Capítulo 3

Estuve algunos días en palacio, antes de ser presentado. Pensé que jamás podría orientarme entre aquel laberinto de esplendores; había por todas partes elevadas columnas de mármol, pórfido y malaquita con dorados capiteles y fustes retorcidos; por todas las paredes había relieves en color y más brillantes que la propia vida, en los que se observaban desfiles de guerreros, o bien portadores de tributos del lejano imperio dirigiendo toros o dromedarios cargados con fardos o tinajas. Si alguien se extraviaba, parecía que se encontrara entre una solemne multitud sin nadie a quién preguntar.

En el patio de los eunucos no se me recibió con demasiada cordialidad, porque estaba destinado a una posición de privilegio. Pero por la misma razón tampoco me maltrataron, para que no les guardara rencor.

Vi a Darío en el transcurso del cuarto día.

Había estado bebiendo vino y escuchando música. La estancia daba a un pequeño patio con surtidor, perfumado por el aroma de los linos: de las ramas de los árboles en flor colgaban jaulas de oro que albergaban a pájaros de brillantes colores. Los músicos estaban guardando los instrumentos junto al surtidor, pero el agua y los pájaros formaban un suave concierto de murmullos. El patio estaba cercado por elevados muros y éstos formaban parte del aislamiento de la estancia.

Se encontraba reclinado sobre los cojines mirando al patio; a su lado sobre la baja mesilla estaba la jarra del vino y una copa vacía. Reconocí inmediatamente en él al hombre que había acudido a la fiesta de cumpleaños de mi padre. Pero en aquella ocasión su atuendo había sido el que resulta apropiado para una larga subida a lomos de caballo por difíciles caminos. Ahora lucía una túnica color púrpura bordada en blanco y llevaba puesta la mitra ligera que utilizaba en los momentos de descanso. Tenía la barba peinada como seda y olía a especias árabes.

Avancé con la mirada baja siguiendo al copero. No hay que mirar al rey; por consiguiente, no pude saber si me recordaba o si había hallado favor ante él. Me postré tal como me habían enseñado y besé el suelo delante de él. Su calzado era de suave cabritilla teñida de carmesí y bordada con lentejuelas e hilo de oro.

El eunuco tomó la bandeja del vino y la depositó en mis manos. Al retirarme retrocediendo ante la Presencia me pareció oír un ligero crujido de los cojines.

Aquella noche fui admitido a la alcoba real para ayudar en la ceremonia del desnudamiento. No sucedió nada; sólo me dieron a sostener cosas hasta que la persona encargada de ello se las llevaba. Procuré demostrar gracia y dejar en buen lugar a mi maestro. Me pareció que éste me había facilitado una instrucción muy avanzada; en realidad, para ser un principiante, se mostraron bastante indulgentes conmigo. A la noche siguiente, mientras esperábamos la llegada del rey, un anciano eunuco, cada una de cuyas arrugas era indicio de su vasta experiencia, me murmuró al oído:

- Si Su Majestad te hace alguna seña, no te retires con los demás; espera a ver si tiene alguna cosa que ordenarte.

Recordé mi adiestramiento; vigilé sin levantar los párpados por si se producía la señal y, cuando nos hubimos quedado solos, reconocí la señal que me invitaba a desnudarme. Deposité mi ropa fuera del alcance de su vista y sólo fallé en lo de avanzar hacia él con la sonrisa en los labios. Estaba tan atemorizado que sabía que me iba a resultar una sonrisa avergonzada; me aproximé, serio y confiado en mi buena suerte, hacia el lecho que me estaba aguardando.

Al principio me besó y meció como si fuera una muñeca. Más tarde adiviné lo que exigía de mí porque había sido adiestrado y, al parecer, le resulté aceptable. Ciertamente, tal como me había dicho Oromedon, el placer no me condujo al dolor. Durante todo el rato que permanecí con él, no dio muestra alguna de saber que un eunuco puede sentir algo. Tales cosas no se le dicen al rey de reyes, a no ser que éste las pregunte.

