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Los aposentos reales se hallaban situados sobre la sala de banquetes y daban al mar. A él le gustaba el mar y estaba acostumbrado a verlo desde la infancia. Allí le servía yo al igual que anteriormente en la tienda, pero, como antes, jamás de noche.
Transcurridos quince días volvería a la guerra. No se me hicieron largos.
En Susa creía que era hábil porque jamás había tenido ocasión de comprobar los defectos de mi adiestramiento. Sabía lo que tenía que hacer cuando me llamaban. En toda mi vida, jamás había seducido a nadie.
No es que él se mostrara indiferente. El primer amor no me había privado de la sensibilidad; algo hubo cuando sus ojos se encontraron con los míos. En su presencia me sentía más hermoso, lo cual constituye una señal inequívoca. Pero temía su orgullo. Yo era su subordinado y él pensaba que no podía negarme. ¡Cuánta razón tenía! Pero si me ofrecía a él habiendo sido lo que había sido, ¿qué iba a pensar? Era posible que perdiera lo que ya había ganado. Él no compraba en el mercado.
Los acompañantes eran amigos míos a su pesar. Alejandro me mantenía a su lado para castigar su rencor o eso quería dar a entender. A cambio de la chaqueta estropeada ni siquiera contó el oro, se limitó a darme un puñado. Me hice confeccionar algo que me sentaba muy bien y me lo puse para recibir su aprobación. Él me sonrió. Envalentonado, le pedí que tocara la tela para que viera lo fina que era. Por unos momentos me pareció que de todo ello iba a surgir algo. Pero no.
Era aficionado a la lectura cuando disponía de tiempo. Sabía cuándo tenía que estarme quieto. En Susa lo aprendíamos todos. Me sentaba con las piernas cruzadas junto a la pared mirando al cielo y contemplando las evoluciones de las gaviotas que venían en busca de los desperdicios de palacio. De vez en cuando lo miraba a hurtadillas; a un rey no debe mirársele fijamente. No leía en voz alta para sí tal como hacen otras personas; se escuchaba apenas un murmullo. Pero yo sabía cuándo cesaba el murmullo.
Él era consciente de mi presencia. Yo lo advertía como un roce. Pero cuando levantaba la mirada, él tenía los ojos fijos en el libro. No me atrevía a adelantarme ni a decirle: «Majestad, aquí estoy.»
Al tercer día se efectuó el sacrificio y la procesión de la victoria. Vivía con tanta sencillez que jamás hubiera imaginado que fuera aficionado a los espectáculos. Participé en la cabalgata montado en el carro de Darío (observé que había ordenado levantar el suelo del mismo un palmo), con el rubio cabello coronado de laurel dorado y el manto púrpura constelado de joyas. Disfrutó en todo momento pero yo no estuve a su lado y por la noche hubo un festín en el que se demoró hasta el amanecer. Perdí también la mitad del día siguiente, porque no se levantó hasta el mediodía.
Y, sin embargo, Eros, a quien todavía no había aprendido a adorar, no me abandonó. Al día siguiente él me dijo:
- Bagoas, ¿qué te pareció el danzarín de la cena de anoche?
- Excelente, majestad, para ser alguien adiestrado en Zadrakarta.
- Él afirma que fue en Babilonia ―dijo, sonriente, Alejandro―. Pero Oxatres dice que no se te puede comparar. ¿Por qué no me lo habías dicho nunca?
No le dije que me había estado devanando los sesos pensando en una oportunidad.
- Majestad, no he practicado desde que salí de Ecbatana. Me avergonzaría de que me vierais ahora.
- Pero hubieras podido utilizar la sala de danzas siempre que hubieras querido. Aquí debe haber una.
Acompañado sólo por mí recorrió el viejo laberinto de estancias hasta que encontró una muy espaciosa y con buen pavimento, que mandó limpiar y arreglar antes del anochecer.
Hubiera podido ejercitarme sin música, pero contraté a un gaitero para que no se olvidaran de dónde me hallaba. Saqué el taparrabos adornado con lentejuelas y me solté el cabello.
