Capítulo 13

La noticia corrió de repente por todas partes. Alejandro se lo tomó con calma. Podía actuar en secreto cuando hacia falta pero jamás era furtivo. No ocultaba que mi presencia le agradaba pero no daba motivo de burla a los escarnecedores. Me sentía orgulloso de su comportamiento, tan insólito en él, siendo así que a mí se me había enseñado la correcta manera de proceder. Ahora yo le atendía a la hora del baño y él solía ordenar que se retiraran todos los demás.

Una o dos veces, de pie junto a su silla, observé que Hefaistión me miraba, pero éste no dio a entender otra cosa y siguió entrando y saliendo con la misma libertad que antes. No me era posible saber lo que decía cuando me alejaba de la habitación. Los muros de Zadrakarta tienen cuatro pies de grosor.

Alejandro jamás me hablaba de él. Tampoco me engañaba. Hefaistión no estaba olvidado y él era inexpugnable.

Pensé en el viejo caballo de guerra del rey por el que éste hubiera sometido a saqueo una provincia a pesar de que jamás volvería a utilizarlo en las cargas. «Así es pensé, jamás retira el amor; no es propio de él. » Pensé que a Hefaistión no le había ido mal. Si un agraciado muchacho que encuentras en un almiar llega a ser general de caballería a los dieciocho años y sigue siendo tu muchacho, no puedes quejarte. Y si acaba siendo faraón y Gran Rey con los tesoros de Babilonia, Susa y Persépolis a sus pies y la adoración de las tropas más valientes del mundo, ¿acaso es de extrañar que piense que ya no es un muchacho y desee a un muchacho propio? «¿Cuánto tiempo hace pensé desde que hicieron algo más que considerarse amantes? ¿Desde la última vez que montó el caballo negro en guerra? Y, sin embargo...»

Pero por la noche cesaron mis preocupaciones. Ahora él sabía lo que quería, pero yo lo sabía mejor. A veces en la danza uno se eleva por encima de sí mismo y no puede detenerse. Era algo parecido.

En determinada ocasión, cuando a través de la profunda ventana la luz de la luna iluminó el lecho dorado, recordé mi viejo aposento de Susa y murmuré la invocación de mis sueños. «¿Soy hermoso? Sólo es para ti. Dime que me quieres porque sin ti no puedo vivir.» Con razón le había atribuido carácter mágico.

Dudo que en la vida se hubiera acostado alguna vez con alguien por quien no experimentara afecto. Toda la vida había necesitado el amor como la palmera necesita agua: de los ejércitos, de las ciudades, de los enemigos conquistados, nada era suficiente. Ello le hacía abrirse a falsos amigos, tal como muchos pueden atestiguar. Bueno, por todo ello, a ningún hombre se le convierte en dios cuando está muerto y no puede causar ningún daño, sin amor. Necesitaba amor y jamás perdonaba su traición, que no comprendía. Porque él, si se le ofrecía de todo corazón, jamás abusaba del mismo ni despreciaba a quien se lo había ofrecido. Lo aceptaba con gratitud y se sentía obligado. Yo debiera saberlo.

Se complacía en pensar que me había dado lo que Darío no había podido; por ello no le dije que Darío jamás había pensado en tal cosa. Siempre le gustaba superar a sus rivales.

Pero cuando el deseo se apagaba, volvía a sumirse en la hondura de su alma y yo temía romper su soledad. Pero deseaba pagarle su entrega. Lo recorría con la punta del dedo desde la ceja a la garganta y él me sonreía para demostrarme que no estaba enojado ni era ingrato. Una noche, recordando el libro que guardaba y me había mostrado, le dije suavemente al oído:

- ¿Sabias, rey, que Ciro el Grande amó una vez a un muchacho medo?

Al escuchar este nombre su rostro se iluminó y sus ojos se abrieron.

- ¿De veras? ¿Cómo se conocieron?

