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Cuando uno es joven, la luz matinal obra maravillas. Junto a las estacas habían atendido bien a mi caballo (lo llamaba León). Aunque los rostros de los mozos tracios apenas se me antojaron humanos -éstos eran los hombres que realmente se pintaban de azul―, uno de ellos me dio a entender con sonrisas y gestos que era un caballo muy hermoso. Mientras bordeaba el río a la luz del amanecer, el corazón se me empezó a reanimar hasta que presencié un espectáculo tan escandaloso que apenas pude dar crédito a mis ojos.
Una docena de jóvenes se encontraban en el río con todo el cuerpo sumergido en las sagradas aguas, lavándose y, como si gozaran de aquella impía profanación, dedicándose a chapotear y a nadar. Entre ellos distinguí una melena de cabello rubio que, a pesar de estar húmeda, no podía pertenecer más que al rey. Me pareció que éste miraba en mi dirección y me alejé, horrorizado, al galope.
«¡Bárbaros! ―pensé―. ¿Cómo se vengará de ellos Anahita de las Aguas?» Era una hermosa mañana, fresca pero caldeándose poco a poco. Indudablemente había dejado atrás todo vestigio de civilización. No obstante..., si uno no lo sabía, qué placer deslizarse por las centelleantes aguas del río, desnudo como un pez.
Pero más allá del campamento observé que aquella gente se dedicaba a insultar de mil maneras a la divinidad del río. No sólo se bañaban en él sino que fregaban cacharros y abrevaban los caballos. Volví a experimentar repugnancia. ¡No me extrañaba que me hubiera costado tanto encontrar una vasija para ir por el agua con que lavarme!
Peor todavía era la indecencia de las letrinas. Una simple zanja, hasta para la corte, y la gente que iba entrando, lo cual ya es desagradable de por sí. Y, encima, los acompañantes del rey y otros hombres sin modales no hacían más que intentar verme. Cualquier muchacho persa tiene ocasión de satisfacer su curiosidad acerca de los eunucos antes de cumplir los seis años, pero allí los hombres adultos suponían que a uno lo cortaban hasta dejarle reducido a la forma de una mujer. Los acompañantes habían hecho una apuesta al respecto. Durante varios días, expuesto a estas inmodestias, tuve que adentrarme en los bosques antes de que la naturaleza me obedeciera.
No habían vuelto a hablarme de mis deberes y temía presentarme junto a la mesa del rey. Sin embargo, en lugar de despedirme, el rey me ascendió en cierto modo. Durante el día había llegado un grupo de nobles persas para rendirse y jurar fidelidad. A Nabarzanes se le había permitido marcharse con un simple perdón, porque había matado a su rey, pero éstos habían sido recibidos como invitados de honor. Más de una vez, cuando se colocaba ante Alejandro algún bocado exquisito, éste ordenaba que un servidor tomara una porción y me decía:
- Ve a hablarle y dile que espero que disfrute de este plato conmigo.
Aunque acostumbrados a comida mejor, los invitados agradecían este cumplido persa. Me extrañaba que hubiera aprendido con tanta rapidez y no sabía cómo lo habría conseguido.
Con frecuencia, cuando se desprendía de tales bocados, yo le advertía que no iba a quedarle nada para él, pero él se limitaba a sonreír y comía lo mismo que los demás. Se le habían curado las quemaduras del sol. Había que reconocer que era agraciado y que hasta en Persia se le hubiera considerado tal.
En ningún momento me obligó a llevar nada personalmente. Recordaba el incidente de la noche anterior y deseaba sanar mi orgullo. Me parecía que para haberse criado con tanta tosquedad era muy cortés. No podía decirse lo mismo de sus macedonios. Sus amigos seguían su ejemplo; Hefaistión no le quitaba los ojos de encima, pero algunos (sobre todo los que llevaban barba) daban a entender claramente lo que pensaban del hecho de comer en compañía de los persas. Ante cualquier diferencia de comportamiento soltaban risotadas y hasta señalaban con el dedo. Entre los invitados había señores cuyos antepasados habían sido reyes en tiempos anteriores a los de Ciro, pero estoy seguro de que aquellos incultos occidentales hubieran deseado verlos servir la mesa. Más de una vez Alejandro dirigió una fría mirada a aquellos zoquetes. Algunos se dieron por enterados, pero otros fingieron no verlo.
Yo pensé que la culpa era suya. Les permite que se comporten en su presencia como perros salvajes y desobedientes. Lo temen en la guerra, pero no en su propia mesa. ¿Qué debe pensar de él mi gente?
Uno o dos persas me miraron. No todos sabían quién era; Darío jamás me había hecho comparecer a su lado en público. Y, sin embargo, Alejandro, para quien yo no era nada, parecía que se complacía en que me vieran. Claro, pensé, soy botín de guerra como el carro de Darío. Soy el muchacho de Darío.
