Segunda parte

Pasaron las semanas, trayendo el invierno a los campos y la prima-
vera a mí. Así como cuando el gran Helios brilla sobre un estanque
rodeado de escarcha los pájaros empiezan a posarse en su borde y
las bestias se acercan a él para beber, así yo, siendo feliz, en lugar de
cortejadores empecé a tener amigos. Pero mi mente estaba dema-
siado llena con Lisias para que observara el cambio, y, cuando él es-
taba ocupado, casi no sabía yo cómo pasaba mi tiempo.
Cierto día llegó un despacho de Sicilia, que fue leído en la Asam-
blea. Nosotros, los muchachos que no teníamos edad suficiente, per-
manecimos al pie de la colina, esperando noticias. Los hombres ba-
jaron con caras alargadas y hablando en voz alta.
Nicias escribía que Glipos, el general espartano, había reclutado
un ejército en la parte más alejada de la isla, instruyéndolo y discipli-
nándolo, con el que marchó en socorro de Siracusa. Se atrincheró
en terreno alto, acorralando a nuestro ejército entre el suyo y la ciu-
dad. Había unido a Sicilia contra nosotros, esperándose, asimismo,
tropas de la confederación espartana. Como resultado de ello, Ni-
cias pedia un segundo ejército no inferior al primero, y una segunda
carga de tesoro para mantenerlo, así como un general para que le
relevara. Decía estar mal del vientre, lo que le impedía trabajar en la
forma en que deseaba hacerlo. Podría sostener sus posiciones du-
rante el invierno, pero los auxilios no debían ser demorados más
allá de la primavera. Y así acababa su carta.
Lisias me contó todo esto mientras la muchedumbre pasaba por
nuestro lado aún. Las gentes hablaban con irritación, pero no re-
cuerdo ningún presagio. Era como si hubieran acudido a un festival,
y se les dijera que nada estaría preparado antes de una semana, por
lo que debían regresar a sus casas.
No tardaron mucho en hacerse públicas las listas de recluta-
miento, poniendo fin a unos temores que había conservado para mí
mismo. Lisias no iba; muy poca era la caballería que quedaba para
la defensa de la frontera. Cuando los caballeros embarcaron, fue re-
tirado de su escuadrón tribal, nombrándosele filarca de la guardia,
en sustitución de un oficial que marchó con el ejército. Aunque era
muy joven para aquel cargo, todos se sentían satisfechos de encon-
trar a alguien que se hiciera respetar por los jóvenes y mantenerlos
disciplinados. Su tarea le obligaba a permanecer mucho tiempo ale-
jado de mí. Anhelaba que llegara el tiempo en que fuera efebo, pues
Lisias me había prometido pedir que fuera puesto bajo su mando.
Al ver mis deseos de prepararme, a menudo aprovechaba su tiempo
libre para hacer prácticas conmigo en el campo, lo cual Demeas
nunca había hecho.
Cabalgábamos con nuestras jabalinas, y él me enseñaba a afir-
marme en mi montura para lanzar el arma al galope; o nos acercá-
bamos el uno al otro, tratando de derribarnos. Pensé que Lisias te-
mía herirme, pero a menudo era más severo que Demeas. En una
ocasión en que me derribó del caballo en un lugar pedregoso, su-
friendo yo varias contusiones, se sintió verdaderamente apenado,
pero dijo que prefería herirme él a que alguien me matara en el
campo de batalla.
Muy raramente podiamos entonces pasar algunas horas con Só-
crates, el cual jamás deseó apartar a los jóvenes de un trabajo útil.
Pero como siempre caía alguien presa de su encanto, se veían a su
alrededor nuevas caras, llegadas durante nuestra ausencia. Algunos
se iban, otros quedaban, pero ninguno me sorprendió tanto como el
que vi cierta mañana en el taller de Focas, el platero. De una pared
colgaba un espejo de plata pulida. Al acercarme a él, vi primero el
reflejo del rostro de Sócrates, y luego uno a su lado. Al principio no
creía lo que estaba viendo. La otra cara era la de Jenofonte.
Después, cuando estuve a solas con él, se rió de mi sorpresa, y
me dijo que frecuentaba la compaAía de Sócrates desde hacia ya al-
gunas semanas, extrañándole que no nos hubiéramos encontrado
antes.
- Pero supongo que tu famoso asunto amoroso te mantiene ocu-
pado todo el dia, y que dentro de algunos años pensarás en volver a
frecuentar a tus amigos.
Comprendí que se sentía verdaderamente herido, y fue tan difi-
cil hacerle comprender la situación como explicar a un sordo por
qué había uno ido al teatro.
-Pero, ~qué te ha llevado a Sócrates? -le pregunté.
-Él mismo.
-¿Cómo? ¿Sería porque le oíste hablar?
-No; él mismo me lo pidió.
Sus palabras me sorprendieron grandemente, y le rogué que me
lo contara todo. Me dijo que cierto día, mientras pasaba por una es-
trecha calleja, encontró en ella a Sócrates.
-Jamás había estado tan cerca de él - prosiguió-, y so pena de
portarme en forma grosera no pude por menos que mirarle a la
cara. «Si -pensé-, la gente puede reírse, pero es un verdadero
hombre.)) Bajé los ojos cuando iba a pasar por su lado, pero él me
cerró el paso con su báculo, obligándome a detenerme. «¿Puedes
decirme -me preguntó- ¿dónde puedo comprar aceite bueno?))
Me pareció extraño que precisara aquella información, pero se la di.
Luego me hizo parecidas preguntas sobre harina y tela. Le dije los
mejores sitios que conocía. Entonces me preguntó: «¿Y dónde
puede obtenerse lo bueno y bello?)). Debí poner cara bastante tonta,
pero finalmente contesté: «Siento, señor, no poder contestarte)).
«¿No? -repuso sonriendo-. Acompáñame, pues, y lo averiguare-
mos juntos.)) Obedecí, y permanecí con él todo el día. ¿Por qué no
me habías hablado más de él, Alexias?
- ¿Cómo?
-Yo imaginaba que los sofistas pasaban su vida midiendo la
luna y las estrellas y discutiendo si la materia es una o varias. Tú
mismo, si me perdonas que lo diga, tienes tendencia a estar siempre
en las nubes, por lo que pensaba que Sócrates sería el sofista que te
complacería. Pero ahora sé ya que es la persona más práctica a la
que puede acudirse en demanda de consejos. Le he oído decir que
nadie debe pretender leer el universo, antes de haber aprendido a
leer en su alma y dominarla, pues, en caso contrario, nada impedía
que todos sus otros conocimientos sean empleados para el mal.
Afirma que, al carecer de ejercicio, el alma enferma igual que el
cuerpo, y que sólo se puede conocer a los dioses ejercitándose tan
intensamente en la bondad como se ejercita para los Juegos.
- ¿Eso dijo? Ahora comprendo por qué no quiso nunca ser ini-
ciado.
- Pero no es cierto, Alexias, que no sea reverente. Te aseguro
que es un hombre muy religioso.
- ¿Estás defendiendo a Sócrates ante mí? -pregunté.
-Lo siento -repuso él-, pero la injusticia de la gente me in-ita.
¿Qué significan sus acusaciones? Mi propio padre, el mejor de los
hombres, cree la leyenda debida a Aristófanes de que Sócrates en-
seña a los jóvenes a despreciar a sus padres y negar a los dioses. ¿Por
qué alguno de sus amigos que escriben y componen no le retrata en
una tragedia como verdaderamente es? Sólo se necesitaría la cita de
algunas cosas que dice en sus charlas diarias para hacérsele justicia.
-Debieras hacerlo tú mismo -repuse.
Jenofonte se sonrojó.
-Te estás burlando de mí. Sólo quiero decir que tarde o tem-
prano alguien deberá hacerlo.
Por aquellos tiempos, creo que era a principios de primavera,
otro joven empezó a frecuentar a Sócrates.
Le vi el primer día, cuando todos habíamos regresado del Ágora
para hablar en el Pórtico de Zeus. El joven a quien me refiero se
acercó silenciosamente, quedando medio oculto por una columna.
Sin embargo, apenas le vio Sócrates se volvió a él en señal de bien-
venida.
- Buenos días, Fedón; esperaba que nos viéramos hoy. Ven y
siéntate donde podamos oírnos.
El muchacho se adelantó y se sentó a sus pies.
-Sileno con un leopardo -murmuró Lisias a mi oído.
No pudo haberlo expresado mejor. Aquel joven poseía lo que a
menudo cantan los poetas líricos, pero muy raramente se ve: ojos
muy negros y cabello del más puro rubio, que parecía de seda. Lo
llevaba cortado recto en las cejas, fuertemente dibujadas y enarca-
das. Su boca era de noble corte, pero extraña, suave y secreta; su be-
lleza no era de Apolo sino de Dioniso. Sus ojos nunca se apartaban
de la cara de Sócrates; eran profundos y sutiles, y en ellos podian
verse sus pensamientos como peces nadando en aguas oscuras. Por
ello me pareció muy extraño que permaneciera sentado sin abrir la
boca, y que Sócrates no pareciera esperar nada mejor.
-Esto puede interesarte, Fedón -le dijo Sócrates, dirigiéndose a
él sólo una vez-, si, como supongo, tiene relación con aquello de
que hablábamos ayer.
El muchacho contestó algo, asintiendo, dejando yo entonces de
preguntarme si sería mudo.
- ¿Quién es? - pregunté cuando nos marchábamos-. ¿Lo sabes
tú, Lisias?
-No. Sólo sé que llegó un dia, cuando tú estabas en casa de De-
meas. Entró sileñciosamente, miró a los reunidos y salió. La concu-
rrencia era muy parecida a la de hoy, excepto que Critias se encon-
traba allí.
Aquellos días Critias no se acercaba a mí. Lo sentí por el mucha-
cho, pero todo el mundo, al no ser el amado de Lisias, me parecía
digno de lástima.
Poco después, mientras Lisias estaba ausente, de maniobras, yo
me encontraba en los jardines públicos, en el pequeño junto, al Tea-
tro, donde Sócrates discutía con Aristipo acerca de si el bien y el pla-
cer son idénticos o no. Cada uno de ellos parecía la imagen de su
propia causa, en su polémica. Aristipo tenía unos treinta años, era
hombre de facciones agradables, pero de rostro algo fláccido, y casi
podría decir que llevaba a la espalda el precio de una buena mula de
silla. Cubierto con su manteo pardusco, Sócrates era atezado y firme
como una nuez. Podía creerse la historia de que cuando tomó parte
en la campaña de Tracia pasó toda una noche de invierno en medi-
tación, mientras las tropas temblaban bajo sus pieles de cordero.
Decía que la fuerza del hombre depende de su esfuerzo por con-
servaría; que su libertad está subordinada a la fuerza para prote-
gerla, y preguntaba qué placer está seguro, sin libertad. No creo que
Aristipo encontrara la forma de rebatir esas palabras. En aquel pre-
ciso momento vi nuevamente a Fedón, medio oculto por algunos ~r-
boles. Se retiró cuando Sócrates miró en su dirección, pero se ade-
lantó por su propia voluntad cuando Aristipo marchó. Sócrates le
saludó, y el muchacho se sentó en la hierba. He olvidado la conver-
sación, que supongo estaba relacionada con lo que había pasado. Fe-
dón permanecía sentado, silencioso y atento, con la cabeza cerca de
las rodillas de Sócrates. Las laderas alrededor del Teatro recibían la
última luz del sol, que se reflejaba en el rubio cabello del muchacho,
mostrando su lúcida belleza. Mientras hablaba, Sócrates, con aire
ausente, alargó la mano para tocarlo, pasando uno de sus mechones
entre sus dedos. Era como si un hombre tocara una flor, pero ob-
servé el gesto de alejamiento del muchacho, y el cambio en la expre-
sión de su rostro. Sus negros ojos parecieron irritarse; hacia pensar
en un animal medio domesticado, que se disponía a morder. Al sen-
tir el movimiento, Sócrates bajó la mirada hacia él; por un momento
sus ojos se encontraron. De pronto, el muchacho volvió a parecer
reposado; su cara recobró su anterior falta de expresión, y quedó
rodeándose las rodillas con las manos, mientras Sócrates le acari-
ciaba el cabello.
Aquello aumentó mi curiosidad, que quise satisfacer entonces.
Cuando Sócrates marchó, empecé a acercarme, pero, cosa nada sor-
prendente~ alguien que estaba esperando una oportunidad, llegó a
su lado antes que yo pudiera hacerlo. Fácilmente se observaba que
era extranjero, presentándose en la acostumbrada forma cortés. El
joven le sonrió friamente, y le contestó algo. No oí sus palabras pero
el hombre pareció desconcertado, y se retiró como si le hubieran
golpeado.
Tal vez os sorprendáis que después de esto no decidiera yo en
forma distinta, pero aquéllos eran tiempos en que pensaba bien de
la humanidad, y tenía redoblada confianza. Me acerqué a Fedón, le
saludé y dije algo acerca de la polémica. Al principio escasamente
contestó, cerró su hermosa boca y dejó que yo hablara. Sin em-
bargo, yo tenía la impresión de que estaba más confuso que ini-
tado; por tanto, msistí y finalmente Fedón empezó a hablar. Inme-
diatamente observé que, comparando nuestras mentes, yo era un
niño a su lado. Me preguntó acerca de una polémica de que había
oído hablar. Se la conté lo mejor que pude. Me interrumpió una vez,
para refutar algo que ni Critias había observado.
