Capítulo 20

Al final, aquel año no emprendimos la marcha hacia la India. De todas las provincias de Asia le enviaron al rey a Sogdiana un nuevo ejército al que adiestrar. Aunque habían sido adiestrados por oficiales macedonios, una cosa es enseñar a un muchacho y otra muy distinta conseguir que éste conozca la mano de su amo.

A mí se me antojaba muy extraño ver a los mismos pueblos que habían integrado el ejército de Darío (con frecuencia hasta los mismos hombres) formando una vez más una gran hueste aunque muy distinta. Ya no constituían una ingente masa de campesinos con armas hechas en casa esperando que los reunieran unos jefes que se desplazaban en carros de guerra y que desde atrás los aguijonearan otros hombres armados de látigo, sino falanges y escuadrones en formación, o bien dando la vuelta según la orden recibida.

Alejandro les pasó revista luciendo su armadura de parada. Sabía que desearían ver al rey. Fulguraba al sol como la imagen de un dios. Al ordenarles el comienzo de las maniobras, se lanzaron a ello como si de una competición se tratara. Allí estaba él en un pequeño altozano con sus generales y algunos oficiales persas dirigiendo a aquella numerosa hueste procedente de las naciones conquistadas y a la que hubiera bastado cargar contra él como un solo hombre para borrarlo de la faz de la tierra. Pero tal cosa no podía suceder porque él sabía que no. Era Alejandro.

Regresó a la Roca acompañando a su esposa a visitar a sus parientes; todo muy bien hecho. Estaba claro que éstos se apenaban de que ella no estuviera encinta, pero Alejandro les había hecho regalos principescos, los había tratado cortésmente y no había tomado otra esposa. ¿Qué más podían pedir?

Una era suficiente. Era demasiado orgulloso para revelarle a nadie los secretos de la alcoba nupcial, ni siquiera a mí. Sabía que yo lo comprendía. He oído decir que algunos hombres escogen esposas en las que ven a sus madres. Por lo que yo sabía de la reina Olimpia, su hijo era de ésos. Pero él lo comprendió demasiado tarde.

De Olimpia he oído decir que era altanera y hermosa y que disputó con su señor hasta el día en que éste murió, circunstancia en la que se rumoreó que ella había intervenido. A Alejandro lo agobiaba con su amor y se encargó de que éste y su padre no fueran amigos durante demasiado tiempo. Todos nosotros sabíamos que jamás había observado el comportamiento propio de una dama, porque sus cartas seguían a Alejandro por toda Asia, intrigaba en los asuntos de Macedonia y discutía con Antipatros, que era el regente de allí. Tras haber leído una de tales cartas se dice que Alejandro comentó que ella le cobraba un alquiler muy alto a cambio de los nueve meses de alojamiento que le había concedido.

Todo lo cual demuestra en mi opinión que nosotros los persas hubiéramos podido enseñarles a los griegos muchas cosas acerca del manejo de las mujeres.

Tal vez conseguimos enseñárselas a Alejandro. Aunque fuera amable con ellas, poseía en cierto modo un alma de hierro que espero que se forjara al liberarse de la influencia de su madre. No discutía con Roxana. No olvidaba jamás que era el Gran Rey. Ella era dueña de la tienda del harén y la corte; allí podía mandar. Él la visitaba de vez en cuando y, si ella se ponía pesada, se marchaba y tardaba algún tiempo en volver. Yo lo comprendía todo en cuanto regresaba a mí. Observaba en él señales de alivio por el hecho de haberse librado de las molestias de otro lugar. Me habían enseñado a comprender tales cosas.

Habían llegado de Macedonia los nuevos Compañeros. Hasta allí había llegado la noticia del destino de los traidores. Fueron presentados al rey. Eran un grupo de muchachos asustados temerosos hasta de abrir la boca. Alejandro se mostró amable con ellos y se aprendió inmediatamente sus nombres. Aliviados, empezaron a rivalizar entre sí para complacerlo, hablándome con respeto y aceptando de buen grado mis consejos. Parecían muy jóvenes. Yo tenía cuatro años más que cuando había llegado la última remesa.

Uno de ellos me llamó por orden de Alejandro poco antes del amanecer. Alejandro se hallaba sentado en la cama enfundado en una bata. En la cama yacía Peritas ocupando todo el espacio; jamás había vuelto a ser el mismo desde que los Compañeros lo habían narcotizado.

