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Visitó las nuevas ciudades, escuchó juicios y destituyó a varios gobernadores culpables de extorsión, corrupción o debilidad. A excepción de alguna que otra incursión contra bandas de ladrones que actuaban por los caminos comerciales, la corte lo seguía a todas partes. Ahora, al lado de la horda habitual, venía la caravana de Roxana, con sus damas, criadas y eunucos.
Al principio él la visitaba con mucha frecuencia, sobre todo por la tarde. Pronto resultó evidente que no le gustaba pasar la noche allí. Le gustaba sentirse rodeado de sus cosas, yo entre ellas, retirarse tarde si así lo deseaba y seguir durmiendo por la mañana sin que nadie lo molestara. Por la tarde podía intercambiar cortesías con la dama utilizando el escaso griego que ésta sabía, cumplir con su deber marital y marcharse.
Ella no estaba encinta. Tales cosas no suelen constituir durante mucho tiempo un secreto. Los que lo conocían desde que era niño en Macedonia decían que jamás había tenido hijos, aunque nunca le habían importado las mujeres, añadían, razón por la cual no significaba nada.
Es indudable que los parientes de Roxana esperaban la noticia, con ansiedad, pero comprobé que no la esperaba nadie más. Los macedonios no habían llegado a estimar a los sogdianos, a los que consideraban valientes pero crueles y no enemigos de la traición. Cierto, el rey era ahora pariente de la mitad de la nobleza sogdiana y la provincia se había pacificado. Pero los soldados, que no querían que ningún heredero sogdiano reinara sobre sus hijos, abrigaban la esperanza de que Roxana fuera estéril.
Sin embargo, los hombres lo seguían. Los arrastraba como la cometa arrastra su cola, por su luz y su fuego. Además, era el jefe de su familia. Podían dirigirse a él igual que al jefe de su tribu natal. La mitad del trabajo de Alejandro estaba constituido por sus asuntos. Todos los que le habían acompañado en sus campañas, fueran macedonios, mercenarios griegos o salvajes tracios pintarrajeados, conocían alguna historia análoga a la del soldado medio congelado al que había acomodado en su propio asiento junto a la hoguera. Y era invicto. Eso por encima de todo.
En cuanto a mí, mi dolor estaba sanando. Cierto que cuando había estado con ella no le quedaba para mí más que afecto, pero yo podía vivir muy bien así y suponía que mis ayunos se irían acortando. Ella lo agotaba. Lo comprendía aunque él jamás me lo dijera. Hacia el trabajo de dos hombres, el de rey y el de general, y, con frecuencia, el de soldado combatiente. Yo siempre me había conformado con lo que le quedaba después de los esfuerzos del día; podía acudir a mí en busca de un poco de soñoliento placer seguido por el descanso, y yo me alejaba despacio para dejarlo dormir tranquilo. No creo que en la tienda del harén las cosas fueran tan sencillas. Tal vez los azotes habían hecho abrigar falsas esperanzas.
Poco a poco, sin embargo, las visitas se fueron haciendo cada vez menos frecuentes y, cuando las efectuaba, éstas duraban el tiempo suficiente para preguntar por su salud.
Filóstrato acababa de recibir de Éfeso una caja de libros nuevos. Era demasiado pobre para solicitar obras de alguna buena casa de transcripciones y pagar el envío, hasta que yo le pedí a Alejandro que le hiciera este primer regalo. Deshizo el paquete con avidez infantil; ahora, dijo, podríamos leer auténtica poesía griega.
Resultaba extraño comparado con el persa; más economía de lenguaje y mayor rigidez formal, pero acababa revelando sus tesoros. Cuando leí por primera vez la entrada de Hipólito ofreciendo las flores silvestres a la pura diosa que sólo él podía ver, mis ojos empezaron a derramar lágrimas. Filóstrato, con cierta torpeza, me dio unas palmadas en la mano en la suposición de que lloraba por mi vida pasada... quién sabe, incluso tal vez por la actual.
Pero no todos mis pensamientos se centraban en Eurípides. En la tienda de al lado ―los esclavos del campamento siempre las levantaban siguiendo la misma disposición― Kalístenes enseñaba a los aprendices de Compañeros. Escuchaba cosas al pasar e incluso desde donde me sentaba cuando él olvidaba bajar la voz.
Ismenios, aunque había mantenido la palabra con honor, hablaba conmigo siempre que podía. Un día, le pregunté qué opinaba de las lecciones. Se echó a reír.
- Llevo tres meses sin asistir. Me harté de ellas.
- ¿De veras? Al no verte, creí que estabas de guardia. ¿Quieres decir que él no lo ha comunicado? Podrían castigarte, ¿verdad?
- Pues claro. Pero supongo que se alegra de verse libre de mí; cree que soy demasiado estúpido para poder entender la filosofía. Es lo único que enseña, lo cual equivale a sus opiniones, de las que ya estoy harto. Cuando empezamos solía enseñarnos cosas útiles.
¿Demasiado estúpido o demasiado leal? Sí, tal vez su ausencia se recibiera con agrado. Era un simple, comparado conmigo, que había servido en Susa. Se fue porque no le gustaba lo que escuchaba, mientras que yo hubiera deseado quedarme para oírlo.
Mi griego era ahora tan fluido que Alejandro me decía que no fuera a perder aquel acento persa que a él tanto le gustaba. Pero cuando pasaba Kalístenes, me callaba. A éste le gustaba que un joven bárbaro no pudiera dominar la lengua de la raza escogida por Zeus. No creo que se le pasara jamás por la cabeza que Alejandro pudiera hablar conmigo.
