis oídos. Lisias miró a Sócrates como pidiéndole perdón por su intrusión, y retrocedió en- tre los jóvenes. No había pronunciado palabra alguna. En verdad, yo casi nunca había oído su voz, excepto en la carrera de antorchas, a caballo, cuando animaba a su equipo. Entonces se sobreponía a los gritos, al ruido de los caballos y a todo. Había una señal roja en la cara de Sócrates. Critón le instaba a que presentara una queja, ofreciéndole pagar el estipendio del escri- tor de discursos. -Viejo amigo -dijo Sócrates-, el año pasado un asno se des- mandó en la calle y te coceó; pero no recuerdo que presentaras pleito contra él. En cuanto a ti, mi querido Lisias, gracias por tus buenas intenciones. En el momento en que él empezaba a dudar de la fuerza de su argumento, tú se la afirmaste con elocuencia y con- vicción. Y ahora, ¿os parece que volvamos a lo que estábamos di- ciendo sobre las funciones de la música? Sus razonamientos eran demasiado incomprensibles para mí, pero quedé allí, en el polvo, mirándolos en el pavimento sobre mí. Lisias era el más próximo, pues estaba algo detrás de los demás. Mentalmente le coloqué junto a su estatua en el vestíbulo. La com- paración era fácil, porque su rostro estaba afeitado, moda nueva, entonces, que los atletas habían impuesto últimamente. Me pareció una lástima que alguien no hiciera otro bronce de él, en su virilidad. El cabello, que llevaba corto, algo rizado, y como en él se mezclaban hebras doradas y broncíneas, brillaba como un casco de bronce con incrustaciones de oro. Mientras yo pensaba en él, Lisias miró a su al- rededor. Era evidente que no recordaba haberme visto anterior- mente; sin embargo, me sonrió como diciéndome: «Acércate, si quieres; nadie te comerá». Me animé y di un paso hacia adelante. Pero Midas, que nunca permanecía ocioso durante mucho tiempo, me vio y se acercó rápi- damente. Incluso me cogió por el brazo, y yo, para ahorrarme mayor indignidad, fui tranquilamente con él. Sócrates, que estaba hablando a Critón, nada observó. Vi a Lisias mirarme mientras me alejaba, pero ignoro si aprobaba mi obediencia o despreciaba mi do- cilidad. -Hijo de Miron -me dijo Midas, camino de nuestra casa-, un muchacho de tu edad no debiera necesitar que le vigilaran continua- mente. ¿Por qué corrías tras Sócrates, después de cuanto te he di- cho? Especialmente hoy.. - -¿Por qué hoy? -pregunté. -¿Has olvidado que él enseñó a Alcibíades? -¿Y qué? - Sócrates se ha negado siempre a ser iniciado en los sagrados misterios. Por tanto, ¿quién supones que enseñó a Alcibíades a bur- larse de ellos? -¿Burlarse de ellos? -pregunté-. ¿Eso hace él? -Ya has oído lo que decían todos los ciudadanos. Era lo primero que oía de aquello, pero sabia que los esclavos se cuentan cosas los unos a los otros. - Pues si lo hace, es absurdo culpar a Sócrates por ello. No he visto a Alcibíades acercársele durante varios años, o hablarle más que las frases de saludo, al cruzarse con él en la calle. - El maestro es responsable de su discipulo. Si Alcibíades dejó justamente a Sócrates, entonces Sócrates le dio causa para ello y es culpable; si lo hizo injustamente, entonces Sócrates no le enseñó jus- ticia. Por tanto, ¿cómo puede asegurarse que hace mejores a sus dis- cípulos? Supongo que había oído semejante argumento en boca de al- guien como Dionisodoro. A pesar de que aún no había estudiado ló- gica, me parecía percibir una falacia. - Si Alcibíades rompió los hermas, todo el mundo conviene en que es lo peor que jamás ha hecho. Por tanto, cuando estaba con Só- crates debió de ser mejor de lo que es ahora, ¿no es cierto? Pero ni siquiera sabes si él lo hizo. Y -añadí, irritándome nuevamente-, en cuanto a Lisias, sólo quería hacerme sentir a gusto. Midas frunció los labios, chupando las mejillas. -Ciertamente. ¿Por qué habría de dudarlo alguien? Sin em- bargo, conocemos las órdenes de tu padre. No pude pensar en nada que oponer a eso. -Mi padre te dijo que yo no debía escuchar a los sofistas -res- pondí- - Sócrates es un filósofo. -Todos los sofistas -repuso Midas, sorbiendo por la nariz- son filósofos para sus amigos. Anduve en silencio, pensando: «¿Por qué discuto con un hombre que cree tan sólo aquello que ha de valerle la libertad dentro de dos años? Que piense lo que quiera. Parece que yo puedo ser más justo que Midas, no porque sea bueno, sino porque soy libre)). Midas caminaba a un pie de distancia detrás de mi codo, llevando mis ta- bletas y mi lira. Me dije: ((Cuando sea libre se dejará crecer la barba, y creo que se parecerá a Hipias. Y si quiere, entonces podrá desnu- darse para hacer ejercicios con otros hombres libres; pero se está ha- ciendo viejo para eso, y tal vez no quiera mostrar su cuerpo, segura- mente blanco y blando)). No le había visto desnudo durante todos aquellos años; podía haber sido una mujer. Incluso cuando fuera lí- bre no sería sino un extranjero, un inmigrante, jamás un ciudadano. En cierta ocasión, mucho tiempo antes, yo había preguntado a mi padre por qué Zeus hacia que algunos hombres fueran helenos, y vivieran en ciudades con leyes; otros, bárbaros, bajo tiranos, y otros, esclavos. -Lo mismo sería que preguntaras, querido muchacho -repu- so-, por qué ha hecho que algunos animales sean leones, otros ca- ballos y otros cerdos. Zeus el omnisciente ha colocado a los hom- bres en un estado de acuerdo con su naturaleza; no podemos suponer otra cosa. Sin embargo, no olvides que un mal caballo es peor que un buen asno. Y espera hasta que seas mayor, para inquirir los propósitos de los dioses. Me recibió en el patio cuando llegué, con una corona de mirto en la cabeza. Había reunido todo lo necesario para la purificación de la casa, agua de los Nueve Manantiales, incienso y lo demás, y me esperaba para que tomara parte en los ritos con él. Mucho tiempo había transcurrido desde la última vez que tuvimos que celebrarlos, siendo entonces sólo porque un esclavo había muerto. Me puse una corona de mirto en la cabeza, le ayudé en las lustraciones, y cuando el incienso quemaba en el altar de la casa, contesté las oraciones. Me alegré cuando la ceremonia acabó, pues estaba hambriento, y el aroma que llegaba de la cocina me decía que mi madre había prepa- rado algo bueno. En propiedad debiera decir madrastra, pero no sólo la llamaba madre, sino que la consideraba como tal, pues no había conocido otra. Como he explicado, su llegada me evitó muchas penas; por lo tanto, pensaba que de aquella forma, y no de otra, debía ser una madre. Ninguna importancia tenía a mis ojos que sólo fuera unos ocho años mayor que yo, pues mi padre la había desposado cuando ella no tenía sino dieciséis. Creo que, cuando llegó, pudo parecerles a otros que se portaba conmigo