Le dije que era demasiado modesto, y que debía dejar oír su voz
con mayor frecuencia. Habíamos estado hablando libremente, pero
entonces meneó la cabeza y volvió a quedar silencioso. Al llegar a la
próxima esquina, abrió la boca.
-Gracias por tu compañía -dijo-, pero yo voy por este ca-
mino. Que estés bien.
Comprendí que no quería que supiera dónde vivía. Pensé: «Su fa-
milia ha caído en la pobreza; quizás incluso debe trabajar en un ofi-
cio)). Vestía bien y olía el perfume de la flor de manzanilla que em-
pleaba en su cabello; pero la gente conserva las apariencias en lo
posible. De todas formas, me pareció entonces excelente persona;
tampoco a él parecía haberle disgustado mi compañía. Por tanto,
puesto que nos encontrábamos cerca de la palestra donde general-
mente yo me ejercitaba, le dije:
-Es temprano aún. Acompáname en mis ejercicios.
Pero él se separó de mi lado, hablando rápidamente.
-No, gracias. Debo irme.
No podía creer que temiera que yo observara su estilo, pues su
porte y sus modales eran señonales. Entonces observé una pro-
funda herida en su pierna, como si una lanza la hubiera atrave-
sado. Le pedí perdón, preguntándole también si le causaba mu-
chas molestias.
-No es nada -contestó, mirándome de un modo extraño-.
Nunca la siento ahora. - Luego añadió lentamente: - Me la hicie-
ron en combate. Pero fuimos vencidos.
La cicatÑ era casi blanca, pero él no parecía mayor que yo.
Hablaba griego dórico, con acento de las islas. Le pregunté en
qué batalla había tomado parte. Fedón me miró en silencio; sus
ojos eran como una noche invernal, bajo su brillante cabello. Me
sentí turbado y constreñido.
-¿De dónde eres, Fedón? -inquirí finalmente.
- Debiste habérmelo preguntado antes, ateniense. Soy de
Milo.
Iba a alargarle la mano, diciéndole al mismo tiempo que la
guerra había acabado. Pero las palabras murieron en mi boca.
Entonces supe por qué no podía ir a la palestra. Sólo el vencedor
puede decir: «La guerra ha terminado», y regresar a su casa. Para
el esclavo, la guerra sólo termina con la muerte.
Se retiraba ya; alargué la mano para contenerle, tan asom-
brado como si hubiera visto salir el sol por poniente. En todo le
había encontrado superior a mí. Nunca imaginé que semejantes
cosas pudieran ocurrir en el mundo. No tenía tiempo para seguir
pensando, pues vi sufrimiento en su cara.
- ¿Es posible que ambos seamos amigos de Sócrates, y no el
uno del otro? -dije-. Se asegura que el destino es el señor de to-
dos los hombres.
Sus negros ojos se posaron en los míos. A pesar de su juven-
tud, no me complacía su gratitud, pero me sentía honrado por su
aprobación.
- Siento, Alexias - observó-, que no podamos luchar juntos.
Hubiera sido interesante. También decían de mí que no era mal
corredor.
Me sonrió. La belleza del alma destaca en la amargura, como
la yeta de mármol en la tierra.
-Ten la seguridad -repuse- que los dioses no tolerarán esto
siempre.
Me miró como mira el anciano al niño.
-Voy a Sócrates no con la esperanza de comprender a los dio-
ses, sino para que él me transmita su creencia de que son buenos.
-Dime, si te place, para qué amo trabajas.
Su rostro se ensombreció. Me apenó haberlo ofendido. Le pedí
que me perdonara~ y que no contestara a mi pregunta. Fedón le-
vantó los ojos.
~-No conocí a Sócrates donde trabajo.
-No importa. ¿Nos veremos mañana, o tal vez muy pronto?
-Voy a Sócrates cuando puedo.
Me pregunté cómo escapaba de la casa de su amo, y si se le azo-
taría por ello. Pensé en él casi toda la noche. Al día siguiente salía
para contárselo todo a Lisias, cuando encontré a mi tío Estrimón en
el patio. Observó, en forma muy ampulosa, que tenía algo que de-
cirme, añadiendo, cuando le hube conducido al interior de la casa,
que no era adecuado para los oídos de mi madre. Algo intrigado, lo
acompañé a la habitación de los invitados. Después de toser, acari-
ciarse la barba y asegurarme que se sentía responsable ante mi pa-
dre, empezó a hablar.
-No puedo fiscalizar lo que haces a puerta cerrada, Alexias. Sin
embargo, lamento ver perversión en alguien tan joven, que carece
incluso de la excusa de fealdad o deformidad, que hubieran podido
impedirte gozar de los placeres del amor en forma honorable.
-¿Perversión? -repetí, mirándole como si estuviera loco.
Mi última fiesta se había celebrado quince días antes; Lisias es-
tuvo en ella, y deseando evitar cuanto pudiera disgustarle, regresé a
mi casa casi sobrio.
-Te aseguro, señor, que te han informado mal.
-No, a menos que mis ojos se hayan equivocado, y debo obser-
var que siempre han sido notables por su agudeza. ¡Exhibirte por la
calle con un muchacho de la casa de baños de Gurgos! Ni siquiera el
propio Alcibíades obraba en forma tan desvergonzada. Te aseguro
que a tu edad casi ignoraba la existencia de semejantes personas.
-¿De qué muchacho hablas? -pregunté.
Pero mi tío observó el cambio de la expresión de mi rostro.
-Veo que me comprendes -observó.
-El esclavo no elige a su amo -repuse- y la guerra es la guerra.
Me sentí irritado con el mundo entero, con la Necesidad y con el
Destino. Mi tío se acariciaba nuevamente la barba, preparando algo.
- ¿Y qué decir del hombre dedicado a la enseñanza de la juven-
tud que no sólo frecuenta a semejantes criaturas, sino que las ad-
mite entre sus pupilos?
La ira casi me impedia hablar, pero finalmente logré dominarla,
para enfrentarme mejor con él.
-Como sólo he hablado de filosofía con el joven, olvidé pregun-
tarle qué hacía, por lo que me reconozco culpable. Pero dime, señor,
¿cómo has averiguado tú su profesión?
Supongo que en la calle; pero me causó bien ver la expresión
que se reflejaba en su rostro. Por lo menos pude comprender que mi
maestro me había agudizado el ingenio. Sin embargo, Lisias se tornó
serio cuando se lo conté, y dijo que si mi tío pensaba mal de Sócra-
tes, una contestación insolente no le haría cambiar de opinión. Era
la primera vez que me censuraba. Cuando vio la forma en que lo to-
maba, fue más suave en sus palabras.
Después se esforzó en saludar amablemente a Fedón, pero el
muchacho se tornaba silencioso cuando estaba rodeado de varias
personas, como Sócrates había averiguado. Hablaba cuando estába-
mos solos, pero siempre como a través de un invisible escudo. Ob-
servé que esperaba que yo averiguara lo que era, y le volviera la es-
palda. Tal vez os preguntéis por qué no sentía disgusto a pesar de mí
mismo. Pero al igual que la luz de la aurora, el primer amor derrama
belleza por doquier se posan los ojos del enamorado. Además, aun-
que yo sabia cómo era su vida, la conocía sin comprender, como se
conoce un país en el que no se ha estado. Sólo le daba una calidad
de extrañeza para mi.
Cierto día le encontré, saliendo de la Academia. Mientras andá-
bamos por la calle de las Tumbas, empezamos a hablar de la
muerte. Fedón dijo que no creía que el alma sobreviviera al cuerpo,
ya en el infierno o en otro ser o en el aire. Repliqué que desde que
amaba a Lisias me parecía imposible que el alma se extinguiera.
-El alma es el sueño del hombre ahito de comida y bebida, cuya
concupiscencia ha sido satisfecha -dijo- - ¿Qué es para el alma el
hombre sediento, hambriento o cuyo cuerpo le exige el placer de la
came, sino la nariz del perro que le lleva a la comida? El perro
muere y se pudre, y su nariz no olfatea ya nada.
Hablaba como si me odiara y no quisiera dejar en mí nada que
pudiera producirme gozo. Sin embargo, recordé que había fallado a
Sócrates una vez y que Lisias me había reprendido; por ello me de-
tuve a pensar.
- Si se hace que un hombre gordo y viejo tome parte en una ca-
rrera, caerá muerto - observé-. Pero ¿prueba esto que la carrera no
puede ser celebrada? Por esto, Fedón, creo que el alma sobrevive al
cuerpo. He visto comprar y vender cuerpos, a los que se obliga a ha-
cer aquello que odian y a lo que jamás consentirían por su libre y es-
pontánea voluntad. Sin embargo, el alma es libre, conserva su valor
y desafia a su destino. Por tanto, creo en el alma.
Fedón guardó silencio durante algún tiempo, caminando tan de-
prisa que reapareció en él la cojera producida por su herida.
-Me parecía increíble que lo supieras -dijo finalmente.
Contesté que jamás hubiera hablado de ello, de no haber sido
que el silencio interponía una barrera entre nosotros.
-No puedo ocultar muchas cosas a Lisias -añadí-, pero puedes
confiar en su silencio, así como en el mio.
-No te molestes -repuso, riendo-. Critias lo sabe.
Algo después, al averiguar que no había salido nunca de la Ciu-
dad, le llevé, paseando, a los pinares al pie del Licabeto. Allí me
contó cómo había sido esclavizado. Después de varios meses de ase-
dio de su ciudad, su padre, que era estratega, reclutó una tropa de
voluntarios para atacar el muro de sitio ateniense, empresa desespe-
rada que casi logró su propósito. Fedón, que combatía junto a su pa-
dre, sufrió una herida que no sanó bien, porque entonces estaban
casi muertos de hambre. Los atenienses mandaron más tropas y la
brecha fue cerrada. No entraban ya alimentos en la ciudad, cuyos
habitantes sólo podían entregarse a la merced del enemigo. Fedón,
que no podia caminar solo, yacía en cama, escuchando el clamor
cuando las puertas de la ciudad se abrieron para dar paso a los ate-
nienses. Poco después oyó los gritos de las mujeres, y los ayes de los
hombres pasados a cuchillo. Entraron soldados que le sacaron a ras-
tras de la cama, llevándole al Ágora, donde fue arrojado entre una
multitud de jóvenes y niños. Al otro lado de la plaza había una pila
de cadáveres, a los que constantemente se añadian otros. Sobresa-
liendo en el centro del montón estaba la cabeza de su padre. En el
Ágora estaba la tribuna de los subastadores, desde la cual Filócrates,
el general ateniense, dirigía la matanza de los hombres. Fedón fue
conducido a aquel lugar a tiempo de ver degollar a su amante, lle-
vado hasta allí con las manos atadas. Cuando llegó el momento de
conducir a las mujeres a los barcos, Filócrates bajó de la tribuna
para elegir dos para él. Las demás estaban destinadas a ser vendi-
das. Así vio Fedón por última vez a su madre, mujer de unos treinta
años, hermosa aún.
Fue conducido al mercado de esclavos de El Pireo, estando bas-
tante enfermo aun a causa de su herida, pero Gurgos decidió correr
el riesgo de comprarlo, a causa de su belleza, y le cuidó debida-
mente. Al principio, el joven no comprendió qué era aquel lugar, y
creyó que debería trabajar como bañero. Cuando supo a qué se le
destinaba, rechazó la comida y la bebida, pensando en morir así.
-Entonces -prosiguió-, por la noche vino el viejo Gurgos y
dejó una copa de vino a mi lado. La jarra acababa de ser sacada del
pozo y la copa trasudaba frescura. Me sentía débil y sediento, y me
pregunté a mi mismo: ((¿Por quién hago esto, yo, que no tengo ni
padre ni amigo que puedan quedar deshonrados, yo, que no creo ni
en los hombres ni en los dioses? Los pájaros y los animales viven de
hora en hora, y viven muy bien)). Había aprendido las artes de su
profesión, y su precio era alto. Pero cierto día, sintiendo enferma el
alma y con la mente en un torbellino, cerró la puerta como si al-
guien estuviera con él, y, saliendo por la ventana, deambuló por la
Ciudad. Pasó por un lugar en el que estaba Sócrates hablando, y se
detuvo allí para escuchar.
- ¿Es cierto, Alexias, que hay un ateniense que vive en una cueva
y odia a los hombres?
-Si: Timón.
- Cuando oí por vez primera a Sócrates, yo era algo parecido a
ese hombre; quiero decir, en mi alma. Había aprendido a alejar mi
mente de los hombres, de la misma forma que el pastor se sienta
aparte, en una roca. Y yo no quería compartir ma roca con nadie; si
una de mis bestias aspiraba a la virilidad, yo había aprendido la
forma de conservarla en su lugar.
Deseaba que conociera a Lisias, pero al principio Fedón encon-
traba siempre alguna excusa. Sin embargo, finalmente logré que se
conocieran, y observé claramente que cada uno pensaba bien del
otro. Poco después Lisias daría una cena para Sócrates y sus anugos.
-Es lástima que Fedón no pueda venir -dije-. A Sócrates le
gustaría verle.
- ¿Por qué no? - repuso Lisias de inmediato-. Has tenido una
buena idea. Iré anticipadamente para comprar una noche de su
tiempo.
Quise acompañarle.
- ¿Hablas en serio? Tu reputación quedaría mancillada para
siempre. Los muchachos de tu edad no van a casa de Gurgos a com-
prar, sino a vender.
La fiesta transcurrió agradablemente, y Fedón parecía sentirse
contento allí. De todos modos le agradaba molestarme y atacaba
mis más caras creencias, hasta que yo, como último recurso, le
decía:
-Pero Fedón, nosotros sabemos que es verdad.
