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Junto con Filotas, murió abatido por los venablos Alexandros de Lynkestis, segundo heredero, por rama colateral, del trono de Macedonia. Sus hermanos habían conspirado en el asesinato del rey Filipo; al no haberse podido demostrar la culpabilidad del mayor, Alejandro se lo había llevado en su ejército. Ahora resultaba que Dimnos y los demás habían pretendido nombrarlo rey: un macedonio honrado que mantendría a los bárbaros en el lugar que los dioses griegos les tenían asignado.
Le habían advertido a propósito del juicio y había preparado un discurso de defensa, pero ante la asamblea sólo pudo pronunciar unos balbuceos inconexos. Dijeron que parecía una rana que croara y lo condenaron con desprecio, afirmando que deseaban librarse de semejante rey. Dos de los acusados demostraron su inocencia y fueron puestos en libertad. Reanudamos la marcha al recibirse la noticia de la muerte de Parmenio.
Los hombres la recibieron con serenidad. Ellos mismos habían condenado a Filotas y estaban dispuestos a suponer que también había pruebas contra el padre de éste. Fueron los antiguos oficiales de la vieja escuela del rey Filipo quienes recordaron que Parmenio había ganado para éste una batalla el mismo día del nacimiento de Alejandro. Fueron éstos los hombres que empezaron a cavilar. Al parecer, Filipo había sido un macedonio como era debido. Tras haber liberado a las ciudades griegas de Asia, se hubiera conformado con regresar a casa y ser el amo de Grecia, que es lo que siempre había deseado.
Nuestra ciudad ambulante fue avanzando por desnudos yermos abrasados por el verano y ahora helados como consecuencia de los vientos otoñales que soplaban entre los cortados despeñaderos. Eran tierras muy duras; morían los seguidores del campamento que estaban enfermos y alguien de su lugar natal les escarbaba una tumba en la áspera tierra. Nadie se murió de hambre. Llegaban del oeste caravanas de suministros y rebaños de ganado extenuado a causa del desplazamiento. Avanzábamos penosamente, casi siempre sin Alejandro, que se dedicaba a recorrer los yermos para averiguar las intenciones de Bessos que, según se decía, avanzaba en dirección este.
Al cabo de unos días o de medio mes regresaban muy delgados sobre sus flacos caballos, por habérseles agotado las provisiones. De vez en cuando alguna fortaleza de montaña se le resistía y Alejandro organizaba una caravana de asedio: catapultas desmontadas que cargaba sobre mulos, madera para las escaleras si la tierra carecía de árboles, una torre de asedio ―si podía subirla― tirada por diez yuntas de bueyes; camillas para los heridos si el terreno era demasiado escabroso para los carros. Recorría la línea arriba y abajo comprobándolo todo personalmente. Resultaba casi increíble que entre tantos miles de hombres, pudiera conocer a tantos. Se reían juntos con frecuencia, el soldado con el rey o el rey con el soldado. Los soldados reconocían en él parte de sí mismos. La mayoría de ellos ni siquiera lo habían visto jamás vestido a la usanza persa; lo conocían vestido con desgastada ropa griega, una armadura de cuero viejo atravesado por los bordes de las chapas de hierro que lo revestían. Ningún macedonio se les antojaba superior a su joven general invicto que sudaba o se moría de frío o pasaba hambre con ellos sin sentarse jamás a descansar hasta haberlos visto alimentados, y atendido a los heridos, sin dormir jamás en lugar más seco que ellos, y arrebatando la victoria al peligro. Esperaban compartir con él el botín y él lo repartía equitativamente. Si se acostaba con el muchacho de Darío cuando disponía de tiempo, ¿qué se les daba a ellos? También tenía derecho a disfrutar. Pero ya empezaban a pensar en el hogar.
Se habían quedado con lo mejor del botín, la riqueza de las grandes ciudades. Habían nadado en oro. Me dijeron que en cierta ocasión un mulo de transporte de la caravana del tesoro se había caído y el soldado que lo conducía, cuidando de los bienes del rey, había sostenido con los hombros la pesada carga siendo sepultado por ésta. Se le acercó Alejandro y le dijo:
- Aguanta un poco más. Llévatelo a tu tienda. Es tuyo.
Así habían vivido. Ya habían despojado a los persas y no querían saber más de nosotros.
No podía decirse lo mismo en relación con Alejandro. Su apetito aumentaba cuanto más se alimentaba. Amaba la victoria y Bessos todavía no había sido derrotado. Le gustaba la magnificencia, y nuestros palacios y modales le habían mostrado lo que ello podía ser. De niño le habían enseñado a despreciarnos; pero había descubierto belleza y valor entre nuestros nobles, que así se habían criado a lo largo de las generaciones; y también me había encontrado a mí. Le gustaba la realeza y aquí había un imperio debilitado a causa del mal gobierno, cuyas riendas apenas habían advertido el roce de su mano. Sentía por encima de todo un deseo vehemente. Este momento de ansiosa alegría lo había advertido yo en las Puertas Caspias ante el desfiladero, perdido él en la distancia y ansiando contemplar las maravillas a que se referían los relatos de los viajeros. Gran congoja espera a aquellos cuyo deseo es demasiado vehemente.
Pero seguía conservando la fidelidad de sus soldados. Al igual que Ciro, ejercía en ellos una especie de hechizo. Les decía también que retirarse sin haber vencido a Bessos suscitaría el desprecio y el levantamiento de todas las tribus; perderían sus victorias y su gloria. A los soldados les seguían importando tales cosas. Habían demostrado ser amos de los bárbaros y se enorgullecían de ello.
De ellos regresaba a mí. Agradecía el placer porque se había pasado sin él mucho tiempo, aunque hubiera podido pasarse mucho más, porque había cosas que le hacían más falta. Le gustaba regresar a su otro reino y encontrar amor en él, saber que el sol posee una belleza y la luna otra. Descubrí que le gustaba dormirse escuchando largas historias de bazar sobre príncipes que iban en busca de los huevos del ave fénix ascendiendo a torres diamantinas rodeadas de llamas o presentándose disfrazados ante reinas hechiceras. Le gustaba que le hablaran de la corte de Susa. Ante los ritos de la hora de levantarse, acostarse y tomar el baño no podía evitar echarse a reír pero escuchaba atentamente el protocolo de las audiencias.
Confiaba en mí. Sin confianza no podía vivir. Confiaba también en Hefaistión y no para mi desgracia, tal como ahora se demostró.
El poder de Filotas había sido excesivo para un solo hombre. El rey lo había repartido entre dos comandantes: Kleitos el Negro, un veterano oficial al que conocía desde la infancia, y Hefaistión.
Si la confianza lo fuera todo, Hefaistión hubiera sido distinguido especialmente. Pero el ejército tiene su política y se estaban empezando a formar bandos. Se sabía que Hefaistión era la mano derecha del rey en cualquier novedad que introdujera. Había aprendido nuestras formas de cortesía, era tan alto y apuesto como los nobles iranios que lo admiraban y apreciaban; se había persianizado, decían los hombres de la vieja escuela. El barbado y fornido Kleitos, que había alcanzado su mismo rango, era para ellos la garantía de que no serían excluidos.
Todo ello significaba para mí que Hefaistión estaría ausente a menudo a causa de las campañas.