Al tercer día, Chares, el jefe de los asistentes, me entregó un mensaje escrito y me envió al rey diciéndome:
- Creo que se encuentra en la arena de danzas.
Pregunté acerca de este lugar y me encaminaron a un gran recinto cuadrado de paredes de lona, y dentro escuché gritos y rumor de brincos. La entrada era una especie de traslapo sin guardián. Entré y me quedé paralizado donde estaba. Vi correr a unos ocho o diez jóvenes, todos ellos completamente desnudos.
Resultaba increíble. Los únicos hombres adultos a los que había visto en tal estado eran los esclavos que habían sido vendidos conmigo y los criminales en los lugares de ejecución que habían merecido tal ignominia por sus delitos. ¿Entre qué clase de gente había ido a parar? Estaba a punto de escapar cuando se me acercó saltando un corpulento e hirsuto joven preguntándome qué deseaba. Apartando los ojos repuse que había acudido allí por error puesto que Chares me había enviado al rey.
- Si, está aquí ―dijo el joven y retrocedió unos pasos―. ¡Alejandro! Es un mensaje de Chares.
E inmediatamente apareció el rey tan desnudo como los demás.
Por su desembarazo hubiera podido pensarse que jamás había utilizado prendas de vestir y que éstas no le hacían la menor falta. Bajé los ojos, demasiado confuso para poder hablar, hasta que él me preguntó:
- Y bien, ¿cuál es ese mensaje de Chares?
Le pedí perdón, totalmente confuso. Él tomó la nota y la leyó. Mientras que el olor del sudor del primer joven era tan intenso como el de un caballo, el rey parecía que acabara de salir del baño a pesar de vérsele acalorado a causa del ejercicio. Se decía de él que el ardor de su naturaleza le quemaba los humores. En aquellos momentos mi única preocupación era la de ocultar mi rubor de vergüenza.
- Dile a Chares... ―comenzó, deteniéndose después; advertí que me miraba―. No, dile que mandaré llamarlo en seguida ―estaba claro que no deseaba confiarme el mensaje; no me extrañaba―. Nada más ―dijo, pero luego añadió―: ¿Bagoas?
- Sí, majestad ―repuse, mirándome los pies.
- Alégrate, muchacho. Pronto te acostumbrarás.
Me alejé, aturdido. Aunque era proverbial la inmodestia de los griegos jamás hubiera creído que un rey pudiera caer tan bajo. Hasta yo, que estaba acostumbrado por mi oficio a desnudarme en la cámara real, me hubiera avergonzado, aparte de ello, de ser menos decente que los demás. Es asombroso que un rey pueda ruborizar a un cortesano. ¿Acaso no tiene el menor sentido de su dignidad?
Poco después levantamos el campamento. Me sorprendió la rapidez con que se hizo. Cuando sonó la trompeta pareció que todo el mundo sabía su deber sin recibir ninguna orden. Fui el último en montar a caballo, y el jefe de la remonta me maldijo; cuando regresé, la tienda había desaparecido y mis cosas se encontraban en el suelo. Iniciamos la marcha una hora antes de lo que solía hacerlo Darío.
Miré para ver qué lugar ocuparía Alejandro; no lo veía en parte alguna y se lo pregunté al archivero que cabalgaba a mi lado. Él me señaló hacia adelante. Había un carro que avanzaba con cierta rapidez. Un hombre saltaba del mismo, corría a su lado y después volvía a subir sin que el carro aminorara la velocidad.
- ¿Por qué se obliga a hacer eso a ese hombre? ―pregunté―. ¿Es un castigo?
El archivero echó la cabeza hacia atrás y soltó una risotada.
- ¡Pero si es el rey! Está haciendo ejercicio ―añadió viendo mi confusión―; no puede soportar el ir despacio. Cuando hay buena caza, suele cazar.
Pensé en la silla de mano encortinada, en los magos con su altar, en la larga caravana de eunucos, mujeres e impedimenta. Me parecía otra vida.
Nos estábamos dirigiendo a Hircania por el nordeste. En el siguiente campamento vino Artabazos para rendirse.
Había estado descansando después de la larga marcha y reuniendo a sus hijos. Al lado de los mayores traía nueve apuestos jóvenes que yo no había visto nunca. Debía haberlos engendrado entre los setenta y los ochenta años.
Alejandro lo recibió a la entrada de la tienda. Se adelantó, le tomó ambas manos y le ofreció la mejilla para que se la besara. Una vez efectuadas estas cortesías lo abrazó como hubiera podido hacerlo un hijo.
Como es natural, Artabazos hablaba el griego gracias a sus años de exilio. Alejandro lo sentó a su derecha a la hora de cenar. De pie junto a su silla le escuché reírse con el anciano de sus travesuras infantiles y recordar las narraciones persas que había escuchado sentado sobre sus rodillas.
- Ah ―dijo Artabazos―, pero incluso entonces, rey, solías preguntarme qué armas utilizaba el rey Ocos.