como una hermana mayor, a quien se le hubieran dado las llaves. Recuerdo que al principio, con cierta frecuencia, me preguntaba las costumbres de la casa, pues no quería averiguarlo por los esclavos, para no perder autoridad sobre ellos. Como cuando yo había sido desgraciado soñaba con una madre buena, y ella lo era conmigo, veía en ella el modelo de todas las ma- dres. Quizás a esto se debió que al ser iniciado en los Misterios, al mostrárseme ciertas cosas de las que está prohibido hablar, no me sentí tan conmovido por ellas como los candidatos que vi a mi alre- dedor. Que las diosas me perdonen, si he dicho algo que no debía. Incluso por su aspecto podía haber sido mi hermana, pues mi padre, a quien, al parecer, le gustaban las mujeres morenas, había elegido una segunda esposa no muy distinta de la primera. Su padre había caído en Anfipolis, cubierto de gloria; ella conservaba su ar- madura, en un arca de madera de olivo, pues él no había tenido hi- jos. Creo que por esta razón debió él de hablarle con impropia liber- tad, pues cuando vino a nuestra casa, a menudo le hacía preguntas a mi padre acerca de la guerra y de lo que sucedía en la Asamblea. Al- gunas veces él contestaba las primeras; pero si ella demostraba insis- tencia acerca de los negocios y la política, él, como bondadoso re- proche, se acercaba al telar y alababa su trabajo. Así, cuando percibí el aroma de la buena comida que se cocinaba, sonreí para mí mismo, pensando: (<Querida madre, no necesitas incitarme, pues por una escudilla de sopa de guisantes te contaré cuanto se dice por la Ciudad». Después de la comida, fui a los aposentos de las mujeres. Hacia algún tiempo que ella había empezado a confeccionar una gran col- gadura para el cenáculo, roja, con un barco blanco en el centro de un mar azul, tejida al estilo persa en los bordes. En aquellos momen- tos había acabado la parte central. En un telar más pequeño, una de las doncellas a quienes ella enseñaba tejía telas comunes. El ruido del telar grande cambiaba de ritmo, según el dibujo. Primero me preguntó cómo me había ido en la escuela. Para bromear, contesté: - No muy bien. Micco me ha azotado, por haber olvidado la lección. Pensé que por lo menos me preguntaría qué me había hecho ol- vidarla, pero sólo dijo: - ¿No te averguenzas? Sin embargo, al ver que volvía la cabeza para mirarme, reí, y ella rió también. La inclinación de su cabeza recordaba a un pajarillo esbelto, de ojos brillantes. Al estar de pie a su lado, observé que yo había vuelto a crecer, pues mientras los ojos de ambos estaban al mismo nivel antes, los míos llegaban ya a la altura de sus cejas. Le conté todos los rumores que corrían. Cuando pensaba, enar- caba las cejas en los extremos interiores, formando en su frente muy blanca un hoyuelo. - ¿Quién crees tú que lo hizo, madre? -pregunté. -Tal vez los dioses lo revelen -repuso- - Pero ¿quién mandará el ejército ahora, en lugar de Alcibíades? ~En lugar de Alcibíades? -repetí, asombrado- - Debe man- darlo él. Es su guerra. ~Un hombre acusado de sacrilegio? ¿Cómo puede el ejército ser puesto bajo una maldición? - Supongo que no. Tal vez no vaya a Sicilia, después de todo. Me entristecí, pensando en los barcos y en todas las grandes vic- torias que habíamos esperado. Mi madre me miro. - Sí, irá - dijo, haciendo un gesto de asentimiento con la cabe- za-. Los hombres son como niños, ansiosos por ponerse sus vesti- duras nuevas. -Tejió un par de pasadas y añadió: - Tu padre dice que Lamacos es un buen general. - Las gentes se han burlado demasiado de él - repuse - - No es culpa suya ser tan pobre, pero cuando cortó él mismo el cuero para sus zapatos, la última vez, Aristófanes lo supo y empezó a burlarse de él. Supongo que Nicias le consultara. Dejó de tejer y se volvió con la lanzadera en la mano. - ¿Nicias? - repitió. -Naturalmente, madre. Es lógico. Desde que tengo uso de ra- zón, ha sido uno de los primeros atenienses. Y, ciertamente, un ciudadano de la edad de mi padre hubiese asimismo podido pronunciar aquellas palabras. -Pero es un anciano enfermo -objetó ella- - Debiera tomar su sopa en el lecho, en lugar de cruzar el mar. Y, además, desde el principio fue enemigo de la guerra. Vi que ella sabía ya algo de los acontecimientos. Indudable- mente, cuantas mujeres podían andar habían ido de una a otra casa, con la excusa de pedir prestadas un poco de harina o una medida de aceite. - Sin embargo - dije-, sería el hombre conveniente, silos dio- ses están irritados. Nunca han dejado que perdiera una batalla en su vida. Nadie ha sido más atento con ellos que él. Incluso les ha construido altares y templos. Mi madre levantó la mirada. - ¿Para qué quieren los dioses ser temidos por un hombre que lo teme todo? -preguntó-. ¿Cómo puede perder batallas? Jamás se ha an-iesgado. Miré ansiosamente a mi alrededor. Afortunadamente mi padre no estaba en casa. -Yo misma le he visto en la calle -prosiguió-, cuando un gato cruzó su camino, esperando a que pasara alguien y cargara con la mala suerte. ¿Qié clase de soldado puede ser un hombre así? - Nadie duda -repuse-, que tú serías mejor soldado que él. Ella se sonrojó, y se volvió hacia el telar. -No puedo perder más tiempo hablando. El circulo de tu pa- dre vendrá esta noche. El círculo se llamaba ((Caballos del Sol». En aquellos tiempos era moderado en política, pero, aunque se ocupaba en ella, su principal función era una conversación amena. Mi padre y sus ami- gos jamás permitían que su número excediera de ocho, para que la conversación fuera general. Todos sus fundadores, entre los cuales se contaba mi padre, habían sido hombres de moderada riqueza; pero la guerra había producido muchos cambios de fortuna. En aquellos tiempos trataban de pasar por alto el hecho de que se ha- bían convertido en una mezcla de ricos y pobres; las suscripciones para las cenas habían siempre sido moderadas, sin que se espera- ran costosas adiciones por parte del anfitrión. Pero últimamente las cosas habían llegado a una situación tal, que algunos no podían permitirse el gasto extraordinario de aceite para las lámparas y condimentos para una cena del circulo, y, avergonzándose de car- garlos a una cuenta común, no asistían a las reuniones, pretextando alguna ex~usa. <~Adónde vas? -me preguntó mi madre. - Sólo a ver a Jenofonte. Su padre le ha regalado un potro, que debe preparar él mismo, para cuando entre a formar parte de la Guardia. Q3iiero ver cómo lo hace. Dice que nunca debe entrenarse un caballo con un látigo; es como azotar a un bailarín y esperar que dance graciosamente; el caballo debe caminar bien por orgullo en sí mismo. ¿No es tiempo de que mi padre compre un caballo nuevo? Korax es demasiado viejo ya. ¿Q1ié