Tercera parte

Me puse en pie de un salto. Platón me cogía del brazo, diciendo
algo. Me desasí, abriéndome paso entre la multitud, que gritaba y
me maldecía por mis codazos. Corrí a los vestidores, adonde llegué
cuando le entraban en brazos. Le llevaron hasta una habitación pe.
queña al fondo, donde había una colchoneta en el suelo y un surti-
dor de agua, en forma de boca de león, que vertia en un pilón.
Afuera daba comienzo el siguiente combate. Hasta allí llegaban los
gritos de la multitud.
-¿Eres amigo suyo? -me preguntó el hombre encargado de
aquel lugar.
-Si -repuse-. ¿Está muerto?
No veía vida en él, ni tampoco aliento.
-No; está atontado y creo que tiene algunas costillas rotas. Pero
puede morir. ¿Está su padre aquí?
-Somos atenienses -contesté-. ¿Eres físico? Dime qué debo
hacer.
-Nada -replicó el hombre-, pero procura calmarle, si des-
pierta sin tener el dominio de su mente. Dale agua si la pide, pero
no vino. -Entonces apartó los ojos de Lisias y los posó en mi. -
Combatió en forma magnífica, pero me pregunto qué le hizo mscn-
birse, con su peso.
Luego salió para presenciar el combate y Lisias y yo quedamos
solos.
Respiraba con tanta debilidad que casi no podía oírle. Un lado
de su cara estaba completamente magullado; le sangraba la nariz y
tenía varios cortes en el cuero cabelludo. La frente presentaba una
incisión sobre la ceja. Le quité la vieja manta con que le había cu-
bierto, pero su cuerpo estaba tan sucio y contusionado, que no pude
observar si tenía algo roto. Con una toalla que colgaba de la pared le
lavé la sangre negra, el aceite y el polvo, lo mejor que pude; temía
moverle. Le hablé, pronunciando su nombre en voz alta, pero no se
movió. Entonces comprendí que no debí haberle lavado, pues el
agua estaba fría y la habitación tenía las paredes de piedra; bajo mis
manos su came adquirió la frialdad del mármol y sus labios se amo-
rataron. Pensé que moriría ante mis ojos. En un rincón vi la ropa de
alguien, y le cubrí con ella, pero aún sentí su cuerpo frío. Entonces
le cubrí también con la mía y me acosté a su lado.
Le abrazaba, intentando darle vida. Mientras el frío del miedo se
apoderaba de mí, pensé en las largas patrullas con la Guardia, en las
montañas, durante el invierno, cuando incluso los lobos en sus cubi-
les habían estado calientes juntos, y él yació solo. «Me diste valor en
la batalla -pensé- y cuando me desmontaron, me salvaste la vida a
costa de una herida. ¿Quién no hubiera buscado miel en la roca, des-
pués de tanto afán? Sin embargo, la ofreciste al cielo; sólo había san-
gre para ti, y el mar salado. ¿Qué es la justicia, si los dioses no son
justos? Te han quitado la corona para dársela a una bestia.»
Sus labios eran fríos al tocarlos con los míos; tampoco abrió los
ojos, ni habló ni se movió. «Demasiado tarde estoy aquí, bajo tu
capa, yo, que por mi propia voluntad jamás te hubiera negado nada.
El tiempo y la muerte y los cambios no perdonan, y el amor perdido
en la juventud no vuelve jamás», dije en mi corazón.
Me puse en pie, pues alguien se acercaba. La luz se oscureció en
la entrada de la habitación, y vi que era Sostratos quien llegaba.
-¿Cómo está? -preguntó.
Era extraño oír que de sus labios salía una voz humana, en lugar
del gruñido del jabalí. Me complugo ver las señales que Lisias había
dejado en su cuerpo.
-Está vivo -repuse.
El hombre se acercó, miró y se alejó. Volví a echarme junto a Li-
sias. La amargura me llenaba el corazón. Recordé su estatua en la es-
cuela, esculpida antes de que le conociera, y pensé cómo en su
juventud había corrido y saltado, lanzado el disco y la jabalina, na-
dado y luchado, y cabalgado en las maniobras; pensé en mis propios
afanes, balanceando el pico y lanzando el peso, para equilibrar mis
hombros con mis piernas; pensé en el joven Platón corriendo ves-
tido con la armadura, en los sacrificios que todos en el gimnasio ha-
bíamos hecho a Apolo, dios de la medida y de la armonía. Aquel
hombre había despreciado la gracia y la agilidad y el honor del sol-
dado en el campo de batalla, sin que le preocupara ser hermoso
a los ojos de los dioses, no buscando otra cosa que ser coronado.
y, sin embargo, la victoria había sido suya.
El combate había terminado, afuera. Las gentes hablaban y al-
guien tocaba una flauta doble. Lisias se movió y gruñó. Su cuerpo
estaba algo más caliente. Unos momentos después intentó sentarse
y vomitó. Cuando acababa de lavarle entró el físico, que pellizcó el
brazo de Lisias.
-Bien -dijo al ver que se encogía ligeramente-, pero procura
que no se mueva, porque los hombres que han sido atontados algu.
nas veces mueren si se fatigan poco después.
Algo más tarde Lisias empezó a moverse y a hablar palabras sin
sentido. Creía estar en el campo de batalla, con una lanza clavada en
el costado, y me ordenó que no la tocara, sino que fuera en busca de
Alexias, que la sacaría. Yo no sabia ya qué hacer, recordando las pa-
labras del físico. Mientras intentaba obligarle a que permaneciera
echado, Sostratos volvió a entrar, preguntando nuevamente cómo
estaba. Le contesté con sequedad, pero la preocupación que demos-
traba me hizo pensar en él con mejor voluntad.
Poco después el griterío volvió a empezar afuera. Se celebraba el
combate final. Terminó apenas empezado. Pensé que Sostratos de-
bió de acabar con su antagonista de un solo golpe, cuando lo que
realmente sucedió fue que su adversario, al ver la forma en que Li-
sias había terminado su combate, se dejó caer al suelo casi inmedia-
tamente, declarándose vencido. Oí que el heraldo anunciaba al ven-
cedor. Los vítores no eran muy vibrantes, pues ni el combate había
sido bueno ni hubo sangre, con lo que nadie quedó complacido.
La multitud se dispersó. En el vestidor la gente charlaba y reía.
Poco después. el hombre con cuyos vestidos había cubierto a Lisias
vino en su busca. Estaba refrescando, pero no osé dejarle solo mien-
tras buscaba otras ropas, esperando que alguien entrara. Final-
mente se acercaron unas voces. Sostratos estaba en la puerta, ha-
blando a alguien por encima de su hombro. Las cintas que llevaba le
hacían parecer al toro camino del sacrificio. Al hacer una pausa, oí
hablar al hombre que había entrado en busca de sus vestidos.
- Tranquilizate, Sostratos. Entré hace un momento y le oí ha-
blar. Durará hasta que acaben los Juegos, y después ya no importa.
Había olvidado que, excepto en Esparta, matar al contendiente
en el pancracio descalifica al vencedor.
Quedé sentado, mirando a Lisias; luego oi a alguien a mi es-
palda. Sostratos había entrado, después de todo. Miró la cara de Li-
sias, y luego volvió a preguntarme cómo estaba. No le contesté, por
temor de no poder contenerme. Entonces me miró. De pronto ad-
quirió buenos modales, que le sentaban como una guirnalda de vio-
letas a un cerdo.
- ¿Por qué estás tan abatido, hermoso joven? La Fortuna go-
bierna los Juegos. ¿Quieres pasar el tiempo de tu triunfo gimiendo
aquí, como si estuvieras en una cárcel? Ven y conoce a algunos de
los otros vencedores. Es ya tiempo de que tú y yo nos conozcamos
mejor.
Hay cierto gesto de negación que todo el mundo conoce, pero
que un hombre de buena cuna jamás emplea. Sin embargo, quería
ser explícito.
-Ya tienes tu corona -repuse- - Ve y juega con ella.
Cuando salía, oí la voz de Lisias.
-Alexias.
Parecía irritado conmigo. Ignoro hasta qué punto había com-
prendido lo hablado.
-Aquí estoy -dije, inclinándome- - ¿Qué quieres?
Pero sus ojos se habían apagado nuevamente. Parecía muy can-
sado. Llegaba el frío de la anochecida, pero no osaba separarme de
él temiendo que, al estar solo, intentara ponerse en pie. Pronto os-
curecería. Las lágrimas asomaban a mis ojos, y no me atrevía a llo-
rar por miedo de que él lo oyera.
El vestidor exterior estaba vacío. De pronto, en él resonaron
unas pisadas. El joven Platón entró, y se quedó mirando a Lisias.
Mientras ambos habíamos estado contemplando el combate, Platón
llevaba sus cintas, que habían desaparecido ya.
- ¿Puedes encontrar una capa, Platón? Lisias tiene frío.
-También tú pareces tenerlo -repuso.
Poco después regresó con dos mantas de pastor, con las que cu-
brí a Lisias, vistiéndome yo después. Platón miraba en silencio.
-Han coronado a Sostratos -dijo.
- ¿Si? -repuse- - La guerra de Troya ha acabado también. ¿Qué
más hay de nuevo?
-Esto es nuevo para mí. ¿Qué cree Sostratos haber obtenido?
¿Qué bien? ¿Qué placer? ¿Qué quería?
-No lo sé, Platón, pero mejor harías en preguntar por qué per-
miten eso los dioses.
- ¿Los dioses? -repitió, enarcando las cejas y frunciendo el ceño
después, como hacen aún hoy-. ¿De qué serviría que los dioses hi-
cieran algo, si no basta con que existan? ¿Has cenado? Te he traído
algo para que comas.
Me sentí mejor después de tomar aquellos alimentos. Cuando
Platón se hubo marchado, observé que las dos mantas eran nuevas.
Creo que debió de haberlas comprado él mismo en el mercado.
Al caer la noche, llevaron a Lisias al recinto de Asclepio; al día si-
guiente pudo hablar coherentemente y comer, aunque las costillas
fracturadas le producían dolor al moverse. No habló mucho y le
dejé descansar. Quería permanecer a su lado, pero él insistió en que
presenciara las carreras de carros; obedecí, pues mi negativa parecía
ponerle nervioso. Fueron celebradas con gran esplendor, en honor
de Poseidón, tan enamorado de los caballos, pero a quien no con-
movió mi caballito de bronce. Se me dijo que aquél era el gran día
de los Juegos, que todos los corintios presenciaban~ y que nadie se
acordaba ya de las carreras a pie o del pancracio.
Cuando regresé, Lisias parecía estar más fuerte. Dijo que se le-
vantaría al día siguiente, para presenciar mi coronación. Aquello fue
demasiado para mí, y le conté la historia de la carrera. Me escuchó
con atención, frunciendo ligeramente el ceño, más por estar pensa-
tivo que por in-itación o sorpresa.
-No pienses más en ello -me dijo- - Hiciste una buena carrera.
Cualquier estúpido pudo haber comprendido que eras el más rá-
pido, y hubiera querido estar seguro de ti, antes de desperdiciar di-
nero en los demás. Observé con cuidado al cretense, y creo que es-
taba francamente agotado.
-Tal vez -repuse-, pero ahora jamás lo sabré.
- ¿Por qué pensar en ello, pues? Debemos aceptar el mundo
como lo encontramos, Alexias. -Hizo una pausa. - Hiciste una
buena carrera -repitió- - Nadie podía vencerte.
Al día siguiente se celebró la procesión hasta el templo, para co-
ronar a los vencedores ante Poseidón. Hubo mucha música y cere-
monia, más que en la propia Atenas. Los sacerdotes del recinto no
permitieron a Lisias levantarse. Fui a su lado después, e hizo que le
enseñara la corona. Estaba cansado de sus adornos de perejil, pero
cuando arrojé la corona a un rincón, Lisias me dijo secamente que
no cometiera tonterías y saliera a celebrar mi victoria en Corinto,
junto con los demás.
Moría la tarde. El sol brillaba en la montaña con su corona de
murallas. Lisias debió de haber sabido que si no subía a ella antes de
los Juegos, jamás podría hacerlo.
-¿Qué quieres que haga en Corinto? -repliqué.
Pero él se impacientó e irritó conmigo, asegurándome que se
murmuraría de mí si me mantenía alejado. Entonces supe lo que le
turbaba: temía que los demás creyeran que me impedía tomar parte
en las celebraciones, por envidia. Por tanto, dije que iría.
Hay mucho mármol de color en Corinto, y mucho bronce tam-
bién, alguno dorado incluso. Queman perfumes en las entradas de
las tiendas. La taberna en la que bebimos tenía un pájaro hablador
en una jaula, junto a la puerta, en la calle, que silbaba y decía: ((En-
trad. Yo estaba con los corredores y los boxeadores; luego llegaron
algunos luchadores. Me embriagué lo más rápidamente que me fue
posible, y durante un rato Corinto me pareció alegre. Recorrimos
las calles cantando, y compramos guirnaldas; luego entramos en
una casa de baños, pero resultó ser respetable y se nos pidió saliéra-
mos de allí. Alguien había sido empujado a la piscina, y caminaba
chorreando agua; una o dos muchachas flautistas, que recogimos
por el camino, tocaban sus instrumentos para nosotros. Llegamos a
un alto pórtico, de esbeltas columnas, adornado con palomas y guir-
naldas.
