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Para que no vayáis a suponer que soy un hijo de nadie, vendido por algún padre campesino en año de sequía, diré que nuestro linaje es muy antiguo aunque tenga que morir conmigo. Mi padre fue Artembares, hijo de Araxis, de Pasagardai, la antigua tribu real de Ciro. Tres miembros de nuestra familia lucharon por él cuando los persas sojuzgaron a los medos. Permanecimos en nuestra tierra por espacio de ocho generaciones en las colinas situadas al occidente de Susa. Tenía diez años y me dedicaba a aprender las artes guerreras cuando me llevaron.
Nuestra fortaleza de la colina era tan antigua como nuestra familia, curtida por la intemperie al igual que las rocas y con la atalaya adosada a un despeñadero. Desde allí mi padre solía mostrarme el tortuoso río que atravesaba el verde valle en dirección a Susa, la ciudad de los lirios. Me mostraba el palacio, resplandeciente sobre su extensa terraza, y me prometía que sería presentado cuando cumpliera los dieciséis años.
Eso fue en tiempo del rey Ocos. Sobrevivimos a su reinado, a pesar de que era un carnicero. Mi padre perdió justamente la vida por haber sido fiel a su hijo Arses contra Bagoas, el jefe palaciego.
A mi edad es posible que no hubiera hecho el menor caso del asunto de no haber llevado el dignatario mi mismo nombre. En Persia es corriente; pero, siendo un hijo único muy querido, me resultaba tan extraño oírlo pronunciar con repugnancia que siempre me escocían los oídos.
Los señores de la corte y el campo, a los que por regla general sólo veíamos un par de veces al año, subían ahora el montañoso camino cada pocos días. Nuestra fortaleza se hallaba muy apartada del camino y constituía un buen lugar de reunión. Me gustaba ver a aquellos hombres tan apuestos con sus fornidos caballos y experimentaba como una sensación de expectativa de acontecimientos, si bien no de peligro, puesto que ninguno de éstos se me antojaba temible. Más de una vez celebraban sacrificios en el altar del fuego; entonces venía el mago, un vigoroso anciano que trepaba por las rocas como un cabrero, matando serpientes y escorpiones. Me encantaban las brillantes llamas y los destellos que arrancaban de las bruñidas empuñaduras de las espadas, los botones dorados y los gorros recamados de joyas. Así seguiría todo, pensaba yo, hasta que pudiera reunirme con ellos al llegar a ser hombre.
Finalizadas las plegarias, bebían juntos la bebida sagrada y hablaban acerca del honor.
Y en el honor se me había educado a mí. Desde la edad de cinco años en que me habían apartado de las mujeres, y me habían enseñado a montar y a utilizar las armas y aborrecer la mentira. El Fuego era el alma del Dios Sabio. La oscura mentira era una infidelidad.
El rey Ocos había muerto no hacía mucho. Si le hubiera matado la enfermedad, pocos hubieran llorado; pero se decía que la enfermedad no había sido muy grave, que le había matado la medicina. Bagoas llevaba muchos años encumbrado muy alto en el reino, al lado del rey, pero el joven Arses había alcanzado la edad adulta y se había casado recientemente. Ocos, con un heredero adulto y nietos, había empezado a reducir el poder de Bagoas. Murió al poco tiempo.
- Por consiguiente ―dijo uno de los huéspedes de mi padre―, el trono se entrega ahora por medio de la traición aunque sea al heredero legítimo. Por mi parte, disculpo al joven Arses, jamás he oído nada en contra del honor del muchacho. Pero su juventud duplicará el poder de Bagoas; a partir de ahora, éste será prácticamente el rey. Jamás eunuco alguno había subido tan alto.
- No es frecuente ―repuso mi padre―. Pero a veces les domina esta ansia de poder. Tal vez ello se deba al hecho de que no tendrán hijos.
Al verme a su lado me tomó en brazos. Alguien pronunció una bendición.
El huésped de mayor rango que había seguido la corte a Susa, a pesar de que sus tierras se hallaban en las cercanías de Persépolis, dijo:
- Todos estamos de acuerdo en que Bagoas no tiene que gobernar. Pero veamos cómo le maneja Arses. Aunque sea joven, creo que el cortesano ha hecho la cuenta sin el soberano.