Alejandro sonrió y le sirvió carne de su propio plato. Hasta los macedonios más incultos guardaron la compostura.
Poco después llegó un enviado de las tropas griegas solicitando las condiciones de rendición.
Me alegré de la presencia de Artabazos, porque sabía que éste hablaría en su favor, cosa que hizo efectivamente. Pero, tomando a mal que los griegos lucharan contra los griegos, Alejandro repuso que podían venir para enterarse de las condiciones o bien mantenerse alejados.
La mayoría de ellos llegó dos días más tarde. Algunos habían cruzado el desfiladero en busca de mejor suerte; un ateniense se suicidó porque en Grecia se sabía que era enemigo de Macedonia. Los demás se encontraban en buenas condiciones, si bien algo delgados. No pude acercarme, pero me pareció ver a Doriskos y me pregunté cómo podría rescatarle si lo condenaban a muerte.
Pero la única venganza de Alejandro fue el temor que les infundió al negarse a negociar. A Patron y a los veteranos de éste que servían en el ejército antes de que él declarara la guerra, los envió a Grecia con salvoconducto. A aquellos como Doriskos que se habían incorporado posteriormente les reprendió, les dijo que no merecían la libertad y se limitó a contratarlos con el mismo sueldo de antes (a sus hombres les pagaba sumas más elevadas). Fueron enviados inmediatamente a su campamento y no tuve ocasión de despedirme de Doriskos.
Poco después Alejandro salió a combatir contra los mardianos.
Éstos vivían en la densa selva de la montaña, al oeste de la cordillera, y no habían enviado mensajero alguno. Eran famosos por su fiereza pero, puesto que no poseían nada que mereciera la pena, los reyes persas los habían dejado en paz durante muchas generaciones. Eran también ladrones famosos. Alejandro no quería dejarlos a su espalda armados, y tampoco que se dijera que no había podido dominarlos.
Viajó con poco equipo, disponiéndose a realizar una dura campaña. En el campamento me dediqué a familiarizarme con el nuevo ambiente, en lo cual me ayudó el hecho de que Alejandro hubiera llevado consigo a sus acompañantes. Estos muchachos, que pensaban que yo había escogido mi condición, experimentaban hacia mí desprecio mezclado con una envidia injustificada. Sabían cumplir con su deber de una forma tosca y sencilla, pero no conocían ninguna de las habilidades en las que yo había sido adiestrado. Les irritaba que Alejandro, en lugar de burlarse de lo que ellos calificaban de serviles modales bárbaros, por el contrario me utilizara para atender a sus invitados de honor. Se dedicaban a importunarme constantemente a espaldas suyas.
Chares, que siempre me había tratado bien, me consultaba acerca de elegantes detalles de protocolo persa, puesto que no había nadie más que procediera de una corte. Disponía de tiempo para montar, pero la llanura era húmeda y agobiante. Los acompañantes estaban molestos porque yo disponía de caballo propio y pensaban que hubieran debido quitármelo. Ellos utilizaban monturas del ejército que les facilitaba el jefe de la remonta.
El rey regresó al cabo de quince días. Había acosado a los mardianos montaña arriba, donde éstos pensaron que podrían rechazarlo, pero al ver que seguía persiguiéndolos desistieron de su propósito y lo reconocieron como rey.
Aquella noche, en el transcurso de la cena, oí que le decía a Tolomeo, su hermanastro bastardo:
- ¡Regresará mañana!
Lo vi tan contento que pensé que se refería a Hefaistión, pero éste se encontraba presente, sentado a la mesa.
A la mañana siguiente se produjo una gran conmoción en el campamento. Yo me agregué a la muchedumbre que se había congregado junto a la tienda real, a pesar de haberme levantado con dolor de cabeza. Viendo que el anciano macedonio que se encontraba a mi lado poseía un rostro de aspecto amable, le pregunté quién llegaba. Él me repuso sonriendo:
- Bucéfalo. Los mardianos se lo van a devolver.
- ¿Bucéfalo? -indudablemente ello significaba «Cabeza de Buey»; extraño nombre―. ¿Quién es, por favor?
- ¿Es que no has oído hablar nunca del caballo de Alejandro?
Recordando que un sátrapa tras otro le habían enviado caballos incomparables, le pregunté por qué los mardianos le devolvían éste.
- Porque se lo robaron ―repuso el hombre.
- En esta tierra de ladrones de caballos el rey ha tenido suerte de que se lo devuelvan pronto ―dije yo.
- Han tenido que hacerlo pronto ―dijo el macedonio tranquilamente―. Alejandro les mandó decir que si no se lo devolvían les incendiaría los bosques y los pasaría a todos por la espada.
- ¿Por un caballo? ―pregunté, recordando su amabilidad hacia Artabazos y su clemencia hacia los griegos―. Pero no lo hubiera hecho, ¿verdad?
El anciano reflexionó un poco.
- ¿Por Bucéfalo? Pues creo que sí. No de una sola vez. Hubiera empezado y hubiera proseguido hasta que se lo hubieran devuelto.
