Quinta parte

La oscuridad había alcanzado su grado más profundo. Los pája-
ros permanecían silenciosos; un perro lanzó unos ladridos de miedo;
el lloro de la mujer parecía llenar la tierra y alcanzar el cielo tan
bajo. Pensé: ((Lisandro le perdonó. Tampoco Callibio lo ha hecho,
pues los espartanos, aun cuando odien, obedecen. Ha sido un regalo
a Callibio, para conseguir su favor. Lo han hecho los atenienses)).
Entonces, desde lo más hondo de mi corazón, me dije: «Ven,
Apolo, sanador y destructor, ven con tu sombría cólera, como
cuando acudiste a las tiendas de Troya, descendiendo desde los des-
peñaderos del Olimpo, al caer la noche. En tu hombro oigo la aljaba
vibrar al unísono con tus pasos, y a las flechas chasquear con el seco -
sonido de la muerte. Dispara, Señor del Arco, y no te detengas a
apuntar, pues dondequiera caigan tus flechas en la Ciudad hallarán
a un hombre para quien es mejor morir que vivir)).
Pero la sombra pasó ante la faz del sol, y cuando depositamos a
Autólico en la tumba, los pájaros cantaban ya.
Me pareció que el alma de Atenas yacía postrada en el polvo, y
que ya no podría caer más baja. Pero unos pocos días después fui a
visitar a Fedón en su casa. Se hallaba ausente, mas tenía algunos li-
bros nuevos, que comencé a leerlos mientras esperaba. Por fin su
sombra descendió sobre el umbral, y me levanté para salir a salu-
darlo.
Al pasar por mi lado me miró como si estuviera tratando de re-
cordar quién era. Después comenzó a pasear arriba y abajo en su ha-
bitación. Mantenía muy cerradas las manos, y por vez primera en
muchos años advertí que su vieja herida le impedía caminar normal-
mente. Al cabo de un rato empezó a hablar. En los bancos del tri-
rreme de guerra no había oído nada parecido. Mientras estaba en
casa de Gurgos, no recuerdo haberle oído usar ninguna frase que no
hubiese podido ser pronunciada en una reunión decente. Pero en-
tonces de su boca brotaba el cieno y el lodo de los burdeles, y hubo
un momento en que pensé que no se detendría nunca. Dejé de escu-
char, no porque me ofendiera, sino por temor a las noticias que ven-
drían detrás de aquel torrente de blasfemias. Por último extendí la
mano para detenerlo, y pregunté:
-¿Quién ha muerto, Fedón?
-La Ciudad -contestó- - Hiede. Pero Critias, el que tanto ama a
los muertos, mantiene sobre la tierra a su madre. Han promulgado
una ley prohibiendo que sea enseñada la lógica.
-¿La lógica? -repetí-. ¿La lógica?
Aquello no tenía el menor sentido para mí; era como si me hu-
biera dicho que había sido promulgada una ley contra los hombres.
<Quién puede prohibir la lógica? La lógica existe.
-Ve a verlo en el Ágora. En el mármol hay un bando en el que
se anuncia que es un crimen enseñar el arte de las palabras.
Estalló en una carcajada, como una cara en una madera negra,
según había dicho una vez Lisias.
-Oh, sí, es cierto. ¿Acabo de decirte algo nuevo, Alexias?
Apréndelo, escríbelo. Es el discurso de un esclavo. Voy a abrir una
escuela en Atenas. Sé tú mi primer alumno, y tomaré tu libertad.
Su risa se quebró. Tras haberse dejado caer sobre su banco ante
la mesa, apoyó la cabeza en los brazos entre las plumas y los rollos
de pergamino.
Luego se levantó y dijo:
- Lamento haberte ofrecido este espectáculo. Durante el asedio,
cuando se sentía que las fuerzas disminuían un poco cada día, tenía
más entereza de alma. Parece que la falta de esperanzas debilita más
que la falta de alimento.
En presencia de su dolor había olvidado sus noticias, pues me
era querido.
-¿Por qué, Fedón, tendrías tú que apenarte tanto? Si los dioses
nos han maldecido, ¿qué tiene eso que ver contigo? Nosotros verti-
mos la sangre de tus parientes, y a ti te causamos el más grande de
los males.
-Era la Ciudad soñada siempre por mí -contestó él.
-Regresa a Milo y reclama de los espartanos las tierras de tu pa-
dre -dije- - Hallarás más libertad allí que aquí.
-Si -repuso- - Me iré, ¿por qué no? No a Milo, pues nada me
haría volver allí. A Megara quizás, a estudiar matemáticas, y después
a enseñarlas en alguna ciudad dórica.
Luego de haberse levantado, empezó a ordenar sobre la mesa to-
dos sus libros. Después sonrió y dijo:
- ¿Por qué digo estas cosas? Sabes que no abandonaré jamás
Atenas mientras Sócrates viva.
Le devolví la sonrisa, y entonces, en el mismo momento, idén-
tico pensamiento se nos ocurrió a los dos, y la sonrisa se nos heló en
los labios.
Cuando llegué a su casa, Sócrates se hallaba ausente. Dado que
la mañana se encontraba tan avanzada, aquello era de esperar, y, sin
embargo, tuve miedo. Cuando me disponía a irme, llegó Jenofonte,
y en sus ojos vi mi propio temor. Me arrastró a un portal, pues m-
cluso él había aprendido a bajar la voz en la calle.
-Este gobierno nunca será digno de si mismo, Alexias, mientras
Critias esté en él. Debo decir que voté contra su elección.
-No creo que consiguiera muchos votos de los amigos de Só-
crates.
-Excepto Platón. Una cosa es segura, y es que Critias no ha per-
donado nunca a Sócrates por el asunto de Eutidemo. Esta ley ha
sido promulgada contra Sócrates personalmente. Cualquier imbécil
puede darse cuenta de ello.
-Oh, no -repliqué-. Es contra la libertad de la mente de los
hombres, como dice Fedón. Ninguna tiranía se siente a salvo mien-
tras los hombres puedan razonar.
-Tiranía es una palabra que me preocupa poco -manifestó con
cierta rigidez- - Más bien diría que un principio ha sido mal apli-
cado. -Y, adoptando de súbito el aspecto que yo conocía en él
desde su muchachez, añadió: - Si tú no recuerdas la cara que Critias
tenía aquel día, yo sí la recuerdo.
Al principio me pareció absurdo. A Eutidemo sólo lo había
visto últimamente, bebiendo para celebrar el nacimiento de su se-
gundo hijo. Era natural que donde Fedón veía pensamientos enca-
denados, Jenofonte viese la venganza de un hombre, pues tenía
una mente más personal. Y, sin embargo, hay momentos en que
el sentimiento ve más que el intelecto.
-Quizá tengas razón -dije.
Nos miramos el uno al otro, no deseando decirlo, como estú-
pidos o mujeres.
-¿Oué haremos?
-Fedón me ha dicho -contesté- que una frase de Sócrates cir-
cula en el Ágora: cuando contratamos a un pastor, ¿le pagamos
para que aumente el rebaño o para que lo disminuya cada día?
-Nos engañaremos a nosotros mismos, Alexias, si esperamos
de él que estudie lo concerniente a su seguridad antes que su ar-
gumento.
-Pero ¿es que acaso lo deseamos? Él es Sócrates. Y sin em-
bargo. -
-En una palabra -repuso Jenofonte-, lo amamos, y sólo so-
mos hombres.
De nuevo nos quedamos silenciosos. Luego dije:
-Lamento haber sido descortés la última vez que nos encon-
tramos. No has hecho nada contrario a tu honor.
-No te lo reprocho, desde que Autólico murió. Yo mismo...
Entonces vimos que Sócrates venía hacia nosotros.
En nuestra alegría de verle vivo, corrimos a él, de forma
tal que la gente se nos quedó mirando con fijeza y él nos pre-
guntó qué ocurría.
-Nada, Sócrates -respondió Jenofonte-, excepto que nos
alegramos de verte bien.
Parecía exactamente como siempre, jovial y sereno.
- ¡Hombre, Jenofonte, qué fisico nos hemos perdido en ti! -ex-
clamó- - Una sola mirada puede decirte que no sólo mi came,
mis huesos y mis órganos están bien, sino asimismo mi parte in-
mortal.
Sonreía en su acostumbrada forma burlona, y, no obstante, el
corazón se me encogió, y pensé: «Nos está preparando para que
soportemos su muerte)). Ocultando mi miedo, le pregunté si ha-
bía visto el bando en el Ágora.
-No -contestó- - La molestia de leerlo me ha sido ahorrada
por un amigo, quien, por temor a que me ofendiera por haberme
dejado en la ignorancia, ha sido lo bastante amable para recitár-
melo. Creo que puedo confiar en que lo recuerda bien, pues es él
quien lo ha redactado.
El rubor cubrió el rostro de Jenofonte. Desde su niñez había sido
capaz siempre de dominar sus facciones, pero jamás pudo evitar que
la sangre le afluyera al rostro.
-¿Estás diciéndonos, Sócrates, que Critias te ha mandado lla-
mar para amenazarte?
-Hasta ahora nadie ha tenido el privilegio de que le haya sido
expuesta una ley por el legislador en persona. Eso me ha brindado
la oportunidad de preguntarle si el arte de las palabras será deste-
rrado por producir afirmaciones falsas o ciertas. Pues en este último
caso, no hay duda de que todos tendremos que dejar de hablar co-
rrectamente.
Sus pequeños ojos saltones se rieron de nosotros. A menudo so-
lia contamos puntualmente la discusión que había tenido en la pa-
lestra o en las tiendas con algun transeúnte obstinado. Entonces nos
describió su coloquio, durante el cual había expuesto su vida en el
mismo estilo de siempre.
-A propósito, ¿cuántos años tienes tú, Jenofonte? ¿Y tú,
Alexias?
-Veintiséis -contestamos ambos.
-Por el Perro, ¿qué sucede con mi memoria? Debo de estar ha-
ciéndome viejo. Pues justamente acaban de prohibirme que hable
con toda persona de menos de treinta años.
Aquello era demasiado. Los dos estallamos en salvaje y furiosa
carcajada.
-Así es como, al final de nuestra conversación, ha interpretado
para mí Critias su nueva ley. Soy el sujeto de una enmienda especial.
Un honor singular se me confiere.
Después, mientras caminábamos por el Ágora, a un padre de fa-
milla le oímos decir a otro:
-Una cosa podemos decir en favor del gobierno, y es que ha
dado al traste con ciertos abusos. Ya era hora de que alguien sentara
la mano a esos sofistas, que cogen a un hombre y lo retuercen de tal
manera que no sabe distinguir lo bueno de lo malo, mientras que a
los jóvenes los ponen en condiciones de replicarte en cualquier cosa
que digas.
-Éstas, Alexias, son las gentes por las que deseas ser gobernado
-observó luego Jenofonte.
-Los muchos impiden los extremos de los pocos -repliqué- -
¿O preferirías ser mandado tan sólo por Critias?
Pero nos separamos amigos. Incluso hoy, cuando nos encontra-
mos, ocurre lo mismo entre nosotros.
A partir de aquel momento, los amigos de Sócrates se unieron
para conspirar. Uno u otro se presentaba en su casa muy temprano,
cada mañana, con alguna cuestión sobre la que necesitaba consejo.
Mientras él hablaba, llegaban otros, y entonces se entablaba una
discusión. Manteníamos muy vigilada la calle. La casa, por si era ne-
cesario, contaba con un medio de escape a través de los tejados. Ge-
neralmente conseguíamos tenerle allí mientras el Ágora se hallaba
lleno de gente.
Recuerdo aquella pequeña habitación enjalbegada, llena de
gente. El primero en llegar se sentaba a los pies de la cama de Sócra-
tes; el siguiente se instalaba en el alféizar de la ventana; la mayor
parte nos sentábamos en el suelo, y Jantipa gruñía ruidosamente
adentro, porque no le dejábamos barrer la casa. A veces Platón en-
traba silenciosamente, y se sentaba en el rincón más oscuro. Iba allí
cada día, pues había abandonado sus estudios de leyes. Sus accesos
de ausencia mental habían concluido, y era posible verle siguiendo
cada palabra y anticiparse a ellas. Sin embargo, raramente hablaba.
En su alma había una lucha, y todos le compadecíamos, hasta el
grado en que un hombre puede compadecer a quien posee una
mente mucho más fuerte que la suya. Exceptúo a Jenofonte, pues
creo que sabía que Platón se debatía en asuntos que él mismo no de-
seaba afrontar, lo que le hacia sentirse inquieto.
Cuantos acudíamos a casa de Sócrates, teníamos por costumbre
reunirnos en la tienda de Eufronio el perfumista. Ya no estaba tan
de moda que todo el mundo fuese allí, de manera que no se hallaba
tan llena de desconocidos que hubieran podido ser informadores.
Llegábamos y nos estregábamos a todas las cortesías que un vende-
dor de perfumes espera, oliendo el último aceite que estaba compo-
niendo, afirmando que era demasiado fuerte o demasiado ligero,
o algunas veces, para tenerle contento, alabándolo y comprando.
Cuando acudíamos a su casa, Sócrates fruncía la nariz y decía que
una buena reputación olía mejor.
Pero una mañana, el hombre que había sido el primero en ir a
verlo, vino a la tienda de perfumes -era Critóbulos, el hijo de Cri-
tón- y dijo:
-No está en casa.
En el silencio que siguió, oímos que Eufronio decía:
- Prueba esto, señor. Es auténtico aceite esencial de rosa persa.
El frasco es de cristal egipcio. Para un regalo especial...
-Lo he buscado en todas partes de la Ciudad -añadió Critóbu-
los-. Sí, mándame dos, Eufronio.