- ~Oh, no! Podemos tener una opinión sincera, acaso. ¿flamas tú
a esto conocimiento? Sabemos lo que hemos probado.
Una vez perdí los estribos con él, y, en un intento de ocultarlo,
anduve en silencio.
-Pareces muy cansado hoy, Alexias -dijo él después-. ¿Te ha
vencido alguien?
-No -repuse-. Lisias me derribó en los ejercicios, y me contu-
sioné algo; eso es todo.
- ¿Te trata así, siendo tu amigo?
Me dispuse a contestarle irritadamente, pero entonces le com-
prendí y le pedí perdón.
-No te preocupes -repuse-. Creo que yo mismo sé tan bien
como Lisias lo importante que es una buena guardia.
Jamás le oí compadecerse de si mismo, ni quejarse de aquello a
lo que regresaba. Pero entretanto, un anugo suyo mejor que yo se
ocupaba de su suerte. Sócrates le había contado su historia a Critón,
el hombre que, en su juventud, le animó a abandonar su taller y ocu-
par su lugar entre los filósofos. Critón era rico, y ofreció inmediata-
mente comprar la libertad de Fedón.
El regateo llevó algún tiempo. La fama de Fedón se había propa-
lado, y su precio era muy alto. Al principio Gurgos trató a Critón
como si éste hubiese perdido la cabeza por el muchacho y estuviera
dispuesto a pagar cualquier precio, pero pronto averiguó que tra-
taba con un negociante. Critón le preguntó si sus muchachos habían
bebido en la fuente de la juventud, y ofreció volver un par de años
más tarde, y preguntarle el precio entonces. Gurgos se asustó y
cerró el trato.
Tan satisfecho estaba Fedón por el cambio de amo, que al prin-
cipio costó hacerle comprender que era libre. Al averiguar que sabía
escribir bien, Critón le empleó en su biblioteca, y le recomendó a
otros hombres de letras, para que pudiera estudiar al mismo tiempo
que trabajaba. Pronto ninguno de nosotros podia recordar cómo ha-
bía sido nuestro círculo sin él. Había algo en su porte que incluso los
más atrevidos tenían que respetar; sus antiguos clientes no se mos- 12
traban condescendientes con él en la calle. Por su parte, Fedón no
descubría su identidad, diciendo que toda profesión tiene su éúca.
Pero algunas veces, cuando algún ciudadano que se creía impor-
tante hablaba en el Ágora, condenando el lujo extranjero o pregun-
tándose a dónde iba la juventud, vi a Fedón mirarle irónicamente
con sus ojos negros.
La primavera dio vida a la tierra; el ejército se entrenaba todos los
días en la gran explanada de la Academia, bajo la vigilancia de De-
móstenes, hombre sólido como la roca, pero no tan frío como ella:
rojo el rostro, pero más por el tiempo que por el vino, a pesar de las
bromas de que le hacían objeto en el teatro; estentóreo y cordial,
pero confiado y tranquilo, y no bullicioso y levantisco. Me dije que a
mi padre le complacería su llegada.
Mientras tanto, la niña en casa crecía. Mi madre le impuso el
nombre de Caris, por la madre de ma padre, puesto que él nada ha-
bía decidido a este respecto. Andaba a gatas, y, cogiéndose de mis
dedos, intentaba sostenerse sobre sus piececillos. Un día pensé: ((Si
quien da la vida es el padre, entonces el padre soy yo>), encontrando
cierta dulzura en este pensamiento, pero lo alejé de mi mente por
parecerme impío. Después me dije: ((Ella nunca lo sabrá. Nadie su-
frirá por mi culpa lo que yo recuerdo», y fui al altar de nuestra casa,
donde quemé azafrán, como ofrenda a Zeus el misericordioso. El re-
mordimiento por ma impiedad me impedía a veces dormir; sin em-
bargo, no falté a mi juramento ni siquiera con Lisias. Tal vez pudiera
haberlo hecho alguna noche oscura, pero entonces ambos nos por-
tábamos, el uno ante el otro, como el actor elegido para llevar la
máscara del dios.
Una mañana, cuando incluso en la Ciudad se percibía el per-
fume de la primavera, me desperté feliz; tenía que ir a caballo a la
granja y Lisias había prometido acompañarme. Los primeros rayos
del sol verdecían las hojas nuevas de la higuera; las palomas se arru-
llaban, y Cidila cantaba, mientras trabajaba, una vieja canción cam-
pesina que hablaba de una desposada. Desde el patio alcanzaba a oír
a la niña llamando con su vocecita aguda y parloteando como un
pajarillo. Entoné la parte de la canción correspondiente al novio; al
oírme, Cidila rió, esperó a que yo terminara, y luego prosiguió su
canción. De pronto oi el golpeteo de cascos de un caballo junto a la
entrada. Salté en pie, pensando en mi padre, pero vi a Lisias, con el
casco y la armadura, pertrechado con sus jabalinas.
- ¿Tienes tu armadura, Alexias? - me preguntó, sin demontar,
al yerme.
- ¿Armadura?
Me faltaban todavía dos minas para poder satisfacer el precio
que pedia Pistias, y no me había tomado las medidas aún, pues no
estaba muy seguro de que había ya dejado de crecer.
- ¿Cuándo la necesitaré, Lisias?
- Ahora.
Las palomas continuaban arrullándose; la niña seguía con sus
parloteos.
-Los espartanos han roto el armisticio -dijo- y han invadido el
Ática. Dekeleia cayó anoche en sus manos, y ahora se encuentran
cerca de Acamas. Desde la Ciudad Alta alcanzan a verse los fuegos.
¿Qué annadura tienes? A mi escuadrón le faltan tres hombres.
Levanté los ojos hasta su alta cresta de esmalte azul, su peto y
sus grebas tachonados de clavos de oro.
-Espérame, Lisias. Estaré preparado dentro de un momento.
Corría hacia el interior de la casa, cuando su llamada me hizo de-
tenerme súbitamente, como lo hubiera hecho uno de sus soldados.
((SOy uno de ellos», me dije, mientras regresaba a su lado.
- ¿Si, Lisias?
-¿Tienes armadura o no?
-Mis cueros de caza son tan fuertes como una armadura -le
contesté.
- Es la guerra y no una partida de caza.
Al ver la expresión de desconsuelo en mi rostro, se agachó para
tocarme amistosamente el hombro.
- No lo tomes tan a pecho; a todos nos ha pillado despreveni-
dos. ¿Por qué habías de tener armadura, cuando aún te falta un
año? Ahora debo irme; quise acudir a ti antes que a nadie.
((Algún dios me ayudará», pensé. Y, efectivamente, la ayuda
llegó.
-Espera, Lisias -dije, cogiéndole del pie-. Sé dónde encontrar
una. No te vayas. Espérame.
Grité al criado que prepara a Fénix, y corrí hacia adentro. Mi ma-
dre estaba levantada; algunas veces daba de comer ella misma a la
niña, y estaba dándole el pecho. Cerró el corpiño y se puso en pie,
con la niña en brazos, mirándome fijamente.
-Se acercan los espartanos, madre. Ya han llegado a Acamas.
No te asustes. Pronto los rechazaremos. Debo marchar en seguida,
pero no tengo sino espada. Dame la armadura de tu padre, Arcá-
goras.
Dejó a la niña en la cuna, llevándose después una mano al
pecho.
-¿Tú, Alexias? ¡No! Sólo eres un nmo.
- Si no soy hombre hoy, mañana será demasiado tarde. Lisias
ha venido a buscarme, para que me una a su escuadrón.
Mi madre seguía mirándome, sin hablar.
-Me prometiste, madre, que sería tu verdadero hijo.
Seguía mirándome.
-Lo eres, Alexias.
Al pronunciar estas palabras, en el Anakeion sonó la trompeta
llamando a la caballería.
-Te la daré pero eres muy joven aún.
Sacó las llaves del arca. Había conservado la armadura perfec-
tamente pulida y aceitada, excepto por las correas, que se habían
podrido. Pero mi padre había dejado algunas de las suyas.
-Volveré cuando me la haya puesto -dije-. Necesitaré co-
mida. Diselo a Cidila.
Lisias había desmontado y esperaba en la habitación de los
huéspedes. Extendi la armadura en una cama. No la había visto
desde hacía varios años, y su aspecto me desconcertó. En los tiem-
pos del viejo Arcágoras a los hombres les gustaba hacer resaltar su
posición. Me satisfacían los clavos de oro, pero encontré excesiva
la cabeza de una Gorgona, cuya cabellera de serpientes le llegaba
hasta los senos.
- Es demasiado hermosa, y se burlarán de mí.
- ¿Hoy? Uno de mis muchachos se ha puesto una túnica mneda,
con escamas, que ha colgado de una pared durante sesenta años.
Me ayudó a ponerme la armadura. No me sentaba tan bien
como la que Pistias me hubiera hecho, pero si mejor que la de
prácticas, por lo que me sentí más que satisfecho. Lisias se apartó
un paso de mí para contemplarme.
- Una vez puesta, no es extravagante, y nadie se reirá. Besa a
tu madre y recoge tu comida. Debemos irnos.
La espada de Arcágoras era mejor que la mía. Me la puse al cinto
y fui a la sala. El viejo zurrón de mi padre estaba encima de la mesa.
-Estoy preparado, madre. Deja que me pruebe el casco.
Lo sostenia en la mano, tras haberlo pulido. Tenía una triple
cresta de hipocampos, cuyas colas formaban una sola al caer. Me lo
puso; parecía hecho a mi medida. Había un espejo de plata, en la pa-
red a espaldas de mi madre. Al moverme, vi un hombre reflejado en
él. Me volví, desconcertado, para ver qué hombre había entrado
en las habitaciones de las mujeres. Y vi que el hombre era yo.
-Debes llevar una capa -dijo mi madre-, pues las noches son
frías aún. -Tenía mi capa gruesa en las manos. - Todos los días sa-
crificaré en honor de Atenea y de la Madre, hijo querido.
No se acercó a mí. Hacia mucho tiempo que no la había besado;
cuando la atraje hacia mí, observé que había crecido lo bastante
para poder tocarle la cabeza con la barbilla. Pensé en su bondad
para conmigo en mi niñez, cuando era pequeño y débil. Produciame
una extraña sensación sentirla tan poca cosa en mis brazos, y tem-
blaba como un pajarillo cuando se le pone la mano encima. Con-
tento porque podía defenderla ya como hombre, empecé a levan-
tarle la cara para besarla, pero debí hacerle daño con la armadura, y
ella se apartó de mí. Cogió la capa y me la colgó del brazo, diciendo
otra vez:
-Rogaré por ti.
Puse mi mano sobre la suya.
- Cuando ores por mí, madre, hazlo también por Lisias.
-Sí -asintió, mirándome-; rogaré también por él.
Aquel dia, después de todo, Lisias y yo salimos al campo.
Cuando la puerta de la Ciudad se abrió para nosotros, vi la parte
posterior de su casco, al frente del escuadrón. Cuando daba una
orden, su voz llegaba hasta mí, imponiéndose al ruido de los caba-
llos. Formamos en columna de a tres, cabalgando yo en el centro.
En la retaguardia estaba el segundo de Lisias, veterano del escua-
drón, pues contaba ya diecinueve años y medio. Lisias era el único
de nosotros que había guerreado. Trotábamos por el camino de
Acamas, intentando hablar como los soldados. A nuestras espaldas
se oían los ruidos de la Ciudad, llamando a los hombres a las armas;
se reunían los hoplitas. Delante de nosotros, y también a nuestras
espaldas, se levantaban las nubes de polvo producidas por la caba-
llería.
Mientras cabalgábamos, el muchacho a mi izquierda observó
que había oído decir que el escuadrón de patrulla se había enfren-
tado con los espartanos, siendo derrotado. Contesté que Lisias me
lo había contado.
-¿Lisias? -dijo-. ¿Te refieres al ifiarca? ¿Le conoces?
Contesté afirmativamente, pero no quise decir que le conocía
bien. Entonces, el muchacho, que había ingresado recientemente en
el escuadrón, empezó a hacer preguntas, inquiriendo qué clase de
oficial era.
- ¿Manda como los espartanos o es condescendiente? ¿Se preo-
cupa por su escuadrón o lo deja todo a su segundo?
-No seas estúpido -repuso el muchacho a mi derecha-. Estás
hablando con su amigo Alexias. ¿Qué más quieres saber acerca del
ifiarca? Pregúntaselo; no seas tímido.
El primer muchacho pareció algo confuso.
- Son los modales de la frontera - dijo el segundo-; ya te acos-
tumbrarás.
Añadió que había estado un año en la Guardia, o casi un año, y
que Lisias era el mejor oficial a cuyas órdenes había jamás servido.
Esas palabras bastaron para convertirme en amigo suyo. Se llamaba
Gorgias.
Cabalgábamos y caminábamos, alternativamente, para no fati-
gar demasiado a los caballos. Todo estaba tranquilo; los espartanos
se encontraban aún en las montañas. Al mediodia Lisias nos ordenó
salir del camino, para abrevar a los caballos y comer.
