Capítulo 16

Espitámenes, uno de los dos señores que habían traicionado a Bessos, estaba asediando a Maracanda. Al haberle desbaratado las primeras fuerzas que había enviado, Alejandro decidió ir personalmente. Al enterarse de su próxima llegada, Espitámenes levantó el campamento y huyó a los desiertos norteños. Para cuando se hubo pacificado la región ya se acercaba el invierno. Alejandro, para no perder de vista a los escitas, invernó en Saraspia del Oxos.

Se trata de una ciudad bastante grande, al norte del embarcadero. El río es allí muy caudaloso. Han canalizado sus aguas a su alrededor para poder plantar hortalizas; más allá se extiende el desierto. En verano debe ser un horno. Tienen más cucarachas que en ningún otro lugar de los que conozco. En la mayoría de las casas tienen serpientes adiestradas, que se las comen.

Alejandro se alojaba en la residencia del gobernador, construida con auténtico ladrillo refractario; una magnificencia que exigía ladrillo de barro. Había buenas colgaduras y hermoso mobiliario que le conferían apariencia real. Me agradó comprobar que Alejandro se preocupaba más por su rango. Se hizo confeccionar una hermosa túnica nueva de púrpura con bordados blancos, los colores del Gran Rey, para luciría en las ceremonias. Y aquí por primera vez se colocó la mitra.

Yo le dije que todos los persas lo esperarían de él cuando juzgara a Bessos. Para juzgar a los traidores un rey debe parecer un rey.

- Tienes razón me dijo Es un asunto persa y debe hacerse al estilo persa. Me basaré en los ejemplos anteriores paseaba por la estancia con el ceño fruncido. Se tratará de un veredicto persa. Ante todo, la nariz y las orejas. Oxatres no se conformaría con menos.

- Desde luego, mi señor. Es el hermano de Darío.

No añadí: «¿Por qué otro motivo aceptaría sino a un rey extranjero?» Eso ya lo sabía él.

- No lo tenemos por costumbre dijo sin dejar de pasear, pero lo haré.

Jamás decía nada que denotara vacilación por su parte, pero yo temía que cambiara de idea, lo cual le hubiera perjudicado mucho ante los persas. Mi padre había sufrido por haberse mantenido fiel. ¿Por qué razón tendría que escapar aquel traidor? Además, yo me sentía en deuda por otra causa.

- ¿Te he contado alguna vez, Alejandro, lo que dijo Darío cuando se lo llevaron a rastras? «Ya no tengo el poder de castigar a los traidores, pero sé quién lo hará.» Bessos pensó que se había referido a nuestros dioses, pero después dijo que se había referido a ti.

- ¿Eso dijo Darío de mí? preguntó deteniéndose.

- Yo mismo pude escucharlo.

Pensé en el caballo y el espejo de plata y los collares. Hasta yo tenía obligaciones.

Paseó un poco y después dijo:

- Sí, tiene que ser de acuerdo con vuestras leyes.

Yo dije para mis adentros: «Descansa en paz, pobre rey, en la parte de ti que el Río de las Pruebas haya permitido que llegue al Paraíso. Perdóname que ame a tu enemigo. He hecho todas las reparaciones que he podido.»

Desde la calle vi cómo conducían a Bessos al juicio. Se había encogido desde aquella noche que yo tan bien recordaba. Su rostro era tan pesado como si fuera de arcilla. Conocía su destino. Cuando lo apresaron vio a Oxatres cabalgando al lado de Alejandro.

Si se hubiera rendido en compañía de Nabarzanes, se hubiera salvado. Oxatres había venido más tarde y jamás hubiera podido lograr que Alejandro faltara a su palabra. La mantuvo en relación con Nabarzanes en contra de los deseos de Oxatres. Me he preguntado a menudo por qué se colocó Bessos la mitra. ¿Por amor a su pueblo? Si lo hubiera conducido bien, éste no lo habría abandonado. Supongo que Nabarzanes lo tentó con la idea de la realeza, pero él carecía de la flexibilidad de Nabarzanes. No sabía gobernar pero tampoco podía desprenderse del gobierno.

Fue juzgado en griego y persa. El consejo se mostró de acuerdo. Perdería la nariz y los lóbulos de las orejas, después sería enviado a Ecbatana, donde había traicionado a su señor, y sería crucificado ante una asamblea de medos y persas. Todo estaba en orden y se habían seguido las usanzas persas.

No me uní a la muchedumbre que contempló su partida. Las heridas estarían todavía recientes y temía que me recordara a mi padre.

A su debido tiempo llegó de Ecbatana la noticia de que había muerto. Había tardado casi tres días en morir. Oxatres se había trasladado allí para presenciar la ejecución. Cuando bajaron el cuerpo, ordenó que lo despedazaran en trozos pequeños y los esparcieran por la montaña para que sirviera de alimento a los lobos.

La corte permaneció en Zaraspia buena parte de aquel invierno.

Llegaban viajeros procedentes de todas las partes del imperio y Alejandro los agasajaba espléndidamente, tal como ya había aprendido a hacer. Una noche, antes de cenar, se había puesto la túnica persa y yo le estaba arreglando los pliegues de la misma.

- Bagoas me dijo, siempre me has contado lo que los señores persas no se atreven a decirme. ¿Lamentan mucho hacer la postración, siendo así que los macedonios no la hacen?

Sabía que al final me lo preguntaría.

- Mi señor, lo lamentan. Eso lo sé.

- ¿Mucho? se volvió pan mirarme. ¿Han dicho algo?

- En mi presencia, no, A-le-jan-dro tenía que pronunciar su nombre despacio para no equivocarme. Nadie haría tal cosa. Pero tú, en tu amabilidad, mantienes los ojos fijos en el hombre al que estás saludando, mientras que yo puedo mirar donde me parezca.

- ¿Quieres decir que les enoja ver hacerlo a un persa?

Me estaba resultando más difícil de lo que había supuesto.

- No es eso, Alejandro. Estamos acostumbrados a hacerlo ante el rey.

- Ya has dicho bastante. ¿Entonces es cuando no la hace un macedonio? Le arreglé los pliegues del ceñidor y no contesté.

Se movió inquieto sin dejarme terminar.

- Lo sé. ¿Por qué obligarte a pasar por el apuro de decírmelo? Tú siempre me dices la verdad.

Bueno, a veces le decía cosas que sabía que le harían feliz. Pero lo que jamás había obtenido de mí era una mentira que pudiera perjudicarlo.

Aquella noche, en el transcurso de la cena, mantuvo los ojos muy abiertos. Creo que vio muchas cosas mientras estuvo sereno. Pero en Zaraspia este estado no se prolongaba a lo largo de toda la cena.

Había dicho justamente que el agua del Oxos es veneno para los que no están acostumbrados a ella. Supongo que, entre los naturales de la región, aquellos a los que mata mueren jóvenes, antes de haber tenido tiempo de engendrar prole.

Allí no crecen viñedos, el vino procede de Bactria. El vino bactriano es fuerte y para curar el flujo del Oxos se beben tres partes de vino por una de agua.

Estábamos en invierno y hacía casi frío. A ningún anfitrión persa se le hubiera pasado por la cabeza ofrecer vino antes de los dulces. Pero los macedonios bebían desde el principio, como siempre. Los invitados persas tomaban unos sorbos por educación, pero los macedonios bebían tanto como siempre.

Emborracharse de vez en cuando, ¿qué daño causa a un hombre? Pero si le das a beber vino noche tras noche, acaba acostumbrándose. Si mi señor hubiera invernado en las colinas junto a un puro manantial, se hubiera evitado muchos pesares.

No es que se emborrachase todas las noches. Ello dependía del rato que permaneciera sentado a la mesa. Al principio no bebía sin tino como los demás. Se sentaba con la copa delante y hablaba y bebía y volvía a hablar. Si se tenía en cuenta el número de copas, no bebía más que antes. Pero sucede que el vino bactriano no hay que mezclarlo con dos tercios de agua. Cada copa que se tomaba era dos veces más fuerte que lo que solía beber.

A veces, después de una prolongada velada, dormía hasta el mediodía; pero si tenía asuntos graves pendientes siempre se levantaba enérgico y lleno de facultades. Hasta recordó mi cumpleaños. En el transcurso de la cena brindó por mí, alabó mis fieles servicios, me ofreció la copa de oro en la que había bebido y después me besó. Los veteranos macedonios se escandalizaron mucho, tal vez porque yo era persa o eunuco o porque él no se avergonzaba de mí, no sé. Supongo que por las tres cosas.

No olvidó la cuestión de la postración. No podía quitársela de la cabeza.

- Habrá que cambiarlo me dijo. Y no en relación con los persas; está demasiado arraigado. Si Ciro lo inició tal como dicen, debió tener sus buenas razones.

- Creo que fue para reconciliar a los pueblos, Alejandro. Los medos lo tenían por costumbre.

- ¿Lo ves? El homenaje de los dos pueblos sin que ninguno de ellos domine al otro. Te digo, Bagoas, que cuando vea a algún persa cuyo título se remonta a épocas anteriores a la de Ciro inclinarse hasta el suelo y a algún macedonio que mi padre elevó de la nada y cuyo padre vestía pieles de oveja mirándome como si fuera un perro, siendo deseos de arrancarle la cabeza de los hombros.

- No lo hagas, Alejandro dije medio riéndome.

La sala de abajo era muy espaciosa, pero los aposentos del piso de arriba eran más bien estrechos; se revolvió como un leopardo enjaulado.

- En Macedonia los señores han aprendido tan tarde a obedecer al rey que piensan que le hacen un favor. En casa, en tiempos de mi padre, éste se comportaba con modales distinguidos cuando teníamos invitados extranjeros, pero cuando yo era niño nuestra cena se parecía a una comilona de campesinos... Ya sé lo que piensa tu gente. Por mis venas corre sangre de Aquiles y de Héctor y remontándonos más lejos hasta de Heracles; no hablaremos más que de eso.

Iba a acostarse; no era muy tarde pero el vino lo había exaltado. Yo temía que el baño se le enfriara.

- Con los soldados es fácil. Pueden pensar que tengo mis caprichos fuera del campo de batalla, pero en éste nos conocemos mutuamente. No, son los hombres de rango, los que tengo que agasajar con los persas... Mira, Bagoas, en mi patria piensan que la postración está reservada a los dioses.

En su voz había algo que me decía que no estaba simplemente instruyéndome. Lo conocía. Intuía el curso de sus pensamientos. ¿Por qué no?, pensé. Hasta los soldados lo intuyen aunque no sepan comprender sus propios sentimientos.

