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Los persas tenemos un dicho según el cual las cosas hay que considerarlas primero embriagado y después sereno.
A la mañana siguiente me desperté en mi jergón de la habitación de Nabarzanes en el que había dormido sin ser molestado como si fuera un pariente. La cabeza apenas me dolía; el vino había sido excelente. Los cantos de los pájaros, al amanecer, llenaban los bosques. Intentando recordar dónde me hallaba, vi al otro lado de la habitación a mi anfitrión todavía dormido. Se me agitó la memoria con la sensación de que se estaba cerniendo sobre mí algo terrible.
Habíamos hablado y bebido, bebido y hablado. Recordé haber dicho: «¿Es cierto que se pintan de azul?» Y me pareció que más tarde él me había abrazado cálida y castamente, había impetrado para mí la bendición de los dioses y me había besado. Yo debía haber consentido.
En el campamento se escuchó el prolongado ladrido de un perro. Los hombres estaban empezando a levantarse. Era necesario que reflexionara antes de que él se despertara. Estaba volviendo a recordar parte de la conversación. «De ti depende. No te he engañado. Te enterarías de la verdad cuando yo me hubiera marchado y, caso de prosperar, podrías convertirte en un peligroso enemigo. Pero te has mostrado leal a Darío ante mí que soy quien lo mató. Confío en que manifestarás la misma lealtad. Dirás de mí lo que hayas visto.»
También me había dicho: «Cuando ostentaba el mando, me encargué de averiguar cómo era Alejandro. Hay que conocer al propio enemigo. Entre otras cosas de mayor utilidad, averigüé que su orgullo se extiende hasta la alcoba. Jamás se ha acostado ni con un esclavo ni con un cautivo. Creo que lo primero que te preguntará es si eres libre y si has acudido allí de buen grado.»
- Bueno ―había respondido yo―, en este caso ya sabré qué contestarle.
Un pajarillo se posó sobre la ventana de madera cantando con tanta fuerza que la garganta le pulsaba como un corazón. Nabarzanes seguía durmiendo profundamente, como si su cabeza no tuviera precio. Recordaba que también me había dicho: «Que yo sepa, en dos ocasiones hombres que pretendían ganarse su favor le han ofrecido muchachos griegos famosos por su belleza. Y él se negó indignado. Pero, mi querido Bagoas, creo que ninguno de estos aduladores se tomó jamás la molestia de ofrecerle mujeres.»
Me pareció recordar que había tomado entre sus dedos un rizo de mis cabellos todavía húmedo a causa del baño. Para entonces ya estábamos embriagados. «No hace falta mucha fortaleza ―dijo― para resistirse a un hombre por escrito con el añadido del adjetivo "hermoso". Pero la presencia viva, ¡ah! eso ya es otra cosa.»
¿Qué había sido mi vida, pensé, desde que el rey había muerto? No conocía ningún otro oficio con el cual ganarme la vida. De mí sólo habían pretendido una cosa, incluso Nabarzanes aunque fuera para otro hombre. Si seguía vagabundeando, pronto acabaría donde había empezado cuando tenía doce años.
Y, sin embargo, era espantoso separarme de todo lo que conocía para irme a vivir entre unos bárbaros. ¿Quién podía decirme cómo era aquel macedonio en la alcoba? En Susa había aprendido que el hombre de afuera puede ser una máscara de horrores. Además, ¿y si no le gustaba?
Bueno, pensé, mejor el peligro desconocido que unas miserias que fueran apareciendo lentamente como la lepra hasta que al final llevara una vida cuya sola idea me hiciera desear la muerte. Había que arrojar el dado, tanto si ganaba como si perdía. Que así fuera.
Nabarzanes se desperezó, bostezó y me sonrió. Esperó al desayuno para decirme:
- ¿Se muestra de acuerdo el sereno con el embriagado?
- Si, iré. Con una condición: que me ofrezcan un caballo. Ya estoy harto de andar. Y si vas a regalarme al hombre más rico del mundo, es necesario que mi aspecto merezca la pena.
- ¡Bien empiezas! ―me dijo riéndose―. Jamás te abarates con Alejandro. Tendrás también vestidos, no esta ropa temporal que llevas. Te los enviaré a buscar a Zadrakarta. De todas formas, tenemos que esperar a que se te curen esos arañazos. Ahora que te veo a la luz del día, comprendo que has tenido un viaje muy duro ―me tomó el rostro entre sus manos―. No son más que rasguños superficiales. Cuestión de pocos días.