No sé qué hubiera hecho Arses si sus hermanos no hubieran sido envenenados.
Fue entonces cuando empezó a contar a sus amigos.
Los tres príncipes se llevaban muy poco tiempo de diferencia. Los tres habían estado muy unidos. Los reyes suelen variar en relación con sus parientes, pero no fue así en el caso de Arses. El jefe palaciego desconfiaba de sus reuniones privadas. Los dos hermanos menores, casi sin solución de continuidad, experimentaron retortijones y murieron.
Poco después llegó un mensajero a nuestra casa; su carta ostentaba el sello real. Yo fui la primera persona con quien se tropezó mi padre una vez que se hubo marchado el hombre.
- Hijo mío ―dijo―, pronto tendré que marcharme; el rey me ha llamado. Recuérdalo, es posible que lleguen tiempos en que sea necesario defender la Luz contra la Mentira ―me apoyó la mano en el hombro―. Es triste que compartas en estos momentos el nombre con un malvado, pero no será por mucho tiempo si Dios lo quiere. Y este monstruo no puede transmitirlo. Tú serás quien lo transmita con honor, tú y los hijos de tus hijos.
Me levantó en brazos y me besó.
Mandó fortificar la fortaleza. Había un despeñadero por un lado y una torre de vigilancia en lo alto del camino montañoso; pero ordenó que se levantaran otras dos hiladas sobre las murallas con mejores rendijas para los arqueros.
La víspera de su partida subió a la fortaleza un grupo de guerreros. Su carta ostentaba el sello real. No sabíamos que procedía de la mano de un muerto. Arses había corrido la misma suerte que sus hermanos; sus hijos pequeños habían sido eliminados; se había borrado la descendencia masculina de Ocos. Mi padre contempló el sello y ordenó que se abrieran las puertas. Entraron los hombres a caballo.
Habiéndolo observado todo, regresé al jardín que había bajo la torre para entretenerme con juegos infantiles. Escuché gritos y fui a ver. Cinco o seis hombres arrastraban a través de la puerta a un hombre con rostro espantoso. Tenía la parte central ensangrentada y vacía; la sangre manaba penetrándole en la boca y empapándole la barba. Le habían quitado la capa y tenía los hombros cubiertos de sangre porque le habían cercenado las orejas. Lo conocí por las botas. Era mi padre.
Incluso ahora me pregunto cómo lo dejé correr al encuentro de la muerte sin articular palabra alguna, mudo de horror. Supongo que él debió comprenderlo porque cuando habló lo hizo con esta finalidad. Mientras le arrastraban fuera, me gritó con una áspera voz horriblemente alterada por la herida que presentaba en la parte donde antes había estado la nariz:
- ¡Nos ha traicionado Orxines! ¡Orxines, recuerda este nombre! ¡Orxines!
Con la boca abierta y gritando, el rostro parecía más aterrador que antes. No sé si escuché las palabras que pronunció. Me quedé como petrificado mientras lo obligaban a arrodillarse y le adelantaban la cabeza tomándolo por el cabello. Les costó cinco o seis golpes de espada partirle el cuello.
Mientras lo hacían, olvidaron vigilar a mi madre. Ésta debió correr a lo alto de la torre; en cuanto murió mi padre se arrojó al vacío y no pudieron divertirse con ella. Gritó al caer, pero pienso que lo hizo porque advirtió demasiado tarde que yo estaba debajo. Fue a golpear contra el suelo, a una lanza del lugar en que yo me encontraba, y se le abrió el cráneo.
Espero que el espíritu de mi padre haya podido contemplar su rápida muerte. Podían haberle arrancado la nariz y las orejas después de haberle cercenado la cabeza. Cuando se la hubieran traído, el usurpador no hubiera podido adivinarlo.
Mis hermanas tenían doce y trece años. Había otra de unos nueve, hija de una segunda esposa de mi padre que había muerto de fiebre. Las oí gritar a las tres. No sé si las dieron por muertas una vez que hubieron terminado con ellas los hombres, o bien se las llevaron vivas.