- A-le-jan-dro le dije dándole a entender que sopesaba todas las palabras, todo el mundo sabe que el oráculo de Siva no puede mentir.

Me miró con sus profundos ojos grises sin decir nada. Después se desató el ceñidor. Yo lo desnudé. Él volvió a mirarme. Contemplé, tal como él se había propuesto, la herida de catapulta que tenía en el hombro, la herida de espada del muslo, la hendidura púrpura de la canilla. Ciertamente que de aquellas heridas había manado sangre y no licor. Recordaba también la vez que había bebido agua en mal estado. Sus ojos se posaron en los míos medio sonriendo; algo había en ellos, sin embargo, que ni yo ni nadie hubiera podido descifrar. Tal vez el oráculo de Siva lo hubiera descubierto.

Le acaricié el hombro y le besé la herida producida por la catapulta.

- El dios está presente le dije. La carne mortal es su servidor y su sacrificio. Recuerda a los que te amamos y no permitas que el dios se lo lleve todo.

Él extendió los brazos sonriendo. Aquella noche la carne mortal recibió su recompensa. Aunque se comportó con dulzura, me pareció que se burlaba de sí mismo. Y, sin embargo, la otra presencia estaba esperando, dispuesta a reclamarlo.

Al día siguiente permaneció largo rato encerrado con Hefaistión, y la antigua congoja volvió a morderme el corazón. Después hubo mucho ir y venir de los mejores amigos del rey y más tarde fueron enviados mensajeros para convocar a los invitados a una gran cena de cincuenta triclinios.

Cuando llegó el día, Alejandro me dijo:

- Bagoas, ¿recuerdas lo que me preocupaba? Esta noche lo vamos a probar. Viste tus mejores galas y atiende a mis invitados persas. Ya sabrán a qué atenerse porque Hefaistión les ha visitado. Consigue que se sientan respetados; tú con tus modales cortesanos sabrás hacerlo mejor que nadie.

«Es decir pensé que también me necesita.» Me puse mi mejor atuendo, que era precioso, con bordados de oro sobre fondo azul oscuro, y después vestí a Alejandro. Éste se puso la gran túnica persa, pero no la mitra sino una corona baja. Se vestía también para los macedonios.

«Si guardaran el vino para la hora del postre pensé. Será un asunto muy delicado.»

La sala se hallaba espléndidamente adornada con vistas al banquete. Saludé a los señores persas en la forma adecuada y los acompañé a sus triclinios respectivos, haciéndoles cumplidos, según los casos, acerca de algún famoso antepasado, de alguna raza de caballos y así sucesivamente. Después me dediqué a atender a Alejandro. La comida transcurrió con suavidad a pesar del vino; se llevaron los platos y todo el mundo se dispuso a brindar por el rey. Alguien se levantó y los demás supusieron que era para proponerlo.

Estaba ciertamente sereno. Se trataba de Anaxarcos, un superficial filósofo que seguía a la corte por todas partes, de aquellos que los griegos llaman sofistas. En cuanto a sabiduría, él y Kalístenes juntos no poseían ni la mitad de la que basta para hacer un buen filósofo. Cuando se levantó Anaxarcos, Kalístenes se enojó porque no le pidieron hablar primero, como se hubiera enojado una esposa vieja con una joven concubina.

Pero es indudable que no lo hubiera hecho tan bien. Anaxarcos poseía una voz muy educada y debía haberse aprendido el discurso de memoria con toda clase de notas de adorno. Empezó a hablar de ciertos dioses que habían comenzado la vida siendo mortales y habían sido posteriormente divinizados como consecuencia de sus gloriosas hazañas. Uno de ellos era Heracles, otro Dionisos. No había escogido mal, aunque dudo que estuviera pensando en lo mismo que yo, es decir, en que Alejandro tenía un poco de ambos: el impulso a realizar grandes trabajos más allá de las posibilidades de los demás hombres y la belleza, los sueños, el éxtasis... ¿pensaba entonces que también la locura? Espero que no pero no me acuerdo.

Los seres divinos, dijo Anaxarcos, estando todavía en la tierra habían compartido las pruebas y tristezas de la raza humana. ¡Si los hombres hubieran descubierto antes su divinidad!

Después pasó revista a las proezas de Alejandro. La simple verdad, aunque ya conocida, me sorprendió hasta a mi. Anaxarcos dijo que cuando los dioses quisieran ¡que aparten el día de nosotros!-- llamar a Alejandro, nadie dudaría de la conveniencia de tributarle a éste honores divinos. ¿Por qué no ofrecérselos, pues, ahora para consolarlo en sus trabajos? ¿Por qué esperar a que muriera? Todos debiéramos enorgullecernos de ser los primeros en tributárselos y en simbolizarlos a través del rito de la postración.

Mientras duró el discurso me dediqué a observar los rostros de los comensales. No los de los persas; éstos habían sido advertidos de antemano y escuchaban atentamente. Los amigos del rey, secretamente también, se hallaban doblemente ocupados en aplaudir y observar a los demás; todos menos Hefaistión, que se pasó el rato mirando a Alejandro, tan serio como los persas y hasta más que ellos.

Yo me aparté de detrás de su triclinio para poder observarlo también. Comprendí que las palabras de Anaxarcos, preparadas de antemano, constituían un placer para él. Aunque no estaba ni mucho menos embriagado, había bebido un poco y los ojos le brillaban. Los mantenía fijos en la distancia tal como hacía cuando posaba para los apuntes del escultor. No hubiera sido correcto que mirara para observar la reacción de la gente.

Al principio, los macedonios lo consideraron una retórica forma de proponer un brindis por el rey. Alegrados por el vino, hasta los veteranos aplaudieron. No comprendieron el propósito de todo ello hasta el final y entonces pareció que hubieran recibido un golpe repentino en la cabeza. Afortunadamente, me habían enseñado a contener la risa a destiempo.

Otros lo habían visto venir. Los más serviles, todos ellos ansiosos de ser los primeros en complacer, estaban deseando que terminara el discurso. Al principio los jóvenes me sorprendieron, pero en tiempos del rey Filipo, cuando eran niños, se les había enseñado a hacer lo que sus padres les ordenaban. Ahora había llegado el momento. Desde que Alejandro los conducía siempre había habido alguna novedad. Es posible que éste estuviera yendo un poco lejos pero ellos lo acompañarían.

Los más viejos se mostraban contrarios. «¡Claro pensé, os molesta que exija que lo saluden como a un dios! ¡Si supierais que lo que se propone es igualaros a nosotros, os molestaría mucho más! Fastidiaos, pues, sois demasiado pocos para que se os tenga en cuenta.»

Anaxarcos se sentó. Los amigos del rey y los persas aplaudieron; nadie más. Se produjo una leve conmoción. Los persas se levantaron de sus triclinios con gestos de respeto disponiéndose a adelantarse. Los amigos del rey se levantaron también diciendo:

- Vamos, empecemos.

Los aduladores, llenos de ansiedad, esperaron impacientes. Lentamente empezaron a levantarse también los demás macedonios.

De repente se levantó Kalístenes y exclamó con su áspera voz:

- ¡Anaxarcos!

Cesó en la sala todo movimiento.

Yo lo había estado observando. Sabía que el rey se mostraba con él mucho más frío desde que yo le había hablado. Molesto por el discurso de Anaxarcos, Kalístenes había estado pendiente de todas las palabras de éste y había captado inmediatamente la intención. Yo había supuesto que reaccionaría de alguna forma.

Aunque ambos eran filósofos, se trataba de dos personas muy distintas. La túnica de Anaxarcos poseía orillas bordadas y su barba plateada parecía de seda; la de Kalístenes era negra, rala y desordenada; la sencillez de su atuendo, teniendo en cuenta que Alejandro le pagaba muy bien, resultaba tosca tratándose de un banquete de gala. Se adelantó para que todos pudiéramos verlo bien. Alejandro, que al ser vitoreado por sus amigos había abandonado la lejanía en la que se encontraba para dirigirles una sonrisa benévola, se volvió y se le quedó mirando fijamente.

- Anaxarcos prosiguió Kalístenes como si estuviera discutiendo en la calle y no ante la Presencia, considero a Alejandro digno de toda clase de honores propios de hombre mortal. Pero existen límites entre los honores humanos y los divinos.

De estos últimos enumeró una lista que yo creí que no iba a terminar nunca. «Pero tales honores dijo, cuando se ofrecen a un hombre afrentan a los dioses, de la misma manera que los honores reales tributados a un hombre corriente afrentarían al rey.» Por toda la sala se escucharon murmullos de asentimiento. Al igual que el narrador de historias que ha conseguido despertar el interés de su auditorio, Kalístenes empezó a brillar. Le recordó a Anaxarcos que estaba aconsejando al jefe de los griegos, no a un Cambises o Jerjes. El desprecio con que nombró a estos reyes persas fue muy del agrado de los macedonios. Observé que los persas se intercambiaban miradas. Ocultando mi cólera y mi vergüenza, me acerqué a los de mayor rango y empecé a distribuir dulces. Desde que iba a los teatros había observado que los actores estropean a veces la gran escena de otro. En mi juventud e ignorancia, pensé hacer lo mismo.

Sin desconcertarse ante mi comportamiento ¿qué importancia tiene un eunuco sirviendo a un señor bárbaro?, Kalístenes prosiguió afirmando que Ciro, que había implantado la postración, había sido humillado por los escitas, que eran pobres, pero libres. Yo me hubiera limitado a decir que no los había sojuzgado, pero las palabras iban dirigidas a Alejandro. Todo el mundo debía saber que honraba a Ciro e indudablemente debía saberlo Kalístenes, que había gozado previamente de su confianza. Terminó con una frase brillante diciendo que Darío, que había recibido la postración, había sido derrotado por Alejandro, que se pasaba sin ella. Tales palabras autorizaban a los macedonios a aplaudir.

Lo hicieron y resultó evidente que no aplaudían un simple cumplido superficial. Kalístenes había conseguido atraer a los indecisos, a los que, abandonados a sí mismos, hubieran accedido. Y lo que había infundido en ellos no había sido respeto hacia los dioses sino desprecio hacia los persas. Cuando nombró a Darío, advertí la mirada rencorosa que me dirigió.

Hay que ser justos con los muertos que no pueden responder. Tal vez debiera reconocérsele valentía o quizá simplemente ciega complacencia. El aplauso de los macedonios constituyó un fugaz placer; la cólera de Alejandro perduraría.