- ¿Dos, señor? Eso supone. - -
Critóbiilos se acercó, y bajando la voz, repuso:
-Alguien ha dicho que ha ido al Pórtico Pintado.
Los jóvenes que actualmente van a ver la galería de los cuadros,
dificilmente podrían imaginarla como un lugar donde los hombres
entraban a la luz del día y salían por la noche, con los pies por de-
lante. Los Treinta interrogaban allí a los sospechosos. Natural-
mente, la usaban también para otros asuntos; pero las graciosas co-
lumnas, los pintados capiteles y los trabajos en oro hedían a muerte
como el cubil del Minotauro.
-Siempre hay alguien que dice eso -repuso luego Lisias-. Son
gentes dispuestas a hacer circular malas noticias. Puede ser que se
haya levantado temprano para ir a hacer un sacrificio.
- Mi padre está intentando enterarse. Si sé algo, volveré.
Los hombres con una preocupación común se unen natural-
mente; y, sin embargo, por un momento todos permanecimos do-
minados por una pena que parecía enteramente personal. Jeno-
fonte, con las manos sobre las rodillas, miraba con fijeza la pared.
Siempre parecía estar fuera de su ambiente en la tienda de Eufro-
nio. Si le ofrecía una muestra gratuita, decía:
- No es para mí. ¿Tienes algo para una muchacha?
Apolodoro se retorcía las grandes manos encamadas hasta que
los nudillos crujían. Se había unido a nuestro grupo últimamente, y
era una especie de prueba para nosotros, pues era tan simple que su
compañía tenía los inconvenientes de la de un niño, aunque sin
su encanto. Además era feo. Poseía una frente calva y orejas muy
grandes. Al principio algunos nos habíamos divertido a su costa,
pero Sócrates nos habló y nos hizo sentirnos avergonzados. En ver-
dad, era cierto que el joven no pretendía tener conocimientos, sino
que, por el contrario, venía con modestia a buscar lo bueno, de la
misma manera que el ganado busca la sal. Sin embargo, no ejer-
ciendo sobre si el menor dominio, había acabado por poner m-
quieto a Eufronio. En aquel tiempo las reuniones graves no eran
bien acogidas en ninguna tienda. Lisias y yo, habiéndonos adies-
trado en Samos, procuramos justificarle, pretendiendo que lo tenía
nervioso una cuestión de amor.
Eufronio se alegró, y comenzó a exponer sus nuevas mercancías.
Al cabo de un rato alzó la vista.
~Ah! Aristocles, señor, has entrado tan silenciosamente que no
te he oído. Y tengo buenas noticias para ti. Aquel aceite de romero
que solías encargar el año pasado, lo he recibido de nuevo. Es exac-
tamente lo mismo, dulce y seco. Estoy seguro de que lo recuerdas.
Impregnó un trozo de tela de lino y se lo tendió. Tras un mo-
mento de silencio, Platón dijo:
-Gracias, Eufronzo, pero hoy no quiero nada.
-Te aseguro, señor, que lo hallarás exactamente igual al del pa-
sado año.
-No, gracias, Eufronio.
A grandes zancadas se dirigió a la puerta, donde se volvió para
decir:
- ¿Nos vamos?
Fedón se acercó a él y tranquilamente repuso:
-Aún no, Platón; Sócrates no está en casa.
¿No está en casa? -preguntó lentamente Platón.
Y frunció las cejas como hace el hombre a quien le duele la ca-
beza y se le pide que piense.
Fedón había comenzado a decir: «Critóbulos ha dicho...»,
cuando Critóbulos apareció en el umbral de la puerta, procedente
de la columnata. Era un joven hermoso, vestido para destacar su
buena presencia. Su manto tenía bordes recamados, sus sandalias
mostraban adornos de coral y turquesa, y su rostro poseía el color
del cáñamo seco.
-Han mandado llamar a Sócrates. Han formado un pelotón
para un arresto. Se trata de León de Salamina, según dice la gente.
Han enviado por Sócrates para que se una a ellos.
Nos volvimos hacia la puerta, para ocultar la cara a Eufronio y a
sus esclavos. Vi los labios de Jenofonte moviéndose silenciosamente,
maldiciendo u orando. Ése era el nuevo método de los Treinta con
quien había adoptado una actitud crítica: obligarle a compartir uno
de sus crímenes, para que la verguenza le silenciara. Qúenes se ne-
gaban a hacerles el juego, no vivían mucho tiempo.
-Sócrates se dirigía al Pórtico cuando ha sido citado -dijo Cri-
tóbulos -. Ha preguntado cuál era la acusación, y como no han que-
rido informarle, ha dicho: ((No)), y se ha ido a casa.
El silencio fue interrumpido por Apolodoro, quien lanzó un rui-
doso sollozo. Jenofonte lo tomó por los hombros, y lo sacó afuera.
Me volví a Platón. Se hallaba aún en el umbral de la tienda, mirando
a una hetaira que había entrado a comprar perfume. Se arregló en
las nalgas el vestido de seda y le sonrió por encima del hombro; des-
pués, como sus ojos no se habían movido, salió encogiéndose de
hombros. Me había acercado para hablarle, pero hay puertas a las
cuales uno no llama.
Por fin se volvió, tocó a Fedón en el brazo y dijo:
-No me espereis.
Fedón hizo una pausa y le miró a la cara.
- Que los dioses te acompañen - murmuró.
Quedé sorprendido, pero me encontraba demasiado turbado
para sentirlo mucho. Justamente entonces, Apolodoro, corriendo
hacia él, gritó:
- ¡Oh, Platón, si vas a ver a Sócrates, déjame ir contigo!
En aquellos momentos su torpeza fue excesiva. Algunos de noso-
tros lanzamos exclamaciones de cólera. Pero Platón, sujetándole,
amable y claramente dijo:
- No vayas ahora a Sócrates, Apolodoro. Probablemente estará
arreglando sus asuntos, y hablando con su esposa y sus hijas. No
voy a ver a Sócrates, sino a Critias.
Se alejó a lo largo de la columnata. Mientras lo observaba irse,
recordé cómo había terminado la vieja dinastía ática: cuando el rey
Kodros salió solo a desafiar a los dóricos, porque los augures habían
prometido victoria si el rey era muerto. Creyeron que sería impío
darle un sucesor, y en su trono pusieron a un sacerdote consagrado
a los dioses. Pensé: ((Un hombre puede dejar tras de sí hijos, y, sin
embargo, no vivir lo bastante para ver a su heredero».
Lo que aquel día sucedió entre Platón y su pariente, ninguno de
nosotros lo hemos sabido jamás. Si me preguntáis cómo un hombre
de veinticuatro años hizo sentirse avergonzado a uno de cuarenta y
cinco, cuando el mismo Sócrates no lo había conseguido, no sabré
qué decir, salvo que Sócrates desafió a los Treinta, y vivió. Existe
una frase suya, que todos los jóvenes se saben de memoria, según la
cual cuando se asume la apariencia de cualquier virtud, se abre una
cuenta de crédito con la que algún día habrá que enfrentarse o ir a
saldar. Puede ser que la opinión que Critias le merecía a su so-
brino fuera muy valiosa para él. Ningún hombre está compuesto
de una sola pieza. Si yo hubiesa tenido que escoger a alguien que
hubiera de sorprenderme en una mentira, Platón se habría ha-
llado muy bajo en mi lista.
En aquellos días, lo mismo que en mi muchachez, iba mucho
a El Pireo, pero por una causa diferente. Se respiraba allí el aire
del mar, y la quietud no era la quietud de la Ciudad. Las gentes
se mostraban calladas como marinos que tienen un mal capitán y
todos acarician la misma idea. Un día la yerga caería del cuader-
nal, o en una noche muy oscura un cable sería extendido a la al-
tura del tobillo.
Lisias y yo íbamos allí, a cierta taberna donde podíamos ha-
blar libremente. Cuando caminábamos a lo largo. de la calle de
las Especias, donde algunas de las hetairas tienen sus casas, vimos
a una de ellas salir con un velo de luto, cerrar la puerta e ir calle
arriba con la cabeza baja, ante lo cual otras dos, que se encontra-
ban charlando en la calle, volvieron la cabeza y se rieron de ella.
Lisias se detuvo al verlo y dijo:
-Vamos, muchachas, no os burléis de la pena. A los dioses no
les gusta. Mañana os puede tocar a vosotras.
Una de ellas echó la cabeza hacia atrás, en un gesto despec-
tivo.
- ¡Ojalá no me manden nada peor que lo que ella sufre! Un
hombre que, si la hubiera visto de nuevo, ni siquiera se habría fi-
jado en ella, puedes creerme. Su pena es idiota. ¡Se ha vestido de
luto por Alcibíades!
Habíamos echado ya a andar, pero nos detuvimos en seco, la
miramos con firmeza y preguntamos:
-¿Por quién?
- ¡Oh!, ¿no han llegado las noticias a la Ciudad? Aquí las ha
traído el traficante quío. Dicen que ha muerto en Frigia; pero
puede que sea otra de sus tretas. No te preocupes, querido. Entra
y toma un poco de vino con nosotras. Mi hermana atenderá a tu
amigo.
Nos dirigimos a toda prisa a la taberna, donde hallamos a pi-
lotos y capitanes afirmando y jurando que Alcibíades no había
muerto. Se encontraba en la corte de Artajerjes, haciendo una
alianza con él; o formando un ejército de tracios para liberar la
Ciudad. Incluso circulaba el rumor de que se ocultaba en El Pireo.
Pero en la Ciudad, Jenofonte me dijo:
- Sócrates lo cree, y ha ido a meditar. Si es falso, su espíritu se
lo dirá.
Al día siguiente nos encontramos con algunos quíos del barco, y
los interrogamos. Uno de ellos explicó:
-Ha muerto a causa de una mujer. ¿De qué otra manera podía
morir Alcibíades?
Otro repuso:
- La tenía en su casa, y los hombres de su familia fueron a bus-
carle. Se presentaron seis, pero ninguno intentó ser el primero en
hacerle frente. Arrojaron antorchas al techo mientras él dormía. Se
despertó, sofocó con el colchón el fuego y salió con la muchacha.
Entonces corrió hacia ellos desnudo, sólo con su espada, y la capa
arrollada en torno al brazo para que hiciese las veces de escudo. Nin-
guno tuvo valor de enfrentarse a él, de manera que le arrojaron fle-
chas desde veinte pasos de distancia, a los resplandores del fuego.
Y ése fue su fin.
Durante la campaña, a menudo solía sentarse ante nuestra ho-
guera para frotarse con aceites olorosos. Era vanidoso en lo que se
refería a su cuerpo, de pelo rubio y tez lustrosa y morena. La única
marca que tenía era la de una vieja herida de lanza y, algunas veces,
la de un mordisco de una mujer. Vi sus ojos, soñolientos y azules, al
resplandor de las brasas.
- ¿Quién nos cantará antes de que nos retiremos? Canta tú, Ale-
xias, ((Te quiero, Attis, te quiero desde hace mucho tiempo». Cánta-
nos eso.
Lisias le preguntó al quío:
- ¿Qué muchacha era?
-No conozco su ciudad. Una muchacha llamada Timandra.
- La tenía en Samos. Es una hetaira.
-Sea lo que sea, ella fue quien lo enterró -repuso el quío-. Lo
envolvió en su propio vestido, y vendió sus brazaletes para hacerle
un entierro adecuado. La fortuna es muy caprichosa, no hay duda.
Educado por Pericles, condujo siete carros en Olimpia, y ha sido en-
terrado por una hetaira.
Después Lisias me dijo:
- Si esa muchacha hubiera tenido padre y hermanos, hace
tiempo que habrían ido a buscarla. Los hombres que pretenden ven-
gar su honor muestran un poco más de espíritu, o se quedan en
casa. Pero los asesinos a sueldo no son pagados para que viertan su
propia sangre. En Frigia..., si, no hay duda de que fue a ver a Arta-
jerjes. Me pregunto si su muerte ha sido ordenada por el rey Agis, o
por alguien más allegado a Atenas.
En todo El Pireo, y también en la Ciudad, se podía oír a la gente
declarar en la calle que Alcibíades no había muerto. En algunos de
los barrios pobres, más de un año después lo decían aún. Pero los
Treinta se mostraban muy alegres, como hombres que han ahuyen-
tado un temor.
Un día regresé a casa de la granja, donde estábamos recogiendo
nuestra primera pequeña cosecha. De los olivos habían brotado
fuertes retoños, y uno que se había quedado medio helado, empe-
zaba a revivir. Traía la cosecha, y entré en la casa, gritando:
-¡Padre, mira esto!
Desde dentro, su voz preguntó:
-¿Qué es?
Ante el sonido de su voz, deposité en tierra el cesto, y penetré en
silencio. Se hallaba ante su mesa, sobre la que estaban extendidos
sus papeles.
- Siéntate, Alexias. Tengo que decirte algunas cosas.
Me acerqué y, cuando me hube sentado junto a él, miré con fi-
jeza su cara.
-Ésta -dijo- es la escritura de la granja. Ésa es la escritura de
las tierras de Eubea. Hoy es simple papel mojado, pero ningún hom-
bre conoce el futuro. No tengo deudas. En cambio Hermócrates nos
debe la renta, y ahora puede permitirse pagarla.
Miré un papel que había en la mesa, y vi lo que era.
-Padre...
-No me interrumpas, Alexias. Cidila, tras el largo servicio que
nos ha prestado, merece conseguir su libertad. No lo he expresado
así en el escrito, pero te lo manifiesto a ti como mi deseo de que,
cuando los asuntos de la propiedad lo permitan, la busques, si te es
posible, y la compres. El momento lo confio a tu honor y a tu sen-
tido común. No des a tu hermana Charis en matrimonio antes de
que cuente quince años. Alquifrón de Acarnas tiene un hijo conve-
niente, y sus tierras marchan bien. Pero los tiempos son inseguros,
de manera que también esto debo dejarlo en tus manos.