Yo apenas era digno de atención. El muchacho persa era ya historia pasada; no constituía ninguna afrenta en comparación con lo de la esposa sogdiana.
Desde la boda, Kalístenes había alardeado de austeridad. No había asistido a la fiesta alegando estar indispuesto, a pesar de que al día siguiente ya se levantó. Alejandro, todavía deseoso de arreglar las cosas, lo invitó a cenar más tarde, pero recibió la misma excusa. Pocos eran los que lo invitaban; su compañía resultaba aburrida y mataba el regocijo. De haberlo sabido, hubiera comprendido que se las daba de nuevo filósofo ateniense (dicen que el viejo Sócrates se mostraba muy animado en las fiestas) y, de haber sabido más cosas de Grecia, hubiera adivinado el porqué. En mi ignorancia, pensé que era necesario vigilarlo y, al pasar ante su clase, solía detenerme a escuchar. Para ciertas cuestiones, utilizaba una voz distinta.
Había llegado la primavera. Las flores blancas se abrían en las espinas del borde del camino y perfumaban el aire, como el jazmín; los lirios crecían junto a las corrientes. Los vientos helados silbaban todavía entre los desfiladeros. Recuerdo una noche en la que Alejandro y yo yacíamos abrazados. Desaprobaba las mantas de más porque consideraba que eran indicio de debilidad, pero a mí no me oponía ningún reparo.
- Alejandro ―le dije-, ¿quiénes eran Harmodios y Aristogeiton?
- Unos amantes ―me dijo medio dormido―. Famosos amantes atenienses. Debes haber visto su estatua en la terraza de Susa. Jerjes se la llevó de Atenas.
- ¿Los de los puñales? ¿El hombre y el muchacho?
- Sí, lo dice Tucídides... ¿Qué sucede?
- ¿Para qué eran los puñales?
- Para matar al tirano Hipias. Pero no lo hicieron. Sólo mataron a su hermano, lo cual aumentó la tiranía de aquél ―se incorporó para contarme la historia―. Pero murieron con honor. Los atenienses los tienen en gran estima. Les devolveré la estatua algún día. Es muy antigua. Un poco rígida. El bello Harmodios no te llega a la suela del zapato.
Estaba a punto de dormirse.
- Alejandro. He oído que Kalístenes decía a los candidatos a Compañeros que habían matado al tirano y que había sido una obra meritoria.
- ¿De veras? Tucídides afirma que se trata de un error, que es común en Atenas. Existe un antiguo canto, yo lo he escuchado, acerca de cómo liberaron la ciudad.
No, le dije: «Hablaba con una voz distinta.» Había vivido la conspiración en Ecbatana; la había notado en la piel y ahora me pareció que volvía a notarla. Pero, aunque hablaba el idioma, no había aprendido todavía sus pequeños misterios, los cambios de tono, las pausas que revelan los secretos.
- Bueno, no lo mates ―me acarició con la mano riéndose―. Aristóteles jamás me lo perdonaría.
En la cama nos alcanzó una corriente de aire y nos unimos en un apretado abrazo. Aquel día Alejandro había trabajado por tres y se durmió en seguida.
Medio mes más tarde, mientras le peinaba el cabello antes de cenar, le comuniqué que Kalístenes se había hecho muy amigo de Hermolaos y que iba siempre acompañado de éste fuera de las horas de clase. Me contestó que era una lástima, pero que el amor era ciego.
- No es amor. Su amante es Sóstratos. Yo he observado a éste y no le importa. A veces él también los acompaña.
- ¿Y bien? Me estaba preguntando qué les habría sucedido. Debe ser obra de Kalístenes. Jamás ha comprendido la diferencia existente entre la educación y el servilismo. Qué pesado es este hombre. Pero es un griego del sur, debes recordarlo. Llevan seis generaciones enorgulleciéndose de no haber pertenecido a ningún amo; y ello ha destruido la mitad de sus mejores hombres. Jerjes consiguió descender hasta el Ática sólo porque ellos no quisieron obedecer a ningún caudillo. Por eso mi padre hubiera podido saquear Atenas si hubiera querido y yo también hubiera podido. Pero entre Jerjes y nosotros, durante tres generaciones hasta que la envidia volvía a estropearlos, fueron auténticamente grandes, y Atenas era el núcleo de todo. Yo no he estado allí más que una vez. Pero se nota en el ambiente.
- Alejandro, ¿es que no te lo peinas nunca cuando estás fuera? Debajo no hay más que enredos. Si a Kalístenes no le gustan los amos, ¿por qué ha venido?
- Porque mi padre volvió a fundar la ciudad natal de Aristóteles en calidad de honorarios por enseñarme a mí. Fue quemada en el transcurso de las guerras tracias, cuando yo era niño; y también lo fue Olinto, de donde procede Kalístenes. Él cree que es acreedor a lo mismo, aunque jamás lo haya dicho. Pero Aristóteles lo envió para que yo me conservara griego. Éste es el auténtico motivo ―ya estaba peinado, pero yo seguí arreglándole el cabello para que siguiera hablando―. Ocos mató a su mejor amigo torturándolo; un hombre que había estudiado con él. Recibió la noticia en Macedonia y me dijo: «Nunca olvides tratar a los griegos como hombres y a los bárbaros como ganado creado para el uso del hombre» ―me tomó la mano y se la acercó a la mejilla―. Un gran espíritu. Cada vez que fundo una ciudad se lo comunico porque él me enseñó el civismo y el derecho. Pero lo he decepcionado. No comprende por qué, a un puñado de bactrianos y tracios y unos cuantos macedonios y griegos sin tierras, tengo que dejarles una guarnición y un código y no ya una Constitución. En las ciudades griegas de Asia sí podría crear democracias; ellos lo entienden. Pero ante todo hay que restablecer la justicia... Le sigo enviando regalos. Jamás olvido mi deuda con él. Hasta soporto a Kalístenes, cosa que él jamás sabrá lo que me cuesta.