Al final, el capitán del grupo me acomodó sobre su caballo y bajó conmigo colina abajo. Colgada de la mantilla de la silla se hallaba la ensangrentada bolsa que contenía la cabeza de mi padre. Con la poca fuerza de discurrir que me quedaba, me pregunté por qué se habrían compadecido de mí únicamente. Supe la respuesta aquella misma noche.
No me conservó consigo mucho tiempo porque necesitaba dinero. En el patio del tratante de Susa, la ciudad de los lirios, permanecí de pie totalmente desnudo mientras ellos bebían vino de dátiles en unas pequeñas copas y regateaban acerca del precio. A los muchachos griegos se les educa a no sentir vergüenza y están acostumbrados a la desnudez; nosotros somos más modestos. En mi ignorancia pensé que no hubiera podido caer más bajo.
Hacía escasamente un mes, mi madre me había reprendido por mirarme en su espejo diciéndome que era demasiado joven para presumir. No había tenido tiempo más que de mirarme fugazmente el rostro. Mi nuevo propietario tenía otras cosas que añadir.
- Un auténtico pura sangre, la antigua raza persa, la gracia de un corzo. Mirad qué huesos tan delicados, qué perfil; date la vuelta, muchacho; el cabello reluciente como el bronce, liso y fino como la seda de China. Ven aquí, muchacho, deja que lo acaricien. Cejas trazadas con pincel fino. Y estos ojos tan grandes pintados con bistre... Ajá, ¡estanques en los que se ahoga el amor! Estas manos tan finas no se estropearán fregando suelos. No me digas que te han ofrecido mejor mercancía en cinco o diez años.
Cada vez que él se interrumpía, el tratante le decía que no quería salir perdiendo. Al final le hizo la última oferta; el capitán dijo que aquello era robar a un hombre honrado, pero el tratante dijo que había que contar con el riesgo.
- Perdemos a uno de cada cinco cuando los castramos.
«Castrarlos», pensé mientras la mano del terror cerraba la puerta de la comprensión. Había visto cómo lo hacían con los bueyes en casa. No hablé ni me moví. No imploré nada. Sabía que no podía esperar piedad alguna del mundo.
La casa del tratante era fuerte como una prisión y los muros del patio tenían quince pies de altura. A un lado había un cobertizo en el que llevaban a cabo las castraciones. Primero me purgaron y casi mataron de hambre porque se considera que de esta forma es más seguro; me acompañaron al interior, frío y vacío, y vi la mesa con los cuchillos y la estructura con una especie de moldes para las piernas separadas a la que te atan, con negras manchas de sangre reseca y sucias correas. Me arrojé entonces a los pies del tratante y se los abracé llorando. Pero fueron para mí como mozos de granja ante los lamentos de un ternero. No me hablaron, me desnudaron mientras hablaban entre ellos de no sé qué chismorreos de mercado, hasta que empezaron, y yo no supe de otra cosa más que el dolor y de mis propios gritos.
Dicen que las mujeres olvidan los dolores del parto. Es que se hallan en manos de la naturaleza. Ninguna mano tomó la mía. Fui un cuerpo de dolor en una tierra y cielo de tinieblas. Sólo la muerte conseguirá que lo olvide.
Había una anciana esclava que me vendó las heridas. Era hábil y limpia porque los muchachos eran mercancía y, tal como me dijo en cierta ocasión, la azotaban si perdían a alguno. Los cortes apenas se me ulceraron; solía decirme que me habían hecho un buen trabajo y más tarde, añadía, riéndose, yo saldría ganando. De nada me servían sus palabras y sólo sabía que se reía de mi dolor.
Cuando sané me vendieron en pública subasta. De nuevo permanecí de pie desnudo, pero esta vez ante la gente que me miraba. Desde la plataforma en que me encontraba podía ver los brillantes destellos del palacio en el que mi padre había prometido presentarme al rey.
Me compró un mercader de piedras preciosas, si bien fue su esposa quien me escogió, señalándome con el dedo de uñas pintadas de rojo desde su silla de manos encortinadas. El subastador se había demorado y había insistido; el precio le había decepcionado. A causa del dolor y los sufrimientos, había perdido carne e indudablemente buena parte de mi postura. Me habían atiborrado de comida, pero yo la había vomitado casi toda, como si mi cuerpo se negara a vivir; y así se libraron de mí. La esposa del joyero quería a un agraciado servidor que la distinguiera de las concubinas y yo le bastaba. También poseía un mono de verde pelaje.