Le escuché hasta que hubo acabado de hablar.
-Tú sabes, padre, que haré cuanto me pidas; pero que el dios
mantenga alejada de nosotros esa necesidad. ¿Qué ha sucedido?
- ¿No te has enterado, pues, de que Terámenes ha muerto hoy?
- ¿Terámenes?
De Alcibíades bien podía creerlo, puesto que era un acróbata,
como en cierta ocasión dijo Critias. Respecto a él, uno sabia que un
día la cuerda se rompería, o que la espada caeria. Pero Terámenes
era astuto como un zorro de la montaña, que no excava una cueva
sin una segunda salida.
-Asesinado -dijo mi padre- por el Consejo, bajo la forma
de ley.
Levantó un ladrillo suelto en un rincón, tan bien ajustado que yo
no lo había visto nunca, y en el agujero depositó el testamento.
- Si cuando vengas por esto encuentras otros papeles, quémalos,
pero léelos primero. Desearía que supieras que eres hijo de un hom-
bre que no ha consentido la tiranía.
-Nunca lo he supuesto, padre. A causa de mis faltas, no me co-
noces.
Intenté explicarle lo que había estado haciendo. Pero le desa-
gradó oírme decir que tenía relaciones en El Pireo.
-Preferiría que gastaras tu tiempo con las muchachas flautistas.
Creo que no te vendrá ningún bien de aproximarte al mar y mez-
darte con gentuza.
-Padre, ya hablaremos de eso más tarde. ¿Q~ié ha sucedido
hoy?
- Critias ha acusado de traición a Terámenes. En su defensa ante
el Senado, no ha negado que se oponía al Senado y a sus propósitos
tales como son ahora. A su vez ha acusado francamente a Critias de
haber traicionado los principios de la aristocracia y establecido en
su lugar una tiranía. No tengo tiempo para darte cuenta de su dis-
curso, pero nunca he oído uno mejor. Todo el Senado, excepto los
notorios extremistas, lo han aclamado al final. En cuanto al vere-
dicto no podía haber duda alguna, ni tampoco en lo que se refiere a
sus consecuencias. Había puesto en muy mal lugar a Critias. Pero,
mientras tanto, una banda de jóvenes matones han irrumpido en la
sala. Antes de que el veredicto pudiera ser pronunciado, han empe-
zado a gritar y blandir cuchillos. Eran hombres sin patria, metecos
sin trabajo, soldados expulsados por cobardía, hombres que se con-
tratan como matones por dinero o por elección. Éstos, ha dicho Cri-

tias, habían venido a hacemos conocer la voluntad del pueblo. Bien,
algunos de nosotros que nos hemos enfrentado con una línea de ba-
talla espartana, hemos visto hombres más imponentes. Hemos exi-
gido el voto. Entonces Critias nos ha recordado que sólo los Tres Mil
tienen derecho a ser juzgados y, tomando la lista, ha borrado de ella
el nombre de Terámenes.
Me maravillé de que nadie hubiera pensado antes en algo tan
simple. Mi padre continuó:
-Por orden de los Treinta ha sido condenado al instante, y a ras-
tras lo han alejado del altar de la Tierra Sagrada, mientras a gritos
invocaba a los dioses y a los hombres para que le fuera hecha jus-
ticia. - - Siempre fue bueno para ti, Alexias, cuando eras un mucha-
cho, de manera que supongo te alegrará saber que ha muerto de un
modo honorable. Cuando le han dado la cicuta, la ha bebido toda
de un trago, excepto las heces. Éstas las ha arrojado al suelo, gri-
tando: ((Esto para Critias el Hermoso)). Incluso los guardias han
reído.
Se detuvo. Mirándole con fijeza, le pregunté:
-Pero, padre, ¿cómo sabes tú eso?
-Estaba con él -contestó-. Ha sido mi amigo durante treinta
años. Cuando éramos muchachos, servimos juntos en la Guardia. Al
principio, existía la idea de que la Ciudad iba a ser gobernaba por
caballeros. Porque Critias lo haya olvidado, no todos, supongo, esta-
mos obligados a hacer otro tanto.
Echó una ojeada al ladrillo bajo el cual se hallaba enterrado el
testamento, y luego fue a darle unos golpes con el pie.
-En el santuario de Apolo, en Delfos, que es el ombligo de la tie-
rra, hay escrito: «Nada es demasiado». Los extremos se alimentan el
uno al otro. He intentado darte una buena educación; pero también
tú, en lugar de aprender a la vista de la tiranía a temer todos los ex-
tremos, no sabes sino abandonar uno para entregarte a su más
opuesto. Y un hombre como Terámenes, que a menudo ha arries-
gádo su vida, y que al final la ha dado en aras de la moderación, no
consigue por ello sino un vulgar sobrenombre. Bien, ha muerto. El
Consejo no ha puesto dificultades cuando he pedido atenderlo en
la cárcel. Critias ha dicho que les alegraba saber cuáles eran sus
amigos.
Abrí la boca para decir no sé qué; pero pude ver que me creía
tonto, y mantuve quieta la lengua.
- Debes abandonar la ciudad, padre, antes de que sea de no-
che. Iré a alquilar la muía con la cual voy a la granja. Nadie se
dará cuenta. ¿Irás a Tebas?
- Iré a mis tierras - contestó-. Se necesita un hombre mejor
que Critias para obligarme a atravesar la frontera como un es-
clavo fugitivo. Más de cien años antes de que tuviéramos casa en
Atenas, la granja era ya nuestro hogar. Sería una lástima que la
abandonáramos. Los hombres son mejores observando las esta-
ciones y sembrando la tierra que reuniéndose en las ciudades,
donde todo el día pasan escuchando el ruido que hacen los de-
más y olvidando a los dioses. Acamas se halla bastante lejos.
-Lo dudo, señor. Te suplico que vayas a Tebas. Los tebanos
odian ahora a Lisandro más de lo que jamás nos han odiado a
nosotros. Han jurado no entregarle a ningún ateniense. Algunos
de nuestros mejores hombres se encuentran allí.
Iba a citar a Trasibulos, pero recordé a tiempo.
-Yo mismo me hubiera ido, a no ser por la cosecha. Deja que
cuide de la granja.
Por fin, de mala gana dijo que iría a Tebas.
-Lleva a tu hermana a casa de Crocinos -repuso-. Aunque
es sólo un primo, tiene sentimiento familiar. Se ha ofrecido él
mismo a tomarla. Lo he arreglado todo para su manutención.
Al atardecer traje la mula. Cuando montó, vi que temblaba.
-Es esta maldita fiebre -comentó- - Sé que estaba a punto
de darme. No es nada. He tomado la droga. Y además, el aire es
mejor en las colinas.
- Antes de irte, señor, dame tu bendición.
Me bendijo, y al instante añadió:
-En mi ausencia, no llenes la casa de marinos borrachos o de
esos jóvenes badulaques de la perfumería. Realiza los sacrificios
en los días convenientes, y procura que la casa esté un poco de-
cente.
Después de eso conduje a Charis a casa de nuestro pnmo.
-Por favor -dijo-, ¿no puedo quedarme con Talia y Lisias?
Me gusta estar allí.
- Irás otra vez cuando nuestro padre regrese a casa. Ahora Li-
sias puede que también tenga que irse, y entonces Talía tendría
que vivir en casa de su hermana.
No me preguntó a dónde se había ido nuestro padre, o por
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qué. Jamás he conocido a una niña de su edad que haga tan pocas
preguntas. Un año o dos antes, no cesaba de hacerlas.
La casa de Crocinos se hallaba atestada de mujeres. Era un buen
hombre, muy distinto de su padre Estrimón; él y su esposa habían
acogido a las mujeres de sus más remotos parientes, de los cuales
algunos se hallaban exiliados y otros habían tenido que huir. El
mismo Estrimón, después de haber resistido el asedio sin haber per-
dido un gramo de came, murió un mes más tarde de un frío en el
vientre.
Al día siguiente, muy temprano, tomé algunas cosas y emprendí
la marcha hacia la granja a lomos de un asno que había alquilado a
extramuros. Por consejo de Lisias, albergaba el propósito de perma-
necer allí una semana o dos. Había mucho trabajo que hacer, y de
nada servía encontrarme en la Ciudad cuando la ausencia de mi pa-
dre fuera observada. Lisias me había prometido ir a menudo para
llevarme noticias.
La mañana era fresca y hermosa cuando cabalgaba por las coli-
nas. Por todas partes las devastadas granjas habían comenzado a
producir de nuevo. En una de ellas estaban podando las cepas. Un
niño descalzo, que guardaba un rebaño de cabras, me brindó una
sonrisa con unos dientes blancos como la leche. Los pájaros canta-
ban. Las frías sombras que se extendían por las laderas de levante
tenían el color de los ojos de Atenea. Llegué a la granja cantu-
rreando La esposa del rey de Esparta. Entonces vi que la puerta estaba
abierta.
Pensé que la casa había sido saqueada, y entré corriendo. Nada
parecía haber sido tocado, excepto una de las camas, sobre la cual
había una manta. Pero cuando salí, comprobé que mis pies iban de-
jando una mancha en el suelo. Regresando a la puerta, vi qué era lo
que había pisado.
Seguí el rastro de sangre por el sendero abajo, y crucé el patio de
la granja. Primero vi las huellas de unas pisadas, después las marcas
dejadas por unas manos en el polvo, y las de un cuerpo arrastrán-
dose por el suelo. Arriba, en la ladera de la colina, una mula ramo-
neaba un chaparro.
Le encontré en el pozo, yaciendo sobre una losa, la cabeza col-
gante sobre el pretil. Pensé que hacía horas que estaba muerto;
pero, con una voz como la hierba seca removida con el pie, dijo:
-Dame un poco de agua, Alexias.
Lo bajé al suelo, saqué agua, y le di a beber. Había sido apuña-
lado por la espalda, y después en el pecho cuando se volvió para lu-
char. No sé cómo había podido vivir tanto tiempo. Cuando hubo be-
bido, me agaché para levantarle y llevarle a la casa; pero dijo:
-Déjame quieto. Si me mueves, moriré. Debo hablar primero.
Me arrodillé junto a él, empapé de agua mi capa, le refresqué
con ella la cara y esperé.
-Critias -murmuró.
-Lo recordaré -respondí.
Se sumió en si mismo, porque estaba próximo a morir y su
mente se hallaba perdida en sombras. Luego preguntó:
- ¿Quién eres?
Le contesté, y volvió en sí un poco.
-Alexias -repuso-, te he dado la vida. Te la he dado dos veces.
-Sí, padre -dije, pensando que deliraba.
Después, musitó:
-Naciste a destiempo. Canijo y pequeño. Era imposible prever
que llegaras a ser hombre. Uno tiene un derecho sobre sus propios
hijos. Pero tu madre...
Hizo una pausa, no como antes, sino con los ojos sobre mí,
reuniendo fuerzas para hablar.
-Si, padre, tengo contigo una deuda -dije.
Musitó algo en voz muy queda. Oi unas cuantas palabras: «Só-
crates)>, «sofistas» y «los jóvenes de hoy». Sus ojos se abrieron mu-
cho, y oprimió las manos cerradas contra la tierra. Elevando la voz
de la misma manera que uno alza una piedra muy pesada, dijo:
-Venga mi sangre.
Entonces cerró los ojos, volvió hacia un lado la cabeza, y mm--
muró algo más.
Tomé su mano y la estreché con fuerza hasta que sus ojos se vol-
vieron hacia mí.
-Padre -dije-, desde que tenía diecisiete años he empleado las
armas en pro de la Ciudad. No he huido en ningún campo de bata-
lla, a pesar de que luchaba contra extranjeros que no me habían he-
cho ningún daño. ¿Soy tan despreciable de alma como para perdo-
nar a mis enemigos? Créeme, padre: has engendrado un hombre.
Sus ojos encontraron los míos, y entonces sus labios se separa-
ron. Al principio creí que hacía una mueca de dolor, pero después
advertí que intentaba sonreír. Su mano estrechó la mía, en forma tal
que sus uñas se hundieron en mi carne. Luego se afiojó, y vi que ha-
bía entregado el espíritu.
Poco después, los hombres alquilados, que habían huido de los
asesinos, volvieron, avergonzados. No les hice reproche alguno,
pues no tenían armas. Les ordené que excavaran una tumba para él.
Al principio había tenido el propósito de quemar su cuerpo y llevar
las cenizas a Atenas; pero, al recordar sus palabras, lo enterré en el
viejo solar que nuestros antepasados usaban como cementeno mu-
cho antes de que viviéramos en la ciudad. Se encuentra en la parte
alta de la ladera del collado, sobre las viñas, donde la tierra es dema-
siado pobre para labrarla; pero desde allí se puede ver mucho te-
rreno y, cuando el sol es conveniente, distinguir el resplandor de la
Ciudad Alta, en el momento en que los rayos caen sobre la lanza de
Atenea. Coloqué sobre la tumba las ofrendas y vertí las libaciones.
Cuando me corté el cabello para él, recordé que era la segunda vez; y
sin embargo, creo que tampoco fue extemporánea la primera vez.
Lo deposité sobre la tumba. Entonces oí detrás de mí un movi-
miento, y me volví de prisa, el cuchillo en la mano. Pero era Lisias
quien permanecía de pie allí. Me di cuenta de que llevaba algún
tiempo esperando en silencio, mientras yo acababa los ritos. Se
acercó, me cogió el cuchillo, se cortó un rizo de cabello y, en señal
de respeto, lo colocó sobre la tumba. Entonces me tendió la mano y,
cuando yo se la estreché, dijo:
-Vamos, querido, coge cuanto tengas. Nos vamos a Tebas.