- Espero, mi señor ―le dije―, que no te cueste más. Ya es hora de que te cortes el cabello.
No se lo rizaba jamás y le caía suelto en bucles como la melena de un león. Sin embargo, se lo hacia cortar cuidadosamente para que conservara la forma. En otros tiempos le había robado un mechón al peinador del barbero. Ahora lo conservo en un pequeño estuche de oro. Sigue siendo tan refulgente como el oro.
No dije más. Si me hacía pesado, no me escucharía. Los días en que visitaba el harén se mostraba menos paciente.
Al llegar la primavera trasladamos el campamento montaña arriba a una pendiente que había junto a un río oculto en un bosque de viejos cedros. Incluso al mediodía el sol nos llegaba tamizado y suave. Los guijarros de la clara corriente parda parecían de bronce pulido. El perfume de los cedros era superior al de las especies árabes; su sombra era semejante a las alfombras del harén. Era un lugar creado para la dicha.
A pesar de que el bosque era un paraíso en el que cabalgar resultaba una delicia, seguía disponiendo de tiempo para estudiar griego y vigilar a Kalístenes y a sus alumnos preferidos.
Como es natural, éste jamás tenía consigo a todos los Compañeros al mismo tiempo. Algunos estaban de servicio y los que habían efectuado la guardia nocturna estaban durmiendo. Aunque tenían asignados los turnos, Alejandro no se mostraba severo cuando ellos solicitaban un cambio. A Hermolaos y a Sóstratos se les permitía vivir juntos. Y por su turno de guardia se preocupaba Kalístenes precisamente. Desde que vivo en Egipto y leo más libros pienso a menudo en él. Se veía a sí mismo como un filósofo griego y sabía, tal como yo lo sé ahora, que el viejo Sócrates jamás hubiera efectuado la postración; y tampoco Platón. Pero es que Alejandro no les hubiera exigido a éstos tal cosa, de la misma manera que no se la hubiera exigido a Aristóteles si éste lo hubiera acompañado en sus desplazamientos. Mi señor reconocía la grandeza de corazón y la admiraba a Kalístenes, que al principio lo había adulado y posteriormente lo había insultado. ¿Por qué hubiera debido hacerlo? Siempre hay hombres que se comparan con la grandeza y la odian no por lo que ésta es sino por lo que son ellos. Y hasta pueden llegar a envidiar a los muertos.
Y Alejandro se daba cuenta. Pero no comprendía, porque su naturaleza no se lo permitía, el poder que poseen estos hombres para despertar en los demás la dormida envidia de la que en otra época se han avergonzado justamente y para convertir el respeto hacia la excelencia en odio. Ni el propio Kalístenes lo comprendía. La vanidad lo engendra y la vanidad lo disimula.
¿Veía que era distinto a sus seguidores y casi su contrario? Miraba hacia atrás, hacia una Grecia más grande que ya había muerto. Para aquellos jóvenes macedonios, Grecia no era más que un nombre y él era una novedad, un nuevo estilo de desafío.
Y ciertamente que tanto Hermolaos como Sóstratos lo demostraban e influían en los demás. Alejandro se daba cuenta. El privilegio de los Compañeros estribaba en el hecho de servir directamente a las órdenes del rey; nadie más podía castigarlos. Sóstratos fue reprendido y castigado con otra guardia; Hermolaos fue amonestado.
Estaban a punto de terminar su período de servicio; en cuanto llegara de Macedonia la nueva remesa, serían licenciados. No eran unos muchachos a los que se vigilaba por su torpeza, sino hombres a los que se vigilaba por su insubordinación, y ellos lo sabían. Una época difícil. Alejandro, al ofrecerme uno de sus muchos regalos, me dijo:
- De no ser por ti, tendría que estar aguantando a estos zoquetes.
Así estaban las cosas cuando salió a cazar al monte.
A mí me gustaba cazar, aunque nunca cobraba muchas piezas; el duro paseo a caballo, el vigorizante aire de la montaña, los grandes podencos descubriendo a las piezas y acosándolas, la espera junto a la guarida para ver qué salía. Esta vez, por los gruñidos y los excrementos, lo comprendimos: sería un jabalí.
Una parte del espacio que se extendía ante nosotros estaba desnuda y la otra aparecía cubierta de boscosos repliegues y huecos. Bajo las sombras perfumadas por el aroma de las flores aplastadas, los podencos se arracimaban ante la guarida en la que aspiraban olor a jabalí. Alejandro le entregó el caballo a un acompañante; todos los hombres desmontaron. Yo desmonté también a pesar de lo mucho que me asustaban los jabalíes. Te pueden derribar y desgarrarte después cuando ya has caído; aunque consiguiera atravesar a uno con mi lanza, no podría resistir su acometida. «Bueno ―pensé―, si muero él me recordará siempre agraciado. Y no pensará que fui un cobarde.»
Los hombres se quedaron firmemente de pie con las lanzas en alto y las rodillas un poco dobladas para hacer frente a la acometida si el jabalí arremetía contra ellos. Los podencos se habían deslizado al interior de la guarida. Los acompañantes se encontraban de pie al lado del rey según es costumbre en Macedonia.