- Había ganado una gran batalla contra los medos, y estaba recorriendo el campo de batalla para ver la matanza. Vio al muchacho, herido de muerte, tendido junto al cadáver de su padre. Al ver al rey, el muchacho dijo: «Haz conmigo lo que quieras, pero no mutiles el cuerpo de mi padre; ha sido fiel.»

»Ciro le dijo: "No suelo hacer estas cosas. Tu padre será enterrado con honor." Aunque el muchacho estaba ensangrentado, el rey lo amó. Y el muchacho miró a Ciro, al que sólo había visto de lejos con sus fulgurantes armas y pensó: "Éste es mi rey." Ciro ordenó que lo sacaran del campo y lo cuidaran, y lo honró con su amor; y siempre le fue fiel. Y se concertó la paz entre los medos y los persas.»

Ahora había conseguido despertar todo su interés. Su melancolía se había desvanecido.

- No lo sabía. ¿Cuál fue esa batalla? ¿Cómo se llamaba el muchacho?

Se lo dije: El amor daba alas a mi imaginación.

- Como es natural, en nuestras tierras la gente sabe mucho de esas historias. No sé si serán ciertas.

Me lo había inventado todo y hubiera podido hacerlo mucho mejor si mis conocimientos de griego me lo hubieran permitido. Que yo sepa, Ciro jamás amó a un muchacho en su vida.

El hechizo había dado resultado. Recordé algunos otros relatos que, auténticos o falsos, corrían realmente por el país de Ashan. Más tarde él me dijo que ni el muchacho de Ciro era más hermoso que el de Alejandro, y después no se afligió sino que logró conciliar el sueño.

Al día siguiente volvió a sacar el libro y empezó a leérmelo. Le tuve para mí solo por espacio de una hora. Dijo que lo había leído en su hogar siendo niño y que le había mostrado el relato del alma de un verdadero gobernante.

Bueno, era posible. Pero si pretendía ser el retrato de Ciro, el propio Ciro se hubiera sorprendido. Lo había escrito no un erudito persa que hubiera leído los archivos y hablado con los ancianos de la tribu sino un soldado mercenario griego de la época de Artajerjes que había luchado por cuenta de Ciro el Joven contra el rey. Tras haber librado a sus hombres del peligro y haberlos devuelto a Grecia, supongo que no es de extrañar que creyeran cualquier historia que contara.

Como es natural, Alejandro sólo me leía sus pasajes preferidos. En realidad, de haberse tratado de otra persona no sé cómo hubiera conseguido mantener abiertos los ojos. Ambos estábamos bastante faltos de sueño. Puesto que podía estarme mirándole la cara sin cansarme, él jamás se daba cuenta de cuándo dejaba de escucharle. Siempre podía adivinar la proximidad de algo que le gustaba.

- Todo eso no es histórico dijo tal como he podido averiguar desde que estoy aquí. ¿A vuestros muchachos no se les prepara en escuelas públicas?

- No, majestad. Nuestros padres nos adiestran para la guerra.

- ¿Y a los jóvenes también?

- Sí, majestad. Luchan con los componentes de las tribus de sus padres.

- Eso me parecía. Admira demasiado a los espartanos. ¿Pero es cierto, como pienso, que a Ciro le gustaba compartir con sus amigos los mejores platos que le preparaban sus cocineros?

- Sí, majestad. Desde entonces ha sido un honor de la mesa del rey.

¡Conque allí era donde lo había descubierto! Aquel Jenofonte debía haber vivido en Persia el tiempo suficiente como para enterarse. Estaba tan conmovido que quería llorar.