-Ya hemos llegado -dijo alguien-. Aquí están las muchachas
de Afrodita. Entremos.
Me negué a entrar; alguien me agarró para obligarme a hacerlo,
y le golpeé en la cara. Entonces, otro, a quien el vino había vuelto
genial, detuvo la pelea y dijo que, en lugar de entrar allí, iríamos a
casa de Kallisto. Tenía en el patio una fuente, con una muchacha
sosteniéndose el seno, del cual manaba agua. Kaflisto nos recibió
amablemente, e hizo que un muchacho y una muchacha representa-
ran la pantomima de Dioniso y Ariadna, mientras nosotros bebía-
mos más vino. Poco después, cinco o seis luchadores pidieron mú-
sica y se levantaron para bailar el cordax, quitándose las ropas. Me
incitaron a que me uniera a ellos, pero yo no estaba en estado de
bailar, ni aunque lo hubiese querido. Una de las muchachas se echó
a mi lado, y poco después me llevó con ella. Cuando desperté, habló
elogiosamente de mi comportamiento, como hacen siempre con los
jóvenes para hacerles pagar bien. Pero ni siquiera ahora puedo re-
cordar si hice algo o no.
Dos dias después regresamos a Atenas. Lisias no podía montar a
caballo, pues sus huesos no se habían soldado y tuvo que ser llevado
al barco en una litera. La travesía fue mala, y él sintió dolores conti-
nuamente. Agios, el piloto, vino a vernos, y nos informó que los bar-
cos espartanos se dirigían hacia Q3iíos. Había empleado su tiempo
en Corinto mejor que yo. Navegamos rápidamente para llevar esas
noticias a la Ciudad, sin demora.
Eso es cuanto tengo que relatar del festival en el istmo, el pri-
mero de la nonagésima segunda Olimpíada. Desde que Teseo fundó
los Juegos para honrar a su padre Poseidón, habían sido celebrados
cada dos años en el mismo lugar y ante el mismo dios, y si me pre-
guntáis por qué los Juegos de ese año debieron producir algo dis-
tinto que los que les antecedieron, no podré contestaros.
Los barcos que vimos navegando hacia Quíos fueron vencidos y
obligados a encallar, pero Alcibíades y su amigo Antioco, el piloto,
tomaron la isla de todos modos. Todos los días nos llegaban noticias
de su habilidad y valor. En el Ágora se oía a la gente decir que había-
mos perdido más de lo que imaginamos cuando le exiliamos, y que
antes de ir a Sicilia había pedido ser juzgado, como hombre ino-
cente. Corría también el rumor de que se había hecho a la mar en el
momento preciso, pues el rey Agis le odiaba violentamente, y Alci-
bíades jamás dormía en Esparta sin una guardia.
Pero cierto día, al visitarle en su casa, Lisias me dijo:
-Entra y habla un rato con mi padre, Alexias. Háblale de caba-
llos o de cualquier otra cosa, pero no de la guerra. Las noticias de
hoy, que son malas, le han afectado más de lo que podía imaginar.
Yo había estado en la ciudad y observado parecida actitud en
otros hombres mayores. Demócrates me recibió bondadosamente,
pero parecía haber envejecido cinco años, y no quería hablar sino
de las noticias.
-Hoy me siento como si hubiera visto a Perseo vendiendo a An-
drómeda al dragón, por una bolsa de plata. ¡Esparta y los medas!
¡Vender la Jonia por dinero! ¿No queda honor bajo el sol?
-Es para pagar a los remeros, señor -repuse, como si debiera
defenderlos-. Son muy pocos para remar ellos mismos, y no pue-
den confiar en los ilotas.
-Cuando mi padre era muchacho -dijo Demócrates- su padre
le llevó a las Termópilas, después de la batalla, para que aprendiera
de los caldos cómo deben morir los hombres. A menudo me lo des-
cribió: los amigos yaciendo donde los vivos se mantenían en pie
para defender el cuerpo de los muertos, como hacían en los días de
Homero; y aquellos que habían luchado hasta que las armas se les
habían roto en las manos, agarrados con dientes y ui¡as a los bárba-
ros muertos. Y ahora hemos llegado a esto. ¡Con qué tranquilidad se
lo toman los jóvenes!
Sentí piedad por él; pero en aquellos momentos me hallaba más
preocupado por su hijo. Los huesos de Lisias se habían recompuesto
bien, y exceptuando la cicatriz en su frente, la lucha sostenida con
Sostratos no había dejado huella alguna en su cuerpo. Pero había
dejado de practicar el pancracio. Por algún tiempo me tuvo igno-
rante de ello. Hacía bastante ejercicio para mantenerse en condicio-
nes; pero con frecuencia me decía que iría a la palestra, y le hallaba
en la columnata, y a veces no me era posible encontrarlo en abso-
luto. Al comprobar cómo se desarrollaban las cosas, no creo que
ello constituyera para mí una gran sorpresa. Recordaba cómo
cuando Polimedo y los otros me levantaron, él se retiró. Jamás se
agachaba para ayudar a los contrincantes. No me había dicho nada,
por temor a que se creyera que despreciaba mi corona. Era tan ho-
norable como siempre, pero menos franco de cuanto lo había sido.
A veces se sumía en el silencio, y cuando yo le preguntaba cuáles
eran sus pensamientos, solía mostrarse áspero conmigo.
Entonces nos atrafagábamos menos en la Guardia, porque la
guerra se libraba principalmente en el mar. Encontré a un hombre
libre que en la granja hacía algunos trabajos por un pequeño jornal
y una participación en la cosecha. Sólo sembrábamos cosas que cre-
cieran de prisa.
Una hermosa mañana de verano en la Ciudad, yo acababa de
dar los últimos toques a nuestra casa, a la que había enjalbegado re-
cientemente. Lo había hecho desde que despuntaba el día hasta que
la gente comenzaba a aparecer, pues aunque todo el mundo sabía
en aquellos días que su vecino realizaba tareas de esclavo, a nadie le
gustaba ser observado. Sin embargo, al estar el trabajo hecho me
sentí muy complacido, y lo mismo le ocurría a mi madre, especial-
mente en lo que se refería al patio, donde había pintado de rojo y
azul la cúspide de las columnas. Tomé un baño, me peiné y vestí una
toga limpia. Llevaba el bastón que usaba en la Ciudad, uno muy
bueno que perteneció a mi padre. Después de haber realizado tan
sucio trabajo, me agradó saberme acicalado cuando me detuve en el
pórtico para echar una última ojeada a mi obra. Al volver la cara ha-
cia la calle, vi a un desconocido que se acercaba a la casa.
Era un anciano huesudo, que había sido alto cuando caminaba
erguido. Avanzaba haciendo pausas y apoyándose en una estaca que
había cortado en la espesura. Uno de sus pies, herido, estaba en-i
vuelto en sucios andrajos. Su blanco cabello aparecía enmarañado,
como si se lo hubiera cortado él mismo con un cuchillo, y vestía una
corta túnica de un género pardusco, como la que llevaban los traba-
jadores o los ilotas. Estaba lo suficientemente sucio como para ser
lo uno o lo otro, pero, sin embargo, no se comportaba como ellos.
Miraba nuestra casa, mientras se encaminaba directamente a ella,
y, dándome cuenta de ello, sentí removerse en mí un desconocido
miedo: me pareció que era portador de malas noticias. Abandoné el
pórtico y di unos pasos hacia adelante, esperando a que él hablase;
pero al yerme no hizo otra cosa sino mirarme con fijeza. Su estirado
y huesudo rostro con barba de un mes estaba atezado por el tiempo
hasta dejárselo casi negro. Sus ojos grises se destacaban aguda-.
mente. Estuve a punto de gritarle para preguntarle a quién buscaba.
De momento ignoré qué era lo que me había impedido preguntár-
selo, sólo supe que no debía hacer preguntas.
Su mirada pasó junto a mí para detenerse en el patio. Después
volvió a mirarme. Ante su silenciosa expectación, sentí que la came
se me ponía de gallina.
-Alexias -dijo.
Entonces los pies me condujeron a la calle, y mi voz pronunció:
-Padre.
Ignoro cuánto tiempo permanecimos de pie allí; pero creo que
no fue mucho.
-Ven, señor -dije.
Apenas sabia lo que hacia. Después me recobré algo y di las gra-
cias a los dioses por haberle preservado. En el umbral tropezó con
su pie cojo. Hice ademán de ayudarle, pero él se apresuró a endere-
zarse.
Se detuvo en el patio para mirar en torno a sí. Recordé a Lisicles,
y me pareció extraño que hubiera aceptado sin la menor duda su
palabra, habiendo visto cuán quebrantado se hallaba el hombre
y hasta qué punto divagaba en su relato. La contemplación de la
mano de mi padre, encallecida y nudosa, llena de suciedad en las
grietas y con cicatrices me lo recordó. Había cesado de pensar.
Traté de buscar palabras para decírselas. Aquel penoso entumeci-
miento lo había sentido en la guerra, al ver un bravo enemigo des-
plomándose ante mí en el polvo; pero la juventud no reconoce tales
pensamientos, ni en verdad es preciso comprenderlos. De nuevo,
aunque con diferentes palabras, dije lo que acerca de los dioses ha-
bía hecho antes. Le conté que habíamos desesperado de su suerte.
Luego, al empezar a recobrarme, añadí:
- Me adelantaré a ti, señor, para decírselo a madre.
-Se lo diré yo mismo -replicó él.
Y renqueando se dirigió a la puerta. Se movía con rapidez. En el
portal se volvió para mirarme otra vez.
-No creía que hubieras crecido tanto.
No contesté. Había crecido mucho; pero el hecho de que su es-
palda se hallara encorvada era lo que nos hacía parecer de la misma
estatura.
Llegué detrás de él a la puerta, y allí me detuve. El corazón me
latía con fuerza, las rodillas se me doblaban y los intestinos estaban
sueltos en mi interior. Le vi encaminarse a las habitaciones de las
mujeres, pero no oi hablar a nadie. Permanecí alejado. Al fin, cuan-
do creí que había transcurrido un tiempo conveniente, me dirigí a la
sala. Mi padre estaba sentado en la silla del amo, con los pies en una
jofaina llena de agua cuyo vapor olía a hierbas y a la fetidez que des-
pedía una pútrida herida. Ante él se hallaba arrodillada mi madre,
con un paño en las manos, limpiando. Lloraba. Las lágrimas se desli-
zaban por sus mejillas, porque no tenía libres las manos para enju-
gárselas. Se me ocurrió pensar por vez primera que debiera haberle
abrazado.
El bastón seguía aún en mi mano. Recordé en qué rincón lo ha-
bía encontrado, y volví a depositarlo allí.
Habiéndome acercado a ellos, le pregunté cómo había venido.
Dijo que de Italia, en un barco fenicio. El pie se le había hinchado
tanto que tenía dos veces su tamaño, y verde materia brotaba de él.
Cuando mi madre le preguntó si el patrón no le había pedido el di-
nero del pasaje, él contestó:
-Necesitaban un remero.
-Alexias -dijo mi madre-. Mira a ver si el baño de tu padre
está listo, y que Sostias no haya olvidado nada.
Salía ya cuando oi acercarse a alguien, y el aliento se me paralizó
en la garganta. Era yo quien había olvidado algo.
Charis penetró, cantando y parloteando. En los brazos sostenía
una muñeca de arcilla pintada que yo le había traído de Corinto. Es-
taba hablándole, de forma que se encontró en el centro de la habita-
ción antes de haber alzado la vista Debió de advertir el olor, pues se
quedó mira d~ fijamente, con ojos muy redondos, como un pá-
jaro. Pens. Ahora que ve lo encantadora que es, seguramente le
complacerá lo que hice». Mi padre se inclinó hacia adelante en su
silla.
-Es nuestra pequeña Charis, a quien hemos contado muchas
historias sobre ti -dijo mi madre.
Mi padre bajó las cejas; pero no parecía ni enojado ni sorpren-
dido, y empecé a respirar mejor.
- Ven aquí, Charis - dijo, alargando la mano.
La niña permaneció quieta, de modo que yo avancé para con-
ducirla a su lado. Pero apenas intenté moverla, su cara enrojeció, y
sus labios se cerraron con fuerza. Se ocultó en los pliegues de mi
manto, llorando, atemorizada. Cuando traté de llevarla junto a él,
se cogió a mi cuello y empezó a chillar. No me atreví a mirarle. En-
tonces oí a mi madre decir que la niña era tímida y que siempre
lloraba cuando veía alguna cara extraña. Era la primera mentira
que le oía decir.
Dejé a un lado a mi hermana, y fui al baño. El pobre y viejo
Sostias, en su confusión, había hecho muy mal las cosas allí. Di con
las navajas de afeitar, el peine y la piedra pómez, y lo preparé
todo, junto con las toallas limpias y el manto que mi madre había
dispuesto.
-Iré contigo, Miron -dijo ella-. Sostias está demasiado torpe.
Pero él observó que se arreglaría solo. Ya me había dado
cuenta de que tenía piojos en la cabeza. Salió, usando el bastón
que yo había depositado contra la pared. Mientras mi madre reti-
raba los paños y la jofaina, me habló rápidamente de lo muy en-
fermo que estaba, de lo que tendría que comer y de qué médico
habría que buscar para que le curara el pie. Pensé en las penalida-
des que había soportado, y me pareció que mi corazón debía de es-
tar hecho de piedra, pues no lloré por él en la forma en que ella lo
hiciera.