-Antes de que sigamos adelante, os diré lo que estamos ha-
ciendo - anunció cuando nos hubimos sentado - - Demóstenes se
encargará de Dekeleia; no buscamos al rey Agis hoy. Nuestra misión
es atacar y escapar, y proteger las granjas. Cuando se desbanden
para saquear, entonces encontraremos grupos con los que podre-
mos enfrentamos. Esta es la señal para guardar silencio. Dádmela,
todos vosotros, para demostrarme que la conocéis. Bien. Q~iienes
hayan participado en los ejercicios, cuidarán de los nuevos. Todos
conocéis el grito de guerra. Cuando ataquemos, gritadlo lo más
fuerte que podáis, en honor de la Ciudad. No asustará a los esparta-
nos; son precisas sus mujeres en su país para hacerlo. Sin embargo,
si prefieren morir antes que tener que escuchar a un grupo de mu-
chachas desnudas entonando canciones sucias contra ellos en el pró-
ximo festival, debemos procurar complacerlos. Espero que noso-
tros, atenienses, luchemos como hombres por nuestro honor, sin
que primero debamos conocer la derrota y el hambre para ser
bravos. Luchamos por nuestra Ciudad, donde el ciudadano puede
expresar libremente su opinión, y vivir como le plazca, sin temor
a nada ni a nadie. Seamos dignos de nuestros padres, y motivo
de orgullo para nuestros amigos y amantes.
Después de estas palabras hizo la ofrenda, encomendándonos
a los dioses.
Cuando se sentó entre nosotros para comer, casi me sentí tan
tímido en su presencia como cuando el primer dia salimos juntos
de la Academia. Me miró de reojo, y supe que quería que le di-
jera que había hablado bien, pero los demás estaban demasiado
cerca de nosotros. Nos sonreimos mutuamente, comprendién-
donos.
El viento había cambiado. Empezamos a oler humo en el aire,
el pesado humo de la guerra, con rachas de hedor, de cosas que
ardían y que no debieran haber quemado. Mientras subiamos las
colinas, supe que la primera granja que encontraríamos sería la
de mi padre, y el humo llegaba de esa dirección.
Olia igual que en mi niñez. «Los olivos han desaparecido)),
pensé. Entonces, cuando rodeamos la colina, vi que no sólo ha-
bían sido quemados, sino cortados también. Los tocones se er-
guían entre las encendidas ramas. No habían tenido tiempo de
cortarlos totalmente, por lo que los incendiaron. Imagino que
habían querido dejar intacto el bosquecillo sagrado, pero el vien-
to, al cambiar de dirección, hizo que también ardiera. Cabalga-
mos hacia la casa. La paja ardía bajo las tejas; el humo salía a bo-
canadas. Cuando llegamos allí, las vigas cedieron y el techo se
derrumbó.
El ajuar de la casa había sido amontonado en el patio e incen-
diado. En lo alto del montón ardía alegremente mi cama, en la
que alcancé a distinguir las iniciales que en ella grabé en mi m-
ñez. Al otro lado del fuego, un perro comía algo. El granjero es-
taba allí, con la cabeza destrozada y los sesos desparramados so-
bre las piedras. Tuve la certeza de que jamás volveríamos a ver a
los esclavos.
Era un buen pedazo de tierra, el mejor del valle. Habíamos es-
tado allí tanto tiempo como los saltamontes, padre e hijo, sa-
cando las piedras de los campos, construyendo bancales con ellas.
Yo mismo construí uno en la ladera, plantando vides en éL Los es-
partanos lo habían pisoteado con sus caballos, destruyendo todas
las matas. Del ganado y las aves de corral no quedaba ni un pelo ni
una pluma.
Oi un murmullo que se propagó a todo el escuadrón, a medida
que se contaban el uno al otro a quién pertenecía aquella granja. Me
miraron con solemne respeto, como se mira al hombre sobre quien
cae una calamidad. Lisias cabalgó hasta situarse a mi lado y apoyó
su mano en la mía.
- Son ladrones de nacimiento - dijo-, pero esto lo pagarán, por
Heracles.
Le contesté tan alegremente como un actor en el teatro:
-No te preocupes, Lisias; no es la única.
Todos opinaron que demostraba gran fortaleza, pero la verdad
es que semejante sentimiento no había nacido en mí aún. Cuando se
derriba la mesa de la cena, se produce un gran revoltijo; luego se
seca el vino, se pone un nuevo mantel, y también copas y platos lim-
pios, y todo queda como antes. Así me parecía que habría de ser,
cuando yo regresara a aquel lugar.
Nada ganábamos con permanecer allí. Finalmente, desde tierras
altas vimos un techo entero, del cual se elevaba una columna de
humo.
-Bien -dijo Lisias.
Y dio la orden de seguir adelante.
Encontramos otras dos granjas incendiadas. Era muy raro ver
un pollito que hubiera escapado al saqueo. Como había dicho Lisias,
los espartanos eran los mejores ladrones del mundo. No dan nunca
bastante de comer a sus hijos, con lo que éstos jamás llenan el vien-
tre, a menos que roben; y lo hacen así para enseñarles a vivir de la
tierra donde se encuentren. Los azotan si alguien los sorprende ro-
bando. Existe una muy conocida historia acerca de esto, una de
cuyas partes más notables, en mi opinión, es que el muchacho es-
taba lo bastante hambriento para intentar comerse un zorro.
Sorprendimos a los espartanos en un vallecito entre Thria y
Phyle. No habían quemado la granja aún, y habían acampado allí
para pasar la noche. Nuestro explorador informó que habían encen-
dido una fogata en el patio, y que estaban cenando. No les acompa-
ñaba infantería alguna, sino tan sólo algunos ilotas desarmados.
Uno de los nuestros era hijo de aquella parte del país, y mostró a Li-
sias un estrecho paso entre los olivares, por donde podríamos pasar
sin ser vistos por el centinela que habían apostado junto al arroyo.
Llegamos a la granja cabalgando entre las cuadras, lanzando
nuestro grito de guerra. Los espartanos corrieron en busca de sus
armas y caballos. Caímos sobre algunos entre la fogata y sus estaca-
das, pero los demás pudieron montar y nos hicieron frente.
Me había preguntado si cuando llegara el momento, creería que
era verdaderamente la guera, y no un ejercicio en casa de Demeas.
No debí haber albergado duda alguna. Como tal vez sepáis, la caba-
llería espartana no está constituida por aquellos que pueden com-
prar caballo y armadura, sino que es un privilegio que se concede
como recompensa al mérito. Jenofonte, que tenía asegurado su in-
greso en ese cuerpo por ambos motivos, me había elogiado repeti-
damente esa costumbre. También yo creo que es excelente, excepto
que cualquier hombre del pueblo que quiera ingresar en la caballe-
ría debe vigilar a sus miembros y dar parte de las faltas que observe;
si puede probarlas, ocupará el lugar del hombre denunciado. Cabe
suponer que varios años viviendo bajo esa constante tensión deben
dejar una impronta en el individuo. No diré que tuvieran aspecto de
no haber reído nunca, pero sí que ciertamente tenían buen cuidado
de saber de qué reían. Llevaban los sencillos cascos redondos y la tú-
nica escarlata que no delata la sangre; su largo cabello, que se ha-
bían aceitado, peinado y trenzado, porque estaban en guerra, les lle-
gaba hasta los hombros. Vi que uno de ellos venía contra mí, y no
necesité que nadie me incitara a pensar: «Este hombre me matará, si
vive para hacerlo».
Pero, como frecuentemente sucede en la guerra, algo desvió a su
caballo, y me vi enfrentado a un hombre distinto, que parecía haber
brotado de la tierra, pero que me miraba con odio, como si yo le hu-
biese ofendido. Lanzando en la forma que Lisias me había ense-
ñado, le clavé la jabalina profundamente en el cuello. Cayó con ella
clavada. Mientras cogía otra, vi a Lisias combatiendo a corta distan-
cia, y observé que miraba a su alrededor durante un momento. «No
sabe dónde estoy)>, pensé, y lancé el grito de guerra, arrojándome al
combate, para que pudiera ver lo que yo hacia.
No recuerdo muy bien cómo terminó la lucha. Fue igual que en
las muchas escaramuzas en que tomé parte aquel año y los siguien-
tes. Pero si recuerdo que matamos cuatro o cmco enemigos, y que
sólo perdimos dos de los nuestros, porque los aventajábamos en nú-
mero y los pillamos por sorpresa. También dimos muerte a uno de
sus ilotas, que tomó armas para combatir por ellos.
Cuando los demás huyeron (pues no eran sino fuerzas de incur-
sión que no tenían órdenes de morir sosteniendo sus posiciones), Li-
sias nos ordenó que recogiéramos sus armas y armaduras para nues-
tro trofeo. Entonces fui hacia el hombre a quien había clavado mi
jabalina, observando que el arma estaba hincada en él. La cogí con
la mano, observando que vivia aun.
Le reconocí por su barba, suave y joven aún. Supongo que no te-
nía mucho más de veinte años. Clavaba las manos en la tierra; apre-
taba fuertemente los dientes, dejándolos al descubierto; su espalda
estaba arqueada. Intentaba respirar, o quizá se esforzaba por no ha-
cerlo debido al dolor. De su garganta salía un ronquido. Al mirarle,
levantó una de sus manos, sucia de tierra y se la llevó al cuello, en el
lugar en que estaba clavada la jabalina. La había lanzado para alcan-
zar al enemigo profundamente entre la clavícula, como me había en-
señado Demeas; pero nadie me había explicado lo que sucedia
después.
Mientras yo miraba en la kenumbra, sus ojos se movieron, fiján-
dose en mi cara. Pensé muchas cosas en aquel breve instante: en las
penalidades que había sufrido en Esparta, primero para ser hombre
y luego para ingresar en la caballería, encontrando tan pronto su
fin. Su mano cayó al suelo y arañó la tierra, y me miró sonriendo,
no sé si desafiándome o para demostrar que no le acobardaba mo-
rir, o tal vez debido a un espasmo de dolor. Alguien se acercó a mí;
me volví y vi a Lisias.
-Tira de la jabalina -dijo-; entonces morirá.
Alargué la mano y vi los ojos del hombre fijos aún en los míos.
Entonces me pregunté si habría oído las palabras de Lisias. Toqué el
arma, retirando la mano seguidamente.
-Sácala -dijo Lisias.
Su voz había cambiado; era la del ifiarca dando una orden. Creí
que me ayudaría, pero se quedó a mi lado, esperando.
Por tanto, apoyé el pie en el peto del espartano y tiré. Sentí que
la punta del arma desgarraba los músculos y rozaba los huesos, y oí
el silbido de la respiración del hombre, tal vez natural o quizás en un
intento de no gritar. Tosió fuertemente, arrojándome una bocanada
de sangre a los brazos y las rodillas; luego murió, como me había
dicho Lisias. Despojé al cadáver de sus annas, que arrojé a la pila;
después me oculté detrás de un muro para vomitar. Estaba oscure-
ciendo, y no creo que nadie llegara a observar, cuando regresé, mi
palidez.
-¿Cuántos matamos? -me preguntó alguien.
Miré los cadáveres, y el hombre a quien yo había dado muerte
era uno entre ellos.
-Cinco -contesté.
Poco después llegaron los heraldos espartanos, para llevarse sus
muertos durante una tregua; y nosotros levantamos nuestro trofeo
de armas, por haber quedado dueños del terreno. Después hicimos
una pira para quemar nuestros muertos, pues era imposible prede-
cir cuándo hubiéramos podido llevarlos a la Ciudad. Esto es algo
muy poco agradable de contemplar por vez primera. En verdad, in-
cluso ahora, cuando el fuego consume el cuerpo de un hombre con
quien he comido al mediodía, preferiría mirar a otra parte, si no
fuera porque debemos llevar a nuestros valientes en el corazón.
Pero cuando todo estuvo terminado, dejamos las armas en pa-
bellón, apostamos los centinelas, y nos sentamos en tomo a la fo-
gata para comer los alimentos que les habíamos quitado a los espar-
tanos. Entonces sentimos el placer de la victoria y el gozo de la vida
cuando el enemigo ha sido destruido. Se relevaron los centinelas
para que pudieran comer; luego regresamos, nos despojamos de ar-
maduras y vestidos, aceitándonos y frotándonos el cuerpo al calor
de la fogata, y hablamos de la lucha. Por primera vez me llamó Li-
sias para que me sentara junto a él; reunimos nuestra comida y
la compartimos, como solíamos hacer. Cuando estuve a los pies
de Atenea para ser coronado con el olivo sagrado, después de la
carrera, me sentí orgulloso, pero aquel recuerdo me parecía insigni-
ficante comparado con el momento que estaba viviendo.
Miré al fuego y vi su rojez reflejada en los rostros y cuerpos de
mis camaradas, y en Lisias, junto a mí, y pensé: «Si ahora llegaran
extraños, a pesar de estar él desnudo no preguntarían: «¿Qpién es
vuestro jefe?"». Entonces un tronco cayó sobre las brasas y recordé
nuestra granja en ruinas, las cosechas destruidas, la desaparición
de nuestro ganado y la huida de los esclavos, y me dije: «Ahora so-
mos pobres; lo seremos durante algunos años, tal vez para siempre».
Sin embargo, al ser joven y sentirme lleno con el presente, pensé en
aquello como en una fábula; y no pude pensar que jamás lo sintiera
más que en aquel momento.
Recogimos heno y paja para nuestras yacijas, y mientras Lisias
recorría los puestos de los centinelas, le preparé la suya. Luego nos
envolvimos en las capas y nos echamos el uno junto al otro. Habla-
mos durante un rato; Lisias me dijo que la granja de su padre no ha-
bía sido saqueada, y que nos prestaría esclavos, y también ganado,
para criar, cuando los espartanos hubieran marchado, con lo que
nuestra granja no tardaría en producir nuevamente.
-Nunca se quedan más de dos meses -dijo-, y a veces m si-
quiera ese tiempo.
Tras estas palabras quedó dormido como una lámpara que se
apaga. Yo tenía el cuerpo dolorido por lo mucho que había cabal-
gado, y tampoco estaba acostumbrado a dormir en el suelo. Estaba
pensando que no lograría conciliar el sueño, pero un momento des-
pués, o así me lo pareció, era ya de día.