-No, Lisias. Debo regresar a la Ciudad. Tengo un asunto que
arreglar allí.
-Desde Tebas lo arreglarás mejor. Así me escribe Trasíbulos.
Quería haber venido mañana para hablarte de ello; pero he recibido
aviso de que iban a ir a buscarme esta noche. - Sonrió y añadió: -
Me han advertido dos hombres, desconocidos entre si. La virilidad
puede estar durmiendo en la Ciudad, pero existe. También en mí
ha estado durmiendo, Alexias. Hace mucho tiempo que debiera ha-
berme ido para tratar de hacer lo que está haciendo Trasíbulos. La
debilidad me lo ha impedido. Es duro ver los vástagos verdes, e irse
cuando la flor se abre.
Al cabo de una hora emprendimos la marcha por el camino de
la montaña, a pie, pues nuestras monturas alquiladas las habíamos
enviado a la Ciudad. Al principio caminamos en silencio; él porque
al partir se le había abierto una herida que aún le sangraba; yo por-
que solo entonces parecía conocerme a mí mismo, cuando se había
desprendido lo que tenía a mi alma oprimida en su molde. Pero, al
cabo de unas cuantas horas, gracias al buen aire y a la clara luz, y al
movimiento de nuestro caminar, y a ver lugares donde habíamos lu-
chado juntos cuando pertenecíamos a la Guardia, la pena fue desa-
pareciendo en nosotros, y Lisias me habló de las fuerzas que Trasí-
bulos estaba congregando para liberar la Ciudad. El camino trepaba
por la ladera, y el aire iba haciéndose suave y ligero. Vimos el fuerte
dc piedra de Filo sobre un escarpado collado que dominaba el paso,
y dejamos el camino por temor a que la guardia viniese a nuestro
encuentro. El ascenso de la montaña resultó duro, pero luego el ca-
mino mejoró, y antes del anochecer nos encontramos fuera del
Ática.
Salimos del camino, y en un lugar resguardado entre las rocas hi-
cimos un pequeño fuego y comimos lo que teníamos. Fue como en
los días de campaña. Permanecimos sentados recordando viejas lu-
chas y viejos camaradas, hasta que el sueño comenzó a vencernos.
Entonces, como teníamos por costumbre años atrás, empezamos a
discutir sobre si la parte más espesa de nuestras capas debía ser ex-
tendida para tumbamos sobre ella, o si debíamos dejarla encima
para protegernos del frío. Cuando uno, no recuerdo cuál, se some-
tió gruñendo al punto de vista del otro, procedimos a extenderlas,
pero comprobamos que no había ni el menor trozo que pudiera ser
escogido en cuanto a espesor, y nos echamos a reír, después de los
cual nos tumbamos para disponernos a conciliar el sueño.
Estábamos cansados, y dormimos hasta bastante tarde. Cuando
abrí los ojos, vi que los primeros resplandores del amanecer llena-
ban ya las cumbres. Después oí a una voz decir suavemente:
- Uno de ellos se ha despertado.

Toqué a Lisias para despertarle sin hacer ruido, y a tientas bus-
qué la daga. Entonces volví la cabeza, y vi a dos jóvenes, o más bien
a dos muchachos, sentados y sonriendo. Sus ropas eran de cazador,
compuestas por túnicas de piel, cinturones y espinilleras. Uno era
fornido y rubio, el otro de miembros largos y moreno. El rubio dijo:
-Buenos días. ¿queréis participar en el desayuno de unos caza-
dores?
Los saludamos, y nos condujeron al lugar donde se encontraban
sus caballos. Había allí una hoguera, y una liebre asándose en las
brasas envuelta en arcilla y hojas. Los muchachos la extrajeron, que-
mándose los dedos, jurando y riendo, la cortaron, y nos ofrecieron
los mejores pedazos, en la punta de sus cuchillos.
Después nos preguntaron las últimas noticias de la Ciudad.
- Explicadme, por favor - dijo el moreno-, ¿cómo puede un
hombre conversar con otro a quien no ve u oye?
Algo en la forma en que hizo la pregunta me dijo que estudiaba
filosofia, y por ello, sonriendo, contesté:
- Ilumina mi ignorancia, tú que eres el mejor de los hombres.
-Puede hacerlo si es tebano, pues nuestra nueva ley es que
cuando encontremos atenienses cruzando las montañas para tomar
las armas contra los tiranos, no los veamos ni oigamos.
-Sin embargo -observó el rubio-, cuando os hemos visto dor-
midos, por un momento hemos olvidado de que erais invisibles y
nos hemos dicho: «Estos dos son viejos amigos como nosotros, y en
consideración a la amistad debemos agasajarlos». Kebe y yo pro-
nunciamos hace un año el voto de Iolaos. Mi nombre es Siminzas.
También nosotros nos presentamos, con cumplidos sobre su
larga relación. Hubiera sido difl'cil decir cuál de los dos era el mayor,
excepto que Kebe, el moreno, conservaba aún su cabello de mucha-
cho. El sol se elevó mientras comíamos, redondo y rojo sobre las
nieblas del valle. Simmias dijo:
- Nuestro maestro, Filolao el pitagórico, considera que el sol es
un gran espejo redondo que, como un escudo pulido, refleja el
fuego central del universo. Pero ¿por qué es rojo el fuego al amane-
cer, y blanco al mediodía? De esta manera no podemos determi-
narlo a nuestra satisfacción, ¿no es cierto, Kebe? ¿Cómo explican el
sol los filósofos atenienses?
-Casi de tantas formas como filósofos hay -contestó Lisias- -
Pero nuestro maestro dice que la naturaleza de Helios es un secreto
del dios, y que lo primero que un hombre debe hacer es conocerse a
sí mismo y buscar la fuente de luz en su propia alma. No comemos
todo cuanto vemos, pero hemos aprendido qué puede ser bueno
para nuestro cuerpo. Lo mismo ocurre con la mente.
-Eso es razonable -dijo Kebe- - El alma intelectual del hombre
es una cuerda que debe ser pulsada en todas sus partes, como la mú-
sica de las esferas es el acorde de los cuerpos celestiales. Si los inter-
valos no tienen medida alguna, ofrece menos sentido que la música
de una lira desafinada. Esto es lo que nos enseña Fiolao.
-Pero -observó Siminias- pronto regresará a Italia, y entonces
ya no tendremos maestro, pues no nos sentimos satisfechos con mn-
guno de los otros que hay aquí. Nuestros padres no nos dejarán ir
a Atenas mientras los tiranos sigan dominando allí, de manera que
ya veis que tenemos nuestras propias razones para desear que se
vayan. Decidnos algo más de ese maestro vuestro. ¿Tiene algo nue-
yo que decir sobre la naturaleza del alma?
Al final pusieron nuestras alforjas sobre sus caballos, y empren-
dieron la marcha con nosotros, sin dejar de hablar en todo el ca-
mino hasta Tebas. Aquella noche dormimos en yacijas en la habita-
ción de los huéspedes de la casa del padre de Simmias. Alojaba a dos
o tres atenienses más, y la casa del padre de Kebe se hallaba llena
ya. En todas partes encontrabas un amigo, en forma tal que era diii'-
cil creer en la amargura de días anteriores. Habían visto bastante,
decían, de las oligarquias de Lisandro, en la que los peores hombres
regían por los peores medios para los peores fines. Los amigos de la
libertad no eran tebanos y atenienses, sino sencillamente helenos.
Al día siguiente, los muchachos desearon llevamos a oir a Filo-
lao; pero nos excusamos, porque primero deseábamos ver a Trasí-
bulos. Fue como en los viejos tiempos penetrar en una pequeña ta-
berna, y verlo sacar de debajo de la mesa las largas piernas y a
grandes zancadas acercarse a nosotros, sus cálidos ojos honestos en
su magra y morena cara.
- ¡Hombres de Samos! -exclamó- - La mejor noticia de hoy.
Una semana después dejamos Tebas, la de las siete puertas; pero
no solos.
Formando un grupo de setenta hombres emprendimos la mar-
cha a la luz roja del atardecer. Nuestros escudos se hallaban cubier-
tos, y las armaduras, bronceadas y con una capa de aceite negro.
Todos íbamos pesadamente armados, a pesar de la forma en que
habíamos abandonado el Ática. Nos habían an-nado los tebanos. Al
cruzar la frontera erigimos un altar e hicimos sacrificios a Atenea y a
Zeus. Los augurios fueron buenos.
Desapareció el sol, pero se elevó una pequeña luna, lo bastante
clara como para impedir que nos rompiéramos la cabeza en las
montañas. Se ocultaría tarde, lo cual nos convenía. Al resplandor de
su luz llegamos al lugar donde el paso se iniciaba en el borde de la
montaña. Abajo había un barranco y una ladera escarpada, y sobre
la ladera el fuerte de piedra de Filo, destacándose con su fachada ha-
cia el camino de Tebas.
Descendimos al valle, avanzando en fila india por un pequeño
sendero. Al fondo había un riachuelo, cuya fuente se encontraba
arriba, en la colina, y cuya agua era pura y muy buena para beber.
Allí esperamos, mientras un explorador ascendía hasta colocarse de-
bajo de los muros. Regresó al cabo de una hora. Sólo había una
guarnición de tiempo de paz, alegre de pasarlo bien porque los es-
partanos se habían ido. Nos dijo que se habían dado la contraseña
en voz tan alta como si se hubiesen saludado en el Ágora.
Con sigilo subimos a la puerta principal justamente cuando la
guardia estaba a punto de relevarse. La luna se había ocultado. Al-
guien dio la contraseña, y cuando la puerta fue abierta, unos la suje-
tamos, mientras otros irrumpían en el interior. Afortunadamente, la
poterna que daba al barranco, por la cual eran arrojadas las basuras,
no tenía vigilancia. El can-xmo era escarpado, pero algunos de nues-
tros montañeros lograron subir hasta alli.
Jamás he visto una guarnición más desconcertada. Cuando hu-
bieron comprendido quiénes éramos, no hicieron la menor resisten-
cia. El oficial que mandaba el fuerte, pensando en su reputación, se
aprestó a luchar; pero Trasíbulos lo cogió y, sujetándolo procu-
rando no herirle, le preguntó por qué se preocupaba de mantener
- su honor ante gobernantes que no sabían lo que era el honor,
cuando por su parte podía obtener una imperecedera fama de libe-
rador. Al final no sólo él, sino la mitad de la guarnición, prestó jura-
mento con nosotros, y creo que todos ellos parecieron cinco años
más jóvenes. A los demás los mantuvimos atados hasta que fue de
día, y entonces les quitamos las armas y los dejamos marchar.
Después, Lisias y yo, mientras montábamos guardia en las mura-
llas, vimos elevarse el sol. Apareció rojo y púrpura, pues el invierno
se acercaba, y allí arriba podía sentirse ya el mordisco del hielo.
Luego sus rayos dorados tocaron las alturas; pero debajo de noso-
tros el barranco, al cual llamaban Tragador de Carros, era como un
río de brumas insondables. La luz se extendió, la niebla se dispersó,
y a lo lejos, a través del barranco, pudimos ver la llanura de Acar-
nas, en la que se alcanzaba a distinguir una carretera. Al término de
la carretera, resplandeciendo tenuemente, se alzaban las murallas y
los tejados de Atenas. En el centro, la Ciudad Alta, semejante a un
altar, elevaba sus ofrendas a los dioses. Durante largo rato la con-
templamos en silencio, y luego Lisias dijo:
-Creo que verdaderamente estamos viendo el amanecer.
El segundo día, desde los muros vimos avanzar al ejército de Atenas.
En el cielo no había nubes, y era de un azul purísimo. Caballos e m-
fantes avanzaban por el camino como cuentas cosidas a una cinta, y
parecía como si no se movieran. Después las montañas los oculta-
ron. Un poco antes del anochecer los vimos muy cerca, en el paso.
Observamos la línea de hombres desplegarse en tomo a nosotros,
primero como una hebra, después como una cuerda, luego como un
gran cable grueso como el cíngulo de un barco. Creo que cinco mil
hombres se instalaron aquella noche delante de Filo. El tren de ba-
gajes se derramó sobre el escarpado camino, transportando los víve-
res. Cuandos los acabaran, les serían traídos más. Nosotros sólo te-
níamos los que habían sido dejados para una fuerza de cincuenta
hombres.
Encendieron las hogueras, y acamparon para pasar la noche.
Para los jefes fueron montadas tiendas. Los Treinta en persona se
encontraban allí. Todos vimos cuál sería probablemente el fin. Pero
creo que ninguno hubiera cambiado Filo por Atenas. Bajo nuestro
muro oriental, tan escarpado que desde allí los pinos parecían pe-
queños chaparros, estaba el Barranco de los Carros. En aquella
¡ parte había aún una puerta abierta hacia la libertad, que podríamos
usar cuando se hubieran acabado los víveres.
Durante toda la noche las estrellas brillaron sobre nosotros y las
hogueras ardieron debajo. El amanecer fue claro. Nos trajo un he-
raldo que a gritos nos pidió que nos rindiéramos al Consejo. Reímos,
y contestamos lo que nos pareció bien. Al pie del collado, algunos de
los caballeros procuraban que sus caballos fueran atendidos. Eran jó-
yenes ricos, que hacían la campaña como jinetes. Uno o dos se acerca-
ron y, lanzándonos injurias, nos gritaron que bajáramos.
-No -contestamos-. Subid vosotros. Honrad la casa. Haced-
nos felices.
De repente, unos cuantos montaron a caballo y subieron al co-
llado. Quizá por fanfarronería, tal vez esperando que podrían al-
canzarla, trataron de forzar la puerta.