-Al menos me dejará que le corte el cabello y la barba -dije-.
No querrá que un barbero vea en qué estado se encuentran en es-
tos momentos.
Cuando entré, pareció como si se hallara a punto de orde-
narme que saliera; pero debió de pensarlo mejor, porque me dio
las gracias y dijo que le rapase la cabeza, pues ése sería el único
medio de dejársela limpia. Tomando la navaja, me coloqué detrás
de él, y entonces vi su espalda. Eumastas el espartano se hubiera
sentido humilde ante aquello. No sé lo que le habían aplicado: debió
de ser algo que contenía plomo o hierro. Las cicatrices se alargaban
hasta sus costados.
A la vista de aquello, sentí toda la cólera que un hijo debe sentir.
-Padre, si conoces el nombre de quien te ha hecho esto, dímelo.
Algún día quizá me encuentre con él.
-No -replicó-, no conozco su nombre.
Comencé mi trabajo en silencio. Luego me dijo que había sido
sacado de las canteras por un capataz siracusano, el cual lo había
vendido. Después había cambiado de amo varias veces.
-Pero eso -dijo- puede esperar.
Su cabeza se hallaba tan sucia y llena de costras que me hizo sen-
tirme enfermo. Afortunadamente, me encontraba fuera de su vista.
Cuando hube acabado, le froté con un aceite perfumado que yo
mismo solía usar. Era un buen producto de Corinto, que Lisias me
había dado. Sólo lo empleaba cuando acudía a ciertas reuniones. Él
lo husmeó y preguntó:
- cqué es esto? No quiero oler como una mujer.
Me excusé, y dejé el frasco de aceite. Cuando se hubo vestido,
como no era ya posible ver sus hundidas costillas y sus flacos costa-
dos, pareció casi presentable, y no como si tuviera más de sesenta
años-
Mi madre le vendó el pie con un paño seco y le sirvió comida.
Observé que le resultaba dificil no devorarla como un lobo; pero
pronto se sintió saciado. Entonces comenzó a hacerme preguntas
sobre lo que se refería a la granja. Yo había llevado a cabo las cosas
tan bien como se podía esperar; pero me percaté de que ignoraba la
situación en el Ática, y parecía suponer que había podido conceder
todo mi tiempo a los asuntos de la granja. Estaba a punto de expli-
carle que tenía otros deberes cuando, como respondiendo a mi pen-
samiento, los sones de las trompetas se- dejaron oír en toda la Ciu-
dad. Suspiré, y me puse en pie.
-Lo siento, señor. Había esperado que me dejarían estar con-
tigo más tiempo. Hacía días que no se producía una incursión.
Salí corriendo, ordenando a gritos a Sostias que preparara ml ca-
balo. Después, regresando con mi túnica de jinete descolgué mi ar-
madura de la pared. Le vi seguirme con los ojos y, después de lo que
había dicho del aceite, esperé tener entonces suficiente aspecto va-

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ronil para complacerle; pero al mismo tiempo mi mente se hallaba
atenta a la incursión, pensando por qué lugar habrían venido los es-
partanos y por dónde podríamos rechazarlos. Mi madre, que estaba
acostumbrada a aquellas alarmas, había ido, sin que yo se lo pidiera,
a disponer mi alimento. Entonces volvió y, al yerme luchar con una
retorcida hebilla del hombro, vino a ayudarme.
- ¿Dónde está Sostias? - preguntó mi padre - - Debiera encon-
trarse aquí para hacer eso.
-Está en el establo, señor -contesté-. Hemos perdido al pala-
frenero.
Era una historia demasiado larga para que me entretuviera en
contársela. Justamente entonces Sostias apareció en la puerta y dijo:
-Tu caballo está listo, amo.
Asentí ligeramente con la cabeza y me volví para despedirme de
mi padre.
-¿Cómo está Fénix? -inquino.
De pronto lo recordé armándose en el mismo lugar donde yo
me encontraba entonces. Me pareció como si desde aquella época
hubiera transcurrido toda una vida.
-Temo que ha trabajado demasiado, señor -repuse-. Pero lo
he conservado para ti lo mejor que me ha sido posible.
Me hubiera gustado pensar y decir algo más, pero las trompetas
habían sonado, y la tropa no había tenido nunca que esperarme.
Besé a mi madre. Después, viendo sus ojos sobre mí y alegre enton-
ces por no haber olvidado mi deber, lo abracé antes de irme. Lo
sentí extraño al contacto, huesudo y rígido. Creo que no lo había
abrazado desde que murió mi abuelo, excepto en el muelle cuando
partió hacia Sicilia.
Tuvimos que patrullar duramente, y así pasaron algunos días. El
calor era abrumador, los cerros estaban resecos y las moscas que lle-
naban el campamento no dejaban de atormentar a los caballos. Pro-
tegimos un valle en el que había dos o tres granjas; pero en la lucha
el joven Gorgias fue muerto. Resultó duro verle, a él que siempre ha-
bía sido bromista, morir retorciéndose de dolor, y asombrado de
que hubiera algo ante lo cual no podía reír. Lisias, cuyo destino era
siempre llevar tales noticias a los padres de los jóvenes muertos, pa-
recía más apenado que comúmnente. A causa del calor no nos fue,
posible conducir el cuerpo y tuvimos que quemarlo en la ladera de
un collado. Hacia tanto calor que nadie podía ver las llamas, sino
sólo un aire ondulado y el cuerpo humeando y crepitando. Mien-
tras ardía, Lisias me preguntó:
- ¿Tenía amante?
Le dije que no, sólo una querida, una muchachita flautista.
-Le llevaré algún recuerdo suyo -observé- - Estoy seguro de
que le gustará.
- ¿Por qué? - replicó Lisias-. Que se conforme con lo que ya
ha tenido.
Cuando regresamos, vino a presentar sus respetos a mi padre,
y ambos hablaron sobre la guerra. Después mi padre dijo:
- Supongo que Alcibíades se encuentra aún entre los esparta-
nos. A estas alturas, ha debido acostumbrarse ya a la vida dura.
-No, señor -respondió Lisias-. Ahora está en Persia.
Habíamos recibido esa noticia hacía algunos meses, pero yo no
la había mencionado. Mirándole fijamente, mi padre preguntó:
-¿En Persia? ¿Cómo es posible? ¿Qué hacía, para caer en ma-
nos de los bárbaros?
-Bien -respondió Lisias, sonriendo-, cayó como un gato cae
en la escudilla de leche. Esparta empezaba a ser demasiado peli-
grosa para él. El rey Agis había ordenado su muerte. Se dice que
Tisafemes, el sátrapa, le tiene en gran estima y que él hace a los
príncipes persas parecer insignificantes como pollos junto a fai-
sanes.
-¿De veras? -observó mi padre.
Y comenzó a hablar de otras cosas.
Aquella noche, cuando pasé por el patio, él se hallaba allí arro-
jando al pozo algunas onzas rotas. Cuando un poco más tarde volví
allí casualmente, vi un pequeño tiesto sobre el brocal del pozo. La
pintura parecía tan delicada que lo tomé entre mis manos. Había
una liebre galopando y una mano extendida. Era un pedazo de la
copa de Baquio.
Aun cuando había adivinado que en adelante las cosas no se-
rían fáciles en casa, intenté no pensar en ello, sorprendido por la
bajeza que representaba pensar mal de alguien que había sufrido
tanto. Pero mi buena disposición no duró mucho tiempo. La pri-
mera complicación la causó la pequeña Charis. Si sólo hubiera con-
tado un año o dos más se habría podido razonar con ella. Pero te-
nía la mente llena de historias concernientes a la belleza y las
heroicas hazañas de su padre. Muy a menudo la había visto señalar
a algún héroe pintado en un jarrón o en una pared, o incluso a un
dios, y decir: «Padre».
Y entonces, en lugar de aquello, le ofrecíamos aquel feo y severo
anciano. No creo que después volviera a confiar completamente en
la gente. Sé que catorce años más tarde, cuando arreglé su compro-
miso matrimonial con una excelente persona, escuchó sin conmo-
verse mis detalles sobre él y no quedó conforme hasta verle con sus
propios ojos. Casi me sentí furioso con ella, hasta que recordé lo su-
cedido años antes. Mi padre, que parecía no poner en duda que su
carta se hubiera perdido, creo que habría llegado a aceptarla con
agrado a no ser porque diariamente se sentía herido por su aver-
sión. Esto en sí era ya bastante malo, pero aún era peor la forma
que tenía de venir corriendo a refugiarse en mí. No podía nunca de-
cidirse a llamarle padre, lo cual era muy perceptible porque a mí me
llamaba Lala desde que aprendió a hablar. Intenté quitarle esa cos-
tumbre, y pronto me di cuenta de que mi madre hacía otro tanto.
Comparado con ella, me sabia feliz. Cualquiera hubiera podido
suponer que después de tantas necesidades y afanes, las simples co-
modidades debieran haber sido una bendición para él; pero no po-
día soportar el menor cambio en nuestros viejos hábitos. Ella le ex-
plicaba la causa y las razones de que nos entregáramos al trabajo, y
él asentía, pero no se reconciliaba con esa necesidad. Mi madre no
se lamentaba ante mi, y sólo una vez mencionó ese asunto. Fue
cuando me suplicó que no le dijera que mientras él se encontraba
ausente yo le había enseñado a leer. Había sido una alumna muy in-
teligente. Aquellas lecciones fueron para mí una felicidad, y creo
que también para ella. Incluso podía leer poesía si era fácil, y yo ha-
bía empezado a enseñarle a escribir. Entonces raramente nos era
posible hablar, pues mi padre odiaba tenerla fuera de su vida, y
siempre la llamaba cuando su ausencia era larga.
Mis pensamientos se detenían en eso lo menos posible, pues era
penoso para mí, en forma tal que no siempre ejercía un dominio so-
bre ellos. Al cabo de un tiempo comprendí que no me agradaba
verla curarle los pies, lo cual era la última cosa que hacía antes que
se retiraran a descansar. Yo solia salir, y paseaba por las calles.
Ni siquiera a Lisias podía decirle mucho. Y no era sólo que me
diese cuenta de lo muy confusos que podían llegar a parecerle mis
sentimientos. Había otra causa. Últimamente las cosas no se de-
sarrollaban entre nosotros tan bien como antes. Que él se sintiera
desalentado después de los Juegos era algo que no lograba com-
prender; pero cuando me percaté de que se volvía celoso, me sentí
perplejo- Era demaiado joven para haber aprendido a comprender
eso. Sólo sabia que no le había dado motivo alguno~ ni siquiera en lo
más profundo de mi mente. Que sospechara en mí la bajeza de ale-
grarme por su descalabro, me producía un infinito dolor; y, sin em-
bargo, reprochárselo me parecía aún más bajo. En otros tiempos na-
die había sabido perder mejor al ser derrotado por un hombre
mejor, de modo que yo no alcanzaba a comprender por qué se sen-
tía tan profundamente abatido por haber sido vencido por uno
peor. Sólo sentía mis propios pesares, como un estúpido campesino
que, cuando se desploma el techo del templo, se lamenta de su olla
rota.
Si hubiera ido a Sócrates con esos problemas, no sólo me habría
él ayudado, sino que se hubiera mostrado dispuesto a ayudar tam-
bién a Lisias. Pero en mi mente había un gran revoltijo de cosas de
las que no podía hablar a nadie.
Mientras yo me hallaba de patrulla Estnmón hizo su pnmera vi-
sita a mi padre. Desde que alcancé la mayoría de edad nos había
molestado muy poco, de manera que le había alejado de mi mente.
El daño que entonces nos hacia sólo fue apareciendo gradualmente.
Mi padre revisó los documentos de la granja, y en ellos no encontró
sino equivocaciones. Era evidente dónde había adquirido sus falsas
informaciones, y pronto lo aclaré todo. Sin embargo, me di cuenta
de que su resentimiento no se había desvanecido. De nuevo supe
que Estrimón le había visitado mientras me encontraba en la Ciu-
dad, y poco después mi padre me acusó de frecuentar malas compa-
ñías. Apenas el nombre de Fedón fue mencionado, supe a quién te-
nía que darle las gracias.
-Señor -dije-, Fedón es melino. Tú sabes mejor que yo que no
pudo elegir- Su casta es tan buena como la nuestra, y ahora vive
como le corresponde. Supongo que no juzgarás a un prisionero por
la suerte que la guerra ha echado sobre sus hombros.
Mis palabras le afectaron de un modo demasiado personal. Se
enfureció y. nombrando a Sócrates, dijo de él lo que yo, por respeto
a los muertos, no citaré aquí, a pesar de haber transcurrido tantos
años-
Algo después, encontré a mi madre llorando en su telar. Como
no había nadie allí, le supliqué me contara su pesar. Ella sacudió la
cabeza, y no contestó. Me acerqué hasta que nuestros vestidos se to-
caron, y sentí contra la cara el roce de su cabello. Mi propósito era
abrazarla, pero la confusión se apoderó de mí. Contuve con fuerza el
aliento, y quedé quieto. Ella mantenía vuelta la cabeza, intentanto
ocultar las lágrimas. Por fin, dije:
-Madre, ¿qué vamos a hacer?