Y no es que éste la pusiera precisamente de manifiesto. Tras recibir esta bofetada en el rostro, se esforzó por conservar la dignidad. En su piel clara el rubor parecía una bandera pero su rostro estaba sereno. Llamó por señas a Chares, habló con él pausadamente y lo envió a los triclinios de los macedonios para que comunicara a los invitados que, si eran contrarios a la postración, no se hablara más del asunto.

Los persas no habían seguido el discurso de Kalístenes porque el intérprete no consideró oportuno traducirlo. Pero al nombrar a los reyes, su voz debió darles a entender el significado. Vieron que Chares iba avanzando y que aquellos que se habían levantado volvían a acomodarse en sus triclinios. Se produjo el silencio. Los señores persas se miraron mutuamente. Después, sin intercambiar palabra, el señor de más rango se adelantó cruzando la sala con el porte que tales personas poseen desde la infancia. Saludó al rey y efectuó después la postración.

En orden de precedencia lo siguieron todos los demás.

Fue hermoso. A ningún hombre de calidad se le escapó que se trataba de un acto de orgullo. Si aquellos incultos occidentales se consideraban superiores a las antiguas cortesías, un noble no debe darse por enterado. Pero sobre todo lo hicieron por Alejandro, que había intentado honrarlos. Cuando el más importante de ellos lo miró antes de efectuar la reverencia, observé que los ojos de ambos se encontraban en perfecta comprensión.

Al hacerle cada uno de ellos la reverencia, el rey se inclinaba amablemente. Los macedonios murmuraban en sus triclinios hasta que al final se acercó un anciano bastante fornido, pero con cierta rigidez en las rodillas que lo obligó a postrarse lo mejor que pudo. Todo el mundo sabe que no hay que levantar el trasero. Los demás se habían inclinado con gracia, pero cualquier necio podía ver que el pobre sufría achaques. Escuché risas entre los macedonios; después uno de ellos, un Compañero llamado Leonatos, emitió una risotada. El persa, que en aquellos momentos se esforzaba por levantarse con dignidad, se desconcertó tanto que tropezó. Yo me encontraba detrás de él esperando el turno. Me adelanté y lo ayudé a ponerse en pie.

Ocupado en este menester, no vi a Alejandro hasta que éste ya se encontraba a medio camino. Con la túnica agitándose a su alrededor, cruzó la sala como si sus pies no rozaran el suelo, ligero como el león que se dispone a saltar. Sin una palabra, con los ojos inmóviles en una pálida mirada, agarró el cabello de Leonatos con una mano y su ceñidor con la otra y lo levantó del triclinio arrojándolo al suelo.

Dicen que en la batalla Alejandro raras veces combatía enojado, que solía estar alegre y sonreía a menudo. Pero ahora pensé: ¿cuántas veces habrá sido este rostro la última visión de un hombre? Leonatos, agitándose en el suelo, enfurecido como un oso, miró y palideció. Hasta yo noté que un frío aliento me helaba la garganta. Le miré el ceñidor al rey para ver si llevaba algún arma.

Pero se encontraba de pie con las manos apoyadas en las caderas y resollando levemente.

- Muy bien, Leonatos dijo, ahora tú también estás en el suelo. Y si piensas que resultas gracioso, ojalá pudieras verte.

Después regresó a su triclinio y empezó a hablar fríamente con quienes lo rodeaban.

«Ha sido castigado un estúpido», pensé. Nadie había sufrido daño alguno. Era una necedad sentir miedo.

La fiesta terminó temprano. Alejandro se retiró a su alcoba sereno. Había desaparecido la furia del león. Estaba inquieto, paseaba arriba y abajo por el aposento, hablaba del insulto que había sufrido mi pueblo y después dijo estallando:

- ¿Por qué se ha vuelto Kalístenes contra mí? ¿Qué daño le he hecho? Ha recibido regalos, atenciones, todo lo que ha querido. Si él es mi amigo, prefiero a un enemigo honrado. Algunos de éstos se han portado bien conmigo; él ha querido hacerme daño. Me odia, lo he visto. ¿Por qué?

«Tal vez cree realmente que los honores divinos deben reservarse a los dioses», pensé. Pero recordé que en otras ocasiones los griegos los habían tributado a algunos hombres. Además, había habido otra cosa. Cuando uno está acostumbrado a las cortes, se da cuenta. Era griego, no hubiera podido decir quién lo secundaba: me limité a decir, por tanto, que parecía que quisiera formar una facción.

- Sí, ¿pero por qué? De eso se trata.

Logré con dificultad que se desnudara y tomara un baño. No podía ofrecerle ningún consuelo, que era lo que en aquellos momentos le hacía falta, y temí que no pudiera dormir.

No era simplemente que le hubieran despojado de unos derechos que había considerado justos mientras los proclamaban. Habían ofendido su amor. Le dolía demasiado para poder hablar de ello. Herido en un momento de exaltación, aún sangraba. Pero había refrenado su cólera; el insulto al persa la había desatado. Había terminado pensando en nosotros, tal como había empezado.

Yo lo había acostado y estaba buscando alguna palabra de consuelo cuando una voz desde la puerta dijo:

- ¿Alejandro?

- Entra repuso éste iluminándosele el rostro.

Era Hefaistión. Sé que hubiera entrado sin llamar de no haber estado yo dentro.

Les dejé juntos. «El día del oráculo -pensé- él estaba esperando y a él se le contó todo. Ahora está aquí para hacer lo que yo no puedo.» Y una vez más deseé su muerte.

Al recostarme en la almohada me dije a mí mismo: ¿Le rehusaré a mi señor la hierba que puede sanarlo porque otro la recoge? No, que sane. Después cerré los ojos llorando y caí dormido.

A finales de invierno Alejandro trasladó la corte a Maracanda. Nos habíamos liberado del ponzoñoso Oxos y de las ardientes llanuras. «Ahora pensé todo saldrá bien.»

Fue como un paraíso después de lo de Zaraspia; el verde valle de un río a los pies de la montaña; arriba, las elevadas cumbres blancas, el agua como hielo líquido y limpia como el cristal. En los numerosos jardines ya florecían los almendros y unos pequeños y delicados lirios nacían entre las nieves en fusión.

Aunque se encuentra en Sogdiana, no es tan ruda como las tierras del interior; es una encrucijada de caravanas y se encuentra uno con gentes de todas partes. En los bazares se venden cabezadas de caballo con turquesas incrustadas y puñales con vainas de oro batido. Hasta se puede comprar seda de China. Yo dispongo de la que es suficiente para una chaqueta, de color cielo y bordada con flores y serpientes voladoras. El vendedor me dijo que habían tardado un año en traerla. Alejandro dijo que China debía estar en la India porque más allá no había otra cosa más que el Océano Circundante. Sus ojos brillaron como siempre que hablaba de maravillas lejanas.

La ciudadela se levanta hacia el oeste por encima de la ciudad. Se trata de una fortaleza de buen tamaño con un auténtico palacio. Alejandro se dedicó aquí a muchas cosas para las que no le había alcanzado el tiempo en el norte. Agasajó a muchos persas de alto rango y observé que seguía pensando en la cuestión de la postración.

Leonatos había sido perdonado. Alejandro me dijo que era un hombre bueno en conjunto y que, de haber estado sereno, se hubiera comportado con más sensatez. Yo le contesté que aquí nos irían mejor las cosas porque disponíamos de agua de montaña.

Yo hablaba sólo por él. Junto al Oxos se había dedicado a beber mucho vino fuerte y se había aficionado un poco a éste. Aquí bebía mitad y mitad, lo cual todavía no basta, tratándose de vino bactriano.

Si la conversación era interesante, hablaba más que bebía y aunque la velada se prolongara hasta muy tarde, no se embriagaba. Otras veces, sin embargo, no hacía más que beber. Todos los macedonios lo hacen, pero junto al Oxos lo habían hecho en mayor medida que en otras partes.

Jamás se embriagaba en campaña. Sus victorias eran demasiado brillantes y los enemigos le permitían disponer de tiempo para ello. Tampoco lo hacía cuando tenía que levantarse temprano aunque sólo fuera para salir de caza. A veces se dedicaba a la caza por espacio de dos o tres días y acampaba en las colinas; se le purificaba la sangre y regresaba más lozano que un niño.

Estaba familiarizándose con nuestras costumbres. Creo que al principio lo hizo para demostrarnos que no nos despreciaba, pero después les tomó afición. ¿Por qué no? Estaba muy por encima de la tierra de la que procedía, tal como yo había comprendido desde el principio. Poseía un alma civilizada y nosotros le mostramos las formas exteriores de la misma. En las audiencias lucía ahora a menudo la mitra. Le sentaba bien porque presentaba forma de yelmo. Había incorporado a la corte a varios chambelanes de palacio que contrataron a cocineros persas. Ahora los invitados persas podían disfrutar de auténticos banquetes persas y, a pesar de que comía muy poco, la comida no le desagradaba. Comprendiendo que se había familiarizado con nuestras costumbres, muchos que al principio le servían por temor lo hacían ahora de buen grado. Su autoridad era fuerte y justa al mismo tiempo. Hacia mucho tiempo que en Persia no se disfrutaba de ambas cosas a la vez.

No obstante, los macedonios se sentían molestos. Eran los vencedores y pensaban que tenía que notarse. Alejandro lo sabía. Y no era hombre que cediera fácilmente. E intentó una vez más obligarlos a efectuar la postración. Esta vez empezó por arriba.

El banquete no fue fastuoso y no hubo invitados persas. Amigos en quienes podía confiar y macedonios de alto rango a los que esperaba poder convencer. Me contó el plan y pensé que lograría convencer a todo el mundo. Poseía el don de la habilidad.

Yo no iba a estar presente. No me dijo el motivo porque sabía muy bien que no hacía falta. Sin embargo, decidido a observarlo todo, me dirigí a la antesala de servicio y me situé en un lugar desde el que pudiera observarlo todo a través de la puerta. Chares no dijo nada. Dentro de los límites de lo razonable, yo podía hacer lo que me viniera en gana.

Estaban presentes todos los más íntimos amigos del rey: Hefaistión, Tolomeo, Perdicas, Peuquestas y también Leonatos, agradecido por el perdón y ansioso de ofrecerle alguna compensación. En cuanto a los demás, todos sabían lo que iba a suceder. Cuando Alejandro me dijo que uno de ellos iba a ser Kalístenes, yo adopté una expresión de duda, pero me dijo que Hefaistión le había hablado y que él se mostraba de acuerdo.