Aquel día lo revivimos muchas veces durante las siguientes se-
manas. Algunas veces salvábamos todo el ganado de una granja,
conteniendo a los espartanos mientras se lo ponía a salvo; otras se
nos anticipaban y se apoderaban de él. Una parte del ganado fue
mandado a Eubea, para ser conservado allí, según la costumbre de
los atenienses durante la guerra. Lo que nuestro escuadrón hacía
era de poca importancia, pues Demóstenes estaba ya en campaña, y
los espartanos empezaron a ser contenidos en el fuerte de Dekeleia.
El propio rey Agis los mandaba; al tener dos reyes, eran siempre
más libres con ellos que otros pueblos. Era el mismo rey Agis que,
tomando un terremoto como augurio, rehuyó el lecho de su nueva
esposa durante un año, como he dicho ya. Proseguía acerbamente
la guerra, como si tuviera algún motivo para odiar a los atenienses,
pero Demóstenes contenía sus fuerzas. No podía expulsársele de De-
keleia, por ser bastión demasiado fuerte, y sólo había logrado ocu-
parlo debido a que estaba muy poco guamecido durante la tregua.
Sin embargo, había hecho cuanto una fuerza incursora puede espe-
rar hacer en una estación. Creíamos que no tardaría en regresar a
Esparta, dejando en libertad a Demóstenes para zarpar rumbo a Si-
cilia. Entretanto, los deberes de la guardia fronteriza eran más fáci-
les, y pasaban días sin que entráramos en acción.
En cuanto a Lisias y a mí, cualquiera que haya ido a la guerra
con un amante comprenderá el significado de mis palabras al decir
que jamás habíamos estado juntos tanto tiempo, y tan poco a la vez.
Estábamos casi constantemente el uno a la vista del otro, pues tras
el primer día yo cabalgaba a su lado, sin que nadie osara dudar
de mi derecho a hacerlo. Al estar siempre rodeados por nuestros ca-
maradas, nos acostumbramos a hablamos en forma distinta a la
corriente entre nosotros, y cuando, como raramente sucedía, está-
bamos a solas durante un rato, nuestras bocas enmudecían y no sa-
bíamos cómo empezar. Las mejores ocasiones eran cuando me to-
caba el turno de guardia de la medianoche; entonces Lisias dejaba
mi puesto para lo último, y se quedaba un rato a mi lado, hablando
quedamente antes de acostarse a dormir. Mientras cabalgábamos
con el escuadrón, soliamos examinar algún asunto y tratábamos de
llegar a la verdad por la lógica, pues ¿de qué nos serviría expulsar a
los espartanos del Ática si nuestras mentes se tomaban dóricas? En-
tonces recordábamos a Sócrates, y pensábamos en otras cosas de las
que no hablábamos.
Al ver que yo no rehuía las tareas difíciles ni los puestos de guar-
dia por la noche, mis camaradas aceptaron bondadosamente nues-
tra amistad. Hicieron las bromas acostumbradas, pero sin malicia
alguna. Cuando había tranquilidad, algunas noches dábamos un pa-
seo, juntos, cuando la fogata estaba ya encendida. En cierta ocasión,
al regresar caminando silenciosamente sobre la hierba, oímos al jo-
ven Gorgias justificando, picarescamente, la razón de nuestra ausen-
cia. Un momento después nos vieron a la luz de las llamas, y noso-
tros nos unimos a sus risas. Pero la vez siguiente que dimos el paseo
nos sentimos algo constreñidos, al saber lo que ellos pensaban, aun-
que no hablamos de ello por prudencia o cualquier otro motivo,
pues yo no era ya tan joven en la guerra para no haber sentido la
forma en que la muerte toca el hombro del amor, diciendole: «Apre-
súrate)).
Nuestra patrulla tenninó, finalmente, y fuimos relevados por
otro escuadrón. Todo se encontraba en calma entonces, y acampa-
mos por última vez cerca del cabo Sunion. Después la guarnición del
fuerte nos dijo que se nos había oído a media milla a la redonda,
pero siempre he dudado de la veracidad de esas palabras. Estába-
mos ciertamente alegres. Recuerdo que todos los hombres del es-
cuadrón fuimos uno tras otro cogidos por la cabeza y por los pies, y
echados sobre nuestros camaradas. No escapó Lisias a ese juego,
pues la mitad del escuadrón cayó sobre él, y siguió la misma suerte
que los demás. La siguiente noche habíamos de ser acuartelados en
Sunion, y aquel día lo tuvimos libre.
Lisias y yo cabalgamos junto al mar azul y a la rocosa costa
rojizas quebrada en pequeñas calas, en una de las cuales nos detu-
vimos, después de largo galope. Al mirar la lñnpida agua, nos des-
nudamos, echándonos de cabeza en ella. Estaba fría al principio, y
caliente después, y nadamos mar adentro, hasta que vimos recor-
tarse contra el cielo el templo de Poseidón en Sunion. Lisias na-
daba más rápidamente que yo, pues sus hombros y brazos se ha-
bían endurecido al practicar la lucha, pero me esperó, mientras yo
me esforzaba en alcanzarle. Descansamos en el agua y luego nada-
mos hacia la costa, intentando después coger peces con las manos
en partes poco profundas. Al salir del agua, sentí un agudo dolor a
un lado de un pie, y observé que sangraba. Debí de haber pisado
una concha rota o un pedazo de tiesto, pues la herida era pro-
funda. Lisias se arrodilló para mirarla, mientras yo me apoyaba en
su hombro.
-Puede causarte muchas molestias si se te llenara de suciedad al
cruzar la playa. Podría costarte una corona. Lávala bien en el mar, y
yo te llevaré hasta el caballo.
La playa era pedregosa.
Me senté en una piedra plana, y metí el pie en el agua, en la cual
se expandía la sangre como el humo en un cielo impoluto. Quedé
mirándola hasta que Lisias me tocó en el hombro.
-Vamos -dijo.
Me llevó en brazos hasta el lugar en que estaban los caballos, y
rasgó su túnica para vendarme el pie, que curó bien, permitiéndome
correr nuevamente un par de semanas después.
Algo más tarde, cuando estábamos nuevamente en la Ciudad, le
vi por primera vez con Drosis, la corintia, despidiéndose de ella al sa-
lir de su casa. Antes de empezar los combates, en varias ocasiones él
me había invitado a cenar con ella, para que la oyera cantar, pero
yo me había negado, riendo, diciéndole que mientras no nos cono-
ciéramos jamás podríamos dudar de la forma en que nos amaría-
mos mutuamente. No se necesita mucho conocimiento del mundo
para enterarse de que, por lo general, a la amante de un hombre el
amigo de éste le gusta muy poco o demasiado. Jamás me había tur-
bado el pensamiento de aquella muchacha. Sin embargo, al ver que
era tal como la había imaginado, menuda y dulce, sentí pena e arn-
tación, y me oculté en el portal de una casa, para que Lisias no me
viera.



Fui en busca de Sócrates y aunque sólo escuché, sin hablar, poco
después pude dominar aquellos pensamientos y alejarlos de mi
mente, pues comprendí que si dejaba que se apoderasen de mí, Li.
sias y yo habríamos cambiado el bien no para mejor, sino para peor.
Cuando entré en el patio, montado, mi madre quedó mirándome en
silencio. Yo era demasiado joven e irreflexivo para pensar en lo que
ella pudiera sentir al encontrarse súbitamente con un hombre con la
armadura de su padre cabalgando el caballo de su marido. Salté a
tierra y la abracé, riendo, y preguntándole si me había tomado por
un extraño.
-Te confundí con un soldado -dijo-, y ahora, al mirarte, veo
que es verdad.
Sus palabras me llenaron de satisfacción, pues no me hubiera
gustado que creyera que la armadura de su padre se encontraba en
malas manos. Ya no tenía yo que volver a pensar en que Pistias me
hiciera una.
Cuando fui a las caballerizas, observé que Korax, el segundo ca-
ballo de mi padre, había sido desgraciadamente descuidado, y tenía
¡ una llaga en una pata. Empecé a llamar, indignado, al criado, pen-
sando darle los azotes que mi padre le hubiese infligido (pues el ca-
ballo, que era ya viejo, me parecía estar acabado), cuando mi madre
me dijo que había huido. La huida de esclavos en el campo era histo-
ria vieja ya, pero ignoraba que también hubiera sucedido en la Ciu-
dad. Me contó que miles de esclavos habían desaparecido, y que las
artes y oficios en la Ciudad sufrían mucho por ello. Los espartanos
siempre permiten el paso de un esclavo a través de sus lineas, para
así animar a los demás a que también huyan, sabiendo el perjuicio
que ello nos causa. Era la guerra, y nosotros hacíamos lo mismo con
sus ilotas, siempre que nos era posible.
Entretanto, gracias a ellos, nuestras fortunas estaban medio
arruinadas. Teníamos una pequeña finca en Eubea, buena úerra de
maíz que produciría algo aún, y una pequeña propiedad de renta en
la Ciudad. Tendríamos que vender al viejo Korax, cuando su pata sa-
nara. Mi tío Estrimón vino para prevenirme contra toda extravagan-
cia. Tenía la cara tan larga como sus cuentas. Se asustó terrible-
mente cuando media docena de sus esclavos huyeron, y no conoció
la paz hasta haber vendido a todos los demás.
-No puede pasar mucho tiempo sin que el rey Agis regrese a su
patria -dije a Lisias-. Lleva ya en la frontera más tiempo del acos-
tumbrado.
Lisias meneó la cabeza.
-Nuestros exploradores han vuelto a ir hasta Dekeleia, y en es-
tos momentos, cuando tú supones que no tardará en abandonar
nuestra tierra, está reforzando los muros y construyendo trincheras.
Al principio me costó comprenderle.
- ¿Qué? ¿Cómo podremos sembrar o recoger las cosechas?
- ¿Por qué sembrar lo que los espartanos cogerían? Debemos
convertir nuestros arados en espadas.
-Pero ¿por qué, Lisias? Los espartanos jamás cambian sus cos-
tumbres. Jamás lo hicieron antes.
- ¿Crees que fue algún espartano quien pensó en eso? Ha sido
un ateniense. Nadie podrá jamás decir que Alcibíades no gana lo
que come.
Fui lento en comprender lo que se ocultaba tras esas palabras;
luego dije:
-Pero, ¿cómo podrá Demóstenes trasladarse a Sicilia, si tiene
que permanecer aquí, conteniendo a los espartanos?
Lisias rió. Paseábamos por la ciudad; él llevaba un manto limpio
y calzaba sandalias, pero por un momento me pareció que volvía-
mos a estar en los campos.
-¿Cómo, preguntas? ¿En qué forma te parece? Irá, querido, de-
jando que seamos nosotros quienes los contengamos.
Jamás hubiera creído posible que Demóstenes embarcara mien-
tras los espartanos estuvieran en Ática. Y quizá tampoco él lo había
imaginado. Habíamos empezado la guerra de Sicilia como el hom-
bre próspero que construye una casa que está más allá de sus posibi-
lidades. Si todo marcha bien, su crédito mejorará. Nosotros nos ha-
bíamos acostumbrado a la victoria; la gloria, tanto como los barcos
y la plata, constituía nuestro capital, y habíamos ya echado mano a
gran parte de las tres cosas.
Pasamos un par de semanas en el fuerte de Municia en El Pireo,
como guarnición. Para la mayor parte de los jóvenes, que van alli' en
tiempos de paz después de enrolarse como efebos, constituye su pri-
mer contacto con la vida militar; para nosotros era un campamento
de descanso. Sin embargo, tiene sabor propio, al recorrer las gradas
y el viejo arsenal, viendo en las murallas lo escrito por nuestros pa-
dres, cuando también ellos eran efebos. Nos concedian frecuentes li-
cencias, pero las habíamos ganado bien.
Cierto dia, cuando estábamos en la palestra de los argivos, con-
templando los ejercicios de los muchachos, Lisias señaló a uno de
ellos.
-Ese muchacho será notable -dijo-. Me he fijado en él en va-
rias ocasiones.
-¿Eso crees? -repuse-. Me parece que está demasiado grueso.
-No como corredor -observó Lisias, riendo-, sino como lu-
chador.
Observé al muchacho, que se disponía a contender con alguien
mucho mayor que él. Parecía contar unos quince años, pero era
fuerte para su edad. Al hacer presa en el muslo de su rival, resbaló
y fue casi derribado, pero, a pesar de esto, resultó vencedor.
-Ha cometido esa misma falta en otras ocasiones -dijo Lisias-
y no comprendo cómo su preparador no la ha observado. A su edad
no puede luchar con hombres, por lo que no tiene nunca un conten-
diente adecuado. Hazme un favor, Alexias. Ve a verle y dile de mi
parte, con mis saludos, la falta que ha cometido y cómo debe reme-
diarla. Si le hablo yo mismo, su tutor se desmayará de miedo.
Bromeamos unos momentos acerca de esto, riendo. Luego Li-
sias me enseñó lo que debía decir.
Seguí al muchacho al vestidor, y le encontré frotándose el
cuerpo. Su robusta constitución no contribuía ciertamente a hacerle
bello; si seguía luchando, cuando llegara a la edad viril su cuerpo es-
taría por completo desproporcionado. Tenía gruesas cejas, colgan-
tes, que hacían aparecer muy hundidos sus ojos, pero cuando me
miró observé que eran brillantes y de mirada audaz. Le saludé,
transmitiéndole después el consejo de Lisias. Me escuchó con gran
atención, diciendo luego:
-Transmítele mi gratitud a Lisias, y dile que me siento muy
honrado de que se haya tomado esta molestia. Asegúrale que no ol-
vidaré su consejo.