Ella movió de nuevo la cabeza y, volviéndose hacia mí un poco,
puso la mano sobre mi pecho. La cubrí con mis dos manos, y a tra-
vés de ella pude sentir los latidos de mi corazón. Mi madre empezó a
apartar de mí suavemente su mano, hasta que de pronto, con un
movimiento rápido y violento, me separó de su lado. Entonces tam-
bién yo oi el ruido que hacia afuera el bastón de mi padre. Perma-
necí allí como ofuscado, sin resolverme a quedarme ni a huir, hasta
que oí su voz mandándome a un encargo en cierta parte de la casa.
Cuando me iba, le oi preguntarle a ella ásperamente qué la apenaba.
Después de eso con frecuencia solia ver sus ojos sobre mí, si-
guiéndome mientras me movía por la habitación. Era evidente que
pensaba que ambos nos lamentábamos contra él. En la casa no ha-
bía sino desdicha, y por eso la mayor parte del tiempo lo pasaba en
la Ciudad. Mientras paseaba por la columnata, encontré a Carmi-
des. Yo estaba entonces tan lejos de ser un inexperto joven, que en
su conversación podía experimentar la complacencia de un hom-
bre, pues sus frívolas maneras ocultaban una mente muy desarro-
llada. Dimos juntos dos o tres vueltas, mientras él me decía que Só-
crates le había reprochado que malgastara sus dones en ociosa
charla, cuando hubiera podido aplicarlos útilmente en los asuntos
de la politica.
Tenía bastante de ella en casa. El pie de mi padre había curado,
y empezaba a salir de nuevo a la Ciudad, para reunirse con sus viejos
amigos, junto con algunos nuevos que me causaban muy mala im-
presión. Toda su moderación había desaparecido. A menudo le oía
expresarse contra los demócratas con una aspereza como hasta en-
tonces raramente había oído en nuestra casa.
Durante un período de paz entre nosotros, hice participe de mis
preocupaciones a Lisias.
-No hagas caso -repuso - - ¿Te maravillas de que sólo el pasa-
do le parezca bueno? Un hombre que se vuelve viejo no se da cuenta
de que el dulce sabor que recuerda es el sabor de su juventud y su
fuerza.
- Pero si aún no ha cumplido cuarenta y cinco años.
-No hagas caso. No le queda otra elección que la de ser amargo.
Basta con que pienses en qué forma se perdió el ejército. El vulgo
dejó que Alcibíades lo lanzara a una aventura en la que sólo él tenía
alguna probabilidad de salir con bien. Después~ las gentes, ateinon-
zadas por sus enemigos, transfirieron el mando. Aún sigo creyendo
que eso constituyó una lección para el pueblo; pero admito que no
ha pagado el mismo precio que tu padre.
Aquel día fuimos felices, y nos mostramos más que común-
mente tiernos el uno hacia el otro, como solia ocurrir cuando nos re-
conciliábamos entre dos querellas.
Pero en casa las nubes siempre eran negras después de la lluvia.
Yo, que había dormido profundamente incluso la noche anterior a
los Juegos, entonces permanecía despierto, temeroso de no sé qué,
sabiendo tan sólo que la tranquilidad no duraría y que las cosas no
ofrecían aspecto de mejorar. No lo comprendía. Una vez, tras haber
tenido una discusión con Lisias, fue a un prostíbulo~ lo que no había
hecho nunca excepto aquella vez en Corinto. Pero aquello me pro-
dujo enorme repugnancia.
Un día, algo después de la hora de la cena, oí a mi padre llamar
a Sostias, y no percibí contestación alguna. El corazón me dio
un vuelco. Me deslicé fuera de la casa para ir a buscarlo, sabiendo
dónde podría encontrarle. Naturalmente, Sostias estaba borracho
en la bodega. Lo sacudí y maldije, pero no conseguí hacerle reco-
brar el reconocimiento. Desde que había envejecido, aquello suce-
día una vez cada mes, o cada dos meses. Por supuesto, le azotaba
siempre, pero quizá no tan fuertemente como hubiera debido. Era
un hombre lleno de buena voluntad, y nos quería a todos. Yo igno-
raba que últimamente, mientras me encontraba en la guerra, se em-
briagara muy a menudo. Mi padre lo tenía atemorizado, y con eso
su torpeza se había hecho peor que nunca. Supongo que bebía para
tratar de levantar el ánimo. Mientras estaba haciendo esfuerzos
para ponerlo de pie, mi padre nos sorprendió.
-Ya te había advertido lo que te esperaba si volvía a encontrarte
borracho otra vez. Te lo has buscado tú mismo -le dijo.
Azotó a Sostias con más fuerza de la que yo sospechaba en él, y
después lo encerró en el vacio almacén junto al establo. Cuando
llegó la noche le pedí que lo dejara salir.
-No -contestó mi padre-. Correríamos el riesgo de que
huyera. Mañana lo venderé al dueño de una mina, como le advertí
la última vez que lo sorprendí borracho.
Me hallaba demasiado sorprendido para contestar. Sostias se en-
contraba entre nosotros desde que yo tenía uso de razón. Ninguno
de nosotros sabia que alguna vez hubiera sido vendido a Laurio un
esclavo doméstico, excepto cuando cometía algún acto verdadera-
mente imperdonable. Al fin dije:
-Ya no es joven, señor. En una mina de plata, no vivirá mucho.
-Eso depende del material de que esté hecho -replicó mi
padre.
Después, en el silencio de la noche, oí a mi madre dirigirle rue-
gos. Él contestó con cólera, y ella calló. La noche era cálida y ce-
rrada. Yacía inquieto en la cama, pensando en los días no muy leja-
nos, cuando nuestras pequeñas carreras de relevo eran una broma
en la que también Sostias participaba. Asimismo recordé mi niñez, y
aquel día en que él me ocultó de la mujer de Rodas cuando ella que-
ría pegarme. Por último, no pude soportarlo más. - Me levanté suave-
mente, y fui a la despensa a buscar comida. Mientras me dirigía a la
puerta del almacén, oi adentro unos extraños ruidos. Abrí. La luz de
la luna, penetrando a través de un ventanuco enrejado, me mostro a
Sostias, que se volvió para mirarme con fijeza. En las manos sostema
una cuerda que había estado lanzando a la viga.
Entonces se produjo una breve y penosa escena, durante la cual
ambos derramamos lágrimas. No estoy seguro de lo que me había
propuesto al principio; quizá sólo darle algo para cenar, y después
decirle adiós.
-Sostias -dije-, si al irme me olvido de cerrar la puerta, tú sa-
brás adónde ir. Posiblemente encontrarás a algún jinete en los colla-
dos. Ocúltate hasta que los oigas hablar. Si se expresan en dórico, di-
les lo que has hecho. Podrás conseguir trabajo en Megara o en
Tebas.
Se arrodilló, y lloró sobre mis manos.
-Amo, ¿qué te hará tu padre por haberme ayudado a escapar?
- No importa lo que haga. En todo caso, no podrá venderme a
Laurio. Procura despejarte, y buena suerte.
A la mañana siguiente me vestí con cierto esmero para ofrecer
buen aspecto, y esperé en los alrededores de la casa. Mi padre había
salido ya. Regresó con el agente de la mina, cosa que yo no ha-
bía imaginado que hiciera. Abrió la puerta en presencia del hombre,
el cual, desilusionado porque la escasez de esclavos iba en aumento,
se lamentó de haber hecho en vano aquel viaje, y habló insolente-
mente a mi padre. Cuando el hombre se fue, sentí que un frío sudor
me humedecía las palmas de las manos.
-Vete, madre -dije-. Debo hablar a solas con mi padre.
Creo que no había adivinado nada.
-¡Oh! ¡Alexias! -se lamentó.
Entonces la sangre me calentó el corazón, y el coraje volvió a mi.
-Vete, madre -repetí-. Será mejor que hablemos a solas.
Ella me miró una vez más, y después se fue.
Cuando mi padre entró, colgó de nuevo en el clavo la llave del
almacén. Luego, sin hablar, se volvió hacia mí. Afronté su mirada y
dije:
-Si, señor, el responsable soy yo. Anoche fui a decirle buenas
noches a Sostias, y por lo visto me mostré descuidado.
La piel de su cara pareció hacerse más apagada, y sus ojos se re-
dondearon.
- ¡Descuidado! Perro descarado, lo que has hecho tendrás que
pagarlo.
-Esa es mi intención, señor -repuse.
Y deposité sobre la mesa el dinero que tenía ya dispuesto.
-Dada su edad, y teniendo en cuenta que a no ser por mí esta
mañana lo hubieras encontrado ahorcado, creo que treinta es sufi-
ciente.
Miró la plata, y después gritó:
- ¿Te atreves a ofrecerme mi propio dinero? Ha llegado el mo-
mento de que dejes de jugar al amo aquí.
-Este dinero me lo ha dado la Ciudad por haber corrido en el
istmo -repliqué- - Llámalo un don a los dioses.
Permaneció silencioso durante un momento, y luego asestó un
manotazo a las monedas, en forma tal que parte de ellas rodaron so-
bre las losas del suelo. Los dos quedamos huraños, mirándonos fija-
mente a los ojos.
Contuvo el aliento. Por la expresión de sus ojos, supuse que iba a
levantar la mano, e incluso a maldecirme, pues parecía fuera de si.
Pero, en lugar de ello, se mantuvo completamente inmóvil. Durante
esa pausa fue como si el temor hubiera tenido una mano para ti-
rarme del cabello; sin embargo, la faz del miedo permaneció oculta.
-Antes de que cumplieras la mayoría de edad, tu tío Estrimón
se ofreció a tu madrastra para proteger esta casa -dijo-. ¿Por qué
te opusiste tú?
Hasta entonces nunca la había llamado mi madrastra. Aquello
produjo en mi un irrazonable estremecimiento, de modo que debí
de quedar muy pálido. Vi sus ojos fijos en mi cara. Después, recor-
dando las calamidades que le había ahorrado a su regreso al hogar,
me enfurecí y repliqué:
-Porque pensé que era demasiado pronto para darte por
muerto.
Estaba a punto de continuar, pero antes de que me fuera posible
abrir de nuevo la boca, avanzó hacia mí la cabeza como un loco, y
gntó:
1Demasiado pronto! ¡Vosotros dos lo habíais hecho demasiado
pronto!
Quedé mirándole con fijeza, mientras el significado de sus pala-
bras llamaba a las puertas de mi mente, mientras mi alma intentaba
cerrarlas contra ellas. En aquel momento de pausa se oyó un ruido
debajo de la mesa. Mi padre se volvió bruscamente y se agachó. Se
oyó un fuerte grito cuando sacó a rastras a la pequeña Charis. Debía
estar jugando cuando nosotros entramos, y se había arrastrado para
ocultarse. Él la sacudió, y le preguntó quién le había enseñado a es-
cuchar las conversaciones de los demás, como si ella hubiera podido
comprender una palabra de lo que habíamos dicho. Aterrorizada, la
niña se debatió en sus manos, y al yerme gritó:
-¡Lala! ¡Lala!
E hizo grandes esfuerzos para venir hacia mi.
-Déjala, padre -dije-. La asustas. Déjala.
La soltó con un súbito empujón, en forma que cayó a mis pies.
La cogí e intenté calmarla, mientras ella sollozaba y se lamentaba.
-Tómala -dijo él-, puesto que la reclamas.
La chiquilla lloraba contra mi oído, y no pude creer que le hu-
biera oído correctamente. Habiendo avanzado a grandes zancadas,
nos cogió a los dos por el cuello y mantuvo juntas nuestras caras.
Sus labios mostraron los dientes cerrados, como hacen los perros.
-Para tener tres años, es muy pequeña -dijo.
He visto males en el mundo, y sé lo que es el horror, como cual-
quier hombre obligado a vivir en una época como aquélla. Pero ja-
más he vivido un momento semejante. Hasta entonces, la cabeza de
la Gorgona no había sido para mí sino un cuento infantil. Sentí que
toda la sangre se paralizaba en mi corazón y que los miembros se me
quedaban fríos. Pareció como si una voz de locura hablara en mí, di-
ciéndome: «Destrúyelo, y esto cesará». A no ser por la chiquilla, no
sé qué maldad hubiera podido llegar a cometer. Inspirada por un
dios, Charis no dejó que me olvidara de ella, sino que apoyó contra
mi cuello su húmeda y cálida cara, mientras se agarraba a mi cabe-
lo. Le pasé la mano por el cuerpo para calmarla, y con ello conseguí
parcialmente volver en mi.
- Señor - dije-, has sufrido muchas penalidades, y creo que es-
tás enfermo. Debes descansar, de forma que te dejaré.
Salí al patio con mi hermana en brazos. Alli permanecí inmóvil,
mirando delante de mí. Me pareció que si no me movía, me conver-
tiría en una piedra y el olvido caeria sobre mí. Pero aquel sueño no
me estaba permitido. La niña lo rompió hablándome al oído. Me de-
cia que deseaba ir con su madre.
Me incliné para ponerla en el suelo. Habiendo llamado a la
criada Cidila, que entonces pasaba por allí, le dije que entrara en
la casa a la niña y la llevara junto a su madre. Pues tenía derecho a
lo que era suyo. Después salí a la calle.
Al principio, si tuve algún claro pensamiento, sólo fue descubrir
un lugar donde pudiera tranquilizarme. Pero a medida que, bus-
cando en vano ese lugar, fui caminando a través de la Ciudad, el mo-
vimiento en si mismo se hizo necesario para mi, y comencé a caxni-
nar cada vez más de prisa. Era como un hombre tratando de dejar
atrás su sombra. Luego, cruzando la puerta Acarniana, salí de la Ciu-
dad. Entonces, como la necesidad de moverme me acosaba con ur-
gencia, me ceñí el manto y comencé a correr.