Me leyó un relato según el cual los señores de Ciro escogieron para éste, entre el botín de la batalla, a la más encantadora de las nobles que lloraba por su señor muerto. Pero Ciro, que sabía que éste se encontraba vivo, ni siquiera quiso verle la cara sino que la mantuvo con honor en su propia corte y mandó llamar al marido. Cuando éste llegó para rendirse y jurar lealtad al rey, se la presentó y juntó las manos de ambos. Mientras Alejandro me lo leía comprendí súbitamente que eso es lo que se había propuesto hacer con Darío y su reina. Por eso había llorado la muerte de ésta. Comprendí que se lo había imaginado exactamente igual que en el libro y pensé en el carro de cubierta con cuero con los cojines chorreando sangre.

Ya no disponía de harén. Antes de mi llegada, había instalado a la reina madre en Susa con las jóvenes princesas.

Un rey decía el libro en alguna parte no sólo debe demostrar ser mejor que aquellos a quienes gobierna sino que debe arrojar sobre éstos una especie de hechizo.

Yo le dije:

- Permíteme decirlo en persa.

Y ambos nos miramos sonriendo.

- Debes aprender a leer el griego me dijo él. Es una lástima que no sepas leer. Te buscaré un profesor amable. No Kalístenes, que se considera demasiado sublime.

Durante algunos días nos dedicamos a leer el libro juntos y él me iba preguntando si esto o aquello era cierto. A él le gustaba tanto que yo no me atrevía a decirle que aquel narrador de historias griegas, que procedía de Atenas, donde no había reyes, se había sacado uno de la manga y le había conferido el nombre de Ciro. Cuando el libro se equivocaba en relación con las costumbres persas se lo decía para que no hiciera el ridículo ante mi gente. En cambio, cuando leía alguna sentencia que hubiera dejado huella en su alma, yo siempre le decía que ésta la había pronunciado la boca de Ciro en Ashan. No hay nada comparable a hacer feliz al que se ama.

- Me enseñaron erróneamente cuando era niño me dijo. No te insultaré con lo que me dijeron que pensara acerca de los persas. Supongo que el viejo debe seguir diciendo las mismas cosas en su escuela de Atenas. Fue Ciro quien me abrió los ojos en este libro cuando tenía quince años. La verdad es que todos los hombres son hijos de Dios. A los mejores los hace más suyos que a los demás, pero se les puede encontrar en todas partes.

Posó la mano sobre la mía.

- Ahora dime añadió, ¿es realmente cierto que Ciro se alió con los medos para luchar contra los asirios, tal como dice aquí? Herodoto dice, y tú también me lo has dicho, que derrotó a los medos en guerra.

- Lo hizo, mi señor; cualquier persa podrá decírtelo.

Siguió leyendo el libro: «Gobernó a estas naciones a pesar de que no hablaban su misma lengua y a pesar de ser todas distintas entre sí; ello no obstante, extendió tan lejos el temor a su persona que ninguna se atrevía a oponérsele y era capaz de despeñar un deseo tan intenso de complacerlo que todas deseaban ser guiadas por su voluntad.»

- Es cierto -dije- y volverá a serlo.

- Pero jamás convirtió a los persas en soberanos de los medos; ¿gobernó como rey sobre ambas naciones?

- Sí, majestad según tenía entendido, algunos de los jefes medos se habían rebelado contra Astiages a causa de la crueldad de éste; es indudable que debieron imponer ciertas condiciones y Ciro mantuvo su palabra como hombre de honor que era. Añadí, por tanto: Es cierto, Ciro nos convirtió en un solo reino.

- Así debe ser. No sojuzgó a los pueblos, creó un imperio más vasto. Escogía a los hombres por lo que realmente eran y no atendiendo a rumores o historias de viejas... Bueno, supongo que no debió costarle convencer a los conquistados. Lo difícil es convencer a los vencedores.

Estaba asombrado. «¡Pero si hasta en eso quiere seguir el ejemplo de Ciro!» pensé. No, más bien superarlo, porque Ciro tenía compromisos que cumplir, y él era libre... Y yo era el primer persa a quien se lo decía.

Hacia tiempo que no recordaba con claridad a mi padre. Ahora su rostro se me apareció de nuevo bendiciendo a mis futuros hijos. Tal vez sus palabras no hubieran sido tan vacías como el viento.