- Intentó subir y yo le dije que bajara comentó Alejandro. Al cabo de un rato lo intentó de nuevo e intuí algo.

- ¿Cuántos años tenía?

- Once. Hubiera debido vivir unos cuantos años más. Todo el día de ayer se estuvo muy quieto. Me lo regaló en Iliria un montero del rey Kotys una vez que me había peleado con mi padre y me había ido. Parecía un osezno. No tenía otra cosa que hacer y me hizo mucha compañía.

- Tienes que mandar colocar su imagen sobre su tumba le dije para que sea recordado por los hombres venideros.

Haré por él algo mejor. Daré su nombre a la próxima ciudad que funde.

Está situada en un buen emplazamiento alabado por los soldados y mercaderes en las cercanías de un paso a la India. La tumba y la estatua se encuentran junto a la puerta. La ciudad se llama Peritas.

Al helarse los desfiladeros, invernamos en la Bactria oriental. Aunque se envió la noticia con toda urgencia, tardamos mucho en enteramos de que Kalístenes ya había iniciado aquella lenta venganza suya que todavía no ha cesado.

En Atenas, la noticia de su detención cayó como un puntapié dado a un avispero. Habían pasado más de diez años desde que el rey Filipo los había derrotado en una batalla que él no había provocado y a la que fueron inducidos por su orador Demóstenes, provocando con ello la ruina de Tebas. (Fue Alejandro, a los dieciocho años, el que primero abrió una brecha en sus líneas.) Después, Filipo se mostró tan clemente con Atenas que toda Grecia se asombró. A pesar de ello o (¿conoce alguien el corazón humano?) tal vez a causa de ello, lo habían aborrecido y se sospechaba que también habían intervenido en su asesinato. Aborrecían a su hijo, que no había puesto los pies allí más que una vez en el transcurso de una misión de paz. Mientras vivió mi señor se estuvieron quietos por temor; después, como chacales cuando muere el león, empezaron a desgarrarlo.

De nada le sirvió tampoco al gran Aristóteles haber advertido a su alumno en contra de los persas; tuvo que andar huyendo toda la vida por haber sido amigo de Macedonia y jamás se atrevió a regresar. Un hombre de menos valía se hizo cargo de la escuela y después se unieron al coro los filósofos.

Es decir, que, por haberse mostrado compasivo y haber honrado a mi pueblo, mi señor es un bárbaro; un tirano por haber castigado a sus potenciales asesinos, cosa a la que tiene derecho el más ínfimo de los ciudadanos, y un simple soldado jactancioso a pesar de haber traído consigo a dondequiera que fuera la Grecia que él honraba y de la que estos farsantes son indignos herederos.

Pero de todo ello se ha derivado una ventaja, puesto que el rey Tolomeo decidió escribir la verdad mientras tuviera tiempo. Ahora preferiría dedicarse a escribir el libro en lugar de gobernar Egipto, tarea que en buena parte ha dejado en manos de su hijo.

- ¡Oh, mi querido Bagoas! me dicen aquí mis amigos. Un hombre como tú, que lee lo mejor de los griegos; ¿cómo puedes morir sin haber visto Atenas? La travesía por mar no es muy difícil cuando llega el buen tiempo. Puedo recomendarte un barco; te anotaré todas las cosas que debes ver. Te daré cartas de recomendación para los hombres más eruditos. ¿Qué te retiene, siendo así que tanto has viajado? Ve antes de que la edad se apodere de ti y los viajes se conviertan en una carga.

Eso me dicen. Pero mi señor, que se encuentra en su casa de oro, mi señor que ahora es más joven que yo... comprende por qué jamás me trasladaré a Atenas.

Al final llegó la primavera. Había llegado el momento de emprender la marcha hacia la India.

Durante todo el invierno el rey se había estado entrevistando con jefes de caravanas y griegos de más allá del Cáucaso que habían acudido a comerciar con las caravanas y se habían establecido allí. Ansiosos de poder hablar de nuevo en griego o simplemente por codiciar el oro, vinieron para hablarle del país de más allá de las montañas, de la Tierra de los Cinco Ríos.

Aquellos ríos descendían de las montañas del norte y el mayor de ellos era el Indo, que recibía a los demás en calidad de afluentes. Los indios que vivían entre ellos contendían entre sí y recibirían de buen grado a cualquiera que luchara contra sus enemigos. Alejandro decía que lo mismo había sucedido en Grecia y que ello había sido el motivo de que su padre la conquistara.