El rey había salido y se hallaba de pie ante la tienda, tal como había hecho para recibir a Artabazos. Hefaistión y Tolomeo se encontraban a su lado. Tolomeo era un guerrero de rostro huesudo y nariz rota que debía llevarle a Alejandro unos diez años. La mayoría de los reyes persas hubieran quitado de en medio a una persona así en el momento de ascender al trono. Éstos, en cambio, parecían muy amigos. Al escucharse el sonido de los cuernos que se acercaban los tres esbozaron una sonrisa.
Vimos primero un jefe mardiano vestido con una túnica que parecía haber sido robada en tiempos de Artajerjes. Detrás venían los caballos. Vi que no había entre ellos ni un solo caballo nisayano, si bien el tamaño no lo es todo. Me estiré por encima de los hombros de la gente para contemplar aquella perla sin igual, aquella flecha de fuego que valía una provincia entera con toda su población. Debía ser algo extraordinario para que un rey lo echara de menos disponiendo de tantos. Darío iba siempre soberbiamente montado y hubiera advertido inmediatamente cualquier defecto, pero era el jefe de la remonta quien conocía a los animales. La cabalgata se fue aproximando. En señal de arrepentimiento, los mardianos habían adornado todos los caballos con las mejores galas bárbaras, con plumas en la cabeza y redes de lana escarlata en la frente con abalorios y lentejuelas. Por no sé qué razón, habían adornado mejor que a los demás a un viejo caballo negro que encabezaba la marcha con aspecto sumamente agotado. El rey se adelantó unos pasos.
La vieja bestia levantó la cabeza y relinchó con fuerza; pude ver entonces que había sido un buen caballo. De repente Tolomeo, corriendo como un chiquillo, tomó las riendas de manos del mardiano y las soltó. El caballo inició un medio galope con sus rígidas patas mientras tintineaban las baratijas que llevaba encima. Se dirigió hacia el rey y apoyó el hocico sobre su hombro.
El rey le acarició un par de veces. Al parecer, había estado comiéndose una manzana y se la ofreció. Después se volvió y comprimió el rostro contra el cuello del animal. Advertí que estaba llorando.
Ahora me parecía que ya nada podría sorprenderme de él. Miré a los soldados que había a mi alrededor para ver qué opinaban de todo aquello. A mi lado, dos curtidos macedonios estaban parpadeando y secándose las narices.
El caballo había estado husmeando la oreja del rey como si deseara confesarle algo. Ahora agachó la grupa y se sentó como si esperara una recompensa.
El rey, con las mejillas todavía húmedas, dijo:
- Está demasiado agotado para eso. Pero se mantendrá en sus trece y jamás conseguiré que cambie.
Se sentó a horcajadas sobre la silla. El caballo se levantó briosamente. Ambos se alejaron trotando en dirección a los establos. El ejército, reunido, lanzó vítores; el rey se volvió y saludó con la mano.
El anciano se volvió sonriendo hacia mí. Yo le dije:
- No lo entiendo. ¡Pero si este caballo debe tener más de veinte años!
- Ya lo creo, tiene veinticinco, uno menos que Alejandro. Querían vendérselo al padre de Alejandro cuando éste tenía trece años. Lo habían maltratado por el camino y no permitía que se le acercara nadie. El rey Filipo lo rechazó. Pero Alejandro gritó que estaban rechazando un caballo magnifico. Su padre pensó que era un insolente y le concedió permiso para que lo probara, pensando que sufriría una humillación. Pero en cuanto notó el contacto de su mano, el animal confió en él. Sí, fue la primera vez que logró hacer lo que su padre no podía... Obtuvo su primer mando a los dieciséis años y ya antes había participado en la guerra. Desde entonces ha montado a Bucéfalo. Incluso en Gaugamela lo utilizó en la carga, aunque después cambió de caballo. Bueno, Bucéfalo ha combatido su última batalla. Pero, como ves, lo siguen queriendo.
- Es extraño en un rey ―dije.
- Y en cualquiera. Bueno, no me cabe la menor duda de que haría lo mismo por mí a pesar de que le soy tan poco útil como su viejo caballo. Antes solía contarle historias de héroes que ahora él mismo podría superar. Aunque no era más que un niño cuando lo defendí de la dureza de su preceptor, él jamás lo ha olvidado. En las colinas que hay detrás de Tiro pasó la noche conmigo prácticamente solo porque yo había caminado más de lo que me permiten mis fuerzas y él no deseaba dejarme al cuidado de terceros. Yo tenía la culpa y quería proseguir. Nos encontrábamos en las rocas, en pleno invierno, con el viento amargo y las cercanas hogueras de vigilancia del enemigo. Me tocó y dijo: «Foinix, estás helado. No puede ser. Espérame aquí». Se marchó como un relámpago. Escuché gritos procedentes de una de las hogueras; regresó corriendo como un corredor de antorchas con un tizón encendido. Solo, con su simple espada, les había infundido el terror de la muerte. Encendimos una hoguera y ellos huyeron despavoridos sin detenerse a ver de cuántas tropas disponía. Y pudimos pasar la noche calientes.