Me encariñé con el mono de cuya alimentación estaba encargado. Cuando me veía, volaba hacia mí saltando por el aire y se me agarraba al cuello con sus negras y duras manecitas. Pero un día ella se cansó y lo vendió.
Todavía era joven y vivía al día. Pero cuando vendieron al mono empecé a reflexionar. Jamás sería libre; me comprarían y venderían como al mono; y jamás sería un hombre. De noche yacía despierto pensando en ello y de día me parecía que sin la virilidad me había hecho viejo. Ella me dijo que tenía aspecto enfermizo y me facilitó un remedio que me produjo intensos retortijones. Pero no era cruel y jamás me azotaba a menos que rompiera algo que apreciara.
Encontrándome en casa del comerciante se proclamó al nuevo rey. Al haberse extinguido la descendencia directa de Ocos, sólo era real por parentesco indirecto pero parecía que el pueblo le amaba. Datis, mi amo, no traía ninguna noticia al harén pensando que la única ocupación de las mujeres era la de agradar a los hombres y que la de los eunucos era la de vigilarlas. Pero el jefe de los eunucos nos traía todos los chismorreos del bazar complaciéndose en su propia importancia. ¿Por qué no, si era lo único que tenía?
Darío, el nuevo rey, decía, poseía belleza y valor. Cuando Ocos se hallaba en guerra con los cardusios y su gigantesco campeón había desafiado a los guerreros del rey, sólo se había adelantado Darío. Tenía seis pies y medio de estatura y había traspasado al hombre con un solo venablo, y desde entonces había vivido rodeado por la fama. Había habido consultas y los magos habían escrutado los cielos pero nadie se había atrevido en el consejo a oponerse a la elección de Bagoas, al que temían demasiado. No obstante, parecía que hasta aquellos momentos el nuevo rey no había matado a nadie. Se decía que era bondadoso e indulgente.
Mientras agitaba el abanico de pavo real de mi ama, recordé la fiesta del cumpleaños de mi padre, la última de su vida; los huéspedes subiendo por la colina y entrando a través de la puerta, los sirvientes encargándose de los caballos; mi padre, conmigo al lado, dándoles la bienvenida. Uno de los hombres superaba con mucho la estatura de todos los demás y ofrecía un aspecto tan guerrero que ni siquiera a mí se me había antojado viejo. Era apuesto, con todos los dientes sanos, y me había levantado en brazos como a un niño pequeño provocándome la risa. ¿No se llamaba Darío? Pero tanto si era un rey como otro, pensé mientras seguía agitando el abanico, ¿qué se me daba a mí?
La noticia pronto perdió interés y entonces empezaron a hablar de Occidente. Allí vivían bárbaros de los que yo había oído hablar a mi padre, salvajes de cabello rojizo que se pintaban de azul; vivían al norte de los griegos, la tribu llamada de los macedonios. Primero habían efectuado incursiones, después habían tenido la osadía de declarar la guerra, y los sátrapas de la costa se estaban armando. Pero ahora se decía que poco después de la muerte del rey Arses, también había sido asesinado su rey en el transcurso de un espectáculo público al que había acudido sin escolta, según su bárbaro estilo. Su heredero no era más que un muchacho; por consiguiente, ya no había que preocuparse por ellos.
Mi vida transcurría entre los pequeños deberes del harén, haciendo las camas, portando bandejas, mezclando sorbetes de nieve de la montaña y limón, pintando las uñas de mi ama y recibiendo las caricias de las muchachas; Datis sólo tenía una esposa, y tres jóvenes concubinas que se mostraban amables conmigo sabiendo que al amo no le gustaban los muchachos. Pero si alguna vez las servía, mi ama me tiraba de la oreja.
Pronto me encomendaron pequeños recados: comprar alheña y alcohol y hierbas para los armarios de la ropa, y todas las cosas impropias de la dignidad de un jefe de los eunucos. Y me tropezaba con otros eunucos que también salían a comprar. Algunos eran igual que él, gordos y fofos, con pechos como de mujer y, aunque yo crecía muy aprisa, cuando veía a uno se me quitaban las ganas de comer. Otros estaban encogidos y arrugados como viejas marchitas. Pero algunos se mantenían altos y erguidos, con cierta apariencia de orgullo; me preguntaba a menudo cuál debía ser su secreto.