Había demostrado su valía en la guerra. Era hijo de un noble macedonio y exigía honor, aunque ello lo apartara de Alejandro. Le deseaba lo mejor, yo que sólo aspiraba a una cosa.
Hacia la época de la cosecha llegamos al Valle de los Bienhechores. A Alejandro le encantó encontrar este lugar. Yo le había contado la historia, no incluida en su libro sobre Ciro como tantas otras cosas, según la cual aquella gente había provisto de víveres al ejército de aquél cuando sus hombres se estaban muriendo de hambre en el yermo, y el rey los había considerado tan virtuosos que los había eximido de todo tributo, permitiéndoles que se gobernaran de forma autónoma. Él fue quien les dio el nombre. Su raza había sobrevivido: gentes lentas, tímidas, reposadas, de ancho rostro, amables hasta con los soldados, puesto que ninguno de ellos les había molestado desde los tiempos de Ciro. Su valle era extenso y fértil, al amparo de los cortantes vientos norteños. Alejandro quiso que sus hombres descansaran allí, les compró las cosechas al mejor precio que jamás hubieran percibido y prometió ahorcar a cualquier que les causara algún daño.
Y él, que jamás podía estar ocioso, salía con frecuencia de caza. A menudo me permitía acompañarlo. Me dijo que Jenofonte había escrito que la caza era la imagen de la guerra. Para Alejandro lo era. Dificil terreno rocoso, largas carreras, una pieza peligrosa, león o jabalí, eso buscaba. Recordé a Darío en el jardín real abatiendo las piezas dirigidas por otros. Después de las cacerías de Alejandro, me sentía muerto de cansancio, pero hubiera preferido morir antes que confesarlo. No tardé mucho en acostumbrarme, y entonces regresaba de las cacerías simplemente deseoso de disfrutar de la cena.
Mientras estábamos acampados allí, un noble persa organizó un gran festín de cumpleaños y le pidió al rey que lo honrara con su presencia. Cuando se acostó, Alejandro apenas si estaba embriagado. Los persas beben mucho en las fiestas de cumpleaños pero lo soportan mejor que los macedonios. Él siempre se mostraba cuidadoso ante su presencia y vigilaba también a sus amigos.
Mientras le estaba acostando, me dijo de repente.
- Bagoas, jamás te lo he preguntado en todo este tiempo. ¿Cuándo celebras tu cumpleaños?
No pudo comprender por qué me eché a llorar. Me arrodillé al lado de la cama ocultando la cabeza entre los brazos y él me acarició como si hubiera sido Peritas. Cuando al final me sobrepuse, él se inclinó hacia mí y escuché que ahogaba un sollozo. Era absurdo, hubiera debido darme vergüenza.
Me dijo que no esperaría a que llegara aquel día puesto que tantos me había perdido, y a la mañana siguiente me regaló un hermoso caballo árabe y un mozo tracio, y, dos días más tarde, cuando el joyero lo tuvo listo, un anillo con su retrato grabado en calcedonia. Me enterrarán con él. Lo tengo puesto en el testamento junto con una maldición para evitar que los embalsamadores me roben.
Los Bienhechores no sólo eran un pueblo amable sino que, además, habían elaborado unas leyes muy justas. Alejandro llegó a apreciarlos grandemente y, antes de marcharse, les ofreció doblarles las tierras, pero ellos le solicitaron simplemente el extremo del valle que todavía no poseían; de esta manera lo abarcarían todo, que era lo único que querían. En su honor, Alejandro ofreció sacrificios a Apolo.
Bessos se encontraba detenido en el norte, sin indicio alguno de que estuviera reuniendo un poderoso ejército. Mientras sus generales y sátrapas sojuzgaban todo el país, Alejandro se dirigió hacia al este, hacia las estribaciones del Gran Cáucaso; sin prisas, dejando las huellas de su paso, fundando aquí y allá alguna ciudad.
Recuerdo que la primera que fundó fue en el transcurso de esta marcha, una de sus Alejandrías. El lugar era una colina rocosa de fácil defensa, sobre un buen camino comercial, tal como le habían dicho los mercaderes fenicios, con un claro manantial para las fuentes públicas y buena tierra en las cercanías. Dominaba un paso de caravanas que había sido frecuente refugio de bandidos. Cada día lo examinaba todo con su arquitecto Aristóbolo, señalando el emplazamiento de la fortaleza de la guarnición, del mercado, de las puertas y sus fortificaciones, asegurándose de que las calles estuvieran bien trazadas con canales para eliminar los desperdicios. No consideraba que nada de todo ello fuera rebajarse. Ordenó que los esclavos cortaran las piedras y que los artesanos libres se encargaran de la construcción. Me sorprendí de la rapidez con que todo se llevó a cabo.
Después tuvo que poblarla. Dejaría allí a soldados veteranos, no todos ellos macedonios; había griegos y tracios libres, la mayoría de ellos con las mujeres e hijos que habían nacido en el transcurso de las campañas. Se alegraron de que se les regalara una granja, si bien más tarde algunos de ellos echaron de menos el hogar. Algunos de los cortesanos se asentaron allí. No debían ser muy buenos, ya que de lo contrario hubieran seguido a los nobles y generales, pero allí no tendrían rivales y dejarían la huella de Susa o de Grecia. Para toda esta gente, Alejandro elaboró una legislación no demasiado ajena a sus formas de vida o a los dioses que adoraban. Sabía intuir lo que comprenderían y considerarían justo.
Durante todo el día y hasta la hora de cenar ponía toda el alma en esta ciudad. No se embriagaba ―el agua era buena y por ello nadie se acomodaba sediento―, pero después del trabajo del día le gustaba sentarse a conversar con una copa delante. La fundación de una ciudad le agitaba el pensamiento. Sabía que con ello se perpetuaría su nombre entre los pueblos del futuro y pensaba en sus hazañas. En tales ocasiones le gustaba recordarlas, algunos decían que demasiado. Bueno, eran suyas. ¿Podía acaso negarlo alguien?
A veces hablaba conmigo después, todavía bajo el efecto del vino y con el espíritu ardiente. Una vez le pregunté si sabía, antes de atravesar el Asia, que iba a convertirse en Gran Rey. Me contestó:
- Al principio, no. Era la guerra de mi padre y deseaba ganarla más aprisa que él. Fui nombrado general de los griegos para liberar a las ciudades griegas de Asia. Cuando lo hube logrado, dispersé sus tropas y después ya tuve las mías ―se detuvo, viendo si lo comprendía―. Sí, fue después de lo de Isos. Cuando huyó dejándome el carro de guerra y el manto real y todas sus armas, los cuerpos de los amigos que habían muerto por él, su esposa y hasta su madre, me dije: «Si éste es el Gran Rey, creo que yo podía hacerlo mejor.»
- Ni el mismo Ciro llegó a tanto ―dije yo.