Al cabo de un rato el gaitero vaciló y miró hacia la puerta, pero yo, como es natural, estaba demasiado enfrascado en la danza para poder ver nada. Terminé con mi lento salto mortal hacia atrás. Cuando me enderecé ya no había nadie.
Más tarde me hallaba sentado de nuevo en el aposento del rey mientras éste leía un libro. Cesó el rumor de su suave voz. Se produjo un silencio parecido a una nota de música.
- La cuerda de la sandalia se os ha desatado, majestad ―le dije arrodillándome a su lado.
Noté que él bajaba los ojos; yo hubiera levantado los míos al cabo de un momento, pero entonces el perro Peritas golpeó el suelo con la cola.
Puesto que había desatado por completo la cuerda, no tuve más remedio que volver a anudarla y Hefaistión entró en la habitación antes de que yo tuviera tiempo de alejarme. Me incliné, y él me saludó cordialmente, acariciando al perro que se había acercado a hacerle fiestas.
Así terminó el quinto día de los quince.
A la mañana siguiente, el rey salió a cazar aves a los pantanos que había junto al mar. Pensé que estaría ausente todo el día, pero regresó mucho antes de la puesta del sol. Cuando salió del baño (donde jamás me había llamado), me dijo:
- Bagoas, no me demoraré mucho en la cena. Quiero que me enseñes un poco de persa. ¿Me esperarás?
Me bañé, me puse el mejor traje que tenía y procuré comer. Alejandro cenaba en compañía de unos amigos y no me necesitaba. Subí a los aposentos y esperé.
Cuando vino, se detuvo junto a la entrada haciéndome temer que había olvidado que yo lo esperaba. Después me sonrió y entró.
- Muy bien, estás aquí. (¿Y dónde si no? Por lo general, jamás decía cosas semejantes.) Acerca esta silla a la mesa mientras yo voy por el libro.
Estas palabras me desalentaron.
- Majestad, ¿no podríamos pasarnos sin el libro? ―él me miró arqueando las cejas―. Lo siento, pero no sé leer. Ni siquiera en persa.
- No importa. No pensaba que supieras. El libro es para mí ―fue por él―. Siéntate aquí.
Había entre ambos una distancia como de un metro. Las sillas me aterran. Uno se queda atrapado en ellas y no puede acercarse. Contemplé con pena el diván.
- Trabajaremos así ―dijo él preparando una tablilla y un estilo―: Yo leeré una palabra griega y la escribiré; tú me la dirás en persa y yo la escribiré como suene. Es lo que hizo Jenofonte, el que escribió este libro.
Era un libro viejo y estropeado con los rotos bordes pegados con cola. Lo abrió con ternura.
- Lo he elegido por ti; es la vida de Ciro. ¿Es cierto que procedes de su tribu?
- Sí, majestad. Mi padre era Artembares, hijo de Araxis. Lo mataron cuando murió el rey Arses.
- Eso me han dicho ―repuso él, mirándome con compasión.
Pensé que sólo Oxatres podía habérselo dicho. Alejandro debía haberle preguntado acerca de mí.
La vieja lámpara, constituida por un anillo de lamparillas, colgaba sobre la mesa, y sus muchas llamas producían sombras dobles y triples bajo sus manos; la luz le iluminaba los pómulos pero no los ojos. Estaba un poco sonrojado a pesar de constarme que en la cena no había bebido más que de costumbre. Miré el libro con sus signos desconocidos para mí, con el fin de que él me mirara.
«¿Qué puedo hacer? ―pensé―. ¿Por qué nos hemos acomodado en estas estúpidas sillas que no es lo que él deseaba en absoluto, y cómo podremos abandonarlas?». Estaban regresando a mi memoria las cosas que me había dicho Nabarzanes. «¿Habrá él seducido a alguien?», pensé.
- Desde que era niño ―me dijo―, Ciro me ha parecido el modelo de todos los reyes, como Aquiles, a quien no debes conocer, es el de todos los héroes. He atravesado su tierra, ¿sabes?, y he visto su tumba. Cuando eras niño, ¿te habían contado alguna historia de él?