montaré, cuando esté preparado para la Guardia? <~Tú? -gritó-. Niño, falta un mundo todavía para eso. - Sólo tres años, madre. -Depende de la cosecha del año próximo. No te quedes hasta muy tarde en casa de Jenofonte. Tu padre quiere que estés pronto aquí, esta noche. -Esta noche no, madre; es noche de círculo. -Lo sé, Alexias. Tu padre ha ordenado que sirvas el vino des- pués de la cena. -¿Yo? Me sentí muy ofendido. Jamás me había pedido que sirviera a la mesa, excepto en ágapes públicos, cuando los hijos de casas buenas acostumbran hacerlo. - ¿Están enfermos los esclavos? - No le pongas esta cara amurriada a tu padre; debieras sentirte halagado. Y ahora, vete, pues tengo trabajo. Cuando fui al baño aquella tarde, encontré en él a mi padre, a quien enjuagaba el viejo Sostias. Miré sus hermosos hombros, pía. nos y anchos sin ser demasiado gruesos, y decidí pasar más tiempo con el disco y la jabalina. Incluso ahora, aunque a la actual genera- ción no parece importarle, no puedo soportar el espectáculo de un corredor que sólo tiene músculos en las piernas, pareciendo que para nada ha de servir fuera de la pista, excepto para huir del campo de batalla más de prisa que nadie. Cuando Sostias marchó, mi padre me dijo: -Esta noche nos servirás tú el vino, Alexias. -Sí, padre. -Nada de lo que oigas en el cenáculo debe salir de allí. ¿Me comprendes? -Sí, padre. Aquello daba otro aspecto a lo que de mí se pedía. Fui a prepa. rarme una guirnalda, y creo que elegi jacintos. Acabaron sus discusiones de negocios pronto; mientras estaban cenando aún, mi padre me ordenó fuera en busca de mi lira y can- tara. Canté la balada de Harmodio y Aristógiton. -Debéis perdonar la manida elección del muchacho -dijo des- pués mi padre-, pero sólo esos viejos cantos enseñan algo a los jó- yenes. -No debes pedir nuestro perdón, Miron -repuso Critias-. Ima- gino que no soy el único de nosotros que, al oírlo esta noche, sintió que él lo había comprendido por vez pnmera. Los esclavos estaban limpiando las mesas, lo cual me dio una ex- cusa para fingir que nada había oído. Después de mezclar el vino, fui de triclinio en triclinio, queda- mente, como me habían enseñado, sin llamar la atención hacia mí, pero uno o dos de los viejos amigos de mi padre me retuvieron unos instantes a su lado, cambiando conmigo algunas palabras. Terame- nes, que me había regalado mi primer juego de taquines, observó que había crecido mucho, y me dijo que si no perdía el tiempo en la casa de baños o en la tienda de perfumes, y recordaba la Elección de Heracles, podría ser tan apuesto como mi padre. Uno o dos de los otros invitados me dirigieron también la palabra, pero cuando llegué a Critias cuidé de ser tan breve como si de un espartano se tratara. No contaba mucho más de treinta años entonces, pero asumía ya el aspecto del filósofo, en manteo y barba. Tenía cara ham- brienta, con la piel atirantada en los pómulos; sin embargo, su apa- riencia no era desagradable, excepto su delgadez, aunque sus ojos eran demasiado claros, en contraste con la piel oscura que los ro- deaba. No hacia mucho tiempo que pertenecía al círculo, habiendo sido agradablemente aceptado, pues era muy bien nacido, rico e m- teligente. Como podéis suponer, nadie me había pedido mi opinión. En realidad, yo le había conocido antes que mi padre; le vi por vez primera en compañía de Sócrates, lo cual me predispuso tanto en su favor, que cuando después se acercó, en un momento en que Midas estaba de espaldas a mí, le dejé que me hablara. Yo era ya lo bastante mayor como para haber recibido algunas atenciones de los hombres, siendo al mismo tiempo lo suficiente- mente joven para encontrarlos bastante absurdos, como, en reáli- dad, generalmente son las personas que persiguen a los muchachos. Pero jamás me había sentido inclinado a burlarme de Critias. Cuando llegué a él con el vino, era todo gracia, y observó, como si jamás hubiéramos hablado anteriormente, que se había fijado en mí en la pista, comprobando que mi estilo mejoraba; luego men- cionó uno o dos vencedores a quienes había preparado mi entrena- dor. Al contestarle en la forma niás breve que supe, alabó mi mo- destia, diciendo que poseía los modales de un muchacho mayor que yo, y citó a Teognís. Observé que mi padre escuchaba, satisfecho. Pero apenas volvió la cabeza, Critias movió un poco su copa, derra- mando una parte del vino sobre mi vestidura. Me pidió perdón, di- ciendo que esperaba que no quedara mancha. No sé cómo no le arrojé el jarro a la cabeza. Él sabia que me avergonzaría llamar la atención en presencia de mi padre y sus ami- gos. Me aparté inmediatamente, aunque sin decir nada, y fui hasta la vasija del vino mezclado, para volver a llenar el jarro. Al levantar los ojos, vi a Critias mirándome. Cuando trajeron las guirnaldas y los esclavos cerraron la puerta y marcharon, uno o dos de los contertulios me invitaron a que me sentara a su lado, pero lo hice junto al triclinio de mi padre. Habían estado compitiendo en versificación, en lo que Critias destacaba, pero al quedar solos, se miraron los unos a los otros, en silencio. En- tonces Terámenes dijo: -Bien, a todos les llega el turno, y hoy es el de los demagogos. Varias voces asintieron. -Piensan con los oídos, los ojos, el vientre o lo que vosotros que- ráis, excepto con la cabeza -prosiguió-. Si Alcibíades ha sido inso- lente con ellos, debe ser culpable. Si ha gastado dinero en la tienda, y ha recordado sonreír, podría recorrer la Ciudad con un herma destrozado bajo el brazo, y ser, al mismo tiempo, tan inocente como este muchacho. Pero recordadíes sus aptitudes, señaladíes que es un estratega genial como Ares sólo crea uno en un siglo, y su mirada se vuelve vidriosa. ¿Qué les importa a ellos? No han pisado un campo de batalla en tres generaciones; no tienen corazas, no; pero nos dan la orden de marcha y eligen los generales. -Y nosotros, que llevamos sobre nuestros hombros el peso de la Ciudad, somos como los padres de niños mimados - dijo Critias - - Ellos rompen las tejas y nosotros las pagamos. -En cuanto a justicia -siguió diciendo Terámenes-, tienen tanta noción de ella como las tripas de un salmonete. Te aseguro, querido Miron, que esta noche yo podría embriagarme aquí, gol- pearte ante todos estos testigos y herir a tus esclavos; y si tú recu- rrieras a los magistrados portándote como un caballero, y con as- pecto de tal, yo me encargaría de que perdieras tu caso. Vestiría la tiinica vieja que uso cuando voy a la granja, y me haría escribir un alegato propio de un individuo honrado y pobre, que estudiaría hasta recitarlo con toda naturalidad. Haría que me acompañaran mis hijos, y pediría algunos niños prestados, puesto que el menor de