Yo tendría que ser objeto de goce como los pájaros de llameante color carmesí, como el surtidor y los laúdes, y pronto conseguí que así fuera sin rebajar su dignidad. Jamás fui insultado o humillado, jamás fui tratado con aspereza. Era despedido con una palabra cortés en el caso de que él estuviera todavía despierto y, a la mañana siguiente, recibía con frecuencia un regalo. Pero yo también había aprendido a comprender el placer. El rey estaba acercándose a los cincuenta años y, a pesar de los baños y de los perfumes, empezaba a oler a viejo. Durante algún tiempo, en el lecho real, mi único deseo fue el de poder cambiar a aquel fornido hombre barbado de elevada estatura por el flexible cuerpo de Oromedon. Pero ni al jarro perfecto ni a la piedra preciosa pulida les está permitido escoger al propietario.

Cuando me sentía insatisfecho, me bastaba con recordar mi antigua suerte. El rey era un hombre agotado por el exceso de placeres pero en modo alguno dispuesto a abandonarlos. Hice por él lo que le hacía falta y se mostró conmigo satisfecho y benévolo. Cuando pensaba en los otros, con sus ásperas y ávidas manos, su apestoso aliento y vulgares deseos, me sorprendía de que hubiera podido quejarme alguna vez y procuraba mostrarle a mi dueño la gratitud que sentía.

Muy pronto ocupé buena parte de sus ratos de ocio. Me regaló un precioso caballo al objeto de que lo montara acompañándole en sus paseos por el jardín real. No me sorprendía que el Paraíso hubiera ocupado semejante lugar. Durante muchas generaciones los reyes habían mandado traer insólitos árboles y arbustos en flor procedentes de todos los puntos de Asia; a veces árboles enteramente crecidos con las raíces y la tierra que precisaban de una sucesión de carros de bueyes para el traslado y un ejército de jardineros para que los cuidaran por el camino. La caza era también escogida; las piezas eran acosadas de forma que se aproximaran al rey y, cuando éste alcanzaba alguna, todos aplaudíamos.

Un día el rey recordó que yo sabía cantar y quiso escucharme. Mi voz jamás fue maravillosa como la de algunos eunucos que superan con mucho a las mujeres tanto por la fuerza como por la dulzura; de muchacho la tenía bonita y clara. Fui por la pequeña arpa que mi ama me había comprado. El rey se sorprendió como si se tratara de una basura.

- ¿Qué es eso? ¿Por qué no has pedido un instrumento como es debido? exclamó, pero observó mi aflicción y siguió más amablemente. No; sé que tu modestia te ha impedido hacerlo. Pero llévatela. Cantarás cuando tengas algo adecuado.

Me entregaron un arpa de carey y madera de boj con llaves de marfil y recibí lecciones del maestro de música. Pero un día, antes de que hubiera aprendido las difíciles composiciones, sentado junto al surtidor al atardecer, recordé la sesgada luz del ocaso al otro lado del llano desde las murallas de mi hogar. Al pedirme el rey un canto, recordé uno que solían cantar los guerreros de mi padre junto a la hoguera.

Al terminar, el rey me hizo señas de que me acercara; observé que tenía los ojos bañados en lágrimas.

- Ese canto me dijo me trae el recuerdo de tu pobre padre. ¡Qué días pasados tan felices, cuando ambos éramos jóvenes! Fue un leal amigo de Arses, cuyo espíritu haya recibido el Dios Prudente; de haber vivido, hubiera sido recibido aquí como mi amigo. Puedes estar seguro, muchacho, de que jamás olvidaré que eres su hijo.

Me posó sobre la cabeza su mano enjoyada. Estaban allí dos de sus amigos y el jefe de los criados; por eso, a partir de aquel momento, cambió mi situación en la corte según sus deseos. Ya no era un muchacho comprado para el placer, sino un favorito de noble cuna y todos tenían que saberlo. Yo supe también que, si mi postura se estropeaba o desaparecía, el rey seguiría cuidando de mí.