Su brazo reposaba cerca de mí. Yo hubiera querido asírselo y decirle: «Ciro ya esperará.» Se debatía entre dos ideas, pensé, de otro modo no estaríamos sentados de esta manera. «Si ahora le pierdo, tal vez será para siempre.»
- Mi padre me contó ―repuse― que, hace tiempo, hubo un cruel rey llamado Astiages y que los magos predijeron que el hijo de su hija le arrebataría el trono. Entregó por tanto el niño a un noble llamado Harpagos para que éste se deshiciera de él. Pero el niño era hermoso y el noble no pudo hacerlo; lo entregó a un pastor para que le abandonara en la montaña y se asegurara de que muriera. El hombre fue primero a su casa y se encontró con que su propio hijo había muerto y su esposa decía llorando: «Nos estamos haciendo viejos, ¿quién nos alimentará?» El pastor repuso:
«Aquí tienes un hijo. Pero tendrás que guardar siempre el secreto.» Le entregó el niño y abandonó al muerto en la montaña vestido con la ropa real; y cuando los chacales lo hubieron mordido de tal forma que no se le podía reconocer, se lo trajo a Harpagos. Y Ciro se crió como si fuera el hijo del pastor, pero era valiente como un león y hermoso como la mañana, y los demás chicos le nombraron su rey. Cuando tenía unos doce años, el rey Astiages oyó hablar de él y quiso verle. Pero poseía los rasgos propios de la familia y Astiages obligó al pastor a confesar la verdad. El rey se proponía entonces matar al niño, pero los magos le dijeron que el hecho de haber sido nombrado rey en juegos había quitado valor a la profecía, y el muchacho fue enviado de nuevo junto a sus padres. Fue de Harpagos de quien el rey se vengo ―bajé la voz en un susurro, tal como había hecho mi padre al contármelo―. Fue y mató a su hijo, asó su carne y se la dio a comer a Harpagos a la hora de cenar. Cuando éste hubo comido, el rey le mostró la cabeza de su hijo. Se encontraba en un cesto.
No había terminado, pero algo me obligó a detenerme. Sus ojos estaban posados en mí. Casi me tragué el corazón.
Pensaba: «te amaré siempre», pero lo que efectivamente dijo mi lengua fue:
- ¿Figura esto en tu libro, mi señor?
- No, pero sí en el de Herodoto.
Empujó la silla hacia atrás y se dirigió hacia la ventana que daba al mar.
Yo me levanté también en señal de gratitud. ¿Me obligaría a sentarme de nuevo? Los escribanos que le hacían las cartas tenían que permanecer sentados mientras él paseaba. Pero no me dijo nada. Se volvió y regresó al lugar en que yo me encontraba bajo la lámpara, con la espalda apoyada a la silla.
Después me dijo:
- Debes decirme cuándo me equivoco en persa. No temas corregirme, porque de otro modo jamás aprenderé.
Me adelanté un paso hacia él. El cabello me caía hacia adelante sobre el hombro. Él extendió la mano y me lo rozó.
- Mi señor sabe bien que basta con pedírmelo ―dije suavemente.
Eros había depositado su red en el fuerte puño de un dios y en ella encerró a la presa para nunca jamás volver a ser desafiado. La mano que me había rozado el cabello se deslizó por debajo de éste y él me dijo:
- Estás bajo mi protección.
Entonces, sin el respeto que debe inspirar la sagrada persona de un rey, le rodeé el cuello con ambos brazos.
Fue el final de sus disimulos. Allí estaba yo con el único abrazo que, entre tantos, había jamás deseado alcanzar.
No hablé. Bastante me había alejado del lugar que me correspondía. Hubiera deseado decirle únicamente: «Sólo tengo una cosa que darte, pero será lo mejor que jamás hayas tenido. Tómala, nada más.».
Parecía vacilar; no por renuencia, de eso estaba yo seguro, sino por alguna otra cosa, una especie como de torpeza. Entonces pensé: ¿Dónde ha vivido, y acaso no es un soldado? No sabe mucho más que un muchacho.»