- Y si no cumple su palabra, no tengo intención de darme por enterado. No será como la última vez. No podrá lucirse ante los demás.

Fue una fiesta bastante reducida, menos de veinte triclinios. Observé que Alejandro bebía con moderación. Mientras vivió, y siempre que se lo proponía, no hubo placer del que se convirtiera en esclavo. Habló y bebió.

Nadie sabía hablar como él cuando quería y tenía algo que decir. Con un griego hablaba de teatro y escultura, poesía y pintura, y proyectos de ciudades; a un persa le hablaba de sus antepasados, de sus caballos, de las costumbres de su provincia o de nuestros dioses. Algunos de sus amigos macedonios habían asistido con él a la escuela, siguiendo las enseñanzas de Aristóteles, al que tanto admiraba todavía. Con la mayoría de los demás, que jamás habían leído un libro y a duras penas podían trazar unos cuantos garabatos sobre cera, no tenía más remedio que hablar de sus preocupaciones, de las piezas cobradas en la caza, de sus amores y de la guerra, lo cual, si el vino había corrido con generosidad, le llevaba muy pronto a hablar de sus victorias. Creo que es cierto que a veces hablaba demasiado acerca de éstas. Pero todo artista, incluso el más grande, gusta de revivir lo mejor de su arte.

Esta noche, habiendo bebido con mesura, todo se desarrolló con suavidad. Le oí preguntar a Kalístenes si últimamente había tenido noticias de Aristóteles, a lo cual le contestó aquél con cierta vacilación, aunque inmediatamente lo disimuló. Alejandro les dijo a los demás que había ordenado que los sátrapas de todas las provincias enviaran al filósofo todas las rarezas que sus cazadores pudieran encontrar y que él había enviado una elevada suma ochocientos talentos para que recogiera y ordenara la colección.

- Algún día tendré que ir a verla dijo.

Se quitaron las mesas; esta noche nada de dulces persas. Se respiraba una atmósfera de expectación. El propio Chares, que por su cargo estaba muy por encima de servir, trajo una preciosa copa de oro de varias asas. Era trabajo persa, creo que de Persépolis. Chares la depositó en las manos de Alejandro.

Alejandro bebió y después se la ofreció a Hefaistión, que se encontraba acomodado en el triclinio que había a su derecha. Hefaistión bebió, entregó la copa a Chares, se levantó y, de pie ante Alejandro, efectuó la postración. Lo hizo perfectamente. Debió haber practicado muchos días.

Yo me retiré un poco para que no me vieran. No debía presenciarlo y comprendía que era justo que así fuera. Yo me había pasado la vida inclinándome hasta el suelo y lo mismo habían hecho mis antepasados en tiempos de Ciro. No era más que una ceremonia y no pensábamos que ello nos humillara. Para un orgulloso macedonio era otra cosa. Al menos la primera vez, no debía haber persas y, sobre todo, tratándose de mí.

Se levantó con la misma gracia con que se había inclinado (en Susa no había visto hacerlo mejor) y se adelantó hacia Alejandro, que lo tomó por los hombros y lo besó. Sonrieron y sus ojos se encontraron. Hefaistión regresó a su triclinio. Chares le ofreció la copa a Tolomeo. Y así sucesivamente. Todos saludaron al rey y fueron después abrazados por el amigo. «Esta vez pensé ni siquiera Kalístenes puede sentirse molesto.»

Le tocó su turno hacia el final. Como por casualidad, Hefaistión se dirigió hacia Alejandro, que volvió la cabeza para responderle. Ninguno de los dos miró a Kalístenes.

Yo lo observaba. Quería comprobar cuánto respeto inspiraba. Y pronto lo averigüé. No se negó, bebió de la copa y después se dirigió hacia Alejandro, en la creencia de que éste no había advertido nada, y se presentó para recibir el beso. Ya me lo imaginaba después jactándose de haber sido el único que no se había inclinado. Resultaba dificil creer que un hombre adulto pudiera ser tan necio.

Hefaistión le señaló con los ojos a Alejandro. No dijo nada. A Kalístenes ya se le había dado la oportunidad de cumplir la palabra dada. Si no la cumplía, sería despreciado por los más poderosos hombres de la corte y odiado también por haberse elevado por encima de ellos.

El razonamiento era adecuado, sólo que lo odiaban demasiado. Al volverse Alejandro hacia él, uno de ellos gritó:

- ¡No lo beses, Alejandro! No ha hecho la reverencia.

Puesto que ahora ya se lo habían dicho, el rey no tenía más remedio que darse por enterado. Miró a Kalístenes arqueando las cejas y apartó el rostro.

Se hubiera dicho que ya era suficiente. Pero Kalístenes no se daba fácilmente por satisfecho. Se encogió de hombros y se alejó diciendo:

- ¡Muy bien, me he quedado sin el beso!

Supongo que si uno sabe conservar la serenidad en la batalla, hacerlo ante un Kalístenes no constituye una gran hazaña. Alejandro se limitó a llamar por señas a Chares, que alcanzó a Kalístenes cuando éste se disponía a acomodarse en su triclinio. Sumamente sorprendido ¡resultaba increíble! de que se le expulsara, volvió a levantarse y salió. Aprobé grandemente que el rey no se dignara dirigirse a él personalmente. «Sí pensé, ya va aprendiendo.»

Se fueron inclinando los últimos que quedaban como si nada hubiera ocurrido; la fiesta prosiguió como una amigable reunión. Pero ya se había estropeado todo. Kalístenes había interpretado un papel innoble, pero él lo contaría a su manera y animaría a otros. Empecé a reflexionar acerca de ello.

El rey se retiró temprano. Escuché todo lo que me contó (recordad que yo no estaba presente) y le dije:

- Por un beso yo haría mucho más que eso. Mataré a este hombre por ti. Ya es hora. Concédeme tu autorización.

- ¿Eso harías? me preguntó, más pensativo que ansioso.

- Pues claro que sí. Cada vez que vas a la guerra tus amigos matan a tus enemigos. Jamás he matado a nadie por ti. Permíteme hacerlo ahora.

- Gracias, Bagoas me dijo-. Pero no es lo mismo.

- Nadie lo sabrá. Las caravanas traen sustancias muy sutiles de lugares tan alejados como la India. Cuando vaya a comprar me disfrazaré. Sé lo que hay que hacer.

Me tomó el rostro entre sus manos y dijo:

- ¿Lo habías hecho por Darío?

No le contesté. «No, éste es el plan que me había forjado para matar a tu amante», pensé.

- No, Alejandro, sólo he matado a un hombre y fue en el transcurso de una pelea para evitar que me pusiera las manos encima. Pero lo haré por ti. Y te prometo que no fallare.

Me apartó las manos del rostro muy suavemente.

- Cuando he dicho que no era lo mismo que la guerra, no lo he dicho por mí.

Hubiera debido saberlo. Jamás había asesinado a nadie en secreto. No había ocultado la muerte de Parmenio una vez se hubo producido ésta. Debía haber un grupo de hombres que hubiera podido librarlo de Kalístenes de forma que pareciera natural, pero él no quería hacer aquello que no pudiera manifestar. Y, sin embargo, si me hubiera permitido servirlo como yo deseaba, nos hubiéramos evitado muchas preocupaciones y se hubieran salvado muchas vidas.

Después de este incidente ya no habló más de la postración. Con los macedonios renovó sus reuniones de siempre. Pero se produjo un cambio. Aquellos que habían accedido a postrarse por amor, lealtad, comprensión de sus motivos o simple adulación, estaban molestos con los que se habían negado, despreciándoles a ellos y desairando al rey. Los hombres habían definido sus posturas y las palabras inciertas se habían convertido en amargura y facción.

Pero cuando los persas nos inclinábamos manifestaban indiferencia. Claro, nos limitábamos simplemente a exhibir nuestro abyecto carácter. Sólo se trataba de una blasfemia cuando lo hacían los macedonios.

Ya se habían producido roces entre los representantes de las distintas tendencias. Las fuerzas que no habían conseguido liberar Maracanda, habían sufrido graves reveses. Habían vencido a los asaltantes, pero después se habían dirigido a atacar a un gran contingente de escitas y se encontraban ahora acorraladas en la garganta de un río. Farneuco, el intérprete, se había incorporado a las mismas en calidad de mensajero. Los oficiales macedonios, de a pie y de caballería, habían intentado conseguir que éste asumiera el mando. Nadie sabrá jamás toda la verdad; los pocos supervivientes atribuyeron la culpa a esto o aquello pero, según parece, el comandante de la caballería cruzó con sus hombres el río dejando a los de a pie en la estacada. Éstos los siguieron como pudieron y se quedaron encallados en una isla fluvial, constituyendo unos blancos seguros para los dardos escitas. Pocos fueron los que pudieron alejarse a nado para contarlo. Maracanda había sido sometida de nuevo a asedio; la liberó el propio Alejandro, que después siguió cabalgando para averiguar qué había quedado de los desgraciados cadáveres, a los que dio sepultura.

Le enfureció el hecho de haber perdido a hombres tan buenos como consecuencia de una operación chapucera y dijo que prefería no perder a Farneuco que a semejantes comandantes. Sus amigos le dijeron que éstos eran los hombres que habían desdeñado comer en compañía de los persas, a los que sólo consideraban adecuados para ayudarles a cumplir las órdenes cuando las cosas se ponían feas. Experimentaban rencor y cuando bebían se mostraban más pendencieros. Yo sufría todas las noches temiendo que pudiera producirse un altercado en presencia del rey. Eso era lo peor que temía. Dios me había librado de la presciencia.

Por aquel entonces Kleitos el Negro (así llamado por su poblada barba) acudió a palacio solicitando ver al rey.

Con Hefaistión compartía el mando de los Compañeros. Era todo un representante de la vieja escuela. Alejandro siempre bromeaba con él, que lo conocía desde la cuna. Era el hermano menor de la nodriza real, una dama macedonia de alto linaje. Supongo que debía llevarle al rey unos doce años. Había combatido bajo el rey Filipo; le gustaban las antiguas costumbres; hablaba con mucha libertad cuando se hallaba en compañía de sus iguales y despreciaba a los extranjeros. Supongo que debía recordar a Alejandro a la edad de un año revolcándose y rodando por el suelo. Hace falta poseer una mentalidad muy pequeña para recordar tales cosas en lugar de otras de mayor importancia y creo que ni esforzándose mucho hubiera podido Kleitos agrandar la suya. Era un buen soldado, valiente en la batalla. Cada vez que veía a los persas se notaba por su expresión que hubiera deseado matar a más de los que había matado.