Sé que los griegos envidiosos han escrito que yo lo halagaba. ¡Mienten! Nada era demasiado bueno para él, ni la mitad de bueno. Yo comprendía la impaciencia de su grandeza, refrenada y estorbada por la torpeza de hombres inferiores. Dicen que aceptaba sus regalos. Pues claro que lo hacia. Lo mejor de ellos era ver el placer que experimentaba al ofrecérmelos. Se los aceptaba por amor, no como algunos que afirmaban ser sus amigos, por codicia amargada por la envidia. Si hubiera sido un hombre perseguido a cuya cabeza real se hubiera puesto precio, lo hubiera acompañado descalzo a través de Asia, me hubiera muerto de hambre con él y prostituido en los burdeles del mercado para comprarle pan. Todo ello es tan cierto como el rostro de Dios. ¿Acaso no tenía derecho a hacerlo feliz en sus victorias? Jamás pronuncié palabra alguna que no procediera del corazón.
Una vez fundada la ciudad, ofreció sacrificios y la dedicó a Heracles y Apolo. Yo dancé en honor de Apolo, que, según pensaba Alejandro, debía ser el mismo que Mitra. Espero que ambos dioses se mostraran satisfechos, porque yo sólo dancé para él.
Ahora ya era alguien en la corte. Poseía dos caballos, mulos para el bagaje, una tienda con ciertos objetos de valor en ella. En cuanto al poder, yo sólo deseaba ejercerlo sobre un corazón. A veces recordaba Susa y a todos aquellos que habían intentado granjearse el favor del rey por mi mediación. Ahora sólo intentaban tal cosa los recién llegados desconocedores de la situación. Los persas decían: «Bagoas, el eunuco, es el perro de Alejandro. No tomaría alimento de ninguna otra mano; dejémoslo en paz.» Los macedonios decían: «Cuidado con el muchacho persa; se lo cuenta todo a Alejandro.»
A veces, cuando lo atendía en la alcoba, él me decía que no debiera llevar a cabo trabajos de criado, pero me lo decía por cumplido, porque sabía que yo no vivía más que para ello. Además, él también hubiera lamentado tener que prescindir de mí. Avanzamos en dirección este hacia las montañas, cruzando altos desfiladeros y siguiendo los caminos de los pastores en busca de la pobre hierba de las distintas estaciones. En las hendeduras de las rocas crecían secas florecillas de brillantes colores parecidas a joyas. Los vastos cielos se extendían en dirección a oscuros horizontes. Yo vivía el momento, era joven, el mundo se abría ante mí al igual que ante Alejandro, que siempre cabalgaba delante para descubrir la siguiente vuelta del camino.
Una noche me pidió que le enseñara persa. (Yo le había enseñado un poco, pero no le hubiera servido en absoluto en el transcurso de una audiencia.) Los sonidos resultan muy duros para los occidentales; yo jamás lo engañaba asegurándole que lo pronunciaba bien. Aunque se decepcionara, el enojo le duraba un momento. Sabía que de esta manera yo evitaba que hiciera el ridículo en público, cosa que su orgullo no hubiera podido tolerar.
- Fíjate en los errores que yo cometo todavía en griego, Iskander ―le decía, equivocándome un poco para animarlo.
- ¿Cómo van las lecciones? ¿Ya ha probado a hacerte leer?
- Sólo dispone de dos libros y los dos son muy difíciles para mí.
Le pidió a Kalístenes que nos prestara uno, pero éste dijo que los tesoros del pensamiento griego no debían ser mancillados por unos dedos bárbaros.
- ¿Eso te dijo en la cara?
No había contado con que se enojara tanto. Este Kalístenes era tan importante que no podía llamársele escribano, sino filósofo, y estaba escribiendo la crónica de Alejandro. Yo pensé que mi señor se merecía a alguien que lo entendiera mejor, pero hay que andarse con cuidado con los grandes hombres.
- Me estoy cansando de este individuo ―dijo Alejandro―. Está demasiado pagado de sí mismo. Sólo lo acepté para complacer a Aristóteles, que es su tío. Pero sigue aferrado a los tópicos del anciano, cuyos errores tuve que descubrir por mí mismo, y no posee la sabiduría por la que yo lo honro. Me enseñó el lugar que alcanza el alma después. Me enseñó el arte de sanar con el que he podido salvar algunas vidas, y me enseñó a observar la naturaleza, lo cual ha enriquecido mi vida. Sigo enviándole ejemplares, pellejos de bestias salvajes, plantas, todo lo que puede transportarse... ¿Qué es esta flor azul? ―me la tomó de detrás de la oreja―. Jamás la había visto.
Estaba casi muerta, pero la aplastó con cuidado.
- Kalístenes no sabe nada de estas cosas ―dijo―. ¿Te insulta con frecuencia?
- Oh, no, Iskander...
- Alejandro.
- Alejandro, señor de mi corazón. No, casi nunca me ve.
- No importa que se considere demasiado bueno para ti. Tengo el presentimiento de que la próxima vez me tocará a mí.
- Oh, no, mi señor. Él dice que contribuirá a tu fama.
Se lo había oído decir yo mismo y pensaba que tal vez fuera cierto.
Sus ojos palidecieron. Era como observar una tormenta desde un lugar abrigado.
- ¿De veras? He dejado algunas huellas en el mundo para que se me recuerde ―empezó a pasear por la tienda; si hubiera poseído rabo lo hubiera agitado como un látigo―. Primero escribía acerca de mí con tanta indecencia que la verdad apestaba como una mentira. Yo era un niño y no comprendía el daño que me causaba. Pude rodear el cabo Climax con la ayuda de los dioses y buena intuición, pero él describió que las olas se habían inclinado ante mí. ¡Y dijo que por mis venas corría licor celestial! Muchos son los que han visto el color de mi sangre y así se lo dije. Y nada de todo ello lo escribía de corazón.
El sol se estaba poniendo tras el vasto horizonte, los brezales iban oscureciendo y las hogueras de vigilancia ya se habían encendido. Él se levantó para observarlo todo mientras su cólera se iba desvaneciendo, hasta que llegó un esclavo para encender las lámparas.
- ¿Conque jamás has leído la Ilíada?
- ¿Qué es eso, Iskander?
- Espera ―se dirigió a la alcoba y regresó con algo que brillaba en sus manos―. Si Kalístenes se considera demasiado importante para traerte a Homero, yo no.
Depositó sobre la mesa lo que llevaba: una arquilla de blanca plata pura con leones dorados en los lados y la tapa con hojas y pájaros grabados sobre malaquita y lapislázuli. No podía haber otra igual en el mundo. La contemplé en silencio.
- Ya la habías visto antes ―me dijo mirándome a la cara.
- Sí, mi señor.
Solía hallarse junto al lecho de Darío, bajo la parra dorada.
- Hubiera debido pensarlo. ¿Te molesta? La guardaré.
- De veras que no, mi señor.
Volvió a depositarla de nuevo sobre la mesa.
- Dime, ¿qué guardaba en ella?
- Dulces, mi señor.
A veces, cuando yo le había complacido, me depositaba uno en la boca.
- Mira para qué la utilizo yo.
Levantó la tapa, aspiré el perfume de clavo y canela. Recordé el pasado y por unos momentos cerré los ojos.
Sacó un libro, más viejo y estropeado que el de Ciro.
- Lo tengo desde que cumplí trece años. Es griego antiguo, ¿sabes?, pero yo lo simplificaré un poco. No demasiado, porque entonces se echaría a perder la fonética.
Leyó unos cuantos versos y me preguntó si lo había entendido.
- Dice que va a cantar acerca de la cólera de Aquiles que tan terribles desgracias trajo a los griegos. Los hombres murieron en gran número y los perros se los comieron. Y los milanos también. Pero dice que así se cumplió la voluntad de Zeus. Y empezó cuando Aquiles se peleó... con un señor muy poderoso.