Corrí a lo largo del llano que había entre la Ciudad y Parnas. No
corrí muy de prisa, pues en mi interior sabía que no debía ir dema-
siado lejos, y mi entrenamiento obraba por si mismo, sin que yo me
diera cuenta de ello. Los altos muros de Parnas se alzaron ante mí
pálidos a causa de la sequía estival: hierba agostada, oscuros chapa-
rros y rocas grises, destacándose contra un cielo de un color zafiro
oscuro. Alcancé el pie de las laderas y corrí entre los olivares, donde
-las amapolas parecían esparcir gotas de sangre en los rastrojos de
cebada. Finalmente, al oir debajo de mi el rumor de un riachuelo
que coma por una barranca, sentí sed, y me deslicé a través de las
rocas para bajar a beber. Después del calor que reinaba en el ca-
mino, allí había sombra, y el agua era fría y fresca. Me demoré allí, a
pesar de saber que debiera haberme apresurado a emprender la ma-
cha. Pero así comprendí que había estado huyendo de una locura,
pues allí volvió a alcanzarme.
La forma de mi locura consistía en que me sentía culpable
del pecado del cual había sido acusado. Por lo menos en mi alma.
Aferrado por el terror que me produjo este pensamiento, abandoné
el riachuelo, trepé entre las rocas y comencé a correr por la mon-
taña. Todo sentido se había desvanecido en mi. A veces mi mente se
recuperaba en parte; pero me era imposible retener realmente el
juicio. ¿Quién hubiera podido dudar que aquello era condenación
de la impiedad cometida al destruir la carta de mi padre y desobede-
cer su orden? Pues no podía ver lo que cualquier hombre en su jui-
cio cabal debiera haber visto: que hallándose fuera de si mismo ha-
bía cometido un absurdo que sin duda había advertido ya: que una
docena de conocidos nuestros podían testimoniar respecto de la fe-
cha en que nació Charis, que el mismo Estrimón, que aunque maligno
no era un villano, hubiera testificado en mi favor. No sabia hacer otra
cosa sino sentirme maldecido por el cielo y entre los hombres. No
cesé de correr, ascendiendo cada vez más en la áspera región sobre
las granjas. Ascendía y corría hacia donde no había espacio alguno
para correr. Mis piernas estaban destrozadas por los brezos y los cha-
parros, y mis pies se hallaban lacerados a causa de las piedras. Un es-
cuadrón de espartanos me avistó; pero me tomaron por un esclavo
fugitivo que se dirigía a Megara, y siguieron cabalgando.
Por último llegué a las cumbres, donde no se veía otra cosa smo
reseca tierra pedregosa y profundos barrancos, y, a lo lejos, rocas
que se estremecían bajo el calor. No tenía hambre. Algunas veces
sentía sed, pero no me hallaba dispuesto a detenerme para saciarla,
pues me sabia perseguido. Y empecé a mirar en torno a mí para ver
lo que me perseguía, para sorprenderlo. La montaña calcinada por
el sol tenía el color de la piel de un lobo, y una vez me pareció ver
moverse a uno. Pero era el viento jugando con un matorral. No eran
lobos los que me perseguían.
El sol brillaba con gran claridad, pero desde el mediodía, el
viento empujó a través del cielo pequeñas y oscuras nubes, cuyas
sombras se cernían sobre mí y se precipitaban como cuervos por las
laderas de las montañas. Al principio, cuando descubrí lo que me se-
guía, me pareció que se trataba tan sólo de una de aquellas nubes
que venia tras de mí. Entonces había corrido ya mucho bajo el calor
del verano y subido a gran altura, por cuyo motivo respiraba ruido-
samente, las piernas comenzaban a fallarme, y mi lengua estaba tan
seca como una sandalia polvorienta. Ante mí vi el agua de un ma-
nantial y, echándome al suelo, bebí como lo hacen las bestias. Mien-
tras yacía allí, sentí el frío que corría delante de la nube, y al alzar la
vista las vi.
No estaban en la nube, sino en la sombra de la nube, corriendo
hacia mí sobre las matas y los guijarros. Sus caras y sus pies eran
azules como la noche; sus prendas carecían de sustancia, de forma
tal que algunas veces mostraban sus oscuros miembros, y otras, la
tierra que había detrás de ellas. Lanzando un grito de horror, me le-
vanté y de nuevo emprendí la huida. Entonces supe que lo que ha-
bía tomado por el ruido de mi fatigosa respiración había sido el sil-
bido de las serpientes que se enroscaban y erguían en su cabello.
Mientras corría, no cesaba de orar, pero mis ruegos se desplomaban
como flechas que han perdido el impulso, y supe que había sido
dado a ellas por mi pecado, como Orestes, y que ningún dios ven-
dría a salvarme. A pesar de todo seguí seguí corriendo, como el lobo
perseguido que corre, no impulsado por la esperanza o el pensa-
miento, sino porque está hecho así.
No sé durante cuánto tiempo corrí. Cuando empezaron a ganar
terreno sobre mí, oi sus voces, semejantes a los gritos de una jauría,
algunas profundas, otras fuertes. Las serpientes silbaban, oscilando
atrás y adelante. Luego, mientras corría por la ladera abajo, oi a una
gritar:
- ¡Ahora!
Y vino hacia mí. Salté hacia adelante, y como mis pies no se
asentaron bien en el suelo, rodé por la ladera abajo. Creí que perde-
ría el conocimiento, pero muy a tiempo un terreno llano me detuvo
en mi caída. Me levanté, preguntándome en qué podría apoyarme,
pues pensé que me había roto todos los huesos. Permanecí allí tam-
baleándome. Detrás de mí la ladera estaba oscura, y delante había
algo pálido, sobre lo cual brillaba el sol cerca ya de su ocaso. No po-
día ya ver a aquellas a las que es mejor llamar siempre las Honradas.
Pero sentí que me estaba muriendo; y por eso, cuando me di cuenta
de que lo que se alzaba ante mí era el templo de un dios, eché a an-
dar hasta alcanzar las gradas del recinto. Entonces mis ojos se oscu-
recieron, y me desplomé.
Recobré el sentido al notar agua sobre la cara, y junto a mí vi a
un anciano. En su blanco cabello llevaba una corona de laurel; y,
cuando me sentí del todo despejado, me di cuenta de que era el sa-
cerdote del templo. Al principio no fue posible hablarle; pero él me
dio a beber agua mezclada con vino, y un instante después logré
sentarme y devolverle el saludo. Miré sobre mi hombro hacia el lu-
gar por donde había venido, pero las Honradas se habían alejado
de mí.
Él me vio mirar y dijo:
-Has corrido mucho. Tus ropas están desgarradas, y tú estás
contusionado, ensangrentado y sucio de lodo. ¿Has vertido sangre y
vienes aquí a buscar refugio? Si es así, ven conmigo y penetra en el
santo recinto, pues Apolo no puede protegerte aquí afuera.
Se inclinó para ayudarme a levantarme. Sus manos eran viejas,
pero secas y cálidas, y parecían tener una virtud curativa.
Yo contesté:
-No he vertido sangre alguna. Mejor sería que hubiera vertido
la mía, pues mis ojos han visto mi corazón, y su luz se ha converti-
do en oscuridad para siempre.
-En el corazón de cada hombre hay un laberinto -dijo él-. Y a
cada uno le llega el día de alcanzar el centro, para enfrentarse con el
Minotauro. Pero ¿no has profanado nada sagrado a un dios, o has
matado a un semejante, o has cometido incesto?
Me estremecí, y contesté:
- No.
- Entonces, ven - repuso, ayudándome a ponerme en pie.
Si no hubiera sido tan fuerte a pesar de sus años, no habría po-
dido hacerme salvar el pequeño trecho hasta su casa, pues las rodi-
llas se me doblaban al caminar, y, a no ser por sus brazos, me habría
desplomado al suelo. Su esposa, anciana también, apareció ante mí,
y le ayudó a acostarme en un lecho. Me dieron sopa y me quitaron
mis prendas, tras lo cual me lavaron, limpiaron con vino y acei-
te mis heridas y me cubrieron con un manto. Para mí fue como ser
otra vez niíXo en casa de mi abuela. Por último él me dio leche cua-
jada, caliente y especiada. Tan pronto como mis heridas cesaron de
escocerme a causa del vino, me quedé dormido.
Dormí toda la tarde y toda la noche, y casi hasta el mediodía.
Entonces me cubrí con el manto que ellos habían puesto sobre mí, y
salí afuera. Me sentía cansado y dolorido. Mis miembros se movían
pesadamente, pero se hallaban más firmes. El templo se alzaba
junto a una falla de la montaña, y sobre él había un escarpado
collado en el que crecían pinos. Podía verse una gran extensión'
barranca abajo, hacia el llano y el mar. Era la clase de lugar grato a
Apolo. Pero la hermosura de la mañana era extraña para mi, y vi
que sólo era buena para otros hombres.
El sacerdote, al ver que me había levantado, salió del pequeño
templo, construido con piedras de tono plateado. De nuevo me
llevó a la casa, y puso ante mí comida, sin hacerme la menor pre-
gunta. Se limitó a contarme cómo había sido fundado el templo por
una persona a quien el dios se le había aparecido en aquel lugar.
Cuando hube acabado de comer, me preguntó si me gustaría ver el
santuario.
-La imagen del dios es muy hermosa -dijo- - Aunque éste es
un lugar al que resulta muy dificil llegar, la gente viene a verlo desde
muy lejos, porque han oído hablar de él. La imagen no es tan vieja
como el templo. En realidad, yo estuve aquí cuando fue consagrado.
Lo construyó Fidias, el estatuario de Atenas.
Por cortesía accedí a ir con él, con mis alabanzas dispuestas ya a
causa de su amabilidad, pues lo cierto era que en aquellos momen-
tos no me atraía nada. Sin embargo, cuando vila estatua comprobé
que había sido demasiado frío en su loa. El dios se hallaba represen-
tado como un glorioso joven de diecinueve o veinte años, con un
rostro de extremada nobleza en el que se mezclaban la gracia y el
poder. Una clámide azul le colgaba de los hombros, y en la mano iz-
quierda sostenía la lira.
Mientras permanecía mirándolo, durante un instante me olvidé
incluso de quién me había traído allí.
- Admiras como asombrado la imagen - observó el sacerdote -
que ciertamente no es tan conocida como debiera serlo. Pero lo
mismo les ocurre a aquellos que vienen llenos de expectación. Estoy
seguro de que te han dicho que después que Fidias alcanzó en su
arte la plena perfección, ya no trabajó más con modelos vivos. Espe-
raba siempre a que los dioses le dieran su inspiración. Pero cuando
se hallaba cincelando esta imagen, había cierto joven de una hermo-
sura casi divina a quien le pedía algunas veces que, como un servicio
al dios, viniera a posar para él. Después, cuando el joven se mar-
chaba, meditaba, oraba a Apolo, y luego se ponía a trabajar.
Miré otra vez, y pensé que Fidias y el joven debieron ser visita-
dos por alguna visión, pues parecía que aquélla y no otra era la ver-
dadera forma y cara del dios. Le pregunté si sabía quién había po-
sado para la imagen.
-Desde luego -contestó él-. Es de público conocimiento, y
aunque tú eres joven, seguramente habrás oído hablar del hombre,
pues tan sólo han transcurrido unos pocos años desde que su nom-
bre se hallaba en boca de todo el mundo. Miron, hijo de Fiocles, a
quien llaman ((el Hermoso)).
Mi mente quedó silenciosa, como copos de nieve cayendo en un
aire aquietado. Permanecí allí, contemplando la imagen. Después,
de la misma manera que el blancor del invierno baja por la lade-
ra de la montaña y acaba convirtiéndose en agua, me abrumó tan
grande pena por todos los hombres mortales, que mi cuerpo apenas
pudo resistirla. No me importaba que el sacerdote se encontrara
junto a mi; pero cuando luego recordé que me hallaba también en
presencia del dios, levanté el brazo, me cubrí la cara con el manto y
lloré.
Al cabo de un rato, el sacerdote me tocó en el hombro y me pre-
guntó por qué lloraba. Pero no supe qué contestarle.
- Has empezado a llorar cuando te he dicho el nombre del mu-
chacho -repuso- - ¿Acaso ha muerto, o ha caído en una batalla?
Sacudí la cabeza, pero no pude hablar. Él hizo una pausa, y des-
pués se expresó así:
-Hijo mío, yo soy viejo, y sé que me queda ya poco tiempo de
vida; pero no temo la muerte como un mal, de la misma manera
que uno no teme el sueño después de haber estado todo el 'día traba-
jando. Ruega convenientemente que en cada época de tu vida tus
deseos puedan cumplirse, y no temas. La vejez no vendrá a ti, sino
a otro a quien los dioses tendrán dispuesto para ese trance. Y en
cuanto al joven por el cual te apenas, es afortunado, porque su her-
mosura se ha convertido en la morada de un dios, y él sigue vi-
viendo en este templo.
Incliné la cabeza, honrando su sabiduría, que, sin embargo, no
logró disipar mi pena, e incluso hoy, a pesar de haber leído muchos
libros, no he hallado palabras para definirla.