Su voz era más bien ligera, dada su constitución, pero agradable
y bien modulada.
-Y gracias también a ti, Alexias -prosiguió-, por traerme su
mensaje. Empezaba ya a preguntarme cómo te habría ido en la
guerra, pues hacia mucho tiempo ya que no teníamos el placer de
verte.
Aunque modestamente, habló en un tono cortés como no hu-
biera esperado en un muchacho tan joven. Pero me llamó mucho
más la atención que, al hablar, me mirara a la cara, admirándola,
no con impertinencia, sino con el comedimiento de un hombre de
treinta años.
Fue el primer cumplido que había recibido de un muchacho
dos años menor que yo; sin embargo, no podia sentirme ofendido,
ni mucho menos tomarlo a risa, pues aquel muchacho era clara-
mente persona seria. Entonces observé que tenía las orejas per-
foradas, suponiendo por ello que pertenecía a una de las viejas fa-
milias nobles, algunas de las cuales llevaban todavía entonces los
antiguos adornos procedentes de la Guerra de Troya. Sin duda se
había quitado los aros, porque debían molestarle para luchar. Le
pregunté su nombre.
-Aristocles -contestó-, hijo de Aristón.
Relaté todo lo sucedido a Lisias, que se sintió muy divertido, y
dijo que creía poder dejarme frecuentar los escolares, sin temer
que un rival le desplazara. Pero cuando le dije el nombre del padre
del muchacho, frunció el ceño.
-En cuanto a cuna casi no puede pedirse más. Su padre des-
ciende del rey Kodros, y su madre, de Solón. En verdad que si el
Atica fuera un reino aún, creo que su hermano mayor podría ser
el heredero. Pero su familia piensa demasiado en el pasado, para el
bien de la Ciudad; en realidad, constituyen un grupo de oligarcas,
y este muchacho debe de ser sobrino de nuestro habilidoso Critias,
que temo le esté ya instruyendo en el arte de discursear y en la Po-
lítica. Es mejor que luche.
No hablamos más, pues Critias se nos había hecho muy antipá-
tico. Últimamente un joven llamado Eutimeno frecuentaba la com-
pañía de Sócrates. No contaba sino unos dieciséis años, pero era
ambicioso y dado a las absurdidades propias de esa edad; estaba
lleno de las cosas que haría, aunque no tenía la menor idea de
cómo empezar. Dudo que yo hubiera podido ser paciente con él,
pero Sócrates había adivinado que bajo todas aquellas tonterías el
muchacho estaba verdaderamente enamorado de la excelencia;
por ello se tomó muchas molestias en su beneficio, librándole de
su pomposidad y poniendo algo sólido en el lugar que ocupaban sus
alegres nociones. Cuando le conocí estaba ya empezando a demos-
trar alguna calidad; pero eso no preocupaba a Critias.
Puesto que cada vez daba menos valor a la excelencia, empezó a
perder su habilidad para asumirla. Esa vez no dedicó tiempo alguno
para por lo menos fingir unos sentimientos honorables, antes de ha-
cer su demanda. Su rudeza chocó al muchacho en su timidez. Des-
pués de ese mal principio, Critias recurría entonces, alternativa-
mente, a los halagos, a molesta importunidad, y, lo que era mucho
más peligroso para un joven de esa clase, a las promesas de distin-
guidas presentaciones. Me enteré de todo ello por Fedón, que
odiaba profundamente a Critias, por razones que siempre me había
parecido preferible no inquirir.
Fedón no dejó que Critias le alejara de Sócrates, a quien siguió
frecuentando, pero parecía como si su cara fuera algo que se había
puesto. Dioniso lleva una agradable máscara parecida a ésa en la tra-
gedia en que manda a nuestro rey Penteo para que lo destrocen las
ménades.
-Debiéramos decirselo a Sócrates -observé-. No comprendo
cómo nadie lo ha hecho. Le causará dolor que alguien que tanto
tiempo haya frecuentado su compañía sea así. Pero ese dolor es pre-
ferible al engaño.
-Si -asintió Fedón-. También yo lo creía así.
- ¿Se lo dijiste? ¿Qué contestó?
-Dijo que ya había hablado a Critias. Al parecer, le preguntó
por qué se presentaba como mendigo ante alguien a cuyos ojos de-
seaba parecer precioso; como alguien que mendigaba no algo noble,
sino bajo.
Me desconcertó que después de eso Critias osara mirar a Euti-
demo en presencia de Sócrates. En realidad, casi nunca lo hacia.
Pero habiendo yo mismo sufrido, no me costó mucho observar lo
que sucedía. El padre del muchacho confiaba en Sócrates, y le man-
daba su hijo sin que le acompaiñara tutor alguno; y al muchacho le
avergonzaba hablar, como me había sucedido a mí.
Poco tiempo después los azares de la guerra dejaron en libertad
a varias personas de nuestro circulo. Jenofonte acababa de regresar
con su escuadrón; por su aspecto parecía que hubiera estado varios
años en campaña. Algunos de sus hombres fueron tomados prisio-
neros poco tiempo antes, siendo muerto el segundo. Jenofonte
ocupó su lugar, en el que se distinguió tanto, que el hiparca le con-
firmó en su grado. Debió haber sido el segundo más joven de la
Guardia. Fedón estaba allí. Agatón (que había combatido en algún
lugar con los hoplitas y llegó bañado en perfume para, como él de-
cía, quitarse el olor del campo) había venido con Pausanias, Lisias
conmigo y Critias siguió a Eutidemo. En el momento a que me
refiero, Sócrates hablaba con Jenofonte acerca de su ascenso,
cuando Eutidemo, a quien Critias se había acercado, se hizo a un
lado. Sócrates interrumpió lo que estaba diciendo, en la mitad de
una palabra.
Se produjo una pausa extraordinaria, de excitación por parte
de quienes conocíamos la causa, y de sorpresa en los demás. Vi
cómo la máscara de Fedón se disolvía, apareciendo su verdadero
rostro, con los labios entreabiertos. Eutidemo, pobre muchacho,
que supo había estado temiendo algo por el estilo durante mucho
tiempo, parecía como si fuera a morir de verguenza. Pero todos
teníamos algo más que observar. Habíase formado un claro en
el grupo, a través del cual Sócrates y Critias se miraban fijamente.
A menudo había visto yo a Sócrates pretendidamente irritado, mo-
mentos en que su aspecto era mitad cómico mitad aterrorizador.
Jamás le había visto verdaderamente enfurecido, y puedo asegura-
ros que no había nada risible en él. Sin embargo, a pesar de que la
fuerza de su mente parecía surgir de su cuerpo, había asimismo en
él algo del viejo albañil, jurando en la obra. Si hubiera arrojado un
mazo a la cabeza de Critias, yo había tardado mucho en asom-
branne. Pero dijo:
- ¿Tienes fiebre porcina, Critias, que te frotas en Eutidemo
como un cerdo contra una piedra?
Podéis imaginar el silencio que siguió a esas palabras, especial-
mente considerando que jamás había increpado en público m si-
quiera al más joven de nosotros. Critias era el hombre de mayor
edad entre los presentes, el más influyente, el más rico y mejor na-
cido. Si el propio Zeus hubiera arrojado sus rayos, fulminándole a
nuestros pies, nosotros, los jóvenes, no habríamos contemplado su
cuerpo con más solemne temor con que mirábamos su cara.
Sus labios se tornaron amarillos y pareció súbitamente más del-
gado; pero lo que me fascinaba eran sus ojos. Estaba enfermo de
rabia; sin embargo, la utilizaba como instrumento de su voluntad.
«Está intentando atemorizar a Sócrates)), me dije. El hombre que
había en mí se sintió desazonado, pero el muchacho miraba, con la
boca abierta, como si contemplara una casa incendiada.
Miré a Sócrates. Su rostro estaba enrojecido aún, pero su ira
había muerto. Permanecía inmóvil, como una roca, y sentí que se
me erizaba el vello. No era el erizamiento que produce el miedo,
sino algo que sólo pude comprender mucho tiempo después,
cuando volví a sentirlo en el teatro; también allí se trataba del caso
de un hombre valiente que se enfrentaba con la lógica del destino.
Alguien debió de sentir esa sensación mucho más fuertemente
que yo, pues, de pronto, Agatón lanzó al aire una risa breve, des-
pués se llevó con prontitud una mano a la boca. Los ojos de Critias
se hicieron casi redondos, pero luego volvieron a entrecerrarse;
después giró sobre sus talones y se alejó.
- Dime, Jenofonte, ahora que eres oficial...
Creo que Sócrates era el único de todos nosotros que recor-
daba de qué habíamos estado hablando antes. Jenofonte tartamu-
deó algo antes de coger el hilo, pero se afinnó inmediatamente y
siguió la conversación con la misma frialdad que si se hubiera tra-
tado de una marcha a través de territorio enemigo, hasta que la
disposición de ánimo de los demás se ajustó a la suya.
Más tarde, Lisias y yo marchamos en silencio.
-Critias le habría dado muerte de haber podido, Lisias -dije
finalmente-. Vi sus ojos...
-No fue agradable -repuso-. Sin embargo, no exageres; esta-
mos en una Ciudad civilizada. Sócrates no toma parte en la polí-
tica, y tampoco cobra por enseñar. Creo que es algo que ha suce-
dido muy oportunamente.
Acababa de llegar a casa aquella noche y me disponía a cam-
bianne, cuando apareció Fedón, lo que nunca había hecho sin ser
invitado a ella. Estaba en el patio.
-Da un paseo conmigo -dijo.
Iba a pedirle que me acompañara a cenar, pero le miré y salí
con él a la noche. Rápidamente fuimos hasta el Pnyx, y nos senta-
mos en la tribuna pública. Nadie había en la colina, excepto unos
pocos amantes y algunos niños jugando. Desde allí, las columnas
de la Ciudad Alta eran negras contra un cielo verde claro, y las
lámparas brillaban, amarillas, en los altares. El polvo y las hojas
aplastadas olían a rocío; y entonces salieron los murciélagos y los
saltamontes. Fedón, que había subido a la colina como un leo-
pardo sujeto a una traílla, estaba sentado, apoyando la barbilla en la
mano.
- Las bestias deben sangrar en silencio - dije yo, finalmente-,
pero los dioses han dado el habla a los hombres.
Me sonrió, como se sonríe al niño que nos tira de la túnica.
-¿Te has preguntado alguna vez por qué odio a Critias? -mur-
muró un momento después.
-No, Fedón.
Inclinó la cabeza.
-Yo era principiante en casa de Gurgos, la primera vez, y tam-
bién lo bastante inexperto para demostrarle que no me gustaba. In-
cluso pensé que se quejaría.
Fedón sonrió levemente. Crucé con fuerza los brazos; sentía frío.
- La mayor parte de la gente cobra por enseñar, pero Critias
pagó por el privilegio de instruirme. Liegué a conocer su golpe...
Como decía Sócrates el otro dia, el don del conocimiento no puede
nunca sernos quitado.
A tiempo recordé que si se le tocaba, siempre se apartaba. Es-
peré. A la mortecina luz parecía llevar un gorro de plata; sus ojos ne-
gros eran viejos y brillantes, como los de la serpiente de Apolo.
-Empecé a frecuentar a Sócrates por su método negativo -si-
guió -. Me gustaba observar cómo minaba la seguridad de los ton-
tos. He ahí un hombre que no domará a la verdad, me dije, sino que
la seguirá a lugares secos. Y así, a mi vez le seguí, y él me condujo a
donde yo no había pensado ir. No me asusta cuando destruye las
definiciones y nada deja en su lugar. Justicia, santidad, verdad.., si
no se han definido, se ha tenido la demostración. Creo que ahora
puedo decir que soy el principal estudiante de sus refutaciones lógi-
cas negativas. He permanecido más tiempo que mis rivales... Critias
y Alcibíades.
Guardé silencio, procurando no irritarme con él por haberme
atraído demasiado al circulo de su dolor. Luego se volvió hacia mí.
- Sigues pensando con el vientre, Alexias. No dejes que Lisias te
ablande. Está enamorado de ti y es demasiado sencillo para saber lo
que hace. Si huyeras en la batalla, moriría de verguenza. Piensa con
la cabeza, aunque te cause dolor. ¿Adónde correrá el hombre que se
libra de los lazos del dogma y de la costumbre? ¿Correrá a lo que
odia o a lo que ama? Dime: ¿crees que Lisias es odiado por muchos?
- ¿Lisias? Me parece imposible odiarle.
-De esa misma manera siente Sócrates acerca de cuanto ama: la
sabiduría y Dios. Por ello hizo girar la llave de la jaula y dejó en liber-
tad a Alcibíades. Y también ahora Critias corre por las montañas,
sin que entre él y su voluntad haya más que lo que un lobo tiene.
Durante mucho tiempo he estado observando cómo Critias se li-
braba de su alma, si te gusta la palabra, o de aquello que hace que el
hombre se sostenga sobre dos pies, en lugar de cuatro. He ido paso
a paso con él, pues su razón es un espejo sostenido a la altura del
mío, hasta llegar al borde mismo de sus conclusiones. Dicen que el
verdadero don del maestro es descubrir a un hombre a sí mismo.. -
En cierta ocasión pasé toda una noche despierto, en casa de Gurgos,
pensando la forma de matarle. Pero era ya demasiado tarde.