Apareció algo negro. Se escucharon unos furiosos gruñidos y chillidos. Perdicas había conseguido descubrir al animal. Fue vitoreado brevemente mientras los perros seguían afanándose en el interior de la guarida. El ruido llegaba hasta el rey, que sonreía ansiosamente como un chiquillo. Al darme cuenta de que apretaba los dientes, me esforcé por sonreír también.
Surgió un colmilludo hocico; un enorme jabalí estaba acorralado, un poco ladeado en relación a Alejandro, contemplando a los invasores de su hogar y escogiendo un enemigo. Alejandro, moviéndose ágilmente, se adelantó para que no atacara a un compañero. Pero en aquellos momentos Hermolaos corrió hacia adelante y lo alanceó.
Se trataba de una insolencia inaudita. Alejandro le hubiera cedido la pieza a cualquier amigo que hubiera tenido derecho a ello cuando la bestia hubiera iniciado la acometida, pero los compañeros sólo estaban allí para servirlo, al igual que en la batalla.
El jabalí había quedado malherido y luchaba con fiereza. Sin moverse, Alejandro indicó con gestos a los demás Compañeros que intervinieran. Cuando hubo terminado la chapucera y sangrienta misión, ordenó a Hermolaos que se acercara. Éste se adelantó en actitud desafiante para afrontar la mirada de unos ojos que había visto molestos, pero jamás encolerizados. Palideció. No era un espectáculo que pudiera olvidarse.
- Vuelve al campamento. Deja el caballo en las estacas. Regresa a tu alojamiento y quédate allí hasta que se te mande llamar.
Se escucharon murmullos entre los demás. «Deja el caballo», significaba que tendría que ir a pie. La mayor desgracia que puede ocurrirle a un Compañero, a excepción de otra.
Nos trasladamos a otros bosques y la caza prosiguió. Creo que perseguimos a un ciervo. Después regresamos. A Alejandro no le gustaba diferir las cosas.
Aquella tarde ordenó que se reunieran los Compañeros; juntos eran muchos. Les dijo que sabía quiénes prestaban buen servicio y que éstos no tenían nada qué temer. Algunos se habían convertido en perezosos y descarados; habían sido amonestados en vano. Se refirió a la ofensa de Hermolaos, que había sido traído bajo guardia, y le preguntó si tenía algo que decir.
Tengo entendido que en Macedonia ningún joven se considera adulto hasta que ha conseguido cobrar por sí mismo un jabalí. (En tiempos del rey Filipo, a ello se añadía también la muerte de un hombre.) No sé si Hermolaos debió pensar en ello. Lo que sí es cierto es que Alejandro no imponía tal condición. De todos modos Hermolaos contestó:
He recordado que soy un hombre.
Yo también recordé algo: a Kalístenes exhortando a sus alumnos a recordar que eran hombres y diciéndolo con una voz distinta. No sé si Alejandro adivinó la procedencia de aquellas palabras porque repuso:
- Muy bien. Entonces eres apto para sufrir el castigo de un hombre. Veinte azotes mañana al amanecer. Lo presenciará todo el cuerpo. Retírate.
Yo pensé: «Si Sóstratos es su amante, será mucho peor. Bueno, no debiera haber alentado la insolencia de su amigo. Él es mayor.»
No obstante, habiendo visto por mi parte heridas y dolor en el cuerpo del ser amado, no pude evitar compadecerlo.
Era la primera vez que se azotaba a un Compañero bajo el reinado de Alejandro. Lo soportó muy bien. El látigo no le desgarró la carne hasta los huesos tal como yo había visto hacer en Susa; pero le produjo cortes y no creo que él supiera que podía haber algo peor. Le dejaría cicatrices, lo cual constituiría una desgracia cada vez que se desnudara para realizar los ejercicios. Un persa hubiera podido mantenerlo oculto.
Observé que Kalístenes apoyaba la mano sobre el hombro de Sóstratos. Un gesto de amabilidad, pero Sóstratos, que no tenía ojos más que para su amado, no pudo ver el rostro que se encontraba a su espalda. El rostro expresaba placer. No era gozarse del dolor sino la expresión del que ve que los acontecimientos se desarrollan tal como él desea.
«Bueno, si piensa que eso volverá a los soldados contra el rey, es un necio. Ellos comprenden lo que es la disciplina. » No consideré que mereciera la pena contárselo a Alejandro, sobre todo teniendo en cuenta que después pareció que las cosas mejoraban. Las lecciones que escuché no eran nada extraordinario; la voz distinta había desaparecido. Tal vez se arrepentía de haber perjudicado a su alumno. Al cicatrizársele los cortes y renovar el servicio, Hermolaos se mostró muy correcto y lo mismo hizo Sóstratos.
Por aquel entonces la adivina siria empezó a visitar al rey.
Llevaba muchos meses siguiendo al campamento; era una cosita morena, vieja y joven al mismo tiempo, vestida con andrajos recamados en hilo de oro y adornada con llamativos collares de cuentas. Era amiga de un espíritu y solía pasear hasta que éste le indicaba un hombre. Entonces le decía a éste que le regalaría buena suerte a cambio de una hogaza o una moneda de plata. Al principio se rieron hasta que observaron que aquellos que le entregaban lo solicitado disfrutaban de la suerte que ella les había prometido. No adivinaba por cuenta de todo el mundo; su Amo tenía que indicarle al hombre. Se presentaba para que la consideraran un buen presagio y jamás había pasado hambre. Pero una vez unos fanfarrones borrachos la molestaron; al principio ella se asustó, pero después miró al que los dirigía como si acabara de verlo y le dijo súbitamente:
- Morirás hacia el mediodía del tercer día de esta luna menguante.