Por eso fue una lástima que, al ser recibido en audiencia, Oxatres estuviera de servicio.

Yo pasaba por allí en aquellos momentos y, al ver que Kleitos se dirigía a Oxatres como si éste fuera un criado, me detuve para mirar. Oxatres no se dio por enterado de la ofensa, pero tampoco quiso abandonar su puesto para hacer un recado. Me llamó por señas y me dijo en persa:

- Bagoas, dile al rey que Kleitos el comandante solicita verlo.

Yo le contesté en el mismo idioma y le hice una breve reverencia; me parecía justo no olvidar qué situación habíamos ocupado ambos en Susa. Al volverme, vi el rostro de Kleitos. ¡Dos bárbaros entre él y el rey y, encima, uno de ellos era un eunuco! Hasta entonces todo había resultado natural; ahora comprendía lo que pensaba del hecho de ser anunciado por un prostituto persa.

El rey lo recibió muy pronto. El asunto que había traído a Kleitos no era nada del otro mundo. Lo supe porque estuve escuchando. Cuando vio a Oxatres al salir volvió a fruncir el ceño.

Poco después el rey ofreció un gran banquete al que asistieron sobre todo macedonios; había también algunos griegos, mensajeros procedentes del Asia occidental, y algunos importantes personajes persas de las provincias cuyos cargos había confirmado Alejandro.

La corte estaba ahora a la altura de la importancia de Alejandro y podía agasajar a invitados de todo tipo. Yo hubiera podido salir de compras al bazar o presenciar algunas danzas o encender la lámpara y dedicarme a leer el libro griego, lo cual se había llegado a convertir para mí en un placer. Pero bajé a la sala en la que se estaba celebrando el banquete. No me dirigí allí por azar. Estaba inquieto y deseaba quedarme. Tales presentimientos pueden proceder de Dios o de la adivinación del tiempo, tal como saben hacer los pastores. Si Dios me había enviado, ya me encargaría alguna misión que cumplir.

Todo resultó extraño desde el principio. Aquel día Alejandro había ofrecido sacrificios a los Dióscuros, los dos héroes gemelos griegos. Kleitos se había propuesto ofrecer un sacrificio por su cuenta a Dionisos, porque en Macedonia era el día de este dios y él estaba muy apegado a las viejas costumbres. Había vertido las libaciones sobre los dos carneros, dispuesto a cortarles la garganta, cuando se escuchó el cuerno de llamada a la cena. Lo dejó todo y se fue. Pero los necios carneros, tomando al verdugo por el pastor, echaron a trotar en pos suyo y aparecieron en la sala. Todo el mundo se echó a reír estrepitosamente hasta que se averiguó que se trataba de animales destinados a un sacrificio y ya dedicados. Ante este presagio, el rey se inquietó por Kleitos y ordenó que los sacerdotes ofrecieran el sacrificio por su seguridad. Kleitos le agradeció la atención y llegó el vino.

Comprendí inmediatamente que aquella noche a Alejandro le apetecería beber. Él dio la pauta y los coperos se movieron con tanta rapidez que al terminarse de comer la carne todo el mundo ya estaba bebido. En un banquete persa como es debido, el vino hubiera venido primero. Aún me enojo cuando los ignorantes griegos afirman que nosotros enseñamos a beber al rey. Ojalá hubiera aprendido de nosotros.

Aquel día había postre: hermosas manzanas de Hircania. Habían llegado en buenas condiciones. Alejandro me hizo probar una antes de la cena por si se terminaban. Por ocupado que estuviera, siempre tenía detalles como éste.

La naturaleza del hombre hace que éste utilice para el mal los dones de Dios. En cualquier caso, la conversación empezó a ir por mal camino a causa de estas manzanas.

Los frutos de los cuatro rincones de la tierra, dijeron los amigos de Alejandro, los recibía éste ahora de sus propios dominios. Los Dióscuros habían sido divinizados a causa de unas conquistas muy inferiores a las suyas.

Ahora sé, gracias a mis lecturas posteriores, que ello era cierto. Lo más lejos que habían llegado los Gemelos desde su patria espartana era al Euxino en el barco de Jasón, una distancia parecida a la que media entre Macedonia y el Asia occidental sin alejarse de la costa. Las otras guerras en las que habían participado habían sido guerras griegas de escasa importancia, incursiones para recuperar el ganado o arrebatar a su hermana del poder de no sé qué rey de Atenas, todo muy cerca de casa. Buenos luchadores sin duda, pero nunca había oído decir que pudieran luchar cuerpo a cuerpo mientras dirigían a sus hombres en la batalla. Uno de ellos no era más que un púgil. Por consiguiente, Alejandro no negó que los hubiera superado. ¿Por qué hubiera debido hacerlo? Empecé a presentir que se producían discordias.

¡Y vaya si se produjeron! Los representantes de la vieja escuela empezaron a gritar que blasfemaban. Los amigos del rey contestaron a gritos (ahora ya gritaba todo el mundo) que los Gemelos habían nacido tan mortales como Alejandro y sólo por rencor y envidia, aparentando una falsa reverencia, se le habían negado a éste los mismos honores que se había ganado con más merecimiento que aquéllos.

Contagiado por la atmósfera que reinaba en la sala, yo había bebido mucho vino en la antecámara y estaba aturdido como cuando en sueños lo amenazan a uno las desgracias sabiendo que no puede hacer nada contra ellas. No obstante, aunque hubiera estado sereno, también lo hubiera sabido.

- ¡Alejandro esto, Alejandro aquello, siempre Alejandro! exclamó Kleitos con una voz ronca que se elevó por encima de todas las demás; yo me adelanté hacia la puerta desde la antecámara en la que me encontraba; estaba de pie en su sitio. ¿Acaso conquistó Asia él solo? ¿Es que nosotros no hicimos nada?

Hefaistión le contestó a gritos (estaba tan embriagado como los demás):

- ¡Nos condujo! Tú no conseguiste hacer lo mismo en tiempos del rey Filipo. Esto aumentó la cólera de Kleitos.

- ¡Filipo! exclamó éste. ¡Filipo empezó desde la nada! ¿Cómo nos encontró? Riñas tribales, reyes rivales, rodeados de enemigos. Fue abatido antes de cumplir los cincuenta años y ¿dónde estaba entonces? Dueño de Grecia, dueño de Tracia y del Helesponto, dispuesto a adentrarse en Asia. Sin tu padre le gritó directamente a Alejandro ¿dónde estarías hoy? Sin el ejército que te dejó preparado, aún estarías rechazando a los ilirios.

Me escandalizó que los persas pudieran escuchar tales insolencias. Lo que tuviera que hacérsele a aquel hombre, se le tenía que hacer inmediatamente. Miré al rey esperando que diera la orden. Pero éste contestó a gritos:

- ¡Cómo! ¿En siete años? ¿Pero es que no estás en tus cabales?

Nunca hubiera creído que pudiera olvidarse de quién era. Parecía un soldado en una taberna. Y los necios macedonios, embriagados, no hacían más que gritar con él.

- ¡... Luchando todavía con los ilirios! volvió a bramar Kleitos.

Alejandro, que estaba acostumbrado a que lo oyeran cuando levantaba la voz sobre el trasfondo del fragor de la batalla, la levantó también ahora.

- Mi padre se pasó media vida combatiendo con los ilirios. Y éstos no se estuvieron quietos hasta que yo tuve la edad suficiente para hacer lo que él jamás había logrado. Tenía dieciséis años. Les obligué a retroceder varias leguas más allá de las fronteras y allí se han quedado. ¿Y tú, dónde estabas? Descansando con él en Tracia después de la paliza que te habían dado los tribalianos.

Hacía tiempo que me habían dicho que la reina Olimpia era una turbulenta y celosa mujer que le había enseñado a odiar a su padre. «Eso es lo que sucede pensé cuando no se tiene a nadie que dirija los harenes como es debido.» Hubiera deseado que me tragara la tierra de vergüenza.

Volvieron a estallar los rugidos de las disputas. Se comentó de nuevo el desastre sufrido en el río. En el transcurso del alboroto, Alejandro logró serenarse un poco. Exigió silencio con una voz que inmediatamente lo obtuvo. Pude ver que se esforzaba por conservar la calma. Después dijo a los invitados griegos que se encontraban cerca.

- Os debéis sentir como semidioses entre bestias salvajes con todo este estruendo.

Kleitos lo oyó. Con el rostro púrpura a causa de la bebida y la cólera, chilló:

- ¿Ahora somos bestias? Y necios y chapuceros. Después nos llamarás cobardes. ¡Eso nos llamarás! Somos nosotros, los hombres en que nos convirtió tu padre, nosotros te hemos puesto donde estás. Y ahora su sangre no es lo bastante buena para ti, que eres el hijo de Amón.

Alejandro guardó silencio unos instantes. Después dijo, no gritando pero con una voz mortífera que lo atravesó todo:

- Vete.

- Sí, me iré dijo Kleitos. ¿Por qué no? súbitamente extendió el brazo y me señaló a mí. Sí, si es que tenemos que pedir permiso para verte a unos bárbaros como esta criatura, mejor es marcharse. Son los muertos, Parmenio y sus hijos, son los muertos los más afortunados.

Sin una palabra, Alejandro extendió la mano hacia el plato de manzanas, echó el brazo hacia atrás y arrojó una a la cabeza de Kleitos. Le dio de lleno y pude oír el golpe de la manzana al estrellarse contra su cráneo.

Hefaistión se había levantado y se encontraba de pie al lado de Alejandro. Oí que decía a Tolomeo:

- Sácalo fuera. Por el amor de los dioses, sácalo fuera.

Tolomeo se acercó a Kleitos, que aún se estaba frotando la cabeza, lo tomó por el brazo y lo acompañó hacia la salida. Kleitos se volvió y agitó el otro brazo.

- Y esta mano derecha dijo te salvó en el Gránico cuando habías vuelto la espalda a la lanza de Espitridates.

Alejandro, que lucía la túnica medio persa, acercó la mano al ceñidor como si fuera a sacar la espada. Tal vez en Macedonia la llevaban incluso a la hora de cenar.

- ¿Que yo volví la espalda? gritó. ¡Mentiroso! Espérame, no te escapes.