Me hubiera gustado poder seguir escuchando hablar a aquel anciano que parecía deseoso de conversar. Pero en aquellos momentos me sentí indispuesto y tuve que alejarme corriendo para vomitar. Me ardía la cabeza y temblaba. Le dije a Chares que tenía fiebre y éste me envió a las tiendas de la enfermería.
Éstas se hallaban atestadas de heridos procedentes de la guerra con los mardianos. El médico me colocó en un rincón, diciéndome que no me moviera entre los demás, por si mi fiebre era contagiosa. Conseguí acostumbrarme a las letrinas macedonias. Mi única preocupación era poder llegar hasta ellas con la suficiente rapidez.
Me sentía débil como un niño, sin poder ingerir más que agua y escuchando hablar a los hombres de la campaña, de las mujeres que habían violado, de Alejandro. «Nos estaban atacando desde lo alto de las rocas con unas piedras que hubieran podido partirte el brazo a través del escudo. Él subió corriendo y nos dijo: "Bueno, hombres, ¿qué estáis esperando? ¿Qué caigan suficientes piedras como para construir un corral de ovejas? Por aquí”. Y subió por la barranca como se encarama un gato a un árbol. Empezamos a subir entonces, siguiéndolo. Allí no podían alcanzarnos y los sorprendimos por el flanco. Algunos de ellos se arrojaron desde las rocas, pero les dimos una lección a los demás.»
Había algunos a los que el dolor tenía sumidos en el silencio. Un hombre que había cerca de mí tenía una punta de flecha clavada en el hombro. Habían intentado extraérsela en el campo de batalla pero no habían podido; la herida se estaba ulcerando y aquel día iban a tentársela. Había guardado completo silencio desde mucho antes que llegara el cirujano con el instrumental y un ayudante. Los demás le gritaron torpes palabras de estímulo y después se callaron.
Al principio lo soportó bien, pero pronto empezó a gemir y después a llorar, y el ayudante tuvo que sujetarlo para evitar que se moviera. En aquellos momentos cruzó la entrada una sombra; entró alguien y se arrodilló junto al camastro. Inmediatamente el hombre se calmó y no se escuchó más que el silbido de su respiración entre dientes.
- Resiste, Estratón; terminarás antes. Resiste.
Reconocí la voz. Era la del rey.
Se quedó allí, ocupando el lugar del ayudante del médico. El hombre no volvió a gritar a pesar de que le habían introducido profundamente la sonda en la herida. Salió la punta de la flecha. El soldado emitió un profundo suspiro de alivio y triunfo al mismo tiempo.
- Mira lo que tenía dentro. Jamás he visto a un hombre soportarlo mejor.
El herido dijo:
- Nosotros hemos visto a uno: Alejandro.
Corrió por toda la tienda un murmullo de asentimiento. El rey apoyó una mano sobre el hombro sano del soldado y se levantó con la blanca túnica toda manchada de sangre y de la suciedad que había brotado de la herida. Pensé que iba a asearse, pero se limitó a decirle al cirujano que estaba vendando la herida:
- No te molestes por mí.
Un corpulento perro de caza que había permanecido inmóvil junto a la entrada, se levantó y corrió hacia él. El rey miró a su alrededor y se acercó a mi rincón. Observé que tenía unas grandes huellas rojas de dedos en el brazo. El herido debía de haberse agarrado a él... ¡a la sagrada persona de un rey!
Había un sencillo taburete de madera que utilizaban los encargados de vendar las heridas. Lo tomó con sus propias manos y vino a sentarse a mi lado. El perro hizo ademán de husmearme.
- Quieto, Peritas; siéntate ―dijo él―. Espero que los perros no sean en tu mundo una impureza, como lo son entre los judíos.
- No, majestad ―repuse, procurando creer que todo aquello estaba sucediendo realmente―. En Persia les honramos. Decimos que no faltan a la fidelidad ni mienten.
- Es un buen dicho. ¿Lo oyes, Peritas? ¿Pero cómo estás, muchacho? Te veo muy abatido. ¿Has bebido agua mala?
- No lo sé, majestad.
- Siempre es mejor que preguntes cómo es el agua. En los llanos suele ser mejor el vino. Cuando el agua es mala el vino es bueno. Yo he padecido lo mismo. Estaba más enfermo que un perro y sufría diarrea. A ti también te sucede, a juzgar por lo hundidos que tienes los ojos. ¿Hoy cuántas veces?
Recobré el habla y se lo dije; me estaba curando de espantos.