Cuatro días más tarde, nuestra cabalgata inició la marcha en dirección al campamento de Alejandro.
Nabarzanes había sido generoso. Mi caballo, de color castaño con crines y cola rubia, era más hermoso, si cabe, que mi pobre Tigre. Me había ofrecido dos preciosos trajes, el mejor de ellos, que era el que llevaba, con botones de oro y mangas bordadas.
- Lamento, mi querido muchacho ―me había dicho―, no poder devolverte el puñal. Alejandro pensaría que le envío un asesino.
Detrás seguían los caballos nisayanos con deslumbrantes quijeras y bridas y sillas orladas de oro. Nabarzanes cabalgaba a mi lado, vestido como suplicante, seria pero decorosamente, tan bien criado como sus caballos. Esperaba que Mitra me perdonara que experimentara hacia él buenos sentimientos.
Delante cabalgaba el guía, un oficial macedonio que hablaba algunas palabras persas. Nos señaló el campamento en la llanura de abajo, al pie de las montañas y junto a un río. No era muy grande. Alejandro había dividido sus fuerzas con objeto de que exploraran la montaña y guarnecieran las plazas fuertes, razón por la cual sólo se encontraba a su lado su propia guardia. Distinguimos su tienda. Era imponente y parecía persa.
Nabarzanes dijo:
- La tomó en Isos. Era la tienda de Darío. La reconocería en cualquier parte.
Jamás hablaba de Isos sin amargura. Recordé a aquellos hombres suyos de Babilonia que habían comentado lo bien que había combatido hasta que se había producido la huida del rey.
Entramos en el campamento entre macedonios que nos contemplaban mientras nos acercábamos al espacio que se abría ante la tienda. Unos criados se hicieron cargo de nuestros caballos. Nabarzanes fue anunciado a Alejandro, que no tardó en salir.
¡Con cuánta claridad le recuerdo aún ahora, como un extraño para mí! No era de estatura tan baja como me había imaginado. Desde luego que al lado de Darío hubiera parecido un niño. El joven macedonio, que lo seguía también, era más alto. Era de estatura mediana, pero supongo que la gente esperaba que su estatura estuviera de acuerdo con sus hazañas.
Artabazos había dicho que hasta en Persia hubiera sido llamado hermoso. En aquellos momentos, hacía poco que había dejado de cabalgar por espacio de muchos días utilizando un yelmo abierto en lugar de gorro, por lo que el sol lo había quemado. Siendo de piel blanca, estaba muy enrojecido, color que no es muy apreciado entre nosotros, porque nos recuerda a los salvajes del norte. Pero su cabello no era pelirrojo como el de éstos, sino rubio claro. Lo llevaba cortado de cualquier manera hasta una longitud intermedia entre el cuello y los hombros. No lo tenía ni rizado ni liso, pero le caía como una reluciente melena. Cuando se volvió hacia el intérprete, advertí que sus facciones eran muy delicadas a pesar de la cicatriz, por corte de espada, que tenía en un pómulo.
Al cabo de un rato, Nabarzanes se inclinó y le mostró los presentes, después me miró a mí. Me encontraba demasiado lejos para poder oír sus palabras, pero Alejandro me miró, y por primera vez pude verle los ojos. Los recuerdo como si fuera ayer. Recuerdo, en cambio, con menos claridad mis propios sentimientos, una especie de impresión, la sensación de que hubieran debido prepararme más convenientemente.
Me aproximé con la mirada baja y efectué la postración. Él me dijo en persa:
- Puedes levantarte.
Por aquel entonces apenas conocía nuestro idioma, pero había aprendido esta frase junto con las palabras de saludo. No estaba acostumbrado a que se postraran ante él en el suelo y estaba claro que se sentía incómodo. Uno se levanta aunque no se le ordene pero nadie había querido decírselo.
Me quedé de pie ante él con los ojos bajos, tal como debe hacerse ante un rey. Él me llamó de repente:
-¡Bagoas!
Yo me sobresalté entonces y lo miré tal como él quería.
Me sonrió como lo hubiera hecho al ver asustado al hijo de un extraño y le dijo al intérprete:
- Pregúntale al muchacho si está aquí por su propia voluntad.