- Sí, dime en qué piensas me dijo Alejandro.

- Que los hijos de los sueños sobreviven a los hijos reales repuse.

- Eres un vidente; lo he pensado con frecuencia.

No le contesté: «No, mi señor, no soy más que un eunuco que procura sacar de ello el mejor partido», pero le hablé en cambio de los Festejos de Año Nuevo que Ciro inició en calidad de fiesta de amistad, y le dije que había conducido a sus pueblos a la conquista de Babilonia y que los medos y los persas rivalizaron en valor ante él. A veces, en mi ansiedad, me embarullaba con el griego, pero él me decía: «No te preocupes. Te comprendo.»

De día aparecía aureolado por una especie de resplandor y por la noche era como si acudiera a él el muchacho de Ciro y no el de Darío. Se sumía sonriendo en un sueño sin congojas y yo me decía a mí mismo: «He podido hacer por él lo que no pudo Hefaistión.»

¡Qué perverso es el corazón! Darío no me había ofrecido amor ni me lo había pedido y, sin embargo, me había parecido justo mostrarme agradecido por todo lo que me daba: un caballo, un espejo, un brazalete. Ahora, en mi fortuna, se me abrasaba el alma porque había habido otro antes que yo. Era necesario que le tuviera todo para mí.

En todo menos con palabras me daba a entender que experimentaba conmigo más placer que con ningún otro que me hubiera precedido; era demasiado generoso para quitarle importancia. Pero las palabras jamás las pronunciaba y yo sabía muy bien por qué. Eso hubiera sido violar la lealtad.

Nadie es dueño de los dioses. Pero hay algunas personas a las que éstos hacen más suyas que a las demás. Lo recordaba.

Había veces en que hubiera deseado asirle con ambas manos gritando: «¡Quiéreme más que a nadie! ¡Dime que me quieres más que a nadie! ¡Dime que me quieres más que a ningún otro!» Pero recordaba:

«Nunca seas importuno me había dicho Oromedon hacía mucho tiempo. Nunca, nunca, nunca, nunca. Es el camino más rápido a la polvorienta calle. Nunca.» Y él, que siempre era más suave que la seda, me había dado un tirón al cabello que me había hecho gritar. «Lo he hecho por tu bien me dijo, para que te acuerdes. »

De pie junto al muro de la sala de audiencias de Zadrakarta lo observaba conceder audiencia a los macedonios. Recibía a aquella gente sin ceremonia y caminaba entre ella.

«Eres un músico me había dicho Oromedon. Lo único que te hace falta es conocer el instrumento.» Pero él pensaba en instrumentos más sencillos. Esta arpa poseía muchas cuerdas y algunas jamás sonaban para mí. Y, sin embargo, habíamos armonizado.

Me hallaba entretenido en estos pensamientos cuando llegó un mensajero portando gran número de cartas de Macedonia. El rey las tomó y se sentó en el diván que tenía más cerca como si fuera un hombre corriente. Solía hacer estas cosas. Yo ansiaba decirle que lo perjudicaban.

Mientras examinaba las cartas, Hefaistión se acercó y se sentó a su lado. Yo jadeé en voz alta. Eso superaba cualquier otra afrenta. Pero Alejandro se limitó a entregarle algunos rollos para que los sostuviera.

No estaban muy lejos de mí. Escuché que Alejandro decía, suspirando, mientras tomaba la más abultada de las cartas.

- De mi madre.

- Léela primero y termina le dijo Hefaistión.

Aunque lo odiaba, sabía que las mujeres de Darío lo habían agasajado con honores reales en la confusión de su pesar. Según los cánones persas, supongo que era el más hermoso: más alto, con facciones tan regulares que casi rayaban con la perfección. Cuando su rostro aparecía inmóvil, ofrecía una expresión grave y casi triste. Tenía el cabello de reluciente color bronce, si bien mucho más áspero que el mío.