- No es ninguna broma ―me dijo―. Bebe en gran cantidad; aquí el agua es buena. No comas nada. Conozco una buena infusión, pero aquí no crecen esas hierbas. Tengo que averiguar lo que utilizan las gentes de esta región. Cuídate, muchacho; te echo de menos a la hora de cenar ―se levantó y el perro hizo lo propio―. Volveré pronto. No te prives si quieres salir fuera. Déjate de ceremonias persas. Ya sé lo que es aguantarse cuando uno sufre retortijones.
Se acercó a otro camastro con el taburete de madera. Me quedé tan sorprendido que tuve que salir inmediatamente.
Cuando se hubo marchado, saqué el espejo de mano que guardaba en la bolsa que tenía la almohada y me miré ocultándome con la manta. Estaba horrible, pensé, y él también me lo había dicho. ¿Había sido sincero al decirme que me echaba de menos a la hora de cenar? No, tenía una palabra amable para todo el mundo. «Estás abatido», me había dicho.
Advertí que un joven veterano, curtido y de huesos grandes, me estaba diciendo algo. ¿Habría visto el espejo?
- Por favor, habla en griego ―le dije―, no entiendo el macedonio.
- Tal vez sepas lo que sufrió por el hospital de Isos.
- ¿Isos? ―yo debía tener entonces trece años―. No sé nada de un hospital.
- Entonces te lo contaré yo. Tu gente irrumpió en Isos cuando el rey ya se había alejado. Él regresó entonces para combatir en aquella batalla y dejó a los enfermos en una tienda como ésta. Y tu real putañero, que echó a correr como una cabra ante la lanza de Alejandro, fue tan valiente con unos hombres que estaban tan débiles que no podían tenerse en pie que ordenó que los cortaran vivos en sus camastros. Ellos.., bueno, supongo que tú ya lo debes saber todo. Yo estaba presente cuando los encontramos. Aunque no hubieran sido más que unos bárbaros, me hubiera sentido enfermo. Había uno o dos que todavía estaban vivos con las manos arrancadas de las muñecas y los muñones chamuscados. Vi el rostro de Alejandro. Todos pensamos que haría lo mismo a la primera ocasión y todos le hubiéramos ayudado. Pero no; tenía demasiado orgullo. Ahora que se ha disipado mi cólera, me alegro. Por consiguiente, puedes estar tranquilo, bien arrimado a tu cuenco.
- No lo sabía ―dije―, lo siento.
Después me tendí y me cubrí con la manta. «Tu real putañero.» Siempre que había huido yo había pensado: «¿Quién soy yo para juzgarlo?» Pero ahora lo juzgaba. ¿Había sido la crueldad de un cobarde o bien lo habría hecho obrando con ligereza? No era probable. Me sentía triste a causa de la enfermedad y ahora, encima, esta vergüenza. Yo, que me había enorgullecido de que me hubiera escogido un rey. Ni siquiera lo había hecho él. Lo había hecho un alcahuete. Me cubrí como un cadáver y empecé a sollozar.
A través de la manta y de mis sollozos escuché que alguien decía:
- Mira lo que has hecho. El muchacho está medio muerto; ahora le has provocado una convulsión. No son como nosotros, necio. Te arrepentirás si se muere por esta causa. Al rey le gusta ese muchacho; lo he visto mirándolo a hurtadillas.
Después una pesada mano se posó sobre mi hombro y el primer hombre (que no hubiera debido levantarse de su camastro) me dijo que no me lo tomara tan a pecho, que yo no había tenido la culpa. Después me introdujo un higo en la mano, que tuve la sensatez de no comerme, si bien fingí hacerlo. La fiebre se elevaba y me quemaba. Hasta las lágrimas me secó.
Fue duro pero breve. A pesar de que nos trasladaron al siguiente campamento en unos carros, yo conseguí mejorar, siendo así que la mayoría de los heridos experimentaron recaídas. El de la herida de flecha murió por el camino. El hombro le atormentaba. En su delirio llamaba a Alejandro; el hombre que se encontraba a mi lado murmuró que Alejandro todavía no había conquistado la muerte.
Los jóvenes sanan aprisa. La siguiente vez que cambiamos de campamento, ya estaba en condiciones de poder montar.
Se habían producido cambios en el transcurso de mi breve ausencia. Desde el grupo de la caballería de los Compañeros, la flor y nata de los macedonios de alto linaje, una voz me gritó en persa:
- ¡Bagoas! Dime algo en griego.
No podía dar crédito a mis oídos. Era el príncipe Oxatres, el hermano de Darío.
Siendo un persa rubio, no causaba extrañeza entre los macedonios, si bien era más alto y apuesto que cualquiera de ellos. No se encontraba entre los Compañeros por casualidad. Alejandro le había alistado.
En Isos ambos habían luchado cuerpo a cuerpo ante el carro real. Se habían conocido en la embajada que había enviado Darío al caer Tiro. Habían intuido sus mutuas cualidades. Y ahora que Bessos había colocado sobre su cabeza la mitra, antes que ver en el trono al asesino de su hermano, Oxatres prefería a Alejandro, que lo ayudaría en aquella contienda de sangre.