- Majestad ―dije yo―, hablo un poco de griego.
- Lo hablas muy bien ―me dijo, sorprendido―. ¿Es que Darío también lo hablaba?
- Sí, majestad.
- Entonces ya sabes lo que acabo de preguntar.
- Le contesté que había acudido allí libremente, esperando el honor de poder servirle.
- Pero vienes con el hombre que mató a tu amo. ¿Cómo es posible?
Su mirada había cambiado. No se proponía asustarme, pero me miró con frialdad, y eso fue suficiente.
Nabarzanes se había retirado a una distancia cortés y Alejandro se limitó a mirarlo. Recordé entonces que aquél no hablaba griego.
- Majestad ―dije―, Darío me colmó de amabilidades. Siempre lo lloraré. Pero Nabarzanes es un soldado. Creyó que ello era necesario ―observé que sus ojos cambiaban, como si hubiera comprendido algo―. Se arrepiente sinceramente; lo sé.
Él guardó silencio y después preguntó bruscamente:
- ¿Ha sido tu amante?
- No. Sólo mi anfitrión.
- ¿Entonces no es por eso por lo que lo justificas?
- No, majestad ―creo que fueron sus ojos más que el consejo de Nabarzanes los que me dijeron que no me abaratara―. Si fuera mi amante, no lo abandonaría.
Arqueó las cejas y después se volvió con una sonrisa hacia el joven que se hallaba situado a su espalda.
- ¿Oyes eso, Hefaistión? Un buen defensor.
El joven, sin inclinarse ni decir «majestad», repuso:
- De todos modos, hubieran podido por lo menos rematarlo.
Para mi asombro, Alejandro no advirtió la falta de respeto.
- Les estábamos pisando los talones ―dijo―. Tenían prisa. Yo no sabía que hablaba griego. ¡Si hubiera llegado a tiempo!
Contempló los caballos, los alabó a través del intérprete e invitó a Nabarzanes a pasar al interior de la tienda.
Yo esperé junto a los inquietos caballos mientras los macedonios me miraban. Entre los persas, el eunuco sabe que se le reconoce por la ausencia de barba. Se me antojaba extraño encontrarme entre un grupo de jóvenes, ninguno de los cuales llevaba barba. Alejandro se afeitaba desde la adolescencia y quería que siguieran su ejemplo. Los soldados persas hubieran matado a cualquiera que les hubiera dicho que se hicieran semejantes a los eunucos, pero no creo que a los macedonios les hubiera pasado siquiera tal idea por la cabeza. No tenían eunucos. Yo era el único.
Nadie me importunó. Había disciplina, pero no la reverencia que cabe esperar alrededor de un rey. Paseaban y me miraban y comentaban mi aspecto como si fuera un caballo, sin saber que yo los entendía. A los de menor rango no podía entenderlos; pero, aunque hablaban macedonio, que en modo alguno se parece al griego, comprendía lo que querían decir. Me esforcé por vencer unas lágrimas de sufrimiento. ¿Qué sería de mí entre aquella gente?
Se abrieron las colgaduras de la entrada de la tienda y salió Alejandro acompañado del intérprete y de Nabarzanes. El rey dijo algo y extendió la mano derecha. Comprendí a través de la expresión de Nabarzanes que se trataba de un gesto de perdón.
Éste pronunció un amable discurso de lealtad y recibió el permiso de marcharse. Dirigiéndose a mí, me dijo solemnemente (el intérprete estaba escuchando):
- Bagoas, sirve a tu nuevo amo tan bien como serviste al anterior.
Al dirigirse al caballo me guiñó el ojo.
Regresó a sus tierras ancestrales y a su harén y debió vivir allí tranquilamente, tal como había esperado. Jamás volví a verlo.
Alejandro ordenó que se llevaran los caballos y después se volvió hacia mí como si acabara de acordarse de mi presencia. He visto hacerlo mejor. Por un instante, hubiera podido jurar que había visto una mirada inconfundible. Cuando es dura y presumida, constituye un mal presagio, pero a veces denota suavidad. Se desvaneció totalmente antes de que pudiera estar seguro y sólo quedó la firmeza de un soldado.
- Bien, Bagoas, seas bien recibido a mi servicio. Ve a ver a Chares, el jefe de los asistentes reales, y éste te indicará tus aposentos. Te veré más tarde.