Permanecí allí descansando todo aquel día, el siguiente, y la no-
che del otro, pues me mostraba lento en recuperar las fuerzas. La úl-
tima tarde, cuando la lámpara fue encendida y la anciana se dispuso
a preparar la cena, le conté de qué había sido acusado y le dije que
no sabia a dónde ir. Él me contestó que debía regresar a casa y
que el dios protegería mi inocencia. Después, viendo que se me ve-
laba la mirada, añadió:
-Un hombre emprende un largo viaje y deja su dinero a cargo
de un amigo. Al regresar, recupera todo cuanto al otro le había con-
fiado, y se siente satisfecho. Si se descubriera que el amigo, mientras
se encontraba aún el dinero en la casa, había sufrido necesidad, ¿se-
ría honrado más o menos por los hombres?
-No es lo mismo -repliqué yo.
-Para los dioses, es lo mismo. Cree en tu propio honor, y los
hombres lo harán así también.
Así, al amanecer del día siguiente, emprendí la marcha hacia la
Ciudad. Aunque había un buen trecho, no tuve que recorrer tanto
camino como a la venida, pues había estado errando de un lado
para otro en la montaña. Uegué al atardecer, poco antes de que hu-
bieran sido encendidas las lámparas. La esposa del sacerdote había
cuidado de reparar los rasgones de mi manto y lo había lavado, de
modo que yo no ofrecía mal aspecto, aun cuando tuviera algunas
contusiones a causa de la caída. Cuando entré en el patio, vi que la
lámpara comenzaba a arder. Esperé afuera durante unos instantes;
pero los perros me conocieron, y salieron haciendo gran mido, de
modo que tuve que entrar.
Mi padre se hallaba sentado a la mesa, leyendo. En el momento
en que él levantaba los ojos, mi madrastra salió de la cocina. Le
miró a él, no a mí, y aguardó. Él dijo:
-Entra, Alexias. La cena está casi lista, pero supongo que tienes
tiempo para darte primero un baño. - Después, volviéndose hacia
ella, preguntó: - ¿Tiene tiempo?
-Sí -contestó-, si no tarda mucho.
-Date prisa, pues; pero mientras vas al baño, dale las buenas no-
ches a tu hermana. No ha dejado de preguntar por ti.
Nos sentamos a cenar, y charlamos de asuntos referentes a la
Ciudad. De- lo que había sucedido no volvimos a hablar nunca mas.
Lo que él le dijo a mi madrastra mientras yo permanecí ausente, o
lo que ella le dijo a él, no lo he sabido nunca. Pero cuando pasó el
tiempo, vi que se había producido un cambio. Algunas veces le oía a
ella decirle: ((La tarde será fría; tu capa no es bastante gruesa», o:
«No dejes que te den la comida especiada que te mantuvo despierto
la última vez». Él solia contestar: «¿Qué más da?», o: «¡Bien, bien!)),
pero la obedecía. Jamás me había dado cuenta de que la trataba
siempre corno a una niña, y sólo me percaté de ello al ver que la ti-a-
taba como a una mujer.
Nunca supe cómo llegaron las cosas a este punto, ni creo que de-
seara saberlo. Ya era bastante con que nada volviera a ser otra vez 19
como antes.
Durante el tiempo que siguió, estuve mucho en la Ciudad, y poco en
casa- Dentro de mí había un gran vacío. Me alegraba tener compa-
ñía, y no siempre esperaba a buscar la mejor.
No podía hablar con nadie de lo que había sucedido, ni siquiera
con Lisias. Pero algo le habría dado a conocer, si él no me hubiese
preguntado~ furioso, dónde había estado y no me hubiera repro-
chado mi marcha sin advertirle. A pesar de que esto era muy natu-
ral, como no me había encontrado aun a mí mismo, sentía que me
había fallado cuando más lo necesitaba, y por ello brevemente le
dije que había estado cazando.
-¿Solo? -inquirió.
Le contesté que sí. Teniendo en cuenta que le había mentido, no
debiera haberme sentido herido por su incredulidad; pero la consi-
deré una injuria.
Después de eso, aunque entonces lo necesitaba más que nunca,
de inconsiderado llegué a convertirme en grosero. Luego volvía a su
lado, como si eso supusiera reparar lo hecho, como si tratase con un
hombre sin orgullo. Ante su primera manifestación de frialdad yo
estallaba, y todo comenzaba de nuevo. A veces nos reconciliábamos,
pero era como la nublada alegría de la fiebre. Al partir me pregun-
taba con forzada despreocupación qué me proponía hacer al día si-
guiente y a quién iba a ver. Yo reía, y no le daba la más mínima res-
puesta. Después, a solas en la noche, hubiera dado cualquier cosa
por haberme separado de él amistosamente. Un día, discutiendo so-
bre este asunto, le dije que a la mañana siguiente iría de caza.
Cuando las estrellas comenzaban a desvanecerse, oí ruidos de
cascos de caballo en la calle solitaria. Después las guarniciones en
forma de hoz de los venablos de Lisias se destacaron contra el cielo.
Corrí hacia el lugar donde se encontraba con sus tres perros esparta-
nos. Detrás de él, a lomos de una mula, un ilota transportaba las es-
tacas y las redes, en las cuales yo ni siquiera me había detenido a
pensar.
Me miró ceñudamente, para ver cómo reaccionaba ante el he-
cho de que me hubiera tomado la palabra. Puesto que ése era su
propósito, le saludé alegremente, y le di las gracias por haber
traído las redes, como si yo hubiera contado con ello. Entonces
pensé que, sin duda alguna, renunciaría a la empresa; pero me pre-
guntó qué perros iba a llevar. Silbé llamando a un enorme melino
y dos castorinos, los cuales componían una absurda jauría. Enar-
cando las cejas, Lisias los contempló. Entonces el melino empezó a
luchar con uno de los perros de Lisias, cosa que ya había ocurrido
en otras ocasiones. Los dos saltamos para apartarlos, y pensé que
eso había roto el belo. Pero él seguía aún glacial. De modo que
dije:
-Bien, vamos.
Cabalgamos hacia Pentélico, donde ese año había gran abun-
dancia de jabalíes, pues las partidas de caza se habían reducido
mucho a causa de la guerra. Era una hermosa y fresca mañana, y
la brisa soplaba del mar. Desde la cumbre del monte pudimos ver
claramente Dekeleia, y media docena de lugares donde ambos ha-
bíamos luchado codo a codo. No pude dejar de señalarlos, di-
ciendo:
- ¿Recuerdas?
En mi naturaleza está encenderme con facilidad, pero mis cóle-
ras duran poco tiempo. Lisias tardaba en enfurecerse, pero cuando
su cólera se había producido, le duraba mucho. Me contestó con
aspereza, y señalándome un repliegue de la montaña cubierto de
árboles, me dijo que probaríamos allí.
En nuestro camino nos encontramos a un muchacho de una
granja con algunas cabras, y le pregunté si había jabalíes en el
bosque.
-Si -contestó-. Hay uno muy grande. Ha expulsado a otro
jabalí que vivía por aquí cerca. Ayer mismo lo oí hocicar.
Cuando el muchacho se hubo alejado, Lisias se volvió hacia mí.
Por sus ojos pude ver que pensaba que las cosas habían ido dema-
siado lejos. Pero no se mostraba dispuesto a hablar, y yo estaba fu-
rioso a mi vez, porque él había reaccionado con frialdad ante mis
signos de paz. De forma que le dije:
-¿Crees que me voy a volver atrás, para que tú puedas echár-
melo siempre en cara? Si has venido para eso, lo has hecho en vano.
-Ahorra tu energía para lo que nos espera, Alexias -replicó
friamente.
Desmontamos en silencio y nos sentamos para desayunar, cada
uno con su propia comida y sus perros alrededor de él. No nos ha-
blamos. Después, alzando la vista, dijo:
-Puesto que vamos a hacer un trabajo de hombres, ¿quieres que
lo hagamos como hombres y no como niños?
Breve y claramente me dijo lo que debíamos hacer, como si estu-
viera dando órdenes en el campo de batalla. Después atrailló al po-
denco que empleaba para el rastreo, y dejando al cuidado del ilota
los otros perros y los caballos, emprendió la marcha hacia la es-
pesura.
Después de la luminosidad del día, allí adentro parecía reinar la
oscuridad. El sol penetraba a través de los árboles en redondas mo-
nedas de oro, y la negra y húmeda tierra olla a hojas de roble podri-
das. Pronto comenzamos a encontrar excrementos de jabalí y hue-
llas. Parecían muy grandes. Eché una rápida ojeada a la cara de
Lisias, la cual no me dijo nada, pues ofrecía el mismo aspecto que en
la guerra.
Al cabo de un instante llegamos a un roble cuya corteza había
sido desgarrada por los colmillos del jabalí. El perro tiró del brazo
de Lisias, los pelos se le erizaron a lo largo del lomo, y gruñó. Ante
nosotros había un oscuro refugio, del cual salían huellas.
-Este es su cubil. Pondremos las redes aquí -dijo Lisias.
Nos llevamos al perro y lo atamos junto con los otros, después
de lo cual colocamos las redes ante el cubil, fijándolas a fuertes esta-
cas y a los troncos de los árboles. Un poco más atrás había un escar-
pado peñasco, y sobre él, donde pudiera estar a salvo, situamos al
ilota con un montón de piedras para impedir que el jabalí fuese por
donde no debía ir. Luego cogimos los venablos.
-Permanece dispuesto, y no apartes ni un momento los ojos del
cubil. Los jabalíes son rápidos -observó Lisias.
Fuimos a buscar los perros, los cuales se mostraban muy clamo-
rosos ya ante el odiado olor, y los introdujimos en la espesura. Lisias
se colocó a la derecha de las redes, yo a la izquierda. En una cacería
normal habría habido cuatro o cinco hombres en cada uno de esos
sitios, todos ellos con venablos, y otros un poco más atrás con jabali-
nas para arrojarlas llegado el momento. Con objeto de remediar un
poco esta deficiencia, nos acercamos más. A una señal nuestra, el
ilota comenzó a gritar y arrojar piedras. Entonces, entre dos negras
matas, vi al jabalí.
Pensé: ((No es tan grande después de todo». Los perros ladraban
alrededor de él, y él permanecía con la cabeza baja; los colmillos se
destacaban, amarillos, contra su negro y peludo hocico. Sus ojillos
parecían redondos, y vi en seguida que no iba a arremeter ciega-
mente contra la red. Era un animal viejo, muy astuto. Lisias y yo
continuamos en nuestros sitios, con los venablos que se movían
adelante y atrás, aferrados en la mano derecha y guiados con la
izquierda. Entonces Flegón, el perro más grande de Lisias, entró
corriendo en el cubil. La cabeza del jabalí se movió una vez, y Flegón
voló pataleando por el aire, cayó al suelo y quedó allí quieto.
Cuando lo vi morir, volví en mí. Los perros de Lisias eran mejores
que los míos; ellos llevarían a cabo su trabajo, y él lo sabía. De for-
ma que le grité al jabalí para hacerlo mirar, y avancé hacia él. Tam-
bién Lisias gritó al instante, más fuerte que yo. Pero el jabalí me ha-
bía visto a mí primero. Antes de que pudiera pensar «Aquí viene»,
estaba clavado en mi venablo.
Hasta entonces jamás había sabido lo que significaba la fuerza.
Con sus rojos ojos llameando arremetió contra mí, chillando y piso-
teándolo todo, intentando arrancarse el venablo para alcanzarme.
Su peso se dejaba sentir más que el mío. Cerré los dientes e hice
fuerza sobre el venablo. Durante unos momentos, que me parecie-
ron horas, pude ver a lo largo del venablo sus colmillos y su arru-
gado hocico. Después, rápido como un relámpago, renunció, y se
apartó a un lado. El venablo pareció convertirse en una cosa viva, y
abandonó mis manos.
Sentí un gran asombro, durante el cual todo permaneció quieto,
en forma tal que pareció como si de nuevo pudiera recobrar con fa-
cilidad el venablo. Muy a tiempo oi la voz de Lisias, que gritaba:
- ¡Al suelo! ¡Échate al suelo!
Acostumbrado a obedecerle en la lucha, me dejé caer al suelo
ciegamente. Después recordé por qué, y aferré las raíces y la vegeta-
ción que crecían debajo de mí, con objeto de pegarme a la tierra.
Los colmillos de un jabalí se curvan hacia arriba, y tiene que bajarlos
antes de poder herir.
Mis dedos se hundieron en la tierra y mis dientes se clavaron en
amargos tallos y hojas. Sentí el hocico del jabalí empujar mi cos-
tado, y oh su cálido aliento. Muy próximo a mí, Lisias gritó. El jabalí
se había ido. Permanecí tumbado en el suelo sin saber lo que hacía,
y después miré a mi alrededor. Lisias forcejeaba con el jabalí en una
lucha en la que le iba la vida. El animal se debatía como un demo-
nio, arrastrándole de un lado para otro en el enmarañado terreno
'donde los pies tropezaban con innumerables obstáculos. Mi mente
se encontraba entonces muy clara. Pensé: «Si cae, lo habré matado
yo. Pero no viviré para llevar esa culpa en el corazón)).
Mi venablo aún pendía de la espaldilla del jabalí. De un salto me
puse en pie, lo arranqué, y cuando el animal se volvió hacia mí se lo
clavé en un lugar más bajo, en la base del cuello. Un gran chorro de
sangre cayó sobre mis brazos, y oi el jadeo de Lisias cuando los dos
nos esforzamos juntos. Entonces el jabalí se desplomó y quedó
quieto, como un peñasco después de haber rodado por la ladera de
un collado. Su boca se abrió, gruñó, y quedó muerto.