Pensé en su famosa continencia, que había creído que no significaba otra cosa más que no violaba a sus cautivas. Pensé en ello cuando salió a la puerta exterior y le dijo al guardián que se iba a acostar y no necesitaba que lo sirvieran. (Supongo que debieron apostar si yo saldría o no.) Al entrar en la alcoba pensé: «Todo el mundo sabe lo que necesita. ¿Tendré yo que averiguarlo por él? No conozco sus costumbres, es posible que le ofenda contra lo que está permitido. Es necesario que me quiera; de lo contrario, moriré.»
Peritas, que se había levantado de su rincón y nos seguía, se acurrucó a los pies de la cama, donde yo hubiera debido depositar mi ropa para que su contemplación no molestara al rey. Pero el rey me dijo:
- ¿Pero a qué viene eso?
Y, al final, mi ropa formó un montón con la suya propia sobre un taburete.
El lecho era antiguo pero suntuoso, de madera de cedro pintada y dorada. Y ahora había llegado el momento de servirle el auténtico banquete persa que debía estar esperando él del muchacho de Darío. Ya lo tenía dispuesto, con todos los condimentos, pero aunque en mi profesión me sentía más viejo que el tiempo, mi corazón, que no había sido adiestrado, era joven y súbitamente se adueñó de mí. En lugar de ofrecerle especias, me aferré simplemente a él como el soldado herido de flecha, murmurando tales locuras que incluso ahora me ruborizo de pensarías y, cuando me daba cuenta de que hablaba en persa, se las repetía en griego. Le dije que pensaba que jamás llegaría a amarme. No le supliqué que me llevara consigo dondequiera que fuera; no pensé con tanta previsión. Era como un viajero en el desierto cuando descubre agua.
Lo último que hubiera podido esperar era que se lo comieran vivo de aquella forma. Dudo que comprendiera una sola palabra de ello, porque yo ocultaba el rostro en su hombro.
- ¿Qué sucede? ―me preguntó―. Dime lo que sea, no temas.
Yo levanté el rostro y le dije:
- Perdóname, mi señor. No es nada. Es amor.
- ¿Sólo eso? ―me dijo posándome la mano sobre la cabeza.
¡Qué necios habían sido mis planes! Hubiera debido comprenderlo tras haber observado su comportamiento en la mesa, entregando los mejores bocados aunque él se quedara sin nada. No deseaba placeres para sí mismo, por orgullo y también porque estaba celoso de su libertad, y yo que había visto lo que había visto, no era quién para censurarlo. Sin embargo, algo obtenía de aquellos platos vacíos. Estaba casi locamente enamorado de poder dar.
- ¿Sólo amor? ―me preguntó―. No te preocupes entonces; ambos tenemos mucho trecho que recorrer.
Hubiera debido observar también en la mesa que jamás arrebataba nada. A excepción de Oromedon, que no contaba, era el hombre más joven con quien me había acostado, pero su abrazo se trocó en consuelo en cuanto pensó que me encontraba en un aprieto; hubiera escuchado toda la historia de haber existido alguna. En realidad, se aprendía muy pronto, y algunos lo habían aprendido a expensas suyas, que hubiera sido capaz de hacer cualquier cosa a cambio del amor.
Deseaba realmente que yo lo amara. No podía dar crédito a semejante suerte. No me había sucedido con nadie. En el pasado me había enorgullecido de poder proporcionar placer, puesto que ésta era mi habilidad; jamás había sabido lo que era deleitarme en ello. Alejandro no era tan ignorante como yo me había imaginado; sucedía simplemente que lo que sabía era muy sencillo. De todas formas, aprendía con rapidez. Todo lo que le enseñé aquella noche, pensó él que por alguna feliz armonía de nuestras almas lo estábamos descubriendo juntos. Y al final hasta me lo pareció a mí.
Después se quedó tendido largo rato, como si estuviera muerto. Sabía que no estaba dormido y empecé a preguntarme si no debería marcharme. Pero él me retuvo sin hablar. Me quedé tendido sin moverme. Mi cuerpo vibraba como la cuerda de un arpa una vez emitida la nota. El placer había sido tan penetrante como el dolor que solía experimentar antes.