A través del hombre que había viajado más lejos, Alejandro se enteró un día de que, a medio mes de marcha desde el Indo, había un río todavía más grande. Esta corriente, llamada Ganges, fluía no por el oeste sino por el este yendo a desembocar en el océano.

Raras veces lo había visto tan exaltado. A pesar de que se había pasado todo el día hablando de ello, a la hora de acostarse se le veía aún muy excitado.

- ¡El Océano Circundante! Habremos cruzado el mundo hasta su extremo límite. Podremos navegar en dirección norte hacia el Euxino o por el sur hacia Babilonia. Llegaremos al fin del mundo.

- Lo recordarán para siempre los hombres del futuro dije.

Yo lucía la chaqueta confeccionada con la seda que me había comprado en Maracanda, con sus flores y serpientes voladoras. Mis ojos se posaron en su azul resplandor (me la había quitado para bañar a Alejandro); los botones eran de una pálida piedra verde, pesada y fría al tacto, con unos signos mágicos grabados. Según el mercader, había estado un año en camino. «El muy embustero pensé. Me lo dijo para elevar el precio.»

- ¿En qué estás pensando? me preguntó Alejandro con una sonrisa.

Me avergoncé de ser tan superficial y repuse:

- En el altar que levantarás en el fin del mundo, Alejandro, con tu nombre grabado.

- Mañana temprano ven a cabalgar conmigo. Tengo que darle a Bucéfalo un paseo, porque de lo contrario empezará a ponerse triste. Respira bien, pero siento que tenga que cruzar las montañas seguía echando de menos a Peritas; los amigos habían querido regalarle buenos perros, pero él no había querido quedarse con ninguno. ¿Sabes? me dijo, Bucéfalo va a cumplir los treinta.

Mientras lo lavaba me incliné y le besé la cabeza. Allí donde la luz de la lámpara iluminaba el oro, había descubierto dos hebras grises.

Cuando la primavera abrió los desfiladeros, celebramos la partida con una pira. Las nuevas tropas sólo habían traído lo necesario, pero el antiguo ejército disponía de carros y más carros de pesados enseres procedentes de saqueos: muebles, camas y ropa de cama, colgaduras, alfombras, vestidos, todo ello destinado, según creo, a ser enviado a Macedonia. De momento de nada servían, como no fuera para malvenderlos al objeto de saldar alguna deuda. Los generales disponían de caravanas enteras. Alejandro, aunque siempre se quedaba con menos de lo que repartía, también tenía algunos carros llenos de objetos preciosos y alfombras. Alejandro ordenó que lo trasladaran todo a un brezal y que se llevaran las bestias de carga. Después subió él. Cerca, se había encendido una hoguera con un montón de antorchas al lado. Alejandro arrojó a cada uno de los carros una antorcha encendida.

Advertidos de antemano, los oficiales siguieron su ejemplo. Hasta los hombres no tardaron en hacerlo. Habían derramado sangre a cambio de todos aquellos bienes y se los habían llevado en triunfo. Ahora estaban hartos de acarrearlos. Además, el amor al fuego es innato en todo el mundo; hasta un chiquillo hace ademán de apresarlo, lo cual demuestra que es divino. Al elevarse la espléndida hoguera, los hombres empezaron a arrojar teas primero a las pertenencias de los demás y después a cualquier cosa, riendo y gritando como niños hasta que el calor los obligó a retroceder. Pero yo me quedé a contemplar la algazara, yo que me había hecho mayor sin virilidad a los diez años. Recordé las vigas en llamas de la casa de mi padre y pensé en el desastre de la guerra.

Esta vez cruzamos Parapamisos sin grandes dificultades; Alejandro tenía la experiencia de la primera vez. Se quedó algún tiempo en Alejandreya restableciendo el orden, dado que el gobernador había resultado ser un necio y un truhán. Mientras, envió heraldos a Onfis, el más cercano de los reyes indios, pidiéndole su fidelidad. Sus tierras habían estado sometidas al imperio desde el reinado de Darío.