El día por ella predicho, el hombre murió en el transcurso de una escaramuza, y a partir de entonces la dejaron en paz.
En una o dos ocasiones le había ofrecido suerte a Alejandro a cambio de nada. Él se había reído, le había hecho un regalo y no se había detenido a escucharla. Resultaba fácil profetizarle la victoria, pero, más adelante, tras haber intercambiado con ella algunas palabras, comprobó que algunas pequeñas cosas sin importancia que ella le había predicho se verificaban con toda exactitud y entonces decidió hacerle caso. Con el oro que él le regaló se compró un vistoso atuendo; pero, puesto que dormía sin quitárselo, pronto adquirió éste el mismo aspecto que el viejo.
Por las mañanas yo solía entrar en la tienda por la parte posterior que daba directamente acceso a la alcoba. (La habían hecho para Darío, para poder introducir discretamente a las mujeres.) Un día la encontré allí sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Los acompañantes no la habían apartado porque Alejandro les había dicho que no lo hicieran.
- ¿Cómo, madre, te has pasado aquí toda la noche? Por la cara que tienes se diría que sí.
Ella se levantó y tintinearon las dos monedas que Alejandro le había regalado y que ella utilizaba como pendientes.
- Si, hijito ―me llegaba a la altura del hombro―. El Amo me ha enviado. Pero ahora dice que todavía no.
- No te preocupes, madre. Cuando llegue el día afortunado bien sabes que el rey te escuchará. Vete a dormir.
Transcurrido un mes de la caza del jabalí, Perdicas organizó una fiesta en honor de Alejandro.
Fue muy fastuosa, con todos sus mejores amigos acompañados de sus amantes si éstas resultaban apropiadas, lo cual equivalía por regla general a heteras griegas de alto copete. Como es natural, no había persas. Un persa de noble alcurnia hubiera preferido morir antes que exhibir en público a la menos significativa de sus concubinas. Ni siquiera los macedonios que poseían mujeres tomadas de las ciudades conquistadas, las sometían a tal ignominia. Alejandro no lo hubiera permitido.
A través de la entrada abierta de la tienda vi a la Tais de Tolomeo con una corona de rosas, recostada en el diván al lado de Alejandro. Era amiga suya casi desde su infancia, ya que era amante de Tolomeo antes de que él cruzara el Asia. Puesto que entonces era bastante joven, ahora seguía siendo muy bella. Tolomeo la consideraba casi su esposa aunque con menor rigidez, ya que, después de la fama que había alcanzado en Corinto, ella no lo hubiera soportado. Alejandro siempre se había llevado bien con ella. Era la muchacha que le había pedido en Persépolis que quemara el palacio.
Aquella noche Alejandro vestía por completo a la usanza griega con una túnica azul ribeteada de oro y una corona de hojas doradas a la que yo había aplicado flores naturales. «Jamás se ha avergonzado de mí ―pensé―. Podría compartir su diván de no ser porque él sabe que ello entristecería a Hefaistión.» Empezaba a resultarme más fácil olvidar a Roxana. A Hefaistión, en cambio, no podía olvidarlo.
Alejandro me había dicho que no lo esperara. Pero en su tienda seguí ocupándome de pequeñas tareas. Ante la idea de marcharme experimentaba una extraña sensación de culpabilidad a pesar de que ya era muy tarde, puesto que primero me había entretenido en observar el desarrollo de la fiesta.
Alrededor de la tienda estaba de servicio la guardia nocturna en número de seis según costumbre: Hermolaos, Sóstratos, Anticles, Epímenes y otros dos. Anticles había cambiado de turno recientemente. Me quedé de pie junto a la entrada posterior aspirando el aroma de la noche, escuchando los rumores del campamento, los ladridos de un perro ―no se trataba de Peritas, al que había dejado profundamente dormido en el interior de la tienda― y las risas procedentes de la fiesta. La luz de la tienda abierta se esparcía oblicuamente entre los cedros.
Las mujeres se estaban retirando. Chillaban y se reían mientras sus vacilantes pies tropezaban con las bellotas de los cedros. Los portadores de antorchas las precedían dirigiendo su camino entre los árboles. En la tienda alguien tomó una lira y todos empezaron a cantar.
Extasiado ante la belleza de la noche, las fugaces luces y la música, me quedé allí no sé cuánto rato. Súbitamente se me acercó Hermolaos. No le había oído llegar porque el suave terreno había amortiguado sus pisadas.
- ¿Le estás esperando, Bagoas? El rey ha dicho que se retiraría muy tarde.
En otros tiempos me lo hubiera dicho con desprecio. Ahora me hablaba con mucha amabilidad. Pensé en lo mucho que habían mejorado sus modales.
Estaba diciéndole que iba a acostarme cuando vi acercarse una antorcha. Debí haberme quedado soñando un buen rato. La antorcha iluminaba a Alejandro. Perdicas, Tolomeo y Hefaistión le acompañaban a su tienda. Se sostenían de pie bastante bien y estaban riéndose.
Contento de haberle esperado, estaba a punto de entrar cuando a la vacilante luz de la antorcha vi a la mujer siria. Se acercó a Alejandro revoloteando como una lechuza; le tiró de la túnica y extendió la mano para arreglarle la guirnalda de flores.