Entre tanto, Alejandro había abierto la carta de la reina Olimpia. Y Hefaistión, apoyado sobre su hombro, empezó a leerla también.

En medio de mi amargura advertí que hasta los macedonios se habían escandalizado. Sus murmuraciones llegaron hasta mí:

- ¿Pero quién se cree que es?

- Bueno, ya lo sabemos. Pero no hace falta que lo proclame a los cuatro vientos. Uno de aquellos veteranos que seguían apegados a sus barbas y a sus toscos modales dijo:

- Si él puede leerla, ¿por qué no podemos escucharla los demás?

Alejandro levantó la mirada. No llamó a los guardianes para que arrestaran a aquel hombre. Ni siquiera le reprendió. Se limitó a quitarse la sortija de sello, se volvió hacia Hefaistión sonriendo, y cubrió los labios de éste con el sello real. A continuación, ambos siguieron leyendo la carta.

Yo siempre había sabido actuar con suavidad, aunque me cegaran las lágrimas. Nadie advirtió que me marchaba. Corrí a las cuadras y me alejé al galope de la ciudad, dirigiéndome a las marismas, donde unas nubes de negros pájaros se levantaron gimiendo y gritando como los pensamientos de mi corazón. Mientras regresaba a casa, los negros pensamientos se apaciguaron y se posaron como cuervos sobre una horca. «No puedo soportar la vida si vive ese hombre. Tendrá que morir.»

Paseando con mi caballo por los arenosos breñales me puse a reflexionar: «Se conocieron de niños; ese hombre le es fiel y Alejandro se siente atado. Lo distinguirá ante todo el mundo; aunque a mí me ame con toda su alma, el corazón se me está quemando. ¡No! Para Hefaistión sólo me sirve una cosa. Voy a matarlo.

»Mañana, pues, me iré al mercado de los pordioseros y compraré ropa vieja. Me cambiaré en algún lugar de por aquí y ocultaré mi propia ropa bajo la arena. Me envolveré la cabeza con un paño para ocultar mi rostro imberbe y me dirigiré a las callejuelas que hay bajo la muralla. Encontraré allí algún boticario que me hará preguntas. No tardaré mucho en tener ocasión de acercarme a su vino o comida.»

En las cuadras llamé a un mozo para que atendiera a mi agotado caballo y regresé a la sala de audiencias para mirarlo y pensar: «Vas a morir muy pronto.»

Inmóvil junto al muro seguí elaborando el plan. Compraría el veneno; eso no sería problema. ¿Lo guardaría en un frasco o en una bolsa? ¿Y dónde lo guardaría? ¿En mis ropas? ¿Alrededor del cuello? ¿Cuánto tiempo tendría que ocultarlo?

Al enfriárseme la ardiente sangre, empecé a pensar en miles de percances que pudieran ocurrirme antes de tener ocasión de utilizar el veneno; me estaba entreteniendo en estas pequeñas cosas cuando, como un relámpago, se me ocurrió la más importante. Si me sorprendieran con el veneno, ¿quién dudaría que pretendía emplearlo contra el rey? Yo le había sido ofrecido por un hombre que ya había matado a un rey.

A Nabarzanes lo sacarían a rastras de su hogar y lo crucificarían a mi lado. Me recordarían durante mucho tiempo; el muchacho persa, la prostituta de Darío que había engañado al gran Alejandro. Y éste también me recordaría. Antes que eso, ingeriría yo mismo el veneno aunque éste me convirtiera las entrañas en tembloroso fuego.

Los macedonios habían terminado la audiencia. Ahora les correspondía a los persas. Su presencia me recordó de quién era hijo. ¿Pero qué me había sucedido? Asesinar a un hombre fiel porque se interponía en mi camino. Los hermanos del rey Arses también habían sido fieles y se habían interpuesto en el camino. Y también mi padre.