- Está muy bien. Es lástima que aún no tengas libros. Ya me encargaré yo de eso ―dejó el libro a un lado―. ¿Quieres que te cuente la historia?
Yo me acerqué, me senté junto a sus rodillas y apoyé el brazo en ellas. Si me permitía estar a su lado, me daba igual la historia que contara. O eso me parecía.
Me contó simplemente la historia de Aquiles, omitiendo lo que yo no podría entender. Después de haberse peleado con su Gran Rey y haberle rehusado fidelidad, llegamos pronto a Patroclo, que había sido su amigo desde la infancia, se había puesto de su lado, lo había consolado en el exilio y había muerto al ocupar su lugar en la batalla, y Aquiles lo vengó a pesar de habérsele predicho que moriría a continuación. Y, terminado el duelo, mientras dormía agotado, el espíritu de Patroclo se le había aparecido en sueños para exigirle los ritos funerarios y recordarle su amor.
No me lo contó con arte, como los narradores de historias del mercado, sino como si hubiera estado presente y lo recordara todo. Al final sabía dónde se encontraba mi rival, grabado en su espíritu, más profundamente que cualquier recuerdo de la carne. Sólo podía haber un Patroclo. ¿Yo qué era en cambio sino la flor que se coloca uno detrás de la oreja y se desecha después a la puesta del sol una vez muerta? Lloré en silencio y apenas me percaté de que mis ojos estaban derramando lágrimas al igual que mi corazón.
Él me levantó el rostro y sonriendo me secó los ojos con la mano.
- Yo también lloré la primera vez que lo leí. Lo recuerdo muy bien.
- Lamento que murieran ―dije.
- Ellos también. Porque amaban la vida. Pero murieron sin miedo. Fue el vivir sin temor lo que hizo que sus vidas merecieran amarse. O eso creo yo.
Se levantó y tomó la arquilla.
- Mira, has estado más cerca de lo que creías.
Apartó la almohada del lecho y abrió el arca de la cama. Allí había también un puñal afilado como una navaja. Cada segundo rey de Macedonia había sido asesinado y a veces hasta dos consecutivos.
Más tarde escuché pronunciar mi nombre mientras me acercaba a su tienda y le oí decir:
- Te digo que cuando escuchó la historia de Aquiles se le llenaron los ojos de lágrimas. Y este necio de Kalístenes habla de los persas como si fueran unos escitas salvajes. El muchacho posee más poesía en un dedo que ese pedante en la cabeza.
A finales de verano alcanzamos las estribaciones sureñas de Parapamisos. Ya estaban cubiertas de nieve. Lejos hacia el este se unen al Gran Cáucaso, la muralla que se eleva tan alto que nadie lo sabe.
En una de sus estribaciones, al amparo del viento norteño, fundó la tercera Alejandría del año. Cuando empezaron a caer las primeras nevadas la ciudad ya estaba dispuesta para que pudiéramos invernar en ella. Después de haber vivido en ciertas casas reales parecidas a las guaridas de los ogros de las leyendas, resultaba agradable aspirar el perfume de la madera nueva y la pintura de las paredes. La casa del gobernador poseía un porche con columnas al estilo griego y un plinto delante para erigir en él una estatua de Alejandro.
Era la primera que se hacía desde que yo estaba con él, pero, como es natural, ya estaba tan acostumbrado a desnudarse para eso como para bañarse. El escultor realizó dibujos desde todos los ángulos, siete u ocho estudios, mientras él miraba hacia la lejanía en hermoso ademán. A continuación lo midieron por todas partes con los compases. Después ya pudo marcharse a cazar y su presencia no fue necesaria hasta que se llegó al rostro. Éste era sereno y ansioso al mismo tiempo; una reproducción exacta del verdadero; si bien, como es lógico, no presentaba la cicatriz de la herida de espada.
Una noche me dijo él:
- Ya ha comenzado la novedad. Hoy he enviado órdenes a las ciudades con vistas a la formación de un nuevo ejército. Éste lo crearé desde el principio. He ordenado que a treinta mil muchachos persas se les enseñe el griego y se les adiestre a utilizar las armas macedonias. ¿Estás contento?
- Si, Alejandro. También estaría contento Ciro. ¿Cuándo estarán preparados?
- Tardarán cinco años. Tienen que empezar jóvenes antes de que las mentes se les encallezcan. Para entonces espero que los macedonios también estén preparados.
Yo le dije que no me cabía la menor duda al respecto. Tenía todavía una edad en la que cinco años parecen media vida.
El aire se suavizó al pie de la montaña y unas delicadas flores se abrieron paso entre la nieve derretida. Alejandro decidió que estaba en condiciones de cruzar las montañas para perseguir a Bessos.
No creo que le advirtieran los pastores de la zona. Ellos sólo subían a medida que se iba retirando la nieve al aproximarse el verano. Alejandro se imaginó que los altos desfiladeros iban a resultar duros y se adelantó con los soldados, pero dudo que supiera lo que les esperaba. Fue terrible incluso para nosotros, que seguíamos su huella con más suministros. Yo que amo las montañas pensé que aquéllas odiaban a los hombres. Respiraba dificultosamente y me ardían los pies y los dedos cuando me los golpeaba para que la sangre regresara de nuevo a ellos. Por la noche, la gente se apretujaba para estar más abrigada y yo recibí varios ofrecimientos, todos ellos con la promesa de tratarme como a un hermano, dándome a entender que cuando ya fuera demasiado tarde no me atrevería a decirlo. Yo dormía con Peritas, que Alejandro había dejado a mi cargo; era un perro de gran tamaño que daba mucho calor.
Nuestras penalidades no eran nada comparadas con las del ejército. Sin combustible en las rocas desnudas para asar la carne tenían que deshelaría en sus cuerpos o a veces tenían la suerte de comérsela caliente por proceder de algún caballo que acabara de morir. Se les acabó el pan y se alimentaron de las hierbas destinadas al ganado. Muchos se hubieran dormido en la muerte de la nieve de no ser por los esfuerzos de Alejandro que recorría la columna a pie, buscándolos donde se hallaban, obligándoles a ponerse de pie e infundiéndoles su propia vida.
Los alcanzamos en la fortaleza fronteriza de Drapsaka, al otro lado. Faltaban los alimentos; abajo, Bessos había asolado la tierra para que pereciéramos de hambre.
Lo encontré en un refugio de vieja piedra sin pulimentar. Tenía todo el rostro quemado a consecuencia del frío y parecía que sólo lo mantuvieran en pie los nervios. Todavía no me acostumbraba a un rey que muriera de hambre junto a sus hombres.
- No es nada ―me dijo―. Pronto se arreglará. Pero me parece imposible que pueda volver a calentarme alguna vez.
Me sonrió y yo le dije:
-Te calentarás esta noche.
Pero no tuve ocasión de proporcionarle calor mucho tiempo. Una vez que sus hombres hubieron descansado y se hubieron alimentado, antes de que transcurriera un mes, emprendió el descenso hacia Bactria.