- ¿Y ahora qué quieres, madre? ―le dijo él riéndose―. Esta noche ya he tenido bastante suerte.
- ¡No, no, mi rey! ―volvió a agarrarlo con su pequeño puño―. ¡No, hijo del fuego! Mi Amo te ve, ve que tu mejor suerte aún está por llegar. Regresa a la fiesta, diviértete hasta el amanecer, la mejor suerte de tu vida te espera allí. Aquí no te espera ninguna, mi estimado, ninguna en absoluto.
- ¿Lo ves? ―dijo Perdicas―. Regresa a traernos la suerte a nosotros.
Alejandro los miró riéndose.
- Los dioses dan buenos consejos. ¿A quién le apetece zambullirse en el río antes de empezar de nuevo?
- A ti no ―le dijo Hefaistión-. Es agua de nieve como la del Kydnos y sabes que estuviste a punto de morir. Vamos a cantar.
Regresaron todos, menos Tolomeo y Leonatos, que a la mañana siguiente estaban de servicio en la guardia. Al regresar a la tienda observé que los Compañeros habían abandonado sus puestos y se encontraban reunidos murmurando. «Falta de disciplina ―pensé―. Bueno, yo voy a acostarme.»
Pero no me fui. Después de las palabras de la adivina, la noche se me antojaba llena de misterios. No me gustaba que le hubiera dicho a Alejandro que allí no había suerte para él. Entré. Los acompañantes seguían manteniendo las cabezas juntas.
Cualquiera hubiera podido entrar sin ser visto tal como yo lo había hecho. Pensé: «jamás se convertirán en unos buenos soldados. »
A los pies de la cama Peritas se hallaba tendido roncando. Era un perro que soñaba, agitaba las patas y con suaves gañidos perseguía a la presa en sueños. Pero estaba inmóvil y ni siquiera levantó la cabeza al entrar yo.
«Me quedaré a vigilar por mi señor, puesto que ni siquiera el perro lo hace.» Me envolví en una manta y me acurruqué en un alejado rincón por si el rey entraba con sus amigos. Las bellotas de cedro convertían el suelo en un mullido colchón. Cerré los ojos.
Me desperté al amanecer. Alejandro estaba allí. Parecía que la tienda estaba llena de gente. Se trataba de los Compañeros de la guardia nocturna. ¿Por qué? Su guardia terminaba al rayar el alba. Alejandro les estaba hablando con gran amabilidad y les decía que comprendía lo que habían hecho y que deseaba recompensarlos. Ofreció a cada uno una moneda de oro y una sonrisa y los despidió.
No se le veía muy agotado a causa de la velada. La conversación debía haber resultado agradable. Jamás bebía tanto como junto al Oxos o en Maracanda.
El último Compañero en marcharse fue Sóstratos. Miró distraído hacia donde yo estaba y se sobresaltó. «No me extraña ―pensé―, porque ninguno de ellos tenía los ojos abiertos.»
Mientras se quitaba la ropa, Alejandro me dijo que debiera haberme acostado. Le pregunté si había disfrutado de la suerte que le habían prometido.
- Sí, pero la he disfrutado aquí. Ya has visto quiénes estaban encargados de la guardia nocturna; los díscolos. Fueron relevados al rayar el alba, pero cuando regresé se encontraban todavía en sus puestos para demostrarme su afecto. Jamás he podido ser duro con un hombre que me haya pedido perdón. Si me hubiera retirado temprano, no hubieran tenido ocasión de demostrármelo. Tendré que hacerle algún regalo a la siria. ¡Pero, por Heracles, que estoy cansado! Que nadie se me acerque en todo el día.
Me lavé y me cambié, di un paseo por el bosque y por el campamento que estaba empezando a despertarse y regresé para asegurarme de que no lo molestaba nadie. Dormía como un muerto y resultaba extraño, pero Peritas seguía también dormido. Le toqué el hocico pero lo tenía frío.
Se escuchaban voces en el exterior de la tienda que se me antojaron demasiado agitadas. Los guardianes Tolomeo y Leonatos estaban en compañía de dos hombres que parecían muy inquietos. Para mi asombro reconocí en uno de ellos al joven Epímenes, de la guardia nocturna, sollozando con el rostro entre las manos. El otro decía:
- Perdonadlo, está muy afligido.
A todo eso yo me adelanté para informar a Tolomeo de que el rey estaba durmiendo y había pedido que no lo molestaran.
- Lo sé ―dijo Tolomeo brevemente―. Pero tendré que despertarlo. Tiene suerte de estar vivo. Leonatos, ¿puedo dejarte al cuidado de estos dos?
¿Pero qué sucedía? Resultaba inaudito despertarle en contra de sus órdenes siendo así que acababa de dormirse. Pero Tolomeo no era un estúpido. Yo lo seguí sin pedir permiso, como si mi presencia tuviera que darse por descontada.
Alejandro se hallaba tendido boca arriba y roncaba levemente. Debía estar profundamente dormido para hacer tal cosa. Tolomeo se inclinó hacia él y lo llamó por su nombre. Se le arrugaron los párpados, pero no se movió. Tolomeo tuvo que sacudirlo.
Se despertó como si resucitara de la muerte. Miraba como ciego. Suspiró profundamente esforzándose por mirar y preguntó:
- ¿Qué sucede?
- ¿Estás despierto, Alejandro? Escucha. Se trata de tu vida.
- Si, estoy despierto. Prosigue.