Ahora tenía motivo para estar furioso. Aunque los parientes de Espitridates siempre habían afirmado en Susa que éste había luchado cuerpo a cuerpo con Alejandro, lo cierto es que lo habían honrado en exceso. Lo que efectivamente había intentado era atacarlo por la espalda cuando él se encontraba enzarzado en una lucha con otro. Kleitos, que se había acercado por detrás, le había cortado a Espitridates el brazo que éste tenía levantado. Supongo que cualquier soldado que hubiera estado cerca hubiera hecho lo mismo. Pero Kleitos se jactaba tan a menudo de ello que todo el mundo estaba harto de oírlo. Decir que Alejandro había vuelto la espalda era una auténtica infamia. Éste ya se había puesto en pie cuando Hefaistión y Perdicas lo sujetaron. Él forcejeó con ellos y los maldijo intentando soltarse mientras Tolomeo empujaba hacia la salida a Kleitos, que no dejaba de murmurar amenazas ahogadas por el estruendo.

- Todos estamos embriagados dijo Hefaistión. Después lo lamentarías. Alejandro, intentando librarse de sus brazos con ambas manos, dijo entre dientes:

- Así es como terminó Darío. Ahora vendrán las cadenas, ¿verdad?

«Está como poseído pensé. Aquí hay algo más que el vino. Hay que salvarlo.» Corrí hacia el grupo de hombres que forcejeaban.

- Alejandro, a Darío no le sucedió eso. Éstos son tus amigos; no quieren causarte ningún daño.

Él se medio volteó y dijo:

- ¿Cómo?

- Ahora vete, Bagoas me dijo impacientemente Hefaistión, como a un niño que viene a molestar cuando todo el mundo está ocupado.

Tolomeo había acompañado a Kleitos hasta las puertas y ahora las abrió. Kleitos estuvo a punto de soltarse y de regresar a la sala, pero Tolomeo consiguió retenerlo. Ambos desaparecieron y las puertas volvieron a cerrarse.

- Ya se ha ido dijo Hefaistión. Todo ha terminado. No hagas un espectáculo; ven a sentarte.

Lo soltaron y él pronunció a gritos una palabra en macedonio echando la cabeza hacia atrás. Entraron corriendo los soldados que había fuera. Había llamado a la guardia.

- ¡Trompetero! gritó él; el hombre se adelantó; su deber era el de encontrarse siempre a las órdenes del rey. ¡Toca alarma general!

El hombre levantó la trompeta lentamente, demorándose un poco. Se pondría en pie todo el ejército. Desde su puesto debía haberlo oído casi todo. Hefaistión, de pie detrás del rey, le indicó por señas que no lo hiciera.

- Toca la alarma dijo Alejandro. ¿Es qué estás sordo? Toca la alarma.

El hombre volvió a levantar la trompeta. Vio que lo miraban fijamente los ojos de cinco o seis generales diciéndole que no lo hiciera. Alejandro le propinó un bofetón.

- Alejandro dijo Hefaistión.

Se detuvo unos momentos como si recuperara la calma y después dijo a los guardianes boquiabiertos:

- Regresad a vuestros puestos.

Tras dirigirle una mirada de inquietud, el trompetero se alejó también.

Cuando había empezado a producirse el tumulto, los persas se habían excusado ante los ayudantes y se habían marchado. Los curiosos griegos se habían quedado un poco más y después se habían escabullido sin ceremonias, en el momento en que Alejandro había llamado a la guardia. Ahora no quedaban más que los macedonios. Habían olvidado la pelea y miraban embobados, como unos patanes, igual que si al alboroto de su aldea se hubiera añadido el fragor de un trueno.

Yo pensé: «Hubieran debido permitirme permanecer a su lado. Cuando le nombré a Darío, él me escuchó. No me importa lo que hagan, regresaré a su lado.»

Peor ahora él estaba libre y paseaba por la sala llamando a Kleitos como si éste todavía pudiera oírlo:

- ¡Todas las facciones que hay en el campamento son obra tuya!

Pasó junto a mí sin verme y yo lo dejé pasar. ¿Cómo podía agarrarlo ante toda aquella gente? Ya se habían producido demasiadas incorrecciones. ¡Que hubiera deseado castigar a aquel insolente palurdo con sus propias manos en lugar de mandar llamar a los verdugos! ¿Qué rey hubiera podido pensar tal cosa como no fuera uno que se hubiera educado en Macedonia? Bastante grave era eso para que encima lo vieran tomado del brazo con aquel muchacho persa a la vista de todo el mundo. Supongo que nada hubiera cambiado y creo que me hubiera apartado de sí. Pero incluso ahora sigo despertándome por las noches y pienso en ello.

En aquellos momentos Tolomeo entró silenciosamente por la puerta de servicio y dijo a los demás:

- Lo he acompañado fuera de la ciudadela. Allí se refrescará.

El rey seguía gritando «¡Kleitos!», pero yo me tranquilicé. Está tremendamente embriagado, pensé. Pronto se le pasará. Le haré tomar un buen baño caliente y le dejaré que hable. Después dormirá hasta el mediodía y cuando despierte volverá a ser el mismo de antes.

- Kleitos, ¿dónde estás?

Al llegar a las puertas, éstas se abrieron de par en par, y apareció Kleitos, acalorado y jadeante. Debía haber decidido volver en cuanto Tolomeo le había dejado.

- ¡Aquí está Kleitos! gritó. ¡Aquí estoy!

Había venido para poder decir la última palabra. Había pensado en ello demasiado tarde y no quería privarse de aquel placer. El destino le concedió ver cumplido su deseo.

A través de las puertas que tenía a su espalda entró vacilante un soldado de la guardia como un perro mojado. No había recibido ninguna orden de impedir la entrada del comandante, pero aquello no le gustaba. Se quedó de pie con la lanza en la mano, respetuoso y preparado. Alejandro se detuvo con expresión de incredulidad.

- Escucha, Alejandro. El mal gobierno de la Hélade...

Hasta los macedonios conocen a su Eurípides. Creo que cualquiera de los presentes, menos yo, hubiera sabido completar este famoso verso cuyo significado es en esencia el de que los soldados se encargan de todo el trabajo y los generales se llevan la fama. No sé si se proponía terminarlo.

Un resplandor blanco se abalanzó hacia la puerta y retrocedió. Se escuchó un bramido como el de un toro sacrificado. Kleitos asió con ambas manos la lanza que tenía clavada en el pecho, se desplomó y se retorció gimiendo y agitándose en un espasmo mortal. La boca y los ojos se le quedaron abiertos.

Había sucedido con tanta rapidez que por unos momentos pensé que lo había hecho el soldado. La lanza era suya.

Pero el silencio de toda la sala me reveló la verdad.

Alejandro permaneció de pie junto al cuerpo mirándolo fijamente. Después dijo: «Kleitos». El cadáver lo miró ferozmente. Alejandro tomó la lanza por la empuñadura. Al ver que ésta no salía, observé que empezaba a apoyar el pie en el cuerpo tal como hacen los soldados, después vaciló y volvió a dar un tirón. Al final consiguió extraería. La lanza ensangrentada había penetrado a un palmo de profundidad y le manchó la limpia y blanca túnica. Le dio lentamente la vuelta con el extremo apoyado en el suelo y la punta dirigida hacia si.

Tolomeo siempre ha asegurado que ello no significó nada. Pero yo sólo sé que grité «¡No, mi señor!», y le quité la lanza. Lo había pillado desprevenido igual que el soldado de la guardia. Alguien extendió la mano y se llevó la lanza. Alejandro cayó de hinojos al lado del cadáver y apoyó las manos sobre el pecho de éste. Después se cubrió el rostro con las manos ensangrentadas.

- Dios mío dijo lentamente, Dios mío, Dios mío, Dios mío, Dios mío.

- Ven, Alejandro le dijo Hefaistión, no puedes quedarte aquí.

Tolomeo y Perdicas lo ayudaron a ponerse en pie. Al principio él se resistió buscando todavía la vida que pudiera haber en el cadáver. Después se alejó con ellos como un sonámbulo. Tenía un rostro espantoso, todo manchado de sangre. Formando pequeños grupos, los macedonios lo observaban mientras pasaba. Yo corrí tras él.

Junto a la puerta de su aposento, el acompañante de guardia se adelantó preguntando:

- ¿Está herido el rey?

- No respondió Tolomeo, no te necesita.

Una vez dentro, Alejandro se arrojó boca abajo sobre el lecho sin quitarse siquiera la ensangrentada túnica.

Vi que Hefaistión miraba a su alrededor como buscando algo y adiviné lo que era. Humedecí una esponja y se la entregué. Él tomó las manos de Alejandro y se las lavó, después le volvió la cabeza y le limpió el rostro.

Alejandro le atrajo hacia sí y le preguntó:

- ¿Qué estás haciendo?

- Limpiándote la sangre.

- Jamás lo conseguirás se había serenado y lo sabía todo. Asesino dijo. Repitió la palabra una y otra vez como si perteneciera a un idioma extranjero y se propusiera aprenderla. Se incorporó. La cara no la tenía ni mucho menos limpia. Yo hubiera deseado pedir agua caliente, lo hubiera hecho despacio y como es debido. Idos todos dijo. No quiero nada. Dejadme solo.

Ellos se miraron mutuamente y empezaron a dirigirse hacia la puerta. Yo esperé para poder atenderlo cuando hubiera superado la primera congoja.

- Sal, Bagoas me dijo Hefaistión, no quiere a nadie.

- Yo no soy nadie -repuse-; dejadme acostarlo.

Me adelanté, pero él dijo:

- Que se vaya todo el mundo.

Entonces me fui. Si Hefaistión hubiera mantenido la boca cerrada, yo me hubiera acurrucado silenciosamente en un rincón y él se hubiera olvidado de mí. Después, mediada la noche cuando el curso de la vida es más lento, él no hubiera lamentado que yo lo cuidara. No le habían cubierto con una manta y las noches eran frías.

Se alejaron conversando juntos. Una vez en mi habitación no me desnudé por si me llamaba. Comprendía muy bien que, habiéndose hecho culpable de una indignidad tan espantosa, no quisiera tener a nadie al lado. Mi corazón derramó sangre por él. En Persia le habíamos enseñado lo bastante como para que comprendiera su vergüenza. Cuando Nabarzanes le había pedido a Darío que cediera el lugar a Bessos y el rey había desenvainado la cimitarra, aquello había sido casi una escena cortesana comparado con esto.