Se presentó Onfis en persona, el primer indio que veían las tropas si se exceptuaban algunos soldados rasos. Vino con veinticinco elefantes, sobre el primero de los cuales iba él montado como una resplandeciente imagen en el interior de la pintada «howdah». Era un hombre apuesto y de elevada estatura, más moreno que un medo pero no tanto como un etíope. Llevaba pendientes de marfil; lucía el bigote y la barba teñidos de llamativo verde. A nosotros, los persas, nos gustan los colores ricos; los indios prefieren los brillantes. Además de las lentejuelas doradas que le adornaban las vestiduras por todas partes, iba todo cubierto de joyas tan enormes que, de no haberse tratado de un rey, yo no lo hubiera creído posible.

No sé la pompa que se habría imaginado encontrar en Alejandro. Vi que se detenía unos instantes preguntándose dónde estaría éste, hasta que vio su rostro y lo supo. Le ofreció de buen grado su lealtad a cambio de protección contra su enemigo, un rey llamado Poros. Alejandro se lo prometió, en caso de que aquel hombre no le ofreciera su fidelidad. Organizó un gran festín en honor de Onfis, a quien entregó oro. Por aquellas tierras no se extrae oro de las minas y sus príncipes lo aprecian grandemente. A cambio, Onfis le prometió los veinticinco elefantes en cuanto regresara a casa con ellos. Alejandro, a su vez, se mostró muy complacido. Jamás los utilizó en guerra, considerándolos inseguros, cosa que efectivamente son, pero los apreciaba por su fuerza y sabiduría. Los destinaba al arrastre de los soportes sobre los que levantaban las catapultas. Montó en una o dos ocasiones en uno de ellos, pero afirmaba que le gustaba notar a la bestia que lo llevaba, no estar sentado en un trono, sobre ella.

Pronto efectuó un consejo de guerra para organizar la marcha a la India. Su alcoba de Alejandreya estaba instalada detrás de la sala de audiencias y pude escucharlo todo.

Hefaistión recibió el mando de su propio ejército. Cruzaría las montañas (que los persas llamaban el Gran Cáucaso para distinguirlas del otro Cáucaso) por el buen desfiladero que los sogdianos llaman del Khyber. Cuando llegara al Indo tendría que tender un puente para Alejandro. Siendo el Khyber el camino más fácil (menos para los hombres que allí habitan), estaría al cuidado de todos los seguidores y de las mujeres, sin exclusión del harén. Alejandro, con su propio ejército y el comandante de los Compañeros, se encargaría de la tarea más ardua: despejar las montañas que dominaban el desfiladero de todos aquellos que constituyeran una amenaza.

Mientras escuchaba, pensé: «Es la encrucijada de mi vida. Ahora o nunca.» No recuerdo por qué motivo Alejandro entró más tarde en la alcoba, para recoger un manto o algo parecido.

- Alejandro le dije, he escuchado lo que habéis dicho en el consejo de guerra.

- Siempre lo haces. Te lo tolero porque mantienes la boca cerrada. ¿Por qué me lo dices ahora?

Me miró con severidad. Sabía muy bien lo que yo pretendía.

- No me envíes con los seguidores. Llévame contigo.

- Hubieras debido escuchar mejor. Lo mío será una campaña, no una marcha. Es posible que para el invierno todavía no haya terminado.

- Lo sé, mi señor. Es demasiado tiempo para dejarte.

Frunció el ceño. Hubiera deseado llevarme, pero creía que en el campo de batalla hay que pasarse sin los consuelos.

- No estás acostumbrado a las dificultades.

- Procedo de las montañas en las que se crió Ciro. No me avergüences.

Se levantó sin dejar de fruncir el ceño y buscó a su alrededor aquello que había entrado a buscar. Yo sabía lo que era sin necesidad de que me lo dijera y se lo entregué con una sonrisa.

- Eso está muy bien me dijo, pero la guerra es la guerra.

- Te llevas a curtidores y carpinteros y cocineros y panaderos. Te llevas a esclavos. ¿Soy acaso yo menos?

- Demasiado. Ojalá supieras lo que me pides. Y no dispondremos de mucho tiempo para el amor.

- ¿Para el lecho? Lo sé. Pero para el amor siempre tendré tiempo mientras viva.

Me miró a los ojos y después me dijo:

-No quería hacerlo se dirigió al arca y extrajo de la misma un puñado de oro. Agénciate ropa de abrigo, te hará falta. Guarda los vestidos y los adornos. Compra mantas de caballo de badana. Puedes llevar contigo un servidor y un mulo de carga.