Bueno, pensé, está muy claro.
El sol se estaba poniendo y mi espíritu se entristecía por momentos. Me pregunté a qué hora debía acostarse.
Comí con los servidores que se encargaban de los archivos. No había ningún otro lugar para personas como yo, como no fuera entre los soldados o los criados. La comida era basta y poco condimentada, pero, al parecer, no estaban acostumbrados a nada mejor. Al cabo de un rato, uno de ellos me preguntó cómo se llevaban los archivos en Susa; al responderles satisfactoriamente, se mostraron más amables conmigo, pero no me ofrecieron consejo alguno con vistas a mis obligaciones. No quise preguntarles qué señal utilizaba el rey para indicar que uno se quedara cuando los demás se retiraban. Cualquier eunuco hubiera sido más servicial que aquella gente.
El rey ya estaba cenando en compañía de sus oficiales. Yo regresé al lado de Chares, un macedonio de alto rango. Su actuación no se me antojó muy esmerada. Para un persa aun encontrándose en un campamento, su forma de actuar hubiera resultado chapucera. Cuando me presenté, me pareció que no sabía dónde ponerme, pero al ver mis elegantes vestiduras (a este respecto me sentía grandemente en deuda con mi anterior anfitrión) me entregó una toalla mojada y otra seca para que el rey se limpiara las manos. Yo me quedé de pie junto a su asiento y él utilizó las toallas, pero tuve la impresión de que no me esperaba.
Ya había oído hablar de su bárbara manera de beber vino junto con la carne. Pero nadie me había preparado para la libertad de expresión que el rey permitía. Lo llamaban Alejandro, sin anteponer titulo alguno, como si fuera uno de ellos; se reían estrepitosamente en su presencia y, en lugar de reprenderlos, él se unía a sus risas. El único respeto que le demostraban era el hecho de no interrumpirlo cuando hablaba.
Discutían acerca de sus campañas como soldados con el propio capitán. En determinado momento dijo uno de ellos:
- No, Alejandro, eso fue el día anterior.
Y no recibió reprimenda alguna sino que todos siguieron discutiendo. «¿Cómo conseguirá que lo obedezcan en las batallas?», pensé.
Cuando hubieron terminado de comer (comida parecida a la de los campesinos en día de fiesta, sin dulces ni nada), se retiraron todos los criados menos los coperos. Me dirigí por tanto a la alcoba del rey para prepararle la cama. Me sorprendió que ésta no fuera mucho mejor que la de un soldado cualquiera, con apenas sitio para dos personas. Había algunas hermosas vasijas de oro, supongo que de Persépolis, pero el mobiliario estaba integrado exclusivamente por la cama, un taburete para la ropa, un aguamanil, un escritorio con una silla, un estante de rollos de papel y una hermosa bañera con incrustaciones de plata que debía haber pertenecido a Darío y que seguramente fue tomada junto con la tienda.
Busqué a mi alrededor el pulverizador del perfume pero no lo encontré. En aquellos momentos entró un muchacho macedonio aproximadamente de mi edad y me preguntó:
- ¿Qué estás tú haciendo aquí?
Se diría que había sorprendido a un ladrón. No correspondí a su grosería y le dije que acababa de entrar aquel día al servicio del rey.
- Pues ahora me entero ―dijo―. ¿Quién eres tú para fisgonear por aquí sin permiso? Estoy de guardia y me imagino que habrás venido a envenenarlo.
Llamó a otro muchacho que vino del exterior y ambos estaban a punto de ponerme las manos encima cuando entró un joven. Los muchachos se quedaron cabizbajos antes incluso de que éste hablara.
- ¡En nombre de Zeus! ―dijo―. ¿Es que no sabes montar guardia sin chillar y alborotar como un mozo de mercado, Antikles? Te he escuchado desde fuera. Tendrás suerte si no te ha oído el rey. ¿A qué viene todo esto?
El muchacho me señaló con el pulgar.
- Lo he encontrado aquí revolviendo las cosas del rey.
El joven arqueó las cejas.
- Hubieras podido preguntar a alguno de nosotros antes de armar este escándalo.
Estamos hartos de hacerte de niñera. No comprendo cómo soporta el rey a semejantes zoquetes.