Filo estaba bien provisto de jabalinas. Desde los muros ob-
servé a un hombre que intentaba acercarse. Otro par de ellos hu-
bieran constituido un blanco igualmente bueno, pero lo escogí a él
para castigar su insolencia. Era un individuo bien constituido, que
montaba a caballo como si hubiera crecido a lomos de él.
También él estaba armado con una jabalina. Se preparó a dis-
pararla cuando alcanzó la cima, pero hacia abajo se arroja mejor.
Me había visto. Los dos apuntamos a la par. Entonces, un mo-
mento antes de que ambos la soltáramos, se reprimió con gran so-
bresalto, como si le hubiera acertado ya. Su caballo acusó el
efecto, y se encabritó, frustrando mi tiro. Mientras forcejeaba con
su montura, el yelmo le cayó hacia un lado, y yo me quité el mío
para poder ver. Era Jenofonte. Durante un instante, mientras él
permanecía a lomos del cabriolante caballo, nos miramos a los
ojos el uno al otro. Luego cabalgó hacia el ángulo del muro, y ya
no lo vi mas.
Los caballeros fueron derrotados, y varios de ellos quedaron
heridos. Aquel día no hubo más lucha. Trasíbulos contó los víve-
res. Entonces, exceptuando a los centinelas, nos congregó a todos
para rogar a Zeus el Salvador que, puesto que amaba la justicia, no
dejara perecer a la Hélade junto con nosotros. Hicimos la oración,
y cantamos un himno. El atardecer llegó, solemne y rojo, con un
aire frío. Por la noche, Zeus el Salvador se inclinó hacia nosotros y
nos abrió su mano.
Su mano se abrió, y de un cielo lleno hasta entonces de gran-
des estrellas blancas, empezó a caer la nieve. Fría como el pecho
de Artemisa y punzante como sus flechas, estuvo cayendo toda la
noche, y cuando despuntó el día, aún continuaba cayendo. Las
cumbres de las montañas aparecían a través del torbellino de co-
pos como mármol veteado de negro. Abajo se encontraban las te-
nues tiendas de los que nos asediaban, y la mayor parte de los que
no tenían donde refugiarse se amontonaban en tomo a las humo-
sas hogueras encendidas con leña mojada. Todos ellos se golpea-
ban el cuerpo y pateaban el suelo para evitar helarse, pues con las
mantas que hubieran necesitado ellos habían envuelto a los ham-
brientos caballos. Un ejército de mendigos miraba con envidia ha-
cia nuestro refugio. Los llamamos, invitándoles a visitamos y di-
ciéndoles que procuraríamos que estuvieran calientes.
Estuvo nevando todo el día; pero al mediodía se cansaron de la
nieve. Los Treinta, acostumbrados a las comodidades, fueron los
primeros en irse. Después los jinetes tuvieron piedad de sus tem-
blorosos caballos; luego los hoplitas marcharon tras ellos; y enton-
ces, ante nuestros ojos se extendió un banquete como si hubiera
sido dispuesto por el cielo: el largo y pesado tren de bagajes des-
cendía medio hundido en la nieve. Abrimos de par en par las puer-
tas. Entonando el himno de triunfo, como hombres por quienes lu-
chaban los dioses, cargamos colina abajo.
Aquel día dejamos roja la nieve, y transportamos a Filo víveres,
aceite y mantas en cantidad suficiente para sentirnos como reyes
durante un año.
Durante algún tiempo estuvimos bloqueados por la nieve. Des-
pués empezaron a afluir los voluntarios. La mayor parte era exilia-
dos proscritos: demócratas, o caballeros demasiado tocados en su
honor para complacer al gobierno, o simplemente gentes cuyas
propiedades habían pasado a manos de uno de los Treinta. Pero
uno o dos procedían del ejército que nos había asediado, los cua-
les, ya antes de que la nieve empezara a caer, habían pensado que
se estaba mejor en lo alto del collado. También llegó su adivino,
un hombre silencioso. A través del aspecto del sacrificio, Apolo le
había advertido que no sirviese a hombres que eran odiosos a los
dioses.
Éramos ya cien hombres, y después fuimos doscientos y luego
trescientos. El Ática, Megara y Tebas, oyeron hablar de los hom-
bres de Filo. flegamos a ser setecientos. Cuando el mal tiempo nos
obligaba a permanecer en el interior, no había suficiente espacio
para contenemos a todos.
Los Treinta colocaron una guardia en el paso para impedirnos
hacer incursiones en las granjas; pero conocíamos ciertos caminos
a través de las montañas. Nunca carecimos de víveres. Parte de
ellos nos eran dados por amor, y otra parte la tomábamos por ne-
cesidad. Nuestra mejor diversión consistía en hacer una incursión
en nuestras propias tierras. Entre nosotros había muchos a quienes
los tiranos habían robado sus propiedades. Las cuidaban muy
bien, como comprobé cuando asalté la mía. Desde mi niñez no la
había visto tan próspera y bien abastecida.
Cuando el trabajo hubo sido hecho, encontré a un esclavo
oculto en un granero.
-Sal de ahí -ordené- y dime a quién pertenecen estas tierras.
Después puedes huir si quieres. Esto te espera si mientes - añadí,
mostrándole la daga.
Aquel hombre era tracio, y contestó:
-El nombre de mi amo es Critias.
Lo dejé ir, y después subí entre las viñas, con un gallo blanco en
la mano. Lo maté sobre la tumba de mi padre, para consolar su
sombra, y mostrarle a Critias quién había ido a visitarle.
Al cabo de muy poco tiempo, los Treinta habían recibido mu-
chos avisos de esa especie, y en Filo éramos mil hombres. A pesar de
que eran muy pocos los que podían traer consigo armas y arma-
dura, todas las noticias indicaban que los tiranos apenas podían con-
fiar ya en que Lisandro los protegiera.
Todavía era crudo invierno, pero la esperanza era en nosotros
fuerte y firme como los vástagos que empezaban a apuntar en los ár-
boles. No teníamos esclavos, y el uno era criado de los demás en las
tareas de cocinar, limpiar el fuerte e ir en busca de agua. Jamás he
probado agua tan fresca y pura como la del manantial de Filo. En
nosotros había una alegría como raramente he conocido. Recuerdo
un día en que recorría un serpenteante camino, cargado de aceite,
cantando, y hablando de cuando la ciudad fuese libre. Lisias dijo
que procuraría tener un hijo.
-Aunque tampoco me importa si viene primero una niña. Las
niñas me hacen reír.
-Escribiré a Simmias y Kebe. Les debemos hospitalidad. Ansían
oír a Sócrates.
- Su famoso Fiolao es demasiado matemático para mí.
- Sí, pero les presentaré a Fedón. Estoy seguro de que disfrutará
oyéndolos hablar.
A temprana hora de una mañana caímos sobre los hombres que
guardaban el paso, los cogimos por las piernas y los arrojamos a la
llanura. Pronto tuvimos noticias del pánico que reinaba entre los
Treinta. Incluso los Tres Mil, en otro tiempo la fuerza en que se
apoyaban, no confiaban en ellos desde que Terámenes fue borrado
de la lista. Nos regocijamos al saberlo; pero no tanto cuando tuvi-
mos la prueba de cuán proflmdo era su miedo.
Después de la arrogancia, la justicia; pero la locura los arras-
traba. Necesitaban un refugio para protegerse contra ciertos extre-
mos, y escogieron Eleusis, porque si la situación se ponía dificil po-
dían huir por mar. Pero como no habían procedido bien con nadie,
no estaban muy seguros de que los eleusinos no los traicionaran. So
pretexto de un ejercicio militar, los hicieron pasar a través de una
'estrecha poterna para cogerlos a medida que iban pasando. Asesina-
ron a todos los hombres y jóvenes de Eleusis, pero no con sus pro-
pias manos, pues procedieron como hombres culpables ante los dio-
ses. Los condujeron a Atenas y ante el Senado los acusaron de ser
peligrosos para la Ciudad, no molestándose en presentar otras acu-
saciones. El voto fue abierto: los culpables a un lado, los inocentes al
otro. El Senado se hallaba defendido por espartanos pesadamente
armados.
Los senadores votaron por la muerte. Habían descendido tanto,
que ya sólo había un peldaño más bajo. Pero era el último. Se halla-
ban en el fondo del pozo, y algunos aún tenían ojos para verlo.
Cuando las noticias llegaron a las montañas, supimos que a los ojos
de los dioses y los hombres nuestro tiempo había llegado.
A la mañana siguiente nos dispusimos a emprender la marcha.
Al mediodía comimos y descansamos, pues aquella noche no dormi-
ríamos. Después de haber examinado nuestras armas, Lisias me
dijo:
-Parecemos demasiado hombres de Filo. Vamos a componer-
nos de manera que podamos ser reconocidos en la Ciudad.
Nos cortamos el uno al otro el cabello, pero luego no supimos
decidir si debíamos emprender la marcha con barba o sin ella. La te-
níamos muy crecida, y nos habíamos acostumbrado a ella. Pero Li-
sias, riendo, observó:
- Quiero que mi esposa me reconozca.
Al final nos afeitamos los dos, y nos alegramos de haberlo he-
cho, pues nos procuró la sensación de que regresábamos a casa.
Cuando la luz comenzaba a cambiar sobre las montañas, sacrifi-
camos un camero y vertimos libaciones. El adivino dijo que los sig-
nos eran buenos, y entonces nos pusimos en pie para cantar el
himno de triunfo. Poco después comenzamos nuestra marcha, pues
teníamos que recorrer mucho camino para cruzar las montañas.
Antes de que sonaran las trompetas, Lisias y yo nos encontrabá-
mos en los muros, viendo cómo resplandecía Atenas bajo los obli-
cuos rayos del sol invernal. Me volví a él para decir:
-Pareces triste, Lisias. Aquí lo hemos pasado bien, pero lo va-
inos a pasar mejor.
Sonriendo, contestó:
-Amén, y que así sea.
Entonces permaneció silencioso durante un rato, contem-
plando la Ciudad Alta, apoyado sobre su lanza.
<IDe qué se trata? -pregunté, pues mi mente estaba llena de
recuerdos, y sabia que él los compartía.
-Pensaba en el sacrificio que acabamos de hacer -contestó- y
en la forma en que uno debe orar. Los hombres que están a punto
de iniciar una empresa como la nuestra tienen derecho a enco-
mendarse al cielo. Pero uno mismo. - - Hemos pedido muchas cosas
a los dioses, Alexias. Algunas veces las conceden, y otras no lo
creen oportuno. De manera que hoy les hecho la súplica tal como
Sócrates nos enseñó en otro tiempo: «Zeus Sapiente, dame lo que
sea mejor para mí. Aleja lo malo, aunque sea lo que te haya pe-
dido; y dame lo bueno que por ignorancia no te haya suplicado».
Antes de que pudiera replicarle, las trompetas sonaron, y des-
cendimos a la puerta.
El curso del año había quedado atrás. La luz nos acompañó a
través de las montañas, y cuando alcanzamos la llanura de Eleusis,
el polvo nos ocultó en el camino. El enemigo no salió a nuestro en-
cuentro. Los Treinta vigilaban el paso, para guardar las granjas.
Un poco después de medianoche, bordeando la playa, entramos
en El Pireo.
Al principio todo fue silencio. Después la ciudad despertó, pero
no para lanzar un clamor o en confusión. Habíamos llegado como
hombres mucho tiempo esperados, con la paciencia de los hom-
bres nacidos para el mar. El rumor corrió a lo largo de las calles, y
las casas abrieron sus puertas. Los hombres salían con espadas, cu-
chillos, hachas o piedras; las mujeres, esposas decentes mezcladas
con las hetairas, venían a traemos pasteles o higos, y sintiéndose
intrépidas en la oscuridad, nos los ponían en las manos. También
salieron los metecos: frigios y sirios, lidios y tracios, a cuyos pa-
rientes los Treinta habían matado y desplumado con menos pie-
dad que la mujer del granjero al escoger una gallina para la olla.
Cuando despuntó el día, supimos que todo El Pireo era nuestro, al
menos en lo que se refiere al sentimiento. Pero el sentimiento no
atraviesa una pesada armadura, y tampoco lo hacen las piedras. La
ciudad había sido tomada, pero la batalla tenía que ser librada aún.
El helado sol se asomó sobre Himeto. El día se hizo claro, y
desde los tejados vimos acercarse al enemigo; primero los caballos,
y después los hoplitas, avanzando desde la sombra de los Muros Lar-
gos, a la soleada brecha de Lisandro. Cuando estuvieron mucho más
cerca, pudimos ver que su número nos sobrepasaba en la propor-
ción de cinco a uno, y como no había posibilidad alguna de sostener
las defensas exteriores, nos retiramos a la vieja fortaleza de Municia,
donde son adiestrados los efebos. En el pedregoso camino que as-
ciende desde el mercado a la ciudadela, tomamos posición los que
nos hallábamos bien armados. Detrás de nosotros, esparcidos entre
las rocas, se encontraban los hombres de Filo que disponían de ar-
mas ligeras o los que no tenían ninguna. También estaba allí el pue-
blo de El Pireo, con hachas, cuchillos y piedras.
Entonces, como siempre ocurre en la guerra, se produjo una
pausa. El ejército de la Ciudad estaba sacrificando y tomando sus
medidas. Detrás de nosotros las gentes se gritaban las unas a las
otras. En el puerto, las gaviotas revoloteaban y gramaban. Abajo
oímos una orden, un caballo relinchando, el ruido que hicieron los
escudos al ser depositados en el suelo. Iniciamos la ociosa charla de
los soldados que esperan. Recuerdo haber preguntado:
-¿Cuándo te has remendado la sandalia, Lisias? ¡Qj.ié chapuce-
ría has hecho con ella! ~Por qué no me has pedido que te la arreglara
yo? No ignoras que lo hago mejor que tú.