- El acompañante Epímenes, que estaba de guardia anoche, afirma que todos querían asesinarte cuando estuvieras dormido. Si te hubieras acostado, lo hubieran hecho.
Alejandro frunció el ceño. Desnudo, se incorporó lentamente y se frotó los ojos. Después preguntó:
- ¿Quién llora?
- El muchacho. Afirma que has sido benévolo con él esta mañana y está avergonzado.
Les había sonreído. Recordé la primera vez que me había sonreído a mí.
- Se lo contó a su amante porque no sabía qué hacer ―prosiguió Tolomeo―; se habían juramentado a hacerlo. Su amante pertenece al cuerpo de los Compañeros; éste tomó inmediatamente una decisión y dijo a su hermano mayor que lo arreglara.
- Comprendo. Indícame el nombre de este hombre; le debo algo. ¿Y los demás? ¿Qué iban a hacer?
- Esperar. Esperar a que les tocara de nuevo el turno. El muchacho dice que llevan un mes procurando coincidir en la misma guardia. Por eso estaban aquí esta mañana, a pesar de que ya se había producido el cambio de guardia. No se hacían a la idea de haber fracasado después de las molestias que se habían tomado.
- Sí ―dijo Alejandro lentamente―, sí, comprendo. ¿Hay otros nombres?
- Uno o dos. Los he anotado. ¿Quieres que te los comunique él o yo?
Alejandro guardó silencio, secándose los ojos con una toalla.
- No, detenedlos a todos. Me encargaré de eso mañana. No puedo presidir un juicio por traición medio dormido. Pero quiero ver a Epímenes ―se levantó, y yo le puse una túnica limpia.
A la entrada de la tienda ambos hermanos se postraron de hinojos, el mayor con los brazos extendidos.
- No, Euríloco, no me pidas la vida de tu hermano ―el rostro del hombre adquirió una coloración cenicienta―. No, no me has entendido. He querido decir que no me niegues el placer de concedértela sin que me la pidas ―no se proponía atormentarlo; sucedía que aún estaba medio dormido―. Más tarde os daré las gracias. Mañana os necesitaré a los dos, pero ahora idos a descansar.
Ofreció a cada uno la mano derecha y una sonrisa. Comprendí que a partir de aquel momento ambos se mostrarían dispuestos a dar la vida por él. Cuando se hubieron marchado, Alejandro dijo a Tolomeo:
- Concede el perdón a los parientes próximos, de lo contrario éstos huirán por toda Bactria. ¿Por qué obligarlos a eso? Todos sabemos dónde ha empezado todo. Detenlo. Y mantenlo apartado de los demás.
- ¿Te refieres a Hermolaos?
- Me refiero a Kalístenes. Ya es hora. ¿Querrás hacerme estos favores? Así podré descansar.
Se durmió muy pronto. Estaba acostumbrado a vivir cerca de la muerte.
Por la noche se despertó, tomó unos sorbos de agua, ordenó que montaran guardia los Compañeros y volvió a dormirse hasta el amanecer. Después mandó llamarme.
- Me habías advertido ―me dijo―. Me habías advertido una y otra vez... ―apoyó la mano sobre la mía; como es natural, había pensado que yo procedía de una corte corrompida y no tenía la culpa de haberme traído los recelos de ésta―. Pensé que te preocupabas en exceso. ¿Oíste a Kalístenes meterles estas cosas en la cabeza?
- Creo que sí. De encontrarme en Persia lo hubiera sabido con toda certeza. Pero creo que sí.
- Vuelve a contármelo. Esta gente será interrogada. No me apetece prolongarlo. Si tengo una base podré acortarlo.
No sentía deseos de hacerlo. Mi anterior compasión se había transformado en destellos de fuego. Gustosamente hubiera hecho lo que hubiera que hacer de haber poseído la habilidad necesaria para ello. Pero le conté todo lo que recordaba empezando por los amantes atenienses.
- Sí ―me dijo él―, quise darle una lección y me reí de ti. Me preguntaste que para qué eran los puñales, ¿verdad?
- Siempre hablaba de no sé qué tiranos de Grecia. No recuerdo sus nombres. Vivían en... ¿Si... Siracusa? Y Tesala.
- Tesalia. Lo mataron en la cama. Prosigue.
- Después, cuando Hermolaos fue azotado, todo terminó. Sólo hablaban de la Vida Buena, o bien hacían cálculos con números. Pensé que había comprendido que se había equivocado. Ahora pienso que escogió a sus hombres y quiso ocultárselo a los demás. Algunos días más tarde, mientras cabalgaba por el bosque, lo vi con todos ellos y otros dos. Pensé que les estaba enseñando cosas acerca de las plantas tal como había hecho contigo Aristóteles.
- ¿Y por qué no, puesto que me había burlado de ti? ¿Sabes quiénes eran los otros?
Lo sabía y se lo comuniqué. No le reprochaba que me hubiera hecho caso tan tarde. Lo amaba al ver que le costaba creer lo peor de un hombre, aunque se tratara de alguien con quien no le hubieran unido buenas relaciones. No le recordé que hacía tiempo que hubiera deseado librarlo de aquel sujeto. Recordé la dulzura de las palabras que había dirigido a los asesinos que lo acechaban y los regalos que les había hecho. Ello le dejaría una señal tan profunda como la del proyectil de Gaza.
A los Compañeros se los llevaron fuera del campamento para someterlos a interrogatorio. Tolomeo, que pienso que estaba presente, escribe que todos confesaron que Kalístenes los había instigado.