Me ofrecieron una estancia encantadora en el piso de arriba con una ventana que daba al parque, y con esclavo propio, un egipcio que me atendía como a un príncipe. Tenía catorce años y estaba pasando de la infancia a la adolescencia. Le oí decir al rey a unos amigos que había previsto mi apostura y que yo no le había defraudado; no creía que en toda Asia pudiera haber belleza comparable a la mía. Sus amigos se mostraban de acuerdo en que yo superaba toda comparación. Y ciertamente aprendí a comportarme como si ello fuera cierto.

Su lecho estaba cubierto por un pabellón enrejado con una parra de oro puro de la que colgaban racimos constelados de joyas y una gran lámpara calada. A veces, por la noche, cuando ésta arrojaba sobre nosotros sus sombras en forma de hoja, el rey se quedaba de pie a mi lado junto a la cama y me giraba a un lado y a otro para que me iluminara la luz. Pensaba que esta posesión de los ojos debiera bastarle por respeto a su virilidad.

Sin embargo, otras noches deseaba diversión. Al parecer, el mundo está lleno de personas que desean siempre lo mismo, sin soportar el menor cambio; eso resulta aburrido pero no sobrecarga la capacidad inventiva. Al rey le gustaba la variedad y la sorpresa; por su parte, su capacidad de inventiva era limitada. Yo había puesto en práctica todo lo que Oromedon me había enseñado y empecé a preguntarme cuándo llegaría el día en que tendría que comenzar a instruir a mi sucesor. Sabía que antes que yo había estado un muchacho que había sido despedido al cabo de una semana porque al rey le había parecido insípido.

En busca de ideas, visité a la más famosa cortesana de Susa, una babilonia que afirmaba haber enseñado en no sé qué templo del amor de la India. Para demostrarlo, guardaba en su aposento un grupo en bronce (me figuro que debía haberlo adquirido de alguna caravana que había estado de paso) de dos demonios con seis o siete brazos cada uno haciéndose el amor mientras danzaban. Dudaba que ello pudiera complacer al rey pero no quería desanimarme. Tales mujeres suelen complacer de vez en cuando a algún eunuco porque les sobran los hombres, pero sus vulgares retorcimientos me desagradaron tanto que me levanté sin la menor cortesía y me vestí. Al depositar en su mano una moneda de oro le dije que le pagaría el tiempo que había perdido conmigo pero que no quería quedarme para educarla. Se enfureció tanto que no le salió la voz hasta que yo me encontré a medio bajar las escaleras. Tuve por tanto que echar mano de mis propios recursos, puesto que me parecía que no había nada mejor.

Fue entonces cuando aprendí a danzar.

De niño me había gustado seguir a los hombres o brincar y girar al son de alguna melodía que me hubiera inventado. Sabía que, si me enseñaban, aún estaba capacitado para ello. Al rey le agradó mi deseo de mejorar (no le mencioné a la babilonia) y me contrató el mejor maestro de la ciudad. No era tan fácil como los juegos de mi infancia: era necesario adiestrarse con tanta dureza como un soldado, pero me gustaba. Es la pereza lo que hace fofos a los eunucos, andar por ahí chismorreando y esperando que se les encargue algo. Sudar y que se me agitara la sangre me resultaba beneficioso.

Por consiguiente, cuando el maestro me dijo que ya estaba bien preparado, dance en el patio de los surtidores en honor del rey y sus amigos. Una danza india con turbante y taparrabos de lentejuelas, una danza griega (eso creía yo) con una túnica escarlata, una danza caucasiana con una pequeña cimitarra dorada. Hasta Oxatres, el hermano del rey que siempre me había mirado con desprecio porque a él sólo le gustaban las mujeres, me gritó «¡bravo!» y me arrojó una moneda de oro.

De día danzaba ricamente ataviado; de noche danzaba también sin más atuendo que las sombras de la lámpara calada que colgaba de la dorada parra. Pronto aprendí a reducir los movimientos hacia el final; el rey jamás me daba tiempo a recuperar el resuello.

A menudo me preguntaba si me prestaría tanta atención de no estar la reina cautiva. Era su hermanastra, hija de una esposa mucho más joven que su padre y, por su edad, hubiera podido ser su hija. Decían que era la mujer más hermosa de Asia; como es natural, él no se hubiera conformado con menos. Ahora la había perdido y ella se encontraba en manos de un bárbaro más joven que, por sus hazañas, debía tener la sangre muy ardiente. Como es natural, jamás hablaba de tales cosas conmigo. En realidad, una vez en el lecho, apenas hablaba.