La próxima vez que vi a Hefaistión junto al rey me dije a mí mismo: «Bueno, podría matarte si quisiera; tienes suerte de que no me rebaje a hacerlo.» Era lo suficientemente joven para que ello me hiciera sentir mejor; demasiado joven y demasiado turbado por mis propias preocupaciones para pensar en las suyas.

Lo que él había tenido jamás sería de nadie. Su exigencia se había cumplido. ¿Cómo era posible que pidiera más? Bueno, hubiera podido pedir que su amado no se convirtiera en amante y recibiera de un muchacho persa de ojos oscuros lo que jamás hubiera podido pensarse que necesitaba. Tal vez el deseo de su juventud se hubiera atenuado (en tal caso me imaginaba cuál de ellos se había atenuado primero), pero su amor estaba allí, público como un matrimonio. Sólo en las noches de Zadrakarta, no era posible que Hefaistión durmiera tranquilo. Hubiera debido ver en su arrogante comportamiento en relación con la carta, una súplica de una prueba de amor. Alejandro se había dado cuenta y se la había otorgado delante de todo el mundo.

Aquella noche, entre el pesar y el remordimiento, perdí la sensación de la armonía; me comporté de una manera forzada y tonta e intenté poner en práctica un sistema que había aprendido en Susa y que él jamás hubiera podido adivinar que yo conocía. Comprendí mi error. Temí su desagrado al no haber contado con su inocencia.

- ¡No me digas que hacías eso con Darío! exclamó, y se echó a reír tan estrepitosamente que a punto estuvo de caerse del lecho; yo me quedé tan sorprendido que oculté el rostro y no quise mirarlo. ¿Qué es eso? me preguntó.

- Te he desagradado repuse. Me iré.

Él me atrajo de nuevo hacia sí.

- No seas arisco. ¿Qué es eso? Después su voz se alteró-. ¿Aún sigues echando de menos a Darío?

Estaba celoso, sí, ¡hasta él! Me arrojé encima, abrazándolo con una furia más parecida a la guerra que al amor. Él me estuvo calmando un buen rato antes de que pudiéramos empezar. Pero yo estaba tenso y al final experimenté dolor casi como en los primeros tiempos. Aunque lo disimulé, supongo que él se percató de la diferencia. Permanecí tendido en silencio sin hacer nada por apartar de él la tristeza. Y fue él quien me dijo:

- Vamos, cuéntamelo.

- Te amo demasiado repuse.

Me atrajo hacia sí y me introdujo suavemente los dedos entre el cabello.

- Nunca es demasiado dijo. Demasiado no es bastante.

En sueños no se alejó de mí como a veces hacía; me permitió permanecer a su lado toda la noche.

A la mañana siguiente, al levantarme, me dijo:

- ¿Cómo va la danza? le repuse que practicaba todos los días. Muy bien. Hoy vamos a facilitar la lista de concursos para los juegos de la victoria. Se incluirá un concurso de danza.

Efectué una voltereta y después un salto mortal hacia atrás.

Él se rió y después me dijo, muy en serio:

- Debes saber una cosa: jamás dirijo a los jueces. Causa mal efecto. En los juegos de Tiro hubiera dado cualquier cosa por ver coronado a Tétalos. Para mí, no hay trágico que se le pueda comparar; ha sido también emisario mío y me ha prestado muy buenos servicios. Pero escogieron a Atenodoros y tuve que aceptarlo. Por consiguiente, sólo puedo decirte que venzas por mí.

- Aunque en ello me vaya la vida repuse manteniéndome en equilibrio sobre las manos.

- Cállate me dijo él haciendo el signo griego de conjuro de la mala suerte.

Más tarde me entregó un puñado de oro para los vestidos y me envió el mejor flautista de Zadrakarta. Si había adivinado mi preocupación y no podía borrarla; sabía en cambio hacérmela olvidar.