Al final se volvió hacia mí, y hablando suavemente, como si hubiera estado solo mucho rato, me dijo:
- Es decir, que eso no te lo arrebataron ―yo murmuré algo, no sé lo que fue―. ¿Y después ―me preguntó― te produce pesar?
- No, majestad ―susurré―. Jamás me había sucedido hasta ahora.
- ¿De veras? ―me tomó el rostro en su mano para mirarme a la luz de la lámpara y después me besó―. Que este presagio sea venturoso.
- ¿Y mi señor? ―pregunté haciendo acopio de valor―. ¿Siente pesar mi señor?
- Siempre durante algún tiempo. Pero no lo tengas en cuenta. Las cosas buenas hay que pagarlas, ya sea antes o después.
- Ya verá mi señor cómo aprenderé a apartar de él su pesar.
Sonrió suavemente.
- Tu vino es demasiado fuerte para beberlo con frecuencia, querido mío.
Estaba asombrado; los demás hombres que había conocido habían simulado más arrestos de los que poseían.
- Mi señor es tan fuerte como un león joven. Eso no es el cansancio del cuerpo.
Él arqueó las cejas y temí haberle enojado, pero entonces me dijo:
- Muy bien, médico sabio, dime entonces qué es.
- Es como el arco; se cansa el más fuerte si no está aflojado. El arco debe descansar. Y también el espíritu del guerrero.
- Ah, eso dicen ―tomó lentamente entre los dedos un mechón de mi cabello―. Qué suave es. Jamás había visto un cabello más fino. ¿Adoras el fuego?
- En mi patria lo hacemos, majestad.
- Y tenéis razón ―dijo él―, porque es divino.
Se detuvo, buscando unas palabras que no eran necesarias porque yo le había comprendido. Bajé la cabeza en ademán de sumisión al tiempo que decía:
- Por mí que mi señor jamás se aparte de su camino, que yo sea como la copa de agua que se bebe apresuradamente al mediodía, y me daré por satisfecho.
Extendió la mano hacia mis ojos cerrados y me rozó los párpados.
- Ah, no. ¿Así es como te recompenso? Ya basta o terminaremos los dos llorando. ¿Quién habla del mediodía? La luna acaba de salir. Esta noche no hay prisa.
Más tarde, cuando la luna se hallaba muy alta y él yacía dormido, me incliné para contemplarlo. La exaltación del espíritu me había mantenido despierto. Su rostro era suave y hermoso; estaba satisfecho y en sueños se sentía a gusto. «Aunque el vino sea fuerte ―pensé―, vendrás por más. »
¿Qué había dicho Nabarzanes? «Algo que lleva queriendo mucho tiempo sin saberlo.» Aquella astuta serpiente, ¿cómo lo había sabido?
El brazo, tostado por el sol, lo tenía desnudo y su hombro era blanco como la leche de no ser por la profunda herida que le había producido el proyectil de la catapulta en Gaza. La mancha se estaba decolorando; era del color del vino aguado. Acerqué suavemente los labios a ella. Alejandro dormía profundamente y ni siquiera se movió.
Mi arte no valdría gran cosa si no me permitía dirigirle ahora que lo había comprendido. Una ligera nube ocultó la luna. Recordé aquella primera noche en su tienda y cómo Hefaistión había entrado y salido a su antojo, tan amable conmigo como con el perro. ¿Tan seguro estaba que ni siquiera se le había ocurrido pensar en mí?¿Tan seguro que ni siquiera se preocupaba por ello? «―A que no adivinas lo que hice anoche. ―Pues claro que sí. Te acostaste con el muchacho de Darío. Sabía que no tardarías en hacerlo. ¿Fue bueno?»
Estaba aparentemente dormido, con la boca cerrada, la respiración silenciosa el cuerpo fresco y dulce. El aposento olía a madera de cedro, con cierto dejo de sal marina. Se acercaba el otoño y el viento nocturno soplaba desde el norte. Le cubrí con la manta; sin despertarse, se aproximó a mí en el espacioso lecho, buscando calor.
Al deslizarme entre sus brazos, pensé: «Pronto veremos quién gana, alto macedonio. Durante todos estos años lo has convertido en un muchacho. Pero conmigo será un hombre.»
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El muchacho persa
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