Yo había alcanzado la edad de las armas. En otros tiempos los eunucos, entre ellos mi perverso tocayo, habían llevado armas. No hacía más que pensar que Hefaistión había estado con él en las montañas, tal vez proporcionándole calor. La noche anterior a su partida le pedí que me llevara consigo, diciéndole que mi padre había sido un guerrero y que si no podía combatir a su lado me avergonzaría de vivir.
Él me contestó dulcemente:
- Mi querido Bagoas, sé que lucharías a mi lado. Y morirías inmediatamente. Si tu padre hubiera vivido para poder adiestrarte, hubieras sido un soldado como el mejor de los míos. Pero eso lleva tiempo y los dioses no lo han querido. Te necesito donde estás.
Estaba orgulloso, pero no simplemente de sí mismo; sabia comprender el orgullo de los demás.
En aquellos momentos Peritas, al que yo había mimado terriblemente permitiéndole dormir en mis mantas, intentó encaramarse al lecho cautelosamente a pesar de que pesaba mucho y ocupaba toda la habitación. Ello provocó nuestras risas, pero yo me quedé, porque Alejandro se adelantó con las tropas, esperando a Bessos.
Sin embargo, éste no estaba allí; no había más que nieve muy espesa todavía en aquellos elevados altiplanos. No encontró mucho que asolar. En invierno las gentes de aquellas comarcas lo entierran todo, las viñas, los árboles frutales e incluso a sí mismas porque viven en cabañas subterráneas parecidas a colmenas que la nieve cubre por completo; se ocultan con todas las provisiones y salen cuando llega la primavera. Los soldados acuciados por el hambre veían elevarse un hilo de humo y cavaban en busca de comida. Decían que el hedor era espantoso y que todo sabía mal, pero no les importaba.
Los alcanzamos en primavera y la corte y ciudad real volvió a formarse. Llegó entonces la noticia de que Bessos había cruzado el Oxos por el este. Escapaba seguido de muy pocos hombres. Nabarzanes había sido el primero, pero no el último, en comprender que había buscado vanamente a un rey.
Alejandro atravesó Bactria lentamente. Nadie se le resistía y dondequiera que fuera tenía que aceptar rendiciones y organizar la administración de los nuevos territorios. Bessos, por tanto, podía volver a descansar un poco.
La siguiente noticia que recibimos de él nos la facilitó uno de sus propios señores, un hombre ya entrado en años que llegó con su agotado caballo y las ropas y la barba polvorientas para entregarse a Alejandro. Eso, explicó a través de mí (yo actuaba de intérprete para que todo quedara en secreto), era lo que le había aconsejado a Bessos que hiciera en el transcurso de un consejo de guerra que éste presidió. Cobares, que así se llamaba el hombre, había citado el ejemplo de Nabarzanes, lo cual fue una imprudencia. Bessos estaba un poco embriagado y a la simple mención de este nombre se abalanzó sobre Cobares con la espada desenvainada. Éste se había escabullido y apenas había sido perseguido, porque era muy respetado, y aquí estaba ahora dispuesto a contarnos todo lo que supiera a cambio del perdón.
Bessos había sido abandonado por sus soldados bactrianos. Jamás los había dirigido; se había limitado a irse retirando ante la llegada de Alejandro. Los soldados habían regresado a sus aldeas tribales; sus rendiciones eran sinceras. Los únicos que le quedaban a Bessos eran aquellos que habían escoltado a Darío hacia la muerte y que compartían su lucha no por lealtad sino por temor.
Se estaba dirigiendo a Sogdiana, que era su última esperanza. Los sogdianos, dijo Cobares, odian a los extranjeros y aborrecerían («al principio», añadió educadamente) aceptar a un rey extranjero. Bessos, por tanto, cruzaría el Oxos y quemaría las barcas.
- Cruzaremos ese río cuando lleguemos a él ―dijo Alejandro.
Entretanto tenía que escoger a un sátrapa para Bactria. Lo esperé con tristeza; el segundo sátrapa persa de Areya se había rebelado y él se había visto obligado a enviarles un macedonio. A pesar de ello, Bactria fue asignada a un persa. Era Artabazos. Hacia poco tiempo que le había dicho a Alejandro que era demasiado viejo para efectuar marchas; cruzar la montaña le había fatigado bastante. Tengo entendido que gobernó su provincia con prudencia, vigor y justicia; se retiró a los noventa y ocho años y murió a los ciento dos por montar a un caballo demasiado fogoso para él.
Ahora había llegado el momento de dirigirnos al norte y cruzar el Oxos. Habíamos estado cerca de él en las montañas, porque allí es donde nace, pero a lo largo de muchas leguas se precipita por rocosas gargantas sólo accesibles a los pájaros. Las colonias se abren en los umbrales del desierto. Después el río se amansa y se ensancha adentrándose en el desierto, donde dicen que al final se hunde en la arena. Teníamos que cruzarlo a la altura del primer embarcadero que enlaza con el camino de Maracanda.
Descendimos por placenteras y tibias pendientes cubiertas de vides y árboles frutales. El sagrado Zoroastro, que nos enseñó a adorar a Dios a través del fuego, nació en aquellas regiones. Alejandro lo escuchó con reverencia. Estaba seguro de que el Dios Prudente era el mismo que Zeus, y decía que lo había descubierto en el fuego cuando era niño.
No tardamos en hartarnos del fuego. Cuando descendimos al valle de Oxos soplaba por el norte el viento del desierto. Aparece a mediados de verano y es temido por todas las cosas vivientes; es como si el aire hubiera pasado por un horno y soplara entre bramidos. Tuvimos que envolvemos la cabeza con paños para resguardarla de la ardiente arena; lo soportamos cuatro días antes de llegar al río.
Cuando se llega, el espectáculo es grandioso, por lo menos lo fue para mí y para todos los que no habían visto el Nilo. Los gamos del desierto de la otra orilla parecían pequeños como ratones. Los ingenieros lo observaron todo, aterrados. Habían traído carros llenos de madera pero teniendo en cuenta la anchura y profundidad del río y las arenas movedizas, no podrían clavar pilotes. Construir un puente resultaría imposible.
Los hombres del embarcadero vinieron a nuestro encuentro levantando las manos y suplicando pan. Eran propietarios de barcas chatas con yugos para las yuntas de caballos que estaban adiestrados para cruzar a nado la corriente tirando de las barcas. Bessos les había quemado las barcas al llegar a la orilla, se había quedado con los caballos y no les había pagado nada en recompensa. Alejandro les ofreció oro a cambio de lo que les quedara.
Entonces los desdichados le trajeron su tesoro oculto: balsas de cuero hinchadas con aire para flotar con ellas sobre la corriente. Era lo único que había y Alejandro dijo que cruzaríamos el río con ellas y que lo demás lo haríamos nosotros.
Había cuero en abundancia y con él se hacían las tiendas. Los constructores de tiendas estudiaron el sistema utilizado por los nativos y revisaron los trabajos. Los interiores se rellenaron con paja y juncos secos para que flotaran más tiempo.