En los altos desfiladeros ya había llegado el otoño. Al norte del Khyber la gente se dedicaba a la caza y al pastoreo, y su segunda ocupación era el robo. Se decía que eran muy fieros y Alejandro deseaba someterlos.

Ni siquiera en el Parapamisos había padecido yo mareo de montaña. Aquí estábamos a una altitud inferior. No obstante, Alejandro fue ascendiendo poco a poco para que nuestra sangre se fuera acostumbrando al enrarecimiento del aire. Mi infancia todavía no se había perdido y yo subí sin dificultad. A veces contaba por la noche las respiraciones de Alejandro comparándolas con las mías, y las suyas eran más rápidas. Pero él tenía mucho trabajo que hacer y jamás cedía al cansancio.

Algunos afirman que el jardín del Dios Prudente es una rosaleda. En mi opinión se encuentra en las alturas. Al fin y al cabo, aquí habita él. Al contemplar el amanecer sobre las nieves jamás holladas por pájaro alguno, me estremecí de alegría. Estábamos invadiendo una tierra de dioses cuyas frías manos pronto caerían sobre nosotros. Nos esperaba la guerra, pero yo no experimentaba temor alguno.

Al final, Alejandro me permitió llevar conmigo al mozo tracio y a mi criado. Creo que temía realmente que pudiera morir a causa de las penalidades. Por la noche, en su tienda de campaña (hecha según sus deseos; Darío jamás había poseído nada tan sencillo) me preguntaba si estaba bien. Al final, adivinando lo que él jamás me había dicho, le contesté:

- Alejandro, tú crees que los eunucos son distintos por muchos conceptos. Si se nos encierra con las mujeres y vivimos blandamente igual que ellas, crecemos pareciéndonos a ellas. Pero lo mismo le sucedería a cualquier hombre. El hecho de que tengamos voz de mujer no significa que tengamos la misma fuerza que una mujer.

Me tomó la mano sonriendo.

- Tú no posees voz de mujer. Es demasiado pura. Se parece al aulos, la flauta de tono profundo.

Se alegraba de haberse librado del harén.

En la noche constelada de rutilantes estrellas blancas, antes de que se formaran las nubes de nieve, sentado junto a mi hoguera de leña de pino, los jóvenes aprendices de los Compañeros abandonaban la suya propia y venían a sentarse a mi lado.

- Bagoas, háblanos de Susa, háblanos de Persépolis, háblanos de la corte en tiempos de Darío.

Yo me quedaba contemplando la hoguera junto a la que se encontraba Alejandro, acompañado de Tolomeo y Leonatos y sus demás oficiales. Bebían, hablaban y se reían. Pero ni una sola noche Alejandro se retiró a descansar con pasos menos firmes que los míos.

No compartía el lecho conmigo. Antes de emprender duras tareas procuraba recuperar fuerzas y no malgastar nada. El fuego es divino. Se alegraba de tenerme cerca y eso bastaba.

Después empezó la guerra. Las fortalezas de las tribus colgaban de las peñas igual que nidos de vencejos. La primera con que tropezamos parecía imposible de tomar. Alejandro envió a un intérprete para que les expusiera sus condiciones, pero ellos lo desafiaron. Los reyes persas jamás habían sometido a la ley aquellas fortalezas.

Las fortalezas habían resistido bien los ataques de otras tribus que disponían de piedras y flechas. Alejandro disponía de unas catapultas ligeras cuyos proyectiles debieron antojárseles dardos de los demonios. También disponía de escalas de asedio. Al ver que sus hombres saltaban las murallas, abandonaron la fortaleza y huyeron a la ladera de la montaña. Los macedonios los persiguieron y mataron a todos los que pudieron encontrar, al tiempo que incendiaban la fortaleza. Yo lo observé todo desde el campamento.

Aunque estaba muy lejos, me preocupaban aquellas diminutas figuras apresadas entre las rocas o la nieve. Había aceptado con calma las muertes de muchos porque no los había visto como un hombre en particular. Era una locura puesto que hubieran aguijoneado a otras tribus contra nosotros de haber podido escapar.

Al terminar el combate supe el motivo de que las tropas de Alejandro hubieran luchado con tanto valor. Alejandro había sido herido en el hombro por una flecha. Él le había quitado importancia, la armadura había impedido que penetrara la lengüeta. Nadie prestaba menos atención a sus heridas de lo que él lo hacia en el transcurso de la batalla. Pero siempre sucedía lo mismo: si resultaba herido, sus hombres casi se volvían locos. Era en parte amor y en parte temor a quedarse sin él.