Más tarde, Alejandro me encontró en la tienda dándole a beber leche a Peritas, que estaba indispuesto como consecuencia del narcótico que le habían administrado, y no quería comer.
- Los otros dos nombres eran los que tú me dijiste. Te lo agradezco ―me dijo; acarició al perro, que se había acercado a rastras hasta sus pies para saludarlo―. Me alegro de que tu presencia no haya sido necesaria allí. Eres demasiado dulce para estos menesteres.
- ¿Dulce? ―pregunté―. Te hubieran matado mientras dormías siendo así que todos juntos no se hubieran atrevido a enfrentarse a ti desnudo y armado simplemente con tu espada. No, mi señor, no hubiera sido dulce.
Me acarició el cabello con la mano sin creerme.
Acudieron al juicio en condiciones de andar, lo cual me pareció muy bien. No siendo macedonio, yo me limitaría a presenciar la lapidación. Las piedras procedían del lecho del río. Eran limpias, redondas y fáciles de agarrar. A todos les hubiera ofendido que un persa lapidara a un macedonio. Ya disponían de suficientes manos voluntarias. El voto de muerte se había pronunciado entre aclamaciones. Hasta los padres que se encontraban presentes se mostraron de acuerdo. Según la antigua ley de Macedonia, también hubieran debido morir; no tanto por el hecho de ser sospechosos como para proteger al rey de una contienda de sangre. Alejandro fue el primero en concederles el perdón.
Cuando trajeron a los condenados, Alejandro preguntó si alguno de ellos deseaba hablar. Lo comprendí todo cuando observé que Hermolaos aceptaba.
Diré que se comportó con dignidad a pesar de que su voz sonaba aguda. Mientras hablaba, cada una de sus palabras semejaba un eco. Era la voz de un discípulo ―muy fiel, lo reconozco― rindiendo homenaje a su maestro. Para la mayoría de los macedonios ello constituyó una simple insolencia. Alejandro tuvo que refrenarles hasta que el joven hubo terminado. Pero para los que habían escuchado los discursos pronunciados en ocasión del asunto de la postración, fue una prueba.
Mientras era conducido a las estacas, Sóstratos pasó junto a mí. Él era el que me había visto en la tienda aquella mañana. Me escupió y me dijo:
- Sí, y también hubiéramos terminado contigo, sucia y pintada prostituta bárbara.
Me entristeció tener que quedarme quieto mientras los demás vengaban a mi señor. Cada vez que veía a un hombre fuerte con una piedra de gran tamaño, le suplicaba a Mitra, vengador de la felicidad: «Ésta envíala por mí.» Una de ellas le partió a Hermolaos la cabeza.
A Kalístenes jamás volví a verlo. Sólo los macedonios tenían derecho a ser juzgados ante la asamblea. Tolomeo cree que debió ser interrogado y que después lo mataron, pero dudo que estuviera presente y a mí me han contado una versión distinta.
Alejandro no me habló de ello entonces y yo no le hice preguntas al respecto. Comprendía que había cosas que habían dejado en él una huella muy profunda y que él creía que yo no podía entender. Pero mucho tiempo después, una vez que estaba muy embriagado y no recordaba no habérmelo contado, dijo algo que me permitió deducirlo todo. Creo que cuando examinaron los papeles de Kalístenes encontraron algunas cartas de Aristóteles. Al parecer, el filósofo se había enterado a través de su sobrino de que el rey había convertido a algunos bárbaros en amigos y oficiales suyos, que había exigido que unos griegos libres se postraran ante él junto con aquella raza servil, se había llevado a la cama a un eunuco persa que anteriormente había compartido el lecho con Darío, y después se había rebajado hasta el extremo de contraer matrimonio con una salvaje sogdiana que no era más que una danzarina de una fiesta. Y el filósofo había escrito (cartas sin duda demasiado valiosas como para ser destruidas) que tales cosas traerían consigo el dominio de la tiranía y corromperían todas las buenas cualidades griegas. No debía escatimarse esfuerzo alguno para acabar con todo ello.
El anciano Sócrates y Platón habían sido soldados; Aristóteles jamás. Tal vez no había pensado que sus palabras pudieran engendrar otra cosa más que otras palabras. En tal caso, no conocía a los hombres. Alejandro, que sí los conocía y ahora más, si cabe, había visto los efectos; no es de extrañar que dudara de la intención.
En todo caso mucho más tarde me enteré de que Kalístenes estaba encarcelado y que Alejandro se proponía someterlo a juicio en Grecia ante Aristóteles, para mostrarle a éste a qué habían conducido sus palabras, pero que al final Kalístenes murió en la India de enfermedad. No cabe duda, sin embargo, de que en Atenas, que Alejandro había preservado recibiendo a cambio odio y denigración, Kalístenes hubiera sido ciertamente un gran hombre de haber muerto por el rey. A mí no me hablaba de ello.
A Hefaistión si. Permanecían largo rato sentados por las noches hablando tranquilamente, con Peritas dormido a sus pies. De muchachos habían estudiado juntos en Macedonia con el filósofo y compartían los mismos pensamientos. Hefaistión lo sabía todo; no era como un muchacho de Susa cuya única instrucción se había centrado en cómo complacer a un rey.
Sé que Alejandro dejó de enviar flores aplastadas o extraños animales a la escuela de Atenas. Supongo que a medida que aumentaba su poderío se debía haber preguntado muchas veces qué consejos le daría su antiguo preceptor; pero ahora todo había terminado. A partir de aquel momento sólo escucharía los consejos de su propia alma.
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El muchacho persa
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