Por aquel entonces enfermé de unas fiebres de verano. Neshi, mi esclavo egipcio, me atendía con gran cuidado. El rey me envió su propio médico, pero no vino a visitarme.

Recordaba la cicatriz de Oromedon. Puesto que el espejo me daba malas nuevas, era mejor que la recordara. Sin embargo, siendo joven, pensaba que seguiría quedando en mí algo que mereciera la pena... aunque no sé qué. Una vez, estando débil y agotado, grité de noche y Neshi se levantó de su jergón para aplicarme una esponja a la cara. Poco después el rey me envió unos dáricos de oro, pero siguió sin visitarme. Le regalé el oro a Neshi.

Cuando ya estaba repuesto y me encontraba tocando el arpa en el patio del surtidor en compañía del rey, entró el jefe palaciego en persona jadeando de excitación. El eunuco de la reina había huido del campamento de Alejandro y solicitaba audiencia.

Si hubiera habido otras personas, éstas hubieran sido despedidas y yo las hubiera seguido. Pero yo formaba parte del decorado, igual que el surtidor y los pájaros. Además, cuando entró el hombre, ambos empezaron a hablar en griego para no ser entendidos.

Nadie me había preguntado jamás si lo comprendía. Resultaba que en Susa había muchos joyeros griegos con quienes traficaba mi antiguo amo, ya fuera con piedras preciosas o conmigo. Había llegado por tanto a palacio con algunos conocimientos y me había entretenido con frecuencia escuchando al intérprete griego. Éste se encargaba de toda clase de asuntos entre los funcionarios de la corte y aquellos que acudían a suplicar al rey, tiranos fugitivos de ciudades griegas liberadas por Alejandro, o enviados de estados como Atenas a los que éste había perdonado y que, al parecer, conspiraban contra él, generales de mercenarios griegos, patrones de barcos y espías. Puesto que todo lo que se decía en persa se repetía en griego, resultaba fácil aprender de oído.

Impaciente y sin casi dejarle terminar la postración, el rey preguntó si su familia estaba viva. El eunuco repuso que sí y que gozaba de buena salud; además, se les había otorgado rango real y se hallaban todos muy bien alojados. Por eso le había resultado tan fácil la huida (era un anciano al que el largo viaje había fatigado mucho): la guardia que vigilaba los aposentos de las mujeres estaba destinada más a impedir la entrada de los intrusos que la salida de los prisioneros.

Pude ver que las manos del rey se asían con fuerza a los brazos de su asiento. No era de extrañar. Lo que iba a preguntar no debiera preguntársele a un criado.

- ¡Jamás, señor! el gesto del eunuco pareció llamar a Dios por testigo. Mi señor, no se ha acercado a su presencia desde el día siguiente a la batalla, cuando acudió para prometerle protección. Nosotros estuvimos presentes en todo momento; además, acudió con un amigo. Tengo entendido que sus compañeros estaban embriagados, le recordaron la fama de la belleza de la reina instándole a que cambiara de propósito; él también había bebido, como hacen todos los macedonios, pero se enfureció y les prohibió que volvieran a nombrarla en su presencia. Me lo aseguró alguien que estuvo presente.

El rey guardó silencio unos instantes. Tras exhalar un profundo suspiro dijo en persa:

- Qué hombre tan extraño pensé que iba a preguntarle cómo era, cosa que yo hubiera deseado saber; pero, como es natural, ya le había visto en el transcurso de la batalla. ¿Y mi madre? preguntó también en persa. Es demasiado anciana para estas penalidades. ¿Está bien atendida?

- Gran rey, la salud de mi señora es excelente. Alejandro siempre se interesa por ella. Cuando me marché, la visitaba casi todos los días.

- ¿Que visita a mi madre?

Su rostro se había alterado súbitamente. Me pareció que había palidecido. No pude entender por qué. La reina madre tenía más de setenta años.

- Ciertamente, señor. Al principio la agravió, pero ahora, siempre que solicita ser recibido, la reina se lo concede.