Me imaginé a una persona como Kleitos insultando al rey en Susa, si tal cosa pudiera concebirse. El rey se hubiera limitado a hacer una señal con un dedo y hubieran aparecido las personas adecuadas. Al hombre se lo hubieran llevado cubriéndole la boca con una mano y el banquete hubiera proseguido sin incidentes. Al día siguiente, cuando el rey hubiera descansado, hubiera decretado la forma en que debía morir. Todo hubiera resultado sereno y correcto. El rey se hubiera limitado a mover la mano.

Yo pensé: «Sabe que se ha olvidado de su dignidad ante los griegos e incluso ante los persas. Presiente que ha perdido su estimación. Necesita que lo consuelen y le recuerden su grandeza. En medio de estas angustias no debiera estar solo.»

Pasada la medianoche me dirigí a su alcoba. El acompañante de guardia me miró sin moverse. Desde fuera oí los agudos gañidos de Peritas y comprendí que Alejandro debía estar llorando.

- Déjame entrar dije. El rey necesita asistencia.

- Ni los de tu clase ni ninguna otra persona. Éstas son las órdenes.

Este joven llamado Hermolaos jamás había disimulado lo que pensaba de los eunucos. Se alegró de poder impedirme el paso; no le importaba el dolor de su señor. El llanto me desgarraba el corazón; ahora podía oírlo muy bien.

- No tienes ningún derecho le dije; sabes que estoy autorizado a entrar.

Él se limitó a extender la lanza frente a la puerta. Con cuánto placer le hubiera clavado mi cuchillo. Regresé a mi lecho y no cerré los ojos hasta el amanecer.

Al cambiar la guardia entre el alba y la salida del sol, volví de nuevo. Ahora era Metrón.

- El rey me espera le dije. No se le ha atendido desde antes de la cena.

Él se mostró más sensato y me permitió la entrada.

Alejandro se hallaba tendido boca arriba contemplando las vigas del techo. La sangre de la túnica había adquirido una coloración marrón oscuro. No había hecho nada, ni siquiera se había cubierto con la manta. Tenía los ojos fijos como un muerto.

- Alejandro le dije; movió lentamente los ojos sin expresión ni de bienvenida ni de desagrado. Alejandro, es casi de día. Ya te has afligido demasiado.

Le posé la mano sobre la frente. Me lo permitió el tiempo suficiente como para no desairarme, pero después apartó la cabeza.

- Bagoas, ¿quieres encargarte de Peritas? No puede estarse encerrado aquí.

- Sí, cuando te haya atendido a ti. Cuando te hayas quitado todo eso y hayas tomado un baño, aún podrás dormir un poco.

- Déjale que corra al lado de tu caballo dijo. Le es beneficioso.

El perro se había levantado y corría inquieto de uno a otro de nosotros. Volvió a sentarse cuando yo se lo ordené, pero siguió moviendo la cabeza.

- Nos traerán agua caliente dije, quítate esta ropa sucia.

Esperaba que ello le hiciera efecto. Odiaba la suciedad.

- Ya te lo he dicho; no quiero nada. Llévate al perro y vete.

- ¡Oh, mi señor! grité. ¿Cómo puedes castigarte por un hombre así? Aunque el trabajo estaba por debajo de tu dignidad, ha sido un trabajo bien hecho.

- No sabes lo que he hecho me dijo. ¿Cómo podrías saberlo? No me molestes ahora, Bagoas. No quiero nada. La correa está en la ventana.

El perro me gruñó un poco, pero Alejandro le habló y entonces me siguió sumisamente. Había tres tinajas de agua caliente junto a la puerta y un esclavo estaba acarreando otra escaleras arriba. No tuve más remedio que decirle que las retiraran.

Metrón se apartó de la puerta y dijo suavemente:

- ¿No quiere que le hagan nada?

- No. Sólo quiere que se atienda al perro.

- Se lo está tomando muy a pecho. Es porque ha matado a un amigo.

- ¿Un amigo? debí poner cara de idiota. ¿Pero sabes lo que le dijo Kleitos?

- Bueno, pero era un amigo, se conocían desde que eran niños. Tenía fama de ser un deslenguado... Tú no puedes comprenderlo porque no has vivido en Macedonia. ¿Pero es que no sabes que las peleas entre amigos son las más amargas?

- ¿De veras? pregunté sin saberlo y alejándome con el perro.

Una vez que lo hube sacado a pasear, permanecí junto a la puerta de Alejandro todo el día. Vi que le traían comida al mediodía y que se la volvían a llevar sin que la hubiera probado. Más tarde vino Hefaistión. No pude oír lo que dijo porque me lo impidió el guardián de la puerta, pero oí que Alejandro gritaba:

- Me queda como una madre y yo le hago esto.

Debía referirse a su nodriza, la hermana de Kleitos. Hefaistión salió al poco rato. Yo no podía ocultarme en ningún sitio, pero cuando me vio no dijo nada.

El rey rechazó sin probarla una buena cena caliente. A la mañana siguiente, muy temprano, le traje un ponche de huevo para que recuperara un poco las fuerzas. Pero había otro guardián que me impidió el paso. Alejandro ayunó todo el día.

Después empezaron a llegar personas importantes suplicándole que se cuidara. Hasta vinieron los filósofos para sermonearlo. Me pareció increíble que enviaran a Kalístenes. Pensé con rapidez y lo seguí. Si él podía entrar, yo también. Quería comprobar si tenía agua para beber. Recordé que la jarra no estaba llena.

Estaba exactamente igual, llena hasta un cuarto de su capacidad. En dos días y con la sed que experimenta un hombre tras beber vino, Alejandro ni siquiera había bebido.

Me senté en un rincón, demasiado afligido para poder oír a Kalístenes. Creo que, a su manera, éste procuró ser útil diciendo que la virtud del arrepentimiento seguía en importancia a la de no realizar una hazaña. En mi opinión, su simple presencia y sus palabras constituían una afrenta, pero Alejandro lo escuchó serenamente y al final le dijo sin enojo que lo único que quería era estar completamente solo. Yo pasé inadvertido, tal como esperaba.

Pero entonces apareció Anaxarcos y preguntó por qué se afligía Alejandro que era el amo del mundo y tenía derecho a hacer lo que le apeteciera. El rey lo escuchó también con paciencia aunque en su estado hasta un saltamontes hubiera resultado una molestia. Mientras se iba, el muy estúpido de Anaxarcos se sintió en la obligación de añadir:

- Vamos, deja que Bagoas, aquí presente, te traiga comida y te deje en condiciones de que te vean.

Mi presencia fue así advertida, fui despedido junto con el sofista y de nada sirvieron las molestias que me había tomado.

Llegó el tercer día y nada cambió. La noticia se había esparcido por todo el campamento. Los hombres no recorrían la ciudad sino que se arracimaban en sus alojamientos o bien se sentaban frente a palacio. No hacían más que pedir noticias del rey. No se podía vivir mucho tiempo entre los macedonios sin adivinar que éstos solían matarse a menudo en el transcurso de riñas de borrachos; tardaron un poco en inquietarse por él. Pero sabían que Alejandro conseguía lo que se proponía y ahora empezaban a temer que se hubiera propuesto morir.

Yo me pasé media noche temiéndolo también.

Me alegré de ver que entraba Filipos, el médico. Aunque esto había sido antes de mi llegada, me habían contado la historia según la cual, estando el rey muy enfermo, éste había confiado en Filipos hasta el extremo de tomarse su pócima a pesar de que Parmenio acababa de escribirle diciendo que Darío había sobornado a este hombre con objeto de que lo envenenara. Alejandro le entregó la carta para que la leyera y, mientras, ingirió la medicina. Pero ahora el médico volvió a salir meneando la cabeza.

Tengo que entrar, pensé, y tomé dos monedas de oro para sobornar al guardián. Si éste me hubiera exigido una jarra de mi sangre, se la hubiera entregado.

Al disponerme a hablarle se abrió la puerta y salió Hefaistión. Yo me aparté a un lado.

- Bagoas me dijo él-, quiero hablar contigo.

Bajamos junto al patio abierto para que no nos oyeran y me dijo:

- No quiero que hoy veas al rey.

Puesto que era muy poderoso procuré disimular mi cólera. ¿Es que me apartaba de mi señor?

- ¿Eso no tiene que ordenarlo el rey? le pregunté.

- Cierto observé, sorprendido de que él también se mostrara cauteloso; ¿qué tenía que temer de mí?. Si te manda llamar, nadie te impedirá que vayas. Pero mantente alejado hasta que lo haga.

Me escandalicé. Le tenía en mejor concepto y conteste:

- Se está matando. Si puede salvarse, ¿te importa quién lo salve? A mí no me importa.

- No repuso lentamente mirándome desde su elevada estatura, creo que no seguía hablándome como si lo hiciera a un niño molesto al que ya hubiera medio perdonado. Dudo de que se mate. Recordará su destino. Posee una enorme resistencia, tal como sabrías si lo hubieras acompañado en sus campañas. Puede soportar mucho castigo.

- Sin agua, no dije.

- ¿Cómo? me preguntó él ásperamente. Tiene agua, lo he visto yo.

- Hay la misma que había la primera noche cuando me mandaste salir. Cuando me lo permiten me preocupo por estas cosas añadí.

- Sí, tiene que beber dijo él todavía receloso. Procuraré que lo haga.

- ¿Y yo, no?

Lamenté ahora no haberle envenenado en Zadrakarta.

- No. Porque entrarás y le dirás que el Gran Rey puede hacerlo todo.

Mi intención era decirle otra cosa pero a Hefaistión no le importaba.

- Y es cierto repuse. El rey es la ley.

- Sí dijo él, sabía que ibas a decirle eso.

- ¿Y por qué no? ¿Quién lo respetará si los traidores pueden escupirle a la cara? En Susa, un hombre como Kleitos hubiera implorado poder morir así.

- No me cabe la menor duda dijo.

Pensé en los gritos de Filotas pero no se los recordé y me limité a decirle:

- Desde luego que si el rey hubiera estado sereno, no se hubiera manchado las manos de esta forma. Y él ahora lo sabe.

Hefaistión respiró hondo como para refrenarse de golpearme la cabeza.

- Bagoas dijo lentamente, sé que el Gran Rey puede hacerlo todo. Alejandro también lo sabe. Pero también sabe que es el rey de los macedonios y que no puede hacerlo todo. No puede matar a un macedonio ni con sus propias manos ni con las de otro a no ser que así lo haya votado la asamblea. Se olvidó de eso.

Recordé entonces que él me había dicho: «No sabes lo que he hecho.»