Y él contestó:
-Oh, no había tiempo.
Entonces sonó una trompeta, oímos el ruido de las armaduras, y
el enemigo penetró en el mercado.
Desprovisto de tráfico y con sus tenderetes vacíos parecía muy
ancho. Las tropas, en su marcha, lo llenaban de extremo a extremo,
y una fila seguía a la otra. Creo que sus escudos se aproximaban de
cincuenta en fondo. Sé que los nuestros eran diez.
Cuando se desplegaron, comenzamos a conocerlos. No había es-
pacio para los caballos, y los jinetes venían a pie; pero se los podía
distinguir por el oro de sus armaduras y sus crestas de bronce la-
brado. Uno no tenía sino que escoger a un hombre aquí y a otro allí,
y sin embargo pensé: «Jenofonte no viene con ellos», y me sentí ale-
gre. Entonces a la izquierda vimos el estandarte y Trasíbulos gritó
con su enorme voz:
-Los Treinta están aquí.
Como tenía por costumbre hacerlo en Samos, nos habló de
nuestra justa causa, y nos recordó que los dioses nos habían mos-
trado su favor cuando nos salvaron con la nieve.
-Luchad cada uno de vosotros de manera tal que podáis sentir
que la victoria es vuestra sólo. Tenéis todo que ganar: vuestro país,
vuestros hogares, vuestros derechos, la contemplación de vuestros
amantes y vuestras esposas; alegría si vivís, gloria si morís. Ahí están
los tiranos; la venganza es nuestra. Cuando inicie el himno de
triunfo, fijaos en mí, y lanzaos al ataque. Nuestra confianza se halla
depositada en los dioses.
Se volvió al adivino, quien, habiendo hecho el sacrificio, se acer-
caba con la venda sagrada en la cabeza. Pasó a través de nosotros
para colocarse delante como si no nos oyera ni nos viese. Por sus
ojos supe que Apolo lo poseía.
-Estad tranquilos -dijo-. El dios promete victoria; pero pri-
mero un hombre tiene que caer. Hasta entonces permaneced
firmes.
Entonces con un fuerte grito invocó el nombre del dios y pro-
nunció:
-Yo soy.
Y dicho esto se lanzó hacia adelante, sobre la línea de escudos
que había debajo. Durante un momento, dado lo súbito de su ac-
ción, quedaron inmóviles; pero después las lanzas arremetieron con-
tra él, y cayó. Y los muros de Municia repitieron el eco de la voz de
Trasíbulo cuando inició el himno de triunfo.
Corrimos cerro abajo. La ladera nos hizo sentimos ligeros, tanto
más cuanto que nuestro propósito nos prestaba alas. Fue como el úl-
timo trecho de la carrera, cuando el Eros de la victoria impele al co-
rredor. Sé que maté y maté, y sin embargo no sentía mayor furia
que el sacerdote que derrama la sangre de la víctima. Lisias y yo lu-
chábamos codo a codo, arremetiendo hacia adelante, sintiendo a la
línea enemiga ceder ante nosotros, rompiéndose en trozos. Eran
muchos, pero su corteza era frágil y su centro suave. Eran hombres
que no estaban en paz con los dioses, ni con sus propias almas. Al
cabo de poco tiempo, si un hombre se mantenía aún firme, era uno
que no tenía nada que perder. En aquella fase de la batalla oi una
voz que trataba de reanimar la línea. Era la voz de un orador, no
acostumbrado a hablar en el campo de batalla, donde el hombre ha-
bla al hombre. Le reconocí, y abandonando de un salto a Lisias, me
lancé hacia él a través de la masa de hombres.
Lo vi junto al tenderete de un alfarero, que se alzaba vacio en un
lado de la plaza. Me fui acercando en silencio, sin gritar su nombre,
sin lanzarle un reto, pues sabía que eran muchos los que deseaban
tanto como yo librar combate con él. Como un amante lo busqué,
manteniendo en la sombra a mis rivales. Entonces lo tuve ante mí, y
a través de las rendijas de su yelmo vi sus ojos.
Cuando nos hallábamos escudo contra escudo, dije:
-Una vez me cortejaste, Critias. ¿No estoy bastante próximo
ahora?
Pero no hizo sino cerrar los dientes y jadear, pues yo había es-
tado viviendo duramente, y él con suavidad, y le fallaba el aliento.
Volví su escudo con el mío, lo empujé, y le herí en la piema.
-¿Me conoces? -pregunté-. Soy el hijo de Miron.
Esperé que su cara se alteraría; pero excepto por una mueca al
recibir el lanzazo, su expresión no cambió, y comprendí que aquel
nombre sólo era uno más entre los muchos que había mandado a la
muerte y no significaba nada para él. Ante esto sentí una gran ira,
en forma tal que mi fuerza llameó como una antorcha. Presioné con-
tra él hasta hacerlo inclinarse de espalda, y entonces aferré su rodi-
lla con la mía, como había visto hacer a Lisias en el pancracio. Cayó
hacia atrás, y su armadura produjo gran estrépito al chocar contra
los bastidores del tenderete del alfarero.
Se agarró a un estante, pero se vino abajo. Resbaló, y se des-
plomó de espaldas. Me incliné sobre él para quitarle el yelmo. En-
tonces vi que en su cabello había muchas hebras grises y que su
cara, dominada por el miedo, estaba arrugada como si hubiera en-
vejecido muchos años, y al tener que matarlo el estómago se me
contrajo, hasta que recordé que había olvidado el nombre de mi pa-
dre. Entonces pensé: « Bajo mis rodillas hay una bestia, no un hom-
bre». De manera que saqué la espada y la lancé hacia su cuello di-
ciendo:
-Toma esto por Miron.
Abrió la boca y murió. No sé si me oyó.
Cuando tuve la seguridad de que había muerto, me levanté y
comprobé que la batalla continuaba en tomo a mí. Elevando la voz
grité:
- ¡Lisias!
Tema muchos deseos de poder decirle lo que acababa de hacer.
Qí su voz elevándose sobre los ruidos de la batalla.
-¡Alexias! ¡Ya voy!
Entonces pareció como si una gran roca hubiera caído sobre mí,
aplanándome y suiniéndome en la oscuridad. Los ruidos de la bata-
lla me alcanzaron sin significado alguno, de la misma manera que
un niño a punto de dormirse escucha las voces en la habitación con-
tigua.
Volví en mí en un patio lleno de hombres heridos. En el centro
había una fuente cuya agua caía en una concha de baldosas azules,
como la que construyen los medas. La cabeza me dolía, y me sentía
muy mal. El golpe recibido en el yelmo me había dejado aturdido,
pero la cabeza no me sangraba. Tenía la herida en la cadera, justa-
mente debajo del borde del corselete. Era profunda, y en tomo a mí
había un charco de sangre. Debí de ser alcanzado al caer. La mancha
era negra y estaba seca en los bordes, y por eso supe que llevaba allí
algún tiempo.
Tenía sed, y el sonido del agua la aumentó. Mientras deseaba be-
ber, por vez primera pensé: «¿Soy cautivo o estoy libre?». Volviendo
la cabeza hacia un hombre que yacía junto a mí, pregunté:
<~Hemos ganado?
Lanzó un profundo suspiro, e hizo rodar la cabeza hacia mi. Vi
que estaba a punto de morir.
-Hemos perdido -contestó, y cerró los ojos.
A pesar de estar tan alterado, lo reconocí. Era Carmides. Lo ha-
bía visto durante la batalla, allí abajo en el mercado, entre los caba-
lleros. Lo llamé por su nombre, pero ya no volvió a hablar.
Empecé a arrastranne hacia la fuente, pues al saber que había-
mos ganado me sentí animado; pero un hombre que podía caminar
y emplear un brazo, me trajo agua en un yelmo. Bebí, le di las gra-
cias y le pregunté si hacia tiempo que había terminado la batalla.
-Hace una hora -respondió- - Han establecido una tregua para
recoger los muertos. Yo he estado allí hasta hace muy poco rato.
Los Treinta han huido. Antes de venir aquí, los hombres que reco-
gían los cuerpos hablaban entre sí a pesar de pertenecer a bandos
distintos.
Me dijo más, pero me encontraba demasiado débil para escu-
charlo. Miré mi sangre extendida en el suelo, deslicé sobre ella la
mano y pensé: «Bien vertida». Descansé un rato. Una anciana vino y
me ató una tela alrededor de la herida. Entonces me sentí mejor,
abrí los ojos y miré en tomo a mí, sintiendo la impaciencia de que
alguien viniera para llevarme junto a mis amigos.
Oi los pasos de hombres transportando un peso, y me volví para
llamarlos. Pero llevaban sobre un escudo un cuerpo muerto. La
cabeza colgaba por detrás, las piemas pendían desde las rodillas y
una capa de jinete había sido echada sobre él, en forma tal que su
cara permanecía oculta. No reconocí la capa, y ya volvía la cabeza
cuando vi que los dos hombres me miraban, y luego se miraban el
uno al otro. Entonces sentí el corazón oprimido, y mis heridas se
quedaron frías. Los pies aparecían por debajo de la capa, y una de
las sandalias estaba remendada.
Hallé mi voz y llamé a los hombres, que al principio pretendie-
ron no haberme oído. Pero se detuvieron cuando volví a llamarlos.
-¿Quién es? -pregunté.
Los dos esperaron a que fuera el otro quien hablase primero;
pero luego uno dijo:
- Lo siento, Alexias.
El otro explicó:
-Ha muerto muy bien. Después de haber sido herido dos veces,
aún se mantenía en pie, y luego aún ha sido herido otra vez. Debe-
mos irnos, Alexias, pues pesa.
-No lo llevéis más allá -pedí-. Dejadio aquí conmigo.
Miraron al patio, el cual se hallaba atestado, y luego volvieron a
mirarse el uno al otro. Adiviné lo que pensaban: que a los hombres
heridos no les gusta estar con los muertos. De manera que dije:
-Iré con vosotros, entonces.
Me levanté y me arrastré detrás de ellos. En el Pórtico hallé una
lanza con la cabeza rota, y la tomé para apoyarme en ella. Recorri-
mos un breve trecho, y llegamos a un pequeño pavimento ante un
altar. Junto a él había una pared rota, y las piedras estaban cubiertas
de polvo; pero no podía caminar más, y por eso dije:
-Aquí mismo.
Lo depositaron en el suelo y, excusándose, tomaron la capa y el
escudo, pues tenían que ir a buscar otros cadáveres. Había sido he-
rido entre el cuello y el hombro, y la pérdida de sangre era lo que le
había matado. Se hallaba tan exangue que su piel no era descolorida
como la que vemos en los muertos, sino como un mármol claro y
amarillo. Había sangre en su armadura y en su cabello. No llevaba

puesto el yelmo, y sus ojos abiertos miraban hacia el cielo, como si
estuvieran haciendo una pregunta. Tuve que oprimir mi mano so-
bre ellos largo rato antes de conseguir cerrarlos.
Su cuerpo no se había puesto rígido aún, pero su piel empezaba
a enfriarse. Yacía ya como uno de los incontables muertos. Siempre,
hasta donde alcanzaban mis primeros recuerdos, tanto si cabalgaba,
como si caminaba, o corría o permanecía de pie hablando en la ca-
lle, había podido distinguirle entre los demás hombres; y entonces,
en la oscuridad de la noche, no era posible confundir su mano con
la de otro. Las moscas habían comenzado a llegar, y tuve que espan-
tarlas.
Me sentía débil como un niño, mental y corporalmente, y, sin
embargo, no me era posible llorar. Eso está bien, podéis decir; pues
cuando un heleno muere honrosamente, incluso una mujer debe re-
primir sus lágrimas. También a mí se me enseñó desde mi primera
juventud lo que es conveniente sentir en tales ocasiones, y nunca ha-
bía ignorado que aquel a quien amaba era mortal. Sin embargo, en-
tonces era como un desconocido a la tierra y a mi propia alma. Pues
me decía que si había algún dios que se preocupaba de las vidas
de los hombres, el mismo dios tenía que estar sufriendo conmigo.
Y cuando pensé que los Inmortales vivían lejos de allí, en eterno goce,
celebrando eternas fiestas, me pareció que los dioses no existían.
Después de no sé cuánto tiempo, los dos hombres que lo habían
traído, volvieron para ver cómo me encontraba. Dije que estaba bas-
tante bien, y les pregunté si le habían visto caer. Contestaron que
no, pero lo habían oído ensalzar a aquellos que lo vieron, y uno dijo
que había estado a su lado cuando murió. Le pregunté si había ha-
blado con alguien.
- Si - respondió-, con Eucles, a quien conocía mejor que a mí, y
le ha preguntado por ti. Parecía temer que hubieras muerto. Ha di-
cho que habías gritado pidiendo su ayuda, y creo que recibió sus he-
ridas al intentar ir a tu lado. Le dijimos que habías sido sacado del
campo de batalla, pero no herido mortalmente, y eso pareció de-
jarle contento. Descansó un poco. Entonces su mente empezó a nu-
blarse, y comenzó a bostezar, como he visto hacer a otros hombres
tan desangrados como él. Y dijo: «Él cuidará de la niña». ¿Tienes
una, pues? Pero supongo que tú sabes lo que quiso decir.
-Sí -contesté-. ¿Dijo algo más?