- ¿De qué forma la insultó? preguntó el rey ansiosamente.

- Le entregó una cantidad de lana para que la tejiera.

- ¿Cómo? ¿Igual que a una esclava?

- Eso creyó mi señora. Pero al mostrarse ella ofendida, él le suplicó que le perdonara. Dijo que su madre y hermana se dedicaban a tal menester y que había pensado que con ello se distraería. Cuando mi señora comprendió su ignorancia, aceptó sus disculpas. A veces se pasan una hora conversando por medio del intérprete.

El rey se lo quedó mirando fijamente. Después le indicó al eunuco que se retirara y, recordando mi presencia, me indicó por señas que tocara el arpa. Interpreté una suave melodía viéndole preocupado. Tardaría muchos años en comprender el motivo.

Divulgué la noticia entre mis amigos de la corte porque ahora ya tenía amigos, algunos de alto rango y otros no, que se alegraban de enterarse con antelación de las cosas. No aceptaba regalos a cambio, hubiera sido como vender mi amistad. Aceptaba, en cambio, sobornos para la obtención de favores del rey. Rechazarlos hubiera equivalido a proclamar una enemistad y alguien me hubiera envenenado. Huelga decir que no incomodaba al rey con sus molestas súplicas. No me tenía a su lado para eso. A veces le decía: «Fulano me ha dado esto para obtener tu favor». Al rey le hacía gracia, porque los demás no se lo decían. De vez en cuando me preguntaba: «¿Qué quería? Bueno, tenemos que conservar tu buena fama. Creo que se podrá arreglar.»

El extraño comportamiento del rey macedonio era objeto de muchas discusiones. Algunos decían que quería dar la impresión de ser un hombre de hierro, por encima de los placeres; otros, que era impotente; otros, que no había causado daño alguno a la familia real porque deseaba obtener una rendición satisfactoria; otros, que sólo le gustaban los muchachos.

El eunuco de la reina había dicho en efecto que sólo le servían unos jóvenes de noble cuna, pero eso era costumbre entre los reyes de aquellas tierras. En su opinión, el joven era generoso por temperamento con quienes solicitaban su favor. Añadió rápidamente que, en cuanto a belleza y presencia, no podía compararse con nuestro rey; a Darío a duras penas le llegaba al hombro.

- En realidad, cuando visitó a mis señoras para ofrecerles protección, la reina madre se inclinó ante el amigo que le acompañaba. No me creeréis, caminaban el uno al lado del otro y apenas se distinguían entre sí por el vestido. El amigo era de más estatura y bastante apuesto para ser macedonio. Yo me inquieté porque ya había visto al rey en la tienda real. El amigo se retiró y la reina advirtió las señas que yo le estaba haciendo. Se afligió mucho e inició de nuevo la postración ante el rey. Pero éste la levantó con sus manos y ni siquiera se enojó con aquel hombre. El intérprete me asegura que dijo: «No te aflijas, madre, no te has equivocado mucho. Él también es Alejandro».

«Bueno, es que son bárbaros», pensé. Y, sin embargo, algo suspiró en mi corazón. El eunuco añadió:

- Jamás he visto a un rey con una corte tan sencilla; vive peor que cualquiera de nuestros generales. Cuando entró en la tienda de Darío, se quedó mirándolo todo como un campesino. Sabía lo que era el baño y lo utilizó; fue lo primero que hizo pero, por lo demás, resultaba difícil contener la risa. En el asiento de Darío los pies no le llegaban al suelo y tuvo que apoyarlos en la mesilla del vino suponiendo que ésta era un escabel. No obstante, pronto empezó a comportarse como un pobre al que hubiera correspondido una gran herencia. Parece un muchacho hasta que lo miras a los ojos.

Le pregunté qué había hecho con las concubinas reales; ¿las había preferido a la reina? El eunuco repuso que las había regalado a sus amigos; no se había quedado con ninguna.

- Entonces es que le gustan los chicos dije riéndome; ahora lo sabemos.