Estaba cansado de mis viejas danzas. Para él compuse una nueva. Empezaba con mucha rapidez, al estilo caucásico. Después se hacía más lenta, con vueltas que ponían de manifiesto mi equilibrio y fuerza. La última parte tendría florituras; no demasiadas porque yo era un danzarín y no un acróbata, pero sí suficientes. El vestido me lo hice a estilo de túnica griega, confeccionado con una serie de cintas escarlatas sujetadas simplemente a la garganta y la cintura. Tenía los costados desnudos. Me hice unas ajorcas con tintineantes cascabeles de oro batido. En la primera parte utilizaría castañuelas.

Practiqué con denuedo. El primer día, cuando ya había practicado y había despedido al flautista, entró Alejandro y me vio secándome con la toalla casi sin resuello. Me apoyó las manos en los hombros.

- A partir de ahora y hasta que se celebren los juegos dormirás aquí. Cada cosa a su tiempo.

Ordenó que me enviaran una cama. Sabía que tenía razón, pero me entristeció que pudiera pasarse sin mí, sabiendo todavía menos que el más miserable de sus soldados sin qué podía pasarse. Pensé que no podría soportar una sola noche lejos de él, pero había trabajado tan duro que me quedé dormido en cuanto me acosté y no me moví hasta la mañana siguiente.

El día de los juegos entré muy de mañana en su habitación donde lo vestía uno de los acompañantes. En cuanto me vio dijo:

- Ah, ya se encargará de eso Bagoas; puedes marcharte.

Algunos de los acompañantes habían mejorado y el rey se mostraba más amable con ellos pero éste era torpe. Se alejó malhumorado y el rey dijo:

- En tanto tiempo no ha aprendido todavía a colocarme el manto. Yo se lo abroché como es debido y le dije:

-La próxima vez dímelo a mí.

Me atrajo con las manos y me besó.

- Nos veremos cuando dances.

Por la mañana se celebraban las competiciones atléticas: carreras, saltos, lanzamiento de disco y jabalina, pugilato, lucha. Siendo la primera vez que presenciaba juegos griegos, creo que experimenté cierto interés, si bien debo decir que éstos siempre me han aburrido. Después de la pausa del mediodía venían las danzas.

Para éstas y para la música los carpinteros del ejército habían erigido un teatro con un escenario y un telón de foro que daba a una suave pendiente, bancos para los grandes personajes y un estrado para la silla del rey. El telón de foro había sido pintado con columnas y cortinas que parecían de verdad. En Persia no conocemos este arte. Jamás había visto un lugar parecido, pero lo visité y observé que el pavimento era bueno.

Las pendientes se estaban llenando, los generales estaban tomando asiento en los bancos. Me dirigí adonde se me dijo y me reuní con los demás danzarines sobre la hierba que había junto al escenario. Nos miramos unos a otros de soslayo; tres griegos, dos macedonios y otro persa.

El rey hizo su aparición al son de trompetas. Los demás danzarines me miraron con odio sabiendo quién era.

Pero no creo que al final quisieran disputarme la victoria. Sabía que tenía que ser extraordinaria, por él y por mí. Es cierto que jamás interfería en la labor de los jueces, pero los jueces son humanos. Los de Tiro es posible que supieran que él apreciaba a Tétalo pero eso no es lo mismo que ser su amante. Una cosa imperfecta de nada serviría.

En Susa había danzado para obtener el favor del rey, por temor a ser rechazado, por vanagloria. Ahora danzaba por el honor de nuestro amor.

Se extrajo a suerte el turno de actuación. A mí me correspondió el cuarto. Y no estaba ni a la mitad de mi primera danza rápida con las castañuelas cuando se iniciaron los aplausos. Para mí constituía una novedad. Mi mayor auditorio había estado integrado por un puñado de invitados de Darío que me alababan cortésmente. Aquel rugido era distinto y me dio alas. Cuando llegué a los saltos mortales del final apenas podía oír la música.

Los jueces llevaron a cabo la elección inmediatamente y yo fui enviado a recibir la corona.