los míos tiene diez años; y todos nos frotaríamos los ojos con cebo- lla. Te aseguro que finalmente serías tú quien pagara la multa, por hacer beber a tu sencillo amigo vino más fuerte que el que puede permitirse normalmente en su casa, intentando con ello aprove- charte de su embriaguez. Te escupirían cuando salieras. -Convengo en que a menudo se portan como niños -repuso mi padre-; pero los niños pueden ser educados. Pericles lo hizo. ¿Quién lo hace ahora? En la actualidad su locura no tiene otro fin que la ganancia. -Alcibíades no puede quejarse -observó alguien-. Él inventó la demagogia. No pretendamos desconocer este hecho, sólo porque la practica con cierta gracia. - Achaquémosle la invención si queréis - repuso Critias -, pero no la perfección del arte. Hizo mal en insultar a su más fuerte aliado. Pagará por ello. -Mi cerebro debe trabajar con lentitud esta noche -dijo Telis-. ¿A qué aliado te refieres? Critias le sonrió no sin cierto desprecio. -Hace mucho tiempo -contestó- vivió un tirano viejo y sabio. Ignoramos su nombre y su ciudad, pero podemos suponerlos. Tenía guardias suficientes, tal vez, para proteger su persona, pero no para gobernar. Por tanto, su mente creó doce grandes guardianes y servi- dores de su voluntad; los hizo omniscientes, capaces de ejercer su poder a gran distancia y de hacer temblar la tierra, proveedores de grano, vino y amor. No los hizo terribles, porque él era poeta, y tam- bién porque era sabio; pero dio terribles iras incluso a los más her- mosos de ellos. ((Podéis creer que estáis solos -dijo a su pueblo-, cuando estoy encerrado en mi castillo. Pero ellos os ven y no se de- jan engañar.» Entonces mandó a los Doce, con un rayo en una mano y una copa de zumo de adormidera en la otra; y desde enton- ces han sido excelentes servidores de quienes han sabido emplearlos debidamente. Por ejemplo, Pericles los utilizaba a su gusto. Logico sería suponer que este hecho le ha enseñado algo a Alcibíades. Por vez primera en mi vida oía yo conversación semejante. Mi mente volvió a la amanecida de aquel mismo día, cuando estuve en la Ciudad Alta. Parecía algo insignificante haber conservado mi cuerpo para mi mismo, cuando no tenía defensa alguna contra sus sucias manos. Mi padre, que claramente pensó que sería conveniente que mi presencia no fuera olvidada, me hizo servir vino, como recordatorio. Luego dijo: -Nada ha sido probado aún. Al igual que la ley, la razón exige un motivo. Nada podría serle de mayor provecho que la conquista de Sicilia. Imagino que entonces la dificultad sería evitar que el pue- blo le coronara rey. Si un ateniense ha sido quien ha destrozado los hermas, busquemos a alguien que piense en la tiranía y tema a un rival. -Dudo que nadie busque tan lejos, cuando se conozca la historia de la fiesta de Eleusis. Tras estas palabras, se percibió en la habitación el sonido de hombres que se llenaban los pulmones para hablar, vaciándolos luego en silencio. -El muchacho es adepto -dijo mi padre. Pero los otros habían pensado, y nadie habló. Finalmente, mi padre rompió la pausa. - Seguramente - dijo- nuestros torpes amigos del Ágora no se sentirán ya solemnes a este respecto, después de tanto tiempo. Cual- quier buen redactor de discursos... Todos sabemos lo que son los jó- venes que empiezan a razonar y se creen emancipados. Una proce- sión con antorchas por el jardín; nuevas palabras a la música de un himno; una sorpresa en la oscuridad y un poco de risa; y al fin, nada peor que un poco de galanteo, tal vez. Fue el año que... Escasamente si tenía él barba entonces. Critias enarcó las cejas. - No imagino que eso levante mucho polvo hoy. ¿Tanto tiempo hace que se le ocurrió la idea? Yo hablaba de la fiesta de este in- yerno. Aunque temo que él no lo tome como una chiquillada. Asal- taron la tienda para hacerse con los objetos rituales. Se precisará un muy buen redactor de discursos para explicar eso. Lo hicieron todo: la plegaria, el lavatorio, la oferta. ¿No lo sabias, Miron? Mi padre apartó la copa de vino. -No -repuso. -Quienes estaban allí habrán cuidado de olvidarlo ya, sin duda. Desgraciadamente, como era tarde y existía cierta confusión, no re- cordaron a los esclavos, que permanecieron allí hasta el final. Algu- nos no eran adeptos. Tras estas palabras, oí, en todos los triclinios, una exclamación contenida. -También hicieron la demostración -prosiguió Critias-. Traje- ron una mujer. Añadió algo que es ilícito escribir. Hubo un largo silencio. -Eso es más que blasfemia -dijo uno de los contertulios-; es sacrilegio. -Es más peligroso aún -afirmó Critias-. Es frivolidad. -Cogió la copa y volvió a dejarla, para recordarme que estaba vacía. - Se destruirá a si mismo porque no puede conservar su mente en cosas serias. Su capacidad es excelente; empieza un negocio de cierta im- portancia, sabiéndose capaz de alcanzar el éxito, descontando los resultados del fracaso. Entonces algo se cruza en su camino: una disputa, una cuestión amorosa o una broma, que no puede resistir. Le encantan las improvisaciones peligrosas. Tiene alma de acróbata. Recordad su iniciación pública, para contribuir al fondo de guerra. Nadie conoce mejor que él la importancia de una entrada. No quiere dejar en casa su codorniz de pelea; y eso, a pesar de la prohi- bición. Escapa de debajo de su túnica; la gente se siente excitada y todos corren por el teatro, intentando cogerla para devolvérsela. Prescindiendo de cuantos podrían serle útiles después, la recibe de manos de un cualquiera, el piloto de una nave de guerra; van a su casa juntos, y el hombre está a su lado todavía hoy. En otra ocasión, sigue un curso de polémica. Va a Sócrates; no es una elección dis- creta, pero está muy lejos de ser tonta, pues el hombre, aunque loco, es un lógico magnífico; yo he aprovechado de sus enseñanzas, y no me importa que se sepa. Naturalmente, sus procesos conducen todos a un racionalismo que él mismo se niega a aceptar. Ya cono- céis a esos excéntricos. Pero Alcibíades, que ha probado ya todo lo hermoso en la Ciudad, en los tres sexos, se siente captado por la ex- traordinaria fealdad del hombre, y le tolera que extienda la lección en todas las direcciones. Antes de poco se contagia del capricho de su amante por reformar a los dioses, y, por un simple silogismo, m- flere que los dioses no reformados son su natural objetivo. Ahí ori- gina la peligrosa mascarada de que has hablado, Miron. En la actua- lidad ha abandonado la idea de mejorar a los olímpicos, aunque probablemente podría instruirlos en cuestiones amorosas. Y el peli- gro, al igual que el vino, debe ser fuerte ahora para excitarle. Yo estaba en pie, junto a la vasija donde se mezclaba el vino, con cíjarro en la