-Viendo que estaba a punto de morir, Eucles le preguntó si de-
seaba dejarte algo de recuerdo. No contestó nada, pero sonrió. Creí
que no había oído. Pero cuando Eucles se lo preguntó de nuevo,
contestó: «Lo que tenga». Eucles le ha indicado que tenía un anillo,
y él ha intentado sacárselo del dedo, pero su debilidad era muy
grande y no pudo hacerlo. Eucles lo guarda para ti. Precisamente en
el momento en que lo cogía, las tropas de la Ciudad fueron rechaza-
das en el Ágora, dejándonos dueños del campo. Trasíbulos ordenó
que las trompetas anunciaran la victoria. Lisias abrió los ojos, pre-
guntando: «¿Hemos ganado nosotros?». Le dije que si, y él mur-
muró: «Entonces todo va bien, ¿no es cierto?». Eucles contestó: «Si,
Lisias, todo va bien». Y en ese instante murió.
Le di las gracias, y ambos se fueron. Cuando se hubieron mar-
chado, levanté su mano, y vi lo mucho que se la habían desollado al
quitarle el anillo para mí. Entonces lloré.
Después, en los muros de Municia oi a los triunfadores entonar
un himno de alabanza a Zeus. Escuché, con la cabeza dándome vuel-
tas y los sentidos sumidos en sombras, pues al caminar se me había
abierto la herida y otra vez sangraba. Luego unos hombres me colo-
caron sobre una litera, discutiendo si estaba vivo o no. No hablé,
pues eso parecía importar poco. Permanecí con los ojos cerrados,
escuchando el himno de triunfo.
Un año después, un cálido día de primavera subí a la Ciudad Alta a
recibir una corona de olivo.
La Ciudad había votado por Trasíbulos y los hombres que ha-
bían ido con él a Filo. La guerra civil estaba terminada, y la tiranía
había sido derrotada del todo, pues Lisandro se había trasladado a
Esparta con objeto de intrigar para conseguir un reinado, y el rey
Pausanias, habiéndose enterado de ello, se había puesto en marcha
para derribarlo. En su propósito de minar su poder en todas partes,
los reyes nos habían dado permiso para establecer de nuevo una de-
mocracia. De manera que la Ciudad dio las gracias a Zeus, y prome-
tió regir con peifecta justicia.
Era extraño permanecer otra vez en el templo de la Doncella, y
sentir las ramas de olivo ceñir mis sienes. En mi juventud muchas
veces había rogado que Lisias y yo pudiéramos ser coronados jun-
tos, y supongo que también él había rogado lo mismo. Pero era
yo quien recibía la corona por él. La acepté por Talia, pues era a
mí a quien correspondía cuidar de ella en esto y otras cosas. Pero,
en estos veinticinco años, la madre de mis hijos ha merecido de mí
cosas mejores.
Después hubo discursos alabando a los liberadores, honrando a
los muertos y confiando en buenas perspectivas para la Ciudad,
pues aunque habíamos perdido un imperio, habíamos hallado justi-
cia, el mayor de los dones que Zeus hace a los hombres. A continua-
ción hubo un concurso coral, una carrera para hombres, y, al atar-
decer, una carrera de antorchas para los muchachos.
En la pausa entre las competiciones, me hallaba sentado en el es-
tadio pensando que después debía bajar para ver a los muchachos a
los que había entrenado para la carrera, con objeto de animarlos si
era necesario. Pero tenía tiempo aún. Los vendedores de agua y de
vino se afanaban, pues la tarde era cálida y los corredores habían le-
vantado polvo. Como ocurre en tales ocasiones, los amigos se veían
los unos a los otros en los asientos y se apresuraban a reunirse. Jeno-
fonte me llamó con un gesto de la mano, y me dirigí hacia donde él
se encontraba. Nos saludamos cálidamente. La amnistía nos había
dado a ambos una agradable excusa para reanudar nuestra amistad.
Dije que últimamente le había echado de menos en la Ciudad, y le
pregunté dónde había estado.
-En Delfos, consultando a Apolo cómo debo hacer el sacrificio
antes de emprender el viaje que me propongo llevar a cabo.
Le pregunté si marchaba lejos.
-A Persia, a luchar por Ciro.
Le miré con fijeza, demasiado sorprendido para hablar.
-Proxenos, mi amigo tebano, me ha escrito desde Sardis. Se ha-
lla ya al servicio de Ciro, y me dice que jamás ha conocido a un más
cumplido soldado y caballero. Y Próxenos es entendido en tales ma-
terias. Al parecer se necesita una fuerza para limpiar de bandidos las
montañas, y Ciro es liberal, lo cual representa mucho para un hom-
bre cuyas propiedades se hallan tan arruinadas como las mías.
-Me parece algo muy extraño. ¿Contratar un ejército de hele-
nos para limpiar de bandidos las montañas? No se puede confiar en
la palabra de un meda. Puede que te quiera para otra cosa. Mientras
te encontrabas allí, ¿no le has preguntado al oráculo si debías ir?
Rió de un modo algo descarado.
-Eso es lo que ha dicho Sócrates. Bien, admito que no deseo
cambiar de idea. Pero supongo que si Apolo estuviera mucho contra
ella, me daría alguna indicación.
Me sentía más preocupado por él de cuanto me atreví a decir.
Incluso en tiempo de paz, se haría a sí mismo un gran daño en la pa-
tria por contratar su espada al señor de Lisandro. Pero él debía de
saberlo, pues era soldado y no imbécil. Pensé preguntarle por qué
abandonaba la Ciudad justo cuando las cosas empezaban a mejorar,
pero no lo hice, pues aunque seguía portándose como un caballero
y oficial de caballería, en él había algo sombrío y apagado desde la
amnistía. Parecía un hombre sin futuro. A través de todas las com-
plicaciones había avanzado paso a paso sin renunciar a su honor, y
al final acabó aborreciendo a los tiranos; pero sus ojos se habían
abierto demasiado tarde, y es cierto que entonces la Ciudad tenía
poco uso para los hombres que habían sido leales a los Treinta.
-Todo hombre -dijo- desea dejar en la tierra huella imperece.
dera de su nombre. Incluso un muchacho siente así cuando marca
su nombre en un árbol. A veces he soñado en fundar una ciudad;
pero eso corresponde a los dioses.
El vendedor de vino se acercó, y me invitó a una copa del acos-
tumbrado vino fortísimo que vendían en los Juegos.
-Además -prosiguió-, deseo estudiar a Ciro. Dicen que es
hombre nacido para regir, y quiero saber cómo está hecho un hom-
bre semejante. Uno oye hablar mucho de esa clase de hombres y de
que son más idóneos que otros para gobernar. Como afirma Sócra-
tes, un albañil, o un herrero, pueden decir claramente cómo se ha-
llan calificados para un trabajo; pero nadie ha definido la califica-
ción de un gobernante, o por mejor decir, ni siquiera dos personas
se muestran de acuerdo en la definición. Las complicaciones siem-
pre nacen de no definir nuestros términos; pero aún nos vienen más
complicaciones por no definir ese término.
-Buena suerte, entonces, con tu definición -dije- - Pero tráela
aquí, para que la compartan tus amigos.
Le miré y vi que bebía el áspero vino como un hombre que es-
pera enfrentarse con peores cosas. Comprendí que estaba echan-
do mi última mirada al muchacho que aún recordaba. Me hallaba
en lo cierto. Cuando lo vi de nuevo, fue cinco años más tarde, y no
en Atenas. Se hallaba curtido como la correa de una jabalina, y era
un soldado que parecía haber sido acunado en un escudo; pero creo
que lo más extraño fue ver en una persona que siempre se había
mostrado tan atenta con los convencionalismos ese descuidado aban-
dono que sólo es posible encontrar en soldados de gran renombre.
Son hombres que parecen decir: «Tómalo o déjalo, tú que nun-
ca has ido a donde yo he estado. Sólo nosotros somos los jueces el
uno del otro».
Fue a reunirse con otros amigos, y yo, viendo que alguien me ha-
cía señas, me levanté y reconocí a Fedón, a cuyo lado fui. Platón se
encontraba con él, y, unos cuantos bancos más abajo, Sócrates ha-
blaba con su viejo amigo Cairofonte que había regresado de su exi-
lio con los demócratas. Como me acerqué por detrás de ellos, no me
vieron; pero Platón me hizo sentarme a su lado. Cuando nos encon-
trábamos en lugares públicos, nunca dejaba de mostrarse conmigo
muy cortés. Pero ya no me pedía que fuera a su casa. Aunque no me
jactaba de haber dado muerte a Critias (ningún hombre se jacta de
lo que le ha costado tan caro), el hecho era conocido por unas cuan-
tas personas, y sin duda alguna será un mal día para la Ciudad aquel
en que los hombres hayan perdido hasta tal punto la piedad que
sean anfitriones del que ha vertido la sangre de sus parientes.
Hablamos de cosas indiferentes, y observamos al juglar que en
el estadio echaba al aire antorchas encendidas, pues el crepúsculo
,comenzaba a extenderse. En el banco debajo del nuestro, Anitos ha-
blaba con algunos amigos suyos. También él había sido coronado
aquel día por su trabajo en la resistencia, y nadie lo había merecido
más. En el exilio había trabajado casi tanto como Trasíbulos, y ha-
bía luchado bien en El Pireo a pesar de no ser ya joven. Era hombre
que jamás hacia a medias las cosas. Mucho antes, cuando toda la
Ciudad se hallaba enamorada de Alcibíades, la pasión de Anitos ha.
bia sido notoria sobre todas las demás, gozándose en la burla e m-
cluso en el insulto público. Se decía que en cierta ocasión dio un
banquete al cual el joven rehusó asistir. Pero Anitos no cesó en sus
importunidades, suplicándole casi de rodillas que acudiera bajo cua-
lesquiera condiciones. Alcibíades se alejó riendo. Cuando llegaron
los invitados, él no se presentó; pero cuando el banquete se hallaba
en su mitad, lo vieron en el umbral. Invitado a entrar, no dijo nada,
pero envió a su sirviente a recoger las copas de plata que había en la
mesa, y después marchó con ellas sin haber dicho palabra. Eso suce-
dió en los días en que corría detrás de Sócrates, quien, no pidiendo
nunca nada para si mismo, creo que había hecho al joven más des-
pectivo que antes de sus tropas de esclavos.
Anitos era aclamado en todas partes como salvador de la demo-
cracia, y se había convertido en el prototipo del demócrata. Tenía a
gala ir con el hombro derecho desnudo, como un trabajador, a pe-
sar de que era hombre bien acomodado, y en su curtiembre em-
pleaba a hombres libres y a esclavos. En política se estaba labrando
una reputación. Aquella tarde fue interrumpido por muchos saludos
mientras hablaba con sus amigos.
- Bien - decía-, hemos luchado por esto, y ahora lo vemos.
Aquí está el pueblo, mostrándose tal cual es. Son las personas senci-
llas, reunidas en hennandad para proclamar su triunfo, para honrar
las viejas virtudes, para compartir su orgullo y sentir su felicidad. Es
un día nefasto para los granujas y los embaucadores, y para todos
aquellos que no sientan como suya esta gloria. Nuestro es el futuro.
Sus amigos lo aplaudieron. Pero Platón se volvió impaciente ha-
cia Fedón para preguntar:
- ¿Qié quiere decir ese hombre con todas esas rimbombantes
palabras? ¿Quién es ese pueblo? <~A qué personas se refiere? ¿Qjiié-
nes son las personas sencillas? ¿Eres tú una de ellas, Fedón? je
sientes tú feliz, Alexias?... Perdóname. Eres libre de preguntarme a
mí lo mismo.
-Supongo que es una figura retórica -repuse.
Su voz continuaba alta y clara y, a juzgar por la postura rígida
que adoptó la espalda de Anitos, comprendí de inmediato que le ha-
bía escuchado.
-Entonces es mala, pues es una figura de lo que no existe. Aquí
no hay un pueblo. Aquí hay veinte mil cuerpos, cada uno de los cua-
les encierra un alma, que es el centro de un cosmos que nadie más
ve. Aquí descansan y, en compañía de los demás, malgastan un
poco de tiempo antes de que cada uno de ellos vuelva a las tareas de
su soledad, en la cual su alma vivirá o morirá sola, en su largo viaje
hacia Dios. ¿Qtién puede hacer el bien sin saber lo que es? ~Y cómo
lo hallará, excepto pensando, u orando, o conversando con unos
cuantos amigos afanosos de encontrar la verdad, o con el maestro
que Dios le ha enviado? No lo encontrará en una simple fase de dis-
cernimiento que pueda ser gritada en el Ágora y tenga el mismo sig-
nificado para todos cuantos la oigan, sino a través de un largo cono-
cimiento de sí mismo y de las causas del error, refrenando el deseo,
y sometiéndose de nuevo a la verdad, que sólo queda refinada como
el oro mediante una larga tarea. Ninguna de estas cosas suceden
cuando uno se encuentra entre una multitud, sino que uno se m-
dina como una caña ante el viento del miedo, o del ignorante pre-
juicio, o de una corona, contrayendo por infección una falsa preten-
sión de conocimiento, o en el mejor de los casos una veraz opinión
no sopesada ni investigada. ¿Qué es el Pueblo al que debiéramos ve-
nerar? ¿Debemos venerar a los dioses o a las bestias en forma de
hombre?
Vi a Anitos volverse y casi hablar. Se hallaba claramente encole-
rizado; pero al yerme se contuvo, pensando, sin duda alguna, que
era persona muy adecuada para ocuparme del asunto.
-Pero -obje¿é- los hombres deben congregarse para hacer las
leyes, para guerrear, para honrar a los dioses. Deben aprender a
obrar en pro del bien común. Para tan convenientes propósitos, de-
ben sentirse Pueblo, de la misma manera que los marinos se sienten
tripulación.