Cuando el médico se hubo marchado, le quité el vendaje y le succioné la herida para limpiársela. Cualquiera sabía lo que ponía aquella gente en sus flechas. Para estas cosas había querido acompañarlo, aunque me hubiera guardado de decírselo. La manera de convencerlo era la de pedirle un regalo.

El campamento era muy ruidoso. Los soldados habían venido sin mujeres, si se exceptuaba a las más intrépidas, que jamás abandonaban a sus hombres; ahora tenían a su disposición a todas las de la fortaleza, altas mujeres de montaña de anchos rostros, vigoroso cabello negro y narices atravesadas por joyas.

Aquella noche Alejandro se encaprichó de mí. La herida se le abrió y yo quedé empapado en sangre. Él se echó a reír y me dijo que fuera a lavarme para que el guardián no pensara que lo había asesinado. Me dijo que la herida le dolía menos. No hay médico comparable al amor. Es cierto que cuando se secan, las heridas tienden a enconarse.

Al enterarse de lo que le había sucedido a la primera, la siguiente fortaleza se rindió. Tal como tenía por costumbre, Alejandro les perdonó la vida. Mientras seguíamos avanzando, los dioses de las montañas nos enviaron el invierno.

Nos abrimos camino entre la densa nieve que caía semejante a granos de cebada. La ropa, los caballos, los mantos de badana de los hombres estaban cubiertos de nieve; las bestias resbalaban y tropezaban por los caminos ventosos que los guías nativos nos indicaban. Después se despejaba el cielo y la blancura nos deslumbraba tanto que teníamos que cerrar los ojos; esta luz puede cegar a un hombre.

Alejandro se encargaba de que estuviéramos bien alimentados, y puesto que no ascendíamos a las zonas descubiertas de bosque, por la noche disponíamos de buenas hogueras junto a las cuales calentarnos. Si el viento introducía los fríos dedos a través de mis pieles, me limitaba a envolverme con un manto para evitar que se me quemara el rostro y pensaba que tenía suerte de estar allí sin Roxana y, sobre todo, sin Hefaistión.

Alejandro fue tomando una a una las fortalezas de la montaña, menos las que espontáneamente se rindieron. Ahora casi no recuerdo cuáles fueron, pero el rey Tolomeo las recuerda todas. Allí arriba, éste fue protagonista de ciertos importantes hechos de armas, entre ellos un duelo cuerpo a cuerpo con un importante caudillo, cuyo escudo sigue conservando. Los describe todos en su libro; ¿quién podría reprochárselo?

Después de muchas batallas y asedios divisamos Masaga, que se extendía sobre las estribaciones de la montaña. No era una simple fortaleza tribal sino una fuerte ciudad amurallada.

Le costó a Alejandro cuatro días de trabajo. En el transcurso del primero, cuando ellos efectuaron una salida a través de las puertas, huyó para atraerlos, después dio la vuelta y consiguió apresar a muchos, si bien los demás pudieron regresar. Después, para que no siguieran pensando que les tenía miedo, ascendió hasta la muralla y una flecha le hirió un tobillo. Afortunadamente no le cortó ningún tendón. El médico le dijo que descansara, como si a un río pudiera decírsele que subiera de nuevo a la montaña.

Al día siguiente, ordenó que subieran los arietes y consiguió abrir una brecha en la muralla, pero la brecha fue obstinadamente defendida. Por la noche lo vi cojear de vez en cuando, si bien cesaba de hacerlo en cuanto se daba cuenta.

Al otro día, tendió un puente entre una torre de asedio de madera y la brecha (se había traído ingenieros para poder realizar semejantes trabajos en el acto), y él mismo dirigió el ataque. Antes de cruzar, se arracimaron tantos hombres para poder combatir a su lado, que el puente se partió por la mitad.

Yo morí muchas muertes antes de que salieran dificultosamente de entre los escombros de abajo y pudiera distinguir su yelmo de blancas alas. Regresó cojeando todo magullado y arañado, pero se limitó a decir que se alegraba de no haberse roto una pierna. Venía de visitar a los heridos.

Al tercer día, con un puente más recio, lo intentó de nuevo y lo consiguió. Mientras combatían en las murallas, un proyectil de catapulta alcanzó al jefe de la tribu.

La ciudad solicitó entonces una tregua que Alejandro le concedió.