Bien podía sentirse dolido a causa de aquella desgraciada muerte. Ahora pude enterarme de toda la historia. Nabarzanes sólo me había contado la verdad que él sabía. Habían atravesado a Darío con sus venablos, habían matado a sus dos esclavos, mutilado a los caballos y le habían dejado por muerto; pero, puesto que Alejandro les pisaba los talones, habían descargado los golpes con torpeza. El carro siguió avanzando porque las bestias heridas buscaban agua. El rey, moribundo, las escuchó beber, cubierto de sangre y moscas y con la boca reseca. Al final vino un soldado macedonio sorprendiéndose de que hubieran herido a los caballos en lugar de robarlos; se detuvo y escuchó un gemido. Era un hombre honrado y Darío pudo beber antes de morir.
Alejandro, que llegó con retraso, cubrió el cuerpo con su propia capa. Lo envió a Persépolis para que fuera enterrado con honores reales, entregándolo primero a la reina madre para que lo velara.
Ahora tenía que pensar en mi futuro. Puesto que al rey no le era de utilidad con mi oficio, tendría que ingeniármelas para ganarme su favor si no quería convertirme en un simple seguidor de un ejército. Me imaginaba cómo acabaría. Busqué, por tanto, una oportunidad.
Desde la captura de su viejo caballo Bucéfalo, el rey se sentía enojado con sus acompañantes. Los caballos estaban al cuidado de éstos y ellos los conducían a través de los bosques cuando los mardianos les cayeron encima. Ellos habían alegado que los superaban en número, pero Alejandro, que hablaba tracio, tuvo un cambio de impresiones con los mozos. Puesto que no iban armados, éstos no tenían por qué justificarse. Seguía cuidando al caballo como a un niño mimado y le sacaba cada día para que no se entristeciera. Indudablemente se había imaginado que terminaría sus días como una bestia de carga, medio muerta de hambre, apaleada y llena de mataduras.
Aquellos jóvenes, aunque de alto linaje, no estaban familiarizados con la corte y Alejandro ya se estaba hartando de ellos, comparados con sus bien adiestrados predecesores. Al principio había tenido paciencia, pero ahora la tenía menos y, por ignorancia, ellos no sabían cómo evitar incurrir en su enojo. Algunos eran hoscos, otros nerviosos y torpes.
Los recados me llevaban con frecuencia a su tienda. Comprobaba si necesitaba alguna cosa ―sus necesidades eran muy sencillas― y me encargaba de ello en silencio. Pronto empezó a utilizarme en pequeños menesteres y no tardó mucho en conservarme a su lado. Escuchaba que les decía con impaciencia a sus acompañantes:
- Vamos, déjalo; ya se encargará de ello Bagoas.
Algunas veces estaba presente cuando recibía en audiencia a los persas. Yo los atendía con el grado de respeto adecuado a la categoría de cada cual y, de vez en cuando, él aceptaba alguna sugerencia mía.
Era brusco con sus acompañantes, como un oficial con soldados inexpertos. Conmigo siempre era amable, incluso cuando cometía errores debidos a la ignorancia. En realidad, yo pensaba que era una lástima que hubiera nacido entre bárbaros. Un hombre semejante hubiera merecido ser persa.
Me pareció que tal vez estaba mejor donde estaba que donde se había imaginado Nabarzanes. ¿Sabe alguien lo que dura el capricho de un rey? En cambio, de un servidor útil no se desprende uno tan fácilmente.
No obstante, jamás me había llamado para que lo atendiera en el baño o a la hora de acostarse. No dudaba de que ello se debía al incidente de aquella primera noche, y siempre que acudía Hefaistión yo me marchaba. Me lo advertía de antemano Peritas, que conocía sus pisadas y golpeaba el suelo con la cola.
Mi situación de privilegio desagradaba tanto a los acompañantes que sólo en presencia del rey me libraba de sus insultos. Estaba preparado para la envidia pero no para tanta grosería. No estaba lo suficientemente asentado como para decírselo al rey. Además, éste quizá me considerara un blandengue.
Nuestra siguiente marcha fue hacia la ciudad de Zadrakarta, junto al mar. Posee un palacio real. No sé cuándo debía ser la última vez que se había alojado allí un rey. Darío se había propuesto trasladarse allí. Lo limpiaron y arreglaron, y sus viejas y curiosas alfombras apolilladas fueron sustituidas por toscas alfombras de Escitia. Un ejército de viejos eunucos se arremolinó a mi alrededor para preguntarme cómo le gustaban las cosas al rey. Aunque llevaban atizonándose allí cuarenta años, se me antojó extraño escuchar hablar mi lengua natal a personas de mi clase. Quisieron saber si tenían que abastecer el harén. Yo les dije que sería mejor esperar las órdenes del rey. Me miraron astutamente y no dijeron nada.