mano, n-iirando a Critias. Deseaba que un rayo le fulmi- nara. Recuerdo haber pensado que si podía hacer que me mirara a los ojos, mi maldición sería más efectiva. Pero no miró. Entonces Telis, que no había hablado durante un rato, lo hizo en tono sosegado. -Empezamos a hablar de la rotura de los hermas. Creo que po- demos descartar toda idea de improvisación. Ni doscientos hombres hubieran podido hacerlo, en toda la Ciudad, en una noche. ¿Fueron destrozados acá y acullá por borrachos, y nadie recuerda haberlo hecho? ¿No se hubiera negado alguno de ellos, denunciándolo des- pués? No; Miron está en lo cierto. Fue algo planeado hasta el último detalle, y no por Alcibíades. -No creo que nadie tenga en mala opinión a Teis, por apoyar a su anfitrión -observó Critias, suavemente. Los hombres habían estado bebiendo, y se hallaban enfrascados en sus cosas. Pero yo, que los contemplaba, vi que la cara de Telis se afinnaba, como si una espada le hubiera desgarrado las carnes. Cuando uno cree encontrarse entre buenos amigos, que han dado pruebas de su agrado por la compañía de uno, es muy duro ofrse lla- mar adulador. Supe, entonces, que jamás volvería a cenar con el circulo. Me acerqué a él y llené su copa, pues no sabía de qué otra manera podía demostrarle cuales eran mis sentimientos; y él me sonrió, como siempre hacia. Nuestros ojos se encontraron, como los de los hombres que han comprendido que la batalla está perdida, aun antes de que la trompeta dé la orden de retirada. Adonis había muerto. Mi madre se cubrió con el velo de luto, y salió a llorar por él, con una cesta de anémonas para desparramarías alre- dedor de su féretro. Pronto aparecieron procesiones en todas las es- quinas, que llevaban al dios muerto cubierto de flores. Las mujeres, con el cabello suelto, gemían como fúnebre acompañamiento de las flautas. Jamás he conocido a un hombre a quien le gustara ese festival. Aquel año se celebró en un día frío y gris, con el cielo cubierto de es- pesas nubes. Los ciudadanos se apiñaban en la palestra, los baños y los demás lugares a los que las mujeres no pueden acudir, murmu- rando acerca de presagios y prodigios. Llegó la noticia de que un hombre había enloquecido rabiosamente en el Ágora; saltó al Ma de los Doce, sacó un cuchillo y se cortó los genitales. El altar fue así mancillado y habría de ser nuevamente consagrado. Era tanta la concurrencia a los templos de la Ciudad Alta, que las personas que acudían a ellos para hacer sus sacrificios formaban lar- gas hileras, esperando su turno, y salían de ellos como hombres que, después de haber sufrido la peste, acabasen de lavarse, dudando si el lavatorio era suficiente. Desde el centro del templo, la gran Ate- nea bajaba su mirada hacia nosotros. Brillaban sus doradas vestidu- ras, y su capa, recamada de victorias, colgaba a su espalda. La suave luz, filtrándose a través del delgado mármol de las tejas, se reflejaba en su cara de tal forma, que el cálido marfil parecía lleno de vida. Y todos parecíamos esperar que alzase su brazo poderoso, y, seña- lando, dijera con voz de oro: «Allí está el hombre)). Pero callaba. Los hombres estaban más ocupados. Se ofrecían recompensas públicas a los informantes, se había nombrado un consejo para es- cucharlos. Pronto empezó a recibirse información no acerca de la mutilación de los hermas, sino sobre cualquiera de quien se sospe- chara había hecho, dicho o pensado cualquier cosa sacrilega. Mi pa- dre decía a cuantos querían escucharle que eso era sobornar a la ca- nalla, y que Pericles se habría sentido profundamente disgustado por ello. Para evadirnos de toda esa tenebrosidad en la Ciudad, Jenofonte y yo pasamos nuestro tiempo libre en El Pireo, donde siempre había algo nuevo: un nco comerciante de Frigia o Egipto que construía una casa al estilo de su ciudad natal, o que levantaba un ara a uno de los dioses a quienes nosotros casi no conocíamos con su atuendo extranjero, incluso con cabeza de perro o cola de pescado, o tal vez en el Emporio se desembarcaba un nuevo cargamento de alfombras de Babilonia, lapislázuli de Persia, turquesas de la Escitia, estaño y ámbar de las hiperbóreas regiones que sólo los fenicios conocen. Nuestras monedas de plata con la efigie de la lechuza eran las únicas que tenian valor en todo el mundo. En las amplias calles veíanse nu- bios con pesados adornos de marfil, que tiraban de sus orejas hasta alargárselas sobre los hombros; medas de larga cabellera, vestidos con pantalones y cubiertos con bonetes adornados con lentejuelas, y egipcios de ojos pintados, vestidos sólo con faldas de lino crudo, y collares de piedras preciosas y cuentas. El aire estaba lleno del olor de cuerpos extranjeros, de especias y cáñamo y brea; extrañas len- guas sonaban como bestias hablando a los pájaros, y trataba de adi- vinarse su significado observando las gesticulantes manos. Alcibíades fue denunciado el día que compareció ante la Asam- blea, para comunicar que la flota estaba dispuesta para zarpar. El acusador, a quien acompañaba un esclavo, pidió inmunidad, y que todos los no iniciados se retiraran. Después de concederse lo solicitado, el esclavo recitó en voz alta las Palabras centrales, que, se- gún dijo, Alcibíades había profanado en su presencia. Al día siguiente no vi a Sócrates en la palestra. Su ausencia en si no me hubiera llamado la atención, pues Sócra- tes acostumbraba hablar con gentes de todas clases en las calles de la Ciudad. No me sentí desazonado hasta que fui a la pista de carre- ras, viendo, entre los espectadores, a un grupo de amigos suyos, que hablaban como hombres turbados. Inmediatamente pensé que al- guien le había denunciado, porque había sido el maestro de Alcibía- des y se negó a ser iniciado. El fisico Erisimaco se había reunido con ellos. Yo no podía resistir ya mi ignorancia. Me apoyé en un pie al correr, deteméndome como si me doliera, y salí cojeando de la pista. El preparador estaba demasiado ocupado para averiguar lo que me sucedía. Me senté cerca de aquellos hombres para escuchar su conversación. Erisimaco debía de haber preguntando si Sócrates estaba en- fermo, pues Critón le decía que nunca le dolía nada. -No, Sócrates está en su casa, haciendo sacrificios y orando por el ejército de los atenienses - añadió. Y Cairofonte dijo: -Su espíritu familiar le ha hablado. Se miraron los unos a los otros. También yo guardé silencio, fro- tándome el pie con la mano y recordando el nido en el árbol. Mientras estaba sentado, sumido en mis pensamientos, casi sin oír los ruidos de la pista, observé que la sombra de alguien caía so- bre mí, y oí una voz. Al levantar la cabeza, vi a Lisias, hijo de Demó- crates. Estaba con los amigos de Sócrates cuando me senté, pero