Siete mil de los mejores combatientes resultó que habían sido contratados más allá de los ríos; eran más bajos y más morenos que los demás. Alejandro mandó que los separaran. Quería contratarlos a su vez. Hablaban un idioma distinto al de los montañeses, pero el intérprete dijo que lo conocía. Se dirigió a ellos en presencia del rey; los oficiales contestaron; tras conferenciar un poco dijeron que estaban de acuerdo con las condiciones que se les ofrecían. Acamparon aparte en una cercana colina mientras se negociaba con los habitantes de la ciudad. Alejandro envió hombres al objeto de que los vigilaran, tratándose de extranjeros cuyas intenciones no conocía y siendo su número tan peligroso. En Sogdiana había aprendido a mostrarse precavido.

- Un buen día de trabajo me dijo después de la cena.

Se había bañado y yo le estaba vendando el tobillo que, al parecer, le cicatrizaba bien a pesar de todo.

Entró un Compañero de la guardia nocturna.

- Mi señor, uno de los guardianes de la avanzada solicita verte.

- Lo recibiré ahora mismo repuso Alejandro.

Era un hombre joven pero parecía muy prudente.

- Alejandro, los indios de la colina se están preparando para marchar.

Alejandro se levantó pisando la venda limpia.

- ¿Cómo lo sabes?

- Mi rey, cuanto más tarde se hace, estando dormidos todos los demás, tanto más se agitan. No está tan oscuro como para que no pueda vérseles recortándose contra el cielo. Nadie duerme; todo el campamento es un hervidero de gente, he visto hombres armados y algunos de ellos conducen acémilas. De noche veo muy bien, Alejandro. Tengo fama de eso. El comandante me ha enviado para que te informe.

El rostro de Alejandro se serenó. Asintió lentamente. Tras haber permanecido dos años en Sogdiana aquello no constituía ninguna novedad.

-Si, habéis hecho bien. Quédate fuera. Bagoas, volveré a vestirme llamó de nuevo al Compañero. Ve en busca del intérprete. Y date prisa.

Llegó el hombre, recién salido del lecho. Alejandro le dijo:

- Los soldados mercenarios con los que has negociado hoy; ¿conoces bien su idioma?

Con cara de asustado el hombre le aseguró que sí; había visitado su país acompañando a las caravanas y había cerrado tratos por cuenta de los mercaderes.

- ¿Estás seguro de que se han mostrado de acuerdo y han comprendido lo que han acordado?

- Sin lugar a dudas, Gran Rey.

- Muy bien. Puedes irte. Menestas, despierta al general Tolomeo y dile que venga a yerme ahora mismo.

Éste se presentó tan despierto como siempre, fuerte y recio como el cuero bien curtido. Alejandro le dijo:

- Los mercenarios indios están desertando. Se habrán juramentado a sorprendernos desprevenidos. No podemos permitir que se unan a las tribus y se abatan sobre la columna. Si no se puede confiar en ellos, constituyen un peligro constante tanto si los tenemos con nosotros como si se van.

- Es cierto. Son demasiados. Y están adiestrados se detuvo y miró a Alejandro. ¿Ahora? ¿Esta noche?

- Si. Utilizaremos todas las fuerzas y lo haremos con rapidez. Que a los hombres se les despierte de palabra. Nada de trompetas. Mientras se haga esto, yo lo organizaré todo. Alrededor de aquella colina el terreno está despejado. Disponemos de hombres suficientes para rodearla.

Tolomeo se marchó. Alejandro llamó a los Compañeros para que éstos lo armaran. Oí los amortiguados rumores del campamento al despertar. Se presentaron los oficiales para recibir órdenes. Todo se hizo inmediatamente. El ejército estaba adiestrado a actuar con rapidez y él no tenía más que ordenarlo. Pronto se perdieron en la oscuridad las largas hileras de hombres tropezando y produciendo chirriantes sonidos debido al entrechocar de las armas.

Después de todas aquellas prisas, el silencio pareció eterno. Entonces empezaron los gritos y éstos también parecieron eternos. Cruzaron el valle como el rumor de la última batalla que, según nos dicen, acabará con el mundo. Pero ésta será entre la Luz y la Oscuridad. Aquí todo era noche.

Me pareció escuchar entre aquel estruendo agudos gritos como de mujer. Y estaba en lo cierto. Se hallaban en compañía de los indios, habían recogido las armas de los caídos y habían muerto luchando en la oscuridad.