El muchacho, súbitamente muy enojado, dijo:
- ¿Y tú cuánto tiempo pensabas ser su acompañante que todavía no has podido pasar de aquí? Estoy de servicio. ¿Es que tengo que permitir la entrada a cualquier castrado que hayan dejado los bárbaros?
El joven lo miró y enrojeció.
- Ante todo, no digas groserías; a Alejandro no le gusta. Por lo demás, puedes creerme si te digo que el muchacho tiene permiso para entrar aquí. He oído que Alejandro hablaba con él. No quiero exigirte ningún otro esfuerzo de comprensión. ¡Por el perro de Egipto! Si fuera la mitad de necio de lo que tú eres me ahorcaría.
Los muchachos murmuraron por lo bajo y se fueron. El joven me dirigió una prolongada mirada, me sonrió amablemente y también se fue. No entendía nada.
Junto con tropas de refuerzo desde Macedonia, el rey había recibido también a una nueva remesa de acompañantes. Según la usanza macedonia, de este servicio se encargaban los hijos de los nobles y parte del mismo consistía en guardar su persona de noche. El tiempo habitual de servicio era de dos o tres años, pero en los cuatro años que habían durado las guerras, los muchachos acompañantes con los que había empezado se habían convertido en hombres adultos. Los había escogido personalmente en Macedonia; ellos conocían sus costumbres y él estaba acostumbrado a que las cosas fueran como la seda. Ahora, habiendo pasado al arma de caballería, estaban encargados de adiestrar a los nuevos muchachos a quienes despreciaban grandemente. Todo eso lo averigüé más tarde.
Ahora me encontraba solo en la tienda. Al parecer, nadie esperaba para ayudar al rey a desnudarse. Pero era indudable que no tardaría en venir. Encendí la lámpara de noche utilizando la llama de la del techo y la coloqué al lado de la cama. Después me dirigí a un rincón vacío y me senté con las piernas cruzadas pensando en mi destino.
Oí voces en el exterior. Entró el rey en compañía de dos oficiales. Estaba claro que éstos habían entrado simplemente para proseguir la conversación y que no le ayudarían a acostarse. Era extraño. Tal vez no quería que ellos supieran que había mandado llamarme. Permanecí, por tanto, inmóvil en mi oscuro rincón.
Cuando se hubieron marchado, me disponía a levantarme para desnudarlo cuando él empezó a pasear arriba y abajo como si estuviera solo. Me pareció que deseaba que le dejaran reflexionar en paz. Uno aprende a saber estarse quieto.
Siguió paseando arriba y abajo con la cabeza ladeada y como si mirara fuera de la tienda. Al cabo de un rato, se sentó junto a la mesa, abrió un díptico de cera y empezó a escribir. Se me antojó una tarea extraña tratándose de un rey, disponía de escribanos que hubieran podido transcribir lo que él les hubiera mandado. Durante todo el tiempo que permanecí al lado de Darío nunca le vi tomar un instrumento de escritura.
De repente, sin hablar con los guardianes que había fuera, sin detenerse en la entrada, entró un joven. Le conocía. Acompañaba al rey cuando Nabarzanes me había traído. El hombre se le acercó por detrás y lo tomó por el cabello.
Me sentía demasiado aterrorizado para poder gritar. En un instante, pensé en miles de horrores. Tendría que esconderme en el bosque antes de que fuera descubierto el cadáver. El asesino se proponía acusarme, sabiendo que el rey había mandado llamarme. Me encontraba a tres días de la muerte.
Entonces, al levantarme para huir, comprendí que no se había descargado ningún golpe; el recién llegado no iba armado; y el rey, que era un hombre de movimientos rápidos, no había ofrecido resistencia alguna. No le habían echado la cabeza hacia atrás y tampoco le habían cortado la garganta. El otro le estaba simplemente despeinando el cabello tal como haría un hombre con un niño.
El asombro me dejó de piedra. Lo había comprendido. El hombre ―recordé su nombre, se llamaba Hefaistión― inclinó ahora la cabeza junto a la del rey para leer lo que éste escribía. Volviendo un poco en mí, regresé lentamente a la protección de la sombra. Ambos se dieron la vuelta y me vieron.
El corazón casi me dejó de latir. Me postré y besé el suelo. Cuando me levanté, Hefaistión estaba mirando al rey con las cejas arqueadas medio riéndose. El rey, sin embargo, me miró fijamente y no se rió.