Raras veces he pasado tanto miedo como cuando me tocó el turno de subir. Mis dos criados compartían la balsa conmigo; los caballos y el mulo se adentraron en la corriente. Al empujarnos ésta, las bestias empezaron a vacilar y el tracio murmuró plegarias a algún dios tracio. Cuando vi que más adelante volcaba una balsa de mayor tamaño, pensé que me estaba dirigiendo a otro río. Pero era la primera vez que compartía el peligro con Alejandro, yo que había hablado de luchar a su lado. Observé que mi criado personal, un muchacho persa de Hircania, me miraba en busca de estímulo o tal vez para ver cómo se comportaba un eunuco. Morirás, dije para mis adentros, antes de que puedas contar alguna historia acerca de mí. Le dije, por tanto, que la gente cruzaba diariamente los ríos de aquella manera y le mostré que los hombres de la balsa volcada seguían asidos a la misma. Los caballos se familiarizaron con el agua y siguieron nadando y conseguimos alcanzar la orilla sin habernos mojado.
Hasta las mujeres y los niños cruzaron de esta manera. No tuvieron más remedio que hacerlo; el vado más próximo se encontraba a muchas leguas de desierto. Vi una balsa con una mujer que se cubría el rostro y cinco niños que gritaban de placer.
Tardamos en total cinco días. Las balsas se secaron y fueron de nuevo convertidas en tiendas. Alejandro les regaló madera a los barqueros para que volvieran a construirse barcas.
Habían muerto muchos caballos en el transcurso de nuestra marcha a través del ardiente viento. Pensé que iba a perder a León porque éste tenía el pelaje castaño de una tonalidad muy chillona y mantenía la cabeza gacha. Orix, el que me había regalado Alejandro, era una bestia preciosa y muy fuerte que pudo soportarlo mejor, pero a León lo quería más. Este consiguió sobrevivir al igual que el viejo Bucéfalo. Cuidado constantemente a lo largo de todo el camino y atendido a menudo por las propias manos del rey. Tenía ahora veintisiete años, pero su constitución era fuerte.
Pronto podríamos tomarnos las cosas con más calma. Los dos últimos señores bactrianos que seguían a Bessos comunicaron a Alejandro que podría apoderarse de él, puesto que la aldea en la que se albergaba se lo entregaría.
Nos encontrábamos ahora en Sogdiana. Aquello fueron las primicias. No poseen ninguna ley digna de mención como no sea la ley de la contienda de sangre; allí no cuenta siquiera la amistad que se debe a un huésped. Si eres un poco más afortunado de lo que fue Bessos, podrás encontrarte seguro bajo su techo, pero más adelante, si posees algo que merezca la pena, te tenderán una emboscada en el camino y te cortarán la garganta. Sus principales diversiones son el robo y las guerras tribales.
Alejandro desdeñó apresar a Bessos personalmente. Envió a Tolomeo acompañado de numerosas fuerzas, puesto que tenía que habérselas con traidores. Pero no le hicieron falta; los señores bactrianos habían huido, la fortaleza de murallas de barro le franqueó el paso a cambio de una pequeña recompensa. Bessos fue hallado en la cabaña de un campesino con sólo un par de esclavos.
Si el espíritu de Darío pudo verlo, debió sentirse vengado. Los señores que habían entregado a Bessos habían seguido el ejemplo de éste; querían quitarlo de en medio para mantener ocupado a Alejandro, mientras ellos se preparaban para la guerra.
Tolomeo cumplió las órdenes. Cuando llegó Alejandro con el ejército, Bessos se encontraba de pie al borde del camino, completamente desnudo y con las manos atadas a un horcajo. En Susa había visto hacerlo a un famoso bandido antes de morir. Yo jamás se lo había contado al rey; éste debía haberle preguntado a Oxatres cuál era el procedimiento a seguir.
Nabarzanes tenía razón: Bessos no tenía nada de rey. Me dicen que cuando Alejandro le preguntó por qué había arrastrado a su señor y pariente a una muerte tan vil, repuso que él no había sido más que uno de los tantos que rodeaban a Darío y que había accedido a ello para ganarse el favor de Alejandro. No explicó, sin embargo, por qué había asumido la mitra. El bandido de Susa se había portado mejor. Alejandro ordenó que lo encerraran y encadenaran a la espera del juicio.
Los señores traidores que habían confiado en mantener ocupado a Alejandro se equivocaron. Éste se trasladó directamente a Sogdiana. Formaba parte del imperio y él deseaba asegurarse de que así fuera.
Los sogdianos viven en una tierra de grandes dunas y terribles gargantas. A lo largo de todos los desfiladeros hay fuertes, llenos de bandidos armados. Las caravanas se ven obligadas a contratar los servicios de pequeños ejércitos de guardianes para poder atravesarlos con seguridad. Los sogdianos son apuestos, sus rostros son aguileños y poseen porte de príncipes. Casi toda Sogdiana está hecha de roca, pero ellos construyen en barro, como las golondrinas, porque los hombres consideran humillante la artesanía. Pueden montar a caballo por lugares a los que ni una cabra podría llegar, pero no son leales a su palabra cuando les conviene. Alejandro los admiraba hasta que lo averiguó.
Al principio todo fue bien. Se rindió la ciudad de Maracanda y también la hilera de fortalezas a lo largo del río Jaxartes. Más allá se encuentran los pastos y los escitas contra los cuales se habían levantado los fuertes. Alejandro mandó llamar al campamento a todos los jefes para reunirse con ellos en consejo. Deseaba decirles que los gobernaría con justicia, y quería preguntarles cuáles eran sus leyes. Los jefes, que sabían muy bien lo que hubieran hecho en el lugar de Alejandro, pensaron sin dudar que éste había exigido su presencia para cortarles la cabeza. Súbitamente, por tanto, los fuertes del río fueron asaltados por vociferantes sogdianos y sus guarniciones fueron asesinadas. Se inició el asedio de Maracanda. Una partida de forrajeadores de nuestro campamento fue asaltada y despedazada.
Alejandro se encargó primero de este asunto. Los atacantes tenían su guarida en un desfiladero. Del alto hachón que colocó junto a la tienda se elevó la señal de humo, acudieron los soldados, se pusieron en camino y se apoderaron del lugar.
Lo trajeron en una camilla y lo tendieron en su lecho. El cirujano estaba esperándole en la tienda al igual que yo. Una flecha le había atravesado la tibia. Había ordenado que le arrancaran la lengüeta allí mismo y había permanecido montado en su caballo hasta que había sido tomado el fuerte.
Cuando le quitamos los vendajes adheridos observamos que había astillas de hueso pegadas a éstos. Había otras astillas que le atravesaban la piel y el médico tuvo que eliminarlas.
Él permaneció tendido mirando hacia arriba, como una estatua; ni siquiera movía la boca. Y, sin embargo, había llorado por los esclavos mutilados de Persépolis, por Bucéfalo, por Aquiles y Patroclo, muertos hacía mil años, por mis cumpleaños olvidados.
El cirujano vendó la herida, le dijo que permaneciera inmóvil y se marchó. Yo me encontraba a un lado del lecho con la jofaina de agua ensangrentada. Al otro lado se encontraba Hefaistión esperando a que me marchara.
Me volví con la sucia jofaina. Alejandro miró a su alrededor y dijo (las primeras palabras que pronunciaba):
- Me has vendado muy bien, Manos Ligeras.
Permaneció inmóvil siete días; es decir, se trasladó en camilla, en lugar de hacerlo a caballo, colina abajo hacia los fuertes del río Jaxartes. Primero lo trasladó un destacamento de infantería, hasta que la caballería se quejó de verse privada del privilegio. Entonces decidió que lo hicieran en turnos. Por la noche, mientras le cambiaba los vendajes, me confió que la caballería, al no estar acostumbrada a las marchas, le daba muchas sacudidas.