Al final cedieron los gritos y acabaron siendo pocos y entrecortados. Después no se escuchó aquí y allá más que un grito aislado de muerte. Y después el silencio nocturno.

Dos horas antes del amanecer invernal, el campamento volvió a hallarse repleto de hombres. Alejandro regresó.

Los acompañantes lo despojaron de la armadura manchada de sangre y se la llevaron para que fuera limpiada. Se le veía agotado y ceniciento; su frente aparecía surcada por unas arrugas que antes eran apenas visibles. Le quité la túnica. También la tenía empapada en sangre, menos en las partes que habían estado cubiertas por la armadura. Apenas parecía consciente de mi presencia y me dediqué a mirarlo como si fuera invisible. Después sus ojos se encontraron con los míos y los reconocieron.

- Ha sido necesario me dijo.

Yo había ordenado que los esclavos le prepararan el baño. Aquello también era necesario. Hasta la cara la tenía salpicada de sangre, y los brazos y las rodillas los tenía cubiertos de rojo. Cuando se acostó le pregunté si tenía apetito.

- No repuso. Sólo un poco de vino.

Se lo traje junto con la lamparilla de noche y me disponía a retirarme cuando él me dijo mirándome a los ojos:

- Bagoas.

Me incliné para besarlo. Lo recibió como un regalo y me dio las gracias con la mirada.

Permanecí tendido en mi tienda en la frialdad que precede al amanecer mientras la hoguera se iba extinguiendo en el exterior y pensé, tal como había estado pensando toda la noche, que el intérprete era sogdiano y que ningún sogdiano confiesa jamás que hay algo que no es capaz de hacer. No obstante, si los indios habían creído que eran libres de marcharse, lo hubieran hecho de día. ¿Sabían que habían quebrantado la palabra dada, sabían que se habían comprometido a cumplirla? Alejandro les había observado. Por su expresión debió parecerle que lo habían comprendido.

Pensé en el montón de muertos de la colina ya desgarrados por los lobos y los chacales, y supe que otras manos habían decretado su muerte antes que la mano de Alejandro: la mano de Filotas, las manos de los Compañeros muertos, las manos de todos aquellos jefes y sátrapas que habían aceptado su mano derecha, le habían jurado lealtad y habían sido huéspedes bien recibidos, habían asesinado a los hombres que él les había confiado y se habían después abatido sobre sus ciudades.

Tal como ya sabía cuando no había oído hablar de él más que a sus enemigos, Alejandro emprendía las guerras buscando el propio honor en todo lo que hiciera. ¿Lo había encontrado? El propio Darío, si hubiera vivido y aceptado su clemencia, ¿hubiera hecho honor a la palabra dada por otra cosa que no fuera temor? Recordé la historia del hospital de Isos. Ciertamente que mi señor no había recibido tanto como había dado. Una a una había visto las heridas sufridas por su confianza. Y esta noche había visto las cicatrices.

Y, sin embargo, este pesar que siento sólo procede de él. ¿Quién, si no, me ha enseñado lo que es la clemencia? Cuando servía a Darío hubiera comentado a propósito de los acontecimientos de esta noche: tales cosas suceden siempre.

Sí; si esta noche lo hubiera querido todo de mí en lugar de un simple beso de perdón, no le hubiera negado ni siquiera mi corazón; no, aunque las almas de todos estos muertos vaguen sin rumbo por el aire. Es mejor confiar atolondradamente en los hombres y lamentarlo después, que tenerles en mal concepto. Los hombres podrían ser mejores de lo que son si lo intentaran. Él lo ha demostrado. ¿Cuántos lo habrán intentado. Él lo ha demostrado. ¿Cuántos lo habrán intentado por él? No sólo los que yo he visto sino los del futuro. Aquellos que en la humanidad buscan sólo su propia pequeñez y obligan a los demás a creer en ella, matan a muchos más seres que Alejandro en el transcurso de todas sus batallas.

Que jamás deje de confiar aunque después tenga que enojarse a causa de la malgastada confianza. Está más agotado de lo que cree, su respiración es rápida en el enrarecido aire de las alturas y su sueño es intranquilo. Sí, almas de los muertos, acudiría a él si me lo pidiera.

Pero no me lo pidió. Permaneció tendido a solas con sus pensamientos y por la mañana lo encontré con los ojos abiertos.


El muchacho persa


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