casi inmediatamente se había alejado de ellos. -Vi cuando te torciste el tobillo -dijo-. ¿Duele mucho? Debie- ras vendarlo con una tela mojada, antes de que se hinche. Le di las gracias, tartamudeando, pues me había tomado por sorpresa; al mismo tiempo, me apabullaba que alguien como él me hablara. Para que yo no tuviera que levantar la cabeza, Lisias apoyó una rodilla en tierra, y entonces observé que tenía un paño mojado en la mano, que seguramente obtuvo en el baño. -¿Quieres que lo vende yo? -preguntó tras ligera pausa. En aquel momento recordé que no me había sucedido nada y me sentí tan avergonzado ante el temor de que Lisias lo averiguara y creyera que me había sentado por debilidad o temor de ser ven- cido, que mi cara y mi cuerpo todo parecían arder, mientras yo per- manecía sentado, incapaz de hablar. Pensé que él se sentiría disgus- tado por mi hosquedad, pero me ofreció la tela mojada, diciendo, con voz suave: -Hazlo tú mismo, si así lo prefieres. Creyéndome a salvo a las órdenes del preparador, Midas había estado paseando, y entonces, por primera vez, vio dónde estaba yo. Se acercó rápidamente, casi arrancando la tela de las manos de Li- sias, diciéndole que él cuidaría de mí. No hacía otra cosa que cum- plir con su deber, pero en aquellos momentos me pareció un bár- baro. Levanté la mirada hacia Lisias, sin encontrar palabras con que excusar la actitud de Midas, pero él, sin mostrarse ofendido, se des- pidió de mí, sonriendo, y se alejó. Estaba tan irritado y confundido, que aparté a Midas de un empujón, diciéndole que tenía el pie mejor y que ya podía correr. No podía culparle por la impresión que mis palabras causaron en él. Cuando regresábamos a casa, me preguntó si prefería ser azo- tado por él o que le contara lo sucedido a mi padre. No me era di- ficil suponer la historia que inventaría, por lo que elegí los azotes, que soporté en silencio, pues seguía pensando que Lisias me había creído débil. Entretanto, la agitación reinaba en la Ciudad, pues todos espe- raban que Alcibíades fuera juzgado. Los argivos y los mantineos amenazaron con regresar a sus ciudades, diciendo que habían ve- nido para pelear a las órdenes de Alcibíades. La actitud de los ma- rinos hizo temer a los trierarcas que se sublevaran. Quienes habían pedido a grandes voces el juicio, parecieron enmudecer súbita- mente, mientras otros, inspirados por nadie sabe quién, abogaban en favor del acusado, diciendo ser amigos suyos. No dudaban de que Alcibíades fuera capaz de defenderse bien cuando se le citara, y pedían que se le permitiera marchar a la guerra que tan hábil- mente había preparado. Todos esperaban verle aprovechar esa oportunidad, pero Alcibíades se presentó ante la Asamblea, pi- diendo, apasionada y elocuentemente, ser juzgado. En realidad, nadie sabia qué hacer, y, finalmente, la flota se hizo a la mar, po- cos días después. Un amigo de mi padre tenía una bodega en El Pireo, y permi- tió que nosotros, los muchachos, trepáramos al tejado, donde nos sentíamos dioses contemplando la partida de los héroes. Las naves almacén se habían concentrado en Corcira, y sólo los brillantes y esbeltos trirremes quedaban en la bahía. La brisa veraniega hacia ondear sus pendones de popa; águilas y dragones, delfines y jaba- líes y leones, agitaban la cabeza cuando la marejada golpeaba los espolones. Las aclamaciones empezaron en la Ciudad, como el rugido de un lejano deslizamiento de tierras, y se arrastró hacia nosotros, en- tre los Muros Largos. Luego el rugido cruzó El Pireo. Oíamos acer- carse la música, y el acompasado golpeteo de los escudos contra los corseletes. Entre los Muros veianse los empenechados cascos, abundantes como las aguas del mar; formaban como una larga y brillante serpiente, con sus nuevas escamas en la primavera, bronce y oro, púrpura y rojo. Chispas de luz parecían bailar sobre ella, al reflejarse el sol mañanero en las puntas de muchos miles de lanzas. La nube de polvo brillaba como el oro. En los tejados a nuestro alrededor parloteaban los extranjeros, maravillados ante la belleza y el poderío del ejército que la Ciudad, a pesar de tantos años de guerra, podía poner en pie. Dos esclavos nu- bios entornaban los ojos, diciendo: «¡Auh! ¡Auh!». Y nosotros grita- mos hasta enronquecer. La voz de Jenofonte sonaba casi como la de un hombre. Las tropas se desplegaron en la playa y en los muelles; cruzaban pasarelas o eran embarcadas en botes, para ser llevadas hasta las ves. Parientes y amigos corrían a despedirse de los aliados. Un an- ciano bendecía a su hijo, un muchacho corría hacia su padre, para entregarle un regalo que la madre le mandaba, dos amantes se des- pedían, pues uno de ellos era demasiado joven para acompanar a su amigo. Aquel día las lágrimas no las derramaron tan sólo las muje- res en las casas. Aquello me parecía el mayor de los festivales, supe- rior incluso a las Panateneas durante el Gran Año. Como reza el pro- verbio, la guerra es dulce para los no experimentados. Volvimos a oír ruido entre los muros. - ¡Vivan los generales! - gritó alguien. Hasta nosotros llegó el golpeteo de los cascos de los caballos y pudimos ver la nube de polvo que levantaban. Poco después pasó cerca de nosotros Lamacos montado en su corcel, alto y saturnino, saludando a los viejos soldados que le acla- maban, indiferente a los demás; luego Nicias, gravemente esplén- dido, adornada su blanca cabeza con una guirnalda, a cuyo lado ca- balgaba su adivino, portando el trípode, los cuchillos y la vasija sagrados. El color plomizo de su piel parecía prestarle más dignidad. A su paso, las gentes se recordaban el antiguo oráculo que profetizó que los atenienses ganarían gloria imperecedera en Sicilia. Entonces se produjo una pausa inquieta, como la calma antes de la tempestad. Y el murmullo de millares de voces que se acercaba era como el sonido de la poderosa ola al caer sobre una playa pedre- gosa, arrastrando los guijarros al retroceder. 