Lisias apoyó sobre él el pie, arrancó el venablo y lo hundió en la
tierra. Yo hice otro tanto. Ambos permanecimos mirándonos el uno
al otro. Al cabo de un rato se acercó a mí y me tomó por los hom-
bros. Lo primero que dijo no puede ser relatado. Después fuimos a
examinar al perro que había muerto. Yacía bravamente, con los
dientes dispuestos aún para dar batalla, y el cuello roto por la herida
que le había inferido la fiera.
-Pobre Flegón -dijo Lisias-. Es el sacrificio de nuestro orgullo.
Que los dioses lo acepten y se apaciguen.
Después llamamos al ilota para que abandonara su refugio. Se
hallaba muy agitado, creo que por haber pensado que, cuando no-
sotros dos estuviéramos muertos, el jabalí se sentaría allí para ase-
diarlo. Sintiéndonos más animados, nos reimos de sus temores.
Luego abrimos en canal al jabalí, le cortamos la porción destinada a
los dioses e hicimos un sacrificio a Artemisa y Apolo. Después man-
damos los despojos a casa con la mula y el esclavo.
Toda aquella tarde la pasamos sentados en la ladera del collado,
en un desnivel junto a un manantial. Debajo de nosotros, la azul ba-
hía de Maratón bañaba con sus aguas las playas. Más allá se destaca-.
ban claramente los cerros de Eubea llenos de vides. Cuando nos hu-
bimos pedido mutuamente perdón y apenas nos era posible creer
ya en nuestro anterior desacuerdo, le expliqué en parte por qué me
había ido a la montaña, diciéndole que mi padre me había acusado
de una impiedad demasiado vergonzosa para que yo la nombrara.

Me miró con fijeza durante un momento. Luego contuvo con fuerza
el aliento, me tomó la mano y no dijo nada. Después de eso se mos-
tró tan bueno conmigo, que cualquiera hubiera podido creer que yo
había hecho algo maravilloso, en lugar de haber expuesto su vida.
El azul del mar se hizo oscuro, y la luz, más profunda y dorada.
Las sombras descendían por las laderas de la parte este. Le dije a
Lisias:
- El día de hoy no se ha ido de nosotros como esas jornadas va-
cías. Están equivocados quienes dicen que sólo la desgracia pro-
longa el tiempo.
-Si -asintió él-. El día está acabando, y, sin embargo, es aún
demasiado pronto.
-¿Crees que al final de la vida es lo mismo?
- Supongo que no vive ningún hombre que no se haya dicho en
su corazón: «Dame esto, o eso, y podré irme contento>).
- ¿Qué pides tú, Lisias?
- Unos días una cosa, y otros, otra. Cuando Sófocles fue mayor,
solía decir que la fuga del amor era como la de un ilota de un amo
tirano.
-¿Cuántos años tiene?
- Unos ochenta. Tendremos que llamar a los perros. Se han es-
parcido sobre el collado.
- ¿Es preciso que regresemos a la Ciudad? Tenemos bastante
carne aquí. Aderecémosla, y quedémonos en los collados. Entonces
el día durará tanto como nosotros queramos.
-Mira qué cerca parece estar Eubea -dijo-. Esta noche lloverá.
Entonces, como yo había esperado que haría, me pidió que ce-
nara con él en su casa.
Al llegar a la Ciudad, fui a mi casa para dejar mis ayos de caza y
asearme. Me peiné el cabello, y me puse mi mejor manto y las san-
dalias adornadas. Cuando llegué a su casa, comprobé que había he-
cho otro tanto. Poco después de que hubiéramos comenzado a ce-
nar, la lluvia de verano empezó a caer sobre la Ciudad. Repiqueteó
sobre la terraza cubierta de enredaderas, y tamborileó en el tejado.
El aire se hizo suave y se llenó de olor a polvo reseco, hojas humede-
cidas y flores de los terrenos del mercado, un poco más allá. Obser-
vamos que podíamos oír beber hasta saciarse a los collados de los
cuales habíamos venido, y juntos elevamos nuestras copas. Cuan-
do el ilota que nos había servido salió, dispusimos la escudilla de
bronce para jugar al cotabo, e iniciamos la competición, brindando
mientras competíamos. Lisias obtuvo un mejor resultado que yo y
se rió de mí, de manera que declaré que no aceptaba el augurio,
y volví a llenar mi copa para desafiarle. Esa vez gané yo, pero él no
,pudo soportar la victoria, y así continuamos, hasta que cuantos más
esfuerzos hacía, menos conseguía. Al fin Lisias, inclinándose para
coger mi copa, dijo:
-Querido, ya has tenido bastante.
-¿Qué? -repliqué riendo y volviendo a coger la copa-. ¿Está
espesa mi lengua, o me has oído decir alguna insensatez? ¿O soy una
de esas personas que pierden su buen aspecto a la tercera copa?
-A eso merecerías que te dijera que sí.
-Bebe más tú mismo. Tú eres más alto y necesitas más para lle-
narte. Toda la tierra está bebiendo y hermoseándose; ¿por qué no
hemos de hacer nosotros lo mismo? Para sentirse como yo me
siento ahora los hombres plantan las viñas y prensan la uva. No sólo
tú, Lisias, me pareces hermoso como siempre, sino que todo el
mundo me resulta bello. ¿Para qué otra cosa nos ha sido dado
el vino por el dios?
-Déjalo así entonces -replicó-, y no lo estropees, Alexias. La
muerte viene demasiado pronto a separar a los amigos.
-Brindemos por la vida, entonces. Tú me la has dado. La luz de
esta lámpara, el aroma de las flores bajo la lluvia, el vino y las coro-
nas, y sobre todo tu compañía. Todo me lo has dado tú. ¿No quieres
que celebre tu don? Sólo necesito una cosa para sentirme el hombre
más feliz de la tierra: algo para dártelo a ti en pago. Pero ¿qué po-
dría bastar?
-Ya te había dicho que una más sería demasiado -repuso.
- Sólo bromeaba. ¿Ves? Estoy tan sobrio como tú, más sobrio
aún, diría. Dime una cosa, Lisias: ¿dónde crees que va el alma
cuando morimos?
- ¿Quién ha regresado para decirnoslo? Quizá, como Pitágoras
enseña, vuelve de nuevo al útero. Y se convierte en un filósofo si lo
hemos merecido, o en una mujer si hemos sido débiles, o en una
bestia o un pájaro si no hemos conseguido ser humanos. Sería agra-
dable creerlo así, porque eso sería justo. Pero opino que nos dormi-
mos y que no volvemos a despertarnos jamás.
Su tristeza me alcanzó a través de los vapores del vino, y me lo
reproché.
- Sócrates dice que no. Sostiene que el alma es inmortal.
-La suya tal vez lo sea. Uno no puede dudar que es de más dura
y clara materia que la de los otros hombres, y que, por tanto, es me-
nos fácil que se disperse. - Se levantó y sonrió. - O quizá los dioses
se proponen deificarlo y colocarlo como una constelación en el
cielo.
- Se reiría de eso. Y te arrastraría a ti por el polvo de la constela-
ción de Sócrates, con dos pequeñas estrellas por ojos, y cinco o seis
mayores por boca.
-O me reprobaría por haberme mostrado irrespetuoso con los
dioses.. - Uno no puede decirle todo, porque no comprende las debi-
lidades de los hombres corrientes.
-No -dije- - Tiene corazón de león. Nada le asusta, nada le
tienta. Ver lo bueno y hacerlo es una misma cosa para él.
Estuve a punto de añadir: «Pero dice que eso se logra por medio
de una práctica diaria, como la victoria en los Juegos». Entonces re-
cordé, y en lugar de hablar alcé la copa para beber.
Después dije:
-Yo diría que él sabe que es único y que no espera que los otros
sean como él es.
-No es un hombre hecho para el compromiso.
- No consigo mismo. Pero es benigno. Ha aprendido que no
debe esperar demasiado.
-Creo que fue Alcibíades quien le enseñó eso -repuso Lisias.
Abandonó su triclinio y, alejándose, quedó en pie mirando a la
terraza.
Le seguí, y permanecí junto a él.
-No te enfades conmigo esta noche, Lisias. ¿Qué te ocurre?
- Nada. Con demasiada frecuencia me he enfadado contigo sin
causa alguna. Mira, la lluvia ha cesado.
Una blanca luna había aparecido entre las nubes, y podían verse
una o dos estrellas. El aire del jardín era fresco, y detrás de nosotros
el comedor olía a flores magulladas, al humo de la lámpara y al vino
derramado.
-También yo te he provocado sin causa alguna -repuse-, o
con la misma causa. Esta noche lloverá más. ¿No lo sientes, Lisias?
-Ha sido una sequía muy larga -dijo-. Demasiado larga. Si la
tierra no bebe hondamente, tendremos grandes tormentas, y fuego
en las montañas. Bien -añadió instantes después-, si hubiéramos
hecho lo que tú querías, esta noche habríamos estado a la intempe-
rie en Pentélio.
- Supongo - repliqué - que no nos habría sido imposible encon-
trar alguna cueva lo bastante grande para guarecernos.
Una hoja cargada derramó su agua, que tamborileó sobre la en-
'redadera.
-Es tarde -dijo él-. Liamaré para que traigan una antorcha.
- ¿Tarde? Debe faltar todavía una hora para la medianoche. ¿Es-
tás tratándome como a un niño porque he perdido mi venablo?
- ¿Es que no lo comprendes? - gritó.
Al cabo de un instante, en voz muy baja añadió:
- He visto cómo la muerte te alcanzaba, y entonces me ha fa-
llado la filosofia.
-Te has portado muy bien con el venablo -repuse, tratando de
hacerle sonreír- - En la guerra nos hemos visto el uno al otro roza-
dos por la muerte, y por la noche nos hemos unido al canto.
- ¿Debemos cantar ahora? Cantar es fácil. Te he visto muerto, y
más allá no había nada. Sólo tarea para una cosecha incendiada, con
la primavera y el verano perdidos. Y ahora ya te lo he dicho, aunque
hasta ahora jamás había dejado que el vino me soltara la lengua.
¿Has oído suficiente? Será mejor que te vayas.
Apartándose de mí, caminó hacia el umbral de la puerta para lla-
mar al ilota. Pero yo corrí para darle alcance, y cogiéndole por el
brazo le hice volver.
La guirnalda se había deslizado sobre mi cabello mientras corría.
Elevó la mano hacia ella, y cayó detrás de mí. Pude oir a la enreda-
dera que soltaba sobre la terraza sus últimas y pesadas gotas, el
croar de una rana en la cisterna que había más allí y los latidos de
mi propio corazón.
-Aquí estoy -dije.
El invierno siguiente Lisias y yo nos hicimos a la mar, y nos dirigi-
mos a la isla de Samos.
Los dos teníamos nuestras razones para abandonar la Ciudad. El
padre de Lisias había muerto, debido a un frío cogido durante el in-
yerno; y Lisias, que durante años le había ahorrado los cuidados
que exigían una propiedad arruinada, no pudo soportar tener que
ahorrar en su tumba. Fue depositado entre los trofeos ganados en
las carreras de carros, y cuando todo hubo acabado, Lisias ya no
pudo permitirse mantener por más tiempo un caballo, a menos que
hubiera recurrido a los fondos de leva de la caballería. Pero era de-
masiado orgulloso para hacerlo.
Mi padre había recobrado sus fuerzas. Tal vez quisiera montar a
Fénix, y no quise esperar a que lo pidiera. Aquellos días él y yo cami-
nábamos suavemente, como lo hacen los hombres en una casa que
ha quedado resquebrajada a causa de un temblor de tierra.
En aquellos tiempos se reunía con varios oligarcas, quienes te-
nían fama de ser numerosos más que de sentir nostalgia del pasado.
Se reunían sin alegría, como hombres con un propósito común. A
menudo encontraba el comedor lleno de ellos, y en ocasiones así los
ilotas tenían orden de no dejar entrar a nadie. Eso ofrecía un as-
pecto que no me gustaba en absoluto, y sobre todo me desagradaba
la presencia de Critias. Si, como se decía, en la Ciudad había hom-
bres que dejarían entrar a los espartanos en el caso de que éstos le
permitieran seguir ocupando sus puestos, me parecía que aquéllos
pertenecian a esa especie. Dada mi edad, hubiera podido considerar
mi derecho a tratar de ello con mi padre, pero no hablábamos ya de
asuntos graves. Si él me hacía reproches, era sólo con relación a co-
sas triviales: por no dejari-ne crecer la barba, o por permanecer de-
masiado tiempo en la tienda de perfumes, a la que en verdad sólo
entraba cuando veía que algunos amigos míos se encontraban allí.
Después de todo, ¿para qué iba uno a la Ciudad sino para reunirse
con sus amigos y charlar? Es cierto, sin embargo, que cuando Lisias
no estaba libre, algunas veces solía pasar mi tiempo con personas
poco provechosas, en vez de optar por volverme a casa.