- Sí, pero sería preciso precaverlos de las mentiras del alma. Los
hombres veneran tales palabras, y entonces, sintiéndose parte de
algo que no puede hacer nada malo, se hinchan de orgullo, pen-
sando en lo mucho más elevados que están en relación a otros hom-
bres, y no en lo más bajo que están en relación a los dioses. ¿Qué es
el Pueblo sino una ola del mar que entre playa y playa cambia de
substancia un millar de veces? ¿Cuál es su prototipo? Aceptemos
que la mente divina puede contener, además de las ideas de justicia,
santidad y verdad, una idea de Hombre en cuyo cuerpo se contie-
nen todas ellas perfectamente armonizadas en cada una de sus pro-
porciones, tal como al principio nos concibió Zeus el Creador. Pue-
des decir que un hombre hecho así se halla más cerca de ser un dios,
y, sin embargo, en el orden del universo hay espacio para tal con-
cepto. Pero ¿cómo puede haber una idea de Pueblo? ¿Quién puede
concebirla, y menos amarla? ¿La amabas tú, Alexias, cuando fuiste
a Filo? No. Lo que tú amabas era la libertad, y tienes suficiente ló-
gica para saber que tu amor perecería a su solo abrazo. ¿Puedo ha-
blar de Lisias, puesto que hoy lo hemos recordado? Él amaba lajus-
ticia, porque era un verdadero hijo de Zeus, y deseaba compartirla,
como hubiera compartido cualquier cosa buena que hubiese tenido.
¿Por qué hubiera amado al Pueblo, él que tenía un corazón lo bas-
tante grande para amar a todos los hombres? Incluso si Zeus el Sa-
piente pusiera sobre la tierra ese hombre perfecto que hemos postu-
lado, ¿amaría al Pueblo? Creo que no. Amaría al caballero y al
plebeyo, al esclavo y al hombre libre, al heleno y al bárbaro, incluso
al perverso, pues también ellos contienen el alma nacida en Dios.
Y el Pueblo se uniría a los tiranos para exigir que fuera crucificado.
Se oyó el sonido de la música abajo en el estadio, y en seguida
apareció un ejército de muchachos con yelmos y escudos, unos sos-
teniendo en la mano lanzas y otros antorchas, para danzar con ellas
en honor de Zeus. Fedón se levantó y dijo:
-Acabad entre vosotros la discusión, pues antes de que co-
mience la carrera yo quiero cambiar unas palabras con Sócrates.
-Vámonos -repuso Platón.
Cuando nos levantábamos, Anitos, que se había vuelto del todo,
exclamó:
- ¡Me parece demasiado!
-¿Cómo dices? -preguntó Platón, deteniéndose.
-Conque eres un alumno de Sócrates, ¿no? -repuso Anitos.
-No -respondió Platón, alzando las cejas para fruncir el entre-
cejo- - Me enorgullezco de ser su amigo. Perdóname.
Y marchó detrás de Fedón, que no había oído nada.
También yo me disponía a irme, pero Anitos se inclinó hacia
adelante para coger mi manto y tirar de él. Su costumbre era aga-
rrar y dar golpecitos a aquellos que hablaban con él, ya que era ene-
migo de toda lejanía y reserva, porque eso le parecía propio de los
oligarcas. Por respeto y por cortesía volví a sentarme.
-Me maravillas, Alexias -dijo-, tú que has sido coronado hoy
mismo y honrado como amigo por el Pueblo. No comprendo cómo
puedes escuchar a ese reaccionario y conservar tu serenidad. Me pa-
recía que, ahora que eres un hombre, habías dejado por fin de de-
jarte engañar por Sócrates.
- He luchado como un demócrata, aquí y en Samos, sólo porque
Sócrates me ha enseñado a pensar por mí mismo. Y Platón rechazó
a los tiranos, aunque algunos eran parientes suyos, por considera-
ción a Sócrates. Él enseña a los hombres a buscar la verdad que hay
en ellos.
Pude ver que esperaba que dejase de hablar para decir lo que te-
nía el propósito de decir, exactamente como si yo no hubiera ha-
blado. Me agradaba el modo que tenía de tratar a todos los hom-
bres como si fueran sus iguales; pero resulta extraño hablar con
alguien a quien no alcanzan nuestros pensamientos. De repente fue
como si me rodeara un gran desierto, e incluso sentí el temor de
Pan, conductor de rebaños, como nos ocurre cuando nos encontra-
mos en un lugar solitario.
-Desde que tengo memoria -dijo Anitos-, ese hombre ha es-
tado siempre rodeado de ociosos jóvenes, a los que induce a creer
que les asiste el derecho a permanecer ociosos y a quienes obliga a
desperdiciar sus mejores años, cuando podrían estar aprendiendo
un oficio honesto. ¿Negarás que Critias fue su alumno? ¿O quizá
prefieres decir su amigo? Más aún, desde que la democracia ha sido
restaurada, no ha dejado de burlarse de ella y de socavarla.
-No es eso lo que creo -repliqué-. Ciertamente no sé lo que
quiere decir, a menos que Sócrates piense que es estúpido escoger
de entre la masa jueces y legisladores. Dice que nadie escoge entre
la masa a un médico cuando su hijo está enfermo. ¿Lo harías tú?
Su cara se oscureció, y vi que había agitado en él un pensa-
miento que le resultaba vejatorio.
-Sigue mi consejo -repuso- y no permanezcas a su lado hasta
que corrompa tu mente y te deje sin principios, o religión o reveren-
cia, como hace con otros jóvenes.
- ¿Corromperme, dices? Antes de hablar con Sócrates ni si-
quiera sabia lo que significaba la religión. Ahora es tarde para de-
jarle, Anitos. Desde que era niño ha sido para mí como un padre, y
mucho más.
Vi que una vena se hinchaba en su frente, y cuando de nuevo ha-
bló comprobé que se hallaba más allá del dominio de la lógica y en-
teramente entregado a si mismo.
-¡Más que un padre! Tú lo has dicho. En eso radica el mal. Me
gustaría saber quién puede guiar a un muchacho mejor que su
padre.
-Eso depende -repuse- - Si estuviera en el mar, podría hacerlo
un piloto, ¿no crees? O un médico, si tuviera fiebre. Cuando el mu-
chacho corre, la Ciudad piensa que incluso yo puedo hacerlo mejor.
Y empecé a hablar de aquellos que iban a participar en la carrera
de antorchas, creyendo que eso le calmaría. Pero se puso más fu-
rioso que nunca.
-¡Tonterías! -chilló-. Eternas tonterías que dan al traste con
los decentes principios que el instinto nos dice son los únicos verda-
deros. ¿Cómo consigue ejercer esa influencia sobre los jóvenes? Ha-
lagándolos, por supuesto. Haciéndoles creer que en la vida tienen
una misión especial que los distinguirá de todos los demás, como le
sucede a ese jovencito que ahora mismo acaba de burlarse del Pue-
blo. Enseñándoles que trabajar en un buen oficio, donde pueden
aprender el significado de la democracia verdadera en un toma y
daca con sus compañeros, es un despilfarro de sus preciosas almas.
Diciéndoles que, a menos que pierdan el tiempo todo el día con él
en la columnata, criticando todo cuanto es sagrado, se convertirán
en zoquetes, exactamente como sus pobres padres, que toda la vida
han sudado sangre para que pudieran vivir como ciudadanos y no
como esclavos.
-A él mismo le fue enseñado un oficio, y está orgulloso de ello.
Toda la Ciudad lo sabe.
-No me hables de Sócrates. Si los jóvenes no pagan sus leccio-
nes, las pagan sus padres.
Seguí sus ojos, sabiendo de antemano lo que iba a ver. Su hijo,
Antemio, joven de unos dieciocho años, se hallaba sentado un poco
más allá, con un grupo de hijos de mercaderes, los cuales le miraban
con admiración. A juzgar por el ruido de sus risas, acababa de con-
tarles una historia muy salaz. En el momento en que yo miré, llamó
al vendedor de vino, como ya le había visto hacer dos o tres veces.
A pesar de que el vino era muy fuerte, lo bebía sin mezclarlo con
agua, como hacen los hombres que no pueden pasarse sin él. Era un
muchacho con cejas y cabello pálidos, una cara de expresión cam-
biante y encamada y ojos llenos de desesperación.
-Bebe más de lo que le conviene -dije- - Todos sus amigos lo
lamentan. En los días en que frecuentaba la compañía de Sócrates,
nunca le vi beber así. No creo que sea feliz. Y estoy seguro de que no
es a causa de que no le parezca demasiado bueno trabajar en tu cur-
tiembre, sino quizá porque se le impide emplear algo que tiene en si
mismo, como podría ocurrirle a un pájaro si lo enjaularas cuando le
estaban creciendo las alas.
-¡Tonterías! -exclamó-. ¿Quién cree ser? Hará su aprendizaje
como todo el mundo. He luchado para establecer la igualdad entre
todos los hombres. Nadie dirá de mí que he criado a mi hijo para
que sea mejor que sus conciudadanos.
- ¿Debemos entonces impedir el amor a lo excelente, hasta que
todos los ciudadanos sientan de un modo igual? Yo no he luchado,
Anitos, para ser coronado donde no pueda disfrutar de libertad al-
guna, sino por una Ciudad en la que pueda saber quiénes son real-
mente iguales a mí, o mejores que yo, para poder honrarlos. Una
Ciudad donde la vida cotidiana de un hombre le concierna tan sólo
a él mismo, y donde nadie me obligue a mentir porque es conve-
niente, o a someterme a la voluntad de otro hombre.
Mientras hablaba, me pareció que las palabras pertenecían a
unos pensamientos que no debía a nadie, o sólo a algún recuerdo
grabado en mi alma; pero cuando miré más allá del estadio, al lugar
donde en la Ciudad Alta estaban encendiendo las luces bajo las som-
bras de la noche, vi las lámparas de Samos brillar a través de una
puerta y la copa de vino depositada sobre una mesa de madera co-
rroída. Entonces el dolor de la pérdida se clavó en mí como un cu-
chillo en la noche, cuando se ha estado de guardia todo el día. El
mundo me pareció lleno de sombras, y, sin embargo, nadie me ten-
dió la copa del Leteo para dejarme beber.
«No - pensé - - No bebería agua del Leteo. Pues él vive en las co-
sas que hemos hecho: en esos muchachos que danzan en honor a
Zeus; en esas gentes que los observan libremente, con los pensa-
mientos a flor de cara; en este estúpido anciano que dice lo que
piensa, sin que nadie le amenace; en un Sócrates que dice a sus ami-
gos: «O hallamos lo que buscamos, o nos liberamos de la persuasión
de que sabemos que no sabemos".»
Miré a los bancos de abajo, y lo vi conversando con el vendedor
de vino, a quien Cairofonte estaba comprando una ronda. Las an-
torchas habían sido encendidas ya para la carrera, y a su resplandor
pude ver la máscara del viejo Sileno y a Platón y Fedón riendo. To-
qué el anillo que llevaba en el dedo, y pensé: «Duerme en paz, Lisias.
Todo va bien».
La voz de Anitos, a la que había dejado de escuchar, volvió a mis
oídos.
-Os enseña también una nueva religión, decís. Puedo creerlo.
Ni siquiera los dioses son lo bastante buenos para él. Necesita tener
su propia deidad para que le dé oráculos y lo sitúe sobre los dio-
ses de la Ciudad. Es implo, es antidemocrático, es, en una palabra,
antiateniense. No soy yo el único que está más que harto de éL
Tan sólo el hecho de que cuente con elevadas influencias impide
que reciba lo que merece. Pero esto es una democracia.
Me volví para mirarle, y vi sus ojos. Entonces supe que en su voz
estaba lo que había detectado mi oído. Era un sentimiento de poder.
Un viento sopló desde la comente del Ilisos, y se deslizó a lo largo
del estadio. Hizo vacilar las llamas de las antorchas, y la negra noche
se impuso.
Alguien se inclinó desde arriba para tocarme el hombro.
- ¿No vienes, Alexias? Tus muchachos te buscan. La carrera está
a punto de comenzar. La danza ha terminado ya, y van a cantar el
himno.
Mientras él hablaba, el director del coro levantó la varilla, y el
canto de los jóvenes se elevó al cielo como el vuelo de luminosos pá-
jaros, invocando a Zeus el Rey, el sapiente, el dador de sabiduría y
de justicia entre hombre y hombre. Me puse en pie, mientras Anitos
continuaba hablando. Ante mí, a la luz de las antorchas, vi a Sócra-
tes que hablaba con Fedón, la copa en la mano.

Este libro lo halle entre los papeles de mí padre Miron, los cuales pasaron a mí
a su muerte. Supongo que debe de ser la obra de mi abuelo Alexias, que murió
repentinamente mientras cazaba, cuando yo era aún niño y tenia cin-
cuenta y cinco años. Lo he atado tal como estaba, pues no he conseguido hallar
más. Si mi abuelo llegó a terminarlo, no lo se.

ALEXIAS, hijo de Miron, filarca de la caballería ateniense para el divino
Alejandro, rey de Macedonia, jefe supremo de todos los helenos.



NOTA SOBRE ALGUNOS PERSONAJES



ALEXIAS y su familia son todos personajes ficticios.

LISIAS aparece en el diálogo epónimo de Platón sobre la Amistad como un
muchacho de unos quince años. A menudo Platón traza juveniles retratos
de personas (Carmides, Alcibíades) que en realidad eran considerable-
mente mayores que él. Los detalles familiares dados de Lisias sugieren que
era un verdadero ateniense; pero nada más se sabe de él, salvo un comen-
tario de Diógenes Laercio, según el cual «por conversar con Sócrates, Lisias
se convirtió en una excelente persona)). Incluso esto puede ser tan sólo un
plagio de Platón.
El relato de los orígenes de FEDÓN pertenece a Diógenes Laercio. Lo llama
eleático; pero Grot señala que los melinos, no los eleáticos, fueron esclavi-
zados en una fecha coincidente con esa historia. Después de la muerte de
Sócrates, Fedón vivió en Elea, fundando la escuela eleática, notable por su