1Alcibíades! -gritó entonces un joven, cuya voz clara sonó como un grito de guerra. Cayó sobre nosotros como el sol. Su armadura estaba tachonada de estrellas de oro; la capa púrpura le caía de los hombros, como si un escultor hubiera arreglado los pliegues. Detrás de él cabalgaba su caballerizo, portando su famoso escudo, escándalo y deleite de la Ciudad, adornado con Eros con un rayo en la mano. Su casco abierto dejaba al descubierto su cara, el perfil de Her- mes, y la barba corta y rizada. Erguía la barbilla; sus ojos azules, grandes y claros, parecían contemplar una vaciedad que pedía ser llenada. Me parece ahora que entonces decían: ((Me queríais, ate- nienses, y aquí estoy. No me interroguéis, no me hiráis. Yo soy el de- seo nacido de vuestro corazón, y si me herís vuestro corazón san- grará. Vuestro amor me ha hecho. No me lo quitéis, pues sin amor soy como un templo olvidado por su dios, en el que penetrará el os- curo Alastor. Vosotros, atenienses, me conjurasteis, convirtiéndome en un ser cuyo alimento es el amor. Alimentadme, pues, y yo os cu- briré de gloria y os mostraré a vosotros nusmos en la imagen de vuestro deseo. Estoy hambriento: alimentadme. Es demasiado tarde para arrepentirse». La muchedumbre murmuraba y se balanceaba, como un bajío moviente arrastrado por la marea. Entonces, desde un portal, una hetaira le mandó un beso. Alcibíades la saludó con la mano, anz- mándose sus nublados ojos, como el mar en la primavera. Y estalla- ron las aclamaciones, rodeándole con un rugido. Sonrió como un muchacho coronado en sus primeros Juegos, joven y encantado, abrazando a todo el mundo, mientras las gentes seguían aclamán- dole hasta perderle de vista. Adonis había pasado por la calle antes que él; pisoteadas por los cascos de los caballos, las anémonas man- chaban el polvo como sangre. Los generales embarcaron en sus naves, el bullicio disminuyó y luego termu-xó. Una trompeta tocó una larga llamada. Entonces sólo se oyó un muriente murmullo, el ruido de las olas al estrellarse con- tra los muelles, los gritos de las gaviotas y el ladrido de algún perro. La voz clara de un lejano heraldo gritó la Invocación, que fue repe- tida en las naves y en tierra. El sonido avanzaba y retrocedía, como las olas. En todas las popas brillaba el oro o la plata, cuando el trie- rarca elevaba el cáliz del sacrificio. Se levaron las anclas, entre los gritos de los pilotos. Los remeros impulsaban las naves, y se izaban las velas mientras los marineros acompañaban sus tareas con caden- ciosas salemas. La flota se hizo a la mar, contestando unas tripula- ciones los cánticos de las otras, entre desafios de los pilotos. Vila blanca barba de Nicias mientras oraba con los brazos en alto. En la popa del trirreme de Alcibíades, que se alejaba ya, aparecía una pe- queña figura, brillante como una imagen de oro, no mayor que los Adonis que las mujeres habían llevado en procesión por las calles. El viento hinchó las velas; las palas de los remos se alzaban y hundían rítmzcamente en el agua, como pájaros de brillante plu- maje; y como cisnes volaban las naves, cantando, hacia las islas. Las lágrimas acudieron a mis ojos, y lloré, como otros muchos, por la belleza de todo aquello. Lágrimas de felicidad para los atenienses, si las que siguieron después hubieran sido como las mías. Muy poco después supe que Critias había sido encarcelado. Un informador juró haberle visto, la noche en que se destruye- ron los hermas, ayudando a reunir a la banda, dando instrucciones a sus componentes, en el pórtico del Teatro. Brillaba la luna, había dicho el hombre, y asegurando que podría nombrar a la mayor parte de los jefes. Al conocer esta noticia, no alcancé a imaginar por qué no su- puse, desde el primer momento, que había sido Critias, pues, siendo joven, imaginé que él era la única persona de su clase en el mundo. Cuando pasé ante la cárcel, observé un grupo de mujeres frente a ella, algunas con niños, llorando y gimiendo. Pero yo no podía creer que hubiera alguien que llorara por Critias. Sin embargo, mi triunfo fue breve, pues su primo Andocides, que era uno de los acusados, ofreció hacer confesión completa, a cambio de su inmunidad. La esencia de la confesión fue que él cono- cía la conjura, pero tenia una coartada; también Cridas era ino- cente. Luego dio los nombres de los culpables, incluyendo a algunos de sus parientes. Los delatados fueron condenados a muerte, al igual que el primer informante, acusado éste de perjurio. Algunos decían que Alcibíades había inventado sus manifestaciones para ob- tener la imnunidad, antes que ser juzgado; pero nadie ha sabido ja- más la verdad. Los muertos estaban aún calientes cuando se recibieron noticias de que los tebanos estaban en la frontera, preparándose para la in- vasión. Acabábamos de sentamos en la escuela cuando gritaron esta no- ticia en la calle, oyéndose, poco después, ruido de armaduras, mien- tras los ciudadanos se dirigian a los lugares de concentración. Nues- tro preparador entró para decirle al maestro que se iba. Luego la trompeta del heraldo sonó en el templo de los Gemelos, llamando a la caballería. Entonces Micco, sabiendo que no podría dominar nuestra curiosidad, dio término a la clase, ordenándonos nos din- giéramos a nuestras casas, donde nos necesitarían. Encontré a mi padre vistiendo ya la armadura, ciñéndose la es- pada, mientras Sostias le presentaba las lanzas, para que eligiera. - Puesto que estás aquí, Alexias - me dijo-, ve a las caballen- zas y procura que preparen a Fénix. Encárgate de que sus ranillas estén bien limpias y de que le pongan la mantilla para cubrirle el vientre. Cuando regresé, tenía ya el casco puesto. Parecía muy alto. -Padre -dije-, ¿puedo montar a Korax y acompañarte? -No -me contestó-. Si las cosas van mal y llaman a los mu- chachos de tu edad, ve a donde te digan y obedece las órdenes. -Luego me puso una mano en un hombro y añadió: - Estemos donde estemos, defenderemos a la Ciudad juntos. Le contesté que esperaba que no tuviera motivos para sentirse avergonzado de mí. Cuando abrazó a mi madre, ella le dio su al- forja con comida para tres días. Luego montó a Fénix y se alejó. La Ciudad estuvo agitada todo el día. Todo el mundo creía que los tebanos había recibido aviso de los conspiradores, y que el com- plot se había producido en el momento preciso. Algunos asegura- ban que los invasores eran los espartarnos, y que el plan había sido abrirles las puertas de la Ciudad. El Senado marchó a la Ciudad Alta y estuvo en sesión toda la noche. Mi madre y yo nos ocupábamos en la casa, preparándolo todo. Ella hablaba animadamente a los esclavos, diciendo que recordaba a su propia madre ocupada en preparativos parecidos~ cuando era niña. Salí con nuestro viejo esclavo Sostias, para comprar alimen- tos, por si la Ciudad era sitiada. Pero cuando cayó la noche, y las tropas seguían en sus lugares de concentración, me cansé de estar en casa. -A mi padre le gustaría beber un poco de vino -dije-, puesto que todo está en calma. Mi madre me dio permiso. Le dije que Midas no debía sepa- rarse de su lado, y, encendiendo una antorcha, fui solo al Ana- keion. El recinto del templo estaba lleno de olor a caballo, y de re- linchos y ruido de cascos. En lo alto alcanzaba a ver a los Grandes Hermanos Gemelos, amigos de los jinetes, llevando sus caballos de guerra, de bronce, al ataque contra las estrellas. Apague la antor- cha, pues las fogatas alumbraban lo suficiente para que pudiera