Lisias se inquietaba por eso, pero no se sentía con ánimos para
reprochármelo. Teníamos nuestra propia vida que vivir, y esa cues-
tión no le importaba a nadie. Pero nuestra inquietud se manifestaba
en eso también. En aquel tiempo había en nosotros cierto salva-
jismo que en ocasiones estallaba en violenta alegría, y otras en actos
de temeridad, en extravagantes travesuras en las reuniones de bebe-
dores, o en excesivo arrojo en el campo de batalla.
Sócrates nunca hablaba de ello. En verdad, no creo que para él
la causa fuera ya un secreto. El amor es en el fondo un jactancioso
que no puede ocultar el caballo robado sin dejar que la brida sea
vista. En aquellos días nadie hubiera podido ser más amable que él.
Sin hablar palabra, simplemente por estar a su lado, comprendí que
aun cuando se suponía que éramos nosotros quienes hacíamos algo
por él, era él quien, por afecto a nosotros, había pensado en darnos
parte de sus dones, y nos daba su amabilidad, como amigos que hu-
bieran sufrido una pérdida.
Nosotros lo sabíamos, pero entonces no lo sentíamos en nuestro
interior. Lo que nos había derrotado era algo que se hallaba más allá
de nosotros mismos; y aquello que había llegado después nos pare-
cía un consuelo y una alegría. Cumplíamos nuestros deberes para
con los dioses, y éramos fieles el uno al otro, ayudándonos a conser-
var nuestro respectivo honor. Sólo a partir de aquel tiempo descubrí
que las visiones de mi juventud se hacían menos frecuentes, has-
ta que comenzaron a desvanecerse y convertirse en recuerdos. Pero
se me había dicho que eso era un efecto necesario de los años.
Así estaban las cosas cuando cierta día visité a Asclepios, hijo de
Apolo.
No podía irse a Epidauros a causa de la guerra, y en verdad eso
hubiera sido darle demasiada importancia. De manera que fui al
pequeño santuario de la cueva en las rocas de la Ciudad Alta, justa-
mente debajo de las murallas. Acudí al atardecer. Unos pálidos
rayos de sol caían sobre los pilares del pórtico, pero adentro reinaba
la oscuridad, y el goteo del santo manantial sonaba de un modo
fuerte y solemne. El sacerdote tomó el pastel de miel que yo llevé
y se lo dio a la serpiente sagrada, que permanecía en su pequeño
hoyo. Se desenroscó, y lo aceptó. Entonces el sacerdote me pre-
guntó por qué había ido. Era un hombre moreno, delgado, con lar-
gos dedos. Mientras hablaba me tocó la piel, y tiró de mis párpados
para volverlos sobre los ojos.
-En los próximos Juegos Olímpicos es mi deseo participar en la
carrera masculina de largo trecho -dije.
-Entonces dale gracias al dios por tener buena salud -respon-
dió él-, y si deseas un dietario, consulta con tu entrenador. Este lu-
gar es para los enfermos.
Me disponía a irme cuando me detuvo.
-Espera -dijo-. ¿De qué se trata?
- De poca cosa - contesté - - No debiera haber molestado a
Apolo. La respiración de un corredor es de poca importancia para
él. Pero algunas veces, cuando corro la última vuelta a la pista, o
bien al final, cuando me he quedado sin aliento, siendo un dolor
como si estuvieran clavándome un cuchillo, algunas veces en el pe-
cho, y otras veces en el brazo izquierdo. En algunas ocasiones,
cuando me acomete ese dolor, la luz del sol se vuelve negra. Pero
después de la carrera se me pasa.
- ¿Cuándo comenzaste a sentirlo? - preguntó.
- Un poco en el istmo. Pero después de eso corrí un largo trecho
a campo traviesa, ascendiendo una montaña, y desde entonces in-
cluso haciendo ejercicio me viene el dolor.
-Ya veo. Entonces ve al Ágora. Saluda el Altar de los Doce, y re-
gresa aquí inmediatamente, sin detenerte a hablar con nadie.
La carrera no significó nada; pero al final el ascenso me hizo ja-
dear, y otra vez sentí un poco el dolor. El sacerdote me puso las ma-
nos en el cuello y las muñecas, y luego apoyó la cabeza contra mi pe-
cho. Su barba me cosquilleó, pero comprendía que hubiera sido
inconveniente reír. Me trajo una copa y dijo:
- Bebe esto, y duerme. Cuando despiertes, procura recordar qué
sueño te ha enviado el dios.
Tomé el amargo brebaje y después me tumbé en un jergón en el
pórtico. Había allí un hombre durmiendo en otro jergón, y lo demás
estaba vacío. Me quedé dormido en el momento en que la lámpara
fue encendida. Al despertar percibí olor a mirra, y encontré al sacer-
dote haciendo sus oraciones matinales, pues estaba a punto de ama-
necer. El otro hombre seguía durmiendo aún en su jergón. Me sen-
tía soñoliento, con la cabeza pesada, y extraño. El sacerdote pronto
se separó del altar, y me preguntó si el dios me había enviado un
sueño.
- Sí - contesté-. Uno agradable. He soñado que algo frío me to-
caba la frente, he abierto los ojos en este mismo lugar, y el dios se
me ha aparecido. Era el mismo que vemos en el templo, pero un
poco más viejo. Tenía unos treinta años, no llevaba barba y era
como un atleta. Sobre el hombro llevaba una clámide blanca, y a la
espalda su arco. Ha permanecido en pie ante mi.
-Sí -dijo el sacerdote-. ¿Y después?
- Después - contesté-, el dios me ha tendido una corona de
olivo con las cintas de Olimpia.
El sacerdote asintió con la cabeza, y se acarició la barba.
- ¿Con qué mano la tenía cogida el dios? ¿Con la izquierda o con
la derecha?
Entonces recordé, y respondí:
-Con ninguna de las dos. Ha sacado de su aljaba una flecha, so-
bre la punta de la flecha ha colgado la corona, y así me la ha
ofrecido.
-Espera -dijo él.
Echó incienso en el altar, y miró a través del humo. El agua sa-
grada caía en el hueco de la roca, y los resecos anillos de la serpiente
se agitaban en el hoyo de arena. La mañana era nublosa y algo fría.
El sacerdote volvió junto a mí, con la guirnalda en la cabeza.
-Esto es lo que dice Apolo. (<Hijo de Miron, hasta ahora he sido
amigo tuyo. Ni siquiera el olivo de Olimpia te rehusaré si me lo pi-
des con toda tu voluntad. Pero no me lo pidas, pues con la corona
descenderá, rápida, a través del cielo abierto, la flecha.»
Me miró para ver si le había comprendido. Durante un rato re-
flexioné en silencio, y después le pregunté por qué ocurriría eso.
-Tu corazón es demasiado grande para tu cuerpo, Alexias. Éste
es el mensaje del dios -contestó.
El sol se había levantado. Carniné rodeando las rocas, y subí a la
Ciudad Alta para mirar hacia los elevados y azules collados de Lace-
demonia, más allá de los cuales se encontra Olimpia. Pensé en cómo
después de los últimos Juegos, cuando el ganador de la carrera larga
regresó, sus conciudadanos pensaron que las puertas de la Ciudad
eran demasiado estrechas para él y abrieron una brecha en los mu-
ros para que pudiera pasar. Cuando oí por vez primera la historia de
Ladas el espartano, que cayó muerto cuando el olivo se hallaba aún
fresco en su corona, consideré que un hombre dificilmente hubiera
podido tener un fin más feliz. Pero desde entonces había estado en
el Istmo, y en aquellos momentos me parecía más conveniente con-
sumir la vida como un caballero, tal como habían hecho Harmodio
y Aristogeitón, o sea muriendo por la libertad de la Ciudad y por el
honor de un amigo. Sin embargo, mientras me dirigía a mi casa,
sentía desnuda la mente, como si sus conocidos pensamientos hu-
biesen desaparecido. Hasta entonces había soñado con Olimpia: los
verdes campos junto al río lleno de guijarros, el collado de Cronos
con su solemne bosquecillo de robles, y el estadio a sus pies, con las
estatuas de los ganadores alineadas a lo largo de sus muros, desde el
tiempo de los héroes hasta la última vez en que se celebraron los
Juegos. Cuando el escultor me pidió en la palestra que posara para
él, creo haberme dicho en el corazón: <(Hay bastante tiempo>).
Por esto dejé de correr la carrera larga. Yo diría que tiempo lle-
gará en que tendré que pagar el precio por mis viejas coronas. Des-
pués de haber cumplido los cincuenta años, cada vez que hago un
ascenso o me apresuro un poco, siento en el pecho clavárseme la fle-
cha de Apolo. Así que relataré las cosas mientras pueda recordarlas.
A raíz de esa visita al sacerdote trabamos amistad con un ate-
niense del escuadrón de Samos, que como hoplita de marinos servía
en uno de los barcos. Habíamos bebido vino en abundancia, de
modo que nos preguntó alegremente por qué jóvenes buenos como
nosotros nos moríamos de hambre allí cuando, en realidad, podía-
mos vivir como caballeros en la más hermosa ciudad de las islas y
participar en acciones dignas de un hombre, mientras luchábamos
contra los barcos de la liga espartana, que tenían su base en Mileto,
al otro lado del estrecho.
-No hay mejor ciudad que Samos -dijo-. Los samios harán
cualquier cosa por un ateniense, puesto que expulsaron a sus oligar-
cas, y aquellos de nuestros hombres que se encontraban en el
puerto lucharon en el bando de los demócratas. Por eso se puede
conseguir lo que se quiera, o a quien se quiera. Y, por otra parte, ne-
cesitan a cuantos demócratas que les brinden sus servicios, pues so-
plan aires de tormenta.
Esta última perspectiva la descartamos, pues, como dijo Lisias,
sólo un estúpido se hubiera metido en política en una ciudad ex-
traña. Pero lo demás nos pareció muy bueno. Nos habló de un
nuevo barco, el Sirena, que estaba aparejando en El Pireo y no había
logrado completar aún su tripulación. Al trierarca, que necesitaba
un teniente de infantes de marina, le alegró conseguir a un hombre
con la hoja de servicios de Lisias, y dado que éste y yo éramos
miembros de la misma tribu, le fue fácil colocarme a bordo. Era aún
algo joven para servir en el extranjero, pero en tiempo de guerra
uno se siente por lo general inducido a hacer más de lo que necesita,
particularmente si se trata de un caso en el que es preciso ayudar a
nuestro amante.
Era aún invierno cuando el Sirena aparejó; pero el trierarca, por
razones que habríamos de saber más tarde, se mostraba ansioso de
hacerse a la vela. Entonces le correspondió a mi padre permanecer
en el muelle para presenciar mi partida.
-Bien, Alexias -dijo-, si en estos últimos meses hubieses con-
cedido parte de tu tiempo a los asuntos de la Ciudad, yo habría he-
cho cualquier cosa por ti. Pero dejémoslo pasar. No te has portado
mal del todo en el campo de batalla y no tengo el menor temor de
que hayamos de avergonzarnos de ti. Sólo he de advertirte que man-
tengas muy abiertos los ojos en Samos, y que procures usar bien tu
ingenio cuando veas cómo miente aquella gente. Atenas ha sido go-
bernada demasiado tiempo por la canalla. Ha llegado el momento
de que la gente de calidad demuestre lo que es.
No tuve tiempo de preguntarle cuál era el significado de su
oráculo. Mis pensamientos se hallaban a bordo ya. Olía a cáñamo y
brea, a los cuerpos de los remeros, a los barriles rebosantes de pes-
cado salado y aceite, y a la fría brisa del mar invernal. Las gaviotas
revoloteaban sobre nosotros, en espera de alimentarse con lo que
fuéramos dejando en nuestra estela.
El Sirena era un trirreme de guerra, no un transporte, y sólo con-
ducía su propia unidad de combate, compuesta por quince hom-
bres. Hacíamos la vida en la cubierta de popa, bajo un toldo de piel
de buey que se elevaba justamente sobre la primera hilera de reme-
ros. La nave estaba tripulada por veinticinco hombres, y había tres
hileras de remeros, la más baja de las cuales se hallaba compuesta
por ilotas, ya que los hombres libres no trabajaban allí. Los agujeros
de los remos estaban cubiertos con cuero para impedir que pene-
trase el agua del mar, y debido a ello un remero no veía en todo el
día sino la espalda del hombre sentado delante de él, y los pies del
remero de la segunda hilera sobre los apoyos que había a ambos la-
dos. Pero cuando llovía y soplaba el viento se hallaban mejor guare-
cidos que nosotros, puesto que los protegía nuestra cobertura de
pieles. Había pensado que incluso un viaje en invierno no sería mu-
cho más duro que algunas de aquellas noches de vivac pasadas en
las montañas, cuando pertenecíamos a la Guardia. Había olvidado
que uno no se mareaba a lomos de un caballo. Pero el viento cambió
al segundo día, y entonces me sentí mejor.
Aunque habíamos procurado no hacer ostentación de ello, de al-
gún modo a bordo se llegó a saber nuestra amistad. Después de ha-
ber servido en la caballería, donde existe tolerancia por esas cosas,
me resultó difícil tener que enfrentarme con algunas de las vulgares
nociones propias de una unidad de infantería. O quizás era que en
aquellos días estaba siempre presto a sentirme ofendido. Como
pude observar más tarde, la mayor parte de ellos eran buenos indi-
viduos, y su charla provenía de un mero hábito y de no haberse de-
tenido jamás a definir sus términos.
Transportábamos la paga para algunos de los barcos estaciona-
dos en Sestos, adonde, debido a que los vientos nos fueron propi