Acompañado por un inmenso clamor, subí al estrado e hinqué la rodilla en su borde. Alguien le entregó al rey la reluciente guirnalda. Levanté los ojos y descubrí su sonrisa.

Él me colocó la corona sobre la cabeza y su roce me acarició. Si la felicidad pudiera saciar igual que la comida o el vino, yo hubiera estallado. Hefaistión jamás había hecho eso por él, pensé. El siguiente concurso estaba dedicado a los citaristas. Si el Dios Prudente hubiera enviado sus ángeles a tocar, no hubiera sido posible establecer una diferencia. No recuerdo nada de lo que sucedió entre aquel paraíso y el estar de pie junto a su asiento en el transcurso del banquete de la noche. Fue un festín extraordinario tratándose de macedonios; se celebró en la gran sala del palacio resplandeciente de luces. Había demasiados invitados para utilizar los triclinios griegos. Alejandro había invitado a más nobles persas que nunca. En el transcurso de toda la comida estuve ocupado con regalos y mensajes. Todos tenían algo que decirme a propósito de mi danza. Me dije a mí mismo: honra a mi gente por lo que ve en ella pero un poco también gracias a mí. Y pensé con éxtasis en la noche cercana.

Subí antes que él. En lugar de la bata de baño y las toallas, había ropa nueva preparada. Si no hubiera estado viviendo un sueño, hubiera debido imaginármelo; lo comprendí a tiempo para no hacer el ridículo.

Él subió, me abrazó el acompañante que le servía se había retirado al verme llegar y me dijo:

- Hoy he sido envidiado por toda Zadrakarta pero no por ser rey yo le desabroché el manto y le ayudé a cambiarse. No me esperes, querido. Todos son viejos amigos míos, beberemos hasta el amanecer. Acuéstate y abrígate bien, de lo contrario mañana estarás aterido.

«Una noche macedonia pensé mientras guardaba su manto púrpura. Bueno, ya me ha advertido. No importa; por embriagado que esté, yo seré quien lo acueste y no este tosco acompañante. Será hacer bien poco por él.»

Tomé una manta del armario y me envolví en ella, acurrucándome en un rincón. El duro suelo no me mantuvo despierto mucho rato.

Escuché su voz. Los pájaros ya empezaban a agitarse pero el alba todavía no había llegado.

- He dado yo solo todos los pasos. Han hecho falta cuatro para llevarse a Filotas.

- Y no llegarán lejos dijo Hefaistión. ¿Ahora podrás acostarte?

- Sí, pero entra una pausa. Anda, entra. No hay nadie.

Me sentía muy entumecido. Alejandro había tenido razón al decirme que me abrigara. Me subí la manta para que la luz no me iluminara el rostro.

El brazo de Alejandro se apoyaba sobre los hombros de Hefaistión pero éste no lo arrastraba. Lo sentó, le quitó las sandalias, le quitó la túnica por la cabeza y lo metió en el lecho. Colocó la mesa, puso encima de ésta la jarra del agua y la copa, buscó el orinal y lo colocó al alcance de Alejandro. Mojó una toalla en el aguamanil, la escurrió y secó con ella la frente de Alejandro. Aunque caminaba con paso vacilante, lo hizo todo muy bien. Alejandro suspiró y dijo:

- Qué alivio.

- Será mejor que duermas hasta tarde. Mira, aquí tienes el agua y el orinal.

- Dormiré hasta tarde. Ah, qué alivio. Siempre estás en todo.

- A estas alturas no te extrañe se inclinó y besó a Alejandro en la frente. Que descanses, amor mío.

Se marchó cerrando la puerta con suavidad.

Alejandro se volvió de lado. Esperé un buen rato para asegurarme de que estuviera bien dormido y después volví a guardar la manta cuidadosamente. Me dirigí a mi frío lecho mientras llegaba el alba con los chillidos de las gaviotas.


El muchacho persa


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