ver mi camino, y pregunté por mi padre por su nombre, y por el nom- bre de su padre y por el nombre de sus demos. Alguien dijo que estaba montando guardia en la esquina noreste del recinto. Al dirigirme hacia allí, le vi en la muralla, apoyado en su lanza. Las llamas de la fogata se reflejaban en su armadura, hacién- dole aparecer como un guerrero esmaltado en rojo en un jarro negro. -Mi madre te manda vino, señor -le dije, acercándome a él. Me contestó que más tarde lo bebería con placer. Dejé el vino en el suelo y me disponía a despedirme de él, cuando me dijo: -Puedes quedarte un rato, y vigilar conmigo. Subí a lo alto de la muralla y me quedé a su lado. No se alcan- zaba a ver hasta muy lejos, pues no había luna. No había nadie cerca; a medida que la noche se tornaba más fría, los hombres de la caballería se agrupaban en torno a las fogatas o se refugiaban en el templo. Sentí que debía decir algo, pero nosotros jamás habíamos hablado mucho. Al fin le pregunté si esperaba un ataque por la ma- ñana. -Ya veremos -dijo-. La confusión crea falsas alarmas en las ciudades. Sin embargo, quizá se acerque el invasor, confiando en que no contemos con suficientes hombres para guarnecer las mu- rallas. No volvió la cabeza al hablar, sino que siguió mirando a la oscu- ridad, como hacen los hombres que están de guardia, para evitar que el resplandor de las fogatas disminuyera la agudeza de sus ojos. - ¿Cuánto tardará el ejército en conquistar Sicilia, señor? -le pregunté unos momentos después. - Sólo los dioses lo saben - contestó. Me sentí sorprendido y guardé silencio. -Los siracusanos no nos habían causado daño alguno, ni tam- poco amenazado -siguió diciendo después de una breve pausa-. La guerra era con los espartanos... -Pero -objeté- cuando hayamos vencido a los siracusanos, y nos hayamos apoderado de sus barcos y puertos, y de su oro, acaba- remos fácilmente con los espartanos, ¿no es cierto? -Tal vez. Pero hubo un tiempo en que luchábamos sólo para contener a los bárbaros, o defender la Ciudad, o en nombre de la justicia. Tales palabras me hubieran parecido de desaliento en la mayor parte de los hombres, pues estaba acostumbrado a oír que gue. rreábamos por la grandeza de la Ciudad, para convertirla en guía de los helenos. Pero al verle montando guardia, vestido con su ar- madura, no supe qué pensar. -Durante el tercer año de la guerra -dijo-, cuando tú estabas aún al cuidado de la nodriza, los lesbianos, nuestros vasallos alia- dos, se levantaron contra nosotros. Fueron reducidos sin muchas dificultades. Luego, la Asamblea, al decidir sobre su suerte, creyó conveniente hacer en ellos castigo ejemplar. Los hombres en edad de combatir serían pasados a cuchillo, y el resto de la población, vendida como esclavos. La galera zarpó para Lesbos, portadora del decreto. Aquella noche dormimos inquietos o nos despertábamos sobresaltados, oyendo los gemidos de los agonizantes, los gritos de las mujeres y el llanto de los niños. Por la mañana volvimos todos a la Asamblea; y cuando hubimos rescindido el decreto, ofrecimos recompensas a los remeros de la segunda galera, si alcanzaba a la primera. Lo hicieron, pues los otros parecían empuñar los remos como hombres enfermos, tanta era la opresión que su misión les causaba. Cuando fueron alcanzados en Mitilene, los atenienses se sintieron tan aliviados como los lesbianos, y juntos se regocijaron y compartieron su vino. Pero el año pasado, los melianos, que nada nos debían, por ser dóricos, eligieron pagar tributo a su me- trópoli, en lugar de pagárnoslo a nosotros. Tú sabes lo que hi- cunos. Hice acopio de valor para decirle que él jamás me lo había contado. -Cuando hagas sacrificios a los dioses -repuso-, ruégales que nunca sea tu destino hacer o sufrir lo que hicimos a los melianos. Jamás hubiera yo supuesto que mi padre pensara en tales co- sas. Alcibíades incitó el castigo de los melianos. Entonces alguien le releyó. Fuimos a una de las fogatas, donde mi padre compartió su vino con algunos amigos, a quienes me pre- sentó. -Por el tamaño de sus manos y pies, podéis ver que no ha aca- bado de crecer aún -observó. Sentí que se estaba excusando por mí, porque cualquiera podía ver que jamás sería yo tan alto como él. Recordé que había que- rido abandonarme en los bosques, cuando nací; y sumido en este pensamiento, me despedí de él y de los demás, apenas la obligada cortesía me lo permitió. Estaba encendiendo mi antorcha en una fogata cerca de la esta- tua de los Gemelos, cuando se me acercó un hombre que acababa de salir del templo. No llevaba el casco, y al volverme, con la antor- cha encendida, vi que era Lisias. Le había visto anteriormente, cu- bierto con su armadura, haciendo ejercicios con la caballería. -¿Has encontrado a tu padre, hijo de Miron? Le di las gracias y contesté afinnativamente. Lisias permanecía inmóvil, junto a mí, lo cual casi me hizo pensar que había salido del templo con el propósito de hablarme; pero sólo dijo: ((Bien>) y volvió a subir las gradas. Al día siguiente no se tuvieron más noticias del enemigo y las tropas regresaron a sus casas. La próxima tempestad que sacudió a la Ciudad concernía a Alci- bíades. Apenas acababan de desaparecer las velas en el horizonte, cuando nuevos delatores aparecieron. La historia de la reunión en Eleusis fue contada en su totalidad. Incluso se encontró a la mujer, cuyo nombre sería sacrílego insinuar (que hagan sus suposiciones los Nacidos Dos Veces; acertarán), induciéndosela a declarar. Cuando el rostro de Alcibíades no podía verse, ni su voz oírse, todos comprendieron la locura de confiar el ejército a semejante hombre. Por tanto, se mandó a la Salamirna, la galera estatal, en busca de él y de su amigo Antioco, el piloto, que había asimismo sido denun- ciado. Sin embargo, no debía ser apresado, para evitar nuevos dis- turbios con los marineros y los argivos. El trierarca de la Salaminia debía ofrecerle cortésmente el juicio que él mismo había pedido, y llevarle a la Ciudad en su propio barco. Recuerdo que el día del decreto, al regresar a casa, encontré a mi padre junto al armario grande, con una copa de vino pintada en la mano. La usaba raramente, pues era muy valiosa, y una de las más hermosas piezas que salieron de las manos del maestro Baquios. Esmaltado en rojo sobre negro veíase a Eros persiguiendo a una lie- bre; a un lado llevaba la inscripción MIRON, y en el otro ALCIBIADES. Mi padre le daba vueltas en la mano, mirándola como un hombre con dos pensamientos. Pero cuando me vio, la guardó nuevamente en el armnano. En la Ciudad sólo se hablaba de Alcibíades. En la calle, en la pa- lestra, en los mercados, recordaban su insolencia y su desenfreno. Quienes antes le habían defendi |