Estábamos en verano, los naranjos del patio de las mujeres perfumaban el aire mezclándose con el fragante sudor de las muchachas mientras éstas sumergían los dedos en el estanque de los peces. Mi ama me había comprado una pequeña arpa de las que se sostienen sobre las rodillas y le había pedido a una de las muchachas que me enseñara a pulsaría. Estaba cantando cuando entró corriendo el jefe de los eunucos casi sin resuello y temblando. Estaba deseando dar la noticia, pero se detuvo para secarse la frente y quejarse del calor, obligándonos a esperar. Podía adivinarse que era un gran día.
- Señora ―dijo―, ¡Bagoas ha muerto!
Todo el patio empezó a gorjear como una bandada de estorninos. Mi ama agitó la regordeta mano para pedir calma.
- ¿Pero, cómo? ¿No sabes nada más?
- Si, señora ―volvió a secarse la frente hasta que ella le invitó a que se sentara; sentado en el cojín, miró a su alrededor como un narrador de historias de mercado―. Es la comidilla de palacio porque ha sido presenciado por muchos, como veréis. Ya sabéis, señora, que sé dónde preguntar; si algo puede saberse, yo me entero. Parece ser que ayer el rey recibió en audiencia a Bagoas. Tratándose de hombres de tanto rango, sólo se sirven vinos selectos, claro. Se trajo el vino y se escanció en copas incrustadas de oro. El rey tomó la real, Bagoas la otra, y el cortesano espero a que bebiera el rey. Durante un rato, éste sostuvo la copa en la mano hablando de cosas intrascendentes y observando el rostro de Bagoas; después hizo ademán de ir a beber pero volvió a bajar la copa, mirando a Bagoas en silencio. Después le dijo así:
»- Bagoas, has sido fiel servidor de tres reyes. Un hombre tal merece que se le honre. Aquí está mi copa para que bebas a mi salud; yo beberé de la tuya.
»- El copero se la entregó a Bagoas y le dio la otra al rey.
»- Alguien que me hizo el honor de confiar en mí me dijo que el rostro del jefe palaciego se puso del color del pálido cieno del río. El rey bebió y se produjo el silencio.
»- Bagoas ―dijo el rey―, yo he bebido; estoy esperando que bebas a mi salud. Entonces Bagoas se acercó la mano al pecho, tomó aliento y le rogó al rey que le disculpara; se sentía desfallecido y suplicaba su venia para retirarse. Pero el rey le dijo―: "Siéntate, el vino será tu mejor medicina. ―El cortesano se sentó porque pareció que se le estaban doblando las rodillas, mientras la copa temblaba en su mano y se derramaba el vino. Después, el rey se inclinó hacia adelante en su asiento elevando la voz para que todos lo oyeran―: Bébete el vino, Bagoas, porque te lo digo y no miento: cualquier cosa que haya en esa copa, más te vale beberla.
»Bagoas bebió y, cuando iba a levantarse, la guardia real lo rodeó con sus afiladas lanzas. El rey esperé a que le hiciera efecto el veneno antes de retirarse y dejar que lo vieran morir. Me dicen que tardó una hora.
Se produjeron grandes exclamaciones, como monedas que cayeran en el gorro del narrador de historia. El ama preguntó quién había advertido al rey. El jefe de los eunucos miró con astucia y bajó la voz.
- El copero real ha recibido una túnica de honor. Señora, ¿quién sabe? Algunos dicen que el rey mismo tuvo en cuenta el destino de Ocos; que cuando se cambiaron las copas el jefe palaciego leyó la expresión de su rostro pero no pudo hacer nada. Que la mano de la discreción cubra la boca prudente.
Por consiguiente, el divino Mitra, Vengador del Honor, se había mostrado fiel a sí mismo. El traidor había muerto por traición, tal como debía ser. Pero el tiempo de los dioses no es como el tiempo de los hombres. Mi tocayo había muerto tal como me había prometido mi padre, pero había muerto demasiado tarde para mí y para todos los hijos de mis hijos.
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El muchacho persa
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