Las muchachas del harén que el rey había llevado consigo eran, como es natural, muy escogidas y su pérdida había sido muy sentida. No obstante, aún le quedaban muchas y conmigo sólo pasaba algunas noches. Si bien es cierto que, según la antigua costumbre, había tantas mujeres como días tiene un año, algunas eran ancianas y es un absurdo, que sólo hubieran podido inventarse los griegos, afirmar que por la noche se las disponía a todas alrededor del lecho para que él pudiera escoger. De vez en cuando, el rey visitaba el harén; contemplaba a las muchachas y se enteraba a través del jefe de los eunucos de los nombres de las cinco o seis que más agradables le resultaban. Por la noche, enviaba a buscar a una de ellas y a veces a todas para que pulsaran instrumentos y le cantaran, indicándole más tarde a una sola que permaneciera. Le gustaba hacer estas cosas con donaire.

Cuando se trasladaba al harén me llevaba a menudo consigo. Como es natural, jamás hubiera debido ser admitido, pero mi rango era algo superior al de las concubinas. Al rey le gustaba que se admiraran sus hermosas posesiones, aunque sólo fueran éstas las que se admiraran entre sí. Algunas de las muchachas eran exquisitas, como frágiles capullos de las más pálidas flores. Hasta yo podía soñar con desearlas. Tal vez Oromedon me hubiera salvado de un gran peligro; porque una o dos ya me habían seguido con la mirada.

Me tropecé con él una vez cruzando un soleado patio, tan vistosamente ataviado como siempre. Se me antojaba extraño que mis ropas fueran ahora más hermosas que las suyas. Mi primer impulso hubiera sido el de correr a abrazarle, pero él me sonrió suavemente sacudiendo la cabeza y yo lo comprendí porque, para entonces, ya conocía bastante la corte. No hubiera sido posible que del plato que había preparado para su amo se quedara con una parte. Le devolví la sonrisa en secreto y pasé de largo.

A veces, cuando el rey se acostaba con alguna muchacha, me tendía en mi hermoso aposento aspirando las fragantes brisas del jardín, contemplando la luz de la luna que iluminaba mi espejo de plata y pensando: Qué agradable y apacible resulta estar solo aquí. Si lo amara, tendría que afligirme. Me entristecía y me avergonzaba. Me había concedido muchos favores, me había elevado a una posición honorable, me había regalado el caballo y todos los presentes que llenaban la estancia. No me había exigido amor y ni siquiera me había pedido que lo simulara. ¿Por qué pensaba tales cosas?

Lo cierto era que por espacio de diez años había sido amado por unos padres que se amaban el uno al otro. Había aprendido a tener buen concepto del amor; puesto que desde entonces no había vuelto a conocerlo, mi concepto no se había alterado. Me encontraba en la edad en la que los muchachos se inquietan y cometen sus primeros errores, siendo objeto de la burla de muchachas descorteses ante sus propios padres, o bien revolcándose con alguna sudorosa muchacha campesina y pensando: ¿Conque es esto? A mí ya no podía sucederme nada de eso; el amor era la imagen de la felicidad perdida y una simple fantasía.

Mi arte tenía poco que ver con el amor, como la pericia de un médico. Era bonito de ver, igual que la parra dorada, aunque menos duradero; era capaz de despertar un apetito hastiado por la saciedad. Mi amor no se había utilizado, mis sueños amorosos eran tan inocentes como los de un muchacho educado en su casa. Solía preguntarle a alguna sombra hecha de luz de luna: «¿Soy hermoso? Sólo es para ti. Dime que me amas porque sin ti no puedo vivir.» Pero por lo menos es cierto que no se puede vivir sin esperanza.

El verano era muy caluroso en Susa; en esta época del año el rey hubiera debido encontrarse en las colinas, en el palacio de verano de Ecbatana. Pero Alejandro se hallaba todavía esperando frente a Tiro, apuntándola obstinadamente con un espolón; esto era lo único que yo sabía entonces acerca de este instrumento de asedio. Decían que de un momento a otro podía cansarse de ello y dirigirse hacia el interior; en tal caso, Ecbatana quedaría demasiado lejos. Hasta supe que los capitanes pensaban que el rey hubiera debido quedarse en Babilonia. Uno dijo: «El macedonio tendrá más cerca la acción.» Otro contestó: «Bueno, de Susa a Babilonia no hay más que una semana y los generales de allí lo están haciendo bastante bien. O mejor tal vez.» Pasé de largo sin ser visto. Mi deber consistía en informar acerca de unos hombres que no se proponían ningún daño y que se limitaban a expresar libremente sus opiniones tal como solía hacer mi padre. En honor a la verdad, el rey jamás me preguntaba tales cosas. No mezclaba los asuntos del reino con el placer.