Poco después volvimos a la guerra. El rey Agis estaba en Dekeleia al
mando de sus tropas, encargandose de que si los tebanos relevaban
a sus espartanos, no permanecieran ociosos. Sin embargo, los enco-
tramos más fáciles, en parte porque sienten inclinación a ser algo
lentos (aunque no tanto como pretenden los escritores humorísti-
cos) y también porque nos habíamos frecuentado durante la tregua
y nos conocíamos mejor como vecinos que como enemigos. Re-
cuerdo particularmente a dos a quienes recogimos gravemente heri-
dos. Uno de ellos hubiera podido escapar, pero corrió junto al otro
al verle caer. Al día siguiente los entregamos por medio de los heral-
dos, pues mucho tiempo transcurriría antes de que pudiesen volver
a combatir, y también porque es siempre desagradable dar muerte a
los heridos, especialmente si han demostrado valor. Les llevé co-
mida y bebida por la noche. Siempre habían luchado juntos en la
batalla, y también fueron puestos en la vanguardia para reforzar
la línea, puesto que eran hombres que preferirían la muerte al des-
honor.
-Algún día -dijo el más joven- formarán un regimiento con
nosotros y conquistaremos el mundo.
Se volvió entonces hacia su amigo, el cual, a pesar de la debili-
dad que le causaba su herida, se giró y sonrió. Me hubiera gustado
hablar más largamente con ellos, pero sufrían y los dejé solos.
Demóstenes embarcó hacia Sicilia a principios de verano. La
flota zarpó sin otras ceremonias que los sacrificios y las libaciones a
los dioses. Lisias y yo estábamos en una colina, a caballo, rodeados
por el escuadrón, viendo desaparecer las velas en el mar. Nos rmra-
y sonreimos; luego se volvió.
- ¡Un vítor para nuestros padres y buena suerte a Demóstenes!
-gritó.
Lo gritamos todos, sintiéndonos orgullosos de que cuando el
ejército regresara, victorioso, nadie podría decir que habíamos per-
manecido ociosos con las mujeres.
Necesitamos el orgullo en los meses siguientes. Yo era fuerte y
me encontraba en la flor de la juventud; sin embargo, sentí el can-
sancio como jamás lo he sentido desde entonces. Lo que quedaba de
las cosechas maduraba en las granjas. Sólo se contaba con la caballe-
ría para salvarlo; toda la infantería que quedaba guamecia las mura-
llas de la Ciudad, pues el invasor estaba muy cerca. Durante el
día, los ciudadanos vigilaban por turno; se veía a los hombres dedi-
cándose a sus actividades o comprando en el mercado, sin haberse
despojado de la armadura. Por la noche, todos dormían en los luga-
res de concentración, alrededor de los templos, para evitar que Agis
nos sorprendiera.
La caballería tenía su base en el Anakeion; durante nuestro
turno de guardia veíamos las bridas de los Gemelos contra las estre-
llas, y más de una vez monté guardia en la misma muralla donde
hice compañía a mi padre, cuando contaba quince años. El dia se
anunciaba rojo en el cielo y esperábamos el sonido de la trompeta,
que nunca se retrasaba. Entonces sacábamos nuestros fatigados ca-
ballos, les frotábamos las piernas entumecidas aún por la cabalgada
del día anterior, y partíamos otra vez. Pero a menudo pasábamos la
noche en las colinas, resguardándonos como podíamos.
Algunas veces, cuando la noche era fresca o llovía, y nos dolía el
cuerpo de tanto montar o por heridas, Lisias y yo nos echábamos
juntos, buscando un poco de calor; pero jamás compartimos una
capa, pues cuando se hace en invierno se sigue haciendo en prima-
vera. Al recordar aquellos días, casi no sé cómo conservamos el
ánimo; no teníamos tiempo para filosofar, ni gozar de tranquilidad
ni pensar en los dioses, excepto cuando el escuadrón hacía la plega-
ria matinal o vespertina. Y creo que fue el cansancio, más que nada,
lo que nos hacía la vida llevadera. Sin embargo, algunas veces, du-
rante la guardia nocturna, cuando la Galaxia abría su libro en el
cielo sin luna, sabia lo que hacíamos y a dónde nos mandaba Sócra-
tes. Cuando Lisias se separaba de mi y se dormía, sentía que mi
alma ascendía una montaña de amor, de anchas laderas con rocas y
arroyos y bosques, y campos de todas clases, pero un solo pico en la
cumbre, al cual conducen todos los senderos; y más allá, el éter azul
en el que el mundo nada como un pez en el océano, y el alma alada
vuela libremente. Al regresar de allí, durante un tiempo no podía
encontrar nada creado que no pudiera amar: el camarada con quien
me había sentido irritado durante el día, los espartanos que ocupa-
ban Dekeleia; e incluso sentía pena por Critias, y sabía por qué Só-
crates no le había arrojado antes de su lado. Sin embargo, no estaba
adormilado ni perdido en mis sueños, sino que veía brillar la noche
como un cristal, los conejos que pasaban, raudos, cerca de nosotros,
o el silencioso búho.
Hacia fines de aquel verano recibimos un despacho de Sicilia.
Me limito a mencionar la carta de mi padre, que lo acompañaba,
por mor de la brevedad. Yo le había escrito, cuando partió la flota
de Demóstenes. Después de darme algunas instrucciones referentes
a lo que había de hacerse en la granja, me decía: ((Apruebo tu elec-
ción de un amigo; es unjoven de buena reputación, a cuyo padre co-
nozco. No descuides tu instrucción, ni en virtud ni en campaña, para
que vuestra amistad pueda ser honrada tanto por los dioses como
por los hombres. En cuanto a la guerra, puesto que no puedo darte
mejores noticias que las que tú me comunicas, recibe las mías como
un hombre. Debido a la debilidad de sus propósitos, Nicias nos ha
estafado la victoria. Demóstenes, hombre bueno pero sin suerte, lo
jugó a un envite y perdió. Sabe que el juego ha terminado, y quiere
devolvernos a la patria con cuanto pueda salvar. Nicias sigue inde-
ciso, esperando algún augurio o que un demócrata abra las puertas
de Siracusa o la intervención de un dios; pero Siracusa no es Troya.
En mi opinión, teme enfrentarse con los atenienses después de la
derrota. Sin embargo, Demóstenes es hombre y hará lo que sea ne-
cesario. Resistid hasta que lleguemos nosotros, y juntos limpiare-
mos el Ática)>.
Estaba casi preparado para esta clase de noticias, pues se reci-
bieron tras larga demora, y el sonido de la victoria vuela rápida-
mente. Creo que nadie se asombró demasiado- Las gentes parecían
amurriadas, pero en todas partes se oía lo mismo: ((Cuando el ejér-
cito esté aquí...)). Pensábamos en nuestras granjas; estábamos más
que cansados de tener cerca al rey Agis.
Fue él, sin embargo, quien alumbró para nosotros una triste no-
che en el Anakeion. Yo estaba puliendo mi armadura junto a la fo-
gata; habíamos cenado, pero estábamos sólo llenos a medias, pues
las raciones eran cortas debido a que los víveres debían venir por
mar. Jenofonte dejó su fogata y vino a sentarse junto a la nuestra;
compartí mi aceite con él y comparamos nuestras heridas. Siempre
podía distinguirse un caballero en la palestra por sus cicatrices en
brazos y muslos y donde acaba la armadura. Jenofonte estaba tra-
tando de demostrarme un invento suyo, consistente en una larga
guarda de cuero para el brazo y la mano izquierdos, que no impedi-
ría manejar las riendas, como sucedía con los escudos. De pronto
desde otra de las fogatas hasta nosotros llegó una sonora carcajada,
que pasó de un grupo a otro. Nos poníamos en pie para averiguar
lo que sucedía, cuando Gorgias llegó con la noticia. Reía tanto, que
casi cayó al fuego.
- ¿Queréis saber la verdadera historia del rey Agis? - preguntó
cuando pudo hablar- - Tal vez creáis que está aquí porque nos odia
y quiere nuestro mal. Estáis equivocados, amigos míos. El rey Agis
permanece aquí por amor familiar, como si estuviera unido a noso-
tros por los más sagrados lazos. Debe de sentirse orgulloso de haber
comprendido el aguero y desertado del lecho de su nueva esposa.
De lo contrario, hubiera engendrado un espartano más, en lugar de
un ateniense.
- ¿Un ateniense? - repetí, no osando creer lo que veía venir,
hasta que recordé la risa-. ¿Quieres decirnos que Alcibíades ha ca-
lentado el lecho del rey Agis, durante todo ese tiempo?
-Nadie lo usaba. Supongo que debía sentir frío después de ba-
ñarse en el Eurotas dos veces al día. Ahora sabemos por qué no se
resfrió nunca.
Hace algunos años, cuando fui invitado por Jenofonte a su casa
cerca de Olimpia, recordé ese momento durante nuestra conversa-
ción. Jenofonte dijo que siempre le había parecido mal que alguien
se burlara de la piedad de un hombre virtuoso, y que no compren-
día que en ello hubiera algo cómico. Los recuerdos de las gentes di-
fieren después de tanto tiempo, pero el mío me dice que él rió tan
alegremente como yo.
- Por lo visto - dijo - ha calentado tanto el Eurotas que el río
debe ya estar humeando.
-Si, ciertamente. Las mujeres espartanas, que tienen el privile-
gio de denunciar a la Ciudad al hombre que deja caer su escudo, no
son tan tímidas como las nuestras. No consideran motivo de orgullo
que no se hable de ellas. Cuando Alcibíades la dejó embarazada, la
nueva esposa del rey se jactaba de ello en todas partes.
-Cuéntanos cómo probó él su inocencia -dijo Lisias.
-El hijo es su vivo retrato, según dicen. Pero Alcibíades hizo gala
de su acostumbrada gracia y enseñó a la esposa del rey a burlarse de
él. Dijo a cuantos le preguntaban que él, por su parte, no había sido
presa desvalida de Afrodita, y que sólo le impulsó la mis noble am-
bición. Había deseado fundar una dinastía. 13
Qiedamos todos con la boca abierta.
-Decid lo que queráis -observó alguien-, pero nunca habrá
otro como éL

Rechazábamos a los espartanos en una granja cerca de Maratón,
cuando Fénix tropezó y me arrojó al suelo. De no haber sido por Li-
sias, habría encontrado la muerte entonces. La calda me produjo la
fractura de la clavícula y tuve que quedarme en la granja, pero es-
taba tan preocupado por Fénix, que cojeaba mucho, que me levan-
taba todos los días para verlo. El granjero era viejo, pero no así su
esposa, que, al igual que Sócrates, no cobraba por instruir a lajuven-
tud. Me soltó el vendaje con que Lisias me había .sujetado el brazo,
porque me molestaba. Vino algunos días después para ver cómo se-
guía; de no haberlo hecho, habría quedado deforme de por vida.
Hubo que llevarme a la Ciudad en una carreta, para encajar bien el
hueso.
Lisias tenía una herida en el brazo, recibida al librarme de los
espartanos. No le había dado importancia en aquellos momentos,
pero luego estaba de mal humor por ella, y tenía que curársela to-
dos los días. Muchos de nosotros observamos que nuestras heridas
no sanaban tan rápidamente como al principio; la comida era mala
y estábamos fatigados. Fue la primera vez que Lisias y yo fuimos he-
ridos juntos, y lo tomamos como una fiesta.
Cierto día paseábamos por el Ágora, sintiéndonos ambos algo
débiles y enfermos. Lisias estaba afiebrado a causa de su herida, y
yo hacia poco tiempo que me levantaba de la cama. Oímos gran da-
mor al otro lado y fuimos a ver qué sucedía, aunque sin apresurar-
nos demasiado, porque no queríamos que nos zarandeara la muche-
dumbre. Pero el hombre causante de la conmoción venía hacia
nosotros. Era un frigio, que llevaba el delantal del barbero. Abría los
brazos, clamando a los dioses para que atestiguaran su verdad, y exi-
giendo ser llevado ante los arcontes.
Recuerdo muy bien su aspecto: bajo, gordo y ventrudo, con un
rubí en la oreja y rizada barba negra como anuncio de su arte. Por
haber recorrido algún trecho apresuradamente, sudaba como un
cerdo desde el cabello hasta la barba; era como el hombrecillo que
provoca las carcajadas del público en una comedia, fingiendo ha-
berse ensuciado de miedo. Pero nadie reía, excepto los dioses, tal
vez, desde lo alto. quizás estaban diciendo: «Os mandamos a Peri-
cíes para que os aconsejara, pero esa dignidad pareció insuficiente a
vuestra Ciudad. Os mandamos agueros y prodigios, y escritos en las
estrellas, pero vosotros, atenienses, no hicisteis caso. quisisteis pisar
sobre púrpura, ser más grandes que la Necesidad y el Destino. Muy
bien; vosotros lo habéis querido)).
Vino hacia nosotros, jadeante, rodeado de gente tumultuosa,
como si hubiera cortado a un cliente a quien afeitara o le hubiese co-
brado un precio excesivo. Al vemos, corrió, ganando ventaja a quie-
nes le estaban gritando.
-Veo que eres caballero y soldado, señor -dijo, entrecortada-
mente-. Háblales, señor. La Ciudad me ha dado hospitalidad du-
rante siete años. <~Por qué habría yo de dejar mi tienda una mañana
atareada, cuando acaba de llegar un barco, e inventar semejante his-
toria? Te juro, señor, que el hombre se separó de mi hace menos de
una hora, y yo vine directamente aquz, para que los dioses fueran
mis testigos. Protegedme, señor, tú y tu noble amigo joven, y condu-
cidme ante los arcontes, pues las gentes se toman libertades con un
extranjero, señor, aunque durante siete años yo...