- Nosotros no tenemos por costumbre servir el vino tan temprano dije. Piensa en cómo lo insultaron y desafiaron.

- Lo sé todo. Conocía a su padre... Pero no se trata de eso. Ha quebrantado la primera ley de Macedonia. Y no era dueño de sí mismo. Eso es lo que no puede olvidar.

- Pero tiene que perdonarse a sí mismo dije. Debe hacerlo porque de lo contrario morirá.

- Claro que debe. ¿Sabes lo que están haciendo ahora los macedonios? Están convocando la asamblea para juzgar a Kleitos por traición. Lo condenarán y entonces su muerte será legal. Así lo han querido los hombres. Lo hacen para que Alejandro se perdone a sí mismo.

- ¿Pero es que tú no lo deseas también? le pregunté mirándolo fijamente.

- Sí me hablaba como si yo no entendiera el griego. Sí, pero me preocupan las circunstancias en que lo haga.

- A mí sólo me preocupa él dije yo.

De repente me gritó como si lo hiciera a un soldado torpe.

- ¡Muchacho necio! ¿Es que no quieres ser sensato? se me antojó como una bofetada después de su anterior serenidad. ¿Es que no te has dado cuenta prosiguió apoyando los puños en el ceñidor que a Alejandro le gusta que sus hombres lo quieran? ¿Sí o no? Bueno, pues sus hombres son macedonios. Si todavía no sabes lo que eso significa, debes estar sordo y ciego. En Macedonia cualquier hombre libre puede hablar cara a cara con su superior; cualquier superior u hombre libre puede hablar con el rey. Y te diré una cosa: comprenden mejor lo que Alejandro le hizo a Kleitos en el acaloramiento de su cólera cosa que hubiera podido sucederle a cualquiera de ellos que una ejecución a sangre fría al día siguiente. Eso hubiera constituido una amenaza a los derechos de los hombres libres y lo hubieran amado menos. Si tú lo amas, jamás le digas que está por encima de la ley.

Su severidad lo había transformado y yo le dije que lo había visitado Anaxarcos, que le habló de sus derechos.

- ¡Anaxarcos! exclamó encogiéndose de hombros. A ti, en cambio, es posible que te hiciera caso.

Lo había confesado. No debía haberle resultado fácil. Me sentía obligado a corresponderlo.

- Te comprendo. Veo que tú lo entiendes mejor. No le diré estas cosas al rey. Te lo prometo. ¿Puedo verlo ahora?

- Ahora no. No es que dude de tu palabra, pero en estos momentos se encuentra mejor entre macedonios.

Se fue. Había aceptado mi promesa y no me había dado nada a cambio. Jamás había aspirado al poder tal como hacen algunos eunucos; sólo al amor. Pero ahora comprendí la utilidad del poder. Él lo tenía. De haberlo tenido yo, alguien me hubiera permitido el paso.

Todo el día me lo pasé yéndole a preguntar al guardián si el rey había comido o bebido. La respuesta fue siempre que él había dicho que no quería nada.

Los soldados habían juzgado a Kleitos y lo habían declarado traidor, justamente ajusticiado. ¿Lo estimularía esta prueba de afecto? Pero ni siquiera esto lo conmovió. ¿Sería cierto que pensaba que había matado a un amigo? Recordé el mal presagio de los carneros y el sacrificio que él había ofrecido en bien de Kleitos. También le había pedido que se acercara a compartir con él aquellas magníficas manzanas.

El sol se elevó hasta el cenit; el sol se puso. ¿Cuántos soles tendrían que transcurrir?

Me quedé en mi habitación hasta bien entrada la noche, para que Hefaistión no me viera. Cuando todo estuvo en silencio, tomé una jarra de fresca agua de manantial y un paño. Todo dependería del acompañante que estuviera de guardia ante la puerta. Dios fue benévolo conmigo. Era Ismenios; siempre me había tratado bien y amaba al rey.

- Sí, entra me dijo, no me importa que después me maldiga. Yo mismo he entrado al iniciar la guardia. Pero estaba durmiendo y no me he atrevido a despertarlo.

Casi se me detuvo el corazón.

- ¿Durmiendo? ¿Lo has oído respirar?

- Sí, pero está como medio muerto. Entra y prueba.

La puerta no crujió. Estaba oscuro porque él había apagado la lámpara. Como consecuencia de la luz de la antorcha que había fuera, al principio sólo pude distinguir el débil resplandor que se filtraba por las ventanas. Pero había luna y pronto pude distinguirle con toda claridad. Estaba todavía durmiendo.

Alguien lo había cubierto con una manta pero él se la había medio apartado. Aún llevaba la túnica manchada de sangre. Tenía el cabello enmarañado y la piel como hundida. Aunque era rubio, ya había empezado a notársele la barba. A su lado había una jarra de agua que él no había tocado. Tenía los labios agrietados y resecos. En sueños procuraba humedecérselos con la lengua.

Yo llené la copa. Sentado a su lado, sumergí dos dedos e hice que el agua le cayera en la boca. La lamió como un perro sin despertarse. Seguí haciéndolo hasta que observé que empezaba a moverse. Entonces apoyé su cabeza sobre mi brazo e incliné suavemente la copa. Bebió, respiró hondo y volvió a beber. Volví a llenar la copa y siguió bebiendo.

Le acaricié el cabello y la frente y él no me apartó. No le rogué que volviera a nosotros; bastante se lo habían pedido ya.

- No me mantengas por más tiempo alejado de ti le dije. Se me rompe el corazón.

- Pobre Bagoas posó una fría mano sobre la mía. Podrás venir mañana.

Le besé la mano. Había interrumpido el ayuno sin darse cuenta y ahora iba a darlo por terminado. «Sí, ahora -pensé-. Ahora que no está rodeado de necios entrometidos que le instan a hacerlo como si fuera un chiquillo caprichoso.»

Me dirigí sigilosamente hacia la puerta y le dije a Ismenios:

- Manda que alguien despierte a un cocinero. Ponche de huevo con vino y miel y queso fresco desmenuzado. Date prisa antes de que cambie de idea.

Se le iluminó el rostro y me dio una palmada en el hombro, lo cual fue mucho más de lo que hubiera hecho Hermolaos.

Regresé junto al lecho. No quería que cayera dormido antes de que llegara el ponche y que, cuando le despertara, dijera que no quería nada. Pero mantenía los ojos abiertos. Sabía lo que había hecho y lo comprendía. Esperó tranquilamente y yo empecé a hablarle de cosas sin importancia tales como las andanzas de Peritas hasta que Ismenios llamó a la puerta. El ponche olía bien. No le hice ningún discurso sino que me limité a levantarle la cabeza. Pronto me arrebató el cuenco de las manos y se terminó su contenido.

- Ahora duerme le dije. Pero mañana debes mandar llamarme, de lo contrario no me permitirán venir. Ahora mismo no debiera estar aquí.

- Bastante gente ha entrado ya a la que no quería ver dijo. A ti si quiero verte.

Me besó y se volvió de lado. Cuando le mostré a Ismenios el cuenco vacío, éste se alegró tanto que también me besó.

Al día siguiente, pues, lo bañé, lo rasuré y lo peiné y casi volvió a ser el mismo de antes aunque se le veía muy agotado. No abandonó sus aposentos. Le haría falta más valor para presentarse de nuevo en público del que había mostrado en la carga de Gaugamela. Pero pronto lo haría. Los soldados, al enterarse de que había ingerido alimento, lo atribuyeron al hecho de haber ellos condenado a Kleitos. Tanto mejor; por mí que así fuera.

Más tarde solicitó ser recibido en audiencia el sacerdote de Dionisos. Había estudiado ciertos presagios y el dios había hablado. Su cólera había sido la causa de todo. En el día de su festividad macedonia, Kleitos había dejado el sacrificio sin terminar (¿acaso no le habían seguido las víctimas no ofrecidas para reprochárselo?) y Alejandro había honrado en su lugar a los Celestiales Gemelos. Por esta causa la sagrada furia de la divinidad se había abatido sobre ambos y ahora ninguno de los dos era responsable del propio acto.

Observé que ello constituía para Alejandro un consuelo. No sé por qué debió escoger a los Gemelos aquel día. Pero recordé la conversación de la cena acerca de sus hazañas, superiores a las de aquéllos (lo cual era cierto), razón por la cual él se merecía honores divinos y pensé que había intentado una vez más convencer a su pueblo al objeto de que compartiera la postración con los persas. ¿Quién hubiera podido imaginar que todo acabaría tan cruelmente? Dionisos, sin embargo, es un dios cruel. Había leído una obra terrible acerca de él en uno de los libros que Alejandro había mandado que le enviaran de Grecia.

Ordenó que se preparara un gran sacrificio propiciatorio. Después se pasó el día acompañado de sus más íntimos amigos y su aspecto mejoró un poco. Se retiró temprano. Le había agotado más el sufrimiento que el ayuno. Cuando se hubo acostado, apagué la lámpara grande y coloqué la lamparilla de noche a su lado. Él me tomó la mano diciendo:

- Anoche, antes de despertarme, estaba soñando con un espíritu bueno.

Pensé en mi vida y sonreí.

- El dios te lo envió para decirte que su cólera había terminado. Entonces te liberé; fue cuando bebiste.

- Soñé con una buena presencia y fue cierto.

Tenía la mano tibia. Recordé que la había tenido fría como una piedra y le dije suavemente:

- Estaba presente la locura del dios; yo también la advertí. ¿Sabes, mi señor, que sólo acudí a echar un vistazo al banquete y que aun así me sentí como poseído? Empecé a beber vino como si algo me impulsara a hacerlo y me pareció que todo lo que sucedió después lo soñaba en mi locura. Fue una visita. La noté en todas partes.

- Sí dijo él lentamente. Sí, fue extraño. Yo estaba fuera de mí. Y Kleitos también. Mira cómo volvió. El dios condujo a Penteo a su destino siendo su propia madre quien lo cumplió.

Sabía que conocía la obra.

- Nadie es dueño de las propias acciones cuando lo posee un dios. Duerme tranquilo, mi señor. Ya te ha perdonado; se había enojado porque te ama. Un desaire tuyo le duele más que el de nadie.

Me senté junto a la pared por si no conseguía dormirse y me necesitaba, pero se durmió muy pronto y reposé tranquilo. Me alejé satisfecho. ¿Hay algo que pueda compararse al consuelo que se ofrece al ser amado?

Además, había mantenido la promesa que le había hecho a Hefaistión.


El muchacho persa


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