Esta vez yo cabalgaba con el ejército, porque él se había acostumbrado a mis cuidados. El médico olía la herida diariamente; si la médula se pudre el hombre suele morir. A pesar de su mal aspecto la herida se cicatrizó al final limpiamente, aunque le dejó en la canilla una hendidura para toda la vida.
No tardó mucho en prescindir de la camilla para montar a caballo. Cuando llegamos a los pastos del río, empezó a andar.
Doriskos me había dicho en cierta ocasión:
- Dicen que es muy confiado; pero, si le traicionas, que Dios se apiade de ti.
Ahora tendría ocasión de comprobar que ello era cierto.
Tomó cinco fuertes en dos días. Participó personalmente en tres de los asaltos. Todos le habían jurado lealtad y todos habían contribuido a asesinar a las guarniciones. Si los sogdianos creían que cumplir con la palabra dada era sinónimo de blandura, ahora tuvieron motivos para pensar lo contrario.
Y ahora vi lo que jamás había visto en Bactria: rebaños de mujeres y niños llorosos conducidos al campamento como si fueran ganado en calidad de botín de guerra. Todos los hombres habían muerto.
Sucede en todas partes. Los griegos se lo hacen a otros griegos. Mi propio padre debía haberlo hecho en el transcurso de las guerras de Ocos, si bien Ocos jamás le hubiera dado a aquella gente una primera oportunidad. Sin embargo, para mí era la primera vez.
Alejandro no se proponía llevar consigo aquella horda de mujeres; tenía en proyecto fundar allí una nueva ciudad y ellas se convertirían en las esposas de los pobladores. Pero entre tanto, los soldados, sin compañera de lecho, se estaban resarciendo. Una mujer era conducida a rastras, a veces la seguían unos chiquillos con los rostros húmedos y sucios, chillando y sollozando, hasta que el nuevo amo de su madre permitía que podían andar y sus faldas manchadas de sangre daban a entender el motivo. Pensé en mis tres hermanas a las que hacía tiempo que había logrado olvidar.
Era el rescoldo del fuego cuando ya se ha extinguido la llama. Alejandro sabía que había nacido, el dios se lo había dicho. A los que lo ayudaban los recibía como parientes. Si le resistían, hacía lo que consideraba necesario y después proseguía su camino con los ojos fijos en el fuego que perseguía.
La sexta ciudad fue Cirópolis, la más fuerte, no construida en barro y junto al río sino en piedra y en la ladera de la montaña. Había sido fundada nada menos que por Ciro. Alejandro había enviado la caravana de asedio al mando de Krateros y había ordenado que le reservaran el asalto. Colocó su tienda muy cerca de las líneas de asedio para evitarse camino y yo pude presenciar parte de la batalla. Una gran astilla de hueso se había abierto camino entre la cicatriz de la canilla. Me ordenó que se la extrajera afirmando que el médico hablaba demasiado y que yo era más hábil. La sangre era limpia.
- Tengo buena carne ―me dijo.
Se levantaron los ingenios: dos torres de asedio revestidas de pieles, una hilera de catapultas como enormes arcos colocados de lado, proyectiles de bronce y los arietes bajo sus casetas. En honor de Ciro se puso su mejor armadura, el yelmo de plata bruñida con alas blancas y su famoso cinturón de Rodas. A causa del calor rechazó la gorguera de piedras preciosas. Escuché los vítores de los hombres mientras se acercaba a las líneas. El asalto comenzó poco después.
Escuché el tronar de los arietes sobre el terreno. Se elevaron grandes nubes de polvo pero no apareció ninguna brecha. Durante un rato vi el yelmo plateado hasta que éste rodeó la muralla. Poco después se elevaron al cielo gritos y clamores. Se abrieron las grandes puertas de la fortaleza y nuestros hombres irrumpieron en su interior. Las murallas estaban cubiertas de soldados que luchaban cuerpo a cuerpo. No podía comprender el motivo si es que los sogdianos habían abierto las puertas. Pero no lo habían hecho; había sido Alejandro.
La fortaleza extraía el agua de un río desviado hasta debajo de las murallas. En verano era poco profundo; su canal permitía el paso de un hombre agachado. Alejandro condujo personalmente a sus hombres con la pierna herida y todo. Los sogdianos, preocupados por los arietes, habían olvidado vigilar bien las puertas. Alejandro se abrió camino y soltó los cerrojos.
Al día siguiente regresó al campamento. Se le acercó un grupo de oficiales preguntándole cómo se encontraba. Él meneó la cabeza irritado, me indicó por señas que me acercara y me murmuró:
- Tráeme una tablilla y un estilo.
Ello se debía al hecho de no haberse puesto la gorguera. En el transcurso de la lucha, una piedra le había alcanzado la garganta dañándole la voz. Si el golpe hubiera sido algo más fuerte, se le hubiera roto el hueso y se hubiera ahogado. Pero había seguido al mando, susurrando las órdenes hasta la rendición de la ciudadela.
Era capaz de soportar el dolor como nadie, pero la incapacidad de hablar lo volvía loco. No quería descansar a mi lado, yo simplemente con un chasquido de dedos hubiera sabido lo que deseaba. Al mejorarle la voz, se esforzó demasiado y volvió a perderla. No podía soportar escuchar hablar en el transcurso de la cena y estar mudo. Comía en la tienda con un escribano que le leía uno de los libros que había mandado que le trajeran de Grecia. Habían empezado a construir la nueva ciudad y pronto salió montado a caballo y encontró, como es natural, cientos de cosas que decir. Pero aun así, la voz le estaba mejorando. Poseía un cuerpo que sanaba maravillosamente bien a pesar de todos los esfuerzos a que lo sometía.
Apareció ahora al otro lado del río un nuevo espectáculo: los carros de los escitas con sus manadas de caballos y sus negras tiendas. Se habían enterado del levantamiento de los sogdianos y habían bajado como cuervos para participar en el botín. Cuando nos vieron se retiraron y pensamos que se habían ido. Regresaron al día siguiente; los hombres solos. Montaban sus pequeñas y lanudas cabalgaduras describiendo círculos, agitando sus lanzas empenachadas y lanzando gritos. Intentaron atacarnos, pero sus flechas no poseían tanto alcance. Alejandro, sintiendo curiosidad por lo que estaban diciendo con tanto ruido, mandó llamar a Farneuco, el jefe de los intérpretes. Al parecer, decían que si Alejandro quería conocer la diferencia que había entre los bactrianos y los escitas, que cruzara el río.
La cosa duró varios días con gritos cada vez más altos y con gestos que no precisaban de intérprete. Alejandro empezaba a enojarse.
Se reunió con los generales en su tienda, todos arracimados a su alrededor para que no tuviera que levantar la voz. El susurro es contagioso; pronto empezaron todos a parecer unos conspiradores. No pude oír nada hasta que él dijo en voz alta:
- ¡Pues claro que estoy en condiciones! Puedo hacerlo todo, menos gritar.
- Deja, pues, de intentarlo ―le dijo Hefaistión―; de lo contrario, volverás a quedarte mudo como un pez.