Entonces Lisias se volvió hacia las gentes, diciéndoles que debían
dejar aquel hombre a la ley, a pesar de lo que pudiera haber dicho, y
que quienes quisieran podrían ver por sus propios ojos cómo se ha-
cia justicia. Todos se apaciguaron entonces, hasta que un hombre
viejo, cubierto de cuero, un armero, dijo:
-¿Cuántas más dirá por el can,ino? Aseguro que hay que ce-
rrarle la boca con brea. Tú, hijo de Demócrates, puedes muy bien
conservar la calma, pero yo tengo tres hijos en el ejército, tres.
¿Cuántos, como yo, no podrán cerrar los ojos esta noche, a causa de
las mentiras de este hombre? Y todo para darse importancia du-
rante un día y anunciar su apestosa tienda.
Tras estas palabras, el griterío fue mayor que antes. El hombre-
cillo se colocó entre Lisias y yo, buscando refugio como el pollito
bajo el ala de la gallina, y nos vimos obligados a acompañarle hasta
donde iba. Por el camino, hablaba constantemente, entre los gritos
de la multitud, que engrosaba por momentos. El barbero farfullaba
su historia, entre nombres de clientes que le avalarían, interrum-
piéndola también para ofrecemos un corte de pelo o una afeitada
gratuitos.
Tal era el mensajero que los dioses mandaron a los atenienses
para decimos que nuestro ejército en Sicilia había sido borrado de la
faz de la tierra.
El hombre tenía una tienda en El Pireo, junto al muelle donde
atracan las naves de Italia. Los colonos solian ir allí al desembarcar,
para hacerse arreglar después del viaje. Había arribado un barco y
uno de los pasajeros se sentó en el banco, para esperar su turno,
y entrando en conversación con el hombre a su lado, dijo:
-La última vez que estuve aquí vuestra Ciudad se encontraba en
fiestas; había guirnaldas en las calles, antorchas en la noche y el vino
fluía. Ahora temo ver a los amigos que hice entonces, pues ¿qué
puede decirse a quienes sufren semejante calamidad? Desde el pri-
mer momento creí que la guerra era una equivocación, pues, como
vivo en Reggio, conozco algo Sicilia. Dudé que los atenienses salie-
ran con bien, pero, por Heracles, que no hubiese creído a quien me
dijera que todo se perdería, dos grandes ejércitos y dos flotas, el
buen Nicias y el bravo Demóstenes, muertos de mala manera, am-
bos como ladrones. Sin embargo, ¿qué son ellos, después de todo,
ante tantos hombres valientes despedazados, o, lo que es peor, es-
clavizados?
Al oír tal cosa, cuantos se encontraban en la tienda le interrum-
pieron, gritando, preguntándole cuál era el significado de sus pala-
bras. Pero el hombre, mirando asombrado a su alrededor, dijo:
- ¿No ha llegado la noticia hasta aquí? ¿No lo sabe nadie? En Ita-
lia no se habla de otra cosa.
Entonces el barbero dejó su navaja y vino corriendo, desde El Pi-
reo. Y Lisias y yo tampoco le creímos.
Le conducimos sano y salvo hasta el pritaneo, pues no es bueno
que los helenos que viven según la ley administren castigo sólo por
las murmuraciones callejeras. Le dejamos allí y nos alejamos. Vi
que las mejillas de Lisias estaban sonrojadas y que la fiebre le hacia
brillar los ojos.
-Has caminado demasiado -le dije.
-No es nada; mi herida arde.
Le llevé a mi casa, bañando su herida con la infusión que el fisico
había ordenado, cubriéndola después con paños calientes. Mientras
le curaba, el hombro volvió a dolerme. Estábamos diciendo que ha-
bía que castigar ejemplarmente al barbero, por excitar a la Ciudad
propagando falsas noticias. Sin embargo, era como si nuestros cuer-
pos supieran la verdad.
Los arcontes fueron severos con el barbero. Los rumores se pro-
pagaban rápidamente, y él no podía dar el nombre de su infor-
mante ni decir a dónde había ido. Finalmente se le torturó, pues no
era ciudadano; pero el tormento de nada sirvió, siendo luego dejado
en libertad, creyéndosele ya bastante castigado. Unos nueve días
después llegó otra nave de Italia; los hombres que de ella desembar-
caron no visitaron primero la tienda del barbero, aunque mucho lo
necesitaban. Eran fugitivos del ejército, en Sicilia, que, tras arrojar
sus escudos, se salvaron ocultándose en los bosques. Entonces supi-
mos que lo dicho por el barbero era muy poco, comparado con la
realidad.
Cuando Demóstenes llegó, fue como el hombre que, tras larga
ausencia, visita a un amigo. La familia dice: «No ha estado muy bien
este año pasado)); pero el ojo recién llegado ve la muerte detrás
de la silla. Los siracusanos tenían los dos cuernos de la bahía, y las
alturas que la dominaban. Demóstenes eligió la osadía y atacó las al-
turas. El resultado de la batalla era indeciso, pero la oscuridad favo-
rece a quien conoce el terreno. Incluso entonces, Nicias vacilaba,
viendo cómo toda una vida de honor acababa en la desgracia; pero
Demóstenes, más sano de cuerpo y noble de mente, le obligó a to-
mar una decisión. Accedió a abandonar la empresa. Los preparati-
vos se llevaron a cabo con prudencia y secreto; los siracusanos no se
enteraron de ello; sólo se necesitaba una noche oscura para que las
naves pudieran escapar. Era la gran luna de la festividad de Atenea.
Aquella noche fue nublada en Atenas, pero la luna brillaba allí sobre
el mar y la rocosa tierra, hasta que, al llegar a su cenit, se vio cómo
su cara empequeñecía, quedando luego cortada, y finalmente oscu-
recida del todo, como si alguien hubiese puesto un gran escudo de-
lante de ella.
Pudiera creerse que Nicias alzó los brazos al cielo, ofreciendo
una hecatombe de bueyes a Atenea, que tan bien había cuidado de
los suyos, pues aquello sucedía la noche de su fiesta, cuando las ple-
garias de los atenienses se elevaban hacia ella. Siempre me ha pare-
cido que rechazar su don, la protección de su escudo, fue una impie-
dad tan grande como la de Anaxágoras, que pretendía que Helios es
sólo una piedra brillante. Sin embargo, Nicias sólo vio calamidad en
el augurio, y convenció a tantos, que Demóstenes quedó en mino-
ría. Se decidió que transcurriera otra luna, antes de que el ejército
embarcara y la flota zarpara.
Esperaron. Los siracusanos volvieron a atacar a los barcos, hun-
diendo muchos más de los que podía el ejército permitirse perder.
Mientras debatían lo que debía hacerse, el enemigo cerró la entrada
de la bahía con sus propias naves, uniéndolas con cadenas. Entonces
no fueron precisos ni agueros ni oráculos para saber que debían for-
zar la salida o morir. Se prepararon para la batalla.
Como si despertara de un sueño inducido por alguna droga, Ni-
cias trabajaba con ahínco, procurando que los barcos estuvieran
preparados, exhortando a los trierarcas y soldados. Les recordó las
famosas palabras de Pericles, diciéndoles que pertenecían al pueblo
más libre del mundo; como si los siracusanos hubieran sido súbditos
de un tirano, y no helenos asimismo, decididos a ser libres o monr.
Durante dos años vieron la suerte de Melos pendiente sobre ellos.
Tripularon sus naves y esperaron.
Demóstenes condujo nuestros barcos para romper la cadena.
Cayeron sobre ella con tanto valor, que abordaron las naves enemi-
gas, arrojando al mar cabos y cadenas; pero entonces la flota siracu-
sana cayó sobre ellos por la espalda.
Dicen que doscientos barcos combatieron aquel día en la gran
bahía. El agua estaba llena de ellos; se abordaban e iban al garete,
aferrados a otros que combatían, con lo que los combates aislados
se convirtieron en uno, creándose espantosa confusión. Los hoplitas
que saltaban de un puente a otro, al luchar, eran alcanzados por ja-
balinas lanzadas desde sus propias naves; los timones quedaban des-
trozados, los barcos sin gobierno embestían a amigos y enemigos.
Tan espantoso era el ruido del combate, y se luchaba tan de cerca,
que los hombres casi no sabían si las órdenes que oían eran dadas
por sus trierarcas o por el enemigo.
Entretanto, en tierra los atenienses contemplaban la batalla,
como si se tratara de un juego de dados en el que su vida fuera la
puesta. Gritaban en triunfo o gemían en desesperación, según les
pareciera el combate favorable o desfavorable. Pero los siracusanos
tenían las cuatro quintas partes de la costa, y podían desembarcar
en cualquier lugar, en caso necesario, mientras que los atenienses
sólo contaban con la estrecha faja que Glipos y sus hombres soste-
nían. Estaban atrapados por todas partes; los barcos que no fueron
hundidos debieron regresar a la costa. Al verlos volver, el ejército
que esperaba emitió un gran grito de angustia, y pasó la mirada del
mar lleno de restos y cadáveres a la tierra hostil.
A la tierra volvieron finalmente la cara, dejando sus muertos sin
enterrar, y como si no bastara el reproche de los abandonados es-
pectros, tuvieron también que abandonar a los enfermos y heridos.
O abandonarlos, o morir con ellos, que se arrastraban agarrándose
a sus amigos, hasta que no podían ya ni andar ni arrastrarse, y caían
suplicando o maldiciendo o gritando sus últimos mensajes para los
suyos. Sus voces flotaban sobre el ejército junto con cuervos y mila-
nos. Los que seguían en pie caminaron por la pedregosa tierra vacía,
sedientos, hostigados por el enemigo, hasta el fin. Llegaron a un río
que discurría entre altas márgenes; bajaron hasta él para cruzarlo y
beber, y entonces los siracusanos cayeron sobre ellos, por el frente
y la retaguardia. Mientras los atenienses se esforzaban por salir del
agua, una lluvia de piedras, dardos y flechas cayó sobre ellos. Las
aguas se enturbiaron y luego se tornaron rojas con la sangre de los
muertos. Pero tanta era su sed, que quienes pudieron llegar hasta él
se echaron y bebieron, hasta que los demás los pisotearon y murie-
ron ahogados.
Demóstenes cayó sobre su espada, pero fue tomado vivo, para
dar al enemigo el placer de matarle. También dieron muerte a Ni-
cias, aunque nadie sabe cómo. Muchos millares murieron allí, y
otros fueron llevados por los siracusanos, para ser vendidos como
esclavos. Los fugitivos, ocultos en los bosques, vieron cómo sus ca-
maradas eran conducidos al igual que ganado hambriento y nada
más supieron de ellos.
Habían salido de la Ciudad entre los gemidos de las mujeres, y
bajo una lluvia de flores. Pero puede llorarse cuando Adonis muere,
pues con el llanto se calma el corazón, y los dioses vuelven.
En las silenciosas calles, el hombre que veía acercarse a sus ami-
gos cruzaba a la otra acera, para no tener que hablar. Algunas veces,
al pasar ante una casa, se oía el llanto de una mujer solitaria, sonido
apagado que se movía mientras ella iba de una a otra parte en su
trabajo. Lo había oído en casa, y finalmente huí a la Ciudad. Lisias y
yo nos acercábamos el uno al otro como animales en invierno y per-
manecíamos en silencio durante largas horas.
Un par de noches después fui al Anakeion. Los caballos estaban
inquietos y relinchaban en el silencio. Acá y acullá, junto a una fo-
gata, dos hombres jugaban a los dados, para matar el tiempo. Me
acerqué al que estaba buscando. Había tirado dos seises, pero no lo
observó hasta que alguien empujó las ganancias poniéndolas de-
lante de él.
-Jenofonte -dije, tocándole en el hombro.
Se volvió, alejándose después de la fogata conmigo. Vi que sus
ojos me miraban interrogativamente; pero habló en tono reposado,
como si nuestro encuentro fuera debido a la casualidad.
- Me place verte, Alexias. ¿Puedes montar ya?
- No. Tengo noticias para ti. Tu padre ha muerto.
Exhaló un profundo suspiro, como el hombre de quien se quita
una pesada carga.
-¿Es seguro?

- He hablado con un hombre que le vio morir. Cayó en el ata-
que a las alturas, un mes antes del fin. Cuantos murieron entonces
fueron enterrados junto a la bahía, en una fosa común.
Jenofonte me cogió la mano, como no había hecho nunca antes.
- Gracias, Alexias. No te vayas todavía; tengo un poco de vino
aquí.
A menudo me había preguntado qué podría decir para consolar
a Jenofonte, si su padre caía. Los sucesos se burlan de nuestros pla-
nes. Compartió el vino conmigo, como se hace con el portador de
buenas nuevas.
-¿Y tú, Alexias? ¿No sabes nada de tu padre? -me preguntó
cuando me disponía a marchar.
-Todavía no -repuse.
-Lo siento. Pero hay tiempo aún.
De nada me enteré, sin embargo, aunque interrogué a todos los
supervivientes de quienes tuve noticia.
Se convocó la Asamblea, a la que acudieron los hombres. No
permanecieron allí mucho tiempo. Esperé a Lisias en el lugar conve-
nido, la tienda de un talabartero en una calle cercana, que olia a
cuero viejo y sudor de caballo. Poco en aquella tienda era nuevo,
pues muy raros eran los caballeros que podían permitirse comprar
arreos; casi todo era para reparar. El talabartero estaba en la Asam-
blea; hablé con el capataz, un frigio, sobre embrocación para los ca-
balos y jarretes inf