- ¿Por qué estas aquí? ―me preguntó.
Mis conocimientos de griego me fallaron. Él me indicó por señas que me acercara, me examinó con sus duras y firmes manos y dijo:
- No hay armas. ¿Cuánto rato llevas aquí?
- Majestad, desde después de la cena ―no me atrevía a recordarle que había enviado llamarme; sin duda deseaba olvidarlo―. Lo lamento. Yo... yo creía que tenía que serviros.
- Ya me has oído decir que más tarde te indicaría cuáles serían tus deberes.
Al escuchar estas palabras, la vergüenza me ruborizó todo el cuerpo y me quemó la cara. Gustosamente hubiera deseado que la tierra me tragara. No pude decir nada. Él advirtió mi confusión. Me dijo dulcemente y sin asomo alguno de aspereza:
- No te aflijas. Veo que no me has entendido bien. No estoy enojado contigo, Bagoas. Te concedo permiso para que te retires.
Efectué una reverencia y salí. El guardián nocturno se encontraba de pie, mirando hacia la lejanía. No tenía ningún amigo, nadie que pudiera aconsejarme. Tendría que aprender cuanto estuviera en mi mano.
El rey dijo:
- ¡Desde después de cenar! Y ni un sonido. Se mueve como un gato.
- Estaba paralizado de miedo ―repuso Hefaistión―. ¿Qué le has hecho, Alejandro, eh?
Se estaba riendo.
- Supongo ―dijo el rey― que debió pensar que ibas a matarme. Recuerda que está acostumbrado al estilo persa, y al estilo de la corte, por si fuera poco. ¡Pobre desgraciado! Era el muchacho de Darío. Le dije que lo vería más tarde y, como es natural, ha pensado que deseaba pasar la noche con él. Le he avergonzado y yo tengo la culpa. Me pareció que hablaba bien el griego. Hubiera debido utilizar los servicios del intérprete. Para cosas como ésta haría falta hablar un poco el persa.
- Sería peor. Bastante te costó aprender el griego. Bueno, ya tienes un profesor. Es posible que te sirva de algo; de momento, tendréis mucho de que hablar.
Uno de los guardianes se movió y tuve que alejarme sin poder escuchar más.
Mi lecho se encontraba en la tienda de los archiveros. Una antorcha que había fuera iluminaba débilmente la entrada. Dos de ellos estaban dormidos; el tercero, que parecía estarlo también, me miró a hurtadillas mientras me desnudaba. Era un final muy apropiado para un día espantoso. Me subí a la cama, mordí la almohada y la empapé con mis silenciosas lágrimas.
Recordé las promesas de Nabarzanes. ¡Qué perfidia! ¿Cómo era posible que no supiera aquello, sabiendo tantas cosas? Todo el ejército macedonio debía saberlo. ¿Cuánto tiempo debían llevar aquellos dos siendo amantes, comportándose de aquella forma y hablando de aquella manera? «Bastante te costó aprender el griego.» ¿Diez años?
El eunuco de la reina nos había dicho que ambos habían visitado juntos la tienda real y que la reina madre no había sabido ante cuál de ellos inclinarse. «No te preocupes, madre, no te has equivocado mucho; él también es Alejandro.» Ni siquiera se había molestado en ocultárselo a ella.
«¿Por qué ha aceptado mis servicios? ―pensé―. ¿Qué pretende de un muchacho? Él es el muchacho de otro. Y por lo menos debe tener veinticinco años.»
Uno de los archiveros estaba roncando. A pesar de mi enojo, pensé con añoranza en la casa de Nabarzanes. Mañana quedaría abandonada y al año siguiente se pudriría en el bosque. Así se pudriría en mí también todo lo que fuera persa, atravesando tierras extrañas en calidad de servidor en un ejército bárbaro.
Recordé que Nabarzanes había dicho a la bruma de la luz de la lámpara y del vino: «¿Qué se le puede ofrecer a un hombre semejante? Algo que lleva deseando mucho tiempo sin saberlo...» Bueno, me había engañado como había engañado a Darío. Hubiera debido suponerlo. Y, sin embargo, me había traído para ganarse el favor de Alejandro y jamás había alegado lo contrario. «Soy injusto ―pensé―. Debe haberlo hecho por ignorancia.»
Al poco rato, agotado a causa de las preocupaciones, caí dormido.
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El muchacho persa
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