En el calor de la discusión se iban levantando sus voces. Alejandro decía que si los escitas se iban ahora sin haber recibido una lección, saquearían la nueva ciudad en cuanto nos fuéramos. Puesto que se proponía darles personalmente la lección, todos se manifestaron en contra.
Cenó en la tienda, tan malhumorado como Aquiles. Hefaistión le hizo compañía un rato pero después se marchó porque él no cesaba de hablar. Yo regresé entonces; lo censuraba por todo lo que no fuera lenguaje por signos y, a su debido tiempo, lo acosté. Cuando me tomó la mano para que me quedara, debo reconocer que yo lo provoqué. El arco llevaba mucho tiempo en tensión. Nos las apañamos muy bien sin palabras y después le empecé a narrar antiguas historias hasta que concilió el sueño.
Sabía, sin embargo, que no cambiaría de idea con respecto a los escitas. Pensaba que si no iba personalmente, ellos creerían que estaba asustado.
El Jaxartes es mucho más pequeño que el Oxos. Mandó construir las balsas al día siguiente y llamó al adivino Aristandro que siempre le interpretaba los presagios. Aristandro regresó y le comunicó que las entrañas del sacrificio eran desafortunadas. (Nosotros los persas tenemos maneras mucho más limpias de consultar el cielo.) Oí decir que los generales habían hablado con él. De todos modos a mi tampoco me hubiera importado acudir a aquel mago de ojos azules para pedirle que se inventara una profecía. Además, tenía razón.
Al día siguiente aparecieron más escitas que nunca. Ahora parecían un ejército. Alejandro ordenó que se ofreciera otro sacrificio y preguntó si el peligro le amenazaba a él o a sus hombres. A él, repuso Aristandro, lo cual demuestra en mi opinión la honradez de éste. Como es natural, Alejandro se dispuso inmediatamente a cruzar el río.
Lo contemplé con angustia mortal mientras lo armaban. Ante sus acompañantes no podía avergonzarlo con una tristeza indecorosa. Le devolví la sonrisa con que se despidió de mí; las sonrisas son un buen presagio.
Los escitas esperaban destrozar a los soldados mientras éstos pugnaran por acercarse a la orilla. No habían contado con las catapultas. Los proyectiles de éstas no se quedaban a medio camino como las flechas de los escitas. Al observar que un jinete era alcanzado a través del escudo y la armadura, mantuvieron una distancia prudencial. Alejandro envió por delante a los arqueros y honderos para hacerles frente mientras cruzaban la falange y la caballería. Pero él no esperó sino que cruzó en la primera balsa.
Desde la otra orilla del río la batalla resultaba tan delicada como una danza: los escitas girando alrededor del cuadrado macedonio; después la arrolladora carga de caballería, a derecha e izquierda, acosándolos hasta que retrocedieron tierra adentro. En medio de una gran nube de polvo (era un día muy caluroso) cruzaron la llanura perseguidos por la caballería de Alejandro. Después no pude ver más que las balsas que devolvían a nuestros muertos y heridos, no muchos, y los buitres chillando sobre los cadáveres de los escitas.
Esperamos durante tres días el regreso de la polvareda. Después volvieron. Los mensajeros iban en las primeras balsas. Una vez más esperaba el médico al igual que yo.
Cuando los acompañantes posaron en el suelo la camilla, lo miré y pensé: está muerto, está muerto. Un gran gemido se elevó en mi interior y a puntos estuve de emitirlo cuando observé que se movían sus párpados.
Estaba tan pálido como un cadáver; habiéndose retirado la roja sangre, su piel clara carecía de color. Tenía los ojos hundidos como si se tratara de una calavera. Apestaba, él que siempre iba tan limpio como el ajuar de una novia. Observé que, a pesar de sentirse demasiado débil para hablar, no había perdido el conocimiento, y se avergonzaba. Me adelanté un paso y me situé a su lado.
- Es un flujo, señor ―le dijo un acompañante al médico―. Debo decirle que bebió agua mala. Hacia mucho calor y bebió agua estancada. Ha estado purgando sangre. Se siente muy débil.
- Ya lo veo ―repuso el médico.
Los párpados de Alejandro se movieron. Hablaban por él como si estuviera medio muerto, lo cual era verdad aunque le enojara. Nadie se dio cuenta más que yo.
El médico le administró la poción que había preparado al recibir el mensaje y dijo a los acompañantes:
- Tiene que acostarse.
Ellos se acercaron a la camilla. Sus ojos se abrieron y me miraron. Adiviné de qué se trataba. Estaba sucio porque su debilidad le había impedido limpiarse. No quería que lo descubrieran porque ello hería su orgullo.
Yo le dije al médico:
- El rey desea que lo atienda. Puedo encargarme de todo.
- Sí ―dijo Alejandro con un hilo de voz.
Y me lo dejaron a mí.
Envié a los esclavos por jofainas y agua caliente y ropa blanca en cantidad. Lo libré de la porquería sanguinolenta y lo lavé sin moverlo de la litera, ordenando después que se lo llevaran todo. Tenía las nalgas en carne viva porque había perseguido al enemigo estando enfermo, viéndose obligado a desmontar numerosas veces para evacuar el vientre hasta que se había desmayado. Lo froté con aceite, lo levanté para acostarlo ―había perdido tanto peso que me resultaba fácil―, y le coloqué debajo una almohadilla de lienzo limpio, a pesar de que ahora ya se había vaciado. Mientras le posaba la mano sobre la frente para comprobar si tenía fiebre, él murmuró:
- Ah, qué bien me siento.
Poco después, tras haber cruzado el río con sus hombres, Hefaistión acudió a visitarlo. Como es natural, salí. Fue como si me desgarraran la carne. Me dije a mí mismo: si muere en compañía de este hombre y no en la mía, entonces lo mataré sin dudar. Ahora que se quede, no me opongo a los deseos de mi señor en sus últimos momentos. Pero él estaba a gusto conmigo.
Sin embargo, gracias al soporífero que le administró el médico, Alejandro consiguió dormir toda la noche. A la mañana siguiente ya quería levantarse y pudo hacerlo al siguiente. Dos días más tarde recibió a una embajada de los escitas.
Su rey enviaba a decir que lamentaba que Alejandro hubiera sido disgustado. Los hombres que le habían molestado eran bandidos sin ley con los que el rey no tenía relación alguna. Alejandro le envió una cortés respuesta. Al parecer, los escitas habían recibido una lección, aunque ésta no hubiera podido terminar.
Una noche, mientras le peinaba el cabello procurando deshacer los enredos sin lastimarlo, le dije:
- Has estado a punto de morir. ¿Lo sabias?
- Pues claro. Pensaba que el dios me tenía reservadas otras cosas pero uno siempre tiene que estar preparado ―me tocó la mano; me había dado las gracias sin palabras, pero ello era suficiente―. Hay que vivir como si fuera para siempre y como si se pudiera morir en cualquier momento. Siempre las dos cosas a la vez.
- Ésa es la vida de los dioses, que sólo mueren en apariencia, como el sol en el ocaso ―repuse―. Pero no cabalgues demasiado a través del cielo dejándonos en la oscuridad.
- Eso me ha enseñado una cosa ―dijo―. El agua de las llanuras es veneno. Haz lo que yo pienso hacer y bebe vino.
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El muchacho persa
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