Después cayó Tiro.

Alejandro había abierto una brecha en la muralla y había irrumpido con gran violencia. Había habido una gran matanza; los tirios habían asesinado a los emisarios de Alejandro antes de iniciarse el asedio y después habían desollado vivos a sus hombres arrojándoles encima arena candente. Los tinos que habían sobrevivido al asedio habían sido esclavizados a excepción de los que se alojaban en el santuario de Melkaart. Al parecer, Alejandro veneraba a este dios, aunque él lo llamaba Heracles. Todo ello significaba que los barcos persas no disponían de ningún puesto de escala en el Mar Mediterráneo al norte de Egipto, a excepción de Gaza, que no podría resistir mucho tiempo.

Aunque yo no estaba muy al corriente de la situación del imperio occidental, el semblante del rey bastaba para revelarme la magnitud del desastre. Alejandro tenía ahora el camino expedito hasta Egipto, donde nuestro dominio era odiado desde que Ocos lo había sojuzgado. Éste había profanado sus templos y había matado a su buey-dios sagrado; ahora, si nuestros sátrapas de allí le cerraban las puertas a Alejandro, los egipcios los atacarían por la espalda.

Pronto nos enteramos de que el rey había enviado una embajada de petición de paz, encabezada por su hermano Oxatres.

Los términos de la misma no se dieron a conocer. Nunca había sido yo tan necio como para intentar sonsacarle al rey algún secreto. Se me habían ofrecido elevados sobornos a cambio, pero la experiencia es una gran maestra y el mejor procedimiento era aceptar los sobornos de pequeña cuantía, diciendo que el rey guardaba para sí los secretos y que, a pesar de que haría cuanto estuviera en mi mano por ayudarles, si aceptara mayores sobornos les engañaría. De esta forma no me guardaban rencor y no despertaba el recelo del rey, puesto que jamás le pedía nada.

Aunque la embajada utilizaba el servicio de postas para disponer de caballos nuevos, los señores no cabalgan como los mensajeros del rey que galopan como el viento. Mientras esperábamos, la vida en palacio se detuvo como el aire antes de desencadenarse una tormenta. Yo pasaba las noches solo. En el transcurso de aquellas semanas, el rey se dedicó en gran manera a las mujeres. Creo que de esta forma aumentaba su confianza en su propia hombría.

Cuando regresó la embajada, la noticia que ésta traía ya se había enranciado. Oxatres pensó que la respuesta de Alejandro tenía que recibirse de inmediato y envió una copia a través del mensajero real. Galopando por el camino real con caballos nuevos y hombres nuevos, llegó con medio mes de adelanto.

No hizo falta hacer preguntas. Podía intuirse la conmoción que dicha respuesta había producido en palacio y en toda la ciudad. Ahora todo el mundo puede repetirla de memoria tal como yo lo hago.

Puedes quedarte con los diez mil talentos; no necesito dinero, ya he tomado el suficiente. ¿Y por qué sólo la mitad de tu reino hasta el Éufrates? Me ofreces una parte a cambio del todo. Con la hija de que me hablas me casaré si me parece bien, tanto si me la entregas como si no. Tu familia está a salvo; no te exijo rescate alguno; ven tú mismo a pedírmela y te la entregaré de balde. Si deseas nuestra amistad, no tienes más que pedirla.

Hubo un periodo que he olvidado si fue un día o más, en el que sólo se escucharon quedos y aturdidos murmullos. Después se oyeron súbitamente las trompetas y los gritos. Los heraldos proclamaron que el rey se dirigía al oeste, hacia Babilonia, para reunir un ejército y renovar la guerra.


El muchacho persa


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