Alejandro se proponía que sus tropas descansaran quince días en Zadrakarta, organizar juegos y espectáculos y ofrecer sacrificios a los dioses en petición de la victoria. Entre tanto, los hombres se divertían y era mejor no salir de noche a la calle.
Los acompañantes también disponían de tiempo para sus diversiones y de ello pude enterarme el primer día.
Estaba recorriendo el palacio sin molestar a nadie y había salido a unos viejos patios cuando oí rumor de lanzas golpeando sobre madera. Me vieron y corrieron hacia mí.
- Vamos, niño lirio. Vamos a convertirte en un soldado.
Había unos ocho o diez y no había nadie más a la vista. El blanco era una gran tabla de madera con el dibujo de un escita de tamaño natural en medio. Sacaron los venablos y me obligaron a arrojarlos. No había manejado ninguna lanza más que la de juguete de mi infancia y ni siquiera alcancé el tablero. Se echaron a reír estrepitosamente; con aire fanfarrón uno de ellos se quedó de pie delante de la imagen del escita y otro le clavó una lanza a cada lado.
-¡Ahora te toca a ti! ―me gritó alguien―. Por aquí, Sin-Pelotas, y no te mojes los preciosos pantalones.
Me quedé de pie ante el tablero, una lanza se clavó a mi derecha y otra a mi izquierda. Pensaba que ya habían terminado pero todos gritaron que ni siquiera habían empezado.
En aquellos momentos acertó a pasar un joven soldado de caballería, antiguo acompañante; miró y les preguntó qué estaban haciendo. Le repusieron que ya no necesitaban niñera y él se alejó.
Perdida esta última esperanza, me dispuse a morir. Estaba seguro de que se proponían matarme y lo atribuí a la fatalidad. Pero ante todo querían ver al blando eunuco arrastrándose a sus pies para pedir clemencia. «No -pensé-. Eso no se lo voy a dar. Moriré tal como he nacido: Bagoas, hijo de Artembares, hijo de Araxis. Nadie podrá decir que he muerto como el muchacho de Darío».
Me mantuve erguido mientras ellos hacían payasadas, fingiendo estar embriagados y arrojando las lanzas tan cerca de mí que podía escuchar el silbido. Se encontraban de espaldas a la entrada del patio. De pronto observé un movimiento en esa dirección. Un hombre se les acercaba por detrás. Era el rey.
Abrió la boca pero entonces vio a uno de ellos que se disponía a arrojar la lanza. Esperó conteniendo el aliento hasta que la lanza se clavó, dejándome a salvo. Entonces gritó.
Jamás le había escuchado utilizar el inculto idioma de Macedonia. Nadie me había dicho todavía que era una señal de peligro. Ahora no hacía falta que me lo dijeran.
No sé qué debió decirles, pero todos soltaron los venablos y se quedaron inmóviles con los rostros de color carmesí. El rey pasó entonces a hablar en griego.
- Frente a los mardianos os apresurasteis a huir. Pero ahora veo que todos podéis ser guerreros contra un muchacho no adiestrado en las armas. Y os voy a decir una cosa: en estos momentos me parece más hombre que cualquiera de vosotros. De una vez por todas, deseo que me sirvan unos caballeros. El que desobedezca esta orden devolverá el caballo y se incorporará a la columna de los de a pie. Si reincidís, veinte azotes. ¿Me habéis oído? Pues largaos.
Ellos saludaron, colocaron las armas en pabellón y se retiraron. El rey se me acercó.
Hubiera querido postrarme, pero el venablo que me había rozado me atravesó la manga dejándome clavado en el blanco. Él se adelantó, miró para asegurarse de que no me habían traspasado la carne, arrancó el venablo y lo arrojó lejos. Yo salí de entre las lanzas e inicié de nuevo la postración.
- No, levántate ―me dijo él-. No tienes por qué seguir haciéndolo; no lo tenemos por costumbre. Una buena chaqueta estropeada. Se te pagará el precio de otra nueva ―rozó el desgarrón con los dedos―. Me avergüenzo de lo que he visto. Son toscos, no hemos tenido tiempo de adiestrarlos, pero me avergüenzo de que sean macedonios. Jamás volverá a suceder nada parecido, te lo prometo ―me rodeó los hombros con el brazo y me dio unas ligeras palmadas. Me dijo, mirándome a los ojos y sonriendo―: Te has portado muy bien.
No sé lo que había experimentado hasta entonces. Tal vez pavor ante su espléndida cólera.
El polluelo vivo en el interior del cascarón no conoce ningún otro mundo. A través de las paredes del mismo observa una blancura pero no sabe que se trata de la luz. Y, sin embargo, golpea la blanca pared sin saber por qué. Un rayo le alcanza el corazón y el cascarón se abre.
Yo pensé: «Aquí está el que estaba destinado a seguir desde que nací. He encontrado a un rey.»
Y me dije a mí mismo, mirándolo mientras se alejaba: «Lo tendré aunque me cueste la vida.»
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El muchacho persa
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